miércoles, 1 de abril de 2020

San Valerio de Leuconay


En Lauconay, cerca de Amiens, en la Galia, san Valerico o Valerio, presbítero, que atrajo a muchos compañeros hacia la vida eremítica.

Nació en Auvernia, en el seno de una familia humilde. Era pastor, y se las arregló para aprender a leer mientras cuidaba el ganado y llegó a conocer de memoria el salterio. Un día, su tío le llevó a visitar el monasterio de Autum, Valerico insistió en quedarse y su tío le permitió continuar ahí su educación. Algunos años después, pasó a la abadía de San Germán de Auxerre. En aquella época los monjes podían pasar libremente de un convento a otro, algunos eran simplemente espíritus inquietos, incapaces de establecerse en un sitio pero otros cambiaban de monasterio por verdadero espíritu de perfección, en busca de directores espirituales capaces de ayudarlos a santificarse. Valerico se contaba entre estos últimos. La fama de san Columbano y sus discípulos le movió a ir a Luxeuil para ponerse bajo la dirección del gran santo irlandés. Con él fue su amigo Bobo, un noble a quien Valerico había convertido y que abandonó todas sus posesiones para seguirle. Ambos se establecieron en Luxeuil, donde encontraron el director espiritual y la forma de vida que necesitaban. Valerico estaba encargado de cultivar un aparte del huerto. Los otros monjes consideraron como un milagro que los insectos no atacasen la parte del huerto a él confiada, en tanto que devastaban todo el resto, también parece que esto fue lo que movió a san Columbano, quien tenía ya una idea muy elevada de la santidad de Valerico, a admitirle a la profesión después de un noviciado excepcionalmente breve. 

El rey Teodorico expulsó al abad del monasterio y sólo permitió que partiesen con él los monjes irlandeses y bretones. Valerico, que no quería quedarse en el monasterio sin su maestro, obtuvo permiso de acompañar a un monje llamado Waldolano, quien iba a partir a una misión de evangelización. Se establecieron en Neustria, donde predicaron con gran libertad, la elocuencia y los milagros de Valerico lograron numerosos conversiones. Sin embargo el santo se sintió pronto llamado de nuevo retirarse del mundo, esta vez a la vida eremítica. Siguiendo el consejo del obispo Bercundo, escogió un sitio solitario cerca de mar, en la desembocadura del río Somme. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos por ocultarse, no consiguió permanecer ignorado, pronto se le reunieron algunos discípulos y las celdas empezaron a multiplicarse en lo que más tarde se convertiría en la célebre abadía de Leuconay.  

Valerico partía, de vez en cuando, a predicar misiones en la región, obtuvo un éxito tan grande, que se cuenta que evangelizó no sólo lo que ahora se llama Pas-de-Calais, sino toda la costa oriental del estrecho.    

Nuestro santo era alto y de figura ascética, su singular bondad suavizó la rigidez de la regla de san Columbano con excelentes resultados. Los animales acudían a él sin temor, los pájaros iban a posarse sobre sus hombros y a comer en sus manos, en más de una ocasión, el buen abad dijo a los que iban a visitarle. "Dejad comer en paz a estas inocentes criaturas de Dios". San Walerico gobernó el monasterio durante seis años por lo menos y murió hacia el año propagar rápidamente su culto. Dos poblaciones francesas le deben su nombre: Saint-Valéry-sur-Somme y Saint-Valéry-en-Caux. Copatrono de la ciudad de Turín donde se veneran sus reliquias.

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