miércoles, 18 de febrero de 2026

Reflexión de Cuaresma 18/02/2026 - Miércoles de Ceniza

18 de Febrero 2026 – MIÉRCOLES DE CENIZA - EL SACRAMENTO CUADRAGESIMAL

Es un hecho que en nuestros días la Cuaresma es para algunos objetos de mofa, para muchos un absurdo, y para muchos más todavía un enigma. Incapaces de entrar en el espíritu de la Iglesia, no aciertan a comprender el sentido profundo de esta fase del año litúrgico, que a ellos se les antoja una sombra austera sobre las alegrías del vivir. El hombre animal, decía el Apóstol, no comprende las cosas del Espíritu, porque son una locura para él.

No faltan tampoco quienes se llenan de terror ante la cara escuálida de doña Cuaresma, como decía Juan Ruiz; aunque hay que reconocer que en nuestros días doña Cuaresma no tiene ya el mismo gesto severo y desabrido quien tiempo del Arcipreste de Hita. Estos espíritus pusilánimes tienen seguramente buena voluntad, pero no la suficiente para entrar en este tiempo con generosidad y alegría. Sus ojos miopes no ven más que las austeridades y las renuncias; el mundo maravilloso de ideas y de anhelos que se extiende más allá no existe para ellos. Ese mundo es lo único que puede justificar los ayunos y las penitencias, mundo de realidades y misterios; las alegrías de la vida penitente, que tanto deleitaban a San Pedro de Alcántara; el encanto de la tristeza, según Dios, que recomendaba San Pablo a los corintios; los goces de la luz interior, de que hablaba San Agustín en un sermón pronunciado el Miércoles de Ceniza.

Si la abstinencia fuese el fin de la Cuaresma, pudiera, ciertamente, parecemos larga y pesada; pero un cristiano curioso de Dios, deseoso de entrar en comunicación con su Madre la Iglesia, tiene de su fisonomía otra idea más exacta y atrayente. El conoce aquellos tres maravillosos efectos del ayuno que recuerda el prefacio de las misas cuaresmales: «Vitia comprimis, mentem elevas, virtutem largiris et premia.» Purifica el corazón, extingue las pasiones, sanea la tierra del alma; levanta el espíritu, ennoblece las ideas. Dispone para la contemplación; fecunda el alma, la hermosea con la gracia, hace de ella un huerto rico de flores y de frutos, un paraíso de Dios. Tal es el profundo sentido de lo que la Iglesia llama en su liturgia «el Sacramento cuadragesimal» o, como se dice en una colecta, «el ayuno solemne, instituido saludablemente para curar las almas y los cuerpos». Ayunar con el único objeto de afligir la carne sólo puede ser propio de religiones que, como la de Prisciliano, enseñaban que el cuerpo y todo este mundo de la materia son obra del principio del mal. Se trata de aligerar el cuerpo para que no impida los vuelos del alma, de abrir al espíritu más amplias ventanas hacia lo eterno, de prepararse con un ejercicio intensivo, con cuarenta días de maniobras espirituales, a la celebración de los grandes misterios de nuestra redención. ¡Con que alegría tan íntima contemplarán nuestros ojos purificados los inefables fulgores de la mañana pascual!

Desde el principio de Cuaresma, la liturgia descubre a nuestra vista esa meta gloriosa: «Dies venit, dies tua», dice un himno cuaresmal. «He aqui que se acerca tu día, el día en que todo reflorece.» Para que nosotros reflorezcamos también es preciso «que preparemos un camino real a Cristo triunfador por medio de la fe». Y así la vida recogida del cristiano durante la Cuaresma nos recuerda la vida física en estos días que preceden a la primavera. La savia empieza a renovar los vasos misteriosos de las plantas. Entre las raíces y la tierra se hace la adherencia más íntima, más vital. Pero la naturaleza no se apresura; trabaja en silencio, lentamente, con una prudencia que exaspera a los espíritus deseosos de verla cuanto antes vestida de todo su esplendor. Aunque sea contrariando nuestras impaciencias poco razonables, el hielo vendrá cada mañana para regular el movimiento de la vida que se despierta.

La vida del alma necesita también este trabajo silencioso. Esta escondida adherencia a la fuente de toda la vida. Por eso, toda la liturgia de la Cuaresma tiende a concentrar e intensificar esa fuerza vital, que en eso se parece a los vinos añejos. Es muy fácil ponerse un traje nuevo el día de Pascua, ir a la iglesia y recibir los sacramentos; pero lo es menos apropiarse la gracia pascual, vestirse de la nueva vida de Cristo y convertir el acontecimiento histórico de su Resurrección en una realidad interior. Y, sin embargo, sólo así viviremos una nueva primavera de nuestra existencia espiritual. Después que la fe y el amor hayan extendido sus raíces a través de nuestro ser, sentiremos la explosión de la savia que brota incoercible, y entonces, «nuevos por el perdón—dice un himno de este tiempo—, cantaremos un cántico nuevo».

Esta vivencia íntima, este programa de reflexión religiosa, nos salen al paso en los textos litúrgicos desde el principio de la Cuaresma. La comunión del Miércoles de Ceniza nos lo exige como una condición necesaria para que la semilla germine en nuestro interior. El que meditare en la Ley del Señor noche y día, ése dará fruto a su tiempo. La colecta del mismo día nos indica que para que esa meditación sea provechosa, debemos vivir en la atmósfera de una «devoción segura». La tranquilidad, la quietud nos ayudarán a profundizar en nuestro pensamiento religioso. En el alma, como en un estanque, no se verá el fondo si la superficie está en movimiento. Debemos retirarnos al fondo de nuestro ser, como la araña al centro de su tela; y allí, como dice un himno, beber alegres la embriaguez sobria del espíritu. En el sosiego activo del castillo interior, limpiaremos nuestra alma, y aparecerá en ella la imagen de Dios; como aparece la efigie de una moneda antigua quitando el polvo que la ocultaba.

Miércoles, 18-02-2025 MIÉRCOLES de CENIZA Ciclo A

Reflexión del 18/02/2026

Lecturas del 18/02/2026

Ahora - oráculo del Señor convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto; rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos; y convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor que se arrepiente del castigo.
¡Quién sabe si cambiará y se arrepentirá dejando tras de sí la bendición, ofrenda y liberación para el Señor, vuestro Dios!
Tocad la trompeta en Sión, proclamad un ayuno santo, convocad a la asamblea, reunid a la gente, santificad a la comunidad, llamad a los ancianos; congregad a muchachos y niños de pecho; salga el esposo de la alcoba, la esposa del tálamo.
Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, servidores del Señor, y digan: «Ten compasión de tu pueblo, Señor no entregues tu heredad al oprobio, ni a las burlas de los pueblos».
¿Por qué van a decir las gentes: «Dónde está su Dios»?
Entonces se encendió el celo de Dios por su tierra y perdonó a su pueblo.
Hermanos.
Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.
Y como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice:
«En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé».
Pues mirad: ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.
Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor.

18 de Febrero 2026 – Santa Bernardita Soubirous

El 11 de febrero la fiesta de la Santísima Virgen de Lourdes, que tiene una celebración especial litúrgica, nos recuerda las apariciones de la Virgen a una niña de 14 años que no sabía leer ni escribir, pero que rezaba todos los días el Rosario, Bernardita Soubirous. Había nacido en Lourdes en 1844 de padres muy pobres. Por medio de ella la Virgen hizo surgir la prodigiosa fuente del milagro, a la cual acuden peregrinos de todo el mundo para reavivar su fe y su esperanza. Muchos regresan de Lourdes curados también en su cuerpo. La Virgen durante la segunda aparición, le dijo: «No te prometo hacerte feliz en este mundo, pero sí en el otro».

Bernardita no se contaminó con la gloria humana. El día que el obispo de Lourdes ante 50.000 peregrinos, colocó la estatua de la Virgen sobre la roca de Massabielle, Bernardita tuvo que permanecer en la pequeña pieza que le habían asignado las Hermanas, víctima de un ataque de asma. Y cuando el dolor físico se hacía más insoportable, suspiraba: «No, no busco alivio, sino sólo la fuerza y la paciencia». Su breve existencia transcurrió en la humilde aceptación del sufrimiento físico, como generosa respuesta a la invitación de la Inmaculada para pagar con la penitencia el rescate de tantas almas que viven prisioneras del mal.

Mientras junto a la gruta de las apariciones se estaba construyendo un grande santuario para acoger a los numerosos peregrinos y enfermos en busca de alivio, Bernardita pareció desaparecer en la sombra. Pasó seis años en el instituto de Lourdes, de las Hermanas de la Caridad de Nevers, y después fue admitida como novicia en el mismo instituto, en Nevers. Su entrada se demoró debido a su falta de salud. En la Profesión tomó en nombre de Sor María Bernarda.

Durante los quince años de vida conventual no conoció sino el privilegio del sufrimiento. Las mismas superioras la trataban con indiferencia, por un designio providencial que les impide a las almas elegidas la comprensión y a menudo hasta la benevolencia de las almas mediocres. Al principio fue enfermera dentro del convento, después sacristana, hasta cuando la enfermedad la obligó a permanecer en la cama, durante nueve años, siempre entre la vida y la muerte.

A quien la animaba le contestaba con la radiante sonrisa de los momentos de felicidad cuando estaba a la presencia de la blanca Señora de Lourdes: «María es tan bella que quienes la ven querrían morir para volver a verla». Bernardita, la humilde pastorcita que pudo contemplar con sus propios ojos a la Virgen Inmaculada, murió el 16 de abril de 1879. Pío XI la elevó al honor de los altares el 8 de diciembre de 1933.

martes, 17 de febrero de 2026

Comienzo de la CUARESMA

Reflexión del 17/02/2026

Lecturas del 17/02/2026

Bienaventurado el hombre que aguanta la prueba, porque, si sale airoso, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman.
Cuando alguien se vea tentado, que no diga: «Es Dios quien me tienta»; pues Dios no es tentado por el mal y él no tienta a nadie.
A cada uno le tienta su propio deseo cuando lo arrastra y lo seduce; después el deseo concibe y da a luz el pecado, y entonces el pecado, cuando madura, engendra muerte.
No os engañéis, mis queridos hermanos. Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, procede del Padre de las luces, en el cual no hay ni alteración ni sombra de mutación.
Por propia iniciativa nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como una primicia de sus criaturas.
En aquel tiempo, a los discípulos se les olvidó tomar pan, y no tenían más que un pan en la barca.
Y Jesús les ordenaba diciendo: «Estad atentos, evitad la levadura de los fariseos y de Herodes».
Y discutían entre ellos sobre el hecho de que no tenían panes.
Dándose cuenta, les dijo Jesús: «¿Por qué andáis discutiendo que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis el corazón embotado? ¿Tenéis ojos y no veis, tenéis oídos y no oís? ¿No recordáis cuántos cestos de sobras recogisteis cuando repartí cinco panes entre cinco mil?»
Ellos contestaron: «Doce» «¿Y cuántas canastas de sobras recogisteis cuando repartí siete entre cuatro mil?».
Le respondieron: «Siete».
Él les dijo: «¿Y no acabáis de comprender?».

Palabra del Señor.

17 de Febrero 2026 – Santos Fundadores de la Orden “Siervos de María"

Eran siete amigos, comerciantes de la ciudad de Florencia, Italia.

Sus nombres: Alejo, Amadeo, Hugo, Benito, Bartolomé, Gerardino y Juan.

Pertenecían a una asociación de devotos de la Virgen María, que había en Florencia, y poco a poco fueron convenciéndose de que debían abandonar lo mundano y dedicarse a la vida de santidad. Vendieron sus bienes, repartieron el dinero a los pobres y se fueron al Monte Senario a rezar y a hacer penitencia. La idea de irse a la montaña a santificarse, les llegó el 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Sma. Virgen, y la pusieron en práctica el 8 de septiembre, día del nacimiento de Nuestra Señora. Ellos se habían propuesto propagar la devoción a la Madre de Dios y confiarle a Ella todos sus planes y sus angustias. A tan buena Madre le encomendaron que les ayudara a convertirse de sus miserias espirituales y que bendijera misericordiosamente sus buenos propósitos. Y dispusieron llamarse "Siervos de María" o "Servitas".

Los siete santos

En el monte Senario se dedicaban a hacer muchas penitencias y mucha oración, pero un día recibieron la visita del Sr. Cardenal delegado del Sumo Pontífice, el cual les recomendó que no se debilitaran demasiado con penitencias excesivas, y que más bien se dedicaran a estudiar y se hicieran ordenar sacerdotes y se pusieran a predicar y a propagar el evangelio. Así lo hicieron, y todos se ordenaron de sacerdotes, menos Alejo, el menor de ellos, que por humildad quiso permanecer siempre como simple hermano, y fue el último de todos en morir.

Un Viernes Santo recibieron de la Sma. Virgen María la inspiración de adoptar como Reglamento de su Asociación la Regla escrita por San Agustín, que por ser muy llena de bondad y de comprensión, servía para que se pudieran adaptar a ella los nuevos aspirantes que quisieran entrar en su comunidad. Así lo hicieron, y pronto esta asociación religiosa se extendió de tal manera que llegó a tener cien conventos, y sus religiosos iban por ciudades y pueblos y campos evangelizando y enseñando a muchos con su palabra y su buen ejemplo, el camino de la santidad. Su especialidad era una gran devoción a la Santísima Virgen, la cual les conseguía maravillosos favores de Dios.

El más anciano de ellos fue nombrado superior, y gobernó la comunidad por 16 años. Después renunció por su ancianidad y pasó sus últimos años dedicado a la oración y a la penitencia. Una mañana, mientras rezaban los salmos, acompañado de su secretario que era San Felipe Benicio, el santo anciano recostó su cabeza sobre el corazón del discípulo y quedó muerto plácidamente. Lo reemplazó como superior otro de los Fundadores, Juan, el cual murió pocos años después, un viernes, mientras predicaba a sus discípulos acerca de la Pasión del Señor. Estaba leyendo aquellas palabras de San Lucas: "Y Jesús, lanzando un fuerte grito, dijo: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!" (Lc. 23, 46). El Padre Juan al decir estas palabras cerró el evangelio, inclinó su cabeza y quedó muerto muy santamente.

Lo reemplazó el tercero en edad, el cual, después de gobernar con mucho entusiasmo a la comunidad y de hacerla extender por diversas regiones, murió con fama de santo.

El cuarto, que era Bartolomé, llevó una vida de tan angelical pureza que al morir se sintió todo el convento lleno de un agradabilísimo perfume, y varios religiosos vieron que de la habitación del difunto salía una luz brillante y subía al cielo.

De los fundadores, Hugo y Gerardino, mantuvieron toda la vida entre sí una grande y santísima amistad. Juntos se prepararon para el sacerdocio y mutuamente se animaban y corregían. Después tuvieron que separarse para irse cada uno a lejanas regiones a predicar. Cuando ya eran muy ancianos fueron llamados al Monte Senario para una reunión general de todos los superiores. Llegaron muy fatigados por su vejez y por el largo viaje. Aquella tarde charlaron emocionados recordando sus antiguos y bellos tiempos de juventud, y agradeciendo a Dios los inmensos beneficios que les había concedido durante toda su vida. Rendidos de cansancio se fueron a acostar cada uno a su celda, y en esa noche el superior, San Felipe Benicio, vio en sueños que la Virgen María venía a la tierra a llevarse dos blanquísimas azucenas para el cielo. Al levantarse por la mañana supo la noticia de que los dos inseparables amigos habían amanecido muertos, y se dio cuenta de que Nuestra Señora había venido a llevarse a estar juntos en el Paraíso Eterno a aquellos dos que tanto la habían amado a Ella en la tierra y que en tan santa amistad habían permanecido por años y años, amándose como dos buenísimos hermanos.

El último en morir fue el hermano Alejo, que llegó hasta la edad de 110 años. De él dijo uno que lo conoció: "Cuando yo llegué a la Comunidad, solamente vivía uno de los Siete Santos Fundadores, el hermano Alejo, y de sus labios oímos la historia de todos ellos. La vida del hermano Alejo era tan santa que servía a todos de buen ejemplo y demostraba como debieron ser de santos los otros seis compañeros". El hermano Alejo murió el 17 de febrero del año 1310.

lunes, 16 de febrero de 2026

Reflexión del 16/02/2026

Lecturas del 16/02/2026

Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus en la diáspora: saludo.
Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia. Pero que la paciencia lleve consigo una obra perfecta, para que seáis perfectos e íntegros, sin ninguna deficiencia.
Y si alguno de vosotros carece de sabiduría, pídasela a Dios, que da a todos generosamente y sin reproche alguno, y él se la concederá.
Pero que pida con fe, sin titubear nada, pues el que titubea se parece a una ola del mar agitada y sacudida por el viento. No se crea un individuo así que va a recibir algo del Señor; es un hombre inconstante, indeciso en todos sus caminos.
Que el hermano de condición humilde se sienta orgulloso de su alta dignidad, y el rico de su pequeñez, porque pasará como flor de hierba. Pues sale el sol con su ardor y seca la hierba, se cae la flor y se pierde la belleza de su aspecto; así también se marchitará el rico en sus empresas.
En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo.
Jesús dio un profundo suspiro y dijo: «¿Por qué esta generación reclama un signo? En verdad os digo que no se le dará un signo a esta generación».
Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.

Palabra del Señor.

16 de Febrero 2026 – San Onésimo, Obispo de Efésia

El caso de San Onésimo, por su peculiaridad, puede servir para reflexionar sobre algunas realidades fundamentales del cristianismo. Lo que sabemos de él se debe casi exclusivamente a la carta de San Pablo a Filemón, a quien llama "nuestro querido colaborador" y de quien recuerda con simpatía la "caridad para con los demás" y la "fe en el Señor Jesús". San Pablo escribe palabras llenas de autoridad y de dulzura: "aunque tengo en Cristo plena libertad para ordenarte lo que debes hacer, prefiero pedirte en nombre de la caridad, tal como soy, Pablo, anciano y ahora prisionero por Cristo Jesús".

Era una eficaz "captatio benevolentiae", de ningún modo retórica, porque Pablo se proponía precisamente invitar a Filemón a realizar un acto de gran caridad y de fe. "Te ruego por mi hijo, a quien engendré a la fe en mi prisión, Onésimo, inútil un tiempo para ti, pero ahora bien útil para ti y para mí. Te envío a él, es decir, mis propias entrañas. Yo querría retenerlo a mi lado para que me ayudase en tu lugar en mi prisión por el Evangelio, pero nada he querido hacer sin tu consentimiento, a fin de que me hagas esta buena obra no forzadamente, sino de buen grado. Tal vez por esto se separó de ti, para que lo tuviera para siempre, no ya como esclavo, sino como un hermano amado, ¡que lo es muchísimo para mí!, ¡cuánto más para ti! según la carne y en el Señor".

Onésimo no sólo era un esclavo que había huido, sino también un ladrón, y San Pablo se compromete a pagar esa suma si Filemón lo exigía: "Si en algo te ofendió, o algo te debe, ponlo a mi cuenta; yo, Pablo, lo firmo con mi puño y letra, yo pagaré".

Hay quien sostiene que la liberación de la esclavitud no es mérito del cristianismo, sino que sólo llevó a la práctica las ideas de filósofos como Séneca, burócratas como Plinio el Joven, y emperadores como Adriano. En realidad, ningún "filósofo" llamó "hijo" y "hermano", y además "queridísimo" a un esclavo fugitivo y ladrón. También para Onésimo había muerto y resucitado Cristo... Del resto de su vida no sabemos nada. El Martirologio Romano narra la tradición, según la cual "fue llevado atado a Roma y lapidado por la fe de Cristo" después de haber sido obispo de Éfeso.