martes, 6 de octubre de 2026

06 de Octubre 2026 - San Bruno

San Bruno, fundador de la Cartuja, fue alemán de nación, hijo de nobles padres, y nació en la ciudad de Colonia. Enviáronle a la universidad de París, donde se dio a la filosofía y a la sagrada teología, en que se aventajó tanto a sus otros compañeros que vino a ser maestro excelente, varón docto y de fama, y canónigo de la ciudad de Reims. Sucedió en este tiempo en París una cosa notable y espantosa, que refieren muchos autores, entre los cuales el que escribió la vida de nuestro santo en el año 1150, es decir, cuarenta y nueve años después de su muerte.

Entre los otros insignes doctores de aquella universidad había uno muy amigo de Bruno, de grande opinión de virtud y letras: murió éste, y estando en la iglesia haciéndole las exequias acostumbradas, al tiempo que uno de los clérigos cantaba aquella lección de Job que dice: Responde mihi: quantas habeo iniquitates? que quiere decir: «Respóndeme, ¿cuántas son mis maldades?» el cuerpo del difunto que estaba en medio de la iglesia, levantó la cabeza y con una voz espantosa dijo: «Por justo juicio de Dios soy acusado», y acabando de decir estas palabras reclinó su cabeza en las andas como antes.

Asombráronse los circunstantes, y determinaron no enterrarle hasta el día siguiente para ver lo que sucedía: y el día siguiente tornó a hablar el difunto y dijo: «Por justo juicio de Dios soy juzgado»; y como fuese grande la turbación de todos los presentes, acordaron dejarle hasta el tercer día, en que con voz más espantosa y tremenda clamó: «Por justo juicio de Dios soy condenado.» Moviéronse muchos a hacer penitencia de sus pecados con este terrible juicio, y uno de ellos fue san Bruno, el cual tocado de la mano de Dios, determinó morir en vida para no morir eternamente, y con seis de sus amigos se partió a Grenoble en el Delfinado, donde el santo obispo Hugo les cedió el asperísimo desierto llamado la Cartuja.

Allí fundaron su sagrada orden, viviendo más como ángeles que como hombres; y muchas veces el mismo san Hugo iba a morar entre ellos con grande humildad y gozo de su espíritu. Habiendo sucedido en el pontificado Urbano II, que había sido discípulo de Bruno, le llamó a Roma para aprovecharse de sus consejos: más al partirse el pontífice para Francia, el santo le suplicó que le diese licencia para retirarse a un desierto de Calabria tan áspero como el de la Cartuja: y en aquel yermo llamado Torre, en el territorio de Esquilache, pasó el resto de su vida con muchos otros solitarios que se llegaron a él deseosos de imitar su admirable perfección.

Finalmente habiendo enriquecido la santa Iglesia con la nueva y celestial familia de los gloriosos hijos de la Cartuja, tan célebre por la multitud de santos y eminentes prelados que de ella han salido, cubierto de cilicio, y con un crucifijo arrimado a los labios, a la edad de cincuenta años no cumplidos entregó su espíritu en las manos del Creador.

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