martes, 19 de mayo de 2026
Lecturas del 19/05/2026
En aquellos días, Pablo, desde Mileto, envió recado a Éfeso para que vinieran los presbíteros de la Iglesia. Cuando se presentaron, les dijo:
«Vosotros habéis comprobado cómo he procedido con vosotros todo el tiempo que he estado aquí, desde el primer día en que puse el pie en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, con lágrimas y en medio de las pruebas que me sobrevinieron por las maquinaciones de los judíos; cómo no he omitido por miedo nada de cuanto os pudiera aprovechar, predicando y enseñando en público y en privado, dando solemne testimonio tanto a judíos como a griegos, para que se convirtieran a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesús.
Y ahora, mirad, me dirijo a Jerusalén, encadenado por el Espíritu. No sé lo que me pasará allí, salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me da testimonio de que me aguardan cadenas y tribulaciones. Pero a mí no me importa la vida, sino completar mi carrera y consumar el ministerio que recibí del Señor Jesús: ser testigo del Evangelio de la gracia de Dios.
Y ahora, mirad: sé que ninguno de vosotros, entre quienes he pasado predicando el reino, volverá a ver mi rostro. Por eso testifico en el día de hoy que estoy limpio de la sangre de todos: pues no tuve miedo de anunciaros enteramente el plan de Dios».
En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, dijo Jesús: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti».
Palabra del Señor.
19 de Mayo 2026 – Beato Peter Wright
Nació en Slipton (Inglaterra) en el seno de una familia católica. Llegado a la juventud, se colocó como escribiente en el bufete de un abogado de su pueblo y el continuo contacto con anglicanos le hizo perder el aprecio por la fe católica en la que había sido educado, llegando a hacerse formalmente anglicano.
Estuvo enrolado en el ejército inglés en Holanda; desertó y se refugió en Brabante. Se convirtió a la fe católica cuando entró en el colegio inglés de Lieja y marchó seguidamente a Gante a estudiar con los jesuitas. Aquí, al cabo de dos años, vio clara su vocación a la Compañía de Jesús y obtuvo el ingreso en 1629 en el noviciado de Watten. Hecha la profesión religiosa y los estudios, y cumplidas las etapas propias de su Orden, fue ordenado sacerdote.
Él hubiera querido marchar enseguida a la misión inglesa, pero los superiores consideraron mejor destinarlo primero a varios encargos en Lieja y en Saint-Omer y finalmente atender como capellán a las tropas de ingleses que había en Flandes. Estas tropas estaban bajo el mando del coronel sir Henry Gage, cuya confianza y estima se ganó, volviendo con él y las tropas a Inglaterra en 1644. Pero el 13 de enero de 1645 sir Henry caía en el asedio de Abington. Pasó entonces como capellán al servicio del marqués Winchester en su palacio de Londres, el cual lo conocía porque Pedro estuvo presente en la reconquista de su castillo de Basing House, ocupado hasta entonces por tropas del Parlamento.
Aunque pasaron varios años antes de que lo prendieran, finalmente el día 2 de febrero de 1651 fue arrestado y llevado a la cárcel de Newgate. Todos los esfuerzos que se hicieron para obtener su libertad fueron inútiles. Se le achacó haber violado el “Estatuto 27” de Isabel por haber sido ordenado sacerdote en el extranjero y vuelto luego a Inglaterra. Su condición de sacerdote fue atestiguada en el juicio, que tuvo lugar en Old Batley, por un hermano menor de sir Henry Gage que había apostatado del catolicismo. Y por ello fue condenado a muerte como reo de alta traición.
Más de veinte mil personas se reunieron en las calles y en la plaza londinense de Tyburn para ver pasar o asistir a la ejecución del jesuita, cuyo juicio se había hecho famoso en la opinión pública. Se le hizo gracia de no ser descuartizado aún vivo, y por ello el 19 de mayo de 1651 se le ahorcó hasta que murió, y su cadáver fue luego descuartizado. Sus restos pudieron ser rescatados y enviados al Colegio Inglés de Lieja. Fue beatificado por el Papa Pío XI el 15 de diciembre de 1929.
Estuvo enrolado en el ejército inglés en Holanda; desertó y se refugió en Brabante. Se convirtió a la fe católica cuando entró en el colegio inglés de Lieja y marchó seguidamente a Gante a estudiar con los jesuitas. Aquí, al cabo de dos años, vio clara su vocación a la Compañía de Jesús y obtuvo el ingreso en 1629 en el noviciado de Watten. Hecha la profesión religiosa y los estudios, y cumplidas las etapas propias de su Orden, fue ordenado sacerdote.
Él hubiera querido marchar enseguida a la misión inglesa, pero los superiores consideraron mejor destinarlo primero a varios encargos en Lieja y en Saint-Omer y finalmente atender como capellán a las tropas de ingleses que había en Flandes. Estas tropas estaban bajo el mando del coronel sir Henry Gage, cuya confianza y estima se ganó, volviendo con él y las tropas a Inglaterra en 1644. Pero el 13 de enero de 1645 sir Henry caía en el asedio de Abington. Pasó entonces como capellán al servicio del marqués Winchester en su palacio de Londres, el cual lo conocía porque Pedro estuvo presente en la reconquista de su castillo de Basing House, ocupado hasta entonces por tropas del Parlamento.
Aunque pasaron varios años antes de que lo prendieran, finalmente el día 2 de febrero de 1651 fue arrestado y llevado a la cárcel de Newgate. Todos los esfuerzos que se hicieron para obtener su libertad fueron inútiles. Se le achacó haber violado el “Estatuto 27” de Isabel por haber sido ordenado sacerdote en el extranjero y vuelto luego a Inglaterra. Su condición de sacerdote fue atestiguada en el juicio, que tuvo lugar en Old Batley, por un hermano menor de sir Henry Gage que había apostatado del catolicismo. Y por ello fue condenado a muerte como reo de alta traición.
Más de veinte mil personas se reunieron en las calles y en la plaza londinense de Tyburn para ver pasar o asistir a la ejecución del jesuita, cuyo juicio se había hecho famoso en la opinión pública. Se le hizo gracia de no ser descuartizado aún vivo, y por ello el 19 de mayo de 1651 se le ahorcó hasta que murió, y su cadáver fue luego descuartizado. Sus restos pudieron ser rescatados y enviados al Colegio Inglés de Lieja. Fue beatificado por el Papa Pío XI el 15 de diciembre de 1929.
lunes, 18 de mayo de 2026
Lecturas del 18/05/2026
Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó la meseta y llegó a Éfeso. Allí encontró unos discípulos y les preguntó: « ¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?».
Contestaron: «Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo».
Él les dijo: «Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido?».
Respondieron: «El bautismo de Juan».
Pablo les dijo: «Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que iba a venir después de él, es decir, en Jesús».
Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres.
Pablo fue a la sinagoga y durante tres meses hablaba con toda libertad del reino de Dios, dialogando con ellos y tratando de persuadirlos.
En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús: «Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios».
Les contestó Jesús: « ¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo».
Palabra del Señor.
18 de Mayo 2026 – San Félix de Cantalicio
“Buen ánimo, hermano: los ojos en la tierra, el espíritu en el cielo y en la mano el santísimo rosario”, solía decir San Félix de Cantalicio, capuchino y místico, cuya fiesta se celebra cada 18 de mayo.
San Félix de Cantalicio nació en Italia por el 1515. Sus padres, campesinos y muy piadosos, lo educaron de tal forma que cuando sus amigos de juegos lo veían venir, decían: “¡Ahí viene San Félix!”
A los doce años se puso a trabajar en la casa de un rico propietario que lo puso de pastor y luego como cultivador. Poco a poco fue aprendiendo a meditar y a alcanzar un alto grado de contemplación.
"Todas las criaturas pueden llevarnos a Dios, con tal de que sepamos mirarlas con ojos sencillos”, dijo una vez el Santo a un religioso que le preguntó cómo hacía para vivir en presencia de Dios en medio del trabajo y otras distracciones.
Siempre andaba muy alegre y ante la injuria respondía diciendo: “voy a pedir a Dios que te haga un santo”. Cierto día que estaba arando, su jefe se acercó a él, los animales asustados derribaron a Félix y el arado le pasó por encima, pero el Santo se levantó ileso. Es así que se decidió y pidió ser admitido como hermano lego en el convento capuchino de Citta Ducale.
Siempre pedía que le redoblaran las penitencias, mortificaciones y que se le tratase con mayor severidad. Estaba persuadido que todos eran mejor que él, pero sus hermanos lo llamaban “el Santo”.
Hizo los votos solemnes hacia los treinta años. Cuatro años más tarde lo enviaron a Roma, donde por cuarenta años salió a pedir limosna todos los días para el sostenimiento de su comunidad. Asimismo, con permiso de sus superiores, ayudaba a los pobres, visitaba a los enfermos y consolaba a los moribundos.
Algunas veces San Félix, mientras ayudaba en Misa, quedaba en éxtasis a la vista de todos. Al final de su vida, el Cardenal protector de la orden aconsejó a los superiores que relevasen de su cargo a San Félix por su avanzada edad, pero el Santo les rogó que lo dejasen seguir pidiendo limosna diciendo que el alma se marchita cuando el cuerpo no trabaja.
Gozó de la estima de San Felipe Neri y San Carlos Borromeo. Partió a la Casa del Padre el 18 de mayo de 1587, después de haber tenido una visión de la Santísima Virgen que venía rodeada de ángeles.
San Félix de Cantalicio nació en Italia por el 1515. Sus padres, campesinos y muy piadosos, lo educaron de tal forma que cuando sus amigos de juegos lo veían venir, decían: “¡Ahí viene San Félix!”
A los doce años se puso a trabajar en la casa de un rico propietario que lo puso de pastor y luego como cultivador. Poco a poco fue aprendiendo a meditar y a alcanzar un alto grado de contemplación.
"Todas las criaturas pueden llevarnos a Dios, con tal de que sepamos mirarlas con ojos sencillos”, dijo una vez el Santo a un religioso que le preguntó cómo hacía para vivir en presencia de Dios en medio del trabajo y otras distracciones.
Siempre andaba muy alegre y ante la injuria respondía diciendo: “voy a pedir a Dios que te haga un santo”. Cierto día que estaba arando, su jefe se acercó a él, los animales asustados derribaron a Félix y el arado le pasó por encima, pero el Santo se levantó ileso. Es así que se decidió y pidió ser admitido como hermano lego en el convento capuchino de Citta Ducale.
Siempre pedía que le redoblaran las penitencias, mortificaciones y que se le tratase con mayor severidad. Estaba persuadido que todos eran mejor que él, pero sus hermanos lo llamaban “el Santo”.
Hizo los votos solemnes hacia los treinta años. Cuatro años más tarde lo enviaron a Roma, donde por cuarenta años salió a pedir limosna todos los días para el sostenimiento de su comunidad. Asimismo, con permiso de sus superiores, ayudaba a los pobres, visitaba a los enfermos y consolaba a los moribundos.
Algunas veces San Félix, mientras ayudaba en Misa, quedaba en éxtasis a la vista de todos. Al final de su vida, el Cardenal protector de la orden aconsejó a los superiores que relevasen de su cargo a San Félix por su avanzada edad, pero el Santo les rogó que lo dejasen seguir pidiendo limosna diciendo que el alma se marchita cuando el cuerpo no trabaja.
Gozó de la estima de San Felipe Neri y San Carlos Borromeo. Partió a la Casa del Padre el 18 de mayo de 1587, después de haber tenido una visión de la Santísima Virgen que venía rodeada de ángeles.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









