lunes, 27 de abril de 2026
Lecturas del 27/04/2026
En aquellos días, los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Cuando Pedro subió a Jerusalén, los de la circuncisión le dijeron en son de reproche: «Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos».
Pedro entonces comenzó a exponerles los hechos por su orden, diciendo: «Estaba yo orando en la ciudad de Jafa, cuando tuve en éxtasis una visión: una especie de recipiente que bajaba, semejante a un gran lienzo que era descolgado del cielo sostenido por los cuatro extremos, hasta donde yo estaba. Miré dentro y vi cuadrúpedos de la tierra, fieras, reptiles y pájaros del cielo. Luego oí una voz que me decía: “Levántate, Pedro, mata y come”. Yo respondí: «De ningún modo, Señor, pues nunca entró en mi boca cosa profana o impura”. Pero la voz del cielo habló de nuevo: «Lo que Dios ha purificado, tú no lo consideres profano”. Esto sucedió hasta tres veces, y de un tirón lo subieron todo de nuevo al cielo.
En aquel preciso momento llegaron a la casa donde estábamos tres hombres enviados desde Cesarea en busca mía. Entonces el Espíritu me dijo que me fuera con ellos sin dudar. Me acompañaron estos seis hermanos, y entramos en casa de aquel hombre. Él nos contó que había visto en su casa al ángel que, en pie, le decía: “Manda recado a Jafa y haz venir a Simón, llamado Pedro; él te dirá palabras que traerán la salvación a ti y a tu casa”.
En cuanto empecé a hablar, bajó sobre ellos el Espíritu Santo, igual que había bajado sobre nosotros al principio; entonces me acordé de lo que el Señor había dicho: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo”. Pues, si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?».
Oyendo esto, se calmaron y alabaron a Dios diciendo: «Así pues, también a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida».
En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».
Palabra del Señor.
27 de Abril 2026 – Santa Zita
A los 12 años, a causa de la pobreza de la familia tuvo que emplearse de sirvienta en una familia rica. Para mantener a su familia, a los doce años de edad se hizo sirvienta de los Fatinelli, una familia rica de Lucca, y les sirvió el resto de su vida, por 48 años.
Desde pequeña demostró un gran amor para con todos, especialmente los pobres y abandonados. Esto no agradaba mucho a la familia Fatinelli. Pero el Señor intervino. En una ocasión, Zita fue a servir a un necesitado dejando momentáneamente su trabajo en la cocina. Otros sirvientes se lo dijeron a la familia Fatinelli, pero cuando ésta fue a la cocina a investigar encontró a ángeles haciendo su trabajo. Desde aquel día le permitieron más libertad para servir a los pobres. No por eso cesaron las burlas y los ataques de los otros sirvientes.
Una vez que el hambre azotó la ciudad, Zita tenía la costumbre de repartir todo lo suyo, incluso su comida, con los pobres. Pero la necesidad era muy grande, por lo que repartió la despensa de granos de la familia con los pobres. Cuando la familia fue a investigar encontró la despensa repleta. Fueron muchos los incidentes milagrosos de su vida. Cuando le quedaba un día libre, lo empleaba en visitar pobres, enfermos y presos, en ayudar a los condenados a muerte.
Estuvo 48 años de sirvienta, demostrando que en cualquier oficio y profesión que sea del agrado de Dios, se puede llegar a una gran santidad.
Zita tenía particular devoción por los prisioneros condenados a muerte.
Murió el 27 de abril de 1278, a los 60 años, e inmediatamente su culto se propagó especialmente en Palermo, Sicilia, otras partes de Italia e Inglaterra.
Fueron tantos los milagros que se obraron por su intercesión que el Papa Inocencio XII la declaró santa en 1696.
Desde pequeña demostró un gran amor para con todos, especialmente los pobres y abandonados. Esto no agradaba mucho a la familia Fatinelli. Pero el Señor intervino. En una ocasión, Zita fue a servir a un necesitado dejando momentáneamente su trabajo en la cocina. Otros sirvientes se lo dijeron a la familia Fatinelli, pero cuando ésta fue a la cocina a investigar encontró a ángeles haciendo su trabajo. Desde aquel día le permitieron más libertad para servir a los pobres. No por eso cesaron las burlas y los ataques de los otros sirvientes.
Una vez que el hambre azotó la ciudad, Zita tenía la costumbre de repartir todo lo suyo, incluso su comida, con los pobres. Pero la necesidad era muy grande, por lo que repartió la despensa de granos de la familia con los pobres. Cuando la familia fue a investigar encontró la despensa repleta. Fueron muchos los incidentes milagrosos de su vida. Cuando le quedaba un día libre, lo empleaba en visitar pobres, enfermos y presos, en ayudar a los condenados a muerte.
Estuvo 48 años de sirvienta, demostrando que en cualquier oficio y profesión que sea del agrado de Dios, se puede llegar a una gran santidad.
Zita tenía particular devoción por los prisioneros condenados a muerte.
Murió el 27 de abril de 1278, a los 60 años, e inmediatamente su culto se propagó especialmente en Palermo, Sicilia, otras partes de Italia e Inglaterra.
Fueron tantos los milagros que se obraron por su intercesión que el Papa Inocencio XII la declaró santa en 1696.
domingo, 26 de abril de 2026
26 de Abril 2026 – 4º Domingo de Pascua - El buen PASTOR
Abiertos los ojos a una doble luz, el ciego de nacimiento acababa de pronunciar su bella confesión de fe: «Señor, yo creo que Tú eres el Hijo de Dios.» Era durante la fiesta de los Tabernáculos, fiesta otoñal, decorada de guirnaldas y ramos de palmeras y alegrada con acordes de salterios y tañidos de trompetas. Jesús enseña en un patio del Templo. Un grupo numeroso le rodea, sorprendido por las palabras misteriosas del Hombre iluminado. Este hombre acaba de ser arrojado de la sinagoga; es una oveja que los pastores de Israel no quieren ya admitir en su rebaño. Pero el indeseado, el excomulgado va a consolarse con una de las parábolas más emocionantes del Evangelio.
Las sombras de la tarde empiezan a extenderse sobre el monte Moria; por el camino de Betania resuenan los silbidos y las voces de los pastores que conducen los rebaños al aprisco; y entre el vocerío lejano y el tintineo de las esquilas se alza la voz de Jesús, diciendo: «En verdad, en verdad os digo que el que no entra por la puerta en el redil, sino que escala las tapias, es ladrón y malhechor. » En la mente de los oyentes aparece la imagen de aquellos apriscos—tenadas les llaman en tierras de Castilla—derramados a través de las parameras de Judea: amplios corrales con muros de piedra, coronados de zarzas espinosas; a un lado, la tejavana bajo la cual se cobijan durante la noche el pastor y el rebaño; la estrecha puerta, bien sujeta con el tranco de palo, porque los enemigos amenazan en la sombra, el lobo merodea en los alrededores; a veces se oye el ruido de un cuerpo que cae al suelo, amedrentando al ganado; es la pantera que ha saltado la cerca de un golpe, o el ladrón nocturno que se ha deslizado a lo largo de la pared. Pero el pastor vela para apartar el peligro, y al llegar la mañana empuña su cayado de espino, se estaciona a la puerta, cuenta una a una sus ovejas y las guía a los buenos pastos de los valles y las colinas.
Jesús sigue desarrollando la alegoría: «Yo soy la puerta; quien entra por Mí, será salvo. Entrará, y saldrá y encontrará pastos abundantes... Yo soy el Buen Pastor; conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a Mí. Yo vine para que tengan vida. una vida abundante.» Cristo es a la vez el pastor y la puerta del aprisco. Encontramos aquí esa contradicción aparente que existe siempre que se trata de su persona. Todas sus enseñanzas sobre Sí mismo son paradójicas. El creyente conoce bien la solución: Jesús es el Verbo encarnado. Dios y hombre al mismo tiempo; por Él, y sólo por Él, entran las ovejas en el aprisco; sólo por Él pueden entrar también los pastores legítimos, en virtud de una vocación celeste que de Él mana, en virtud de una participación en los derechos que ha habido sobre el rebaño a consecuencia del sacrificio de su humanidad, unida personalmente a la divinidad.
Todos los que se arrogan una autoridad sobre su rebaño sin haber recibido esa participación son mercenarios, seudoprofetas, explotadores y embaucadores de pueblos, como aquellos de quienes decía un Profeta: «¡Ay de vosotros, pastores de Israel, que sólo cuidáis de apacentaros a vosotros mismos! Cogéis la leche para alimentaros y la lana para vestiros; matáis las ovejas gordas y no os preocupáis de engordar las flacas, de curar las enfermas, de poner vendas a las llagadas, ni buscar las que se han extraviado... Por eso dice el Señor: Yo sacaré mi rebaño de vuestras manos, arrancaré mis ovejas de vuestros dientes, no serán ya vuestra presa, y Yo las salvaré.»
Estas son las palabras de Cristo a todos los falsos pastores. Él es el Buen Pastor. ¿Cómo reconocerle? Por el amor, que es fruto de la bondad. Ahora bien: la prueba del amor es la muerte aceptada, la sangre derramada por el amigo en peligro. El mercenario ve venir al lobo y huye cobardemente mientras el lobo se arroja sobre el rebaño: el Buen Pastor hace frente al enemigo, dichoso de morir por aquellos a quienes ama; ofrece su vida generosamente, porque el amor vence todos los obstáculos, arrostra todos los peligros; desprecia los insultos, las fatigas, la misma muerte. «Yo doy mi vida por mis ovejas», dice ahora Jesús; y unos meses más tarde será derramada su sangre. Pero su muerte no será un óbice, sino la condición «para que se haga un solo rebaño y un solo pastor».
El fruto del árbol de la Cruz es la reunión del rebaño de Cristo, la formación de su Iglesia. Por eso la sagrada liturgia presenta a nuestra consideración, durante estos días que siguen a las fiestas de Pascua, esta hermosa parábola, imagen de la Iglesia, místico redil cuya puerta es el mismo Cristo. Por eso también los primeros cristianos, ovejas perdidas entre las tinieblas de la gentilidad o entre las zarzas espesas del mosaísmo, cuando tenían la dicha de oír la voz de Cristo, hallaban un gozo especial representándole bajo el símbolo del Buen Pastor, memorial de un Dios hecho hombre, que, muriendo en la Cruz, le había llevado del paganismo a la Iglesia, donde les colmaba de sus gracias, les alimentaba con su carne y su sangre, y, Cordero virgen, nacido de una Oveja virgen, les conducía por los senderos de la pureza y del sacrificio a las praderas inmarcesibles de la eternidad. La figura del Buen Pastor es uno de los temas predilectos del arte cristiano en sus primeros días, ornamento simbólico de los objetos del culto, de los utensilios familiares, de las basílicas y de los mausoleos. Se le encuentra en los muros de las catacumbas, en las capillas funerarias, en los sarcófagos de mármol y en las piedras tumbales, en las lámparas de arcilla, en las cornalinas de los camafeos, en los anillos, en las alhajas, en los palios de los metropolitanos, donde ha sido reemplazado por la Cruz. El Buen Pastor es un bello mancebo, cuya juventud simboliza la inmortalidad; de dulce fisonomía, de mirada llena de ternura, de túnica corta, sobre la cual flota un ligero manto; de cabeza aureolada por un nimbo de gloria o una corona de siete estrellas. Sus emblemas son el cayado, el vaso de leche colgado del cinturón, y a veces la flauta helénica de siete tubos.
Unas veces contempla su ganado desde lo alto de una colina, apoyándose sobre el cayado; otras aparece sentado bajo una encina y rodeado de las ovejas.
También la poesía ha interpretado con bellos acentos el místico idilio de esta parábola evangélica. Un poeta del siglo IV, Sedulio, ponía en boca de un gentil estas deliciosas palabras: «¡Ojalá pueda yo entrar un día en el deleitable aprisco donde el Buen Pastor apacienta sus dulces ovejuelas; donde, nacido de la Oveja virgen, el Cordero inocente camina delante, seguido del blanco rebaño! » En España los grandes maestros del auto sacramental recogerán la tierna alegoría de Cristo y la desarrollarán en espléndidas oraciones, como La oveja perdida, de Timoneda, y El Pastor Lobo, del «Fénix de los Ingenios», que nos traza del Buen Pastor este retrato inolvidable:
«Por mi vida, que es galán y que no en balde le dan nombre de Pastor Cordero, que en este prado, primero, le enseñó al mundo San Juan.
¡Oh, qué cabello traía, nazareno y enrizado!...
Aunque entonces le tenía, de rondar la noche fría, lleno de aljófar helado.
Blanco pellico y zurrón en que debe de traer la yesca y el eslabón con que llegará a encender el más tibio corazón.»
Las sombras de la tarde empiezan a extenderse sobre el monte Moria; por el camino de Betania resuenan los silbidos y las voces de los pastores que conducen los rebaños al aprisco; y entre el vocerío lejano y el tintineo de las esquilas se alza la voz de Jesús, diciendo: «En verdad, en verdad os digo que el que no entra por la puerta en el redil, sino que escala las tapias, es ladrón y malhechor. » En la mente de los oyentes aparece la imagen de aquellos apriscos—tenadas les llaman en tierras de Castilla—derramados a través de las parameras de Judea: amplios corrales con muros de piedra, coronados de zarzas espinosas; a un lado, la tejavana bajo la cual se cobijan durante la noche el pastor y el rebaño; la estrecha puerta, bien sujeta con el tranco de palo, porque los enemigos amenazan en la sombra, el lobo merodea en los alrededores; a veces se oye el ruido de un cuerpo que cae al suelo, amedrentando al ganado; es la pantera que ha saltado la cerca de un golpe, o el ladrón nocturno que se ha deslizado a lo largo de la pared. Pero el pastor vela para apartar el peligro, y al llegar la mañana empuña su cayado de espino, se estaciona a la puerta, cuenta una a una sus ovejas y las guía a los buenos pastos de los valles y las colinas.
Jesús sigue desarrollando la alegoría: «Yo soy la puerta; quien entra por Mí, será salvo. Entrará, y saldrá y encontrará pastos abundantes... Yo soy el Buen Pastor; conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a Mí. Yo vine para que tengan vida. una vida abundante.» Cristo es a la vez el pastor y la puerta del aprisco. Encontramos aquí esa contradicción aparente que existe siempre que se trata de su persona. Todas sus enseñanzas sobre Sí mismo son paradójicas. El creyente conoce bien la solución: Jesús es el Verbo encarnado. Dios y hombre al mismo tiempo; por Él, y sólo por Él, entran las ovejas en el aprisco; sólo por Él pueden entrar también los pastores legítimos, en virtud de una vocación celeste que de Él mana, en virtud de una participación en los derechos que ha habido sobre el rebaño a consecuencia del sacrificio de su humanidad, unida personalmente a la divinidad.
Todos los que se arrogan una autoridad sobre su rebaño sin haber recibido esa participación son mercenarios, seudoprofetas, explotadores y embaucadores de pueblos, como aquellos de quienes decía un Profeta: «¡Ay de vosotros, pastores de Israel, que sólo cuidáis de apacentaros a vosotros mismos! Cogéis la leche para alimentaros y la lana para vestiros; matáis las ovejas gordas y no os preocupáis de engordar las flacas, de curar las enfermas, de poner vendas a las llagadas, ni buscar las que se han extraviado... Por eso dice el Señor: Yo sacaré mi rebaño de vuestras manos, arrancaré mis ovejas de vuestros dientes, no serán ya vuestra presa, y Yo las salvaré.»
Estas son las palabras de Cristo a todos los falsos pastores. Él es el Buen Pastor. ¿Cómo reconocerle? Por el amor, que es fruto de la bondad. Ahora bien: la prueba del amor es la muerte aceptada, la sangre derramada por el amigo en peligro. El mercenario ve venir al lobo y huye cobardemente mientras el lobo se arroja sobre el rebaño: el Buen Pastor hace frente al enemigo, dichoso de morir por aquellos a quienes ama; ofrece su vida generosamente, porque el amor vence todos los obstáculos, arrostra todos los peligros; desprecia los insultos, las fatigas, la misma muerte. «Yo doy mi vida por mis ovejas», dice ahora Jesús; y unos meses más tarde será derramada su sangre. Pero su muerte no será un óbice, sino la condición «para que se haga un solo rebaño y un solo pastor».
El fruto del árbol de la Cruz es la reunión del rebaño de Cristo, la formación de su Iglesia. Por eso la sagrada liturgia presenta a nuestra consideración, durante estos días que siguen a las fiestas de Pascua, esta hermosa parábola, imagen de la Iglesia, místico redil cuya puerta es el mismo Cristo. Por eso también los primeros cristianos, ovejas perdidas entre las tinieblas de la gentilidad o entre las zarzas espesas del mosaísmo, cuando tenían la dicha de oír la voz de Cristo, hallaban un gozo especial representándole bajo el símbolo del Buen Pastor, memorial de un Dios hecho hombre, que, muriendo en la Cruz, le había llevado del paganismo a la Iglesia, donde les colmaba de sus gracias, les alimentaba con su carne y su sangre, y, Cordero virgen, nacido de una Oveja virgen, les conducía por los senderos de la pureza y del sacrificio a las praderas inmarcesibles de la eternidad. La figura del Buen Pastor es uno de los temas predilectos del arte cristiano en sus primeros días, ornamento simbólico de los objetos del culto, de los utensilios familiares, de las basílicas y de los mausoleos. Se le encuentra en los muros de las catacumbas, en las capillas funerarias, en los sarcófagos de mármol y en las piedras tumbales, en las lámparas de arcilla, en las cornalinas de los camafeos, en los anillos, en las alhajas, en los palios de los metropolitanos, donde ha sido reemplazado por la Cruz. El Buen Pastor es un bello mancebo, cuya juventud simboliza la inmortalidad; de dulce fisonomía, de mirada llena de ternura, de túnica corta, sobre la cual flota un ligero manto; de cabeza aureolada por un nimbo de gloria o una corona de siete estrellas. Sus emblemas son el cayado, el vaso de leche colgado del cinturón, y a veces la flauta helénica de siete tubos.
Unas veces contempla su ganado desde lo alto de una colina, apoyándose sobre el cayado; otras aparece sentado bajo una encina y rodeado de las ovejas.
También la poesía ha interpretado con bellos acentos el místico idilio de esta parábola evangélica. Un poeta del siglo IV, Sedulio, ponía en boca de un gentil estas deliciosas palabras: «¡Ojalá pueda yo entrar un día en el deleitable aprisco donde el Buen Pastor apacienta sus dulces ovejuelas; donde, nacido de la Oveja virgen, el Cordero inocente camina delante, seguido del blanco rebaño! » En España los grandes maestros del auto sacramental recogerán la tierna alegoría de Cristo y la desarrollarán en espléndidas oraciones, como La oveja perdida, de Timoneda, y El Pastor Lobo, del «Fénix de los Ingenios», que nos traza del Buen Pastor este retrato inolvidable:
«Por mi vida, que es galán y que no en balde le dan nombre de Pastor Cordero, que en este prado, primero, le enseñó al mundo San Juan.
¡Oh, qué cabello traía, nazareno y enrizado!...
Aunque entonces le tenía, de rondar la noche fría, lleno de aljófar helado.
Blanco pellico y zurrón en que debe de traer la yesca y el eslabón con que llegará a encender el más tibio corazón.»
Lecturas del 26/04/2026
El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y declaró: «Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»
Pedro les contestó: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare así el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: «Salvaos de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.
Queridos hermanos:
Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.
Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca.
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente.
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.
Con sus heridas fuisteis curados.
Pues andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas.
En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».
Palabra del Señor.
26 de Abril 2026 – Nuestra Señora del Buen Consejo
Mucho antes de la venida de Cristo, el pequeño pueblo de Genazzano, a treinta millas de Roma, construyó un templo a Venus, la diosa pagana del amor, a la que le tenían particular adhesión. Allí se le ofrecía culto y celebraban grandes fiestas en su honor, especialmente el 25 de abril. Todos los años la gente de Genazzano gozaba de las festividades bailando y cantando.
En el siglo IV de nuestra era, cuando el cristianismo había sido públicamente reconocido en el Imperio Romano, el Papa San Marco (336d.C.) mandó construir una iglesia en una colina sobre el pueblo, no muy lejos de las ruinas del antiguo templo pagano. La iglesia, firme y fuerte pero pequeña y sencilla, fue dedicada a Nuestra Señora del Buen Consejo. A sabiendas del amor que la gente de Genazzano le tiene a las fiestas y celebraciones, el Papa declaró el 25 de abril (fecha de las antiguas fiestas paganas), como día de celebración cristiana en honor de Nuestra Señora del Buen Consejo. La Iglesia respeta las costumbres de los pueblos pero siempre busca purificarlas de todo error y elevarlas hacia Dios.
A través de los siglos, Nuestra Señora fue honrada de manera especial en la pequeña iglesia de la colina, la cual se puso a cargo de los frailes de la Orden de San Agustín en 1356. Con el tiempo, el uso y los desgarros comenzaron a afectar el anciano templo. Para el siglo XV, la iglesia se había venido desvencijando tanto que algunos temían su total colapso. Pocos, sin embargo, parecían tener interés en repararla, posiblemente porque había iglesias más nuevas y mejores en el pueblo.
Una viuda santa, Petruccia de Geneo, que amaba a la Virgen devotamente, se sintió inspirada a reconstruir la iglesia. Deseaba que la iglesia fuera más grande y más bonita, más apropiada para la Madre de Dios. Confiando en Nuestra Señora, Petruccia contrató trabajadores y constructores, compró también los materiales y vio las paredes subir. Sus vecinos la observaron por un tiempo en silencio, luego comenzaron a burlarse de ella, especialmente cuando les pedía ayuda.
Petruccia no podía comprender la actitud que sus vecinos y pensaba que su amor a Nuestra Señora los inspiraría a ofrecer ayuda. Pero los corazones no estaban para eso. Ellos sabían que construir una iglesia grande y bonita era un gran proyecto y que Petruccia tenía dinero, pero no lo suficiente. Percibían la obra como un acto de orgullo y presunción por parte de Petruccia y la criticaban. Cuando la obra tuvo que detenerse por falta de fondos, las paredes sin terminar fueron nombradas "la locura de Petruccia".
Probablemente Nuestro Señor permitió todo esto para fortalecer el amor y la confianza de Petruccia. La envidia, la falta de caridad, y los desacuerdos purifican y prueban toda obra de Dios. Ella no dejó dominar por los obstáculos; estaba determinada a hacer todo lo que pudiese para ver la iglesia completada. Sentía que Nuestra Señora había inspirado el trabajo y que Ella lo apoyaría cuando fuese su tiempo. Decía que algún día "una gran Señora vendría a tomar posesión de ella". Petruccia entonces recurrió a sacrificios y oraciones más fervorosas.
Un poco después, durante la fiesta del pueblo, el 25 de abril, día de San Marcos de 1467, muchas personas estaban congregadas en la plaza del mercado pasando un buen rato-- festejando, bailando y cantando. No se sabe porque ya no rendían honor a Nuestra Señora del Buen Consejo en ese día, como lo habían hecho sus antepasados en siglos anteriores. Probablemente a través de los siglos su devoción por Nuestra Señora se había disminuido, pero habían conservado el amor por las fiestas.
En medio de las fiestas, alguien vio una nube encopada flotando bien bajo a través del claro cielo azul. El asombro paralizó el baile y el canto. Toda la atención fue puesta en la nube que bajaba despacio y que finalmente se detuvo en un borde angosto de las paredes sin terminar de la iglesia de Petruccia. La nube se abrió gradualmente, y en su centro apareció una bellísima pintura de Nuestra Señora con el Niño Jesús. Todas las campanas del pueblo comenzaron a sonar sin la ayuda de manos humanas.
Atraídos por el inesperado y fuerte repicar de las campanas, la gente de las villas aledañas se apresuró a Genazzano para averiguar la causa. Mientras tanto, al escuchar del milagro, Petruccia, que estaba orando en casa, se apresuró a la iglesia para arrodillarse ante la pintura. Llena de alegría dijo que ella sabía que Nuestra Señora vendría a tomar posesión de su iglesia. Toda la gente se le unió en las alabanzas a Nuestra Señora.
Nadie conocía la procedencia de la pintura ni la había visto antes. Pronto una maravillosa lluvia de gracias y milagrosas curaciones comenzaron a suceder. En solo cuatro meses, 171 milagros fueron archivados. La gente comenzó a llamar a la imagen "Nuestra Señora del Paraíso" porque creían que había sido traída a Genazzano por manos de los ángeles ocultos en la nube encopada. Otros, por los numerosos milagros, la llamaban "Nuestra Señora de los Milagros".
Durante este tiempo, dos extranjeros procedentes de Scutari, Albania, llegaron a Genazzano buscando la milagrosa pintura de la Virgen. Ellos contaron su testimonio. Scutari fue la última ciudad tomada por los Turcos en su invasión de Albania. Cuando comprendieron que ya no podían resistir más, le pidieron consejo a la Virgen sobre qué hacer para mantener su fe católica en aquellas circunstancias. Esa noche, ante el asombre de los dos albaneses la imagen de la Virgen se desprendió de la pared y elevándose por los cielos se comenzó a trasladar lentamente hacia el oeste. Así pudieron seguirla, cruzar el mar adriático que separa Albania de Italia, hasta que llegaron a Genazzano. Así decidieron quedarse en Genazzano para vivir cerca de su Señora, que también se había refugiado.
Cuando el Santo Padre en Roma escuchó acerca de la pintura y de sus muchos milagros, mandó a dos obispos como comisionados a examinar y estudiar los acontecimientos extraordinarios. Después de una cuidadosa investigación, el Papa y los comisionados quedaron convencidos de que la pintura era verdaderamente Nuestra Señora del Buen Consejo, que había sido venerada por siglos en el pequeño pueblo de Scutari. El espacio vacío con las dimensiones exactas donde había estado la pintura en la iglesia fue evidente para todos. La imagen- del espesor de cáscara de huevo- había sido pintada sobre el yeso de la pared. Ninguna habilidad humana podría haber tomado con éxito la pintura de la pared sin romperla. Ninguna mano humana podría haberla traído a través del mar Adriático y colocarla en el borde angosto de la iglesia sin sujetarla.
Naturalmente, la iglesia de Petruccia fue completada. Más bien, hubo tantas donaciones y fue ofrecida tanta ayuda que se convirtió en una bella basílica. La pintura fue puesta en un relicario maravilloso con un marco de oro adornado con piedras preciosas. Más tarde dos coronas de oro enviadas por el Vaticano fueron colocadas en las cabezas de la Madre y el Niño. La pintura aún está en la iglesia, "la locura de Petruccia". Los monjes Agustinos son los guardianes especiales de la iglesia y de la pintura milagrosa.
La basílica ha sido afectada por los siglos. Sufrió particularmente por la Segunda Guerra Mundial ya que para arrestar el avance de los Aliados, los alemanes no dudaron en bombardear las iglesias. En Genazzano, el santuario de Nuestra Señora no se libró. Una bomba explotó en el con toda fuerza. El altar mayor fue completamente destruido, todas las pinturas y las estatuas en las paredes alrededor se vinieron abajo, pero la milagrosa pintura de Nuestra Señora del Buen Consejo, se mantuvo perfectamente intacta, tan bella como cuando Petruccia la vio por primera vez.
Nuestra Señora tiene los ojos parcialmente bajos como si estuviera escuchando con intensidad. Su vestido verde oscuro está adornado con un borde de oro. Su manto azul oscuro cubre su cabeza y sus hombros y cubre parcialmente al Niño Jesús, quien tiene una mano alrededor del cuello de su Madre. Su mejilla toca la de ella, y su mano izquierda está sosteniendo el cuello de su vestido. El vestido rojo del Niño está adornado con un borde de oro. La expresión en ambos, Madre e Hijo es de una profunda atención. El Niño Jesús parece que está listo para susurrarle algo a Su Madre. Es una pintura sencilla pero atractiva.
En los últimos cuatro siglos innumerables peregrinaciones y muchos milagros han ocurrido en el santuario de Nuestra Señora, Madre Amorosa que es para todos un tesoro de la gracia divina. Acude a ella con tus pequeños problemas; ve a ella con tus grandes problemas; confía en su guía. Ella es verdaderamente Nuestra Señora del Buen Consejo.
Las palabras "Madre del Buen Consejo" fueron insertadas por Pío IX a las letanías de la Virgen María.
En el siglo IV de nuestra era, cuando el cristianismo había sido públicamente reconocido en el Imperio Romano, el Papa San Marco (336d.C.) mandó construir una iglesia en una colina sobre el pueblo, no muy lejos de las ruinas del antiguo templo pagano. La iglesia, firme y fuerte pero pequeña y sencilla, fue dedicada a Nuestra Señora del Buen Consejo. A sabiendas del amor que la gente de Genazzano le tiene a las fiestas y celebraciones, el Papa declaró el 25 de abril (fecha de las antiguas fiestas paganas), como día de celebración cristiana en honor de Nuestra Señora del Buen Consejo. La Iglesia respeta las costumbres de los pueblos pero siempre busca purificarlas de todo error y elevarlas hacia Dios.
A través de los siglos, Nuestra Señora fue honrada de manera especial en la pequeña iglesia de la colina, la cual se puso a cargo de los frailes de la Orden de San Agustín en 1356. Con el tiempo, el uso y los desgarros comenzaron a afectar el anciano templo. Para el siglo XV, la iglesia se había venido desvencijando tanto que algunos temían su total colapso. Pocos, sin embargo, parecían tener interés en repararla, posiblemente porque había iglesias más nuevas y mejores en el pueblo.
Una viuda santa, Petruccia de Geneo, que amaba a la Virgen devotamente, se sintió inspirada a reconstruir la iglesia. Deseaba que la iglesia fuera más grande y más bonita, más apropiada para la Madre de Dios. Confiando en Nuestra Señora, Petruccia contrató trabajadores y constructores, compró también los materiales y vio las paredes subir. Sus vecinos la observaron por un tiempo en silencio, luego comenzaron a burlarse de ella, especialmente cuando les pedía ayuda.
Petruccia no podía comprender la actitud que sus vecinos y pensaba que su amor a Nuestra Señora los inspiraría a ofrecer ayuda. Pero los corazones no estaban para eso. Ellos sabían que construir una iglesia grande y bonita era un gran proyecto y que Petruccia tenía dinero, pero no lo suficiente. Percibían la obra como un acto de orgullo y presunción por parte de Petruccia y la criticaban. Cuando la obra tuvo que detenerse por falta de fondos, las paredes sin terminar fueron nombradas "la locura de Petruccia".
Probablemente Nuestro Señor permitió todo esto para fortalecer el amor y la confianza de Petruccia. La envidia, la falta de caridad, y los desacuerdos purifican y prueban toda obra de Dios. Ella no dejó dominar por los obstáculos; estaba determinada a hacer todo lo que pudiese para ver la iglesia completada. Sentía que Nuestra Señora había inspirado el trabajo y que Ella lo apoyaría cuando fuese su tiempo. Decía que algún día "una gran Señora vendría a tomar posesión de ella". Petruccia entonces recurrió a sacrificios y oraciones más fervorosas.
Un poco después, durante la fiesta del pueblo, el 25 de abril, día de San Marcos de 1467, muchas personas estaban congregadas en la plaza del mercado pasando un buen rato-- festejando, bailando y cantando. No se sabe porque ya no rendían honor a Nuestra Señora del Buen Consejo en ese día, como lo habían hecho sus antepasados en siglos anteriores. Probablemente a través de los siglos su devoción por Nuestra Señora se había disminuido, pero habían conservado el amor por las fiestas.
En medio de las fiestas, alguien vio una nube encopada flotando bien bajo a través del claro cielo azul. El asombro paralizó el baile y el canto. Toda la atención fue puesta en la nube que bajaba despacio y que finalmente se detuvo en un borde angosto de las paredes sin terminar de la iglesia de Petruccia. La nube se abrió gradualmente, y en su centro apareció una bellísima pintura de Nuestra Señora con el Niño Jesús. Todas las campanas del pueblo comenzaron a sonar sin la ayuda de manos humanas.
Atraídos por el inesperado y fuerte repicar de las campanas, la gente de las villas aledañas se apresuró a Genazzano para averiguar la causa. Mientras tanto, al escuchar del milagro, Petruccia, que estaba orando en casa, se apresuró a la iglesia para arrodillarse ante la pintura. Llena de alegría dijo que ella sabía que Nuestra Señora vendría a tomar posesión de su iglesia. Toda la gente se le unió en las alabanzas a Nuestra Señora.
Nadie conocía la procedencia de la pintura ni la había visto antes. Pronto una maravillosa lluvia de gracias y milagrosas curaciones comenzaron a suceder. En solo cuatro meses, 171 milagros fueron archivados. La gente comenzó a llamar a la imagen "Nuestra Señora del Paraíso" porque creían que había sido traída a Genazzano por manos de los ángeles ocultos en la nube encopada. Otros, por los numerosos milagros, la llamaban "Nuestra Señora de los Milagros".
Durante este tiempo, dos extranjeros procedentes de Scutari, Albania, llegaron a Genazzano buscando la milagrosa pintura de la Virgen. Ellos contaron su testimonio. Scutari fue la última ciudad tomada por los Turcos en su invasión de Albania. Cuando comprendieron que ya no podían resistir más, le pidieron consejo a la Virgen sobre qué hacer para mantener su fe católica en aquellas circunstancias. Esa noche, ante el asombre de los dos albaneses la imagen de la Virgen se desprendió de la pared y elevándose por los cielos se comenzó a trasladar lentamente hacia el oeste. Así pudieron seguirla, cruzar el mar adriático que separa Albania de Italia, hasta que llegaron a Genazzano. Así decidieron quedarse en Genazzano para vivir cerca de su Señora, que también se había refugiado.
Cuando el Santo Padre en Roma escuchó acerca de la pintura y de sus muchos milagros, mandó a dos obispos como comisionados a examinar y estudiar los acontecimientos extraordinarios. Después de una cuidadosa investigación, el Papa y los comisionados quedaron convencidos de que la pintura era verdaderamente Nuestra Señora del Buen Consejo, que había sido venerada por siglos en el pequeño pueblo de Scutari. El espacio vacío con las dimensiones exactas donde había estado la pintura en la iglesia fue evidente para todos. La imagen- del espesor de cáscara de huevo- había sido pintada sobre el yeso de la pared. Ninguna habilidad humana podría haber tomado con éxito la pintura de la pared sin romperla. Ninguna mano humana podría haberla traído a través del mar Adriático y colocarla en el borde angosto de la iglesia sin sujetarla.
Naturalmente, la iglesia de Petruccia fue completada. Más bien, hubo tantas donaciones y fue ofrecida tanta ayuda que se convirtió en una bella basílica. La pintura fue puesta en un relicario maravilloso con un marco de oro adornado con piedras preciosas. Más tarde dos coronas de oro enviadas por el Vaticano fueron colocadas en las cabezas de la Madre y el Niño. La pintura aún está en la iglesia, "la locura de Petruccia". Los monjes Agustinos son los guardianes especiales de la iglesia y de la pintura milagrosa.
La basílica ha sido afectada por los siglos. Sufrió particularmente por la Segunda Guerra Mundial ya que para arrestar el avance de los Aliados, los alemanes no dudaron en bombardear las iglesias. En Genazzano, el santuario de Nuestra Señora no se libró. Una bomba explotó en el con toda fuerza. El altar mayor fue completamente destruido, todas las pinturas y las estatuas en las paredes alrededor se vinieron abajo, pero la milagrosa pintura de Nuestra Señora del Buen Consejo, se mantuvo perfectamente intacta, tan bella como cuando Petruccia la vio por primera vez.
Nuestra Señora tiene los ojos parcialmente bajos como si estuviera escuchando con intensidad. Su vestido verde oscuro está adornado con un borde de oro. Su manto azul oscuro cubre su cabeza y sus hombros y cubre parcialmente al Niño Jesús, quien tiene una mano alrededor del cuello de su Madre. Su mejilla toca la de ella, y su mano izquierda está sosteniendo el cuello de su vestido. El vestido rojo del Niño está adornado con un borde de oro. La expresión en ambos, Madre e Hijo es de una profunda atención. El Niño Jesús parece que está listo para susurrarle algo a Su Madre. Es una pintura sencilla pero atractiva.
En los últimos cuatro siglos innumerables peregrinaciones y muchos milagros han ocurrido en el santuario de Nuestra Señora, Madre Amorosa que es para todos un tesoro de la gracia divina. Acude a ella con tus pequeños problemas; ve a ella con tus grandes problemas; confía en su guía. Ella es verdaderamente Nuestra Señora del Buen Consejo.
Las palabras "Madre del Buen Consejo" fueron insertadas por Pío IX a las letanías de la Virgen María.
sábado, 25 de abril de 2026
Lecturas del 25/04/2026
Queridos hermanos:
Revestíos todos de la humildad en el trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, mas da su gracia a los humildes. Así pues, sed humildes bajo la poderosa mano de Dios, para que él, os ensalce en su momento. Descargad en él todo vuestro agobio, porque él cuida de vosotros.
Sed sobrios, velad. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resistidle, firmes en la fe, sabiendo que vuestra comunidad fraternal en el mundo entero está pasando por los mismos sufrimientos. Y el Dios de toda gracia que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo Jesús, después de sufrir un poco, él mismo os restablecerá, os afianzará, os robustecerá y os consolidará. Suyo es el poder por los siglos. Amén.
Os he escrito brevemente por medio de Silvano, al que tengo por hermano fiel, para exhortaros y para daros testimonio de que esta es la verdadera gracia de Dios. Manteneos firmes en ella.
Os saluda la comunidad que en Babilonia comparte vuestra misma elección, y también Marcos, mi hijo. Saludaos unos a otros con el beso del amor.
Paz a todos vosotros, los que vivís en Cristo.
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los once y les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».
Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
Ellos se fueron a predicar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.
Palabra del Señor.
25 de Abril 2026 – Beato Leonardo Pérez Larios
Nació en Lagos de Moreno, Jalisco, en el seno de una familia sencilla en 1889. A la muerte de su padre se trasladó la familia a vivir a León. Quiso casarse, pero la oposición de la familia de la novia, le impidió hacerlo. Quiso ser religioso, pero le resultó imposible por tener a su cargo a dos hermanas que no poseían medios de subsistencia.
Fue un cristiano de profunda fe, a pesar de las dificultades; gran devoto de la Eucaristía y de María. Perteneció a la Congregación Mariana, donde hizo voto de castidad y donde se reunían para adorar al Santísimo Sacramento.
Fue detenido en casa de las hermanas Alba, tras participar en la Eucaristía y en la Hora Santa que Andrés Solá había organizado después de la misa. Los soldados al verlo vestido de negro y con una actitud muy devota, lo tomaron por un sacerdote. Fueron inútiles las aclaraciones realizadas por el beato Solá y las personas que estaban en ese momento en la casa. Cuando le preguntaron sobre su condición sacerdotal él la negó, pero afirmó ser católico. Fue conducido al cuartel y de ahí con dos compañeros al martirio.
El domingo 24 de abril de 1927, entre cinco y siete de la tarde, fueron juzgados por un tribunal improvisado, acusados falsamente de ser los asaltantes del tren de Guadalajara, descarrilado en el kilómetro 491, entre las estaciones La Mira y Las Salas, el 23 del mismo abril. En el transcurso del juicio el P. Solá dijo al juez que no podían fusilarlo, porque él era un misionero español, a lo que contestó el juez: «También para los extranjeros tenemos balas». El General Sánchez, incapaz de enfrentar a los verdaderos responsables del descarrilamiento del tren y con el afán de quedar bien con sus superiores, envió a Joaquín Amaro, Secretario de Guerra y Marina este mensaje: «Acabo de aprehender a tres cabecillas del asalto al tren...». El Gral. Amaro respondió: «Lléveselos al lugar del descarrilamiento, y fusile a los tres». Los prisioneros fueron llevados a Lagos de Moreno la noche del 24 y ahí durmieron hasta la madrugada del día 25, en que se reanudó el viaje hasta Encarnación de Díaz, donde fueron bajados y trasladados al tren militar del General Amarillas. De ahí fueron llevados hasta el kilómetros 491, entre La Mira y Las Salas. Se les ordenó a los dos sacerdotes y a Leonardo, descender del tren y fueron conducidos junto a un charco de petróleo y chapopote, se absolvieron disimuladamente, se pusieron en cruz y recibieron las descargas.
El P. Rangel y Leonardo murieron de inmediato y el P. Solá, aún con vida, se revolcaba en el charco de chapopote. Los soldados despojaron a sus víctimas de todo y volvieron al tren. Al iniciar el tren su marcha, el oficial de la escolta ordenó a una cuadrilla de trabajadores ferroviarios: «Quemen esos cuerpos». Eran las 8:52 de la mañana del lunes 25 de abril de 1927.
Al partir el tren bajaron los trabajadores Petronilo Flores, Miguel Rodríguez y otros más. Al acercarse Petronilo, oyó que el P. Solá le decía: «Oye, ¿qué vas a hacer conmigo?». «Nada, señor», le dijo; y el padre añadió: « ¿Ves esos dos muertos que están a mi lado? Uno es sacerdote de Silao, de la Iglesia del Perdón; yo soy sacerdote español, de León, somos sacerdotes y morimos por Jesús... morimos por Dios, estoy muy herido, muerto por Jesús». Le dijo también que el otro -Leonardo-, no era sacerdote, y le pidió que por caridad los enterraran.
El P. Solá sobrevivió dos horas más, sin poder moverse, sumergido en aquel charco de chapopote, desangrándose, sobrecogido por la calentura y atormentado por la sed, experimentando un verdadero suplicio. Eran las doce del día cuando murió. Los ferroviarios, en lugar de quemar los cuerpos, cavaron tres sepulturas en las que depositaron los cuerpos. Días después, Manuel Pérez, hermano de Leonardo, obtuvo permiso para trasladar los cuerpos al panteón de Lagos de Moreno, que era la población más cercana; los cuerpos fueron exhumados y trasladados a Lagos de Moreno el 1º de mayo. Fueron beatificados por SS Benedicto XVI el 25 de mayo de 2005.
Fue un cristiano de profunda fe, a pesar de las dificultades; gran devoto de la Eucaristía y de María. Perteneció a la Congregación Mariana, donde hizo voto de castidad y donde se reunían para adorar al Santísimo Sacramento.
Fue detenido en casa de las hermanas Alba, tras participar en la Eucaristía y en la Hora Santa que Andrés Solá había organizado después de la misa. Los soldados al verlo vestido de negro y con una actitud muy devota, lo tomaron por un sacerdote. Fueron inútiles las aclaraciones realizadas por el beato Solá y las personas que estaban en ese momento en la casa. Cuando le preguntaron sobre su condición sacerdotal él la negó, pero afirmó ser católico. Fue conducido al cuartel y de ahí con dos compañeros al martirio.
El domingo 24 de abril de 1927, entre cinco y siete de la tarde, fueron juzgados por un tribunal improvisado, acusados falsamente de ser los asaltantes del tren de Guadalajara, descarrilado en el kilómetro 491, entre las estaciones La Mira y Las Salas, el 23 del mismo abril. En el transcurso del juicio el P. Solá dijo al juez que no podían fusilarlo, porque él era un misionero español, a lo que contestó el juez: «También para los extranjeros tenemos balas». El General Sánchez, incapaz de enfrentar a los verdaderos responsables del descarrilamiento del tren y con el afán de quedar bien con sus superiores, envió a Joaquín Amaro, Secretario de Guerra y Marina este mensaje: «Acabo de aprehender a tres cabecillas del asalto al tren...». El Gral. Amaro respondió: «Lléveselos al lugar del descarrilamiento, y fusile a los tres». Los prisioneros fueron llevados a Lagos de Moreno la noche del 24 y ahí durmieron hasta la madrugada del día 25, en que se reanudó el viaje hasta Encarnación de Díaz, donde fueron bajados y trasladados al tren militar del General Amarillas. De ahí fueron llevados hasta el kilómetros 491, entre La Mira y Las Salas. Se les ordenó a los dos sacerdotes y a Leonardo, descender del tren y fueron conducidos junto a un charco de petróleo y chapopote, se absolvieron disimuladamente, se pusieron en cruz y recibieron las descargas.
El P. Rangel y Leonardo murieron de inmediato y el P. Solá, aún con vida, se revolcaba en el charco de chapopote. Los soldados despojaron a sus víctimas de todo y volvieron al tren. Al iniciar el tren su marcha, el oficial de la escolta ordenó a una cuadrilla de trabajadores ferroviarios: «Quemen esos cuerpos». Eran las 8:52 de la mañana del lunes 25 de abril de 1927.
Al partir el tren bajaron los trabajadores Petronilo Flores, Miguel Rodríguez y otros más. Al acercarse Petronilo, oyó que el P. Solá le decía: «Oye, ¿qué vas a hacer conmigo?». «Nada, señor», le dijo; y el padre añadió: « ¿Ves esos dos muertos que están a mi lado? Uno es sacerdote de Silao, de la Iglesia del Perdón; yo soy sacerdote español, de León, somos sacerdotes y morimos por Jesús... morimos por Dios, estoy muy herido, muerto por Jesús». Le dijo también que el otro -Leonardo-, no era sacerdote, y le pidió que por caridad los enterraran.
El P. Solá sobrevivió dos horas más, sin poder moverse, sumergido en aquel charco de chapopote, desangrándose, sobrecogido por la calentura y atormentado por la sed, experimentando un verdadero suplicio. Eran las doce del día cuando murió. Los ferroviarios, en lugar de quemar los cuerpos, cavaron tres sepulturas en las que depositaron los cuerpos. Días después, Manuel Pérez, hermano de Leonardo, obtuvo permiso para trasladar los cuerpos al panteón de Lagos de Moreno, que era la población más cercana; los cuerpos fueron exhumados y trasladados a Lagos de Moreno el 1º de mayo. Fueron beatificados por SS Benedicto XVI el 25 de mayo de 2005.
viernes, 24 de abril de 2026
Lecturas del 24/04/2026
En aquellos días, Saulo, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriese que pertenecían al Camino, hombres y mujeres.
Mientras caminaba, cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?».
Dijo él: «¿Quién eres, Señor?».
Respondió: «Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer».
Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.
Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una visión: «Ananías».
Respondió él: «Aquí estoy, Señor».
El Señor le dijo: «Levántate y ve a la calle llamada Recta, y pregunta en casa de Judas por un tal Saulo de Tarso. Mira, está orando, y ha visto en visión a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista».
Ananías contestó: «Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén, y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre».
El Señor le dijo: «Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre».
Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: «Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo».
Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió, y recobró las fuerzas.
Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.
En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: « ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaúm.
Palabra del Señor.
24 de Abril 2026 – San Fidel de Sigmaringa
El martirio es una gracia permanente en la Iglesia. La sangre cristiana corrió con abundancia a lo largo de los primeros siglos como testimonio de la nueva fe, y más tarde sería derramada, en tiempos modernos, por las Iglesias jóvenes de Extremo Oriente y del Nuevo Mundo. Pero, durante la Reforma protestante y el Anglicanismo el martirio cobró una forma nueva, la más dolorosa: en nombre de la fidelidad al Evangelio, unos cristianos llevaban al martirio a otros. Por una y otra parte, la violencia de aquellos que le mataban encontraba en las víctimas el mismo anhelo de morir, como auténticos testigos de Cristo. Así fue como entregó Fidel su vida por la fe católica.
Marcos Rey, nacido en Sigmaringen (Alemania) en 1578, hijo del burgomaestre de Sigmaringa, era un joven muy inteligente que ya cursando sus estudios de Leyes en Friburgo de Brisgovia llamaba la atención de todos por sus dotes intelectuales.
Entre los capuchinos es muy popular una cuarteta humorística dedicada a San Fidel, que dice así: "Santo es hoy quien fue abogado. ¡Obra del poder divino! Le costó ser capuchino y morir martirizado".
Marcos Rey se doctoró en leyes y gozó de una bien merecida fama de abogado, siempre dispuesto a ayudar a los más pobres y necesitados. Por ello fue llamado "el abogado de los pobres". Pero fueron unas palabras de un compañero suyo que le habló con tan poca seriedad de la abogacía y que de nada servía la justicia humana, por lo que decidió tomar otro camino.
Recibe el sacerdocio a los treinta y cinco años, el 4 de octubre de 1612. Al imponerle el nombre, el P. Guardián, como queriendo jugar con el significado del nombre, le recordó la frase del Apocalipsis que el tiempo se encargará de hacer que sea profética: "Sé fiel -- Fidel -- hasta la muerte y te daré la corona de la vida".
Se entregó de lleno a su formación teológica pero, sobre todo, a su formación ascética y piadosa: Pasaba horas en la oración y castigaba su cuerpo con rigurosas penitencias.
Como superior sucesivamente de varios conventos, se señaló por un amor abrasador y puso sus dotes de orador al Servicio del Evangelio en numerosas misiones populares.
Se le encomendaron misiones de predicación en tierras de protestantes - Suiza, Austria, sur de Alemania -, fue elegido guardián de los conventos de Feldkirch y Friburgo, tuvo rasgos de abnegado heroísmo durante una epidemia de peste, y convirtió a muchos calvinistas con una caridad que desarmaba a sus adversarios.
El Papa Gregorio XV había fundado aquellos días - 1622 - la Sagrada Congregación de Propaganda Fide para extender el conocimiento de la doctrina de Jesús por todos los países del mundo, sobre todo, los infieles y pedía voluntarios.
El 14 de Abril de 1622 se despedía Fidel de los suyos y les dijo que "pronto tendría el gozo de derramar la sangre por Jesucristo". Diez días después, el domingo 24, los herejes Grisones mientras estaba predicando la palabra de Dios con energía y sin miedo, descargaron una espada contra él y cayó desplomado al suelo. Aún pudo ponerse de rodillas y exclamó: "Jesús, María, valedme" y expiró. Era el 24 de abril de 1622. Es el Protomártir de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide.
Marcos Rey, nacido en Sigmaringen (Alemania) en 1578, hijo del burgomaestre de Sigmaringa, era un joven muy inteligente que ya cursando sus estudios de Leyes en Friburgo de Brisgovia llamaba la atención de todos por sus dotes intelectuales.
Entre los capuchinos es muy popular una cuarteta humorística dedicada a San Fidel, que dice así: "Santo es hoy quien fue abogado. ¡Obra del poder divino! Le costó ser capuchino y morir martirizado".
Marcos Rey se doctoró en leyes y gozó de una bien merecida fama de abogado, siempre dispuesto a ayudar a los más pobres y necesitados. Por ello fue llamado "el abogado de los pobres". Pero fueron unas palabras de un compañero suyo que le habló con tan poca seriedad de la abogacía y que de nada servía la justicia humana, por lo que decidió tomar otro camino.
Recibe el sacerdocio a los treinta y cinco años, el 4 de octubre de 1612. Al imponerle el nombre, el P. Guardián, como queriendo jugar con el significado del nombre, le recordó la frase del Apocalipsis que el tiempo se encargará de hacer que sea profética: "Sé fiel -- Fidel -- hasta la muerte y te daré la corona de la vida".
Se entregó de lleno a su formación teológica pero, sobre todo, a su formación ascética y piadosa: Pasaba horas en la oración y castigaba su cuerpo con rigurosas penitencias.
Como superior sucesivamente de varios conventos, se señaló por un amor abrasador y puso sus dotes de orador al Servicio del Evangelio en numerosas misiones populares.
Se le encomendaron misiones de predicación en tierras de protestantes - Suiza, Austria, sur de Alemania -, fue elegido guardián de los conventos de Feldkirch y Friburgo, tuvo rasgos de abnegado heroísmo durante una epidemia de peste, y convirtió a muchos calvinistas con una caridad que desarmaba a sus adversarios.
El Papa Gregorio XV había fundado aquellos días - 1622 - la Sagrada Congregación de Propaganda Fide para extender el conocimiento de la doctrina de Jesús por todos los países del mundo, sobre todo, los infieles y pedía voluntarios.
El 14 de Abril de 1622 se despedía Fidel de los suyos y les dijo que "pronto tendría el gozo de derramar la sangre por Jesucristo". Diez días después, el domingo 24, los herejes Grisones mientras estaba predicando la palabra de Dios con energía y sin miedo, descargaron una espada contra él y cayó desplomado al suelo. Aún pudo ponerse de rodillas y exclamó: "Jesús, María, valedme" y expiró. Era el 24 de abril de 1622. Es el Protomártir de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide.
jueves, 23 de abril de 2026
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