domingo, 15 de marzo de 2026

15 de Marzo 2026 – 4º DOMINGO DE CUARESMA - Palabras de aliento en el camino.

TODA alma religiosa siente la necesidad de tratar filialmente con Dios, de hablar con Él en la intimidad, de unirse a Él. Este anhelo, el paganismo le tuvo sepultado en el fondo de la conciencia humana. Para Aristóteles, el Primum movens existía retraído en una lejanía inaccesible; tan difícil hubiera sido comunicar con él como con los habitantes de Marte. Es el Cristianismo el que ha hecho vibrar esta nota en las almas, el que nos ha acostumbrado a considerar la vida como un esfuerzo, como una peregrinación hacia Dios; el que nos ha señalado los estudios diversos de ese viaje, las piedras miliarias que nos librarán de perdernos en ese camino hacia la unión maravillosa que naturalmente apetecemos y que apenas podemos concebir, hacia una vida más alta, a la cual se podría aplicar, en un sentido infinitamente más sublime, la definición que Platón daba del amor: «Círculo del bueno al bueno, devuelto perpetuamente.»

Esa peregrinación de la criatura que vuelve al Criador se encuentra simbolizada, o, mejor, resumida en la liturgia cuaresmal. Los escritores ascéticos nos hablan de tres vías, que ellos llaman «purgativa», «iluminativa» y «unitiva»; aunque más que tres vías, esas palabras designan tres operaciones que pueden ser simultáneas o sucesivas. Ellas condensan también el pensamiento fundamental de la Cuaresma, el que palpita bajo el tejido policromo de sus oraciones, sus lecturas, sus cantos y sus ritos. Hacia la unión, por la purificación y la iluminación; he aquí el santo y seña que la Iglesia da en estos santos días a todos los cristianos. La purificación reza especialmente con los penitentes, con los que en el llanto y la penitencia aguardan la Pascua para ser reintegrados en la comunión de los fieles; la iluminación se dirige a los catecúmenos, a los que en la espera de la noche del Sábado Santo reciben con ansiedad la revelación progresiva de los misterios evangélicos. La tarea de los primeros consiste en frotar su alma, como se frota una moneda, para descubrir en ella la imagen oscurecida por el pecado; la de los segundos, en preparar el metal para que pueda recibir la imagen. A los unos, la liturgia los alienta, los ayuda, los grita: «Lavaos, estad limpios, arrancad el mal de vuestros corazones»; a los otros los catequiza, les descubre la doctrina y la vida de Cristo y les dice: «Acercaos a Él para ser iluminados.» Pero la verdad y la pureza son inseparables; el que trabaja en la purificación va advirtiendo que se acerca a la luz, y el que busca generosamente la luz se siente poco a poco purificado. El penitente se ilumina y el catecúmeno se purifica, y en la iluminación y la purificación palpita una tercera fuerza, que los sostiene y los anima: el amor. La inteligencia va penetrada de unción; o, como bellamente dice San Bernardo, a los rayos de luz, que llegan al espíritu, acompañan los rayos de calor, que se enderezan al corazón. Las tres vías se enlazan, se ayudan, se funden de una manera misteriosa y llevan a la consecución de una misma victoria, a la explosión de una inmensa alegría.

En la peregrinación cuaresmal esa explosión se llama el domingo «Laetare», a causa de la primera palabra con que empieza el Introito de la Misa, invitación entusiasta a una alegría perfecta: «Alégrate, Jerusalén, y regocijaos con ella todos los que la amáis; gozaos los que estuvisteis tristes; llenaos de júbilo y recibid los consuelos que manan de sus pechos.» A este grito, el ambiente litúrgico se transforma: en medio de las tristezas del ayuno, vuelven a resonar los acordes del órgano, el altar se viste de flores y los sacerdotes cambian el color violeta, símbolo del dolor y la penitencia, por el rosado, en el cual brilla un albor de esperanza y de alegría. En Roma, el Pontífice bendice la Rosa de Oro, que nos recuerda aquellas palabras de San Ambrosio: «Coges la flor nueva, que da el buen olor de la Resurrección; coges el lirio, esplendor de la eternidad; coges la rosa de la sangre del Señor.» Esa rosa mística es una figura del paraíso que buscamos; es como aquellos gigantescos racimos que entre la aridez del desierto hablaban al pueblo escogido de la tierra que manaba leche y miel. En la España antigua se practicaba un rito no menos significativo. Desde el amanecer, un pregonero recorría las ciudades recordando a los que tenían niños sin bautizar que los presentasen en la iglesia. En la iglesia, después del Evangelio, tres diáconos se adelantaban hacia el pueblo. El primero decía: «Si alguno quiere ser iniciado en el sacramento de la fe, dé su nombre.» Después de una pausa, clamaba el segundo: «Si alguno desea la vida eterna, dé su nombre.» Seguía luego la invitación del tercero, en términos más claros: «Si alguno quiere ser bautizado el día de Pascua, dé su nombre.» Los niños pasaban delante del obispo, llevados por sus madres; el arcediano escribía sus nombres en las tablas de cera; tres subdiáconos pronunciaban el exorcismo, soplando sobre las cabezas de los pequeños catecúmenos, y un presbítero sellaba su frente con el signo de la cruz.

Todo este aparato de ceremonias y de símbolos significa una misma cosa: que la salud se acerca, que en la lejanía brilla el alba de la Resurrección, que vamos sintiendo la renovación santa, por la cual nos haremos dignos de cantar el cántico nuevo, según los bellos versos del himno cuaresmal:

«En nos, novi per veniam, novum cantamus canticum.»

Todo en los textos de la Misa tiene ese profundo sentido de jubilosa esperanza. Si en los oficios nocturnos se nos presenta la figura majestuosa de Moisés, tipo del verdadero libertador, Jesucristo, en la Epístola oímos aquellas altivas palabras del Apóstol, que en las asambleas de los primeros cristianos debían caer como un rayo revelador: «Nosotros no somos hijos de la esclava, sino de la libre; con una libertad que nos viene de Cristo.» El Evangelio ya no nos habla de luchas y de tentaciones, sino de símbolos misteriosos de amor. Aún nos encontramos en el desierto: al noroeste del lago de Genesaret, más allá de Betsaida, se extendía una vasta soledad, limitada, hoy como antaño, por colinas agrestes y desnudas. La nave de Jesús surcaba el lago en aquella dirección, pero un viento contrario la impedía avanzar con rapidez. La muchedumbre le seguía por la orilla, y al llegar a la desembocadura del Jordán se encontró rodeado de un inmenso gentío que le aclamaba y se dirigía hacia Él. «Semejante a un rebaño sin pastor». Y tuvo compasión de ellos. Les predicó el reino de Dios, curó sus enfermos; y, haciéndoles sentar por grupos de cincuenta y de ciento, que por los colores chillones de sus vestidos semejaban, según la expresión de San Marcos, cestos de flores sobre un verde tapiz, les dio de comer, multiplicando los cinco panes y dos peces que por casualidad llevaba un muchacho.

Este relato hacía que el júbilo se derramase en gritos de alabanza. «Bendecid al Señor, porque es benigno», clamaba el coro después de oírle; «todo cuanto quiso, lo hizo el Señor en el Cielo y en la tierra». En los panes y los peces el penitente veía un nuevo anuncio de su restauración espiritual; el catecúmeno, una prefiguración del arcano eucarístico, que poco a poco se iba descorriendo a sus miradas. Uno y otro recogían con avidez las lecciones encerradas en ese lenguaje simbólico de la liturgia, para disponerse a vivir en toda su plenitud el misterio pascual. Como abejas solícitas, se esforzaban por sacar la miel del amor entre las flores de ese jardín de ritos, gestos y oraciones, y así conseguían el triple objetivo de la Cuaresma: se purificaban, se iluminaban, se inflamaban. Vivían el misterio de Pascua. Es fácil estrenar un hábito nuevo el Domingo de Resurrección: es fácil confesar y comulgar; pero eso no basta. Hay que asimilarse el fruto de la Resurrección, convertirle en una realidad íntima, sentir la explosión de esa savia vital que viene de Cristo; y esto lo conseguiremos empapándonos antes en el espíritu de esta maravillosa liturgia cuadragesimal.

Reflexión de Cuaresma 15/03/2026 - 4º Domingo de Cuaresma

Domingo, 15-03-2026 4º Domingo de CUARESMA Ciclo A

Reflexión del 15/03/2026

Lecturas del 15/03/2026

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».
Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo: «Seguro que está su ungido ante el Señor».
Pero el Señor dijo a Samuel: «No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón».
Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé: «El Señor no ha elegido a estos».
Entonces Samuel preguntó a Jesé: «¿No hay más muchachos?».
Y le respondió: «Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».
Samuel le dijo: «Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa mientras no venga».
Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel: «Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este».
Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.
Hermanos:
Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor.
Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas.
Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas. Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, descubierto es luz.
Por eso dice: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará».
En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?».
Unos decían: «El mismo».
Otros decían: «No es él, pero se le parece».
El respondía: «Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de Los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó: «Que es un profeta».
Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
Él dijo: «Creo, Señor».
Y se postró ante él.

Palabra del Señor.

15 de Marzo 2026 – San Clemente María Hofbauer

Jan Dvorak - tal fue su verdadero nombre - sólo era alemán por parte de madre, y nació en Tasswitz, en la Moravia, hijo de un carnicero checo. Tuvo que ganarse la vida con ocupaciones muy diversas, entre ellas la de panadero, antes de conseguir ser sacerdote a los treinta y cuatro años.

Los redentoristas, orden a la que pertenecía, le destinaron a Varsovia, donde vitalizó un ambiente espiritual muy mortecino ocupándose solícitamente de los fieles polacos y de la nutrida colonia alemana; convirtió a muchos, fundó asilos, colegios y asociaciones religiosas, pero en 1808 Napoleón deshizo toda su labor dispersando a los suyos e incluso encerrándole en la cárcel.

"Lo que nos parece una contrariedad nos lleva hacia donde quiere Dios", decía; el nuevo escenario de su vida será mucho mayor y más resonante, Viena; allí san Clemente pasa de oscuro capellán de unas monjas ursulinas a convertirse en uno de los hombres más influyentes de la ciudad en la que se celebra el congreso cuyo objetivo es poner orden en la revuelta Europa de Napoleón.

Pero lo de menos es que altos personajes le consultaran, que mitigase la entrometida política del josefismo en asuntos de la Iglesia o que reuniera a su alrededor a intelectuales, artistas, estudiantes y profesores, núcleo de un romanticismo católico (Schlegel, el poeta Brentano, el pintor Overbeck). Fue sobre todo el sacerdote humilde y celosísimo del confesonario y el púlpito, de las visitas a pobres y a agonizantes, de la caridad y la plegaria. Un contemporáneo les equiparó a Napoleón y a Goethe como quien compara el estruendo humano a una vigilia del espíritu esperanzada y fecunda.

sábado, 14 de marzo de 2026

Reflexión de Cuaresma 14/03/2026

Reflexión del 14/03/2026

Lecturas del 14/03/2026

Vamos, volvamos al Señor.
Porque él ha desgarrado, y él nos curará; él nos ha golpeado, y él nos vendará.
En dos días nos volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir; viviremos en su presencia y comprenderemos.
Procuremos conocer al Señor.
Su manifestación es segura como la aurora.
Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra».
¿Qué haré de ti, Efraín, qué haré de ti, Judá?
Vuestro amor es como nube mañanera, como el rocío que al alba desaparece.
Sobre una roca tallé mis mandamientos; los castigué por medio de los profetas con las palabras de mi boca.
Mi juicio se manifestará como la luz.
Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos.
En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor.

14 de Marzo 2026 – Beata Eva de Lieja

En Lieja, en la Lorena, beata Eva del Monte Cornelio, reclusa junto al cenobio de San Martín, que, junto con santa Juliana, priora del mismo cenobio, trabajó mucho para que el papa Urbano IV instituyese la fiesta del Cuerpo de Cristo.

Las noticias que nos han llegado aparecen en la «Vita Julianae», es decir, en la vida de santa Juliana de Cornillon. Eva nació en Lieja, en un ambiente acomodado, y experimentó un conflicto entre la vida civil y la de reclusa; su vocación no fue inmediatamente clara, y Juliana influenció mucho en su decisión. El ambiente en el que se educó no era el más propicio para alimentar una profunda vida cristiana. Era un mar de dudas. Poco a poco, sin embargo, su íntima amiga santa Juliana de Cornillón le fue aclarando todo su rico manantial -aunque inexplorado- de su alma estupenda.

La amistad sincera ayuda en momentos cruciales de la existencia. Guiada, pues, por su amiga entró en el convento cisterciense de San Martín de Lieja (Bélgica). Tuvo la fortuna de que la visitara a menudo su amiga. Le confiaba el gozo que sentía de haber fundado un instituto dedicado a la glorificación del Sacramento de la Eucaristía. Por diversas circunstancias, la beata Juliana tuvo que salir para estar junto a su amiga Eva en el mismo convento. Aquí fue donde Eva constató personalmente los arrebatos místicos de su amiga. Al principio dudaba de que los tuviera. Se convenció más tarde del alto grado de santidad de su amiga y de los éxtasis con que Dios le regalaba.

Gracias a las dos, el papa Urbano IV publicó la Bula en la que anunciaba la fiesta de la institución de la fiesta del Corpus para toda la Iglesia. Esta Bula es un documento importante de la fecha de la institución, en agosto- septiembre del año 1264. Justamente, al año siguiente moría en olor de santidad. Se le da de forma indistinta el título de santa o beata. 

Sus restos mortales por una u otras razones han ido de aquí para allá hasta el 18 de diciembre de 1746, fecha en la que se colocaron en el altar de san Martín. Su popularidad va siempre unida a Juliana. El culto fue aprobado el 22 de abril de 1902 por León XIII, y se celebra en Lieja el 14 de marzo, y el 25 de junio en otras regiones.

viernes, 13 de marzo de 2026

Reflexión de Cuaresma 13/03/2026

Reflexión del 13/03/2026

Lecturas del 13/03/2026

Esto dice el Señor: «Vuelve, Israel, al Señor tu Dios, porque tropezaste por tu falta.
Tomad vuestras promesas con vosotros, y volved al Señor.
Decidle: “Tú quitas toda falta, acepta el pacto.
Pagaremos con nuestra confesión: Asiria no nos salvará, no volveremos a montar a caballo, y no llamaremos ya ‘nuestro Dios’ a la obra de nuestras manos.
En ti el huérfano encuentra compasión”.
“Curaré su deslealtad, los amaré generosamente, porque mi ira se apartó de ellos.
Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio, echará sus raíces como los cedros del Líbano.
Brotarán sus retoños y será su esplendor como el olivo, y su perfume como el del Líbano.
Regresarán los que habitaban a su sombra, revivirán como el trigo, florecerán como la viña, será su renombre como el del vino del Líbano.
Efraín, ¿qué tengo que ver con los ídolos? Yo soy quien le responde y lo vigila.
Yo soy como un abeto siempre verde, de mí procede tu fruto”.
¿Quién será sabio, para comprender estas cosas, inteligente, para conocerlas?
Porque los caminos del Señor son rectos: los justos los transitan, pero los traidores tropiezan en ellos».
En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: « ¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor.

13 de Marzo 2026 – Santa Eufrasia - Virgen

SANTA EUFRASIA la joven virgen que renunció a todos sus privilegios por Cristo

La Iglesia recuerda a Santa Eufrasia de Constantinopla, monja del siglo IV, figura importante del monacato femenino de la antigüedad.

Protegida del emperador.

Eufrasia fue hija de Antígono, senador de Constantinopla, emparentado con el emperador Teodosio I.

Un año después del nacimiento de Eufrasia, Antígono murió, por lo que la pequeña y su madre quedaron bajo la protección de la casa imperial.

El emperador se encargó personalmente del cuidado de ambas mujeres.

Cuando Eufrasia cumplió los 5 años, según la costumbre, Teodosio decidió comprometerla en futuro matrimonio con el hijo de un rico senador romano.

Mientras tanto, su madre, llamada también Eufrasia, iba comprometiéndose cada vez más con su fe cristiana, por lo que decidió dejar Constantinopla y mudarse a Egipto con su hija. Eufrasia tendría unos 7 años cuando llegó a ese país al lado de su madre y entró en contacto con los eremitas y monjes de Tebaida.

Egipto era una tierra en la que florecía la espiritualidad cristiana, donde grandes santas y santos testimoniaban la grandeza de Dios. Allí, las dos mujeres empezaron a frecuentar el monasterio de Santa María, fundado por San Cirilo de Alejandría y Santa Sara, haciéndose cercanas a las monjas que lo habitaban y adoptando muchas de sus costumbres.

Brota una flor en el jardín de la santidad

En buena parte, por eso, la pequeña Eufrasia, empezó a sentirse cada vez más atraída por la vida religiosa eremita y, cuando su madre murió, rogó a las monjas que le permitieran permanecer con ellas en el monasterio, tomando los hábitos de novicia a la edad de 8 años.

Al cumplir los doce, el emperador Arcadio quiso hacer valer la promesa que había hecho su predecesor Teodosio I, y envió un mensaje al monasterio en el que estaba Eufrasia, pidiéndole que regresara a casarse con el senador al que fue prometida.

La santa se negó a abandonar el convento y escribió una carta al emperador suplicando que la dejara en libertad, a cambio de que vendiese todos los bienes heredados de sus padres y dejase libres a todos los esclavos de su casa. Eufrasia le pidió al emperador que repartiera lo obtenido entre los pobres. Finalmente, pese a oponerse a que se deshaga de su herencia, el emperador accedió a los deseos de Eufrasia.

La joven prosiguió con su vida en el monasterio, sobrellevando la disciplina y dificultades del día a día, afrontando también las tentaciones que la invitaban a mirar atrás, o soñar con lo que hubiese sido de ella gozando de los privilegios que le correspondían. Eufrasia combatió “el buen combate” con ayuda de la gracia, practicando la caridad e invocando el nombre de Cristo.

En pie de lucha.

Cuenta la tradición que la abadesa del convento, Sara, tuvo una visión en la que Cristo glorioso tomaba a Eufrasia por esposa en el paraíso. Y es que la santa vivía profundamente enamorada de Cristo, guardándose en fidelidad eterna a Él. Sin embargo, son numerosas las historias en las que Satanás tentó a la joven mientras trabajaba o ayunaba. Sara le había procurado una disciplina especial a la santa, entre ayunos y penitencias, acompañadas de oración. Eufrasia salió airosa de muchas batallas espirituales, más aferrada al Señor, con el alma fortalecida. Entonces, el Señor, por su amor probado, le concedió el don de hacer milagros y echar malos espíritus. Eufrasia sanó a muchos enfermos y liberó a muchos poseídos; como fue el caso de un niño que no podía andar porque un demonio lo tenía paralizado, o de una monja cuya alma había caído en manos del tentador.

Rumbo al cielo junto a sus hermanas.

Cuando la santa tenía alrededor de 30 años, enfermó gravemente de fiebres, y en su lecho de muerte, tanto Julia, su compañera de celda, como Sara, la abadesa, le imploraron que les concediera la gracia de estar con ella en el Cielo.

Tres días después de la muerte de Eufrasia, Julia falleció y solo unos días después, le sucedió también a la abadesa.

Aquellas dos fueron coronadas con los mismos lauros de santidad: ellas fueron Santa Sara y Santa Julia.