jueves, 5 de marzo de 2026
Lecturas del 05/03/2026
Esto dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor.
Será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto.
Nada hay más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo conoce?
Yo, el Señor, examino el corazón, sondeo el corazón de los hombres para pagar a cada cual su conducta según el fruto de sus acciones».
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.
Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».
Palabra del Señor.
05 de Febrero 2026 – San Placido Monje
El día de la Asunción de 1654, nació en la Isla de Isquia, frente a Nápoles, un niño que fue bautizado el mismo día con los nombres de Carlos Cayetano. Sus padres, José Calosirto y Laura Garguilo, formaban un matrimonio acomodado y ejemplar e hicieron cuanto estuvo en su mano por educar cristianamente a sus numerosos hijos. Su casa estaba abierta a los pobres, sobre todo a los pobres vergonzantes y Doña Laura preparaba alimentos y medicinas y los llevaba personalmente a los enfermos. Cinco de los siete hijos entraron en religión; entre todos ellos se distinguió Carlos, por su precoz piedad y su carácter apacible.
Sus padres reconocieron pronto la santidad de aquel hijo y le dejaron en libertad de seguir los caminos por donde le llevaba la gracia, aun cuando les parecieran un tanto extraordinarios. Para poder dedicarse más libremente a la oración, Carlos dormía en el rincón más remoto de su casa. Como no tenía dinero para comprar instrumentos de penitencia, se fabricó una disciplina con algunos clavos e hizo grandes ayunos desde muy niño. Nada tiene de extraño que, después de una infancia semejante, Carlos se haya sentido llamado a la vida religiosa.
Con el objeto de obtener la luz del cielo para su elección, hizo una fervorosa novena. Justamente cuando Carlos acababa de terminarla, llegaron a la hospitalaria casa de Doña Laura dos frailes franciscanos de la reforma de San Pedro de Alcántara. El muchacho, muy impresionado por la pobreza y santa conversación de aquellos hijos de San Francisco, partió con ellos al convento de Santa Lucía del Monte, en Nápoles, para consultar a los superiores sobre su vocación. Ahí entró en contacto con el P. Carlos de las Heridas de Jesús y ese experimentado director descubrió en el joven las semillas de una gran vocación.
Durante nueve meses puso a prueba su abnegación y le enseñó el método de oración mental de San Pedro de Alcántara. Al cabo de ese período, Carlos, que no tenía más que dieciséis años, tomó el hábito de San Francisco. Junto con el hábito, recibió el nombre de Juan José de la Cruz. El joven novicio correspondió plenamente a las esperanzas de sus superiores. Su fervor, humildad y obediencia eran viva imagen de los de San Pedro de Alcántara.
Le confiaron el nuevo monasterio de Piedimonte di Alife, aunque todavía no había cumplido los veintiún años ni había recibido la ordenación sacerdotal. San Juan José había querido permanecer diácono para imitar, hasta en eso, a su seráfico padre San Francisco; pero sus superiores no se lo permitieron y el santo celebró su primera misa el día de San Miguel de 1677. Un mes después, a pesar de su juventud, recibió la licencia de oír confesiones.
El santo tuvo que arrancarse de su retiro para desempeñar el difícil y delicado cargo de maestro de novicios. Inculcaba a sus novicios la estricta observancia de la regla, no les imponía las austeridades que él practicaba. Al contrario, decidió establecer un tiempo de recreo obligatorio. Más tarde fue llamado a ejercer el superiorato en el convento de Piedimonte. Después, tras un corto período de trabajo directo con las almas, fue nombrado nuevamente superior. Atravesó por entonces por una temporada de gran aridez y desolación, a la que puso fin la aparición de un hermano lego difunto quien le aseguró que Dios estaba con él. A raíz de aquella visión, empezaron a manifestarse los poderes milagrosos del santo, quien obró numerosas curaciones y multiplicó varias veces la comida en su convento.
Tuvo que tomar parte muy activa en la crisis que estuvo a punto de acabar con los franciscanos de la reforma de San Pedro de Alcántara en Italia. Desorganizados y amenazados con una eventual supresión, los frailes italianos volvieron sus miradas al P. Juan José. La prudencia, la personalidad y la reputación del santo consiguieron la perfecta unión, redujeron la oposición, acallaron la maledicencia y finalmente, obtuvieron la licencia de Roma para la organización de la nueva provincia. En un momento dado, los frailes tuvieron que contentarse con tener un techo, por no decir nada de las privaciones que hubieron de sufrir; pero el P. Juan José lo soportó todo alegremente, pues consideraba que las dificultades le asemejaban a su santo fundador. En cuanto vio bien encaminada su provincia, el santo, que ejercía el cargo de provincial, decidió abandonar el superiorato y retirarse a la oscuridad.
Pero la oscuridad no existía para él, pues su santidad, sus milagros y las conversiones que había logrado lo hicieron muy famoso. Para entonces era ya muy anciano y sufría de una parálisis parcial; pero, en cuanto aparecía en la calle, apoyado en su bastón, le seguía una multitud que quería su bendición y su consejo y las gentes llegaban hasta arrancarle hilos del hábito para conservarlos como reliquias. En 1722, las dos casas de Nápoles fueron devueltas a la provincia italiana. San Juan José se retiró a la de Santa Lucía para cumplir la promesa que había hecho de que sus restos reposarían ahí.
Además del don de milagros y de profecía, San Juan José tuvo numerosos éxtasis, levitaciones y visiones celestiales.
Se cuenta que durante casi toda su vida pudo leer los pensamientos de quienes iban a consultarle, como si los llevasen escritos sobre la frente. Cuando se aproximaba la fecha de su muerte, San Juan José recibió un aviso del cielo y así lo dijo a sus hermanos. Sin embargo, no interrumpió su trabajo habitual. A las dos de la mañana del 1o. de marzo de 1734, sufrió un violento ataque de apoplejía, del que ya no volvió en sí. Murió cinco días después, a los ochenta años de edad. Fue enterrado en Santa Lucía del Monte, con el hábito que había llevado siempre. Su tumba se convirtió inmediatamente en un lugar de peregrinación. Su canonización tuvo lugar en 1839.
Sus padres reconocieron pronto la santidad de aquel hijo y le dejaron en libertad de seguir los caminos por donde le llevaba la gracia, aun cuando les parecieran un tanto extraordinarios. Para poder dedicarse más libremente a la oración, Carlos dormía en el rincón más remoto de su casa. Como no tenía dinero para comprar instrumentos de penitencia, se fabricó una disciplina con algunos clavos e hizo grandes ayunos desde muy niño. Nada tiene de extraño que, después de una infancia semejante, Carlos se haya sentido llamado a la vida religiosa.
Con el objeto de obtener la luz del cielo para su elección, hizo una fervorosa novena. Justamente cuando Carlos acababa de terminarla, llegaron a la hospitalaria casa de Doña Laura dos frailes franciscanos de la reforma de San Pedro de Alcántara. El muchacho, muy impresionado por la pobreza y santa conversación de aquellos hijos de San Francisco, partió con ellos al convento de Santa Lucía del Monte, en Nápoles, para consultar a los superiores sobre su vocación. Ahí entró en contacto con el P. Carlos de las Heridas de Jesús y ese experimentado director descubrió en el joven las semillas de una gran vocación.
Durante nueve meses puso a prueba su abnegación y le enseñó el método de oración mental de San Pedro de Alcántara. Al cabo de ese período, Carlos, que no tenía más que dieciséis años, tomó el hábito de San Francisco. Junto con el hábito, recibió el nombre de Juan José de la Cruz. El joven novicio correspondió plenamente a las esperanzas de sus superiores. Su fervor, humildad y obediencia eran viva imagen de los de San Pedro de Alcántara.
Le confiaron el nuevo monasterio de Piedimonte di Alife, aunque todavía no había cumplido los veintiún años ni había recibido la ordenación sacerdotal. San Juan José había querido permanecer diácono para imitar, hasta en eso, a su seráfico padre San Francisco; pero sus superiores no se lo permitieron y el santo celebró su primera misa el día de San Miguel de 1677. Un mes después, a pesar de su juventud, recibió la licencia de oír confesiones.
El santo tuvo que arrancarse de su retiro para desempeñar el difícil y delicado cargo de maestro de novicios. Inculcaba a sus novicios la estricta observancia de la regla, no les imponía las austeridades que él practicaba. Al contrario, decidió establecer un tiempo de recreo obligatorio. Más tarde fue llamado a ejercer el superiorato en el convento de Piedimonte. Después, tras un corto período de trabajo directo con las almas, fue nombrado nuevamente superior. Atravesó por entonces por una temporada de gran aridez y desolación, a la que puso fin la aparición de un hermano lego difunto quien le aseguró que Dios estaba con él. A raíz de aquella visión, empezaron a manifestarse los poderes milagrosos del santo, quien obró numerosas curaciones y multiplicó varias veces la comida en su convento.
Tuvo que tomar parte muy activa en la crisis que estuvo a punto de acabar con los franciscanos de la reforma de San Pedro de Alcántara en Italia. Desorganizados y amenazados con una eventual supresión, los frailes italianos volvieron sus miradas al P. Juan José. La prudencia, la personalidad y la reputación del santo consiguieron la perfecta unión, redujeron la oposición, acallaron la maledicencia y finalmente, obtuvieron la licencia de Roma para la organización de la nueva provincia. En un momento dado, los frailes tuvieron que contentarse con tener un techo, por no decir nada de las privaciones que hubieron de sufrir; pero el P. Juan José lo soportó todo alegremente, pues consideraba que las dificultades le asemejaban a su santo fundador. En cuanto vio bien encaminada su provincia, el santo, que ejercía el cargo de provincial, decidió abandonar el superiorato y retirarse a la oscuridad.
Pero la oscuridad no existía para él, pues su santidad, sus milagros y las conversiones que había logrado lo hicieron muy famoso. Para entonces era ya muy anciano y sufría de una parálisis parcial; pero, en cuanto aparecía en la calle, apoyado en su bastón, le seguía una multitud que quería su bendición y su consejo y las gentes llegaban hasta arrancarle hilos del hábito para conservarlos como reliquias. En 1722, las dos casas de Nápoles fueron devueltas a la provincia italiana. San Juan José se retiró a la de Santa Lucía para cumplir la promesa que había hecho de que sus restos reposarían ahí.
Además del don de milagros y de profecía, San Juan José tuvo numerosos éxtasis, levitaciones y visiones celestiales.
Se cuenta que durante casi toda su vida pudo leer los pensamientos de quienes iban a consultarle, como si los llevasen escritos sobre la frente. Cuando se aproximaba la fecha de su muerte, San Juan José recibió un aviso del cielo y así lo dijo a sus hermanos. Sin embargo, no interrumpió su trabajo habitual. A las dos de la mañana del 1o. de marzo de 1734, sufrió un violento ataque de apoplejía, del que ya no volvió en sí. Murió cinco días después, a los ochenta años de edad. Fue enterrado en Santa Lucía del Monte, con el hábito que había llevado siempre. Su tumba se convirtió inmediatamente en un lugar de peregrinación. Su canonización tuvo lugar en 1839.
miércoles, 4 de marzo de 2026
Lecturas del 04/03/2026
Ellos dijeron: «Venga, tramemos un plan contra Jeremías porque no faltará la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta. Venga, vamos a hablar mal de él y no hagamos caso de sus oráculos».
Hazme caso, Señor, escucha lo que dicen mis oponentes. ¿Se paga el bien con el mal?, ¡pues me han cavado una fosa!
Recuerda que estuve ante ti, pidiendo clemencia por ellos, para apartar tu cólera.
En aquel tiempo, subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino: «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará».
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
Él le preguntó: « ¿Qué deseas?».
Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».
Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?».
Contestaron: «Podemos».
Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».
Palabra del Señor.
04 de Marzo 2026 – Beato Giovanni Antonio Farina
Originario de Gambellara (Vicenza), lugar en el que nació el 11 de enero de 1803 de Pedro y Francisca Bellame, Juan Antonio Farina recibió la primera formación bajo la tutela de su tío paterno, un santo sacerdote que fue para él un verdadero maestro del espíritu además de su preceptor, ya que todavía no existían las escuelas públicas en los pueblos pequeños. A los quince años entró en el seminario diocesano de Vicenza donde asistió a todos los cursos distinguiéndose por su bondad y una particular aptitud para el estudio. A los 21 años, mientras todavía asistía a los cursos de Teología, fue destinado a la enseñanza en el mismo seminario, revelando así sus marcadas dotes como educador.
El 14 de enero de 1827 recibió la ordenación sacerdotal y poco después obtuvo el diploma que lo habilitaba a la enseñanza en las escuelas de primaria. En los primeros años de su ministerio se ocupó de varios encargos: la enseñanza en el seminario durante 18 años, la capellanía en la parroquia de S. Pedro en Vicenza por 10 años y la participación en distintas instituciones culturales, espirituales y caritativas de la ciudad, entre las cuales la dirección de la escuela pública primaria y superior.
En 1831 dio inicio a la primera escuela popular femenina y en 1836 fundó las Hermanas Maestras de S. Dorotea Hijas de los Sagrados Corazones, un instituto de «maestras de auténtica vocación, consagradas al Señor y dedicadas totalmente a la educación de las niñas pobres». Poco después, quiso también que sus religiosas se dedicasen a las hijas de familias acomodadas, a las sordomudas y a las ciegas; más tarde las envió a la asistencia de los enfermos y de los ancianos en los hospitales, en los asilos y en sus domicilios. El 1 de marzo de 1839 obtuvo el decreto de alabanza del Papa Gregorio XVI; la Regla por él redactada permaneció en vigor hasta 1905, año en que el Instituto fue aprobado por el Papa Pío X, quien había sido ordenado sacerdote por el obispo Farina.
En 1850 fue nombrado obispo de Treviso y recibió la consagración episcopal el 19 de enero de 1851. En esta diócesis desarrolló una variada actividad apostólica: en seguida inició la visita pastoral y organizó en todas las parroquias asociaciones para la ayuda material y espiritual de los pobres, incluso llegó a ser llamado «el obispo de los pobres». Propagó la práctica de los Ejercicios espirituales y la asistencia a los sacerdotes pobres y enfermos; cuidó la formación doctrinal y cultural del clero y de los fieles, y la instrucción y catequesis de los jóvenes. Los diez años de su episcopado en Treviso fueron marcados por el sufrimiento debido a cuestiones jurídicas con el Cabildo de la Catedral; esta situación condicionó la realización de su programa pastoral obstaculizando varias iniciativas y llegando a impedir la celebración del Sínodo diocesano.
El 18 de junio de 1860 fue trasladado a la sede episcopal de Vicenza, donde puso en acto un amplio programa de renovación y desarrolló una importante obra pastoral orientada a la formación cultural y espiritual del clero y de los fieles, a la catequesis de los niños, a la reforma de los estudios y de la disciplina en el seminario. Convocó el Sínodo diocesano, que no había sido celebrado desde el 1689; en su visita pastoral a veces recorría kilómetros a pie o a lomos de una mula para poder llegar a los pueblos de montaña que no habían visto nunca un obispo. Instituyó numerosas confraternidades para socorrer a los pobres y sacerdotes ancianos y para la predicación de Ejercicios espirituales al pueblo; propagó una profunda devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a la Virgen María y a la Eucaristía. Entre diciembre de 1869 y junio de 1870 participó al Concilio Vaticano I, donde hacía parte de los que sostenían la definición de la infalibilidad pontificia.
Los últimos años de su vida fueron señalados con públicos reconocimientos por su labor apostólica y su caridad, pero también con fuertes sufrimientos e injustas acusaciones frente a las cuales él reaccionó con el silencio, la paz interior y el perdón, en fidelidad a su propia conciencia y a la regla suprema de la «salvación de las almas». Después de una primera grave enfermedad en 1886, sus fuerzas físicas se fueron debilitando gradualmente hasta el momento en que un ataque de apoplejía lo llevó a la muerte el 4 de marzo de 1888.
Juan Antonio Farina fue un pastor solícito que no conoció la mediocridad y caminó constantemente hacia las cumbres de la santidad. Sostenido por su celo sacerdotal educaba la juventud, animaba la vida cristiana y se dedicaba a formar sacerdotes misericordiosos y orantes, como él mismo demostraba con su vida.
La virtud que más llama la atención en él es la caridad heroica, era conocido como «el hombre de la caridad». Los pobres, los infelices, los abandonados, los que padecían todo género de sufrimientos eran el objeto de su ternura y de sus cuidados; siendo obispo se ofreció como voluntario para asistir espiritualmente y corporalmente a los enfermos en el hospital, arrastrando con su ejemplo a sus sacerdotes. La suya era una caridad inteligente, previsora; como verdadero educador comprendió el rol de la escuela en la reforma de la sociedad, la necesidad de colaboración entre la escuela y la familia, la importancia de la preparación del personal docente. Concibió la educación orientada a la formación integral de la persona humana, a la práctica religiosa y a la caridad fraterna. Su lema era: «La verdadera ciencia consiste en la educación del corazón, es decir, en el práctico temor de Dios».
Después de su muerte la fama de santidad empezó a propagarse en los ambientes eclesiásticos y civiles; en 1897 se comenzó a recurrir a su intercesión para obtener gracias y favores del Cielo. En 1978 una religiosa ecuatoriana, Sor Inés Torres Córdova, afectada por un grave tumor con metástasis, fue sanada milagrosamente después de haber invocado la intercesión del Padre Fundador junto con otras Hermanas.
Este obispo de la caridad, que vivió en una difícil situación histórica de la iglesia italiana del siglo XIX, tiene un auténtico valor de actualidad y posee aún hoy día la fecundidad espiritual de las personas “de proa” en la Iglesia y para la Iglesia del tercer milenio.
El 14 de enero de 1827 recibió la ordenación sacerdotal y poco después obtuvo el diploma que lo habilitaba a la enseñanza en las escuelas de primaria. En los primeros años de su ministerio se ocupó de varios encargos: la enseñanza en el seminario durante 18 años, la capellanía en la parroquia de S. Pedro en Vicenza por 10 años y la participación en distintas instituciones culturales, espirituales y caritativas de la ciudad, entre las cuales la dirección de la escuela pública primaria y superior.
En 1831 dio inicio a la primera escuela popular femenina y en 1836 fundó las Hermanas Maestras de S. Dorotea Hijas de los Sagrados Corazones, un instituto de «maestras de auténtica vocación, consagradas al Señor y dedicadas totalmente a la educación de las niñas pobres». Poco después, quiso también que sus religiosas se dedicasen a las hijas de familias acomodadas, a las sordomudas y a las ciegas; más tarde las envió a la asistencia de los enfermos y de los ancianos en los hospitales, en los asilos y en sus domicilios. El 1 de marzo de 1839 obtuvo el decreto de alabanza del Papa Gregorio XVI; la Regla por él redactada permaneció en vigor hasta 1905, año en que el Instituto fue aprobado por el Papa Pío X, quien había sido ordenado sacerdote por el obispo Farina.
En 1850 fue nombrado obispo de Treviso y recibió la consagración episcopal el 19 de enero de 1851. En esta diócesis desarrolló una variada actividad apostólica: en seguida inició la visita pastoral y organizó en todas las parroquias asociaciones para la ayuda material y espiritual de los pobres, incluso llegó a ser llamado «el obispo de los pobres». Propagó la práctica de los Ejercicios espirituales y la asistencia a los sacerdotes pobres y enfermos; cuidó la formación doctrinal y cultural del clero y de los fieles, y la instrucción y catequesis de los jóvenes. Los diez años de su episcopado en Treviso fueron marcados por el sufrimiento debido a cuestiones jurídicas con el Cabildo de la Catedral; esta situación condicionó la realización de su programa pastoral obstaculizando varias iniciativas y llegando a impedir la celebración del Sínodo diocesano.
El 18 de junio de 1860 fue trasladado a la sede episcopal de Vicenza, donde puso en acto un amplio programa de renovación y desarrolló una importante obra pastoral orientada a la formación cultural y espiritual del clero y de los fieles, a la catequesis de los niños, a la reforma de los estudios y de la disciplina en el seminario. Convocó el Sínodo diocesano, que no había sido celebrado desde el 1689; en su visita pastoral a veces recorría kilómetros a pie o a lomos de una mula para poder llegar a los pueblos de montaña que no habían visto nunca un obispo. Instituyó numerosas confraternidades para socorrer a los pobres y sacerdotes ancianos y para la predicación de Ejercicios espirituales al pueblo; propagó una profunda devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a la Virgen María y a la Eucaristía. Entre diciembre de 1869 y junio de 1870 participó al Concilio Vaticano I, donde hacía parte de los que sostenían la definición de la infalibilidad pontificia.
Los últimos años de su vida fueron señalados con públicos reconocimientos por su labor apostólica y su caridad, pero también con fuertes sufrimientos e injustas acusaciones frente a las cuales él reaccionó con el silencio, la paz interior y el perdón, en fidelidad a su propia conciencia y a la regla suprema de la «salvación de las almas». Después de una primera grave enfermedad en 1886, sus fuerzas físicas se fueron debilitando gradualmente hasta el momento en que un ataque de apoplejía lo llevó a la muerte el 4 de marzo de 1888.
Juan Antonio Farina fue un pastor solícito que no conoció la mediocridad y caminó constantemente hacia las cumbres de la santidad. Sostenido por su celo sacerdotal educaba la juventud, animaba la vida cristiana y se dedicaba a formar sacerdotes misericordiosos y orantes, como él mismo demostraba con su vida.
La virtud que más llama la atención en él es la caridad heroica, era conocido como «el hombre de la caridad». Los pobres, los infelices, los abandonados, los que padecían todo género de sufrimientos eran el objeto de su ternura y de sus cuidados; siendo obispo se ofreció como voluntario para asistir espiritualmente y corporalmente a los enfermos en el hospital, arrastrando con su ejemplo a sus sacerdotes. La suya era una caridad inteligente, previsora; como verdadero educador comprendió el rol de la escuela en la reforma de la sociedad, la necesidad de colaboración entre la escuela y la familia, la importancia de la preparación del personal docente. Concibió la educación orientada a la formación integral de la persona humana, a la práctica religiosa y a la caridad fraterna. Su lema era: «La verdadera ciencia consiste en la educación del corazón, es decir, en el práctico temor de Dios».
Después de su muerte la fama de santidad empezó a propagarse en los ambientes eclesiásticos y civiles; en 1897 se comenzó a recurrir a su intercesión para obtener gracias y favores del Cielo. En 1978 una religiosa ecuatoriana, Sor Inés Torres Córdova, afectada por un grave tumor con metástasis, fue sanada milagrosamente después de haber invocado la intercesión del Padre Fundador junto con otras Hermanas.
Este obispo de la caridad, que vivió en una difícil situación histórica de la iglesia italiana del siglo XIX, tiene un auténtico valor de actualidad y posee aún hoy día la fecundidad espiritual de las personas “de proa” en la Iglesia y para la Iglesia del tercer milenio.
martes, 3 de marzo de 2026
Lecturas del 03/03/2026
Oíd la palabra del Señor, príncipes de Sodoma, escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra: «Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien. Buscadla justicia, socorred al oprimid, proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda. Venid entonces, y discutiremos - dice el Señor -.
Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana.
Si sabéis obedecer, comeréis de los frutos de la tierra; si rehusáis y os rebeláis, os devorará la espada - ha hablado la boca del Señor -».
En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a los discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen.
Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Palabra del Señor.
03 de Marzo 2026 – Beato Inocencio de Berzo
Inocencio, nació el 19 de marzo de 1844 en Brescia, Italia. Fue bautizado con el nombre de Juan. Sólo tenía tres meses cuando quedó huérfano de padre.
Manifestando desde niño su deseo de ser sacerdote, su madre apoyó la vocación de su hijo y llegado el momento lo alentó a entrar al seminario.
Fue ordenado sacerdote el 2 de junio de 1867.
Nombrado como coadjutor parroquial en una parroquia rural, se distinguió por su desprendimiento de las cosas, por la constancia en el confesionario, su caridad para con los pobres, la asistencia a los enfermos y la predicación humilde.
Conocedor de las virtudes del Padre Juan, fue nombrado por su obispo Vicerrector del Seminario. Un año después fue nuevamente destinado al trabajo pastoral parroquial en Berzo, donde desarrolló una intensa actividad apostólica, a base de oración, buen ejemplo y una predicación sencilla y paternal. Frecuenta en este lugar un convento capuchino y por el contacto con estos frailes va descubriendo que el Señor lo llamaba a una vida más austera.
Después de una mayor preparación espiritual, superadas no pocas dificultades, pidió ser admitido entre los Hermanos Menores Capuchinos, donde ingresó en 1874, con el nombre de Fray Inocencio.
Sus superiores lo destinaron a distintos conventos de la Orden en Italia, llevando a todos los lugares donde iba la irradiación de su santidad. En el convento de la Santísima Anunciata, encontró lo que su espíritu anhelaba: ser santo a toda costa. Allí se sumergía en la oración y realizaba una vida llena de sacrificio, de penitencia y de ocultamiento.
Además de pedir limosa, predicó ejercicios espirituales a sus cohermanos, en los cuales derramó la abundancia de su espíritu franciscano. En este ministerio de la predicación de ejercicios espirituales debió hacerse violencia, pues se consideraba poco capaz para ello.
Murió a los cuarenta y seis años, el 3 de marzo de 1890, en la enfermería del convento de Bérgamo. El Señor llamó a sí al siervo bueno y fiel que había vivido en la humildad y en la pobreza. Sus paisanos de Berzo pidieron el cuerpo de este auténtico hijo de San Francisco y allí descansan sus restos.
Los documentos más preciosos de su vida son sus escritos, especialmente los “Diarios”, que son una colección de dichos de santos, de los cuales mayormente se alimentaba su espíritu. Fue beatificado por Juan XXIII el 12 de noviembre de 1961.
Manifestando desde niño su deseo de ser sacerdote, su madre apoyó la vocación de su hijo y llegado el momento lo alentó a entrar al seminario.
Fue ordenado sacerdote el 2 de junio de 1867.
Nombrado como coadjutor parroquial en una parroquia rural, se distinguió por su desprendimiento de las cosas, por la constancia en el confesionario, su caridad para con los pobres, la asistencia a los enfermos y la predicación humilde.
Conocedor de las virtudes del Padre Juan, fue nombrado por su obispo Vicerrector del Seminario. Un año después fue nuevamente destinado al trabajo pastoral parroquial en Berzo, donde desarrolló una intensa actividad apostólica, a base de oración, buen ejemplo y una predicación sencilla y paternal. Frecuenta en este lugar un convento capuchino y por el contacto con estos frailes va descubriendo que el Señor lo llamaba a una vida más austera.
Después de una mayor preparación espiritual, superadas no pocas dificultades, pidió ser admitido entre los Hermanos Menores Capuchinos, donde ingresó en 1874, con el nombre de Fray Inocencio.
Sus superiores lo destinaron a distintos conventos de la Orden en Italia, llevando a todos los lugares donde iba la irradiación de su santidad. En el convento de la Santísima Anunciata, encontró lo que su espíritu anhelaba: ser santo a toda costa. Allí se sumergía en la oración y realizaba una vida llena de sacrificio, de penitencia y de ocultamiento.
Además de pedir limosa, predicó ejercicios espirituales a sus cohermanos, en los cuales derramó la abundancia de su espíritu franciscano. En este ministerio de la predicación de ejercicios espirituales debió hacerse violencia, pues se consideraba poco capaz para ello.
Murió a los cuarenta y seis años, el 3 de marzo de 1890, en la enfermería del convento de Bérgamo. El Señor llamó a sí al siervo bueno y fiel que había vivido en la humildad y en la pobreza. Sus paisanos de Berzo pidieron el cuerpo de este auténtico hijo de San Francisco y allí descansan sus restos.
Los documentos más preciosos de su vida son sus escritos, especialmente los “Diarios”, que son una colección de dichos de santos, de los cuales mayormente se alimentaba su espíritu. Fue beatificado por Juan XXIII el 12 de noviembre de 1961.
lunes, 2 de marzo de 2026
Lecturas del 02/03/2026
¡Ay, mi Señor, Dios grande y terrible, que guarda la alianza y es leal con los que lo aman y cumplen sus mandamientos!
Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra.
Tú, mi Señor, tienes razón y a nosotros nos abruma la vergüenza, tal como sucede hoy a los hombres de Judá, a los habitantes de Jerusalén y a todo Israel, a los de cerca y a los de lejos, en todos los países por donde los dispersaste a causa de los delitos que cometieron contra ti.
Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti.
Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él. No obedecimos la voz del Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por medio de sus siervos, los profetas.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».
Palabra del Señor.
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