lunes, 19 de octubre de 2026
Lecturas del 19/10/2026
Hermanos:
Un tiempo estabais muertos por vuestras culpas y pecados, cuando seguíais el proceder de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dios. Como ellos, también nosotros vivíamos en el pasado siguiendo las tendencias de la carne, obedeciendo los impulsos del instinto y de la imaginación; y, por naturaleza, estábamos destinados a la ira, como los demás. Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —estáis salvados por pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.
En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir. Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso él que practicásemos.
En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús: «Maestro, dije a mi hermano que reparta conmigo la herencia».
Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?».
Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».
Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”.
Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.
Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».
Palabra del Señor.
19 de Octubre 2026 - San Pablo de la Cruz
Pablo Danei Massari nació en Ovada, Italia, el 3 de enero de 1694; más tarde se trasladó a Castellazzo-Bormida, no lejos de su pueblo natal. Su madre le enseñó a encontrar en la Pasión de Cristo la fuerza para superar las pruebas. Le recordaba del crucifijo cada vez que experimentaba algún sufrimiento. Enamorado de Jesús Crucificado desde su infancia, quiso entregarle toda su vida.
Su padre le leía las vidas de Santos y esto lo animaba mucho a ser mejor. Aquel buen hombre le avisaba también acerca de lo peligroso y dañino que es juntarse con malas compañías. Así lo libró de muchos males.
A los 15 años, un inspirado sermón cambió su vida. Su tema era la frase de Jesús: "Si no se convierten y no hacen penitencia, todos perecerán". Para Pablo fue el momento que él llama "conversión". Hizo una confesión general y desde aquel día empezó a una vida de penitencia muy rigurosa. Dormía en el suelo, ayunaba, dedicaba varias horas de la noche a rezar y a leer libros santos. Luego organizó con algunos de sus compañeros una asociación de jóvenes para ayudar a los demás con sus palabras y buenos ejemplos a ser mejores. Varios de esos muchachos se hicieron religiosos después. Durante una grave enfermedad, la visión del infierno le horrorizó.
Hacia 1715-1716, deseoso de servir a Cristo, se alistó en el ejército en Venecia. Quería defender el cristianismo de los turcos que amenazaban a Europa. Pero, mientras adoraba el Santísimo Sacramento en una iglesia, comprendió que no era aquella su vocación. Abandonó el camino militar, sirvió algunos meses en una familia y regresó a casa. Aunque un tío sacerdote le dejaba una herencia para que se casara, Pablo renunció. Rechazó también unos negocios muy prometedores que le ofrecían y se quedó por varios años en la casa de sus padres dedicado a la oración, a la meditación y a practicar la caridad hacia los pobres.
La Virgen María se le apareció y le dio a conocer el hábito, el emblema y el estilo de vida de una comunidad religiosa, que giraría siempre en torno a Jesucristo Crucificado. Pablo presentó estos mensajes al obispo de Alejandría, Mons. Gattinara y a su director espiritual. Previo el juicio de confesores prudentes, el obispo le revistió del hábito de la Pasión el 22 de noviembre de 1720. Se pasó 40 días en una habitación junta a la sacristía de la iglesia de San Carlos, en Castellazzo para redactar los Reglamentos de la futura comunidad a quienes llamaba "Los Pobres de Jesús". Vivía todo este tiempo a pan y agua y durmiendo en un lecho de paja. Sus experiencias y el estado de su espíritu durante aquella "cuarentena" se han conservado con el nombre de "Diario Espiritual".
Concluida la experiencia, el obispo le autorizó a vivir en la ermita de San Esteban de Castellazzo y a realizar apostolado como laico, ayudando a los sacerdotes a dar clases de catecismo y dando misiones. En el verano de 1721 viajó a Roma, con el deseo de obtener del Papa una audiencia, a fin de explicarle las luces recibidas sobre una futura Congregación. Los oficiales de la residencia Papal no le dejaron entrar por parecerles un aventurero más.
Su padre le leía las vidas de Santos y esto lo animaba mucho a ser mejor. Aquel buen hombre le avisaba también acerca de lo peligroso y dañino que es juntarse con malas compañías. Así lo libró de muchos males.
A los 15 años, un inspirado sermón cambió su vida. Su tema era la frase de Jesús: "Si no se convierten y no hacen penitencia, todos perecerán". Para Pablo fue el momento que él llama "conversión". Hizo una confesión general y desde aquel día empezó a una vida de penitencia muy rigurosa. Dormía en el suelo, ayunaba, dedicaba varias horas de la noche a rezar y a leer libros santos. Luego organizó con algunos de sus compañeros una asociación de jóvenes para ayudar a los demás con sus palabras y buenos ejemplos a ser mejores. Varios de esos muchachos se hicieron religiosos después. Durante una grave enfermedad, la visión del infierno le horrorizó.
Hacia 1715-1716, deseoso de servir a Cristo, se alistó en el ejército en Venecia. Quería defender el cristianismo de los turcos que amenazaban a Europa. Pero, mientras adoraba el Santísimo Sacramento en una iglesia, comprendió que no era aquella su vocación. Abandonó el camino militar, sirvió algunos meses en una familia y regresó a casa. Aunque un tío sacerdote le dejaba una herencia para que se casara, Pablo renunció. Rechazó también unos negocios muy prometedores que le ofrecían y se quedó por varios años en la casa de sus padres dedicado a la oración, a la meditación y a practicar la caridad hacia los pobres.
La Virgen María se le apareció y le dio a conocer el hábito, el emblema y el estilo de vida de una comunidad religiosa, que giraría siempre en torno a Jesucristo Crucificado. Pablo presentó estos mensajes al obispo de Alejandría, Mons. Gattinara y a su director espiritual. Previo el juicio de confesores prudentes, el obispo le revistió del hábito de la Pasión el 22 de noviembre de 1720. Se pasó 40 días en una habitación junta a la sacristía de la iglesia de San Carlos, en Castellazzo para redactar los Reglamentos de la futura comunidad a quienes llamaba "Los Pobres de Jesús". Vivía todo este tiempo a pan y agua y durmiendo en un lecho de paja. Sus experiencias y el estado de su espíritu durante aquella "cuarentena" se han conservado con el nombre de "Diario Espiritual".
Concluida la experiencia, el obispo le autorizó a vivir en la ermita de San Esteban de Castellazzo y a realizar apostolado como laico, ayudando a los sacerdotes a dar clases de catecismo y dando misiones. En el verano de 1721 viajó a Roma, con el deseo de obtener del Papa una audiencia, a fin de explicarle las luces recibidas sobre una futura Congregación. Los oficiales de la residencia Papal no le dejaron entrar por parecerles un aventurero más.
domingo, 18 de octubre de 2026
Lecturas del 18/10/2026
Esto dice el Señor a su Ungido, a Ciro: “Yo lo he tomado de la mano, para doblegar ante él las naciones y desarmar a los reyes, para abrir ante él las puertas, para que los portales no se cierren.
Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título de honor, aunque no me conocías.
Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios.
Te pongo el cinturón, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí.
Yo soy el Señor y no hay otro».
Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los Tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz.
En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones, pues sin cesar recordamos ante Dios, nuestro Padre, la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor.
Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido, pues cuando os anuncié nuestro evangelio, no fue solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo y con plena convicción.
En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?».
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto».
Le presentaron un denario.
Él les preguntó: «De quién son esta imagen y esta inscripción?».
Le respondieron: «Del César».
Entonces les replicó: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Palabra del Señor.
18 de Octubre 2026 - San Pedro de Alcántara
San Pedro de Alcántara nació en el año 1499 y murió el 18 de octubre de 1562. Pertenecía a una familia bastante noble. En 1515, toma los hábitos en el convento de San Pedro de los Majarretes, cerca de Valencia de Alcántara. A partir de ahora sería Fray Pedro de Alcántara.
Fundó el convento más pequeño del mundo, "El Palancar", cerca de Pedroso de Acim. Fue amigo y consejero de santa Teresa de Jesús. Carlos V lo llamó para que fuera su confesor pero no aceptó tal encargo. Fray Pedro siempre fue conocido en aquellos tiempos sobre todo por su vida de penitencia y oratoria. Redujo el "Libro de la oración y Meditación" de Fray Luis de Granada a su versión popular, el "Tratado de la oración y meditación".
En 1560 se encuentra con santa Teresa de Jesús en casa de Doña Guiomar de Ulloa y trata sobre la fundación del convento de Arenas, tras haber concluido antes las del convento de La Viciosa y del Rosario en términos de Oropesa. Entre ambos santos surge una profunda y sincera amistad. En adelante, Fray Pedro es el consejero fiel de la santa y quien la orienta y le da el impulso definitivo para iniciar la reforma del Carmelo con la fundación del convento de San José de Ávila.
Fray Pedro fija su residencia en Arenas en la primavera de 1562. Viajaba muchas veces en un asnillo, a Ávila, Oropesa y al convento de Ntra. Sra. del Rosario, situado en las proximidades del actual pantano del Rosarito. Mientras se construía el pequeño convento, vivía en una casa que tenía la cofradía del mismo nombre en el pueblo y que después se convirtió en Enfermería.
En el amanecer del 18 de octubre, alegre de verse ya de partida para la gloria, después de pedir perdón comenzó a rezar el salmo «miserere», quedándose absorto en la contemplación de la Trinidad y de la Virgen María. Vuelto en sí, y diciendo: «¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor!», entregaba su espíritu.
El nombre real de San Pedro de Alcántara fue Juan de Garavito y Vilela de Sanabria. Fue beatificado por el papa Gregorio XV en 1622 y canonizado por el Papa Clemente IX en 1669.
Fundó el convento más pequeño del mundo, "El Palancar", cerca de Pedroso de Acim. Fue amigo y consejero de santa Teresa de Jesús. Carlos V lo llamó para que fuera su confesor pero no aceptó tal encargo. Fray Pedro siempre fue conocido en aquellos tiempos sobre todo por su vida de penitencia y oratoria. Redujo el "Libro de la oración y Meditación" de Fray Luis de Granada a su versión popular, el "Tratado de la oración y meditación".
En 1560 se encuentra con santa Teresa de Jesús en casa de Doña Guiomar de Ulloa y trata sobre la fundación del convento de Arenas, tras haber concluido antes las del convento de La Viciosa y del Rosario en términos de Oropesa. Entre ambos santos surge una profunda y sincera amistad. En adelante, Fray Pedro es el consejero fiel de la santa y quien la orienta y le da el impulso definitivo para iniciar la reforma del Carmelo con la fundación del convento de San José de Ávila.
Fray Pedro fija su residencia en Arenas en la primavera de 1562. Viajaba muchas veces en un asnillo, a Ávila, Oropesa y al convento de Ntra. Sra. del Rosario, situado en las proximidades del actual pantano del Rosarito. Mientras se construía el pequeño convento, vivía en una casa que tenía la cofradía del mismo nombre en el pueblo y que después se convirtió en Enfermería.
En el amanecer del 18 de octubre, alegre de verse ya de partida para la gloria, después de pedir perdón comenzó a rezar el salmo «miserere», quedándose absorto en la contemplación de la Trinidad y de la Virgen María. Vuelto en sí, y diciendo: «¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor!», entregaba su espíritu.
El nombre real de San Pedro de Alcántara fue Juan de Garavito y Vilela de Sanabria. Fue beatificado por el papa Gregorio XV en 1622 y canonizado por el Papa Clemente IX en 1669.
sábado, 17 de octubre de 2026
Lecturas del 17/10/2026
Hermanos:
Habiendo oído hablar de vuestra fe en Cristo y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyente, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro.
Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios.
Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.
Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué razones os defenderéis o de lo que vais a decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir».
Palabra del Señor.
17 de Octubre 2026 - San Ignacio de Antioquía
Ignacio de Antioquía, también llamado Teóforo, que en griego quiere decir «Sustentador de Dios», fue probablemente un converso y discípulo de San Juan Evangelista. Nada sabemos de los primeros años de su vida. El historiador de la Iglesia Eusebio, en el siglo iv, nos dice que los apóstoles Pedro y Pablo, que implantaron la fe en Antioquía, dejaron instrucciones según las cuales Ignacio debía suceder a Evodio como obispo de aquella ciudad; más adelante asegura que Ignacio retuvo el cargo durante cuarenta años, dando muestras de ser un pastor ejemplar en todos los sentidos. Durante la persecución del emperador Domiciano, cuyo reino abarca el período de los años 81 al 96, Ignacio mantuvo el valor del rebaño mediante la prédica diaria, la oración y el ayuno. Después de la muerte de Domiciano cesaron las persecuciones en los quince meses que duró el reinado de Nerva; luego, en el reinado de Trajano, tenemos noticias de buen número de mártires, si bien no hubo persecución general. En una interesante carta a Plinio el Joven, entonces gobernador de la provincia de Bitinia, en el Mar Negro, Trajano sienta el principio de que los cristianos deben ser muertos cuando así se confiesen formalmente, y de no ser así no deben castigarse. El emperador era muy humano, pero, sin embargo, la gratitud que él creía deber a sus propios dioses paganos por las victorias obtenidas sobre los dacios y los escitas le llevó más tarde a autorizar la pena de muerte para aquellos cristianos que rehusaban reconocer esas divinidades públicamente.
Hay una leyenda que nos dice que el propio emperador Trajano, quien pasó el invierno del año 115 en Antioquía, examinó al anciano obispo Ignacio con preguntas como las que siguen:
«¿Quién eres tú, espíritu del mal, que osas desobedecer mis órdenes y que incitas a los demás para su propia destrucción?
»?Nadie puede llamar a Teóforo espíritu del mal ?le replicó el obispo.
»?¿Quién es Teóforo? »?Aquel que sostiene a Dios en su interior.
»?¿Y nosotros, no sustentamos dentro de nosotros a los dioses que nos han ayudado en contra de nuestros enemigos?
»?Yerras cuando llamas dioses a los que no son más que diablos. No hay más que un solo Dios, quien creó el cielo y la tierra y todo lo que en ellos hay; y un solo Jesús, hecho Cristo, en cuyo reino deseo ávidamente ser admitido. »?¿Aludes a Aquel que fue crucificado bajo Poncio 'Hatos? »?Sí, al mismo que con Su muerte crucificó a un tiempo el pecado y su autor y que ha proclamado que toda audacia del diablo será pisoteada por aquéllos que llevan a Él en sus corazones.
»?Así, pues ?preguntó el emperador?, ¿tú llevas a Cristo contigo?
Sí ¿dijo Ignacio?, pues está escrito : Anidaré en ellos y con ellos caminaré.»
Según la leyenda, Trajano ordenó la muerte de Ignacio. Este fue aprisionado y escoltado hasta Roma, en donde debía ser devorado por las fieras en el Coliseo. De aquí en adelante nos encontramos en terreno seguro, históricamente hablando. Tenemos las propias cartas de Ignacio, siete de las cuáles aún existentes, que nos cuentan la historia. En el puerto de Seleucia abordaron un barco que hizo muchas paradas a lo largo de la costa de Asia Menor, en vez de ir directamente a Roma. Algunos de los amigos de Ignacio emprendieron el camino directamente hacia el Oeste y llegaron a Roma antes que él, esperando allí su llegada. Durante buena parte del viaje tuvo por compañeros a un diácono, Filo, y a un amigo, Agathopus, supuestos autores del relato de su martirio. A bordo del barco, Ignacio estaba custodiado por diez soldados tan brutales que nos habla de ellos como los «diez leopardos» y añade que todavía se volvían peores cuando se les trataba amablemente.
Allí donde el barco hacía escala, los cristianos de la localidad mandaban obispos y sacerdotes al encuentro del venerable obispo y la multitud se reunía para recibir la bendición de aquél que ya era reverenciado como un mártir.
En Esmirna, Ignacio se encontró con su antiguo discípulo el obispo Policarpo 1 y llegaron delegaciones desde Éfeso, Magnesia y Tralles, tres antiguas ciudades de Asia Menor que tenían colonias cristianas. Ignacio escribió cartas que debían llevarse a esas varias iglesias, y en ellas exhortaba a sus miembros a mantener la armonía con sus obispos y clero, a reunirse a menudo en oración, a ser dulces humildes y a sufrir las injurias sin protestar. Les alaba por su real celo contra la herejía y en particular les pone en guardia contra la doctrina docética.
Una de sus siete cartas existentes se dirige a los cristianos de Roma, a los cuales ruega apasionadamente que no hagan nada para evitar su martirio. En esa época la cristiandad tenía cierto número de conversos influyentes y algunas de estas personas hubieran podido conseguir que su sentencia fuera mitigada. El autor satírico contemporáneo y pagano Luciano, quien casi de seguro se hallaba familiarizado con las cartas y vida de Ignacio, nos aporta su testimonio en su diálogo La muerte de Peregrinus en lo que hace referencia a la devoción de los cristianos entre sí. Esta obra suya es una interesante ilustración de la actitud que asumía un griego culto y escéptico frente a la nueva religión.
Los guardianes estaban ansiosos por llegar a Roma con su prisionero antes de que finalizaran los grandes juegos públicos, ya que las víctimas de aspecto venerable siempre constituían una gran atracción. En Troas, en donde el barco hizo escala, Ignacio escribió cartas a los filadelfos, 3 a los esmirnos y a Policarpo. Desde Troas, según nos dicen, el barco hizo velas hacia el puerto macedonio de Neápolis y de allí a Filipa. El pequeño grupo cruzó Macedonia y el Epiro a pie y embarcó para el viaje en torno a Italia. Estos detalles, junto con el relato de la llegada a Roma, se encuentran en las Actas de los Mártires; 4 pero, aun así, pueden ponerse en duda. Nos dicen que al acercarse el santo a Roma, los creyentes salieron a recibirle, alegrándose con su presencia, pero doliéndose de su próxima pérdida. Él les advirtió que no hiciesen nada para obtener su liberación. De acuerdo con la tradición, llegó a Roma el 20 de diciembre, último día de los juegos, y en seguida se le llevó ante el prefecto al cual se había entregado la carta del emperador. Por orden del prefecto se llevó apresuradamente al prisionero al Coliseo, donde soltaron dos fieros leones que mataron a Ignacio en seguida. De este modo sus ruegos por obtener una muerte de mártir fueron atendidos.
Hay pruebas de que parte de los restos del mártir fueron llevados a Antioquía y allí venerados. Cuando San Jerónimo visitó Antioquía, unos trescientos años más tarde, escribió que dichas reliquias habían sido llevadas «a un cementerio, pasada la puerta de Dafne». Se cree que en él, año 637 volvieron a llevarse a Roma para que descansaran en la iglesia de San Clemente. Por el antiguo martirologio siríaco sabemos que la fiesta del mártir se celebró en el Este el día 17 de octubre. San Juan Crisóstomo,5 obispo de Constantinopla en el siglo iv, predicó un panegírico famoso de Ignacio, pero, aun entonces, ya la leyenda se había mezclado a la historia y suponía que el propio apóstol San Pedro había sido quien propusiera la silla episcopal a Ignacio. Más tarde, toda una correspondencia se fabricó, incluyendo cartas que se habían cruzado entre Ignacio y la Virgen María, cuando ella aún moraba en la tierra, después de la Ascensión de Jesús.
Contrastando con estos elementos legendarios y ficticios, las siete cartas más arriba mencionadas como habiendo sido escritas por Ignacio durante su viaje a Roma, que han llegado completas hasta nosotros, han sido aceptadas como absolutamente auténticas por los modernos estudiosos. Su gran importancia estriba en la luz que arrojan sobre la organización, creencias y prácticas de la Iglesia Cristiana, unos ochenta y cinco años después de la muerte de Cristo. Ignacio es el primero, aparte de los escritores del Nuevo Testamento, en dar importancia al Nacimiento de una Virgen. A los efesios les escribe: «Y para el príncipe de este mundo fue apartada la virginidad de María y su preñez y, asimismo, también la muerte del Señor.»
También presupone la doctrina de la Trinidad y en él observamos una afinidad con ciertas definiciones más tardías de la naturaleza de Cristo cuando en la misma carta leemos : «Hay un doctor de la carne y del espíritu, engendrado y no engendrado, Dios hecho hombre, verdadera vida en muerte, hijo de María e hijo de Dios, primero sufriente y luego más allá del sufrimiento, Jesucristo nuestro Señor.» No menos notables son las frases que emplea para describir la Eucaristía. Es «la carne de Cristo». «El don de Dios» «la medicina narra la inmortalidad». Repetidamente hace hincapié en la lealtad y obediencia debidas al obispo en tanto que transmisor de la verdadera tradición apostólica, así como en la necesidad de unidad y paz. Por último, es en una carta suya dirigida a la iglesia de Esmirna en donde por vez primera en la literatura cristiana se habla de «la Iglesia Católica». «Allí donde el obispo aparece ?escribe? debe estar la gente, así como allí donde esté el Cristo está la Iglesia Católica.»
El martirio de Ignacio y su importante contribución al desarrollo de la doctrina de la Iglesia han hecho que su nombre exista en el Canon de la Misa.
Hay una leyenda que nos dice que el propio emperador Trajano, quien pasó el invierno del año 115 en Antioquía, examinó al anciano obispo Ignacio con preguntas como las que siguen:
«¿Quién eres tú, espíritu del mal, que osas desobedecer mis órdenes y que incitas a los demás para su propia destrucción?
»?Nadie puede llamar a Teóforo espíritu del mal ?le replicó el obispo.
»?¿Quién es Teóforo? »?Aquel que sostiene a Dios en su interior.
»?¿Y nosotros, no sustentamos dentro de nosotros a los dioses que nos han ayudado en contra de nuestros enemigos?
»?Yerras cuando llamas dioses a los que no son más que diablos. No hay más que un solo Dios, quien creó el cielo y la tierra y todo lo que en ellos hay; y un solo Jesús, hecho Cristo, en cuyo reino deseo ávidamente ser admitido. »?¿Aludes a Aquel que fue crucificado bajo Poncio 'Hatos? »?Sí, al mismo que con Su muerte crucificó a un tiempo el pecado y su autor y que ha proclamado que toda audacia del diablo será pisoteada por aquéllos que llevan a Él en sus corazones.
»?Así, pues ?preguntó el emperador?, ¿tú llevas a Cristo contigo?
Sí ¿dijo Ignacio?, pues está escrito : Anidaré en ellos y con ellos caminaré.»
Según la leyenda, Trajano ordenó la muerte de Ignacio. Este fue aprisionado y escoltado hasta Roma, en donde debía ser devorado por las fieras en el Coliseo. De aquí en adelante nos encontramos en terreno seguro, históricamente hablando. Tenemos las propias cartas de Ignacio, siete de las cuáles aún existentes, que nos cuentan la historia. En el puerto de Seleucia abordaron un barco que hizo muchas paradas a lo largo de la costa de Asia Menor, en vez de ir directamente a Roma. Algunos de los amigos de Ignacio emprendieron el camino directamente hacia el Oeste y llegaron a Roma antes que él, esperando allí su llegada. Durante buena parte del viaje tuvo por compañeros a un diácono, Filo, y a un amigo, Agathopus, supuestos autores del relato de su martirio. A bordo del barco, Ignacio estaba custodiado por diez soldados tan brutales que nos habla de ellos como los «diez leopardos» y añade que todavía se volvían peores cuando se les trataba amablemente.
Allí donde el barco hacía escala, los cristianos de la localidad mandaban obispos y sacerdotes al encuentro del venerable obispo y la multitud se reunía para recibir la bendición de aquél que ya era reverenciado como un mártir.
En Esmirna, Ignacio se encontró con su antiguo discípulo el obispo Policarpo 1 y llegaron delegaciones desde Éfeso, Magnesia y Tralles, tres antiguas ciudades de Asia Menor que tenían colonias cristianas. Ignacio escribió cartas que debían llevarse a esas varias iglesias, y en ellas exhortaba a sus miembros a mantener la armonía con sus obispos y clero, a reunirse a menudo en oración, a ser dulces humildes y a sufrir las injurias sin protestar. Les alaba por su real celo contra la herejía y en particular les pone en guardia contra la doctrina docética.
Una de sus siete cartas existentes se dirige a los cristianos de Roma, a los cuales ruega apasionadamente que no hagan nada para evitar su martirio. En esa época la cristiandad tenía cierto número de conversos influyentes y algunas de estas personas hubieran podido conseguir que su sentencia fuera mitigada. El autor satírico contemporáneo y pagano Luciano, quien casi de seguro se hallaba familiarizado con las cartas y vida de Ignacio, nos aporta su testimonio en su diálogo La muerte de Peregrinus en lo que hace referencia a la devoción de los cristianos entre sí. Esta obra suya es una interesante ilustración de la actitud que asumía un griego culto y escéptico frente a la nueva religión.
Los guardianes estaban ansiosos por llegar a Roma con su prisionero antes de que finalizaran los grandes juegos públicos, ya que las víctimas de aspecto venerable siempre constituían una gran atracción. En Troas, en donde el barco hizo escala, Ignacio escribió cartas a los filadelfos, 3 a los esmirnos y a Policarpo. Desde Troas, según nos dicen, el barco hizo velas hacia el puerto macedonio de Neápolis y de allí a Filipa. El pequeño grupo cruzó Macedonia y el Epiro a pie y embarcó para el viaje en torno a Italia. Estos detalles, junto con el relato de la llegada a Roma, se encuentran en las Actas de los Mártires; 4 pero, aun así, pueden ponerse en duda. Nos dicen que al acercarse el santo a Roma, los creyentes salieron a recibirle, alegrándose con su presencia, pero doliéndose de su próxima pérdida. Él les advirtió que no hiciesen nada para obtener su liberación. De acuerdo con la tradición, llegó a Roma el 20 de diciembre, último día de los juegos, y en seguida se le llevó ante el prefecto al cual se había entregado la carta del emperador. Por orden del prefecto se llevó apresuradamente al prisionero al Coliseo, donde soltaron dos fieros leones que mataron a Ignacio en seguida. De este modo sus ruegos por obtener una muerte de mártir fueron atendidos.
Hay pruebas de que parte de los restos del mártir fueron llevados a Antioquía y allí venerados. Cuando San Jerónimo visitó Antioquía, unos trescientos años más tarde, escribió que dichas reliquias habían sido llevadas «a un cementerio, pasada la puerta de Dafne». Se cree que en él, año 637 volvieron a llevarse a Roma para que descansaran en la iglesia de San Clemente. Por el antiguo martirologio siríaco sabemos que la fiesta del mártir se celebró en el Este el día 17 de octubre. San Juan Crisóstomo,5 obispo de Constantinopla en el siglo iv, predicó un panegírico famoso de Ignacio, pero, aun entonces, ya la leyenda se había mezclado a la historia y suponía que el propio apóstol San Pedro había sido quien propusiera la silla episcopal a Ignacio. Más tarde, toda una correspondencia se fabricó, incluyendo cartas que se habían cruzado entre Ignacio y la Virgen María, cuando ella aún moraba en la tierra, después de la Ascensión de Jesús.
Contrastando con estos elementos legendarios y ficticios, las siete cartas más arriba mencionadas como habiendo sido escritas por Ignacio durante su viaje a Roma, que han llegado completas hasta nosotros, han sido aceptadas como absolutamente auténticas por los modernos estudiosos. Su gran importancia estriba en la luz que arrojan sobre la organización, creencias y prácticas de la Iglesia Cristiana, unos ochenta y cinco años después de la muerte de Cristo. Ignacio es el primero, aparte de los escritores del Nuevo Testamento, en dar importancia al Nacimiento de una Virgen. A los efesios les escribe: «Y para el príncipe de este mundo fue apartada la virginidad de María y su preñez y, asimismo, también la muerte del Señor.»
También presupone la doctrina de la Trinidad y en él observamos una afinidad con ciertas definiciones más tardías de la naturaleza de Cristo cuando en la misma carta leemos : «Hay un doctor de la carne y del espíritu, engendrado y no engendrado, Dios hecho hombre, verdadera vida en muerte, hijo de María e hijo de Dios, primero sufriente y luego más allá del sufrimiento, Jesucristo nuestro Señor.» No menos notables son las frases que emplea para describir la Eucaristía. Es «la carne de Cristo». «El don de Dios» «la medicina narra la inmortalidad». Repetidamente hace hincapié en la lealtad y obediencia debidas al obispo en tanto que transmisor de la verdadera tradición apostólica, así como en la necesidad de unidad y paz. Por último, es en una carta suya dirigida a la iglesia de Esmirna en donde por vez primera en la literatura cristiana se habla de «la Iglesia Católica». «Allí donde el obispo aparece ?escribe? debe estar la gente, así como allí donde esté el Cristo está la Iglesia Católica.»
El martirio de Ignacio y su importante contribución al desarrollo de la doctrina de la Iglesia han hecho que su nombre exista en el Canon de la Misa.
viernes, 16 de octubre de 2026
Lecturas del 16/10/2026
Hermanos:
En Cristo hemos heredado también los hijos de Israel, los que ya estábamos destinados por decisión del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria quienes antes esperábamos en el Mesías.
En él también vosotros, después de haber escuchado la palabra de la verdad —el evangelio de vuestra salvación—, creyendo en él habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido.
Él es la prenda de nuestra herencia, mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, para alabanza de su gloria.
En aquel tiempo, miles y miles de personas se agolpaban. Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos: «Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía, pues nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse.
Por eso, lo que digáis en la oscuridad será oído a plena luz, y lo que digáis al oído en las recámaras se pregonará desde la azotea.
A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más.
Os voy a enseñar a quién tenéis que temer: temed al que, después de la muerte, tiene poder para arrojar a la “gehenna”. A ese tenéis que temer, os lo digo yo.
¿No se venden cinco pájaros por dos céntimos? Pues ni de uno solo de ellos se olvida Dios.
Más aún, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. No tengáis miedo: valéis más que muchos pájaros».
Palabra del Señor.
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