domingo, 11 de enero de 2026

11 de Enero 2026 – Bautismo de Nuestro Señor Jesucristo

Andaba San Juan Bautista por las orillas del Jordán bautizando y exhortando a penitencia, cuando llegó a él el Salvador del mundo, de treinta años de edad. Juan Bautista conoció, por luz sobrenatural, que el que venía a pedirle el bautismo era el Mesías verdadero. Jesucristo Se acercó entre los demás y pidió a San Juan que Lo bautizara como uno de ellos. El Bautista Lo reconoció y prosternándose a Sus pies, confundido, se exclamó: «Pues soy yo que debo ser bautizado por Vos, Señor, ¿y viene a pedirme el Bautismo?» El Salvador le contestó: «Déjame ahora hacer lo que quiero», conviene sujetarse a los decretos de la divina Sabiduría.

San Juan, habiendo bautizado a Nuestro Señor Jesucristo, el cielo se abrió y el Espíritu Santo descendió en forma visible de paloma sobre Su cabeza, y se escuchó la voz de Dios Padre diciendo: «Este es Mi Hijo amado en quien he puesto Mis deleites y complacencias.» Muchos de los que estaban presentes escucharon esta voz del Cielo, y al mismo tiempo vieron al Espíritu Santo en la forma de paloma.

Este testimonio fue el más grande que se puede dar de la divinidad de nuestro Redentor, ya que se manifestó así que Jesucristo era verdadero Dios, igual a Su Padre Eterno en sustancia y perfecciones infinitas. El Padre quiso ser el primero en dar testimonio desde el cielo de la divinidad de Su Hijo Jesucristo. Esta voz del Padre también tenía otro misterio, pues era como una compensación por el acto hecho por él de humillarse para recibir el Bautismo. Esa humillación servía como remedio por el pecado original del hombre, que vino de la soberbia, así como todos los demás pecados.

Nuestro Redentor Jesucristo ofreció al Padre con Su obediencia este acto de humillarse a Sí mismo en la forma de un pecador, recibiendo el bautismo con aquellos que lo eran; reconociéndose a Sí mismo, a través de esta obediencia, humillado en la naturaleza humana. Así instituyó sobre Sus méritos el sacramento del bautismo que iba a lavar los pecados del mundo. El mismo Señor humillándose el primero para recibir el Bautismo, pidió y obtuvo del Padre un perdón general para todas las almas que lo recibirían, librándose de la jurisdicción del diablo.

La voz del Padre y la Persona del Espíritu Santo descendieron para acreditar el Verbo hecho hombre, recompensar Su humillación, aprobar el Bautismo y sus efectos, manifestar a Jesucristo por el verdadero Hijo de Dios y dar a conocer a las tres Personas en cuyo nombre se debe dar el Bautismo.

Domingo, 11-01-2026 BAUTISMO del SEÑOR Ciclo A

 

Reflexión del 11/01/2026

Lecturas del 11/01/2026

Esto dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco.
He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones.
No gritará, no clamará, no voceará por las calles.
La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará.
Manifestará la justicia con verdad.
No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país.
En su ley esperan las islas.
Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas».
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.
Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».
En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Palabra del Señor.

11 de Enero 2026 – San Higinio - Papa

Nació en Atenas y desde su juventud se distinguió por su excelente carácter, por sus virtudes y las eminentes calidades morales e intelectuales

Elegido como Papa en el 139, instituyó algunos grados y una jerarquía en el clero. Durante su pontificado que sólo duró cuatro años, no se encarnizaron mucho las persecuciones contra la Iglesia, pero surgieron dos herejías que seguro no podían ser preferidas a una persecución.

Un cierto Cerdone, que aparentemente parecía un ferviente cristiano, se puso a enseñar que hay dos deidades: una del antiguo Testamento, rigurosa y severa, la otra del Nuevo, buena y misericordiosa.

El Santo Papa, que era muy vigilante, se dio cuenta de este error, y condenó a Cerdone, excomulgándolo. El fingió arrepentirse e Iginio lo aceptó de nuevo en la comunión de los fieles; pero el hipócrita seguiba a enseñar ocultamente sus errores, y así el Papa lo excomulgó por segunda vez.

Los fieles, en consecuencia de esta excomunión de Cerdone, rechazaron su falsa doctrina, salvos pocas personas que quisieron creer tercamente el error.

Surge un nuevo peligro por la Iglesia y por el rebaño de Cristo: peligro que atavío el Santo Pontífice en ansiedad por las almas confiadas a su cura. Junto a Cerdone estaba otro heresiarca, llamado Valentino, el que engreído suyo saber, y ofendido para no haber sido creado obispo, se puso a renovar muchas impiedades de Simón Mago, a las que él añadió otras extravagantes absurdidades. En un primer momento enseñó en Alejandría, luego en Roma; Sin embargo Papa Iginio no lo excomulgó, pero trató de hacerlo arrepentirse y ganarlo a Jesús Cristo.

Después haber defendido la Iglesia contra los que quisieron lacerar sus elementos, después haber defendido la doctrina del Evangelio, murió en el 142. Se cree que Sant Iginio no sufrió el martirio, pero sin embargo ha sido contado entre los mártires, por las persecuciones que tuvo a soportar en el tiempo de su pontificado. Fue enterrado en el Vaticano junto al Príncipe de los Apóstoles.

sábado, 10 de enero de 2026

Reflexión del 10/01/2026

Lecturas del 10/01/2026

Queridos hermanos:
Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.
Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano.
Todo el que cree que Jesús es el cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que da el ser ama también al que ha nacido de él.
En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.
Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca.
Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.

Palabra del Señor.

10 de Enero 2026 – San Guillermo de Bourges

San Guillermo, de los antiguos Condes de Nevers, nació a mediados del siglo XII. Fue cuidadosamente criado en temor de Dios. El Señor le había dado todas las disposiciones de la naturaleza y de la gracia necesaria para cumplir los grandes propósitos que tenía para él; así que progresó rápidamente y adquirió conocimiento en poco tiempo superando su edad y un creciente tesoro de santidad.

El mundo le sonreía, con su gloria y sus placeres; renunció a todo, incluso se apartó de los honores eclesiásticos que parecían perseguirle, y se hundió en la soledad de un monasterio. No contento con haber dejado el mundo, perdió la memoria de él hasta que fue recordado, y vivió en la presencia continua de Dios; su modestia, su devoción, su regularidad, revivieron el fervor de sus hermanos; bastaba con mirarlo en el coro o en el altar para que se encendiera el santo deseo de seguir sus pasos. Sobre todo, tenía un gran amor por el Santísimo Sacramento, cerca del cual encontró sus delicias, y sus lágrimas no cesaban durante el santo sacrificio de la Misa.

Fue necesario violentarlo para nombrarlo Abad de su monasterio; sin embargo, pronto tuvo que resignarse a subir más alto y responder a la llamada del Cielo claramente manifestada. Consagrado Arzobispo de Bourges, Guillermo mostró, desde los primeros días, todas las virtudes de los más ilustres Pontífices. Siguió siendo monje en su palacio, un monje por el hábito y más aún por las austeridades.

Consiguió conciliar los ejercicios de su piedad con las inmensas ocupaciones de su cargo; recorrió su diócesis, predicando, instruyendo a los pequeños y a los humildes, administrando los sacramentos, visitando los hospitales, recatando a los cautivos y multiplicando los prodigios. Cuando se le pedía un milagro, solía decir: «Sólo soy un pobre pecador», pero se rendía a las lágrimas de los enfermos y los curaba con su bendición.

De él se han conservado algunas bellas palabras: «Tal pastor, tal oveja», decía a menudo. «Tengo que expiar mis pecados y los de mi pueblo.» Su muerte fue digna de su vida; expiró con el cilicio que siempre llevaba puesto, y acostado en el suelo. En el momento de su muerte, vio claramente a los ángeles batiendo sus alas sobre su cabeza, y entregó su vida extendiendo sus brazos a ellos. Durante su funeral, la multitud vio un globo de fuego flotando en el aire sobre la iglesia.

viernes, 9 de enero de 2026

Reflexión del 09/01/2026

Lecturas del 09/01/2026

Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amarnos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.
Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo.
No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor.
Después de haberse saciado los cinco mil hombres, Jesús enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar.
Llegada la noche, la barca estaba en mitad del mar y Jesús, solo, en tierra.
Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque todos lo vieron y se asustaron.
Pero él habló enseguida con ellos y les dijo: «Animo, soy yo, no tengáis miedo».
Entró en la barca con ellos y amainó el viento.
Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada.

Palabra del Señor.

09 de Enero 2026 – San Julián y Santa Basilisa

Mártir en Antince (Egipto); a menudo se le confunde con San Julián de Anazarba, situándole por este motivo en Antioquía, de Siria. Martirizado durante la persecución de Diocleciano y Maximiano a finales del siglo III. - Fiesta: 9 de enero.

Julián es el paradigma de la castidad cristiana. En nuestro tiempo de materialismo, cuando el concepto de la castidad va decayendo visiblemente, la imagen de San Julián y de su esposa Santa Basilisa resaltan con maravillosos fulgores. San Julián es uno de los esclarecidos héroes del cristianismo.

Hijo único de una noble y rica familia, profundamente educado en la religión cristiana, tenía hecho voto de castidad cuando al cumplir los dieciocho años de edad sus padres se empeñaron en que contrajese matrimonio con una joven de igual nobleza, llamada Basilisa. Temeroso el virtuoso muchacho de faltar a su voto, pero sintiendo también desobedecer a sus padres, acude al Señor con la oración y el ayuno. Y dice la tradición que por celestial revelación le fue dado a conocer que con su esposa podría guardar la anhelada virginidad. Julián y Basilisa son milagrosamente arrastrados hacia el amor virginal; apareciéndoseles Nuestro Señor Jesucristo, que aprueba su determinación de conservarse castos. Desde aquel día consagran plenamente sus vidas a los demás. Reparten sus bienes entre los pobres y se retiran a vivir en dos casas situadas en las afueras de la ciudad que convierten en monasterios. A la de Julián acuden hombres de todas las clases sociales, para que les guíe con sus prudentes y santos consejos. A la de Basilisa una multitud de muchachas que, edificadas con el ejemplo de su virtud, muchas de ellas abrazan la vida religiosa viviendo en santa paz bajo su dirección. Muy pronto la fama de ambos esposos se extenderá por todo el Imperio.

Suscitada en aquel tiempo la persecución de Diocleciano y Maximiano contra el Cristianismo, se ordena apresar y encarcelar a Julián y a cuantos con él residen en su apacible monasterio.

San Julián profesa con gran valentía ante el tirano su fe en Cristo Jesús. Hay expectación en la gente cuando Marciano, el juez, increpa con solemnidad a Julián: "Adora a los dioses". "No hay más omnipotente que Dios, Nuestro Padre". "Obedece los decretos del emperador". "Jesucristo es mi único César". "¿Crees en un Crucificado?" "Él tiene escuadrones inmortales". "Marcharás a la muerte". "El emperador de Roma también es polvo y en polvo se convertirá". "¿Te ríes de nuestros dioses y de nuestro emperador? Ante los tormentos no habrá réplicas". Marciano, viéndose fracasado intenta cambiar de táctica para vencerle: "Tus padres, Julián, fueron nobles. Te daremos honores". "Desde el cielo me alientan a permanecer fiel a mi santa religión".

Lleno de confusión, el magistrado condena a Julián a morir degollado. Su gloriosa muerte arrastra hacia la fe en Cristo a muchos paganos, que admiran su firmeza. Y la proyección de su ejemplaridad se dilata a través de los siglos en la devoción de los fieles.

jueves, 8 de enero de 2026

Reflexión del 08/01/2026

Lecturas del 08/01/2026

Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
En aquel tiempo, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle:
«Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer».
Él les replicó: «Dadles vosotros de comer».
Ellos le preguntaron: «¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?».
Él les dijo: «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver».
Cuando lo averiguaron le dijeron: «Cinco, y dos peces».
Él les mandó que la gente se recostara sobre la hierba verde en grupos. Ellos se acomodaron por grupos de cien y de cincuenta.
Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran. Y repartió entre todos los dos peces.
Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos de pan y de peces.
Los que comieron eran cinco mil hombres.

Palabra del Señor.

08 de Enero 2026 – San Severino, el predicador

Murió el 9 de enero del año 482, pronunciado la última frase del último salmo de la S. Biblia (el 150): "Todo ser que tiene vida, alabe al Señor".

Había nacido probablemente en Roma el año 410. Es patrono de Viena (Austria) y de Baviera (Alemania).

Su biografía la escribió su discípulo Eugipio.

A nadie decía que era de Roma (la capital del mundo en ese entonces) ni que provenía de una familia noble y rica, pero su perfecto modo de hablar el latín y sus exquisitos modales y su trato finísimo lo decían.

San Severino tenía el don de profecía (anunciar el futuro) y el don de consejo, dos preciosos dones que el Espíritu Santo regala a quienes le rezan con mucha fe.

Se fue a misionar en las orillas del río Danubio en Austria y anunció a las gentes de la ciudad de Astura que si no dejaban sus vicios y no se dedicaban a rezar más y a hacer sacrificios, iban a sufrir un gran castigo. Nadie le hizo caso, y entonces él, declarando que no se hacía responsable de la mala voluntad de esas cabezas tan duras, se fue a la ciudad de Cumana. Pocos días después llegaron los terribles "Hunos", bárbaros de Hungría, y destruyeron totalmente la ciudad de Astura, y mataron a casi todos sus habitantes.

En Cumana, el santo anunció que esa ciudad también iba a recibir castigos si la gente no se convertía. Al principio nadie le hacía caso, pero luego llegó un prófugo que había logrado huir de Astura y les dijo: "Nada de lo terrible que nos sucedió en mi ciudad habría sucedido si le hubiéramos hecho caso a los consejos de este santo. Él quiso liberarnos, pero nosotros no quisimos dejarnos ayudar". Entonces las gentes se fueron a los templos a orar y se cerraron las cantinas, y empezaron a portarse mejor y a hacer pequeños sacrificios, y cuando ya los bárbaros estaban llegando, un tremendo terremoto los hizo salir huyendo. Y no entraron a destruir la ciudad.

En Faviana, una ciudad que quedaba junto al Danubio, había mucha carestía porque la nieve no dejaba llegar barcos con comestibles. San Severino amenazó con castigos del cielo a los que habían guardado alimentos en gran cantidad, si no los repartían. Ellos le hicieron caso y los repartieron. Entonces el santo, acompañado de mucho pueblo, se puso a orar y el hielo del río Danubio se derritió y llegaron barcos con provisiones.

Su discípulo preferido, Bonoso, sufría mucho de un mal de ojos. San Severino curaba milagrosamente a muchos enfermos, pero a su discípulo no lo quiso curar, porque le decía: "Enfermo puedes llegar a ser santo. Pero si estás muy sano te vas a perder." Y por 40 años sufrió Bonoso su enfermedad, pero llegó a buen grado de santidad.

El santo iba repitiendo por todas partes aquella frase de la S. Biblia: "Para los que hacen el bien, habrá gloria, honor y paz. Pero para los que hacen el mal, la tristeza y castigos vendrán" (Romanos 2). Y anunciaba que no es cierto lo que se imaginan muchos pecadores: "He pecado y nada malo me ha pasado". Pues todo pecado trae castigos del cielo. Y esto detenía a muchos y les impedía seguir por el camino del vicio y del mal.

San Severino era muy inclinado por temperamento a vivir retirado rezando y por eso durante 30 años fue fundando monasterios, pero las inspiraciones del cielo le mandaban irse a las multitudes a predicar penitencia y conversión. Buscando pecadores para convertir recorría aquellas inmensas llanuras de Austria y Alemania, siempre descalzo, aunque estuviera andando sobre las más heladas nieves, sin comer nada jamás antes de que se ocultara el sol cada día; reuniendo multitudes para predicarles la penitencia y la necesidad de ayudar al pobre y sanando enfermos, despertando en sus oyentes una gran confianza en Dios y un serio temor a ofenderle; vistiendo siempre una túnica desgastada y vieja, pero venerado y respetado por cristianos y bárbaros, y por pobres y ricos, pues todos lo consideraban un verdadero santo.

Se encontró con Odoacro, un pequeño reyezuelo, y le dijo proféticamente: "Hoy te vistes simplemente con una piel sobre el hombro. Pronto repartirás entre los tuyos los lujos de la capital del mundo". Y así sucedió. Odoacro con sus Hérulos conquistó Roma, y por cariño a San Severino respetó el cristianismo y lo apoyó.

Cuando Odoacro desde Roma le mandó ofrecer toda clase de regalos y de honores, el santo lo único que le pidió fue que respetara la religión y que a un pobre hombre que habían desterrado injustamente, le concediera la gracia de poder volver a su patria y a su familia. Así se hizo.

Giboldo, rey de los bárbaros alamanos, pensaba destruir la ciudad de Batavia, San Severino le rogó por la ciudad y el rey bárbaro le perdonó por el extraordinario aprecio que le tenía a la santidad de este hombre.

En otra ciudad predicó la necesidad de hacer penitencia. La gente dijo que en vez de enseñarles a hacer penitencia les ayudara a comerciar con otras ciudades. Él les respondió: "¿Para qué comerciar, si esta ciudad se va a convertir en un desierto a causa de la maldad de sus habitantes?". Y se alejó de la ciudad. Poco después llegaron los bárbaros y destruyeron la ciudad y mataron a mucha gente.

En Tulnman llegó una terrible plaga que destruía todos los cultivos. La gente acudió a San Severino, el cual les dijo: "El remedio es rezar, dar limosnas a los pobres y hacer penitencia". Toda la gente se fue al templo a rezar con él. Menos un hacendado que se quedó en su campo por pereza de ir a rezar. A los tres días la plaga se había ido de todas las demás fincas, menos de la inca del haciendo perezoso, el cual vio devorada por plagas toda su cosecha de ese año.

En Kuntzing, ciudad a las orillas del Danubio, este río hacía grandes destrozos en sus inundaciones, y le hacía mucho daño al templo católico que estaba construido a la orilla de las aguas. San Severino llegó, colocó una gran cruz en la puerta de la Iglesia y dijo al Danubio: "No te dejará mi Señor Jesucristo que pases del sitio donde está su santa cruz". El río obedeció siempre y ya nunca pasaron sus crecientes del lugar donde estaba la cruz puesta por el santo.

El 6 de enero del año 482, fiesta de la Epifanía, sintió que se iba a morir, llamó entonces a las autoridades civiles de la ciudad y les dijo: "Si quieren tener la bendición de Dios respeten mucho los derechos de los demás. Ayuden a los necesitados y esmérense por ayudar todo lo más posible a los monasterios y a los templos". Y entonando el salmo 150 se murió, el 8 de enero.

A los seis años fueron a sacar sus restos y lo encontraron incorrupto, como si estuviera recién enterrado. Al levantarle los párpados vieron que sus bellos ojos azules brillaban como si apenas estuviera dormido.

Sus restos han sido venerados por muchos siglos, en Nápoles.

En Austria todavía se conserva en uno de los conventos fundados por él, la celda donde el santo pasaba horas y horas rezando por la conversión de los pecadores y la paz del mundo.