domingo, 22 de febrero de 2015

Santa Margarita de Cortona

Una infancia triste en un pueblecito umbro, Laviano, en el hogar menesteroso de un campesino cuya única riqueza era su honradez; a los siete años, la sombra del ataúd de su madre, con sus miedos y sus tristezas; luego, la tiranía de una madrastra, que odia a la huerfanita, que tiene envidia de la gracia que poco a poco va revelándose en el cuerpo menudito de la niña. Como no encontró la alegría en el hogar, buscóla fuera: en el bullicio de la plaza, en el trato con sus compañeras, en la libertad de los regocijos populares. A los quince años era ya una mujercita, una rosa abierta entre la juventud de Laviano. La fortuna había sido parca con ella; la Naturaleza, generosa: estatura no muy alta, pero elegante talle, óvalo perfecto enmarcado en una cabellera de ébano, suave mirar, belleza fina y morena, inteligencia viva, corazón ardiente. Era hermosa como la imagen de un camafeo antiguo.

Poco después, entre regocijos que dieron lugar a torrentes de lágrimas, Margarita, conoció al hijo de un gran señor de las cercanías. «Ven conmigo—le dijo el joven castellano—; quiero sacarte de ese infierno en que vives. Soy dueño de Valiano y los Palazzi, y en Montepulciano tengo mi castillo señorial.» Rehusó la hermosa aldeana. Era la deshonra lo que la ofrecían. Pero el caballero, fascinado, ciego ante su belleza, suplicó, prometió, adornó su cuello con el brillo de finas perlas, y la joven cayó en el lazo; siguió a su seductor; pero, ¡ay!, nunca sería castellana de sus castillos. Era una noche aciaga la que protegió aquella huida pecaminosa. A medio camino les cerraron el paso las lagunas de Chiana. Subieron a una barquilla que había junto a la ribera, y el joven empezó a remar; de pronto, un choque; la embarcación zozobra y los fugitivos caen al agua. Nadando en medio de la oscuridad, el caballero acertó a coger su presa, la sacó a la orilla, y, con ella en brazos llamó a la puerta de un aldeano que vivía cerca de allí. Tal fue la primera aventura de aquel amor dramático. Margarita temblaba pensando que aquello era un aviso de Dios.

Al día siguiente estaban a salvo detrás de los muros almenados de Montepulciano. «Acuérdate—decía más tarde Nuestro Señor a su sierva—de aquel paso que hiciste de noche a través de las aguas cuando ibas a renovar los suplicios de mi Pasión; acuérdate de los nueve años que viviste en poder del engañador, que preparó asechanzas a tu pureza.» Fueron nueve años de pecado y remordimiento.

La pobre hija del campo, demasiado sencilla ante los engaños de la pasión, habíase dejado arrastrar por las seducciones de la vida. Había salido de su pobreza, pero sin conseguir la felicidad. En vano le ofrecían la opulencia, el lujo de sus arcas y sus tapices, los obsequios de sus servidores y las seducciones más embriagadoras de los sentidos, aquellas salas amplias del castillo señorial; en vano se reunían en torno de ella todos los atractivos de la adulación, de la riqueza y del placer. La voz de la conciencia venía a turbar todas aquellas alegrías. La vista de una azucena le recordaba las negruras de su alma; en la sonrisa de los transeúntes creía ver un reproche; y el recuerdo de su madre inmóvil en el ataúd le hacía estremecer. «En Montepulciano—dirá más tarde—perdí el honor, la dignidad y la paz; perdílo todo, menos la fe.» Esta llama santa no pudo ser ahogada por la pasión. Margarita echaba de menos aquella casa paterna, donde había sido desgraciada, pero inocente, y como el oro llegaba a sus manos en abundancia, ella lo distribuía generosamente entre los menesterosos, creyendo de esta manera rescatar su pecado. Muchas veces, buscando una soledad en el jardín, rompía en llanto, diciendo: «¡Oh! ¡Qué bien se podría rezar aquí! ¡Qué sitio más a propósito para hacer penitencia!» En más de una ocasión, cuando sus amigas encomiaban su belleza y la gracia con que llevaba sus galas, contestó ella: «No hagáis caso de esto; día vendrá en que me llaméis santa y vayáis con el bordón de los peregrinos a visitar mi sepulcro.»

La conversión presentida vino de una manera fulminante. A principios de 1273 vivía Margarita en la casona de los Palazzi. De súbito, el lebrel favorito del señor de Valíano se acerca a ella lanzando aullidos lastimeros, lame la mano de su dueña y coge con los dientes su túnica de seda, como diciendo: «Ven conmigo.» Ella le sigue temblorosa y llega al bosque de Petrignano. Allí, frente a una encina, el animal se detiene, renovando sus lúgubres alaridos. Pálida, convulsa, Margarita observa en torno, ve un montón de ramas artificiosamente dispuesto, las retira haciendo un esfuerzo supremo, y, nadando en un charco de sangre, reconoce a su amante, apuñalado. Aquel horrible espectáculo la hizo caer al suelo desmayada, y al mismo tiempo la iluminó. Allí mismo, bajo el peso de un dolor centuplicado por el remordimiento, tomó la resolución de expiar su caída.

Unos días más tarde, cubierta de un sencillo vestido negro, contrita y deshecha en llanto, se presentaba en la casa paterna. Esperaba el perdón, pero al lado de su padre estaba la madrastra. El buen labriego umbro tuvo que escoger entre la esposa y la hija, la hija del escándalo, como decía aquella mala mujer. Margarita bajó la cabeza y salió en silencio. ¿Dónde ir? Allí, junto a la cabaña donde había nacido, había un huerto, y en el huerto una higuera. Sentóse a su sombra la pobre muchacha, y lloró largamente. «No te apures—le decía una voz—; aún eres joven y hermosa; puedes gozar del amor, y el mundo llenará tu copa de divinas dulzuras.» Margarita cerró los ojos, apretó los dedos y dijo con decisión heroica: «No, eso no volverá.» Oirá voz le dijo: «A Cortona; los hijos de San Francisco se compadecerán de tí y te dirán lo que tienes que hacer.» Y echando a andar, recorrió las doce millas que la separaban de Cortona. Tenía entonces alrededor de veinticinco años.

A la pecadora reemplazó la penitente. Ha caído la negra cabellera, han terminado las fiestas y banquetes, y el rostro que fue admiración de gentiles hombres está ahora marchito por el ayuno, cubierto de hollín, ensangrentado por los golpes. Un domingo, la pobre pecadora como a sí misma se llama Margarita, entra en la iglesia de Laviano, vestida de harapos, llevando una cuerda al cuello, y, de rodillas, pide a sus compatriotas que perdonen los escándalos de su vida. Vuelve otra vez a Cortona obsesionada por el anhelo de purificación. Horas y horas se pasa de rodillas delante del crucifijo, diciendo sus congojas y escuchando palabras misteriosas. Un día oye una voz que le dice: «Tus pecados te han sido perdonados.» Otro día, los labios del Cristo se abren de nuevo para preguntar: «¿Qué quieres, mi pobre pecadora?» Y ella responde: «Señor Jesús, no quiero más que a Vos; no busco más que a Vos.»

El amor de Dios va dominando aquel corazón apasionado. Se presenta con todos sus arrebatos y sus divinas locuras: éxtasis, visiones, apariciones, íntimos coloquios, gritos desgarradores, lágrimas abrasadas. La penitente ha subido a las cumbres vertiginosas de la unión, ha conocido la crucifixión. «Un Viernes Santo—dice el narrador de su vida, que fue su propio director—vino a decirme que no me ausentase del convento, porque Dios le preparaba algo extraordinario. Después de la misa conventual, fue arrebatada en espíritu. A su vista desarrollóse todo el drama de la Pasión. Vio al Salvador vendido por el beso de Judas, negado por San Pedro, abandonado por los Apóstoles, insultado por los pretorianos. Oyó los golpes de los azotes, los gritos del populacho, el ruido del martillo cuando le clavaban las manos y los pies. Me explicó todas las escenas de la Pasión, sin advertir la presencia de la población de Corteña, que había venido para presenciar tan extraordinario suceso. Tenía los brazos en cruz y las contracciones de su rostro reflejaban la violencia de sus emociones. A la misma hora en que expiró la víctima del Calvario, inclinó la cabeza, y pareció que ella también expiraba. Los que estaban presentes no cesaban de sollozar.»

A la caída de la tarde dejó la iglesia para encerrarse en su celda. Nueva Magdalena, iba preguntando a todos los que encontraba, con voces desoladas: «¿Dónde habéis puesto al Señor mi Dios? ¡Desventurada de mí! ¿Dónde iré a buscarle? Busco y suspiro y velo y sufro y desfallece mi corazón; pero, ¡ay!, no te encuentro. Respondedme, oh ángeles; tened piedad de mí, oh hijos de los hombres; ¿dónde está mi amor crucificado? ¡Oh dulce Jesús, mi soberano bien, delicias de mi alma, ¿por qué me has abandonado? ¿Dónde te has ocultado?»

No faltaban personas que se preciaban de suficientemente discretas para mirar con buenos ojos estas explosiones inocentes del amor. Hablaban de teatralidad, de hipocresía, de locura; reíanse de aquellos excesos, que ellos tachaban de imprudentes; o bien se indignaban pensando en los sortilegios infames que debían de ser la causa de los fenómenos extraordinarios. Para unos, la penitente era una alucinada; para otros, una poseída del demonio. Los mismos doctores franciscanos se reunieron para deliberar sobre el carácter divino o diabólico de todo aquello. Margarita sufría en silencio. En medio de las calumnias, sonreía, diciendo a su amado: «Donde estáis Vos, allí está el paraíso.» Iba de casa en casa pidiendo limosna para los enfermos, pasaba el día sirviendo a los apestados del hospital, y a las injurias de sus enemigos contestaba con los tesoros de su caridad. En los últimos años de su vida, sintiendo necesidad de mayor aislamiento, encerróse junto a una ermita que había al pie de la ciudadela, en la cima del monte que dominaba la ciudad. Sentía ansias de acercarse al Cielo. En su habitación no había más que dos cosas: un crucifijo colgado en la pared, y en un ángulo, un montón de juncos que le servía de lecho. ¿Para qué más? Cristo la iluminaba constantemente con su presencia, y esto le bastaba a la santa reclusa. Para la antigua pecadora, el mundo empezaba a desvanecerse en la lejanía. Absorta en la contemplación de la luz increada, apenas se acordaba ya de su cuerpo. Los días se le pasaban sin comer, y en los últimos veinte días de su vida no probó un solo bocado. Hasta que un día el muro se desmoronó, y la verdadera reclusa, el alma, huyó con el júbilo de la libertad eterna.

sábado, 21 de febrero de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Así dice el Señor Dios:
«Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.
El Señor te dará reposo permanente, en el desierto saciará tu hambre, hará fuertes tus huesos, serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuya vena nunca engaña; reconstruirás viejas ruinas, levantarás sobre cimientos de antaño; te llamarán reparador de brechas, restaurador de casas en ruinas.
Si detienes tus pies el sábado y no traficas en mi día santo, si llamas al sábado tu delicia, y lo consagras a la gloria del Señor, si lo honras absteniéndote de viajes, de buscar tu interés, de tratar tus asuntos, entonces el
Señor será tu delicia. Te asentaré sobre mis montañas, te alimentaré con la herencia de tu padre Jacob.»
Ha hablado la boca del Señor.

En aquel tiempo, Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
- «Sígueme.»
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Los fariseos y los escribas dijeron a sus discípulos, criticándolo:
- «¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?»
Jesús les replicó:
- «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan.»

Palabra del Señor.

San Germán de Granfeld – Abad

En el monasterio de Granfeld, en la región de los helvecios, san Germán, abad, que al tratar de defender pacíficamente a unos vecinos del monasterio ante la agresión de unos salteadores, fue despojado por estos de sus vestiduras y alanceado hasta morir, juntamente con el monje Randoaldo.

San Germán fue educado casi desde la cuna por Modoardo, obispo de Tréveris. A los diecisiete años pidió permiso para retirarse del mundo, pero Modoardo vacilaba en concedérselo y le decía que, si sus padres habían muerto, era necesario recabar la licencia del rey. Entonces el joven decidió por sí mismo; repartió sus bienes entre los pobres y partió con algunos compañeros en busca de san Arnulfo, cuyo ejemplo le había conquistado. Este hombre de Dios había renunciado al obispado de Metz para llevar vida de ermitaño. Arnulfo recibió amablemente a los jóvenes, los guardó consigo algún tiempo, y finalmente les sugirió que ingresaran en el monasterio que había fundado con san Romarico. Germán envió a dos de sus compañeros a buscar a su hermano Numeriano, que era todavía niño, y juntos ingresaron en el monasterio, que se hallaba en los Vosgos y recibió posteriormente el nombre de Remiremont.

Más tarde, san Germán pasó con su hermano y otros monjes a la abadía de Luxeuil, gobernada por san Walberto. Cuando el duque Gondo fundó el monasterio de Granfel, en Val Moutier, Walberto no encontró entre sus monjes ninguno más preparado que san Germán para el cargo de abad. Münsterthal o Val Moutier era un paraje montañoso atravesado por la carretera romana; pero en aquella época los derrumbamientos de rocas habían cortado el paso. San Germán abrió nuevamente la carretera y la ensanchó. Más tarde, gobernó también otros dos monasterios, el de San Ursitz y el de San Pablo Zu-Werd, pero su residencia principal siguió siendo Granfel.

El duque Cático o Bonifacio, que sucedió a Gondo, no heredó nada del espíritu religioso de su predecesor y oprimió a los monjes y a los pobres habitantes de la región con impuestos exhorbitantes y actos de violencia. Un día en que el duque saqueaba el caserío a la cabeza de un grupo de soldados, san Germán salió a defender a su pueblo; el duque le escuchó y le prometió corregirse; pero, mientras el abad oraba en la iglesia de San Mauricio, los soldados recomenzaron el saqueo. Viendo san Germán que era inútil insistir, emprendió el regreso al monasterio acompañado por el prior Randoaldo; pero los soldados cayeron sobre ellos, les golpearon y les mataron.

viernes, 20 de febrero de 2015

Milagros Eucaristicos 20-02-15

Reflexión de hoy

Lecturas


Así dice el Señor Dios:
«Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados.
Consultan mi oráculo a diario, muestran deseo de conocer mi camino, como un pueblo que practicara la justicia y no abandonase el mandato de Dios.
Me piden sentencias justas, desean tener cerca a Dios.
“¿Para qué ayunar, si no haces caso?; ¿mortificarnos, si tú no te fijas?”
Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores; mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad.
No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces.
¿Es ése el ayuno que el Señor desea, para el día en que el hombre se mortifica?, mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?
El ayuno que yo quiero es éste:
Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne.
Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: “Aquí estoy.”»

En aquel tiempo, se acercaron los discípulos de Juan a Jesús, preguntándole:
- «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?»
Jesús les dijo:
-«¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunaran. »

Palabra del Señor.

San León de Catania

San León, obispo de Catania, en Sicilia, había nacido en Rávena, hacia la mitad del siglo VIII. Fue llamado el Taumaturgo, por los muchos milagros que hacía. Sus padres le educaron para las glorias humanas.

Pero eran distintas las aspiraciones de León. Se puso bajo la dirección del obispo de Rávena, quien viendo su pureza de costumbres y su celo apostólico, decidió conferirle la ordenación sacerdotal.

Pudo disfrutar de él poco tiempo, pues muerto Sabino, obispo de Catania, se decidieron los electores por León, no sin antes haber pedido a Dios acierto en la elección. León se oponía, pero le obligaron a aceptar.

Después de su resistencia, puso todo su empeño en cumplir su misión apostólica. Se dedicó a la reforma de costumbres, a la instrucción religiosa de sus fieles, a defender la verdad ante los herejes, al cuidado de todos.

Vivía, como dichas para él, las recomendaciones de San Pedro en su primera Carta: "Apacentad el rebaño de Dios que os ha sido confiado, no por fuerza sino con blandura, según Dios. Ni por sórdido lucro, sino con prontitud de ánimo. No como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de ejemplo al rebaño. Así recibiréis la corona inmarcesible de la gloria".

De todas partes acudían a verle y oírle. Todos querían tocar su manto para ser curados. Los emperadores consiguieron que acudiera a Constantinopla, para tenerle cerca, para escuchar sus sabios consejos y pedirle oraciones ante Dios.

Rigió la diócesis como un verdadero sucesor de los apóstoles durante 16 años y hacia finales del siglo VIII, lleno de merecimientos, se durmió en el Señor. El pueblo lloró su muerte como la de un padre y celoso pastor. Fue sepultado en un monasterio que él mismo había hecho construir fuera de las murallas de Catania. Su sepulcro fue muy venerado, sobre todo antes que los árabes ocupasen Sicilia. La fama de sus virtudes y de sus muchos milagros lo convirtió en centro de muchas peregrinaciones.

jueves, 19 de febrero de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Moisés habló al pueblo, diciendo:
- «Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal.
Si obedeces los mandatos del Señor, tu Dios, que yo te promulgo hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos, mandatos y decretos, vivirás y crecerás; el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para conquistarla.
Pero, si tu corazón se aparta y no obedeces, si te dejas arrastrar y te prosternas dando culto a dioses extranjeros, yo te anuncio hoy que morirás sin remedio, que, después de pasar el Jordán y de entrar en la tierra para tomarla en posesión, no vivirás muchos años en ella.
Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra; te pongo delante vida y muerte, bendición y maldición.
Elige la vida, y viviréis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, pegándote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que había prometido dar a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob.»

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.»
Y, dirigiéndose a todos, dijo:
- «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?»

Palabra del Señor.

Beato Álvaro de Córdoba

Beato Álvaro de Córdoba —como le llama vulgarmente el pueblo andaluz— o fr. Alvarus Zamorensis —como escriben los bularios y registros pontificios de súplicas— no debe ser confundido con Álvaro Paulo, alias Álvaro Cordobés, nacido de noble familia a principios del siglo IX en la Córdoba de los Omeyas, amigo entrañable de San Eulogio y Juan Hispalense, defensor de la fe católica y escritor de muchos quilates. El Beato Álvaro de Córdoba, dominico, vivió en tiempos quizá más difíciles que los de su homónimo: los tiempos de la Claustra del Cisma de Occidente.

La semblanza de este hombre excepcional hay que trazarla a través de su obra, porque en ella cristalizó lo más puro de su alma grande y, en cierto modo, también buena parte de lo que su tiempo encierra de afán de trascender y superar una situación cristiana y religiosa que motivó una de las más graves crisis del catolicismo. Esa obra se llama Escalaceli. ¿Un nombre poético? ¿Un símbolo? Eso y mucho más. Encarnación de un sueño de reforma auténtica, Escalaceli, a siete kilómetros de Córdoba, en las estribaciones de Sierra Morena, no muy lejos de las ermitas, es la obra del Beato Álvaro. Una obra que hay que valorar en sus tres características: primero, como cuna de la reforma de la vida dominicana a raíz de aquel funesto bache de la Claustra, provocado por la tristemente famosa peste negra y acentuado por el Cisma de Occidente; segundo, porque en Escalaceli se levantó, según parece, el primer Vía crucis de Europa, y tercero, porque ese rincón de la Sierra Morena ha sido la fuente inexhausta donde Andalucía bebió su entrañable devoción a la pasión de Cristo.

El Beato Álvaro de Córdoba es una figura señera, vibrante de inquietud y de dinamismo paulino. Maestro por la universidad de Salamanca, pasó sus mejores años en la paz de los claustros y de las aulas, pero, al nacer el siglo XV, abandonó la cátedra aguijoneado por la urgencia del apostolado y recorrió las ciudades y los asendereados caminos de España, de Provenza, de Saboya, de Italia... atareado en la siembra de la palabra divina; buena falta hacía entonces esta labor, pues el campo de la fe era barbecho en el que germinaba la cizaña del desconcierto, de la corrupción de costumbres, de la holganza infecunda, mientras los pastores y los sembradores disputaban por la solución de un drama terrible: en la Iglesia llegó a haber tres tiaras al mismo tiempo, todas tres con ínfulas de legitimidad. El Beato Álvaro de Córdoba predica, pero también observa; reza, pero sin cerrar los ojos a la cristiandad lancinada; paladín de la unidad, anhela la solución del largo conflicto; hay mar revuelto incluso en las Ordenes religiosas; la peste negra, que devastó a media Europa dejó los conventos casi vacíos, y después se fueron poblando de hombres sin tensión espiritual. La crisis se agravó con el cisma, cuyo resultado más calamitoso fue la escisión de la unidad católica. Mientras unos reinos reconocían como legítimo Papa al que residía en Avignon, otros se mostraban adictos al que estaba en Roma; para empeorar las cosas, algunos cardenales se reunieron en Pisa y eligieron un tercer Papa. La algidez del problema se puso así al rojo vivo. De todas partes apremiaban a los tres Papas a renunciar a sus supuestos o legítimos derechos en bien de la Iglesia; un concilio acabaría con ese estado de confusión eligiendo un Papa único, previa la renuncia de los otros tres.

Por otra parte, los religiosos se esforzaban también en reducir a los cauces tradicionales sus propios institutos. Gracias a Dios, en medio de la desolación, abundaban los hombres de buena voluntad y de gran sabiduría. Sólo la Orden de Predicadores ofrece en esa época un magnífico santoral, casi todos ellos trabajadores incansables de la restauración de la Iglesia bajo un solo Pastor, dechados del espíritu genuino que debía animar la vida monástica de su Instituto, luchadores por la paz y la unidad en el recinto de los conventos: San Vicente Ferrer († 1419), San Antonino de Florencia († 1459), Beato Juan Dominici († 1419), Beato Álvaro de Córdoba († 1430), Beato Andrés Abelloni († 1450), etc. La relajación sesteaba a la sombra de la división. Si en la Iglesia había tres tiaras, la orden de Santo Domingo tenía tres jerarcas, uno para cada sector de obediencia a un Pontífice. La reforma se fue llevando a cabo poco a poco, con un temple admirable de prudencia, pese a los altibajos inevitables; por eso no se resquebrajó la unidad de la Orden como iba a acontecer en otros institutos religiosos. El Beato Raimundo de Capua, confesor y biógrafo de Santa Catalina de Siena, es la figura más representativa de esa reforma. La idea clave que preside su empeño es sustraer a los observantes de la jurisdicción del provincial; un vicario general se encargará de regir los conventos reformados; a la muerte de Raimundo de Capua —5 octubre 1399— le sucede en el generalato de la Orden Tomás de Fermo, que emprendió un camino distinto. El sucesor del espíritu del capuano es fray Juan Dominici, fundador del convento de Fiésole, que dio el hábito a Antonio Pierozzi, más tarde San Antonino de Florencia. El convento de Fiésole, en un paisaje vencido por la ternura, vio cómo dos años después de su fundación, en 1407, llamaban a la puerta los jóvenes Benedetto y Guidolino, hermanos y artistas. Son de Vicchio, cerca de Mugello, donde vio la luz el Giotto. Guidolino tomó, con el hábito, el nombre de Fra Giovanni de Fiésole, pero la posteridad se lo cambiará por otro aún más bello: Fra Angélico.

Después de la coronación de Alejandro V en Pisa, 7 de junio de 1409, la situación de la Iglesia y, en consecuencia, la situación de la Orden de Predicadores se hizo más dramática; los dominicos quedaron divididos, como la cristiandad entera, en tres secciones: parte —los adictos a Benedicto XIII— bajo el régimen de Juan de Puinoix; parte —los entusiastas del concilio de Pisa y de su papa Alejandro V— a las órdenes de Tomás de Fermo; parte, en fin, fieles a Gregorio XII congregándose en torno a Juan Dominici. El drama se agravó enormemente. Los conventuales de Fiésole, por citar un ejemplo, reciben el imperativo de Fermo para que se adhieran a Alejandro V y nieguen la obediencia a Gregorio XII. La disyuntiva era agobiante. Pero aquel puñado de auténticos religiosos optó por la huida, porque la voz de la conciencia era más fuerte que la autoridad de Fermo. Y una noche, a la luz de la luna, cruzaron la verde campiña toscana rumbo a Foligno, orando y llorando. Entre los fugitivos van artistas y santos. Algunos nos son ya conocidos. San Antonino, Fra Angélico...

En 1414 Dati sucede a Fermo; el drama se orientó, bajo su mandato, hacia la solución anhelada. Asistió al concilio de Constanza, en el que fue elegido único Papa Martín V el 11 de noviembre de 1417, y reinstauró el método de reforma esbozado por Capua, cuyo representante era Juan Dominici, cardenal y luego legado de Martín V.

El Beato Álvaro de Córdoba ha vivido intensamente esos días del plural cisma, le ha dolido el alma como a buen religioso, ha mirado con simpatía los esfuerzos de los reformistas italianos durante los días que estuvo predicando en Lombardía, a su ida y a su regreso del viaje a Tierra Santa —del que hablaremos pronto—. Fray Álvaro de Córdoba va a ser el maestro y el peón de la reforma en España. Esta empresa suya puede analizarse desde un doble ángulo de vista: primero, en lo que tiene de común con la reforma de los dominicos italianos; segundo, en lo que presenta de fisonomía propia. En el primer plano, se advierte que conoce bien el patrón de la reforma patrocinada por Raimundo de Capua y llevada adelante por Juan Dominici; en el segundo aspecto, es peculiar el tacto con que la realiza, huyendo de la lucha imprudente. En una ocasión se había acudido en Palermo a plantar un convento reformado frente por frente de otro no reformado. Casi como un reto. Fray Álvaro de Córdoba limó todo posible encono de las relaciones fraternas.

A su regreso a España es elegido confesor de la reina Catalina de Lancáster y de su hijo Juan II. Iluminado ya de unidad y esperanza el panorama de la Iglesia, fray Alvaro dice adiós a la corte. Su ideal es la reforma. El rey don Juan —el padre de Isabel la Católica— y su esposa doña María, hija del rey de Aragón don Fernando de Antequera, lo quieren como se quiere a los varones de Dios. Es un hombre virtuoso, maduro, emprendedor. No hay que cortarle la marcha. Expone sus planes y los apoyan con una crecida limosna. Fray Álvaro va a Córdoba y, en mitad de la Sierra Morena, funda a Escalaceli como una lanza erguida de reconquista espiritual. Es la conclusión de todas sus experiencias y la puesta en marcha de un sueño fecundo. Ha trabajado incansablemente en la Corte de Castilla por la unidad de la Iglesia; en la Corte de Aragón otro dominico batalla por la misma causa: fray Vicente Ferrer.

El prestigio de fray Álvaro en la corte es extraordinario. A sus ruegos, el rey don Juan escribe a Martín V solicitando la fundación en sus reinos de media docena de conventos observantes. El 5 de febrero de 1418 Martín V expide dos breves: en uno decreta la división de la provincia de Castilla en tres —las otras dos serán la de Galicia y la de Aragón— para que puedan ser reformadas con más facilidad; en el otro accede complacido a la súplica de que se funden seis conventos reformados, autorización necesaria, pues Bonifacio VIII había prohibido a las Ordenes mendicantes hacer nuevas fundaciones sin licencia de la Santa Sede; por otra parte, el capítulo general que la Orden celebra en Metz, 1421, exige que en cada provincia haya al menos un convento de observancia. Fray Álvaro, a quien acompaña fray Rodrigo de Valencia, compra la Torre Berlanga, en la sierra cordobesa, el 13 de Junio de 1423 y allí funda el primer convento reformado de su Orden en España; el breve de Martín V no ha sido letra muerta; pero, además, el paraje elegido, con sus olivares y sus torrenteras, tiene un encanto cautivador para fray Álvaro: recuerda la topografía de Jerusalén, tan pegada al alma del dominico desde los días de su peregrinación a los Santos Lugares. La vieja torre moruna fue rebautizada con un nombre bello: Santo Domingo de Escalaceli. Religiosos de espíritu austero, reclutados en diversos conventos, forman la nueva comunidad. Son ocho en total, amén del fundador: fray Juan de Valenzuela, fray Rodrigo de Valencia, fray Pedro Morales, fray Juan de Mesta, fray Juan de Aguilar, fray Bernabé de la Parra, fray Miguel de Paredes y fray Juan de San Pedro. Un mes más tarde el convento otorga públicos poderes a Pedro Sánchez de Sevilla y a Alfonso García para que reciban lismosnas para la construcción de un convento amplio y digno. Los gastos consumieron el donativo del rey, las limosnas de los cordobeses; los obreros se negaron a seguir trabajando. Fray Álvaro pasa la noche en oración y disciplinas. Dios oye su oración. Según refieren los testigos del proceso de su culto inmemorial, vinieron los ángeles y descargaron de sus carros aéreos el material que era menester. Por la mañana los obreros reanudaron, gozosos y asombrados, la obra, mientras el alba sonreía por los picos de Sierra Morena. Así se construyó, sobre roca viva, sobre penitentes oraciones, Santo Domingo de Escalaceli, primer convento reformado de la Orden en España.

Pero fray Álvaro, medidor de dificultades, solucionador a lo divino de problemas humanos, hombre prevenido —que siempre vale por dos, y aun por cien—, buscó apoyo en la corte y, por medio de ésta, en Roma. Había que ahuyentar el peligro de que el primer convento reformado naufragase por oposición o por otras causas. Necesitaba, en una palabra, cierta autonomía o independencia con relación a los no reformados. Con este fin, la reina María escribió a Martín V pidiéndole la institución de un vicario general de todos los conventos que abracen la reforma. Martín V expide el suplicado breve el día 4 de enero de 1427. Fray Álvaro, "profesor de teología, quien con licencia de la Santa Sede ha construido recientemente" un convento en Escalaceli, donde reina la más estricta observancia, es nombrado de por vida —quoad vixerit— prior mayor de todos los conventos reformados.

El historiador de la Orden, P. Mortier, ve en esto la primera congregación dominicana de observancia, casi en todo independiente del general de la Orden, con superiores elegidos por los mismos reformados. El módulo italiano de reforma ha sido superado en perfección y en eficacia, y se suman algunos elementos jurídicos que parecen estar inspirados en la Congregación de San Benito de Valladolid, bien conocida por fray Álvaro.

La vitalidad lograda en Escalaceli no sólo fue jurídica, sino también expansiva. En 1426 los frailes de Escalaceli fundan el convento de Portaceli, en Sevilla; y, casi por las mismas fechas, una hospedería en Córdoba con el fin de servicio auxiliar para los religiosos que bajaban del monte a las tareas apostólicas. La ciudad, conmovida por el ejemplo de los predicadores, hizo donación del solar "al honrado y sabio varón fray Álvaro, maestro en santa teología", según dice la escritura notarial. La hospedería era una cabeza de puente y, andando el tiempo, el P. Posadas la hará famosa (véase la semblanza de éste en el 20 de septiembre).

La reforma había empezado. Conducida a término superaba ya las posibilidades de quien fue alma y motor de ella. Pero la semilla estaba echada. "No fueron estériles los esfuerzos del Santo cordobés —dice el P. Beltrán de Heredia—. Gracias a ello se despertó una tendencia reformadora que, luchando con enormes dificultades, logró abrirse paso hasta conquistar totalmente el campo".

Junto a este aspecto de la obra del Beato Álvaro pongamos otro que tiene un valor singular en la historia de la piedad cristiana: en Escalaceli se construyó el primer Vía crucis de Europa.

La Edad Media, con las cruzadas, con la predicación de San Bernardo y de los mendicantes, centró la devoción del pueblo hacia los misterios de la vida y pasión de Cristo. Fray Álvaro, hombre de su siglo, era devotísimo de la pasión del Señor. Un cuadro que se halla en San Esteban de Salamanca nos lo presenta en pie, amorosamente abrazado a la cruz. Impulsado por ese fervor pasionario peregrinó a Tierra Santa. Al empezar la reforma comprendió que era necesario orientarla por un cauce de austeridad y ascetismo. Si eligió la sierra de Córdoba para fundar fue porque la topografía presentaba una gran semejanza con la de Jerusalén; él haría que se pareciese aún más. En lo alto de la ladera del lado este del convento, pasado el valle por el que se precipitan las aguas serranas, levantó una capilla que bautizó con el nombre de "Cueva de Getsemaní"; al valle lo llamó "Torrente Cedrón"; pero hay más: desde el convento —Jerusalén cordobesa— hasta un montecico situado al sur y que dista, como han podido apreciar los técnicos, tanto como el lugar de la crucifixión de la Ciudad Santa, edificó una serie de estaciones que terminaban en el "Calvario", donde puso tres cruces. Otras capillitas construyó en torno a Escalaceli, conmemorativas de lugares santos; pero interesa, sobre todo, destacar el Vía crucis. No han faltado quienes han querido derribarlo con la pica de un criticismo anodino, porque, dicen, no se encuentran en él elementos formales ni coincidencia con la estructura definitiva; fútil argucia, aún blandida por el P. Zedelgen, pues es clara verdad que el Beato Álvaro construyó el Vía crucis con un obvio fin de meditación y acompañamiento del itinerario doloroso del Señor. La vida religiosa, ejercitándose en ese camino ascético, adquiría así una tónica robusta y catártica. Fray Álvaro y sus religiosos meditaban los sufrimientos del Redentor por esa Vía dolorosa recordadora. Los biógrafos y el proceso del culto inmemorial del Beato relatan escenas impresionantes de esta plástica devoción pasionaria del fundador de Escalaceli. Fray Álvaro pasaba las noches en oración, amparado por el silencio, de los olivos y el éxtasis de las estrellas, en la capilla de Getsemaní; a veces, cuando muy de madrugada acudía a rezar los maitines con la comunidad, los ángeles le ayudaban a subir la áspera pendiente o vadear la torrentera. Un testigo del proceso cuenta haber oído a su abuelo, amigo del Santo, que éste se disciplinaba junto a aquellas cruces levantadas a la vera del camino como pregón de eternidad y redención bajo las nubes altas, fugitivas, del cielo cordobés. En una ocasión, narra otro testigo, retornaba fray Álvaro de su tarea apostólica en la ciudad y, antes de llegar al convento, halló un mendigo moribundo; lo envolvió en su capa, lo echó a su hombro y cuando intentó descubrirlo en la portería, el mendigo ya no era un mendigo: era un Cristo en la cruz, el mismo, según una secular tradición, que se venera hoy en la iglesia del convento.

Sería pueril querer buscar en el Vía crucis del Beato Álvaro un Vía crucis exacto al hoy usual e indulgenciado. Pero la idea, la sustancia es la misma. El sentido realista del hombre meridional, sensibilizador de los temas espirituales, explica el porqué del gran éxito de esta reconstrucción pasionaria que hacía en cierta manera asequible para todos la "peregrinatio spiritualis" a Jerusalén en aquella época enardecida de sueños de cruzadas, cuando la peregrinación real era punto menos que imposible.

El haber en Escalaceli otras capillas que no se refieren a la Vía calvaríi, no es una razón suficiente —como han querido algunos— para decir que no era un Vía crucis lo que San Álvaro hizo en Escalaceli, como si lo más excluyese lo menos, el todo a la parte...

Los demás Vía crucis conocidos en Europa son todos posteriores al de Escalaceli, como el del Monte Varallo, el de Romans-sur Isere, el de Fribourg, el de Lovaina, el de Adam Krafft en Nuremberg, etc. Además, si la primacía cronológica de los Vía crucis le corresponde a España, también es suya la primacía de intensidad; es decir, en ninguna parte arraigó tan profundamente como en España esa devoción. En cuanto a la estructura hay que confesar que ha sufrido una notable evolución y que la obra del holandés cristiano Adricomio —fines del siglo XVI— sobre el modo de practicar esa devoción, y los Ejercicios espirituales, del P. A. Daza, O. F. M., que fue el que dio el número de las 14 estaciones (1625), han ejercido un influjo definitivo. La devoción del Vía crucis, nacida como flor natural en el ambiente medieval de fervor por la meditación y el rescate de los Santos Lugares, plasmada por el Beato Álvaro en Escalaceli en un atisbo certero y espontáneo, alcanzó su forma última con San Leonardo de Porto Maurizio, el santo que construyó en Italia nada menos que 572 Vía crucis, adoptando la forma española de las 14 estaciones. De España le venía también su fervor por este apostolado, como él declara: "Habiendo sabido, por religiosos españoles que me informaron, que en España se erigían los Vía crucis con gran provecho para las almas, se me encendió el espíritu de un ardiente deseo de procurar un tan gran bien para Italia".

Después de haber visto las dos dimensiones anteriores de Escalaceli, tan homogéneas y ensambladas, es fácil pasar al tercer eslabón: Escalaceli ha sido la fuente donde Andalucía ha bebido su honda devoción a la Pasión, a la "Semana Santa". No es una conclusión; es un corolario de lo que precede. Por Escalaceli llegamos inmediatamente a las más profundas raíces de ese fervor del pueblo andaluz por sus Cristos, sus Macarenas y sus "pasos". El Cristo del Beato Álvaro, las cruces de Escalaceli abrieron un abismal surco en el alma religiosa de Andalucía; en él han florecido, como máximo exponente, esas procesiones —consteladas de cera y suspiros—, esos Cristos sangrantes y esas Vírgenes sublimemente consternadas, que labraron gubias tan creyentes como las de Martínez Montañés, Juan de Mesa o Cristóbal de Mora. Escalaceli fue meta de peregrinaciones; el proceso canónico del culto del Beato Álvaro abunda en confesiones de este tipo. Los peregrinos se pasaban noches enteras velando delante del Cristo del Beato Álvaro y durante el día visitaban las capillas que evocaban los santos lugares y recorrían la Vía crucis.

Esta es la obra —y también la biografía— del Beato Álvaro de Córdoba. Allí, en aquel nido de águilas espirituales, murió en 1430. Escalaceli siguió largo tiempo la ruta trazada por el fundador. El Beato Álvaro ha seguido velando por su continuidad. En 1530 los religiosos lo abandonaron, trasladándose al monasterio de los santos mártires Acisclo y Victoria; intentaron llevarse los restos del fundador, pero sus reiteradas intentonas se vieron frustradas por prodigios celestes. Fray Luis de Granada recibe en 1534 el encargo de reconstruir material y espiritualmente el célebre convento. Y, con su celo y juventud, renovó los mejores tiempos de Escalaceli. A fines del siglo XVI se erigió la Cofradía del Beato Álvaro, inscribiéndose en pocos años más de 4.000 hermanos. La flor de la nobleza andaluza abrazó los estatutos; en 1655 medio centenar de caballeros cordobeses escriben al P. Provincial de Andalucía ofreciéndole su ayuda para restaurar el santuario, que, por las inclemencias de los temporales y por los años, se estaba desmoronando. En el siglo XVIII el conde de Cumbre Hermosa, Lorenzo María de la Concepción Ferrari, alto personaje de la corte, tomó el hábito y, electo prior, rehizo el convento y dejó cuantiosos bienes para convertirlo en un centro de misiones, decisión que el hagiógrafo cordobés Sánchez de Feria comentó como "idea propia del cielo". Por esa época, 1741, se logró dar remate al proceso de beatificación de fray Álvaro; Benedicto XIV, el gran maestro clásico de las causas de beatificación y canonización, había estudiado detenidamente el caso típico que presentaba el proceso; en su monumental obra sobre la materia se refiere repetidas veces a este proceso. La desamortización y exclaustración del siglo XIX amenazó una vez más de ruina a Escalaceli; pero el Beato Álvaro veló por su convento. Devotos cordobeses restauran la "Hermandad del Santísimo Cristo y del Beato Álvaro de Córdoba" y la reina Isabel II con toda la familia real fueron recibidos en ella; el P. Ferrari había logrado que Fernando VI adoptase a Escalaceli bajo el patronato real. En 1900 volvieron los dominicos, Las Cortes de Cádiz habían querido reformar la Iglesia española inspirándose en la obra del Beato Álvaro, a quien dedican elogios que más parecen sarcasmos que otra cosa. Porque mientras le encendían una vela, Escalaceli se estaba derrumbando. Aún hoy sobre el Monte Calvario tres cruces medio caídas recuerdan, en su anhelo de brazos extendidos, enclavados, abiertos sobre la ciudad lejana, su historia antigua. Pero pese a esta desgracia, que el hombre malo no ha permitido remediar, unos sencillos mojones de cal y canto rematados en cruz de hierro señalan el camino del primer Vía crucis de Europa y la gente vuelve a subir en romería y en peregrinación durante todo el año, especialmente en el tiempo penitente y nazareno de la Cuaresma. Un poco más allá, donde arranca la primera estación, está el convento rehecho, con su castillo al lado. Y casi medio centenar de novicios dominicos están curtiendo el cuerpo y el alma bajo el patronato del santo fundador. Para el peregrino, lo mismo que para los novicios, los versos de la puerta son un memorial inolvidable:

Alcázar de la fe, sagrado asilo...la cristiana piedad goza en tu historia, que escala te apellida de la gloria.

Todo en Escalaceli, el convento que yergue su hermosura en el mar grisáceo de la sierra como un blanco navío, invita a enfilar el alma proa a Dios. 

miércoles, 18 de febrero de 2015

18/02/2015 Miércoles de Ceniza

Reflexión de hoy

Lecturas


Ahora - oráculo del Señor - convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto.
Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas.»
Quizá se arrepienta y nos deje todavía su bendición, la ofrenda, la libación para el Señor, vuestro Dios.
Tocad la trompeta en Sión, proclamad el ayuno, convocad la reunión. Congregad al pueblo santificad la asamblea, reunid a los ancianos. Congregad a muchachos y niños de pecho.
Salga el esposo de la alcoba, la esposa del tálamo.
Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan:
- «Perdona, Señor, a tu pueblo; no entregues tu heredad al oprobio, no la dominen los gentiles; no se diga entre las naciones: ¿Dónde está su Dios? El Señor tenga celos por su tierra, y perdone a su pueblo.»

Hermanos:
Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios.
Secundando su obra, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice:
- «En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda»; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.
Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga.
Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará.
Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.»

Palabra del Señor.

Santa María Bernarda Soubirous

Estando un día de pastorcita en Bartrès, recibió la visita de su padre. Este encontró que la niña estaba un poco triste.

— ¿Qué te ha disgustado, Bernardita?
—Mire, padre; mis corderos llevan una marca verde en el lomo.
Su padre quiso gastarle una broma. Y con toda seriedad le dijo:
—Si tienen el lomo verde, es que han comido demasiada hierba.
En realidad se trataba de la marca de un ganadero que, sin saberlo la pastorcilla, había pasado por el aprisco.
—Entonces, ¿pueden morirse?
—Es muy posible.
Bernardita se echó a llorar, y su padre, secándole las lágrimas, le aclaró la verdad.
Días después, ella contaba esta historia a una compañera suya.
—Pues ¡ya hace falta ser tonta para creer una cosa así!
— ¡Qué quieres! Yo no he mentido jamás y por eso no podía suponer que lo que me decía mi padre no fuese la verdad.

"Yo no he mentido jamás". Esto decía la niña, y esto hubo de repetir muchísimas veces a lo largo de su vida. Y esto, sobre todo, quedó bien claro a través de los detalles más insignificantes de esa misma vida suya. Mil ojos escrutadores, mil oídos atentos estuvieron pendientes de ella, para tratar de sorprenderla en una contradicción, en una exageración, simplemente en una vacilación. Y no lo lograron. Todos, prevenidos a favor o en contra, amigos o enemigos, creyentes o incrédulos, se sintieron subyugados por la transparente sinceridad, por el absoluto candor de la niña.

Coinciden todos, y piense el lector que son centenares los relatos que poseemos, en que su presencia era más bien vulgar. De estatura menuda, de movimientos concertados, pero nunca elegantes; de rostro sin ninguna característica especial, había, sin embargo, algo en ella que sobrecogía, y era su mirada. Todos a una proclaman que la Santísima Virgen parecía haber dejado en aquellos ojos un reflejo de su hermosura celestial. Porque Bernardita Soubirous, la pobre aldeana de un insignificante pueblecillo de los Pirineos..., había visto a la Virgen.

En verdad que nadie se lo hubiera sospechado. ¿Quién de los que intervinieron en aquel modestísimo bautizo de la hija mayor de un pobre molinero hubiera podido pensar que iba a llegar un día en que transformados ellos en personajes se buscarían con afán hasta los más mínimos detalles de sus propias vidas? Y, sin embargo, ha sido así. Al terminar el centenario de las apariciones de Lourdes nos encontramos con que este acontecimiento ha sido estudiado como acaso ningún otro a lo largo de la historia. Una masa ingente de documentos, de declaraciones, de fotografías, ha sido dada a conocer a todo el mundo. Compañeros, amigas, parientes o confidentes de Bernardita, el guardia campestre, los gendarmes, las mujercitas de Lourdes, los sabios y los doctos, los hermanos de la escuela, los curas... todos han dicho su palabra. Y del conjunto impresionante de testimonios de primera mano surge siempre, con sobrenatural pureza y transparencia, la figura de Santa Bernardita, llena de sinceridad, poseedora de un perfecto equilibrio moral y psicológico sin sombra alguna de amor propio, sin vanidad ninguna, con su buen sentido y su atrayente buen humor. Ni sombra de una iluminada, de una maniática o de una novelera. Simplemente: la auténtica santidad de un alma humilde y entregada a Dios.

Pero todo esto lo vemos después. Lo que las buenas gentes que se encontraban en la plaza de Lourdes vieron en 9 de enero de 1844 fue sencillamente un insignificante cortejo que salía de la iglesia parroquial llevando a una niña que acababa de ser bautizada. Curiosa coincidencia: aquel día se cumplía exactamente el año de la boda de sus padres. Hoy ya no existe la vieja parroquia románica, que ha cedido su lugar a la amplia plaza y al monumento a los muertos. Pero la pila bautismal subsiste aún en el baptisterio de la nueva parroquia.

Todavía los tiempos son relativamente propicios a la familia Soubirous. Sin que se pueda decir que vive en la prosperidad, se va defendiendo. Rápidamente el cuadro cambiará muchísimo. La miseria se irá haciendo creciente y han de abandonar el molino de Boly por el de Laborde, y después por el de Arcizac. Las cosas van de mal en peor y en casa de los Soubirous se llega a pasar hambre auténtica. Sobre todo cuando, agotadas ya las últimas posibilidades, el padre tiene que abandonar el oficio de molinero y la pobre familia ha de acogerse a una vieja mazmorra, que da a un patio convertido en estercolero, llena de humedad, y que ha de ser la única habitación de la que se dispone para todo. Para colmo, Bernardita es perseguida desde el primer momento de su existencia por un mal implacable: el asma.

Todavía hoy los peregrinos visitan en Lourdes, sobrecogidos, la mazmorra en que la Santa pasó sus primeros años. Y viéndola, con lágrimas en los ojos, recuerda necesariamente que Dios Nuestro Señor eligió las cosas que el mundo desprecia, como dice San Pablo, para confundir a los que son o se tienen por algo.

No toda su niñez pasó allí. Primero siendo muy pequeñita, y, después ya algo mayor, Bernardita marchó a pasar una temporada al vecino pueblecito de Bartrès. Así como Lourdes ha cambiado casi totalmente de su fisonomía, y a duras penas podemos recordar lo que era en tiempos de Santa Bernardita, Bartrès presenta hoy el mismo aspecto sedante, placentero y bucólico que en sus tiempos. Es una aldea sosegada y sencilla a la que Bernardita va para servir como humilde criadita, más frecuentemente como pastora, en casa de unos parientes. Allí inicia su durísimo aprendizaje catequístico. Incapaz de aprender con las demás niñas en la parroquia, pues no sabe leer ni escribir, ha de buscar una persona amiga, la señora Lagües, que le dé lecciones de catecismo. "Muchas veces la lección duraba de siete a nueve, sin lograr que la niña recordase ni una sola letra del libro. Bernardita lloraba muchas veces al ver que daba tanto trabajo", nos dirá el padre Ader en su declaración en el proceso apostólico. Juana María Garros, una de sus más fieles amigas, recordará con qué desesperación la pobre catequista tiraba a veces el catecismo diciendo: "¡Nunca sabrás nada!". Y con qué pena la niña se le echaba al cuello llorando, pidiéndole que la perdonase.

Bernardita quería hacer la primera comunión. Aquella situación era insostenible. Y por eso, aunque le costara dejar el aire puro de Bartrès, y cambiarlo por la sórdida mazmorra de Lourdes, un jueves, el 28 de enero de 1858, dejaba el pueblecito para volver a Lourdes.

"A los catorce años, nos dice uno de los testigos que declaró en el proceso apostólico de Nevers, no sabía leer ni escribir, ni conocía la lengua francesa; ignoraba el catecismo, y ella misma se consideraba como la última entre las niñas de su edad". Y, sin embargo, contra todo lo que humanamente se podía esperar, ella había sido la designada para ser objeto de una gracia excepcional.

Habían pasado quince días exactamente. Amaneció el jueves 11 de febrero de 1858. La niña, que había iniciado en estos días su preparación para la primera comunión, acudiendo a la escuela de las hermanas, disponía aquel día de su tiempo, pues, por ser jueves, tenía vacación.

Y ocurrió el acontecimiento que el mundo entero conoce ya. Pocos minutos antes de las once, la madre se disponía a salir. Al ir a cerrar la puerta observó que por un pasadizo cercano aparecía Juana Abadie, una niña de doce años, que estudiaba en la misma clase que Toneta, la hermana de Bernardita, ligeramente más joven que ella. Juana propuso a la madre de las dos niñas que les permitiera ir con ella a coger leña al bosque, Pero Bernardita estaba un poco resfriada, lo que no era de extrañar con tiempo tan frío y en una casa tan destartalada. Con todo, la madre accedió. Y las niñas salieron en dirección al bosque.

No había llegado a él y una mujercita que estaba lavando les aconsejó cambiar de dirección. Era muy fácil que, dirigiéndose hacia Massabielle, encontraran lo que deseaban con mayor facilidad y abundancia. Dicho y hecho. Las niñas se desviaron y se acercaron a lo que hoy es la explanada de la gruta, Pero para llegar a la gruta misma era necesario atravesar, entre dos bancos de arena, el lecho del canal. Toneta y Juana tiraron los zuecos, se metieron en el agua helada y pasaron a la otra orilla. Al poco tiempo perdían de vista a Bernardita. En el campanario de la iglesia sonaron las doce campanadas del mediodía, e inmediatamente después el "ángelus" puso en oración a todo el pueblo. Bernardita, que se ha quedado sola, se decide a descalzarse. Y en ese momento se abre la serie de maravillas. Oigamos su relato, tal cual salió de aquellos labios que jamás quisieron mentir:

"Casi no había llegado a quitarme una media cuando oí un rumor de viento, como cuando se acerca una tempestad. Me volví para mirar por todas partes de la pradera y vi que los árboles casi no se movían. Vislumbré, pero sin detener la vista, una agitación en las ramas y en las zarzas de la parte de la gruta.

Seguí descalzándome y, cuando me disponía a meter un pie en el agua, oí el mismo ruido ante mí. Levanté los ojos y vi un montón de ramas y zarzas que iban y venían, agitadas, por debajo de la boca más alta de la gruta, mientras nada se movía alrededor.

Detrás de las ramas, dentro de la abertura, vi enseguida a una joven toda blanca, no más alta que yo, que me saludó con una ligera inclinación de cabeza, al tiempo que apartaba un poco del cuerpo los brazos extendidos, abriendo las manos como las Santas Vírgenes. De su brazo derecho colgaba un rosario.

Tuve miedo y retrocedí. Quise llamar a mis compañeros, pero no me sentí capaz. Me froté los ojos varias veces, creía engañarme.

Al levantar los ojos, vi a una jovencita que me sonreía con muchísima gracia y que parecía invitarme a que me acercase a ella. Pero yo aún sentía miedo. Sin embargo, no era un miedo como el que había sentido otras veces, porque me hubiese quedado mirando siempre aquella (aquéro), y cuando se siente miedo una huye enseguida.

Entonces me vino la idea de rezar. Metí la mano en el bolsillo, tomé el rosario que llevo habitualmente, me arrodillé e intenté santiguarme. Pero no pude llevarme la mano a la frente: se me cayó.

Mientras, la joven se puso de lado y se volvió hacia mí. Esta vez tenía el gran rosario en la mano. Se santiguó como para empezar a rezar. A mí la mano me temblaba. Intenté santiguarme otra vez y pude hacerlo. Desde aquel momento no tuve más miedo.

Yo rezaba con mi rosario. La joven deslizaba las cuentas del suyo, pero sin mover los labios. Mientras rezaba el rosario, yo miraba cuanto podía.

Ella llevaba un vestido blanco que le bajaba hasta los pies, de los cuales sólo se veía la punta. El vestido quedaba cerrado muy arriba alrededor del cuello por una jareta de la que colgaba un cordón blanco. Un velo blanco, que le cubría la cabeza, descendía por los hombros y los brazos hasta llegar al suelo. Sobre cada pie vi que tenía una rosa amarilla. La faja del vestido era azul y le caía hasta un poco mis abajo de las rodillas. La cadena del rosario era amarilla, las cuentas blancas, gruesas y muy apartadas unas de otras. La joven estaba llena de vida, era muy joven y se hallaba rodeada de luz.

Cuando hube terminado el rosario, me saludó sonriendo. Se retiró dentro del hueco y desapareció súbitamente."

Hacia el fin de su éxtasis Toneta y Juana vislumbraron a Bernardita. Ella de momento guardó secreto. Pero la emoción no le cabía en el cuerpo y pocos minutos después se abría a su hermana. Su vida iba a cambiar por completo.

Comienza la serie de las apariciones. Y comienza a hacerse la niña piedra de contradicción. Habrá un día, el 18 de febrero, también jueves, en que la Santísima Virgen, la niña aún no sabe de quién se trata, le dirá: "No te prometo hacerte feliz aquí en la tierra, sino en el cielo". Será este día precisamente el que en muchas diócesis del mundo se elegirá para celebrar la fiesta de Santa Bernardita.

Días inolvidables los de las apariciones. Unas veces la Santísima Virgen quiere penitencia. En otra ocasión muestra el lugar de una fuente milagrosa. Más tarde pide la erección de una capilla. Y que se vaya allí en procesión. Por fin un día inolvidable, el día de la Anunciación, la aparición declara su nombre. En patois Lurdes declara que es la Inmaculada Concepción. Bernardita nunca había oído esa expresión, e incluso las primeras veces pronuncia mal la palabra Concepción. Pero no importa. Ahora ya se sabe de quién se trata y por más que el demonio recurra a las peores artes la aparición terminará por abrirse camino y triunfar por completo.

Bernardita por fin, recibe la ansiada primera comunión. Fue el jueves 3 de junio, fiesta del Corpus. En la capilla del hospicio, donde ella se había preparado. Después, pese a un complot para tratar de recluirla, consigue volver a su vida normal. Así hasta el 16 de julio en que, por última vez en su vida mortal, tiene lugar la aparición. Era la decimoctava vez que la Señora se manifestaba. Después terminó todo. Intervinieron los hombres. Se examinaron las causas. Y al final el señor obispo dio su dictamen: Bernardita no mentía; la aparición habla sido verdadera; el culto a la Virgen de Lourdes quedaba autorizado.

Mientras todo aquello se estudiaba, Bernardita había estado viviendo como pensionista en el hospicio. Y allí había brotado la flor preciosa de su vocación. Hay serios indicios para suponer que la Santísima Virgen le aconsejó que se abrazara con la vida religiosa. Parece ser que éste fue uno de los secretos que ella guardó siempre tan celosamente. Lo cierto es que, después de una dura lucha con su timidez, se decidió por fin a pedir el ingreso en la congregación. Y tras algunas vacilaciones, éste le fue concedido.

El martes 3 de julio de 1886 Bernardita, acompañada de algunas hermanas, se dirigió a la gruta. Traspuso la reja y se arrodilló. En oración y con los ojos fijos en la imagen de la Inmaculada suspiró y entre sollozos repitió: "Madre mía, Madre mía, ¿cómo podré dejarte?". Se puso de pie, besó la roca y después el rosal. Al fin se arrancó de aquel lugar que tenía para ella recuerdos inolvidables. "La gruta era mi cielo", habrá de decir en alguna ocasión.

La última noche la pasó con su familia en el molino Lacadé. Dejaba a los suyos casi en la miseria. Al día siguiente la acompañaron al hospicio y allí le dieron el último adiós. Fue una escena emocionante. Todos lloraban, a excepción de Bernardita. Por fin se separaron y de allí partió para Nevers.

Había comenzado para ella una nueva vida. Una sola vez, como excepción, se le permitió hablar de Lourdes y contar sencillamente a la comunidad lo que habían sido las apariciones. Después se le impuso el silencio, que ella guardó siempre rigurosamente, evitando con extraordinaria habilidad cualquier sorpresa que le preparaban para conseguir de ella alguna palabra sobre el asunto. Fue una religiosa más, Obediente, puntual, amante de la pobreza, trabajadora, caritativa. Pero sin ninguna distinción especial.

La Santísima Virgen le había dicho que no la haría feliz en la tierra sino en el cielo. Por eso a ella no le extrañó tener que sufrir tanto.

Y sufrió en el cuerpo. La enfermedad le acompañó constantemente. Ya a los tres meses de noviciado tuvo que hacer su profesión religiosa "in articulo mortis", pues no se pensó que pudiera sobrevivir. Después, todos los años el invierno, o el más mínimo accidente, le traían tremendos sufrimientos. Se ahogaba constantemente. Y su vida era un continuo sufrir.

Sufrió también en su espíritu. Con algo que muy difícilmente podemos valorar quienes no hemos vivido la vida religiosa, y sobre todo quienes apenas podemos hacernos cargo de la sensibilidad a flor de piel que llega a producirse en una mujer joven, delicada de salud, viviendo la vida común. Pero la verdad es que también por este lado sufrió enormemente. La madre maestra de novicias, a la que prácticamente estuvo sometida toda su vida religiosa, aun después de su profesión, sintió hacia ella un despego y hasta una positiva aversión. Esto se traducía en mil pequeños incidentes, dolorosísimos para la Santa. En continuas humillaciones, e incomprensión y hasta, justo es decirlo, no pocas veces también en desconfianza.

Por si esto fuera poco, tuvo la Santa un tercer sufrimiento. El más terrible. Apenas nos lo podemos imaginar, pues se trató de una prueba mística, de esas que el Señor envía y que sólo quien las sufre puede llegar a comprender. Se había ofrecido la Santa para sufrir. Y el Señor aceptó sus sufrimientos. En su diario íntimo y en algunas expresiones que se le escaparon podemos percibir algo de lo que fue la desolación y el abandono, la purificación misteriosa, el dolor penetrante y profundo que empaparon por completo su alma. Prueba heroica cuyas dimensiones escapan por completo a toda ponderación humana.

Y así año tras año, a lo largo de su ejemplar y santa vida religiosa. Fue santa porque con tan edificante perfección supo vivir su oculta vida de inmolación. Esto fue lo que la santificó. Las apariciones fueron tan sólo la ocasión de que el Señor se sirvió para prepararla.

Un día en que ella se encontraba en la cama, recibió la visita del señor obispo de Nevers. Venía a pedirle que escribiese una carta para el Papa, porque él iba a ir a Roma a visitarle y quería llevársela. En una carpeta, que sostenía una hermana que nos describió la escena en el proceso apostólico, la religiosa escribió la carta cuyo original conservamos aún. Es realmente emocionante el tono y la expresión de esta carta llena de ingenuidad, de humilde devoción de auténtico perfume de santidad. Sentimos no poder reproducir más que un párrafo:

"Santísimo Padre, jamás hubiera osado tomar la pluma para escribir a Vuestra Santidad, yo, pobre hermanita, si nuestro digno obispo, monseñor de Ladoue, no me hubiese animado diciéndome que el medio seguro de alcanzar una bendición del Santo Padre era escribiros y que él tendría la amabilidad de llevar mi carta. Se establece una lucha entre el temor y la confianza. Yo, pobre ignorante, hermanita enferma, osar escribir al Santísimo Padre ¡jamás!"

Y continúa expresándole el amor que siente hacia el Papa y la alegría que le dio pensar, que la Santísima Virgen se había dignado, en cierta manera, confirmar la palabra del mismo Pontífice al aparecerse en Lourdes.

El Papa correspondió con una bendición, juntamente con un precioso crucifijo de plata. Era como la preparación para el episodio final. Bernardita estaba ya lista para la muerte.

Y la muerte llegó. Antes, sin embargo, le precedió un cierto alivio. Se nombró una nueva superiora general, Mucho más comprensiva para con ella. Por otra parte tuvo el consuelo también de recibir la visita de Toneta, su hermana queridísima, y la de uno de los sacerdotes de Lourdes que había sido su confesor en la época de las apariciones. A nadie más pudo ver, ni se pudo jamás arreglar un viaje a Lourdes para volver a visitar su gruta querida.

La enfermedad se fue agravando. Los sufrimientos se hacían más insoportables. El domingo de Pascua, 13 de abril, parecía estar ya inminente el desenlace. Pero su auténtica noche de Getsemaní fue la del lunes al martes de Pascua. Sufrió terriblemente y sin descanso. Un sudor helado cubría su frente. Temblaba por su propia salvación. Y así continuó también sufriendo en la mañana del 16 de abril. A eso de las once de la mañana la colocaron en un sillón con los pies en un escabel. A eso de la una acudió la comunidad. Ella miró a la imagen de la Virgen y con intensidad exclamó: "¡La vi, la vi! ¡Qué hermosa era! ¡Cuánto ansío volver a verla!" Minutos después quedó con los ojos fijos en un punto de la pared, lanzó una exclamación de sorpresa y con la mano derecha crispada en el sillón intentó levantarse. Volvió a quedar tranquila. Así pasó el tiempo, entre sufrimientos tremendos, hasta que por fin, musitando dulcemente "ruega por mí, pobre pecadora, pobre pecadora", y apretando el crucifijo contra su corazón, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, expiró dulcemente. Tenía treinta y cinco años de edad y llevaba doce en la casa religiosa en la que había ingresado.

Su muerte fue un auténtico triunfo. La ciudad entera se conmovió. Los funerales, solemnísimos, atrajeron muchedumbres inmensas. Pronto empezó a pensarse en su beatificación.

Fue un cardenal español, Vives y Tutó, el que animó por medio del obispo de Nevers, a la superiora general a acometer la empresa. La antigua maestra de novicias pedía que se retrasara el comienzo del proceso hasta que ella muriera. Así se hizo. Y por fin el 20 de agosto de 1909 se iniciaba el ansiado proceso. Se procedió con rapidez, y el 18 de noviembre de 1923 se declaraba la heroicidad de sus virtudes. Por fin, el 14 de junio de 1927 era declarada Beata. Y en 1933, el 8 de diciembre, canonizada solemnísimamente.

En su homilía Su Santidad Pío XI ponderó la humildad de esta "ignorante hija de unos pobres molineros, que por toda riqueza poseía solamente el candor de su alma exquisita".

Y en el Lourdes de hoy sigue presente. Bajo las arcadas está su altar. Al llegar a la estación, sale al encuentro, en una deliciosa estatua que la presenta como pastorcita, al peregrino que acude a la ciudad santa; las muchedumbres visitan la mazmorra en que ella vivió. Mientras en Nevers, encerrada en una preciosa urna, se muestra como dormida a sus devotos visitantes.