sábado, 7 de marzo de 2026
Lecturas del 07/03/2026
Pastorea a tu pueblo, Señor, con tu cayado, al rebaño de tu heredad, que anda solo en la espesura, en medio del bosque; que se apaciente como antes en Basán y Galaad.
Como cuando saliste de Egipto, les haré ver prodigios.
¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad?
No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia.
Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar.
Concederás a Jacob tu fidelidad y a Abrahán tu bondad, como antaño prometiste a nuestros padres.
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».
Palabra del Señor.
07 de Marzo 2026 – San Teófilo - Obispo de Nicomedia
Fue discípulo de San Tarasio quien al darse cuenta de la vocación y dones del muchacho para la vida religiosa, decidió confiárselo a otros de sus discípulos, San Miguel el Confesor, quien se hallaba fundando un monasterio junto al Bósforo. Años más tarde, y luego de soportar ambos las más duras y difíciles pruebas, San Tarasio confirió la dignidad episcopal: Teófilo recibió la sede de Nicomedia y Miguel a la Sínada.
Cuando el León V emprendió de nuevo su batalla contra las imágenes, San Nicéforo, sucesor de San Tarasio en la sede de Constantinopla, convocó a un Concilio para mantener la doctrina católica contra el emperador. San Teófilo y otros teólogos de gran saber defendieron con elocuencia el punto de vista de la Iglesia, pero el emperador permanecía inconmovible.
Fue entonces, que el santo, al ver la dureza del corazón del emperador, vaticinó terribles desgracias y pesares que caerían sobre él; el emperador, enfurecido, mandó a encarcelar al santo en una oscura y terrible celda, donde falleció treinta años después.
San Teófilo tuvo un corazón grande y generoso; su incansable servicio y entrega hacia los más pobres y enfermos conllevó a que más adelante, el santo fundase varios hospitales en la región.
Cuando el León V emprendió de nuevo su batalla contra las imágenes, San Nicéforo, sucesor de San Tarasio en la sede de Constantinopla, convocó a un Concilio para mantener la doctrina católica contra el emperador. San Teófilo y otros teólogos de gran saber defendieron con elocuencia el punto de vista de la Iglesia, pero el emperador permanecía inconmovible.
Fue entonces, que el santo, al ver la dureza del corazón del emperador, vaticinó terribles desgracias y pesares que caerían sobre él; el emperador, enfurecido, mandó a encarcelar al santo en una oscura y terrible celda, donde falleció treinta años después.
San Teófilo tuvo un corazón grande y generoso; su incansable servicio y entrega hacia los más pobres y enfermos conllevó a que más adelante, el santo fundase varios hospitales en la región.
viernes, 6 de marzo de 2026
Lecturas del 06/03/2026
Israel amaba a José más que a todos los otros hijos, porque le había nacido en la vejez, y le hizo una túnica con mangas. Al ver sus hermanos que su padre lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaban el saludo.
Sus hermanos trashumaron a Siquén con los rebaños de su padre. Israel dijo a José: «Tus hermanos deben de estar con los rebaños en Siquén; ven, que te voy a mandar donde están ellos».
José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos lo vieron desde lejos y, antes de que se acercara, maquinaron su muerte. Se decían unos a otros: «Ahí viene el soñador. Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños».
Oyó esto Rubén, e intentando salvarlo de sus manos, dijo: «No le quitemos la vida».
Y añadió: «No derraméis sangre; echadlo en este aljibe, aquí en la estepa; pero no pongáis las manos en él».
Lo decía para librarlo de sus manos y devolverlo a su padre.
Cuando llegó José al lugar donde estaban sus hermanos, lo sujetaron, le quitaron la túnica, la túnica con mangas que llevaba puesta, lo cogieron y lo echaron en un pozo. El pozo estaba vacío, sin agua.
Luego se sentaron a comer y, al levantar la vista, vieron una caravana de ismaelitas que transportaban en camellos goma, bálsamo y resina de Galaad a Egipto. Judá propuso a sus hermanos: « ¿Qué sacaremos con matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pongamos nuestras manos en él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra».
Los hermanos aceptaron.
Al pasar unos mercaderes madianitas, tiraron de su hermano; y, sacando a José del pozo, lo vendieron a unos ismaelitas por veinte monedas de plata. Estos se llevaron a José a Egipto.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.
Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?”».
Le contestan: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Y Jesús les dice: « ¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?
Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos.
Y, aunque intentaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.
Palabra del Señor.
06 de Marzo 2026 – Santa María de la Providencia
Se llama "Divina Providencia" al cuidado amoroso que Dios tiene de cada uno de nosotros.
Su nombre era María Eugenia Smet. Y nació en Lila, Francia, en marzo de 1825. Sus estudios los hizo interna en un colegio de religiosas; y allí adquirió una sólida formación religiosa, cuyas características principales fueron una confianza total en la Divina Providencia, un gran amor y devoción por las benditas almas del purgatorio, y una fuerte inclinación hacia la vida religiosa.
Al volver a su casa después de terminar sus estudios de bachillerato se propuso estar siempre ocupada y ayudar en lo más posible a los pobres. Cada día cocinaba una enorme olla de sopa y la repartía entre los más indigentes. Y a los que no podían salir de su casa por estar enfermos, les llevaba alimentos a sus propios hogares. Le encantaba ayudar a barrer y adornar los templos.
Cuando ya llevaba 7 años dedicada a estas obras, un día asistió a un retiro predicado por un misionero y salió llena de entusiasmo por las Misiones. En adelante se dedicó a recoger ayudas para los misioneros y a hacer rifas para conseguir dinero para las misiones. Los misioneros se quedaban admirados de las cantidades de ayudas que esta joven les conseguía.
A los 27 años, con permiso del confesor, hizo voto de castidad.
En 1855, por consejo del Santo Cura de Ars y de otros santos sacerdotes, se unió con otras jóvenes piadosas en París y fundó la comunidad de las "Auxiliadoras de las Almas del Purgatorio".
María era terca y no le gustaba hacer mucho caso de los consejos de sus directores. Por ello los capellanes de su comunidad no duraban sino muy poco tiempo y la Comunidad no lograba progresar. Pero Dios le concedió el remedio que necesitaba. Le envió un sabio Padre Jesuita que con diplomacia pero con energía fue logrando que la hermana María le hiciera caso y siguiera sus consejos. Ella, que era tan dominante, ahora tenía frente a sí a uno de su talla. Al fin un día le confesó claramente: ¡Padre, Ud. ha logrado dominar mi altanería y mi terquedad! El sacerdote le respondió: "Quiera el cielo que de ahora en adelante lo que Ud. busque sea hacer siempre no lo que sus impulsos y sus caprichos le aconsejen, sino lo que más le parezca que es la voluntad de Dios".
Otro día ella le decía al santo jesuita: "Padre, estoy totalmente disgustada de mí misma y del modo como me comporto". Y él le respondió: "Me alegra que no esté contenta de cómo es y de su modo de comportarse. Si estuviera contenta, eso sería una mala señal".
El Padre jesuita les redactó las Reglas o Constituciones de la nueva comunidad, las cuales fueron adoptadas, y aceptadas en 1859, y en aquellos mismos años, 28 señoritas, ante el Arzobispo de París, juraron cumplir las Reglas de la nueva Congregación. La fundadora se llamó en adelante Madre María de la Providencia.
Cuando se desanimaba, le decía su director espiritual: "Usted es una preferida de la Divina Providencia. Si después de todas las maravillas que la Divina Providencia ha hecho en su favor, todavía desconfiara de las ayudas de Dios, esto sería una verdadera infidelidad. Confíe en Dios y vencerá".
Fundó casas de su Comunidad en varios sitios de Francia y envió a sus religiosas como misioneras a China.
A Divina Providencia permitió que le llegara un dolorosísimo cáncer que la atormentó por bastante tiempo, y que la obligaba frecuentemente a guardar quietud (lo cual le servía para crecer mucho en santidad por medio de la oración y la meditación).
En 1871, devorada por el cáncer, murió santamente. Y su rostro, que poco antes de la muerte estaba crispado por los terribles dolores, recobró al morir una muy agradable presencia.
Sus religiosas tienen 119 casas en el mundo con 1,100 religiosas, y se dedican a la pastoral de la salud y a la pastoral social.
Que como esta santa fundadora, también nosotros logremos dominar nuestros impulsos, nuestras inclinaciones, y dejarnos guiar por las luces e inspiraciones de quienes nos quieren guiar hacia la santidad.
Su nombre era María Eugenia Smet. Y nació en Lila, Francia, en marzo de 1825. Sus estudios los hizo interna en un colegio de religiosas; y allí adquirió una sólida formación religiosa, cuyas características principales fueron una confianza total en la Divina Providencia, un gran amor y devoción por las benditas almas del purgatorio, y una fuerte inclinación hacia la vida religiosa.
Al volver a su casa después de terminar sus estudios de bachillerato se propuso estar siempre ocupada y ayudar en lo más posible a los pobres. Cada día cocinaba una enorme olla de sopa y la repartía entre los más indigentes. Y a los que no podían salir de su casa por estar enfermos, les llevaba alimentos a sus propios hogares. Le encantaba ayudar a barrer y adornar los templos.
Cuando ya llevaba 7 años dedicada a estas obras, un día asistió a un retiro predicado por un misionero y salió llena de entusiasmo por las Misiones. En adelante se dedicó a recoger ayudas para los misioneros y a hacer rifas para conseguir dinero para las misiones. Los misioneros se quedaban admirados de las cantidades de ayudas que esta joven les conseguía.
A los 27 años, con permiso del confesor, hizo voto de castidad.
En 1855, por consejo del Santo Cura de Ars y de otros santos sacerdotes, se unió con otras jóvenes piadosas en París y fundó la comunidad de las "Auxiliadoras de las Almas del Purgatorio".
María era terca y no le gustaba hacer mucho caso de los consejos de sus directores. Por ello los capellanes de su comunidad no duraban sino muy poco tiempo y la Comunidad no lograba progresar. Pero Dios le concedió el remedio que necesitaba. Le envió un sabio Padre Jesuita que con diplomacia pero con energía fue logrando que la hermana María le hiciera caso y siguiera sus consejos. Ella, que era tan dominante, ahora tenía frente a sí a uno de su talla. Al fin un día le confesó claramente: ¡Padre, Ud. ha logrado dominar mi altanería y mi terquedad! El sacerdote le respondió: "Quiera el cielo que de ahora en adelante lo que Ud. busque sea hacer siempre no lo que sus impulsos y sus caprichos le aconsejen, sino lo que más le parezca que es la voluntad de Dios".
Otro día ella le decía al santo jesuita: "Padre, estoy totalmente disgustada de mí misma y del modo como me comporto". Y él le respondió: "Me alegra que no esté contenta de cómo es y de su modo de comportarse. Si estuviera contenta, eso sería una mala señal".
El Padre jesuita les redactó las Reglas o Constituciones de la nueva comunidad, las cuales fueron adoptadas, y aceptadas en 1859, y en aquellos mismos años, 28 señoritas, ante el Arzobispo de París, juraron cumplir las Reglas de la nueva Congregación. La fundadora se llamó en adelante Madre María de la Providencia.
Cuando se desanimaba, le decía su director espiritual: "Usted es una preferida de la Divina Providencia. Si después de todas las maravillas que la Divina Providencia ha hecho en su favor, todavía desconfiara de las ayudas de Dios, esto sería una verdadera infidelidad. Confíe en Dios y vencerá".
Fundó casas de su Comunidad en varios sitios de Francia y envió a sus religiosas como misioneras a China.
A Divina Providencia permitió que le llegara un dolorosísimo cáncer que la atormentó por bastante tiempo, y que la obligaba frecuentemente a guardar quietud (lo cual le servía para crecer mucho en santidad por medio de la oración y la meditación).
En 1871, devorada por el cáncer, murió santamente. Y su rostro, que poco antes de la muerte estaba crispado por los terribles dolores, recobró al morir una muy agradable presencia.
Sus religiosas tienen 119 casas en el mundo con 1,100 religiosas, y se dedican a la pastoral de la salud y a la pastoral social.
Que como esta santa fundadora, también nosotros logremos dominar nuestros impulsos, nuestras inclinaciones, y dejarnos guiar por las luces e inspiraciones de quienes nos quieren guiar hacia la santidad.
jueves, 5 de marzo de 2026
Lecturas del 05/03/2026
Esto dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor.
Será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto.
Nada hay más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo conoce?
Yo, el Señor, examino el corazón, sondeo el corazón de los hombres para pagar a cada cual su conducta según el fruto de sus acciones».
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.
Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».
Palabra del Señor.
05 de Febrero 2026 – San Placido Monje
El día de la Asunción de 1654, nació en la Isla de Isquia, frente a Nápoles, un niño que fue bautizado el mismo día con los nombres de Carlos Cayetano. Sus padres, José Calosirto y Laura Garguilo, formaban un matrimonio acomodado y ejemplar e hicieron cuanto estuvo en su mano por educar cristianamente a sus numerosos hijos. Su casa estaba abierta a los pobres, sobre todo a los pobres vergonzantes y Doña Laura preparaba alimentos y medicinas y los llevaba personalmente a los enfermos. Cinco de los siete hijos entraron en religión; entre todos ellos se distinguió Carlos, por su precoz piedad y su carácter apacible.
Sus padres reconocieron pronto la santidad de aquel hijo y le dejaron en libertad de seguir los caminos por donde le llevaba la gracia, aun cuando les parecieran un tanto extraordinarios. Para poder dedicarse más libremente a la oración, Carlos dormía en el rincón más remoto de su casa. Como no tenía dinero para comprar instrumentos de penitencia, se fabricó una disciplina con algunos clavos e hizo grandes ayunos desde muy niño. Nada tiene de extraño que, después de una infancia semejante, Carlos se haya sentido llamado a la vida religiosa.
Con el objeto de obtener la luz del cielo para su elección, hizo una fervorosa novena. Justamente cuando Carlos acababa de terminarla, llegaron a la hospitalaria casa de Doña Laura dos frailes franciscanos de la reforma de San Pedro de Alcántara. El muchacho, muy impresionado por la pobreza y santa conversación de aquellos hijos de San Francisco, partió con ellos al convento de Santa Lucía del Monte, en Nápoles, para consultar a los superiores sobre su vocación. Ahí entró en contacto con el P. Carlos de las Heridas de Jesús y ese experimentado director descubrió en el joven las semillas de una gran vocación.
Durante nueve meses puso a prueba su abnegación y le enseñó el método de oración mental de San Pedro de Alcántara. Al cabo de ese período, Carlos, que no tenía más que dieciséis años, tomó el hábito de San Francisco. Junto con el hábito, recibió el nombre de Juan José de la Cruz. El joven novicio correspondió plenamente a las esperanzas de sus superiores. Su fervor, humildad y obediencia eran viva imagen de los de San Pedro de Alcántara.
Le confiaron el nuevo monasterio de Piedimonte di Alife, aunque todavía no había cumplido los veintiún años ni había recibido la ordenación sacerdotal. San Juan José había querido permanecer diácono para imitar, hasta en eso, a su seráfico padre San Francisco; pero sus superiores no se lo permitieron y el santo celebró su primera misa el día de San Miguel de 1677. Un mes después, a pesar de su juventud, recibió la licencia de oír confesiones.
El santo tuvo que arrancarse de su retiro para desempeñar el difícil y delicado cargo de maestro de novicios. Inculcaba a sus novicios la estricta observancia de la regla, no les imponía las austeridades que él practicaba. Al contrario, decidió establecer un tiempo de recreo obligatorio. Más tarde fue llamado a ejercer el superiorato en el convento de Piedimonte. Después, tras un corto período de trabajo directo con las almas, fue nombrado nuevamente superior. Atravesó por entonces por una temporada de gran aridez y desolación, a la que puso fin la aparición de un hermano lego difunto quien le aseguró que Dios estaba con él. A raíz de aquella visión, empezaron a manifestarse los poderes milagrosos del santo, quien obró numerosas curaciones y multiplicó varias veces la comida en su convento.
Tuvo que tomar parte muy activa en la crisis que estuvo a punto de acabar con los franciscanos de la reforma de San Pedro de Alcántara en Italia. Desorganizados y amenazados con una eventual supresión, los frailes italianos volvieron sus miradas al P. Juan José. La prudencia, la personalidad y la reputación del santo consiguieron la perfecta unión, redujeron la oposición, acallaron la maledicencia y finalmente, obtuvieron la licencia de Roma para la organización de la nueva provincia. En un momento dado, los frailes tuvieron que contentarse con tener un techo, por no decir nada de las privaciones que hubieron de sufrir; pero el P. Juan José lo soportó todo alegremente, pues consideraba que las dificultades le asemejaban a su santo fundador. En cuanto vio bien encaminada su provincia, el santo, que ejercía el cargo de provincial, decidió abandonar el superiorato y retirarse a la oscuridad.
Pero la oscuridad no existía para él, pues su santidad, sus milagros y las conversiones que había logrado lo hicieron muy famoso. Para entonces era ya muy anciano y sufría de una parálisis parcial; pero, en cuanto aparecía en la calle, apoyado en su bastón, le seguía una multitud que quería su bendición y su consejo y las gentes llegaban hasta arrancarle hilos del hábito para conservarlos como reliquias. En 1722, las dos casas de Nápoles fueron devueltas a la provincia italiana. San Juan José se retiró a la de Santa Lucía para cumplir la promesa que había hecho de que sus restos reposarían ahí.
Además del don de milagros y de profecía, San Juan José tuvo numerosos éxtasis, levitaciones y visiones celestiales.
Se cuenta que durante casi toda su vida pudo leer los pensamientos de quienes iban a consultarle, como si los llevasen escritos sobre la frente. Cuando se aproximaba la fecha de su muerte, San Juan José recibió un aviso del cielo y así lo dijo a sus hermanos. Sin embargo, no interrumpió su trabajo habitual. A las dos de la mañana del 1o. de marzo de 1734, sufrió un violento ataque de apoplejía, del que ya no volvió en sí. Murió cinco días después, a los ochenta años de edad. Fue enterrado en Santa Lucía del Monte, con el hábito que había llevado siempre. Su tumba se convirtió inmediatamente en un lugar de peregrinación. Su canonización tuvo lugar en 1839.
Sus padres reconocieron pronto la santidad de aquel hijo y le dejaron en libertad de seguir los caminos por donde le llevaba la gracia, aun cuando les parecieran un tanto extraordinarios. Para poder dedicarse más libremente a la oración, Carlos dormía en el rincón más remoto de su casa. Como no tenía dinero para comprar instrumentos de penitencia, se fabricó una disciplina con algunos clavos e hizo grandes ayunos desde muy niño. Nada tiene de extraño que, después de una infancia semejante, Carlos se haya sentido llamado a la vida religiosa.
Con el objeto de obtener la luz del cielo para su elección, hizo una fervorosa novena. Justamente cuando Carlos acababa de terminarla, llegaron a la hospitalaria casa de Doña Laura dos frailes franciscanos de la reforma de San Pedro de Alcántara. El muchacho, muy impresionado por la pobreza y santa conversación de aquellos hijos de San Francisco, partió con ellos al convento de Santa Lucía del Monte, en Nápoles, para consultar a los superiores sobre su vocación. Ahí entró en contacto con el P. Carlos de las Heridas de Jesús y ese experimentado director descubrió en el joven las semillas de una gran vocación.
Durante nueve meses puso a prueba su abnegación y le enseñó el método de oración mental de San Pedro de Alcántara. Al cabo de ese período, Carlos, que no tenía más que dieciséis años, tomó el hábito de San Francisco. Junto con el hábito, recibió el nombre de Juan José de la Cruz. El joven novicio correspondió plenamente a las esperanzas de sus superiores. Su fervor, humildad y obediencia eran viva imagen de los de San Pedro de Alcántara.
Le confiaron el nuevo monasterio de Piedimonte di Alife, aunque todavía no había cumplido los veintiún años ni había recibido la ordenación sacerdotal. San Juan José había querido permanecer diácono para imitar, hasta en eso, a su seráfico padre San Francisco; pero sus superiores no se lo permitieron y el santo celebró su primera misa el día de San Miguel de 1677. Un mes después, a pesar de su juventud, recibió la licencia de oír confesiones.
El santo tuvo que arrancarse de su retiro para desempeñar el difícil y delicado cargo de maestro de novicios. Inculcaba a sus novicios la estricta observancia de la regla, no les imponía las austeridades que él practicaba. Al contrario, decidió establecer un tiempo de recreo obligatorio. Más tarde fue llamado a ejercer el superiorato en el convento de Piedimonte. Después, tras un corto período de trabajo directo con las almas, fue nombrado nuevamente superior. Atravesó por entonces por una temporada de gran aridez y desolación, a la que puso fin la aparición de un hermano lego difunto quien le aseguró que Dios estaba con él. A raíz de aquella visión, empezaron a manifestarse los poderes milagrosos del santo, quien obró numerosas curaciones y multiplicó varias veces la comida en su convento.
Tuvo que tomar parte muy activa en la crisis que estuvo a punto de acabar con los franciscanos de la reforma de San Pedro de Alcántara en Italia. Desorganizados y amenazados con una eventual supresión, los frailes italianos volvieron sus miradas al P. Juan José. La prudencia, la personalidad y la reputación del santo consiguieron la perfecta unión, redujeron la oposición, acallaron la maledicencia y finalmente, obtuvieron la licencia de Roma para la organización de la nueva provincia. En un momento dado, los frailes tuvieron que contentarse con tener un techo, por no decir nada de las privaciones que hubieron de sufrir; pero el P. Juan José lo soportó todo alegremente, pues consideraba que las dificultades le asemejaban a su santo fundador. En cuanto vio bien encaminada su provincia, el santo, que ejercía el cargo de provincial, decidió abandonar el superiorato y retirarse a la oscuridad.
Pero la oscuridad no existía para él, pues su santidad, sus milagros y las conversiones que había logrado lo hicieron muy famoso. Para entonces era ya muy anciano y sufría de una parálisis parcial; pero, en cuanto aparecía en la calle, apoyado en su bastón, le seguía una multitud que quería su bendición y su consejo y las gentes llegaban hasta arrancarle hilos del hábito para conservarlos como reliquias. En 1722, las dos casas de Nápoles fueron devueltas a la provincia italiana. San Juan José se retiró a la de Santa Lucía para cumplir la promesa que había hecho de que sus restos reposarían ahí.
Además del don de milagros y de profecía, San Juan José tuvo numerosos éxtasis, levitaciones y visiones celestiales.
Se cuenta que durante casi toda su vida pudo leer los pensamientos de quienes iban a consultarle, como si los llevasen escritos sobre la frente. Cuando se aproximaba la fecha de su muerte, San Juan José recibió un aviso del cielo y así lo dijo a sus hermanos. Sin embargo, no interrumpió su trabajo habitual. A las dos de la mañana del 1o. de marzo de 1734, sufrió un violento ataque de apoplejía, del que ya no volvió en sí. Murió cinco días después, a los ochenta años de edad. Fue enterrado en Santa Lucía del Monte, con el hábito que había llevado siempre. Su tumba se convirtió inmediatamente en un lugar de peregrinación. Su canonización tuvo lugar en 1839.
miércoles, 4 de marzo de 2026
Lecturas del 04/03/2026
Ellos dijeron: «Venga, tramemos un plan contra Jeremías porque no faltará la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta. Venga, vamos a hablar mal de él y no hagamos caso de sus oráculos».
Hazme caso, Señor, escucha lo que dicen mis oponentes. ¿Se paga el bien con el mal?, ¡pues me han cavado una fosa!
Recuerda que estuve ante ti, pidiendo clemencia por ellos, para apartar tu cólera.
En aquel tiempo, subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino: «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará».
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
Él le preguntó: « ¿Qué deseas?».
Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».
Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?».
Contestaron: «Podemos».
Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».
Palabra del Señor.
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