jueves, 3 de abril de 2025
Lecturas del 03/04/2025
En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:
«Anda, baja de la montaña, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto”». Y el Señor añadió a Moisés: «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».
Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios: « ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? ¿Por qué han de decir los egipcios: “Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra”? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre».
Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí.
Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio en favor de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz. Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado.
Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no le creéis.
Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida! No recibo gloria de los hombres; además, os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis.
¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».
Palabra del Señor.
03 de Abril 2025 – San Ricardo de Chichester
Parece como si el Señor quisiera ya señalar desde la cuna que algunos hombres pueden hacer obras grandes en este pequeño mundo.
La vida de nuestro protagonista San Ricardo no fue fácil desde que nació hasta su muerte. Le tocó vivir en una nación y en un tiempo en el que tanto la Iglesia como la misma sociedad atravesaban tiempos nada fáciles. Los obispos eran más bien como «lores» y amantes de las grandezas de este mundo. Los mismos monjes dejaban tanto que desear ya que estaban entregados al lujo y a la vida fácil con el detrimento que esto lleva a la vida de oración y entrega al Señor y a los hermanos. Sin embargo el lema de Ricardo fue siempre éste: «Austeridad, caridad y energía». Sí, fue muy enérgico y nunca se casó con la injusticia.
Nació por el 1197 en Wyche, no lejos de Worchester, en Inglaterra, de padres ricos y buenos cristianos. Lo enviaron a diversas partes para que realizara sus estudios en los que siempre sobresalió por su inteligencia y constancia. Pronto la prueba más dura iba a llegar. Siendo todavía muy jovencitos él y sus hermanos, murieron sus padres quedando en manos de familiares y tutores desaprensivos, ya que lo que les interesaba era apoderarse de la hacienda de aquellos desamparados muchachos.
Pero no sabían con quién se las jugaba. Ricardo abandonó los estudios y con gran firmeza y exquisito tacto se puso al frente de toda la herencia de sus padres para que el patrimonio familiar no quedara desamparado.
Una vez ya en orden las cosas, y seguro el patrimonio familiar, reanuda los estudios en las más famosas Universidades de Europa: Oxford, París, Bolonia... llamando la atención por su gran erudición y más aún por su ejemplaridad de vida con la que ayuda a muchos otros a seguir su ejemplo de una auténtica vida cristiana.
Despreciando la cátedra y las riquezas, se entregó al Señor y se ordenó sacerdote para ser más útil a la gloria de Dios y bien de las almas el año 1243. Al año de ser sacerdote, tantas eran sus cualidades, que, ya fue nombrado Obispo de Chichester por el arzobispo de Cantorbery, pero su nombramiento fue causa de duras calumnias y persecuciones por parte del rey Enrique III que quería seguir gobernando la Iglesia igual que gobernaba el Estado. El Papa Inocencio IV confirmó este nombramiento, pero a pesar de ello el rey dio órdenes muy severas contra él y contra los que lo ampararan. Todos le negaban alojamiento; caminó vagabundo por diversas ciudades hasta que se hizo obispo misionero, recorriendo pueblos y aldeas, predicando a Jesucristo y haciendo el bien que podía a todos los pobres.
El coraje de Ricardo no decae ante las dificultades y persecuciones de que es objeto por parte del rey y sus secuaces. Más de una vez se presentó valientemente ante el rey para echarle en cara - con palabras muy duras sus errores y sus injustas pretensiones contra los poderes de la Iglesia. El rey es intransigente, y se burla de él, pero Ricardo no decae. Más aún, él mismo alienta a los que no creen las patrañas del monarca y les dice que tengan paciencia que ya llegará el día que se haga justicia. San Ricardo supo defender con energía los derechos de la Iglesia y de los católicos, que ya en este tiempo eran atacados y querían ser absorbidos por la omnímoda autoridad del rey. Ya está iniciándose, aun a distancia de varios siglos, lo que a mediados del XVI surgirá como el cisma anglicano.
Junto con este coraje y carácter enérgico San Ricardo era toda bondad y caridad para con los pobres, los necesitados y los marginados. Él estaba siempre dispuesto a defender al más débil. Roma amenazó al rey que quedaría excomulgado si no reconocía a Ricardo como legítimo obispo de Chichester. Por fin era llegada la hora de la paz y reconocimiento de sus derechos. Ya estaba extenuado de fuerzas y le llegó su hora a primeros de Abril de 1253 mientras decía: «María, Madre de Dios y Madre de misericordia, defiéndenos del enemigo y recíbenos en el Cielo».
La vida de nuestro protagonista San Ricardo no fue fácil desde que nació hasta su muerte. Le tocó vivir en una nación y en un tiempo en el que tanto la Iglesia como la misma sociedad atravesaban tiempos nada fáciles. Los obispos eran más bien como «lores» y amantes de las grandezas de este mundo. Los mismos monjes dejaban tanto que desear ya que estaban entregados al lujo y a la vida fácil con el detrimento que esto lleva a la vida de oración y entrega al Señor y a los hermanos. Sin embargo el lema de Ricardo fue siempre éste: «Austeridad, caridad y energía». Sí, fue muy enérgico y nunca se casó con la injusticia.
Nació por el 1197 en Wyche, no lejos de Worchester, en Inglaterra, de padres ricos y buenos cristianos. Lo enviaron a diversas partes para que realizara sus estudios en los que siempre sobresalió por su inteligencia y constancia. Pronto la prueba más dura iba a llegar. Siendo todavía muy jovencitos él y sus hermanos, murieron sus padres quedando en manos de familiares y tutores desaprensivos, ya que lo que les interesaba era apoderarse de la hacienda de aquellos desamparados muchachos.
Pero no sabían con quién se las jugaba. Ricardo abandonó los estudios y con gran firmeza y exquisito tacto se puso al frente de toda la herencia de sus padres para que el patrimonio familiar no quedara desamparado.
Una vez ya en orden las cosas, y seguro el patrimonio familiar, reanuda los estudios en las más famosas Universidades de Europa: Oxford, París, Bolonia... llamando la atención por su gran erudición y más aún por su ejemplaridad de vida con la que ayuda a muchos otros a seguir su ejemplo de una auténtica vida cristiana.
Despreciando la cátedra y las riquezas, se entregó al Señor y se ordenó sacerdote para ser más útil a la gloria de Dios y bien de las almas el año 1243. Al año de ser sacerdote, tantas eran sus cualidades, que, ya fue nombrado Obispo de Chichester por el arzobispo de Cantorbery, pero su nombramiento fue causa de duras calumnias y persecuciones por parte del rey Enrique III que quería seguir gobernando la Iglesia igual que gobernaba el Estado. El Papa Inocencio IV confirmó este nombramiento, pero a pesar de ello el rey dio órdenes muy severas contra él y contra los que lo ampararan. Todos le negaban alojamiento; caminó vagabundo por diversas ciudades hasta que se hizo obispo misionero, recorriendo pueblos y aldeas, predicando a Jesucristo y haciendo el bien que podía a todos los pobres.
El coraje de Ricardo no decae ante las dificultades y persecuciones de que es objeto por parte del rey y sus secuaces. Más de una vez se presentó valientemente ante el rey para echarle en cara - con palabras muy duras sus errores y sus injustas pretensiones contra los poderes de la Iglesia. El rey es intransigente, y se burla de él, pero Ricardo no decae. Más aún, él mismo alienta a los que no creen las patrañas del monarca y les dice que tengan paciencia que ya llegará el día que se haga justicia. San Ricardo supo defender con energía los derechos de la Iglesia y de los católicos, que ya en este tiempo eran atacados y querían ser absorbidos por la omnímoda autoridad del rey. Ya está iniciándose, aun a distancia de varios siglos, lo que a mediados del XVI surgirá como el cisma anglicano.
Junto con este coraje y carácter enérgico San Ricardo era toda bondad y caridad para con los pobres, los necesitados y los marginados. Él estaba siempre dispuesto a defender al más débil. Roma amenazó al rey que quedaría excomulgado si no reconocía a Ricardo como legítimo obispo de Chichester. Por fin era llegada la hora de la paz y reconocimiento de sus derechos. Ya estaba extenuado de fuerzas y le llegó su hora a primeros de Abril de 1253 mientras decía: «María, Madre de Dios y Madre de misericordia, defiéndenos del enemigo y recíbenos en el Cielo».
miércoles, 2 de abril de 2025
Lecturas del 02/04/2025
Esto dice el Señor:
«En tiempo de gracia te he respondido, en día propicio te he auxiliado; te he defendido y constituido alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir heredades desoladas, para decir a los cautivos: “Salid”, a los que están en tinieblas: “Venid a la luz.” Aun por los caminos pastarán, tendrán praderas en todas las dunas; no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el bochorno ni el sol; porque los conduce el compasivo y los guía a manantiales de agua.
Convertiré mis montes en caminos, y mis senderos se nivelarán.
Miradlos venir de lejos; miradlos, del Norte y del Poniente, y los otros del país de Sin.
Exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados».
Sión decía: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado».
¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidará, yo no te olvidaré.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo».
Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no sólo quebrantaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.
Jesús tomó la palabra y les dijo: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre.
Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que esta, para vuestro asombro. Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.
Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio. Para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.
En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida.
En verdad, en verdad os digo: llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán.
Porque, igual que el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado también al Hijo tener vida en sí mismo. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre.
No os sorprenda, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio.
Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió».
Palabra del Señor.
02 de Abril 2025 – San Francisco de Paula
Nápoles ha sido fecunda en santos. Al principio del siglo XV vivía en el pequeño pueblecillo de Paula el matrimonio Santiago y Viena. Eran buenos y pobres, pero con la pena de no tener hijos. Por fin, después de tanta espera y tanta súplica al cielo llegó, lleno de alborozo, el primogénito, a quien, en agradecimiento a San Francisco de Asís, le pusieron su mismo nombre. El niño era bueno, y crecía a imitación de Jesús, en ciencia, edad y gracia... hasta que le vino una terrible enfermedad que amenazó con su vida. Sus padres hicieron una promesa: Llevarlo al próximo convento de Cordeleros, en San Marco Argentano, y que allí llevara durante un año la vida como los religiosos... Y así fue.
A los trece añitos vistió el hábito del Patriarca de Asís y pasó un año de cielo entre aquellos buenos religiosos. Pronto, por sus muchas virtudes, se ganó la admiración de todos. Llamaba la atención su gran piedad, su vida de intimidad con el Señor ante quien pasaba largas horas entregado a la oración. Por su durísima penitencia, por su servicio y caridad, ya que solamente parece que vivía para hacer felices a los demás. Pero aquel cielo para él, y aquel maravilloso ejemplo para los religiosos iba a acabarse, ya que sus padres, una vez cumplido su voto, quisieron volviera a casa para tenerlo a su lado.
En compañía de sus padres realizó algunas peregrinaciones a diversos lugares santificados por la presencia de almas santas. El que más hondo caló en su corazón fue el de Monte Casino donde están todavía claras las huellas de aquel joven que se retiró a la soledad a los sólo catorce años. Francisco sintió ansias irresistibles de poderle imitar. También él amaba la soledad como medio para entregarse al Señor sin los estorbos de los halagos del mundo. Pidió permiso a sus padres, y, a los catorce años, se retiró a una cueva no lejana de Paula. Allí se entregó a la más dura penitencia y a una oración casi ininterrumpida. Casi nadie sabía dónde se encontraba... Pero a los diecinueve años dos compañeros vinieron a rogarle que los aceptase en su compañía y no pudo impedírselo. Pronto corrió la fama de su vida y de los hechos milagrosos que se le atribuían.
Casi sin darse cuenta se multiplican los discípulos que quieren seguir sus huellas, imitar su vida. Los milagros hacen que acudan en tropel mucha gente para solicitar la ayuda del cielo. Se humilla y anonada diciendo que nada es, a no ser pecado y miseria. Construye un Monasterio, y otro, y otro... hasta que le llaman de Sicilia. Debe embarcar y no dispone de medios para pagar la barca. ¿Qué hacer? Arroja el manto pardo sobre las olas, se coloca sobre él, y, haciendo de vela, atraviesa el estrecho ante el asombro de la multitud que le contempla.
El Papa Sixto IV aprueba su Orden con el nombre de Ermitaños de Calabria y nombra a Francisco de Paula superior general perpetuo por una Bula del 23 de mayo de 1474. Su fama se extiende por todas partes. También tiene detractores, como era de esperar. Él hace milagros y cura, y los médicos le acusan. Él, que no tiene estudios, sabe y entiende más de teología y de política que los más eximios especialistas y... la envidia y calumnia se ceban sobre él. Pero no importa...
El mismo rey de Francia, Luis XI, está gravemente enfermo y pide que ese famoso obrador de milagros acuda a su lecho para que le cure. El Santo le dice con valentía: «Majestad, pediré a Dios vuestra salud, pero lo que más importa es la salud del alma. No queda remedio posible entre las medicinas; pero, ya que tanto amáis la vida, lo que importa es asegurar la posesión de la verdadera Vida». Muere el rey, pero le ruega se haga cargo de la dirección espiritual de Carlos VIII.
El lema de nuestro Santo fue este: « ¡Gloria a Dios y Caridad para con el prójimo!». Durante toda su vida trató de cumplirlos con la más completa fidelidad.
A los trece añitos vistió el hábito del Patriarca de Asís y pasó un año de cielo entre aquellos buenos religiosos. Pronto, por sus muchas virtudes, se ganó la admiración de todos. Llamaba la atención su gran piedad, su vida de intimidad con el Señor ante quien pasaba largas horas entregado a la oración. Por su durísima penitencia, por su servicio y caridad, ya que solamente parece que vivía para hacer felices a los demás. Pero aquel cielo para él, y aquel maravilloso ejemplo para los religiosos iba a acabarse, ya que sus padres, una vez cumplido su voto, quisieron volviera a casa para tenerlo a su lado.
En compañía de sus padres realizó algunas peregrinaciones a diversos lugares santificados por la presencia de almas santas. El que más hondo caló en su corazón fue el de Monte Casino donde están todavía claras las huellas de aquel joven que se retiró a la soledad a los sólo catorce años. Francisco sintió ansias irresistibles de poderle imitar. También él amaba la soledad como medio para entregarse al Señor sin los estorbos de los halagos del mundo. Pidió permiso a sus padres, y, a los catorce años, se retiró a una cueva no lejana de Paula. Allí se entregó a la más dura penitencia y a una oración casi ininterrumpida. Casi nadie sabía dónde se encontraba... Pero a los diecinueve años dos compañeros vinieron a rogarle que los aceptase en su compañía y no pudo impedírselo. Pronto corrió la fama de su vida y de los hechos milagrosos que se le atribuían.
Casi sin darse cuenta se multiplican los discípulos que quieren seguir sus huellas, imitar su vida. Los milagros hacen que acudan en tropel mucha gente para solicitar la ayuda del cielo. Se humilla y anonada diciendo que nada es, a no ser pecado y miseria. Construye un Monasterio, y otro, y otro... hasta que le llaman de Sicilia. Debe embarcar y no dispone de medios para pagar la barca. ¿Qué hacer? Arroja el manto pardo sobre las olas, se coloca sobre él, y, haciendo de vela, atraviesa el estrecho ante el asombro de la multitud que le contempla.
El Papa Sixto IV aprueba su Orden con el nombre de Ermitaños de Calabria y nombra a Francisco de Paula superior general perpetuo por una Bula del 23 de mayo de 1474. Su fama se extiende por todas partes. También tiene detractores, como era de esperar. Él hace milagros y cura, y los médicos le acusan. Él, que no tiene estudios, sabe y entiende más de teología y de política que los más eximios especialistas y... la envidia y calumnia se ceban sobre él. Pero no importa...
El mismo rey de Francia, Luis XI, está gravemente enfermo y pide que ese famoso obrador de milagros acuda a su lecho para que le cure. El Santo le dice con valentía: «Majestad, pediré a Dios vuestra salud, pero lo que más importa es la salud del alma. No queda remedio posible entre las medicinas; pero, ya que tanto amáis la vida, lo que importa es asegurar la posesión de la verdadera Vida». Muere el rey, pero le ruega se haga cargo de la dirección espiritual de Carlos VIII.
El lema de nuestro Santo fue este: « ¡Gloria a Dios y Caridad para con el prójimo!». Durante toda su vida trató de cumplirlos con la más completa fidelidad.
martes, 1 de abril de 2025
Lecturas del 01/04/2025
En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo del Señor.
De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este - el templo miraba a este -. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar.
Me hizo salir por el pórtico septentrional y me llevó por fuera hasta el pórtico exterior que mira al este. El agua corría por el lado derecho.
El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia el este, midió quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta las rodillas. Midió todavía otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta la cintura. Midió otros quinientos metros: era ya un torrente que no se podía vadear, sino cruzar a nado. Entonces me dijo: « ¿Has visto, hijo de hombre?».
Después me condujo por la ribera del torrente.
Al volver vi en ambas riberas del torrente una gran arboleda.
Me dijo: «Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de la Sal.
Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque apenas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado el mar y habrá vida allí donde llegue el torrente.
En ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada mes, porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales».
En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: « ¿Quieres quedar sano?».
El enfermo le contestó: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: «Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla».
Él les contestó: «El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”».
Ellos le preguntaron: « ¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?».
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa de ese gentío que había en aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: «Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor».
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.
Palabra del Señor.
01 de Abril 2025 – San Hugo de Grenoble
San Hugo nació en Francia en el año 1052. Su padre Odilón, que se había casado dos veces, al quedar viudo por segunda vez se hizo monje cartujo y murió en el convento a la edad de cien años, teniendo el consuelo de que su hijo que ya era obispo, le aplicara los últimos sacramentos y le ayudara a bien morir.
A los 28 años nuestro santo ya era instruido en ciencias eclesiásticas y tan agradable en su trato y de tan excelente conducta que su obispo lo llevó como secretario a una reunión de obispos que se celebraba en Avignon en el año 1080 para tratar de poner remedio a los desórdenes que había en la diócesis de Grenoble. Allá en esa reunión o Sínodo, los obispos opinaron que el más adaptado para poner orden en Grenoble era el joven Hugo y le propusieron que se hiciera ordenar de sacerdote porque era un laico. Él se oponía porque era muy tímido y porque se creía indigno, pero el Delegado del Sumo Pontífice logró convencerlo y le confirió la ordenación sacerdotal. Luego se lo llevó a Roma para que el Papa Gregorio VII lo ordenara de obispo.
En Roma el Pontífice lo recibió muy amablemente. Hugo le consultó acerca de las dos cosas que más le preocupaban: su timidez y convicción de que no era digno de ser obispo, y las tentaciones terribles de malos pensamientos que lo asaltaban muchas veces. El Pontífice lo animó diciéndole que "cuando Dios da un cargo o una responsabilidad, se compromete a darle a la persona las gracias o ayudas que necesita para lograr cumplir bien con esa obligación", y que los pensamientos aunque lleguen por montones a la cabeza, con tal de que no se consientan ni se dejen estar con gusto en nuestro cerebro, no son pecado ni quitan la amistad con Dios.
Gregorio VII ordenó de obispo al joven Hugo que sólo tenía 28 años, y lo envió a dirigir la diócesis de Grenoble, en Francia. Allá estará de obispo por 50 años, aunque renunciará el cargo ante 5 Pontífices, pero ninguno le aceptará la renuncia.
Al llegar a Grenoble encontró que la situación de su diócesis era desastrosa y quedó aterrado ante los desórdenes que allí se cometían. Los cargos eclesiásticos se concedían a quien pagaba más dinero (Simonía se llama este pecado). Los sacerdotes no se preocupaban por cumplir buen su celibato. Los laicos se habían apoderado de los bienes de la Iglesia. En el obispado no había ni siquiera con qué pagar a los empleados. Al pueblo no se le instruía casi en religión y la ignorancia era total.
Por varios años se dedicó a combatir valientemente todos estos abusos. Y aunque se echó en contra la enemistad de muchos que deseaban seguir por el camino de la maldad, sin embargo la mayoría acepto sus recomendaciones y el cambio fue total y admirable. El dedicaba largas horas a la oración y a la meditación y recorría su diócesis de parroquia en parroquia corrigiendo abusos y enseñando cómo obrar el bien.
Todos veían con admiración los cambios tan importantes en la ciudad, en los pueblos y en los campos desde que Hugo era obispo. El único que parecía no darse cuenta de todos estos éxitos era él mismo. Por eso, creyéndose un inepto y un inútil para este cargo, se fue a un convento a rezar y a hacer penitencia. Pero el Sumo Pontífice Gregorio VII, que lo necesitaba muchísimo para que le ayudara a volver más fervorosa a la gente, lo llamó paternalmente y lo hizo retornar otra vez a su diócesis a seguir siendo obispo. Al volver del convento parecía como Moisés cuando volvió del Monte Sinaí que llegaba lleno de resplandores. Las gentes notaron que ahora llegaba más santo, más elocuente predicador y más fervoroso en todo.
Un día llegó San Bruno con 6 amigos a pedirle a San Hugo que les concediera un sitio donde fundar un convento de gran rigidez, para los que quisieran hacerse santos a base de oración, silencio, ayunos, estudio y meditación. El santo obispo les dio un sitio llamado Cartuja, y allí en esas tierras desiertas y apartadas fue fundada la Orden de los Cartujos, donde el silencio es perpetuo (hablan el domingo de Pascua) y donde el ayuno, la mortificación y la oración llevan a sus religiosos a una gran santidad.
Se dice que al construir la casa para los Cartujos no se encontraba agua por ninguna parte. Y que San Hugo con una gran fe, recordando que cuando Moisés golpeó la roca, de ella brotó agua en abundancia, se dedicó a cavar el suelo con mucha fe y oración y obtuvo que brotara una fuente de agua que abasteció a todo el gran convento.
En adelante San Bruno fue el director espiritual del obispo Hugo, hasta el final de su vida. Y se cumplió lo que dice el Libro de los Proverbios: "Triunfa quien pide consejo a los sabios y acepta sus correcciones". A veces se retiraba de su diócesis para dedicarse en el convento a orar, a meditar y a hacer penitencia en medio de aquel gran silencio, donde según sus propias palabras "Nadie habla si no es para cosas extremadamente graves, y lo demás se lo comunican por señas, con una seriedad y un respeto tan grandes, que mueven a admiración". Para San Hugo sus días en la Cartuja eran como un oasis en medio del desierto de este mundo corrompido y corruptor, pero cuando ya llevaba varios días allí, su director San Bruno le avisaba que Dios lo quería al frente de su diócesis, y tenía que volverse otra vez a su ciudad.
Los sacerdotes más fervorosos y el pueblo humilde aceptaban con muy buena voluntad las órdenes y consejos del Santo obispo. Pero los relajados, y sobre todo muchos altos empleados del gobierno que sentían que con este Monseñor no tenían toda la libertad para pecar, se le opusieron fuertemente y se esforzaron por hacerlo sufrir todo lo que pudieron. El callaba y soportaba todo con paciencia por amor a Dios. Y a los sufrimientos que le proporcionaban los enemigos de la santidad se le unían las enfermedades. Trastornos gástricos que le producían dolores y le impedían digerir los alimentos. Un dolor de cabeza continuo por más de 40 años (que no lo sabían sino su médico y su director espiritual y que nadie podía sospechar porque su semblante era siempre alegre y de buen humor). Y el martirio de los malos pensamientos que como moscas inoportunas lo rodearon toda su vida haciéndolo sufrir muchísimo, pero sin lograr que los consintiera o los admitiera con gusto en su cerebro.
Varias veces fue a Roma a visitar al Papa y a rogarle que le quitara aquel oficio de obispo porque no se creía digno. Pero ni Gregorio VII, ni Urbano II, ni Pascual II, ni Inocencio II, quisieron aceptarle su renuncia porque sabían que era un gran apóstol y que si se creía indigno, ello se debía más a su humildad, que a que en realidad no estuviera cumpliendo bien sus oficios de obispo. Cuando ya muy anciano le pidió al Papa Honorio II que lo librara de aquel cargo porque estaba muy viejo, débil y enfermo, el Sumo Pontífice le respondió: "Prefiero de obispo a Hugo, viejo, débil y enfermo, antes que a otro que esté lleno de juventud y de salud".
Era un gran orador, y como rezaba mucho antes de predicar, sus sermones conmovían profundamente a sus oyentes. Era muy frecuente que en medio de sus sermones, grandes pecadores empezaran a llorar a grito entero y a suplicar a grandes voces que el Señor Dios les perdonara sus pecados. Sus sermones obtenían numerosas conversiones.
Tenía gran horror a la calumnia y a la murmuración. Cuando escuchaba hablar contra otros exclamaba asustado: "Yo creo que eso no es así". Y no aceptaba quejas contra nadie si no estaban muy bien comprobadas.
Una vez, cuando por un larguísimo verano hubo una enorme carestía y gran escasez de alimentos, vendió el cáliz de oro que tenía y todos los objetos de especial valor que había en su casa y con ese dinero compró alimentos para los pobres. Y muchos ricos siguieron su ejemplo y vendieron sus joyas y así lograron conseguir comida para la gente que se moría de hambre.
Al final de su vida la artritis le producía dolores inmensos y continuos pero nadie se daba cuenta de que estaba sufriendo, porque sabía colocar una muralla de sonrisas para que nadie supiera los dolores que estaba padeciendo por amor a Dios y salvación de las almas.
Un día al verlo llorar por sus pecados le dijo un hombre: "- Padre, ¿por qué llora, si jamás ha cometido un pecado deliberado y plenamente aceptado?- "Y él le respondió: "El Señor Dios encuentra manchas hasta en sus propios ángeles. Y yo quiero decirle con el salmista: "Señor, perdóname aun de aquellos pecados de los cuales yo no me he dado cuenta y no recuerdo".
Poco antes de su muerte perdió la memoria y lo único que recordaba eran los Salmos y el Padrenuestro. Y pasaba sus días repitiendo salmos y rezando padrenuestros.
Murió cuando estaba para cumplir los 80 años, el 1 de abril de 1132. El Papa Inocencio II lo declaró santo, dos años después de su muerte.
A los 28 años nuestro santo ya era instruido en ciencias eclesiásticas y tan agradable en su trato y de tan excelente conducta que su obispo lo llevó como secretario a una reunión de obispos que se celebraba en Avignon en el año 1080 para tratar de poner remedio a los desórdenes que había en la diócesis de Grenoble. Allá en esa reunión o Sínodo, los obispos opinaron que el más adaptado para poner orden en Grenoble era el joven Hugo y le propusieron que se hiciera ordenar de sacerdote porque era un laico. Él se oponía porque era muy tímido y porque se creía indigno, pero el Delegado del Sumo Pontífice logró convencerlo y le confirió la ordenación sacerdotal. Luego se lo llevó a Roma para que el Papa Gregorio VII lo ordenara de obispo.
En Roma el Pontífice lo recibió muy amablemente. Hugo le consultó acerca de las dos cosas que más le preocupaban: su timidez y convicción de que no era digno de ser obispo, y las tentaciones terribles de malos pensamientos que lo asaltaban muchas veces. El Pontífice lo animó diciéndole que "cuando Dios da un cargo o una responsabilidad, se compromete a darle a la persona las gracias o ayudas que necesita para lograr cumplir bien con esa obligación", y que los pensamientos aunque lleguen por montones a la cabeza, con tal de que no se consientan ni se dejen estar con gusto en nuestro cerebro, no son pecado ni quitan la amistad con Dios.
Gregorio VII ordenó de obispo al joven Hugo que sólo tenía 28 años, y lo envió a dirigir la diócesis de Grenoble, en Francia. Allá estará de obispo por 50 años, aunque renunciará el cargo ante 5 Pontífices, pero ninguno le aceptará la renuncia.
Al llegar a Grenoble encontró que la situación de su diócesis era desastrosa y quedó aterrado ante los desórdenes que allí se cometían. Los cargos eclesiásticos se concedían a quien pagaba más dinero (Simonía se llama este pecado). Los sacerdotes no se preocupaban por cumplir buen su celibato. Los laicos se habían apoderado de los bienes de la Iglesia. En el obispado no había ni siquiera con qué pagar a los empleados. Al pueblo no se le instruía casi en religión y la ignorancia era total.
Por varios años se dedicó a combatir valientemente todos estos abusos. Y aunque se echó en contra la enemistad de muchos que deseaban seguir por el camino de la maldad, sin embargo la mayoría acepto sus recomendaciones y el cambio fue total y admirable. El dedicaba largas horas a la oración y a la meditación y recorría su diócesis de parroquia en parroquia corrigiendo abusos y enseñando cómo obrar el bien.
Todos veían con admiración los cambios tan importantes en la ciudad, en los pueblos y en los campos desde que Hugo era obispo. El único que parecía no darse cuenta de todos estos éxitos era él mismo. Por eso, creyéndose un inepto y un inútil para este cargo, se fue a un convento a rezar y a hacer penitencia. Pero el Sumo Pontífice Gregorio VII, que lo necesitaba muchísimo para que le ayudara a volver más fervorosa a la gente, lo llamó paternalmente y lo hizo retornar otra vez a su diócesis a seguir siendo obispo. Al volver del convento parecía como Moisés cuando volvió del Monte Sinaí que llegaba lleno de resplandores. Las gentes notaron que ahora llegaba más santo, más elocuente predicador y más fervoroso en todo.
Un día llegó San Bruno con 6 amigos a pedirle a San Hugo que les concediera un sitio donde fundar un convento de gran rigidez, para los que quisieran hacerse santos a base de oración, silencio, ayunos, estudio y meditación. El santo obispo les dio un sitio llamado Cartuja, y allí en esas tierras desiertas y apartadas fue fundada la Orden de los Cartujos, donde el silencio es perpetuo (hablan el domingo de Pascua) y donde el ayuno, la mortificación y la oración llevan a sus religiosos a una gran santidad.
Se dice que al construir la casa para los Cartujos no se encontraba agua por ninguna parte. Y que San Hugo con una gran fe, recordando que cuando Moisés golpeó la roca, de ella brotó agua en abundancia, se dedicó a cavar el suelo con mucha fe y oración y obtuvo que brotara una fuente de agua que abasteció a todo el gran convento.
En adelante San Bruno fue el director espiritual del obispo Hugo, hasta el final de su vida. Y se cumplió lo que dice el Libro de los Proverbios: "Triunfa quien pide consejo a los sabios y acepta sus correcciones". A veces se retiraba de su diócesis para dedicarse en el convento a orar, a meditar y a hacer penitencia en medio de aquel gran silencio, donde según sus propias palabras "Nadie habla si no es para cosas extremadamente graves, y lo demás se lo comunican por señas, con una seriedad y un respeto tan grandes, que mueven a admiración". Para San Hugo sus días en la Cartuja eran como un oasis en medio del desierto de este mundo corrompido y corruptor, pero cuando ya llevaba varios días allí, su director San Bruno le avisaba que Dios lo quería al frente de su diócesis, y tenía que volverse otra vez a su ciudad.
Los sacerdotes más fervorosos y el pueblo humilde aceptaban con muy buena voluntad las órdenes y consejos del Santo obispo. Pero los relajados, y sobre todo muchos altos empleados del gobierno que sentían que con este Monseñor no tenían toda la libertad para pecar, se le opusieron fuertemente y se esforzaron por hacerlo sufrir todo lo que pudieron. El callaba y soportaba todo con paciencia por amor a Dios. Y a los sufrimientos que le proporcionaban los enemigos de la santidad se le unían las enfermedades. Trastornos gástricos que le producían dolores y le impedían digerir los alimentos. Un dolor de cabeza continuo por más de 40 años (que no lo sabían sino su médico y su director espiritual y que nadie podía sospechar porque su semblante era siempre alegre y de buen humor). Y el martirio de los malos pensamientos que como moscas inoportunas lo rodearon toda su vida haciéndolo sufrir muchísimo, pero sin lograr que los consintiera o los admitiera con gusto en su cerebro.
Varias veces fue a Roma a visitar al Papa y a rogarle que le quitara aquel oficio de obispo porque no se creía digno. Pero ni Gregorio VII, ni Urbano II, ni Pascual II, ni Inocencio II, quisieron aceptarle su renuncia porque sabían que era un gran apóstol y que si se creía indigno, ello se debía más a su humildad, que a que en realidad no estuviera cumpliendo bien sus oficios de obispo. Cuando ya muy anciano le pidió al Papa Honorio II que lo librara de aquel cargo porque estaba muy viejo, débil y enfermo, el Sumo Pontífice le respondió: "Prefiero de obispo a Hugo, viejo, débil y enfermo, antes que a otro que esté lleno de juventud y de salud".
Era un gran orador, y como rezaba mucho antes de predicar, sus sermones conmovían profundamente a sus oyentes. Era muy frecuente que en medio de sus sermones, grandes pecadores empezaran a llorar a grito entero y a suplicar a grandes voces que el Señor Dios les perdonara sus pecados. Sus sermones obtenían numerosas conversiones.
Tenía gran horror a la calumnia y a la murmuración. Cuando escuchaba hablar contra otros exclamaba asustado: "Yo creo que eso no es así". Y no aceptaba quejas contra nadie si no estaban muy bien comprobadas.
Una vez, cuando por un larguísimo verano hubo una enorme carestía y gran escasez de alimentos, vendió el cáliz de oro que tenía y todos los objetos de especial valor que había en su casa y con ese dinero compró alimentos para los pobres. Y muchos ricos siguieron su ejemplo y vendieron sus joyas y así lograron conseguir comida para la gente que se moría de hambre.
Al final de su vida la artritis le producía dolores inmensos y continuos pero nadie se daba cuenta de que estaba sufriendo, porque sabía colocar una muralla de sonrisas para que nadie supiera los dolores que estaba padeciendo por amor a Dios y salvación de las almas.
Un día al verlo llorar por sus pecados le dijo un hombre: "- Padre, ¿por qué llora, si jamás ha cometido un pecado deliberado y plenamente aceptado?- "Y él le respondió: "El Señor Dios encuentra manchas hasta en sus propios ángeles. Y yo quiero decirle con el salmista: "Señor, perdóname aun de aquellos pecados de los cuales yo no me he dado cuenta y no recuerdo".
Poco antes de su muerte perdió la memoria y lo único que recordaba eran los Salmos y el Padrenuestro. Y pasaba sus días repitiendo salmos y rezando padrenuestros.
Murió cuando estaba para cumplir los 80 años, el 1 de abril de 1132. El Papa Inocencio II lo declaró santo, dos años después de su muerte.
lunes, 31 de marzo de 2025
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