sábado, 29 de febrero de 2020

San Augusto Chapdelaine


En la ciudad de Xilinxian, en la provincia china de Guangxi, san Augusto Chapdelaine, presbítero de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París y mártir, que, detenido por los soldados junto con muchos neófitos de esta región a los que había convertido, recibió trescientos azotes, fue encerrado en una reducida jaula y finalmente decapitado.

Nació en La Rochelle, Francia, en el seno de una familia de campesinos. Estudió en el seminario de Coutances y, fue ordenado sacerdote en 1843. Fue destinado al pueblo de Boucey como coadjutor, y después fue párroco del mismo. Cumplió con sus obligaciones pastorales y atrajo a muchos a la iglesia. Pero él sentía la vocación misionera. En 1851, ingresó en la Sociedad de Misiones Extranjeras de París.

En 1852, fue enviado a China como misionero en el vicariato apostólico de Kuang-si, en el que hacía más de un siglo que no había entrado ningún misionero y se desconocía si quedaban cristianos. Con el fin de tener más noticias de su territorio, prefirió quedarse un tiempo en Ta-Chan, hasta que por las noticias de un indígena convertido supo que había cristianos. Pudo trabajar en su territorio durante cuatro años, que tuvo su apostolado un gran fruto de conversiones. 

En diciembre de 1854, fue denunciado al mandarín de la región por el celoso pariente de un convertido. Fue arrestado y pasó en la prisión algunos días de ansiedad, pero el mandarín se mostró bondadoso y no le hizo daño alguno. El P. Chapdelaine volvió con mayor ímpetu al trabajo apostólico y logró muchas conversiones, a pesar de su imperfecto conocimiento de la lengua.

Pero algún tiempo después, un nuevo mandarín sustituyó al primero. El P. Chapdelaine fue denunciado por segunda vez por un hombre despechado porque una de sus concubinas, se había convertido y se negaba a seguir con él, lo delató, por lo que con muchos neófitos fue arrestado por un grupo de soldados, en 1856. Sus valientes respuestas provocaron la cólera de los jueces, quienes le condenaron a ser apaleado. El mártir quedó medio sordo a resultas del castigo, pero no dejó escapar ni una queja ni una protesta y, uno o dos días después se restableció milagrosamente. Creyendo el mandarín que su curación se debía a la magia, mandó que bañaran al santo con la sangre de un perro para anular el conjuro. La segunda vez que el P. Chapdelaine compareció ante los jueces, fue condenado a recibir trescientos golpes en el rostro con una especie de pesada suela de cuero; en el suplicio perdió varios dientes y sufrió la fractura de la mandíbula. Al fin, los jueces le dieron a entender que le dejarían libre por 1.000 taels, o aun por 300, pero los cristianos no pudieron reunir esa suma. 

Así pues, los jueces ordenaron su ejecución en la llamada jaula: metido en ella, la cabeza se le ponía en la cubierta superior, en la que se había hecho un agujero, y quitando el fondo de la jaula, se dejaba el cuerpo colgando hasta que se producía la muerte por asfixia. Los verdugos decapitaron al mártir después de la muerte, y se cuenta que de su cuello brotaron tres chorros de sangre, cosa que convenció a todos los presentes de que algo extraordinario había en él. Murió en la ciudad china de Sy-Lin-Hien. Fue canonizado el 1 de octubre de 2000 por san Juan Pablo II.

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