domingo, 4 de enero de 2026
Lecturas del 04/01/2026
La sabiduría hace su propia alabanza, encuentra su honor en Dios y se gloría en medio de su pueblo.
En la asamblea del Altísimo abre su boca y se gloría ante el Poderoso.
«El Creador del universo me dio una orden, el que me había creado estableció mi morada y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob, y fija tu heredad en Israel”.
Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y nunca más dejaré de existir.
Ejercí mi ministerio en la Tienda santa delante de él, y así me establecí en Sión.
En la ciudad amada encontré descanso, y en Jerusalén reside mi poder.
Arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad».
Bendito sea el Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
Él nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.
Por eso, habiendo oído hablar de vuestra fe en Cristo y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en las tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
Palabra del Señor.
04 de Enero 2026 – Santa Ángela de Foligno
La ciudad de Foligno sufría una situación de transición y desconcierto. La Edad Media se apagaba y aparecían los primeros destellos del Renacimiento. Esta situación influirá mucho en la vida de Ángela. Pero la radical transformación de Ángela influirá todavía más en su ciudad, hasta el punto de haber sido Ángela la que ha hecho famosa a Foligno.
Ángela nació en Foligno en 1249, allí murió 60 años más tarde, y en su ciudad natal se conservan sus venerables restos. De elevada posición, su familia poseía muchas riquezas. Se casó muy pronto y tuvo varios hijos. En sus años juveniles, y después como esposa y madre, llevó una vida licenciosa, llena de graves desvaríos, como después confesará amargamente. Fue caprichosa y casquivana, el escándalo de Foligno.
Fue hacia los 35 años cuando le llegó la prueba. En poco tiempo pierde a sus padres, a su esposo y a sus hijos. Siente una fuerte llamada de Dios a la conversión, se encomienda a San Francisco, cuyo aroma aún se desprendía fresco desde la cercana Asís, y se convierte al escuchar las encendidas palabras del religioso franciscano Fray Arnaldo, desde ahora su director y confidente espiritual. Él recoge como amanuense en la Autobiografía de la Beata - verdadero tesoro de teología espiritual - las inefables experiencias místicas de esta alma que, por el crecido número de sus visiones, algunos la comparan con Santa Teresa de Jesús, y es llamada reina de la teología y maestra de teólogos. Su trato íntimo con la divinidad y con la humanidad de Cristo, sus éxtasis escalofriantes, los secretos celestiales que en ellos se le confiaban son más para ser admirados que para ser descritos con palabras humanas.
En su espiritualidad todo gira en torno a la cruz. Cristo desde la cruz es el Libro de la Vida, como Lo llama ella. No podía contemplar representaciones de la Pasión del Señor sin estremecerse y aun enfermar. Allí lloraba inconsolable sus pecados y se flagelaba hasta exageraciones que su director hubo de reprimir. Allí se decidió a despojarse de todo por Cristo. «Como ves, Ángela, no te he amado en broma», le decía una vez el Señor. Y así «donde abundó la culpa, sobreabundó la gracia».
Fueron largos años de fieros combates con el demonio, de terribles tentaciones de concupiscencia. Fue un drama sublime de penitencias y dolores, enjugados en místicas dulzuras. De este modo, asida a la cruz con recio abrazo, Ángela se convierte en llama viva. Su unión con Jesús es inefable: «Tú eres Yo y Yo soy tú», le dice un día el Amado de su alma. Y Ángela Le responde con las mismas palabras de enamorada.
Fue también la gran confidenta del Corazón de Jesús. «Un día fui penetrada de un amor tan ardiente al Corazón de Jesús que lo sentía en todos mis miembros. Veía que el Salvador abrazaba mi alma con Sus brazos desclavados de la cruz. Parecíame que mi alma entraba también en el Divino Corazón. Otras veces me invitaba a que acercara los labios a Su costado y bebiese de la Sangre que de Él manaba».
En la devoción a la Eucaristía fue una auténtica precursora. El Señor la recreó con muchas visiones cuando adoraba la Sagrada Hostia. Ángela escribió recomendaciones sobre la manera de comulgar más provechosamente.
Recibió en su vida muchos regalos del Señor. Ella se preparaba con la más dócil disponibilidad. «Que nadie se excuse, advierte la Beata, con que no puede hallar la divina gracia, pues Dios la da a todos los que la desean».
El papa Clemente XI aprobó el culto de la Beata el 30 de abril de 1707.
Ángela nació en Foligno en 1249, allí murió 60 años más tarde, y en su ciudad natal se conservan sus venerables restos. De elevada posición, su familia poseía muchas riquezas. Se casó muy pronto y tuvo varios hijos. En sus años juveniles, y después como esposa y madre, llevó una vida licenciosa, llena de graves desvaríos, como después confesará amargamente. Fue caprichosa y casquivana, el escándalo de Foligno.
Fue hacia los 35 años cuando le llegó la prueba. En poco tiempo pierde a sus padres, a su esposo y a sus hijos. Siente una fuerte llamada de Dios a la conversión, se encomienda a San Francisco, cuyo aroma aún se desprendía fresco desde la cercana Asís, y se convierte al escuchar las encendidas palabras del religioso franciscano Fray Arnaldo, desde ahora su director y confidente espiritual. Él recoge como amanuense en la Autobiografía de la Beata - verdadero tesoro de teología espiritual - las inefables experiencias místicas de esta alma que, por el crecido número de sus visiones, algunos la comparan con Santa Teresa de Jesús, y es llamada reina de la teología y maestra de teólogos. Su trato íntimo con la divinidad y con la humanidad de Cristo, sus éxtasis escalofriantes, los secretos celestiales que en ellos se le confiaban son más para ser admirados que para ser descritos con palabras humanas.
En su espiritualidad todo gira en torno a la cruz. Cristo desde la cruz es el Libro de la Vida, como Lo llama ella. No podía contemplar representaciones de la Pasión del Señor sin estremecerse y aun enfermar. Allí lloraba inconsolable sus pecados y se flagelaba hasta exageraciones que su director hubo de reprimir. Allí se decidió a despojarse de todo por Cristo. «Como ves, Ángela, no te he amado en broma», le decía una vez el Señor. Y así «donde abundó la culpa, sobreabundó la gracia».
Fueron largos años de fieros combates con el demonio, de terribles tentaciones de concupiscencia. Fue un drama sublime de penitencias y dolores, enjugados en místicas dulzuras. De este modo, asida a la cruz con recio abrazo, Ángela se convierte en llama viva. Su unión con Jesús es inefable: «Tú eres Yo y Yo soy tú», le dice un día el Amado de su alma. Y Ángela Le responde con las mismas palabras de enamorada.
Fue también la gran confidenta del Corazón de Jesús. «Un día fui penetrada de un amor tan ardiente al Corazón de Jesús que lo sentía en todos mis miembros. Veía que el Salvador abrazaba mi alma con Sus brazos desclavados de la cruz. Parecíame que mi alma entraba también en el Divino Corazón. Otras veces me invitaba a que acercara los labios a Su costado y bebiese de la Sangre que de Él manaba».
En la devoción a la Eucaristía fue una auténtica precursora. El Señor la recreó con muchas visiones cuando adoraba la Sagrada Hostia. Ángela escribió recomendaciones sobre la manera de comulgar más provechosamente.
Recibió en su vida muchos regalos del Señor. Ella se preparaba con la más dócil disponibilidad. «Que nadie se excuse, advierte la Beata, con que no puede hallar la divina gracia, pues Dios la da a todos los que la desean».
El papa Clemente XI aprobó el culto de la Beata el 30 de abril de 1707.
sábado, 3 de enero de 2026
03 de Enero 2026 – Santísimo Nombre de JESÚS
La Iglesia ha dispuesto se celebre esta fiesta al día siguiente de la octava de la Epifanía, a fin de honrar por modo especial el nombre de Jesús, que es Nombre verdaderamente divino, que sólo Dios pudo imponer al Salvador del mundo. Nombre venerable, que hace doblar la rodilla a todas las grandezas de la tierra. Nombre sacrosanto, que pone en fuga a los espíritus diabólicos. Nombre omnipotente, en cuya virtud se han obrado los mayores milagros. Nombre salutífero, de quien reciben en cierto modo toda su eficacia los Sacramentos de la Nueva Ley. Nombre propicio, pues todo lo puede con Dios, y por respeto al nombre Jesús oye benigno nuestras oraciones. Nombre glorioso, extendido por el celo de los Apóstoles a todos los gentiles y a todos los reyes de la tierra. Nombre augusto, por cuya confesión los santos mártires se gloriaron en sufrir cruelísimos tormentos. Nombre, en fin, incomparable, pues no hay otro debajo, del Cielo en cuya virtud podamos ser salvos. Alabémosle, pues, y bendigámosle en todo tiempo.
Fue en el día de Su Circuncisión, según la Ley de Moisés, que el divino Niño de Belén recibió el Nombre de Jesús, en el octavo día después de Su nacimiento. El ángel Gabriel se lo había asignado de antemano el día de la Anunciación: «Le llamarás Jesús, porque librará a Su pueblo de la esclavitud del pecado».
¿Quién dirá la grandeza de su significado?, ya que significa Salvador; la grandeza de su origen, ya que fue traído del Cielo; su grandeza en la tierra, donde siempre ha obrado y sigue obrando tantas maravillas; su grandeza incluso en los infiernos donde hace temblar a los demonios. ¿Quién hablará de su poder, ya que es por este Nombre que la Iglesia ora, que administra los sacramentos y da sus bendiciones, y que los Apóstoles y los santos han realizado multitudes de milagros? ¿Quién dirá su dulzura, sus encantos, su bondad, ya que los Santos le han cantado tan bien y los cristianos lo han invocado y lo siguen invocando con tanta confianza, fruto y amor?
Que el Nombre de Jesús esté a menudo en nuestros labios, y siempre en nuestros corazones durante la vida! Que sea nuestra esperanza y nuestra última palabra en la hora de la muerte, nuestra alegría y nuestro canto eterno en el Cielo.
Fue en el día de Su Circuncisión, según la Ley de Moisés, que el divino Niño de Belén recibió el Nombre de Jesús, en el octavo día después de Su nacimiento. El ángel Gabriel se lo había asignado de antemano el día de la Anunciación: «Le llamarás Jesús, porque librará a Su pueblo de la esclavitud del pecado».
¿Quién dirá la grandeza de su significado?, ya que significa Salvador; la grandeza de su origen, ya que fue traído del Cielo; su grandeza en la tierra, donde siempre ha obrado y sigue obrando tantas maravillas; su grandeza incluso en los infiernos donde hace temblar a los demonios. ¿Quién hablará de su poder, ya que es por este Nombre que la Iglesia ora, que administra los sacramentos y da sus bendiciones, y que los Apóstoles y los santos han realizado multitudes de milagros? ¿Quién dirá su dulzura, sus encantos, su bondad, ya que los Santos le han cantado tan bien y los cristianos lo han invocado y lo siguen invocando con tanta confianza, fruto y amor?
Que el Nombre de Jesús esté a menudo en nuestros labios, y siempre en nuestros corazones durante la vida! Que sea nuestra esperanza y nuestra última palabra en la hora de la muerte, nuestra alegría y nuestro canto eterno en el Cielo.
Lecturas del 03/01/2026
Queridos hermanos:
Si sabéis que él es justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de él.
Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!
El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él.
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifiesta, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.
Todo el que comete pecado quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley.
Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado.
Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no lo ha visto ni conocido.
Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dijo: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».
Palabra del Señor.
03 de Enero 2026 – Santa Genoveva
El nombre y la devoción de Santa Genoveva, que no hay que confundir con la legendaria homónima de Brabante, son muy populares en Francia, y sobre todo en París, de la que es Patrona. La vida de la virgen parisiense se encuentra en la Vita Genovefae, escrita unos 20 años después de su muerte. Esta biografía, que hoy se considera como documento histórico atendible aunque no muy genuino, tiene el estilo modesto de quien escribe con fines exquisitamente edificantes, pero logra colocar a la santa en un preciso cuadro histórico. Es su vida reconocemos la verdad y encontramos la realización de esta palabra de San Pablo: "Dios elige en este mundo los instrumentos más débiles para confundir el orgullo y las pretensiones de los hombres." (I Cor. 1, 27)
Nació en Nanterre, en las afueras de París, hacia el año 422. Tenía siete años cuando San Germán, obispo de Auxerre, pasó por el pueblo de Nanterre, donde vivía. Iluminado por una luz divina, el Santo distinguió a esta modesta niña entre la multitud que corría tras sus pasos: "Benditos sean, dijo a sus padres, el día en que se les entregó a ustedes: Su nacimiento fue saludado por los ángeles, y Dios la destinó a grandes cosas". Luego, dirigiéndose a la niña, la confirmó en su deseo de entregarse por completo a Dios: "Confía, hija mía, le dijo, permanece firme en tu vocación; el Señor te dará fuerza y valor."
A partir de ese momento, Genoveva se vio consagrada a Dios; se alejó cada vez más de los juegos y entretenimientos de la infancia y se dedicó a todos los ejercicios de la piedad cristiana con un ardor más allá de su edad. Rara vez vivimos, en una existencia tan humilde, virtudes tan admirables. Sólo era feliz en su distancia del mundo, en compañía de Jesús, María y su ángel de la guarda.
Genoveva recibió el velo a la edad de catorce años de manos del Arzobispo de París, y después de la muerte de sus padres, dejó Nanterre para retirarse a París, en casa de su madrina, donde vivió aún más santamente. A pesar de sus austeridades, éxtasis, milagros, pronto se convirtió en objeto de odio popular, y el celoso demonio provocó una amarga guerra contra ella. Fue necesario un nuevo pasaje de San Germán para restaurar su reputación: "Esta virgen, dijo, será la salvación para todos".
De hecho, en el año 451, el terrible Atila, apodado la Plaga de Dios, invadió Francia. Genoveva tenía unos treinta años. Bajo la amenaza de los Hunos que se acercaban a París, los habitantes iban a huir de la ciudad, pero Genoveva ordenó oraciones públicas, predicó la penitencia y convenció a todos de permanecer ahí, confiando en la protección del cielo. Según su predicción, París ni siquiera fue asediada. Mientras, la Santa corrió el riesgo de ser linchada por los más miedosos. Una vez rechazados los bárbaros, apareció el problema de la carestía: entonces Genoveva montó en un barquito, subió por el Sena y consiguió cereales que distribuyó generosamente a todo el pueblo. Era una digna antecesora de Santa Juana de Arco. Se sirvió de su amistad con los reyes Quilderico y Clodoveo para obtener la gracia para muchos prisioneros políticos.
La Santa murió a la edad de 89 años el 3 de enero de 512. Innumerables milagros han sido realizados por su intercesión. Sobre su tumba se construyó un pequeño oratorio de madera, que fue el origen de una famosa abadía, más tarde transformada en basílica por Luis XV. Se la invocaba sobre todo en tiempos de graves calamidades, como la peste, o para pedir la lluvia o contra las inundaciones del Sena. Los jacobinos de la Revolución francesa destruyeron buena parte de las reliquias y transformaron la basílica de Santa Genoveva -que tomó el nombre clásico de Panteón- en el mausoleo de los Franceses ilustres. Pero el culto a Santa Genoveva continuó en la iglesia cercana de Saint-Étienne-du-Mont.
Nació en Nanterre, en las afueras de París, hacia el año 422. Tenía siete años cuando San Germán, obispo de Auxerre, pasó por el pueblo de Nanterre, donde vivía. Iluminado por una luz divina, el Santo distinguió a esta modesta niña entre la multitud que corría tras sus pasos: "Benditos sean, dijo a sus padres, el día en que se les entregó a ustedes: Su nacimiento fue saludado por los ángeles, y Dios la destinó a grandes cosas". Luego, dirigiéndose a la niña, la confirmó en su deseo de entregarse por completo a Dios: "Confía, hija mía, le dijo, permanece firme en tu vocación; el Señor te dará fuerza y valor."
A partir de ese momento, Genoveva se vio consagrada a Dios; se alejó cada vez más de los juegos y entretenimientos de la infancia y se dedicó a todos los ejercicios de la piedad cristiana con un ardor más allá de su edad. Rara vez vivimos, en una existencia tan humilde, virtudes tan admirables. Sólo era feliz en su distancia del mundo, en compañía de Jesús, María y su ángel de la guarda.
Genoveva recibió el velo a la edad de catorce años de manos del Arzobispo de París, y después de la muerte de sus padres, dejó Nanterre para retirarse a París, en casa de su madrina, donde vivió aún más santamente. A pesar de sus austeridades, éxtasis, milagros, pronto se convirtió en objeto de odio popular, y el celoso demonio provocó una amarga guerra contra ella. Fue necesario un nuevo pasaje de San Germán para restaurar su reputación: "Esta virgen, dijo, será la salvación para todos".
De hecho, en el año 451, el terrible Atila, apodado la Plaga de Dios, invadió Francia. Genoveva tenía unos treinta años. Bajo la amenaza de los Hunos que se acercaban a París, los habitantes iban a huir de la ciudad, pero Genoveva ordenó oraciones públicas, predicó la penitencia y convenció a todos de permanecer ahí, confiando en la protección del cielo. Según su predicción, París ni siquiera fue asediada. Mientras, la Santa corrió el riesgo de ser linchada por los más miedosos. Una vez rechazados los bárbaros, apareció el problema de la carestía: entonces Genoveva montó en un barquito, subió por el Sena y consiguió cereales que distribuyó generosamente a todo el pueblo. Era una digna antecesora de Santa Juana de Arco. Se sirvió de su amistad con los reyes Quilderico y Clodoveo para obtener la gracia para muchos prisioneros políticos.
La Santa murió a la edad de 89 años el 3 de enero de 512. Innumerables milagros han sido realizados por su intercesión. Sobre su tumba se construyó un pequeño oratorio de madera, que fue el origen de una famosa abadía, más tarde transformada en basílica por Luis XV. Se la invocaba sobre todo en tiempos de graves calamidades, como la peste, o para pedir la lluvia o contra las inundaciones del Sena. Los jacobinos de la Revolución francesa destruyeron buena parte de las reliquias y transformaron la basílica de Santa Genoveva -que tomó el nombre clásico de Panteón- en el mausoleo de los Franceses ilustres. Pero el culto a Santa Genoveva continuó en la iglesia cercana de Saint-Étienne-du-Mont.
viernes, 2 de enero de 2026
02 de Enero 2026 – La Circuncisión de Jesucristo
La Santa Madre Iglesia celebra hoy la Circuncisión del Cordero sin mancilla, Jesucristo Nuestro Señor, Hijo de Dios vivo, que bajó del Cielo a la Tierra para quitar los pecados del mundo, tomando figura de pecador para confundir nuestra soberbia, enseñarnos la humildad y encender nuestros corazones en Su divino amor.
Es en este día bendito que la tierra ve los primeros frutos del flujo de la Sangre divina, que debe purificar y salvar a la humanidad caída; Jesús, en el octavo día después de Su nacimiento, Se somete a la Circuncisión, y comienza a sufrir por nosotros. - La circuncisión era la señal del pacto hecho por el Señor con Abraham en el pasado; y el pueblo judío, descendiente de este gran patriarca, siempre había sido fiel a esta práctica sagrada, considerada como una iniciación al servicio del verdadero Dios. El niño, en la ley antigua, se hizo hijo de Dios por medio de la Circuncisión, al convertirse, de una manera más perfecta, en hijo de Dios en la nueva ley por medio del Bautismo. Jesús, Hijo de Dios y de la misma Santidad Infinita, no tenía necesidad de someterse a una ley dura y humillante hecha para los hombres pecadores. Pero el doble propósito de Su venida a la tierra Le hace aceptar este primer sacrificio con todo Su corazón; Se muestra, en este día, tanto nuestro Salvador como nuestro Modelo: Salvador, él inaugura la obra de nuestra redención; Modelo, él nos enseña a amar la ley de Dios, a guardarla fielmente, a no buscar vanos pretextos para excusar nuestra cobardía y nuestra desobediencia, y a sanar nuestro orgullo a través de la práctica de la humildad. - La circuncisión corporal esconde, además, un misterio hermoso y grande para el cristiano, porque es la imagen de la circuncisión espiritual que consiste en circuncidar nuestro corazón con todos sus afectos culpables, en destruir el pecado y las malas pasiones en nosotros y en vivir una vida sobrenatural.
El Apóstol San Pablo ha profundizado el sentido espiritual de la circuncisión carnal; los Padres y los autores espirituales sólo han tenido que comentar los textos tan sugestivos de sus Epístolas: La verdadera circuncisión, dice (Rom. II, 28), no es la que aparece en la carne; la circuncisión es la del corazón, en el espíritu, y no en la letra. - En Cristo Jesús, ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor alguno, sino la fe, que actúa por medio de la caridad. Lo que es todo es ser una nueva criatura (Gálatas V, 6; VI, 15). - En Jesucristo has sido circuncidado por una circuncisión no hecha a mano, por la circuncisión de Cristo, por el despojo de este cuerpo de carne (Col. II, 11). Toda la doctrina del gran Apóstol se puede resumir en mostrar que la ley antigua era sólo una figura y una preparación para la ley de Cristo, que toda la vida cristiana consiste en renunciar a la carne con sus concupiscencias para vivir interiormente de la vida del espíritu, y que sólo éstos son verdaderamente de Cristo que le siguen en el camino del sacrificio. Es todo el Evangelio mismo. ¡Oh, cuán glorioso y admirable es el dulcísimo nombre de Jesús! Pero ¡qué dolorosa, rigurosa y sangrienta es Su Circuncisión! Fue conveniente que Cristo derramase Su preciosa Sangre para recibir el santísimo nombre de Jesús. Y tú ¡oh alma pecadora! eres tan ingrata, que ni aún una sola lágrima quieres derramar para salvarte.
Si quieres reinar con Jesús en el Cielo, es necesario que aquí Le acompañes en Sus penas, y que Le ofrezcas el corazón limpio, casto, puro, desnudo de pensamientos vanos, de amores desordenados y de cuidados superfluos, de intenciones torcidas y de fines siniestros, circuncidando tus sentidos, tus potencias y todo tu espíritu; que ésta es la circuncisión que hoy nos pide el Niño Jesús, y para enseñárnosla quiso ser circuncidado. ¡Oh, qué dulce es el nombre de Jesús!
Es en este día bendito que la tierra ve los primeros frutos del flujo de la Sangre divina, que debe purificar y salvar a la humanidad caída; Jesús, en el octavo día después de Su nacimiento, Se somete a la Circuncisión, y comienza a sufrir por nosotros. - La circuncisión era la señal del pacto hecho por el Señor con Abraham en el pasado; y el pueblo judío, descendiente de este gran patriarca, siempre había sido fiel a esta práctica sagrada, considerada como una iniciación al servicio del verdadero Dios. El niño, en la ley antigua, se hizo hijo de Dios por medio de la Circuncisión, al convertirse, de una manera más perfecta, en hijo de Dios en la nueva ley por medio del Bautismo. Jesús, Hijo de Dios y de la misma Santidad Infinita, no tenía necesidad de someterse a una ley dura y humillante hecha para los hombres pecadores. Pero el doble propósito de Su venida a la tierra Le hace aceptar este primer sacrificio con todo Su corazón; Se muestra, en este día, tanto nuestro Salvador como nuestro Modelo: Salvador, él inaugura la obra de nuestra redención; Modelo, él nos enseña a amar la ley de Dios, a guardarla fielmente, a no buscar vanos pretextos para excusar nuestra cobardía y nuestra desobediencia, y a sanar nuestro orgullo a través de la práctica de la humildad. - La circuncisión corporal esconde, además, un misterio hermoso y grande para el cristiano, porque es la imagen de la circuncisión espiritual que consiste en circuncidar nuestro corazón con todos sus afectos culpables, en destruir el pecado y las malas pasiones en nosotros y en vivir una vida sobrenatural.
El Apóstol San Pablo ha profundizado el sentido espiritual de la circuncisión carnal; los Padres y los autores espirituales sólo han tenido que comentar los textos tan sugestivos de sus Epístolas: La verdadera circuncisión, dice (Rom. II, 28), no es la que aparece en la carne; la circuncisión es la del corazón, en el espíritu, y no en la letra. - En Cristo Jesús, ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor alguno, sino la fe, que actúa por medio de la caridad. Lo que es todo es ser una nueva criatura (Gálatas V, 6; VI, 15). - En Jesucristo has sido circuncidado por una circuncisión no hecha a mano, por la circuncisión de Cristo, por el despojo de este cuerpo de carne (Col. II, 11). Toda la doctrina del gran Apóstol se puede resumir en mostrar que la ley antigua era sólo una figura y una preparación para la ley de Cristo, que toda la vida cristiana consiste en renunciar a la carne con sus concupiscencias para vivir interiormente de la vida del espíritu, y que sólo éstos son verdaderamente de Cristo que le siguen en el camino del sacrificio. Es todo el Evangelio mismo. ¡Oh, cuán glorioso y admirable es el dulcísimo nombre de Jesús! Pero ¡qué dolorosa, rigurosa y sangrienta es Su Circuncisión! Fue conveniente que Cristo derramase Su preciosa Sangre para recibir el santísimo nombre de Jesús. Y tú ¡oh alma pecadora! eres tan ingrata, que ni aún una sola lágrima quieres derramar para salvarte.
Si quieres reinar con Jesús en el Cielo, es necesario que aquí Le acompañes en Sus penas, y que Le ofrezcas el corazón limpio, casto, puro, desnudo de pensamientos vanos, de amores desordenados y de cuidados superfluos, de intenciones torcidas y de fines siniestros, circuncidando tus sentidos, tus potencias y todo tu espíritu; que ésta es la circuncisión que hoy nos pide el Niño Jesús, y para enseñárnosla quiso ser circuncidado. ¡Oh, qué dulce es el nombre de Jesús!
Lecturas del 02/01/2026
Queridos hermanos:
¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre.
En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y esta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna.
Os he escrito esto respecto a los que tratan de engañaros. Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas —y es verdadera y no mentirosa—, según os enseñó, permaneced en él.
Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.
Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran: « ¿Tú quién eres?»
Él confesó y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesías».
Le preguntaron: « ¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?».
Él dijo: «No lo soy». « ¿Eres tú el Profeta?».
Respondió: «No».
Y le dijeron: « ¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?».
Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías».
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia».
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.
Palabra del Señor.
02 de Enero 2026 – San Basilio el Grande y San Gregorio Nacianceno
Dos grandes amigos, dos luchadores, dos oradores de gran calibre, dos doctores de la Iglesia, dos obispos. Basilio había nacido en Cesárea de Capadocia. Gregorio, en Arianzo, cerca de Nacianzo, donde luego fijó su residencia. Los dos nacieron el mismo año. Los dos estudiaron juntos en Atenas, compañeros de clase de Juliano el apóstata, futuro emperador.
Basilio se retiró a la isla de Calipso, en el Ponto, para hacer vida cenobítica. Pronto se le juntó el amigo, y pasaron allí juntos los días más felices de su vida. Luego, a Basilio le hicieron obispo de Cesárea. A Gregorio, obispo de Nacianzo. A éste, después de la muerte de Basilio, le hacen metropolitano de Constantinopla. Convoca el segundo Concilio Constantinopolitano.
Dos grandes predicadores. Se dice de Basilio que fue el primer orador de la Iglesia católica. Se conservan preciosas homilías de este gran comunicador. Para Gregorio, la palabra era un adorno del pensamiento. Para Basilio, la palabra era una espada que atravesaba el alma.
La muerte de Basilio fue un luto insoportable para todos los que le conocían. Gregorio se retiró a su pueblo de Arianzo para morir en paz. Pocas veces ha habido dos amigos que se han querido tanto hasta el final. Quizá fue por lo mucho que sufrieron juntos su lucha por la fe.
Basilio se retiró a la isla de Calipso, en el Ponto, para hacer vida cenobítica. Pronto se le juntó el amigo, y pasaron allí juntos los días más felices de su vida. Luego, a Basilio le hicieron obispo de Cesárea. A Gregorio, obispo de Nacianzo. A éste, después de la muerte de Basilio, le hacen metropolitano de Constantinopla. Convoca el segundo Concilio Constantinopolitano.
Dos grandes predicadores. Se dice de Basilio que fue el primer orador de la Iglesia católica. Se conservan preciosas homilías de este gran comunicador. Para Gregorio, la palabra era un adorno del pensamiento. Para Basilio, la palabra era una espada que atravesaba el alma.
La muerte de Basilio fue un luto insoportable para todos los que le conocían. Gregorio se retiró a su pueblo de Arianzo para morir en paz. Pocas veces ha habido dos amigos que se han querido tanto hasta el final. Quizá fue por lo mucho que sufrieron juntos su lucha por la fe.
jueves, 1 de enero de 2026
01 de Enero 2026 – Santa María, Madre de Dios
Vamos a caminar hacia Dios. Vamos a remontarnos hasta el corazón de Dios. No hay miedo a perdernos en el peregrinar. Hubo alguien que tuvo el privilegio de abrevar la sed de lo divino, que inconscientemente late en todos los humanos corazones, precisamente en el corazón mismo de Dios, reclinando su cabeza sobre el pecho -fuerte, ardiente de incontenible latir, estremecido de las más intensas emociones en la noche de la total entrega- del Verbo encarnado, de Cristo señor nuestro. El secreto de Dios es un secreto maravilloso, dulcísimo; incomprensible por lo intenso de su maravilla y lo delicado de su dulzura. Nos lo reveló San Juan: Dios es amor.
Y, como Dios es amor, he aquí que, desde la eternidad, determinó darse. Y el fruto de esta donación fue la existencia de los espíritus, ángeles y almas capaces de reflejar, como imágenes y semejanzas, las divinas perfecciones, la celeste hermosura, cantando así la gloria divina: capaces de pagar amor con amor, rindiendo a la divinidad el homenaje de reconocerse criaturas, pero libremente, voluntariamente, con una entrega perfecta; capaces de darse. Se volcó más: quiso hacerles participantes, en la gloria del cielo, del misterio inefable de su vida trinitaria. Pero no bastó a la potencia infinita de entrega que es el corazón de Dios y quiso que una criatura se uniese a Él en la comunión más perfecta imaginable, en comunión de naturaleza, con unidad de persona. El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Quiso Dios saber de los humanos latidos, de los humanos dolores, de los humanos goces; quiso Dios atraernos con lazos de carne y sangre (Os. 11,4) hasta el punto de llegar a derramar la suya en una cruz por salvarnos de nuestros pecados. Y así Cristo quedó constituido en perfecto amador y glorificador del Padre. Pero aún no fue a Dios suficiente. Quiso darse a una criatura de la manera más estrecha posible, aun sin llegar a comunicarle personalmente su divinidad, y entonces...
Era la plenitud de los tiempos. En una pobre casita palestinense una humilde mujer tenía un niño en brazos. De pronto sonrió el niño. El coro de invisibles ángeles que rodeaba la escena se ciñó apretadamente alrededor de la mujer para no perder de vista la sonrisa. Sonrió el niño y sus labios entreabiertos pronunciaron por vez primera una palabra: "¡Madre!" Se postraron los ángeles al oír la palabra, silentes, alfombrando el pobre suelo con sus alas de celeste raso. El Verbo hecho carne acababa de llamar a su Madre. María era Madre de Dios.
No, claro está que la Virgen no dio al Verbo la naturaleza divina. Esta la recibe el Verbo desde la eternidad, misteriosamente, del Padre, primera persona de la Trinidad santísima. La Virgen es Madre de Dios por haber dado a luz un hijo que es Dios. Así como nuestras madres son verdaderamente madres nuestras por el solo hecho de darnos el cuerpo, ya que el alma la recibimos directamente de Dios, así la Virgen no comunicó a Cristo la divinidad, pero al concebir una naturaleza que había sido asumida personalmente por la divinidad, al ser Madre de alguien que era Dios, ella quedaba constituida propiamente Madre de Dios.
Cristo es Dios; María es Madre de Cristo, luego María es Madre de Dios. El razonamiento, escueto, corre limpio del pensamiento al corazón del creyente y mueve sus labios a una perpetua alabanza hacia aquella que, sola y sin ejemplo, mereció llevar en su seno y llamar con verdad hijo suyo al Verbo del Padre.
Solamente quien niegue a Cristo su categoría de Hijo de Dios, como hizo Nestorio, podrá negar que la Virgen sea Madre de Dios.
Entre los humanos no puede imaginarse lazo más dulce, lazo más apretado, lazo más unitivo que el que resulta entre dos seres, uno de los cuales ha dado al otro su sangre, su vida, sus sentimientos, sus ideales; uno de los cuales se prolonga realmente, vitalmente, en el otro. Entre una madre y un hijo. Ningún amor tan fuerte, desinteresado, entrañable, como el de una madre a un hijo. Por eso quiso Dios tener Madre en la tierra. María vino al mundo para ser Madre de Dios, para amar a Dios, para estar unida a Dios de la manera más estrecha imaginable en pura criatura.
De aquí que la dignidad de la Virgen sea sobre todo lo creado. Es casi infinita. Su Hijo le comunica la suya propia de la forma y en la medida que es posible recibirla a humana y limitada criatura. Si no le puede comunicar su dignidad divina, haciéndola su Madre le concede participar de ella en el mayor grado posible, de forma que no pueda concebirse otra mayor, que solamente el entendimiento divino sea capaz de abarcarla en toda su extensión y profundidad. Ella, la Madre, sobre todas las criaturas: sobre los ángeles y los serafines, sobre los bienaventurados todos, sobre toda la creación.
Se complació Dios en ella sobre todas las criaturas del universo. Era su Madre.
Porque iba a llamarla Madre, los méritos de su pasión, previstos desde la eternidad, le alcanzaron que, a diferencia de los demás mortales, fuera concebida sin culpa, llena de gracia desde el primer instante de su ser.
Al hacerla su Madre puso en ella una radical e inexhaurible exigencia de santidad, de gracia. Hasta hay quienes piensan que el mismo hecho de ser Madre de Dios la hace formalmente santa, con una santidad peculiar, misteriosa puesto que la hace agradable a Dios, la une a Dios inefable y estrechísimamente, la santidad de la maternidad divina.
Por ser su Madre—la Madre del Rey del universo— ella sería la Reina y Señora de todo lo creado, ante cuyo nombre temblarían incluso las potestades del infierno.
Por ser su Madre—la Madre de un Dios redentor— ella sería corredentora y quedaría asociada a su Hijo en la obra de rescatar al género humano de la esclavitud del pecado, y sus méritos—recibidos del Hijo, dignificados por el ser del Hijo—tendrían potencia suficiente para alcanzarnos la gracia de la salvación.
Por ser su Madre--la Madre de un Dios que se hizo hombre para ser hermano mayor nuestro—ella quedaría constituida Madre nuestra y, con ello, toda la razón de nuestra esperanza; porque desde el momento en que podemos decir con verdad, como aquel santo, "la Madre de Dios es mi Madre", no tenemos nada que temer y todo lo podemos esperar. Quien nos dio a su Madre al pie de la cruz, ¿cómo podrá negarnos cualquier cosa que en nombre de nuestra Madre común le pidamos?
Dios ha querido unirse a nosotros inefablemente: ha querido tener una carne y una sangre como las nuestras; ha querido fundirlas con las nuestras en la comunión; ha querido, desvelando el más íntimo secreto de la divina ternura, llamar con nosotros Madre a la misma mujer, unirse a nosotros en su seno, darse a nosotros en sus brazos.
De la maternidad divina se derivan para María todos sus atributos, toda su gloria. De la maternidad divina de María se derivan para nosotros las fuentes del consuelo y de la esperanza. Al saberla tan alta, tan pura, de tanta santidad, reconocemos instintivamente nuestra indignidad y bajeza, lo hórrido de nuestra culpa. Por eso hemos aprendido desde niños a balbucir emocionadamente: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores. Ante la Madre de Dios nos sentimos pecadores, indignos, malos; pero, como hemos aprendido también que es Madre nuestra, nos enseñaron a decirle, con la conciencia de hallarnos encerrados en el valle obscuro de la culpa, desterrados en el lugar de las lágrimas: ¡Salve, Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra!...
Al saber que nuestra Madre es Madre de Dios sentimos brotar en nuestros pechos irresistible añoranza de los eternos bienes, deseo firmísimo del mismo Dios, de nuestro hermano Dios. Conocemos que nuestra patria es el cielo y caminamos seguros hacia él, porque en manos de nuestra Madre están todos sus tesoros y ella está pronta a dispensárnoslos si nosotros nos reconocemos hijos suyos.
Era en el año 431. Nestorio, obispo de Constantinopla, propagando las doctrinas de Teodoro de Mopsuestia, había negado que Cristo fuese propiamente Hijo de Dios, enseñando que en él había dos personas, una humana y otra divina, y no una sola persona, la divina, como enseña la fe verdadera. En consecuencia sostenía que la Virgen era madre de Cristo, de la persona humana de Cristo, y así de ninguna manera se la podría llamar Madre de Dios, ya que Cristo no era Dios. Se habían sucedido las condenaciones de Roma: le había combatido el obispo de Alejandría San Cirilo; pero, ante la contumacia de Nestorio, los emperadores Teodosio y Valentiniano convocaron un concilio, presidido por los legados del papa Celestino, en la ciudad de Éfeso. El concilio condenó como hereje a Nestorio y declaró dogma de fe que la Virgen María es Madre de Dios. Fue tanto el regocijo de los efesinos, que profesaban intensísima devoción a la Virgen, al enterarse de la decisión de los Padres del concilio, que, congregándose en inmensa muchedumbre, los saludaron con grandes aclamaciones de gozo y les acompañaron procesionalmente hasta sus casas con antorchas encendidas. Y el papa Pío Xl, queriendo conmemorar dignamente el XV centenario de este concilio e intensificar en los sacerdotes y en el corazón de todos los fieles la devoción hacia la Madre de Dios, instituyó una fiesta litúrgica, con oficio y misa propios, para el 12 de octubre.
Que en estos tiempos difíciles sea ella para nosotros faro de fe, columna de esperanza, recuerdo de que pertenecemos a lo alto y hemos nacido para mayores cosas, invitación a vivir como hijos de tal Madre y hermanos del Verbo que un día quiso hacerse carne en sus entrañas para morir por nuestro amor y abrirnos las puertas del cielo.
Y, como Dios es amor, he aquí que, desde la eternidad, determinó darse. Y el fruto de esta donación fue la existencia de los espíritus, ángeles y almas capaces de reflejar, como imágenes y semejanzas, las divinas perfecciones, la celeste hermosura, cantando así la gloria divina: capaces de pagar amor con amor, rindiendo a la divinidad el homenaje de reconocerse criaturas, pero libremente, voluntariamente, con una entrega perfecta; capaces de darse. Se volcó más: quiso hacerles participantes, en la gloria del cielo, del misterio inefable de su vida trinitaria. Pero no bastó a la potencia infinita de entrega que es el corazón de Dios y quiso que una criatura se uniese a Él en la comunión más perfecta imaginable, en comunión de naturaleza, con unidad de persona. El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Quiso Dios saber de los humanos latidos, de los humanos dolores, de los humanos goces; quiso Dios atraernos con lazos de carne y sangre (Os. 11,4) hasta el punto de llegar a derramar la suya en una cruz por salvarnos de nuestros pecados. Y así Cristo quedó constituido en perfecto amador y glorificador del Padre. Pero aún no fue a Dios suficiente. Quiso darse a una criatura de la manera más estrecha posible, aun sin llegar a comunicarle personalmente su divinidad, y entonces...
Era la plenitud de los tiempos. En una pobre casita palestinense una humilde mujer tenía un niño en brazos. De pronto sonrió el niño. El coro de invisibles ángeles que rodeaba la escena se ciñó apretadamente alrededor de la mujer para no perder de vista la sonrisa. Sonrió el niño y sus labios entreabiertos pronunciaron por vez primera una palabra: "¡Madre!" Se postraron los ángeles al oír la palabra, silentes, alfombrando el pobre suelo con sus alas de celeste raso. El Verbo hecho carne acababa de llamar a su Madre. María era Madre de Dios.
No, claro está que la Virgen no dio al Verbo la naturaleza divina. Esta la recibe el Verbo desde la eternidad, misteriosamente, del Padre, primera persona de la Trinidad santísima. La Virgen es Madre de Dios por haber dado a luz un hijo que es Dios. Así como nuestras madres son verdaderamente madres nuestras por el solo hecho de darnos el cuerpo, ya que el alma la recibimos directamente de Dios, así la Virgen no comunicó a Cristo la divinidad, pero al concebir una naturaleza que había sido asumida personalmente por la divinidad, al ser Madre de alguien que era Dios, ella quedaba constituida propiamente Madre de Dios.
Cristo es Dios; María es Madre de Cristo, luego María es Madre de Dios. El razonamiento, escueto, corre limpio del pensamiento al corazón del creyente y mueve sus labios a una perpetua alabanza hacia aquella que, sola y sin ejemplo, mereció llevar en su seno y llamar con verdad hijo suyo al Verbo del Padre.
Solamente quien niegue a Cristo su categoría de Hijo de Dios, como hizo Nestorio, podrá negar que la Virgen sea Madre de Dios.
Entre los humanos no puede imaginarse lazo más dulce, lazo más apretado, lazo más unitivo que el que resulta entre dos seres, uno de los cuales ha dado al otro su sangre, su vida, sus sentimientos, sus ideales; uno de los cuales se prolonga realmente, vitalmente, en el otro. Entre una madre y un hijo. Ningún amor tan fuerte, desinteresado, entrañable, como el de una madre a un hijo. Por eso quiso Dios tener Madre en la tierra. María vino al mundo para ser Madre de Dios, para amar a Dios, para estar unida a Dios de la manera más estrecha imaginable en pura criatura.
De aquí que la dignidad de la Virgen sea sobre todo lo creado. Es casi infinita. Su Hijo le comunica la suya propia de la forma y en la medida que es posible recibirla a humana y limitada criatura. Si no le puede comunicar su dignidad divina, haciéndola su Madre le concede participar de ella en el mayor grado posible, de forma que no pueda concebirse otra mayor, que solamente el entendimiento divino sea capaz de abarcarla en toda su extensión y profundidad. Ella, la Madre, sobre todas las criaturas: sobre los ángeles y los serafines, sobre los bienaventurados todos, sobre toda la creación.
Se complació Dios en ella sobre todas las criaturas del universo. Era su Madre.
Porque iba a llamarla Madre, los méritos de su pasión, previstos desde la eternidad, le alcanzaron que, a diferencia de los demás mortales, fuera concebida sin culpa, llena de gracia desde el primer instante de su ser.
Al hacerla su Madre puso en ella una radical e inexhaurible exigencia de santidad, de gracia. Hasta hay quienes piensan que el mismo hecho de ser Madre de Dios la hace formalmente santa, con una santidad peculiar, misteriosa puesto que la hace agradable a Dios, la une a Dios inefable y estrechísimamente, la santidad de la maternidad divina.
Por ser su Madre—la Madre del Rey del universo— ella sería la Reina y Señora de todo lo creado, ante cuyo nombre temblarían incluso las potestades del infierno.
Por ser su Madre—la Madre de un Dios redentor— ella sería corredentora y quedaría asociada a su Hijo en la obra de rescatar al género humano de la esclavitud del pecado, y sus méritos—recibidos del Hijo, dignificados por el ser del Hijo—tendrían potencia suficiente para alcanzarnos la gracia de la salvación.
Por ser su Madre--la Madre de un Dios que se hizo hombre para ser hermano mayor nuestro—ella quedaría constituida Madre nuestra y, con ello, toda la razón de nuestra esperanza; porque desde el momento en que podemos decir con verdad, como aquel santo, "la Madre de Dios es mi Madre", no tenemos nada que temer y todo lo podemos esperar. Quien nos dio a su Madre al pie de la cruz, ¿cómo podrá negarnos cualquier cosa que en nombre de nuestra Madre común le pidamos?
Dios ha querido unirse a nosotros inefablemente: ha querido tener una carne y una sangre como las nuestras; ha querido fundirlas con las nuestras en la comunión; ha querido, desvelando el más íntimo secreto de la divina ternura, llamar con nosotros Madre a la misma mujer, unirse a nosotros en su seno, darse a nosotros en sus brazos.
De la maternidad divina se derivan para María todos sus atributos, toda su gloria. De la maternidad divina de María se derivan para nosotros las fuentes del consuelo y de la esperanza. Al saberla tan alta, tan pura, de tanta santidad, reconocemos instintivamente nuestra indignidad y bajeza, lo hórrido de nuestra culpa. Por eso hemos aprendido desde niños a balbucir emocionadamente: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores. Ante la Madre de Dios nos sentimos pecadores, indignos, malos; pero, como hemos aprendido también que es Madre nuestra, nos enseñaron a decirle, con la conciencia de hallarnos encerrados en el valle obscuro de la culpa, desterrados en el lugar de las lágrimas: ¡Salve, Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra!...
Al saber que nuestra Madre es Madre de Dios sentimos brotar en nuestros pechos irresistible añoranza de los eternos bienes, deseo firmísimo del mismo Dios, de nuestro hermano Dios. Conocemos que nuestra patria es el cielo y caminamos seguros hacia él, porque en manos de nuestra Madre están todos sus tesoros y ella está pronta a dispensárnoslos si nosotros nos reconocemos hijos suyos.
Era en el año 431. Nestorio, obispo de Constantinopla, propagando las doctrinas de Teodoro de Mopsuestia, había negado que Cristo fuese propiamente Hijo de Dios, enseñando que en él había dos personas, una humana y otra divina, y no una sola persona, la divina, como enseña la fe verdadera. En consecuencia sostenía que la Virgen era madre de Cristo, de la persona humana de Cristo, y así de ninguna manera se la podría llamar Madre de Dios, ya que Cristo no era Dios. Se habían sucedido las condenaciones de Roma: le había combatido el obispo de Alejandría San Cirilo; pero, ante la contumacia de Nestorio, los emperadores Teodosio y Valentiniano convocaron un concilio, presidido por los legados del papa Celestino, en la ciudad de Éfeso. El concilio condenó como hereje a Nestorio y declaró dogma de fe que la Virgen María es Madre de Dios. Fue tanto el regocijo de los efesinos, que profesaban intensísima devoción a la Virgen, al enterarse de la decisión de los Padres del concilio, que, congregándose en inmensa muchedumbre, los saludaron con grandes aclamaciones de gozo y les acompañaron procesionalmente hasta sus casas con antorchas encendidas. Y el papa Pío Xl, queriendo conmemorar dignamente el XV centenario de este concilio e intensificar en los sacerdotes y en el corazón de todos los fieles la devoción hacia la Madre de Dios, instituyó una fiesta litúrgica, con oficio y misa propios, para el 12 de octubre.
Que en estos tiempos difíciles sea ella para nosotros faro de fe, columna de esperanza, recuerdo de que pertenecemos a lo alto y hemos nacido para mayores cosas, invitación a vivir como hijos de tal Madre y hermanos del Verbo que un día quiso hacerse carne en sus entrañas para morir por nuestro amor y abrirnos las puertas del cielo.
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