miércoles, 8 de abril de 2026

Reflexión del 08/04/2026

Lecturas del 08/04/2026

En aquellos días, Pedro y Juan subían al tempo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo: «Míranos».
Clavó los ojos en ellos, esperando que le dieran algo. Pero Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».
Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.
Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo: « ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: « ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?».
Él les dijo: « ¿Qué?».
Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo: « ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro: « ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.

08 de Abril 2026 – Beato Augusto Czartoryski

Augusto Czartoryski nació en París el 2 de agosto de 1858, en el exilio. Desde hacía unos treinta años su noble estirpe, ligada a la historia y los intereses dinásticos de Polonia, había emigrado a Francia, y desde el Palacio Lambert, en la rivera del Sena, dirigía una vasta acción entre los connacionales y ante las Cancillerías europeas, con el fin de restaurar la unidad de la patria, desmembrada y repartida desde el 1795 entre las grandes potencias.

El príncipe Adán Czartoryski, guerrero y hombre político, había cedido las riendas de la estirpe, así como de la actividad patriótica, al príncipe Ladislao, unido en matrimonio con la princesa María Amparo, hija de la reina de España María Cristina y del duque Rianzárez. Son éstos los padres de nuestro Augusto. Él, primogénito de la familia, fue visto como el punto de referencia de todos los que, después del tercer desmembramiento de Polonia, soñaban con su renacimiento. Pero los designios de Dios eran otros.

Cuando él tiene seis años muere su mamá, enferma de tuberculosis: una herencia que transmitirá al hijo. Cuando el mal manifestó en él sus primeros síntomas, comenzó para Augusto una larga y forzosa peregrinación en busca de la salud, que nunca recuperará: Italia, Suiza, Egipto, España fueron las principales estaciones de su vagar. Pero no era la salud el principal objetivo de su búsqueda: coexistía en su ánimo juvenil otra búsqueda mucho más preciosa, la de su vocación.

Él no había tardado mucho en darse cuenta de que no estaba hecho para la vida de la corte. A los veinte años, escribiendo a su padre, le decía entre otras cosas, aludiendo a las fiestas mundanas, a las que se veía obligado a tomar parte: “Le confieso que estoy cansado de todo esto. Son diversiones inútiles que me angustian. Me molesta estar obligado a hacer conocimientos en tantos banquetes”.

Mucho influyó sobre el joven príncipe su preceptor José Kalinowski. Éste – canonizado por Juan Pablo II en 1991 – había sufrido diez años de trabajos forzados en Siberia, y se hará después Carmelita. Fue preceptor de Czartoryski sólo por tres años (1874-1877), pero dejó en él su huella. Es él quien nos hace saber que quienes orientaron al príncipe en su búsqueda vocacional fueron sobre todo las figuras de san Luis Gonzaga y de su compatriota san Stanislao Kostka. Estaba entusiasmado del lema de este último: “Ad maiora natus sum”. “La vida de san Luis del P. Cepari que me mandaron de Italia – escribe después Kalinowski – tuvo eficacia resolutiva en el progreso espiritual de Augusto y le abrió el camino a una más fácil unión con Dios”.

Cuando Kalinowski entró entre los Carmelitas, el padre de Augusto, aceptando su propuesta, puso al lado de su hijo como nuevo preceptor a un sacerdote, don Stanislao Kubowicz. Esto fue para el joven un posterior auxilio espiritual.

Pero el acontecimiento decisivo fue el encuentro con don Bosco.

Augusto tenía 25 años, cuando lo conoció. Esto sucedió en París, precisamente en el palacio Lambert, donde el Fundador de los Salesianos celebró la Mesa en el Oratorio de la familia. Ayudaban en el altar el príncipe Ladislao y Augusto. “¡Desde hace mucho tiempo deseaba conocerlo!”, le dijo don Bosco a Augusto. Desde aquel día Augusto vio en el santo educador al padre de su alma y al árbitro de su porvenir.

En el joven la vocación a la vida religiosa se había ido aclarando cada vez más. Que él no mostrase inclinación a formarse una familia, a pesar de su calidad de primer heredero, aparecía siempre más explícitamente. Ante precisas propuestas de matrimonio, Augusto, si por una parte por respeto a su padre y según la etiqueta de la nobleza no había opuesto un neto rechazo, por otra parte sin embargo jamás había mostrado interés por las personas indicadas.

Ahora, después del encuentro con don Bosco, Augusto no sólo sintió que se reforzaba su vocación al estado religioso, sino que tuvo la clara convicción de ser llamado a ser salesiano. Y en efecto de ahora en adelante “en cuanto su padre se lo permitía – escribe don Ceria – Augusto iba a Turín para encontrarse con don Bosco y recibir sus consejos. Hizo también varios cursos de Ejercicios Espirituales bajo la dirección del Santo, tomando habitación en el Oratorio, con gran molestia para él por la falta de comodidad”.

Don Bosco había llegado a ser pues el punto de referencia para el discernimiento vocacional del joven. El Santo sin embargo tuvo siempre una actitud de gran cautela sobre la aceptación del príncipe en la Congregación. Será en cambio el Papa León XIII en persona, quien resolverá toda duda. Reconociendo la voluntad de Augusto, el Papa concluyó: “Decid a don Bosco que es voluntad del Papa que os reciba entre los Salesianos”. “Muy bien, mi amigo”, respondió inmediatamente don Bosco, “yo lo acepto. Desde este instante, usted forma parte de nuestra Sociedad y deseo que pertenezca a ella hasta la muerte”.

A finales de junio de 1887, después haber renunciado a todos sus derechos en favor de los hermanos, el joven fue mandado a San Benigno Canavese para un breve aspirantado, antes del noviciado, que comenzó en ese mismo año bajo la guía del Maestro don Giulio Barberis. Augusto debe cambiar muchas costumbres: el horario, la comida, la vida común... Debe también luchar contra los tentativos de la familia, que no se resigna a esta elección. Su padre va a visitarlo y trata de disuadirlo. Pero Augusto no se deja vencer. El 24 de noviembre de 1887 hace la vestición en la Basílica de María Auxiliadora por manos de don Bosco. “Ánimo, mi príncipe - le susurra el Santo al oído -. Hoy hemos alcanzado una magnífica victoria. Pero puedo también decirle, con gran alegría, que vendrá un día en el que usted será sacerdote y por voluntad de Dios hará mucho bien a su patria”.

Don Bosco muere después de dos meses, y sobre su tumba en Valsálice el príncipe Czartoryski llega a ser salesiano emitiendo los votos religiosos.

La enfermedad hace que él sea enviado a la costa lígure, y aquí se enfrenta a los estudios de teología. El decurso de su enfermedad hace que la familia emprenda con mayor insistencia los tentativos (de alejarlo de la vocación), acudiendo aún a la (obra persuasiva) de los médicos. Al cardenal Parocchi, a quien le ruegan que use su influencia para arrancarlo de la vida salesiana, él le escribe: “En plena libertad he querido emitir los votos, y lo hice con grande alegría de mi corazón. Desde aquel día gozo, viviendo en la Congregación, una grande paz de espíritu, y doy gracias al Señor que me ha hecho conocer la Sociedad Salesiana y me ha llamado a vivir en ella”.

Preparado por el sufrimiento, el 2 de abril de 1892 es ordenado sacerdote en San Remo por Mons. Tommaso Reggio, obispo de Ventimiglia. El príncipe Ladislao y la tía Isa no participaron a la Ordenación. Toda la familia se reunió después en Mentone el 3 de mayo. Fue una tácita reconciliación, que le imponía al príncipe Ladislao la renuncia definitiva a sueños obstinadamente acariciados.

La vida sacerdotal del padre Augusto duró apenas un año, que él pasó en Alassio, en una habitación que daba al patio de los muchachos.

El cardenal Cagliero resume así esté último período de su vida: “¡Él ya no era de este mundo! Su unión con Dios, la conformidad perfecta con el divino querer en la agravada enfermedad, el deseo de conformarse a Jesucristo en los sufrimientos y en las aflicciones, lo hacían heroico en la paciencia, calmo en el espíritu, e invencible, más que en el dolor, en el amor de Dios”.

Se apagó en Alassio la tarde del sábado 8 de abril de 1893, en la octava de Pascua, sentado en el sillón que había usado don Bosco. “¡Qué hermosa Pascua!”, había dicho el lunes al hermano que lo asistía, sin imaginar que el último día de la octava lo habría celebrado en el paraíso. Tenía treinta y cinco años de edad y cinco de vida salesiana. En su estampita de Primera Misa había escrito: “Para mí un día en tus atrios vale más que mil fuera. Bienaventurado quien vive en tu casa: siempre canta tus alabanzas” (Salmo 83).

Sus restos fueron trasportados a Polonia y sepultados en la cripta parroquial de Sieniawa, junto a las tumbas de familia, donde un día Augusto había hecho su primera comunión. Sucesivamente sus despojos fueron trasladados a la iglesia salesiana de Przemysl, donde se encuentran aún hoy.

Fue beatificado por Juan Pablo II el 25 de abril de 2004.

martes, 7 de abril de 2026

Reflexión del 07/04/2026

Lecturas del 07/04/2026

El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos: «Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: « ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».
Pedro les contestó: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare así el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: «Salvaos de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.
En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice: « ¡María!».
Ella se vuelve y le dice.
« ¡Rabbuní!», que significa: « ¡Maestro!».
Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto».

Palabra del Señor.

07 de Abril 2026 – San Juan Bautista de la Salle

Si San Juan Bautista de la Salle viviera hoy aquí en la tierra abriría los ojos aterrado al ver que la educación se ha secularizado, o sea se ha organizado como si Dios no existiera y sólo se preocupa por hacer de los seres humanos unos animalitos muy buen amaestrados, pero sin fe, sin mirar a la eternidad ni importarle nada la salvación del alma. Porque para él, lo imprescindible, lo que constituía su obsesión, era obtener la salvación del alma de los educandos y hacerlos crecer en la fe. Si no hubiera sido por estos dos fines, él no habría emprendido ninguna obra especial, porque esto era lo que en verdad le interesaba y le llamaba la atención: hacer que los educandos amaran y obedecieran a Dios y consiguieran llegar al reino eterno del cielo.

Juan Bautista había estudiado en el famoso seminario de San Suplicio en París y allí recibió una formidable formación que le sirvió para toda su vida. Fue ordenado sacerdote y por su posición social y sus hermosas cualidades parecía destinado para altos cargos eclesiásticos, cuando de pronto al morir su director espiritual lo dejó como encargado de una obra para niños pobres que el santo sacerdote había fundado: una escuela para niños y un orfelinato para niñas pobres, dirigido por unas hermanitas llamadas de El Niño Jesús. Allí en esa obra lo esperaba la Divina Providencia para encaminarlo hacia la gran obra que le tenía destinada: ser el reformador de la educación.

La Salle le dio un viraje de 180 grados a los antiguos métodos de educación. Antes se enseñaba a cada niño por aparte. Ahora La Salle los reúne por grupos para darles clases (en la actualidad eso parece tan natural, pero en aquel tiempo era una novedad). Antiguamente se educaba con base en gritos y golpes. El padre Juan Bautista reemplazaba el sistema del terror por el método del amor y de la convicción. Y los resultados fueron maravillosos. La gente se quedaba admirada al ver cómo mejoraba totalmente la juventud al ser educada con los métodos de nuestro santo.

No les enseñaba solamente cosas teóricas y abstractas, sino sobre todo aquellos conocimientos prácticos que más les iban a ser de utilidad en la vida diaria. Y todo con base en la religión y la amabilidad.

La Salle empezó a reunir a sus profesores para instruirlos en el arte de educar y para formarlos fervorosamente en la vida religiosa. Y con los más entusiastas fundó la Comunidad de Hermanos de las Escuelas Cristianas que hoy son unos 15,000 en más de mil colegios en todo el mundo. Y siguen siendo una autoridad mundial en pedagogía, en el arte de educar a la juventud. El éxito de los Hermanos Cristianos fue inmenso desde el principio de su congregación, y ya en vida del santo abrieron colegios en muchas ciudades y en varias naciones. Un 15 de agosto los consagró San Juan Bautista a la Santísima Virgen y han permanecido fervorosos propagadores de la devoción a la Madre de Dios.

Al principio algunos le fallaron porque el santo era tan bondadoso que no podía imaginar mala voluntad en ninguno de sus discípulos. Para él todo el mundo era bueno, y por mucho que lo hubiera ofendido estaba siempre dispuesto a perdonar y a volver a recibir al que había faltado. Y tuvo la prueba dolorosísima de ver que algunos lo engañaron y se dejaron contagiar por el espíritu del mundo. Pero luego sus asesores lo convencieron para que no aceptara a ciertos sujetos no confiables y que expulsara a algunos que se habían vuelto indignos. Y el santo aceptando con toda humildad y mansedumbre los buenos consejos recibidos procedió a purificar muy a tiempo su congregación.

Siendo de familia muy rica, repartió todos sus bienes entre los pobres y se dedicó a vivir como un verdadero pobre. Los últimos años cuando renunció a ser Superior General de su Congregación, pedía permiso al superior hasta para hacer los más pequeños gastos. Los viajes aunque a veces muy largos, los hacía casi siempre a pie, y pidiendo limosna para alimentarse por el camino, durmiendo en casitas pobrísimas, llenas de plagas y de incomodidades.

Una vez pasó todos los tres meses del crudísimo invierno, en una habitación sin calefacción y con ventanas llenas de rendijas y con varios grados bajo cero. Esto le trajo un terrible reumatismo que durante todo el resto de su vida le produjo tremendos dolores y las anticuadas curaciones que le hicieron para ese mal lo torturaron todavía mucho más.

En su juventud, por ser de familia muy adinerada, había gozado de una alimentación refinada y muy sabrosa. Cuando se dedicó a vivir la pobreza de una comunidad fervorosa y en la cual, los alimentos eran rudos y desagradables, tenía que aguantar muchas horas sin comer, para que su estómago fuera capaz de recibirle esos alimentos tan burdos.

Su sotana y su manto eran tan pobres y descoloridos, que un pobre no se los hubiera aceptado como limosna.

Su humildad era tan grande que se creía indigno de ser el superior de la comunidad. Estaba siempre dispuesto a dejar su alto puesto y alguna vez que por calumnias dispuso la autoridad superior quitarlo de ese cargo, él aceptó inmediatamente. Pero todos los Hermanos firmaron un memorial anunciando que no aceptaban por el momento a ningún otro como superior sino al Santo Fundador y tuvo que aceptar el seguir con el superiorato.

No se cansaba de recomendar con sus palabras y sus buenos ejemplos, a sus religiosos y amigos que la preocupación número uno del educador debe ser siempre el tratar de que los educandos crezcan en el amor a Dios y en la caridad hacia el prójimo, y que cada maestro debe esforzarse con toda su alma por tratar de que los jovencitos conserven su inocencia si no la han perdido o que recuperen su amistad con Dios por medio de la conversión y de un inmenso horror al pecado y a todo lo que pueda hacer daño a la santidad y a todo lo que se oponga a la eterna salvación.

Pasaba muchas horas en oración y les insistía a sus religiosos que lo que más éxito consigue en la labor de un educador es orar, dar buen ejemplo y tratar a todos como Cristo lo recomendó en el evangelio: "haciendo a los demás todo el bien que deseamos que los demás no hagan a nosotros".

San Juan Bautista de la Salle murió el 7 de abril de 1619 a los 68 años. Fue declarado santo por el Sumo Pontífice León XIII en el año 1900. El Papa Pío XII lo nombró Patrono de los Educadores del mundo entero.

lunes, 6 de abril de 2026

06 de Abril 2026 – El tiempo Pascual - Júbilos del «ALLELUIA»

De todas las estaciones del año, dice Don Guéranger, el tiempo pascual es, sin disputa, el más fecundo de misterios. La mística de la liturgia alcanza en él su punto culminante. Es el triunfo, la gloria, la conquista, la tierra de Promisión, que se nos abre tras la humildad de Navidad y la severa perspectiva de Septuagésima y la penitencia y compunción de la Cuaresma y las angustias de la Pasión. Una era nueva, una nueva economía comienza para la Humanidad entera. «El triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte—dice Tobac—no es un triunfo puramente individual y personal, que en realidad necesitaba el Hijo de Dios; es un triunfo colectivo, el de todo el cuerpo de la Iglesia, cuya cabeza es Cristo. En principio y de derecho, esas cosas suceden en el Calvario y en el sepulcro; de hecho, van desarrollándose a medida que la comunidad de Cristo se realiza en la Historia.» Si la Humanidad pecadora muere con Cristo en el Calvario, la Humanidad rescatada sale gloriosa con Cristo en el sepulcro.

La resurrección de Cristo y la nuestra son dos acontecimientos inseparables en la liturgia católica; por eso en los primeros siglos cristianos la noche del Sábado Santo era destinada para administrar el bautismo a los catecúmenos, pues como dice San Pablo, hemos sido sepultados con Cristo por el bautismo en la muerte, de suerte que, como Cristo resucitó de entre los muertos, así nosotros caminemos en la novedad de una vida inmaculada. En consecuencia, para los antiguos, más hechos que nosotros al lenguaje simbólico, el pez era el símbolo pascual por excelencia. «Nosotros—decía Tertuliano en su tratado sobre el Bautismo—somos los pequeños peces por virtud del divino pez, Jesucristo. Nacemos en el agua, y sólo en esa agua podemos ser salvos. El hereje sabe muy bien que para matar esos pececillos no hay más que sacarlos del agua." El cristiano encuentra su vida en el agua, que, para él como para el pez, es un elemento indispensable. Clemente de Alejandría, hablando a las mujeres cristianas, no solamente les permite, sino que les aconseja que lleven anillos en el dedo meñique, haciendo grabar en ellos algún símbolo cristiano: un pez, una paloma, un navío empujado por el viento, un áncora o una lira. Si les parece representar un pescador, añade, recuerden al Apóstol y a los neófitos que salen del agua. Estas figuras, representadas constantemente en las catacumbas, en los baptisterios, en las basílicas y en los utensilios domésticos, inspiraron a San Ambrosio unas frases deliciosas: «Tú eres un pez. ¡oh hombre!... Hay peces buenos y peces malos. La red no contraría a los peces buenos, porque sólo sirve para levantarlos a la altura que anhelan; el anzuelo no les mata: les hace, si, una herida sangrante, pero preciosa. No temas, oh pez bueno, el anzuelo de Pedro; no mata, sino que consagra. Y puesto que eres pez, oh hombre, salta a la superficie de las aguas, y no te dejes sumergir por el oleaje del siglo.

En las horas serenas, juega con las aguas; cuando sopla la tormenta, aléjate de las playas peligrosas para que la ola no te estrelle contra la piedra.»

Pero si el tiempo pascual tiene un símbolo evocador de la nueva vida del alma resucitada, tiene también una palabra que expresa la epifanía gloriosa de esa vida nueva: Alleluia. Es un grito de alabanza, de admiración, de alegría; es una exclamación de fiesta, la exclamación que se escapa de un alma ebria de gozo a causa de su resurrección; la exclamación por excelencia del tiempo pascual, que son cincuenta días de fiesta continua, de alegría sin interrupción. «juntad todas vuestras solemnidades—decía Tertuliano a los gentiles de su tiempo—, y no igualaréis la cincuentena de Pentecostés.» Esa aclamación da a la liturgia de esos días su acento de alborozo y de victoria. Etimológicamente, su sentido es menos expresivo, menos ruidoso. Las dos palabras hebreas que la componen significan: «Alabad a Jehová.» Pero veinte siglos de Cristianismo la han traído hasta nosotros cargada de vibraciones de triunfo, de entusiasmo, de luz y de vida. Las mismas melodías con que la ha revestido la música religiosa de los siglos medios parecen traernos sobre las alas diáfanas de sus neumas algo de la dicha y de la paz que reinan en la patria de la bienaventuranza. En realidad, el Alleluia, antes que nuestro canto, es el canto de los bienaventurados. En sus divinas visiones, San Juan pudo recoger con frecuencia esa aclamación sagrada, que llegaba hasta él como el eco lejano de un rumor de olas. «Después oí en el Cielo la voz poderosa de una inmensa muchedumbre, que decía: «Alleluia.» La salud, la gloria y el poder a nuestro Dios, porque sus juicios son justos y verdaderos... Y volvieron a decir: «Alleluia.» Y los veinticinco ancianos y los cuatro animales se prosternaron y adoraron, diciendo: «Amén, alleluia.»

Y oí una voz, como el ruido de las grandes aguas, y un coro innumerable decía: «Alleluia.», porque reina el Señor, nuestro Dios omnipotente. Regocijémonos, saltemos de gozo y glorifiquémosle, porque se acercan las bodas del Cordero y está ataviada la Esposa.»

El alma se entristece al pensar cuan pocos son los cristianos que saben recoger las mieles del Alleluia pascual para guardar en los almijares de su alma. Nuestra indiferencia contrasta con el entusiasmo de los primeros cristianos y el que nos revelan estas palabras de San Agustín, que es el que mejor ha expuesto el misterio de la alegría de la Resurrección: «Así pues, amados míos—decía, predicando a los marineros y cargadores de Hipona—; alabemos al Señor nuestro Dios y repitamos: Alleluia. Recordemos durante estos días el día que no tendrá fin. Apresuremos nuestro paso hacia la mansión eterna. Sí, entraremos en esa casa que es el Cielo, y allí alabaremos a Dios, no cincuenta días, sino, como está escrito, por los siglos de los siglos. Allí veremos, amaremos, alabaremos... ¡Oh felicidad la nuestra cuando cantemos aquel Alleluia sin fin! Aquí le cantamos, pero en medio de las solicitudes. Allí será la paz. Aquí le cantamos peregrinando; allí habremos llegado a la patria. Cantémosle, no para adormecernos en nuestro reposo, sino para aliviar nuestro trabajo. Canta el Alleluia, pero canta como cantan los viajeros: endulza tus fatigas cantando...; canta y camina.»

Reflexión del 06/04/2026

Lecturas del 06/04/2026

El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros sabéis, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y provisto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a el: “Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile.
Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada.
Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.
Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro”.
Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”.
A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo he derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».
En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
De pronto, Jesús salió al encuentro y les dijo: «Alegraos».
Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.
Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernados, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».
Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

Palabra del Señor.

06 de Abril 2026 – San Pedro de Verona

Pedro ha crecido. La Universidad de Bolonia tiene fama merecida; pero todavía goza de mayor influencia Santo Domingo de Guzmán, el Fundador de los dominicos y sus seguidores que cautivan tanto a estudiantes como a profesores. Son muchos los que se incorporan a la recientemente fundada Orden de Predicadores.

Pedro con 16 años, queda fascinado por la palabra ardiente de fray Domingo de Guzmán y recibe el hábito dominicano de sus manos.

Con ímpetu juvenil se dedica al estudio, la oración y vive la austeridad y la penitencia con radicalidad; en todo es fiel imitador de Domingo de Guzmán. Terminada la formación eclesiástica, es ordenado sacerdote y nombrado Predicador del Evangelio de Jesús.

Pronto la Región Toscana, el Milanesado y la Romaña conocen a este fogoso predicador y formidable polemista; se dedicó a la predicación especialmente entre los cátaros. Una Característica importante es que siempre fue hombre de diálogo.

Pedro es piadoso, austero y corre la voz de su santidad por todas partes. Se preocupó de la defensa de la fe, para ello instituyo las "Asociaciones de la fe" y la "Cofradía para la alabanza de la Virgen María". Fue solícito de bien espiritual de las hermanas a quienes brindó su consejo y ayuda espiritual. Como buen religioso es un convencido de la vida de comunidad.

Ama a Jesucristo y como Él, experimenta la prueba, el menosprecio de algunos sectores y el ataque de quienes pensaban distinto. Su presencia evangelizadora a través de la Predicación continúa con intensidad, su capacidad organizadora le lleva a coordinar y fundar muchos más pequeños grupos organizados. Pero todo esto no hubiera sido posible sin la intensa oración. Se comenta que un día en su contemplación, en su celda dominicana, recibe la visita de las Santas Mártires: Inés, Cecilia y Catalina que dialogan en su habitación. Otros frailes llevan la noticia al Padre Prior. En el Capítulo Conventual es reprendido y corregido porque ha violado la clausura y ha recibido a mujeres en su celda religiosa. Su respuesta es un prudente silencio y es enviado al Convento de la Marca Ancona donde intensifica su estudio y oración... Un día se desahoga ante un crucifijo: "¿Qué mal he hecho, Señor, para verme como estoy?". Cristo Crucificado le dice: "Y, yo, Pedro, ¿qué mal hice?". Estas atribuciones que la tradición le da, son fiel reflejo de la intensa comunicación que con Dios tenía a través de la Oración. Algo que había trascendido a los demás. La gente de Oración profunda transpira esa experiencia y no hace falta que publique sus experiencias místicas. Por lo general, éstas se convierten en reflexiones profundas y acciones apostólicas.

El Papa Gregorio IX le conoce y le nombra en 1232 Inquisidor General: Roma, Florencia y Milán conocerán a este apóstol de Cristo. Los milagros refrendan su vida abnegada por Cristo y por los hombres.

Sucesivamente es superior de los Conventos de Piaccenza, Como y Génova. En 1243 Inocencio IV confirma a Pedro como Inquisidor General; pero una conjura pesa sobre él para asesinarle.

Su martirio es como un eco de la muerte de Cristo, pues es fruto de 40 libras (moneda de Milán). Era el 6 de abril de 1252. Regresaba de Milán a su Convento de Como, donde era Prior. Cerca de la aldea de Barsalina recibe dos golpes de hacha en la cabeza, comienza a recitar en voz alta el credo, las fuerzas le faltan y mojando un dedo en su sangre escribe en el suelo "CREO".

El Credo es la síntesis de su vida, de su abnegada entrega, de una fidelidad emocionante a Cristo Crucificado a quien ama. Tenía 46 años. Su cuerpo es trasladado al convento de Milán.

El 25 de marzo del año siguiente Inocencio IV le canoniza. Es el protomártir de la Orden Dominicana Su fiesta se celebra el 4 de Junio.

domingo, 5 de abril de 2026

Semana SANTA 05/04/2026

05 de Abril 2026 – Pascua de Resurrección - Las maravillas del triunfo de CRISTO

A la tarde del viernes, en cuanto Jesús devolvió el espíritu, un soldado para cerciorarse que estuvo realmente muerto le pasó el corazón con una lanza. Giuseppe de Arimatea, noble decurión, y Nicodemo le preguntaron a Pilatos el cuerpo adorable de Jesús y, después haberlo conseguido, lo envolvieron en un sudario con aromas y lo depusieron en un sepulcro nuevo, cavado en la viva piedra.

El día siguiente los Príncipes de los Sacerdotes, acordándose que Jesús dijo que después de tres días sería resucitado, le preguntaron a Pilatos que hiciera custodiar el sepulcro por tres días, para que, ellos dijeron, no vengan sus discípulos a secuestrar de ello el cuerpo, y luego digan que es renacido. Pilatos consintió, y los soldados fueron puestos a guardia del sepulcro, y fue sellada la piedra.

El tercer día, de buena mañana, se sintió un gran terremoto; un Ángel lleno de luz descendió por el cielo, volcó la piedra del sepulcro y os se sentó sobre. Jesús vencedor de la muerte y el infierno resurgió como prometió. Las guardias cayeron como muertas, pero en fin corrieron a la ciudad a dar el aviso del ocurrido a los Príncipes de los Sacerdotes. Estas personas pero les dieron del dinero, para que dijeran que mientras ellas durmieron vinieron los discípulos, y se llevaron de ello el cuerpo.

A la mañana pronto, las mujeres, fueron al sepulcro, llevando consigo los aromas que prepararon. Encontraron que la piedra fue removida por el sepulcro y no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras se preguntaron qué sentido tuviera todo esto, dos hombres se le presentaron con vestidos deslumbrantes. Las mujeres, asustadas, tuvieron el rostro agachado a tierra, pero los hombres dijeron : "¿Por qué buscáis entre los muertos el que está vivo? No está aquí, ha resurgido. Recordados como os habló cuando todavía estaba en Galilea y dijo: "Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, sea crucificado y resurja el tercer día".

Todavía es oscuro y las mujeres van al sepulcro de Jesús, las manos cargadas de aromas. Van a cuidar de su cuerpo, con lo que tienen, como el saben. Son aquellas mujeres que lo siguieron de Galilea, sustentándolo con sus bienes en lo que era necesario. Con él saborearon la riqueza del "más que necesario", días de libertad feliz, botones de un mundo nuevo. Son las que estuvieron bajo la cruz. Lo miraron morir. Y nadie a socorrerlo.

Ahora van al sepulcro: lo que le mueve no es un acto de fe en la divinidad de Jesús, no una esperanza oculta pero un acto de amor. Todavía lo quieren, sencillamente, pero es lo que repone en marcha la vida: "no es posible querer la divinidad de Cristo si no queriendo primera su humanidad" (Heidewick de Amberes).

El cuento de Luca es de extrema sobriedad: "entraron y no encontraron el cuerpo del Dios." Todo se para, la ausencia del cuerpo de Jesús entra dolorosamente en ellos como un extravío, un vacío sólo lleno de preguntas. Y a la desolación se suma miedo: dos hombres vestidos de relámpagos. ¡Como es contrastada la fe de Pascua! Casi fueran dolores de parto. Se injerta sobre de una herida, sobre de una ausencia agotada dolorosamente, sobre de una pérdida.

¿Por qué buscáis entre los muertos el que está vivo?

Vosotros estáis buscando vuestro tesoro perdido, tenéis hambre del que os ha llenado de sentido las vidas.

¿Por qué buscáis el que está vivo?

Bonito nombre de Jesús: Él es lo viviente. No sólo está vivo ahora, como uno que ya no es un muerto, pero es lo viviente, el que continuamente vive, cuyo pertenece el vivir, el autor de la vida: su misión, su acción es brotar vida, florecer vida.

No está aquí, es resucitado, se ha levantado.

Los Evangelios cuentan la resurrección de Jesús con los dos verbos de la mañana del hombre, despertarse y levantarse. Como si nuestros días fueran una pequeña resurrección cotidiana y la Pascua un día sin más ocaso. Pero la tumba vacía no basta, los ángeles no bastan por qué la fe venga como a la luz: Ricordad como os habló: Es necesario que yo sea crucificado y resurja... y ellas recordaron sus palabras.

Ahora todo estalla. Las mujeres recuerdan, creen porque recuerdan, creen no por las palabras de los ángeles , pero por la palabra de Jesús. Creen antes de ver. No son las apariciones que hacen creer, ni los vestidos deslumbrantes, lo que hace creer siempre es su Palabra, Evangelio también custodiado en los días de la pérdida y la ausencia.

Las mujeres han conservado aquellas palabras porque las quieren, porque en el hombre se imprime y sólo persiste lo que nos está de veras a corazón. Principio de cada encuentro con lo Viviente es, también por nosotros, la custodia amorosa de su Palabra.

Domingo, 05-04-2026 Domingo de RESURRECCIÓN Ciclo A

Reflexión del 05/04/2026

Lecturas del 05/04/2026

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.
Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».
Hermanos:
Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.
Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.
El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.