sábado, 26 de abril de 2014

San Anacleto (Cleto), III Papa y Mártir y San Marcelino - Papa y Mártir

Romano. Elegido en el 76. Murió en el 88 Mártir. Fijó las normas para la consagración de los Obispos. En el barrio Vaticano, cerca de la tumba de san Pedro, hizo construir un oratorio destinado a la sepultura de los mártires. Prescribió la forma de los hábitos eclesiásticos.

Martirologio Romano: En Roma, conmemoración de san Cleto, papa, el segundo que rigió la Iglesia Romana después de san Pedro. († 88)

¿Son dos o tan sólo uno?, por mucho tiempo se pensó que Anacleto y Cleto habían sido dos papas distintos del siglo primero. Después resultó claro que el segundo nombre era sólo una abreviación familiar del primero. Y así ha quedó registrado en la sucesión cronológica de los jefes de la iglesia de Roma: Anacleto o Cleto fue el tercero, después de Pedro y Lino.

Tercero, entonces, en la serie de papas. Sobre su origen sobreviven incertidumbres, algunos historiadores piensan que era nacido en Roma, pero su nombre de origen claramente griego deja una sombra de dudas sobre este tema.

Relatos muy antiguos le atribuyen la construcción de un santuario sepulcral llamado «Memoria», en el sitio del entierro de Pedro, en los jardines del Vaticano, territorio que entonces pertenecía al dominio imperial y formado por jardines, campos y tierras sin cultivar. A Anacleto se le atribuye también la disposición que prohibía a los hombres de Iglesia usar los cabellos largos, lo que sería un primer ejemplo de tonsura eclesiástica.

Su pontificado se desarrolla en algunos años de paz, bajo el emperador Vespasiano (que reina del 69 al 79), y bajo su hijo mayor Tito (79 al 81). En tiempos de este último Italia conoce una de las más importantes catástrofes de su historia: la erupción del Vesubio en agosto del 79, con la destrucción de Herculano y Pompeya. Y poco después Roma verá surgir el edificio destinado a convertirse en su emblema: el anfiteatro Flavio (Coliseo) para los juegos públicos, sede de luchas mortales entre gladiadores y de suplicios para los cristianos. El mismo lugar que diecinueve siglos después sería elegido por los sucesores de Pedro, Lino y Anacleto para presidir el Vía Crucis con el que se rememora el calvario de Cristo en Viernes Santo.

Finaliza pronto el reinado de Tito, y con el arribo de su hermano Domiciano comienza la persecusión. Pero no sólo contra los cristianos. De hecho, las primeras víctimas son los judíos, forzados a derivar al Estado el tributo debido al templo de Jerusalén destruido por Tito. Una persecución por razones financieras: porque las grandes obras públicas han desangrado las finanzas imperiales; también los judeocristianos deberán pagar. Después la persecusión va a ensañarse a los cristianos en general, no sólo contra sus bienes. Contra ellos se lanza la acusación de “ateísmo”, es decir, de no adorar a los dioses del Estado, y esta acusación comporta la pena capital.

No sabemos cómo murió Cleto; la persecusión a los cristianos continuó luego de su muerte. No se conoce el lugar de su sepultura, aunque es presumible que haya sido en los jardines vaticanos.

Nació en Roma. Mártir. Elegido el 30.VI.296, murió el 25.X.304. La persecución del Emperador Diocleciano alcanzó el máximo grado de violencia quemando iglesias y textos sagrados. Entre las víctimas S. Lucía, S, Inés, Santa Bibiana, S, Sebastián, San Luciano.

San MARCELINO (296-304) Nació en Roma. Fue pontífice cuando Diocleciano desató la décima persecución contra los cristianos. Ésta fue total. No hubo sector en el que ellos no fueran blancos: además de darles muerte, eran exiliados, se les excluía de los cargos y de las oficinas públicas, y se les expropiaban sus bienes. Las iglesias fueron destruidas, los textos sagrados quemados. Muchos fueron los mártires ilustres de esa época.

Marcelino fue acusado por los herejes donatistas de haber ofrecido un sacrificio a los ídolos para eludir la muerte. Pero la acusación era falsa. Sufrió el martirio el día de Navidad del año

304. Sus restos están custodiados en la iglesia romana de los SS. Apóstoles.

Hijo de un tal Proyecto, fue elegido papa bajo el reinado del emperador Diocleciano, quien, influenciado por las creencias cristianas de su esposa, tuvo en un primer momento un tratamiento benévolo hacía los cristianos.

Esta situación cambió cuando, en febrero de 303, el emperador Diocleciano persuadido por su césar Galerio, emitió un edicto contra la cristiandad por el que se expulsaba a los cristianos del ejercito, se confiscaron las propiedades de la Iglesia cerrándose o destruyéndose sus templos, se profanaron y quemaron los libros y vasos sagrados para, finalmente, tras dos incendios en el palacio del emperador cuya autoría se atribuyó a los cristianos, sentenciar a muerte a los que no apostataran de su fe.

Durante esta persecución Marcelino fue acusado por los donatistas de haber ofrecido sacrificios e incienso a los dioses paganos y de haber entregado los libros sagrados a las autoridades romanas. Estas acusaciones fueron posteriormente rebatidas por San Agustín.

Aunque la tradición cristiana lo considera mártir tras ordenar Diocleciano que fuera decapitado, Marcelino no figura como tal ni en el Martyrologium hieronymianum, ni en el Depositio episcoporum, ni en el Depositio martyrus.

Se desconoce su fecha de nacimiento; fue elegido el 30 de junio de 296; murió en el 304. Según el “Liber Pontificalis” era romano, hijo de un tal Proyecto. El Catálogo Liberiano de Papas (ed. Duchesne, “Lib. Pot.” I, 6-7) da el 30 de junio como el día de su elección, y los años 296-304 como el período de su pontificado. Estas fechas, aceptadas por el autor del “Liber Pontificalis” son verificadas por esa fuente antigua. No nos ha llegado nada respecto a las actividades de este Papa en su papado de ocho años. Sabemos por el epitafio del diácono romano Severo en la catacumba de Calixto (De Rossi, “Roma Sotterranea”, III, 46 tav. V) que en ese tiempo se estaban construyendo nuevas cámaras en el cementerio principal de la Iglesia Romana. Severo dice que había separado un cubículo doble con luminare y arcosolium, "jussu papæ sui Marcellini". Esto sucedió antes del estallido de la gran persecución de Diocleciano; pues durante ésta la Catacumba de Calixto fue confiscada, al igual que los demás lugares de reunión públicos de la comunidad romana. De Rossi asume que los cristianos obstruyeron las galerías principales de la catacumba en ese tiempo, para evitar la profanación de las numerosas tumbas de los mártires enterrados allí. La persecución de Diocleciano, cuyos severos edictos contra los cristianos fueron ejecutados por Maximiano Herculio, causó la mayor confusión en la Iglesia Romana después de 303. Marcelino murió en el segundo año de la persecución y, con toda probabilidad, de muerte natural. Ninguna fuente confiable de los siglos IV y V lo mencionan a él como un mártir. Su nombre no aparece tampoco en la lista de mártires u obispos en el “Cronógrafo” romano del año 354. Tampoco es mencionado en el “Martyrologium Hieronymianum”.

El “Marcellinus episcopus” del 4 de octubre en el “Codex Bernensis” (ed. De Rossi-Duchesne, 129) probablemente no es idéntico al Papa. Al mencionar a Marcelino, Eusebio de Cesarea usa una expresión obscura; el sólo dice: “la persecución también lo afectó” (‘òn kaì a’utòn kateílephon ‘o diogmòs, Historia de la Iglesia, VII.32). De esto obviamente podemos concluir que el Papa no sufrió martirio, de otro modo Eusebio lo hubiera establecido claramente. Incluso hubo informes posteriores en circulación que lo acusaban de haber entregado los libros sagrados después del primer edicto, o aun de haber ofrecido incienso a los dioses, para protegerse de la persecución. Pero las fuentes en las que se establece este reproche son muy cuestionables.

El obispo donatista Petiliano de Constanino en África afirmó, en la carta que escribió en 400 y 410, que Marcelino y los sacerdotes romanos Melquíades, Marcelo y Silvestre (sus tres sucesores) habían entregado los libros sagrados y que habían ofrecido incienso. Pero no pudo aducir ninguna prueba. En las actas de la confiscación de las edificaciones eclesiásticas en Roma, la cual en la gran conferencia cartaginense entre católicos y donatistas fueron presentados por éstos últimos, sólo dos diáconos romanos, Straton y Casio, fueron nombrados como traidores. San Agustín, en sus respuestas a Petiliano, cuestiona la verdad del informe de los últimos (Contra Petiliano 2.202:  : "De quibus et nos solum respondemus: aut non probatis et ad neminem pertinet, aut probatis et ad nos non pertinet";

"De unico baptismo contra Petilianum", cap. xvi: "Ipse scelestos et sacrilegos fuisse dicit; ego innocentes fuisse respondeo"). Sólo se puede concluir de la acusación de Petiliano que tales rumores contra Marcelino y los sacerdotes romanos fueron circulados en África; pero que no pudieron ser probados, de otro modo Agustín no hubiese podido afirmar la inocencia de los acusados tan decididamente, o seguramente haberse referido al asunto en la conferencia de Cartago. Pero hasta en Roma se contaron historias similares sobre Marcelino en ciertos círculos, de modo que en dos informes legendarios posteriores una apostasía formal fue atribuida a este Papa, por supuesto, seguida por arrepentimiento y penitencia. La biografía de Marcelino en el “Liber Pontificalis”, la cual probablemente alude a una “passio” perdida de él, relata que fue llevado al sacrificio para que esparciera incienso, lo cual hizo. Pero a los pocos días fue embargado por el arrepentimiento, y Diocleciano lo condenó a muerte, junto con otros tres cristianos, y fue decapitado. Es claro que este informe intenta combinar un rumor de que el Papa había ofrecido incienso a los dioses, con el hecho de que, en otros círculos él era considerado un mártir y su tumba era venerada.

A comienzos del siglo VI, y bastante después de esta “passio Marcellini”, apareció una colección de documentos falsificados, los cuales fueron fabricados en la disputa entre el Papa San Símaco y Laurencio. Entre ellos se hallan actas apócrifas de un alegado sínodo de trescientos obispos, que se realizó en 303 en Sinuesa (entre Roma y Capua) a fin de investigar la acusación contra Marcelino de que él había sacrificado por órdenes de Diocleciano. En los primeros dos días Marcelino había negado todo, pero al tercer día el admitió su lapso y se arrepintió; sin embargo el sínodo no aprobó ninguna condena sobre él "quia prima sedes non judicatur a quoquam". Cuando Diocleciano se enteró de lo sucedido, hizo que el Papa y muchos obispos del sínodo fueran ejecutados (Hefele, "Konziliengeschichte", I, 2 Aufl. 143-45).

La falsedad de estas actas es casi segura. El falsificador ha sacado el mayor provecho al rumor de la caída de Marcelino para su propio propósito en un modo diferente al autor de la “passio”, que se deslizó al “Liber Pontificalis”. Estos fragmentos apócrifos no pueden por sí mismos ser considerados como prueba histórica, no más que los rumores en los círculos donatistas en África. Se acepta como cierto que el Papa no cumplió con el edicto imperial por un acto abierto, tal como entregar los escritos sagrados, o incluso de ofrecer incienso ante la estatua de un dios. Los autores contemporáneos sin duda le hubiesen dado la mayor prominencia a tal apostasía de un obispo romano. Eusebio no ha usado la antedicha idea. Y después, Teodoreto estuvo menos en la posición de establecer en su “Historia de la Iglesia”, que Marcelino había sido prominente en la persecución ’en tô diogmô diaprépsanta (Historia de la Iglesia I.2). Y Agustín no hubiese podido afirmar tan bruscamente en su respuesta a Petiliano, que Marcelino y los sacerdotes acusados con él de traidores y débiles (“lapsi”) eran inocentes.

Por otro lado es notable que en el “Cronógrafo” romano, cuya primera edición salió en 336, solamente falta el nombre de este Papa, mientras que sí aparecen todos los otros Papas desde el Papa San Lucio I. En ese manuscrito ciertamente está bajo el 16 de enero (XVIII kal. Feb.) el nombre Marcelino, pero claramente es un desliz de la pluma por “Marcelo”; pues la fiesta de este Papa se encuentra tanto en el "Martyrologium Hieronymianum" como en los antiguos libros litúrgicos romanos bajo esa fecha, mientras que en el “Liber Pontificalis” y, en conexión con ello, en los martirologios históricos del siglo IX, la fiesta de Marcelino es transferida al 16 de abril (Acta SS., June, VII, 185). Ciertos investigadores (Mommsen, de Smedt) rastrearon la falta del nombre de Marcelino a la omisión de un copista, debido a la similitud en los nombres, y en el “Depositio Episcoporum” ellos pretendían suplementar el “Cronógrafo”: XVII kal. Febr. Marcelli in Priscillæ VI kal. Maii Marcellini in Priscillæ (de Smedt, "Introductio in hist. eccl. critice tractandam", 512-13).

Pero esta hipótesis no es aceptada. Las fechas de la muerte de los Papas, tan lejos como Silvestre en la lista de sucesiones, son idénticas con los días del mes en las cuales se celebran sus fiestas. Así Marcelino debe venir primero después de Gayo, cuyo nombre es citado bajo la fecha X kal. Maii. Entonces Marcelino falta no sólo en el “Cronógrafo”, sino también en el "Martyrologium Hieronymianum", y en todas las listas de Papas de los siglos V y VI. Esta omisión es por lo tanto, no accidental, sino intencional.

En conexión con los rumores antes mencionados y las narrativas de los fragmentos apócrifos, ciertamente debe ser admitido que en ciertos círculos de Roma no se aprobaba la conducta del Papa durante la persecución de Diocleciano. Sabemos que en esta persecución sólo dos clérigos romanos fueron martirizados: el sacerdote Marcelino y el exorcista Petro. El obispo romano y los otros miembros del alto clero, excepto los clérigos antedichos, pudieron eludir a los perseguidores. No sabemos cómo sucedió esto. Es posible que el Papa Marcelino pudo esconderse a tiempo en un lugar seguro, como hicieron otros obispos. Pero es posible que al publicarse el edicto él aseguró su propia inmunidad; en los círculos romanos esto se le habría imputado como debilidad, de modo que su memoria sufrió por ello, y debido a ese relato es que fue omitido por el autor de el “Depositio Episcoporum” del “Cronógrafo”, mientras que encontró un lugar en el “Catálogo Liberiano”, que era casi contemporáneo. Pero su tumba era venerada por los cristianos de Roma, y luego fue reconocido como un mártir, como muestra la “passio”.

Marcelino murió en 304. No hay certeza sobre el día de su muerte; en el “Liber Pontificalis” su entierro es situado erróneamente el 26 de abril, y esta fecha se mantiene en los martirologios históricos del siglo IX, y de ellos, en los martirologios posteriores. Pero si calculamos la fecha de su muerte desde la duración de su pontificado dado en el Catálogo Liberiano, el habría muerto el 24 ó 25 de octubre de 304.

Su cuerpo fue sepultado en la Catacumba de Priscila en la Vía Salaria, cerca de la cripta donde el mártir Crescencio encontró su sepultura. La Catacumba de Calixto, el cementerio oficial de la Iglesia Romana, donde por muchas décadas habían sido enterrados los predecesores de Marcelino, evidentemente fue confiscada durante la persecución, mientras que la Catacumba de Priscila, que pertenecía a los Acilii Glabriones, estaba todavía a la disposición de los cristianos.

Los cristianos de Roma veneraban la tumba de Marcelino desde una fecha muy temprana. Las declaraciones precisas sobre su localización, en el “Liber Pontificalis”, indican esto. En uno de los itinerarios de las tumbas de los mártires romanos del siglo VII, en el "Epitome de locis ss. martyrum", se menciona expresamente entre las tumbas sagradas de la Catacumba de Priscila (De Rossi, "Roma sotteranea", I, 176).

En las excavaciones de esta catacumba la cripta de San Crescencio, al lado de la cual estaba la cámara sepulcral de Marcelino, estaba satisfactoriamente identificada. Pero no se descubrió ningún monumento que hiciera referencia a este Papa. La posición precisa de esta cámara mortuoria todavía es muy incierta. La perdida “passio” de Marcelino escrita hacia el final del siglo V, la cual fue utilizada por el autor del “Liber Pontificalis” muestra que él era honrado como un mártir de ese tiempo; sin embargo, su nombre aparece primero en el “Martirologio” de Beda, quien sacó su relato del “Liber Pontificalis” (Quentin, "Les martyrologes historiques", 103, sq.).

Esta fiesta se celebra el 26 de abril. Los breviarios antiguos, que siguen el relato del “Liber Pontificalis” concerniente a su caída y arrepentimiento, fueron alterados en 1883.

viernes, 25 de abril de 2014

Milagros Eucarísticos

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, mientras hablaban al pueblo Pedro y Juan se les presentaron los sacerdotes, el comisario del templo y lo saduceos, indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran la resurrección de los muertos por el poder de Jesús. Le echaron mano y, como ya era tarde, los metieron en la cárcel hasta el día siguiente. Muchos de los que habían oído el discurso, unos cinco mil hombres, abrazaron la fe.
Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas; entre ellos el sumo sacerdote Anás, Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes.
Hicieron comparecer a Pedro y a Juan y los interrogaron:
- «¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso?»
Pedro, lleno de Espíritu Santo, respondió:
- «Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; pues, quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre, se presenta éste sano ante vosotros.
Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos.»

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades.
Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: - «Me voy a pescar.»
Ellos contestan: - «Vamos también nosotros contigo.»
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: - «Muchachos, ¿tenéis pescado?»
Ellos contestaron: - «No.»
Él les dice: - «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: - «Es el Señor.»
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: -
«Traed de los peces que acabáis de coger.»
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: - «Vamos, almorzad.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

San Marcos Evangelista

Año 42; por el equinoccio de primavera. Persecución, sangre y terror en la Iglesia naciente. La espada acaba de segar la cabeza de Santiago. Pedro está en la cárcel, y pronto será sacrificado también. Los cristianos velan y oran en la ansiedad. Son ya tantos, que no caben en un solo cenáculo. Se reúnen por grupos en las casas más espaciosas y hospitalarias. Tal esta casa que se levanta cerca de la prisión donde Pedro sufre. Todos los discípulos de Jesús pueden entrar allá. Un gran número de ellos ha entrado en este momento. Son las tres de la mañana. La vigilancia se ha prolongado con la salmodia, la charla y el ágape. El pensamiento de todos está fijo en la prisión cercana. De repente, unos golpes en la puerta, transformando la inquietud en miedo. Una doméstica sale a abrir, y vuelve loca de alegría, gritando: «¡Es el Apóstol, es Pedro!» Nadie la quiere creer, pero a los pocos segundos entra Pedro, embozado en su manto, cuenta su liberación milagrosa, da el ósculo de paz a los hermanos y se aleja de la ciudad antes de amanecer.

En esta ocasión memorable nos sale al paso por vez primera el nombre de Juan Marcos, el evangelista. Aquella casa, donde había prestigio y fe y fraternidad y un recibidor amplio y bien amueblado, era su casa. Allí vivía con su madre María y la criada, que se llamaba Rode. Rode es un nombre griego, que significa rosa. Era aquel un hogar judío, pero con gustos helenizantes. El joven mismo tiene dos nombres, uno para andar entre sus compatriotas, Juan, y otro para cuando tiene que tratar con los grecorromanos, Marcos. Tiene familia en la isla de Chipre (Bernabé, el levita chipriota, es primo suyo), y probablemente a estas horas chapurrea ya el griego.

Este barniz helenístico le coloca entre los primeros obreros de la propaganda apostólica. Acompaña a Pablo y Bernabé en su primera misión a través de las ciudades del Asia. Él no predica. Por su cuenta corre el lado material de la empresa. Administra los fondos, recibe las limosnas, busca alojamiento, paga los gastos y ayuda de mil maneras a los misioneros. Es el procurador de la excursión. Pero al llegar a Perga, una ciudad de Panfilia, abandona a sus compañeros y se vuelve a Jerusalén. Acaso le preocupaba estar tanto tiempo sin noticias de su madre; acaso no llegaba a entenderse con San Pablo. Al empezar la segunda misión; Marcos da motivo a una seria disputa. Bernabé quiere llevarle en su compañía, Pablo se opone terminante, y parte solo, mientras sus antiguos compañeros se encaminan a Chipre. A pesar de aquella dolorosa repulsa, Juan Marcos sigue recorriendo el Imperio y predicando la fe. En el año 62 se encuentra en Roma con San Pablo. El Apóstol de las Gentes ya no se desdeña de tenerle a su servicio; ha cambiado de opinión y no duda de encargarle delicadas misiones en las iglesias que antaño fundaron juntos. Su antiguo compañero es ahora «el hombre siempre útil en vista del ministerio».

Pero Marcos amaba más la compañía de San Pedro. El príncipe de los Apóstoles le llama su hijo, y él camina, a su lado recogiendo dócilmente las palabras de aquel hombre, que era probablemente quien le había enseñado a amar a Jesús, cuando vivía aún en la casa de Jerusalén. Pertenecía a esas almas admirables que brillan en segunda fila, o que saben retirarse a la penumbra para consagrarse a la gloria de un maestro, mereciendo así el premio de la modestia y haciendo su acción más fecunda, aunque menos personal. La antigüedad le llamó a San Marcos el discípulo e intérprete de Pedro. Es probable que el rudo pescador de Betsaida, escogido por Cristo para ser el jefe de su Iglesia, no llegase a hablar con facilidad el griego. Pero a su lado estaba el hombre abnegado, el discípulo amable, dispuesto a transmitir su pensamiento en las reuniones de la primitiva comunidad de Roma. Y Marcos, al lado del apóstol traducía sus palabras, identificándose completamente con aquella catequesis histórica que era la particularidad de su maestro. Era el secretario, la voz, el eco del príncipe de los Apóstoles. Un día los oyentes le pidieron que pusiese por escrito aquellos bellos relatos; él accedió, y así nació el segundo de los Evangelios. San Pedro dejó hacer. Ni prohibió la obra, ni la aprobó. Tal vez, le asustó un poco la iniciativa del discípulo. Cuando Jesús les había enviado por el mundo, no les había mandado escribir, sino predicar. Y el soplo del Espíritu llevaba la predicación por todas partes con victoriosa impetuosidad. Se la veía trasponer las fronteras, adaptarse a los tiempos, a los lugares, al genio de cada raza. Encerrarla en un libro, era quitarle algo de su bravía libertad; imponerle un marco invariable, privarla de aquel esplendor especial con que la vestía cada uno de los mensajeros del Evangelio. Sabía que, a pesar de los escritos, la palabra apostólica permanecería infaliblemente fecunda y eternamente fresca en la enseñanza de sus sucesores.

No obstante, dejó hacer. En el libro de Marcos vio un memorial exacto de su predicación, y cuando algo después la persecución le arrebató a la Iglesia, los cristianos de Roma no tenían más que leer aquellas páginas inspiradas para imaginarse que estaban oyendo la voz de su pastor en el cementerio Ostriano o en la casa de Aquila, sobre el Aventino. Eran las enseñanzas, los relatos, la expresión misma de Pedro. Esto imprime su carácter especial al segundo Evangelio. El biógrafo tiene dos maneras de presentar a su héroe: puede explicarle él mismo o dejar hablar a los hechos. En el de San Marcos encontramos este último sistema. No glosa, no diserta, no comenta; lo único que le importa es ofrecer un relato lleno de viveza y colorido. Y lo consigue plenamente. Su característica es la precisión del detalle, la nitidez de la visión, el gusto de lo pintoresco. Sabe animar de tal modo a las personas, que nos pone en contacto con ellas. Penetramos en sus sentimientos, las vemos moverse delante de nosotros; nos las representamos en su verdadera actitud. Un gesto, una palabra, bastan para hacernos asistir a la acción. Cuando los demás sinópticos nos hablan de algunos nombres, Marcos los enumera; eran cuatro. Sabe que la barca de Pedro estaba pegando con la de Juan cuando Jesús les llamó; nos hace ver a la hija de Jairo corriendo por la habitación después de recobrar la vida; parece como si hubiera visto en la nave el único pan que llevaban en una travesía. Tratándose de Jesús, sobre todo, no olvida ni un gesto, ni una mirada, ni una actitud. Su divina figura aparece realzada por un realismo encantador, que nos revela la huella de una impresión imborrable.

Todos los exegetas modernos que no han perdido enteramente el sentido estético reconocen la gracia de estos relatos del segundo Evangelista, que son verdaderos cuadros llenos de movimiento y de animación. Pero, al mismo tiempo, observan que nos encontramos con un caso en que faltaban casi enteramente las condiciones de escritor: indigencia de imaginación, desorden en la comprensión, inexperiencia en el relato, pobreza en el lenguaje y poca variedad en las escenas. Esas pinturas en que resplandece la vida se consiguen mediante un esquema simple y rudimentario; esa sensación de realidad es producto de fórmulas rígidas y casi hechas a molde. Un mismo patrón sirve para describir dos milagros diferentes. Vigor en la pintura, junto con la penuria en los colores; riqueza descriptiva, junto con una ausencia completa de imaginación creadora; falta de arte, junto con un hechizo irresistible: este contraste es el que caracteriza el estilo de San Marcos y el que le da su originalidad. Son dos rasgos, al parecer, inconciliables, pero que tienen su explicación. Ese narrador sencillo que carece de la invención y del genio de un artista, sólo pretende fijar el recuerdo neto de la realidad vivida. El color y la vida no son productos de su imaginación, sino reflejos de la realidad. Dice lo que ha visto, y lo dice siempre de la misma manera, de una manera popular. Es un testigo ocular más hábil para retener los detalles plásticos de las escenas que para dibujar la psicología de un autor, o para reproducir un discurso.

Apenas hay discursos en San Marcos. Es un Evangelio de hechos, más que de ideas. Ni el menor vestigio del sermón de la montaña; algunas parábolas, pero bosquejadas rápidamente; las conversaciones de Jesús con los Apóstoles, resumidas en pocas palabras. Hechos y milagros, muchos milagros. Es lo que convenía a aquella raza viril, de la que decía Tácito: «Obrar y sufrir animosamente: esto es todo el romano.» Lo maravilloso era un alimento que buscaba con avidez aquella sociedad romana de las primeras misiones evangélicas. Era general la creencia en la astrología, en los sueños y en los adivinos; los magos y agoreros eran condenados a la hoguera por la ley, pero las gentes temblaban delante de ellos; y los más graves escritores., el mismo Tácito, llenaban de prodigios sus historias. Plinio el Viejo, que no creía en los dioses, aceptaba como indudables muchas aventuras mitológicas. Por su parte, Marcos satisfacía estos anhelos, reemplazando las imposturas con las obras divinas que acababa de presenciar toda Judea. Conoce los gustos de los romanos, y no tiene más que presentar la verdad para complacerles. Sabe también que escribe para occidentales, y omite toda la particularidad que pueda delatar en él al hebreo de raza. El giro de su frase es semita, arameo; pero si San Mateo escribía para los convertidos de los hijos de Israel, él se dirige a los gentiles. Aunque no toma un tono dogmático, aunque está lejos de las tendencias paulinas a teologizar, también él tiene su tesis. Mateo presentaba a Jesús como el Mesías esperado por los judíos; Lucas le proponía a los grecorromanos como el Salvador de que les hablaban sus oráculos: Marcos quiere que se vea en Él, ante todo, al Hijo de Dios. El título mismo lo indica: Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. La confesión que San Pedro había proclamado en Cesárea de Filipo, es el centro a que convergen todos los relatos del segundo Evangelio. Una vez más, San Marcos era el intérprete de Pedro.

Y después de haberlo sido en Roma, lo fue en Alejandría, según antiguas tradiciones. La predicación de Pedro el pescador resonó allí por medio de su discípulo al lado de la de Filón, el rabino platónico. Las iglesias de las tres grandes metrópolis del mundo romano tienen sus orígenes unidos a su nombre. Antioquía, Roma y Alejandría, los tres focos de donde el Evangelio va a irradiar al mundo, reciben su lux del príncipe de los Apóstoles. Después, cada uno la proyectará a su modo: Alejandría será la escuela de las altas especulaciones, de las alegorías bíblicas, de las brillantes ideas; no pudiendo renunciar a Platón, le hará cristiano; Aristóteles dominará en Antioquía, un tanto despectiva de la teoría y el misticismo, y obstinadamente aferrada al realismo de la letra; Roma seguirá siendo lo que había sido antes, un gobierno más que una escuela. Ahora es cuando se va a realizar de una manera plena la palabra del poeta: Tu regere imperio populos, romane, memento

jueves, 24 de abril de 2014

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, mientras el paralítico curado seguía aún con Pedro y Juan, la gente, asombrada, acudió corriendo al pórtico de Salomón, donde ellos estaban. Pedro, al ver a la gente, les dirigió la palabra:
- «Israelitas, ¿por qué os extrañáis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a éste con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo.
Rechazasteis al santo, al justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos.
Como éste que veis aquí y que conocéis ha creído en su nombre, su nombre le ha dado vigor; su fe le ha restituido completamente la salud, a vista de todos vosotros.
Sin embargo, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, y vuestras autoridades lo mismo; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.
Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados; a ver si el Señor manda tiempos de consuelo, y envía a Jesús, el Mesías que os estaba destinado.
Aunque tiene que quedarse en el cielo hasta la restauración universal que Dios anunció por boca de los santos profetas antiguos.
Moisés dijo: “El Señor Dios sacará de entre vosotros un Profeta como yo: escucharéis todo lo que os diga; y quien no escuche al profeta será excluido del pueblo.” Y, desde Samuel, todos los profetas anunciaron también estos días.
Vosotros sois los hijos de los profetas, los hijos de la alianza que hizo Dios con vuestros padres, cuando le dijo a Abrahán:
“Tu descendencia será la bendición de todas las razas de la tierra.” Dios resucitó a su siervo y os lo envía en primer lugar a vosotros, para que os traiga la bendición, si os apartáis de vuestros pecados.»

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice:
- «Paz a vosotros.»
Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo:
- «¿Por qué os alarmáis;” ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.»
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:
- «¿Tenéis ahí algo de comer?»
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo:
- «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de
Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.»
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió:
- «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.
Vosotros sois testigos de esto.»

Palabra del Señor.

San Antimo y Compañeros Mártires - Obispo de Nicomedia

Empieza con ellos la última persecución; ellos abren la marcha de un cortejo glorioso. Diocleciano gobierna el Imperio desde sus palacios de Nicomedia, en las riberas asiáticas del mar de Mármara. Su genio ha logrado imprimir un nuevo carácter al mundo romano: el Imperio se orientaliza; el imperator se convierte en un sultán. Representante de la religión tradicional, Diocleciano mira con simpatía el cristianismo: su mujer, Prisca, es cristiana; Valeria, su hija, adora también a Cristo; el palacio está lleno de oficiales, de esclavos, de eunucos y de cubicularios que profesan públicamente la nueva religión. Algunos de ellos son íntimos del emperador, los únicos que, en una corte organizada ya según la etiqueta del Oriente, pueden acercarse a la «persona divina» del señor.

Nada hacía sospechar que se acercaba la promulgación de un decreto persecutorio. Pero junto al augusto está el cesar Galerio, un antiguo boyero de Dacia, que por sus hazañas bélicas ha llegado a la púrpura. Es un gigante de rústico aspecto, de instintos crueles, de gustos groseros, de ruda ignorancia y de fiero fanatismo. Vencedor de los persas, ahora sólo le inquieta un pensamiento: aniquilar a los cristianos. Muchos días ha luchado en el palacio de Nicomedia con el viejo para decidirle a la lucha religiosa, y al fin ha conseguido el decreto: prohibición de asambleas cristianas, destrucción de iglesias, entrega de los libros sagrados e inhabilitación infamante de todos los secuaces de la religión de Cristo. No es todo lo que necesita el odio del césar; pero él se encarga de todo lo demás.

El edicto apareció una mañana de invierno a las puertas de la ciudad. Hubo sorpresa, alegría, consternación y cólera. Mientras la multitud leía aquellas fórmulas hipócritas, un cristiano de alto nacimiento se adelantó indignado, arrancó el papel y le hizo trizas, diciendo irónicamente: «¡Estas son, oh emperadores, vuestras victorias sobre los godos y los sármatas! » Unas horas después pagaba su atrevimiento subiendo a la hoguera. Al día siguiente, el fuego estalló súbitamente en el palacio imperial. Nadie supo de dónde había venido la primera chispa; pero el pérfido césar supo aprovechar el suceso para excitar el ánimo de Diocleciano: «El palacio está lleno de eunucos cristianos—decía delante de las llamas—. Tal es el pago que dan esas gentes a los que les tratan con amor.» A pesar de su agudeza política, el viejo emperador cayó en el lazo. La cólera ensombrecía su penetración habitual. Dio orden de que todos sus servidores pasasen por el tormento; él mismo presidía la operación, mirando sin inmutarse los miembros que se retorcían bajo la acción de las llamas. A su lado, Galerio alentaba a los verdugos y excitaba la desconfianza de su colega. Pero había tenido buen cuidado de sustraer sus servidores al suplicio, y a causa de esto, añade maliciosamente Lactancio, nada se pudo descubrir.

Y así estaban las cosas cuando quince días después se declaró un nuevo incendio. El césar se alejó a toda plisa de la ciudad, diciendo que no quería ser quemado vivo. Esta fuga repentina hizo pensar a muchos que el verdadero incendiario era él. Pero Diocleciano estaba ciego: el miedo le aturdía, su imaginación le representaba conjuras, puñales, venenos. Creyóse blanco de un vasto complot dirigido por el clero de la ciudad, con ayuda de su servidumbre cristiana. La misma emperatriz y su hija estaban comprendidas en sus sospechas absurdas. Dejando el procedimiento de las investigaciones, ordenó que todos sus servidores sacrificasen a los dioses del Imperio: ésta le pareció la única manera de conocer a los conspiradores. O sacrificar, o morir: tal fue la alternativa a que se vieron condenados todos los que tenían algún empleo en el palacio, desde el jardinero al oficial de guardia, desde la muchacha que fregaba los pisos hasta la emperatriz.

Los cristianos dieron muestras de un valor heroico. Sólo se sabe de dos apostasías: la de la emperatriz y la de su hija. Los oficiales, los consejeros y los eunucos más poderosos, «aquellos sobre los cuales reposaba el gobierno del palacio y habían sido amados como hijos por el emperador», se dejaron matar antes que hacer traición a su fe. El historiador Eusebio nos ha descrito el suplicio de Pedro, el canciller. Habiendo rehusado sacrificar, levantáronle en el potro y le desgarraron el cuerpo a fuerza de azotes; cuando aparecieron los huesos, le echaron sal y vinagre en las heridas; luego le extendieron sobre unas parrillas, para asar a fuego lento las carnes que le quedaban. Y así murió, «inquebrantable como su nombre». Doroteo, jefe de la secretaría, Gorgonio y otros muchos de entre los cubicularios y los pajes, fueron estrangulados después de largas torturas. El emperador asistía en persona a la ejecución de sus antiguos servidores.

Al mismo tiempo, el terror sacudía a toda la ciudad. Todos los sospechosos eran detenidos y llevados a los templos. Si se negaban a sacrificar, los verdugos se apoderaban de ellos y los llevaban al suplicio. El obispo Antimo, y tras él todos sus sacerdotes y sus clérigos, fueron juzgados sumariamente y ejecutados, unos por la espada y otros por el fuego; mujeres y niños, viejos y jóvenes, sufrieron el martirio con alegría; un santo entusiasmo sostenía a los condenados; unos morían en grupos numerosos sobre la hoguera; otros eran colgados en cruces; otros derramaron su sangre en el anfiteatro. Barcos atestados de cristianos llegaron a alta mar y allí dejaron su carga. No se sabe si este trágico episodio llegó a exterminar la población cristiana en Nicomedia. Tal vez los verdugos se cansaron antes que las víctimas; tal vez algunos pudieron escapar a las pesquisas de la policía. Un hecho es cierto: que la última persecución había empezado en la misma forma que la primera; que, con toda su clemencia, con todas sus buenas intenciones, con todo su genio político, Diocleciano resucitaba los tiempos de Nerón.

miércoles, 23 de abril de 2014

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, subían al templo Pedro y Juan, a la oración de media tarde, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada
«Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando y le dijo:
- «Míranos.»
Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pedro le dijo:
- «No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar.»
Agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. La gente lo vio andar alabando a Dios; al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa, quedaron estupefactos ante lo sucedido.

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
- «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
- «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
Él les preguntó: - «¿Qué?»
Ellos le contestaron:
- «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo:
- «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?»
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:
- «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída,»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció.
Ellos comentaron:
- «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
- «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les habla pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.

San Adalberto de Praga

Aún era niño, cuando una enfermedad, que lo puso a las puertas de la muerte, le hizo ver la seriedad de la vida. El problema de su salvación se le presentaba con una insistencia alarmante, y ante él parecíanle verdaderas naderías la belleza angélica de su cuerpo, de todo el mundo alabada; la nobleza de su familia, una de las más poderosas de Bohemia, y la gloria de su saber, que acumulara al lado del obispo de Magdeburgo, Adalberto. Este obispo le dio su nombre; antes se llamaba Woytiez. Tendría algo más de veinte años cuando asistió a la muerte de Diethmaro arzobispo de Praga. Diethmaro había sido uno de aquellos pastores mundanos que tanto abundaron en aquella época. Al llegar su última hora, el aguijón de la conciencia le atormentaba sin piedad. « ¡Mísero de mí—exclamaba—, cómo he perdido mis días, cómo me ha engañado el mundo prometiéndome larga vida, riquezas y placeres!» Así hablaba en medio de los estertores de la agonía, con la voz ronca y entrecortada, con los ojos extraviados y convulsos los rasgos de su rostro. Cuando murió, parecía sumido en el abismo de la desesperación.

El joven Adalberto salió de la estancia transformado. La sacudida que aquel espectáculo causó en su sensibilidad eslava fue tal, que desde entonces las palabras del moribundo parecían resonar constantemente en sus oídos. La vida se le presentó con los más negros colores, y en sus ojos claros empezó a dibujarse una trágica inquietud. Inmediatamente dejó su túnica de seda, se vistió de un saco grosero, se echó ceniza en la cabeza y empezó a caminar de iglesia en iglesia, postrándose ante las reliquias de los santos, y de hospital en hospital, visitando a los enfermos. En esta forma lo encontraron cuando lo sentaron en la silla episcopal de Praga. Sólo esto le faltaba para hacer de su vida un tormento insoportable. La idea del juicio de Dios le atenazaba el alma. «Es fácil—decía—llevar una mitra de seda y un báculo de oro; lo grave es tener que dar cuenta de un obispado al terrible Juez de vivos y muertos.»

Vivía triste y como dominado por una impresión de terror. Diríase que pendía sobre su cabeza el filo de una espada. Y efectivamente, algo más aterrador que una espada de fuego le abrumaba sin cesar: era la duda pavorosa de si llegaría a salvarse. El enigma sombrío le estremecía, le atormentaba y consumía sus carnes. Cuentan que jamás se le vio reír. A los que le preguntaban por qué teniendo un obispado tan rico, que le hacía uno de los más poderosos príncipes del Imperio, no reservaba algunas rentas para los lícitos placeres, contestaba él con una lógica inquietante: «¿No os parece una locura hacer piruetas al borde de un abismo?» No deja de causarnos extrañeza, después de haber sido predicada la suavidad del Evangelio, esta atmósfera de terror en que vive uno de sus más puntuales seguidores; pero Dios tiene muchas vías para llevar al Cielo a sus escogidos, y en el siglo X, tan disoluto y gangrenado por el crimen, convenía la aparición de esta figura ejemplar. Entonces alcanzó toda su realidad aquella palabra de Cristo: «El mundo se alegrará y vosotros os contristaréis.»

Pero el mundo, que perdona fácilmente su virtud a algunos santos, porque la juzga más suave, más humana, más condescendiente, guarda un odio irreconciliable para aquellos que directamente, con sus palabras o con su conducta, se oponen a sus alegrías insensatas. Y Adalberto era, en su vida y en sus palabras, lo que era en su rostro. Sus súbditos yacían en la barbarie, sin más que el nombre de cristianos, y él tenía un temple incapaz de ceder. Predicaba, reprendía, excomulgaba, y la gente no veía más que la dureza de su palabra; no veía que todas las rentas de sus tierras se las llevaban los mendigos y los enfermos. Su rigidez de acero se estrelló contra el salvajismo del pueblo. Tres veces dejó su episcopado por juzgar inútil su labor, y otras tantas lo volvió a tomar por consejo de los Sumos Pontífices. En uno de estos intervalos vistió la cogulla benedictina en el monasterio de San Bonifacio, de Roma. Disfrazado con la máscara de la humildad y de la sencillez, nadie adivinó en el nuevo monje la luz de Bohemia. Vivió desconocido durante cinco años, como el último de los monjes, sirviendo, cuando le tocaba, a la mesa conventual, y sufriendo las sanciones regulares y las advertencias de los hermanos, porque, como no estaba acostumbrado a aquellos menesteres, rompía con frecuencia las copas y los platos.

Cuando, por última vez, se dirigía a su diócesis, los de Praga le enviaron una embajada diciéndole irónicamente: «Nosotros somos pecadores, gente de iniquidad, pueblo de dura cerviz; tú, un santo, un amigo de Dios, un verdadero israelita que no podrá sufrir la compañía de los malvados.» Adalberto comprendió, se dio cuenta de que serían inútiles todos sus esfuerzos, y se encaminó a predicar el Evangelio en Prusia. A la severidad de su palabra añadió Dios el atractivo de la gracia. Ya antes, su predicación había convertido a muchos paganos en Polonia, y el rey de Hungría, San Esteban, había recibido de su boca la enseñanza de la fe. En Prusia, su apostolado tuvo una fecundidad asombrosa. Todos los habitantes de Dantzig recibieron el bautismo de sus manos. Para atraerlos más fácilmente se vistió como las gentes de aquella tierra, adoptó su manera de vivir y aprendió su lengua. «Haciéndonos semejantes a ellos—decía—, cohabitando en sus mismas casas, asistiendo a sus banquetes, ganando el sustento con nuestras manos y dejando crecer, como ellos, nuestra barba y nuestra cabellera, los ganaremos mejor para Cristo. »

Los infieles se alarmaron y le persiguieron de pueblo en pueblo. Sitiado en una casa por una tribu de salvajes, les decía desde la puerta: «Yo soy el monje Adalberto, vuestro apóstol. Por vosotros he venido aquí, para que dejéis esos ídolos mudos y conozcáis a vuestro Creador, y creyendo en Él tengáis la verdadera vida.» Nadie se atrevió a tocarle entonces; pero algo más tarde un sacerdote de los ídolos le atravesó con una lanza mientras rezaba el breviario. Adalberto pudo sostenerse un instante de rodillas para orar por sus asesinos. Al caer exánime, una sonrisa de felicidad se posaba por primera vez en sus labios. Su alma, inundada de gloria, volaba hacia Dios, descifrado ya el capital enigma que tantas veces le ensombreciera. Habíase cumplido la promesa del Salvador: «Vuestra tristeza se convertirá en gozo, y vuestro gozo nadie os lo podrá arrebatar.»

martes, 22 de abril de 2014

Reflexión de hoy

Lecturas


El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:
- «Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido
Señor y Mesías.»
Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
- «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»
Pedro les contestó:
-«Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor, Dios nuestro, aunque estén lejos.»
Con estas y otras muchas razones les urgía, y los exhortaba diciendo:
- «Escapad de esta generación perversa.»
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil.

En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
- «Mujer, ¿por qué lloras?»
Ella les contesta:
- «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»
Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
- «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
- «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.»
Jesús le dice:
- «¡María!»
Ella se vuelve y le dice:
- «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!»
Jesús le dice:
- «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.”»
María Magdalena fue y anunció a los discípulos:
- «He visto al Señor y ha dicho esto.»

Palabra del Señor.

San Cayo – Papa y Mártir

Nació en Salona (Calmacia). Mártir. Elegido el 17.XII.283 murió el 22. IV.296. Sufrió el martirio pero no por parte de Diocleciano su tío. Estableció que ninguno podía ser ordenado Obispo sin antes pasar por los grados de ostiario, lector, acólito, exorcista, subdiácono, diácono y sacerdote.

La memoria del papa San Cayo (283-296) va unida generalmente en la tradición a la de San Sotero, y por lo mismo se celebra el mismo día. Sin embargo, sus vidas no tienen de común más que el hecho de ser ambos obispos de Roma. La tumba de San Cayo es, ciertamente, una de las más veneradas en la catacumba de San Calixto de Roma. Mas, por otra parte, su recuerdo está rodeado de multitud de tradiciones y leyendas que impiden tener una idea clara y segura sobre su vida y su verdadera actuación durante su pontificado.

Algunos documentos antiguos atestiguan que Cayo era originario de Dalmacia. Por otra parte, se le supone pariente de Diocleciano y de los Santos Gabino y Susana. Por esto esa misma tradición afirma que vivía en Roma en una casa contigua a la de Gabino y Susana. De esta misma tradición o leyenda se hace eco el llamado Titulus Suzannae, en Roma, que ha llevado siempre el subtítulo de ad duas domos (junto a las dos casas).

Algunas de estas leyendas o tradiciones fueron transmitidas por las Actas de Santa Susana, y sobre estas Actas, según parece, están fundadas las noticias que nos transmite el Liber Pontificalis. Así, pues, no podemos tener ninguna seguridad sobre el origen de San Cayo y demás circunstancias indicadas.

En terreno seguro entramos con la noticia de la elección de Cayo en 283 para suceder en la Sede Romana al papa San Eutiquiano. Además consta que, transcurrida la persecución de Valeriano, la Iglesia atravesaba entonces un período bonancible. Gracias a esta paz, de que gozó el cristianismo durante casi todo el siglo III, sólo interrumpida por los breves chispazos de algunas persecuciones, se había ido robusteciendo extraordinariamente, y a fines del siglo III constituía ya una fuerza arrolladora, imposible de dominar. De esta paz se aprovechó el Romano Pontífice San Cayo para fomentar todas las instituciones de la Iglesia. Bajo su protección se desarrollaron las dos escuelas de Oriente, la de Alejandría y la de Antioquía, que por este tiempo habían llegado a un notable esplendor. Asimismo las Iglesias del Africa, después de San Cipriano († 258), de las Galias y de España, que presenta figuras de primer orden y celebra poco después el concilio de Elvira.

En realidad, aunque tenemos pocas noticias concretas, podemos afirmar que los trece años de pontificado de San Cayo fueron tranquilos y prósperos para la Iglesia. Una noticia, sin embargo, se nos comunica, que da a entender que, no obstante esta paz general, debió haber algún chispazo o conato de persecución. Porque, de hecho, sabemos que Cayo pasó algún tiempo escondido en la catacumba de San Calixto. Precisamente entonces se encontraba esta catacumba en su mayor esplendor. Después de los trabajos realizados en ella por el papa San Calixto, quedó ésta convertida en uno de los lugares más venerados de los cristianos. La cripta de los papas y la contigua de Santa Cecilia, los cubículos de los sacramentos y las antiguas criptas de Lucina, Liberio y Eusebio ofrecían a los cristianos los más vivos y palpitantes recuerdos. Por eso, ante los sepulcros de los papas y de los mártires, se reunían para celebrar los aniversarios de sus martirios y tal vez alguna de sus solemnidades litúrgicas.

De este modo, con la lectura de las Actas o Pasiones de los mártires, que era la manera más corriente de celebrar sus aniversarios, se alentaban sus espíritus, para las batallas que ellos mismos tenían que sostener. Allí, pues, en el interior de la catacumba de San Calixto, atestiguan antiguos documentos, pasó escondido algún tiempo el papa Cayo, sea porque amenazara alguna persecución, sea porque sintiera especial devoción en permanecer al lado de los mártires. Esto último pudo tener lugar, o bien al principio de su pontificado, en que el emperador Caro (282-283) inició una especie de persecución, o bien al principio del gobierno de Diocleciano, en que se siguió todavía algún tiempo en este estado de inseguridad.

Sobre esta base también de la persecución, iniciada por Caro en 283 y continuada algún tiempo con más o menos intensidad durante los años siguientes, adquieren especial consistencia los testimonios de la tradición, que nos presentan a San Cayo como el sostén más firme y el alentador de los cristianos, amenazados constantemente por la espada de la persecución. Según estos mismos documentos, tuvo que sufrir mucho en su constante trabajo de confirmar a los fieles en la defensa de su fe. En particular ponderan cómo aconsejó e indujo al patricio Cromacio para que acogiera a todos los cristianos en su casa de campo con el fin de protegerlos contra la persecución. Se refiere que un domingo entró él en la casa de Cromacio y dijo a los fieles allí reunidos: "Dios Nuestro Señor, conociendo la debilidad humana, ha establecido dos grados entre los que creen en Él: la confesión y el martirio, para que los que no se crean con fuerzas para poder sufrir los rigores de los tormentos al menos conserven la gracia para su confesión. Así, pues —continuó—, los que prefieran permanecer en la casa de Cromacio queden aquí con Tiburcio, y los que quieran venir conmigo a la ciudad síganme.

Con esta ocasión, según se refiere, ordenó diáconos a Marco y Marcelino, y presbítero a su padre Tranquilino; entonces nombró a Sebastián defensor de la Iglesia y de los fieles y dio pruebas de la mayor ternura hacia todos ellos. El Liber Pontificalis, por su parte, atribuye a San Cayo el decreto por el que establecía los diversos grados de la jerarquía anteriores al episcopado, es decir, de ostiario, lector, acólito, exorcista, subdiácono, diácono y presbítero, y asimismo la división de Roma en distritos. Sin embargo, no pueden admitirse estas noticias, pues ya en 250, según atestigua Eusebio en su Historia Eclesiástica (VI, c. 43), son enumerados todos estos grados de la jerarquía. Tal vez no hizo él otra cosa que conmemorarlos de nuevo expresamente.

Respecto de su muerte, no se sabe con certeza si fue mártir. Consta con toda evidencia que, después de su muerte, su memoria fue rodeada de gran veneración. Pero la primera redacción del Liber Pontificalis le designa expresamente como confesor. Posteriormente, en una nueva redacción, se añadió la expresión fue coronado con el martirio; pero esto no está conforme con los hechos. Además, el nombre del papa San Cayo está en la Deposición de los obispos, o Catálogo de los obispos, y no en la Deposición de los mártires. Para explicar estas divergencias el cardenal Orsi escribió: "El título de mártir no parece que se le pueda aplicar a Cayo, sino a causa de los malos tratos sufridos por él en los primeros años de Diocleciano, cuando este emperador permitió continuara en Roma la persecución iniciada por Caro".

De hecho, a partir del siglo IV, todos los calendarios romanos señalan el 22 de abril como el día de su muerte y de su fiesta. Lo mismo repiten los calendarios medievales y Beda el Venerable.