domingo, 30 de abril de 2023

Mañana comienza el mes de MARÍA

30 de Abril 2023 – CUARTO DOMINGO DE PASCUA - EL BUEN PASTOR

Abiertos los ojos a una doble luz, el ciego de nacimiento acababa de pronunciar su bella confesión de fe: «Señor, yo creo que Tú eres el Hijo de Dios.» Era durante la fiesta de los Tabernáculos, fiesta otoñal, decorada de guirnaldas y ramos de palmeras y alegrada con acordes de salterios y tañidos de trompetas. Jesús enseña en un patio del Templo. Un grupo numeroso le rodea, sorprendido por las palabras misteriosas del Hombre iluminado. Este hombre acaba de ser arrojado de la sinagoga; es una oveja que los pastores de Israel no quieren ya admitir en su rebaño. Pero el indeseado, el excomulgado va a consolarse con una de las parábolas más emocionantes del Evangelio.

Las sombras de la tarde empiezan a extenderse sobre el monte Moria; por el camino de Betania resuenan los silbidos y las voces de los pastores que conducen los rebaños al aprisco; y entre el vocerío lejano y el tintineo de las esquilas se alza la voz de Jesús, diciendo: «En verdad, en verdad os digo que el que no entra por la puerta en el redil, sino que escala las tapias, es ladrón y malhechor. » En la mente de los oyentes aparece la imagen de aquellos apriscos—tenadas les llaman en tierras de Castilla—derramados a través de las parameras de Judea: amplios corrales con muros de piedra, coronados de zarzas espinosas; a un lado, la tejavana bajo la cual se cobijan durante la noche el pastor y el rebaño; la estrecha puerta, bien sujeta con el tranco de palo, porque los enemigos amenazan en la sombra, el lobo merodea en los alrededores; a veces se oye el ruido de un cuerpo que cae al suelo, amedrentando al ganado; es la pantera que ha saltado la cerca de un golpe, o el ladrón nocturno que se ha deslizado a lo largo de la pared. Pero el pastor vela para apartar el peligro, y al llegar la mañana empuña su cayado de espino, se estaciona a la puerta, cuenta una a una sus ovejas y las guía a los buenos pastos de los valles y las colinas.

Jesús sigue desarrollando la alegoría: «Yo soy la puerta; quien entra por Mí, será salvo. Entrará, y saldrá y encontrará pastos abundantes... Yo soy el Buen Pastor; conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a Mí. Yo vine para que tengan vida. una vida abundante.» Cristo es a la vez el pastor y la puerta del aprisco. Encontramos aquí esa contradicción aparente que existe siempre que se trata de su persona. Todas sus enseñanzas sobre Sí mismo son paradójicas. El creyente conoce bien la solución: Jesús es el Verbo encarnado. Dios y hombre al mismo tiempo; por Él, y sólo por Él, entran las ovejas en el aprisco; sólo por Él pueden entrar también los pastores legítimos, en virtud de una vocación celeste que de Él mana, en virtud de una participación en los derechos que ha habido sobre el rebaño a consecuencia del sacrificio de su humanidad, unida personalmente a la divinidad.

Todos los que se arrogan una autoridad sobre su rebaño sin haber recibido esa participación son mercenarios, seudoprofetas, explotadores y embaucadores de pueblos, como aquellos de quienes decía un Profeta: « ¡Ay de vosotros, pastores de Israel, que sólo cuidáis de apacentaros a vosotros mismos! Cogéis la leche para alimentaros y la lana para vestiros; matáis las ovejas gordas y no os preocupáis de engordar las flacas, de curar las enfermas, de poner vendas a las llagadas, ni buscar las que se han extraviado... Por eso dice el Señor: Yo sacaré mi rebaño de vuestras manos, arrancaré mis ovejas de vuestros dientes, no serán ya vuestra presa, y Yo las salvaré.»

Estas son las palabras de Cristo a todos los falsos pastores. Él es el Buen Pastor. ¿Cómo reconocerle? Por el amor, que es fruto de la bondad. Ahora bien: la prueba del amor es la muerte aceptada, la sangre derramada por el amigo en peligro. El mercenario ve venir al lobo y huye cobardemente mientras el lobo se arroja sobre el rebaño: el Buen Pastor hace frente al enemigo, dichoso de morir por aquellos a quienes ama; ofrece su vida generosamente, porque el amor vence todos los obstáculos, arrostra todos los peligros; desprecia los insultos, las fatigas, la misma muerte. «Yo doy mi vida por mis ovejas», dice ahora Jesús; y unos meses más tarde será derramada su sangre. Pero su muerte no será un óbice, sino la condición «para que se haga un solo rebaño y un solo pastor».

El fruto del árbol de la Cruz es la reunión del rebaño de Cristo, la formación de su Iglesia. Por eso la sagrada liturgia presenta a nuestra consideración, durante estos días que siguen a las fiestas de Pascua, esta hermosa parábola, imagen de la Iglesia, místico redil cuya puerta es el mismo Cristo. Por eso también los primeros cristianos, ovejas perdidas entre las tinieblas de la gentilidad o entre las zarzas espesas del mosaísmo, cuando tenían la dicha de oír la voz de Cristo, hallaban un gozo especial representándole bajo el símbolo del Buen Pastor, memorial de un Dios hecho hombre, que, muriendo en la Cruz, le había llevado del paganismo a la Iglesia, donde les colmaba de sus gracias, les alimentaba con su carne y su sangre, y, Cordero virgen, nacido de una Oveja virgen, les conducía por los senderos de la pureza y del sacrificio a las praderas inmarcesibles de la eternidad. La figura del Buen Pastor es uno de los temas predilectos del arte cristiano en sus primeros días, ornamento simbólico de los objetos del culto, de los utensilios familiares, de las basílicas y de los mausoleos. Se le encuentra en los muros de las catacumbas, en las capillas funerarias, en los sarcófagos de mármol y en las piedras tumbales, en las lámparas de arcilla, en las cornalinas de los camafeos, en los anillos, en las alhajas, en los palios de los metropolitanos, donde ha sido reemplazado por la Cruz. El Buen Pastor es un bello mancebo, cuya juventud simboliza la inmortalidad; de dulce fisonomía, de mirada llena de ternura, de túnica corta, sobre la cual flota un ligero manto; de cabeza aureolada por un nimbo de gloria o una corona de siete estrellas. Sus emblemas son el cayado, el vaso de leche colgado del cinturón, y a veces la flauta helénica de siete tubos.

Unas veces contempla su ganado desde lo alto de una colina, apoyándose sobre el cayado; otras aparece sentado bajo una encina y rodeado de las ovejas.

También la poesía ha interpretado con bellos acentos el místico idilio de esta parábola evangélica. Un poeta del siglo IV, Sedulio, ponía en boca de un gentil estas deliciosas palabras: «¡Ojalá pueda yo entrar un día en el deleitable aprisco donde el Buen Pastor apacienta sus dulces ovejuelas; donde, nacido de la Oveja virgen, el Cordero inocente camina delante, seguido del blanco rebaño! » En España los grandes maestros del auto sacramental recogerán la tierna alegoría de Cristo y la desarrollarán en espléndidas oraciones, como La oveja perdida, de Timoneda, y El Pastor Lobo, del «Fénix de los Ingenios», que nos traza del Buen Pastor este retrato inolvidable:

«Por mi vida, que es galán y que no en balde le dan nombre de Pastor Cordero, que en este prado, primero, le enseñó al mundo San Juan.

¡Oh, qué cabello traía, nazareno y enrizado!...

Aunque entonces le tenía, de rondar la noche fría, lleno de aljófar helado.

Blanco pellico y zurrón en que debe de traer la yesca y el eslabón con que llegará a encender el más tibio corazón.»

Domingo, 30-04-2023 4º domingo de PASCUA Ciclo A

Reflexión del 30/04/2023

Lecturas del 30/04/2023

El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose de pie junto a los Once, levantó su voz y declaró: «Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías». Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: « ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?» Pedro les contestó: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamaré así el Señor Dios nuestro». Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: «Salvaos de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.
Queridos hermanos:
Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.
Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca.
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevo nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muerto a los pecados, vivamos para la justicia.
Con sus heridas fuisteis curados.
Pues andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas.
En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Palabra del Señor.

30 de Abril – San PÍO V – Papa

Era en los primeros días del año 1566. Cincuenta y dos cardenales reunidos en conclave deliberaban acerca del sucesor que iban a dar a Pío IV. El cardenal Borromeo, San Carlos Borromeo, parecía el amo de la situación. Sobrino del Papa difunto, tenía la confianza y la adhesión de muchos de los electores, y su apoyo era buscado por los ambiciosos. Creyóse al principio que iba a desentenderse de todo, pero no tardó en darse cuenta de que su inhibición podría ser perjudicial para la Iglesia. «En llegando aquí—escribía el cardenal Pacheco a Felipe II—, hablé a Borromeo y le rogué que no se abandonase, sino que estuviese como hombre para hacer un Papa muy en servicio de Dios y útil de la su Iglesia, porque en esto me parecía que merecía más que en ayunar y en azotarse toda la vida.» Borromeo puso su mejor buena voluntad; hizo toda suerte de combinaciones; gestionó con los ilustres purpurados, pero siempre le faltaba algún voto para llegar a imponer a sus favorecidos. El 3 de enero, el embajador Requeséns escribía al rey católico: «Lo que de esto hay que decir es que las pláticas andan de manera que si no es por milagro, se ha de alargar este negocio demasiado, porque jamás creo que ha llegado la ambición y rotura de conciencia a lo que ahora vemos.» El milagro se hizo. Cuatro días más tarde, Requeséns decía en su despacho: «Estando para escribir a vuestra majestad una larga historia de las maldades que aquí andaban sobre esta elección, se han deshecho todas en un punto y salido Papa el cardenal Alejandrino, cosa que no se pensó, aunque, a mi juicio, lo merecía mejor que ninguno del colegio.» Fue cosa de Dios, añadía el embajador de España. Y así parecía, efectivamente. Entre los nombres que había barajado Borromeo, éste no había aparecido una sola vez; pero aquella noche del 7 de enero, durante la cena, cuando el alma se refleja con más espontaneidad por entre la transparencia de los vinos, cuando los eminentísimos estaban ya en los postres, alguien dejó caer el nombre del cardenal Miguel Ghislieri. Muchos lo recibieron como un hallazgo, y gran número de comensales clavaron sus ojos en el cardenal Borromeo. Entre tanto, empezaban a surgir las dificultades: «Es demasiado rígido», decían unos. «No tiene experiencia de los negocios», añadian otros. Y los partidarios del Pontífice anterior decían a San Carlos: «No nos conviene; ya sabes que durante el reinado anterior ha estado en desgracia; podría vengarse ahora en todos nosotros.» Estas consideraciones no hicieron mella en el arzobispo de Milán; lo único que le importaba era la virtud del candidato; extrañóse de no haber pensado antes en Ghislieri, y se declaró en su favor. Ghislieri, hombre sobrio, de salud precaria y enemigo de banquetes, debía estar entonces en su habitación. Cuando le anunciaron el acuerdo, reflexionó unos instantes, y aceptó, pronunciando estas palabras: «Mi contento su.» Algo antes de medianoche los príncipes de la Iglesia se congregaban en torno al elegido, haciendo la reverencia de rúbrica; él tomaba el nombre de Pío V, para indicar que no guardaba ningún resentimiento contra el Pontífice anterior.

Todos los despachos que por aquellos días salieron de Roma coincidían, en sustancia, con el del cardenal Pacheco cuando decía a Felipe II: «Estamos los hombres del mundo más contentos de ver en esta silla una persona tan ejemplar como los tiempos modernos lo requieren.» Esto es lo que reconocían todos: la virtud acrisolada del electo. Ella había sido la primera causa de su brillante carrera. Hijo de un humilde labrador de Bosco, un pueblecito del Milanesado, había entrado, niño todavía, en la Orden de Santo Domingo. Pronto se dio a conocer como religioso austero y como severo moralista. Nombrado inquisidor, puso al servicio de la fe toda la energía de su voluntad inflexible y enamorada de la ortodoxia. Vigilaba las mercancías que llegaban por la vía de los Alpes, decomisaba los libros heréticos, vigilaba a los predicadores famosos, procesaba a los obispos y encarcelaba a los magnates. En más de una ocasión estuvo a punto de morir como San Pedro de Verona, pero ninguna amenaza podía acobardarle. El episcopado de Sutri fue la recompensa de tanto celo. En 1556 era obispo; en 1557, cardenal. Como había nacido cerca de Alessandría, se le llamaba el cardenal Alessandrino. Era un cardenal austero, parco de palabras, y más amante de su blanca túnica dominicana que de los reflejos de la púrpura. Vivía modestamente; un fraile de su convento le hacía compañía, barría él mismo su habitación, y, aunque zurdo, tenía suma habilidad para hacer con ramos de palmera las escobas que usaba. En los consistorios era temible por la independencia de su carácter. Pío IV le alejó de su lado, le despojó de algunas de sus facultades de gran inquisidor y a punto estuvo de encerrarle en el castillo de Santángelo. Fue en el curso de un banquete. El Pontífice propuso a los purpurados el nombramiento de dos adolescentes para completar el colegio cardenalicio. Todos asintieron a la proposición: sólo Ghislieri tuvo valor para decir que aquél no era el lugar para tratar un asunto tan grave, y que si se había de reformar la Iglesia, no era, ciertamente, dando las dignidades a personas irresponsables.

Tal era el historial del nuevo Papa. No es extraño que algunos cardenales se alarmaran en el primer momento de la elección. Si al fin se decidieron por él, es porque creían que había de vivir poco tiempo. No era viejo, pero su salud estaba muy agotada. Vióse, sin embargo, que acometió los negocios con una decisión entusiasta, que más procedía de su voluntad que de sus fuerzas físicas. «Lo que puedo decir de la salud del Papa—escribía Requeséns unos meses después de la elección—es que, aunque al principio de su pontificado pensé que fuera muy breve, por haberle visto los años pasados muy malo, después acá está tan bueno, que hoy pienso lo contrario. Después que es Papa no ha dejado capilla, ni consistorio, ni signatura, ni congregación de Inquisición, ni ninguna otra, y las procesiones que estos días han andado aquí las ha andado Su Santidad, siendo el trecho de dos millas.»

El pueblo romano tampoco estaba dispuesto a mirar con simpatía a un hombre enemigo de fiestas, de gesto grave, enjuto de carnes, de rostro largo, pálido y flaco, de ojos azules, pequeños y hundidos, de nariz corva y de calva venerable. Aunque bien proporcionado, no tenía una figura magnífica. Tampoco tenía aire de ser espléndido y generoso con las multitudes. Ante los comentarios que se hacían sobre su elección, Pío V tuvo estas nobles palabras: «No me importa que no se alegren al principio de mi pontificado: lo que quiero es que lo sientan cuando me muera.» No fue, ciertamente, un soberano popular, pero nadie como él se preocupó por el bien del pueblo; nadie hizo tantas distribuciones de dinero; nadie puso tanto empeño en sacar a los miserables de las manos de los usureros. Su programa de gobierno se lo exponía él mismo a Felipe II el día siguiente de su elección: destruir las herejías, terminar con los movimientos cismáticos, establecer la concordia y la unidad en el pueblo cristiano, reducir a los rebeldes y purificar las costumbres. «El ver—añadía—que pesa sobre mí la carga de las almas de todo el mundo, me tiene en un espanto continuo, pues es terrible tener que dar cuenta de todos los que por incuria o negligencia mía lleguen a perderse.»

Hay una palabra que resume toda la vida de Pío V, es la palabra reforma. Empezó por reformar la corte pontificia, despojándola de todo aire mundano y haciendo de ella casi un convento. Todos los que le rodeaban debían reunirse a ciertas horas para oír la lectura espiritual, para asistir a la meditación diaria y para otras prácticas piadosas. Por primera vez, hacía más de dos siglos, el nepotismo había desaparecido del Vaticano. La vida del Papa tenía maravillados a los embajadores. «Es ejemplarísima— escribía el de España—. Levantase dos horas antes de amanecer, y después de haber estado parte de ellas en oración y dicho su oficio, dice misa en amaneciendo con gran devoción, y todo el resto del día y hasta cuatro horas de noche gasta en dar audiencias y hacer consistorios, congregaciones o signaturas, sin tomar un credo para su recreación; y con ser viejo y mal sano, ayuna con grandísimo rigor, sin comer carne ni huevos ni leche ni otro regalo ninguno, sino sólo un poco de pescado y hierbas; y trae la camisa de lana como la traía cuando era fraile, y no se puede creer el deseo que tiene de acertar.»

Un régimen semejante hubiera querido el Pontífice establecer en Roma; pero eso era más difícil. Estaban las casas de juego, los lugares de prostitución, las bancas de los hebreos. Los judíos eran indispensables por el comercio, los tahúres tenían una organización temible, y en cuanto a las mujeres de mala vida, Pío V recordaba aquella frase de San Agustín: «Suprime las meretrices y llenarás de confusión la república.» No obstante, ninguna dificultad era capaz de apartarle lo que él comprendía que era su deber. Persiguió implacablemente a los jugadores, cerró tabernas y casas sospechosas, desterró a los astrólogos y hechiceros, y purgó la campiña romana de malhechores, ahorcando a un gran número de ellos. En cuanto a los judíos y las cortesanas, mandó recluirlos en barrios especiales, con prohibición de aparecer en público a ciertas horas, y haciéndoles llevar siempre un distintivo de su profesión o de su raza; de cuando en cuando se presentaban entre ellos algunos frailes, les proponían las verdades de la fe y les exhortaban a cambiar de vida. El aspecto de Roma se había transformado hasta tal punto en poco tiempo, que un viajero alemán podía escribir: «Debo declarar que desde mi llegada a Roma estoy maravillado de la devoción, de la fe, del entusiasmo religioso que en ella reinan. No tengo expresiones con que pintar lo que he visto y oído acerca de los ejercicios de piedad y penitencia a que se entregan sus habitantes. Ninguna de estas cosas tienen por qué extrañarnos en los días de un Pontífice como éste. Sus ayunos, su humildad, su inocencia, su santidad, su celo por la fe, brillan con tan vivo resplandor, que se creería ver en él a un León o a un Gregorio Magno.»

En el gobierno de la cristiandad, la gran preocupación de Pío V fue la implantación del Concilio de Trento. Las ideas madres que informan su correspondencia son la reforma del clero, la organización de los seminarios, la residencia de los obispos, la observancia de los religiosos y la enseñanza de la doctrina cristiana en las parroquias. A su nombre van unidas la reforma del Breviario y del Misal, y la promulgación del catecismo del Concilio de Trento, destinado, sobre todo, a los sacerdotes. En sus relaciones diplomáticas, puede decirse que su único principio era la defensa de la fe y de la justicia. No fue un gran político por el estilo de Inocencio III. «No tiene experiencia ninguna de negocios—escribía el embajador de España—, sino de los de la Inquisición, que son sólo los que hasta aquí ha tratado. Es muy irresoluto y recatadísimo, que no osa fiarse de nadie, ni sabe a quién creer, porque conoce que le han engañado algunos cardenales, y sabe que están llenos de interés y de pasión.» Coincide este juicio con otro informe enviado a Felipe II. Son de sentir los yerros del Pontífice por el mal que causan, pero nadie puede ofenderse por ellos, pues la intención siempre es buena. «Ha de presuponer su majestad—decía el informante—que hicieron Papa a un hombre santo y de gran vida y ejemplo, pero sin ninguna experiencia de negocios, si no son los de fraile; y que no tiene secretario ni ministro que sepa hacer una instrucción.»

En rigor, San Pío V era un hombre de principios, un esclavo del deber. El argumento de interés, la razón de Estado, no existían para él. Lo único que nunca perdía de vista era el engrandecimiento de la religión y la autoridad de la Santa Sede. «Esto es lo único en que le veo muy resoluto.» Daba gran importancia a detalles de etiqueta, miraba mucho que un embajador llevase la falda en una ceremonia, y el menor desacato le llenaba de inquietud. Sus enojos eran bien conocidos por los embajadores, aunque no hacían mucho caso de ellos, pues estaban seguros de que pasaban como nublados de verano. «En verdad—escribía Zúñiga al rey católico—que me ha hecho tanta lástima esta flema como la cólera primera, porque se ve el poco fundamento con que Su Santidad corre estas lanzas; que a no tener vuestra majestad un fin tan puesto en Dios, le daba ocasión para romper con todo, aunque la cristiandad se arruinase.» Hombre sincero, de una lealtad intachable, lo mismo en su trato particular que en su vida pública, Pío V tenía que sentirse molesto en el mundo de las eternas trapacerías diplomáticas. Esto le había vuelto desconfiado, taciturno y propenso a estallar en cóleras terribles. Su oficio de inquisidor había aumentado la rigidez e inflexibilidad de su carácter. Toda condescendencia con los herejes y los cismáticos le parecía una debilidad. Manejaba tal vez con excesiva facilidad el rayo del anatema. Le lanzó contra Isabel de Inglaterra, contra los ministros de Felipe II en Napóles y en Milán y contra los partidarios de la herejía semijansenista de Baio. Amenazó con él al emperador de Alemania porque le veía dispuesto a establecer en su Imperio las medidas tolerantes de la confesión de Augsburgo. Tal vez el único ideal político que le guía en sus relaciones con las cortes europeas es realizar la unidad de los príncipes cristianos para lanzarlos contra los protestantes, los cismáticos y los infieles. Alentaba las campañas del duque de Alba en Flandes, proponía un desembarco de la armada española en Inglaterra y enviaba sus legados a París, a Viena, a Madrid; para concertar una alianza contra el turco. Tenía tan bien montado su servicio de espionaje en los centros más importantes de la cristiandad, por medio de viajeros, comerciantes y cambistas, que el mismo embajador español se manifestaba asombrado. Su gran obra de política europea fue la unión de Venecia y España para detener el avance de los turcos, que estaban a punto de apoderarse de Italia. La Santa Liga fue obra personal de Pío V, de su imparcialidad, de su desinterés y de su constancia admirable en suavizar roces y deshacer susceptibilidades. Dios quiso premiar su celo con el día glorioso de Lepanto.

Este fue el momento culminante de aquel gran pontificado. Seis años de labor fecunda e incesante, proseguida con indomable energía. Pero el cuerpo no correspondía a la fortaleza del espíritu. Aquella enfermedad que Pío V había sufrido siendo cardenal, volvía ahora con nueva virulencia.

Y él, sin tomar precaución ninguna. A fines de abril de 1572 escribía Zúñiga: «De condición está terrible; no quiere hacer cosa de cuantas le dicen que conviene para su salud. La virtud se le ha ido enflaqueciendo, y por el escocimiento de la orina y dolor de ríñones, algunos de los médicos piensan que tiene piedra.» El día primero de mayo añadía: «Dios ha querido dar a Su Santidad el purgatorio de esta vida porque ha tenido trabajosísima muerte, la cual ha sido hoy, a las veintidós horas. Ha sido gran pérdida la de su persona, así para lo que toca a toda la cristiandad, como para los intereses particulares de nuestra España.» Por una relación de aquellos días sabemos más detalles: «Muerto Su Santidad se le hallaron en la vejiga tres picaras de seis onzas. Todo lo demás de su cuerpo estaba entero y sanísimo, y pudiera vivir mucho tiempo, si el médico atinara, o él admitiera remedio, que por su honestidad apenas se dejaba tocar. Decía muchas veces a Dios: «Tú, que aumentas el dolor, aumenta la paciencia.» Hoy ha habido gran concurso a verle con devoción increíble, tocándole con rosarios y otras cosas, y besándole el pie, y algunas mujeres la cara, rompiendo la reja donde estaba.»

sábado, 29 de abril de 2023

Reflexión del 29/04/2023

Lecturas del 29/04/2023

En aquellos días, la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en el temor del Señor, y se multiplicaba con el consuelo del Espíritu Santo. Pedro, que estaba recorriendo el país, bajó también a ver a los santos que residían en Lida. Encontró allí a un cierto Eneas, un paralítico que desde hacía ocho años no se levantaba de la camilla. Pedro le dijo: «Eneas, Jesucristo te da la salud; levántate y arregla tu lecho».
Se levantó inmediatamente. Lo vieron todos los vecinos de Lida y de Sarán, y se convirtieron al Señor.
Había en Jafa una discípula llamada Tabita, que significa Gacela. Tabita hacia infinidad de obras buenas y de limosnas. Por entonces cayó enferma y murió. La lavaron y la pusieron en la sala de arriba. Como Lida está cerca de Jafa, al enterarse los discípulos de que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres a rogarle: «No tardes en venir a nosotros».
Pedro se levantó y se fue con ellos. Al llegar, lo llevaron a la sala de arriba, y se le presentaron todas las viudas, mostrándole con lágrimas los vestidos y mantos que hacía Gacela mientras estuvo con ellas. Pedro, mandando salir fuera a todos, se arrodilló, se puso a rezar y, volviéndose hacia el cuerpo, dijo: «Tabita, levántate».
Ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó. Él, dándole la mano, la levantó y, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva. Esto se supo por todo Jafa, y muchos creyeron en el Señor.
En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: « ¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, hay algunos de vosotros que no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar.
Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: « ¿También vosotros queréis marcharos?». Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».

Palabra del Señor.

29 de Abril – Santa CATALINA DE SIENA

Catalina fue el último de los vástagos del tintorero Giacomo Benincasa y de su mujer Lapa di Puccio. Antes de ella habían venido veintidós. La casa de los Benincasa se alzaba, se alza todavía, en la ladera de la colina sobre la cual se asienta la ciudad de Siena: una casa espaciosa, que respira bienestar, honradez y trabajo; la casa de un industrial cuyos negocios van viento en popa; abajo, la tintorería; en medio, las habitaciones; arriba, la terraza con su jardín, y una gran cocina donde se come, se hila, se cose y se charla en las veladas invernales, bajo la dirección de Giacomo, que habla poco, y de Lapa, mujer sin malicia, pero ducha en los negocios, que dispone y decide con aire autoritario; una indómita energía y una dulzura inalterable, los dos rasgos característicos de la hija. De abajo subía un olor a tintes, pero la atmósfera moral en que creció Catalina era pura y a la vez alegre. Alegre también era la niña; alegre, viva, y tan graciosa, que la llamaban Eufrosina, el nombre de una de las Gracias. Pero un día, atravesando la calle con un hermano suyo, vio un trono de oro, y en él, rodeado de sus ángeles, al Redentor del mundo, que la miraba, la sonreía y trazaba sobre ella una cruz, como hace el obispo cuando da su bendición. Tenía entonces seis años; pero a partir de esa hora dejó de ser niña.

Había visto al Señor, y la voz que en otro tiempo sacaba de entre sus redes a los discípulos, sonaba ahora en su alma, dulce y penetrante como un lejano tañido de campanas. Creyéndose con vocación eremítica, descubrió en su casa un escondrijo sombrío y allí se refugiaba y jugaba a la ermitaña, rezando y ayunando, mientras los demás comían, y flagelándose con una disciplina que ella misma había fabricado. Al poco tiempo esto le pareció un simulacro, y una mañana, habiéndose provisto de un pan, abandonó la casa, resuelta a irse por el ancho mundo. Allá abajo, el valle se abría entre peñascos, y en los peñascos abrían su boca las cavernas. En una de ellas entró la niña, y empezó a rezar con tal fervor, que todo desapareció en torno suyo y le parecía flotar en un mundo de luz resplandeciente, hasta que su cabeza tocó en la bóveda de la roca, y del golpe se despertó. Entonces tuvo miedo. Pensó volver a casa, pero ya era tarde; el sol descendía, las campanas tocaban a Vísperas, las puertas de la ciudad se cerrarían de un momento a otro. Mientras pensaba en su situación, vio pasar una nube ante sus ojos, sintió que flotaba de nuevo, y, sin saber cómo, se encontró más allá de las murallas. Así fracasaron sus proyectos anacoréticos. Pero había comprendido que su vida debía consagrarse a Jesús; arrodillada delante de la Madona, decía: « ¡Oh Virgen María!, concédeme la gracia de tener por Esposo al que amo con toda mi alma, tu Hijo santísimo y mi Señor Jesucristo. Le prometo no aceptar a otro jamás.»

A los siete años, Catalina era la noviecita de Jesús, y como tal se esforzará en cumplir la voluntad de su Esposo. Ahora bien, pensaba en su interior, la voluntad de Jesús es que domemos nuestra naturaleza. Desde entonces, apreciando las penitencias comenzadas en la bodega y los graneros, la niña se condenó a no comer más que pan y legumbres. Colocaba la carne en el plato de sus hermanos, o bien la tiraba por debajo de la mesa a los gatos. A los doce años empezó la lucha irremediable. Lapa estaba inquieta por su hija. Observaba que no se asomaba a la ventana para ver pasar a los muchachos, que mientras barría el portal no cantaba canciones de amor. Sin embargo, ella tenía sus planes. «Lávate algo más a menudo—decía a Catalina—; péinate con más cuidado; trata de agradar a los hombres.» La niña se mostraba rebelde a estos consejos. Sólo una temporada llegó a vacilar, seducida por la hermana a quien más quería. Hasta consintió en ir al baile con un hermoso atavío, pintada la cara y los cabellos teñidos de rubio, como lo exigía la moda. Al poco tiempo aquella hermana se le murió, y Catalina volvió a su vida de reclusión y de penitencia, orando mucho, comiendo poco y durmiendo lo menos posible. Como señal de su decisión, cogió las tijeras y su cabellera de oro rodó por el suelo. Lapa, sin embargo, no cedía; sus hijos la ayudan en la lucha, hasta que el tintorero se puso serio, y un día, después de comer, dijo con toda gravedad: «Que nadie se atreva en adelante a atormentar a mi hija amadísima; dejémosla que sirva a su Esposo libremente, a fin de que interceda por nosotros.»

De aquello ya no se volvió a hablar; pero Lapa, la simplicísima Lapa, como dicen las antiguas crónicas, no comprendía la locura que le había dado a su hija. ¿Por qué dormir, por ejemplo, sobre una dura tabla, mejor que en una cama bien mullida? Y la madre se esforzaba inútilmente por poner a su hija en razón. «Hija mía, ¿es que te quieres matar? ¿Quién me roba mi hija?», gritaba una vez, habiéndola encontrado flagelándose. Catalina vivía ahora en una estrecha habitación, cuyos únicos muebles eran un banco y un cofre. El banco, durante el día, le servía de mesa, y durante la noche, de cama. En él se tendía vestida, con un leño por almohada. En la pared colgaba un crucifijo, alumbrado de día y noche por una lámpara. Allí rezaba la virgen, allí velaba, hacía penitencia y recibía visitas misteriosas, que inundaban de luz la habitación. Sus éxtasis empezaron a ser frecuentes, dejándola sumergida en un estado de insensibilidad y de rigidez tetánica, hasta el punto de que se le podía pinchar con alfileres sin que lo notase. Aquel era también el campo de sus combates. Terrible fue, sobre todo, el que tuvo que resistir un día de carnaval. Primero oyó un zumbido, como cuando por la noche se entra en la cocina y se espantan todas las moscas. Pero esto sucedía en invierno, cuando no hay moscas. Eran los demonios. Después empezó a resonar a sus oídos un ruido frágil e insistente como los acordes de la mandolina, que le insinuaba pérfidamente: «Pobre Catalina, ¿por qué hacerte sufrir así? ¿Para qué el ayuno, la cadena de hierro que llevas alrededor de tu cintura, la disciplina con que hieres tus carnes de nieve? Vive como los demás, duerme como los demás, sé buena y piadosa, pero de una manera razonable.» Placenteras visiones surgían ante los ojos de la virgen: el hogar, la casa, los niños, y allá afuera las canciones de amor, los gritos de las muchachas, las fiestas, todo el torbellino de la danza y de la orgía. Catalina no era sentimental, pero el tentador desarrollaba delante de ella sus más seductores espejismos. Formas lascivas bailaban en torno suyo con frenética algazara, murmurando con zalamera sonrisa: «Mira, esto es la felicidad.» Nunca se había sentido tan próxima al abismo. En el delirio de la desesperación, cerraba los ojos o los clavaba en el crucifijo, y experimentaba ya acaso el vértigo, cuando, por un supremo esfuerzo de su voluntad, rechazó definitivamente al enemigo. «Tus amenazas no me asustan —exclamó—, porque he elegido los sufrimientos como placeres.» Entonces, el aire se hizo leve y puro; una claridad deslumbradora iluminó la habitación, y en la luz una voz murmuraba: « ¡Catalina, hija mía!» Y ella, inflamada de amor, regando los rojos ladrillos con sus lágrimas, decía: « ¡Oh Jesús dulce y bueno! ¿Dónde estabas cuando mi alma sufría en el tormento?»

Y siguieron las visiones y revelaciones. Diariamente el Paraíso se abría para ella. En la calle, lo mismo que en la celda, se encontraba con visitantes misteriosos. A veces los huéspedes le sorprendían en el jardín, cuando a la hora del crepúsculo se paseaba por las avenidas bordeadas de alhucemas, entre las rosas y los lirios. Una tarde la charla con el Señor y con María Magdalena se prolongó tanto, que la virgen tuvo que decir: «Maestro, no conviene que permanezca fuera a estas horas; permíteme que me retire.» Y oyó esta respuesta: «Haz lo que quieras, hija mía.» Y como Catalina se levantase para bajar a su celda, Jesús y la Magdalena la siguieron hasta su cuarto. Los tres se sentaron en el banco y hablaron como buenos amigos: Jesús, a la derecha; la pecadora, a la izquierda, y el ama de casa, en medio. Otras veces Catalina se quedaba en la ventana sondeando las profundidades del Cielo y escuchando en la lejanía el canto de las milicias bienaventuradas. « ¿No oís cómo cantan?—exclamaba entonces—. Los que más han amado tienen las voces más hermosas. ¿No oís la voz de la Magdalena?» Ninguna visión tan memorable como la de aquel día en que, rodeado de sus santos. Jesús le puso un anillo en el dedo, mientras David tocaba el arpa. Y no fue una alucinación. Al extinguirse la claridad celeste, el anillo de desposada brillaba en la mano de Catalina. Llevólo a sus labios y lo contempló con transportes de júbilo. Era un anillo de oro con un gran diamante rodeado de cuatro perlas pequeñas: el duro diamante de la fe y las perlas de la pureza de intención, de pensamiento, de palabra y de acción. En adelante, Catalina llevó siempre su anillo nupcial, pero sólo era visible para ella, y a intervalos desaparecía a sus ojos, con lo cual conocía que su Esposo no estaba contento de ella. Entonces lloraba amargamente, confesaba su falta, y el anillo volvía a despedir sus vivos resplandores.

Catalina acababa de cumplir los veinte años. Por este tiempo era ya mantellata, vestía el manto negro y la túnica blanca de la Orden Tercera de Santo Domingo. Además, había aprendido a leer. Una de sus compañeras le procuró un alfabeto, y pronto pudo leer el Breviario, que fue siempre su libro favorito, después del de las estrellas y las flores. Tenía pasión por las flores. En sus sueños veía a los ángeles bajar del Paraíso con guirnaldas de lirios y ponérselas en su cabeza. Cuando vagaba por el jardín, reunía flores en forma de cruz y se las enviaba como un saludo a las personas piadosas. Aunque no era extraordinariamente bella, tenía una gracia sobrenatural que subyugaba. «En la época en que la conocí—decía, un joven dominico—, era joven y su cara parecía dulce y alegre; yo era joven igualmente, y, sin embargo, no sentía en su presencia el embarazo que hubiera experimentado delante de otra muchacha, y cuanto más hablaba con ella, más se apagaban las pasiones humanas en mi corazón.»

Este poder de atracción se revelará pronto en toda su plenitud. La mística se va a convertir en mujer de acción. Marta Catalina se llamará ella, aludiendo a este nuevo sesgo de su vida. Jesús se presentaba ahora a la puerta de su celda suplicando que la abriese, no para entrar Él, sino para que ella saliera. «Soy una mujer ignorante—respondía ella resistiendo—: ¿qué podría yo hacer?» Y el Señor respondía: «Para Mí no hay hombres ni mujeres sabios ni ignorantes.» Desde entonces Catalina confundió su vida con la de sus prójimos. En el libro que dictó al fin de su juventud, que fue también el fin de su vida, en aquel libro donde escribió su corazón, Jesús le habla de esta manera: «No podéis serme útil en nada; en cambio, os es posible acudir en auxilio del prójimo. El alma que ama mi verdad, no se cansa nunca de prodigarse en auxilio de los demás.»

Desde este momento la vemos tomar parte en todos los quehaceres domésticos, buscar a los pobres, interesarse por los pecadores, obrar conversiones maravillosas, cuidar a los enfermos, procurar la salvación de los moribundos". «Señor—clamaba en un éxtasis—, quiero que me prometas la vida eterna para todos mis parientes, para todos mis amigos; pruébame que me atiendes. Señor; dame una prenda cierta de que harás lo que te pido.» En el mismo momento experimentó un vivo dolor, y viendo un clavo de oro que taladraba su mano, prorrumpió en aquellas palabras que solía decir siempre que experimentaba un padecimiento físico: «Alabado sea mi dulce, amabilísimo y amado Esposo y dueño Jesucristo.» Pero no se contentaba con orar, sino que obraba: todo cuanto había en la casa del tintorero iba a parar a las manos de los pobres. Catalina tenía permiso de su padre para disponer de ello, y su conducta era bendecida, porque los toneles estaban siempre llenos, los panes no se acababan nunca en la panera. En cuanto a los enfermos, cuanto más repugnantes, más atraían la atención de la joven. Los días se le pasaban con frecuencia en el hospital de los leprosos, cosechando el desprecio en vez de la gratitud. En él vivía una anciana llamada Tecca, abandonada de todos. Era regañona y altiva, una razón más para que Catalina la asistiese. Se constituyó en su sirvienta, soportando las injurias con alegría. A veces, la leprosa solía recibirla con palabras irónicas, como éstas: «Bien venida seáis, reina de Fontebranda. ¿Dónde se ha entretenido la reina esta mañana? ¿Ha sido en la iglesia de los hermanos? Parece que la reina no se harta de la sociedad de los frailes.» Pacientemente, sin pronunciar palabra, Catalina cumplía con su oficio de enfermera, azorada por las burlas de la vieja, que desde el fondo del catre la seguía con mirada de odio y de befa. Lapa supo algo de esto, y decía a su hija: «Te expones al contagio por esa imbécil, y no podría soportar que cogieses la lepra.» En las manos de Catalina apareció una erupción sospechosa, pero ella siguió frecuentando el hospital, y cuando Tecca murió, su incansable enfermera amortajó al repugnante cadáver y le dio tierra con sus propias manos.

Los prodigios sucedían a los prodigios: ayuno de meses, cambio de corazón entre Jesús y Catalina, estigmatización, conversiones ruidosas, aromas misteriosos, muerte mística. La muerte mística llenó de alarma a toda la ciudad. Se dijo que Catalina había muerto realmente, que se había roto su corazón y exhalado su espíritu. La casa se llenó de gente. Todos la vieron pálida, inmóvil, en la cámara mortuoria; todos sollozaban, cuando la vida reapareció en las mejillas, el corazón volvió a palpitar, los ojos se abrieron, miraron tristes en torno y empezaron a derramar torrentes de lágrimas. «Sí—dijo entonces—, mi alma estaba separada de mi cuerpo; recorrí los reinos de la eternidad; me asomé a las mansiones del infierno; vi los horrores del purgatorio y presencié la alegría de los santos en la eterna beatitud.» Y Catalina oraba, lloraba, sin poder consolarse de su retorno. De sus labios ardientes salían palabras entrecortadas, reveladoras del incendio de su amor: «O sposo, o giovane amabilissimo, amatissimo giovane» Y tan pronto lloraba como reía; y su rostro cambiaba de color, ahora blanco como la nieve, ahora rojo como el fuego, « ¡Oh amor, amor—clamaba—; eres lo más suave! ¡Oh eterna belleza, tanto tiempo desconocida, tantos siglos velada por el mundo!

¡Oh Esposo, Esposo! ¿Cuándo..., cuándo?,.. ¿Por qué no ahora?»

Ahora no; había que hacer muchas cosas en la tierra; había que convertir muchas almas, y sostener muchos combates, y correr muchos caminos. Y la amable virgen, l’allegra et festosa vergine, que dicen las viejas crónicas, se entregó animosamente a la voluntad del Señor. A los veinticinco años empieza su vida pública, interviniendo en la política italiana, negociando la paz entre los pueblos, poniendo la mano en el timón del bajel de la Iglesia. Los Papas y los príncipes piden su consejo. Atraviesa las provincias italianas hablando de la fe y del perdón; aparece en Pisa y en Florencia, en Aviñón y en Roma; escribe a los capitanes y a los tiranos, a los legados del Papa y a los cardenales; decide la traslación de la corte pontificia a Roma, y las repúblicas italianas piden su intervención para poner fin a las discordias. Sin ninguna experiencia de la política, se coloca frente a los más altos poderes de su tiempo. Y no ruega; exige, manda: «Deseo y quiero que obréis de esta manera... Mi alma desea que seáis así... Es la voluntad de Dios y mi deseo... Haced la voluntad de Dios y la mía... Quiero.» Así hablaba a la reina de Nápoles, al rey de Francia, al tirano de Milán, a los obispos y al Pontífice. Ese audaz quiero es la varita mágica con la que llama a todas las puertas y a todos los corazones, y si realmente las puertas se le abren, es que en su acento vibra una admirable potencia de verdad. En su semblante hay algo que intimida y seduce al mismo tiempo. Bien se vio el día de la insurrección de Florencia. Catalina ha ido allí para tratar la paz con Roma; pero el pueblo no quiere paz: se amotina, saquea y recorre las calles gritando: « ¿Dónde está la hechicera? Queremos hacerla pedazos.» Al oír los rugidos, la sienesa deja el jardín y avanza hacia las turbas, pero nadie se atrevió a tocarla: «Lloro—escribía al día siguiente— porque la multitud de mis pecados es tan grande, que no he merecido cimentar con mi sangre una sola piedra del edificio místico de la Santa Iglesia. Parecía como si las manos dispuestas a herir estuviesen atadas. «Aquí estoy—les decía yo—; tomadme y dejad a los que me acompañan.» Pero estas palabras eran como puñaladas que atravesaban los corazones.»

Los florentinos la habían llamado hechicera. Era el juicio que se formaban de ella muchos de sus contemporáneos. Se le reprochaban su abstinencia total de alimento y de bebida, sus éxtasis, sus visiones, y aquella doble vista con que adivinaba el fondo de los corazones. Por el olor deducía la presencia del pecado en un alma. La corte, tan brillante, de Aviñón le olía peor que los apestados del hospital de Siena. Estas cosas escandalizaban a muchas gentes. Empezaron las habladurías y las acusaciones. Hasta los predicadores hablaban en el pulpito contra la hija del tintorero. Ella callaba. Su silencio y su mansedumbre eran la mejor de todas las defensas. Los mayores enemigos se convertían, con sólo verla, en sus admiradores más entusiastas. Una influencia sobrenatural les transformaba, sin ellos darse cuenta. Así le sucedió a un gran predicador franciscano. Una tarde irrumpió en el cuarto de la santa. Ella le invitó a tomar asiento en el baúl de los vestidos, después de sentarse en el suelo. Hubo unos instantes de silencio, que interrumpió el fraile con estas palabras: «He oído hablar mucho de tu santidad, y vengo con la esperanza de llevarme alguna palabra de edificación y de consuelo.» Catalina, sospechando el lazo, respondió: «Es para mí grande alegría el veros, porque seguramente, con el conocimiento que tenéis de la Escritura, vais a fortalecer e iluminar mi alma.» Aquello era un torneo, en el que dos adversarios hábiles median sus fuerzas respectivas. Catalina rehusó descubrirse ante el teólogo, y el toque del ángelus fue la señal para la separación de los contendientes. Catalina acompañó hasta la puerta a Fra Lazarino, y, arrodillándose, le pidió su bendición. Él se marchó defraudado. Acostóse al punto, porque al día siguiente debía predicar. Pero se levantó profundamente triste; el mal humor aumentaba conforme avanzaba el día; tuvo que suspender el sermón, y las lágrimas no cesaban de correr por sus mejillas. Indagaba la causa, sin resultado alguno, hasta que, al llegar el crepúsculo, se le vino a la memoria su entrevista con Catalina. Entonces lo comprendió todo, y, más sereno, fue en busca de la virgen para confesarle la vanidad y la suficiencia de su alma, y suplicarle que le perdonase la persecución de otros días.

Fray Lazarino se convirtió en un ferviente caterínato, en un amigo e imitador de Catalina. En torno de la sienesa vemos constantemente un grupo, una brigada, decía ella, de hombres y mujeres que en gran parte han sido reclutados de entre sus más decididos adversarios. Pero ahora la admiran y no aciertan a separarse de ella. Son los caterinatos. Van a visitarla con frecuencia, la escoltan en sus viajes, escuchan su doctrina, siguen religiosamente su dirección y la llaman su madre mamma. Ella los ama como a hijos, se hace responsable de sus pecados, los ayuda a salir del vicio, los guía por los caminos de la perfección en santas conversaciones y les escribe cartas penetradas de unción amorosa y de santa doctrina: «Queridísimo hijo en Cristo, el dulce Jesús—escribía a uno de estos devotos—, parece como si el demonio te hubiese encadenado de tal suerte, que no puedas retornar al redil, y yo, tu pobre madre, voy buscándote y llamándote, porque quisiera llevarte sobre los hombros de mi dolor y mi compasión para ponerte en el camino recto. Haz como el hijo pródigo. Tú también eres pobre y necesitado: tu alma muere de hambre. ¡Ay.! ¡Cuán digna soy de lástima! ¿Qué ha sido de tus piadosas resoluciones? Rompe esa cadena; no te dejes engañar del demonio, no te alejes de mí. Ven, ven, queridísimo hijo. Bien puedo llamarte querido, cuando tantas lágrimas y angustias me cuestas.»

Había aprendido a escribir. «A fin de que pueda dilatar mi corazón—decía ella—para impedir que estalle algún día, la Providencia me ha dado la facultad de escribir. No habiendo llegado para mí la hora de dejar las tinieblas de este mundo, esta facultad ha surgido en mi alma como cuando un maestro enseña a su discípulo lo que debe hacer. He tomado lecciones como en sueños con el glorioso evangelista San Juan y con Santo Tomás de Aquino.» Fue una iniciación interior; sus misteriosos maestros le presentaban los modelos, y no tenía más que copiar lo que veía. Esto sucedió en el curso de un éxtasis. Y fue escritora, una gran escritora. Escribió bellos himnos, que ella misma cantaba en sus viajes con voz tan límpida, que dejaba a todos maravillados; escribió sus epístolas a sus discípulos., y sus Cortas a los grandes de la tierra, y escribió, sobre todo, el libro del Diálogo, mensaje inflamado a todos los hombres de buena voluntad, dictado en una tempestad de pasión por el honor del Esposo, enriquecido con un caudal prodigioso de experiencias terrenas y celestes, iluminado con todas las claridades de una vibrante poesía. Juglar de Dios, como Francisco de Asís, Catalina poseía en alto grado el don esencial del poeta: el de crear la imagen perfecta. Sus comparaciones se han hecho clásicas. A veces son humorísticas, como cuando llama al Breviario la «esposa del sacerdote», porque acostumbraba a pasearse con él bajo el brazo. Las tentaciones son como las moscas, que no se acercan a la olla hirviendo; la virtud se malea en medio del mundo, como la flor pierde su perfume si está mucho tiempo en el agua; la cruz es el bastón de nuestra peregrinación; junto al castillo del alma ladra el perro de la conciencia, un perro que bebe sangre y come fuego: la sangre de Cristo y el fuego del Espíritu Santo. La imagen, para esta santa poetisa, no era más que un vestido del pensamiento, un vestido hermoso y sutil para cubrir un pensamiento grave, profundo y delicado, del mismo modo que este mundo sólo tiene valor como una preparación de otro mundo mejor. Para ella, la vida presente, en sí misma considerada, «es sólo tinieblas y amargura, hediondez e inmundicia, prisión asquerosa y sombría. Todo desaparecerá—nos dice—, y ¿qué os quedará luego sino un puñado de hojas secas?» Aquella tenue sonrisa que, según sus biógrafos; se dibujaba constantemente en sus labios, debía de estar llena de compasión y de melancolía.

Catalina, naturaleza enérgica, más dominante, menos dulce que Francisco de Asís, tiene, al dejar este mundo, unos momentos sombríos. No muere cantando como el Poverello. Es en Roma, en la Vía di Papa. Apenas ha cumplido treinta y tres años; pero yace sobre unas tablas luchando con la muerte. Y con el diablo. Los caterinatos la rodean, y uno de ellos nos dice: «Poco después de recibir la Extremaunción, cambió de aspecto y empezó a mover la cabeza y los brazos, como si sufriese violentos ataques de los espíritus infernales. El combate se prolongó por espacio de media hora. Luego empezó a exclamar: «Pecavi, Domine, misere mei.» Repitiólo sesenta veces, y a cada vez levantaba el brazo y lo dejaba caer pesadamente sobre su lecho. Luego se metamorfoseó completamente; su rostro, antes ensombrecido, volvió a ser como el de un ángel; los ojos, hasta entonces empañados de lágrimas, adquirieron tan gozoso resplandor, que nos fue imposible dudar que, sublimándose a la superficie de un océano sin fondo; había sido devuelta a sí misma; y esto dulcificó nuestro pesar, puesto que nosotros, sus hijos y sus hijas, que la rodeábamos, estábamos profundamente abatidos.»

viernes, 28 de abril de 2023

Reflexión del 28/04/2023

Lecturas del 28/04/2023

En aquellos días, Saúl, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriese que pertenecían al Camino, hombres y mujeres.
Mientras caminaba, cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?». Dijo él: « ¿Quién eres, Señor?». Respondió: «Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer».
Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie.
Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía. Lo llevaron de la mano hasta Damasco.
Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber. Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías.
El Señor lo llamó en una visión: «Ananías». Respondió él: «Aquí estoy, Señor». El Señor le dijo: «Levántate y ve a la calle llamada Recta, y pregunta en casa de Judas por un tal Saulo de Tarso. Mira, está orando, y ha visto en visión a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista». Ananías contestó: «Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén, y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre». El Señor le dijo: «Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre». Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: «Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo». Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió, y recobró las fuerzas.
Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.
En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: « ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre». Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaúm.

Palabra del Señor.

28 de Abril – Beata MARÍA LUISA DE JESÚS TRICHET

En la aldea de Saint-Laurent-sur-Sèvre, en Francia, beata María Luisa de Jesús Trichet, que vistió el hábito religioso como primer miembro de la Congregación de las Hijas de la Sabiduría, la cual dirigió con suma prudencia.

Nacida en Poitiers (Francia). A los 17 años, encuentra por primera vez a san Luis María Grignion de Montfort, quien acaba de ser nombrado capellán del hospital de Poitiers. Su fama de predicador y de confesor es ya notable entre la juventud de esta región del Poitou. 

Espontáneamente, María Luisa ofrece sus servicios en el hospital: ella consagra una buena parte de su tiempo a los pobres y a los enfermos. Pero, de pronto, Luis María de Montfort le pide de "permanecer" allí. A esta llamada María Luisa responde con un sí total. En el hospital no hay puesto libre para entrar en calidad de "gobernante"... no importa, María Luisa, simplemente, consigue ser admitida como "pobre". Tiene 19 años. Durante diez años, María Luisa va a desempeñar lo más perfectamente posible su humilde servicio de cuidar lisiados. Luis María de Montfort ha dejado Poitiers; María Luisa está sola. La célebre cruz que Montfort ha dibujado está colocada en el centro del hospital. María Luisa lleva una cruz sobre su sayal gris, pero sobre todo en su corazón. En efecto, ella debe realizar el servicio agotador de cada día, la ausencia de compañeras, el fallecimiento de dos de sus hermanas y de su hermano, joven sacerdote muerto a causa de la peste, víctima de su abnegación. 

Es el comienzo de una aventura, que es a la vez la historia de la Congregación de las Hijas de la Sabiduría: 1714: Llegada de la primera compañera, Catalina Brunet. 1715: Fundación de la primera comunidad en La Rochelle (Charente) con dos nuevas reclutas: María Régnier y María Valleau. 1716: Muerte prematura de san Luis María de Montfort. La joven congregación es desestabilizada por esta noticia tan dolorosa como inesperada. María Luisa experimenta la frase escrita por Luis María de Montfort: "Si no se arriesga algo por Dios, no se hace nada grande por El". 

Durante 43 años, María Luisa de Jesús, sola, forma sus compañeras, conduce y desarrolla las fundaciones que se multiplican: escuelas de caridad, visitas y cuidados a los enfermos, sopa popular para los mendigos, gestión de grandes hospitales marítimos en Francia. Los pobres del hospital de Niort (Deux-Sèvres) la llaman "la Buena Madre Jesús". Su programa de vida es muy simple: "Es necesario que yo ame a Dios oculto en mi prójimo" (Coro de un cántico compuesto por Luis María de Montfort destinado a las Hijas de la Sabiduría). Cuando ella muere en Saint-Laurent-sur-Sèvre (Vendée), la Congregación cuenta con 174 religiosas presentes en 36 comunidades, más la Casa Madre. Luis María de Montfort y María Luisa de Jesús descansan juntos en la iglesia parroquial de San Lorenzo. Fue beatificada el 16 de mayo de 1993 por san Juan Pablo II.

jueves, 27 de abril de 2023

Reflexión del 27/04/2023

Lecturas del 27/04/2023

En aquellos días, el ángel del Señor le hablo a Felipe y le dijo: «Levántate y marcha hacia el Sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto»
Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido a Jerusalén para adorar. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo el profeta Isaías. El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y pégate a la carroza».
Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó: « ¿Entiendes lo que estás leyendo?». Contestó: « ¿Y cómo voy a entenderlo, si nadie me guía?».
E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era éste: «Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, así no abre su boca. En su humillación no se le hizo justicia. ¿Quién podrá contar su descendencia? Pues su vida ha sido arrancada de la tierra».
El eunuco preguntó a Felipe: «Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?».
Felipe se puso a hablarle y, tomando pie de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús. Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco: «Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?».
Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría. Felipe se encontró en Azoto y fue anunciando la Buena Nueva en todos los poblados hasta que llegó a Cesárea.
En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.” Todo el que escucha al Padre y aprende viene a mí.
No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Palabra del Señor.