sábado, 22 de febrero de 2014
Lecturas
Queridos hermanos:
A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y participe de la gloria que va a manifestarse, os exhorto:
Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño.
Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
- «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos contestaron:
- «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»
Él les preguntó:
- «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
- «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Jesús le respondió:
- «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. »
Palabra del Señor.
La Cátedra de San Pedro
El divino Maestro como correspondencia a la firme confesión de su fiel apóstol Pedro: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo", le dirigió aquellas trascendentales palabras: "Bienaventurado tú, Simón Baryona, porque no es la carne ni la sangre quien eso te ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos" (Mt. 16,17-19).
Con estas palabras el divino Redentor anunciaba la concesión a Pedro de una serie de privilegios sobre los demás apóstoles. Con ellos le hacía entrega del supremo poder de gobierno y magisterio, de legislador e intérprete de la doctrina evangélica, base esencial de la existencia misma de la obra de Jesús. "Todo reino dividido será desolado" había dicho el mismo divino Maestro. Y como el reino de Cristo debía existir por los siglos de los siglos hasta la consumación del mundo, aquel supremo poder debía naturalmente perpetuarse en los sucesores de Pedro. Todos estos privilegios y su perpetuación en los Romanos Pontífices se quisieron simbolizar y conmemorar en la institución de la fiesta de la Cátedra de San Pedro, cuyo origen histórico y litúrgico vamos a explicar para promover la devoción a esta solemnidad.
Uno de los medios más sencillos y eficaces de enseñar e inculcar al pueblo fiel la doctrina evangélica han sido siempre las representaciones plásticas históricas o simbólicas. De ahí la riqueza de figuraciones artísticas de las diferentes escenas referentes a la institución del supremo magisterio de San Pedro.
De San Pedro, como la roca fundamento de la Iglesia, tenemos un hermoso relieve en un sarcófago lateranense. Se ven en él una basílica, un baptisterio y un palacio en el plano superior, y más abajo, las figuras del Salvador y de su fiel apóstol, todo descansando sobre una roca. No hay duda que la basílica quería representar la de Letrán, madre de todas las iglesias, como lo indica el baptisterio contiguo y el palacio que quería recordar el que Constantino regaló a la Iglesia romana. De esa manera se expresaba al mismo tiempo que esta Iglesia era la sucesora del apóstol.
Aún más expresiva es otra representación, y ésta conservada en muchos ejemplares, de la llamada "Traditio legis" o consigna, entrega de la ley a Pedro. Se quiso aplicar al apóstol. que había de ser el legislador supremo de la cristiandad, la escena tan conocida del Antiguo testamento en que Dios entrega las Tablas de la Ley a Moisés, el legislador del pueblo escogido. Se encuentra principalmente en relieves marmóreos de sarcófagos cristianos. en ellos se ve la majestuosa figura de Jesús sobre el monte, del cual fluyen los cuatros ríos del paraíso, con la diestra en alto, alargando con la izquierda el rollo abierto de la Ley a Pedro, que lo recibe, en señal de respeto, con las manos cubiertas, y llevando al hombro una cruz ricamente decorada. La noble figura de San Pablo está al otro lado en actitud de aplaudir la elección hecha por Jesús del primer apóstol como supremo legislador. En algunos ejemplares aparecen también los demás apóstoles en la misma actitud. La ley que recibía Pedro era la doctrina y toda la doctrina cristiana, esto es, la suma de los artículos de la fe y de los preceptos. Por esto en un ejemplar de Arlés se grabó en el rollo el crismon 0, símbolo de Jesús y de su doctrina.
Aunque todos los demás apóstoles tenían ciertamente el poder, recibido directamente del divino Maestro, de enseñar la ley evangélica, no se halla ninguna representación de la entrega de la ley a ellos, porque no había de residir en sus personas ni en sus sucesores el poder supremo de legislar, independiente del de Pedro.
Con esta representación se significaba principalmente que Pedro era el depositario, el guardián de la ley cristiana, pero Jesús le hizo además el maestro por excelencia que había de transmitirla a todos los confines de la tierra. De ahí la representación simbólica de la Cátedra de Pedro. La voz cátedra significaba materialmente el trono o silla episcopal, pero ya los Santos Padres la usan particularmente como símbolo de la autoridad de la enseñanza cristiana, atribuida generalmente a los obispos, pero especialmente a la sede de Pedro, la de Roma. San Cipriano en el siglo III decía: "Se da a Pedro el primado para que se muestre que es una la Iglesia de Cristo y una la cátedra". Y recalcando aún más la unidad, añadía: "Dios es uno, uno el Cristo y una la Iglesia y una la cátedra fundada sobre Pedro por voz del Señor" (CIPRIANO, Epist. 43,5). Y que esta cátedra era y seguía siendo la de Roma, lo atestiguaba el mismo santo Doctor, quien para indicar que por la muerte del papa Fabio vacaba la sede de Roma, lo expresaba así: "Como el lugar de Fabiano, esto es, el lugar de Pedro... vacase" (ID., Epist. 55,8). Por lo mismo el concilio de Calcedonia (a. 451) declaraba al recibir una carta del papa León Magno: "Pedro nos ha hablado por la voz de León" (Mansi, VI 971).
El apóstol, en los ejemplares más antiguos, aparece sentado sobre una roca, la de la confesión, para recordar la que según la palabra del Señor, debía ser fundamento de la Iglesia. En las manos tiene desplegado el rollo de la doctrina evangélica, en actitud de enseñar mientras dos soldados vienen a arrastrarlo, significando así que la enseñanza de la doctrina cristiana fue la causa de las persecuciones. Hay ejemplares de esta preciosa escena, no sólo en Roma y en Italia, sino también en varias provincias del Imperio. En un ejemplar de Arlés en el rollo se ve inciso el crismon 0, como en el antes mencionado relieve de la Tradítio. Pedro enseña la doctrina de Cristo en su integridad, simbolizada en el anagrama de su nombre. Para expresar aún con más fuerza esta verdad, el artista Colocó junto a Pedro la figura del Señor en actitud de hablar al apóstol, absorto en su tarea catequética. De esta manera se quiso plasmar la inspiración divina bajo cuya influencia hablaría el apóstol y sus sucesores.
En otros muchos ejemplares Pedro está sentado sobre una silla o verdadera cátedra. Tampoco conocemos una representaci6n semejante para ninguno de los demás apóstoles.
Por otra parte, el pueblo romano veneraba una verdadera cátedra de madera ya en el siglo IV y mucho antes en la que, según la tradición inmemorable, se habría sentado el Príncipe de los Apóstoles.
Esta veneranda y preciosa pieza se conserva en el Vaticano, sustancialmente en la misma forma original. Se le añadieron al correr de los siglos algunos adornos para enriquecerla, pero sin cambiar su estructura.
Es una gran silla o trono de madera de encina formada por una caja cuadrilátera de unos 89 centímetros de ancho por 78 de alto hasta el asiento, con unos pilares en los ángulos y un respaldo o dosel terminado por un tímpano triangular. Tiene en los pilares unas anillas para poder ser fácilmente trasladado. En el cuadrilátero frontal anterior, debajo del asiento, la enriquecen tres hileras de seis casetones cada una con sendos marfiles incrustados de oro, muy antiguos. Los que asimismo adornan el dosel son aún de mayor antigüedad y seguramente tallados expresamente para esta cátedra.
Durante toda la Edad Media estuvo visible y fue muy venerada. Los peregrinos, con devoción indiscreta, tomaban fragmentos de la madera para guardarlos como reliquias. En un principio habría estado en Santa Prisca, en el Aventino, en el lugar donde, según la tradición, habría residido el apóstol. Nuestro papa San Dámaso, en el siglo IV, la trasladó al baptisterio del Vaticano por él construido. Al levantarse en el siglo XVI la actual imponente basílica Vaticana, se creyó conveniente guardar como una reliquia la veneranda cátedra. Bernini, el último gran arquitecto de las obras, emplazó en el fondo del ábside un grandioso altar barroco que tiene, a manera de imagen principal, una colosal cátedra de bronce, sostenida por ángeles y que es el relicario que custodia la antigua silla del apóstol. En ocasiones extraordinarias puede ser mostrada a la veneración de los fieles, como se hizo en 1867, bajo el pontificado de Pío IX, al celebrarse el XVIII centenario de la muerte de San Pedro.
Si el arte y las tradiciones populares pudieron propagar así la admiración y devoción al magisterio supremo de Pedro, simbolizado en la cátedra, la liturgia debía consolidarlas y extenderlas a todo el orbe cristiano de todas las épocas. Por esto se instituyó muy pronto en Roma y en las provincias del Imperio la fiesta de la Cátedra de San Pedro.
El primer testimonio escrito que ha llegado hasta nosotros, es la Depositio rnartyrum: deposición de los mártires, incipiente calendario litúrgico romano del año 336, pocos lustros después de alcanzada la paz constantiniana.
Entre las poquísimas fiestas de santos, unas dos docenas, del año litúrgico, señala este calendario para el día 22 de febrero el Natale Petri de Cathedra, natalicio de San Pedro en la cátedra, o sea el día de la institución del pontificado de Pedro. El haber escogido este día para celebrar un acontecimiento del que no se podía saber la fecha exacta, parece se debió a querer suplantar con una fiesta cristiana importante la pagana de honrar a los muertos de la familia con banquetes frecuentemente escandalosos. San Agustín reprende duramente a los cristianos que en dicha fecha se entregaban a tales abusos. Lo mismo hace un concilio de Tours del año 567, al deplorar que haya fieles que, después de haber recibido dicho día el cuerpo del Señor, no se avergonzaran de manchar su alma con manjares dedicados al demonio. Quizá también, y en primer lugar, se puede creer que dicha fecha guarda relación con la fiesta de la basílica de Santa Prisca en donde, según lo dicho, se guardaba la cátedra, fiesta que coincide con el 22 de febrero. Sea como sea, lo que sí es seguro, que en los primeros siglos, IV y V cuando menos, nuestra fiesta de la cátedra se celebraba en Roma, no como hoy el 18 de enero, sino el 22 del mes siguiente. Así lo atestiguan varios libros litúrgicos.
Con esta fiesta se quiso solemnizar el episcopado de Pedro, su potestad jerárquica y magisterio universal y particularmente el episcopado de Roma, cabeza del Imperio, centro de la unidad, desde el año 42, que perduró durante veinticinco años.
Era costumbre antigua, continuada hasta hoy, la de conmemorar la consagración o entronización de los obis pos en su sede. Pero, salvo raras excepciones la conmemoración sólo se extendía a la propia diócesis. Sólo a la de San Pedro se le dio el nombre majestuoso de cátedra, y ésta fue la única que se extendió a todo el mundo cristiano. San Agustín, dirigiéndose a sus diocesanos del Africa, decía: "Cuando celebramos el natalicio de la cátedra, veneramos el episcopado de Pedro apóstol". En este texto se ve bien que la fiesta de la cátedra, sin otra distinción, era de la cátedra por excelencia, la de jurisdicción universal, la de Pedro, y, queriendo exponer el mismo santo Doctor el origen de esta denominación, advertía: "La hodierna solemnidad recibió de nuestros antepasados el nombre de cátedra, porque, según se dice, el primero de los apóstoles recibiría hoy la cátedra del episcopado". Por esto en los textos de la misa romana actual, como en los antiguos. se recuerdan principalmente los pasajes evangélicos referentes a los privilegios de magisterio y gobierno otorgados por el Señor a su fiel apóstol. "Oh Dios que al entregar las llaves del reino de los cielos a tu santo apóstol Pedro, le concediste potestad de atar y desatar..." se dice en la colecta. Después en el tracto, en el ofertorio y en la comunión se reproducen las palabras de Cristo: "Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia..." Se sabe que en el siglo IV y hasta el VI se celebraba con solemnidad especial esta fiesta en la capital de la cristiandad y era motivo de atracción de grandes grupos de peregrinos. A ella acudió el año 450, según se desprende de un sermón del tiempo, el emperador Valentiniano III con sus hijas Placidia y Eudoxia. Asistieron a la vigilia litúrgica de la fiesta y al día siguiente fueron recibidos por el Papa y numerosos obispos de Italia.
Por causas no bien explicadas esta solemnidad desaparece de los libros litúrgicos romanos de los siglos VII - X. Cuando reaparece, se ha trasladado al día 18 de enero. La causa de este traslado parece fue el que la antigua fecha caía frecuentemente en la Cuaresma tiempo de ayuno, en que se evitaban esta clase de fiestas. El papa Paulo IV, en 1558, fijó definitivamente la fecha del 18 de enero para la de la Cátedra de San Pedro en Roma, asignando a la data anterior del 22 de febrero otra fiesta de la Cátedra de Pedro en Antioquía.
En cambio en las provincias y particularmente en España, a donde había pasado ya en el siglo V, siguió celebrándose siempre, mientras se conservó la liturgia hispano - mozárabe, con toda solemnidad en la antigua datación del 22 de febrero.
Los libros de dicha nuestra liturgia nos ofrecen una riqueza de textos para esta fiesta no superada por ninguna otra de las liturgias occidentales. En el llamado Oracional visigótico manuscrito el más antiguo de un oracional completo, del siglo VII, procedente de Tarragona y conservado hoy en Verona, adonde pasó con los fugitivos de la invasión árabe, se dan nada menos que una docena de oraciones sólo para el rezo del oficio divino, ya que el oracional era precisamente el libro del preste para este rezo. Estas oraciones van acompañadas de antífonas, responsorios, aleluiyáticos, sólo iniciados, que después vemos completos y en mayor abundancia y con la correspondiente música en el famoso Antifonario de León, del siglo X, y en otros manuscritos de Toledo, San Millán, etc.
Una prueba de lo muy difundida y lo muy popular que debió ser en España ya en el siglo V esta celebración de la Cátedra de San Pedro nos la manifiesta una inscripción sepulcral, encontrada hace pocos lustros en Tarragona, en la que como datación del día del entierro se anota el de la Deposición de Pedro Apóstol, es decir, deposición en la cátedra, como también era llamada dicha fiesta en España y en las Galias.
Concluyamos con la primera oración del mencionado Oracional Visigótico, para las primeras vísperas: "Cristo, Hijo de Dios, que para edificar tu Iglesia sobre la roca, diste al beatísimo Pedro, príncipe de todos los apóstoles, las llaves del reino de los cielos, a fin de que la Iglesia en primer lugar edificada surgiera en aquel que mereció antes que los demás no sólo amarte, sino también confesarte; concédenos que en este día, en el cual él recibió la suprema gracia del pontificado, recibamos nosotros la santidad en toda perfección, para que por aquel a quien concediste el poder de atar y desatar en la Iglesia, por él mismo ordenes nos sean perdonados los pecados y entrar en el reino de la vida perpetua".
Con estas palabras el divino Redentor anunciaba la concesión a Pedro de una serie de privilegios sobre los demás apóstoles. Con ellos le hacía entrega del supremo poder de gobierno y magisterio, de legislador e intérprete de la doctrina evangélica, base esencial de la existencia misma de la obra de Jesús. "Todo reino dividido será desolado" había dicho el mismo divino Maestro. Y como el reino de Cristo debía existir por los siglos de los siglos hasta la consumación del mundo, aquel supremo poder debía naturalmente perpetuarse en los sucesores de Pedro. Todos estos privilegios y su perpetuación en los Romanos Pontífices se quisieron simbolizar y conmemorar en la institución de la fiesta de la Cátedra de San Pedro, cuyo origen histórico y litúrgico vamos a explicar para promover la devoción a esta solemnidad.
Uno de los medios más sencillos y eficaces de enseñar e inculcar al pueblo fiel la doctrina evangélica han sido siempre las representaciones plásticas históricas o simbólicas. De ahí la riqueza de figuraciones artísticas de las diferentes escenas referentes a la institución del supremo magisterio de San Pedro.
De San Pedro, como la roca fundamento de la Iglesia, tenemos un hermoso relieve en un sarcófago lateranense. Se ven en él una basílica, un baptisterio y un palacio en el plano superior, y más abajo, las figuras del Salvador y de su fiel apóstol, todo descansando sobre una roca. No hay duda que la basílica quería representar la de Letrán, madre de todas las iglesias, como lo indica el baptisterio contiguo y el palacio que quería recordar el que Constantino regaló a la Iglesia romana. De esa manera se expresaba al mismo tiempo que esta Iglesia era la sucesora del apóstol.
Aún más expresiva es otra representación, y ésta conservada en muchos ejemplares, de la llamada "Traditio legis" o consigna, entrega de la ley a Pedro. Se quiso aplicar al apóstol. que había de ser el legislador supremo de la cristiandad, la escena tan conocida del Antiguo testamento en que Dios entrega las Tablas de la Ley a Moisés, el legislador del pueblo escogido. Se encuentra principalmente en relieves marmóreos de sarcófagos cristianos. en ellos se ve la majestuosa figura de Jesús sobre el monte, del cual fluyen los cuatros ríos del paraíso, con la diestra en alto, alargando con la izquierda el rollo abierto de la Ley a Pedro, que lo recibe, en señal de respeto, con las manos cubiertas, y llevando al hombro una cruz ricamente decorada. La noble figura de San Pablo está al otro lado en actitud de aplaudir la elección hecha por Jesús del primer apóstol como supremo legislador. En algunos ejemplares aparecen también los demás apóstoles en la misma actitud. La ley que recibía Pedro era la doctrina y toda la doctrina cristiana, esto es, la suma de los artículos de la fe y de los preceptos. Por esto en un ejemplar de Arlés se grabó en el rollo el crismon 0, símbolo de Jesús y de su doctrina.
Aunque todos los demás apóstoles tenían ciertamente el poder, recibido directamente del divino Maestro, de enseñar la ley evangélica, no se halla ninguna representación de la entrega de la ley a ellos, porque no había de residir en sus personas ni en sus sucesores el poder supremo de legislar, independiente del de Pedro.
Con esta representación se significaba principalmente que Pedro era el depositario, el guardián de la ley cristiana, pero Jesús le hizo además el maestro por excelencia que había de transmitirla a todos los confines de la tierra. De ahí la representación simbólica de la Cátedra de Pedro. La voz cátedra significaba materialmente el trono o silla episcopal, pero ya los Santos Padres la usan particularmente como símbolo de la autoridad de la enseñanza cristiana, atribuida generalmente a los obispos, pero especialmente a la sede de Pedro, la de Roma. San Cipriano en el siglo III decía: "Se da a Pedro el primado para que se muestre que es una la Iglesia de Cristo y una la cátedra". Y recalcando aún más la unidad, añadía: "Dios es uno, uno el Cristo y una la Iglesia y una la cátedra fundada sobre Pedro por voz del Señor" (CIPRIANO, Epist. 43,5). Y que esta cátedra era y seguía siendo la de Roma, lo atestiguaba el mismo santo Doctor, quien para indicar que por la muerte del papa Fabio vacaba la sede de Roma, lo expresaba así: "Como el lugar de Fabiano, esto es, el lugar de Pedro... vacase" (ID., Epist. 55,8). Por lo mismo el concilio de Calcedonia (a. 451) declaraba al recibir una carta del papa León Magno: "Pedro nos ha hablado por la voz de León" (Mansi, VI 971).
El apóstol, en los ejemplares más antiguos, aparece sentado sobre una roca, la de la confesión, para recordar la que según la palabra del Señor, debía ser fundamento de la Iglesia. En las manos tiene desplegado el rollo de la doctrina evangélica, en actitud de enseñar mientras dos soldados vienen a arrastrarlo, significando así que la enseñanza de la doctrina cristiana fue la causa de las persecuciones. Hay ejemplares de esta preciosa escena, no sólo en Roma y en Italia, sino también en varias provincias del Imperio. En un ejemplar de Arlés en el rollo se ve inciso el crismon 0, como en el antes mencionado relieve de la Tradítio. Pedro enseña la doctrina de Cristo en su integridad, simbolizada en el anagrama de su nombre. Para expresar aún con más fuerza esta verdad, el artista Colocó junto a Pedro la figura del Señor en actitud de hablar al apóstol, absorto en su tarea catequética. De esta manera se quiso plasmar la inspiración divina bajo cuya influencia hablaría el apóstol y sus sucesores.
En otros muchos ejemplares Pedro está sentado sobre una silla o verdadera cátedra. Tampoco conocemos una representaci6n semejante para ninguno de los demás apóstoles.
Por otra parte, el pueblo romano veneraba una verdadera cátedra de madera ya en el siglo IV y mucho antes en la que, según la tradición inmemorable, se habría sentado el Príncipe de los Apóstoles.
Esta veneranda y preciosa pieza se conserva en el Vaticano, sustancialmente en la misma forma original. Se le añadieron al correr de los siglos algunos adornos para enriquecerla, pero sin cambiar su estructura.
Es una gran silla o trono de madera de encina formada por una caja cuadrilátera de unos 89 centímetros de ancho por 78 de alto hasta el asiento, con unos pilares en los ángulos y un respaldo o dosel terminado por un tímpano triangular. Tiene en los pilares unas anillas para poder ser fácilmente trasladado. En el cuadrilátero frontal anterior, debajo del asiento, la enriquecen tres hileras de seis casetones cada una con sendos marfiles incrustados de oro, muy antiguos. Los que asimismo adornan el dosel son aún de mayor antigüedad y seguramente tallados expresamente para esta cátedra.
Durante toda la Edad Media estuvo visible y fue muy venerada. Los peregrinos, con devoción indiscreta, tomaban fragmentos de la madera para guardarlos como reliquias. En un principio habría estado en Santa Prisca, en el Aventino, en el lugar donde, según la tradición, habría residido el apóstol. Nuestro papa San Dámaso, en el siglo IV, la trasladó al baptisterio del Vaticano por él construido. Al levantarse en el siglo XVI la actual imponente basílica Vaticana, se creyó conveniente guardar como una reliquia la veneranda cátedra. Bernini, el último gran arquitecto de las obras, emplazó en el fondo del ábside un grandioso altar barroco que tiene, a manera de imagen principal, una colosal cátedra de bronce, sostenida por ángeles y que es el relicario que custodia la antigua silla del apóstol. En ocasiones extraordinarias puede ser mostrada a la veneración de los fieles, como se hizo en 1867, bajo el pontificado de Pío IX, al celebrarse el XVIII centenario de la muerte de San Pedro.
Si el arte y las tradiciones populares pudieron propagar así la admiración y devoción al magisterio supremo de Pedro, simbolizado en la cátedra, la liturgia debía consolidarlas y extenderlas a todo el orbe cristiano de todas las épocas. Por esto se instituyó muy pronto en Roma y en las provincias del Imperio la fiesta de la Cátedra de San Pedro.
El primer testimonio escrito que ha llegado hasta nosotros, es la Depositio rnartyrum: deposición de los mártires, incipiente calendario litúrgico romano del año 336, pocos lustros después de alcanzada la paz constantiniana.
Entre las poquísimas fiestas de santos, unas dos docenas, del año litúrgico, señala este calendario para el día 22 de febrero el Natale Petri de Cathedra, natalicio de San Pedro en la cátedra, o sea el día de la institución del pontificado de Pedro. El haber escogido este día para celebrar un acontecimiento del que no se podía saber la fecha exacta, parece se debió a querer suplantar con una fiesta cristiana importante la pagana de honrar a los muertos de la familia con banquetes frecuentemente escandalosos. San Agustín reprende duramente a los cristianos que en dicha fecha se entregaban a tales abusos. Lo mismo hace un concilio de Tours del año 567, al deplorar que haya fieles que, después de haber recibido dicho día el cuerpo del Señor, no se avergonzaran de manchar su alma con manjares dedicados al demonio. Quizá también, y en primer lugar, se puede creer que dicha fecha guarda relación con la fiesta de la basílica de Santa Prisca en donde, según lo dicho, se guardaba la cátedra, fiesta que coincide con el 22 de febrero. Sea como sea, lo que sí es seguro, que en los primeros siglos, IV y V cuando menos, nuestra fiesta de la cátedra se celebraba en Roma, no como hoy el 18 de enero, sino el 22 del mes siguiente. Así lo atestiguan varios libros litúrgicos.
Con esta fiesta se quiso solemnizar el episcopado de Pedro, su potestad jerárquica y magisterio universal y particularmente el episcopado de Roma, cabeza del Imperio, centro de la unidad, desde el año 42, que perduró durante veinticinco años.
Era costumbre antigua, continuada hasta hoy, la de conmemorar la consagración o entronización de los obis pos en su sede. Pero, salvo raras excepciones la conmemoración sólo se extendía a la propia diócesis. Sólo a la de San Pedro se le dio el nombre majestuoso de cátedra, y ésta fue la única que se extendió a todo el mundo cristiano. San Agustín, dirigiéndose a sus diocesanos del Africa, decía: "Cuando celebramos el natalicio de la cátedra, veneramos el episcopado de Pedro apóstol". En este texto se ve bien que la fiesta de la cátedra, sin otra distinción, era de la cátedra por excelencia, la de jurisdicción universal, la de Pedro, y, queriendo exponer el mismo santo Doctor el origen de esta denominación, advertía: "La hodierna solemnidad recibió de nuestros antepasados el nombre de cátedra, porque, según se dice, el primero de los apóstoles recibiría hoy la cátedra del episcopado". Por esto en los textos de la misa romana actual, como en los antiguos. se recuerdan principalmente los pasajes evangélicos referentes a los privilegios de magisterio y gobierno otorgados por el Señor a su fiel apóstol. "Oh Dios que al entregar las llaves del reino de los cielos a tu santo apóstol Pedro, le concediste potestad de atar y desatar..." se dice en la colecta. Después en el tracto, en el ofertorio y en la comunión se reproducen las palabras de Cristo: "Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia..." Se sabe que en el siglo IV y hasta el VI se celebraba con solemnidad especial esta fiesta en la capital de la cristiandad y era motivo de atracción de grandes grupos de peregrinos. A ella acudió el año 450, según se desprende de un sermón del tiempo, el emperador Valentiniano III con sus hijas Placidia y Eudoxia. Asistieron a la vigilia litúrgica de la fiesta y al día siguiente fueron recibidos por el Papa y numerosos obispos de Italia.
Por causas no bien explicadas esta solemnidad desaparece de los libros litúrgicos romanos de los siglos VII - X. Cuando reaparece, se ha trasladado al día 18 de enero. La causa de este traslado parece fue el que la antigua fecha caía frecuentemente en la Cuaresma tiempo de ayuno, en que se evitaban esta clase de fiestas. El papa Paulo IV, en 1558, fijó definitivamente la fecha del 18 de enero para la de la Cátedra de San Pedro en Roma, asignando a la data anterior del 22 de febrero otra fiesta de la Cátedra de Pedro en Antioquía.
En cambio en las provincias y particularmente en España, a donde había pasado ya en el siglo V, siguió celebrándose siempre, mientras se conservó la liturgia hispano - mozárabe, con toda solemnidad en la antigua datación del 22 de febrero.
Los libros de dicha nuestra liturgia nos ofrecen una riqueza de textos para esta fiesta no superada por ninguna otra de las liturgias occidentales. En el llamado Oracional visigótico manuscrito el más antiguo de un oracional completo, del siglo VII, procedente de Tarragona y conservado hoy en Verona, adonde pasó con los fugitivos de la invasión árabe, se dan nada menos que una docena de oraciones sólo para el rezo del oficio divino, ya que el oracional era precisamente el libro del preste para este rezo. Estas oraciones van acompañadas de antífonas, responsorios, aleluiyáticos, sólo iniciados, que después vemos completos y en mayor abundancia y con la correspondiente música en el famoso Antifonario de León, del siglo X, y en otros manuscritos de Toledo, San Millán, etc.
Una prueba de lo muy difundida y lo muy popular que debió ser en España ya en el siglo V esta celebración de la Cátedra de San Pedro nos la manifiesta una inscripción sepulcral, encontrada hace pocos lustros en Tarragona, en la que como datación del día del entierro se anota el de la Deposición de Pedro Apóstol, es decir, deposición en la cátedra, como también era llamada dicha fiesta en España y en las Galias.
Concluyamos con la primera oración del mencionado Oracional Visigótico, para las primeras vísperas: "Cristo, Hijo de Dios, que para edificar tu Iglesia sobre la roca, diste al beatísimo Pedro, príncipe de todos los apóstoles, las llaves del reino de los cielos, a fin de que la Iglesia en primer lugar edificada surgiera en aquel que mereció antes que los demás no sólo amarte, sino también confesarte; concédenos que en este día, en el cual él recibió la suprema gracia del pontificado, recibamos nosotros la santidad en toda perfección, para que por aquel a quien concediste el poder de atar y desatar en la Iglesia, por él mismo ordenes nos sean perdonados los pecados y entrar en el reino de la vida perpetua".
viernes, 21 de febrero de 2014
Lecturas
¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar?
Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: «Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago», y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve?
Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por si sola está muerta.
Alguno dirá: «Tú tienes fe, y yo tengo obras. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe. »
Tú crees que hay un solo Dios; muy bien, pero eso lo creen también los demonios, y los hace temblar.
¿Quieres enterarte, tonto, de que la fe sin obras es inútil? ¿No quedó justificado Abrahán, nuestro padre, por sus obras, por ofrecer a su hijo Isaac en el altar? Ya ves que la fe actuaba en sus obras, y que por las obras la fe llegó a su madurez.
Así se cumplió lo que dice aquel pasaje de la Escritura: «Abrahán creyó a Dios, y esto le valió la justificación.» Y en otro pasaje se le llama «amigo de Dios.»
Veis que el hombre queda justificado por las obras, y no por la fe sólo.
Por lo tanto, lo mismo que un cuerpo sin espíritu es un cadáver, también la fe sin obras es un cadáver.
En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo:
-«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a si mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla? Quien se avergüence de mi y de mis palabras, en esta generación descreída y malvada, también el Hijo del hombre se avergonzará de él, cuando venga con la gloria de su Padre entre los santos ángeles.»
Y añadió:
-«Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar el reino de Dios en toda su potencia.»
Palabra del Señor.
San San Pedro Damián Cardenal, Obispo de Ostia
Doctor de la Iglesia (año 1072).
Damián significa: el que doma su cuerpo. Domador de sí mismo.
San Pedro Damián fue un hombre austero y rígido que Dios envió a la Iglesia Católica en un tiempo en el que la relajación de costumbres era muy grande y se necesitaban predicadores que tuvieran el valor de corregir los vicios con sus palabras y con sus buenos ejemplos. Nació en Ravena (Italia) el año 1007.
Quedó huérfano muy pequeñito y un hermano suyo lo humilló terriblemente y lo dedicó a cuidar cerdos y lo trataba como al más vil de los esclavos. Pero de pronto un sacerdote, el Padre Damián, se compadeció de él y se lo llevó a la ciudad y le costeó los estudios. En honor a su protector, en adelante nuestro santo se llamó siempre Pedro Damián.
El antiguo cuidador de cerdos resultó tener una inteligencia privilegiada y obtuvo las mejores calificaciones en los estudios y a los 25 años ya era profesor de universidad. Pero no se sentía satisfecho de vivir en un ambiente tan mundano y corrompido, y dispuso hacerse religioso.
Estaba meditando cómo entrarse a un convento, cuando recibió la visita de dos monjes benedictinos, de la comunidad fundada por el austero San Romualdo, y al oírles narrar lo seriamente que en su convento se vivía la vida religiosa, se fue con ellos. Y pronto resultó ser el más exacto cumplidor de los severísimos reglamentos de su convento.
Pedro, para lograr dominar sus pasiones sensuales, se colocó debajo de su camisa correas con espinas (cilicio, se llama esa penitencia) y se daba azotes, y se dedicó a ayunar a pan y agua. Pero sucedió que su cuerpo, que no estaba acostumbrado a tan duras penitencias, empezó a debilitarse y le llegó el insomnio, y pasaba las noches sin dormir, y le afectó una debilidad general que no le dejaba hacer nada. Entonces comprendió que las penitencias no deben ser tan exageradas, y que la mejor penitencia es tener paciencia con las penas que Dios permite que nos lleguen, y que una muy buena penitencia es dedicarse a cumplir exactamente los deberes de cada día y a estudiar y trabajar con todo empeño.
Esta experiencia personal le fue de gran utilidad después al dirigir espiritualmente a otros, pues a muchos les fue enseñando que en vez de hacer enfermar al cuerpo con penitencias exageradas, lo que hay que hacer es hacerlo trabajar fuertemente en favor del reino de Dios y de la salvación de las almas.
En sus años de monje, Pedro Damián aprovechó aquel ambiente de silencio y soledad para dedicarse a estudiar muy profundamente la Sagrada Biblia y los escritos de los santos antiguos. Esto le servirá después enormemente para redactar sus propios libros y sus cartas que se hicieron famosas por la gran sabiduría con la que fueron compuestas.
En los ratos en que no estaba rezando o estudiando, se dedicaba a labores de carpintería, y con los pequeños muebles que construía ayudaba a la economía del convento.
Al morir el superior del convento, los monjes nombraron como su abad a Pedro Damián. Este se oponía porque se creía indigno pero entre todos lo lograron convencer de que debía aceptar. Era el más humilde de todos, y pedía perdón en público por cualquier falta que cometía. Y su superiorato produjo tan buenos resultados que de su convento se formaron otros cinco conventos, y dos de sus dirigidos fueron declarados santos por el Sumo Pontífice (Santo Domingo Loricato y San Juan de Lodi. Este último escribió la vida de San Pedro Damián).
Muchísimas personas pedían la dirección espiritual de San Pedro Damián. A cuatro Sumos Pontífices les dirigió cartas muy serias recomendándoles que hicieran todo lo posible para que la relajación y las malas costumbres no se apoderaran de la Iglesia y de los sacerdotes. Criticaba fuertemente a los que son muy amigos de pasear mucho, pues decía que el que mucho pasea, muy difícilmente llega a la santidad.
A un obispo que en vez de dedicarse a enseñar catecismo y a preparar sermones pasaba las tardes jugando ajedrez, le puso como penitencia rezar tres veces todos los salmos de la Biblia (que son 150), lavarles los pies a doce pobres y regalarles a cada uno una moneda de oro. La penitencia era fuerte, pero el obispo se dio cuenta de que sí se la merecía, y la cumplió y se enmendó.
Los dos peores vicios de la Iglesia en aquellos años mil, eran la impureza y la simonía. Muchos sacerdotes eran descuidados en cumplir su celibato, o sea ese juramento solemne que han hecho de esforzarse por ser puros, y además la simonía era muy frecuente en todas partes. Y contra estos dos defectos se propuso luchar Pedro Damián.
Varios Sumos Pontífices, sabiendo la gran sabiduría y la admirable santidad del Padre Pedro Damián, le confiaron misiones delicadísimas. El Papa Esteban IX lo nombró Cardenal y Obispo de Ostia (que es el puerto de Roma). El humilde sacerdote no quería aceptar estos cargos, pero el Papa lo amenazó con graves castigos si no lo aceptaba. Y allí, con esos oficios, obró con admirable prudencia. Porque al que es obediente consigue victorias.
Resultó que el joven emperador Enrique IV quería divorciarse, y su arzobispo, por temor, se lo iba a permitir. Entonces el Papa envió a Pedro Damián a Alemania, el cual reunió a todos los obispos alemanes, y valientemente, delante de ellos le pidió al emperador que no fuera a dar ese mal ejemplo tan dañoso a todos sus súbditos, y Enrique desistió de su idea de divorciarse.
Sus sermones eran escuchados con mucha emoción y sabiduría, y sus libros eran leídos con gran provecho espiritual. Así, por ejemplo, uno que se llama "Libro Gomorriano", en contra de las costumbres de su tiempo. (Gomorriano, en recuerdo de Gomorra, una de las cinco ciudades que Dios destruyó con una lluvia de fuego porque allí se cometían muchos pecados de impureza). A los Pontífices y a muchos personajes les dirigió frecuentes cartas pidiéndoles que trataran de acabar con la Simonía, o sea con aquel vicio que consiste en llegar a los altos puestos de la Iglesia comprando el cargo con dinero (y no mereciéndolo con el buen comportamiento). Este vicio tomó el nombre de Simón el Mago, un tipo que le propuso a San Pedro apóstol que le vendiera el poder de hacer milagros. En aquel siglo del año mil era muy frecuente que un hombre nada santo llegara a ser sacerdote y hasta obispo, porque compraba su nombramiento dando mucho dinero a los que lo elegían para ese cargo. Y esto traía terribles males a la Iglesia Católica porque llegaban a altos puestos unos hombres totalmente indignos que no iban a hacer nada bien sino mucho mal. Afortunadamente, el Papa que fue nombrado al año siguiente de la muerte de San Pedro Damián, y que era su gran amigo, el Papa Gregorio VII, se propuso luchar fuertemente contra ese vicio y tratar de acabarlo.
La gente decía: el Padre Damián es fuerte en el hablar, pero es santo en el obrar, y eso hace que le hagamos caso con gusto a sus llamadas de atención.
Lo que más le agradaba era retirarse a la soledad a rezar y a meditar. Y sentía una santa envidia por los religiosos que tienen todo su tiempo para dedicarse a la oración y a la meditación. Otra labor que le agradaba muchísimo era el ayudar a los pobres. Todo el dinero que le llegaba lo repartía entre la gente más necesitada. Era mortificadísimo en comer y dormir, pero sumamente generosos en repartir limosnas y ayudas a cuantos más podía.
El Sumo Pontífice lo envió a Ravena a tratar de lograr que esa ciudad hiciera las paces con el Papa. Lo consiguió, y al volver de su importante misión, al llegar al convento sintió una gran fiebre y murió santamente. Era el 21 de febrero del año 1072. Inmediatamente la gente empezó a considerarlo como un gran santo y a conseguir favores de Dios por su intercesión.
El Papa lo canonizó y lo declaró Doctor de la Iglesia por los elocuentes sermones que compuso y por los libros tan sabios que escribió.
San Pedro Damián: consíguenos de Dios la gracia de que nuestros sacerdotes y obispos sean verdaderamente santos y sepan cumplir fielmente su celibato.
Damián significa: el que doma su cuerpo. Domador de sí mismo.
San Pedro Damián fue un hombre austero y rígido que Dios envió a la Iglesia Católica en un tiempo en el que la relajación de costumbres era muy grande y se necesitaban predicadores que tuvieran el valor de corregir los vicios con sus palabras y con sus buenos ejemplos. Nació en Ravena (Italia) el año 1007.
Quedó huérfano muy pequeñito y un hermano suyo lo humilló terriblemente y lo dedicó a cuidar cerdos y lo trataba como al más vil de los esclavos. Pero de pronto un sacerdote, el Padre Damián, se compadeció de él y se lo llevó a la ciudad y le costeó los estudios. En honor a su protector, en adelante nuestro santo se llamó siempre Pedro Damián.
El antiguo cuidador de cerdos resultó tener una inteligencia privilegiada y obtuvo las mejores calificaciones en los estudios y a los 25 años ya era profesor de universidad. Pero no se sentía satisfecho de vivir en un ambiente tan mundano y corrompido, y dispuso hacerse religioso.
Estaba meditando cómo entrarse a un convento, cuando recibió la visita de dos monjes benedictinos, de la comunidad fundada por el austero San Romualdo, y al oírles narrar lo seriamente que en su convento se vivía la vida religiosa, se fue con ellos. Y pronto resultó ser el más exacto cumplidor de los severísimos reglamentos de su convento.
Pedro, para lograr dominar sus pasiones sensuales, se colocó debajo de su camisa correas con espinas (cilicio, se llama esa penitencia) y se daba azotes, y se dedicó a ayunar a pan y agua. Pero sucedió que su cuerpo, que no estaba acostumbrado a tan duras penitencias, empezó a debilitarse y le llegó el insomnio, y pasaba las noches sin dormir, y le afectó una debilidad general que no le dejaba hacer nada. Entonces comprendió que las penitencias no deben ser tan exageradas, y que la mejor penitencia es tener paciencia con las penas que Dios permite que nos lleguen, y que una muy buena penitencia es dedicarse a cumplir exactamente los deberes de cada día y a estudiar y trabajar con todo empeño.
Esta experiencia personal le fue de gran utilidad después al dirigir espiritualmente a otros, pues a muchos les fue enseñando que en vez de hacer enfermar al cuerpo con penitencias exageradas, lo que hay que hacer es hacerlo trabajar fuertemente en favor del reino de Dios y de la salvación de las almas.
En sus años de monje, Pedro Damián aprovechó aquel ambiente de silencio y soledad para dedicarse a estudiar muy profundamente la Sagrada Biblia y los escritos de los santos antiguos. Esto le servirá después enormemente para redactar sus propios libros y sus cartas que se hicieron famosas por la gran sabiduría con la que fueron compuestas.
En los ratos en que no estaba rezando o estudiando, se dedicaba a labores de carpintería, y con los pequeños muebles que construía ayudaba a la economía del convento.
Al morir el superior del convento, los monjes nombraron como su abad a Pedro Damián. Este se oponía porque se creía indigno pero entre todos lo lograron convencer de que debía aceptar. Era el más humilde de todos, y pedía perdón en público por cualquier falta que cometía. Y su superiorato produjo tan buenos resultados que de su convento se formaron otros cinco conventos, y dos de sus dirigidos fueron declarados santos por el Sumo Pontífice (Santo Domingo Loricato y San Juan de Lodi. Este último escribió la vida de San Pedro Damián).
Muchísimas personas pedían la dirección espiritual de San Pedro Damián. A cuatro Sumos Pontífices les dirigió cartas muy serias recomendándoles que hicieran todo lo posible para que la relajación y las malas costumbres no se apoderaran de la Iglesia y de los sacerdotes. Criticaba fuertemente a los que son muy amigos de pasear mucho, pues decía que el que mucho pasea, muy difícilmente llega a la santidad.
A un obispo que en vez de dedicarse a enseñar catecismo y a preparar sermones pasaba las tardes jugando ajedrez, le puso como penitencia rezar tres veces todos los salmos de la Biblia (que son 150), lavarles los pies a doce pobres y regalarles a cada uno una moneda de oro. La penitencia era fuerte, pero el obispo se dio cuenta de que sí se la merecía, y la cumplió y se enmendó.
Los dos peores vicios de la Iglesia en aquellos años mil, eran la impureza y la simonía. Muchos sacerdotes eran descuidados en cumplir su celibato, o sea ese juramento solemne que han hecho de esforzarse por ser puros, y además la simonía era muy frecuente en todas partes. Y contra estos dos defectos se propuso luchar Pedro Damián.
Varios Sumos Pontífices, sabiendo la gran sabiduría y la admirable santidad del Padre Pedro Damián, le confiaron misiones delicadísimas. El Papa Esteban IX lo nombró Cardenal y Obispo de Ostia (que es el puerto de Roma). El humilde sacerdote no quería aceptar estos cargos, pero el Papa lo amenazó con graves castigos si no lo aceptaba. Y allí, con esos oficios, obró con admirable prudencia. Porque al que es obediente consigue victorias.
Resultó que el joven emperador Enrique IV quería divorciarse, y su arzobispo, por temor, se lo iba a permitir. Entonces el Papa envió a Pedro Damián a Alemania, el cual reunió a todos los obispos alemanes, y valientemente, delante de ellos le pidió al emperador que no fuera a dar ese mal ejemplo tan dañoso a todos sus súbditos, y Enrique desistió de su idea de divorciarse.
Sus sermones eran escuchados con mucha emoción y sabiduría, y sus libros eran leídos con gran provecho espiritual. Así, por ejemplo, uno que se llama "Libro Gomorriano", en contra de las costumbres de su tiempo. (Gomorriano, en recuerdo de Gomorra, una de las cinco ciudades que Dios destruyó con una lluvia de fuego porque allí se cometían muchos pecados de impureza). A los Pontífices y a muchos personajes les dirigió frecuentes cartas pidiéndoles que trataran de acabar con la Simonía, o sea con aquel vicio que consiste en llegar a los altos puestos de la Iglesia comprando el cargo con dinero (y no mereciéndolo con el buen comportamiento). Este vicio tomó el nombre de Simón el Mago, un tipo que le propuso a San Pedro apóstol que le vendiera el poder de hacer milagros. En aquel siglo del año mil era muy frecuente que un hombre nada santo llegara a ser sacerdote y hasta obispo, porque compraba su nombramiento dando mucho dinero a los que lo elegían para ese cargo. Y esto traía terribles males a la Iglesia Católica porque llegaban a altos puestos unos hombres totalmente indignos que no iban a hacer nada bien sino mucho mal. Afortunadamente, el Papa que fue nombrado al año siguiente de la muerte de San Pedro Damián, y que era su gran amigo, el Papa Gregorio VII, se propuso luchar fuertemente contra ese vicio y tratar de acabarlo.
La gente decía: el Padre Damián es fuerte en el hablar, pero es santo en el obrar, y eso hace que le hagamos caso con gusto a sus llamadas de atención.
Lo que más le agradaba era retirarse a la soledad a rezar y a meditar. Y sentía una santa envidia por los religiosos que tienen todo su tiempo para dedicarse a la oración y a la meditación. Otra labor que le agradaba muchísimo era el ayudar a los pobres. Todo el dinero que le llegaba lo repartía entre la gente más necesitada. Era mortificadísimo en comer y dormir, pero sumamente generosos en repartir limosnas y ayudas a cuantos más podía.
El Sumo Pontífice lo envió a Ravena a tratar de lograr que esa ciudad hiciera las paces con el Papa. Lo consiguió, y al volver de su importante misión, al llegar al convento sintió una gran fiebre y murió santamente. Era el 21 de febrero del año 1072. Inmediatamente la gente empezó a considerarlo como un gran santo y a conseguir favores de Dios por su intercesión.
El Papa lo canonizó y lo declaró Doctor de la Iglesia por los elocuentes sermones que compuso y por los libros tan sabios que escribió.
San Pedro Damián: consíguenos de Dios la gracia de que nuestros sacerdotes y obispos sean verdaderamente santos y sepan cumplir fielmente su celibato.
jueves, 20 de febrero de 2014
Lecturas
Hermanos míos, no juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con el favoritismo.
Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso.
Veis al bien vestido y le decís: «Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado.» Al pobre, en cambio: «Estate ahí de pie o siéntate en el suelo. »
Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos?
Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?
Vosotros, en cambio, habéis afrentado al pobre.
Y, sin embargo, ¿no son los ricos los que os tratan con despotismo y los que os arrastran a los tribunales? ¿No son ellos los que denigran ese nombre tan hermoso que os impusieron?
¿Cumplís la ley soberana que enuncia la Escritura: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo?» Perfectamente.
Pero, si mostráis favoritismos, cometéis un pecado y la ley prueba vuestro delito.
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino, preguntó a sus discípulos: -«¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron:
-«Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas. »
El les preguntó:
-«Y vosotros, ¿quién decís que soy?»
Pedro le contestó:
-«Tú eres el Mesías.»
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie.
Y empezó a instruirlos:
-«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.»
Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro:
-«¡ Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! »
Palabra del Señor.
San Euquerio, obispo
Natural de Francia y nacido de familia noble alrededor del año 690, en Orleáns.
Dice la leyenda que su madre era piadosísima y que poco antes de tener al hijo tuvo un sueño angelical. Sí, una criatura celeste le anunciaba que iba a ser madre de un futuro obispo muy santo. Y es que hubo un tiempo en que las biografías de santos tenían poco «gancho» si no se presentaba su figura con títulos de gran alcurnia y con abundancia de datos sobrenaturales.
Normalmente las cosas de Dios suelen ser más simples y sencillas y el santo se forja en el continuo juego de la correspondencia a la gracia, teniendo con frecuencia los altibajos que dependen tanto de los dones otorgados -y esto sólo lo puede medir el Espíritu Santo- como de la generosidad en la respuesta del que los recibe -siendo esto cosa muy difícil de calibrar.
El caso es que nació como todos los niños y con la acción de gracias de los padres, como es lo normal. De niño se inicia en el conocimiento de las letras y cuando joven le entusiasman los conocimientos propios del saber de la época; se adentra en las artes y en las ciencias; le gusta la filosofía y prefiere ante todo la teología. Al calor de la devoción sincera con la Virgen comienzan a señalarse rasgos de profundidad en la virtud.
Cuando Leodoberdo es obispo abraza el estado clerical. Luego se hace monje en el monasterio de Jumièges, a orillas del Sena, cerca de Ruan; al parecer es uno de los lugares santos de más estricta observancia. A la oración y la penitencia propia del monasterio añade el estudio de los sagrados cánones y de los santos Padres. Recibe el Orden Sacerdotal y se adentra en la Eucaristía con lágrimas en los ojos.
Muerto Severo, obispo de Orleáns, es propuesto para obispo de la sede vacante. Tiene que ser Carlos Martel, el rey merovingio hijo bastardo de Pipino de Heristal, quien casi le obligue a aceptar, una vez vencida la resistencia personal a abandonar el silencio del claustro y la compañía de sus hermanos monjes. Pensaba en aquel momento que las «dignidades» bien podrían ser causa de condenación.
Parece que le va bien el oficio de obispo, un tanto extraño para un monje. Desempeña su ministerio con un celo poco usual. Cuentan los cronicones que entra de lleno en cuidar la disciplina eclesiástica ya que está convencido de que el buen ejemplo es la primera predicación al pueblo. Y así sucedió. Con un clero bien dispuesto, llegan tempranos los frutos que pudo recoger: hay reforma en las costumbres del pueblo; se da una vuelta a la piedad sincera. Incluso se traspasan los límites de la diócesis de Orleáns que agradece de modo ostensible el recibimiento a su obispo-padre hasta en los lugares más remotos.
No iba a estar exenta esta santa vida y labor de cruces que purifican ni de la acción de los que padecen el tic de la envidia que siempre y en todo lugar fueron muchos. Aquí también. Soliviantan los ánimos de Carlos Martel, cuando regresa de Aquitania, volviéndolos en contra de su protegido de otro tiempo porque tuvo el valor de enfrentarse el rey franco defendiendo los bienes de la Iglesia al utilizarlos como fondos para sus campañas guerreras. Los envidiosos supieron aprovechar bien el momento y echaron leña al fuego hasta levantar una hoguera de tamaño natural. El resultado fue el destierro del obispo Euquerio que muere el 20 de febrero del año 743 en la abadía de Tron donde pasó en humilde y escondida santidad sus últimos seis años.
Dice la leyenda que su madre era piadosísima y que poco antes de tener al hijo tuvo un sueño angelical. Sí, una criatura celeste le anunciaba que iba a ser madre de un futuro obispo muy santo. Y es que hubo un tiempo en que las biografías de santos tenían poco «gancho» si no se presentaba su figura con títulos de gran alcurnia y con abundancia de datos sobrenaturales.
Normalmente las cosas de Dios suelen ser más simples y sencillas y el santo se forja en el continuo juego de la correspondencia a la gracia, teniendo con frecuencia los altibajos que dependen tanto de los dones otorgados -y esto sólo lo puede medir el Espíritu Santo- como de la generosidad en la respuesta del que los recibe -siendo esto cosa muy difícil de calibrar.
El caso es que nació como todos los niños y con la acción de gracias de los padres, como es lo normal. De niño se inicia en el conocimiento de las letras y cuando joven le entusiasman los conocimientos propios del saber de la época; se adentra en las artes y en las ciencias; le gusta la filosofía y prefiere ante todo la teología. Al calor de la devoción sincera con la Virgen comienzan a señalarse rasgos de profundidad en la virtud.
Cuando Leodoberdo es obispo abraza el estado clerical. Luego se hace monje en el monasterio de Jumièges, a orillas del Sena, cerca de Ruan; al parecer es uno de los lugares santos de más estricta observancia. A la oración y la penitencia propia del monasterio añade el estudio de los sagrados cánones y de los santos Padres. Recibe el Orden Sacerdotal y se adentra en la Eucaristía con lágrimas en los ojos.
Muerto Severo, obispo de Orleáns, es propuesto para obispo de la sede vacante. Tiene que ser Carlos Martel, el rey merovingio hijo bastardo de Pipino de Heristal, quien casi le obligue a aceptar, una vez vencida la resistencia personal a abandonar el silencio del claustro y la compañía de sus hermanos monjes. Pensaba en aquel momento que las «dignidades» bien podrían ser causa de condenación.
Parece que le va bien el oficio de obispo, un tanto extraño para un monje. Desempeña su ministerio con un celo poco usual. Cuentan los cronicones que entra de lleno en cuidar la disciplina eclesiástica ya que está convencido de que el buen ejemplo es la primera predicación al pueblo. Y así sucedió. Con un clero bien dispuesto, llegan tempranos los frutos que pudo recoger: hay reforma en las costumbres del pueblo; se da una vuelta a la piedad sincera. Incluso se traspasan los límites de la diócesis de Orleáns que agradece de modo ostensible el recibimiento a su obispo-padre hasta en los lugares más remotos.
No iba a estar exenta esta santa vida y labor de cruces que purifican ni de la acción de los que padecen el tic de la envidia que siempre y en todo lugar fueron muchos. Aquí también. Soliviantan los ánimos de Carlos Martel, cuando regresa de Aquitania, volviéndolos en contra de su protegido de otro tiempo porque tuvo el valor de enfrentarse el rey franco defendiendo los bienes de la Iglesia al utilizarlos como fondos para sus campañas guerreras. Los envidiosos supieron aprovechar bien el momento y echaron leña al fuego hasta levantar una hoguera de tamaño natural. El resultado fue el destierro del obispo Euquerio que muere el 20 de febrero del año 743 en la abadía de Tron donde pasó en humilde y escondida santidad sus últimos seis años.
miércoles, 19 de febrero de 2014
Lecturas
Tened esto presente, mis queridos hermanos: sed todos prontos para escuchar, lentos para hablar y lentos para la ira. Porque la ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere.
Por lo tanto, eliminad toda suciedad y esa maldad que os sobra y aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros.
Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos, pues quien escucha la palabra y no la pone en práctica se parece a aquel que se miraba la cara en el espejo y, apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era.
Pero el que se concentra en la ley perfecta, la de la libertad, y es constante, no para oír y olvidarse, sino para ponerla por obra, éste será dichoso al practicarla.
Hay quien se cree religioso y no tiene a raya su lengua; pero se engaña, su religión es vacía.
La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo.
En aquel tiempo, Jesús y los discípulos llegaron a Betsaida.
Le trajeron un ciego, pidiéndole que lo tocase.
Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó saliva en lo ojos, le impuso las manos y le preguntó:
-«¿Ves algo?»
Empezó a distinguir y dijo:
-«Veo hombres; me parecen árboles, pero andan.»
Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía todo con claridad.
Jesús lo mandó a casa, diciéndole:
-«No entres siquiera en la aldea.»
Palabra del Señor.
San Gaspar de Búfalo Fundador de los Misioneros de la Preciosa Sangre
Gaspar significa: el que administra tesoros.
Este santo nació en Roma en 1786. Era hijo de un capitán. Fue ordenado sacerdote en 1808. Pero en 1809 Napoleón puso preso al Sumo Pontífice Pío VII y entonces el Padre Gaspar y todos los sacerdotes que permanecieron fieles al Papa, fueron desterrados. En 1814, al ser derrotado Napoleón, pudo volver libre el Pontífice a Roma y también el Padre Gaspar volvió a la ciudad eterna, y encontró que por haber estado la ciudad varios años casi sin sacerdotes había muchísimo trabajo que hacer en confesiones y predicaciones y en tratar de instruir a la juventud, y se dedicó a ello con toda su energía y de tiempo completo.
Viendo que se necesitaban fervorosos misioneros que predicaran de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, se propuso fundar una nueva comunidad religiosa: Los Misioneros de la Preciosa Sangre. El Papa lo ayudó y lo animó y así pronto tuvo ya un buen número de misioneros. El quería que las casas de su nueva comunidad se fundaran en los barrios más pobres, más abandonados y más pervertidos de cada ciudad.
Y empezó por la ciudad de Nápoles que en ese tiempo era una verdadera guarida de bandidos, donde nadie tenía la vida segura. El propio Sumo Pontífice le recomendó que empezara por Nápoles, pues esa gente necesitaba mucho de la conversión .Y las dificultades que se le presentaban eran extremas. Parecía que Nuestro Señor lo estaba poniendo a prueba, pues apenas solucionaba una dificultad le aparecían varias más. Sin embargo él, con una gran confianza en Dios, logró reunir un buen número de sacerdotes y allá se fue a fundar casas de misiones y obtuvieron grandes conversiones.
A sus misioneros les recomendaba que trabajaran fuertemente, y que nunca se dieran por vencidos a pesar de las dificultades y que no dejaran un solo día sin instruirse más y más en nuestra santa religión. El y sus sacerdotes recorrían pueblos y ciudades predicando el evangelio y la conversión. Aguantaban hambres, fríos, persecuciones y pobreza, pero conseguían un gran número de conversiones, con su predicación, su buen ejemplo y sus sacrificios.
Las gentes al verlos tan mortificados y tan instruidos y al oírlos hablar con tanto entusiasmo acerca de la conversión y de la salvación del alma se entusiasmaban y cambiaban de modo de vivir y empezaban a ser mejores. El santo, que terminaba cada misión terriblemente fatigado, les decía a sus amigos: ¿Si es tan bonito trabajar por Nuestro Señor aquí en medio de tantas fatigas, cuánto más será estar junto a El en el cielo donde no hay dolor ni cansancio?.
Por todas partes por donde andaba predicando iba propagando la Adoración Nocturna: ese dedicar una noche cada mes para pasar varias horas rezando ante el Santísimo Sacramento.
Ya bastante enfermo sufría muchísimo de sed por el calor y por la fiebre, pero hacía el sacrificio de no tomar agua, para obtener con ese sufrimiento la conversión de los pecadores. En invierno el frío lo hacía sufrir muchísimo pero no tenía calefacción, porque el martirio del frío podía convertir pecadores.
Murió en Roma en 1836, y fueron tantos los milagros que se obtuvieron por su intercesión, que el Sumo Pontífice lo declaró santo en 1954.
San Gaspar: te encomendamos nuestras ciudades, especialmente aquellos barrios donde hay más maldad, para que ruegues a Dios por ellos y consigas la conversión de muchos pecadores.
Este santo nació en Roma en 1786. Era hijo de un capitán. Fue ordenado sacerdote en 1808. Pero en 1809 Napoleón puso preso al Sumo Pontífice Pío VII y entonces el Padre Gaspar y todos los sacerdotes que permanecieron fieles al Papa, fueron desterrados. En 1814, al ser derrotado Napoleón, pudo volver libre el Pontífice a Roma y también el Padre Gaspar volvió a la ciudad eterna, y encontró que por haber estado la ciudad varios años casi sin sacerdotes había muchísimo trabajo que hacer en confesiones y predicaciones y en tratar de instruir a la juventud, y se dedicó a ello con toda su energía y de tiempo completo.
Viendo que se necesitaban fervorosos misioneros que predicaran de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, se propuso fundar una nueva comunidad religiosa: Los Misioneros de la Preciosa Sangre. El Papa lo ayudó y lo animó y así pronto tuvo ya un buen número de misioneros. El quería que las casas de su nueva comunidad se fundaran en los barrios más pobres, más abandonados y más pervertidos de cada ciudad.
Y empezó por la ciudad de Nápoles que en ese tiempo era una verdadera guarida de bandidos, donde nadie tenía la vida segura. El propio Sumo Pontífice le recomendó que empezara por Nápoles, pues esa gente necesitaba mucho de la conversión .Y las dificultades que se le presentaban eran extremas. Parecía que Nuestro Señor lo estaba poniendo a prueba, pues apenas solucionaba una dificultad le aparecían varias más. Sin embargo él, con una gran confianza en Dios, logró reunir un buen número de sacerdotes y allá se fue a fundar casas de misiones y obtuvieron grandes conversiones.
A sus misioneros les recomendaba que trabajaran fuertemente, y que nunca se dieran por vencidos a pesar de las dificultades y que no dejaran un solo día sin instruirse más y más en nuestra santa religión. El y sus sacerdotes recorrían pueblos y ciudades predicando el evangelio y la conversión. Aguantaban hambres, fríos, persecuciones y pobreza, pero conseguían un gran número de conversiones, con su predicación, su buen ejemplo y sus sacrificios.
Las gentes al verlos tan mortificados y tan instruidos y al oírlos hablar con tanto entusiasmo acerca de la conversión y de la salvación del alma se entusiasmaban y cambiaban de modo de vivir y empezaban a ser mejores. El santo, que terminaba cada misión terriblemente fatigado, les decía a sus amigos: ¿Si es tan bonito trabajar por Nuestro Señor aquí en medio de tantas fatigas, cuánto más será estar junto a El en el cielo donde no hay dolor ni cansancio?.
Por todas partes por donde andaba predicando iba propagando la Adoración Nocturna: ese dedicar una noche cada mes para pasar varias horas rezando ante el Santísimo Sacramento.
Ya bastante enfermo sufría muchísimo de sed por el calor y por la fiebre, pero hacía el sacrificio de no tomar agua, para obtener con ese sufrimiento la conversión de los pecadores. En invierno el frío lo hacía sufrir muchísimo pero no tenía calefacción, porque el martirio del frío podía convertir pecadores.
Murió en Roma en 1836, y fueron tantos los milagros que se obtuvieron por su intercesión, que el Sumo Pontífice lo declaró santo en 1954.
San Gaspar: te encomendamos nuestras ciudades, especialmente aquellos barrios donde hay más maldad, para que ruegues a Dios por ellos y consigas la conversión de muchos pecadores.
martes, 18 de febrero de 2014
Lecturas
Queridos hermanos:
Dichoso el hombre que soporta la prueba, porque, una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman.
Cuando alguien se ve tentado, no diga que Dios lo tienta; Dios no conoce la tentación al mal y él no tienta a nadie.
A cada uno le viene la tentación cuando su propio deseo lo arrastra y seduce; el deseo concibe y da a luz el pecado, y el pecado, cuando se comete, engendra muerte. Mis queridos hermanos, no os engañéis.
Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, en el cual no hay fases ni periodos de sombra.
Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas.
En aquel tiempo, a los discípulos se les olvidó llevar pan, y no tenían más que un pan en la barca.
Jesús les recomendó:
-«Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes.»
Ellos comentaban:
-«Lo dice porque no tenemos pan.»
Dándose cuenta, les dijo Jesús:
-«¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿No acabáis de entender? ¿Tan torpes sois? ¿Para qué os sirven los ojos si no veis, y los oídos si no oís? A ver, ¿cuántos cestos de sobras recogisteis cuando repartí cinco panes entre cinco mil? ¿Os acordáis?»
Ellos contestaron:
-«Doce.»
-« ¿Y cuántas canastas de sobras recogisteis cuando repartí siete entre cuatro mil?»
Le respondieron:
-«Siete.»
Él les dijo:
-«¿Y no acabáis de entender?»
Palabra del Señor.
San Francisco Regis Clet
¿Sucedió hace un siglo? ¿Ocurrió quizá ayer por la tarde? ¿Ha salido en los periódicos de esta mañana la noticia de que un sacerdote francés ha sido asesinado en China? ¿O quizá mañana? ¿O siempre? Es una vieja historia. Desde el anciano Ignacio, el de Antioquía, comido por los leones, hasta el sacerdote que quizás ahora está muriendo en una cárcel de cualquier parte, la cadena de sacerdotes pasando de mano en mano la antorcha de la fe, manchada en sangre, no muere nunca, hasta el fin. Francisco Regis Clet fue un eslabón. Nadie ha dicho que tú o yo no podamos ser otro.
Francisco Regis Clet fue un paúl francés. Francisco Regis Clet fue durante catorce años profesor de teología de un seminario. Durante un año fue director de novicios. Durante veintisiete años fue misionero en China. Desde hace ciento veintiocho años es un habitante del cielo. No fue obispo. No fue predicador de Notre Dame. No murió joven, ni fue un santo arrollador en los que el brazo de Dios obra a modo de relámpago. Apenas hizo nada que no pueda hacer un profesor de seminario. Pero tuvo el coraje de subir paso a paso hasta la cumbre.
Siempre quiso ser mártir, pero no murió mártir hasta los 72 años. Murió sin prisa, año a año, en Europa y en China, pensando siempre: "Para mí, vivir es Cristo, y morir, una recompensa". Una recompensa cuando Dios quiso, y mientras tanto evitó la muerte que dejaría a muchos cristianos sin sacerdote, huyó de las persecuciones chinas, se refugió con sus cristianos en las montañas, se escondió en los pozos y en las cuevas, huyó de casa en casa.
Una mañana, disfrazado de comerciante, con una vasija de aceite en la mano, Regis Clet salía de la última casa que le había servido de refugio. Aquella noche alguien le llamó mientras dormía:
—"¡Francisco, Francisco, que vienen los soldados, levántate!"
Francisco siguió dormido. Entonces ese alguien le tiró del brazo.
—"De: manera que están los perseguidores a la puerta y tú duermes tan tranquilo."
Se levantó de la cama. No vio a nadie. (¿Será el ángel?) Celebró la misa, se disfrazó y abrió la puerta para escapar. Allí estaban los soldados. El cristiano renegado que venía con ellos dijo:
—"Ese es".
Francisco se adelantó.
—",Amigo, ¿a qué has venido?"
Sabía muy bien que ningún lugar de prendimiento, aunque sea Ho-nan, allá en China, está muy lejos de Getsemaní. Ni tampoco está muy lejos del Calvario aquella cruz de Hou-pe donde murió dos años después.
El 17 de febrero de 1820 los soldados de la prisión de Hou-pe entraron en la celda donde estaba el padre Clet con el sacerdote nativo Chen. Dijeron a Clet:
—"Síguenos".
—"¿Me volveréis de nuevo aquí?", —preguntó Clet.
Los soldados callaron. Entonces el padre Chen les miró.
—"Decid, la verdad. Los europeos no temen la muerte."
—"La verdad es que no ha de volver."
El padre Clet pidió unos momentos para hablar con su compañero del que recibió por última vez la absolución sacramental. Quisieron darle unos vestidos nuevos para ir al suplicio por estar ya viejos los que llevaba. "No voy al suplicio como un mártir, contestó, voy como un penitente". Antes de salir se volvió hacia los cristianos que lloraban tras él, diciendo: "No abandonéis jamás la fe". Y salió.
Apenas había amanecido. En Pekín, a muchas leguas de allí, tampoco había amanecido ni amanecería en todo el día, ni al día siguiente. Durante tres días estuvo la ciudad envuelta en tinieblas cerradísimas que muchos atribuyeron a castigo por el asesinato de Clet. En Hou-pe apenas había amanecido. Un grupo de soldados conducía hacia las afueras de la ciudad a un viejecito de setenta y dos años, mal vestido, con su barba blanca demasiado larga, encorvado y gastado, pero sonriente. Llegaron al campo de los ajusticiados. Había allí una cruz, no muy alta. Sólo lo preciso para que un hombre pudiese morir en ella estrangulado. Clet, después de haber estado un momento arrodillado junto a ella, levantóse diciendo: "Podéis atarme ya". Y le amarraron. Con las cuerdas, bajando desde el cuello, le sujetaron las manos a la espalda, y le ataron los pies, uno sobre otro.
Ya no quedaba más que morir. Pero, en China, morir estrangulado es morir tres veces. El verdugo aprieta tres veces el cuello para hacer regustar el tremendo sabor de la muerte. Los cristianos pagaron a los verdugos para evitar que el suplicio fuese tan cruel con este pobre anciano. Pero fue inútil. El verdugo apretó hasta el límite de la muerte y soltó. Un momento más de vida para volver a morir. Un instante más para volver a ver los setenta y dos años de vida que se van.
Dicen que al morir la vida aparece junta y más clara. Toda la vida como es, como un suspiro que dice el salmo. Francisco Regis Clet había reunido ahora, como en un puñadico, todo lo que quedaba de su vida, todos los recuerdos. En su prisión, cuando volvía al calabozo despedazado, hecho polvo después de las torturas de los interrogatorios, Francisco Regis Clet no dormía. Rezaba y recordaba durante toda la noche, arrodillado en un banquillo. Una noche el carcelero le vio así, sólo y despierto y aún sangrando. "¿Qué prodigio, preguntó a la mañana siguiente, qué prodigio quería obtener este anciano que ha pasado de ese modo en vela toda la noche?" El prodigio de morir por Cristo, de ofrecerle todo lo que había sido su vida. Otro carcelero puso una cadena sobre el banquillo para que no se arrodillase. Pero él hizo como si no se diese cuenta y se volvió a arrodillar allí, rezando Y recordando.
Ahora, desde el umbral de la muerte, lo tiene todo fresco en la memoria, todo junto para ofrecérselo a Dios. Desde la soga de estrangulado puede ver allá lejos, más allá de estas montañas de China, mucho más allá de lagos y bosques, la dulce Francia, y aquella ciudad de Grenoble, al pie de los Alpes, donde nació el 19 de agosto de 1748. Puede recordar a su padre, comerciante de tejidos, a su madre, Claudina Bourquy. Recordar su despedida para ingresar en el seminario de la Congregación de la Misión de Lyon. Su ordenación sacerdotal en 1773, sus años de profesor de teología en Annecy, donde era llamado "biblioteca ambulante". Su marcha a París para la Asamblea General de la Congregación, y su nombramiento de director de novicios. Y aquella noche del 12 al 13 de julio, cuando las turbas que hicieron la Revolución Francesa asaltaron la casa de San Lázaro a las dos de la madrugada. Él, con los demás sacerdotes se había refugiado en las casas cercanas. Cuando volvieron al día siguiente sólo encontraron lo que queda después de una tormenta, un montón de muebles y altares destrozados en medio de unas paredes desnudas. Y muy cerca de allí un cuerpo en su ataúd. El cuerpo de Vicente de Paúl. Cuando las turbas, gritando, derrumbándolo todo, se encontraron de repente ante el cuerpo de San Vicente de Paúl, callaron. Allí estaba el padre de los pobres, el hombre del pueblo, el único corazón de Francia que podía detener todas las revoluciones del hambre y del odio. Y dejando las hachas y descubriendo las cabezas, cargaron el ataúd y en un silencio de muerte lo transportaron a la próxima iglesia.
Francisco se acuerda de Vicente de Paúl. Siempre ha vivido bajo su luz. Hace ya veintinueve años, poco después del asalto a San Lázaro, besó por última vez sus reliquias.
¡Tantas cosas sucedieron hace veintinueve años! ¡Qué lejos quedó Francia desde entonces! ¡Qué lejos su casa, su familia, su hermana María Teresa! María Teresa, la hermana mayor, había sido como una madre para los hermanos pequeños de la familia Clet. Francisco era el décimo de los quince hermanos. Son emocionantes las cartas de despedida entre los dos hermanos, antes de embarcarse Francisco para China. María le escribió llorando que no les abandonase para siempre. Francisco contestó: "Aprovecho la noche que precede a mi salida para contestar a tu tiernísima carta. Ya esperaba yo que tu constante y dulce cariño hacia mí no te había de permitir obedecer a la invitación que te hacía de que no intentaras quebrantar mi proyecto... Las cosas han avanzado demasiado y no me arrepiento en modo alguno de mi conducta. No por falta de amor hacia ti, sino porque creo que en esto sigo los designios de la Providencia hacia mí". Todo el cariño más puro y más fuerte que puede contener el pecho de un hombre se levantó entonces en el corazón de Francisco. Hace falta haber sufrido este género de pena para comprenderlo. María Teresa era para él el amor de su madre muerta, el amor de la familia, el hogar, toda su infancia personalizada en una persona. Era la parte que en su vida había cabido al amor humano. Pero la voluntad de Dios estaba más allá del mar. A pesar de todo, allí se iría, pues. No se vieron al despedirse, no se habrían de volver a ver en la vida. Pero no importa. Unos momentos antes de embarcarse le escribió de nuevo: " ... Ruega al Señor que me haga cumplir exactamente su obra. Comunica otra vez mis afectos a mis queridos hermanos, así como también a mi cuñado y sobrinillos. Encomiéndame a las oraciones de mi tía, de la carmelita, y persuádete de que por muy apartado que de ti me halle, jamás te olvidaré". Y cruzó el mar, dejándolo todo detrás, dejando su tierra que amaba como un francés ama a Francia, dejando cuarenta y tres años, media vida, detrás. Ahora estaba en China, ahora iba a morir. Pero, "por muy apartado que de ti me halle, jamás te olvidaré".
Después de un noviciado de costumbres y usos chinos, marchó a la misión del Kiang-si. Pero el lenguaje chino no se aprende en un día. Francisco necesitó toda su paciencia y tesón para aprenderlo. Enseguida marchó al Hou-Kouang, subdividida en las provincias de Hou-pe y Ho-nan, donde había diez mil cristianos diseminados, refugiados en las montañas por causa de la persecución de 1784, y por miedo a los Peisien-kiao, bandas de sublevados contra el emperador. Y para tantos cristianos a veces cinco sacerdotes, a veces tres, a veces sólo el padre Clet, caminando de monte en monte, disfrazado. "Para ponernos al abrigo de una sorpresa, escribe, hemos formado, en unión de nuestros cristianos, campos fortificados en las cumbres de los montes". Y ni aun esto bastaba, porque los revolucionarios venían a cualquier hora quemándolo todo. Así, escribió Clet: "Han visitado mi casa y se han llevado cuanto han querido; pero no la han incendiado. La casa tiene dos cuartos e invadieron el primero mientras yo me estaba tranquilamente en el segundo. No tenían más que abrir la puerta y me hubieran prendido. Pero no abrieron, sino que se entretuvieron en beberse el vino que encontraron, y después se marcharon". En medio del peligro salía hacia grupos de cristianos que hacía veinte o treinta años no habían visto un sacerdote. Y en los días de descanso confesaba durante nueve o diez horas seguidas, y al final todavía conservaba su buen humor para decir: "Aquí hay algunos cristianos tibios, pero gracias a Dios no existen filósofos ni mujeres teólogas".
A todos los rincones llegaba la fama de su abnegación, sabiduría y santidad, y era considerado como el oráculo de los misioneros de China, según testimoniaba muchos años más tarde otro mártir de China, el Beato Gabriel Perboyre. Si un día libraba del demonio a una mujer con sólo tocarle con la estola, otro día conseguía una lluvia torrencial después de haberse puesto a rezar a petición de los cristianos, y de haberla anunciado. Un día, navegando por el río, le dijo el barquero: "Si no se levanta un viento favorable que nos aleje de la orilla, le reconocerán y prenderán". No había el viento suficiente para hacer temblar la hoja de una flor de loto. Pero, de improviso, mientras rezaba, se levantó un viento que alejó la barca de la costa... Volvía otro día a casa y unos paganos le esperaban en un recodo del camino para abalanzarse sobre él y despojarle de cuanto llevaba. Pero no pudieron moverse de espanto al verle venir rodeado de luz y avanzando sin pisar el suelo.
Bueno, ya estamos en el fin. Cuánto ha tardado en llegar. ¡Hacerse viejo en los escondrijos, vivir sabiendo que el mandarín ha ofrecido tres mil tails y la condecoración nacional por la cabeza de uno! ¡Y todavía en estas circunstancias tener valor y humor para escribir desde su escondite: "No deseo de las cosas de aquí abajo más que un buen reloj de bolsillo, pues de los que me enviaron hace dos años sólo uno está medianillo. Los otros se adelantan una o dos horas al día; de pronto fueron asaltados de una calentura intermitente que los condujo a la muerte!" ¡Santo Dios! "No deseo de las cosas de aquí abajo más que un buen reloj de bolsillo". A los setenta años, perseguido, a punto de ser capturado y estrangulado tener serenidad y coraje para decir que no desea de las cosas de aquí abajo más que un buen reloj de bolsillo. Nunca entenderemos la maravilla de sublimidad y sencillez de que está hecho un santo.
Quizá ahora, ahora que está atado y a punto de ser estrangulado, entre sus pobres ropas, lleva su buen reloj de bolsillo. Desde ahora ya no importará que el reloj se atrase o se adelante, ¿verdad? Ya todo es lo mismo, Todo está cumplido. Los veinte meses de prisión también. Y todos sus tormentos.
Pero a pesar de todo, aún se puede sonreír, aún está sonriendo, esperando a que el verdugo apriete definitivamente. Siempre ha sonreído, pase lo que pase. Hasta entre los tormentos y los interrogatorios, de rodillas ante el tribunal. Mientras el tribunal estaba distraído, dijo un día el padre Lamiot, que acababa de llegar encadenado, al padre Clet:
—"¡Ánimo! me encomiendo a vuestras oraciones. ¿Cómo estáis?
Entonces Clet sonrió:
—"Ya no sé hablar francés, ni latín, ni chino".
Y, al verles sonreír, les separaron.
C'est tout. Sencillo y emocionante. De tanta sencillez que podría hacer llorar. Pero el verdugo no llora; el verdugo aprieta. La pobre garganta ya no resistirá más. Es la garganta de un profesor de seminario y la garganta de un apóstol y la garganta de un habitante de las catacumbas. Eso, la garganta de un cristiano. Ahora ya no sabe hablar ni el francés del seminario, ni el chino de las misiones, ni el latín de las catacumbas. Ahora ya no puede hablar. Sólo sonríe.
... Más allá de las montañas está Francia. Más allá de las nubes está Dios...
El mandarín dio la señal. El verdugo le apretó por tercera vez la garganta, sin miedo, hasta el fin. Francisco Regis Clet sonrió. Eso es, sonrió. Y murió.
Francisco Regis Clet fue un paúl francés. Francisco Regis Clet fue durante catorce años profesor de teología de un seminario. Durante un año fue director de novicios. Durante veintisiete años fue misionero en China. Desde hace ciento veintiocho años es un habitante del cielo. No fue obispo. No fue predicador de Notre Dame. No murió joven, ni fue un santo arrollador en los que el brazo de Dios obra a modo de relámpago. Apenas hizo nada que no pueda hacer un profesor de seminario. Pero tuvo el coraje de subir paso a paso hasta la cumbre.
Siempre quiso ser mártir, pero no murió mártir hasta los 72 años. Murió sin prisa, año a año, en Europa y en China, pensando siempre: "Para mí, vivir es Cristo, y morir, una recompensa". Una recompensa cuando Dios quiso, y mientras tanto evitó la muerte que dejaría a muchos cristianos sin sacerdote, huyó de las persecuciones chinas, se refugió con sus cristianos en las montañas, se escondió en los pozos y en las cuevas, huyó de casa en casa.
Una mañana, disfrazado de comerciante, con una vasija de aceite en la mano, Regis Clet salía de la última casa que le había servido de refugio. Aquella noche alguien le llamó mientras dormía:
—"¡Francisco, Francisco, que vienen los soldados, levántate!"
Francisco siguió dormido. Entonces ese alguien le tiró del brazo.
—"De: manera que están los perseguidores a la puerta y tú duermes tan tranquilo."
Se levantó de la cama. No vio a nadie. (¿Será el ángel?) Celebró la misa, se disfrazó y abrió la puerta para escapar. Allí estaban los soldados. El cristiano renegado que venía con ellos dijo:
—"Ese es".
Francisco se adelantó.
—",Amigo, ¿a qué has venido?"
Sabía muy bien que ningún lugar de prendimiento, aunque sea Ho-nan, allá en China, está muy lejos de Getsemaní. Ni tampoco está muy lejos del Calvario aquella cruz de Hou-pe donde murió dos años después.
El 17 de febrero de 1820 los soldados de la prisión de Hou-pe entraron en la celda donde estaba el padre Clet con el sacerdote nativo Chen. Dijeron a Clet:
—"Síguenos".
—"¿Me volveréis de nuevo aquí?", —preguntó Clet.
Los soldados callaron. Entonces el padre Chen les miró.
—"Decid, la verdad. Los europeos no temen la muerte."
—"La verdad es que no ha de volver."
El padre Clet pidió unos momentos para hablar con su compañero del que recibió por última vez la absolución sacramental. Quisieron darle unos vestidos nuevos para ir al suplicio por estar ya viejos los que llevaba. "No voy al suplicio como un mártir, contestó, voy como un penitente". Antes de salir se volvió hacia los cristianos que lloraban tras él, diciendo: "No abandonéis jamás la fe". Y salió.
Apenas había amanecido. En Pekín, a muchas leguas de allí, tampoco había amanecido ni amanecería en todo el día, ni al día siguiente. Durante tres días estuvo la ciudad envuelta en tinieblas cerradísimas que muchos atribuyeron a castigo por el asesinato de Clet. En Hou-pe apenas había amanecido. Un grupo de soldados conducía hacia las afueras de la ciudad a un viejecito de setenta y dos años, mal vestido, con su barba blanca demasiado larga, encorvado y gastado, pero sonriente. Llegaron al campo de los ajusticiados. Había allí una cruz, no muy alta. Sólo lo preciso para que un hombre pudiese morir en ella estrangulado. Clet, después de haber estado un momento arrodillado junto a ella, levantóse diciendo: "Podéis atarme ya". Y le amarraron. Con las cuerdas, bajando desde el cuello, le sujetaron las manos a la espalda, y le ataron los pies, uno sobre otro.
Ya no quedaba más que morir. Pero, en China, morir estrangulado es morir tres veces. El verdugo aprieta tres veces el cuello para hacer regustar el tremendo sabor de la muerte. Los cristianos pagaron a los verdugos para evitar que el suplicio fuese tan cruel con este pobre anciano. Pero fue inútil. El verdugo apretó hasta el límite de la muerte y soltó. Un momento más de vida para volver a morir. Un instante más para volver a ver los setenta y dos años de vida que se van.
Dicen que al morir la vida aparece junta y más clara. Toda la vida como es, como un suspiro que dice el salmo. Francisco Regis Clet había reunido ahora, como en un puñadico, todo lo que quedaba de su vida, todos los recuerdos. En su prisión, cuando volvía al calabozo despedazado, hecho polvo después de las torturas de los interrogatorios, Francisco Regis Clet no dormía. Rezaba y recordaba durante toda la noche, arrodillado en un banquillo. Una noche el carcelero le vio así, sólo y despierto y aún sangrando. "¿Qué prodigio, preguntó a la mañana siguiente, qué prodigio quería obtener este anciano que ha pasado de ese modo en vela toda la noche?" El prodigio de morir por Cristo, de ofrecerle todo lo que había sido su vida. Otro carcelero puso una cadena sobre el banquillo para que no se arrodillase. Pero él hizo como si no se diese cuenta y se volvió a arrodillar allí, rezando Y recordando.
Ahora, desde el umbral de la muerte, lo tiene todo fresco en la memoria, todo junto para ofrecérselo a Dios. Desde la soga de estrangulado puede ver allá lejos, más allá de estas montañas de China, mucho más allá de lagos y bosques, la dulce Francia, y aquella ciudad de Grenoble, al pie de los Alpes, donde nació el 19 de agosto de 1748. Puede recordar a su padre, comerciante de tejidos, a su madre, Claudina Bourquy. Recordar su despedida para ingresar en el seminario de la Congregación de la Misión de Lyon. Su ordenación sacerdotal en 1773, sus años de profesor de teología en Annecy, donde era llamado "biblioteca ambulante". Su marcha a París para la Asamblea General de la Congregación, y su nombramiento de director de novicios. Y aquella noche del 12 al 13 de julio, cuando las turbas que hicieron la Revolución Francesa asaltaron la casa de San Lázaro a las dos de la madrugada. Él, con los demás sacerdotes se había refugiado en las casas cercanas. Cuando volvieron al día siguiente sólo encontraron lo que queda después de una tormenta, un montón de muebles y altares destrozados en medio de unas paredes desnudas. Y muy cerca de allí un cuerpo en su ataúd. El cuerpo de Vicente de Paúl. Cuando las turbas, gritando, derrumbándolo todo, se encontraron de repente ante el cuerpo de San Vicente de Paúl, callaron. Allí estaba el padre de los pobres, el hombre del pueblo, el único corazón de Francia que podía detener todas las revoluciones del hambre y del odio. Y dejando las hachas y descubriendo las cabezas, cargaron el ataúd y en un silencio de muerte lo transportaron a la próxima iglesia.
Francisco se acuerda de Vicente de Paúl. Siempre ha vivido bajo su luz. Hace ya veintinueve años, poco después del asalto a San Lázaro, besó por última vez sus reliquias.
¡Tantas cosas sucedieron hace veintinueve años! ¡Qué lejos quedó Francia desde entonces! ¡Qué lejos su casa, su familia, su hermana María Teresa! María Teresa, la hermana mayor, había sido como una madre para los hermanos pequeños de la familia Clet. Francisco era el décimo de los quince hermanos. Son emocionantes las cartas de despedida entre los dos hermanos, antes de embarcarse Francisco para China. María le escribió llorando que no les abandonase para siempre. Francisco contestó: "Aprovecho la noche que precede a mi salida para contestar a tu tiernísima carta. Ya esperaba yo que tu constante y dulce cariño hacia mí no te había de permitir obedecer a la invitación que te hacía de que no intentaras quebrantar mi proyecto... Las cosas han avanzado demasiado y no me arrepiento en modo alguno de mi conducta. No por falta de amor hacia ti, sino porque creo que en esto sigo los designios de la Providencia hacia mí". Todo el cariño más puro y más fuerte que puede contener el pecho de un hombre se levantó entonces en el corazón de Francisco. Hace falta haber sufrido este género de pena para comprenderlo. María Teresa era para él el amor de su madre muerta, el amor de la familia, el hogar, toda su infancia personalizada en una persona. Era la parte que en su vida había cabido al amor humano. Pero la voluntad de Dios estaba más allá del mar. A pesar de todo, allí se iría, pues. No se vieron al despedirse, no se habrían de volver a ver en la vida. Pero no importa. Unos momentos antes de embarcarse le escribió de nuevo: " ... Ruega al Señor que me haga cumplir exactamente su obra. Comunica otra vez mis afectos a mis queridos hermanos, así como también a mi cuñado y sobrinillos. Encomiéndame a las oraciones de mi tía, de la carmelita, y persuádete de que por muy apartado que de ti me halle, jamás te olvidaré". Y cruzó el mar, dejándolo todo detrás, dejando su tierra que amaba como un francés ama a Francia, dejando cuarenta y tres años, media vida, detrás. Ahora estaba en China, ahora iba a morir. Pero, "por muy apartado que de ti me halle, jamás te olvidaré".
Después de un noviciado de costumbres y usos chinos, marchó a la misión del Kiang-si. Pero el lenguaje chino no se aprende en un día. Francisco necesitó toda su paciencia y tesón para aprenderlo. Enseguida marchó al Hou-Kouang, subdividida en las provincias de Hou-pe y Ho-nan, donde había diez mil cristianos diseminados, refugiados en las montañas por causa de la persecución de 1784, y por miedo a los Peisien-kiao, bandas de sublevados contra el emperador. Y para tantos cristianos a veces cinco sacerdotes, a veces tres, a veces sólo el padre Clet, caminando de monte en monte, disfrazado. "Para ponernos al abrigo de una sorpresa, escribe, hemos formado, en unión de nuestros cristianos, campos fortificados en las cumbres de los montes". Y ni aun esto bastaba, porque los revolucionarios venían a cualquier hora quemándolo todo. Así, escribió Clet: "Han visitado mi casa y se han llevado cuanto han querido; pero no la han incendiado. La casa tiene dos cuartos e invadieron el primero mientras yo me estaba tranquilamente en el segundo. No tenían más que abrir la puerta y me hubieran prendido. Pero no abrieron, sino que se entretuvieron en beberse el vino que encontraron, y después se marcharon". En medio del peligro salía hacia grupos de cristianos que hacía veinte o treinta años no habían visto un sacerdote. Y en los días de descanso confesaba durante nueve o diez horas seguidas, y al final todavía conservaba su buen humor para decir: "Aquí hay algunos cristianos tibios, pero gracias a Dios no existen filósofos ni mujeres teólogas".
A todos los rincones llegaba la fama de su abnegación, sabiduría y santidad, y era considerado como el oráculo de los misioneros de China, según testimoniaba muchos años más tarde otro mártir de China, el Beato Gabriel Perboyre. Si un día libraba del demonio a una mujer con sólo tocarle con la estola, otro día conseguía una lluvia torrencial después de haberse puesto a rezar a petición de los cristianos, y de haberla anunciado. Un día, navegando por el río, le dijo el barquero: "Si no se levanta un viento favorable que nos aleje de la orilla, le reconocerán y prenderán". No había el viento suficiente para hacer temblar la hoja de una flor de loto. Pero, de improviso, mientras rezaba, se levantó un viento que alejó la barca de la costa... Volvía otro día a casa y unos paganos le esperaban en un recodo del camino para abalanzarse sobre él y despojarle de cuanto llevaba. Pero no pudieron moverse de espanto al verle venir rodeado de luz y avanzando sin pisar el suelo.
Bueno, ya estamos en el fin. Cuánto ha tardado en llegar. ¡Hacerse viejo en los escondrijos, vivir sabiendo que el mandarín ha ofrecido tres mil tails y la condecoración nacional por la cabeza de uno! ¡Y todavía en estas circunstancias tener valor y humor para escribir desde su escondite: "No deseo de las cosas de aquí abajo más que un buen reloj de bolsillo, pues de los que me enviaron hace dos años sólo uno está medianillo. Los otros se adelantan una o dos horas al día; de pronto fueron asaltados de una calentura intermitente que los condujo a la muerte!" ¡Santo Dios! "No deseo de las cosas de aquí abajo más que un buen reloj de bolsillo". A los setenta años, perseguido, a punto de ser capturado y estrangulado tener serenidad y coraje para decir que no desea de las cosas de aquí abajo más que un buen reloj de bolsillo. Nunca entenderemos la maravilla de sublimidad y sencillez de que está hecho un santo.
Quizá ahora, ahora que está atado y a punto de ser estrangulado, entre sus pobres ropas, lleva su buen reloj de bolsillo. Desde ahora ya no importará que el reloj se atrase o se adelante, ¿verdad? Ya todo es lo mismo, Todo está cumplido. Los veinte meses de prisión también. Y todos sus tormentos.
Pero a pesar de todo, aún se puede sonreír, aún está sonriendo, esperando a que el verdugo apriete definitivamente. Siempre ha sonreído, pase lo que pase. Hasta entre los tormentos y los interrogatorios, de rodillas ante el tribunal. Mientras el tribunal estaba distraído, dijo un día el padre Lamiot, que acababa de llegar encadenado, al padre Clet:
—"¡Ánimo! me encomiendo a vuestras oraciones. ¿Cómo estáis?
Entonces Clet sonrió:
—"Ya no sé hablar francés, ni latín, ni chino".
Y, al verles sonreír, les separaron.
C'est tout. Sencillo y emocionante. De tanta sencillez que podría hacer llorar. Pero el verdugo no llora; el verdugo aprieta. La pobre garganta ya no resistirá más. Es la garganta de un profesor de seminario y la garganta de un apóstol y la garganta de un habitante de las catacumbas. Eso, la garganta de un cristiano. Ahora ya no sabe hablar ni el francés del seminario, ni el chino de las misiones, ni el latín de las catacumbas. Ahora ya no puede hablar. Sólo sonríe.
... Más allá de las montañas está Francia. Más allá de las nubes está Dios...
El mandarín dio la señal. El verdugo le apretó por tercera vez la garganta, sin miedo, hasta el fin. Francisco Regis Clet sonrió. Eso es, sonrió. Y murió.
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