domingo, 29 de marzo de 2026
29 de Marzo 2026 – Domingo de RAMOS - Entrada Triunfal en JERUSALÉN
Un clamor jubiloso en medio de la noche, un momento de luz en medio de las tinieblas, una promesa de gloria delante de la muerte. El contraste nos impresiona: la tristeza se hace más triste, las tinieblas más lóbregas, el dolor más agudo y el miedo más temible. Y en medio de las aclamaciones corren las lágrimas de Dios y se estremecen los corazones de los hombres.
Oculto varias semanas entre las montañas de Efrén, Jesús acababa de aparecer en casa de sus amigos de Betania. Dos días antes, el viernes, fue el convite en casa de Simón el leproso, donde la Magdalena rompió su redoma de nardo. La Pascua se acercaba y las sendas que llevaban a Jerusalén estaban llenas de peregrinos. El Rabbí, con su grupo de discípulos y admiradores, se junta a una de las caravanas. Ya puede presentarse en la Ciudad Santa, porque todo lo que se dijo de Él está cumplido. Es el 10 de Nisán, cuando en las casas hebreas el padre de familia separa el cordero que ha de ser sacrificado cuatro días más tarde; el momento a propósito para que la víctima racional dé también el paso decisivo. La ceremonia va a tener todos los caracteres de una fiesta popular. Por un día, Jesús va a ser el Rey quimérico de las glorias mundanas que aguarda el pueblo de Israel. El río de la peregrinación se remansa en torno suyo: allí está la vanguardia del reino, la turba de las mujeres piadosas, las bandas de los curiosos y los sencillos y los grupos venidos de Galilea, abrigando tal vez la secreta esperanza de conmemorar en un triunfo antiguo del pueblo de Dios el principio de nuevas victorias. Las almas vibraban de júbilo y esperanza, y el Cielo aparecía gozoso como una promesa, abierto como en éxtasis de amor; un Cielo de primavera, que derramaba cataratas de luz sobre los valles en flor y levantaba graciosos murmullos entre los bosquecillos de sicómoros y palmeras, de olivos y de almendros.
El camino serpeaba entre colinas y arroyuelos; a la derecha se alzaba el monte del Olivar; a la izquierda se extiende la hondonada con su ajedrezado de jardines y barbechos de praderas y campos verdeantes. A uno y otro lado, bajo las copas de los terebintos y al resguardo de las tapias y altozanos, empiezan a levantarse las tiendas de los devotos que han venido para pasar aquellos días a la sombra del templo. En un momento todas quedan vacías: hombres, mujeres y niños se juntan al cortejo del Rabbí, hablando de sus resurrecciones, de su doctrina, de su poder y de su bondad. Todos quieren verle y saludarle, y poco a poco la admiración se transforma en entusiasmo, y el entusiasmo estalla en aplausos fragorosos. «Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en el nombre del Señor!», exclaman unos. «Hosanna al Hijo de David, al Rey de Israel!», responden otros; y los gritos repercuten por los campos vecinos, llenando el espacio de alborozada alegría.
En otro tiempo, cuando las turbas quisieron proclamarle Rey, Jesús había evitado el clamoreo popular con la fuga; pero ahora, ante esta manifestación tan espontánea y sincera, no solamente se deja llevar, sino que acepta el homenaje, algo inconsciente, de la multitud. Era como el postrer llamamiento a la dureza de corazón de sus enemigos, como argumento irrefragable de que, si iba a la muerte, iba voluntaria y libremente, y no por ninguna violencia y necesidad. Recordaba, además, las palabras con que Zacarías había profetizado este triunfo pasajero: «Alégrate, hija de Sion—había dicho—; salta de gozo, hija de Jerusalén; he aquí a tu Rey, que se acerca a ti, el Justo, el Salvador. Pobre y humilde, avanza sentado sobre una asnilla y un pollino.» La asnilla no ha aparecido todavía; pero Jesús llama a dos de sus discípulos y habla con ellos unos instantes. Allí cerca, en el caserío de Bethfagé, hallarán al animal atado; que lo suelten y se lo traigan, sin pedir permiso a nadie. Si el amo dice algo, responded que el Señor lo necesita. Fue cosa de un momento. La asnilla apareció mansa y silenciosa; los discípulos colocaron las capas sobre sus lomos, Jesús montó encima, y el desfile triunfal siguió avanzando en dirección de la ciudad.
El alborozo era ahora verdadero frenesí, los vítores estremecían el aire, los niños clamaban sin tregua, las mujeres agitaban sus pañuelos, los viejos lloraban; nuevos manifestantes salían a cada momento del bosque blandiendo ramos de palmeras, de arrayanes y de olivos, tremolándolos en alto, arrojándolos en el suelo y tributando al pacífico triunfador las más clamorosas ovaciones. Otros se quitaban sus mantos de fiesta y sus turbantes y los arrojaban al camino por donde iba a pasar el Señor, y la procesión continuaba entre follajes festivos, jirones de salmos, himnos de esperanza y ovaciones apasionadas: «¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito y glorioso sea su reino! ¡Ha llegado el reino de David, nuestro padre! ¡ Paz en el Cielo y gloria a Dios en las alturas!» Media vuelta en el camino, y allá, en el fondo, separada por el valle de Cedrón, bajo el manto de oro de la luz mañanera, proyectándose sobre el azul del Cielo, aparece Jerusalén, la ciudad de la perfecta hermosura, el regocijo de toda la tierra, la fortaleza de Dios fundada sobre collados altísimos, según las expresiones de los profetas, que ahora recordaba la triunfante comitiva. Altos muros, robustos torreones, edificios soberbios, palacios deslumbrantes, plazas bulliciosas, pórticos interminables, y dominándolo todo; el Templo, maravilla del mundo, orgullo de Israel y resumen de su historia, con sus murallas ciclópeas, sus puertas monumentales, sus pirámides y sus torres y sus arcadas y sus magníficas galerías cubiertas de plata y de mármol, en cuya brillante superficie, como en una montaña de nieve, relampagueaba la claridad de aquel día primaveral, un grito de admiración salió de todas las gargantas: habían llegado a la corte del gran rey, tenían delante los alcázares escogidos por Jehová, el trono en que había de triunfar la gloria del Mesías. Redoblaban los vítores, aumentaba el regocijo y engrosaba la muchedumbre, presa de una verdadera exaltación. Sólo Jesús parecía ajeno a aquella algarabía de fiesta; véasele absorto y como indiferente a cuanto rebullía en torno suyo. Su mirada, húmeda de compasión, se fijaba tenazmente en los pináculos y contrafuertes de la ciudad; los que caminaban junto a Él vieron las lágrimas correr por su rostro; mientras de sus labios salían estas conmovedoras palabras: «¡Ah Jerusalén, si conocieses, al menos hoy, lo que se te ha dado y lo que te puede traer la paz! Mas ahora todo está oculto a tus ojos. Tiempo vendrá en que tus enemigos te cercarán con trincheras y te estrecharán por todas partes. Te echarán por tierra a ti y a tus hijos, sin dejar en ti piedra sobre piedra, porque no conociste el día en que Dios te visitó para salvarte.»
A pesar de este incidente, las vivas continuaban, y la muchedumbre, que con sus ramos semejaba un bosque ambulante, descendía la pendiente del monte Moria. La primera cohorte cruzaba ya las puertas, y los ecos del vocerío iban a perderse entre los pórticos del Templo. «¿Qué sucede?», preguntaban las gentes desde las terrazas. Y algunas voces respondían: «Es Jesús, el Profeta de Nazareth.» Las calles se llenaban de curiosos; los espectadores se arracimaban en las azoteas, y por todas las encrucijadas venían grupos compactos, ansiosos de presenciar el espectáculo sublime. Pero no todos sonreían ni aplaudían. Había también fariseos altivos y severos, sacerdotes juiciosos y sensatos, que temblaban ante aquella deliciosa gritería. Para los prudentes, aquello era un verdadero desvarío; para los conservadores, un conato de revolución. Todo el que tenía un nombre, una dignidad, una escuela, un comercio, un negocio, un fragmento de autoridad en la plaza o en el Templo, tenía que sentirse profundamente alarmado; no podía aplaudir. Y si, además, tenía el corazón envenenado por el odio o por la envidia, en vez de aplaudir, debía rabiar y temblar. Sin embargo, en vista de aquel mar embravecido y de aquel estallido espontáneo de los nobles sentimientos del pueblo, las fuerzas vivas de la ciudad estuvieron bastante mesuradas y respetuosas. En nombre de todas ellas, unos cuantos señores graves, que escondían el miedo bajo los mantos doctorales, se acercaron a Jesús para decirle: «Maestro, haz callar a tus discípulos, pues sus gritos os comprometen y nos pueden comprometer a todos.» Y Jesús sin detenerse, contestó: «Yo os digo que si ellos callan, las piedras darán voces.» Era una declaración de guerra, un testimonio más de que Él era el Cristo, el que venía en el nombre del Señor. Y a pesar de los envidiosos y los timoratos. Jesús llegó hasta el Templo, dejó allí su cabalgadura y empezó a enseñar, a curar, a consolar y a discutir.
Tal es el ruidoso acontecimiento que la Iglesia conmemora en este día. También ella quiere reconocer la realeza de su Fundador. La Jerusalén de las almas se levanta como un solo hombre para salir al encuentro del divino Fundador. Jesús comienza su reinado en la tierra. En vano le rechaza Israel, tratando de borrar el título de la Cruz; «Jesús Nazareno, Rey de los judíos.» Es preciso que se cumpla la promesa que hizo el ángel a María: «El Señor le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre.» Dios le dará otro pueblo escogido, un Israel espiritual, que formará el imperio más grande de la tierra, y, al llegar el aniversario de este misterio glorioso, millones de almas repetirán el grito de los peregrinos de Galilea, «¡Hosanna al hijo de David!» Como un eco de la gloria de aquel día, nace en la Iglesia la procesión de los ramos. La veremos aparecer en Jerusalén desde el siglo IV; en el siguiente se extiende por todas las regiones orientales, y algo más tarde, en tiempo de San Gregorio Magno, el rito se había hecho popular en todo el Occidente. El sacerdote bendice los ramos, los inciensa, los rocía con el agua bendita; destinados a glorificar a Cristo, esos humildes ramos de olivo, de palma, de boj o de laurel tienen un carácter sagrado: los fieles los reciben con respeto, los besan con fe, los blanden con amor; la procesión desfila alborozada, como antaño por la falda de Getsemaní; el júbilo salta en los ojos, el amor vibra en las voces, y parece como si se viese al mismo Cristo bendiciendo a la multitud, mientras los sacerdotes repiten las aclamaciones evangélicas y el coro de los niños canta el poema que un obispo español del siglo IX compuso en el sótano de una cárcel a Cristo triunfador:
«Gloria, laus et honor tibi sit, Rex. Christe, redemptor, cui puerile decus prompsit hosanna pium.»
Oculto varias semanas entre las montañas de Efrén, Jesús acababa de aparecer en casa de sus amigos de Betania. Dos días antes, el viernes, fue el convite en casa de Simón el leproso, donde la Magdalena rompió su redoma de nardo. La Pascua se acercaba y las sendas que llevaban a Jerusalén estaban llenas de peregrinos. El Rabbí, con su grupo de discípulos y admiradores, se junta a una de las caravanas. Ya puede presentarse en la Ciudad Santa, porque todo lo que se dijo de Él está cumplido. Es el 10 de Nisán, cuando en las casas hebreas el padre de familia separa el cordero que ha de ser sacrificado cuatro días más tarde; el momento a propósito para que la víctima racional dé también el paso decisivo. La ceremonia va a tener todos los caracteres de una fiesta popular. Por un día, Jesús va a ser el Rey quimérico de las glorias mundanas que aguarda el pueblo de Israel. El río de la peregrinación se remansa en torno suyo: allí está la vanguardia del reino, la turba de las mujeres piadosas, las bandas de los curiosos y los sencillos y los grupos venidos de Galilea, abrigando tal vez la secreta esperanza de conmemorar en un triunfo antiguo del pueblo de Dios el principio de nuevas victorias. Las almas vibraban de júbilo y esperanza, y el Cielo aparecía gozoso como una promesa, abierto como en éxtasis de amor; un Cielo de primavera, que derramaba cataratas de luz sobre los valles en flor y levantaba graciosos murmullos entre los bosquecillos de sicómoros y palmeras, de olivos y de almendros.
El camino serpeaba entre colinas y arroyuelos; a la derecha se alzaba el monte del Olivar; a la izquierda se extiende la hondonada con su ajedrezado de jardines y barbechos de praderas y campos verdeantes. A uno y otro lado, bajo las copas de los terebintos y al resguardo de las tapias y altozanos, empiezan a levantarse las tiendas de los devotos que han venido para pasar aquellos días a la sombra del templo. En un momento todas quedan vacías: hombres, mujeres y niños se juntan al cortejo del Rabbí, hablando de sus resurrecciones, de su doctrina, de su poder y de su bondad. Todos quieren verle y saludarle, y poco a poco la admiración se transforma en entusiasmo, y el entusiasmo estalla en aplausos fragorosos. «Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en el nombre del Señor!», exclaman unos. «Hosanna al Hijo de David, al Rey de Israel!», responden otros; y los gritos repercuten por los campos vecinos, llenando el espacio de alborozada alegría.
En otro tiempo, cuando las turbas quisieron proclamarle Rey, Jesús había evitado el clamoreo popular con la fuga; pero ahora, ante esta manifestación tan espontánea y sincera, no solamente se deja llevar, sino que acepta el homenaje, algo inconsciente, de la multitud. Era como el postrer llamamiento a la dureza de corazón de sus enemigos, como argumento irrefragable de que, si iba a la muerte, iba voluntaria y libremente, y no por ninguna violencia y necesidad. Recordaba, además, las palabras con que Zacarías había profetizado este triunfo pasajero: «Alégrate, hija de Sion—había dicho—; salta de gozo, hija de Jerusalén; he aquí a tu Rey, que se acerca a ti, el Justo, el Salvador. Pobre y humilde, avanza sentado sobre una asnilla y un pollino.» La asnilla no ha aparecido todavía; pero Jesús llama a dos de sus discípulos y habla con ellos unos instantes. Allí cerca, en el caserío de Bethfagé, hallarán al animal atado; que lo suelten y se lo traigan, sin pedir permiso a nadie. Si el amo dice algo, responded que el Señor lo necesita. Fue cosa de un momento. La asnilla apareció mansa y silenciosa; los discípulos colocaron las capas sobre sus lomos, Jesús montó encima, y el desfile triunfal siguió avanzando en dirección de la ciudad.
El alborozo era ahora verdadero frenesí, los vítores estremecían el aire, los niños clamaban sin tregua, las mujeres agitaban sus pañuelos, los viejos lloraban; nuevos manifestantes salían a cada momento del bosque blandiendo ramos de palmeras, de arrayanes y de olivos, tremolándolos en alto, arrojándolos en el suelo y tributando al pacífico triunfador las más clamorosas ovaciones. Otros se quitaban sus mantos de fiesta y sus turbantes y los arrojaban al camino por donde iba a pasar el Señor, y la procesión continuaba entre follajes festivos, jirones de salmos, himnos de esperanza y ovaciones apasionadas: «¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito y glorioso sea su reino! ¡Ha llegado el reino de David, nuestro padre! ¡ Paz en el Cielo y gloria a Dios en las alturas!» Media vuelta en el camino, y allá, en el fondo, separada por el valle de Cedrón, bajo el manto de oro de la luz mañanera, proyectándose sobre el azul del Cielo, aparece Jerusalén, la ciudad de la perfecta hermosura, el regocijo de toda la tierra, la fortaleza de Dios fundada sobre collados altísimos, según las expresiones de los profetas, que ahora recordaba la triunfante comitiva. Altos muros, robustos torreones, edificios soberbios, palacios deslumbrantes, plazas bulliciosas, pórticos interminables, y dominándolo todo; el Templo, maravilla del mundo, orgullo de Israel y resumen de su historia, con sus murallas ciclópeas, sus puertas monumentales, sus pirámides y sus torres y sus arcadas y sus magníficas galerías cubiertas de plata y de mármol, en cuya brillante superficie, como en una montaña de nieve, relampagueaba la claridad de aquel día primaveral, un grito de admiración salió de todas las gargantas: habían llegado a la corte del gran rey, tenían delante los alcázares escogidos por Jehová, el trono en que había de triunfar la gloria del Mesías. Redoblaban los vítores, aumentaba el regocijo y engrosaba la muchedumbre, presa de una verdadera exaltación. Sólo Jesús parecía ajeno a aquella algarabía de fiesta; véasele absorto y como indiferente a cuanto rebullía en torno suyo. Su mirada, húmeda de compasión, se fijaba tenazmente en los pináculos y contrafuertes de la ciudad; los que caminaban junto a Él vieron las lágrimas correr por su rostro; mientras de sus labios salían estas conmovedoras palabras: «¡Ah Jerusalén, si conocieses, al menos hoy, lo que se te ha dado y lo que te puede traer la paz! Mas ahora todo está oculto a tus ojos. Tiempo vendrá en que tus enemigos te cercarán con trincheras y te estrecharán por todas partes. Te echarán por tierra a ti y a tus hijos, sin dejar en ti piedra sobre piedra, porque no conociste el día en que Dios te visitó para salvarte.»
A pesar de este incidente, las vivas continuaban, y la muchedumbre, que con sus ramos semejaba un bosque ambulante, descendía la pendiente del monte Moria. La primera cohorte cruzaba ya las puertas, y los ecos del vocerío iban a perderse entre los pórticos del Templo. «¿Qué sucede?», preguntaban las gentes desde las terrazas. Y algunas voces respondían: «Es Jesús, el Profeta de Nazareth.» Las calles se llenaban de curiosos; los espectadores se arracimaban en las azoteas, y por todas las encrucijadas venían grupos compactos, ansiosos de presenciar el espectáculo sublime. Pero no todos sonreían ni aplaudían. Había también fariseos altivos y severos, sacerdotes juiciosos y sensatos, que temblaban ante aquella deliciosa gritería. Para los prudentes, aquello era un verdadero desvarío; para los conservadores, un conato de revolución. Todo el que tenía un nombre, una dignidad, una escuela, un comercio, un negocio, un fragmento de autoridad en la plaza o en el Templo, tenía que sentirse profundamente alarmado; no podía aplaudir. Y si, además, tenía el corazón envenenado por el odio o por la envidia, en vez de aplaudir, debía rabiar y temblar. Sin embargo, en vista de aquel mar embravecido y de aquel estallido espontáneo de los nobles sentimientos del pueblo, las fuerzas vivas de la ciudad estuvieron bastante mesuradas y respetuosas. En nombre de todas ellas, unos cuantos señores graves, que escondían el miedo bajo los mantos doctorales, se acercaron a Jesús para decirle: «Maestro, haz callar a tus discípulos, pues sus gritos os comprometen y nos pueden comprometer a todos.» Y Jesús sin detenerse, contestó: «Yo os digo que si ellos callan, las piedras darán voces.» Era una declaración de guerra, un testimonio más de que Él era el Cristo, el que venía en el nombre del Señor. Y a pesar de los envidiosos y los timoratos. Jesús llegó hasta el Templo, dejó allí su cabalgadura y empezó a enseñar, a curar, a consolar y a discutir.
Tal es el ruidoso acontecimiento que la Iglesia conmemora en este día. También ella quiere reconocer la realeza de su Fundador. La Jerusalén de las almas se levanta como un solo hombre para salir al encuentro del divino Fundador. Jesús comienza su reinado en la tierra. En vano le rechaza Israel, tratando de borrar el título de la Cruz; «Jesús Nazareno, Rey de los judíos.» Es preciso que se cumpla la promesa que hizo el ángel a María: «El Señor le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre.» Dios le dará otro pueblo escogido, un Israel espiritual, que formará el imperio más grande de la tierra, y, al llegar el aniversario de este misterio glorioso, millones de almas repetirán el grito de los peregrinos de Galilea, «¡Hosanna al hijo de David!» Como un eco de la gloria de aquel día, nace en la Iglesia la procesión de los ramos. La veremos aparecer en Jerusalén desde el siglo IV; en el siguiente se extiende por todas las regiones orientales, y algo más tarde, en tiempo de San Gregorio Magno, el rito se había hecho popular en todo el Occidente. El sacerdote bendice los ramos, los inciensa, los rocía con el agua bendita; destinados a glorificar a Cristo, esos humildes ramos de olivo, de palma, de boj o de laurel tienen un carácter sagrado: los fieles los reciben con respeto, los besan con fe, los blanden con amor; la procesión desfila alborozada, como antaño por la falda de Getsemaní; el júbilo salta en los ojos, el amor vibra en las voces, y parece como si se viese al mismo Cristo bendiciendo a la multitud, mientras los sacerdotes repiten las aclamaciones evangélicas y el coro de los niños canta el poema que un obispo español del siglo IX compuso en el sótano de una cárcel a Cristo triunfador:
«Gloria, laus et honor tibi sit, Rex. Christe, redemptor, cui puerile decus prompsit hosanna pium.»
Lecturas del 29/03/2026
El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.
Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
C. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
C. Él contestó:
+ «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».
C. Ellos muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro
S. «¿Soy yo acaso, Señor?».
C. Él respondió:
+ «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?».
C. Él respondió:
+ «Tú lo has dicho».
C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:
+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».
C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:
+ «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».
C. Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.
C. Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, por- que está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».
C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».
C. Jesús le dijo:
+ «En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».
C. Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
C. Y lo mismo decían los demás discípulos.
C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:
+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».
C. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
+ «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».
C. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
C. Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
C. Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:
+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ese es: prendedlo».
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!».
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?».
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ «Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».
C. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
C. Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello.
Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:
S. «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. ¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».
C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte».
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú estabas con Jesús el Galileo».
C. Él lo negó delante de todos diciendo:
S. «No sé qué quieres decir».
C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Este estaba con Jesús el Nazareno».
C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre».
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. «No conozco a ese hombre».
C. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.
C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
C. Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:
S. «He pecado entregando sangre inocente».
C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».
C. Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».
C. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices».
C. Y, mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia, Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás».
C. Pilato les preguntó:
S. ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».
C. Contestaron todos:
S. «Sea crucificado».
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Sea crucificado!».
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:
S. «¡Soy inocente de esta sangre. Allá vosotros!».
C. Todo el pueblo contestó:
S. «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
C. Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».
C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
C. Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían:
S. «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».
C. Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:
S. «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: «Soy Hijo de Dios”».
C. De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
C. Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:
+ «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».
C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
C. Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:
S. «Está llamando a Elías».
C. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.
Los demás decían:
S. «Dejadlo, a ver si viene Elías a salvarlo».
C. Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Verdaderamente este era Hijo de Dios».
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
C. Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo:
“Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».
C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».
C. Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.
Palabra del Señor.
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