lunes, 2 de noviembre de 2026

02 de Noviembre 2026 – FIELES DIFUNTOS

Paisaje otoñal: árboles melancólicos de color de bronce, cielo plomizo, suelo desnudo; junto al río, lamentos monótonos del aire, que recoge el último secreto de las hojas, y esas mismas hojas que caen lánguidamente y ruedan sin saber dónde van, sollozando y musitando no sé qué canción doliente, llamamiento tal vez de un corazón inconsolable a causa de un tiempo que fue—cantos y perfumes del abril lejano—, que se fue y que ya no volverá.

Y pensamos en la muerte. «El hombre, nacido de mujer, vive poco tiempo, lleno de muchas miserias.» Así decía Job, y continuaba: «Como una flor nace y es pisoteado; huye como una sombra y nunca permanece en el mismo estado.» Pensemos, pues, en la muerte, puesto que la naturaleza nos invita, y con la naturaleza ese tañido de la campana, bronco, seco, profundo, que parece la señal de la entronización de la muerte en todos los muros, en todas las iglesias, en todos los altares, en todos los corazones. Filosofar, decía Platón, es aprender a morir. Y, más bellamente, el poeta cristiano: El gran negocio del hombre es la vida, y el gran negocio de la vida es la muerte. Porque nacemos para morir y morimos para vivir. El que no ha sabido filosofar, tiembla y llora cuando ella se acerca, y tal vez, como el cardenal Mazarino, exclama con tristeza: «Pero ¿es que hay que dejar todas estas cosas?» El que la ha tenido cada día colgada delante de los ojos, según expresión de San Benito, sonríe al escuchar aquellas palabras de la liturgia de los agonizantes: «Suave y festiva sea para ti la visión de Cristo Jesús.» Esta es la fuente donde bebieron los santos su valor. «El que piensa siempre en la muerte—decía San Jerónimo—, desprecia todas las cosas.» Por eso San Francisco podía saludar alegremente a la descarnada visitante: «Bien venida sea mi hermana la muerte.» Y más apasionadamente exclamaba Santa Teresa: «¡Ah, Jesús mío! Ya es hora de que nos veamos.» Es el lado opuesto a la actitud del héroe pagano que decía: «Preferiría trabajar día tras día los campos de un hombre miserable y sin fortuna, antes que reinar abajo sobre el imperio de los muertos.»

Es que el cristiano tiene la certidumbre del más allá. Si el pagano presentaba sus obsequios a la muerte, él se los ofrece a la inmortalidad, y si celebra el día de los muertos, es porque esos muertos son inmortales. Sólo después que Cristo anunció que Él era la resurrección y la vida, se ha podido decir: «La muerte es el más bello momento del hombre, En ella se encuentran todas las virtudes que ha practicado, toda la fuerza y toda la paz que ha atesorado, todos los recuerdos, todas las imágenes queridas, todas las dulces añoranzas, y con todo esto, la hermosa perspectiva de Dios. Muy fuertes seríamos contra la muerte si tuviéramos fe viva.»

Es la fe la que ilumina el más allá, recordándonos las palabras del Apocalipsis: «Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor.» Ni sombras espesas, como creían los paganos, ni el abismo de la nada, como enseñan los materialistas. Una vida nueva, vida de amor o de odio, paraíso o infierno. Al que en este mundo escogió el amor, vida de amor; al que escogió el odio, el lugar del odio y de la maldición. «Del lado que cayere el árbol, así quedará eternamente.» Es una verdad que ya descubrió la filosofía antigua: «La muerte—leemos en La República, de Platón— no es otra cosa que la separación del alma y del cuerpo. Después de esa separación, el alma se presenta delante del supremo Juez, el cual la examina sin preocuparse de la dignidad que tuvo en la tierra; y si la encuentra manchada por los crímenes, aunque sea el alma del rey de los persas, o del hombre más poderoso, la envía ignominiosamente a la prisión, donde ha de sufrir los suplicios merecidos.» Aún va más lejos el gran ateniense, cuando nos dice a continuación: «Aquellos a quienes los dioses y los hombres castigan a fin de que saquen provecho del castigo, son los desgraciados culpables de pecados que se pueden curar. El dolor es para ellos un bien real, pues sólo por él pueden librarse de la injusticia.» Esta verdad—toda verdad se encuentra ya en el paganismo, aunque en estado de putrefacción—es en el cristianismo un dogma: el dogma del Purgatorio, la mansión temporal de las almas que murieron en gracia de Dios antes de haber satisfecho a la justicia divina; el noviciado de la visión del Santo de los santos, como le llama el Padre Fáber; el segundo reino donde el alma se purifica haciéndose digna de subir al Cielo, como cantaba Alighieri; el lugar en cuyos ámbitos resuena constantemente la palabra de Cristo: «En verdad os digo que no saldréis de aquí hasta que paguéis el último cuadrante.»

Dogma consolador, que amplía las fronteras de nuestra confianza, y permite a Dios perdonar sin que se quebranta aquel principio de que nos habla el Apocalipsis: Nada manchado puede entrar en el Cielo. «No hay nada que yo crea más firmemente—escribía José de Maistre—que el Purgatorio. ¿No iban a ser las penas proporcionadas a los crímenes? Para mí, los modernos razonadores que niegan las penas eternas, dan muestra de una extraña necesidad si no admiten expresamente la existencia del Purgatorio; porque, decidme: ¿a quién podrán hacer creer que el alma de Robespierre voló al seno de Dios como la de Luis XVI? ¿Quién jamás pensó fusilar un soldado por robar una vasija de loza? Y, sin embargo, es preciso que el robo no quede impune. Yo os digo que el Purgatorio es el dogma del sentido común.» Enraizada en lo más profundo de la conciencia humana, puede decirse que esta verdad no es más que la intuición del corazón hecha dogma.

El corazón humano le adivina, porque es el amor quien le crea, como una prolongación inesperada de la santidad para uso de las almas que guardan todavía las huellas de la contaminación terrestre. Modera la justicia y dilata la misericordia. Da al amor libertades y condescendencias. Ni con deudas ni con faltas se puede entrar en el Cielo. Y ¿quién es el que merece sin tener que purgar algún pecado venial? ¿Quién no lleva viejas deudas que liquidar y una multitud de sombras que velan, sin destruirla, la divina belleza de su alma? Afortunadamente, al otro lado está el Purgatorio, arsenal en que se acaban de pulimentar las piedras vivas con que se levanta la Jerusalén celestial; lazareto en que el pasajero contaminado se estaciona delante del puerto aguardando el instante en que, libre de su dolencia, pueda besar el suelo de la patria y abrazar a los suyos, que, impacientes, le aguardan cerca de allí. Por tanto, hay allí una gran alegría. Ya estamos salvos, pueden decir los que llegan; para nosotros se acabaron las tempestades y peligros del mar borrascoso de la vida. En la puerta del infierno leyó Dante este verso: «Dejad toda esperanza los que entráis.» En cambio, a la entrada del Purgatorio vio Santa Francisca Romana esta inscripción: «Aquí está la mansión de la esperanza.»

La esperanza en el dolor. Se espera sufriendo y se sufre esperando. Por grande que sea—dicen unos que no es inferior al del infierno, y otros que supera a todos los dolores de esta vida—este sufrimiento es un sufrimiento amoroso y un sufrimiento amado: amoroso, porque la mano que hace sufrir es la de Dios, el Bien supremo; amado, porque es purificador y embellece el alma y la hace digna de Aquel a quien ama, y acelera su unión con Él. Nunca la desposada encuentra demasiado largo el tiempo de engalanarse con los atavíos nupciales. Pero es un sufrimiento. Parece nuestro destino pasar de un valle de lágrimas a un valle de fuego, antes de entrar en nuestra verdadera patria. Desde que el pecado germinó en el mundo, nadie se salva, nadie se purifica si no es por el sufrimiento. Cristo nos dio el valor infinito del suyo, y, juntando el nuestro con él, compramos el Paraíso perdido.

Esa es también la moneda del Purgatorio. Hay un fuego material que atormenta al alma de una manera misteriosa. Es el caso del lingote de oro arrancado a las entrañas de la tierra y arrojado en el fuego para que bajo la acción de la llama desaparezcan las materias impuras que le impiden dar todo su brillo. El fuego le penetra, le abraza le envuelve; él gime, se retuerce, deja escapar gotas largas y ardorosas. ¿Es esto una crueldad? No, es el deseo de devolver al metal todo el esplendor de su naturaleza, y esto mismo es lo que se hace con el alma en el horno del Purgatorio. Hay que separar de ella las escorias, las imperfecciones, a fin de que sea como un vaso perfecto, digno de ser presentado en la mesa del rey. Tormento terrible, extraño, tratándose de una sustancia espiritual, pero que no puede compararse con aquel otro que los teólogos llaman pena de daño, y que consiste en la privación de la presencia de Dios. El que ha amado alguna vez, sabe que la presencia es, en cierto sentido, una de las necesidades del amor. Ver y poseer, ver y gozar: tal es la divisa del amor. La ausencia del objeto amado le causa un martirio intolerable. Tal es el tormento del alma en el Purgatorio. Al salir de este mundo ha llegado finalmente a comprender lo que Dios es en Sí mismo y lo que es para ella: en Sí mismo, verdad, belleza, bondad soberana, objeto de admiración y de amor infinito; para ella, el término, el bien soberano, la felicidad, que en sus años de desterrada buscó frenéticamente. Encerrados en la prisión de nuestra carne, atados con las cadenas de la materia, apenas podemos rastrear lo que puede ser ese anhelo de un espíritu que está ya libre del tiempo y de las contingencias. Vemos, sin embargo, a los santos que, heridos de esa flecha divina, desahogan los ímpetus de su amor en gritos terribles, reveladores de angustias mortales; a San Pablo, con el «¿quién me librará de este cuerpo de muerte?»; a Santa Teresa, con el «muero porque no muero»; a San Agustín, con aquella exclamación desgarradora que ilumina una de las más bellas páginas de las Confesiones: «¡Oh belleza infinita, qué tarde te he conocido, qué tarde te he amado! Hicístenos para Ti, oh Dios mío, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.»

El amor de las almas que sufren en el Purgatorio es mucho más libre y más puro, un amor que se derrama en deseos intolerables. Hambre, sed y fiebre de Dios. Son hambres vivas aquellas pobres almas que han visto el Bien supremo y no pueden acercarse a Él. Ya no existe la barrera de su cuerpo, pero queda la barrera de su indignidad. La pobre alma se siente culpable, y no osa acercarse a Aquel a quien ha ofendido; se lanza, se precipita hacia Dios, como a un centro de gravitación, como al objeto de todos sus deseos, y al mismo tiempo se da cuenta de todas las salpicaduras, recuerdo de su paso por la tierra que le impide caminar hacia el divino encuentro. Atraída y rechazada a la vez, se resigna a la violencia del martirio, aguardando el momento de la liberación. «¡Oh Dios!—exclamaba Bossuet—. Grande artificio de vuestra mano poderosa y de vuestra profunda sabiduría es encontrar estos extremos de dolor en un fondo donde existe vuestra paz y la certidumbre de poseeros. ¿Quién será el sabio que entienda esta maravilla? En cuanto a mí, apenas si puedo vislumbrarla.»

Y aquí nos sale al paso otra delicadeza del amor infinito. Es verdad que esas almas caídas de los dolores de la tierra en los dolores del Purgatorio no pueden ya merecer. El tiempo del merecimiento ha terminado para ellas. Pero Dios nos ha concedido a nosotros un poder maravilloso: el de aliviar sus penas, el de apagar sus llamas, el de abrirles las puertas del Cielo. Nos lo enseña el dogma de la comunión de los santos y la reversibilidad de los méritos, es decir, la unión que existe entre todos los fieles de Cristo, que estén en la tierra, en el Cielo o en el Purgatorio. Todos los que son de Cristo forman una sociedad, y en esta sociedad hay interdependencia, reciprocidad de servicios y de influencias, comunidad de bienes; en una palabra, unidad de vida. Este dogma es, por decirlo así, el que pone en nuestras manos la suerte de los muertos, y porque nuestros méritos son tan pequeños, viene Cristo en nuestra ayuda, poniendo a nuestra disposición sus méritos infinitos. Lo mismo que un jardinero riega las plantas consumidas por los ardores del sol, así nosotros podemos derramar sobre sus dolores, como un rocío divino, la Sangre de Jesucristo. Es la creencia y la práctica de la Iglesia desde los primeros días de su existencia. Ya Tertuliano decía, dirigiéndose a la esposa cristiana: «Que rece por su marido difunto, que pida para él el descanso eterno, que anhele encontrarle en el día de la resurrección, que haga la ofrenda cada año al celebrar el aniversario de su muerte; si olvida estas cosas, ha renunciado a su marido en cuanto de ella depende.» Los paganos deshojaban rosas y tejían guirnaldas en honor de sus difuntos; «pero un cristiano—decía San Ambrosio al pueblo de Milán—tiene mejores presentes; cubrir de rosas, si queréis, los mausoleos, pero envolvedlos, sobre todo, en aromas de oraciones».

Esta doctrina es la que inspiró la pompa fúnebre de la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. La costumbre primitiva del aniversario familiar se transformó en un aniversario general, que comprende en la mente de la Iglesia a todos aquellos hijos suyos que, habiendo salido de este mundo, están todavía en camino hacia la patria. El primer pensamiento fue de San Odilón, abad de Cluny, que en 998 estableció esta conmemoración solemne en la Orden benedictina. El mundo aplaudió aquella iniciativa. Roma la adoptó, y no tardó en extenderse por toda la cristiandad. El día escogido fue este que sigue a la festividad de Todos los Santos, para de este modo ofrecer el homenaje de nuestro recuerdo a esas dos muchedumbres de hermanos nuestros que se llaman la Iglesia Triunfante y la Iglesia Purgante. Tal vez el sentido íntimo cristiano ha querido hacer coincidir este recuerdo dulce y triste con las melancolías del otoño. La misma naturaleza nos invita a recoger las lágrimas de las cosas y a repetir esas plegarias llenas de suave poesía y penetradas de un hálito incoercible de esperanza que la Iglesia pone en nuestros labios este día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos.

Lunes, Fieles DIFUNTOS - 02-11-2026 Ciclo A

Reflexión del 02/11/2026

Lecturas del 02/11/2026

El justo, aunque muera prematuramente, tendrá descanso.
Una vejez venerable no son los muchos días, ni se mide por el número de años, pues las canas del hombre son la prudencia y la edad avanzada, una vida intachable.
Agradó a Dios y Dios lo amó, vivía entre pecadores y Dios se lo llevó.
Lo arrebató para que la maldad no pervirtiera su inteligencia, ni la perfidia sedujera su alma.
Pues la fascinación del mal oscurece el bien y el vértigo de la pasión pervierte una mente sin malicia.
Maduró en poco tiempo, cumplió muchos años.
Como su vida era grata a Dios, se apresuró a sacarlo de la maldad.
La gente lo ve y no lo comprende, ni les cabe esto en la cabeza: la gracia y la misericordia son para sus elegidos y la protección para sus devotos.
Hermanos: La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo!
Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!
Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomas le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».
Palabra del Señor

Palabra del Señor.

02 de Noviembre 2026 – San Malaquías de Armagh

En el siglo IX empezó Irlanda a experimentar los efectos de las invasiones que habían asolado a otros países. En efecto, los bárbaros conocidos con el nombre genérico de orientales, hicieron incursiones en las regiones costeras, y los daneses establecieron colonias permanentes en Dublín y otras ciudades. Por dondequiera que iban cometían asesinatos, demolían monasterios y quemaban bibliotecas. To do ello debilitó mucho al poder civil; los reyezuelos locales, que luchaban contra el enemigo de fuera y se destruían entre sí, perdieron mucha autoridad. El trato prolongado e inevitable entre los nativos y los opresores de la religión y de la ley trajo consigo una relajación gradual de la fe y las costumbres. Así pues, aunque Irlanda no llegó nunca a caer en el grado de iniquidad que suponían ciertos ingleses y algunos hombres de iglesia extranjeros (incluso San Bernardo), se hallaba sin embargo en un estado lamentable cuando estalló la guerra civil, tras la derrota definitiva de los daneses, en Clonfart (1014).

Precisamente en esa época de confusión, del año 1095, nació Malaquías O´More. El niño se educó en Armagh, donde su padre era maestro de escuela. Malaquías era un niño juicioso y piadoso. Después de la muerte de sus padres, se fue a vivir con un ermitaño llamado Eimar. San Celso, arzobispo de Armagh, juzgándole digno del sacerdocio, le ordenó a los veinticinco años. El arzobispo le encargó que predicase la palabra de Dios al pueblo y extirpase las malas costumbres que abundaban en su diócesis. San Bernardo, en su biografía de San Malaquías, dice que éste "quemó las ramas y la hojarasca inútil y aplicó el hcha a los árboles de raíz podrida". En una palabra, el santo se entregó a su tarea con gran celo. Sin embargo, temía no conocer suficientemente los cánones eclesiásticos para reformar a fondo la disciplina y el culto, por lo que acudió a San Malco, obispo de Lismore, quien se había educado en Winchester, en Inglaterra, y era famoso por su ciencia y su virtud. San Malco le acogió muy bien, le instruyó en todo lo referente al servicio divino y al bien de las almas y al mismo tiempo, le empleó en los ministerios de su iglesia.

Un tío de San Malaquías, que a pesar de ser lego era abad de San Comgall, se había apoderado de las rentas de la gran abadía de Bangor, la cual se hallaba en un estado lamentable. En 1123, el abad renunció a su dominio sobre Bangor, en favor de su sobrino, para que éste restableciese la observancia regular en la abadía. San Malaquías cedió a otra persona las tierras de la abadía, a pesar de las protestas. San Bernardo le alaba por eso, pero hace notar que "llevó demasiado lejos su desinterés y su espíritu de pobreza, como lo demostraron después los hechos." Con diez miembros de la comunidad de Eimar, San Malaquías construyó la abadía, empleando madera, como se acostumbraba en Irlanda. La gobernó durante un año. "Era una regla viviente, un espejo brillante, un libro en el que todos podían aprender los preceptos de la verdadera vida religiosa." La fama del santo aumentó con los milagros que obró. San Bernardo refiere algunos. A los treinta años de edad, San Malaquías fue elegido obispo de Connor. Los cristianos de su diócesis apenas lo eran más que de nombre, pues los daneses habían dominado ahí largo tiempo. El santo hizo cuanto pudo por convertir en corderos a aquellos lobos. Él y sus monjes predicaron con energía apostólica, uniendo la severidad a la dulzura. Cuando las gentes no acudían a la iglesia a oírle predicar, San Malaquías iba a buscarles en sus casas. Así consiguió sembrar la bondad y piedad en algunos de los más duros, restableció el uso frecuente de los sacramentos, pobló la diócesis de pastores celosos y volvió a instituir la celebración regular de las horas canónicas, pues desde las invasiones de los daneses habían caído en desuso aun en las ciudades. En esa tarea le sirvieron los conocimientos de música sacra que había adquirido en su juventud. Pero en 1127, un reyezuelo del norte devastó Andrim y Down y expulsó a la comunidad de Bangor, donde vivía San Malaquías. El santo se retiró entonces con algunos de sus monjes a Lismore y después a Iveragh, en Kerry, donde organizó nuevamente la vida monástica.

En 1129, murió San Celso de Armagh. La sede metropolitana había estado en manos de su familia durante varias generaciones. Para romper esa nociva costumbre San Celso ordenó en su lecho de muerte que su sucesor fuese Malaquías, a quien envió su báculo pastoral. Sin embargo, los parientes de San Celso instalaron en la sede a su primo Murtagh y, durante tres años, San Malaquías no intentó apoderarse de la diócesis. Finalmente, se dejó convencer por el legado pontificio Gilberto de Limerick, por San Malco y algunos otros y, protestando que renunciaría al gobierno de la sede en cuanto hubiese restituido el orden, se trasladó de I veragh a Armagh. Hizo cuanto pudo por tomar en sus manos el gobierno de su diócesis; sin embargo, para evitar los desórdenes y el derramamiento de sangre, no intentó entrar en la cabecera de la diócesis ni apoderarse de la catedral. Murtagh murió en 1134, no sin haber nombrado por sucesor a Niall, hermano de San Celso. Ambos bandos estaban armados, y San Malaquías determinó hacerse entronizar en su catedral. Los partidarios de Niall se presentaron de improviso en una reunión de los partidarios de San Malaquías, pero fueron dispersados por una tempestad tan violenta, que doce hombres murieron calcinados por el rayo. San Malaquías consiguió tomar posesión de su diócesis. Sin embargo, la paz no reinaba en ella, pues Niall se había llevado de Armagh dos reliquias muy veneradas, y el pueblo consideraba como legítimo arzobispo a quien las tenía en su poder. Consistían en un libro (probablemente el "Libro de Armagh") y una cruz pastoral llamada "el báculo de Jesús": el pueblo creía que ambas habían pertenecido a San Patricio. Esto explica por qué muchos eran partidarios de Niall y perseguían violentamente a Malaquías. Uno de ellos invitó al santo a una conferencia para asesinarle. San Malaquías, contra el parecer de sus amigos, acudió a la reunión, dispuesto a sufrir el martirio por la paz; pero su valor y tranquila dignidad desarmaron a sus enemigos, y se firmó la paz. Sin embargo, San Malaquías tuvo que conservar su guardia de corps hasta que recuperó el báculo y el libro y fue reconocido como arzobispo por todo el pueblo. Habiendo roto así la tradición de la sucesión hereditaria y restablecida la disciplina y la paz en la sede, insistió en renunciar a la dignidad archiepiscopal y consagró por sucesor suyo a Gelasio, abad de Derry. En 1137 regresó a su antigua sede.

San Malaquías dividió su diócesis, consagró a un nuevo obispo para Connor y se reservó para sí la región de Down. Ya sea en Down Patrick, o más probable mente en las ruinas del monasterio de Bangor, estableció una comunidad de canónigos regulares, con quienes vivía siempre que se lo permitían sus actividades pastorales. Dos años después, emprendió un viaje a Roma para informar a la Santa Sede de todo lo que había hecho. Entre otras cosas quería conseguir el palio para los arzobispos de Armagh y de otra sede metropolitana que San Celso había establecido en Cash él. San Malaquías desembarcó en Inglaterra y se trasladó a York, donde conoció a Salteo de Kika, quien le regaló un caballo. Después pasó a Francia, atravesó la Borgoña y llegó a la abadía de Clara val Ahí conoció a San Bernardo, quien se convirtió en fiel amigo, fue admirador suyo y, más tarde, escribió su biografía. Malaquías quedó tan edificado por el espíritu de los cistercienses, que concibió el deseo de compartir su vida de penitencia y contemplación y acabar ahí sus días. En Ibera del Piamonte restituyó la salud al hijo de su huésped, que estaba al borde de la muerte. El Papa Inocencio II se negó a aceptar la renuncia del santo, aprobó cuanto había hecho en Irlanda, le nombró legado suyo en ese país y prometió que concedería los palios, si se le pedían oficialmente. En el viaje de regreso, San Malaquías volvió a pasar por Clara val, donde, como dice San Bernardo, "nos bendijo por segunda vez". Como no podía quedarse con aquellos siervos de Dios, San Malaquías dejó ahí a cuatro de sus compañeros, quienes, en 1142, volvieron a Irlanda con el hábito del Cister e instituyeron la abadía de Mellaron, de la que se originaron muchas otras. San Malaquías volvió a su patria por Escocia, donde el rey David le rogó que curase a su hijo, quien estaba muy enfermo. El santo dijo al príncipe: "Ten buen ánimo. No morirás de esta enfermedad." En seguida le roció con agua bendita. Al día siguiente, Enrique estaba completamente curado.

En 1148, los obispos y el clero reunidos en un sínodo en Inishpatrick, cerca de Skerries, resolvieron pedir oficialmente a Roma el palio para los dos metropolitanos. San Malaquías fue comisionado para entrevistarse con el Papa Eugenio III, quien se hallaba entonces en Francia. Pero la suspicacia política del rey Esteban retrasó al santo en Inglaterra y, cuando él llegó a Francia, el Papa ya había partido para Roma. Así pues, San Malaquías pudo ir a Claraval, donde San Bernardo y sus monjes le acogieron gozosamente. Después de la celebración de la misa de la fiesta de San Lucas, San Malaquías se sintió enfermo y hubo de guardar cama. Los monjes le atendieron solícitamente, pero el santo les dijo que todo era inútil, pues iba a morir de aquélla enfermedad. Además, insistió en bajar a la iglesia a recibir los últimos sacramentos, y rogó a los monjes que siguiesen orando por él después de su muerte. También les encomendó que pidiesen por las almas de todos sus feligreses y él prometió, por su parte, no olvidarlos ante Dios. San Malaquías murió el día de difuntos de 1148, en brazos de San Bernardo, y fue sepultado en Claraval. En su segundo sermón sobre San Malaquías, San Bernardo decía a sus monjes: "Quiera él proteger con sus méritos a aquellos a quienes instruyó con su ejemplo y confirmó con sus milagros." Además, San Bernardo tuvo la audacia de cantar, en la misa de cuerpo presente, la postcomunión de la misa de un obispo confesor. El Papa Clemente III confirmó, en 1190, aquella "canonización de un santo por otro santo". San Malaquías fue el primer irlandés canonizado por un Papa. Los cistercienses, los canónigos regulares y todas las diócesis de Irlanda celebran su fiesta. San Malaquías hizo por la unificación de la Iglesia en Irlanda lo que San Teodoro había hecho 500 años antes, por la de Inglaterra.

Nuestro artículo sobre San Malaquías quedaría incompleto, si no hiciésemos mención de las "profecías" sobre los Papas, que se le atribuyen. Consisten en la atribución de ciertos rasgos y características a los Papas, desde Celestino II (1143-1144) hasta el fin del mundo, cuando reine "Pedro el Romano". Las proveías están formuladas como lemas o títulos simbólicos. El que las reveló al mundo fue Dom Arnoldo de Wyon, O.S.B., en 1595. El benedictino las atribuyó a San Malaquías, pero sin explicar por cuáles razones y sin decir siquiera dónde las había encontrado. Un jesuita del siglo XVII sostuvo que habían sido inventadas por un partidario del cardenal Simoncelli, durante el cónclave de 1590, pero, en 1871, el P. Cucherat escribió un libro en el que afirmaba que las profecías habían sido reveladas en Roma a San Malaquías, el cual las comunicó por escrito a Inocencio II. Las profecías habían quedado olvidadas en los archivos pontificios durante 450 años, hasta que las descubrió Dom de Wyon. Está fuera de duda que las profecías son espurias y no tienen nada que ver con San Malaquías. Un examen superficial revela que los lemas que caracterizan a los Papas hasta Gregorio XIV (1590), son muy precisos (con frecuentes alusiones a los apellidos italianos) y se cumplieron a la letra. Por el contrario, los lemas de los siguientes Pontífices son vagos, generales y no siempre se aplican a los hechos, por más esfuerzos que se hagan por ensanchar su sentido. El lema de Pío XII era "Pastor Angelicus" (Pastor angélico), algo bastante común; en cambio el de San Pío V era "Ángel del bosque" y el de Benedicto XIV "Animal rústico".

domingo, 1 de noviembre de 2026

01 de Noviembre 2026 – FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Esta fiesta pone alas en nuestras almas para volar hasta el Cielo; nos coloca, con la fe, en la mansión dichosa de los escogidos, y nos hace asistir a la liturgia misteriosa de los palacios eternos. Y podemos repetir con San Juan: «Vi una gran muchedumbre que nadie podía contar, de todas las naciones y tribus y lenguas, que estaban junto al trono y delante del Cordero, revestida de un ropaje blanco, con palmas en sus manos, y exclamaban a grandes voces, diciendo: «Bendición y gloria y sabiduría y acción de gracias y honra y poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.»

Nuestros ojos se esfuerzan por penetrar en aquel mundo maravilloso de figuras recamadas de oro y sumergidas en un océano de felicidad: ojos que irradian alegría, frentes inundadas de luz, bocas llenas de alabanza y exentas de desdén, semblantes henchidos de dulzura, paz, gloria y bienaventuranza. Tal vez algunas son familiares para nosotras; las conocemos o las adivinamos; el hombre del arpa sonora y la cara inspirada; el que levanta con manos de hierro las tablas de la Ley; el profeta de la mirada de águila; la figura escuálida y pequeña del Apóstol, que sostiene la espada encendida y enrojecida en el fuego de su sangre... Moisés, David, Isaías, Pablo, y con ellos los príncipes y los magnates de aquel pueblo glorioso tienen para nosotros algún distintivo que nos permite reconocerlos y señalarlos con el dedo. Aquella joven de mirada extática, que sostiene una rueda con sus manos de color de lirio, es Catalina, la mártir; aquella otra que canta su dicha y mueve con dedos gráciles las cuerdas del arpa, es Cecilia, la virgen romana; aquel anciano de larga barba y amplia vestidura, rodeado de una multitud de hombres y mujeres, que llevan su misma cogulla, es Benito, el patriarca de los monjes de Occidente.... Pero ¿y el glorioso tropel que le circunda? ¿Y el ejército innumerable que llena los ámbitos del Cielo, sus templos, sus jardines, sus paisajes misteriosos e inefables? Ni sabemos sus nombres, ni conocemos su vida. Pero los admiramos y los amamos. Nuestro corazón se abre delante de ellos, ofrendando el incienso de la alabanza e implorando un latido del suyo o alguna de sus miradas compasivas. Con una santa envidia contemplamos aquellos rostros, donde ya no queda huella del dolor. Sus frentes llevan el sello aristocrático de los héroes, sus manos empuñan la palma que no se marchita, en sus sienes brillan las coronas del triunfo. Atletas valerosos, guerreros afortunados, lucharon y vencieron. Amaron la verdad con frenesí, cultivaron con paciencia la buena semilla en el campo de su alma, dejaron regueros de rosas en su camino, sembraron la alegría y la paz, levantaron fanales de luz en medio de sus hermanos, disiparon tinieblas, vencieron monstruos, mataron errores, destruyeron ídolos, aliviaron miserias, iluminaron la vida y lucharon con divino ardimiento para ensanchar las fronteras del reino de Cristo. Vencidos, acaso, un día, lograron levantarse de nuevo y arrebatar al enemigo la victoria. Y lo mismo los que se levantaron que los que nunca cayeron, todos gozan ahora de aquella vida para siempre bienaventurada que enajenaba su espíritu mientras vivieron en este mundo. Un río impetuoso alegra a estos habitantes de la ciudad de Dios; y sus aguas, no cabiendo ya en las riberas del Cielo, llegan hasta nosotros, hinchan nuestros corazones y nos obligan a exclamar: «Alegrémonos todos en el Señor, en este día de la fiesta que celebramos en honor de Todos los Santos, por cuya solemnidad se alegran los ángeles y alaban con ellos al Hijo de Dios.»

Así canta la Iglesia al ofrecer hoy la misa en honor de todos sus hijos trasladados de la muerte a la vida, del combate al descanso. Día tras día, a través del ciclo del año, va presentando a nuestra veneración y a nuestra imitación sus glorias más espléndidas; pero, Madre fecunda y amorosa, no puede olvidar a aquellos de sus hijos cuyos nombres desconocen los hombres, pero que están escritos en el libro de la vida. Cuando Roma acabó de conquistar el mundo, quiso levantar un monumento imperecedero al poder de todos los dioses. El Panteón debía ser el testimonio perenne de su gratitud. Pero ella misma fue vencida por Cristo, y desde entonces la morada de los dioses se convirtió en templo de los mártires. Ya no sería el refugio de vanas sombras y leyendas sin alma, sino la casa de los santos de Dios, que harían verdadero el título que le diera el paganismo: panteón, templo de todos los dioses. «Yo dije—clamaba el salmista—: vosotros sois dioses, y todos, hijos del Altísimo.»

En los primeros años del siglo VII, un Papa, Bonifacio IV, recorría las catacumbas, emocionado al recoger en aquellos subterráneos el palpitar generoso de los tiempos heroicos del cristianismo. Calixto, Ceferino, Sebastián, Cecilia, Inés, Valeriano..., nombres luminosos que hablaban de gestas inmortales. Pero, también, ¡cuántos sepulcros sin un verso, sin una letra, sin un indicio que dijese quién descansaba en el interior! ¡Cuántos huesos anónimos! Y, sin embargo, eran huesos consagrados por el martirio. Junto a ellos se veía la palma victoriosa, o el instrumento del suplicio, o la ampolla de cristal donde los cristianos recogieron su sangre. Tal vez podían distinguirse aún sus vestidos enrojecidos, sus cabezas segadas, sus miembros ahumados, mutilados o magullados. Y he aquí que llega el Pontífice, recoge tembloroso aquellas prendas sagradas, y, sacándolas de la oscuridad, las coloca en aquel templo que Agripa levantara seis siglos antes a la gloria de los dioses paganos. En sus vestidos pontificales brillan la púrpura y las piedras que llevaron antaño los perseguidores, veinticuatro carros le siguen llevando los venerables trofeos y los hijos de los quirites cantan el himno de la marcha triunfal: «Vuestra salida será dichosa y vuestro caminar lleno de alegría. Al veros, los montes saltan de gozo, y las colinas famosas de la ciudad de Rómulo os aguardan con impaciencia. Apareced ya, santos de Dios, dejad el puesto del combate, entrad en Roma, que es ya la Ciudad Santa; bendecid al pueblo romano, que os sigue al templo de las falsas divinidades, desde hoy iglesia vuestra, para adorar en él con vosotros la majestad del Señor.»

Este hecho fue el primer paso en el nacimiento de la fiesta de Todos los Santos. Pronto la solicitud de la Iglesia se extiende más lejos. A los mártires de Roma se asocian los de toda la cristiandad; y a los que derramaron su sangre para dar testimonio de su fe, vienen a juntarse todos los justos que se santificaron día tras día en el cumplimiento cotidiano del deber, martirio lento y oscuro, mas no por eso menos difícil y heroico que el de la sangre. Ya en el siglo VIII, Beda el Venerable escribía estas bellas palabras: «Hoy, dilectísimos, celebramos en la alegría una sola fiesta, la solemnidad de Todos los Santos, cuya sociedad hace que el Cielo tiemble de gozo, cuyo patrocinio alegra la tierra, cuyos triunfos son la corona de la Iglesia, cuya confesión, cuanto más varonil, más ilustre es en su gloria, porque al crecer la lucha, crece también la honra de los luchadores y a la fuerza de los tormentos corresponde la grandeza del premio.»

La fiesta se había completado abriendo a nuestra consideración los horizontes infinitos de la santidad creada e increada. Ante todo, la Trinidad Beatísima, el Rey de esos reyes que son los santos, el Dios de los dioses de Sion, Dios todo en todas las cosas. «Venid—canta la liturgia del día—, adoremos al Rey de los reyes, porque Él es la corona de todos los santos.» Después, María, canal de la gracia, que produce la santidad en los hombres, y tras Ella los nueve coros angélicos y todos los escogidos que nacieron de Adán; los patriarcas y los profetas, los apóstoles y los mártires, los confesores y las vírgenes; rosas de martirio y violetas de humildad, siemprevivas de caridad y lirios de pureza; los que dejaron su huella luminosa en la senda de la Humanidad, y los que se extinguieron en el silencio bajo la mirada bondadosa de Dios; los que fueron luminarias de su siglo, y los que vivieron con nosotros una vida ignorada y humilde; los ancianos de paso vacilante y manos temblorosas, pero de corazón juvenil para abrazarse con el deber; los niños que comenzaban a vivir y corrieron impacientes al manantial de una vida mejor; los jóvenes que despreciaron los encantos que el mundo les ofrecía y animosos dejaron ensueños por realidades; el rey que entre los esplendores del trono conservó puro su corazón y se sirvió de su poder para hacer felices a los pueblos; el poderoso que no puso su corazón en el brillo del oro, sino que siguió sencillamente la ley santa del Señor; el pobre sacerdote que en el rincón de su aldea, desterrado casi del mundo, repartió el pan de su mesa con el labriego y el mendigo; el honrado comerciante, el humilde labrador, la doncella dulce y recatada, la esposa virtuosa y solícita, la madre cuidadosa y amante, el criado fiel, el industrial laborioso, el pobre artesano, el mendigo que corre los caminos helados o los deseos, devorado acaso por el ardor de la fiebre y la tristeza de soledad. Todos los que en la riqueza o en la pobreza, en la obediencia o en el poder, supieron hacerse santos, imitando las virtudes del modelo de toda santidad, Jesucristo, son este día el objeto de nuestro culto. Con nuestra fe los vemos en aquella patria de todo contento como los veía el vidente de Patmos, vestidos con las cícladas de oro, ceñidas las sienes con brillantes coronas, cantando el cántico nuevo, que sólo ellos pueden cantar, y bebiendo la dicha perenne en la fuente maravillosa de la Sangre del Cordero. Tal vez, como Dante, atravesamos el empíreo escuchando aquel himno que no se acaba nunca: «Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.» Sus ecos alegran nuestro corazón, abren nuestros ojos a los misterios insondables, y tenemos que exclamar con el poeta: «Todo el universo me parecía una sonrisa. El reino de la alegría, con todo su pueblo, antiguo y nuevo, dirigiéndose hacia un solo punto, era todo una mirada, era todo un solo amor. ¡Oh triple luz, que, parpadeando en una sola estrella, sacias de esta manera aquellos ojos, míranos aquí abajo en nuestras tempestades!»

En nuestras tempestades.... Temblamos todavía en la incertidumbre, aún nos envuelven los miedos veladores de la noche; pero tenemos un áncora, que es la fe, y una luz, que es la esperanza, y un guía, que es el amor; y oímos esta palabra: «Bienaventurados los que lloran»; y esta otra: «Dichosos los que han sido convidados a las bodas del Cordero.» Nosotros hemos recibido esta invitación, y hay allí muchas sillas que nos aguardan. Iremos a la casa del Señor. Nuestros pies están aún en sus atrios; pero nuestros ojos contemplan con alborozo las tribus innumerables que llegan hasta ti, ¡oh Jerusalén! ciudad de paz, construida en la concordia y el amor.

Domingo, Todos los SANTOS - 01-11-2026 Ciclo A