miércoles, 29 de abril de 2026
Lecturas del 29/04/2026
Queridos hermanos:
Este es el mensaje que hemos oído de Jesucristo y que os anunciamos: Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado.
Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros.
Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.
En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Palabra del Señor.
29 de Abril 2026 – Santa Catalina de Siena
La Edad Media llegaba a su fin y el nuevo mundo del Renacimiento surgía a la vida cuando Catalina Benincasa nació en la ciudad de Siena, el día de la Anunciación de 1347. Catalina y una hermana gemela que no vivió mucho, eran las más jóvenes de veinticinco hermanos. El padre, Giacomo o Jacobo Benincasa, próspero teñido de lanas, vivía con su esposa Lapa y su familia, que algunas veces llegó a constar de hijos casados y de nietos, en una casa espaciosa que los habitantes de Siena han preservado hasta nuestros días. Cuando niña, Catalina era tan alegre que la familia le dio el nombre cariñoso de Eufrosina, que en griego significaba Alegría y que es también el nombre de una de las primeras santas cristianas. A los seis años de edad tuvo una experiencia notable que, según se dice, determinó su vocación. Acompañada de su hermano se dirigía a su casa, después de haber visitado a una hermana casada, cuando súbitamente se detuvo en el camino mirando al cielo. No oyó las llamadas repetidas de su hermano, que había seguido caminando. Sólo después que el muchacho volvió atrás y la tomó de la mano pudo despertar, como de un sueño. Entonces rompió a llorar. Su visión de Cristo, sentado en la Gloria con los apóstoles Pedro, Pablo y Juan, se habían desvanecido. Un año después la niña hizo el voto secreto de dar su vida entera a Dios. Amaba la oración v la soledad y cuando se juntaba a otros niños era únicamente para enseñarles lo que a ella le producía tanta felicidad.
Cuando Catalina cumplió doce años, su madre, con la idea de casarla, comenzó a instarla para que se preocupara algo más de su apariencia. Para agradar a su madre y hermana vistió alegres prendas y llevó las joyas que eran adecuadas para las jovencitas. Pronto se arrepintió de esta vanidad y declaró con firmeza que no se casaría nunca. Cuando sus padres insistieron en sus conversaciones acerca de un futuro marido, ella se cortó el largo cabello castaño, que era uno de sus principales encantos. Como castigo le obligaron a hacer los trabajos domésticos de la casa, y la familia, sabiendo que gozaba con la soledad, no la dejaba nunca sola. Catalina sufrió todo con dulzura y paciencia. Mucho después, en el Diálogo, escribiría que Dios le había mostrado cómo edificar en su alma una celda privada en donde ninguna tribulación tenía cabida.
El padre de Catalina se dio cuenta, al fin, que toda violencia era inútil y permitió a su hija que hiciera su voluntad. En la pequeña y sombría habitación que entonces apartaron para su uso personal, pequeña celda de nueve pies por tres, se dedicó a las oraciones y los ayunos, azotándose tres veces diarias con una cadena de hierro y durmiendo en el suelo. Al principio llevó una camisa de crin que luego reemplazó por una faja provista de clavillos de hierro. Pronto obtuvo lo que tan ardientemente deseaba, es decir, el permiso para vestir el hábito de los terciarios dominicos, que solía otorgarse únicamente a las matronas o viudas. Entonces aumentó su ascetismo, comiendo y durmiendo muy poco. Durante tres años habló sólo con su confesor y no salió nunca, salvo para ir a la iglesia cercana de Santo Domingo, en donde aún se muestra el pilar en el que solía apoyarse.
En ocasiones tenía visiones celestiales, pero también eran frecuentes las duras pruebas que sufría. Formas detestables y repugnantes se presentaban a su imaginación y las tentaciones más degradantes la asaltaban. Durante largos intervalos se sentía abandonada de Dios. «;0h, Señor! ¿Dónde estabas cuando mi corazón sufría con tan odiosas tentaciones?». preguntaba cuando, después de una de esas agonías, Él volvió a manifestársele. Oyó una voz que decía: «Hija, Yo estaba en tu corazón, fortaleciéndote con gracia», y la voz añadió que Dios estaría con ella más abiertamente.
El martes de carnaval de 1366, mientras los habitantes de Siena se divertían, Catalina oraba en su habitación y tuvo una visión de Cristo, acompañado por Su Madre y el Espíritu Santo. Tomando la mano de la niña, Nuestra Señora la tendió hacia Cristo, el cual puso un anillo en su dedo y la desposó con Él, suplicándole que fuera animosa, pues ahora estaba armada con una fe que podía triunfar de todas las tentaciones. Para Catalina aquel anillo fue siempre visible, aunque era invisible para los demás. Los años de soledad y preparación habían terminado y poco después comenzó a mezclarse con sus conciudadanos, aprendiendo a servirlos. Como otras terciarias dominicas, cuidaba voluntariamente de los enfermos en los hospitales de la ciudad, escogiendo aquéllos que sufrían las enfermedades más repugnantes, que todos los demás abandonaban.
Pronto se reunió en torno a esta fuerte personalidad un grupo de personas prominentes, entre ellas eran sus dos confesores dominicos, Tomás della Fonte y Bartolomeo Dominici, el padre agustino Tantucci, Mateo Cenni, rector del Hospital de la Misericordia, el artista Vanni, a quien debemos un famoso retrato de Catalina, el poeta Neri di Landoccio dei Pagliaresi, su propia cuñada Lisa, la joven viuda Alessia Saracini y William Flete, el ermitaño inglés. El Padre Santo, anciano ermitaño, abandonó su soledad para estar junto a ella, ya que, según decía, hallaba más paz y progresaba más en la virtud siguiéndola de lo que nunca consiguiera en su celda. Un cálido afecto la vinculó a los que Catalina llamaba su familia espiritual, hijos que Dios le había dado y a los que podía ayudar en el camino de la perfección. Leía sus pensamientos y frecuentemente sabía las tentaciones que los perseguían mientras estaban alejados de ella. Muchas de sus primeras cartas están dirigidas a uno ? u otro de ellos. En esa época la opinión pública sobre Catalina estaba dividida; muchos sieneses la veneraban como a una santa mientras otros la llamaban fanática y la acusaban de hipocresía. Quizá fue resultado de las acusaciones en contra suya el que fuera requerida a Florencia para comparecer ante el cabildo general de los dominicos. Fueran las que fueran, aquellas acusaciones quedaron en claro y poco después el nuevo lector de la orden en Siena, Raimundo de Capua, fue nombrado confesor de Catalina. En esta feliz asociación el Padre Raimundo tuvo parte del gran espíritu de Catalina. Más tarde sería el biógrafo de la santa.
Después del regreso de Catalina a Siena hubo una plaga violenta durante la cual tanto ella como sus amigos trabajaron incesantemente para aliviar a los que sufrían. «Nunca fue más admirable que entonces ?escribió un sacerdote que la conocía desde su infancia?. Siempre estaba al lado de los atacados por la plaga; los preparaba para la muerte y los enterraba con sus propias manos. Yo mismo presencié la alegría con la que los cuidaba y la eficacia maravillosa de sus palabras que acarrearon muchas conversiones.» Entre los que debieron su restablecimiento a Catalina estaban Raimundo de Capua, Mateo Ceni, el Padre Santi y el Padre Bartolomé, todos los cuales contrajeron la enfermedad por haber cuidado a otros. Su piedad para los que iban a morir no se limitaba a aquellos enfermos. Catalina tomó la costumbre de ir a visitar a los condenados a muerte en las prisiones, intentando persuadirlos a que hicieran las paces con Dios. En cierta ocasión caminó hasta el cadalso acompañando a un joven caballero perugino que había sido condenado a muerte por haber dicho palabras sediciosas contra el gobierno de Siena. Sus últimas palabras fueron: «¡ Dios y Catalina!»
Sus obras de misericordia, unidas a su creciente reputación de hacedora de milagros, fueron causa de Que los sieneses acudieran a Catalina en todas sus dificultades. Tres sacerdotes dominicos fueron escogidos especialmente para oír las confesiones de aquéllos que Catalina convencía de enmendar sus vidas. Arreglando querellas y viejos rencores tuvo tanto éxito que constantemente era llamada para arbitrar en una época en que, por toda Italia, cada hombre parecía estar en contra de su vecino. Quizá fue debido, en parte, a la idea de desviar las energías de la cristiandad de las guerras civiles en que eran gastadas, por lo que Catalina se empleó a fondo en la campaña que el Papa Gregorio emprendía entonces para organizar otra cruzada para liberar el Santo Sepulcro de los turcos. Por ello mantuvo una correspondencia con el propio Gregorio.
En febrero de 1375 aceptó la invitación de ir a Pisa, en donde fue recibida con entusiasmo. Llevaba allí tan sólo unos días cuando tuvo otra experiencia espiritual de las que presagiaron cada paso de su vida. Había tomado la comunión en la pequeña iglesia de Santa Cristina y contemplaba el crucifijo cuando, súbitamente, surgieron de él cinco rayos rojos que atravesaron sus manos, pies y corazón causándole dolores tan intensos que se desmayó. Las heridas quedaron como estigmas, únicamente visibles para ella sola, durante toda su vida, pero claramente visibles para los demás después de su muerte.
Aún estaba en Pisa cuando se enteró de que los pueblos de Florencia y de Perugia habían entrado en la liga contra la Santa Sede v los legados franceses. Los disturbios habían comenzado en Florencia, con los güelfos v los gibelinos 1 unidos para formar un enorme ejército bajo el lema de liberarse del control panal, y Bolonia, Viterbo y Ancona, junto con otras ciudades de los dominios papales, se unieron a los insurgentes. Mediante los esfuerzos incansables de Catalina las ciudades de Lucca, Pisa y Siena se mantuvieron. Mientras tanto, desde Aviñón, después de haber apelado a los florentinos sin obtener éxito, el Papa Gregorio XI envió al cardenal Roberto de Génova con un ejército para derrotar aquella empresa y puso a Florencia balo interdicción. Los efectos de la excomunión en la vida y prosperidad de la ciudad fueron tan graves que sus gobernantes mandaron recado a Catalina, entonces en Siena, para que sirviera de mediadora entre la ciudad y el Papa. Dispuesta siempre a servir la causa de la paz, Catalina marchó en seguida a Florencia. Cuando se acercaba a las puertas de la ciudad, los altos magistrados salieron a su encuentro y pusieron en sus manos el curso de las negociaciones, diciendo que sus embajadores la seguirían hasta Aviñón y confirmarían todo lo que ella dijera. Catalina llegó a Aviñón el 18 de junio de 1376 y fue atentamente recibida por el Papa. «Sólo deseo la paz ?dijo ella?. Pongo este asunto en vuestras manos y sólo os recomiendo el honor de la Iglesia.» Sucedió que los florentinos faltaron a su palabra y continuaron sus intrigas para apartar al resto de Italia de la alianza con la Santa Sede. Cuando llegaron los embajadores negaron toda conexión con Catalina, haciendo saber claramente que no deseaban la reconciliación.
Si bien fracasó en este asunto, sus esfuerzos hechos en otras direcciones tuvieron éxito. Muchos de los disturbios que por entonces surgían en Europa se debían, al menos en parte, a los setenta y cuatro años de residencia de los Papas en Aviñón, en donde la Curia 2 era, en su mayoría, francesa. Gregorio hubiera regresado a Roma con su corte de no haber hallado la oposición de los cardenales franceses. Como en sus cartas Catalina había requerido tan vehementemente su presencia en Roma, era natural que ahora que se hallaban frente a frente discutieran ese asunto. «Cumplid lo que prometisteis», le dijo Catalina recordándole un voto que el Papa hiciera en cierta ocasión, el cual nunca había confesado a nadie. Enormemente impresionado por lo que consideró algo sobrenatural, el Papa Gregorio decidió actuar rápidamente.
El 13 de septiembre del año 1376 salió de Aviñón para dirigirse a Roma por mar, mientras Catalina y sus amigos abandonaban la ciudad para dirigirse a Siena por tierra. Al llegar a Génova tuvo que detenerse debido a la enfermedad de sus dos secretarios, Neri di Landoccio y Esteban Maconi. Este último era un joven noble sienés, convertido recientemente, que se había trocado en un ardiente seguidor de Catalina. Cuando ésta regresó a Siena continuó su correspondencia con el Papa, instándole a laborar en pro de la paz. A instancias del Papa, Catalina volvió a Florencia, que aún estaba dividida por las facciones, en donde quedó algún tiempo con peligro, frecuentemente, de su propia vida. Logró establecer la paz entre los gobernantes de la ciudad y el Papado, pero esto sucedió en tiempos del sucesor de Gregorio.
Después del regreso de Catalina a Siena, Raimundo de Capua nos cuenta que «se ocupó activamente en la composición de un libro que dictó bajo la inspiración del Espíritu Santo». Esta era la obra mística, en cuatro tratados, llamada Diálogo de Santa Catalina.
Su salud estaba tan debilitada por las austeridades que nunca estaba libre de dolor; sin embargo, su rostro era siempre sonriente. Se afligía con cualquier escándalo de la Iglesia, especialmente el del Gran Cisma que siguió a la muerte de Gregorio XI. Urbano VI fue elegido como su sucesor por los cardenales de Roma y Clemente VII por los cardenales rebeldes de Aviñón. La cristiandad occidental estaba dividida; Clemente fue reconocido por Francia, España, Escocia y Nápoles; Urbano, por la mayor parte del Norte de Italia, Inglaterra, Flandes y Hungría. Catalina se debilitó en el intento de cerrar esa brecha abierta en la unidad cristiana y obtener para Urbano la obediencia debida a la legítima cabeza de la Iglesia. Carta tras carta fue enviada a los príncipes y jefes de Europa. Al propio Urbano le escribió para aconsejarle que frenara su genio altivo y violento. Era el segundo Papa que ella aconsejaba, reprendía e, incluso, ordenaba. Lejos de enojarse por ello, Urbano la mandó llamar a Roma para poder aprovechar sus consejos. Catalina abandonó Siena a pesar suyo, para ir a vivir en la Ciudad Santa. En diversas ocasiones, en Siena, Aviñón y Génova, los más versados teólogos la habían interrogado y habían quedado humillados por la sabiduría de sus respuestas.
Aunque Catalina contaba únicamente treinta y tres años, su vida tocaba a su fin. El 21 de abril de 1380, un ataque de parálisis la dejó inválida de cintura para abajo, y ocho días después falleció en brazos de su querida amiga Alessia Saracini. Los dominicos de Roma guardan el cuerpo de Catalina en la Iglesia Minerva, pero Siena tiene su cabeza en un relicario, guardado en la iglesia de Santo Domingo. El Papa Pío II canonizó a Catalina en 1461. El talento de escritora de la santa ha sido motivo de que la hayan comparado con sus compatriotas Dante y Petrarca. Entre las obras literarias que de ella han quedado tenemos el Diálogo y unas cuatrocientas cartas, muchas de ellas de gran belleza literaria y muestras de ternura, visión e inspiración. Una de las mujeres importantes en la Europa de su tiempo, los dones de Catalina fueron empleados en la consecución de los ideales cristianos.
Cuando Catalina cumplió doce años, su madre, con la idea de casarla, comenzó a instarla para que se preocupara algo más de su apariencia. Para agradar a su madre y hermana vistió alegres prendas y llevó las joyas que eran adecuadas para las jovencitas. Pronto se arrepintió de esta vanidad y declaró con firmeza que no se casaría nunca. Cuando sus padres insistieron en sus conversaciones acerca de un futuro marido, ella se cortó el largo cabello castaño, que era uno de sus principales encantos. Como castigo le obligaron a hacer los trabajos domésticos de la casa, y la familia, sabiendo que gozaba con la soledad, no la dejaba nunca sola. Catalina sufrió todo con dulzura y paciencia. Mucho después, en el Diálogo, escribiría que Dios le había mostrado cómo edificar en su alma una celda privada en donde ninguna tribulación tenía cabida.
El padre de Catalina se dio cuenta, al fin, que toda violencia era inútil y permitió a su hija que hiciera su voluntad. En la pequeña y sombría habitación que entonces apartaron para su uso personal, pequeña celda de nueve pies por tres, se dedicó a las oraciones y los ayunos, azotándose tres veces diarias con una cadena de hierro y durmiendo en el suelo. Al principio llevó una camisa de crin que luego reemplazó por una faja provista de clavillos de hierro. Pronto obtuvo lo que tan ardientemente deseaba, es decir, el permiso para vestir el hábito de los terciarios dominicos, que solía otorgarse únicamente a las matronas o viudas. Entonces aumentó su ascetismo, comiendo y durmiendo muy poco. Durante tres años habló sólo con su confesor y no salió nunca, salvo para ir a la iglesia cercana de Santo Domingo, en donde aún se muestra el pilar en el que solía apoyarse.
En ocasiones tenía visiones celestiales, pero también eran frecuentes las duras pruebas que sufría. Formas detestables y repugnantes se presentaban a su imaginación y las tentaciones más degradantes la asaltaban. Durante largos intervalos se sentía abandonada de Dios. «;0h, Señor! ¿Dónde estabas cuando mi corazón sufría con tan odiosas tentaciones?». preguntaba cuando, después de una de esas agonías, Él volvió a manifestársele. Oyó una voz que decía: «Hija, Yo estaba en tu corazón, fortaleciéndote con gracia», y la voz añadió que Dios estaría con ella más abiertamente.
El martes de carnaval de 1366, mientras los habitantes de Siena se divertían, Catalina oraba en su habitación y tuvo una visión de Cristo, acompañado por Su Madre y el Espíritu Santo. Tomando la mano de la niña, Nuestra Señora la tendió hacia Cristo, el cual puso un anillo en su dedo y la desposó con Él, suplicándole que fuera animosa, pues ahora estaba armada con una fe que podía triunfar de todas las tentaciones. Para Catalina aquel anillo fue siempre visible, aunque era invisible para los demás. Los años de soledad y preparación habían terminado y poco después comenzó a mezclarse con sus conciudadanos, aprendiendo a servirlos. Como otras terciarias dominicas, cuidaba voluntariamente de los enfermos en los hospitales de la ciudad, escogiendo aquéllos que sufrían las enfermedades más repugnantes, que todos los demás abandonaban.
Pronto se reunió en torno a esta fuerte personalidad un grupo de personas prominentes, entre ellas eran sus dos confesores dominicos, Tomás della Fonte y Bartolomeo Dominici, el padre agustino Tantucci, Mateo Cenni, rector del Hospital de la Misericordia, el artista Vanni, a quien debemos un famoso retrato de Catalina, el poeta Neri di Landoccio dei Pagliaresi, su propia cuñada Lisa, la joven viuda Alessia Saracini y William Flete, el ermitaño inglés. El Padre Santo, anciano ermitaño, abandonó su soledad para estar junto a ella, ya que, según decía, hallaba más paz y progresaba más en la virtud siguiéndola de lo que nunca consiguiera en su celda. Un cálido afecto la vinculó a los que Catalina llamaba su familia espiritual, hijos que Dios le había dado y a los que podía ayudar en el camino de la perfección. Leía sus pensamientos y frecuentemente sabía las tentaciones que los perseguían mientras estaban alejados de ella. Muchas de sus primeras cartas están dirigidas a uno ? u otro de ellos. En esa época la opinión pública sobre Catalina estaba dividida; muchos sieneses la veneraban como a una santa mientras otros la llamaban fanática y la acusaban de hipocresía. Quizá fue resultado de las acusaciones en contra suya el que fuera requerida a Florencia para comparecer ante el cabildo general de los dominicos. Fueran las que fueran, aquellas acusaciones quedaron en claro y poco después el nuevo lector de la orden en Siena, Raimundo de Capua, fue nombrado confesor de Catalina. En esta feliz asociación el Padre Raimundo tuvo parte del gran espíritu de Catalina. Más tarde sería el biógrafo de la santa.
Después del regreso de Catalina a Siena hubo una plaga violenta durante la cual tanto ella como sus amigos trabajaron incesantemente para aliviar a los que sufrían. «Nunca fue más admirable que entonces ?escribió un sacerdote que la conocía desde su infancia?. Siempre estaba al lado de los atacados por la plaga; los preparaba para la muerte y los enterraba con sus propias manos. Yo mismo presencié la alegría con la que los cuidaba y la eficacia maravillosa de sus palabras que acarrearon muchas conversiones.» Entre los que debieron su restablecimiento a Catalina estaban Raimundo de Capua, Mateo Ceni, el Padre Santi y el Padre Bartolomé, todos los cuales contrajeron la enfermedad por haber cuidado a otros. Su piedad para los que iban a morir no se limitaba a aquellos enfermos. Catalina tomó la costumbre de ir a visitar a los condenados a muerte en las prisiones, intentando persuadirlos a que hicieran las paces con Dios. En cierta ocasión caminó hasta el cadalso acompañando a un joven caballero perugino que había sido condenado a muerte por haber dicho palabras sediciosas contra el gobierno de Siena. Sus últimas palabras fueron: «¡ Dios y Catalina!»
Sus obras de misericordia, unidas a su creciente reputación de hacedora de milagros, fueron causa de Que los sieneses acudieran a Catalina en todas sus dificultades. Tres sacerdotes dominicos fueron escogidos especialmente para oír las confesiones de aquéllos que Catalina convencía de enmendar sus vidas. Arreglando querellas y viejos rencores tuvo tanto éxito que constantemente era llamada para arbitrar en una época en que, por toda Italia, cada hombre parecía estar en contra de su vecino. Quizá fue debido, en parte, a la idea de desviar las energías de la cristiandad de las guerras civiles en que eran gastadas, por lo que Catalina se empleó a fondo en la campaña que el Papa Gregorio emprendía entonces para organizar otra cruzada para liberar el Santo Sepulcro de los turcos. Por ello mantuvo una correspondencia con el propio Gregorio.
En febrero de 1375 aceptó la invitación de ir a Pisa, en donde fue recibida con entusiasmo. Llevaba allí tan sólo unos días cuando tuvo otra experiencia espiritual de las que presagiaron cada paso de su vida. Había tomado la comunión en la pequeña iglesia de Santa Cristina y contemplaba el crucifijo cuando, súbitamente, surgieron de él cinco rayos rojos que atravesaron sus manos, pies y corazón causándole dolores tan intensos que se desmayó. Las heridas quedaron como estigmas, únicamente visibles para ella sola, durante toda su vida, pero claramente visibles para los demás después de su muerte.
Aún estaba en Pisa cuando se enteró de que los pueblos de Florencia y de Perugia habían entrado en la liga contra la Santa Sede v los legados franceses. Los disturbios habían comenzado en Florencia, con los güelfos v los gibelinos 1 unidos para formar un enorme ejército bajo el lema de liberarse del control panal, y Bolonia, Viterbo y Ancona, junto con otras ciudades de los dominios papales, se unieron a los insurgentes. Mediante los esfuerzos incansables de Catalina las ciudades de Lucca, Pisa y Siena se mantuvieron. Mientras tanto, desde Aviñón, después de haber apelado a los florentinos sin obtener éxito, el Papa Gregorio XI envió al cardenal Roberto de Génova con un ejército para derrotar aquella empresa y puso a Florencia balo interdicción. Los efectos de la excomunión en la vida y prosperidad de la ciudad fueron tan graves que sus gobernantes mandaron recado a Catalina, entonces en Siena, para que sirviera de mediadora entre la ciudad y el Papa. Dispuesta siempre a servir la causa de la paz, Catalina marchó en seguida a Florencia. Cuando se acercaba a las puertas de la ciudad, los altos magistrados salieron a su encuentro y pusieron en sus manos el curso de las negociaciones, diciendo que sus embajadores la seguirían hasta Aviñón y confirmarían todo lo que ella dijera. Catalina llegó a Aviñón el 18 de junio de 1376 y fue atentamente recibida por el Papa. «Sólo deseo la paz ?dijo ella?. Pongo este asunto en vuestras manos y sólo os recomiendo el honor de la Iglesia.» Sucedió que los florentinos faltaron a su palabra y continuaron sus intrigas para apartar al resto de Italia de la alianza con la Santa Sede. Cuando llegaron los embajadores negaron toda conexión con Catalina, haciendo saber claramente que no deseaban la reconciliación.
Si bien fracasó en este asunto, sus esfuerzos hechos en otras direcciones tuvieron éxito. Muchos de los disturbios que por entonces surgían en Europa se debían, al menos en parte, a los setenta y cuatro años de residencia de los Papas en Aviñón, en donde la Curia 2 era, en su mayoría, francesa. Gregorio hubiera regresado a Roma con su corte de no haber hallado la oposición de los cardenales franceses. Como en sus cartas Catalina había requerido tan vehementemente su presencia en Roma, era natural que ahora que se hallaban frente a frente discutieran ese asunto. «Cumplid lo que prometisteis», le dijo Catalina recordándole un voto que el Papa hiciera en cierta ocasión, el cual nunca había confesado a nadie. Enormemente impresionado por lo que consideró algo sobrenatural, el Papa Gregorio decidió actuar rápidamente.
El 13 de septiembre del año 1376 salió de Aviñón para dirigirse a Roma por mar, mientras Catalina y sus amigos abandonaban la ciudad para dirigirse a Siena por tierra. Al llegar a Génova tuvo que detenerse debido a la enfermedad de sus dos secretarios, Neri di Landoccio y Esteban Maconi. Este último era un joven noble sienés, convertido recientemente, que se había trocado en un ardiente seguidor de Catalina. Cuando ésta regresó a Siena continuó su correspondencia con el Papa, instándole a laborar en pro de la paz. A instancias del Papa, Catalina volvió a Florencia, que aún estaba dividida por las facciones, en donde quedó algún tiempo con peligro, frecuentemente, de su propia vida. Logró establecer la paz entre los gobernantes de la ciudad y el Papado, pero esto sucedió en tiempos del sucesor de Gregorio.
Después del regreso de Catalina a Siena, Raimundo de Capua nos cuenta que «se ocupó activamente en la composición de un libro que dictó bajo la inspiración del Espíritu Santo». Esta era la obra mística, en cuatro tratados, llamada Diálogo de Santa Catalina.
Su salud estaba tan debilitada por las austeridades que nunca estaba libre de dolor; sin embargo, su rostro era siempre sonriente. Se afligía con cualquier escándalo de la Iglesia, especialmente el del Gran Cisma que siguió a la muerte de Gregorio XI. Urbano VI fue elegido como su sucesor por los cardenales de Roma y Clemente VII por los cardenales rebeldes de Aviñón. La cristiandad occidental estaba dividida; Clemente fue reconocido por Francia, España, Escocia y Nápoles; Urbano, por la mayor parte del Norte de Italia, Inglaterra, Flandes y Hungría. Catalina se debilitó en el intento de cerrar esa brecha abierta en la unidad cristiana y obtener para Urbano la obediencia debida a la legítima cabeza de la Iglesia. Carta tras carta fue enviada a los príncipes y jefes de Europa. Al propio Urbano le escribió para aconsejarle que frenara su genio altivo y violento. Era el segundo Papa que ella aconsejaba, reprendía e, incluso, ordenaba. Lejos de enojarse por ello, Urbano la mandó llamar a Roma para poder aprovechar sus consejos. Catalina abandonó Siena a pesar suyo, para ir a vivir en la Ciudad Santa. En diversas ocasiones, en Siena, Aviñón y Génova, los más versados teólogos la habían interrogado y habían quedado humillados por la sabiduría de sus respuestas.
Aunque Catalina contaba únicamente treinta y tres años, su vida tocaba a su fin. El 21 de abril de 1380, un ataque de parálisis la dejó inválida de cintura para abajo, y ocho días después falleció en brazos de su querida amiga Alessia Saracini. Los dominicos de Roma guardan el cuerpo de Catalina en la Iglesia Minerva, pero Siena tiene su cabeza en un relicario, guardado en la iglesia de Santo Domingo. El Papa Pío II canonizó a Catalina en 1461. El talento de escritora de la santa ha sido motivo de que la hayan comparado con sus compatriotas Dante y Petrarca. Entre las obras literarias que de ella han quedado tenemos el Diálogo y unas cuatrocientas cartas, muchas de ellas de gran belleza literaria y muestras de ternura, visión e inspiración. Una de las mujeres importantes en la Europa de su tiempo, los dones de Catalina fueron empleados en la consecución de los ideales cristianos.
martes, 28 de abril de 2026
Lecturas del 28/04/2026
En aquellos días, los que se habían dispersado en la persecución provocada por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin predicar la palabra más que a los judíos. Pero algunos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles la Buena Nueva del Señor Jesús. Como la mano del Señor estaba con ellos, gran número creyó y se convirtió al Señor.
Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una multitud considerable se adhirió al Señor.
Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos.
Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón.
Los judíos, rodeándolo, le preguntaban: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente».
Jesús les respondió: «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».
Palabra del Señor.
28 de Abril 2026 – María Felicia Guggiari Echeverría
María Felicia Guggiari Echeverría nació en Villarrica del Espíritu Santo (Paraguay) el 12 de enero de 1925, primogénita de siete hermanos. A los cinco años entró como preescolar en el Colegio “María Auxiliadora” y a los 12 hizo su Primera comunión. “De entonces –dice ella– viene mi propósito de ser cada vez mejor, más buena”. En 1940 comenzó sus estudios secundarios hasta obtener el título de Maestra Normal. Pero la fecha más determinante en su vida de joven fue cuando en 1941 se adhirió a la Acción Católica, que ese mismo año había sido instaurada en el Paraguay. En las reuniones de A.C. aprendió a conocer y amar a Jesús, que desde entonces fue para ella el Ideal del que se enamoró apasionadamente.
A los 17 años hizo su consagración al apostolado (es decir a Jesús) en virginidad. Durante toda esta primera juventud María Felicia vivió entregada enteramente al Amor, al que recibía diariamente a costa de madrugar e irse a misa en ayunas, para poder comulgar, y luego hacer toda la mañana sus estudios de Maestra normal o sus prácticas de maestra en el Colegio Cervantes o en “María Auxiliadora”; el resto de su jornada lo consumían sus visitas a los enfermos y ancianitos, sus reuniones de A.C., con un cuidado especial sobre sus “pequeñas”, su colaboración en casa en el servicio a los hermanitos. Fuera de casa iba siempre vestida con un guardapolvo blanco, por dos razones: porque desde su Primera Comunión tomó el vestido blanco como símbolo de la limpieza de su alma; por eso cuidaba la blancura de su guardapolvo recordándose a sí misma cómo había de tener su alma; y, segundo, porque un traje más burgués (su tío José P. Guggiari había sido Presidente de la República) le habría impedido el acercamiento natural a sus queridos pobres enfermos.
En 1950 su familia se trasladó a Asunción y M. Felicia inició una nueva etapa de su vida, concentrada en tres frentes: seguir estudiando para obtener el profesorado, buscar trabajo con qué ayudar a la familia, incorporarse a la Acción Católica de Asunción.
Pero la etapa de Asunción se caracterizó especialmente porque en ella maduró y se sublimó su amor. En efecto, a poco de llegar, conoció, en una Asamblea de A.C., a un joven estudiante de Medicina, Directivo de la obra, con el que simpatizó y empezó a salir para sus correrías apostólicas. Ese salir con un joven cayó bien entre los suyos y le facilitaba el salir de casa para su apostolado; además la compañía del joven le permitía acercarse a barrios marginales a los que sola sería peligroso acudir. Con el tiempo la simpatía se convirtió en un verdadero enamoramiento. Y entonces se planteó el interrogante: ¿qué me quiere decir Jesús con este amor que yo no he buscado y que Él me ha suscitado? Porque lo importante es hacer la voluntad de Jesús. Un día su amigo Sauá le reveló un secreto: que sentía inclinación a ser sacerdote... Entonces María Felicia comprendió. Con este amor Dios quiere que lo quiera con el don y la dignidad más grande que puede haber en la tierra: que lo quiera “sacerdote” y “santo”. La actitud de su corazón la expresó la Sierva de Dios con estas palabras confidenciales a una religiosa: “Estoy enamorada de Sauá; pero estoy más enamorada de Jesús”. Al año siguiente escribió: “He alcanzado lo que una vez soñé: tener un amor, y dárselo a Jesús”.
El 8 de setiembre de 1953 se consagraba a María bajo la forma de la Esclavitud Mariana de San Luis María Grignon de Montfort, y, por fin, en los Ejercicios Espirituales de enero de 1954, resolvía entregarse enteramente a Dios en el Carmelo. El 2 de febrero, fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, se presentaba la Sierva de Dios ante la puerta de la clausura, y el día 14 de agosto de ese 1955 recibía el santo hábito de la Virgen y quedaba incorporada a la familia del Carmelo.
Cuando se ha querido resumir cómo era la Hna. María Felicia de Jesús Sacramentado, se ha hecho con tres palabras: Alegría, Caridad, servicialidad... El resto de su vida en el Carmelo no pudo ser más sencillo. No hizo más que amar, amar y más amar a Jesús y a sus hermanos los seres humanos: a sus hermanas de comunidad, a los sacerdotes, que tenía siempre presentes, a partir de su “amigo” aspirante al sacerdocio, a los pobres y humildes..., al mundo entero. Y todo ello a través de su oración y su inmolación.
Había entrado ya en el tercer año de su vida de profesa y para el 15 de agosto de 1959 le tocaba su compromiso definitivo de amor con el Señor, cuando comenzó a prever que el Señor había de enviarle alguna cruz especial...
El 7 de enero de ese año 1959, moría su queridísima hermana “Mañoca” de una hepatitis infecciosa. ¡Cuánto lloró! Pocos días después se le declaraba la misma enfermedad a ella. Hubo que llevarla a la Cruz Roja, para ser allí debidamente atendida. Y, en efecto, durante la cuaresma pudo ser dada de alta. Y volvió a su amado monasterio. Llegó la Semana Santa y se unió especialmente a la Pasión de Jesús, poniendo a disposición toda su creatividad llena de amor...
El Viernes Santo, 27 de marzo, el capellán al darle la comunión advirtió un moretón en la lengua... El sábado le empezaron a brotar manchas de sangre; el domingo y el lunes de Pascua se multiplicaron. El martes una deposición hemorrágica alarmó a la M. Priora, que hizo venir inmediatamente a Freddy Guggiari, el hermano doctor de la Sierva de Dios. El diagnóstico fue inmediato: “¡Púrpura!” El joven doctor lloraba al salir: “Ser médico y no poder salvar a mi hermanita!”
Internada de nuevo en el Hospital de la Cruz Roja, empezó su Calvario, su unión definitiva a la Cruz: con una paciencia y una alegría inefables... Jamás se desdibujaba de sus labios la sonrisa. Hasta ocho cartas escribió a la M. Priora y comunidad, en su ansia de vida fraterna religiosa; siempre firmaba: “La desterradita”. Quería volver pronto al Carmelo..., y Dios la llevó al Carmelo del Cielo. La rodeaban los suyos y María Felicia repetía: “Papito, ¡qué feliz soy de morir en el Carmelo!” Hacia las 4 de la mañana del 28 de abril, se la oyó decir: “Jesús, ¡qué dulce encuentro! ¡Virgen María!” Fueron sus últimas palabras...
A los 17 años hizo su consagración al apostolado (es decir a Jesús) en virginidad. Durante toda esta primera juventud María Felicia vivió entregada enteramente al Amor, al que recibía diariamente a costa de madrugar e irse a misa en ayunas, para poder comulgar, y luego hacer toda la mañana sus estudios de Maestra normal o sus prácticas de maestra en el Colegio Cervantes o en “María Auxiliadora”; el resto de su jornada lo consumían sus visitas a los enfermos y ancianitos, sus reuniones de A.C., con un cuidado especial sobre sus “pequeñas”, su colaboración en casa en el servicio a los hermanitos. Fuera de casa iba siempre vestida con un guardapolvo blanco, por dos razones: porque desde su Primera Comunión tomó el vestido blanco como símbolo de la limpieza de su alma; por eso cuidaba la blancura de su guardapolvo recordándose a sí misma cómo había de tener su alma; y, segundo, porque un traje más burgués (su tío José P. Guggiari había sido Presidente de la República) le habría impedido el acercamiento natural a sus queridos pobres enfermos.
En 1950 su familia se trasladó a Asunción y M. Felicia inició una nueva etapa de su vida, concentrada en tres frentes: seguir estudiando para obtener el profesorado, buscar trabajo con qué ayudar a la familia, incorporarse a la Acción Católica de Asunción.
Pero la etapa de Asunción se caracterizó especialmente porque en ella maduró y se sublimó su amor. En efecto, a poco de llegar, conoció, en una Asamblea de A.C., a un joven estudiante de Medicina, Directivo de la obra, con el que simpatizó y empezó a salir para sus correrías apostólicas. Ese salir con un joven cayó bien entre los suyos y le facilitaba el salir de casa para su apostolado; además la compañía del joven le permitía acercarse a barrios marginales a los que sola sería peligroso acudir. Con el tiempo la simpatía se convirtió en un verdadero enamoramiento. Y entonces se planteó el interrogante: ¿qué me quiere decir Jesús con este amor que yo no he buscado y que Él me ha suscitado? Porque lo importante es hacer la voluntad de Jesús. Un día su amigo Sauá le reveló un secreto: que sentía inclinación a ser sacerdote... Entonces María Felicia comprendió. Con este amor Dios quiere que lo quiera con el don y la dignidad más grande que puede haber en la tierra: que lo quiera “sacerdote” y “santo”. La actitud de su corazón la expresó la Sierva de Dios con estas palabras confidenciales a una religiosa: “Estoy enamorada de Sauá; pero estoy más enamorada de Jesús”. Al año siguiente escribió: “He alcanzado lo que una vez soñé: tener un amor, y dárselo a Jesús”.
El 8 de setiembre de 1953 se consagraba a María bajo la forma de la Esclavitud Mariana de San Luis María Grignon de Montfort, y, por fin, en los Ejercicios Espirituales de enero de 1954, resolvía entregarse enteramente a Dios en el Carmelo. El 2 de febrero, fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, se presentaba la Sierva de Dios ante la puerta de la clausura, y el día 14 de agosto de ese 1955 recibía el santo hábito de la Virgen y quedaba incorporada a la familia del Carmelo.
Cuando se ha querido resumir cómo era la Hna. María Felicia de Jesús Sacramentado, se ha hecho con tres palabras: Alegría, Caridad, servicialidad... El resto de su vida en el Carmelo no pudo ser más sencillo. No hizo más que amar, amar y más amar a Jesús y a sus hermanos los seres humanos: a sus hermanas de comunidad, a los sacerdotes, que tenía siempre presentes, a partir de su “amigo” aspirante al sacerdocio, a los pobres y humildes..., al mundo entero. Y todo ello a través de su oración y su inmolación.
Había entrado ya en el tercer año de su vida de profesa y para el 15 de agosto de 1959 le tocaba su compromiso definitivo de amor con el Señor, cuando comenzó a prever que el Señor había de enviarle alguna cruz especial...
El 7 de enero de ese año 1959, moría su queridísima hermana “Mañoca” de una hepatitis infecciosa. ¡Cuánto lloró! Pocos días después se le declaraba la misma enfermedad a ella. Hubo que llevarla a la Cruz Roja, para ser allí debidamente atendida. Y, en efecto, durante la cuaresma pudo ser dada de alta. Y volvió a su amado monasterio. Llegó la Semana Santa y se unió especialmente a la Pasión de Jesús, poniendo a disposición toda su creatividad llena de amor...
El Viernes Santo, 27 de marzo, el capellán al darle la comunión advirtió un moretón en la lengua... El sábado le empezaron a brotar manchas de sangre; el domingo y el lunes de Pascua se multiplicaron. El martes una deposición hemorrágica alarmó a la M. Priora, que hizo venir inmediatamente a Freddy Guggiari, el hermano doctor de la Sierva de Dios. El diagnóstico fue inmediato: “¡Púrpura!” El joven doctor lloraba al salir: “Ser médico y no poder salvar a mi hermanita!”
Internada de nuevo en el Hospital de la Cruz Roja, empezó su Calvario, su unión definitiva a la Cruz: con una paciencia y una alegría inefables... Jamás se desdibujaba de sus labios la sonrisa. Hasta ocho cartas escribió a la M. Priora y comunidad, en su ansia de vida fraterna religiosa; siempre firmaba: “La desterradita”. Quería volver pronto al Carmelo..., y Dios la llevó al Carmelo del Cielo. La rodeaban los suyos y María Felicia repetía: “Papito, ¡qué feliz soy de morir en el Carmelo!” Hacia las 4 de la mañana del 28 de abril, se la oyó decir: “Jesús, ¡qué dulce encuentro! ¡Virgen María!” Fueron sus últimas palabras...
lunes, 27 de abril de 2026
Lecturas del 27/04/2026
En aquellos días, los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Cuando Pedro subió a Jerusalén, los de la circuncisión le dijeron en son de reproche: «Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos».
Pedro entonces comenzó a exponerles los hechos por su orden, diciendo: «Estaba yo orando en la ciudad de Jafa, cuando tuve en éxtasis una visión: una especie de recipiente que bajaba, semejante a un gran lienzo que era descolgado del cielo sostenido por los cuatro extremos, hasta donde yo estaba. Miré dentro y vi cuadrúpedos de la tierra, fieras, reptiles y pájaros del cielo. Luego oí una voz que me decía: “Levántate, Pedro, mata y come”. Yo respondí: «De ningún modo, Señor, pues nunca entró en mi boca cosa profana o impura”. Pero la voz del cielo habló de nuevo: «Lo que Dios ha purificado, tú no lo consideres profano”. Esto sucedió hasta tres veces, y de un tirón lo subieron todo de nuevo al cielo.
En aquel preciso momento llegaron a la casa donde estábamos tres hombres enviados desde Cesarea en busca mía. Entonces el Espíritu me dijo que me fuera con ellos sin dudar. Me acompañaron estos seis hermanos, y entramos en casa de aquel hombre. Él nos contó que había visto en su casa al ángel que, en pie, le decía: “Manda recado a Jafa y haz venir a Simón, llamado Pedro; él te dirá palabras que traerán la salvación a ti y a tu casa”.
En cuanto empecé a hablar, bajó sobre ellos el Espíritu Santo, igual que había bajado sobre nosotros al principio; entonces me acordé de lo que el Señor había dicho: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo”. Pues, si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?».
Oyendo esto, se calmaron y alabaron a Dios diciendo: «Así pues, también a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida».
En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».
Palabra del Señor.
27 de Abril 2026 – Santa Zita
A los 12 años, a causa de la pobreza de la familia tuvo que emplearse de sirvienta en una familia rica. Para mantener a su familia, a los doce años de edad se hizo sirvienta de los Fatinelli, una familia rica de Lucca, y les sirvió el resto de su vida, por 48 años.
Desde pequeña demostró un gran amor para con todos, especialmente los pobres y abandonados. Esto no agradaba mucho a la familia Fatinelli. Pero el Señor intervino. En una ocasión, Zita fue a servir a un necesitado dejando momentáneamente su trabajo en la cocina. Otros sirvientes se lo dijeron a la familia Fatinelli, pero cuando ésta fue a la cocina a investigar encontró a ángeles haciendo su trabajo. Desde aquel día le permitieron más libertad para servir a los pobres. No por eso cesaron las burlas y los ataques de los otros sirvientes.
Una vez que el hambre azotó la ciudad, Zita tenía la costumbre de repartir todo lo suyo, incluso su comida, con los pobres. Pero la necesidad era muy grande, por lo que repartió la despensa de granos de la familia con los pobres. Cuando la familia fue a investigar encontró la despensa repleta. Fueron muchos los incidentes milagrosos de su vida. Cuando le quedaba un día libre, lo empleaba en visitar pobres, enfermos y presos, en ayudar a los condenados a muerte.
Estuvo 48 años de sirvienta, demostrando que en cualquier oficio y profesión que sea del agrado de Dios, se puede llegar a una gran santidad.
Zita tenía particular devoción por los prisioneros condenados a muerte.
Murió el 27 de abril de 1278, a los 60 años, e inmediatamente su culto se propagó especialmente en Palermo, Sicilia, otras partes de Italia e Inglaterra.
Fueron tantos los milagros que se obraron por su intercesión que el Papa Inocencio XII la declaró santa en 1696.
Desde pequeña demostró un gran amor para con todos, especialmente los pobres y abandonados. Esto no agradaba mucho a la familia Fatinelli. Pero el Señor intervino. En una ocasión, Zita fue a servir a un necesitado dejando momentáneamente su trabajo en la cocina. Otros sirvientes se lo dijeron a la familia Fatinelli, pero cuando ésta fue a la cocina a investigar encontró a ángeles haciendo su trabajo. Desde aquel día le permitieron más libertad para servir a los pobres. No por eso cesaron las burlas y los ataques de los otros sirvientes.
Una vez que el hambre azotó la ciudad, Zita tenía la costumbre de repartir todo lo suyo, incluso su comida, con los pobres. Pero la necesidad era muy grande, por lo que repartió la despensa de granos de la familia con los pobres. Cuando la familia fue a investigar encontró la despensa repleta. Fueron muchos los incidentes milagrosos de su vida. Cuando le quedaba un día libre, lo empleaba en visitar pobres, enfermos y presos, en ayudar a los condenados a muerte.
Estuvo 48 años de sirvienta, demostrando que en cualquier oficio y profesión que sea del agrado de Dios, se puede llegar a una gran santidad.
Zita tenía particular devoción por los prisioneros condenados a muerte.
Murió el 27 de abril de 1278, a los 60 años, e inmediatamente su culto se propagó especialmente en Palermo, Sicilia, otras partes de Italia e Inglaterra.
Fueron tantos los milagros que se obraron por su intercesión que el Papa Inocencio XII la declaró santa en 1696.
domingo, 26 de abril de 2026
26 de Abril 2026 – 4º Domingo de Pascua - El buen PASTOR
Abiertos los ojos a una doble luz, el ciego de nacimiento acababa de pronunciar su bella confesión de fe: «Señor, yo creo que Tú eres el Hijo de Dios.» Era durante la fiesta de los Tabernáculos, fiesta otoñal, decorada de guirnaldas y ramos de palmeras y alegrada con acordes de salterios y tañidos de trompetas. Jesús enseña en un patio del Templo. Un grupo numeroso le rodea, sorprendido por las palabras misteriosas del Hombre iluminado. Este hombre acaba de ser arrojado de la sinagoga; es una oveja que los pastores de Israel no quieren ya admitir en su rebaño. Pero el indeseado, el excomulgado va a consolarse con una de las parábolas más emocionantes del Evangelio.
Las sombras de la tarde empiezan a extenderse sobre el monte Moria; por el camino de Betania resuenan los silbidos y las voces de los pastores que conducen los rebaños al aprisco; y entre el vocerío lejano y el tintineo de las esquilas se alza la voz de Jesús, diciendo: «En verdad, en verdad os digo que el que no entra por la puerta en el redil, sino que escala las tapias, es ladrón y malhechor. » En la mente de los oyentes aparece la imagen de aquellos apriscos—tenadas les llaman en tierras de Castilla—derramados a través de las parameras de Judea: amplios corrales con muros de piedra, coronados de zarzas espinosas; a un lado, la tejavana bajo la cual se cobijan durante la noche el pastor y el rebaño; la estrecha puerta, bien sujeta con el tranco de palo, porque los enemigos amenazan en la sombra, el lobo merodea en los alrededores; a veces se oye el ruido de un cuerpo que cae al suelo, amedrentando al ganado; es la pantera que ha saltado la cerca de un golpe, o el ladrón nocturno que se ha deslizado a lo largo de la pared. Pero el pastor vela para apartar el peligro, y al llegar la mañana empuña su cayado de espino, se estaciona a la puerta, cuenta una a una sus ovejas y las guía a los buenos pastos de los valles y las colinas.
Jesús sigue desarrollando la alegoría: «Yo soy la puerta; quien entra por Mí, será salvo. Entrará, y saldrá y encontrará pastos abundantes... Yo soy el Buen Pastor; conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a Mí. Yo vine para que tengan vida. una vida abundante.» Cristo es a la vez el pastor y la puerta del aprisco. Encontramos aquí esa contradicción aparente que existe siempre que se trata de su persona. Todas sus enseñanzas sobre Sí mismo son paradójicas. El creyente conoce bien la solución: Jesús es el Verbo encarnado. Dios y hombre al mismo tiempo; por Él, y sólo por Él, entran las ovejas en el aprisco; sólo por Él pueden entrar también los pastores legítimos, en virtud de una vocación celeste que de Él mana, en virtud de una participación en los derechos que ha habido sobre el rebaño a consecuencia del sacrificio de su humanidad, unida personalmente a la divinidad.
Todos los que se arrogan una autoridad sobre su rebaño sin haber recibido esa participación son mercenarios, seudoprofetas, explotadores y embaucadores de pueblos, como aquellos de quienes decía un Profeta: «¡Ay de vosotros, pastores de Israel, que sólo cuidáis de apacentaros a vosotros mismos! Cogéis la leche para alimentaros y la lana para vestiros; matáis las ovejas gordas y no os preocupáis de engordar las flacas, de curar las enfermas, de poner vendas a las llagadas, ni buscar las que se han extraviado... Por eso dice el Señor: Yo sacaré mi rebaño de vuestras manos, arrancaré mis ovejas de vuestros dientes, no serán ya vuestra presa, y Yo las salvaré.»
Estas son las palabras de Cristo a todos los falsos pastores. Él es el Buen Pastor. ¿Cómo reconocerle? Por el amor, que es fruto de la bondad. Ahora bien: la prueba del amor es la muerte aceptada, la sangre derramada por el amigo en peligro. El mercenario ve venir al lobo y huye cobardemente mientras el lobo se arroja sobre el rebaño: el Buen Pastor hace frente al enemigo, dichoso de morir por aquellos a quienes ama; ofrece su vida generosamente, porque el amor vence todos los obstáculos, arrostra todos los peligros; desprecia los insultos, las fatigas, la misma muerte. «Yo doy mi vida por mis ovejas», dice ahora Jesús; y unos meses más tarde será derramada su sangre. Pero su muerte no será un óbice, sino la condición «para que se haga un solo rebaño y un solo pastor».
El fruto del árbol de la Cruz es la reunión del rebaño de Cristo, la formación de su Iglesia. Por eso la sagrada liturgia presenta a nuestra consideración, durante estos días que siguen a las fiestas de Pascua, esta hermosa parábola, imagen de la Iglesia, místico redil cuya puerta es el mismo Cristo. Por eso también los primeros cristianos, ovejas perdidas entre las tinieblas de la gentilidad o entre las zarzas espesas del mosaísmo, cuando tenían la dicha de oír la voz de Cristo, hallaban un gozo especial representándole bajo el símbolo del Buen Pastor, memorial de un Dios hecho hombre, que, muriendo en la Cruz, le había llevado del paganismo a la Iglesia, donde les colmaba de sus gracias, les alimentaba con su carne y su sangre, y, Cordero virgen, nacido de una Oveja virgen, les conducía por los senderos de la pureza y del sacrificio a las praderas inmarcesibles de la eternidad. La figura del Buen Pastor es uno de los temas predilectos del arte cristiano en sus primeros días, ornamento simbólico de los objetos del culto, de los utensilios familiares, de las basílicas y de los mausoleos. Se le encuentra en los muros de las catacumbas, en las capillas funerarias, en los sarcófagos de mármol y en las piedras tumbales, en las lámparas de arcilla, en las cornalinas de los camafeos, en los anillos, en las alhajas, en los palios de los metropolitanos, donde ha sido reemplazado por la Cruz. El Buen Pastor es un bello mancebo, cuya juventud simboliza la inmortalidad; de dulce fisonomía, de mirada llena de ternura, de túnica corta, sobre la cual flota un ligero manto; de cabeza aureolada por un nimbo de gloria o una corona de siete estrellas. Sus emblemas son el cayado, el vaso de leche colgado del cinturón, y a veces la flauta helénica de siete tubos.
Unas veces contempla su ganado desde lo alto de una colina, apoyándose sobre el cayado; otras aparece sentado bajo una encina y rodeado de las ovejas.
También la poesía ha interpretado con bellos acentos el místico idilio de esta parábola evangélica. Un poeta del siglo IV, Sedulio, ponía en boca de un gentil estas deliciosas palabras: «¡Ojalá pueda yo entrar un día en el deleitable aprisco donde el Buen Pastor apacienta sus dulces ovejuelas; donde, nacido de la Oveja virgen, el Cordero inocente camina delante, seguido del blanco rebaño! » En España los grandes maestros del auto sacramental recogerán la tierna alegoría de Cristo y la desarrollarán en espléndidas oraciones, como La oveja perdida, de Timoneda, y El Pastor Lobo, del «Fénix de los Ingenios», que nos traza del Buen Pastor este retrato inolvidable:
«Por mi vida, que es galán y que no en balde le dan nombre de Pastor Cordero, que en este prado, primero, le enseñó al mundo San Juan.
¡Oh, qué cabello traía, nazareno y enrizado!...
Aunque entonces le tenía, de rondar la noche fría, lleno de aljófar helado.
Blanco pellico y zurrón en que debe de traer la yesca y el eslabón con que llegará a encender el más tibio corazón.»
Las sombras de la tarde empiezan a extenderse sobre el monte Moria; por el camino de Betania resuenan los silbidos y las voces de los pastores que conducen los rebaños al aprisco; y entre el vocerío lejano y el tintineo de las esquilas se alza la voz de Jesús, diciendo: «En verdad, en verdad os digo que el que no entra por la puerta en el redil, sino que escala las tapias, es ladrón y malhechor. » En la mente de los oyentes aparece la imagen de aquellos apriscos—tenadas les llaman en tierras de Castilla—derramados a través de las parameras de Judea: amplios corrales con muros de piedra, coronados de zarzas espinosas; a un lado, la tejavana bajo la cual se cobijan durante la noche el pastor y el rebaño; la estrecha puerta, bien sujeta con el tranco de palo, porque los enemigos amenazan en la sombra, el lobo merodea en los alrededores; a veces se oye el ruido de un cuerpo que cae al suelo, amedrentando al ganado; es la pantera que ha saltado la cerca de un golpe, o el ladrón nocturno que se ha deslizado a lo largo de la pared. Pero el pastor vela para apartar el peligro, y al llegar la mañana empuña su cayado de espino, se estaciona a la puerta, cuenta una a una sus ovejas y las guía a los buenos pastos de los valles y las colinas.
Jesús sigue desarrollando la alegoría: «Yo soy la puerta; quien entra por Mí, será salvo. Entrará, y saldrá y encontrará pastos abundantes... Yo soy el Buen Pastor; conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a Mí. Yo vine para que tengan vida. una vida abundante.» Cristo es a la vez el pastor y la puerta del aprisco. Encontramos aquí esa contradicción aparente que existe siempre que se trata de su persona. Todas sus enseñanzas sobre Sí mismo son paradójicas. El creyente conoce bien la solución: Jesús es el Verbo encarnado. Dios y hombre al mismo tiempo; por Él, y sólo por Él, entran las ovejas en el aprisco; sólo por Él pueden entrar también los pastores legítimos, en virtud de una vocación celeste que de Él mana, en virtud de una participación en los derechos que ha habido sobre el rebaño a consecuencia del sacrificio de su humanidad, unida personalmente a la divinidad.
Todos los que se arrogan una autoridad sobre su rebaño sin haber recibido esa participación son mercenarios, seudoprofetas, explotadores y embaucadores de pueblos, como aquellos de quienes decía un Profeta: «¡Ay de vosotros, pastores de Israel, que sólo cuidáis de apacentaros a vosotros mismos! Cogéis la leche para alimentaros y la lana para vestiros; matáis las ovejas gordas y no os preocupáis de engordar las flacas, de curar las enfermas, de poner vendas a las llagadas, ni buscar las que se han extraviado... Por eso dice el Señor: Yo sacaré mi rebaño de vuestras manos, arrancaré mis ovejas de vuestros dientes, no serán ya vuestra presa, y Yo las salvaré.»
Estas son las palabras de Cristo a todos los falsos pastores. Él es el Buen Pastor. ¿Cómo reconocerle? Por el amor, que es fruto de la bondad. Ahora bien: la prueba del amor es la muerte aceptada, la sangre derramada por el amigo en peligro. El mercenario ve venir al lobo y huye cobardemente mientras el lobo se arroja sobre el rebaño: el Buen Pastor hace frente al enemigo, dichoso de morir por aquellos a quienes ama; ofrece su vida generosamente, porque el amor vence todos los obstáculos, arrostra todos los peligros; desprecia los insultos, las fatigas, la misma muerte. «Yo doy mi vida por mis ovejas», dice ahora Jesús; y unos meses más tarde será derramada su sangre. Pero su muerte no será un óbice, sino la condición «para que se haga un solo rebaño y un solo pastor».
El fruto del árbol de la Cruz es la reunión del rebaño de Cristo, la formación de su Iglesia. Por eso la sagrada liturgia presenta a nuestra consideración, durante estos días que siguen a las fiestas de Pascua, esta hermosa parábola, imagen de la Iglesia, místico redil cuya puerta es el mismo Cristo. Por eso también los primeros cristianos, ovejas perdidas entre las tinieblas de la gentilidad o entre las zarzas espesas del mosaísmo, cuando tenían la dicha de oír la voz de Cristo, hallaban un gozo especial representándole bajo el símbolo del Buen Pastor, memorial de un Dios hecho hombre, que, muriendo en la Cruz, le había llevado del paganismo a la Iglesia, donde les colmaba de sus gracias, les alimentaba con su carne y su sangre, y, Cordero virgen, nacido de una Oveja virgen, les conducía por los senderos de la pureza y del sacrificio a las praderas inmarcesibles de la eternidad. La figura del Buen Pastor es uno de los temas predilectos del arte cristiano en sus primeros días, ornamento simbólico de los objetos del culto, de los utensilios familiares, de las basílicas y de los mausoleos. Se le encuentra en los muros de las catacumbas, en las capillas funerarias, en los sarcófagos de mármol y en las piedras tumbales, en las lámparas de arcilla, en las cornalinas de los camafeos, en los anillos, en las alhajas, en los palios de los metropolitanos, donde ha sido reemplazado por la Cruz. El Buen Pastor es un bello mancebo, cuya juventud simboliza la inmortalidad; de dulce fisonomía, de mirada llena de ternura, de túnica corta, sobre la cual flota un ligero manto; de cabeza aureolada por un nimbo de gloria o una corona de siete estrellas. Sus emblemas son el cayado, el vaso de leche colgado del cinturón, y a veces la flauta helénica de siete tubos.
Unas veces contempla su ganado desde lo alto de una colina, apoyándose sobre el cayado; otras aparece sentado bajo una encina y rodeado de las ovejas.
También la poesía ha interpretado con bellos acentos el místico idilio de esta parábola evangélica. Un poeta del siglo IV, Sedulio, ponía en boca de un gentil estas deliciosas palabras: «¡Ojalá pueda yo entrar un día en el deleitable aprisco donde el Buen Pastor apacienta sus dulces ovejuelas; donde, nacido de la Oveja virgen, el Cordero inocente camina delante, seguido del blanco rebaño! » En España los grandes maestros del auto sacramental recogerán la tierna alegoría de Cristo y la desarrollarán en espléndidas oraciones, como La oveja perdida, de Timoneda, y El Pastor Lobo, del «Fénix de los Ingenios», que nos traza del Buen Pastor este retrato inolvidable:
«Por mi vida, que es galán y que no en balde le dan nombre de Pastor Cordero, que en este prado, primero, le enseñó al mundo San Juan.
¡Oh, qué cabello traía, nazareno y enrizado!...
Aunque entonces le tenía, de rondar la noche fría, lleno de aljófar helado.
Blanco pellico y zurrón en que debe de traer la yesca y el eslabón con que llegará a encender el más tibio corazón.»
Lecturas del 26/04/2026
El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y declaró: «Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»
Pedro les contestó: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare así el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: «Salvaos de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.
Queridos hermanos:
Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.
Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca.
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente.
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.
Con sus heridas fuisteis curados.
Pues andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas.
En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».
Palabra del Señor.
26 de Abril 2026 – Nuestra Señora del Buen Consejo
Mucho antes de la venida de Cristo, el pequeño pueblo de Genazzano, a treinta millas de Roma, construyó un templo a Venus, la diosa pagana del amor, a la que le tenían particular adhesión. Allí se le ofrecía culto y celebraban grandes fiestas en su honor, especialmente el 25 de abril. Todos los años la gente de Genazzano gozaba de las festividades bailando y cantando.
En el siglo IV de nuestra era, cuando el cristianismo había sido públicamente reconocido en el Imperio Romano, el Papa San Marco (336d.C.) mandó construir una iglesia en una colina sobre el pueblo, no muy lejos de las ruinas del antiguo templo pagano. La iglesia, firme y fuerte pero pequeña y sencilla, fue dedicada a Nuestra Señora del Buen Consejo. A sabiendas del amor que la gente de Genazzano le tiene a las fiestas y celebraciones, el Papa declaró el 25 de abril (fecha de las antiguas fiestas paganas), como día de celebración cristiana en honor de Nuestra Señora del Buen Consejo. La Iglesia respeta las costumbres de los pueblos pero siempre busca purificarlas de todo error y elevarlas hacia Dios.
A través de los siglos, Nuestra Señora fue honrada de manera especial en la pequeña iglesia de la colina, la cual se puso a cargo de los frailes de la Orden de San Agustín en 1356. Con el tiempo, el uso y los desgarros comenzaron a afectar el anciano templo. Para el siglo XV, la iglesia se había venido desvencijando tanto que algunos temían su total colapso. Pocos, sin embargo, parecían tener interés en repararla, posiblemente porque había iglesias más nuevas y mejores en el pueblo.
Una viuda santa, Petruccia de Geneo, que amaba a la Virgen devotamente, se sintió inspirada a reconstruir la iglesia. Deseaba que la iglesia fuera más grande y más bonita, más apropiada para la Madre de Dios. Confiando en Nuestra Señora, Petruccia contrató trabajadores y constructores, compró también los materiales y vio las paredes subir. Sus vecinos la observaron por un tiempo en silencio, luego comenzaron a burlarse de ella, especialmente cuando les pedía ayuda.
Petruccia no podía comprender la actitud que sus vecinos y pensaba que su amor a Nuestra Señora los inspiraría a ofrecer ayuda. Pero los corazones no estaban para eso. Ellos sabían que construir una iglesia grande y bonita era un gran proyecto y que Petruccia tenía dinero, pero no lo suficiente. Percibían la obra como un acto de orgullo y presunción por parte de Petruccia y la criticaban. Cuando la obra tuvo que detenerse por falta de fondos, las paredes sin terminar fueron nombradas "la locura de Petruccia".
Probablemente Nuestro Señor permitió todo esto para fortalecer el amor y la confianza de Petruccia. La envidia, la falta de caridad, y los desacuerdos purifican y prueban toda obra de Dios. Ella no dejó dominar por los obstáculos; estaba determinada a hacer todo lo que pudiese para ver la iglesia completada. Sentía que Nuestra Señora había inspirado el trabajo y que Ella lo apoyaría cuando fuese su tiempo. Decía que algún día "una gran Señora vendría a tomar posesión de ella". Petruccia entonces recurrió a sacrificios y oraciones más fervorosas.
Un poco después, durante la fiesta del pueblo, el 25 de abril, día de San Marcos de 1467, muchas personas estaban congregadas en la plaza del mercado pasando un buen rato-- festejando, bailando y cantando. No se sabe porque ya no rendían honor a Nuestra Señora del Buen Consejo en ese día, como lo habían hecho sus antepasados en siglos anteriores. Probablemente a través de los siglos su devoción por Nuestra Señora se había disminuido, pero habían conservado el amor por las fiestas.
En medio de las fiestas, alguien vio una nube encopada flotando bien bajo a través del claro cielo azul. El asombro paralizó el baile y el canto. Toda la atención fue puesta en la nube que bajaba despacio y que finalmente se detuvo en un borde angosto de las paredes sin terminar de la iglesia de Petruccia. La nube se abrió gradualmente, y en su centro apareció una bellísima pintura de Nuestra Señora con el Niño Jesús. Todas las campanas del pueblo comenzaron a sonar sin la ayuda de manos humanas.
Atraídos por el inesperado y fuerte repicar de las campanas, la gente de las villas aledañas se apresuró a Genazzano para averiguar la causa. Mientras tanto, al escuchar del milagro, Petruccia, que estaba orando en casa, se apresuró a la iglesia para arrodillarse ante la pintura. Llena de alegría dijo que ella sabía que Nuestra Señora vendría a tomar posesión de su iglesia. Toda la gente se le unió en las alabanzas a Nuestra Señora.
Nadie conocía la procedencia de la pintura ni la había visto antes. Pronto una maravillosa lluvia de gracias y milagrosas curaciones comenzaron a suceder. En solo cuatro meses, 171 milagros fueron archivados. La gente comenzó a llamar a la imagen "Nuestra Señora del Paraíso" porque creían que había sido traída a Genazzano por manos de los ángeles ocultos en la nube encopada. Otros, por los numerosos milagros, la llamaban "Nuestra Señora de los Milagros".
Durante este tiempo, dos extranjeros procedentes de Scutari, Albania, llegaron a Genazzano buscando la milagrosa pintura de la Virgen. Ellos contaron su testimonio. Scutari fue la última ciudad tomada por los Turcos en su invasión de Albania. Cuando comprendieron que ya no podían resistir más, le pidieron consejo a la Virgen sobre qué hacer para mantener su fe católica en aquellas circunstancias. Esa noche, ante el asombre de los dos albaneses la imagen de la Virgen se desprendió de la pared y elevándose por los cielos se comenzó a trasladar lentamente hacia el oeste. Así pudieron seguirla, cruzar el mar adriático que separa Albania de Italia, hasta que llegaron a Genazzano. Así decidieron quedarse en Genazzano para vivir cerca de su Señora, que también se había refugiado.
Cuando el Santo Padre en Roma escuchó acerca de la pintura y de sus muchos milagros, mandó a dos obispos como comisionados a examinar y estudiar los acontecimientos extraordinarios. Después de una cuidadosa investigación, el Papa y los comisionados quedaron convencidos de que la pintura era verdaderamente Nuestra Señora del Buen Consejo, que había sido venerada por siglos en el pequeño pueblo de Scutari. El espacio vacío con las dimensiones exactas donde había estado la pintura en la iglesia fue evidente para todos. La imagen- del espesor de cáscara de huevo- había sido pintada sobre el yeso de la pared. Ninguna habilidad humana podría haber tomado con éxito la pintura de la pared sin romperla. Ninguna mano humana podría haberla traído a través del mar Adriático y colocarla en el borde angosto de la iglesia sin sujetarla.
Naturalmente, la iglesia de Petruccia fue completada. Más bien, hubo tantas donaciones y fue ofrecida tanta ayuda que se convirtió en una bella basílica. La pintura fue puesta en un relicario maravilloso con un marco de oro adornado con piedras preciosas. Más tarde dos coronas de oro enviadas por el Vaticano fueron colocadas en las cabezas de la Madre y el Niño. La pintura aún está en la iglesia, "la locura de Petruccia". Los monjes Agustinos son los guardianes especiales de la iglesia y de la pintura milagrosa.
La basílica ha sido afectada por los siglos. Sufrió particularmente por la Segunda Guerra Mundial ya que para arrestar el avance de los Aliados, los alemanes no dudaron en bombardear las iglesias. En Genazzano, el santuario de Nuestra Señora no se libró. Una bomba explotó en el con toda fuerza. El altar mayor fue completamente destruido, todas las pinturas y las estatuas en las paredes alrededor se vinieron abajo, pero la milagrosa pintura de Nuestra Señora del Buen Consejo, se mantuvo perfectamente intacta, tan bella como cuando Petruccia la vio por primera vez.
Nuestra Señora tiene los ojos parcialmente bajos como si estuviera escuchando con intensidad. Su vestido verde oscuro está adornado con un borde de oro. Su manto azul oscuro cubre su cabeza y sus hombros y cubre parcialmente al Niño Jesús, quien tiene una mano alrededor del cuello de su Madre. Su mejilla toca la de ella, y su mano izquierda está sosteniendo el cuello de su vestido. El vestido rojo del Niño está adornado con un borde de oro. La expresión en ambos, Madre e Hijo es de una profunda atención. El Niño Jesús parece que está listo para susurrarle algo a Su Madre. Es una pintura sencilla pero atractiva.
En los últimos cuatro siglos innumerables peregrinaciones y muchos milagros han ocurrido en el santuario de Nuestra Señora, Madre Amorosa que es para todos un tesoro de la gracia divina. Acude a ella con tus pequeños problemas; ve a ella con tus grandes problemas; confía en su guía. Ella es verdaderamente Nuestra Señora del Buen Consejo.
Las palabras "Madre del Buen Consejo" fueron insertadas por Pío IX a las letanías de la Virgen María.
En el siglo IV de nuestra era, cuando el cristianismo había sido públicamente reconocido en el Imperio Romano, el Papa San Marco (336d.C.) mandó construir una iglesia en una colina sobre el pueblo, no muy lejos de las ruinas del antiguo templo pagano. La iglesia, firme y fuerte pero pequeña y sencilla, fue dedicada a Nuestra Señora del Buen Consejo. A sabiendas del amor que la gente de Genazzano le tiene a las fiestas y celebraciones, el Papa declaró el 25 de abril (fecha de las antiguas fiestas paganas), como día de celebración cristiana en honor de Nuestra Señora del Buen Consejo. La Iglesia respeta las costumbres de los pueblos pero siempre busca purificarlas de todo error y elevarlas hacia Dios.
A través de los siglos, Nuestra Señora fue honrada de manera especial en la pequeña iglesia de la colina, la cual se puso a cargo de los frailes de la Orden de San Agustín en 1356. Con el tiempo, el uso y los desgarros comenzaron a afectar el anciano templo. Para el siglo XV, la iglesia se había venido desvencijando tanto que algunos temían su total colapso. Pocos, sin embargo, parecían tener interés en repararla, posiblemente porque había iglesias más nuevas y mejores en el pueblo.
Una viuda santa, Petruccia de Geneo, que amaba a la Virgen devotamente, se sintió inspirada a reconstruir la iglesia. Deseaba que la iglesia fuera más grande y más bonita, más apropiada para la Madre de Dios. Confiando en Nuestra Señora, Petruccia contrató trabajadores y constructores, compró también los materiales y vio las paredes subir. Sus vecinos la observaron por un tiempo en silencio, luego comenzaron a burlarse de ella, especialmente cuando les pedía ayuda.
Petruccia no podía comprender la actitud que sus vecinos y pensaba que su amor a Nuestra Señora los inspiraría a ofrecer ayuda. Pero los corazones no estaban para eso. Ellos sabían que construir una iglesia grande y bonita era un gran proyecto y que Petruccia tenía dinero, pero no lo suficiente. Percibían la obra como un acto de orgullo y presunción por parte de Petruccia y la criticaban. Cuando la obra tuvo que detenerse por falta de fondos, las paredes sin terminar fueron nombradas "la locura de Petruccia".
Probablemente Nuestro Señor permitió todo esto para fortalecer el amor y la confianza de Petruccia. La envidia, la falta de caridad, y los desacuerdos purifican y prueban toda obra de Dios. Ella no dejó dominar por los obstáculos; estaba determinada a hacer todo lo que pudiese para ver la iglesia completada. Sentía que Nuestra Señora había inspirado el trabajo y que Ella lo apoyaría cuando fuese su tiempo. Decía que algún día "una gran Señora vendría a tomar posesión de ella". Petruccia entonces recurrió a sacrificios y oraciones más fervorosas.
Un poco después, durante la fiesta del pueblo, el 25 de abril, día de San Marcos de 1467, muchas personas estaban congregadas en la plaza del mercado pasando un buen rato-- festejando, bailando y cantando. No se sabe porque ya no rendían honor a Nuestra Señora del Buen Consejo en ese día, como lo habían hecho sus antepasados en siglos anteriores. Probablemente a través de los siglos su devoción por Nuestra Señora se había disminuido, pero habían conservado el amor por las fiestas.
En medio de las fiestas, alguien vio una nube encopada flotando bien bajo a través del claro cielo azul. El asombro paralizó el baile y el canto. Toda la atención fue puesta en la nube que bajaba despacio y que finalmente se detuvo en un borde angosto de las paredes sin terminar de la iglesia de Petruccia. La nube se abrió gradualmente, y en su centro apareció una bellísima pintura de Nuestra Señora con el Niño Jesús. Todas las campanas del pueblo comenzaron a sonar sin la ayuda de manos humanas.
Atraídos por el inesperado y fuerte repicar de las campanas, la gente de las villas aledañas se apresuró a Genazzano para averiguar la causa. Mientras tanto, al escuchar del milagro, Petruccia, que estaba orando en casa, se apresuró a la iglesia para arrodillarse ante la pintura. Llena de alegría dijo que ella sabía que Nuestra Señora vendría a tomar posesión de su iglesia. Toda la gente se le unió en las alabanzas a Nuestra Señora.
Nadie conocía la procedencia de la pintura ni la había visto antes. Pronto una maravillosa lluvia de gracias y milagrosas curaciones comenzaron a suceder. En solo cuatro meses, 171 milagros fueron archivados. La gente comenzó a llamar a la imagen "Nuestra Señora del Paraíso" porque creían que había sido traída a Genazzano por manos de los ángeles ocultos en la nube encopada. Otros, por los numerosos milagros, la llamaban "Nuestra Señora de los Milagros".
Durante este tiempo, dos extranjeros procedentes de Scutari, Albania, llegaron a Genazzano buscando la milagrosa pintura de la Virgen. Ellos contaron su testimonio. Scutari fue la última ciudad tomada por los Turcos en su invasión de Albania. Cuando comprendieron que ya no podían resistir más, le pidieron consejo a la Virgen sobre qué hacer para mantener su fe católica en aquellas circunstancias. Esa noche, ante el asombre de los dos albaneses la imagen de la Virgen se desprendió de la pared y elevándose por los cielos se comenzó a trasladar lentamente hacia el oeste. Así pudieron seguirla, cruzar el mar adriático que separa Albania de Italia, hasta que llegaron a Genazzano. Así decidieron quedarse en Genazzano para vivir cerca de su Señora, que también se había refugiado.
Cuando el Santo Padre en Roma escuchó acerca de la pintura y de sus muchos milagros, mandó a dos obispos como comisionados a examinar y estudiar los acontecimientos extraordinarios. Después de una cuidadosa investigación, el Papa y los comisionados quedaron convencidos de que la pintura era verdaderamente Nuestra Señora del Buen Consejo, que había sido venerada por siglos en el pequeño pueblo de Scutari. El espacio vacío con las dimensiones exactas donde había estado la pintura en la iglesia fue evidente para todos. La imagen- del espesor de cáscara de huevo- había sido pintada sobre el yeso de la pared. Ninguna habilidad humana podría haber tomado con éxito la pintura de la pared sin romperla. Ninguna mano humana podría haberla traído a través del mar Adriático y colocarla en el borde angosto de la iglesia sin sujetarla.
Naturalmente, la iglesia de Petruccia fue completada. Más bien, hubo tantas donaciones y fue ofrecida tanta ayuda que se convirtió en una bella basílica. La pintura fue puesta en un relicario maravilloso con un marco de oro adornado con piedras preciosas. Más tarde dos coronas de oro enviadas por el Vaticano fueron colocadas en las cabezas de la Madre y el Niño. La pintura aún está en la iglesia, "la locura de Petruccia". Los monjes Agustinos son los guardianes especiales de la iglesia y de la pintura milagrosa.
La basílica ha sido afectada por los siglos. Sufrió particularmente por la Segunda Guerra Mundial ya que para arrestar el avance de los Aliados, los alemanes no dudaron en bombardear las iglesias. En Genazzano, el santuario de Nuestra Señora no se libró. Una bomba explotó en el con toda fuerza. El altar mayor fue completamente destruido, todas las pinturas y las estatuas en las paredes alrededor se vinieron abajo, pero la milagrosa pintura de Nuestra Señora del Buen Consejo, se mantuvo perfectamente intacta, tan bella como cuando Petruccia la vio por primera vez.
Nuestra Señora tiene los ojos parcialmente bajos como si estuviera escuchando con intensidad. Su vestido verde oscuro está adornado con un borde de oro. Su manto azul oscuro cubre su cabeza y sus hombros y cubre parcialmente al Niño Jesús, quien tiene una mano alrededor del cuello de su Madre. Su mejilla toca la de ella, y su mano izquierda está sosteniendo el cuello de su vestido. El vestido rojo del Niño está adornado con un borde de oro. La expresión en ambos, Madre e Hijo es de una profunda atención. El Niño Jesús parece que está listo para susurrarle algo a Su Madre. Es una pintura sencilla pero atractiva.
En los últimos cuatro siglos innumerables peregrinaciones y muchos milagros han ocurrido en el santuario de Nuestra Señora, Madre Amorosa que es para todos un tesoro de la gracia divina. Acude a ella con tus pequeños problemas; ve a ella con tus grandes problemas; confía en su guía. Ella es verdaderamente Nuestra Señora del Buen Consejo.
Las palabras "Madre del Buen Consejo" fueron insertadas por Pío IX a las letanías de la Virgen María.
sábado, 25 de abril de 2026
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