martes, 31 de enero de 2017

San Juan Bosco

La casa de un labrador, en la aldea de los Becchi, a una legua de la pequeña villa de Castelnuovo d'Asti y a cinco leguas de la gran ciudad de Turín. Casa de cristianos y de trabajadores, donde el pobre y el peregrino encontraban siempre un pedazo de pan, un plato de sopa y un asiento junto al fuego. Al frente de ella, una viuda joven, una mujer fuerte, como aquellas mujeres bíblicas cuyas manos dejan sementera de milagros. Se llama Margarita. Dos hijos, Juan y José, y un hijastro, Antonio, viven bajo su dirección, y ella les señala el trabajo, los educa y los enseña a ser hombres. Todos trabajan, cada cual según sus fuerzas: Juanito pastorea la vaca junto a los caminos. Por ser el más pequeño, las gentes le llaman Boschetto. A pesar de sus pocos años, empieza ya a hacerse popular en el pueblo vecino de Castelnuovo, adonde llega en compañía de su madre los días de mercado. Mientras Margarita vende su saco de maíz o su canasta de huevos, el muchacho se junta a la multitud que rodea a los juglares y prestidigitadores, o bien comercia con los pájaros que ha cogido en el bosque, mientras guardaba su vaca en el prado comunal. Tiene un verdadero genio para el comercio. No sabe leer; aún no ha hecho la primera comunión, pero nunca deja de colocar su mercancía. Y después se sube a un árbol o a una silla para observar a los saltimbanquis. Sus ojos ardientes chispean de curiosidad, sus cabellos negros y ensortijados se encrespan en los momentos de emoción. Quiere aprender el oficio, para reunir también él a las multitudes y llevarlas a Dios.

A los nueve años recibe el primer mensaje del Cielo: «Tuve un sueño—dice él mismo—, un sueño que me impresionó profundamente y para toda la vida.» Parecióle que se encontraba entre un corro de muchachos que se divertían jugando y blasfemando. Indignado al oír sus blasfemias, se arroja sobre ellos repartiendo bofetadas y puntapiés. Pero oye una voz que le dice: «¡Así, no! Todos éstos serán amigos tuyos por la caridad y la dulzura.» Y repentinamente vio que aquellos muchachos, parecidos antes a manadas de osos, de perros y de jabalíes, se transformaban en mansos corderillos. Juan cuenta su sueño, y todos en casa se esfuerzan en interpretarle: «Serás pastor», dice José. «Serás capitán de bandidos», observa Antonio, que tiene ya veinte años y no mira con buenos ojos a su hermano menor. Pero la madre dice pensativa: «¡Quién sabe si no será sacerdote!» Juan siente los primeros gérmenes de una vocación divina: la de atraer a los muchachos para hacerlos buenos; y piensa que no en vano se fijó en las piruetas de los saltimbanquis de Castelnuovo. Ya sabe bailar en la cuerda y caminar con las manos y cortar la cabeza a un pollo para resucitarle luego, y tragar un sable y comer fuego. Tiene, además, una memoria prodigiosa, hasta poder repetir palabra por palabra el sermón que ha oído al cura el último Domingo. Es ágil, fuerte, despierto, imaginativo y nervioso. Un vecino de los Becchi, que tiene cuatro libros, le enseña a leer en unas semanas. Cuando se dirige al prado con su vaca, en el zurrón del pastor, junto con el pan, mete un librito viejo y manoseado. Es un catecismo, y, sentado junto al arroyo, se pasa las horas leyendo. Ya no busca nidos como antes, ya no se mezcla en los juegos con los demás muchachos; a lo más, cuida sus vacas mientras ellos se divierten. Ellos le interpelan, le instan, le insultan y le golpean; pero él los desarma con una sola palabra: «Quiero estudiar para sacerdote.» Desde entonces le empiezan a mirar con tal veneración, que se agrupan en torno suyo para escuchar sus sermones.

El Boschetto inaugura su apostolado: los domingos atrae a la gente con sus acrobacias y sus juglerías. Junto a su casa hay un soto donde crecen dos perales. Ata una cuerda que va del uno al otro, trepa en un balancín y camina sobre ella; hace juegos de prestidigitación y echa las cartas con una limpieza maravillosa. Ya puede dar representaciones al aire libre: lleva su cuerda, su pedazo de alfombra, su baraja, un cubilete, una caja de doble fondo que él mismo se ha fabricado, los utensilios todos de un charlatán de feria. Lleva también una gallina, un conejo y un pichón, que pide prestados a un vecino. Su voz fuerte llega a todos los ángulos de la aldea, y arrastra a los viejos lo mismo que a los niños, a los hombres lo mismo que a las mujeres. Van dispuestos a conocer los grandes secretos de la ciencia moderna; pero antes tienen que oír una lección de catecismo, o la explicación del Evangelio de aquel día, o el relato de algún suceso bíblico. Tal vez más de uno se marcha impacientado, pero el Boschetto sabe amenizar su sermón con alusiones a la próxima cosecha o con imágenes caseras. Cuando termina la plática, se santigua y empieza a manifestar sus habilidades. De pronto, en lo mejor de un experimento, se interrumpe, diciendo: «Ahora recemos el rosario.» Al fin, el pollo aparecía decapitado sobre la alfombra, y acto seguido empezaba a cantar y saltaba alborozado. Los circunstantes aplaudían, salvo alguno que pensaba si todo aquello sería efecto de un pacto con el demonio; salvo, también, el hermanastro, que solía recibir al vencedor a la puerta de casa con palabras como éstas: «¡Imbécil! Se han reído de ti.» «¡Qué importa!—contestaba Juan—; se han divertido honestamente, se han librado de la blasfemia, han rezado y han aprendido la doctrina cristiana.»

Pero el hijo de Margarita no estaba satisfecho: quería ser sacerdote; una locura, tratándose de un pobre aldeano sin medios para costear la carrera. Cerca de los Becci vive un sacerdote, que se ofrece a enseñarle; y empieza a aprender italiano, pues su lengua materna era el piamontés. Diariamente recorre Juan los diez kilómetros que hay desde los Becchi a Murialdo y desde Murialdo a los Becchi. Antes del alba ya está en su camino con el libro bajo el brazo. Pero Antonio considera que aquello es perder tiempo. ¡Italiano, latín! ¿Para qué sirve eso en una casa de labradores? «Yo me he criado fuerte y no conozco esas cosas», dice, con un argumento contundente. Y Juan le hace esta picante observación: «No sabes lo que dices. Por muy ignorante que seas, nunca serás más fuerte que nuestro burro.» Como consecuencia de aquella antipatía, Juan tuvo que salir de casa y marchar a servir, a guardar vacas en una casa ajena. Guardaba sus vacas, seguía estudiando bajo los sauces y ganaba quince liras anuales.

Dos años más tarde, un extraño alumno se presentaba en la escuela comunal de Castelnuovo. Venia de los Becchi con los zapatos en la mano, para no embarrarlos; un zurrón de pastor a la espalda, y en el zurrón, la comida: queso y pan. Los escolares le reciben con risas maliciosas; los maestros, con miradas adustas. Con uno de ellos tiene que sostener este diálogo:

—¿Cómo te llamas?
—Juan Bosco.
—¿Cuántos años tienes?
—Dieciséis.
—¿Qué escuelas has frecuentado?
—Ninguna.

Juan Bosco consigue a duras penas que le admitan a aprender latín. Cada mañana llega a Castelnuovo fatigado y jadeante, hasta que encuentra caritativo alojamiento en una familia cristiana. Semanalmente su madre le lleva un saco de pan, que debe ser su desayuno, su comida y su cena, y sólo de tarde en tarde prueba un cazuelo de sopa humeante. Estudia heroicamente, aunque los maestros no hacen caso de él. Al mismo tiempo perfecciona sus habilidades de prestidigitador y se hace sastre, herrero, tocador de vihuela y cantor de iglesias. Todo oficio es bueno para él. No sólo aprendía lo que un día u otro podría servirle, sino que de paso ganaba algunos sueldos para comprar libros. Tiene la pasión de los libros. En una librería de viejo ve las obras de San Alfonso de Ligorio. Quiere comprarlas, pero no tiene las veinte liras que cuestan. En esto le dicen que el pueblo cercano de Montana celebra una gran fiesta, en la cual no falta el juego de la cucaña con premios. El Boschetto llega a Montafia, ve el largo mástil plantado en medio de la plaza, un mástil pulido a garlopa y jabonado, y se dispone a tomar parte en la lucha. Uno a uno van trepando los que intentan la hazaña, y uno tras otro caen desalentados. A su vez, Juan se abraza al poste, avanza despacio, cruza las piernas, descansa en los talones y se limpia las manos del jabón escurridizo. Sube lentamente, pero seguro; y la multitud le contempla sin pestañear. Al llegar a la cima, encuentra una bolsa, y en la bolsa las veinte liras que necesita para comprar las obras de San Alfonso.

Al poco tiempo Juan ya no tiene nada que aprender en Castelnuovo, y gracias a la caridad de algunas almas buenas, logra entrar en el liceo de Chieri, que es toda una ciudad. Al verle por primera vez con sus pobres vestidos, con sus manazas de herrero y sus zapatos de aldeano, el director le recibe con este exabrupto: «Este mozarrón es un gran talento o un gran burro.» Bosco estudia con la tenacidad de su temperamento y a la vez aprende un oficio nuevo, el de caballerizo. Sus condiscípulos le rodean, le admiran, le escuchan y le aman, y entonces funda la Sociedad de la Alegría, una reunión de muchachos que trabajan y estudian durante la semana, y el domingo se divierten. Las conversaciones malas, las blasfemias, los malos ejemplos, los insultos, están prohibidos en ella. Pero en todo Chieri los muchachos más alegres, los más felices, son los amigos del Bochetto. Juan vive ahora en casa de un confitero, que le enseña el oficio de la repostería y le propone una participación ventajosa en el negocio. Él rechaza la oferta, resuelto a consagrarse a Dios. Durante algún tiempo piensa hacerse franciscano; y al exponer a su madre la idea, recibe esta respuesta admirable: «Sólo una cosa tengo que decirte, y es que examines tu vocación, y después la sigas sin vacilar. Lo primero, la salvación de tu alma. Hay quien me dice que te niegue mi permiso para hacerte fraile, porque el día de mañana podría necesitar de ti; pero yo no quiero nada ni espero nada. He nacido en la pobreza y en ella quiero morir. Y ahora te digo solemnemente que si te hicieras sacerdote y, por desventura, llegaras a ser rico, yo no iría nunca más a verte.»

A los sueños franciscanos sucedieron los anhelos misioneros. El joven estudiante se imaginaba que los lobos simbólicos de su sueño infantil eran los paganos de más allá de los mares, y durante algún tiempo pensó marcharse a Tonquín. Esta incertidumbre no le impedía seguir estudiando la retórica y la filosofía, ni divertir a sus compañeros con sus prodigiosas habilidades de juglar. El 25 de octubre de 1835 viste por vez primera el hábito clerical, y en el fervor de su nuevo estado, en la generosa plenitud de los veinte años, se entrega completamente a Dios. «Desde ese día —refiere él mismo—tuve que preocuparme más seriamente de mí. Era preciso reformar la vida que hasta entonces había llevado. Sin ser un criminal, había sido disipado, vanidoso, amigo de paseos, juegos, saltos y cosas parecidas, que me alegraban momentáneamente, pero que no me saciaban el corazón.» Había tenido todo el entusiasmo de un apóstol, pero ahora empezaba a darse cuenta del peligro de la acción exterior, cuando no corre pareja con el cultivo de la vida interna. Recordaba la palabra del Kempis: «Mejor es esconderse y cuidar de sí, que con descuido propio hacer milagros.» Mucho le sirvió en esta época el trato con otro seminarista, espejo de inocencia, que se llamaba Luis Comollo, y le consagró la más dulce amistad. Con él hizo el Boschetto un pacto terrible, que desaprobó más tarde. Los dos prometieron solemnemente que el primero que muriera volvería a este mundo a avisar al otro de su destino. Y de tal manera les obsesionaba este pensamiento, que no podían verse sin recordar el compromiso. «Yo seré el que volverá», decía Luis siempre. Y, efectivamente, el 2 de abril de 1839 fue arrebatado a su amigo. «Al día siguiente de su sepultura—dice Don Bosco—, estábamos ya acostados todos los alumnos del curso de teología. Yo no podía dormir; lleno de inquietud, pensaba en nuestro pacto.» Al sonar las doce, un fragor sordo avanza por el corredor. Parecía un carro arrastrado por muchos caballos. Los seminaristas se despertaron y corrieron despavoridos a cobijarse en un rincón del dormitorio. Petrificado de horror, Bosco vio que se abría violentamente la puerta, y entre una luz que se acercaba a su lecho, oyó estas palabras: «¡Bosco, Bosco, Bosco! ¡Me he salvado! » «Fue tal mi terror—añade—, que hubiera preferido morir.»

El día 6 de junio de 1841, el pastorcillo de los Becchi decía su primera misa en la iglesia de San Francisco, de Turín, y ese mismo día escribía estas palabras: «El sacerdote no va solo al Cielo ni al infierno; por eso me empeñaré en observar las siguientes resoluciones: Ocupar bien el tiempo; padecer, trabajar y humillarme en todo y siempre que se trate de salvar almas; tomar por guía la caridad y dulzura de San Francisco de Sales; no conversar con mujeres, si no es por una necesidad espiritual.» Y cuando, unos días más tarde, entraba en su casuca de los Becchi, su madre, sentándose frente a él y poniendo sus manos sobre sus rodillas, le miró cara a cara y le habló así: «Ya eres sacerdote; dices misa, estás más cerca de Cristo. Pero acuérdate, Juan, de mis palabras: comenzar a decir misa significa comenzar a padecer. No lo advertirás en seguida; pero más tarde verás que tu madre no te ha engañado. Estoy segura de que todos los días rezarás por mí, esté viva o muerta, y eso me basta. De ti no quiero más. Tú, en adelante, piensa en la salud de las almas.» Un pronóstico semejante acababa de hacer acerca del ordenado un viejo sacerdote de Turín, que gozaba fama de santo: «¡Qué joven eres y qué inexperto!», le dijo tirándole de la sotana, cual si quisiera desgarrársela. «¿La encontráis acaso demasiado fina?», preguntó Juan Bosco. «¡Qué inexperto eres!—repuso, con aire de profeta, Don Cottolengo—. Los muchachos te rodearán a millares; uno te tirará de la derecha, otro de la izquierda, y tu pobre sotana se hará trizas; procura hacerla de una tela más fuerte.»

Poco tiempo después, Don Bosco se encuentra en Turín rodeado de biricchini, es decir, de tunantes. Llega primero uno, y el nuevo sacerdote le recibe en la sacristía de la iglesia, le acaricia, le enseña a santiguarse, a rezar y a leer. Este trae a otros seis, aprendices de albañil, pero más acostumbrados a correr las calles que a manejar la llana. Don Bosco los entretiene, contándoles historias edificantes, poniendo en juego todos los resortes de su ingenio inagotable y enseñándoles canciones compuestas por él mismo. Tal fue el origen de aquellas reuniones de muchachos que el fundador llamó oratorios festivos. Al mes son ya ciento; a los tres meses, doscientos; aquellos golfillos, que acababan tal vez de salir de la prisión, que no tenían educación, ni trabajo, ni morada fija, escuchaban ahora religiosamente le explicación del Evangelio, aprendían la doctrina cristiana, y luego atravesaban las calles en alegre procesión, entonando bellas canciones y buscando una iglesia donde oír la misa. Obra noble, espléndidamente civilizadora, pero que no todo el mundo supo comprender. Las buenas gentes se escandalizaban de la alegría de aquella tropa bulliciosa, su extravagante capitán era considerado como un loco, y las mismas autoridades, interesadas en sanear la ciudad, se opusieron tercamente a aquella empresa disparatada. Los mismos curas murmuraban de aquella educación al aire libre, como de una cosa herética, y fruncían el entrecejo cuando Don Boco les decía: «Mis biricchini no tienen parroquia, porque no tienen domicilio ni familia. Si vosotros queréis atraerlos, sea en buen hora; preparad un patio con juegos y música; enseñadles catecismo, lecturas y cuentas; dadles también el desayuno y un poco de merienda por la tarde; y buscadles trabajo en las fábricas, porque ellos quieren ganarse la vida.»

Todo esto era lo que Don Bosco hacía con sus pequeñuelos. Ninguna contradicción podía desalentarle; ninguna dificultad acobardarle. Quisieron detenerle, como a un revolucionario; quisieron llevarle al manicomio, como a un demente; pero logró superar todos los obstáculos con su diplomacia maravillosa. Le desalojaron de los patios, de las iglesias y hasta de las calles, y él buscó un prado en las afueras de la ciudad. «Mi misión es consagrarme a la juventud—decía, poniendo una vibración apasionada en el acento de su voz y un fulgor extraordinario en sus ojos negros—. La divina Providencia me ha mandado mis biricchini; y cuantos más vengan, mejor.» Parecía un sonador, pero un instinto infalible le guiaba, o, por mejor decir, una ciencia sobrenatural, en que se fundían equilibradamente la discreción, la prudencia y el don de gentes. Este juicio claro en medio del caos de los tiempos en que vive, le saca triunfante de todas las luchas. Su institución se amplía sin cesar; la turba de chicuelos se multiplica; el Oratorio festivo se convierte en los Oratorios de San Francisco de Sales, organismo permanente, que es al mismo tiempo taller, templo, escuela, salón de juego y vivienda. Allí Don Bosco enseña el trabajo, la oración, la música, las letras y los juegos; allí su madre, mamá Margarita, como dicen los muchachos, reparte un plato de menestra, un pedazo de pan y un poco de fruta, si lo tiene. Y los niños viven contentos, rezan, juegan, corren, trabajan y obedecen ciegamente las órdenes de su director. Los lobos han sido transformados en corderos, y las gentes preguntan al prodigioso encantador: «Pero, ¿cómo hacéis para atraerlos de esa manera?» «Amándolos», responde él, sonriente.

Pero Don Bosco no es sólo su educador, el educador más grande de los tiempos modernos. Su corazón de apóstol le lleva a desarrollar su actividad en todos los campos donde se combate a la Iglesia: predica, confiesa, escribe, propaga la devoción a María Auxiliadora, discute con la palabra y con la pluma, se hace periodista, publica libros de ciencia y de religión, confunde a los herejes, aconseja a los extraviados y deshace las tramas de los enemigos de la fe. Es el tipo auténtico del soldado de Cristo, del conquistador ambicioso de almas. Los adversarios no pueden perdonarle sus derrotas y conjuran contra él. Muchas veces pasan las balas silbando en torno suyo; muchas veces aguardan los asesinos la ocasión propicia para asestar el golpe mortal; pero él sigue trabajando con el mismo aliento. Un día el arma de fuego atraviesa su sotana: «¡Bah! —exclama él—; mamá Margarita tendrá que remendarla.» Una providencia especial le saca de todos los peligros, y durante doce años un perro misterioso, un ejemplar imponente de la raza fuerte y ágil de los perros de pastor, aparecía a su lado en medio de los momentos difíciles. Muchas veces se le vio rondar en torno al Oratorio; pero nadie pudo averiguar su origen. Se le llamaba el Gris. «Una noche—dice Don Bosco—volvía solo a casa, con algún recelo, a causa de los numerosos atentados de que fui víctima por aquel tiempo, cuando veo junto a mí un porrazo, que de pronto me asustó; pero como no mostrase intenciones hostiles; y más bien me hiciera cariños, pronto nos hicimos amigos, y me acompañó hasta casa. Lo mismo que esa noche, ocurrió otras muchas veces.»

El prestigio de Don Bosco se había aumentado prodigiosamente, y con su prestigio, su obra. Tenía colaboradores, se multiplicaban los discípulos, su nombre corría por toda Italia, su instinto pasaba las fronteras, se extendía por Francia y por España y llegaba a las naciones del otro lado del Océano. Los Pontífices aprobaban sus iniciativas, los pueblos le admiraban, los príncipes le favorecían, y él seguía trabajando con la misma sencillez, con el mismo fervor, con el mismo fruto que en sus primeros días. A su lado trabajaban sus hijos, los Padres salesianos, dominados de su mismo entusiasmo, empujados por su mismo espíritu. Burla burlando, ha logrado formar una de las más bellas instituciones de los tiempos modernos. Con legítima satisfacción contempla a sus primeros biricchini convertidos en hombres, en ciudadanos, en cristianos. Unos son carpinteros, otros tipógrafos, otros sastres, otros ingenieros o militares. Algunos se han unido con él para trabajar a su lado en aquella obra magnífica: se han hecho salesianos. Son maravillosos los frutos de aquel sistema de enseñanza. Porque, aunque no escribió obras de pedagogía, Don Bosco transmitió a los suyos un sistema, y se lo expuso en unas páginas cuya extraordinaria sencillez llega a desconcertarnos y casi a decepcionarnos. «Para que vuestra palabra—dice a los maestros—tenga prestigio, es necesario que cada superior destruya su propio yo.» Y añade: «Los jóvenes son muy finos observadores, y advierten cuándo en un superior hay celos, envidia, soberbia, avidez de aparecer, y entonces su influencia está perdida.» Ninguna amistad particular con los alumnos; libertad completa para saltar, correr y levantar barullo a sus anchas; confesión frecuente y misa cotidiana como columnas del edificio educativo, pero sin obligar a nadie a recibir los sacramentos. Los castigos, sólo en último extremo, y, a ser posible, nunca en público. El golpear, poner de rodillas y otras penas semejantes son cosas que envilecen al que las impone. «Jamás castigos materiales—decía en una carta—; nunca palabras humillantes ni reproches severos delante de otros. En las clases resuene la palabra dulce, caritativa, paciente.»

Y así realizó el pastorcillo de los Becchi una de las obras más nobles que han visto nuestros días. Es una labor sobrehumana: miles de sacerdotes y de monjas se han formado en las congregaciones por él fundadas; centenares de miles de alumnos salieron de sus escuelas, millones de libros, revistas y folletos se imprimieron en sus talleres. Obra de amor, de energía indomable, de paciencia infinita, de alegría y de luz.

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