domingo, 19 de abril de 2020

San Ezequiel Moreno Díaz


En Monteagudo, de Navarra, en España, tránsito de san Ezequiel Moreno Díaz, obispo de Pasto, en Colombia, de la Orden de los Recoletos de San Agustín, que trabajó y, por anunciar el Evangelio, dio su vida tanto en las Islas Filipinas como en América del Sur.

Nació en Alfaro (La Rioja), hijo de una humilde familia, su padre era sastre. Desde muy joven quiso ser misionero en Filipinas. Ingresó en la Orden de los Agustinos Recoletos en Monteagudo (Navarra). En el 1869 fue enviado como misionero a Filipinas donde recibió la ordenación sacerdotal en Manila (1871). La integridad de su vida, su amor a los enfermos y su ardor por la difusión del evangelio le ganaron la estima de sus superiores, que a los 24 años le confiaron la delicada tarea de misionero y capellán castrense de una expedición militar a las islas de Palawan. Allí demostró su celo apostólico. También estuvo en Mindoro (1873-76) y Luzón (1876-85). Las fiebres le obligaron a volver a Manila.

Fue nombrado prior del convento de Monteagudo en 1885, y después de su mandato, que fue eficaz, y donde se demostró su celo fue en la carestía de 1887 (llegó a socorrer diariamente a unos 400 pobres). Luego se ofreció como voluntario para restaurar su congregación en Colombia. Llegó a Bogotá en 1889 como superior y allí comenzó a trabajar en la restauración de la observancia religiosa; pronto fue conocido por su celo apostólico en los poblados de Los Llanos. En 1893 se le nombró Obispo titular de Pinara y vicario apostólico de Casanare, y en 1895 se le nombró Obispo de Pasto; cuando se le comunicó la noticia le vino a la mente una pregunta angustiante: "¿Me habré hecho indigno de sufrir por Dios, mi Señor?". Una de sus principales tareas fue la visita pastoral de su amplísima diócesis. No dio descanso en promover toda obra buena. Estas visitas fueron siempre largas y extenuantes. El clima, los caminos, las posadas, los traslados agotadores... A veces regresaba con la salud quebrantada. En Pasto dio gran impulso a las misiones populares y a la instrucción religiosa. 

Con frecuencia predicaba y se sentaba a confesar. Visitó los seminarios, el orfanato, el hospital, la cárcel. Con un grupo de jóvenes formó un instituto religioso femenino dedicado a la enseñanza de la doctrina cristiana a los analfabetos. Un cuidado muy especial lo dedicó a los pobres, a los enfermos y a las monjas de clausura. Y fue sobre todo un misionero, y tuvo una especial devoción al Sagrado Corazón, la eucaristía y María.

En su nueva misión le esperaban situaciones mucho más difíciles y amargas: humillaciones, burlas, calumnias, persecuciones e incluso el abandono de parte de sus superiores inmediatos. "Su profunda vida espiritual, siempre en tensión hacia Dios, su amor a la contemplación atrajeron en torno a él a un grupo de almas escogidas, a las que él guió con sabiduría". 

Con ocasión de una polémica suscitada en torno a su persona presentó su renuncia, para evitar "disgustos y conflictos" y para salvaguardar la fama de "un hermano del episcopado" pero el papa León XIII no se la aceptó, y volvió a su diócesis donde le esperaban nuevas persecuciones y los horrores de una guerra civil. Tuvo que regresar a España a causa de un cáncer de nariz y boca, enfermedad que sufrió con gran heroicidad, ya que tuvo que ser operado sin anestesia. Murió en Monteagudo.

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