viernes, 2 de enero de 2026

02 de Enero 2026 – La Circuncisión de Jesucristo

La Santa Madre Iglesia celebra hoy la Circuncisión del Cordero sin mancilla, Jesucristo Nuestro Señor, Hijo de Dios vivo, que bajó del Cielo a la Tierra para quitar los pecados del mundo, tomando figura de pecador para confundir nuestra soberbia, enseñarnos la humildad y encender nuestros corazones en Su divino amor.

Es en este día bendito que la tierra ve los primeros frutos del flujo de la Sangre divina, que debe purificar y salvar a la humanidad caída; Jesús, en el octavo día después de Su nacimiento, Se somete a la Circuncisión, y comienza a sufrir por nosotros. - La circuncisión era la señal del pacto hecho por el Señor con Abraham en el pasado; y el pueblo judío, descendiente de este gran patriarca, siempre había sido fiel a esta práctica sagrada, considerada como una iniciación al servicio del verdadero Dios. El niño, en la ley antigua, se hizo hijo de Dios por medio de la Circuncisión, al convertirse, de una manera más perfecta, en hijo de Dios en la nueva ley por medio del Bautismo. Jesús, Hijo de Dios y de la misma Santidad Infinita, no tenía necesidad de someterse a una ley dura y humillante hecha para los hombres pecadores. Pero el doble propósito de Su venida a la tierra Le hace aceptar este primer sacrificio con todo Su corazón; Se muestra, en este día, tanto nuestro Salvador como nuestro Modelo: Salvador, él inaugura la obra de nuestra redención; Modelo, él nos enseña a amar la ley de Dios, a guardarla fielmente, a no buscar vanos pretextos para excusar nuestra cobardía y nuestra desobediencia, y a sanar nuestro orgullo a través de la práctica de la humildad. - La circuncisión corporal esconde, además, un misterio hermoso y grande para el cristiano, porque es la imagen de la circuncisión espiritual que consiste en circuncidar nuestro corazón con todos sus afectos culpables, en destruir el pecado y las malas pasiones en nosotros y en vivir una vida sobrenatural.

El Apóstol San Pablo ha profundizado el sentido espiritual de la circuncisión carnal; los Padres y los autores espirituales sólo han tenido que comentar los textos tan sugestivos de sus Epístolas: La verdadera circuncisión, dice (Rom. II, 28), no es la que aparece en la carne; la circuncisión es la del corazón, en el espíritu, y no en la letra. - En Cristo Jesús, ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor alguno, sino la fe, que actúa por medio de la caridad. Lo que es todo es ser una nueva criatura (Gálatas V, 6; VI, 15). - En Jesucristo has sido circuncidado por una circuncisión no hecha a mano, por la circuncisión de Cristo, por el despojo de este cuerpo de carne (Col. II, 11). Toda la doctrina del gran Apóstol se puede resumir en mostrar que la ley antigua era sólo una figura y una preparación para la ley de Cristo, que toda la vida cristiana consiste en renunciar a la carne con sus concupiscencias para vivir interiormente de la vida del espíritu, y que sólo éstos son verdaderamente de Cristo que le siguen en el camino del sacrificio. Es todo el Evangelio mismo. ¡Oh, cuán glorioso y admirable es el dulcísimo nombre de Jesús! Pero ¡qué dolorosa, rigurosa y sangrienta es Su Circuncisión! Fue conveniente que Cristo derramase Su preciosa Sangre para recibir el santísimo nombre de Jesús. Y tú ¡oh alma pecadora! eres tan ingrata, que ni aún una sola lágrima quieres derramar para salvarte.

Si quieres reinar con Jesús en el Cielo, es necesario que aquí Le acompañes en Sus penas, y que Le ofrezcas el corazón limpio, casto, puro, desnudo de pensamientos vanos, de amores desordenados y de cuidados superfluos, de intenciones torcidas y de fines siniestros, circuncidando tus sentidos, tus potencias y todo tu espíritu; que ésta es la circuncisión que hoy nos pide el Niño Jesús, y para enseñárnosla quiso ser circuncidado. ¡Oh, qué dulce es el nombre de Jesús!

Reflexión del 02/01/2026

Lecturas del 02/01/2026

Queridos hermanos:
¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre.
En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y esta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna.
Os he escrito esto respecto a los que tratan de engañaros. Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas —y es verdadera y no mentirosa—, según os enseñó, permaneced en él.
Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.
Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran: « ¿Tú quién eres?»
Él confesó y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesías».
Le preguntaron: « ¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?».
Él dijo: «No lo soy». « ¿Eres tú el Profeta?».
Respondió: «No».
Y le dijeron: « ¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?».
Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías».
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia».
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Palabra del Señor.

02 de Enero 2026 – San Basilio el Grande y San Gregorio Nacianceno

Dos grandes amigos, dos luchadores, dos oradores de gran calibre, dos doctores de la Iglesia, dos obispos. Basilio había nacido en Cesárea de Capadocia. Gregorio, en Arianzo, cerca de Nacianzo, donde luego fijó su residencia. Los dos nacieron el mismo año. Los dos estudiaron juntos en Atenas, compañeros de clase de Juliano el apóstata, futuro emperador.

Basilio se retiró a la isla de Calipso, en el Ponto, para hacer vida cenobítica. Pronto se le juntó el amigo, y pasaron allí juntos los días más felices de su vida. Luego, a Basilio le hicieron obispo de Cesárea. A Gregorio, obispo de Nacianzo. A éste, después de la muerte de Basilio, le hacen metropolitano de Constantinopla. Convoca el segundo Concilio Constantinopolitano.

Dos grandes predicadores. Se dice de Basilio que fue el primer orador de la Iglesia católica. Se conservan preciosas homilías de este gran comunicador. Para Gregorio, la palabra era un adorno del pensamiento. Para Basilio, la palabra era una espada que atravesaba el alma.

La muerte de Basilio fue un luto insoportable para todos los que le conocían. Gregorio se retiró a su pueblo de Arianzo para morir en paz. Pocas veces ha habido dos amigos que se han querido tanto hasta el final. Quizá fue por lo mucho que sufrieron juntos su lucha por la fe.

jueves, 1 de enero de 2026

01 de Enero 2026 – Santa María, Madre de Dios

Vamos a caminar hacia Dios. Vamos a remontarnos hasta el corazón de Dios. No hay miedo a perdernos en el peregrinar. Hubo alguien que tuvo el privilegio de abrevar la sed de lo divino, que inconscientemente late en todos los humanos corazones, precisamente en el corazón mismo de Dios, reclinando su cabeza sobre el pecho -fuerte, ardiente de incontenible latir, estremecido de las más intensas emociones en la noche de la total entrega- del Verbo encarnado, de Cristo señor nuestro. El secreto de Dios es un secreto maravilloso, dulcísimo; incomprensible por lo intenso de su maravilla y lo delicado de su dulzura. Nos lo reveló San Juan: Dios es amor.

Y, como Dios es amor, he aquí que, desde la eternidad, determinó darse. Y el fruto de esta donación fue la existencia de los espíritus, ángeles y almas capaces de reflejar, como imágenes y semejanzas, las divinas perfecciones, la celeste hermosura, cantando así la gloria divina: capaces de pagar amor con amor, rindiendo a la divinidad el homenaje de reconocerse criaturas, pero libremente, voluntariamente, con una entrega perfecta; capaces de darse. Se volcó más: quiso hacerles participantes, en la gloria del cielo, del misterio inefable de su vida trinitaria. Pero no bastó a la potencia infinita de entrega que es el corazón de Dios y quiso que una criatura se uniese a Él en la comunión más perfecta imaginable, en comunión de naturaleza, con unidad de persona. El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Quiso Dios saber de los humanos latidos, de los humanos dolores, de los humanos goces; quiso Dios atraernos con lazos de carne y sangre (Os. 11,4) hasta el punto de llegar a derramar la suya en una cruz por salvarnos de nuestros pecados. Y así Cristo quedó constituido en perfecto amador y glorificador del Padre. Pero aún no fue a Dios suficiente. Quiso darse a una criatura de la manera más estrecha posible, aun sin llegar a comunicarle personalmente su divinidad, y entonces...

Era la plenitud de los tiempos. En una pobre casita palestinense una humilde mujer tenía un niño en brazos. De pronto sonrió el niño. El coro de invisibles ángeles que rodeaba la escena se ciñó apretadamente alrededor de la mujer para no perder de vista la sonrisa. Sonrió el niño y sus labios entreabiertos pronunciaron por vez primera una palabra: "¡Madre!" Se postraron los ángeles al oír la palabra, silentes, alfombrando el pobre suelo con sus alas de celeste raso. El Verbo hecho carne acababa de llamar a su Madre. María era Madre de Dios.

No, claro está que la Virgen no dio al Verbo la naturaleza divina. Esta la recibe el Verbo desde la eternidad, misteriosamente, del Padre, primera persona de la Trinidad santísima. La Virgen es Madre de Dios por haber dado a luz un hijo que es Dios. Así como nuestras madres son verdaderamente madres nuestras por el solo hecho de darnos el cuerpo, ya que el alma la recibimos directamente de Dios, así la Virgen no comunicó a Cristo la divinidad, pero al concebir una naturaleza que había sido asumida personalmente por la divinidad, al ser Madre de alguien que era Dios, ella quedaba constituida propiamente Madre de Dios.

Cristo es Dios; María es Madre de Cristo, luego María es Madre de Dios. El razonamiento, escueto, corre limpio del pensamiento al corazón del creyente y mueve sus labios a una perpetua alabanza hacia aquella que, sola y sin ejemplo, mereció llevar en su seno y llamar con verdad hijo suyo al Verbo del Padre.

Solamente quien niegue a Cristo su categoría de Hijo de Dios, como hizo Nestorio, podrá negar que la Virgen sea Madre de Dios.

Entre los humanos no puede imaginarse lazo más dulce, lazo más apretado, lazo más unitivo que el que resulta entre dos seres, uno de los cuales ha dado al otro su sangre, su vida, sus sentimientos, sus ideales; uno de los cuales se prolonga realmente, vitalmente, en el otro. Entre una madre y un hijo. Ningún amor tan fuerte, desinteresado, entrañable, como el de una madre a un hijo. Por eso quiso Dios tener Madre en la tierra. María vino al mundo para ser Madre de Dios, para amar a Dios, para estar unida a Dios de la manera más estrecha imaginable en pura criatura.

De aquí que la dignidad de la Virgen sea sobre todo lo creado. Es casi infinita. Su Hijo le comunica la suya propia de la forma y en la medida que es posible recibirla a humana y limitada criatura. Si no le puede comunicar su dignidad divina, haciéndola su Madre le concede participar de ella en el mayor grado posible, de forma que no pueda concebirse otra mayor, que solamente el entendimiento divino sea capaz de abarcarla en toda su extensión y profundidad. Ella, la Madre, sobre todas las criaturas: sobre los ángeles y los serafines, sobre los bienaventurados todos, sobre toda la creación.

Se complació Dios en ella sobre todas las criaturas del universo. Era su Madre.

Porque iba a llamarla Madre, los méritos de su pasión, previstos desde la eternidad, le alcanzaron que, a diferencia de los demás mortales, fuera concebida sin culpa, llena de gracia desde el primer instante de su ser.

Al hacerla su Madre puso en ella una radical e inexhaurible exigencia de santidad, de gracia. Hasta hay quienes piensan que el mismo hecho de ser Madre de Dios la hace formalmente santa, con una santidad peculiar, misteriosa puesto que la hace agradable a Dios, la une a Dios inefable y estrechísimamente, la santidad de la maternidad divina.

Por ser su Madre—la Madre del Rey del universo— ella sería la Reina y Señora de todo lo creado, ante cuyo nombre temblarían incluso las potestades del infierno.

Por ser su Madre—la Madre de un Dios redentor— ella sería corredentora y quedaría asociada a su Hijo en la obra de rescatar al género humano de la esclavitud del pecado, y sus méritos—recibidos del Hijo, dignificados por el ser del Hijo—tendrían potencia suficiente para alcanzarnos la gracia de la salvación.

Por ser su Madre--la Madre de un Dios que se hizo hombre para ser hermano mayor nuestro—ella quedaría constituida Madre nuestra y, con ello, toda la razón de nuestra esperanza; porque desde el momento en que podemos decir con verdad, como aquel santo, "la Madre de Dios es mi Madre", no tenemos nada que temer y todo lo podemos esperar. Quien nos dio a su Madre al pie de la cruz, ¿cómo podrá negarnos cualquier cosa que en nombre de nuestra Madre común le pidamos?

Dios ha querido unirse a nosotros inefablemente: ha querido tener una carne y una sangre como las nuestras; ha querido fundirlas con las nuestras en la comunión; ha querido, desvelando el más íntimo secreto de la divina ternura, llamar con nosotros Madre a la misma mujer, unirse a nosotros en su seno, darse a nosotros en sus brazos.

De la maternidad divina se derivan para María todos sus atributos, toda su gloria. De la maternidad divina de María se derivan para nosotros las fuentes del consuelo y de la esperanza. Al saberla tan alta, tan pura, de tanta santidad, reconocemos instintivamente nuestra indignidad y bajeza, lo hórrido de nuestra culpa. Por eso hemos aprendido desde niños a balbucir emocionadamente: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores. Ante la Madre de Dios nos sentimos pecadores, indignos, malos; pero, como hemos aprendido también que es Madre nuestra, nos enseñaron a decirle, con la conciencia de hallarnos encerrados en el valle obscuro de la culpa, desterrados en el lugar de las lágrimas: ¡Salve, Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra!...

Al saber que nuestra Madre es Madre de Dios sentimos brotar en nuestros pechos irresistible añoranza de los eternos bienes, deseo firmísimo del mismo Dios, de nuestro hermano Dios. Conocemos que nuestra patria es el cielo y caminamos seguros hacia él, porque en manos de nuestra Madre están todos sus tesoros y ella está pronta a dispensárnoslos si nosotros nos reconocemos hijos suyos.

Era en el año 431. Nestorio, obispo de Constantinopla, propagando las doctrinas de Teodoro de Mopsuestia, había negado que Cristo fuese propiamente Hijo de Dios, enseñando que en él había dos personas, una humana y otra divina, y no una sola persona, la divina, como enseña la fe verdadera. En consecuencia sostenía que la Virgen era madre de Cristo, de la persona humana de Cristo, y así de ninguna manera se la podría llamar Madre de Dios, ya que Cristo no era Dios. Se habían sucedido las condenaciones de Roma: le había combatido el obispo de Alejandría San Cirilo; pero, ante la contumacia de Nestorio, los emperadores Teodosio y Valentiniano convocaron un concilio, presidido por los legados del papa Celestino, en la ciudad de Éfeso. El concilio condenó como hereje a Nestorio y declaró dogma de fe que la Virgen María es Madre de Dios. Fue tanto el regocijo de los efesinos, que profesaban intensísima devoción a la Virgen, al enterarse de la decisión de los Padres del concilio, que, congregándose en inmensa muchedumbre, los saludaron con grandes aclamaciones de gozo y les acompañaron procesionalmente hasta sus casas con antorchas encendidas. Y el papa Pío Xl, queriendo conmemorar dignamente el XV centenario de este concilio e intensificar en los sacerdotes y en el corazón de todos los fieles la devoción hacia la Madre de Dios, instituyó una fiesta litúrgica, con oficio y misa propios, para el 12 de octubre.

Que en estos tiempos difíciles sea ella para nosotros faro de fe, columna de esperanza, recuerdo de que pertenecemos a lo alto y hemos nacido para mayores cosas, invitación a vivir como hijos de tal Madre y hermanos del Verbo que un día quiso hacerse carne en sus entrañas para morir por nuestro amor y abrirnos las puertas del cielo.

Jueves, 01-01-2026 SANTA MARÍA MADRE DE DIOS Ciclo A

 

Reflexión del 01/01/2026

Lecturas del 01/01/2026

El Señor habló a Moisés: «Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis a los hijos de Israel: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor.
El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz”.
Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré».
Hermanos:
Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial.
Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: « ¡“Abba”, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.
En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.
Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor.

01 de Enero 2026 – Santa Zdislava de Lemberk

Nació en el castillo de Krizanov, en Moravia, en la actual República Checa, en el seno de familia noble. En 1240, se casó, por imposición paterna, con Havel de Lembert, señor del castillo de Lembert, cercano a la ciudad de Jablonné, en Bohemia y del que tuvo cuatro hijos.

Consiguió que su marido fundara dos conventos dominicos, el de San Lorenzo de Jablonné y otro en Trunov. Formó parte de los movimientos laicales que luego serían la Tercera Orden dominica; el hábito se lo entregó san Ceslao de Cracovia. 

Su generosidad hacia los pobres le motivó varios enfados con su marido, pero conseguía aplacarlo con su heroica paciencia.

Consiguió cambiarle su carácter duro y altanero y así el matrimonio funcionó. Ella misma fue a los hospitales a curar y asistir a los enfermos. También atendió a los encarcelados, a los que pidió el indulto, y que muchas veces consiguió.

Con no menos amor atendió a los peregrinos que iban generalmente a Tierra Santa y tenía un hospicio preparado para ellos. También acogió a los refugiados que venían huyendo por las razias de los mongoles. Se le atribuyen varios milagros. Murió en el priorato de San Lorenzo en Jablonné, con fama de santidad. Fue canonizada por san Juan Pablo II el 21 de mayo de 1995.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

¿Sabías qué…?

Reflexión del 31/12/2025

Lecturas del 31/12/2025

Hijos míos, es la última hora.
Habéis oído que iba a venir un anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta que es la última hora.
Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros.
En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis.
Os he escrito, no porque desconozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira viene de la verdad.
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor.

31 de Diciembre 2025 – Santa Melania la Joven

Descendiente de cónsules, de prefectos y de dictadores, Melania se encontró, al salir de la niñez, con una riqueza fabulosa que ni aún podía calcular. Era, sobre todo, una fortuna territorial, extendida por todas las provincias del Imperio. Una idea de aquellas posesiones nos la da su biógrafo al describirnos una de ellas, situada junto al estrecho de Messina: paisaje encantador, mármoles, estatuas, baños, piscinas—desde las cuales el nadador podía distinguir, a un lado el mar, cubierto de embarcaciones; a otro, el bosque, entre cuyo follaje se escondían los ciervos y jabalíes—; y alrededor de la morada señorial, el dominio útil, cuyo cultivo estaba a cargo de quinientos siervos. Otra finca situada cerca de Tagaste y más vasta que esta ciudad era un centro artístico e industrial donde centenares de esclavos hacían muebles, máquinas de toda clase y objetos de arte como tapices, platos de oro, cajitas de marfil, pendientes, pulseras y collares de perlas. El palacio del Celio donde creció la ilustre matrona sobrepujaba en esplendor a todas las magnificencias de estas villas rurales. En él, hipódromos, plazas públicas, fuentes, termas; todo poblado de estatuas y cubierto de pinturas, algunas de las cuales, existentes aún, son de lo mejor que se ha encontrado en Roma. Tal era la suntuosidad del inmueble, que, cuando se quiso vender, no hubo quien se atreviese a comprarlo. Sólo las rentas de aquella fortuna gigantesca ascendían a la cantidad de ciento veinte mil libras de oro, o sea unos cientos cuarenta millones de pesetas.

Hija única del senador Valerio Publícala, Melania recibió la más esmerada educación. De espíritu despierto, escuchaba con curiosidad las conversaciones de sus padres y servidores, y en ellas oyó hablar por vez primera de una abuela suya, llamada como ella, que, al quedar viuda en plena juventud, se había despedido de la sociedad romana para dirigirse a Oriente y encerrarse en un convento del monte de los Olivos. Y con el nombre de su abuela le llegaban los de otras damas aristocráticas, Leta, Paula. Marcela, que se habían entregado al más riguroso ascetismo. Un día supo la decisión singular del senador Paulino y su mujer Teresa, parientes suyos, que acababan de vender sus bienes y retirarse del mundo. Este caso fue, durante un verano, la comidilla de la gente «bien» de Roma. Sin embargo, al llegar a los catorce años, Melania hubo de aceptar el marido que le habían buscado sus padres, un joven de diecisiete años, llamado Piniano, igual a ella en religión, en nacimiento y en fortuna. Apenas casados, la niña llamó aparte al mancebo y le dijo: —Si quieres vivir conmigo castamente, según las leyes de la continencia, te reconozco por señor mío y dueño de mi vida; si esto te parece duro a causa de tu juventud, toma mis bienes, pero deja en libertad a mi cuerpo, a fin de que cumpla mi propósito, que es según Dios.

Piniano, a quien sin duda interesaba su mujer más que las riquezas, resistiese ante esa proposición. Hubo súplicas, regaños y negociaciones, y al fin se llegó a un acuerdo que Piniano consideraba razonable: vivirían juntos hasta tener dos hijos a quienes transmitir la hacienda; después renunciarían al mundo.

Tuvieron una hija, que murió al poco tiempo. En vísperas de ser madre nuevamente, Melania se empeñaba en asistir a la vigilia de San Lorenzo en su basílica; pero su marido se lo prohibió, encargando a la servidumbre que no la dejasen salir. Quedose en casa, pasando la noche en el oratorio, donde fue sorprendida por los esclavos, a quienes ella remuneró espléndidamente para que callasen. Al día siguiente dio a luz una criatura que sólo vivió unas horas. Como la madre estaba a punto de marchar tras ella, Piniano se fue a rezar, desolado, a la basílica de San Lorenzo, donde un enviado de su esposa vino a traerle este recado: —Si quieres que viva, promete a Dios que guardaremos continencia.

Piniano lo hubiera prometido todo en aquel momento, y así, se sometió dócilmente. Faltaba vencer la resistencia de Publícala. Él, que había visto a su madre, Melania la Vieja, vestida bruscamente de pardo sayal, consideraba que aquello podía ser muy santo, pero también muy ridículo. Usó de toda su autoridad para impedir lo que él llamaba locura de sus hijos; resistió largos días; pero al fin, afligido, debilitado, herido de una grave enfermedad, llamó a Melania y a Piniano, les pidió perdón y les dejó en libertad para hacer lo que quisiesen.

Llegó el momento suspirado de los vestidos groseros, de la vida recogida, de las más rudas penitencias. Piniano parecía menos entusiasta que su esposa, por lo cual ella se le acercó un día diciéndole con cariño y respeto a la vez: —Dime, hermano mío, ¿hay en tu corazón alguna concupiscencia que te mueve a desearme como esposa?

A lo cual Piniano contestó: —Feliz eres tú de amar así a tu marido; cierta puedes estar de que te mira con los mismos ojos que a tu santa madre.

Al oír esta respuesta, Melania le besó en las manos y en el corazón, alabando a Dios de aquel firme propósito.

Pocos días después volvióle a decir: —Piniano, señor mío, escúchame como a una madre, como a tu hermana espiritual: deja esos vestidos preciosos de Cilicia y preséntate de una manera más humilde.

Piniano, joven todavía, se llenó de tristeza; pero por no ver triste a Melania, obedeció, vistiendo en adelante los toscos paños de Antioquía. Pero ella todavía no estaba contenta, y, así, le presentó otra tela más vil, tejida por ella misma con lana sin teñir.

Venían ahora las cuestiones de hacienda. Para hacer limosnas era necesario vender los latifundios; pero los dos esposos se encontraron con la oposición de los senadores romanos, los cuales, quién más, quién menos, eran parientes suyos. Todo el mundo los censuraba, llamándoles locos y acusándoles de disipar su hacienda. Como muchos de ellos tenían en vista algún buen bocado en las tierras de Piniano, pretextaban que no podía disponer de ellas por ser menor de edad. Efectivamente, aún no había cumplido veinticinco años. Pero Melania, que era emprendedora, maniobró tan hábilmente, que consiguió un decreto por el cual el emperador Honorio mandaba a los funcionarios de todas las provincias que vendiesen los bienes de los dos esposos y les transmitieran el dinero. Inmediatamente empezaron a llover montones de oro, grandes cantidades de plata, fajos de recibos y multitud de objetos preciosos: un río de monedas, que a Melania le recordaba el Pactólo, y que llegó a hacerla temer la imposibilidad de llegar a la pobreza evangélica. Pero las oleadas metálicas no hacían más que pasar por sus manos para detenerse en los pobres, los cenobitas y las iglesias.

«Aquí—dice Geroncio, su biógrafo y su capellán—dejaba cincuenta mil, allí veinte, allí diez, allí treinta o cuarenta mil piezas de oro. Tenía prisa por librarse de aquellas aguas en que temía naufragar. Un día, clavando sus ojos en un montón de cuarenta y cinco mil áureos, le pareció que arrojaba llamas, y que el demonio se reía de ella. Todos los que llegaban a Roma para negociar en el palacio de Letrán, los embajadores de San Juan Crisóstomo, Juan Casiano, el famoso escritor Paladio de Helenópolis, obispos, patriarcas, anacoretas, eran objeto de aquella liberalidad inagotable. Un amigo de Crisóstomo decía unos años adelante: «¿Qué país del Oriente o del Occidente se vio privado de los beneficios de Melania y de Piniano? ¿Cuántas islas no compraron para hacerlas refugio de los monjes? No creo que haya en todo el Imperio una ciudad en que no haya quedado algún jirón de su hacienda.» Los primeros en participar de aquella caridad fueron sus esclavos. En dos años dieron la libertad a más de ocho mil, y con la libertad, lo suficiente para emprender una nueva vida.

Era un esfuerzo constante por liquidar aquella fortuna que no se acababa nunca. De él quiso librarles el Senado de Roma, «pareciéndole un absurdo que se ofreciese a Dios lo que debía servir para salvar la República». Era en 408, uno de los años más trágicos de aquella época, en que los años trágicos se suceden sin interrupción. Alarico asolaba las tierras italianas; el Senado necesitaba dinero para comprar la retirada del invasor. Se pensó en los millones de Piniano, y el prefecto propuso a los senadores la confiscación. De repente, el rey godo, dueño del Tiber, intercepta los bajeles de grano que debían abastecer la ciudad; el pueblo se subleva, y el prefecto, arrancado de su tribunal, muere lapidado. Así terminó aquel conato de expropiación. Saqueada Roma, los dos esposos se refugian en su finca de Messina, donde les acompaña su amigo el antagonista de San Jerónimo y escritor infatigable Rufino de Aquilea.

Tampoco allí se vive con seguridad. «A nuestros ojos—dice Rufino—, los bárbaros incendian a Reggio; el brazo de mar que separa a Italia de Sicilia es nuestra única protección. Yo, al lado de aquellos santos, aprovecho las noches en que el terror del enemigo parece calmarse, para el estudio y el trabajo, para lo que es el bálsamo de nuestras miserias y el consuelo de nuestro destierro en el mundo.» Las costas africanas parecen más seguras, y allí se refugian Melania y su marido. En la travesía, una tempestad y el arribo a una isla cuyos habitantes van a ser degollados porque no pueden presentar el rescate que los bárbaros piden. Hacen falta dos mil sueldos de oro, que Melania apronta en un segundo, añadiendo mil más para proveer de lo necesario a los cautivos. Siguen las prodigalidades a través de las ciudades africanas. En Tagaste levantan dos grandes monasterios, capaz el uno de ciento treinta monjas y el otro de ochenta monjes. En Hipona, el pueblo se empeña en detener aquel cauce de oro, pidiendo al obispo que ordene a Piniano sacerdote de su Iglesia. Agustín interviene, moderando aquella exigencia demasiado interesada de los pescadores hiponenses. Además, Melania quiere ir más lejos. Tiene la obsesión del Oriente. En 418 es huésped del patriarca San Cirilo en Alejandría, y poco después llega a Jerusalén. Al fin logra realizar dos grandes deseos: visitar los Santos Lugares y verse reducidos a la pobreza. La Iglesia de Jerusalén inscribió sus nombres en la matrícula de los pobres asistidos por caridad. Estaban locos de alegría, pero de repente les llega una solicitud imprevista. Diez años hacía que los pueblos bárbaros se disputaban las provincias de España; y el desorden consiguiente había impedido la venta de los bienes de Piniano; pero en 420 el Imperio parecía reconquistar el terreno perdido. Es el momento en que el mandatario de Melania logra enajenar los latifundios de sus amos.

Los dos esposos empiezan de nuevo a construir monasterios y basílicas; después reanudan sus peregrinaciones, recorriendo los desiertos del Nilo, visitando a los solitarios, y dejando en todas partes testimonios palpables de su generosidad. Habiendo llegado a la reclusión de un santo hombre llamado Hefestión, rogáronle que aceptase un poco de oro. Habiendo rehusado él, la bienaventurada Melania exploró su celda para ver lo que había en ella; y como descubriese únicamente una estera, un cesto donde había algunos mendrugos de pan y un salero, conmovida por aquella inenarrable y celestial riqueza, ocultó el oro entre la sal y se apresuró a salir, después de haber pedido la bendición del viejo. Pero apenas habían pasado el río, cuando vio venir al hombre de Dios, con el oro en la mano, gritando:

—¿Qué voy a hacer yo con esto?

—Es para que se lo des a los pobres—respondió Melania.

El anacoreta insistía en rechazarlo, alegando que en el desierto no se veían pobres, y como Melania se obstinase en hacer aquel regalo. Hefestión lo arrojó al río.

Fortalecida con los heroísmos observados durante esta piadosa odisea, Melania inaugura su vida de reclusa cerca de Jerusalén. Son diez años de penitencias, durante los cuales llega a no comer más que dos veces por semana: el sábado y el domingo, contentándose con higos y legumbres sin condimento alguno. Al mismo tiempo, reza, lee con verdadera pasión, o hace que le lean los libros famosos, copia manuscritos e instruye a las gentes que van a visitarla. En 431 sale de su escondrijo y vuelve a aparecer en las calles de la Ciudad Santa. Ahora tiene la fiebre de ganar almas a Cristo. Recorre los mercados, entra en las casas de prostitución, se avista con las más famosas cortesanas. Nada le detiene con tal de salvar a una joven sumergida en el vicio. Piniano la ayuda en aquella campaña, y al poco tiempo han logrado entre los dos reclutar más de cien doncellas, que encierran en un monasterio. Melania se convierte en madre, proveedora y directora de aquella abigarrada juventud. Poco tiempo después muere Piniano. Tímido, modesto, desaparece silenciosamente. Ella le entierra en una gruta del monte de los Olivos, y al lado se construye una ermita, donde vive cuatro años rezando por aquel dulce compañero de su ardiente amor a Cristo y de su evangélica prodigalidad.

De súbito, le llega un mensaje de Constantinopla. Se lo enviaba un tío suyo, Volusiano, diplomático de viso, que vivía entonces en la corte bizantina. Unos días después, la reclusa, ya sexagenaria, acompañada de Geroncio, su capellán, sale para Constantinopla. Viajan cómodamente y con rapidez, sirviéndose de la posta imperial y escoltada de un grupo numeroso de servidores. En Trípoli de Palestina, Melania se entretiene rezando delante del sepulcro de San Leoncio, mientras su capellán discute con el jefe de la posta, quien, con el reglamento en la mano, se niega a dar las mulas necesarias para recorrer la etapa siguiente. En esto llega Melania, y Messala, así se llamaba aquel hombre, queda convencido con tres argumentos metálicos. Salen, por fin, y han recorrido ya siete millas, cuando Messala llegó azorado, pidiendo mil perdones y devolviendo las tres monedas de oro. Creyó Melania que se trataba de una reclamación, y ya iba a darle el doble, cuando el oficial reiteró sus explicaciones, y ya satisfecho, vio partir a la ilustre dama, cuyo mal humor hubiera podido costarle muy caro. Volusiano vio con sorpresa a su sobrina. Aferrado al paganismo, no comprendía aquellos hábitos feos e incómodos, ni aquella vida de martirio y abnegación. El celo proselitista de Melania le convirtió; y no contenta con eso, empezó a tomar parte en las disputas acaloradas que entonces apasionaban en la corte bizantina con motivo de la maternidad divina de María, discutida por el patriarca Nestorio. «Como el Espíritu Santo estaba en ella, hablaba de teología desde la mañana hasta la noche. Muchos que se habían extraviado, volvieron, por su persuasión, a la ortodoxia; confirmaba a los vacilantes, y fueron muy numerosos los que sintieron la influencia de sus discursos, inspirados por Dios.»

A principios del año 437 volvemos a encontrarla en Jerusalén, dirigiendo a sus convertidas. Un año más tarde, barruntando su muerte, se despide, con lágrimas, de los principales lugares consagrados por la vida y Pasión de Cristo. El 26 de diciembre visita el santuario de San Esteban, leyendo en alta voz el relato que la Escritura hace de su muerte. Después dice a sus monjas:—Ya no me oiréis leer más veces. El Señor me llama. Quiero morir y descansar; vosotras, dulces entrañas mías y miembros santificados, vivid en Cristo y en el temor de Dios, cumpliendo la regla espiritual.

Dos días después vio que se le acercaba la muerte. Entonces empezó un desfile interminable de vírgenes, monjes, clérigos y laicos, que venían a despedirse de ella. El 31 de diciembre, último día de aquella existencia extraordinaria, la enferma oyó misa desde su lecho. Geroncio, que celebraba, apenas podía pronunciar las palabras a causa de la emoción, por lo cual ella le envió este recado:—Levanta la voz para que oiga la oración.

Aquella mañana comulgó varias veces. A mediodía, creyéndola muerta, se prepararon a amortajarla; pero ella dijo:—Todavía no.

—Cuando llegue la hora, haznos una señal—suplicó Geroncio, llorando; y el obispo decía—: Tranquila puedes ir a ver al Señor, porque has combatido el buen combate.

—Hágase lo que Dios quiera—murmuró Melania—; y, habiendo besado la mano del obispo, expiró dulcemente.

martes, 30 de diciembre de 2025

Reflexión del 30/12/2025

Lecturas del 30/12/2025

Os escribo, hijos míos, porque se os han perdonado vuestros pecados por su nombre.
Os escribo, padres, porque conocéis al que es desde el principio.
Os escribo, jóvenes, porque habéis vencido al Maligno.
Os he escrito, hijos, porque conocéis al Padre.
Os he escrito, padres, porque ya conocéis al que existía desde el principio.
Os he escrito, jóvenes, porque sois fuertes y que la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al Maligno.
No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero—, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia.
Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

Palabra del Señor.