miércoles, 11 de marzo de 2026
Lecturas del 11/03/2026
Moisés habló al pueblo, diciendo: «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar.
Mirad: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella.
Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: “Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación”.
Porque ¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos?
Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?
Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos».
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».
Palabra del Señor.
11 de Marzo 2026 – San Constantino Rey y Mártir
La Iglesia griega, pero no aquella latina, reserva un lugar importante, entre sus San, al más célebre Constantino de la historia, es decir al emperador romano que les reconoció a los cristianos la libertad de culto, y que favoreció en muchos modos - también con su conversión - la difusión y la afirmación del Cristianismo en el mundo romano.
El emperador Constantino ha sido por tanto honrado, hasta con el título de " les paras a los Apóstoles" o también de " decimotercero Apóstol." Se trata de una tradición muy antigua en Oriente; pero se puede pensar que, más que a razones religiosas, su devoción sea atada a motivos políticos, más bien dinásticos, para exaltar a los Emperadores bizantinos que fueron herederos y sucesores del gran Constantino.
Constantino, emperador, no está entre los San de la Iglesia católica, pero no faltan san con el nombre de Constantino, y justo hoy son celebrados junto dos de ello.
De lo primero, que el Martirologio dice " confesor a Cartago", no se sabe pero nada, además de esta genérica noticia. Algo más conocido también es el otro San Constantino actual, el que pero aparece digno de su augusto nombre, en cuánto él también fue soberano terreno, más allá de que digno de la gloria de los San.
No era latino, y nació más bien a los márgenes del mundo romano, hijo de un Rey del Cornovaglia, la rocosa península que se asoma hacia lo atlántico, en la parte más meridional y occidental de la isla inglesa. Hijo de Rey, heredero del trono, y por fin Rey él destejo, Constantino no fue, a cuánto parecido, en su juventud y también en la madurez ni espejo de virtud ni modelo de piedad. Se casó a la hija del Rey de Bretaña, pero fue tampoco un marido ejemplar.
Solamente a la muerte de la mujer, ya anciano, conoció una profunda transformación espiritual. Fue entonces que el viudo Rey de Cornovaglia se apartó, por algunos años, en el silencio de un monasterio dedicado a San David, es decir a otro Rey pecador y penitente. Aún hizo más, porque Constantino se unió a San Paloma o a Columba, el gran monje irlandés que por primero llevó e hizo florecer el Cristianismo en tierra de Escocia, fundando monasterios de vida severa y activa.
Escocia, que tuvo todavía entonces el nombre latino de Caledonia, estaba poblada por tribus bárbaras e indómitas: los Pasados y, más a norte, los Pitti. Tampoco las legiones romanas pudieron subyugarla, y para defender los confines de Bretaña de sus incursiones fue necesario construir gigantescas murallas o valles, que acordonaron el país de levante a poniente.
En la tierra de los feroces Pitti, San Constantino y San Paloma desarrollaron junto su misión, no solamente dificultosa, sino también peligrosa. Consiguieron muchas conversiones, fundaron iglesias, crearon monasterios, pero en algún momento los bárbaros Pitti tomaron un breve y sangriento desempate sobre sus bienhechores, concluida él con una matanza de los cristianos. Así, en el 598, el Rey de Cornovaglia se convirtió en misionero cristiano, y quedó víctima de la violencia de los bárbaros Pitti
El emperador Constantino ha sido por tanto honrado, hasta con el título de " les paras a los Apóstoles" o también de " decimotercero Apóstol." Se trata de una tradición muy antigua en Oriente; pero se puede pensar que, más que a razones religiosas, su devoción sea atada a motivos políticos, más bien dinásticos, para exaltar a los Emperadores bizantinos que fueron herederos y sucesores del gran Constantino.
Constantino, emperador, no está entre los San de la Iglesia católica, pero no faltan san con el nombre de Constantino, y justo hoy son celebrados junto dos de ello.
De lo primero, que el Martirologio dice " confesor a Cartago", no se sabe pero nada, además de esta genérica noticia. Algo más conocido también es el otro San Constantino actual, el que pero aparece digno de su augusto nombre, en cuánto él también fue soberano terreno, más allá de que digno de la gloria de los San.
No era latino, y nació más bien a los márgenes del mundo romano, hijo de un Rey del Cornovaglia, la rocosa península que se asoma hacia lo atlántico, en la parte más meridional y occidental de la isla inglesa. Hijo de Rey, heredero del trono, y por fin Rey él destejo, Constantino no fue, a cuánto parecido, en su juventud y también en la madurez ni espejo de virtud ni modelo de piedad. Se casó a la hija del Rey de Bretaña, pero fue tampoco un marido ejemplar.
Solamente a la muerte de la mujer, ya anciano, conoció una profunda transformación espiritual. Fue entonces que el viudo Rey de Cornovaglia se apartó, por algunos años, en el silencio de un monasterio dedicado a San David, es decir a otro Rey pecador y penitente. Aún hizo más, porque Constantino se unió a San Paloma o a Columba, el gran monje irlandés que por primero llevó e hizo florecer el Cristianismo en tierra de Escocia, fundando monasterios de vida severa y activa.
Escocia, que tuvo todavía entonces el nombre latino de Caledonia, estaba poblada por tribus bárbaras e indómitas: los Pasados y, más a norte, los Pitti. Tampoco las legiones romanas pudieron subyugarla, y para defender los confines de Bretaña de sus incursiones fue necesario construir gigantescas murallas o valles, que acordonaron el país de levante a poniente.
En la tierra de los feroces Pitti, San Constantino y San Paloma desarrollaron junto su misión, no solamente dificultosa, sino también peligrosa. Consiguieron muchas conversiones, fundaron iglesias, crearon monasterios, pero en algún momento los bárbaros Pitti tomaron un breve y sangriento desempate sobre sus bienhechores, concluida él con una matanza de los cristianos. Así, en el 598, el Rey de Cornovaglia se convirtió en misionero cristiano, y quedó víctima de la violencia de los bárbaros Pitti
martes, 10 de marzo de 2026
Lecturas del 10/03/2026
En aquellos días, Azarías, puesto en pie, oró de esta forma; alzó la voz en medio del fuego y dijo: «Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia.
Por Abrahán, tú amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas.
Pero ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados.
En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia.
Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados.
Que este sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados.
Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos, y buscamos tu rostro; no nos defraudes, Señor; trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia.
Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor».
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Palabra del Señor.
10 de Marzo 2026 – San Macario de Jerusalén
La fuerza de su oposición al arianesimo es demostrada por el modo en cuyo Arión habla de él en su carta a Eusebio de Nicomedia.
Macario participó al Concilio de Nicea, en el curso del que pudiera haber tenido mucho que hacer con la redacción del Credo niceno. En la Historia del Concilio de Nicea, atribuida a Gelasio de Cizico, hay una serie de disputas entre imaginarios Padres del Concilio y los filósofos al duro de Arión. En una de estas controversias Macario es portavoz para los obispos que defiende la pendiente al infierno. Macario aparece lo primero entre los obispos de Palestina que han suscrito el Concilio de Nicea.
Según Teofane, Constantino, al final del Concilio de Nicea, preguntó a Macario de buscar a los sitios de la Resurrección, la Pasión y la Vera Cruz. La enorme cantidad de piedras sobre el templo de Venus, que se acumuló en el tiempo sobre el San Sepulcro al tiempo de Adriano, fue demolida, y "cuando la superficie original del terreno apareció enseguida, al revés de cada expectativa, el monumento sagrado de la Resurrección de nuestro Salvador fue descubierto."
En el aprender la noticia, Constantino le escribió a Macario una larga carta para ordenar la erección de una suntuosa iglesia sobre el lugar: se dio así inicio a la primera construcción cristiana de la Basílica del San Sepulcro en Jerusalén.
Macario participó al Concilio de Nicea, en el curso del que pudiera haber tenido mucho que hacer con la redacción del Credo niceno. En la Historia del Concilio de Nicea, atribuida a Gelasio de Cizico, hay una serie de disputas entre imaginarios Padres del Concilio y los filósofos al duro de Arión. En una de estas controversias Macario es portavoz para los obispos que defiende la pendiente al infierno. Macario aparece lo primero entre los obispos de Palestina que han suscrito el Concilio de Nicea.
Según Teofane, Constantino, al final del Concilio de Nicea, preguntó a Macario de buscar a los sitios de la Resurrección, la Pasión y la Vera Cruz. La enorme cantidad de piedras sobre el templo de Venus, que se acumuló en el tiempo sobre el San Sepulcro al tiempo de Adriano, fue demolida, y "cuando la superficie original del terreno apareció enseguida, al revés de cada expectativa, el monumento sagrado de la Resurrección de nuestro Salvador fue descubierto."
En el aprender la noticia, Constantino le escribió a Macario una larga carta para ordenar la erección de una suntuosa iglesia sobre el lugar: se dio así inicio a la primera construcción cristiana de la Basílica del San Sepulcro en Jerusalén.
lunes, 9 de marzo de 2026
Lecturas del 09/03/2026
En aquellos días, Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, era hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido la victoria a Siria.
Pero, siendo un gran militar, era leproso.
Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán. Dijo ella a su señora: «Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo curaría de su lepra».
Fue (Naamán) y se lo comunicó a su señor diciendo: «Esto y esto ha dicho la muchacha de la tierra de Israel».
Y el rey de Siria contestó: «Vete, que yo enviaré una carta al rey de Israel».
Entonces tomó en su mano diez talentos de plata, seis mil siclos de oro, diez vestidos nuevos y una carta al rey de Israel que decía: «Al llegarte esta carta, sabrás que te envío a mi siervo Naamán para que lo cures de su lepra».
Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras, diciendo: «¿Soy yo Dios para repartir vida y muerte? Pues me encarga nada menos que curar a un hombre de su lepra. Daos cuenta y veréis que está buscando querella contra mí».
Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras y mandó a que le dijeran: «Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel».
Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo. Envió este un mensajero a decirle: «Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio».
Naamán se puso furioso y se marchó diciendo: «Yo me había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra”. El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio».
Dándose la vuelta, se marchó furioso. Sus servidores se le acercaron para decirle: «Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!».
Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio.
Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando: «Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel».
Habiendo llegado Jesús a Nazaret, le dijo al pueblo en la sinagoga: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naámán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.
Palabra del Señor.
09 de Marzo 2026 – Santa Catalina de Bolonia
Catalina Vigri nació el 8 de septiembre de 1413 en Bolonia. Su padre era Juan de Vigri, un noble rico de Ferrara emparentado con la familia de la casa d’Este. Su madre, Benvenuta de Mamollini era también una dama noble a la que Juan había conocido en Bolonia mientras estudiaba en su universidad.
Catalina aprovechó su estancia en la corte de Ferrara para cultivarse y formarse en distintas áreas como la música, la literatura o el arte de la miniatura. Pero Catalina no se sintió nunca atraída por los lujos y excesos de la vida en la corte.
Años después, la princesa Margarita d’Este se casó con Roberto Malatesta, príncipe de Rímini. La joven esposa quiso que Catalina la acompañara a su nueva residencia en Rímini pero Catalina se negó a ir y decidió volver con su madre a Bolonia. Fue entonces cuando murió su padre y su madre volvió a casarse. Catalina se convirtió en una joven de 14 años, bella y culta y heredera de un importante patrimonio. Fueron muchos los pretendientes que tuvo y que ella evitó. Catalina hacía tiempo que tenía muy claro que su vida no iba a ser la de una mujer casada.
Fue entonces cuando Catalina supo de la existencia de Lucía Mascheroni y sus monjas congregadas bajo el hábito negro de la Tercera Orden de San Agustín. Su vida de santidad atrajo a la joven quien no dudó en seguir a aquellas religiosas que con el tiempo se convertirían en un monasterio de monjas clarisas.
Así, en 1432, Catalina Vigri pronunciaba sus votos y se retiraba del mundo.
Convertida en monja clarisa, Catalina hizo uso de sus conocimientos humanísticos, filosóficos y literarios para escribir su obra Tratado de las siete armas espirituales. Escrita en 1438, es una mezcla de autobiografía y tratado de espiritualidad.
En su Tratado, Catalina definió siete armas para luchar contra el pecado: la diligencia, la desconfianza de uno mismo, la confianza en Dios, la meditación, el pensar en la muerte personal, pensar en el cielo y la Sagrada Escritura como referente constante de vida.
Catalina de Bolonia pasó el resto de su vida en oración y meditación tras los muros del convento de Ferrara primero y del monasterio del Corpus Domini en su ciudad natal después donde se trasladó en 1456 y terminó convirtiéndose en su madre abadesa. Fue aquí donde murió, el 9 de marzo de 1463.
Catalina aprovechó su estancia en la corte de Ferrara para cultivarse y formarse en distintas áreas como la música, la literatura o el arte de la miniatura. Pero Catalina no se sintió nunca atraída por los lujos y excesos de la vida en la corte.
Años después, la princesa Margarita d’Este se casó con Roberto Malatesta, príncipe de Rímini. La joven esposa quiso que Catalina la acompañara a su nueva residencia en Rímini pero Catalina se negó a ir y decidió volver con su madre a Bolonia. Fue entonces cuando murió su padre y su madre volvió a casarse. Catalina se convirtió en una joven de 14 años, bella y culta y heredera de un importante patrimonio. Fueron muchos los pretendientes que tuvo y que ella evitó. Catalina hacía tiempo que tenía muy claro que su vida no iba a ser la de una mujer casada.
Fue entonces cuando Catalina supo de la existencia de Lucía Mascheroni y sus monjas congregadas bajo el hábito negro de la Tercera Orden de San Agustín. Su vida de santidad atrajo a la joven quien no dudó en seguir a aquellas religiosas que con el tiempo se convertirían en un monasterio de monjas clarisas.
Así, en 1432, Catalina Vigri pronunciaba sus votos y se retiraba del mundo.
Convertida en monja clarisa, Catalina hizo uso de sus conocimientos humanísticos, filosóficos y literarios para escribir su obra Tratado de las siete armas espirituales. Escrita en 1438, es una mezcla de autobiografía y tratado de espiritualidad.
En su Tratado, Catalina definió siete armas para luchar contra el pecado: la diligencia, la desconfianza de uno mismo, la confianza en Dios, la meditación, el pensar en la muerte personal, pensar en el cielo y la Sagrada Escritura como referente constante de vida.
Catalina de Bolonia pasó el resto de su vida en oración y meditación tras los muros del convento de Ferrara primero y del monasterio del Corpus Domini en su ciudad natal después donde se trasladó en 1456 y terminó convirtiéndose en su madre abadesa. Fue aquí donde murió, el 9 de marzo de 1463.
domingo, 8 de marzo de 2026
08 de Marzo 2026 – 3er. DOMINGO DE CUARESMA - La Embajada del SANEDRÍN
El Bautista sigue cumpliendo su oficio de precursor, enderezando los caminos torcidos y abriendo los corazones a la luz que se acerca. Fulmina, exhorta, consuela y bautiza. Todavía no han encadenado sus manos ni encerrado su voz entre los muros de un sótano. Vive a la orilla del Jordán, no lejos de Jericó, junto a la entrada del desierto, donde ha pasado los años de su juventud en la mortificación y el ayuno. Pero ahora el solitario se ha convertido en un director de hombres, el silencioso habitante de la selva en un posible caudillo de pueblos. En toda Palestina sólo se habla de su aparición. Allá arriba, los pescadores del lago entretienen las esperas forzadas de su oficio repitiendo las palabras del penitente; los israelitas piadosos empiezan a ver en él una esperanza gozosa, y hasta en el Consejo nacional de Israel, en el Sanedrín, se revuelven las Escrituras para buscar algún texto luminoso referente al extraño personaje.
Entre tanto, Juan predica y bautiza. Hasta él llegan las muchedumbres, llenando de rumores el desierto. Unos vienen llorando y marchan riendo; otros vienen riendo y marchan llorando. Los curiosos y los arrepentidos, los pecadores y los inocentes, todos sienten la fuerza de aquella voz impaciente y austera. Y he aquí que un día, entre los publícanos y los epulones, entre las cortesanas y los soldados, se acercan lentamente; gravemente, envueltos en sus mantos doctorales, un grupo de fariseos, que inclinan sus cabezas en una actitud de profundo respeto. Juan, el profeta del fuego, el hombre que ha crecido entre esquenos y peñascos; no suele acariciar; pero sus mayores asperezas las guarda para esta gente: «Raza de víboras—solía decirles—, ¿quién os enseñará a huir de la ira que se acerca?».
No obstante, ahora recibe sereno a los recién venidos. No llegan para sumergirse en el río, ni para oír una palabra de edificación, ni para confesar sus pecados. Son embajadores del Sanedrín.
Aquella tierra de Israel seguía pensando siempre en el reino glorioso de David. Era una esperanza que la lectura de los libros santos mantenía fresca en los corazones; pero ahora más que nunca, cuando había que resistir los desprecios de la soldadesca imperial y soportar el yugo de los aventureros del Idumeo, y gozarse con los paganos, con los goim, que hollaban y profanaban y robaban la santa herencia de los mayores. Y el consuelo era soñar en las viejas grandezas, en el retorno de la victoria, en el advenimiento del misterioso libertador, del Ungido, que había de encarnar la furia de la venganza tanto tiempo contenida, y levantar su trono en una Jerusalén más fuerte, más bella, más poderosa que Salomón. Y éste es el momento en que allá, en las cercanías del mar Muerto, aparece aquel terrible predicador de penitencia, en quien todo, el origen, la presencia, la vida y la palabra, tenía necesariamente que sobreexcitar las imaginaciones.
Algo grande hay en él, decían las gentes; pero sin acertar a ver con claridad. Cierto, removía las turbas, pero sin los histerismos, sin las convulsiones que suscitaban diariamente en los campos de Judea las predicaciones de patriotas exaltados, que terminaban siempre en torbellinos de sangre. Para éste, el problema nacional parecía no tener importancia; lo que le preocupa es la cuestión moral, la renovación religiosa, el saneamiento de las conciencias. Habla como los antiguos profetas y tiene todo el aspecto de un profeta. Seiscientos años antes se había levantado en aquel mismo desierto un hombre de genio bravío, de varonil continente, de gesto intrépido y de larga barba, vestido de una tela de pelo de camello y ceñido con un cinturón de cuero. Era Elías, una de las más grandes figuras de Israel. Todo el mundo sabía que Elías no había muerto, que había sido transportado de este mundo por una cuadriga de llamas. Y en aquel mismo sitio surgía ahora rígido, apremiante, iracundo, este elocuente predicador de la penitencia. «Es Elías, que vuelve», murmuraban los campesinos en sus hogares, bajo el silencio de la noche, recordando aquellos versos que habían oído en la sinagoga: «Se ha levantado el profeta semejante al fuego; su palabra ardía como una antorcha; es el que cerró los Cielos con la llave de su voz; el que precipitó a los reyes al abismo; el que hizo saltar de su lecho a los soberbios, y oyó en la cima del Horeb el grito de la venganza. Arrebatado por la tempestad luminosa sobre un carro de caballos de fuego, volverá en el día de la hora fatal para detener los rayos inflamados de la ira.»
Es Elías, decían unos; no, replicaban otros, es el profeta de que habló Moisés al pueblo escogido; y algunos empezaban a pensar si no sería el mismo Cristo, el Mesías esperado, el Ungido, el Libertador. La incertidumbre inquietaba a los mismos doctores de la ley. En sus cátedras, adosadas a los pilares del templo, saltaba diariamente la pregunta ineludible: « ¿Quién es el asceta que bautiza en el Jordán?» Y nada seguro podían responder. Pero al fin iban a salir de dudas. Los embajadores habían llegado a Jericó, habían subido a la barca, amarrada a la orilla, y habían pasado al otro lado. Allí, el Bautista predicaba y bautizaba. Un momento interrumpe su tarea para recibir a los enviados. Parece como si los recibiese de mala gana, como si quisiera acabar cuanto antes aquella información, tal vez demasiado interesada.
— ¿Eres Elías?
—No.
— ¿Eres el Profeta?
—No.
— ¿Eres el Cristo?
—No.
Tres negaciones secas, rotundas, en que se nos revela la grandeza primitiva de aquel carácter enérgico y rectilíneo. No es nada. Sin embargo, el que todo lo sabe le llamará profeta, el más excelente de los profetas, un nuevo Elías por su espíritu y su virtud. A sus ojos, no es nada; es sólo la voz del que clama; una voz, un soplo, una vibración que se pierde en el aire. Resueltamente, el Bautista deshace todas aquellas hablillas que habían puesto una aureola semidivina en torno de su persona. Al día siguiente sus palabras se comentarían en la ciudad y en el campo, en la cocina de Betsaida y en las barcas del lago, sus devotos le abandonarían, su prestigio caería por el suelo. Era un soplo; era un picapedrero del camino del Mesías, indigno hasta de desatar la correa de su zapato. Lo decía sin dolor, sin amargura, sin envidia. No venía para sentarse, en el trono, sino sólo para prepararlo.
Porque algo positivo logran sacar los embajadores de aquella rápida entrevista: «Entre vosotros está uno a quien no conocéis.» Aquí sí que hay amargura; porque hay amor contenido y adoración profunda. La queja del Bautista no deja nunca de ser verdadera. Tiene a la vez la alegría de la buena nueva y la tristeza de la ingratitud. Una gran noticia se ha derramado por todos los ámbitos del mundo: el Señor está cerca. ¿Quién se prepara a recibirle? ¿Qué senderos tortuosos se enderezan? ¿Qué colinas son allanadas? ¿Qué anhelos se asoman a las ventanas de los corazones? Una vez más, la luz que esperamos pasará al lado nuestro sin iluminar nuestras tinieblas; una vez más, llamará a nuestras puertas el que pudiera remediar nuestras congojas, y nosotros estaremos dormidos. «Vino a su propia casa, y los suyos no le recibieron.»
Entre tanto, Juan predica y bautiza. Hasta él llegan las muchedumbres, llenando de rumores el desierto. Unos vienen llorando y marchan riendo; otros vienen riendo y marchan llorando. Los curiosos y los arrepentidos, los pecadores y los inocentes, todos sienten la fuerza de aquella voz impaciente y austera. Y he aquí que un día, entre los publícanos y los epulones, entre las cortesanas y los soldados, se acercan lentamente; gravemente, envueltos en sus mantos doctorales, un grupo de fariseos, que inclinan sus cabezas en una actitud de profundo respeto. Juan, el profeta del fuego, el hombre que ha crecido entre esquenos y peñascos; no suele acariciar; pero sus mayores asperezas las guarda para esta gente: «Raza de víboras—solía decirles—, ¿quién os enseñará a huir de la ira que se acerca?».
No obstante, ahora recibe sereno a los recién venidos. No llegan para sumergirse en el río, ni para oír una palabra de edificación, ni para confesar sus pecados. Son embajadores del Sanedrín.
Aquella tierra de Israel seguía pensando siempre en el reino glorioso de David. Era una esperanza que la lectura de los libros santos mantenía fresca en los corazones; pero ahora más que nunca, cuando había que resistir los desprecios de la soldadesca imperial y soportar el yugo de los aventureros del Idumeo, y gozarse con los paganos, con los goim, que hollaban y profanaban y robaban la santa herencia de los mayores. Y el consuelo era soñar en las viejas grandezas, en el retorno de la victoria, en el advenimiento del misterioso libertador, del Ungido, que había de encarnar la furia de la venganza tanto tiempo contenida, y levantar su trono en una Jerusalén más fuerte, más bella, más poderosa que Salomón. Y éste es el momento en que allá, en las cercanías del mar Muerto, aparece aquel terrible predicador de penitencia, en quien todo, el origen, la presencia, la vida y la palabra, tenía necesariamente que sobreexcitar las imaginaciones.
Algo grande hay en él, decían las gentes; pero sin acertar a ver con claridad. Cierto, removía las turbas, pero sin los histerismos, sin las convulsiones que suscitaban diariamente en los campos de Judea las predicaciones de patriotas exaltados, que terminaban siempre en torbellinos de sangre. Para éste, el problema nacional parecía no tener importancia; lo que le preocupa es la cuestión moral, la renovación religiosa, el saneamiento de las conciencias. Habla como los antiguos profetas y tiene todo el aspecto de un profeta. Seiscientos años antes se había levantado en aquel mismo desierto un hombre de genio bravío, de varonil continente, de gesto intrépido y de larga barba, vestido de una tela de pelo de camello y ceñido con un cinturón de cuero. Era Elías, una de las más grandes figuras de Israel. Todo el mundo sabía que Elías no había muerto, que había sido transportado de este mundo por una cuadriga de llamas. Y en aquel mismo sitio surgía ahora rígido, apremiante, iracundo, este elocuente predicador de la penitencia. «Es Elías, que vuelve», murmuraban los campesinos en sus hogares, bajo el silencio de la noche, recordando aquellos versos que habían oído en la sinagoga: «Se ha levantado el profeta semejante al fuego; su palabra ardía como una antorcha; es el que cerró los Cielos con la llave de su voz; el que precipitó a los reyes al abismo; el que hizo saltar de su lecho a los soberbios, y oyó en la cima del Horeb el grito de la venganza. Arrebatado por la tempestad luminosa sobre un carro de caballos de fuego, volverá en el día de la hora fatal para detener los rayos inflamados de la ira.»
Es Elías, decían unos; no, replicaban otros, es el profeta de que habló Moisés al pueblo escogido; y algunos empezaban a pensar si no sería el mismo Cristo, el Mesías esperado, el Ungido, el Libertador. La incertidumbre inquietaba a los mismos doctores de la ley. En sus cátedras, adosadas a los pilares del templo, saltaba diariamente la pregunta ineludible: « ¿Quién es el asceta que bautiza en el Jordán?» Y nada seguro podían responder. Pero al fin iban a salir de dudas. Los embajadores habían llegado a Jericó, habían subido a la barca, amarrada a la orilla, y habían pasado al otro lado. Allí, el Bautista predicaba y bautizaba. Un momento interrumpe su tarea para recibir a los enviados. Parece como si los recibiese de mala gana, como si quisiera acabar cuanto antes aquella información, tal vez demasiado interesada.
— ¿Eres Elías?
—No.
— ¿Eres el Profeta?
—No.
— ¿Eres el Cristo?
—No.
Tres negaciones secas, rotundas, en que se nos revela la grandeza primitiva de aquel carácter enérgico y rectilíneo. No es nada. Sin embargo, el que todo lo sabe le llamará profeta, el más excelente de los profetas, un nuevo Elías por su espíritu y su virtud. A sus ojos, no es nada; es sólo la voz del que clama; una voz, un soplo, una vibración que se pierde en el aire. Resueltamente, el Bautista deshace todas aquellas hablillas que habían puesto una aureola semidivina en torno de su persona. Al día siguiente sus palabras se comentarían en la ciudad y en el campo, en la cocina de Betsaida y en las barcas del lago, sus devotos le abandonarían, su prestigio caería por el suelo. Era un soplo; era un picapedrero del camino del Mesías, indigno hasta de desatar la correa de su zapato. Lo decía sin dolor, sin amargura, sin envidia. No venía para sentarse, en el trono, sino sólo para prepararlo.
Porque algo positivo logran sacar los embajadores de aquella rápida entrevista: «Entre vosotros está uno a quien no conocéis.» Aquí sí que hay amargura; porque hay amor contenido y adoración profunda. La queja del Bautista no deja nunca de ser verdadera. Tiene a la vez la alegría de la buena nueva y la tristeza de la ingratitud. Una gran noticia se ha derramado por todos los ámbitos del mundo: el Señor está cerca. ¿Quién se prepara a recibirle? ¿Qué senderos tortuosos se enderezan? ¿Qué colinas son allanadas? ¿Qué anhelos se asoman a las ventanas de los corazones? Una vez más, la luz que esperamos pasará al lado nuestro sin iluminar nuestras tinieblas; una vez más, llamará a nuestras puertas el que pudiera remediar nuestras congojas, y nosotros estaremos dormidos. «Vino a su propia casa, y los suyos no le recibieron.»
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