miércoles, 12 de agosto de 2026
Lecturas del 12/08/2026
Oí al Señor que exclamaba con voz potente: « ¡Ha llegado el juicio de la ciudad! Que cada uno empuñe su arma destructora».
Entonces aparecieron seis hombres por el camino de la puerta de arriba, la que da al norte. Cada uno empuñaba una maza. En medio de ellos estaba un hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura. Al llegar se detuvieron junto al altar de bronce.
La Gloria del Dios de Israel se había levantado del querubín en que se apoyaba, dirigiéndose al umbral del templo.
Llamó al hombre vestido de lino, que tenía los avíos de escribano a la cintura.
El Señor le dijo: «Recorre la ciudad, atraviesa Jerusalén, y marca en la frente a los que gimen y se lamentan por las acciones detestables que en ella se cometen».
A los otros le dijo en mi presencia: «Recorred la ciudad detrás de él, golpeando sin compasión y sin piedad. A viejos, jóvenes y doncellas, a niños y mujeres, matadlos, acabad con ellos; pero no es acerquéis a ninguno de los que tiene la señal. Comenzaréis por mi santuario».
Y comenzaron por los ancianos que estaban frente al templo.
Luego les dijo: «Profanad el templo, llenando sus atrios de cadáveres, y salid a matar por la ciudad».
La Gloria del Señor salió levantándose del umbral del templo y se colocó sobre los querubines. Los querubines desplegaron sus alas y se elevaron sobre la tierra ante mis ojos. Junto con ellos partieron también las ruedas y se detuvieron a la entrada de la puerta oriental del templo del Señor. La Gloria del Dios de Israel estaba por encima de ellos.
Eran los mismos seres que había visto bajo el Dios de Israel junto al río Quebar, y comprendí que eran querubines.
Cada uno tenía cuatro rostros y cuatro alas, y bajo las alas una especie de mano humana. El aspecto de sus rostros era el de los rostros que había visto junto al río Quebar. Todos ellos iban de frente.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad os dijo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Palabra del Señor.
12 de Agosto 2026 – Beato Carlos Leisner
Nació en Rees/Niederrhein el 28 de febrero de 1915, se crio en Kleve y de estudiante de bachillerato ingresó en el Movimiento Juvenil Católico. En dicho Movimiento, además de disfrutar de la comunidad con los jóvenes y de poder realizar largos viajes, adquiere conocimientos de las Sagradas Escrituras y sobre todo de la Eucaristía. En su diario escribe: "Cristo – Tú eres mi pasión".
Karl Leisner desea ser sacerdote. El obispo de Münster le asigna el cargo de director de la juventud diocesana. La Gestapo le observa. Durante el año de estancia en Friburgo le conmueven duras luchas interiores: sacerdocio o matrimonio y familia? El 25 de marzo de 1939 es ordenado diácono. En pocos meses debería recibir las sagradas órdenes.
La Divina Providencia designa otra cosa: Una repentina tuberculosis le obliga a permanecer en St. Blasien en la Selva Negra. Allá, el 8 de noviembre de 1939, es detenido por la Gestapo a causa de un comentario hecho en relación con el atentado contra Hitler: cárcel en Friburgo.
Internamiento en el campo de concentración de Sachsenhausen y de allá, en 1940, traslado al campo de concentración de Dachau en el que sucede lo inesperado: el 17 de diciembre de 1944, en el bloque 26, y con gran peligro para todos los participantes, el moribundo diácono, Karl Leisner, es ordenado sacerdote por el obispo Gabriel Piguet, recluso francés. El nuevo sacerdote celebra su primera y única Santa Misa el día de San Esteban, en el año 1944. El 4 de mayo de 1945 es puesto en libertad.
Pasa sus últimas semanas en el sanatorio antituberculoso de Planegg en Munich. Sólo dos pensamientos absorben su mente: el amor y la penitencia. Entregado al amor de Dios, a ese amor en el que él creyó y que deseó transmitir a los hombres, fallece el 12 de agosto. La última inscripción de su diario reza: „Bendice, Oh Altísimo también a mis enemigos!“.
Sus restos mortales reposan en la cripta de la Catedral de Xanten.
El 23 de junio de 1996 Karl Leisner fue beatificado por el Papa Juan Pablo II, quién en parte de su homilía señaló: “La prueba de un seguimiento auténtico de Cristo no consiste en las lisonjas del mundo, sino en dar testimonio fiel de Cristo Jesús. El Señor no pide a sus discípulos una confesión de compromiso con el mundo, sino una confesión de fe, que esté dispuesta incluso a ofrecerse en sacrificio. Karl Leisner dio testimonio de esto no sólo con palabras, sino también con su vida y su muerte: en un mundo que se había vuelto inhumano.
(…) Cristo es la vida: ésta fue la convicción por la que vivió y por la que, finalmente, murió Karl Leisner. Apóstol de una profunda devoción mariana, a la que lo impulsó el padre Kentenich y el movimiento de Schoenstatt”.
Karl Leisner desea ser sacerdote. El obispo de Münster le asigna el cargo de director de la juventud diocesana. La Gestapo le observa. Durante el año de estancia en Friburgo le conmueven duras luchas interiores: sacerdocio o matrimonio y familia? El 25 de marzo de 1939 es ordenado diácono. En pocos meses debería recibir las sagradas órdenes.
La Divina Providencia designa otra cosa: Una repentina tuberculosis le obliga a permanecer en St. Blasien en la Selva Negra. Allá, el 8 de noviembre de 1939, es detenido por la Gestapo a causa de un comentario hecho en relación con el atentado contra Hitler: cárcel en Friburgo.
Internamiento en el campo de concentración de Sachsenhausen y de allá, en 1940, traslado al campo de concentración de Dachau en el que sucede lo inesperado: el 17 de diciembre de 1944, en el bloque 26, y con gran peligro para todos los participantes, el moribundo diácono, Karl Leisner, es ordenado sacerdote por el obispo Gabriel Piguet, recluso francés. El nuevo sacerdote celebra su primera y única Santa Misa el día de San Esteban, en el año 1944. El 4 de mayo de 1945 es puesto en libertad.
Pasa sus últimas semanas en el sanatorio antituberculoso de Planegg en Munich. Sólo dos pensamientos absorben su mente: el amor y la penitencia. Entregado al amor de Dios, a ese amor en el que él creyó y que deseó transmitir a los hombres, fallece el 12 de agosto. La última inscripción de su diario reza: „Bendice, Oh Altísimo también a mis enemigos!“.
Sus restos mortales reposan en la cripta de la Catedral de Xanten.
El 23 de junio de 1996 Karl Leisner fue beatificado por el Papa Juan Pablo II, quién en parte de su homilía señaló: “La prueba de un seguimiento auténtico de Cristo no consiste en las lisonjas del mundo, sino en dar testimonio fiel de Cristo Jesús. El Señor no pide a sus discípulos una confesión de compromiso con el mundo, sino una confesión de fe, que esté dispuesta incluso a ofrecerse en sacrificio. Karl Leisner dio testimonio de esto no sólo con palabras, sino también con su vida y su muerte: en un mundo que se había vuelto inhumano.
(…) Cristo es la vida: ésta fue la convicción por la que vivió y por la que, finalmente, murió Karl Leisner. Apóstol de una profunda devoción mariana, a la que lo impulsó el padre Kentenich y el movimiento de Schoenstatt”.
martes, 11 de agosto de 2026
Lecturas del 11/08/2026
Esto dice el Señor: «Ahora, hijo de hombre, escucha lo que te digo: ¡No seas rebelde, como este pueblo rebelde! Abre la boca y come lo que te doy».
Vi entonces una mano extendida hacia mí, con un documento enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito en el anverso y en el reverso; tenía escritas elegías, lamentos y ayes.
Entonces me dijo: «Hijo de hombre, come lo que tienes ahí; cómete este volumen y vete a hablar a la casa de Israel».
Abrí la boca y me dio a comer el volumen, diciéndome: «Hijo de hombre, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este volumen que te doy».
Lo comí y me supo en la boca dulce como la miel.
Me dijo: «Hijo de hombre, anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras».
En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: « ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?».
Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: «En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial.
¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la pérdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.
Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños».
Palabra del Señor.
11 de Agosto 2026 – Santa Filomena, Virgen y mártir
El 24 de mayo de 1802, se descubrió en la catacumba de Santa Priscila, en la Vía Salaria Nova, una urna mortuoria que fue abierta y examinada cuidadosamente. La urna estaba cerrada con tres sellos que, en conjunto, ofrecían la siguiente inscripción con letras rojas: LUMENA PAXTE CUM FI Además de la inscripción, se habían dibujado ciertos símbolos: dos anclas, tres flechas, una palma y una flor (o una antorcha). Una de las teorías acerca de la inscripción sostenía que el texto original era el siguiente: (Fi) lumena pax tecum fi fat) ("Filomena, que la paz sea contigo"). Según los defensores de esa teoría, la urna había sido sellada apresuradamente y el artesano había borrado involuntariamente con sus herramientas las dos primeras y las dos últimas letras.
Pero la teoría más común en la actualidad es que el artesano colocó los sellos en desorden, ya fuese por la prisa, o simplemente porque no sabía leer. Por consiguiente, el texto verdadero de la inscripción sería: Pax tecum. Filumena ("Que la paz sea contigo, Filomena").
En la urna se hallaron los huesos de una joven de trece o quince años; se conservaban enteros, excepto el cráneo, que estaba muy maltratado. Incrustado en la tierra había un frasco de cristal, con restos de algo que parecía sangre.
En el año 1805, el papa Pío VII confió el cuidado de las reliquias de Filomena al P. Francisco di Lucia, quien las trasladó a Mugnano del Cardinale en la diócesis de Nola y las depositó en uno de los altares de la iglesia parroquial. Inmediatamente empezó a hablarse de milagros y favores espirituales y temporales obtenidos por intercesión de Santa Filomena. Es bien conocida la devoción que el Cura de Ars profesaba a Santa Filomena, a quien llamaba "mi querida santita", "mi agente en el cielo", por cuya intercesión obtenía cuanto pedía. La obediencia de Filomena al Santo Cura era extraordinaria. A éste no le admiraba el hecho: " ¿Qué tiene ello de extraño, puesto que Dios Todopoderoso me obedece cada día en el altar?"
Y no fue el Cura de Ars el único santo francés del siglo XIX que profesaba especial devoción a Santa Filomena, ya que en el mismo caso se encontraban Santa Magdalena Sofía Barat, el Beato Pedro Julián Eymard, San Pedro Luis Chanel y la Venerable condesa de Bonnault d'Houet. Lo que sí parece cierto es que, si el Cura de Ars no hubiese alabado tanto a Filomena durante treinta años, ésta no habría alcanzado una popularidad tan grande.
Por otra parte, uno de los hechos que mayor influencia tuvo en la difusión del culto de Filomena y movieron a la Santa Sede a entrar en acción, fue la curación milagrosa de la Venerable Paulina María Jaricot, fundadora de la Asociación de la Propagación de la Fe. En 1834, los médicos la habían desahuciado. Entonces Paulina decidió hacer el viaje de Lyon a Mugnano, recostada en una silla, para encomendarse a Santa Filomena en su santuario.
A su paso por Roma, se alojó en un convento, a donde fue a visitarla dos veces Gregorio XVI. El Pontífice estaba tan convencido de que Paulina moriría pronto, que le rogó que pidiese por él al llegar al cielo. Paulina llegó a Mugnano el 8 de agosto de 1835 en estado de agonía. Dos días después, al recibir la comunión en la iglesia de Santa Filomena el día de su fiesta, quedó instantáneamente curada.
A su vuelta a Lyon, se detuvo nuevamente en Roma "para que la viese el Pontífice", y Gregorio XVI le prometió examinar inmediatamente la causa de Filomena. El 30 de enero de 1837, firmó el Pontífice el decreto de aprobación del culto y autorizó al clero de la diócesis de Nola a celebrar, el 11 de agosto, en honor de la santa, la misa "Loquebar"; igualmente concedió el rezo del común de vírgenes y mártires, con una lección propia en maitines. La fiesta se extendió pronto a otras diócesis, entre las cuales se contaba la de Roma.
Pero la teoría más común en la actualidad es que el artesano colocó los sellos en desorden, ya fuese por la prisa, o simplemente porque no sabía leer. Por consiguiente, el texto verdadero de la inscripción sería: Pax tecum. Filumena ("Que la paz sea contigo, Filomena").
En la urna se hallaron los huesos de una joven de trece o quince años; se conservaban enteros, excepto el cráneo, que estaba muy maltratado. Incrustado en la tierra había un frasco de cristal, con restos de algo que parecía sangre.
En el año 1805, el papa Pío VII confió el cuidado de las reliquias de Filomena al P. Francisco di Lucia, quien las trasladó a Mugnano del Cardinale en la diócesis de Nola y las depositó en uno de los altares de la iglesia parroquial. Inmediatamente empezó a hablarse de milagros y favores espirituales y temporales obtenidos por intercesión de Santa Filomena. Es bien conocida la devoción que el Cura de Ars profesaba a Santa Filomena, a quien llamaba "mi querida santita", "mi agente en el cielo", por cuya intercesión obtenía cuanto pedía. La obediencia de Filomena al Santo Cura era extraordinaria. A éste no le admiraba el hecho: " ¿Qué tiene ello de extraño, puesto que Dios Todopoderoso me obedece cada día en el altar?"
Y no fue el Cura de Ars el único santo francés del siglo XIX que profesaba especial devoción a Santa Filomena, ya que en el mismo caso se encontraban Santa Magdalena Sofía Barat, el Beato Pedro Julián Eymard, San Pedro Luis Chanel y la Venerable condesa de Bonnault d'Houet. Lo que sí parece cierto es que, si el Cura de Ars no hubiese alabado tanto a Filomena durante treinta años, ésta no habría alcanzado una popularidad tan grande.
Por otra parte, uno de los hechos que mayor influencia tuvo en la difusión del culto de Filomena y movieron a la Santa Sede a entrar en acción, fue la curación milagrosa de la Venerable Paulina María Jaricot, fundadora de la Asociación de la Propagación de la Fe. En 1834, los médicos la habían desahuciado. Entonces Paulina decidió hacer el viaje de Lyon a Mugnano, recostada en una silla, para encomendarse a Santa Filomena en su santuario.
A su paso por Roma, se alojó en un convento, a donde fue a visitarla dos veces Gregorio XVI. El Pontífice estaba tan convencido de que Paulina moriría pronto, que le rogó que pidiese por él al llegar al cielo. Paulina llegó a Mugnano el 8 de agosto de 1835 en estado de agonía. Dos días después, al recibir la comunión en la iglesia de Santa Filomena el día de su fiesta, quedó instantáneamente curada.
A su vuelta a Lyon, se detuvo nuevamente en Roma "para que la viese el Pontífice", y Gregorio XVI le prometió examinar inmediatamente la causa de Filomena. El 30 de enero de 1837, firmó el Pontífice el decreto de aprobación del culto y autorizó al clero de la diócesis de Nola a celebrar, el 11 de agosto, en honor de la santa, la misa "Loquebar"; igualmente concedió el rezo del común de vírgenes y mártires, con una lección propia en maitines. La fiesta se extendió pronto a otras diócesis, entre las cuales se contaba la de Roma.
lunes, 10 de agosto de 2026
Lecturas del 10/08/2026
Hermanos: el que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará.
Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama “al que da con alegría”.
Y Dios tiene poder para colmaros de toda clase de dones, de modo que, teniendo lo suficiente siempre y en todo, os sobre para toda clase de obras buenas.
Como está escrito: «Repartió abundantemente a los pobres, su justicia permanece eternamente».
El que proporciona “semilla al que siembra y pan para comer” proporcionará y multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
El que ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiere servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».
Palabra del Señor.
10 de Agosto 2026 – San Lorenzo
San Lorenzo era uno de los siete diáconos de Roma, o sea uno de los siete hombres de confianza del Sumo Pontífice. Su oficio era de gran responsabilidad, pues estaba encargado de distribuir las ayudas a los pobres.
En el año 257 el emperador Valeriano publicó un decreto de persecución en el cual ordenaba que todo el que se declarara cristiano sería condenado a muerte. El 6 de agosto el Papa San Sixto estaba celebrando la santa Misa en un cementerio de Roma cuando fue asesinado junto con cuatro de sus diáconos por la policía del emperador. Cuatro días después fue martirizado su diácono San Lorenzo.
La antigua tradición dice que cuando Lorenzo vio que la Sumo Pontífice lo iban a matar le dijo: "Padre mío, ¿te vas sin llevarte a tu diácono?" y San Sixto le respondió: "Hijo mío, dentro de pocos días me seguirás". Lorenzo se alegró mucho al saber que pronto iría a gozar de la gloria de Dios.
Entonces Lorenzo viendo que el peligro llegaba, recogió todos los dineros y demás bienes que la Iglesia tenía en Roma y los repartió entre los pobres. Y vendió los cálices de oro, copones y candeleros valiosos, y el dinero lo dio a las gentes más necesitadas.
El alcalde de Roma, que era un pagano muy amigo de conseguir dinero, llamó a Lorenzo y le dijo: "Me han dicho que los cristianos emplean cálices y patenas de oro en sus sacrificios, y que en sus celebraciones tienen candeleros muy valiosos. Vaya, recoge todos los tesoros de la Iglesia y me los trae, porque el emperador necesita dinero para costear una guerra que va a empezar".
Lorenzo le pidió que le diera tres días de plazo para reunir todos los tesoros de la Iglesia, y en esos días fue invitando a todos los pobres, lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos que él ayudaba con sus limosnas. Y al tercer día los hizo formar en filas, y mandó llamar al alcalde diciéndole: "Ya tengo reunidos todos los tesoros de la iglesia. Le aseguro que son más valiosos que los que posee el emperador".
Llegó el alcalde muy contento pensando llenarse de oro y plata y al ver semejante colección de miseria y enfermedad se disgustó enormemente, pero Lorenzo le dijo: "¿por qué se disgusta? ¡Estos son los tesoros más apreciados de la iglesia de Cristo! "
El alcalde lleno de rabia le dijo: "Pues ahora te mando matar, pero no creas que vas a morir instantáneamente. Te haré morir poco a poco para que padezcas todo lo que nunca te habías imaginado. Ya que tienes tantos deseos de ser mártir, te martirizaré horriblemente".
Y encendieron una parrilla de hierro y ahí acostaron al diácono Lorenzo. San Agustín dice que el gran deseo que el mártir tenía de ir junto a Cristo le hacía no darle importancia a los dolores de esa tortura.
Los cristianos vieron el rostro del mártir rodeado de un esplendor hermosísimo y sintieron un aroma muy agradable mientras lo quemaban. Los paganos ni veían ni sentían nada de eso.
Después de un rato de estarse quemando en la parrilla ardiendo el mártir dijo al juez: "Ya estoy asado por un lado. Ahora que me vuelvan hacia el otro lado para quedar asado por completo". El verdugo mandó que lo voltearan y así se quemó por completo. Cuando sintió que ya estaba completamente asado exclamó: "La carne ya está lista, pueden comer". Y con una tranquilidad que nadie había imaginado rezó por la conversión de Roma y la difusión de la religión de Cristo en todo el mundo, y exhaló su último suspiro. Era el 10 de agosto del año 258.
El poeta Prudencio dice que el martirio de San Lorenzo sirvió mucho para la conversión de Roma porque la vista del valor y constancia de este gran hombre convirtió a varios senadores y desde ese día la idolatría empezó a disminuir en la ciudad.
San Agustín afirma que Dios obró muchos milagros en Roma en favor de los que se encomendaban a San Lorenzo.
El santo padre mandó construirle una hermosa Basílica en Roma, siendo la Basílica de San Lorenzo la quinta en importancia en la Ciudad Eterna.
En el año 257 el emperador Valeriano publicó un decreto de persecución en el cual ordenaba que todo el que se declarara cristiano sería condenado a muerte. El 6 de agosto el Papa San Sixto estaba celebrando la santa Misa en un cementerio de Roma cuando fue asesinado junto con cuatro de sus diáconos por la policía del emperador. Cuatro días después fue martirizado su diácono San Lorenzo.
La antigua tradición dice que cuando Lorenzo vio que la Sumo Pontífice lo iban a matar le dijo: "Padre mío, ¿te vas sin llevarte a tu diácono?" y San Sixto le respondió: "Hijo mío, dentro de pocos días me seguirás". Lorenzo se alegró mucho al saber que pronto iría a gozar de la gloria de Dios.
Entonces Lorenzo viendo que el peligro llegaba, recogió todos los dineros y demás bienes que la Iglesia tenía en Roma y los repartió entre los pobres. Y vendió los cálices de oro, copones y candeleros valiosos, y el dinero lo dio a las gentes más necesitadas.
El alcalde de Roma, que era un pagano muy amigo de conseguir dinero, llamó a Lorenzo y le dijo: "Me han dicho que los cristianos emplean cálices y patenas de oro en sus sacrificios, y que en sus celebraciones tienen candeleros muy valiosos. Vaya, recoge todos los tesoros de la Iglesia y me los trae, porque el emperador necesita dinero para costear una guerra que va a empezar".
Lorenzo le pidió que le diera tres días de plazo para reunir todos los tesoros de la Iglesia, y en esos días fue invitando a todos los pobres, lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos que él ayudaba con sus limosnas. Y al tercer día los hizo formar en filas, y mandó llamar al alcalde diciéndole: "Ya tengo reunidos todos los tesoros de la iglesia. Le aseguro que son más valiosos que los que posee el emperador".
Llegó el alcalde muy contento pensando llenarse de oro y plata y al ver semejante colección de miseria y enfermedad se disgustó enormemente, pero Lorenzo le dijo: "¿por qué se disgusta? ¡Estos son los tesoros más apreciados de la iglesia de Cristo! "
El alcalde lleno de rabia le dijo: "Pues ahora te mando matar, pero no creas que vas a morir instantáneamente. Te haré morir poco a poco para que padezcas todo lo que nunca te habías imaginado. Ya que tienes tantos deseos de ser mártir, te martirizaré horriblemente".
Y encendieron una parrilla de hierro y ahí acostaron al diácono Lorenzo. San Agustín dice que el gran deseo que el mártir tenía de ir junto a Cristo le hacía no darle importancia a los dolores de esa tortura.
Los cristianos vieron el rostro del mártir rodeado de un esplendor hermosísimo y sintieron un aroma muy agradable mientras lo quemaban. Los paganos ni veían ni sentían nada de eso.
Después de un rato de estarse quemando en la parrilla ardiendo el mártir dijo al juez: "Ya estoy asado por un lado. Ahora que me vuelvan hacia el otro lado para quedar asado por completo". El verdugo mandó que lo voltearan y así se quemó por completo. Cuando sintió que ya estaba completamente asado exclamó: "La carne ya está lista, pueden comer". Y con una tranquilidad que nadie había imaginado rezó por la conversión de Roma y la difusión de la religión de Cristo en todo el mundo, y exhaló su último suspiro. Era el 10 de agosto del año 258.
El poeta Prudencio dice que el martirio de San Lorenzo sirvió mucho para la conversión de Roma porque la vista del valor y constancia de este gran hombre convirtió a varios senadores y desde ese día la idolatría empezó a disminuir en la ciudad.
San Agustín afirma que Dios obró muchos milagros en Roma en favor de los que se encomendaban a San Lorenzo.
El santo padre mandó construirle una hermosa Basílica en Roma, siendo la Basílica de San Lorenzo la quinta en importancia en la Ciudad Eterna.
domingo, 9 de agosto de 2026
Lecturas del 09/08/2026
En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor».
Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.
Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.
Hermanos:
Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.
Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo: «Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».
Palabra del Señor.
09 de Agosto 2026 – San Juan María Vianney
Estas frases que brotarán de sus labios, cuando ya sea mayor, pueden servir de esbozo para su retrato: "Me decía con frecuencia mi buena madre: Mira, pequeño Juan, si te viera ofender al buen Dios, me harías tú más daño que cualquiera de mis hijos".
- "Cuando estaba en el campo, con mi pala y mi azadón, rezaba".
- "Cuando yo era joven me decía: «Si fuera sacerdote me gustaría ganar muchas almas para el buen Dios»".
- "Concédemela conversión de mi parroquia; a cambio admito con gusto sufrir cuanto queráis por toda mi vida".
- "¿Qué hace el Señor tantas horas en el tabernáculo? - Nos espera".
- "Dios mío ¡Cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos?"...
Estos dichos son del santo que nada tuvo de prodigio ni en su niñez ni en su juventud. Nació el mes de la Virgen, mayo, día 8 de 1786, de padres honrados, cristianos y pobres. Fue bautizado el mismo día de nacer. A los nueve años todavía no sabía nada a no ser un poco de catecismo. A los once recibió los sacramentos de Penitencia y Eucaristía. Eran malos los tiempos por los que atravesaba Francia.
Por la mente de Juan María corrió siempre el deseo de llegar algún día a ser sacerdote... Pero no sabía nada y no había ningún maestro que estuviera dispuesto a enseñarle las primeras letras. Le costaba mucho aprender. Por fin ingresó en el Seminario. Tenía 25 años cuando, en 1811, recibía la tonsura clerical. Al año siguiente empieza los estudios filosóficos. No le entran con facilidad. Por fin en junio de 1815 recibe el diaconado. Es un gran gozo para él.
Pero los superiores dudan si debe ordenarse sacerdote o rogarle que abandone el seminario, porque el sacerdote, piensan, debe ser un hombre de letras y a Juan María no le entran. Ante aquella duda acuden al Sr. Obispo y éste pregunta: "¿Ama a María?" - Sí, sí, más que nadie". - "¿Sabe rezar el santo Rosario?". - "Sí, con más unción y mejor que ningún otro", le responde el Sr. Rector. - "Pues, bajo mi responsabilidad lo ordenaré sacerdote, que lo hará mejor que ningún otro". Y no se equivocó.
Era el 13 de agosto de 1815 cuando recibió este don del sacerdocio. Saltó de alegría. Ya era lo que tanto ansiaba. Ya estaba dispuesto a morir por el rebaño que le fuera encomendado.
Ars era un pueblecillo pequeño y pobre y allí fue destinado este hombre lleno de ilusiones y con ganas de entrega. Tenía 230 almas. Le dijo el Sr. Obispo con pocas ganas de ilusionarlo: "Vaya usted a esa parroquia. No hay mucho amor a Dios allí, pero Vd. lo pondrá". Y de veras que lo puso. Aquella montaña de hielo... con los años se convertirá en horno ardiente de fuego. Lo que allí encontró fue desolador: Casi nadie cumplía con el precepto dominical. La blasfemia abundaba. Los odios y enconos estaban a la orden del día. Pronto cambiará todo gracias a la santidad de este cura que pasa dieciséis horas diarias en el confesonario, que apenas ni come ni duerme y que está chiflado por Jesús Eucaristía y por la Virgen María.
Toda su vida se resume en su grito: "Por salvar a los pecadores me quedaría en la tierra para toda la vida". Ya en vida le llamaban "el Santo Cura de Ars". Él bromeaba, pero sabía que "Ars ya no era Ars". Allí se amaba a Dios y los hombres entre sí. Podía partir tranquilo. Le llegó la hora el 4 de agosto, jueves, de 1859.
- "Cuando estaba en el campo, con mi pala y mi azadón, rezaba".
- "Cuando yo era joven me decía: «Si fuera sacerdote me gustaría ganar muchas almas para el buen Dios»".
- "Concédemela conversión de mi parroquia; a cambio admito con gusto sufrir cuanto queráis por toda mi vida".
- "¿Qué hace el Señor tantas horas en el tabernáculo? - Nos espera".
- "Dios mío ¡Cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos?"...
Estos dichos son del santo que nada tuvo de prodigio ni en su niñez ni en su juventud. Nació el mes de la Virgen, mayo, día 8 de 1786, de padres honrados, cristianos y pobres. Fue bautizado el mismo día de nacer. A los nueve años todavía no sabía nada a no ser un poco de catecismo. A los once recibió los sacramentos de Penitencia y Eucaristía. Eran malos los tiempos por los que atravesaba Francia.
Por la mente de Juan María corrió siempre el deseo de llegar algún día a ser sacerdote... Pero no sabía nada y no había ningún maestro que estuviera dispuesto a enseñarle las primeras letras. Le costaba mucho aprender. Por fin ingresó en el Seminario. Tenía 25 años cuando, en 1811, recibía la tonsura clerical. Al año siguiente empieza los estudios filosóficos. No le entran con facilidad. Por fin en junio de 1815 recibe el diaconado. Es un gran gozo para él.
Pero los superiores dudan si debe ordenarse sacerdote o rogarle que abandone el seminario, porque el sacerdote, piensan, debe ser un hombre de letras y a Juan María no le entran. Ante aquella duda acuden al Sr. Obispo y éste pregunta: "¿Ama a María?" - Sí, sí, más que nadie". - "¿Sabe rezar el santo Rosario?". - "Sí, con más unción y mejor que ningún otro", le responde el Sr. Rector. - "Pues, bajo mi responsabilidad lo ordenaré sacerdote, que lo hará mejor que ningún otro". Y no se equivocó.
Era el 13 de agosto de 1815 cuando recibió este don del sacerdocio. Saltó de alegría. Ya era lo que tanto ansiaba. Ya estaba dispuesto a morir por el rebaño que le fuera encomendado.
Ars era un pueblecillo pequeño y pobre y allí fue destinado este hombre lleno de ilusiones y con ganas de entrega. Tenía 230 almas. Le dijo el Sr. Obispo con pocas ganas de ilusionarlo: "Vaya usted a esa parroquia. No hay mucho amor a Dios allí, pero Vd. lo pondrá". Y de veras que lo puso. Aquella montaña de hielo... con los años se convertirá en horno ardiente de fuego. Lo que allí encontró fue desolador: Casi nadie cumplía con el precepto dominical. La blasfemia abundaba. Los odios y enconos estaban a la orden del día. Pronto cambiará todo gracias a la santidad de este cura que pasa dieciséis horas diarias en el confesonario, que apenas ni come ni duerme y que está chiflado por Jesús Eucaristía y por la Virgen María.
Toda su vida se resume en su grito: "Por salvar a los pecadores me quedaría en la tierra para toda la vida". Ya en vida le llamaban "el Santo Cura de Ars". Él bromeaba, pero sabía que "Ars ya no era Ars". Allí se amaba a Dios y los hombres entre sí. Podía partir tranquilo. Le llegó la hora el 4 de agosto, jueves, de 1859.
sábado, 8 de agosto de 2026
Lecturas del 08/08/2026
Señor, ¿no eres, desde siempre, mi Dios?
¡Oh, Santo, que no muramos!
Señor, lo pusiste para sentenciar; ¡oh, Roca!, lo estableciste para juzgar.
Tus ojos, puros para contemplar el mal, no soportan ver la opresión.
¿Por qué, pues, ves a los traidores y callas, cuando el malvado se traga al justo?
Tratas a los hombres como a peces del mar, como a reptiles sin dueño.
Los atrapa a todos con su anzuelo, los arrastra con su red, los amontona en su barca, contento y alegre.
Por eso ofrecen sacrificios a su red e incienso a su barca, pues en ellos tienen su sustento, su ración y comida abundante.
¿Seguirá vaciando su red, asesinando pueblos sin compasión?
Aguantaré de pie en mi guardia, me mantendré erguido en la muralla y observaré a ver que me responde, cómo replica a mi demanda.
Me respondió el Señor: «Escribe la visión y grábala en tablillas, que se lea de corrido; pues la visión tiene un plazo, pero llegará a su término sin defraudar.
Si se atrasa, espera en ella, pues llegará y no tardará mira, el altanero no triunfará, pero el justo por su fe vivirá».
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, de rodillas le dijo: «Señor, ten compasión de mi hijo que es lunático y sufre mucho: muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo».
Jesús contestó: « ¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros, ¿hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo».
Jesús increpó al demonio y salió; en aquel momento se curó el niño.
Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: «¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?».
Les contestó: «Por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: “Trasládate desde ahí hasta aquí”, y se trasladaría. Nada os sería imposible».
Palabra del Señor.
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