domingo, 22 de febrero de 2026
22 de Febrero 2026 – PRIMER DOMINGO DE CUARESMA - EN EL MONTE DE LA CUARENTENA
Y luego después el Espíritu impelió a Jesús al desierto. Un desierto...; éste es el panorama que la Cuaresma presenta a nuestros ojos. Adiós a las rosas de Jericó, a los lirios del campo, al reír de la corriente, al azul turquí del lago, al humo lila que flota sobre la aldea, al «massalam» del amigo y a ese consuelo del hablar, que, como dice el autor de la Imitación, «alivia el corazón fatigado de pensamientos diversos». En lugar de todas estas cosas, la arena amarilla, el espanto de las fieras, las olas de polvo, el garabato del buitre en la altura, la roca grisácea y los montones de piedras en el monte duro y arisco, donde no nace la fuente ni espiga el grano, donde solamente crecen los lagartos verdosos y las espinas punzantes.
A pesar de todo, el desierto tiene sus encantos. Recuerdo a este propósito aquella glosa reciente del maestro Eugenio D’Ors sobre la soledad. No hay nada tan angustioso —nos decía—, no hay tragedia tan profunda como la de aquel que anda su camino en la vida sin una palabra de apoyo, sin una sonrisa de consuelo, sin sentir el latido de un corazón que palpite al ritmo del suyo. Me impresionaron aquellas palabras, y poco después las vi confirmadas en estos versos de Rabbí Dom Sem Tom de Carrión: Non ay mejor riqueza que la buena hermandad, ni tan mala pobreza como es la soledad.
Pero el desierto no es lo mismo que la soledad. En la soledad no se habla voz alguna; y, en cambio, el silencio del desierto, habla, como decía Psichari. Más soledad puede darse entre el bullicio de la ciudad que entre las dunas del Sahara. Yo no recuerdo en mi vida una hora tan terriblemente solitaria como la de una tarde en que me encontré envuelto en las oleadas de gente y el alegre murmullo de la Puerta del Sol. Para el alma vigorosa, para el que sabe que lleva dentro una gran riqueza, el desierto, con sus paisajes sin matices, sus peñas oscuras y sus arenas blancas, es una invitación a explorar, a descubrir los veneros íntimos del ser. Este es el desierto por el cual caminaba Elías para huir la venganza de la reina; y en este ambiente se preparaba Moisés para recibir la revelación de la Ley.
Con ellos, también Jesús va a buscar ese silencio, que oprime y aplasta, y al alejar al hombre del mundo le pone más cerca de sí mismo. Todavía están húmedos sus cabellos con las aguas del Jordán, acaba de ser proclamado Hijo muy amado de Dios, y Juan les ha presentado a sus compatriotas como el Mesías prometido. Parece el momento propicio para lanzarse a su misión; pero el Espíritu, que ha bajado sobre Él en forma de paloma, le empuja hacia el desierto a replegarse sobre Sí mismo, a meditar. Y en el desierto tiene también su guarida el tentador. Allí había relegado al demonio el ángel Rafael; allí, en el día de la expiación, arrojaba el gran sacerdote a los animales cargados con los pecados de Israel. Jesús se encuentra con estas bestias simbólicas; a los cuarenta días de ayuno tiene hambre, y Satán, que acechaba impaciente, cree llegado el momento propicio de aparecer en escena.
Es una lucha emocionante, una batalla en tres embestidas que tienen presentes todas las brechas posibles en el corazón humano. ¿Quién es este extraño ayunador?, debía de preguntarse el adversario, según plausible suposición de los Santos Padres. ¿Habrá brotado ya aquella «semilla» de que se habló en el día de la primera culpa, ante el árbol de la ciencia del bien y del mal?
Este anacoreta no ayuna como los fariseos. ¿Está acaso destinado a quebrantar la cabeza de la serpiente? Para salir de duda, hay que jugar la última carta, echar mano de todos los resortes de la astucia diabólica, acudir a una experiencia larga y sutil de la psicología humana. El proceso es insidioso. Satán sabe bastante teología para comprender que un Hijo de Dios puede saciar el hambre, fácilmente; además, parece tener compasión del solitario.
—Si eres Hijo de Dios—le dice—, haz que estas piedras se conviertan en pan.
Prudencia, mansedumbre, moderación en la respuesta; y esa respuesta, la eterna verdad que afirma los dos mundos: el visible y el invisible; las dos grandes realidades que nos rodean y que somos la materia y el espíritu, el espíritu por encima de la materia; y más arriba todavía. Dios alimentando al hombre con su palabra.
No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Está visto; aquel, hombre no tiene un corazón débil que se deje dominar fácilmente del apetito del sentido. Pero el tentador dispone de otras armas, «Todo cuanto hay en el mundo—dice San Juan—es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida.» Son las tres raíces del pecado, las tres fuentes de toda tentación las tres redes malditas lanzadas sobre aquel mundo, en que pronto va a brillar la luz de la buena nueva: el placer, la riqueza y el mando; el griego; el hebreo y el romano; Corinto, la ciudad manchada con todas las abominaciones del paganismo; Jerusalén, cuyos moradores, como decía el profeta, «desde el primero hasta el último están consumidos por la avaricia»; Roma, donde se recoge el axioma de Cesar: «Si por alguna cosa hay que violar el derecho, es por el ansia de reinar.»
El tentador saca otra flecha de su aljaba. Jesús está en pie en la torre más alta del templo, la muchedumbre hormiguea en los pórticos circundantes; que se tire de aquella altura, porque los ángeles le recogerán en sus manos y las turbas le aclamarán. ¡Qué ocasión para empezar su vida de libertador de Israel! Pero este segundo desafío es tan infructuoso como el primero. Jesús no quiere ser un prestidigitador; hará milagros, compadecido de los pequeñuelos abandonados, pero no le importa la curiosidad movediza de las multitudes. Ni la concupiscencia de la carne ni la soberbia de la vida pueden inquietar su corazón; ¿tendía más poder sobre Él la concupiscencia de los ojos? Un espectáculo deslumbrador se descorre a su vista: riquezas fabulosas, vastos imperios, esplendor de oro y de gloria. Todo esto se lo ofrece el adversario si se inclina delante de él y le adora. Jesús responde: «Atrás, Satanás, que está escrito: Adora al Señor tu Dios y a Él sólo sirve.»
El agresor marchó despechado. Su aljaba estaba vacía.
Este encuentro entre el genio del mal y «el que pasó haciendo bien» es, ante todo, la primera parábola evangélica hablada y representada a la vez, y como parábola nos la ofrece la liturgia al empezar la Cuaresma. Toda la liturgia del año es un itinerario de purificación espiritual; pero lo es muy particularmente esta etapa de la Cuaresma. Hasta el siglo XVI los cristianos no hacían ejercicios espirituales, en el sentido que ahora tiene esta palabra; pero tenían el año litúrgico, que era para ellos una suave corriente de ascesis, y en el año litúrgico, la Cuaresma, con su carácter enérgicamente purgativo.
Este evangelio de la tentación acaba de introducirnos en la atmósfera espiritual que debe dominarnos a través del camino cuaresmal. También a nosotros el Espíritu nos lleva al desierto, y allí nos pone frente a frente de nuestro enemigo. Entre el ruido mundanal los ataques apenas se advierten. No existen casi, porque no se necesitan. Por eso hay muchas gentes que no creen en el diablo, cuya última astucia es hacer creer que se ha muerto. Pero el que sube al monte de la Cuarentena para hallar a Dios, el grande, el puro, el que tiene hambre de la palabra divina, ése tiene el peligro, la seguridad casi, de encontrarse con él armado de aquellas tres flechas enherboladas con que acometió a su Maestro. Y en esa lucha, en la consideración de sí mismo, en la gimnasia espiritual, en esa elocuencia íntima del silencio, hallará la garantía de la purificación y el oráculo de la victoria; porque desde la cumbre del monte se divisan las maravillas de la tierra prometida, y Jericó está cerca con sus rosas y sus palmeras, y allá en el otro extremo de la avenida cuaresmal arden las antorchas de la Pascua, con sus misterios de amor, que son todo el objeto de nuestro viaje.
A pesar de todo, el desierto tiene sus encantos. Recuerdo a este propósito aquella glosa reciente del maestro Eugenio D’Ors sobre la soledad. No hay nada tan angustioso —nos decía—, no hay tragedia tan profunda como la de aquel que anda su camino en la vida sin una palabra de apoyo, sin una sonrisa de consuelo, sin sentir el latido de un corazón que palpite al ritmo del suyo. Me impresionaron aquellas palabras, y poco después las vi confirmadas en estos versos de Rabbí Dom Sem Tom de Carrión: Non ay mejor riqueza que la buena hermandad, ni tan mala pobreza como es la soledad.
Pero el desierto no es lo mismo que la soledad. En la soledad no se habla voz alguna; y, en cambio, el silencio del desierto, habla, como decía Psichari. Más soledad puede darse entre el bullicio de la ciudad que entre las dunas del Sahara. Yo no recuerdo en mi vida una hora tan terriblemente solitaria como la de una tarde en que me encontré envuelto en las oleadas de gente y el alegre murmullo de la Puerta del Sol. Para el alma vigorosa, para el que sabe que lleva dentro una gran riqueza, el desierto, con sus paisajes sin matices, sus peñas oscuras y sus arenas blancas, es una invitación a explorar, a descubrir los veneros íntimos del ser. Este es el desierto por el cual caminaba Elías para huir la venganza de la reina; y en este ambiente se preparaba Moisés para recibir la revelación de la Ley.
Con ellos, también Jesús va a buscar ese silencio, que oprime y aplasta, y al alejar al hombre del mundo le pone más cerca de sí mismo. Todavía están húmedos sus cabellos con las aguas del Jordán, acaba de ser proclamado Hijo muy amado de Dios, y Juan les ha presentado a sus compatriotas como el Mesías prometido. Parece el momento propicio para lanzarse a su misión; pero el Espíritu, que ha bajado sobre Él en forma de paloma, le empuja hacia el desierto a replegarse sobre Sí mismo, a meditar. Y en el desierto tiene también su guarida el tentador. Allí había relegado al demonio el ángel Rafael; allí, en el día de la expiación, arrojaba el gran sacerdote a los animales cargados con los pecados de Israel. Jesús se encuentra con estas bestias simbólicas; a los cuarenta días de ayuno tiene hambre, y Satán, que acechaba impaciente, cree llegado el momento propicio de aparecer en escena.
Es una lucha emocionante, una batalla en tres embestidas que tienen presentes todas las brechas posibles en el corazón humano. ¿Quién es este extraño ayunador?, debía de preguntarse el adversario, según plausible suposición de los Santos Padres. ¿Habrá brotado ya aquella «semilla» de que se habló en el día de la primera culpa, ante el árbol de la ciencia del bien y del mal?
Este anacoreta no ayuna como los fariseos. ¿Está acaso destinado a quebrantar la cabeza de la serpiente? Para salir de duda, hay que jugar la última carta, echar mano de todos los resortes de la astucia diabólica, acudir a una experiencia larga y sutil de la psicología humana. El proceso es insidioso. Satán sabe bastante teología para comprender que un Hijo de Dios puede saciar el hambre, fácilmente; además, parece tener compasión del solitario.
—Si eres Hijo de Dios—le dice—, haz que estas piedras se conviertan en pan.
Prudencia, mansedumbre, moderación en la respuesta; y esa respuesta, la eterna verdad que afirma los dos mundos: el visible y el invisible; las dos grandes realidades que nos rodean y que somos la materia y el espíritu, el espíritu por encima de la materia; y más arriba todavía. Dios alimentando al hombre con su palabra.
No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Está visto; aquel, hombre no tiene un corazón débil que se deje dominar fácilmente del apetito del sentido. Pero el tentador dispone de otras armas, «Todo cuanto hay en el mundo—dice San Juan—es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida.» Son las tres raíces del pecado, las tres fuentes de toda tentación las tres redes malditas lanzadas sobre aquel mundo, en que pronto va a brillar la luz de la buena nueva: el placer, la riqueza y el mando; el griego; el hebreo y el romano; Corinto, la ciudad manchada con todas las abominaciones del paganismo; Jerusalén, cuyos moradores, como decía el profeta, «desde el primero hasta el último están consumidos por la avaricia»; Roma, donde se recoge el axioma de Cesar: «Si por alguna cosa hay que violar el derecho, es por el ansia de reinar.»
El tentador saca otra flecha de su aljaba. Jesús está en pie en la torre más alta del templo, la muchedumbre hormiguea en los pórticos circundantes; que se tire de aquella altura, porque los ángeles le recogerán en sus manos y las turbas le aclamarán. ¡Qué ocasión para empezar su vida de libertador de Israel! Pero este segundo desafío es tan infructuoso como el primero. Jesús no quiere ser un prestidigitador; hará milagros, compadecido de los pequeñuelos abandonados, pero no le importa la curiosidad movediza de las multitudes. Ni la concupiscencia de la carne ni la soberbia de la vida pueden inquietar su corazón; ¿tendía más poder sobre Él la concupiscencia de los ojos? Un espectáculo deslumbrador se descorre a su vista: riquezas fabulosas, vastos imperios, esplendor de oro y de gloria. Todo esto se lo ofrece el adversario si se inclina delante de él y le adora. Jesús responde: «Atrás, Satanás, que está escrito: Adora al Señor tu Dios y a Él sólo sirve.»
El agresor marchó despechado. Su aljaba estaba vacía.
Este encuentro entre el genio del mal y «el que pasó haciendo bien» es, ante todo, la primera parábola evangélica hablada y representada a la vez, y como parábola nos la ofrece la liturgia al empezar la Cuaresma. Toda la liturgia del año es un itinerario de purificación espiritual; pero lo es muy particularmente esta etapa de la Cuaresma. Hasta el siglo XVI los cristianos no hacían ejercicios espirituales, en el sentido que ahora tiene esta palabra; pero tenían el año litúrgico, que era para ellos una suave corriente de ascesis, y en el año litúrgico, la Cuaresma, con su carácter enérgicamente purgativo.
Este evangelio de la tentación acaba de introducirnos en la atmósfera espiritual que debe dominarnos a través del camino cuaresmal. También a nosotros el Espíritu nos lleva al desierto, y allí nos pone frente a frente de nuestro enemigo. Entre el ruido mundanal los ataques apenas se advierten. No existen casi, porque no se necesitan. Por eso hay muchas gentes que no creen en el diablo, cuya última astucia es hacer creer que se ha muerto. Pero el que sube al monte de la Cuarentena para hallar a Dios, el grande, el puro, el que tiene hambre de la palabra divina, ése tiene el peligro, la seguridad casi, de encontrarse con él armado de aquellas tres flechas enherboladas con que acometió a su Maestro. Y en esa lucha, en la consideración de sí mismo, en la gimnasia espiritual, en esa elocuencia íntima del silencio, hallará la garantía de la purificación y el oráculo de la victoria; porque desde la cumbre del monte se divisan las maravillas de la tierra prometida, y Jericó está cerca con sus rosas y sus palmeras, y allá en el otro extremo de la avenida cuaresmal arden las antorchas de la Pascua, con sus misterios de amor, que son todo el objeto de nuestro viaje.
Lecturas del 22/02/2026
El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo.
Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado.
El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal.
La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?».
La mujer contestó a la serpiente: «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios:
“No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”».
La serpiente replicó a la mujer: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».
Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió.
Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.
Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron...
Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.
Y tampoco hay proporción entre la gracia y el pecado de uno: pues el juicio, a partir de uno, acabó en condena, mientras que la gracia, a partir de muchos pecados, acabó en justicia.
Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo.
En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos.
Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
Palabra del Señor.
22 de Febrero 2026 – Beato Diego Cavalho
En la ciudad de Sendai, en Japón, beato Diego Carvalho, presbítero de la Compañía de Jesús y mártir, que, después de soportar injurias, cárceles y caminatas realizadas en pleno invierno, con fe intrépida confesó a Cristo, junto con sus compañeros, en el suplicio del agua helada.
Nació en Coímbra (Portugal). Ingresó en los jesuitas en el 1594 y en el 1600 fue enviado a la India, donde fue ordenado sacerdote. En el 1609 se trasladó al Japón y allí trabajó incansablemente en los alrededores de Kioto, o de Miyako como se le llamaba entonces, hasta 1614, cuando estalló la terrible persecución. No se sabe a ciencia cierta si el padre Diego fue deportado o si se retiró por órdenes de sus superiores, pero el caso es que, al finalizar aquel año, partió de Macao con el padre Buzomi para iniciar una misión en Conchinchina. Pero en 1617, regresó al Japón y pasó el resto de su vida bajo condiciones muy arduas, en los distritos más boreales de la isla central. Por lo menos en dos ocasiones llegó hasta Yezo (llamada ahora Hokaido) y fue el primer sacerdote cristiano que ofició la misa en aquel lugar. También allí tuvo contacto con los aínos, de quienes dejó una interesante descripción en una de sus cartas.
La persecución hizo crisis en el invierno de 1623 a 1624. El padre Diego y otros cristianos fugitivos, escondidos en un remoto valle entre las colinas, fueron al fin descubiertos por las huellas que dejaron sobre la nieve. Existe un terrible relato sobre la brutalidad con que aquellos hombres fueron tratados después de su captura. A pesar de que se había desatado una tormenta de nieve y el frío era muy intenso, se les despojó de sus ropas hasta dejarlos medio desnudos, aguardando durante horas a la intemperie. Se les reunió atándolos en cuerda y fueron arriados para caminar a pie durante varios días, hasta Sendai. Dos cristianos del grupo, incapaces de seguir adelante, fueron decapitados allí mismo, y los soldados de la escolta probaron el filo de sus espadas cortando en pedazos los cadáveres desnudos.
Cuando llegaron a Sendai, el frío era intensísimo. El 18 de febrero, el padre Diego y unos nueve japoneses fueron despojados de las escasas vestiduras que aún les cubrían y les ataron sus manos por detrás a unas estacas clavadas dentro de agujeros llenos de agua helada. El tormento consistía en obligar a los mártires a sentarse en el agua y volverse a levantar a fin de que el hielo se formara sobre sus carnes. Al cabo de tres horas de este suplicio, se les sacaba de los agujeros y se les invitaba a renegar de su religión. Después de la primera etapa, dos de los mártires, imposibilitados para moverse, murieron sobre el suelo, a donde habían caído agonizantes. El padre Diego, quizá por habérsele dispensado algunas consideraciones durante la jornada, mostró mayor resistencia que los demás. Tras de aquella primera prueba, se puso en cuclillas a la manera japonesa y se concentró en la oración. Durante los cuatro días siguientes se hicieron nuevos intentos para convencer a los mártires de que renunciaran al cristianismo, pero sin resultado alguno.
El 22 de febrero se reanudó el tormento. Durante toda la mañana estuvieron en los charcos, rezando lo más alto que podían, alentados por el sacerdote, que no cesaba de consolarlos con sus palabras. En el curso de la tarde, siete cadáveres colgaban de las estacas y, al caer el sol, únicamente el padre Diego seguía con vida. De acuerdo con el testimonio de algunos fieles que osaron acercarse a contemplar la horrible escena, murió a la medianoche. A la mañana siguiente, los cuerpos de las víctimas fueron cortados en pedazos y arrojados al río, pero la cabeza del padre Diego y las de otros cuatro mártires fueron recuperadas y conservadas como reliquias. Fue beatificado el 7 de mayo de 1867 por Pío IX.
Nació en Coímbra (Portugal). Ingresó en los jesuitas en el 1594 y en el 1600 fue enviado a la India, donde fue ordenado sacerdote. En el 1609 se trasladó al Japón y allí trabajó incansablemente en los alrededores de Kioto, o de Miyako como se le llamaba entonces, hasta 1614, cuando estalló la terrible persecución. No se sabe a ciencia cierta si el padre Diego fue deportado o si se retiró por órdenes de sus superiores, pero el caso es que, al finalizar aquel año, partió de Macao con el padre Buzomi para iniciar una misión en Conchinchina. Pero en 1617, regresó al Japón y pasó el resto de su vida bajo condiciones muy arduas, en los distritos más boreales de la isla central. Por lo menos en dos ocasiones llegó hasta Yezo (llamada ahora Hokaido) y fue el primer sacerdote cristiano que ofició la misa en aquel lugar. También allí tuvo contacto con los aínos, de quienes dejó una interesante descripción en una de sus cartas.
La persecución hizo crisis en el invierno de 1623 a 1624. El padre Diego y otros cristianos fugitivos, escondidos en un remoto valle entre las colinas, fueron al fin descubiertos por las huellas que dejaron sobre la nieve. Existe un terrible relato sobre la brutalidad con que aquellos hombres fueron tratados después de su captura. A pesar de que se había desatado una tormenta de nieve y el frío era muy intenso, se les despojó de sus ropas hasta dejarlos medio desnudos, aguardando durante horas a la intemperie. Se les reunió atándolos en cuerda y fueron arriados para caminar a pie durante varios días, hasta Sendai. Dos cristianos del grupo, incapaces de seguir adelante, fueron decapitados allí mismo, y los soldados de la escolta probaron el filo de sus espadas cortando en pedazos los cadáveres desnudos.
Cuando llegaron a Sendai, el frío era intensísimo. El 18 de febrero, el padre Diego y unos nueve japoneses fueron despojados de las escasas vestiduras que aún les cubrían y les ataron sus manos por detrás a unas estacas clavadas dentro de agujeros llenos de agua helada. El tormento consistía en obligar a los mártires a sentarse en el agua y volverse a levantar a fin de que el hielo se formara sobre sus carnes. Al cabo de tres horas de este suplicio, se les sacaba de los agujeros y se les invitaba a renegar de su religión. Después de la primera etapa, dos de los mártires, imposibilitados para moverse, murieron sobre el suelo, a donde habían caído agonizantes. El padre Diego, quizá por habérsele dispensado algunas consideraciones durante la jornada, mostró mayor resistencia que los demás. Tras de aquella primera prueba, se puso en cuclillas a la manera japonesa y se concentró en la oración. Durante los cuatro días siguientes se hicieron nuevos intentos para convencer a los mártires de que renunciaran al cristianismo, pero sin resultado alguno.
El 22 de febrero se reanudó el tormento. Durante toda la mañana estuvieron en los charcos, rezando lo más alto que podían, alentados por el sacerdote, que no cesaba de consolarlos con sus palabras. En el curso de la tarde, siete cadáveres colgaban de las estacas y, al caer el sol, únicamente el padre Diego seguía con vida. De acuerdo con el testimonio de algunos fieles que osaron acercarse a contemplar la horrible escena, murió a la medianoche. A la mañana siguiente, los cuerpos de las víctimas fueron cortados en pedazos y arrojados al río, pero la cabeza del padre Diego y las de otros cuatro mártires fueron recuperadas y conservadas como reliquias. Fue beatificado el 7 de mayo de 1867 por Pío IX.
sábado, 21 de febrero de 2026
Lecturas del 21/02/2026
Esto dice el Señor: «Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía.
El Señor te guiará siempre, hartará tu alma en tierra abrasada, dará vigor a tus huesos.
Serás un huerto bien regado, un manantial de aguas que no engañan.
Tu gente reconstruirá las ruinas antiguas, volverás a levantar los cimientos de otros tiempos; te llamarán “reparador de brechas”, “restaurador de senderos”, para hacer habitable el país.
Si detienes tus pasos el sábado, para no hacer negocios en mi día santo, y llamas al sábado “mi delicia” y lo consagras a la gloria del Señor; si lo honras, evitando viajes, dejando de hacer tus negocios y de discutir tus asuntos, entonces encontrarás tu delicia en el Señor.
Te conduciré sobre las alturas del país y gozarás del patrimonio de Jacob, tu padre.
Ha hablado la boca del Señor».
En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme».
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos, de Jesús: «¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?».
Jesús les respondió: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».
Palabra del Señor.
21 de Febrero 2026 – San Severiano, obispo y mártir
Gobernaba el glorioso san Severiano su Iglesia de Escitópolis en Palestina, como celoso y vigilante pastor, procurando que su clero fuese delante de los seglares con su ejemplar vida, que las iglesias fuesen bien servidas y adornadas, que el pueblo fuese enseñado en la ley de Dios, que se corrigiesen los vicios, acrecentasen las virtudes y creciesen las obras de piedad, y que a todos los fieles, así seglares como eclesiásticos y religiosos huyesen de toda sombra de herejía y conservasen en toda su entereza la verdadera doctrina de la Iglesia católica.
Bajo el reinado de Marciano y de santa Pulquería, el santo abad Eutimio y la mayor parte de los monjes de Palestina habían recibido con singular reverencia y sumisión los decretos del concilio de Calcedonia que condenaba la herejía de los Eutiquianos, los cuales ponían mácula en la divinidad de Jesucristo, pero no faltó un monstruo del infierno llamado Teodosio, que mal hallado con su vocación religiosa, se divorció de Cristo y comenzó a perturbar los monasterios, y con el favor de la emperatriz Eudoxia, que era viuda de Teodosio el Joven y vivía en Palestina, cobró grandes bríos para hacer guerra a la Iglesia de Dios.
Llevó a tal extremo su osadía, que se sentó en la silla patriarcal de Jerusalén, desterrando de ella al legítimo patriarca Juvenal, y poniéndose luego a la cabeza de un ejército de herejes y bandidos, persiguió de muerte a los católicos e inundó de sangre toda aquella tierra. Llegaron también aquellos bárbaros a Escitópolis, y como el santo obispo Severiano resplandecía como sol en aquella Iglesia de Cristo, fue una de las primeras víctimas de su ciego furor, porque después de haberle prendido y atado, le arrastraron con grande crueldad fuera de la población, y allí le apalearon y sacrificaron con la inhumanidad que es propia de los herejes.
Perdonó el Señor a sus mortales enemigos, y selló con su sangre la verdadera fe de nuestro Señor Jesucristo, alcanzando así la corona de ilustre mártir. Con el ejemplo de su cristiana fortaleza se movieron muchos celosos ministros del Señor a predicar sin temor de la muerte la divina palabra a toda aquella cristiandad, por lo cual en lugar de arruinarse y deshacerse, se acrecentó maravillosamente con grande espanto y confusión de los herejes, y señalada gloria de Jesucristo y de su verdadera y divina Iglesia católica.
Reflexión: Los herejes siempre han sido los mismos: rebeldes, orgullosos y homicida como Lucifer, padre de todos los apóstatas y herejes, Ellos burlan y hacen escarnio de la llaneza y simplicidad que hay en Cristo, desprecian las santas tradiciones de la Iglesia, blasfeman de los santos y santas de Dios, y aborrecen y persiguen con loco atrevimiento a todos los fieles católicos. Ellos se tienen por los sabios, por los hombres discretos y humanos, y con todo se fingen unas monstruosidades de doctrinas abominables y perversas, y sólo para sí quieren la libertad de pensar y de obrar a su antojo, y no hay lobos más feroces que estos hombres sin entrañas, cuando a su salvo pueden hacer presa en el rebaño de Cristo. Tú ruega a Dios con cuidado que los convierta, y abominando de sus pestilenciales errores, guárdate de ser muy amigo de tu propio parecer, y obedece a Jesucristo, doctor divino de los hombres, y a su santa Iglesia infalible, en la cual está depositado el tesoro de la verdad de Dios.
Bajo el reinado de Marciano y de santa Pulquería, el santo abad Eutimio y la mayor parte de los monjes de Palestina habían recibido con singular reverencia y sumisión los decretos del concilio de Calcedonia que condenaba la herejía de los Eutiquianos, los cuales ponían mácula en la divinidad de Jesucristo, pero no faltó un monstruo del infierno llamado Teodosio, que mal hallado con su vocación religiosa, se divorció de Cristo y comenzó a perturbar los monasterios, y con el favor de la emperatriz Eudoxia, que era viuda de Teodosio el Joven y vivía en Palestina, cobró grandes bríos para hacer guerra a la Iglesia de Dios.
Llevó a tal extremo su osadía, que se sentó en la silla patriarcal de Jerusalén, desterrando de ella al legítimo patriarca Juvenal, y poniéndose luego a la cabeza de un ejército de herejes y bandidos, persiguió de muerte a los católicos e inundó de sangre toda aquella tierra. Llegaron también aquellos bárbaros a Escitópolis, y como el santo obispo Severiano resplandecía como sol en aquella Iglesia de Cristo, fue una de las primeras víctimas de su ciego furor, porque después de haberle prendido y atado, le arrastraron con grande crueldad fuera de la población, y allí le apalearon y sacrificaron con la inhumanidad que es propia de los herejes.
Perdonó el Señor a sus mortales enemigos, y selló con su sangre la verdadera fe de nuestro Señor Jesucristo, alcanzando así la corona de ilustre mártir. Con el ejemplo de su cristiana fortaleza se movieron muchos celosos ministros del Señor a predicar sin temor de la muerte la divina palabra a toda aquella cristiandad, por lo cual en lugar de arruinarse y deshacerse, se acrecentó maravillosamente con grande espanto y confusión de los herejes, y señalada gloria de Jesucristo y de su verdadera y divina Iglesia católica.
Reflexión: Los herejes siempre han sido los mismos: rebeldes, orgullosos y homicida como Lucifer, padre de todos los apóstatas y herejes, Ellos burlan y hacen escarnio de la llaneza y simplicidad que hay en Cristo, desprecian las santas tradiciones de la Iglesia, blasfeman de los santos y santas de Dios, y aborrecen y persiguen con loco atrevimiento a todos los fieles católicos. Ellos se tienen por los sabios, por los hombres discretos y humanos, y con todo se fingen unas monstruosidades de doctrinas abominables y perversas, y sólo para sí quieren la libertad de pensar y de obrar a su antojo, y no hay lobos más feroces que estos hombres sin entrañas, cuando a su salvo pueden hacer presa en el rebaño de Cristo. Tú ruega a Dios con cuidado que los convierta, y abominando de sus pestilenciales errores, guárdate de ser muy amigo de tu propio parecer, y obedece a Jesucristo, doctor divino de los hombres, y a su santa Iglesia infalible, en la cual está depositado el tesoro de la verdad de Dios.
viernes, 20 de febrero de 2026
Lecturas del 20/02/2026
Esto dice el Señor Dios: «Grita a plena pulmón, no te contengas, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados.
Consultan mi oráculo a diario, desean conocer mi voluntad. Como si fuera un pueblo que practica la justicia y no descuida el mandato de su Dios, me piden sentencias justas, quieren acercarse a Dios.
"¿Para qué ayunar, si no haces caso; mortificarnos, si no te enteras?"
En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios, y herís con furibundos puñetazos.
No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo.
¿Es ése el ayuno que deseo en el día de la penitencia: inclinar la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿A eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?
Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las corras del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor, y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: "Aquí estoy"».
En aquel tiempo, los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?».
Jesús les dijo: «¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán».
Palabra del Señor.
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