martes, 4 de junio de 2024

Reflexión del 04/06/2024

Lecturas del 04/06/2024

Queridos hermanos:
¡Esperáis y apresuráis la llegada del Día de Dios! Ese día los cielos se disolverán incendiados y los elementos se derretirán los elementos.
Pero nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia.
Por eso, queridos míos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, intachables e irreprochables y considerad que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación.
Así, pues, queridos míos, ya que estáis prevenidos, estad en guardia para que no os arrastre el error de esa gente sin principios ni decaiga vuestra firmeza. Por el contrario, creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él la gloria ahora y hasta el día eterno. Amén.
En aquel tiempo, enviaron a Jesús unos fariseos y de los herodianos, para cazarlo con una pregunta.
Se acercaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?» Adivinando su hipocresía, les replicó: «¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea».
Se lo trajeron. Y él les preguntó: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?».
Le contestaron: «Del César».
Les replicó: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».
Y se quedaron admirados.

Palabra del Señor.

04 de Junio – San Francisco Caracciolo

A los 22 años, le dio una enfermedad terrible a la piel, semejante a la lepra, y todos creían que sería incurable. Entonces Francisco le hizo a Dios esta promesa: "Si me curas de esta enfermedad, dedicaré mi vida al sacerdocio y al apostolado". Así, curado de milagro, decidió cumplir con su promesa y empezó a prepararse para el sacerdocio. Se fue a Nápoles, y allá, apenas ordenado sacerdote se unió a un grupo de apostolado que se dedicaba a atender a los presos de las cárceles.

En el año 1588 un gran apóstol llamado Juan Adorno, dispuso fundar una comunidad religiosa que dedicara la mitad del tiempo a la oración y la otra mitad al apostolado. Para esto mandó una carta a un tal Ascanio Caracciolo, pidiéndole consejos acerca de este proyecto y proponiendo su colaboración. Pero, sucedió que los que llevaban la carta se equivocaron de destinatario y en vez de entregarla a Ascanio la entregaron a san Francisco Caracciolo. El, al leerla encontró que esta comunidad era lo que él había deseado por muchos años y junto con Juan Adorno fundaron la nueva congregación luego de 40 días de retiro espiritual en un monasterio de camaldulenses.

La nueva comunidad recibió el nombre de "Clérigos regulares".

Entre las normas de su reglamento se encontraban:

Cada día alguno de los religiosos hará ayuno (por que Jesús dijo: "Ciertos espíritus malos no se alejan sino con la oración y el ayuno").

Todo lo religioso pasará cada día al menos una hora en el templo en oración ante el Santísimo Sacramento.

Los religiosos prometerán no aspirar a cargos importantes ni a altos puestos.

El Papa Sixto V aprobó la nueva Congregación, y les fue concedida una casa junto a la famosa Basílica Santa María la Mayor. Pronto empezaron a llegarles muchos jóvenes con la aspiración de pertenecer a la comunidad. Los fervorosos religiosos se dedicaban a predicar misiones por pueblos y veredas y a hacer apostolados en las cárceles y hospitales. Tenían ciertos sitios apartados y solitarios para dedicarse a la oración y a la meditación.

Al morir su compañero a los 40 años, fue nombrado nuestro santo como superior general de la Congregación.

Poseía el don de curaciones. Muchas veces con la señal de la cruz devolvía la salud a los enfermos. Fundó una gran casa religiosa en Nápoles, que pronto se llenó de nuevos religiosos. Fundó también casas en Madrid, Valladolid y Alcalá en España.

En 1607 renunció a todos sus cargos y se dedicó a la oración y a la meditación. En su habitación, en Nápoles lo encontraron varias veces en el suelo, con los brazos en cruz, en éxtasis, orando y mirando al crucifijo absorto.

Las personas lo llamaban "El predicador del amor de Dios" porque predicaba constantemente la misericordia que Dios tiene con los pecadores. Además era fiel devoto de la Santísima Virgen.

Comenzó a sentirse enfermo el 1 de Junio, esto hizo que le mandara una carta a sus hermanos pidiéndoles que sean fieles a la regla. Luego de comulgar y recibir los sacramentos exclamaba "Vámonos, vámonos". Uno de los presente le preguntó: - ¿A dónde quieres ir Padre Francisco?" y él respondió: "¡Al cielo, al cielo!

Murió el 4 de junio del año 1608. Tenía apenas 44 años. Su cuerpo, después de muerto despedía suaves fragancias que por tres días llenaron aquel recinto.

lunes, 3 de junio de 2024

Reflexión del 03/06/2024

Lecturas del 03/06/2024

Queridos hermanos:
A vosotros gracia y paz abundantes por el conocimiento de Dios y de Jesús nuestro Señor.
Pues su poder divino nos ha concedido todo lo que conduce a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento del que nos ha llamado con su propia gloria y potencia, con las cuales se nos han concedido las preciosas y sublimes promesas, para que, por medio de ellas, seáis partícipes de la naturaleza divina, escapando de la corrupción que reina en el mundo por la ambición, en vista de ello, poned todo empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, y al cariño fraterno el amor.
En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos: «Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. A su tiempo, envió un criado a los labradores, para percibir su tanto del fruto de la viña. Ellos lo agarraron, lo azotaron y lo despidieron con las manos vacías. Les envió de nuevo otro criado; a éste lo descalabraron e insultaron. Envió a otro y lo mataron; y a otros muchos, a los que azotaron o los mataron. Le quedaba uno, su hijo amado. Y lo envió el último, pensando “Respetarán a mi hijo”.
Pero los labradores se dijeron: “Éste es el heredero. Venga, lo matamos, y será nuestra la herencia”.
Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, hará perecer a los labradores y arrendará la viña a otros. ¿No habéis leído aquel texto de la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?».
Intentaron echarle mano, porque comprendieron que había dicho la parábola por ellos; pero temieron a la gente, y, dejándolo allí, se marcharon.

Palabra del Señor.

03 de Junio – San Kevin de Glendalough

En Glandaloch, en Hibernia, san Coemgeno, abad, que fundó este monasterio, en el que vivieron muchos monjes, de los cuales fue padre y guía.

Kevin, (en irlandés Coemgen) nació cerca de Rathdrum. Su primer tutor fue san Petroc de Cornualles, el cual, había llegado a Leinster alrededor del 492 y se consagró a sí mismo, con considerable ardor y entusiasmo, al estudio de las Sagradas Escrituras, en lo que su alumno, también llegaría a convertirse en un estudioso notable. Kevin continuó sus estudios bajo la dirección de su tío, san Eugenio, posteriormente Obispo de Ardstraw, quien en aquella época, vivía en Kilnamanagh (Wicklow), donde enseñaba a sus alumnos todas las enseñanzas sagradas, las cuales había adquirido en el famoso monasterio británico de Rosnat.

Kevin se retiró a lo más salvaje del Valle de Glendalaough, donde pasó muchos años en una estrecha cueva viviendo a solas con Dios, practicando un ascetismo extremo. Con el paso del tiempo, hombres santos se congregaron entorno a él y le indujeron a construir el monasterio de Glendalaough. Aquí su fama de santo y escolástico, atrajo multitud de discípulos, por eso Glendalough llegó a ser para el este de Irlanda lo que las Islas Arran fueron para el oeste- una gran escuela de sabiduría sagrada y noviciado en el que los jóvenes santos y clérigos eran entrenados en virtud y auto negación.

Uno de los más ilustres alumnos de Kevin en Glendalogh fue san Moling, fundador del bien conocido monasterio llamado en su honor San Mullins. Uno de los escolásticos de Glendalogh, no obstante, san Lorenzo O’Toole, fue con mucho, el más distinguido. Un gran escolástico, obispo, patriota y santo, debió todo su entrenamiento en virtud y sabiduría a esta escuela. Coemgen fue uno de los hombres más famosos de la historia irlandesa. Las biografías sobre su vida contienen muchas leyendas. Es uno de los patrones de Dublín. Tiene culto local.

domingo, 2 de junio de 2024

02 de Junio 2024 – CORPUS CHRISTI

Decir liturgia eucarística es nombrar, ante todo, la Misa. La parte central de toda la liturgia, el núcleo de todo el vasto sistema litúrgico cristiano, el embrión de los cultos públicos que la «Sancta Mater Ecclesia» envía diariamente de la tierra al Cielo. Pero la Misa es un sacrificio, es un sacramento y es una acción, un drama litúrgico. Como sacrificio y como sacramento, queda perfecta con la institución misma de Cristo; como liturgia, es una urdimbre de textos sublimes, de símbolos profundos y de gestos significativos, que nos recuerdan la fe, el fervor, el entusiasmo de los primeros siglos cristianos. El erudito que estudia esos elementos distintos, esas huellas de épocas diferentes, siente la misma impresión que el arqueólogo ante una catedral que, comenzada cuando el arte románico estaba en su apogeo, no logró terminarse hasta muchos siglos después. Tal vez sobre las sombrías bóvedas se levanten los vuelos atrevidos de las flechas góticas, y sobre los muros de aspecto medieval, las cresterías afiligranadas del Renacimiento. Este caso, que no es un mito en la historia de los grandes monumentos cristianos, nos da ya una idea de los elementos que integran la complicada arquitectura de la Misa.

Hay, sin embargo, partes que se remontan al mismo Cristo; son ritos esenciales, que aparecen ya en el relato de la institución de la Eucaristía, y que se encontrarán en todas las misas de todos los tiempos y de todas las Iglesias.

Se celebraba la primera de las vigilias cristianas. Era en aquella noche memorable que precedía a la Pascua. El Maestro se hallaba reunido con sus discípulos en aquella sala grande y amueblada que Pedro y Juan acababan de disponer para el gran acto. Fuera se agitaban el odio y la intriga; allí resplandecía la claridad serena de una solemnidad que había de propagarse indefinidamente a través de los siglos. Queriendo poner fin a la ley antigua por la observancia plena de la ley, Jesús celebró la Pascua juntamente con sus discípulos, y en aquella misma noche en que el Cordero de Dios iba a ser entregado, comió el cordero simbólico. Después, levantándose de la mesa, tomó el pan, y dando gracias, le partió, le dio a sus discípulos y dijo: «Tomad y comed; éste es mi Cuerpo, que es entregado por vosotros.» Y, tomando luego el cáliz, después de dar gracias, se lo dio, diciendo: «Bebed todos de él; porque éste es el cáliz de mi Sangre, la Sangre de la nueva alianza, que será derramada por muchos, en remisión de los pecados.»

Tales son las palabras del amor que nunca engaña, las que perpetuaron la presencia real del Dios-Hombre en la tierra, las que inauguraron el sacrificio que durará mientras exista el mundo. Sencilla y sublime, la narración evangélica nos revela ya una ceremonia, una acción litúrgica. En ella se ve ya el esquema de toda la liturgia de la Misa, con sus cuatro partes principales. En primer lugar, Cristo «dio gracias», o, como diríamos traduciendo literalmente del texto griego, «eucaristizó»; después, pronunció unas palabras misteriosas; a continuación, rompió el pan, y, finalmente, lo distribuyó. Aquí tenemos ya el prefacio, la consagración, la fracción y la comunión. Y tenemos también los dos nombres con que los primeros cristianos designaron aquella ceremonia: eucaristía y fracción del pan. La Misa había nacido; en medio de su maravillosa sencillez, todo lo esencial se halla en aquella ceremonia de la última cena.

«Haced esto en memoria de Mí», había dicho Jesús a sus discípulos; y ellos, dóciles a este mandato, «perseveraban concordes en la fracción del pan». Estamos en los primeros días de la Iglesia, entre aquella minúscula cristiandad que conserva aún toda la frescura de los recuerdos evangélicos, la que vive envuelta en la belleza nostálgica de los orígenes. Sobre ella flota la brisa ligera del mar de Tiberiades y del monte de las Bienaventuranzas, un resto de aquella intimidad del Maestro y los discípulos, algo de aquella alegría melancólica del Cenáculo, de la reunión en torno a la misma mesa con Jesús. Se evoca, se reproduce aquella escena inolvidable; los Apóstoles «ministran» al Señor, o, mejor dicho, «liturgizan»: es la palabra que emplea el texto original de los Actos para indicar la fracción del pan. Primero, en el Cenáculo de Jerusalén, que les cuesta abandonar por los recuerdos que tiene para ellos; después, en otros cenáculos que se van multiplicando a través del mundo romano: en Antioquía, en Corinto, en Atenas, en Roma.

Podemos reconstruir el cuadro. Es de noche. Sirve de escenario una habitación amplia de una casa particular. Está cerrada cuidadosamente. Dentro, un grupo de hombres y mujeres se sientan, recogidos, alrededor de una mesa. Un anciano, que es un Apóstol o un discípulo de los Apóstoles, preside. Delante de él, sobre la mesa, hay pan y una copa de vidrio, de metal o de loza. Los asistentes le miran extáticos y expectantes. Él se levanta, dirige la mirada hacia la altura y, rompiendo el silencio, comienza con voz grave la gran oración: la Acción de gracias, la Eucaristía. Va improvisando, pero la tarea no es difícil, porque los temas son siempre los mismos. Ya entre los hebreos, el que presidía la comida del cordero pascual empezaba rezando una alabanza, una oración eucarística en que recordaba los beneficios que Yahvé había dispensado a su pueblo escogido. Este prefacio judaico fue el primer molde de la oración eucarística; pero, entre los beneficios divinos, en la asamblea cristiana importaba, sobre todo, recordar la obra redentora del Divino Mediador. El recuerdo de Jesús traía consigo una rápida enumeración de los grandes sucesos de su paso por la tierra hasta el momento de la institución de la Eucaristía.

Aquí, el celebrante, dejando la acción principal al mismo Cristo, reproducía literalmente las palabras de los evangelistas, las únicas que podían realizar la transustanciación del pan y del vino. Habían llegado a la consagración, cuya fórmula será idéntica en todas las liturgias, en Bizancio y en Roma, en Antioquía y en Jerusalén; en Alejandría y en Armenia, en Milán y en Toledo, indicio evidente de un origen apostólico. Desde este momento todo converge hacia la fracción, preludio de la comunión. El sacrificio cristiano es esencialmente el sacrificio de Jesucristo, y la forma eucarística de este sacrificio es el medio amorosamente dispuesto para que todos los hombres puedan tomar parte en él de una manera activa y actual. Ahora bien: esta participación tiene su realización completa en la comunión, que va a concentrar ahora la atención del anciano improvisador de la plegaria eucarística. Pide a Dios «que acoja favorablemente esta intervención nuestra», que mire con agrado esa ofrenda, que es nuestra, porque la ofrecemos nosotros y porque nos ofrecemos nosotros juntamente con la Víctima divina, y termina su discurso con un elogio solemne, con una doxología, acompañada de una rápida ostensión de las especies, con la cual parece indicar a los que le escuchan que ha llegado ya el momento de la comunión.

Todo parece una renovación de la última cena. No hay aún complicación alguna, ni solemnidad especial. El anciano reza en alta voz, en nombre de todos, delante de la mesa. Nos parece oír la oración sacerdotal que Cristo dirigió a su Padre en aquella última noche de su vida mortal. Pero las ideas son distintas: excepto en el momento central, es el hombre quien habla. Están haciendo las fórmulas sacrosantas con que la Iglesia inmolará diariamente el sacrificio de la nueva ley, y estamos ya a medio camino del canon de la Misa actual.

Poco a poco, a medida que aumenta el número de los cristianos, va aumentando también la pompa en la celebración de los sagrados misterios. San Ireneo cree ver un eco de las asambleas litúrgicas de los cristianos, alrededor del año 100, en aquella reunión que describe el autor del Apocalipsis, celebrada el primer día de la semana. Preside un Pontífice venerable, sentado en un trono y rodeado de veinticuatro ancianos o presbíteros; su vestidura es una nívea hopalanda que le llega hasta los pies y un cíngulo de oro; en torno suyo resuenan himnos de alabanzas, acompañados por cítaras y salterios; hay un altar, siete candelabros, un incensario de oro con fuego e incienso, que humea; un libro cerrado con siete sellos; un cordero que parece muerto, y, debajo del altar, los huesos de los santos mártires.

A pesar de las persecuciones, es aquél un período en que el rito se amplía y se hace más solemne. La reunión de los fieles es ya numerosa y fuerte. No obstante, deben reunirse todavía durante la noche en casas particulares; con frecuencia, en los cementerios subterráneos, y en intervalos de calma, en iglesias levantadas al aire libre. Es preciso rodearse de toda suerte de precauciones. De altar sirve el sepulcro de un mártir. Junto a él se coloca el Pontífice, y enfrente, en pie, están los fieles, los ricos y los poderosos mezclados con los pobres y los humildes. Tal vez el presidente de la asamblea es un antiguo esclavo; por ejemplo, el Papa Calixto. Todos saben que la Misa no es sólo el gran sacrificio del culto cristiano, sino también el signo más elocuente de la unidad de la Iglesia, el vínculo de caridad entre fieles y pastores y entre unos fieles y otros.

La ceremonia empezaba con un saludo del celebrante, que recordaba el saludo de Cristo a sus Apóstoles: «La paz sea con vosotros.» Seguía la oración o letanía, una de las formas más antiguas de la oración cristiana. El diácono formulaba las súplicas; el pueblo respondía: «Kyrie, eleison», y el sacerdote recogía todos aquellos anhelos en la «colecta». Venían luego las lecturas. Se leían trozos del Antiguo y del Nuevo Testamento (la Epístola y el Evangelio), entre ellos se cantaban salmos, y, finalmente, el obispo comentaba alguno de los textos que se acababan de leer. Fácil es ver, que todo esto no tiene relación directa con el sacrificio. Es, sencillamente, el oficio que los judíos celebraban los sábados en las sinagogas. No hay que olvidar que los primeros convertidos vinieron del judaísmo. Fieles guardadores de la ley mosaica, siguieron practicando los ritos de su primera religión; y así, a la asamblea propiamente cristiana de la fracción del pan, se juntó la liturgia de las reuniones hebreas, sin más que añadir al leccionario los libros del Nuevo Testamento. Así nació la primera parte de la Misa, la que se llama Misa de los catecúmenos. Al empezar el siglo II, la adaptación se había ya realizado.

No tardaron en aparecer innovaciones importantes en el cuerpo mismo de la sinaxis eucarística. Para indicar mejor su participación en el sacrificio, los fieles empiezan por presentar las ofrendas que van a ser «eucaristizadas». Se echaba agua en el vino, nuevo símbolo de la unión de Cristo y los fieles. La alabanza preparatoria de la consagración se interrumpe con las exclamaciones jubilosas de los asistentes. Cuando ha llegado a su mayor desarrollo, la asamblea canta el trisagio; cuando, consagradas ya las especies, termina la oración, el pueblo, dice San Justino, respondía: «Amén.» En el canon ha aparecido ya también la lectura de los dípticos donde están escritos los nombres de los santos, en cuya unión se ofrece el sacrificio de los fieles vivos y difuntos, por los cuales se ofrece. Nuevos ritos nacen como preparatorios de la comunión, entre ellos el rezo del «Pater noster» y, consecuencia de él, el ósculo de la paz, que circula a través de la asamblea mientras resuena el canto del «Agnus Dei». Venía luego la distribución del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la oración y bendición del celebrante, y así terminaba la ceremonia.

La evolución seguía natural y armónica. Los nuevos ritos, lejos de oscurecer los cuatro actos primitivos, venían a iluminarlos, a comentarlos, a darles más fuerza y más relieve. La revolución religiosa del siglo IV va a dar entrada a nuevos elementos. Hay paz, hay libertad, hay grandes basílicas con pavimentos de mosaico, altares de plata y vasos de oro. La Iglesia va a poder dar a la celebración del Santo Sacrificio todo el esplendor que le conviene. Los obispos se dirigen en procesión al templo, el pueblo les acompaña, y mientras el cortejo desfila, los clérigos cantan versos de los salmos. Así nació el Introito. Hay otros dos momentos en que la asamblea se conmueve: es cuando lleva las ofrendas y cuando se acerca a comulgar; para acompañar estos movimientos y para mantener despiertos los espíritus, se crean otros dos cantos, que son el Ofertorio y la Comunión. Por este tiempo aparece también en la liturgia el eco triunfal del «Gloria in excelsis Deo»; y así se va completando el drama sublime de la liturgia cristiana. La joya divina del sacrificio queda espléndidamente engastada en filigranas de oraciones, de símbolos, de cantos, de lecturas y de ceremonias, que envuelven en un velo sagrado la celebración del gran misterio, a fin de llenar los corazones de un profundo respeto y de excitar las inteligencias a la consideración de las verdades religiosas. Se han contemplado los ritos, se ha tejido un tapiz espléndido de acciones y palabras; la oración eucarística, el canon, es lo que la palabra canon significa: una cosa fija, intangible; y esa liturgia maravillosa, esa cosa más angélica que se ha llamado la cosa más bella después del Cielo, ha recibido un nombre definitivo. Cuando, terminada la ceremonia, el diácono va a despedir al pueblo, lo hace con esa fórmula del bajo latín: «Ite missa est.» Marchad, esto es el envío. «Missa» significa envío; pero los fieles han recogido esta palabra para indicar el más soberano de sus misterios.

Sin embargo, aún no habían aparecido las genuflexiones y otras formas de adoración que seguirán en buena hora. Durante la celebración de la Misa, los fieles se arrodillaban en las oraciones litánicas del principio, estaban sentados mientras se decían los cánticos y las lecturas, y asistían en pie o reclinados sobre báculos en el momento de la Misa propiamente dicha. La piedad eucarística tenía un matiz especial en aquellos primeros siglos, un aspecto netamente teocéntrico. En el centro de la conciencia religiosa estaba el Rey invisible del reino celeste, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, el Dios a quien Jesús nos había dado acceso por su Sangre. No es que se dudase un solo momento del dogma de la presencia real; al contrario, en medio de innumerables herejías, que sacudieron los más firmes fundamentos de la Teología católica, la doctrina acerca de la Eucaristía permaneció indemne. Los Padres apostólicos y los Santos Padres, desde San Ignacio de Antioquía hasta San Agustín, enseñan que la Eucaristía es verdaderamente la carne de Cristo, tomada de la Virgen María, y los pintores de las catacumbas se esfuerzan por traducir esta enseñanza en bellas imágenes simbólicas, inspiradas en pasajes bíblicos o en la antigua mitología pagana. Pero aquellos primeros cristianos lo que primeramente miraban en la fracción del pan era el ágape, la oblación pura del Nuevo Testamento, el banquete de amor por el cual Cristo se adhiere a sus almas para unirlas después al Padre. Cristo era, ante todo, el mediador, el lazo de unión entre el Cielo y la tierra. Sobre el mundo notaba todavía algo de aquella intimidad, de aquella familiaridad que había reinado entre el Maestro y los discípulos cuando se sentaban en la misma barca.

Las grandes disensiones eucarísticas empiezan en el siglo IX. Todos los doctores de la época carolingia componen algún libro acerca del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Curiosos e inquietos, estos precursores de la Escolástica tratan de explicarse la manera con que se realiza el misterio, y, en medio de la polémica, aparece por primera vez la palabra «transustanciación». Más de una vez los combatientes pasan bordeando la herejía, hasta que, a principios del siglo XI, un hereje de Tours, Berengario; se atreve a negar la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. Las discusiones arrecian y se prolongan durante todo el siglo XII. Más de cien tratados se compusieron en esta época sobre la Sagrada Eucaristía.

Fruto de estas luchas seculares va a ser una nueva actitud de los fieles ante el gran misterio de nuestra fe. Cristo, Hijo del hombre, va a obtener un culto en cierto sentido autónomo, precisamente como Hijo del hombre. Va a ser un culto que puede llamarse antropocéntrico. Como protesta contra la herejía de Berengario, la Iglesia de Occidente adopta el rito de la elevación en el momento de consagrar el pan y el vino. Era una innovación hija de una piedad nueva. Con ella, la idea del sacrificio dirigido al Padre por medio del Hijo se suspende un instante para detener sobre el Hijo, sobre la Víctima, la adoración de los fieles; pero este nuevo rito respondía de una manera tan perfecta al fervor del pueblo cristiano, que a fines del siglo XIl era ya general. Se había dado ya el primer paso en la revelación de un nuevo aspecto dentro del misterio eucarístico. Nuevo sólo hasta cierto punto, porque ya la Iglesia primitiva había exigido los honores de la adoración para el Cuerpo de Cristo presente en el altar. «Adora y comulga», clamaba San Juan Crisóstomo; y San Agustín decía: «Nadie coma la carne de Jesucristo sin haberla adorado antes; lejos de ser pecado esta adoración, lo fuera el no tributarla.» No obstante, los signos de reverencia, las inclinaciones profundas, las genuflexiones, no aparecen en el ceremonial de la Misa hasta los últimos siglos medios. Primero las encontramos en la elevación. Los libros de Misa del siglo XIV mandan ya a los fieles que en ese momento fijen la vista en la Sagrada Hostia, levanten las manos como para darle la bienvenida y después se inclinen reverentemente delante de ella. Poco a poco, la inclinación se convierte en genuflexión; y así, un devocionario del siglo XIV dice: «Cuando suene la campanilla de la consagración, harás reverencia a Jesús presente en el altar, y, arrodillado, levantarás las manos mirando la Hostia levantada, donde está el mismo a quien Judas vendió.»

Esta nueva orientación de la piedad cristiana fue la que inspiró la fiesta del Corpus. Urbano IV, que la instituyó, no hizo más que extender a la Iglesia universal la práctica de algunas Iglesias particulares, y Santo Tomás, a quien se atribuye la composición de las magníficas fórmulas litúrgicas de ese día, conlentóse con recoger un bello oficio anterior, que retocó, completó y armonizó, dejando en él las huellas de su genio. Esto fue en 1264, fecha que formó época en la historia del culto al Santísimo Sacramento: pues de entonces data este alegre y triunfal homenaje a la Divina Majestad, absolutamente aparte de la celebración de la Misa, rasgo característico del catolicismo moderno. Cincuenta años más tarde se celebran en todas partes procesiones triunfales, con custodias resplandecientes, humeantes incensarios, grupos de adolescentes que danzan, llevan vasos de perfumes o tapizan de flores el camino, y capillas de músicos que estremecen los aires con sus himnos. La cristiandad pondrá en este cortejo eucarístico lo más grande de su genio, lo más bello de su arte, lo más precioso de su riqueza y lo más ardiente de su fervor religioso; hasta que en siglos posteriores aparezcan nuevas formas de adoración al Santísimo, como las bendiciones, las Exposiciones y el uso de las Cuarenta Horas.

Aquella explosión ruidosa de devoción a Jesús Sacramentado tuvo en España una de sus más espléndidas manifestaciones. Fue entre nosotros donde se hizo popular un saludo eucarístico: «Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar»; y de aquella devoción entusiasta quedaron huellas profundas en nuestra legislación, en nuestra historia, en nuestro arte, en nuestra literatura y en nuestras costumbres. España es la nación de las grandes y magníficas custodias, de los bellísimos cálices románicos y platerescos, de las viejas cofradías del Santísimo, de las «Rocas» valencianas, de los autos sacramentales, de los maravillosos bordados litúrgicos y de la famosa capilla del Corpus Christi de Valencia, fundación del Beato Juan de Ribera, aquel hombre que, para honra de la Sagrada Eucaristía, deseó tener, no sólo todas las Indias con todos sus diamantes, piedras, perlas, plata y oro, sino también toda cuanta riqueza se pudiera encontrar en el mundo».

Son bien conocidas la legislación eucarística del Código de las Partidas; las locuras eucarísticas de San Pascual Bailón y de la Loca del Sacramento; la devoción eucarística de un Felipe II, el que decía que «el sol del Corpus no hizo daño a nadie»; pero es menos conocido el fervor eucarístico del heroico Alfonso Ferrández Coronel, cuya historia nos lleva a la época en que comenzaba a extenderse el nuevo aspecto de la devoción al Santísimo. Defendía Alfonso su villa de Aguilar contra las tropas de Pedro el Cruel. Su causa estaba perdida. A un amigo suyo que se lamentaba de su situación, le decía: «Gutier Ferrández, yo veo un remedio todavía: morir lo más apuestamente que yo pudiere como caballero. E armóse un gambax, e una loriga, e una capellina, e así fue a oír misa. E estando en la iglesia, llegó a él un escudero e díxole: « ¿Qué facedes, don Alfonso Ferrández, que la villa se entra por el portillo del muro?» E don Alfonso respondió: «Como quiere que sea, primero veré a Dios.» E estuvo quedo fasta que alzaron el cuerpo de Dios, e después salió de la iglesia, e púsose en una torre de la villa armado como estaba.» Allí, revestido de una fuerza sobrenatural, aguardó la muerte luchando, y allí fue también donde este modelo admirable de estoicismo cristiano pronunció la frase famosa, que tantas veces se ha repetido en la historia de España: «Esta es Castilla, que face los omes e los gasta.»

Domingo, 02-06-2024 CORPUS CHRISTI Ciclo B

Reflexión del 02/06/2024

Lecturas del 02/06/2024

En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todas las palabras del Señor y todos sus decretos; y el pueblo contestó con voz unánime:
«Cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor».
Moisés escribió todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes de los hijos de Israel ofrecer al Señor holocaustos e inmolar novillos como sacrificios de comunión. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió: «Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos».
Entonces Moisés tomó la sangre y roció al pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la afianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras».
Hermanos:
Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su «tienda» es más grande y más perfecto: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado.
No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.
Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo.
Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.
El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?».
Él envió a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la ciudad, os saldrá al paso un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua con mis discípulos?”.
Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí».
Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua.
Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo».
Después, tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron.
Y les dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».
Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos.

Palabra del Señor.

02 de Junio – San Félix de Nicosia

En el siglo de Giácomo Amoroso, italiano, laico de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos (1715-1787).

San Félix nació en la ciudad siciliana de Nicosia en el año 1715 con el nombre de Filippo Giácomo, provenía de una familia humilde y muy religiosa. Al quedarse huérfano de padre, tuvo que trabajar desde niño de zapatero para ayudar en el hogar, oficio que heredó de su difunto padre.

A los 20 años, pidió su admisión en el convento de los capuchinos para que fuera aceptado como Lego, ya que, por ser analfabeto no podía ser clérigo, en esta oportunidad fue rechazado. Sin renunciar por ello a sus propósitos, el joven se entregó al trabajo, las plegarias y la mortificación, renovando cada cierto tiempo su solicitud en el convento. Por fin, luego de siete años fue admitido en 1743 en el convento de los capuchinos en Mistreta luego de hablar personalmente con el padre provincial de Mesina que se encontraba de visita en Nicosia.

Un año después hizo su profesión tomando el nombre de fray Félix de Nicosia y fue llamado a su ciudad natal para ayudar al hermano limosnero en sus rondas por la ciudad, aquí realizó un gran apostolado entre la gente de todas las clases. Cada día recorría las calles y tocaba las puertas de los ricos; siempre agradecía a cada uno, recibiera o no donativos, diciendo: "Que sea por el amor de Dios".

A pesar de ser analfabeto, conocía muy bien las Sagradas Escrituras y la Doctrina de la Iglesia, pues trataba de aprenderse los pasajes bíblicos y textos de libros que se leían en el convento durante las comidas.

En privado, San Félix practicaba grandes austeridades y en público su amor a Dios se manifestaba con la caridad y la obediencia. Estas cualidades atrajeron hacia él la atención de los fieles, que se encomendaban a sus oraciones. Realizó curaciones milagrosas, sobretodo en la epidemia que sacudió el pueblo de Cerami, en 1777. Curó también las enfermedades del espíritu, convirtiendo a muchos pecadores, inclusive a algunos delincuentes presos, a quienes el santo socorría con alimentos y con la Palabra de Dios.

Era muy devoto de la Eucaristía (se pasaba horas ante el sagrario), la Virgen de los Dolores (llevó en su pecho durante treinta años una estampa de la Virgen) y la Pasión de Cristo (pasaba mucho tiempo con los brazos en cruz meditando el crucifijo).

Murió el 31 de mayo de 1787 en el convento de Nicosia, a la edad de 78 años. Fue Beatificado el 12 de Febrero de 1888 por el Papa León XIII y Canonizado el 23 de Octubre del 2005 por el Papa Benedicto XVI.

sábado, 1 de junio de 2024

Reflexión del 01/06/2024

Lecturas del 01/06/2024

Queridos hermanos:
Acordaos de las predicciones de nuestro Señor Jesucristo.
Basándose en vuestra santísima fe y orando movidos por el Espíritu santo, manteneos en el amor de
Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna.
Tened compasión con los que titubean, a unos salvadlos arrancándolos del fuego, a otros mostradles compasión, pero con cautela, aborreciendo hasta el vestido que esté manchado por el vicio.
Al que puede preservaros de tropiezos y presentaros intachables y exultantes ante su gloria, al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, sea la gloria y majestad, el poder y la soberanía desde siempre ahora y por todos los siglos. Amén.
En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras este paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos y le decían: « ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?».
Jesús les respondió: «Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contestadme».
Se pusieron a deliberar: «Si decimos que es del cielo, dirá: “¿Y por qué no le habéis creído?” ¿Pero cómo vamos a decir que es de los hombres?». (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta.)
Y respondieron a Jesús: «No sabemos».
Jesús les replicó: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».

Palabra del Señor.

01 de Junio – San Justino

San Justino nació alrededor del año 100, en la antigua Siquem, en Samaria (ciudad que en su tiempo se llamaba Naplus). Sus padres eran paganos, de origen griego, y le dieron una excelente educación, instruyéndolo lo mejor posible en filosofía, literatura e historia.

En sus libros, sobre todo "Diálogo con el Judío Tifón" nos cuenta que tuvo un largo camino filosófico de búsqueda de la verdad, luego del cual, llegó a la fe cristiana. Fundó una escuela en Roma, donde enseñaba gratuitamente a los alumnos en la nueva religión, considerada como la verdadera filosofía. En ella, de hecho, había encontrado la verdad y por tanto el arte de vivir de manera recta. Por este motivo fue denunciado y fue decapitado en torno al año 165, bajo el reino de Marco Aurelio, el emperador filósofo a quien Justino había dirigido su «Apología».

Justino y sus obras demuestran cómo la Iglesia celebraba el culto desde sus inicios. Las actas que se conservan acerca del martirio de Justino son uno de los documentos más impresionantes que se conservan de la antigüedad. Justino es llevado ante el alcalde de Roma, y empieza entre los dos un diálogo emocionante:

Alcalde. ¿Cuál es su especialidad? ¿En qué se ha especializado?

Justino. Durante mis primero treinta años me dediqué a estudiar filosofía, historia y literatura. Pero cuando conocí la doctrina de Jesucristo me dediqué por completo a tratar de convencer a otros de que el cristianismo es la mejor religión.

Alcalde. Loco debe de estar para seguir semejante religión, siendo Ud. tan sabio.

Justino. Ignorante fui cuando no conocía esta santa religión. Pero el cristianismo me ha proporcionado la verdad que no había encontrado en ninguna otra religión.

Alcalde. ¿Y qué es lo que enseña esa religión?

Justino. La religión cristiana enseña que hay uno solo Dios y Padre de todos nosotros, que ha creado los cielos y la tierra y todo lo que existe. Y que su Hijo Jesucristo, Dios como el Padre, se ha hecho hombre por salvarnos a todos. Nuestra religión enseña que Dios está en todas partes observando a los buenos y a los malos y que pagará a cada uno según haya sido su conducta.

Alcalde. ¿Y Usted persiste en declarar públicamente que es cristiano?

Justino. Sí declaro públicamente que soy un seguidor de Jesucristo y quiero serlo hasta la muerte.

El alcalde pregunta luego a los amigos de Justino si ellos también se declaran cristianos y todos proclaman que sí, que prefieren morir antes que dejar de ser amigos de Cristo.

Alcalde. Y si yo lo mando torturar y ordeno que le corten la cabeza, Ud. que es tan elocuente y tan instruido ¿cree que se irá al cielo?

Justino. No solamente lo creo, sino que estoy totalmente seguro de que si muero por Cristo y cumplo sus mandamientos tendré la Vida Eterna y gozaré para siempre en el cielo.

Alcalde. Por última vez le mando: acérquese y ofrezca incienso a los dioses. Y si no lo hace lo mandaré a torturar atrozmente y haré que le corten la cabeza.

Justino. Ningún cristiano que sea prudente va a cometer el tremendo error de dejar su santa religión por quemar incienso a falsos dioses. Nada más honroso para mí y para mis compañeros, y nada que más deseemos, que ofrecer nuestra vida en sacrificio por proclamar el amor que sentimos por Nuestro Señor Jesucristo.

Los otros cristianos gritaron que ellos estaban totalmente de acuerdo con lo que Justino acababa de decir.

Justino y sus compañeros, cinco hombres y una mujer, fueron azotados cruelmente, y luego les cortaron la cabeza.

Y el antiguo documento termina con estas palabras: "Algunos fieles recogieron en secreto los cadáveres de los siete mártires, y les dieron sepultura, y se alegraron que les hubiera concedido tanto valor, Nuestro Señor Jesucristo a quien sea dada la gloria por los siglos de los siglos. Amen".