lunes, 30 de marzo de 2026

Semana SANTA 30/03/2026

VIA CRUCIS 2026 - XI Estación

Reflexión del 30/03/2026

Lecturas del 30/03/2026

Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país. En su ley esperan las islas.
Esto dice el Señor, Dios, que crea y despliega los cielos, consolidó la tierra con su vegetación, da el respiro al pueblo que la habita y el aliento a quienes caminan por ella: «Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas».
Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa.
María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.
Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».
Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando.
Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis».
Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.
Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

Palabra del Señor.

30 de Marzo 2026 – San Juan Clímaco

San Juan Clímaco nació en Palestina y se formó leyendo los libros de San Gregorio Nacianceno y de San Basilio. A los 16 años se fue de monje al Monte Sinaí. Después de cuatro años de preparación fue admitido como religioso. El mismo narraba después que en sus primeros años hubo dos factores que le ayudaron mucho a progresar en el camino de la perfección. El primero: no dedicar tiempo a conversaciones inútiles, y el segundo: haber encontrado un director espiritual santo y sabio que le ayudó a reconocer los obstáculos y peligros que se oponían a su santidad. De su director aprendió a no discutir jamás con nadie, y a no llevarle jamás la contraria a ninguno, si lo que el otro decía no iba contra la Ley de Dios o la moral cristiana.

Pasó 40 años dedicado a la meditación de la Biblia, a la oración, y a algunos trabajos manuales. Y llegó a ser uno de los más grandes sabios sobre la Biblia de Oriente, pero ocultaba su sabiduría y en todo aparecía como un sencillo monje más, igual a todos los otros. En lo que sí aparecía distinto era en su desprendimiento total de todo afecto por el comer y el beber. Sus ayunos eran continuos y los demás decían que pareciera como si el comer y el beber más bien le produjera disgusto que alegría. Era su penitencia, ayunar, ayunar siempre.

Su oración más frecuente era el pedir perdón a Dios por los propios pecados y por los pecados de la demás gente. Los que lo veían rezar afirmaban que sus ojos parecían dos aljibes de lágrimas. Lloraba frecuentemente al pensar en lo mucho que todos ofendemos cada día a Nuestro Señor. Y de vez en cuando se entraba a una cueva a rezar y allí se le oía gritar: ¡Perdón, Señor piedad. No nos castigues como merecen nuestros pecados. Jesús misericordioso tened compasión de nosotros los pobres pecadores! Las piedras retumbaban con sus gritos al pedir perdón por todos.

El principal don que Dios le concedió fue el ser un gran director espiritual. Al principio de su vida de monje, varios compañeros lo criticaban diciéndole que perdía demasiado tiempo dando consejos a los demás. Que eso era hablar más de la cuenta. Juan creyó que aquello era un caritativo consejo y se impuso la penitencia de estarse un año sin hablar nada ni dar ningún consejo. Pero al final de aquel año se reunieron todos los monjes de la comunidad y le pidieron que por amor a Dios y al prójimo siguiera dando dirección espiritual, porque el gran regalo que Dios le había concedido era el de saber dirigir muy bien las almas. Y empezó de nuevo a aconsejar. Las gentes que lo visitaban en el Monte Sinaí decían de él: "Así como Moisés cuando subió al Monte a orar bajó luego hacia sus compañeros con el rostro totalmente iluminado, así este santo monje después de que va a orar a Dios viene a nosotros lleno de iluminaciones del cielo para dirigirnos hacia la santidad".

El superior del convento le pidió que pusiera por escrito los remedios que él daba a la gente para obtener la santidad. Y fue entonces cuando escribió el famoso libro del cual le vino luego su apellido: "Clímaco", o Escalera para subir al cielo. Se compone de 30 capítulos, que enseñan los treinta grados para ir subiendo en santidad hasta llegar a la perfección. El primer peldaño o la primera escalera es cumplir aquello que dijo Jesús: "Quien desea ser mi discípulo tiene que negarse a sí mismo". El primer escalón es llevarse la contraria a sí mismo, mortificarse en algo cada día. El segundo es tratar de recobrar la blancura del alma pidiendo muchas veces perdón a Dios por pecados cometidos, el tercero es el plan o propósito de enmendarse y cambiar de vida. Los últimos tres, los peldaños superiores, son practicar la Fe, la Esperanza y la Caridad. Todo el libro está ilustrado con muchas frases hermosas y con agradables ejemplos que lo hacen muy agradable.

A San Juan Clímaco le concedió Dios otro gran regalo y fue el de lograr llevar la paz a muchísimas almas angustiadas y llenas de preocupaciones. Llegaban personas desesperadas a causa de terribles tentaciones y él les decía: "Oremos porque los malos espíritus se alejan con la oración". Y después de dedicarse a rezar por varios minutos en su compañía aquella persona sentía una paz y una tranquilidad que antes no había experimentado nunca. El santo decía a la gente: "Así como los israelitas quizás no habrían logrado atravesar el desierto si no hubieran sido guiados por Moisés, así muchas almas no logran llegar a la santidad si no tienen un director espiritual que los guíe". Y él fue ese guía providencial para millares de personas por 40 años.

Un joven que era dirigido espiritualmente por San Juan Clímaco, estaba durmiendo junto a una gran roca, a muchos kilómetros del santo, cuando oyó que este lo llamaba y le decía: "Aléjese de ahí". El otro despertó y salió corriendo, y en ese momento se desplomó la roca, de tal manera que lo habría aplastado si se hubiera quedado allí.

En un año en el que por muchos meses no caía una gota de agua y las cosechas se perdían y los animales se morían de sed, las gentes fueron a donde nuestro santo a rogarle que le pidiera a Dios para que enviara las lluvias. El subió al Monte Sinaí a orar y Dios respondió enviando abundantes lluvias.

Era tal la fama que tenían las oraciones de San Juan Clímaco, que el mismo Papa San Gregorio le escribió pidiéndole que lo encomendara en sus oraciones y le envió colchones y camas para que pudiera hospedar a los peregrinos que iban a pedirle dirección espiritual.

Cuando ya tenía más de 70 años, los monjes lo eligieron Abad o Superior del monasterio del Monte Sinaí y ejerció su cargo con satisfacción y provecho espiritual de todos. Cuando sintió que la muerte se acercaba renunció al cargo de superior y se dedicó por completo a preparar su viaje a la eternidad. Y al cumplir los 80 años murió santamente en su monasterio del Monte Sinaí. Jorge, su discípulo predilecto, le pidió llorando: "Padre, lléveme en su compañía al cielo". El oró y le dijo: "Tu petición ha sido aceptada". Y poco después murió Jorge también.

domingo, 29 de marzo de 2026

Reflexión de Cuaresma 29/03/2026 - Domingo de RAMOS

VIA CRUCIS 2026 - X Estación

29 de Marzo 2026 – Domingo de RAMOS - Entrada Triunfal en JERUSALÉN

Un clamor jubiloso en medio de la noche, un momento de luz en medio de las tinieblas, una promesa de gloria delante de la muerte. El contraste nos impresiona: la tristeza se hace más triste, las tinieblas más lóbregas, el dolor más agudo y el miedo más temible. Y en medio de las aclamaciones corren las lágrimas de Dios y se estremecen los corazones de los hombres.

Oculto varias semanas entre las montañas de Efrén, Jesús acababa de aparecer en casa de sus amigos de Betania. Dos días antes, el viernes, fue el convite en casa de Simón el leproso, donde la Magdalena rompió su redoma de nardo. La Pascua se acercaba y las sendas que llevaban a Jerusalén estaban llenas de peregrinos. El Rabbí, con su grupo de discípulos y admiradores, se junta a una de las caravanas. Ya puede presentarse en la Ciudad Santa, porque todo lo que se dijo de Él está cumplido. Es el 10 de Nisán, cuando en las casas hebreas el padre de familia separa el cordero que ha de ser sacrificado cuatro días más tarde; el momento a propósito para que la víctima racional dé también el paso decisivo. La ceremonia va a tener todos los caracteres de una fiesta popular. Por un día, Jesús va a ser el Rey quimérico de las glorias mundanas que aguarda el pueblo de Israel. El río de la peregrinación se remansa en torno suyo: allí está la vanguardia del reino, la turba de las mujeres piadosas, las bandas de los curiosos y los sencillos y los grupos venidos de Galilea, abrigando tal vez la secreta esperanza de conmemorar en un triunfo antiguo del pueblo de Dios el principio de nuevas victorias. Las almas vibraban de júbilo y esperanza, y el Cielo aparecía gozoso como una promesa, abierto como en éxtasis de amor; un Cielo de primavera, que derramaba cataratas de luz sobre los valles en flor y levantaba graciosos murmullos entre los bosquecillos de sicómoros y palmeras, de olivos y de almendros.

El camino serpeaba entre colinas y arroyuelos; a la derecha se alzaba el monte del Olivar; a la izquierda se extiende la hondonada con su ajedrezado de jardines y barbechos de praderas y campos verdeantes. A uno y otro lado, bajo las copas de los terebintos y al resguardo de las tapias y altozanos, empiezan a levantarse las tiendas de los devotos que han venido para pasar aquellos días a la sombra del templo. En un momento todas quedan vacías: hombres, mujeres y niños se juntan al cortejo del Rabbí, hablando de sus resurrecciones, de su doctrina, de su poder y de su bondad. Todos quieren verle y saludarle, y poco a poco la admiración se transforma en entusiasmo, y el entusiasmo estalla en aplausos fragorosos. «Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en el nombre del Señor!», exclaman unos. «Hosanna al Hijo de David, al Rey de Israel!», responden otros; y los gritos repercuten por los campos vecinos, llenando el espacio de alborozada alegría.

En otro tiempo, cuando las turbas quisieron proclamarle Rey, Jesús había evitado el clamoreo popular con la fuga; pero ahora, ante esta manifestación tan espontánea y sincera, no solamente se deja llevar, sino que acepta el homenaje, algo inconsciente, de la multitud. Era como el postrer llamamiento a la dureza de corazón de sus enemigos, como argumento irrefragable de que, si iba a la muerte, iba voluntaria y libremente, y no por ninguna violencia y necesidad. Recordaba, además, las palabras con que Zacarías había profetizado este triunfo pasajero: «Alégrate, hija de Sion—había dicho—; salta de gozo, hija de Jerusalén; he aquí a tu Rey, que se acerca a ti, el Justo, el Salvador. Pobre y humilde, avanza sentado sobre una asnilla y un pollino.» La asnilla no ha aparecido todavía; pero Jesús llama a dos de sus discípulos y habla con ellos unos instantes. Allí cerca, en el caserío de Bethfagé, hallarán al animal atado; que lo suelten y se lo traigan, sin pedir permiso a nadie. Si el amo dice algo, responded que el Señor lo necesita. Fue cosa de un momento. La asnilla apareció mansa y silenciosa; los discípulos colocaron las capas sobre sus lomos, Jesús montó encima, y el desfile triunfal siguió avanzando en dirección de la ciudad.

El alborozo era ahora verdadero frenesí, los vítores estremecían el aire, los niños clamaban sin tregua, las mujeres agitaban sus pañuelos, los viejos lloraban; nuevos manifestantes salían a cada momento del bosque blandiendo ramos de palmeras, de arrayanes y de olivos, tremolándolos en alto, arrojándolos en el suelo y tributando al pacífico triunfador las más clamorosas ovaciones. Otros se quitaban sus mantos de fiesta y sus turbantes y los arrojaban al camino por donde iba a pasar el Señor, y la procesión continuaba entre follajes festivos, jirones de salmos, himnos de esperanza y ovaciones apasionadas: «¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito y glorioso sea su reino! ¡Ha llegado el reino de David, nuestro padre! ¡ Paz en el Cielo y gloria a Dios en las alturas!» Media vuelta en el camino, y allá, en el fondo, separada por el valle de Cedrón, bajo el manto de oro de la luz mañanera, proyectándose sobre el azul del Cielo, aparece Jerusalén, la ciudad de la perfecta hermosura, el regocijo de toda la tierra, la fortaleza de Dios fundada sobre collados altísimos, según las expresiones de los profetas, que ahora recordaba la triunfante comitiva. Altos muros, robustos torreones, edificios soberbios, palacios deslumbrantes, plazas bulliciosas, pórticos interminables, y dominándolo todo; el Templo, maravilla del mundo, orgullo de Israel y resumen de su historia, con sus murallas ciclópeas, sus puertas monumentales, sus pirámides y sus torres y sus arcadas y sus magníficas galerías cubiertas de plata y de mármol, en cuya brillante superficie, como en una montaña de nieve, relampagueaba la claridad de aquel día primaveral, un grito de admiración salió de todas las gargantas: habían llegado a la corte del gran rey, tenían delante los alcázares escogidos por Jehová, el trono en que había de triunfar la gloria del Mesías. Redoblaban los vítores, aumentaba el regocijo y engrosaba la muchedumbre, presa de una verdadera exaltación. Sólo Jesús parecía ajeno a aquella algarabía de fiesta; véasele absorto y como indiferente a cuanto rebullía en torno suyo. Su mirada, húmeda de compasión, se fijaba tenazmente en los pináculos y contrafuertes de la ciudad; los que caminaban junto a Él vieron las lágrimas correr por su rostro; mientras de sus labios salían estas conmovedoras palabras: «¡Ah Jerusalén, si conocieses, al menos hoy, lo que se te ha dado y lo que te puede traer la paz! Mas ahora todo está oculto a tus ojos. Tiempo vendrá en que tus enemigos te cercarán con trincheras y te estrecharán por todas partes. Te echarán por tierra a ti y a tus hijos, sin dejar en ti piedra sobre piedra, porque no conociste el día en que Dios te visitó para salvarte.»

A pesar de este incidente, las vivas continuaban, y la muchedumbre, que con sus ramos semejaba un bosque ambulante, descendía la pendiente del monte Moria. La primera cohorte cruzaba ya las puertas, y los ecos del vocerío iban a perderse entre los pórticos del Templo. «¿Qué sucede?», preguntaban las gentes desde las terrazas. Y algunas voces respondían: «Es Jesús, el Profeta de Nazareth.» Las calles se llenaban de curiosos; los espectadores se arracimaban en las azoteas, y por todas las encrucijadas venían grupos compactos, ansiosos de presenciar el espectáculo sublime. Pero no todos sonreían ni aplaudían. Había también fariseos altivos y severos, sacerdotes juiciosos y sensatos, que temblaban ante aquella deliciosa gritería. Para los prudentes, aquello era un verdadero desvarío; para los conservadores, un conato de revolución. Todo el que tenía un nombre, una dignidad, una escuela, un comercio, un negocio, un fragmento de autoridad en la plaza o en el Templo, tenía que sentirse profundamente alarmado; no podía aplaudir. Y si, además, tenía el corazón envenenado por el odio o por la envidia, en vez de aplaudir, debía rabiar y temblar. Sin embargo, en vista de aquel mar embravecido y de aquel estallido espontáneo de los nobles sentimientos del pueblo, las fuerzas vivas de la ciudad estuvieron bastante mesuradas y respetuosas. En nombre de todas ellas, unos cuantos señores graves, que escondían el miedo bajo los mantos doctorales, se acercaron a Jesús para decirle: «Maestro, haz callar a tus discípulos, pues sus gritos os comprometen y nos pueden comprometer a todos.» Y Jesús sin detenerse, contestó: «Yo os digo que si ellos callan, las piedras darán voces.» Era una declaración de guerra, un testimonio más de que Él era el Cristo, el que venía en el nombre del Señor. Y a pesar de los envidiosos y los timoratos. Jesús llegó hasta el Templo, dejó allí su cabalgadura y empezó a enseñar, a curar, a consolar y a discutir.

Tal es el ruidoso acontecimiento que la Iglesia conmemora en este día. También ella quiere reconocer la realeza de su Fundador. La Jerusalén de las almas se levanta como un solo hombre para salir al encuentro del divino Fundador. Jesús comienza su reinado en la tierra. En vano le rechaza Israel, tratando de borrar el título de la Cruz; «Jesús Nazareno, Rey de los judíos.» Es preciso que se cumpla la promesa que hizo el ángel a María: «El Señor le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre.» Dios le dará otro pueblo escogido, un Israel espiritual, que formará el imperio más grande de la tierra, y, al llegar el aniversario de este misterio glorioso, millones de almas repetirán el grito de los peregrinos de Galilea, «¡Hosanna al hijo de David!» Como un eco de la gloria de aquel día, nace en la Iglesia la procesión de los ramos. La veremos aparecer en Jerusalén desde el siglo IV; en el siguiente se extiende por todas las regiones orientales, y algo más tarde, en tiempo de San Gregorio Magno, el rito se había hecho popular en todo el Occidente. El sacerdote bendice los ramos, los inciensa, los rocía con el agua bendita; destinados a glorificar a Cristo, esos humildes ramos de olivo, de palma, de boj o de laurel tienen un carácter sagrado: los fieles los reciben con respeto, los besan con fe, los blanden con amor; la procesión desfila alborozada, como antaño por la falda de Getsemaní; el júbilo salta en los ojos, el amor vibra en las voces, y parece como si se viese al mismo Cristo bendiciendo a la multitud, mientras los sacerdotes repiten las aclamaciones evangélicas y el coro de los niños canta el poema que un obispo español del siglo IX compuso en el sótano de una cárcel a Cristo triunfador:

«Gloria, laus et honor tibi sit, Rex. Christe, redemptor, cui puerile decus prompsit hosanna pium.»

Domingo, 29-03-2025 Domingo de RAMOS Ciclo A