lunes, 16 de marzo de 2026
Lecturas del 16/03/2026
Esto dice el Señor:
«Mirad: voy a crear un nuevo cielo y una nueva tierra: de las cosas pasadas ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento.
Regocijaos, alegraos por siempre por lo que voy a crear: yo creo a Jerusalén “alegría”, y a su pueblo, “júbilo”.
Me alegraré por Jerusalén y me regocijaré con mi pueblo, ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido; ya no habrá allí niño que dure pocos días, ni adulto que no colme sus años, pues será joven quien muera a los cien años, y quien no los alcance se tendrá por maldito.
Construirán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán los frutos».
En aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado: «Un profeta no es estimado en su propia patria».
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.
Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.
Jesús le dijo: «Si no veis signos y prodigios, no creéis».
El funcionario insiste: «Señor, baja antes de que se muera mi niño».
Jesús le contesta: «Anda, tu hijo vive».
El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron: «Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre».
El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.
Palabra del Señor.
16 de Marzo 2026 – San José del Rosario Brochero
José Gabriel del Rosario Brochero nació el 16 de marzo de 1840, en el paraje Carreta Quemada, cerca de Santa Rosa de Río Primero, en el norte de Córdoba (Argentina). El 4 de noviembre de 1866 se ordenó como sacerdote.
Tras desempeñar su ministerio sacerdotal en la catedral de Córdoba y ser prefecto de estudios del Colegio seminario Nuestra Señora de Loreto, el 19 de noviembre de 1869 fue elegido vicario del departamento San Alberto, con unos 10 mil habitantes de toda Traslasierra. Se instaló entonces en Villa del Tránsito, la localidad que desde 1916 lleva su nombre.
Más adelante, el Padre Brochero tuvo un papel activo en la epidemia de cólera que se desató en Córdoba. “Se le veía correr de enfermo en enfermo, ofreciendo al moribundo el religioso consuelo, recogiendo su última palabra y cubriendo las miserias de sus deudos. Este ha sido uno de los períodos más ejemplares, más peligrosos, más fatigantes y heroicos de su vida”, señaló su amigo Ramón J. Cárcano.
Murió ciego, padeciendo de lepra. “Murió de la forma en que vivió, con mucha humildad y sencillez”, afirmó el Padre Guido Ricotti, actual párroco de Villa Cura Brochero.
El Cura Brochero fue declarado venerable en febrero de 2004 por San Juan Pablo II. El 20 de diciembre de 2012, Benedicto XVI firmó el decreto que reconocía el milagro atribuido a la intercesión de Brochero.
Este milagro consistió en la recuperación sin explicación médica de un niño con pronóstico de “vida vegetativa” y problemas neurológicos severos tras sufrir un grave accidente vial.
Fue beatificado el 14 de septiembre de 2013 en la Villa Cura Brochero, en Córdoba (Argentina), en una Misa multitudinaria presidida por el Cardenal Ángelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos y enviado del Papa Francisco.
Tras desempeñar su ministerio sacerdotal en la catedral de Córdoba y ser prefecto de estudios del Colegio seminario Nuestra Señora de Loreto, el 19 de noviembre de 1869 fue elegido vicario del departamento San Alberto, con unos 10 mil habitantes de toda Traslasierra. Se instaló entonces en Villa del Tránsito, la localidad que desde 1916 lleva su nombre.
Más adelante, el Padre Brochero tuvo un papel activo en la epidemia de cólera que se desató en Córdoba. “Se le veía correr de enfermo en enfermo, ofreciendo al moribundo el religioso consuelo, recogiendo su última palabra y cubriendo las miserias de sus deudos. Este ha sido uno de los períodos más ejemplares, más peligrosos, más fatigantes y heroicos de su vida”, señaló su amigo Ramón J. Cárcano.
Murió ciego, padeciendo de lepra. “Murió de la forma en que vivió, con mucha humildad y sencillez”, afirmó el Padre Guido Ricotti, actual párroco de Villa Cura Brochero.
El Cura Brochero fue declarado venerable en febrero de 2004 por San Juan Pablo II. El 20 de diciembre de 2012, Benedicto XVI firmó el decreto que reconocía el milagro atribuido a la intercesión de Brochero.
Este milagro consistió en la recuperación sin explicación médica de un niño con pronóstico de “vida vegetativa” y problemas neurológicos severos tras sufrir un grave accidente vial.
Fue beatificado el 14 de septiembre de 2013 en la Villa Cura Brochero, en Córdoba (Argentina), en una Misa multitudinaria presidida por el Cardenal Ángelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos y enviado del Papa Francisco.
domingo, 15 de marzo de 2026
15 de Marzo 2026 – 4º DOMINGO DE CUARESMA - Palabras de aliento en el camino.
TODA alma religiosa siente la necesidad de tratar filialmente con Dios, de hablar con Él en la intimidad, de unirse a Él. Este anhelo, el paganismo le tuvo sepultado en el fondo de la conciencia humana. Para Aristóteles, el Primum movens existía retraído en una lejanía inaccesible; tan difícil hubiera sido comunicar con él como con los habitantes de Marte. Es el Cristianismo el que ha hecho vibrar esta nota en las almas, el que nos ha acostumbrado a considerar la vida como un esfuerzo, como una peregrinación hacia Dios; el que nos ha señalado los estudios diversos de ese viaje, las piedras miliarias que nos librarán de perdernos en ese camino hacia la unión maravillosa que naturalmente apetecemos y que apenas podemos concebir, hacia una vida más alta, a la cual se podría aplicar, en un sentido infinitamente más sublime, la definición que Platón daba del amor: «Círculo del bueno al bueno, devuelto perpetuamente.»
Esa peregrinación de la criatura que vuelve al Criador se encuentra simbolizada, o, mejor, resumida en la liturgia cuaresmal. Los escritores ascéticos nos hablan de tres vías, que ellos llaman «purgativa», «iluminativa» y «unitiva»; aunque más que tres vías, esas palabras designan tres operaciones que pueden ser simultáneas o sucesivas. Ellas condensan también el pensamiento fundamental de la Cuaresma, el que palpita bajo el tejido policromo de sus oraciones, sus lecturas, sus cantos y sus ritos. Hacia la unión, por la purificación y la iluminación; he aquí el santo y seña que la Iglesia da en estos santos días a todos los cristianos. La purificación reza especialmente con los penitentes, con los que en el llanto y la penitencia aguardan la Pascua para ser reintegrados en la comunión de los fieles; la iluminación se dirige a los catecúmenos, a los que en la espera de la noche del Sábado Santo reciben con ansiedad la revelación progresiva de los misterios evangélicos. La tarea de los primeros consiste en frotar su alma, como se frota una moneda, para descubrir en ella la imagen oscurecida por el pecado; la de los segundos, en preparar el metal para que pueda recibir la imagen. A los unos, la liturgia los alienta, los ayuda, los grita: «Lavaos, estad limpios, arrancad el mal de vuestros corazones»; a los otros los catequiza, les descubre la doctrina y la vida de Cristo y les dice: «Acercaos a Él para ser iluminados.» Pero la verdad y la pureza son inseparables; el que trabaja en la purificación va advirtiendo que se acerca a la luz, y el que busca generosamente la luz se siente poco a poco purificado. El penitente se ilumina y el catecúmeno se purifica, y en la iluminación y la purificación palpita una tercera fuerza, que los sostiene y los anima: el amor. La inteligencia va penetrada de unción; o, como bellamente dice San Bernardo, a los rayos de luz, que llegan al espíritu, acompañan los rayos de calor, que se enderezan al corazón. Las tres vías se enlazan, se ayudan, se funden de una manera misteriosa y llevan a la consecución de una misma victoria, a la explosión de una inmensa alegría.
En la peregrinación cuaresmal esa explosión se llama el domingo «Laetare», a causa de la primera palabra con que empieza el Introito de la Misa, invitación entusiasta a una alegría perfecta: «Alégrate, Jerusalén, y regocijaos con ella todos los que la amáis; gozaos los que estuvisteis tristes; llenaos de júbilo y recibid los consuelos que manan de sus pechos.» A este grito, el ambiente litúrgico se transforma: en medio de las tristezas del ayuno, vuelven a resonar los acordes del órgano, el altar se viste de flores y los sacerdotes cambian el color violeta, símbolo del dolor y la penitencia, por el rosado, en el cual brilla un albor de esperanza y de alegría. En Roma, el Pontífice bendice la Rosa de Oro, que nos recuerda aquellas palabras de San Ambrosio: «Coges la flor nueva, que da el buen olor de la Resurrección; coges el lirio, esplendor de la eternidad; coges la rosa de la sangre del Señor.» Esa rosa mística es una figura del paraíso que buscamos; es como aquellos gigantescos racimos que entre la aridez del desierto hablaban al pueblo escogido de la tierra que manaba leche y miel. En la España antigua se practicaba un rito no menos significativo. Desde el amanecer, un pregonero recorría las ciudades recordando a los que tenían niños sin bautizar que los presentasen en la iglesia. En la iglesia, después del Evangelio, tres diáconos se adelantaban hacia el pueblo. El primero decía: «Si alguno quiere ser iniciado en el sacramento de la fe, dé su nombre.» Después de una pausa, clamaba el segundo: «Si alguno desea la vida eterna, dé su nombre.» Seguía luego la invitación del tercero, en términos más claros: «Si alguno quiere ser bautizado el día de Pascua, dé su nombre.» Los niños pasaban delante del obispo, llevados por sus madres; el arcediano escribía sus nombres en las tablas de cera; tres subdiáconos pronunciaban el exorcismo, soplando sobre las cabezas de los pequeños catecúmenos, y un presbítero sellaba su frente con el signo de la cruz.
Todo este aparato de ceremonias y de símbolos significa una misma cosa: que la salud se acerca, que en la lejanía brilla el alba de la Resurrección, que vamos sintiendo la renovación santa, por la cual nos haremos dignos de cantar el cántico nuevo, según los bellos versos del himno cuaresmal:
«En nos, novi per veniam, novum cantamus canticum.»
Todo en los textos de la Misa tiene ese profundo sentido de jubilosa esperanza. Si en los oficios nocturnos se nos presenta la figura majestuosa de Moisés, tipo del verdadero libertador, Jesucristo, en la Epístola oímos aquellas altivas palabras del Apóstol, que en las asambleas de los primeros cristianos debían caer como un rayo revelador: «Nosotros no somos hijos de la esclava, sino de la libre; con una libertad que nos viene de Cristo.» El Evangelio ya no nos habla de luchas y de tentaciones, sino de símbolos misteriosos de amor. Aún nos encontramos en el desierto: al noroeste del lago de Genesaret, más allá de Betsaida, se extendía una vasta soledad, limitada, hoy como antaño, por colinas agrestes y desnudas. La nave de Jesús surcaba el lago en aquella dirección, pero un viento contrario la impedía avanzar con rapidez. La muchedumbre le seguía por la orilla, y al llegar a la desembocadura del Jordán se encontró rodeado de un inmenso gentío que le aclamaba y se dirigía hacia Él. «Semejante a un rebaño sin pastor». Y tuvo compasión de ellos. Les predicó el reino de Dios, curó sus enfermos; y, haciéndoles sentar por grupos de cincuenta y de ciento, que por los colores chillones de sus vestidos semejaban, según la expresión de San Marcos, cestos de flores sobre un verde tapiz, les dio de comer, multiplicando los cinco panes y dos peces que por casualidad llevaba un muchacho.
Este relato hacía que el júbilo se derramase en gritos de alabanza. «Bendecid al Señor, porque es benigno», clamaba el coro después de oírle; «todo cuanto quiso, lo hizo el Señor en el Cielo y en la tierra». En los panes y los peces el penitente veía un nuevo anuncio de su restauración espiritual; el catecúmeno, una prefiguración del arcano eucarístico, que poco a poco se iba descorriendo a sus miradas. Uno y otro recogían con avidez las lecciones encerradas en ese lenguaje simbólico de la liturgia, para disponerse a vivir en toda su plenitud el misterio pascual. Como abejas solícitas, se esforzaban por sacar la miel del amor entre las flores de ese jardín de ritos, gestos y oraciones, y así conseguían el triple objetivo de la Cuaresma: se purificaban, se iluminaban, se inflamaban. Vivían el misterio de Pascua. Es fácil estrenar un hábito nuevo el Domingo de Resurrección: es fácil confesar y comulgar; pero eso no basta. Hay que asimilarse el fruto de la Resurrección, convertirle en una realidad íntima, sentir la explosión de esa savia vital que viene de Cristo; y esto lo conseguiremos empapándonos antes en el espíritu de esta maravillosa liturgia cuadragesimal.
Esa peregrinación de la criatura que vuelve al Criador se encuentra simbolizada, o, mejor, resumida en la liturgia cuaresmal. Los escritores ascéticos nos hablan de tres vías, que ellos llaman «purgativa», «iluminativa» y «unitiva»; aunque más que tres vías, esas palabras designan tres operaciones que pueden ser simultáneas o sucesivas. Ellas condensan también el pensamiento fundamental de la Cuaresma, el que palpita bajo el tejido policromo de sus oraciones, sus lecturas, sus cantos y sus ritos. Hacia la unión, por la purificación y la iluminación; he aquí el santo y seña que la Iglesia da en estos santos días a todos los cristianos. La purificación reza especialmente con los penitentes, con los que en el llanto y la penitencia aguardan la Pascua para ser reintegrados en la comunión de los fieles; la iluminación se dirige a los catecúmenos, a los que en la espera de la noche del Sábado Santo reciben con ansiedad la revelación progresiva de los misterios evangélicos. La tarea de los primeros consiste en frotar su alma, como se frota una moneda, para descubrir en ella la imagen oscurecida por el pecado; la de los segundos, en preparar el metal para que pueda recibir la imagen. A los unos, la liturgia los alienta, los ayuda, los grita: «Lavaos, estad limpios, arrancad el mal de vuestros corazones»; a los otros los catequiza, les descubre la doctrina y la vida de Cristo y les dice: «Acercaos a Él para ser iluminados.» Pero la verdad y la pureza son inseparables; el que trabaja en la purificación va advirtiendo que se acerca a la luz, y el que busca generosamente la luz se siente poco a poco purificado. El penitente se ilumina y el catecúmeno se purifica, y en la iluminación y la purificación palpita una tercera fuerza, que los sostiene y los anima: el amor. La inteligencia va penetrada de unción; o, como bellamente dice San Bernardo, a los rayos de luz, que llegan al espíritu, acompañan los rayos de calor, que se enderezan al corazón. Las tres vías se enlazan, se ayudan, se funden de una manera misteriosa y llevan a la consecución de una misma victoria, a la explosión de una inmensa alegría.
En la peregrinación cuaresmal esa explosión se llama el domingo «Laetare», a causa de la primera palabra con que empieza el Introito de la Misa, invitación entusiasta a una alegría perfecta: «Alégrate, Jerusalén, y regocijaos con ella todos los que la amáis; gozaos los que estuvisteis tristes; llenaos de júbilo y recibid los consuelos que manan de sus pechos.» A este grito, el ambiente litúrgico se transforma: en medio de las tristezas del ayuno, vuelven a resonar los acordes del órgano, el altar se viste de flores y los sacerdotes cambian el color violeta, símbolo del dolor y la penitencia, por el rosado, en el cual brilla un albor de esperanza y de alegría. En Roma, el Pontífice bendice la Rosa de Oro, que nos recuerda aquellas palabras de San Ambrosio: «Coges la flor nueva, que da el buen olor de la Resurrección; coges el lirio, esplendor de la eternidad; coges la rosa de la sangre del Señor.» Esa rosa mística es una figura del paraíso que buscamos; es como aquellos gigantescos racimos que entre la aridez del desierto hablaban al pueblo escogido de la tierra que manaba leche y miel. En la España antigua se practicaba un rito no menos significativo. Desde el amanecer, un pregonero recorría las ciudades recordando a los que tenían niños sin bautizar que los presentasen en la iglesia. En la iglesia, después del Evangelio, tres diáconos se adelantaban hacia el pueblo. El primero decía: «Si alguno quiere ser iniciado en el sacramento de la fe, dé su nombre.» Después de una pausa, clamaba el segundo: «Si alguno desea la vida eterna, dé su nombre.» Seguía luego la invitación del tercero, en términos más claros: «Si alguno quiere ser bautizado el día de Pascua, dé su nombre.» Los niños pasaban delante del obispo, llevados por sus madres; el arcediano escribía sus nombres en las tablas de cera; tres subdiáconos pronunciaban el exorcismo, soplando sobre las cabezas de los pequeños catecúmenos, y un presbítero sellaba su frente con el signo de la cruz.
Todo este aparato de ceremonias y de símbolos significa una misma cosa: que la salud se acerca, que en la lejanía brilla el alba de la Resurrección, que vamos sintiendo la renovación santa, por la cual nos haremos dignos de cantar el cántico nuevo, según los bellos versos del himno cuaresmal:
«En nos, novi per veniam, novum cantamus canticum.»
Todo en los textos de la Misa tiene ese profundo sentido de jubilosa esperanza. Si en los oficios nocturnos se nos presenta la figura majestuosa de Moisés, tipo del verdadero libertador, Jesucristo, en la Epístola oímos aquellas altivas palabras del Apóstol, que en las asambleas de los primeros cristianos debían caer como un rayo revelador: «Nosotros no somos hijos de la esclava, sino de la libre; con una libertad que nos viene de Cristo.» El Evangelio ya no nos habla de luchas y de tentaciones, sino de símbolos misteriosos de amor. Aún nos encontramos en el desierto: al noroeste del lago de Genesaret, más allá de Betsaida, se extendía una vasta soledad, limitada, hoy como antaño, por colinas agrestes y desnudas. La nave de Jesús surcaba el lago en aquella dirección, pero un viento contrario la impedía avanzar con rapidez. La muchedumbre le seguía por la orilla, y al llegar a la desembocadura del Jordán se encontró rodeado de un inmenso gentío que le aclamaba y se dirigía hacia Él. «Semejante a un rebaño sin pastor». Y tuvo compasión de ellos. Les predicó el reino de Dios, curó sus enfermos; y, haciéndoles sentar por grupos de cincuenta y de ciento, que por los colores chillones de sus vestidos semejaban, según la expresión de San Marcos, cestos de flores sobre un verde tapiz, les dio de comer, multiplicando los cinco panes y dos peces que por casualidad llevaba un muchacho.
Este relato hacía que el júbilo se derramase en gritos de alabanza. «Bendecid al Señor, porque es benigno», clamaba el coro después de oírle; «todo cuanto quiso, lo hizo el Señor en el Cielo y en la tierra». En los panes y los peces el penitente veía un nuevo anuncio de su restauración espiritual; el catecúmeno, una prefiguración del arcano eucarístico, que poco a poco se iba descorriendo a sus miradas. Uno y otro recogían con avidez las lecciones encerradas en ese lenguaje simbólico de la liturgia, para disponerse a vivir en toda su plenitud el misterio pascual. Como abejas solícitas, se esforzaban por sacar la miel del amor entre las flores de ese jardín de ritos, gestos y oraciones, y así conseguían el triple objetivo de la Cuaresma: se purificaban, se iluminaban, se inflamaban. Vivían el misterio de Pascua. Es fácil estrenar un hábito nuevo el Domingo de Resurrección: es fácil confesar y comulgar; pero eso no basta. Hay que asimilarse el fruto de la Resurrección, convertirle en una realidad íntima, sentir la explosión de esa savia vital que viene de Cristo; y esto lo conseguiremos empapándonos antes en el espíritu de esta maravillosa liturgia cuadragesimal.
Lecturas del 15/03/2026
En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».
Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo: «Seguro que está su ungido ante el Señor».
Pero el Señor dijo a Samuel: «No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón».
Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé: «El Señor no ha elegido a estos».
Entonces Samuel preguntó a Jesé: «¿No hay más muchachos?».
Y le respondió: «Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».
Samuel le dijo: «Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa mientras no venga».
Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel: «Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este».
Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.
Hermanos:
Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor.
Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas.
Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas. Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, descubierto es luz.
Por eso dice: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará».
En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?».
Unos decían: «El mismo».
Otros decían: «No es él, pero se le parece».
El respondía: «Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de Los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó: «Que es un profeta».
Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
Él dijo: «Creo, Señor».
Y se postró ante él.
Palabra del Señor.
15 de Marzo 2026 – San Clemente María Hofbauer
Jan Dvorak - tal fue su verdadero nombre - sólo era alemán por parte de madre, y nació en Tasswitz, en la Moravia, hijo de un carnicero checo. Tuvo que ganarse la vida con ocupaciones muy diversas, entre ellas la de panadero, antes de conseguir ser sacerdote a los treinta y cuatro años.
Los redentoristas, orden a la que pertenecía, le destinaron a Varsovia, donde vitalizó un ambiente espiritual muy mortecino ocupándose solícitamente de los fieles polacos y de la nutrida colonia alemana; convirtió a muchos, fundó asilos, colegios y asociaciones religiosas, pero en 1808 Napoleón deshizo toda su labor dispersando a los suyos e incluso encerrándole en la cárcel.
"Lo que nos parece una contrariedad nos lleva hacia donde quiere Dios", decía; el nuevo escenario de su vida será mucho mayor y más resonante, Viena; allí san Clemente pasa de oscuro capellán de unas monjas ursulinas a convertirse en uno de los hombres más influyentes de la ciudad en la que se celebra el congreso cuyo objetivo es poner orden en la revuelta Europa de Napoleón.
Pero lo de menos es que altos personajes le consultaran, que mitigase la entrometida política del josefismo en asuntos de la Iglesia o que reuniera a su alrededor a intelectuales, artistas, estudiantes y profesores, núcleo de un romanticismo católico (Schlegel, el poeta Brentano, el pintor Overbeck). Fue sobre todo el sacerdote humilde y celosísimo del confesonario y el púlpito, de las visitas a pobres y a agonizantes, de la caridad y la plegaria. Un contemporáneo les equiparó a Napoleón y a Goethe como quien compara el estruendo humano a una vigilia del espíritu esperanzada y fecunda.
Los redentoristas, orden a la que pertenecía, le destinaron a Varsovia, donde vitalizó un ambiente espiritual muy mortecino ocupándose solícitamente de los fieles polacos y de la nutrida colonia alemana; convirtió a muchos, fundó asilos, colegios y asociaciones religiosas, pero en 1808 Napoleón deshizo toda su labor dispersando a los suyos e incluso encerrándole en la cárcel.
"Lo que nos parece una contrariedad nos lleva hacia donde quiere Dios", decía; el nuevo escenario de su vida será mucho mayor y más resonante, Viena; allí san Clemente pasa de oscuro capellán de unas monjas ursulinas a convertirse en uno de los hombres más influyentes de la ciudad en la que se celebra el congreso cuyo objetivo es poner orden en la revuelta Europa de Napoleón.
Pero lo de menos es que altos personajes le consultaran, que mitigase la entrometida política del josefismo en asuntos de la Iglesia o que reuniera a su alrededor a intelectuales, artistas, estudiantes y profesores, núcleo de un romanticismo católico (Schlegel, el poeta Brentano, el pintor Overbeck). Fue sobre todo el sacerdote humilde y celosísimo del confesonario y el púlpito, de las visitas a pobres y a agonizantes, de la caridad y la plegaria. Un contemporáneo les equiparó a Napoleón y a Goethe como quien compara el estruendo humano a una vigilia del espíritu esperanzada y fecunda.
sábado, 14 de marzo de 2026
Lecturas del 14/03/2026
Vamos, volvamos al Señor.
Porque él ha desgarrado, y él nos curará; él nos ha golpeado, y él nos vendará.
En dos días nos volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir; viviremos en su presencia y comprenderemos.
Procuremos conocer al Señor.
Su manifestación es segura como la aurora.
Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra».
¿Qué haré de ti, Efraín, qué haré de ti, Judá?
Vuestro amor es como nube mañanera, como el rocío que al alba desaparece.
Sobre una roca tallé mis mandamientos; los castigué por medio de los profetas con las palabras de mi boca.
Mi juicio se manifestará como la luz.
Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos.
En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Palabra del Señor.
14 de Marzo 2026 – Beata Eva de Lieja
En Lieja, en la Lorena, beata Eva del Monte Cornelio, reclusa junto al cenobio de San Martín, que, junto con santa Juliana, priora del mismo cenobio, trabajó mucho para que el papa Urbano IV instituyese la fiesta del Cuerpo de Cristo.
Las noticias que nos han llegado aparecen en la «Vita Julianae», es decir, en la vida de santa Juliana de Cornillon. Eva nació en Lieja, en un ambiente acomodado, y experimentó un conflicto entre la vida civil y la de reclusa; su vocación no fue inmediatamente clara, y Juliana influenció mucho en su decisión. El ambiente en el que se educó no era el más propicio para alimentar una profunda vida cristiana. Era un mar de dudas. Poco a poco, sin embargo, su íntima amiga santa Juliana de Cornillón le fue aclarando todo su rico manantial -aunque inexplorado- de su alma estupenda.
La amistad sincera ayuda en momentos cruciales de la existencia. Guiada, pues, por su amiga entró en el convento cisterciense de San Martín de Lieja (Bélgica). Tuvo la fortuna de que la visitara a menudo su amiga. Le confiaba el gozo que sentía de haber fundado un instituto dedicado a la glorificación del Sacramento de la Eucaristía. Por diversas circunstancias, la beata Juliana tuvo que salir para estar junto a su amiga Eva en el mismo convento. Aquí fue donde Eva constató personalmente los arrebatos místicos de su amiga. Al principio dudaba de que los tuviera. Se convenció más tarde del alto grado de santidad de su amiga y de los éxtasis con que Dios le regalaba.
Gracias a las dos, el papa Urbano IV publicó la Bula en la que anunciaba la fiesta de la institución de la fiesta del Corpus para toda la Iglesia. Esta Bula es un documento importante de la fecha de la institución, en agosto- septiembre del año 1264. Justamente, al año siguiente moría en olor de santidad. Se le da de forma indistinta el título de santa o beata.
Sus restos mortales por una u otras razones han ido de aquí para allá hasta el 18 de diciembre de 1746, fecha en la que se colocaron en el altar de san Martín. Su popularidad va siempre unida a Juliana. El culto fue aprobado el 22 de abril de 1902 por León XIII, y se celebra en Lieja el 14 de marzo, y el 25 de junio en otras regiones.
Las noticias que nos han llegado aparecen en la «Vita Julianae», es decir, en la vida de santa Juliana de Cornillon. Eva nació en Lieja, en un ambiente acomodado, y experimentó un conflicto entre la vida civil y la de reclusa; su vocación no fue inmediatamente clara, y Juliana influenció mucho en su decisión. El ambiente en el que se educó no era el más propicio para alimentar una profunda vida cristiana. Era un mar de dudas. Poco a poco, sin embargo, su íntima amiga santa Juliana de Cornillón le fue aclarando todo su rico manantial -aunque inexplorado- de su alma estupenda.
La amistad sincera ayuda en momentos cruciales de la existencia. Guiada, pues, por su amiga entró en el convento cisterciense de San Martín de Lieja (Bélgica). Tuvo la fortuna de que la visitara a menudo su amiga. Le confiaba el gozo que sentía de haber fundado un instituto dedicado a la glorificación del Sacramento de la Eucaristía. Por diversas circunstancias, la beata Juliana tuvo que salir para estar junto a su amiga Eva en el mismo convento. Aquí fue donde Eva constató personalmente los arrebatos místicos de su amiga. Al principio dudaba de que los tuviera. Se convenció más tarde del alto grado de santidad de su amiga y de los éxtasis con que Dios le regalaba.
Gracias a las dos, el papa Urbano IV publicó la Bula en la que anunciaba la fiesta de la institución de la fiesta del Corpus para toda la Iglesia. Esta Bula es un documento importante de la fecha de la institución, en agosto- septiembre del año 1264. Justamente, al año siguiente moría en olor de santidad. Se le da de forma indistinta el título de santa o beata.
Sus restos mortales por una u otras razones han ido de aquí para allá hasta el 18 de diciembre de 1746, fecha en la que se colocaron en el altar de san Martín. Su popularidad va siempre unida a Juliana. El culto fue aprobado el 22 de abril de 1902 por León XIII, y se celebra en Lieja el 14 de marzo, y el 25 de junio en otras regiones.
viernes, 13 de marzo de 2026
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