domingo, 31 de enero de 2016

Homilía


La primera lectura del profeta Jeremías y el apartado del evangelio según San Lucas, que acabamos de escuchar, guardan gran similitud.

En ambos, tanto Jeremías como Jesús, se sienten llamados para una misión:

“Antes de formarte en el vientre materno, te escogí” (Jeremías 1,5).

“Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lucas 4,21).

Jeremías recibe del Señor la seguridad de no estar sólo ante los problemas que le van a venir y el apoyo que necesita ante sus adversarios.

Jesús, por su parte, convencido de ser el “ungido”, anuncia la libertad y no se arredra en proclamar un mensaje, que choca frontalmente con los santones de su tiempo.

Intentan apedrearlo, porque ha defraudado sus expectativas, pero se aleja entre ellos, sin que nadie ose tocarlo.

Tanto el mensaje de Jeremías como el de Jesús siguen operativos hoy.

Muchos cristianos son perseguidos por confesar su fe y porque su mensaje y su forma de vivir son rechazados en algunos países marcados por la intolerancia y el fanatismo.

Ambos no habrían tenido problemas si hubieran claudicado ante las exigencias de sus conciudadanos.

Les bastaba con transigir, mirar a otro lado o proferir palabras políticamente correctas que halagaran sus oídos.

Jesús, al afirmar que “hoy se cumple la Escritura que acabáis de oír”, habría salido triunfante de su pueblo con la vitola de ser el Mesías prometido revestido de poder y con la magnanimidad de los que tienen en sus manos la solución de todos los problemas.

Con rodearse de un buen equipo de propaganda y mantener inmaculada su imagen de milagrero, habría tenido suficiente.

Pero, en cambio, se presenta como un predicador fracasado, que no busca las estrategias habituales de los que persiguen fines proselitistas.

Actúa extrañamente, para lo se acostumbra ver.

No comprenden su actitud.

Los habitantes de Nazaret, que intentan manejar su imagen y explotar su contrastada capacidad taumatúrgica, se sienten defraudados.

Jesús, que venía a su pueblo a proclamar la libertad, no podía esclavizarse a intereses egoístas.

Se equivocan al juzgar a Jesús por creer conocerle demasiado.

Nunca se conoce a la persona ni los proyectos de Dios sobre ella. Las apariencias engañan.

Jesús no había venido a Nazaret para complacer a sus paisanos ni a predicar el Año de Gracia del Señor sólo para ellos.

Lo hace para todos, porque pertenece a todos.

Por eso les recuerda a dos extranjeros -la viuda de Sarepta y Naamán, el sirio- curados respectivamente por los profetas Elías y Eliseo, mientras ningún israelita recibió ese favor.

No podemos someter a Dios a nuestro servicio ni exigir milagros por formar parte de su pueblo y con derecho a privilegios y prebendas.

Los esquemas quedan obsoletos con el paso del tiempo, las estructuras cambian y los particularismos ante el empuje de la universalidad que predica Jesús, porque ya no hay una tierra santa, porque toda la tierra es santa, ni pueblo elegido, porque todos los pueblos somos elegidos, ni fronteras excluyentes, porque todos formamos una sola nación y poseemos la misma dignidad dentro de una misma familia, la familia de los hijos de Dios.

Debemos pensar, más bien, que la salvación es un don gratuito y la fe cristiana una muestra de su benevolencia

Ahora entendemos por qué este amor no pasa nunca.

Pasarán las lenguas, las naciones, las profecías, el saber, los dones de lenguas.

Sólo el AMOR permanece para siempre.

Y; Dios, el eternamente fiel, ES AMOR.

¿Qué hermosa es la apología del amor de San Pablo, que tantas veces hemos leído a los novios con ocasión de su boda?

A fuerza de repetirla parece trillada: “el amor es comprensivo, es servicial, no tiene envidia, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que disfruta de la verdad. Disculpa, cree, espera...”

Este amor, llevado a la práctica en la vida matrimonial y en las relaciones humanas, es lo que da consistencia a nuestra sociedad y nos permite vislumbrar el amor que Dios nos tiene.

Una vida sin amor es como un campo sin flores o como una tierra sin agua.

Ocultar esta realidad con sucedáneos de promesas estériles de poder, gloria, dinero y posesión de cosas, jamás nos llevará a crecer como personas y sí a sembrar vacíos de soledad, desánimo y muerte.

El amor da sentido a todo, aunque adulteremos su contenido.


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