lunes, 23 de marzo de 2026

Reflexión de Cuaresma 23/03/2026

VIA CRUCIS 2026 - IV Estación

Reflexión del 23/03/2026

Lecturas del 23/03/2026

En aquellos días, vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con Susana, hija de Jelcías, mujer muy bella y temerosa del Señor.
Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía un jardín junto a su casa; y como era el más respetado de todos, los judíos solían reunirse allí.
Aquel año fueron designados jueces dos ancianos del pueblo, de esos que el Señor denuncia diciendo: «En Babilonia la maldad ha brotado de los viejos jueces, que pasan por guías del pueblo».
Solían ir a casa de Joaquín, y los que tenían pleitos que resolver acudía a ellos.
A mediodía, cuando la gente se marchaba, Susana salía a pasear por el jardín de su marido. Los dos ancianos la veían a diario, cuando salía a pasear, y sintieron deseos de ella.
Pervirtieron sus pensamientos y desviaron los ojos para no mirar al cielo, ni acordarse de sus justas leyes.
Sucedió que, mientras aguardaban ellos el día conveniente, salió ella como los tres días anteriores sola con dos criadas, y tuvo ganas de bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor. No había allí nadie, excepto los dos ancianos escondidos y acechándola.
Susana dijo a las criadas: «Traedme el perfume y las cremas y cerrad la puerta del jardín mientras me baño».
Apenas salieron las criadas, se levantaron los dos ancianos, corrieron hacia ella y le dijeron: «Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que consiente y acuéstate con nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que un joven estaba contigo y que por eso habías despachado a las criadas».
Susana lanzó un gemido y dijo: «No tengo salida: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero prefiero no hacerlo y caer en vuestras manos antes que pecar delante del Señor».
Susana se puso a gritar, y los dos ancianos, por su parte, se pusieron también a gritar contra ella. Uno de ellos fue corriendo y abrió la puerta del jardín.
Al oír los gritos en el jardín, la servidumbre vino corriendo por la puerta lateral a ver qué le había pasado. Cuando los ancianos contaron su historia, los criados quedaron abochornados, porque Susana nunca había dado que hablar.
Al día siguiente, cuando la gente vino a casa de Joaquín, su marido, vinieron también los dos ancianos con el propósito criminal de hacer morir a Susana. En presencia del pueblo ordenaron: «Id a buscar a Susana, hija de Jelcías, mujer de Joaquín».
Fueron a buscarla, y vino ella con sus padres, hijos y parientes.
Toda su familia y cuantos la veían lloraban.
Entonces los dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y pusieron las manos sobre la cabeza de Susana.
Ella, llorando, levantó la vista al cielo, porque su corazón confiaba en el Señor.
Los ancianos declararon: «Mientras paseábamos nosotros solos por el jardín, salió esta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió a las criadas. Entonces se le acercó un joven que estaba escondido y se acostó con ella.
Nosotros estábamos en un rincón del jardín y, al ver aquella maldad, corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero no pudimos sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros, y, abriendo la puerta, salió corriendo.
En cambio, a esta le echamos mano y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. Damos testimonio de ello».
Como eran ancianos del pueblo y jueces, la asamblea los creyó y la condenó a muerte.
Susana dijo gritando: «Dios eterno, que ves lo escondido, que lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que han dado falso testimonio contra mí, y ahora tengo que morir, siendo inocente de lo que su maldad ha inventado contra mí».
Y el Señor escuchó su voz.
Mientras la llevaban para ejecutarla, Dios suscitó el espíritu santo en un muchacho llamado Daniel; y este dio una gran voz: «Yo soy inocente de la sangre de esta».
Toda la gente se volvió a mirarlo, y le preguntaron: «Qué es lo que estás diciendo?».
Él, plantado en medio de ellos, les contestó: «Pero ¿estáis locos, hijos de Israel? ¿Conque, sin discutir la causa ni conocer la verdad condenáis a una hija de Israel? Volved al tribunal, porque esos han dado falso testimonio contra ella».
La gente volvió a toda prisa, y los ancianos le dijeron: «Ven, siéntate con nosotros e infórmanos, porque Dios mismo te ha dado la ancianidad».
Daniel les dijo: «Separadlos lejos uno del otro, que los voy a interrogar».
Cuando estuvieron separados el uno del otro, él llamó a uno de ellos y le dijo: «¡Envejecido en días y en crímenes! Ahora vuelven tus pecados pasados, cuando dabas sentencias injustas condenando inocentes y absolviendo culpables, contra el mandato del Señor: “No matarás al inocente ni al justo”. Ahora, puesto que tú la viste, dime debajo de qué árbol los viste abrazados».
Él contestó: «Debajo de una acacia».
Respondió Daniel: «Tu calumnia se vuelve contra ti. Un ángel de Dios ha recibido ya la sentencia divina y te va a partir por medio».
Lo apartó, mandó traer al otro y le dijo: «Hijo de Canaán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón. Lo mismo hacíais con las mujeres israelitas, y ellas por miedo se acostaban con vosotros; pero una mujer judía no ha tolerado vuestra maldad.
Ahora dime: ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados?».
Él contestó: «Debajo de una encina».
Replicó Daniel: «Tu calumnia también se vuelve contra ti. El ángel de Dios aguarda con la espada para dividirte por medio. Y así acabará con vosotros».
Entonces toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con ellos lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo. Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron.
Aquel día se salvó una vida inocente.
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó: «Ninguno, Señor».
Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Palabra del Señor.

23 de Marzo 2026 –. Santo Toribio de Mogrovejo

Toribio era graduado en derecho, y había sido nombrado Presidente del Tribunal de Granada (España) cuando el emperador Felipe II al conocer sus grandes cualidades le propuso al Sumo Pontífice para que lo nombrara Arzobispo de Lima. Roma aceptó y envió en nombramiento, pero Toribio tenía mucho temor a aceptar. Después de tres meses de dudas y vacilaciones aceptó.

El Arzobispo que lo iba a ordenar de sacerdote le propuso darle todas las órdenes menores en un solo día, pero él prefirió que le fueran confiriendo una orden cada semana, para así irse preparando debidamente a recibirlas.

En 1581 llegó Toribio a Lima como Arzobispo. Su arquidiócesis tenía dominio sobre Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Bolivia, Chile y parte de Argentina. Medía cinco mil kilómetros de longitud, y en ella había toda clase de climas y altitudes. Abarcaba más de seis millones de kilómetros cuadrados.

Al llegar a Lima Santo Toribio tenía 42 años y se dedicó con todas sus energías a lograr el progreso espiritual de sus súbditos. La ciudad estaba en una grave situación de decadencia espiritual. Los conquistadores cometían muchos abusos y los sacerdotes no se atrevían a corregirlos. Muchos para excusarse del mal que estaban haciendo, decían que esa era la costumbre. El arzobispo les respondió que Cristo es verdad y no costumbre. Y empezó a atacar fuertemente todos los vicios y escándalos. A los pecadores públicos los reprendía fuertemente, aunque estuvieran en altísimos puestos.

Las medidas enérgicas que tomó contra los abusos que se cometían, le atrajeron muchas persecuciones y atroces calumnias. El callaba y ofrecía todo por amor a Dios, exclamando, "Al único que es necesario siempre tener contento es a Nuestro Señor".

Tres veces visitó completamente su inmensa arquidiócesis de Lima. En la primera vez gastó siete años recorriéndola. En la segunda vez duró cinco años y en la tercera empleó cuatro años. La mayor parte del recorrido era a pie. A veces en mula, por caminos casi intransitables, pasando de climas terriblemente fríos a climas ardientes. Eran viajes para destruir la salud del más fuerte. Muchísimas noches tuvo que pasar a la intemperie o en ranchos miserabilísmos, durmiendo en el puro suelo. Los preferidos de sus visitas eran los indios y los negros, especialmente los más pobres, los más ignorantes y los enfermos.

Logró la conversión de un enorme número de indios. Cuando iba de visita pastoral viajaba siempre rezando. Al llegar a cualquier sitio su primera visita era al templo. Reunía a los indios y les hablaba por horas y horas en el idioma de ellos que se había preocupado por aprender muy bien. Aunque en la mayor parte de los sitios que visitaba no había ni siquiera las más elementales comodidades, en cada pueblo se quedaba varios días instruyendo a los nativos, bautizando y confirmando.

Celebraba la misa con gran fervor, y varias veces vieron los acompañantes que mientras rezaba se le llenaba el rostro de resplandores.

Santo Toribio recorrió unos 40,000 kilómetros visitando y ayudando a sus fieles. Pasó por caminos jamás transitados, llegando hasta tribus que nunca habían visto un hombre blanco.

Al final de su vida envió una relación al rey contándole que había administrado el sacramento de la confirmación a más de 800,000 personas.

Una vez una tribu muy guerrera salió a su encuentro en son de batalla, pero al ver al arzobispo tan venerable y tan amable cayeron todos de rodillas ante él y le atendieron con gran respeto las enseñanzas que les daba.

Santo Toribio se propuso reunir a los sacerdotes y obispos de América en Sínodos o reuniones generales para dar leyes acerca del comportamiento que deben tener los católicos. Cada dos años reunía a todo el clero de la diócesis para un Sínodo y cada siete años a los de las diócesis vecinas. Y en estas reuniones se daban leyes severas y a diferencia de otras veces en que se hacían leyes pero no se cumplían, en los Sínodos dirigidos por Santo Toribio, las leyes se hacían y se cumplían, porque él estaba siempre vigilante para hacerlas cumplir.

Nuestro santo era un gran trabajador. Desde muy de madrugada ya estaba levantado y repetía frecuentemente: "Nuestro gran tesoro es el momento presente. Tenemos que aprovecharlo para ganarnos con él la vida eterna. El Señor Dios nos tomará estricta cuenta del modo como hemos empleado nuestro tiempo".

Fundó el primer seminario de América. Insistió y obtuvo que los religiosos aceptaran parroquias en sitios supremamente pobres. Casi duplicó el número de parroquias o centros de evangelización en su arquidiócesis. Cuando él llegó había 150 y cuando murió ya existían 250 parroquias en su territorio.

Su generosidad lo llevaba a repartir a los pobres todo lo que poseía. Un día al regalarle sus camisas a un necesitado le recomendó: "Váyase rapidito, no sea que llegue mi hermana y no permita que Ud. se lleve la ropa que tengo para cambiarme".

Cuando llegó una terrible epidemia gastó sus bienes en socorrer a los enfermos, y él mismo recorrió las calles acompañado de una gran multitud llevando en sus manos un gran crucifijo y rezándole con los ojos fijos en la cruz, pidiendo a Dios misericordia y salud para todos.

El 23 de marzo de 1606, un Jueves Santo, murió en una capillita de los indios, en una lejana región, donde estaba predicando y confirmando a los indígenas.

Estaba a 440 kilómetros de Lima. Cuando se sintió enfermo prometió a sus acompañantes que le daría un premio al primero que le trajera la noticia de que ya se iba a morir. Y repetía aquellas palabras de San Pablo: "Deseo verme libre de las ataduras de este cuerpo y quedar en libertad para ir a encontrarme con Jesucristo".

Ya moribundo pidió a los que rodeaban su lecho que entonaran el salmo que dice: "De gozo se llenó mi corazón cuando escuché una voz: iremos a la Casa del Señor. Que alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del Señor".

Las últimas palabras que dijo antes de morir fueron las del salmo 30: "En tus manos encomiendo mi espíritu".

Su cuerpo, cuando fue llevado a Lima, un año después de su muerte, todavía se hallaba incorrupto, como si estuviera recién muerto.

Después de su muerte se consiguieron muchos milagros por su intercesión. Santo Toribio tuvo el gusto de administrarle el sacramento de la confirmación a tres santos: Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano y San Martín de Porres.

El Papa Benedicto XIII lo declaró santo en 1726.

Y toda América del Sur espera que este gran santo e infatigable apóstol, quizás el más grande obispo que ha vivido en este continente, siga rogando para que nuestra santa religión se mantenga fervorosa y creciente en todos estos países.

domingo, 22 de marzo de 2026

Reflexión de Cuaresma 22/03/2026 - 5º Domingo de Cuaresma

VIA CRUCIS 2026 - III Estación

22 de Marzo 2026 – QUINTO DOMINGO DE CUARESMA - El prólogo del drama SANGRIENTO

La iniciación de la Cuaresma abrió ante nuestras miradas una perspectiva de lucha y de meditación. La lucha nos ha ido convenciendo de nuestra debilidad, la meditación nos ha descubierto la realidad de nuestra miseria interior; y como remedio de nuestra debilidad y de nuestra miseria, nos acogemos ahora al pensamiento de la Pasión y muerte de Jesucristo. La figura del Salvador se nos ha aparecido ya como el consuelo de nuestra peregrinación. Como el sostén de nuestra flaqueza, como defensa nuestra en la lucha y como el precio de nuestra salud. De sus mismos labios hemos oído con estremecimiento el anuncio de su trágico destino terrestre. Hemos visto encresparse los odios de sus enemigos, y envenenarse su malicia, y agudizarse sus temores. Jesús es ya el indeseado, el excomulgado, el condenado. Sólo se espera un momento propicio para caer sobre Él sin peligro de levantamientos populares. Sus enemigos son los poderosos, los dignatarios, los comerciantes, los sacerdotes; los que tienen el dinero, la enseñanza la autoridad, se irritan con sola su presencia y maquinan ya la venganza en las sombras. Sólo las almas sencillas están de su parte; su bondad y su dulzura las conmueve; la humildad de su vida y la pureza inflexible de su doctrina, al mismo tiempo que exacerban al fariseo orgulloso, que sólo piensa en un Mesías conquistador y en una Jerusalén de cal y canto, agrupan en torno suyo a todos los que buscan sinceramente el reino de Dios.

Él continúa evangelizando y haciendo bien. Una nueva energía vibra en su palabra; su rostro ya no tiene los reflejos gozosos de los días de Galilea; y a veces un dejo de amarga tristeza empaña su voz. No obstante, sus discursos son cada vez más explícitos, sus expresiones más fuertes, su lógica más acerada, y las verdades que revela más sorprendentes. El Evangelio de este día nos le presenta en lucha abierta con sus mayores enemigos, con los fariseos. Es en Jerusalén, en uno de los pórticos del Templo, durante las fiestas de los Tabernáculos. El otoño avanza, se han terminado las cosechas y las vendimias, y miles de campesinos llenan las calles de Jerusalén. Ante la muchedumbre estupefacta, Jesús se ha declarado la fuente de la vida, la luz del mundo y el Juez de las conciencias. Con términos misteriosos ha hablado de su Padre celestial y de la unión perfecta que tiene con Él. Diariamente los sabios de Israel se presentan a discutir con Él, pero cada discusión es una derrota para ellos. No obstante, se ríen de sus palabras, las repiten torcidamente delante de la multitud, acusan al blasfemo y comentan su doctrina rasgando sus vestiduras y llevándose las manos a la cabeza con ojos de espanto y actitud de epilépticos. Jesús apela a todos los argumentos de la razón, a la elocuencia del milagro, al testimonio de su Padre, a la sinceridad de su conducta, a la integridad de su vida. Con la plena conciencia de su santidad inalterable, puede desafiar a sus enemigos lanzándoles este reto magnífico, único en la historia de la Humanidad: « ¿Quién de vosotros me convencerá de pecado?» Un silencio solemne es la réplica de esta pregunta audaz. Nadie se atreve a evocar una sombra sobre la radiante figura del nazareno. Comió con los publicanos, perdonó a las meretrices, entró en las casas de los paganos; pero Él está inmune de toda mancha. A falta de razones, la furia farisaica se desata en insultos; por entre las filas de los oyentes corren cada vez más descaradas estas dos palabras: samaritano, endemoniado. Se le llama loco, se le acusa de impiedad; pero nada puede enturbiar la calma inalterable de su alma. Sin temblor en la voz, sin rencor en la mirada, responde con una verdad nueva, que anuncia a la Humanidad una nueva era: «En verdad, en verdad os digo que quien observare mi doctrina no morirá para siempre.»

Su doctrina es verdadera; nadie ha podido cogerle en contradicción, ni en mentira, ni en error; pero además de verdadera, su doctrina es vivificante. El que la guarda no gustará la muerte; germen de vida, ella, le librará del pecado, le protegerá en los trances difíciles y le introducirá en una eternidad bienaventurada. La afirmación era de un atrevimiento inaudito; ningún rabbí se había dejado decir cosa semejante; ni el más arrogante filósofo había prometido nada parecido a sus discípulos. ¿Dónde estaban Abraham y los profetas? ¿Acaso no habían cumplido ellos la ley de Jehová, y, sin embargo, tuvieron que andar el camino de toda carne? Jesús recoge la objeción, y ella le va a servir para avanzar un paso más en la revelación de su pensamiento. Su palabra es verdadera, es vivificante, y es además, divina, y por ser divina es verdadera y vivificante. «Cierto, nadie dijo lo que Yo os digo en este momento, pero es que ha llegado la hora que esperaban los siglos. Todo va a ser regenerado, todo va a ser restablecido. Nace un reino que no lograron soñar los hombres en medio de sus más locos desvaríos; estas palabras mías abren la era del triunfo y la alegría para el universo, realizan todas las esperanzas de los patriarcas, llenan todos los votos de la humanidad caída. Abraham, vuestro padre, ardió en deseos de ver este día mío; viole y se llenó de gozo.» Otra afirmación extraña, digna de un loco, de un samaritano… o de un Dios. Entre el público se oyen carcajadas, silbidos y pateos; algunas manos se levantan amenazadoras por entre el mar de cabezas; y los más atrevidos gritan sarcásticos: «Aún no tienes cincuenta años, ¿y viste a Abraham?» Y Jesús, mirando fijamente a sus contradictores, con una solemnidad correspondiente a la importancia de sus palabras, termina: «En verdad, en verdad os digo que antes que Abraham fuera hecho, Yo soy.» Al fin, todo estaba claro, Abraham empezó a ser, como toda criatura. Él no fue ni será; su existencia sólo conoce un tiempo expresivo de su eterna actualidad: Él es. Cuando Moisés preguntó a Jehová por su nombre, Jehová le contestó con esta definición: «Yo soy el que soy.» Y otro tanto puede decir Jesús: Yo soy. He aquí su nombre, el secreto de su naturaleza, la causa de su superioridad sobre Abraham, y sobre los profetas, y sobre los ángeles, y sobre todo lo que fue y será y hubo un tiempo en que no fue.

Decididamente, aquel galileo era un impío, o era un Dios; un loco no parecía, porque razonaba maravillosamente. Sólo quedaba un dilema: o caer de rodillas delante de Él, o castigar sus blasfemias. Hubo, sin duda, entre los oyentes quienes recibieron aquellas palabras con una actitud en que se mezclaban el respeto y el terror, el asombro y la incertidumbre; pero los más fanáticos se impusieron. En los ángulos del patio encontraron montones de piedras destinadas a las obras del templo; echaron mano de ellas y corrieron hacia Jesús con intención de acabar con Él. Pero Él, confundiéndose con la multitud, desapareció. Su hora no ha llegado todavía; todavía no se han cumplido todas las cosas que anunciaron los profetas; todavía no ha dicho todas las palabras que tiene que decir. Cuando llegue el momento, dará su sangre hasta la última gota. Ha hecho demasiados beneficios a los hombres para salir de este mundo sin sufrir la última pena; ha dicho verdades demasiado altas para que no tengan que ser suscritas con sangre. Bien sabía lo que le esperaba en Jerusalén; se lo había anunciado a sus discípulos, lo había meditado muchas veces, y tiempo hacía que en todos sus pensamientos llevaba esculpida la muerte.

En la liturgia, el recuerdo de este alentado es como el prólogo del drama sangriento. Entramos en una nueva etapa de la Cuaresma, entramos en el tiempo que se llama propiamente de Pasión. Una luz sombría se derrama sobre la escena; un triste presentimiento invade las almas, un ambiente de tragedia nos sobrecoge. La Iglesia sabe que los hombres buscan a su Esposo, que conspiran contra Él, que no acabarán hasta hacerle perecer. Llena de dolor, reúne a sus hijos para llorar con ellos el espantoso crimen de la ingratitud y prorrumpir en acentos de indignación contra los deicidas. David y los profetas ponen en su boca las exclamaciones más conmovedoras; se oyen imprecaciones terribles contra los verdugos, y de cuando en cuando se alza la voz del mismo Cristo, revelándonos las angustias mortales de su alma. La escena se cubre también de luto: en el altar, las imágenes de los santos quedan ocultas a nuestras miradas; se diría que renuncian a consolarnos en nuestro duelo. La misma cruz desaparece bajo un velo oscuro. Antes ella nos sostenía, hablándonos de luz, de fuerza, de amor; y he aquí que ahora se aparta, por decirlo así, de nosotros para hacer más viva nuestra esperanza y más sincera nuestra contrición. Porque no es una compasión estéril lo que se nos pide; las lágrimas son inútiles, las mismas oraciones sirven de poco cuando no las acompaña una conmoción profunda del corazón. Las terribles escenas que durante estos días van a pasar delante de nuestros ojos deben ser enseñanzas vivas para nuestras inteligencias, llamaradas de fuego para nuestras almas. «No lloréis por Mi—nos dice el Redentor en medio del desamparo—, llorad por vosotros y por vuestros hijos.» En esta hora de la justicia inexorable contra el pecado, debemos recordar que no son Judas, ni Pílalos, ni el odio de los fariseos, ni la cobardía de los discípulos el objeto de nuestras cóleras, sino esa serpiente de mil cabezas que se enrosca en nuestros corazones, y envenena nuestra vida, y pone sombras en nuestro camino, y hace correr ríos de sangre por el rostro de nuestro divino Salvador.

Domingo, 22-03-2026 5º Domingo de CUARESMA Ciclo A