martes, 6 de enero de 2026
06 de Enero 2026 – Epifanía del Señor
La Iglesia en su liturgia considera la obra de la Redención más en su sentido místico que en su sentido demasiado realístico. Más que el simple hecho histórico, le interesa el sacramento, el misterio. En cierto modo, la Iglesia podría decir con San Pablo: "Si conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no le conocemos". En el sentido: que ahora vemos la razón y el fin de todas sus obras. ¡Cuántas veces confiesan los mismos evangelistas que mientras vivió Jesús no comprendieron el alcance y significación de sus actos! Y el mismo Cristo dice: "Lo que yo hago no lo comprendes ahora, lo verás después".
En esta concepción de la obra de Cristo es donde encuentran muchos fieles la mayor dificultad para vivir liturgia. Atados a la letra, a la historia, al hecho concreto, quedan desorientados ante las visiones panorámicas, totales, completas de la liturgia. Si la fiesta de Navidad está ya llena de contrastes de la visión total del misterio, pues Aquel mismo que considera en el pesebre, se le aparece llevando sobre sus hombros las insignias del poder; esto se acentúa más en la fiesta de la Epifanía.
Al fin y al cabo el objeto de la fiesta de Navidad, de origen occidental, romano concretamente, es único y claro como su mismo nombre latino: "Nativitas". En cambio, en la Epifanía no sólo el nombre griego de esta fiesta - aparecida en Oriente - es misterioso, sino que su mismo objeto es complejo. No es extraño que si Navidad para muchos no pasa de ser una feliz nochebuena con cánticos al Niño Jesús, Epifanía quede reducida a "la fiesta de los Reyes".
Es una tendencia espontánea de los pueblos activos de Occidente el convertir los misterios en devociones que a veces no expresan más que aspectos muy secundarios de los mismos, pero que hablan más al sentimiento que a la razón.
Con todo, fundamentalmente, Navidad y Epifanía celebran un mismo hecho: el advenimiento de Dios en este mundo; solo que la primera de estas festividades lo celebra sobre todo bajo el punto de vista histórico, y la segunda bajo el punto de vista teológico e ideológico. Cuando, a fines del siglo IV, Roma aceptó la fiesta oriental del 6 de enero y el Oriente la romana del 25 de diciembre, ambas pudieron conservar su propio carácter y se completaron mutuamente.
Epifanía representa el desarrollo completo del misterio de Navidad. "El que aquel día nació de la Virgen - dice San León -, hoy ha sido reconocido por el mundo entero". Dios ha aparecido en el mundo no solamente tomando carne mortal, sino manifestándose a los hombres, mostrando sus obras y su poder, y tomando posesión de su: Pueblo al modo que los antiguos reyes la tomaban solemnemente de sus ciudades. Todo esto ha significado en el decurso del tiempo la palabra epifanía – o más tarde teofanía – y algo de esto se encuentra en la rica liturgia de esta festividad. En la adoración de los Magos han visto todos los Santos Padres la manifestación de Cristo a los paganos y al mundo en general, en el milagro de las Bodas de Caná la manifestación de su poder y en el Bautismo del Jordán, la purificación y toma de posesión de su Iglesia y de cada una de las almas.
Este es el triple misterio de la Epifanía, que resume admirablemente la antífona del Benedictus de la fiesta que, al mismo tiempo, nos hace ver la vida sacramental de la Iglesia: "Hoy la Iglesia se ha unido al Esposo celestial, pues en el Jordán Él la lavó de sus crímenes. Los Magos corren con sus presentes a las nupcias reales y los invitados se regocijan del agua convertida en vino".
En esta antífona se nos presenta la aparición de Dios en el mundo bajo el símbolo nupcial, tan usado en el Antiguo y Nuevo Testamento para expresar la unión de Dios con su pueblo. Yavé es el esposo; el pueblo de Israel, la esposa. Cristo el esposo, y la Iglesia la esposa. La esposa de Yavé fue infiel y, por lo tanto, repudiada por Dios. La esposa de Cristo, lavada de sus iniquidades en el Jordán - bautismo - como reina, sin arruga ni mancilla, avanza con los Magos, que son sus primicias, hacia el convite real que le prepara su esposo, y se sienta a su lado en la mesa, donde se alimenta de su cuerpo y se llena de gozo con el vino de su sangre. Todavía quedaba subrayada esta idea de las nupcias reales en la Eucaristía con el milagro de la multiplicación del pan y de los peces, que durante muchos siglos se conmemoraba asimismo el día de la Epifanía.
¡He aquí la idea de la manifestación de Dios en el mundo en toda su extensión y profundidad! Dios, que como esposo divino sale de los tálamos eternos para darse a conocer a la humanidad con su presencia, con su poder y con su gracia sacramental, con la cual penetra en lo más profundo del alma, a la que se une más íntimamente que el esposo a la esposa, encarnándose en cierto modo en ella. Esta unión y transformación son el último desplegamiento de la gracia de Navidad.
No basta celebrar Navidad con alegría, entusiasmo y fervor. Para sacar todas las consecuencias del misterio, hay que vivirlo en lo más íntimo del corazón, meditándolo, revolviéndolo, como lo hacía María en estos días: "María, nos dice San Lucas, conservaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón". Como lo hace la Iglesia, que a medida que va alejándose de la festividad parece descubrir más profundas y nuevas perspectivas de aquel "grande y admirable sacramento" de "aquel maravilloso comercio". Todo lo que va de Navidad a Epifanía no es en la liturgia otra cosa que un engolfarse en el misterio.
Imposible exponer aquí todo el riquísimo oficio de la Epifanía; pero sí que tenemos que comentar brevemente la solemne y grandiosa misa de la fiesta que litúrgicamente es de lo mejor que posee nuestro misal romano. En ella encontramos como estereotipada aquella grandeza, aquella sobriedad y aquel orden y lógica de la antigua Roma, pero envuelto todo ello con el carisma de la unción cristiana.
Reunidos espiritualmente en la Basílica de San Pedro - la basílica de la catolicidad - vemos entrar el Papa con toda la esplendidez de ministros, mientras el coro canta la antífona del Introito, canto hoy verdaderamente de entrada. "He aquí cómo viene el Señor dominador y en su mano están el reino, el poder y el imperio".
¿No hemos clamado durante todo el Adviento con aquel fervoroso e impetuoso "ven, Señor"? "He aquí que viene", se nos dice hoy. Y con la fe: en el Papa que entra en la iglesia de la cristiandad, en el obispo que hace su entrada en la catedral, en el párroco en su parroquia o cualquier sacerdote en su iglesia. Recibimos nosotros la visita, la concreta epifanía del Señor para cada uno de nosotros. El salmo entero del Introito, cuyos versículos se cantan al avanzar el sacerdote hacia el altar, nos descubre todo el valor profético de la entrada del Señor en este mundo y en su Iglesia.
Como los Magos por la estrella, así nosotros somos conducidos por la fe hacia Dios. Pero la fe debe terminar en la visión de la magnificencia de Dios en su gloria. Es lo que pide la Colecta. La fe fue la primera aparición de Dios en nuestra alma; la fe es la estrella que nos hace hallar a Cristo en nuestra vida - como se lo hizo hallar a los Magos en la suya - y la fe es la que nos conducirá a su plena posesión en la gloria. He aquí la aparición de Cristo en toda su dimensión que nos hace implorar la Colecta.
Esta magnífica aparición de Dios a la humanidad había sido preparada desde todos los siglos y frecuentemente anunciada por los profetas del Antiguo Testamento. La epístola de hoy es una de las más bellas de estas profecías. Con frases de una fuerza y colorido incomparable, nos describe aquí Isaías la gloria y grandeza de la Jerusalén ideal, que espiritualmente se realizan en la Iglesia. La Iglesia ha considerado esta profecía como un himno a su gracia, a su riqueza y a su gloria. Y por eso durante la Edad Media se cantaba esta epístola con una adornada melodía y su canto era envuelto de un rico ceremonial. Si la epístola nos presenta la profecía, el evangelio nos relata su histórica realización.
Como lazo de unión entre las dos lecturas está el canto del gradual y del aleluya. El gradual de hoy es un eco de la epístola, recoge unas frases características de la misma y las medita cantando. El aleluya, en cambio, anticipa, preparándolo, el evangelio, subrayando la idea principal de la fiesta: aparición y adoración, o luz y dones, que es también lo que expresa en otras palabras el gradual.
En el evangelio de hoy se ve claramente el sentido que la Iglesia da a la lectura de la palabra de Dios en la misa. No se trata solamente de escuchar una historia, una doctrina o una exhortación de labios del Señor. Es decir, el evangelio en la misa no es una lección de exégesis, de dogma o de moral, sino una presencia del Señor, el cual, por el sacramental de su palabra, nos prepara al Sacramento de su cuerpo, donde todo lo leído cobra eficacia y una realidad sobrenatural en nuestras almas. "'No digas - decía San Agustín - bienaventurados los que le vieron, oyeron, tocaron..., pues tú lo ves, lo oyes y tocas en su Evangelio". La lectura del evangelio en la misa es una verdadera epifanía del Señor. Por eso la liturgia envuelve esta lectura con un ceremonial tan Solemne como si acompañara al mismo Señor: ministros, incienso, velas, beso y canto solemne.
Hoy no sólo escucharnos la historia de los Magos como si fuera la de nuestra vocación, sino que con ellos y como ellos nos arrodillamos para adorar al Señor.
Ellos le adoraron en el pesebre, envuelto en pañales, y nosotros le adoramos en el cielo reinando y cubierto de gloria. Y así damos pleno sentido a su adoración y a la nuestra.
Con toda verdad podemos, por lo tanto, cantar en el Ofertorio que no sólo los reyes de Tarsis y de las islas, y los reyes de Arabia o de Saba presentan dones y ofrendas, sino que todos los reyes de la tierra le adoran y las gentes le sirven. Entre esta multitud cósmica, nuestra adoración cobra una proporción y un sentido insospechado. ¡Qué bello seria expresar esta adoración y consagración ofreciendo hoy los dones al altar! Dones - el pan y el vino del sacrificio que, como dice admirablemente la Secreta de hoy, no son ya oro, incienso o mirra, sino los dones de la Iglesia en los cuales Cristo, juntamente con ella, será ofrecido e inmolado para entregarse luego como alimento de su esposa. He aquí el don perfecto.
El Señor apareció en nuestra carne mortal para transe inmortalizarla. Siempre que recibimos la Eucaristía somos restaurados "con la nueva luz de su inmortalidad", como dice el Prefacio. Gracias a la misa, hoy tendrá una realidad sublime para cada uno de nosotros la Epifanía del Señor; aquí no sólo la celebramos y la meditamos. Sino que la vivimos. ¡Qué significación tiene así la antífona de la Comunión: "Hemos visto su estrella en Oriente y venimos con dones a adorar al Señor"!
Nuestro corazón - después de la Sagrada Comunión - es el pesebre y el trono del Señor a la vez, allí hemos de ofrecerle el oro de nuestro amor, el incienso de nuestra adoración y la mirra de nuestra mortificación.
"Viene", "aparece", "hemos visto", "venimos", son las palabras que se repiten en la misa de hoy y que suponen una sublime realidad.
Pero para poder ver esta luz, y darse cuenta de esta realidad, se necesita tener los ojos claros.
Moisés temblaba ante la presencia de Dios. Isaías exclamaba: "¡Ay de mí, Señor, que soy hombre de labios impuros!"
Los misterios del Señor exigen la pureza de nuestro corazón. Sólo así podemos comprenderlos y vivirlos en una perpetua epifanía allá en lo íntimo de nuestra alma purificada por la gracia de Dios.
Este es el fruto que nos hace pedir la Poscomunión de hoy "que purificado nuestro espíritu, tengamos la inteligencia del misterio que celebramos".
¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!
En esta concepción de la obra de Cristo es donde encuentran muchos fieles la mayor dificultad para vivir liturgia. Atados a la letra, a la historia, al hecho concreto, quedan desorientados ante las visiones panorámicas, totales, completas de la liturgia. Si la fiesta de Navidad está ya llena de contrastes de la visión total del misterio, pues Aquel mismo que considera en el pesebre, se le aparece llevando sobre sus hombros las insignias del poder; esto se acentúa más en la fiesta de la Epifanía.
Al fin y al cabo el objeto de la fiesta de Navidad, de origen occidental, romano concretamente, es único y claro como su mismo nombre latino: "Nativitas". En cambio, en la Epifanía no sólo el nombre griego de esta fiesta - aparecida en Oriente - es misterioso, sino que su mismo objeto es complejo. No es extraño que si Navidad para muchos no pasa de ser una feliz nochebuena con cánticos al Niño Jesús, Epifanía quede reducida a "la fiesta de los Reyes".
Es una tendencia espontánea de los pueblos activos de Occidente el convertir los misterios en devociones que a veces no expresan más que aspectos muy secundarios de los mismos, pero que hablan más al sentimiento que a la razón.
Con todo, fundamentalmente, Navidad y Epifanía celebran un mismo hecho: el advenimiento de Dios en este mundo; solo que la primera de estas festividades lo celebra sobre todo bajo el punto de vista histórico, y la segunda bajo el punto de vista teológico e ideológico. Cuando, a fines del siglo IV, Roma aceptó la fiesta oriental del 6 de enero y el Oriente la romana del 25 de diciembre, ambas pudieron conservar su propio carácter y se completaron mutuamente.
Epifanía representa el desarrollo completo del misterio de Navidad. "El que aquel día nació de la Virgen - dice San León -, hoy ha sido reconocido por el mundo entero". Dios ha aparecido en el mundo no solamente tomando carne mortal, sino manifestándose a los hombres, mostrando sus obras y su poder, y tomando posesión de su: Pueblo al modo que los antiguos reyes la tomaban solemnemente de sus ciudades. Todo esto ha significado en el decurso del tiempo la palabra epifanía – o más tarde teofanía – y algo de esto se encuentra en la rica liturgia de esta festividad. En la adoración de los Magos han visto todos los Santos Padres la manifestación de Cristo a los paganos y al mundo en general, en el milagro de las Bodas de Caná la manifestación de su poder y en el Bautismo del Jordán, la purificación y toma de posesión de su Iglesia y de cada una de las almas.
Este es el triple misterio de la Epifanía, que resume admirablemente la antífona del Benedictus de la fiesta que, al mismo tiempo, nos hace ver la vida sacramental de la Iglesia: "Hoy la Iglesia se ha unido al Esposo celestial, pues en el Jordán Él la lavó de sus crímenes. Los Magos corren con sus presentes a las nupcias reales y los invitados se regocijan del agua convertida en vino".
En esta antífona se nos presenta la aparición de Dios en el mundo bajo el símbolo nupcial, tan usado en el Antiguo y Nuevo Testamento para expresar la unión de Dios con su pueblo. Yavé es el esposo; el pueblo de Israel, la esposa. Cristo el esposo, y la Iglesia la esposa. La esposa de Yavé fue infiel y, por lo tanto, repudiada por Dios. La esposa de Cristo, lavada de sus iniquidades en el Jordán - bautismo - como reina, sin arruga ni mancilla, avanza con los Magos, que son sus primicias, hacia el convite real que le prepara su esposo, y se sienta a su lado en la mesa, donde se alimenta de su cuerpo y se llena de gozo con el vino de su sangre. Todavía quedaba subrayada esta idea de las nupcias reales en la Eucaristía con el milagro de la multiplicación del pan y de los peces, que durante muchos siglos se conmemoraba asimismo el día de la Epifanía.
¡He aquí la idea de la manifestación de Dios en el mundo en toda su extensión y profundidad! Dios, que como esposo divino sale de los tálamos eternos para darse a conocer a la humanidad con su presencia, con su poder y con su gracia sacramental, con la cual penetra en lo más profundo del alma, a la que se une más íntimamente que el esposo a la esposa, encarnándose en cierto modo en ella. Esta unión y transformación son el último desplegamiento de la gracia de Navidad.
No basta celebrar Navidad con alegría, entusiasmo y fervor. Para sacar todas las consecuencias del misterio, hay que vivirlo en lo más íntimo del corazón, meditándolo, revolviéndolo, como lo hacía María en estos días: "María, nos dice San Lucas, conservaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón". Como lo hace la Iglesia, que a medida que va alejándose de la festividad parece descubrir más profundas y nuevas perspectivas de aquel "grande y admirable sacramento" de "aquel maravilloso comercio". Todo lo que va de Navidad a Epifanía no es en la liturgia otra cosa que un engolfarse en el misterio.
Imposible exponer aquí todo el riquísimo oficio de la Epifanía; pero sí que tenemos que comentar brevemente la solemne y grandiosa misa de la fiesta que litúrgicamente es de lo mejor que posee nuestro misal romano. En ella encontramos como estereotipada aquella grandeza, aquella sobriedad y aquel orden y lógica de la antigua Roma, pero envuelto todo ello con el carisma de la unción cristiana.
Reunidos espiritualmente en la Basílica de San Pedro - la basílica de la catolicidad - vemos entrar el Papa con toda la esplendidez de ministros, mientras el coro canta la antífona del Introito, canto hoy verdaderamente de entrada. "He aquí cómo viene el Señor dominador y en su mano están el reino, el poder y el imperio".
¿No hemos clamado durante todo el Adviento con aquel fervoroso e impetuoso "ven, Señor"? "He aquí que viene", se nos dice hoy. Y con la fe: en el Papa que entra en la iglesia de la cristiandad, en el obispo que hace su entrada en la catedral, en el párroco en su parroquia o cualquier sacerdote en su iglesia. Recibimos nosotros la visita, la concreta epifanía del Señor para cada uno de nosotros. El salmo entero del Introito, cuyos versículos se cantan al avanzar el sacerdote hacia el altar, nos descubre todo el valor profético de la entrada del Señor en este mundo y en su Iglesia.
Como los Magos por la estrella, así nosotros somos conducidos por la fe hacia Dios. Pero la fe debe terminar en la visión de la magnificencia de Dios en su gloria. Es lo que pide la Colecta. La fe fue la primera aparición de Dios en nuestra alma; la fe es la estrella que nos hace hallar a Cristo en nuestra vida - como se lo hizo hallar a los Magos en la suya - y la fe es la que nos conducirá a su plena posesión en la gloria. He aquí la aparición de Cristo en toda su dimensión que nos hace implorar la Colecta.
Esta magnífica aparición de Dios a la humanidad había sido preparada desde todos los siglos y frecuentemente anunciada por los profetas del Antiguo Testamento. La epístola de hoy es una de las más bellas de estas profecías. Con frases de una fuerza y colorido incomparable, nos describe aquí Isaías la gloria y grandeza de la Jerusalén ideal, que espiritualmente se realizan en la Iglesia. La Iglesia ha considerado esta profecía como un himno a su gracia, a su riqueza y a su gloria. Y por eso durante la Edad Media se cantaba esta epístola con una adornada melodía y su canto era envuelto de un rico ceremonial. Si la epístola nos presenta la profecía, el evangelio nos relata su histórica realización.
Como lazo de unión entre las dos lecturas está el canto del gradual y del aleluya. El gradual de hoy es un eco de la epístola, recoge unas frases características de la misma y las medita cantando. El aleluya, en cambio, anticipa, preparándolo, el evangelio, subrayando la idea principal de la fiesta: aparición y adoración, o luz y dones, que es también lo que expresa en otras palabras el gradual.
En el evangelio de hoy se ve claramente el sentido que la Iglesia da a la lectura de la palabra de Dios en la misa. No se trata solamente de escuchar una historia, una doctrina o una exhortación de labios del Señor. Es decir, el evangelio en la misa no es una lección de exégesis, de dogma o de moral, sino una presencia del Señor, el cual, por el sacramental de su palabra, nos prepara al Sacramento de su cuerpo, donde todo lo leído cobra eficacia y una realidad sobrenatural en nuestras almas. "'No digas - decía San Agustín - bienaventurados los que le vieron, oyeron, tocaron..., pues tú lo ves, lo oyes y tocas en su Evangelio". La lectura del evangelio en la misa es una verdadera epifanía del Señor. Por eso la liturgia envuelve esta lectura con un ceremonial tan Solemne como si acompañara al mismo Señor: ministros, incienso, velas, beso y canto solemne.
Hoy no sólo escucharnos la historia de los Magos como si fuera la de nuestra vocación, sino que con ellos y como ellos nos arrodillamos para adorar al Señor.
Ellos le adoraron en el pesebre, envuelto en pañales, y nosotros le adoramos en el cielo reinando y cubierto de gloria. Y así damos pleno sentido a su adoración y a la nuestra.
Con toda verdad podemos, por lo tanto, cantar en el Ofertorio que no sólo los reyes de Tarsis y de las islas, y los reyes de Arabia o de Saba presentan dones y ofrendas, sino que todos los reyes de la tierra le adoran y las gentes le sirven. Entre esta multitud cósmica, nuestra adoración cobra una proporción y un sentido insospechado. ¡Qué bello seria expresar esta adoración y consagración ofreciendo hoy los dones al altar! Dones - el pan y el vino del sacrificio que, como dice admirablemente la Secreta de hoy, no son ya oro, incienso o mirra, sino los dones de la Iglesia en los cuales Cristo, juntamente con ella, será ofrecido e inmolado para entregarse luego como alimento de su esposa. He aquí el don perfecto.
El Señor apareció en nuestra carne mortal para transe inmortalizarla. Siempre que recibimos la Eucaristía somos restaurados "con la nueva luz de su inmortalidad", como dice el Prefacio. Gracias a la misa, hoy tendrá una realidad sublime para cada uno de nosotros la Epifanía del Señor; aquí no sólo la celebramos y la meditamos. Sino que la vivimos. ¡Qué significación tiene así la antífona de la Comunión: "Hemos visto su estrella en Oriente y venimos con dones a adorar al Señor"!
Nuestro corazón - después de la Sagrada Comunión - es el pesebre y el trono del Señor a la vez, allí hemos de ofrecerle el oro de nuestro amor, el incienso de nuestra adoración y la mirra de nuestra mortificación.
"Viene", "aparece", "hemos visto", "venimos", son las palabras que se repiten en la misa de hoy y que suponen una sublime realidad.
Pero para poder ver esta luz, y darse cuenta de esta realidad, se necesita tener los ojos claros.
Moisés temblaba ante la presencia de Dios. Isaías exclamaba: "¡Ay de mí, Señor, que soy hombre de labios impuros!"
Los misterios del Señor exigen la pureza de nuestro corazón. Sólo así podemos comprenderlos y vivirlos en una perpetua epifanía allá en lo íntimo de nuestra alma purificada por la gracia de Dios.
Este es el fruto que nos hace pedir la Poscomunión de hoy "que purificado nuestro espíritu, tengamos la inteligencia del misterio que celebramos".
¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!
Lecturas del 06/01/2026
¡Levántate y resplandece, Jerusalén, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!
Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, y su gloria se verá sobre ti.
Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora.
Levanta la vista en torno, mira: todos esos se han reunido, vienen hacia ti; llegan tus hijos desde lejos, a tus hijas las traen en brazos.
Entonces lo verás, y estarás radiante; tu corazón se asombrará, se ensanchará, porque la opulencia del mar se vuelca sobre ti, y a ti llegan las riquezas de los pueblos.
Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y de Efá.
Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso, y proclaman las alabanzas del Señor.
Hermanos:
Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor de vosotros, los gentiles.
Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio.
Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: « ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.
Palabra del Señor.
06 de Enero 2026 – San Abo de Tiflis
Nació en Bagdag y era hijo de Abrahám, árabe ismaelita, y fue educado en la religión musulmana. Con 17 o 18 años ingresó como experto en perfumería y en escritura árabe en el séquito de Nerses, hijo de Ardanases, etnarca de Kharthli, que había caído en desgracia durante el califato abasí de Abd-Allah al Mansur, (754-775), y había sido encarcelado en Bagdag. Cuando Nerses, liberado por el sucesor de al-Mansur, Mohammad al-Mahdi (775-785), con la amnistía del 776, dejó Bagdag, Abo lo siguió y enriqueció su vasta cultura con el estudio del ibérico, de la Biblia y de los primeros rudimentos de la religión cristiana que, introducida en Georgia bajo Constantino, era, desde tiempos de Justiniano, religión de Estado.
A pesar de su rápida adhesión a la verdadera fe, retrasaba Abo el bautismo por el temor a los musulmanes, dueños de Georgia desde el 650 y enemigos tradicionales del cristianismo, baluarte filo-bizantino del nacionalismo georgiano. Pero Nerses no tardó en perder el favor del nuevo califa: dejó el país por Osseth junto a 300 prófugos y Abo, que desde este momento o siguió en cada peregrinación. Nerses guio al grupo a las tierras septentrionales donde residían los hijos de Magog, los kázaros, hombres agrestes de aspecto terrible y de costumbres despiadadas, bebedores de sangre y desobediente a cualquier ley “excepto aquella de un Dios creador”. Los kázaros los acogieron como enemigos de sus enemigos ofreciéndoles comida y alojamiento. Abo encontró el coraje de profesarse cristiano, de dedicarse a la oración y al ayuno, de recibir el bautismo. Nerses pidió al rey de los kázaros proseguir a través de su territorio hasta el de los abasgos, donde había enviado a sus familiares y sus pertenencias desde que la burocracia árabe había comenzado a mostrarse hostil.
Mientras tanto Esteban, sobrino de Nerses, había obtenido del califa Al Mahdi el etnarcato de Tiflis y, juzgando que era imposible el regreso, Abo decidió volver a su patria. En vano consiguieron convencerle de no echarse en manos de sus antiguos correligionarios, que habían impuesto la religión musulmana. Abo, era para los árabes un infiel, pero siguió a Nerses a Tiflis, donde permaneció tres años viviendo de la caridad y conquistándose la fama de perfecto cristiano. Hacia el 785, el gobierno árabe lo hizo arrestar, pero el etnarca Esteban lo dejó libre. Los árabes se vengaron deponiendo de sus funciones al juez que se había atemorizado ante los georgianos. De nuevo fue detenido y le propusieron la apostasía. Su rechazo provocó su condena a muerte, y descuartizado su cadáver, que fue quemado, y luego dispersado en las aguas del río Mtcwar. Según la tradición, una columna de fuego señaló el lugar donde se encontraban los restos. Las reliquias fueron recuperadas y trasladadas a Tiflis en la capilla erigida en el lugar de su martirio. Fue canonizado por el católico Samuel III
A pesar de su rápida adhesión a la verdadera fe, retrasaba Abo el bautismo por el temor a los musulmanes, dueños de Georgia desde el 650 y enemigos tradicionales del cristianismo, baluarte filo-bizantino del nacionalismo georgiano. Pero Nerses no tardó en perder el favor del nuevo califa: dejó el país por Osseth junto a 300 prófugos y Abo, que desde este momento o siguió en cada peregrinación. Nerses guio al grupo a las tierras septentrionales donde residían los hijos de Magog, los kázaros, hombres agrestes de aspecto terrible y de costumbres despiadadas, bebedores de sangre y desobediente a cualquier ley “excepto aquella de un Dios creador”. Los kázaros los acogieron como enemigos de sus enemigos ofreciéndoles comida y alojamiento. Abo encontró el coraje de profesarse cristiano, de dedicarse a la oración y al ayuno, de recibir el bautismo. Nerses pidió al rey de los kázaros proseguir a través de su territorio hasta el de los abasgos, donde había enviado a sus familiares y sus pertenencias desde que la burocracia árabe había comenzado a mostrarse hostil.
Mientras tanto Esteban, sobrino de Nerses, había obtenido del califa Al Mahdi el etnarcato de Tiflis y, juzgando que era imposible el regreso, Abo decidió volver a su patria. En vano consiguieron convencerle de no echarse en manos de sus antiguos correligionarios, que habían impuesto la religión musulmana. Abo, era para los árabes un infiel, pero siguió a Nerses a Tiflis, donde permaneció tres años viviendo de la caridad y conquistándose la fama de perfecto cristiano. Hacia el 785, el gobierno árabe lo hizo arrestar, pero el etnarca Esteban lo dejó libre. Los árabes se vengaron deponiendo de sus funciones al juez que se había atemorizado ante los georgianos. De nuevo fue detenido y le propusieron la apostasía. Su rechazo provocó su condena a muerte, y descuartizado su cadáver, que fue quemado, y luego dispersado en las aguas del río Mtcwar. Según la tradición, una columna de fuego señaló el lugar donde se encontraban los restos. Las reliquias fueron recuperadas y trasladadas a Tiflis en la capilla erigida en el lugar de su martirio. Fue canonizado por el católico Samuel III
lunes, 5 de enero de 2026
Lecturas del 05/01/2026
Queridos hermanos:
Este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros.
No seamos como Caín, que procedía del Maligno y asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo asesinó? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran justas.
No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie; nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte.
El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva permanentemente en sí vida eterna. En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Pero si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?
Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.
En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestro corazón ante él, en caso de que nos condene nuestro corazón, pues Dios es mayor que nuestro corazón y lo conoce todo. Queridos, si el corazón no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios.
En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: «Sígueme».
Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret».
Natanael le replicó: « ¿De Nazaret puede salir algo bueno?».
Felipe le contestó: «Ven y verás».
Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño».
Natanael le contesta: « ¿De qué me conoces?».
Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Jesús le contestó: « ¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores».
Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».
Palabra del Señor.
05 de Enero 2026 – San Simeón el Estilita
En la conciencia de la gente, desde su vida fue santo. Aunque su ascetismo extremista que lo llevaba hasta lastimar seriamente su cuerpo, provocó entre algunas dudas y extrañezas, no pudo, sin embargo, evitar el reconocimiento, por parte de muchos, de los dones y gracias que Cristo dio a su amado discípulo Simeón y, por él, a la Iglesia.
Simeón nació en el año 392, al norte de Siria. Creció cuidando el ganado de su padre quien diariamente lo mandaba al monte a pastorear a las ovejas. Quizás este tipo de trabajo sembró en sí mismo el espíritu del monaquismo y el hábito de sentirse en soledad con la naturaleza para invocar al Señor de todo.
Un día nevado, en que no pudo llevar a pastar el ganado, vino a su mente la idea de ir a la iglesia. Ahí escuchó al diácono que leía el evangelio: “bienaventurados los que ahora lloran… ay de vosotros los que ahora ríen … bienaventurados los puros de corazón” y estas palabras movieron su espíritu. Al preguntar cómo podría conseguir estas bienaventuranzas, le platicaron sobre la vida monástica. Aquel día le fascinó lo que escuchó sobre esta vida, y comenzó a orar muchas horas sin cesar hasta que se durmió. Y en su sueño vio esta visión: él mismo como si estuviera escarbando el cimientos de una construcción y, de repente, escucha una voz: “esto no es suficiente; profundiza más” él continua escarbando más la voz se repite cuatro veces hasta que, al final, escucha: “es suficiente; ahora inicia la construcción, será más fácil; así tienes que someterte a ti mismo para que asciendas a las perfecciones más altas.”
Al levantarse se sintió lleno de valor y fuerza celestial, y así acudió a un monasterio cercano en donde ingresó y pasó allí 10 años, sobrepasando a sus compañeros en esfuerzo y disciplina. Buscando imitar más a los ascetas, y con la bendición del abad, salió al desierto y allá practicó su ascetismo en una celda sin techo y se dedicó a la oración y a los ayunos, sin que los cambios del tiempo fueran obstáculo.
Para evitar la tentación de mudar de lugar, ató su pie derecha a una piedra con una cadena férrea de 20 metros. Un día pasó por él un obispo sabio, llamado Meletio, y al ver al asceta Simeón en aquella posición le dijo: “querido padre Simeón, los férreos grillos son para los brutos animales, más para el hombre su voluntad es suficiente junto con la divina Gracia.” Así Simeón obedeció con humildad y rompió las cadenas.
Legiones de peregrinos llegaban a visitarlo y a conocerlo. Pero él temiendo la fama (vanagloria) y perder el espíritu del silencio, escapó a las montañas y allá construyó una columna de más de 20 metros de altura quedándose a vivir en la parte superior. Simeón practicó su ascetismo allí más de 30 años.
Mas la gente lo seguía buscando y su fama, día a día, se difundía hasta los lugares más lejanos.
Llegaban a visitarlo árabes, romanos, persas … algunos venían por curiosidad, otros por bendiciones y otros más por su enseñanza, pero todos, al ver su humildad, sencillez y firmeza, regresaban con arrepentimiento y llenos de paz. Él salía de su soledad dos veces cada día para enseñar, consolar, escuchar y juzgar sobre diferencias, y para curar las enfermedades.
Se dice que los ascetas cercanos se sorprendieron de su extraña manera de ascetismo, y estuvieron de acuerdo en mandarle un mensaje pidiéndole que bajara de su columna pensando así: “si obedece y baja, sabemos que está dirigido por el Espíritu de Dios, en cambio sí rechaza y resiste, es que está sometido por la soberbia y la vanagloria.” Simeón bajó de su columna y se postró ante los hermanos, ellos, en cambio, besaron su derecha y le suplicaron que volviera a la columna y que rogara por ellos.
Entregó su espíritu al Señor el primero de septiembre de 461 en la misma columna que él construyó y en donde se quedó 3 días postrado sin saberse que había pasado. Más cuando subieron, a preguntarle la causa de su silencio le encontraron muerto.
Por medio de sus reliquias se hicieron muchos milagros y de la columna por mucho tiempo se esparció una suave fragancia de perfume. Unos años después de su muerte (490), los monjes expresando su veneración a san Simeón, construyeron un monasterio y una inmensa catedral en forma de cruz con la columna en medio. Los restos de la catedral y de la columna se conservan hasta la fecha y el sitio, donde se encuentran, es un centro importante de peregrinación y bendición.
Simeón nació en el año 392, al norte de Siria. Creció cuidando el ganado de su padre quien diariamente lo mandaba al monte a pastorear a las ovejas. Quizás este tipo de trabajo sembró en sí mismo el espíritu del monaquismo y el hábito de sentirse en soledad con la naturaleza para invocar al Señor de todo.
Un día nevado, en que no pudo llevar a pastar el ganado, vino a su mente la idea de ir a la iglesia. Ahí escuchó al diácono que leía el evangelio: “bienaventurados los que ahora lloran… ay de vosotros los que ahora ríen … bienaventurados los puros de corazón” y estas palabras movieron su espíritu. Al preguntar cómo podría conseguir estas bienaventuranzas, le platicaron sobre la vida monástica. Aquel día le fascinó lo que escuchó sobre esta vida, y comenzó a orar muchas horas sin cesar hasta que se durmió. Y en su sueño vio esta visión: él mismo como si estuviera escarbando el cimientos de una construcción y, de repente, escucha una voz: “esto no es suficiente; profundiza más” él continua escarbando más la voz se repite cuatro veces hasta que, al final, escucha: “es suficiente; ahora inicia la construcción, será más fácil; así tienes que someterte a ti mismo para que asciendas a las perfecciones más altas.”
Al levantarse se sintió lleno de valor y fuerza celestial, y así acudió a un monasterio cercano en donde ingresó y pasó allí 10 años, sobrepasando a sus compañeros en esfuerzo y disciplina. Buscando imitar más a los ascetas, y con la bendición del abad, salió al desierto y allá practicó su ascetismo en una celda sin techo y se dedicó a la oración y a los ayunos, sin que los cambios del tiempo fueran obstáculo.
Para evitar la tentación de mudar de lugar, ató su pie derecha a una piedra con una cadena férrea de 20 metros. Un día pasó por él un obispo sabio, llamado Meletio, y al ver al asceta Simeón en aquella posición le dijo: “querido padre Simeón, los férreos grillos son para los brutos animales, más para el hombre su voluntad es suficiente junto con la divina Gracia.” Así Simeón obedeció con humildad y rompió las cadenas.
Legiones de peregrinos llegaban a visitarlo y a conocerlo. Pero él temiendo la fama (vanagloria) y perder el espíritu del silencio, escapó a las montañas y allá construyó una columna de más de 20 metros de altura quedándose a vivir en la parte superior. Simeón practicó su ascetismo allí más de 30 años.
Mas la gente lo seguía buscando y su fama, día a día, se difundía hasta los lugares más lejanos.
Llegaban a visitarlo árabes, romanos, persas … algunos venían por curiosidad, otros por bendiciones y otros más por su enseñanza, pero todos, al ver su humildad, sencillez y firmeza, regresaban con arrepentimiento y llenos de paz. Él salía de su soledad dos veces cada día para enseñar, consolar, escuchar y juzgar sobre diferencias, y para curar las enfermedades.
Se dice que los ascetas cercanos se sorprendieron de su extraña manera de ascetismo, y estuvieron de acuerdo en mandarle un mensaje pidiéndole que bajara de su columna pensando así: “si obedece y baja, sabemos que está dirigido por el Espíritu de Dios, en cambio sí rechaza y resiste, es que está sometido por la soberbia y la vanagloria.” Simeón bajó de su columna y se postró ante los hermanos, ellos, en cambio, besaron su derecha y le suplicaron que volviera a la columna y que rogara por ellos.
Entregó su espíritu al Señor el primero de septiembre de 461 en la misma columna que él construyó y en donde se quedó 3 días postrado sin saberse que había pasado. Más cuando subieron, a preguntarle la causa de su silencio le encontraron muerto.
Por medio de sus reliquias se hicieron muchos milagros y de la columna por mucho tiempo se esparció una suave fragancia de perfume. Unos años después de su muerte (490), los monjes expresando su veneración a san Simeón, construyeron un monasterio y una inmensa catedral en forma de cruz con la columna en medio. Los restos de la catedral y de la columna se conservan hasta la fecha y el sitio, donde se encuentran, es un centro importante de peregrinación y bendición.
domingo, 4 de enero de 2026
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