martes, 3 de enero de 2012

Lecturas



Queridos hermanos:
Si sabéis que él es justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de él.
Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!
El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.
Todo el que comete pecado quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley.
Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado.
Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no :ha visto ni conocido.



Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
- «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.» Y Juan dio testimonio diciendo:
- «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.”
Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»


Palabra del Señor.

Santa Genoveva

El nombre y la devoción de Santa Genoveva, († 502), son muy populares en Francia, y sobre todo en París, de la que es Patrona. La vida de la virgen parisiense se encuentra en la Vita Genovefae, escrita unos 20 años después de su muerte. Esta biografía, que hoy se considera como documento histórico, tiene el estilo modesto de quien escribe con fines exquisitamente edificantes, pero logra colocar a la santa en un preciso cuadro histórico.

Nació en Nanterre, en las afueras de París, hacia el año 422, y a los seis años la consagró a Dios San Germano de Auxerre, que pasaba por allí, camino de Inglaterra en donde imperaba la herejía pelagiana. A los 15 años se consagró definitivamente a Dios, entrando a formar parte de un grupo de vírgenes entregadas a Dios que, aunque llevaban un vestido que las distinguía de las demás mujeres, no vivían en convento, sino en sus propias casas, dedicadas a obras de caridad y de penitencia. Genoveva tomaba las cosas en serio: sólo comía el jueves y el domingo, y desde por la tarde de Epifanía hasta el jueves Santo no salía nunca de su pieza.

En el año 451 París se encontraba bajo la amenaza de los Hunos de Atila; los parisienses iban a huir de la ciudad, pero Genoveva los convenció a permanecer ahí, confiando en la protección del cielo. Una vez rechazados los bárbaros, apareció el problema de la carestía: entonces Genoveva montó en un barquito, subió por el Sena y consiguió cereales que distribuyó generosamente a todo el pueblo.

Era una digna antecesora de Santa Juana de Arco. Se sirvió de su amistad con los reyes Quilderico y Clodoveo para obtener la gracia para muchos prisioneros políticos.
Murió hacia el año 502, y sobre su tumba se construyó un pequeño oratorio de madera, que fue el origen de una famosa abadía, más tarde transformada en basílica por Luis XV. Se la invocaba sobre todo en tiempos de graves calamidades, como la peste, o para pedir la lluvia o contra las inundaciones del Sena.

Los jacobinos de la Revolución francesa destruyeron buena parte de las reliquias y transformaron la basílica de Santa Genoveva - que tomó el nombre clásico de Panteón - en el mausoleo de los Franceses ilustres. Pero el culto a Santa Genoveva continuó en la iglesia cercana de Saint-Étienne-du-Mont.

lunes, 2 de enero de 2012

La Adoración de los reyes Magos


Este relato de ficción, basa muchas de sus descripciones en el cuadro de Pedro Pablo Rubens, "La Adoración de los Magos" (1609), Óleo sobre lienzo, que se halla en el Museo del Prado, de Madrid.

Hace buen rato que el pequeño sordomudo anda con sus trapos y su plumero entre las maderas del órgano: A sus pies, la nave de la iglesia de San Juan Bautista yace en penumbra. La luz del alba -el alba del día de los Reyes- titubea en 1as ventanas y luego, lentamente, amorosamente, comienza a bruñir el oro de los altares.

Cristóbal lustra las vetas del gran facistol y alinea con trabajo 1os libros de coro casi tan voluminosos como él. Detrás está el tapiz, pero Cristóbal prefiere no mirarlo hoy.

De tantas cosas bellas y curiosas como exhibe el templo, ninguna le atrae y seduce como el tapiz de La Adoración de los Reyes; ni siquiera el Nazareno misterioso, ni el San Francisco de Asís de alas de plata, ni el Cristo que el Virrey Ceballos trajo de Colonia del Sacramento y que el Viernes Santo dobla la cabeza, cuando el sacristán tira de un cordel.

El enorme lienzo cubre la ventana que abre sobre la calle de Potosí, y se extiende detrás del órgano al que protege del sol y de la lluvia. Cuando sopla viento y el aire se cuela por los intersticios, muévense las altas figuras que rodean al Niño Dios.

Cristóbal las ha visto moverse en el claroscuro verdoso. Y hoy no osa mirarlas.

Pronto hará tres años que el tapiz ocupa ese lugar. Lo colgaron allí, entre el arrobado aspaviento de las capuchinas, cuando lo obsequió don Pedro Pablo Vidal, el canónigo, quien lo adquirió en pública almoneda por dieciséis onzas peluconas. Tiene el paño una historia romántica. Se sabe que uno de los corsarios argentinos que hostigaban a las embarcaciones españolas en aguas de Cádiz, lo tomó como presa bélica con el cargamento de una goleta adversaria. El señor Fernando VII enviaba el tapiz, tejido según un cartón de Rubens, a su gobernador de Filipinas, testimoniándole el real aprecio. Quiso el destino singular que en vez de adornar el palacio de Manila viniera a Buenos Aires, al templo de las monjas de Santa Clara.

El sordomudo, que es apenas un adolescente, se inclina en el barandal. Allá abajo, en el altar mayor, afánanse los monaguillos encendiendo las velas. Hay mucho viento en la calle. Es el viento quemante del verano, el de la abrasada llanura. Se revuelve en el ángulo de Potosí y Las Piedras y enloquece las manti1las de les devotas. Mañana no descansarán los aguateros, y las lavanderas descubrirán espejismos de incendio en el río cruel. Cristóbal no puede oír el rezongo de las ráfagas a lo largo de la nave, pero siente su tibieza en la cara y en las manos, como el aliento de un animal. No quiere darse vuelta porque el tapiz se estará moviendo y alrededor del Niño se agitarán los turbantes y las plumas de los séquitos orientales.

Ya empezó la primera misa El capellán abre los brazos. y relampaguea la casulla hecha con el traje de una Virreina. Asciende hacia las bóvedas la fragancia del incienso.

Cristóbal entrecierra los ojos. Ora sin despegar los labios. Pero a poco se yergue, porque él, que nada oye, acaba de oír un rumor a sus espaldas. Sí, un rumor, un rumor levísimo, algo que podría compararse con una ondulación ligera producida en el agua de un pozo profundo, inmóvil hace años. El sordomudo está de pie y tiembla. Aguza sus sentidos torpes, desesperadamente, para captar ese balbucir.

Y abajo el sacerdote se doblega sobre el Evangelio, en el esplendor de la seda y de los hilos dorados, y lee el relato de la Epifanía.

Son unas voces, unos cuchicheos,.desatados a sus espaldas. Cristóbal ni oye ni habla desde que la enfermedad le dejó así, aislado, cinco años ha. Le parece que una brisa trémula se le ha entrado por la boca y por el caracol del oído y va despertando viejas imágenes dormidas en su interior.

Se ha aferrado a los balaústres, el plumero en la diestra. A infinita distancia, el oficiante refiere la sorpresa de Herodes ante la llegada de los magos que guiaba 1a estrella divina.

- Et apertis thesaurus suis -canturrea el capellán- obtulerunt ei munera, aurum, thus et myrrham.

Una presión física más fuerte que su resistencia obliga al muchacho a girar sobre los talones y a enfrentarse con el gran tapiz.

Entonces en el paño se alza el Rey mago que besaba los pies del Salvador y se hace a un lado, arrastrando el oleaje del manto de armiño. Le suceden en la adoración los otros Príncipes, el del bello manto rojo que sostiene un paje caudatario, el Rey negro ataviado de azul. Oscilan las picas y las partesanas. Hiere la luz a los yelmos mitológicos entre el armonioso caracolear de los caballos marciales. Poco a poco el séquito se distribuye detrás de la Virgen María, allí donde la mula, el buey y el perro se acurrucan en medio de los arneses y las cestas de mimbre. Y Cristóbal está de hinojos escuchando esas voces delgadas que son como subterránea música.

Delante del Niño a quien los brazos maternos presentan, hay ahora un ancho espacio desnudo. Pero otras figuras avanzan por la izquierda, desde el horizonte donde se arremolina el polvo de 1as caravanas y cuando se aproximan se ve que son hombres del pueblo, sencillos, y que visten a usanza remota. Alguno trae una aguja en la mano; otro, un pequeño telar; éste lanas y sedas multicolores; aquél desenrosca un dibujo en el cual está el mismo paño de Bruselas diseñado prolijamente bajo una red de cuadriculadas divisiones. Caen de rodillas y brindan su trabajo de artesanos al Niño Jesús. Y luego se ubican entre la comitiva de los magos, mezcladas las ropas dispares, confundidas las armas con los instrumentos de las manufacturas flamencas.

Una vez más queda desierto el espacio frente a la Santa Familia.

En el altar, el sacerdote reza el segundo Evangelio.

Y cuando Cristóbal supone que ya nada puede acontecer, que está colmado su estupor, un personaje aparece delante del establo. Es un hombre muy hermoso, muy viril, de barba rubia. Lleva un magnífico traje negro, sobre el cual fulguran el blancor del cuello de encajes y el metal de la espada. Se quita el sombrero de alas majestuosas, hace una reverencia y de hinojos adora a Dios. Cabrillea el terciopelo, evocador de festines, de vasos de cristal, de orfebrerías, de terrazas de mármol rosado. Junto a la mirra y los cofres, Rubens deja un pincel.

Las voces apagadas, indecisas, crecen en coro. Cristóbal se esfuerza por comprenderlas, mientras todo ese mundo milagroso vibra y espejea en tomo del Niño.

Entonces la Madre se vuelve hacia el azorado mozuelo y hace un imperceptible ademán, como invitándolo a sumarse a quienes rinden culto al que nació en Belén.

Cristóbal escala con mil penurias el labrado facistol, pues el Niño está muy alto. Palpa, entre sus dedos, los dedos aristocráticos del gran señor que fue el último en llegar y que le ayuda a izarse para que pose los labios en 1os pies de Jesús. Como no tiene otra ofrenda, vacila y coloca su plumerillo al lado del pincel y de los tesoros.

Y cuando, de un salto peligroso, el sordomudo desciende a su apostadero de barandal, los murmullos cesan, como si el mundo hubiera muerto súbitamente. El tapiz del corsario ha recobrado su primitiva traza. Apenas ondulan sus pliegues acuáticos cuando el aire lo sacude con tenue estremecimiento.

Cristóbal recoge el plumero y los trapos. Se acaricia las yemas y la boca. Quisiera contar lo que ha visto y oído, pero no le obedece la lengua. Ha regresado a su amurallada soledad donde el asombro se levanta como una lámpara deslumbrante que transforma todo, para siempre.

Reflexión de hoy



Lecturas



Queridos hermanos: ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre.
En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y ésta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna.
Os he escrito esto respecto a los que tratan de engañaros. Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas y es verdadera y no mentirosa según os enseñó, permanecéis en él.
Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.


Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan a que le preguntaran:
-« ¿Tú quién eres?»
Él confesó sin reservas:
-«Yo no soy el Mesías.»
Le preguntaron:
-« ¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»
Él dijo:
-«No lo soy.»
-« ¿Eres tú el Profeta?»
Respondió:
-«No.»
Y le dijeron:
-« ¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»
El contestó:
- «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías.»
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:
- «Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan les respondió:
- «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.


Palabra del Señor.

San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno, Obispos y Doctores de la Iglesia.

No es esto un mensaje de guerra; es—como decía el poeta antiguo—un heraldo con palabras de oro. Ven a abrazarme, no te detengas un solo momento. El amigo aguarda con impaciencia al amigo. La administración del Imperio es una esclavitud, ciertamente; pero un hombre solícito, prudente y dueño de sí mismo, puede aún encontrar tiempo para los que ama. Así hago yo. Aquí, en el círculo de la amistad, se vive sin ceremonias cortesanas. Nuestra primera regla es que un elogio equivale a una traición. Con toda libertad, pero siempre amablemente, nos advertimos unos a otros nuestros defectos, nos ayudamos en nuestros trabajos y nos acostumbramos a una tarea sin fatiga, sin emulación, sin insomnio. Yo soy el que más velo, pues debo responder de la salud de todos. Perdóname que te escriba con toda franqueza. Te juro que al enviarte esta carta sólo considero tu alta sabiduría, que debe ser provechosa para nosotros. Ven, pues; la posta pública está a tu disposición, y permanecerás con nosotros el tiempo que quieras.»

Esta carta la escribía Juliano el Apóstata poco después de haber sido investido por las legiones del Danubio con la púrpura imperial (361). El amigo a quien se dirige era Basilio de Cesarea. Juliano había conocido a Basilio en Atenas. Más de una vez habían discutido de sutilezas retóricas o cuestiones de filosofía, juntamente con Gregorio de Nacianzo, paseando en dirección al Pireo o a través de los jardines de Academo. Como Juliano, Basilio tenía entonces la pasión de las letras humanas, pero sin aquella inquietud religiosa que turbaba ya entonces a su augusto amigo. Aunque catecúmeno todavía, hacía honor a las tradiciones religiosas de su familia, una noble familia de Cesarea de Capadocia, que entre sus miembros contaba mártires, obispos y ascetas ilustres, y cuyo jefe era ahora un brillante profesor de elocuencia de la provincia del Ponto.

Al volver a su patria, después de cumplidos los veinticinco años, Basilio se sintió impresionado por el ejemplo de su hermana Macrina, que llevaba en casa la vida austera de las vírgenes consagradas a Dios. «Comencé—dice él mismo—a despertarme como de un profundo sueño, a abrir los ojos, a mirar la verdadera luz del Evangelio y a reconocer la vanidad de la sabiduría humana.» Como signo de una resolución firme, recibió el bautismo, y deseando conocer con más claridad la voluntad divina, viajó durante dos años por todo el Oriente, desde el Nilo hasta el Tigris, visitando los santuarios famosos, escuchando a los doctores de la fe, discutiendo con los filósofos, admirando a los grandes solitarios y robusteciendo el entusiasmo de su fe con la visita de los Santos Lugares. Rico con estos tesoros de experiencias, se apresuró a poner en práctica aquella vida de perfección que había aprendido de los anacoretas de Egipto y Mesopotamia, estableciéndose en un valle risueño de la provincia del Ponto, junto a la corriente del Iris. Con él viven otros ascetas, que forman una especie de círculo amistoso, cuyo lazo es el amor, caldeado en la oración, en el trabajo manual e intelectual y en la noble conversación, donde se estudiaban los más altos problemas de la filosofía y de la teología. Este es el momento en que Basilio recibe aquella misiva en que se le invitaba a formar parte de aquel otro círculo laico que Juliano empezaba a organizar en la corte. No conocemos su respuesta. Tal vez no vio en la invitación imperial más que un nuevo indicio de refinada hipocresía y el afán de imitar las bellas instituciones del cristianismo. Es un hecho que Basilio despreció aquella tentación peligrosa, prefiriendo la compañía de los cenobitas del Iris, entre los cuales figuraban su hermano Gregorio de Nissa y su amigo Gregorio de Nacianzo. Con ellos reza, ayuna y trabaja. Los gobierna, pero sin que nadie se dé cuenta de que hay un superior. Todo en su dirección es discreción y sabiduría. Se levantan al despuntar el día para alabar a Dios con la oración y el canto de los himnos. Leen los libros sagrados y contemplan a los santos personajes de la Biblia «como estatuas vivientes e imágenes animadas». La oración alterna con el estudio. No se impone el silencio absoluto, pero tampoco se habla inútilmente; es preciso reflexionar antes de hablar, y disciplinar hasta el tono de la voz. De cuando en cuando, Basilio reúne a sus compañeros en torno suyo, los instruye, resuelve sus dudas y los guía por los caminos de la perfección. Así nacen sus Reglas Mayores y Menores, suma de catequesis monacal, que señalan una etapa esencial en el desarrollo de la vida cenobítica. Con ella, la cultura oriental se junta a la tradición pacomiana, el ideal monástico es enriquecido e iluminado con las claridades del espíritu griego.

Aquel monasterio de Iris, donde a los encantos del espíritu se juntaban las más espléndidas bellezas naturales, parecía haber nacido a impulso de un capricho pasajero, pero en realidad llevaba en sí la vitalidad de una creación nueva y vigorosa. Por él la vida de comunidad iba a ocupar finalmente el puesto que le correspondía dentro del cristianismo. Hasta ahora el aislamiento anacorético se ha considerado como la cima de la perfección. El mismo ideal de San Pacomio es un homenaje a la vida de los anacoretas. Su monasterio nos da la impresión de un cercado donde el individuo puede vivir seguro. Hay una rígida disciplina exterior, pero cada cual tiene libertad completa para organizar su vida ascética. El objeto de aquella minuciosa reglamentación no es la comunidad, sino el individuo. El aprecio excesivo de la soledad ofusca a aquellos legisladores egipcios. Piensan que el trato con los hombres aparta de la compañía de los ángeles, y si aceptan el cenobio es porque el desierto carece de lo necesario para vivir, y está lleno de fieras y serpientes. San Basilio se da cuenta de que hay un punto flaco en estas tendencias: es el olvido del precepto fundamental del amor, y ello le lleva a sentar la tesis contraria: el claustro no es un producto de la necesidad, sino el ideal más puro del cristianismo. Familiarizado con el concepto de la ciudad griega, va a demoler la supremacía del aislamiento con una crítica profunda y radical, en la cual descubre crudamente los grandes peligros de la soledad y analiza las ventajas de la convivencia. A semejanza de la Iglesia, el monasterio se le presenta como un organismo en el cual cada miembro tiene su destino particular. Un espíritu común anima y penetra el conjunto, transmitiendo la savia vital hasta las últimas articulaciones.

Esta enseñanza pareció tan nueva, que no fue aceptada sin resistencia, y sólo lentamente llegó a propagarse por los centros ascéticos del Oriente, que siguen considerando a San Basilio como su maestro y legislador. Lo es efectivamente. Si no creó el monaquismo oriental, le infundió una vida nueva cuando se hallaba amenazado de un gran peligro; el de llegar a ser una sociedad de trabajadores que rezan, o de rezadores que se matan a fuerza de penitencias. El encauzamiento de la corriente impetuosa que pobló las soledades de Siria y Egipto trajo el movimiento metódico, militarizado y enfermo de espíritu. Se necesitaba un alma nueva, una sangre joven, algo interno y vital, un corazón palpitante y vigoroso, y esta espiritualización del ideal monástico fue también obra de San Basilio. Volvió a renacer el primitivo entusiasmo, y el milagro se realizó con la repetición machacona de un solo principio: el cumplimiento de la voluntad de Dios. Si el asilamiento corporal quedaba reemplazado por el recogimiento del alma, el cumplimiento de la voluntad divina sustituía a la red complicada de la primitiva ascesis. Sus obras no tienen de suyo importancia ninguna; todo depende del espíritu con que se las hace. Las mayores penitencias, hechas por satisfacer la voluntad propia, no sirven de nada. De aquí nace la discreción de Basilio en su obra legisladora. De este modo elevaba el ideal monástico y a la vez le extendía: le elevaba hacia Dios y le extendía hacia el mundo. Nada del mundo que fuese noble, bueno y bello, era extraño a la vida monacal; la misma cultura pagana podía penetrar en el claustro, purificada por el bautismo y la penitencia. El claustro no será un liceo, ciertamente, pero el hálito de Atenas penetrará en él; la vida religiosa se convertirá en una filosofía, el abad en un maestro y el monje en un campeón de la verdad. La pluma y el libro reemplazan a los cestos y a las esteras. Tal es la evolución que San Basilio realiza en la historia del monasterio. Sus reglas, más doctrinales que dispositivas, son a la vez obra de psicólogo y de observador. Aspira a ordenar, a completar y corregir la legislación anterior. Discierne, rechaza y perfecciona con actitud de crítico, y sepulta para siempre muchas ideas que antes se habían aceptado como oro de ley.

Pero tanto o más que maestro de monjes, Basilio fue el doctor de todo el pueblo cristiano. No dudaba en dejar de cuando en cuando la soledad para intervenir en las luchas religiosas, que apasionaban a sus contemporáneos. Se presentaba en Constantinopla, disputaba con los campeones de la herejía y aparecía una y otra vez en su ciudad natal. En una de estas ocasiones, el pueblo de Cesarea se apoderó de él y le presentó al obispo para que le ordenase de sacerdote. Su amigo Gregorio de Nacianzo, que acababa de sufrir una violencia semejante, le escribía: «También tú has caído en la red, también tú has sido arrastrado al sacrificio. De todas maneras, en estos tiempos miserables, oscurecidos por tantos cismas y tantos escándalos, creo que nuestro deber es aceptar sencillamente esa dignidad terrible que han puesto sobre nuestras cabezas.» Así pensaba también Basilio; empieza a trabajar con entusiasmo en la predicación y en el ministerio, en las obras de caridad y en el campo de la controversia. Su celo se extiende, cuando en 370 los obispos de Capadocia le colocaron sobre la sede metropolitana de Cesarea.

Fue el tipo auténtico del obispo, padre del pueblo, amigo de los desgraciados, inflexible en la fe, infatigable en la caridad. Seguidor escrupuloso de la pobreza evangélica, sólo tenía una túnica, no admitía en su mesa más que pan y legumbres, rechazaba todas las pompas que iban ya rodeando a la dignidad episcopal; pero al mismo tiempo embellecía la ciudad y disponía de inmensos tesoros para socorrer a los necesitados. Era aquél un tiempo de revueltas civiles, en que el capricho de los funcionarios hacía veces de ley, y en que los pueblos encontraban en los obispos sus mejores apoyos contra la arbitrariedad y la tiranía. Una gran parte de la correspondencia de Basilio tiene por objeto cumplir con este oficio episcopal. Escribe a sus amigos, a los prefectos, al emperador; unas veces pide el arreglo de un puente, otras la remisión de impuestos a una ciudad devastada por la inundación, otras el perdón de un culpable o la rehabilitación de un inocente. Si un padre riñe con su hijo porque se ha hecho cristiano, Basilio interviene y los reconcilia; si un amo trata con dureza a sus esclavos, Basilio está allí para recordarle la suavidad evangélica. No hay miseria, culpable o no culpable, no hay interés público o particular que no encuentre en él un abogado. En cada circunscripción de su diócesis establece un hospicio. En la capital levanta un establecimiento de beneficencia, que es como una nueva ciudad. Se llama la casa de los pobres. Es a la vez hospital, alberguería y universidad. En unos edificios reciben la enseñanza los niños y los jóvenes, en otros se hospedan los peregrinos, en otros tienen sus habitaciones los ancianos y los enfermos. Cada sexo tiene sus departamentos especiales; vastos jardines separan los distintos pabellones; en el fondo se levanta la leprosería, y en el centro está la iglesia, «adornada con todos los esplendores del culto triunfante», dominando, como foco de consuelo, aquel refugio de todos los dolores, que la gratitud pública seguirá llamando un siglo más tarde la Basiliada. Por toda la periferia hormiguea una población de vigilantes, enfermeros, proveedores y carreteros, y en medio se ve a Basilio inspeccionándolo todo, hablando a todos, llenándolo todo con su bondad y su celo.
El oro para realizar estos prodigios conseguíalo con la virtud de su palabra. Fue el gran predicador de la limosna. Había comprendido que, según la doctrina cristiana, la igualdad social sólo puede conseguirse por la práctica de la caridad, y a fuerza de elocuencia lograba enternecer el corazón de los hombres y hacer que se ayudasen los unos a los otros. Tal vez es en la homilía contra los ricos donde mejor se revela aquella alma de apóstol, aquella caridad triunfante y arrebatada. «En el Evangelio—decía—hay una palabra importuna, odiosa, insoportable. Es ésta: vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. ¡Ah! Si el Señor hubiese dicho: arrojad vuestro dinero en un abismo de placeres culpables, prodigadlo con las mujeres perdidas, comprad diamantes, muebles, pinturas; entonces vosotros, ricos del siglo, triunfaríais. ¡Qué demencia! Conocéis las ruinas gigantescas que dominan nuestra ciudad como un aglomerado de rocas artificiales. ¿En qué siglo fueron levantadas estas fortificaciones hoy desmanteladas? No lo sé; pero sé que entonces había pobres aquí, y que en lugar de socorrerlos, los ricos preferían gastar su dinero en estas construcciones locas. Pero el tiempo ha soplado sobre esas piedras ciclópeas, las ha derribado como juguetes de niño, y el dueño de esos palacios arruinados gime ahora en el infierno.» Más insinuante, aunque tal vez menos patético, decía en otra ocasión: «Cuando penetro en la casa de un rico opulento y sin entrañas, cuando contemplo la magnificencia del dorado y de los mármoles, pienso interiormente en la locura de ese hombre, que decora con tanto lujo los objetos inanimados y deja su alma abandonada. ¿Qué gusto puedes tener en contemplar tus sillas de marfil, tus mesas de plata, tus lechos de oro, cuando a tu puerta piden pan millares de hambrientos? Pero dirás: Yo no puedo socorrer a tantos. Y yo te respondo: El anillo que llevas en el dedo con el rubí, el zafiro o el diamante que le enriquece, podría librar a veinte presos por deudas. Tu guardarropa bastaría para vestir a una tribu entera. Y, sin embargo, te niegas a dar un óbolo a la indigencia. No lo olvides: el pan que tú no comes pertenece al que tiene hambre; el vestido que tú no usas pertenece al que va desnudo; el dinero que tú malgastas es oro del indigente.»

Empujado por aquel anhelo generoso de proteger a cuantos eran víctimas de la injusticia, Basilio no dudaba en afrontar el peligro y la calumnia. Una viuda perseguida por un magistrado que quiere casarse con ella contra su voluntad, se refugia en la iglesia de Cesarea y recibe hospedaje en la casa del obispo. El prefecto se presentó en Cesarea, y llamando a Basilio ante su tribunal, se atrevió a exteriorizar las más infames insinuaciones. «Se hizo una investigación en la casa episcopal; los lictores—dice Gregorio de Nacianzo—osaron penetrar en la modesta celda de Basilio, sin respeto a los ángeles del Cielo, testigos de las virtudes sublimes que allí practicaba este hombre humilde.» Entre tanto, Basilio permanecía tranquilo delante del prefecto:

—Que le despojen del manto—dijo éste.

—Estoy dispuesto—respondió Basilio—a quitarme también la túnica, si os place.

—Que le desgarren los costados con uñas de hierro—ordenó el juez.

Y el obispo dijo sonriente:

—Esto será un lenitivo excelente, porque, como podéis advertir, estoy sufriendo terriblemente del hígado.

Los verdugos iban a empezar, cuando un murmullo formidable hizo retemblar la curia. Era el pueblo de Cesarea que llegaba en masa preguntando por su obispo. Allí estaban todos: hombres y mujeres, viejos y muchachos. Los dos gremios de armeros y tejedores imperiales parecían los más irritados. Venían con hachas encendidas, bastones, piedras, puñales y lanzaderas.

—¡Muera el prefecto!—gritaba la indignación popular. Y, a ruegos del prefecto, Basilio apareció a la puerta del pretorio y apaciguó aquella mar alborotada. La exasperación se trocó en entusiasmo, y el perseguidor pudo escabullirse entre la multitud.

La obra de Basilio despertaba la emulación de los grandes funcionarios del Imperio, y el mismo emperador se vio, a pesar suyo, subyugado por la grandeza de su genio. Era el emperador arriano Valente, que ahogaba a los sacerdotes ortodoxos y mutilaba a los anacoretas y vivía rodeado de herejes y obispos aseglarados. Este es el momento en que Basilio se presentaba en Oriente como el campeón de la fe de Nicea. El arrianismo acababa de renovar sus métodos y su espíritu. La doctrina dura y malsonante de Arrio, las ondulantes teorías de Eusebio de Nicomedia se habían transformado en los rotundos períodos de Eunomio, cargados de reminiscencias filosóficas. Este hombre, de origen campesino, rudo, contrahecho y mordido por la lepra, se había conquistado un prestigio increíble repitiendo las frases armoniosas de Platón y exponiendo los sueños místicos de Plotino. Era demasiado astuto para decir que el Verbo es una criatura, que hubo un tiempo en que el Verbo no existía; su arte consistía en halagar los gustos de la clase ilustrada con las disputas elegantes y los recuerdos helénicos puestos de moda por Juliano el Apóstata. Lanzó a los cuatro vientos el término con que Platón había designado al primer principio: el Agénetos, el Ingénito. El Agénetos fue considerado como la divinidad de los espíritus cultos. Gozoso con este primer éxito, Eunomio aturdía a sus oyentes, según dice un contemporáneo suyo, con las agudas distinciones del gran Platón. Si la noción de Ingénito, decía, es la definición de Dios, esa noción es idéntica a Dios. Dios, por tanto, no puede ser engendrado de una manera personal ni sustancial. Platón triunfaba de Nicea.

Pero la Providencia, que había suscitado a Atanasio contra las blasfemias de Arrio, suscitó a Basilio contra los sofismas eunomianos; Atanasio, con su ardor militante, con su elocuencia popular, con su estilo prolijo, claro, espontáneo, que tiene unas veces aire de cátedra y otras arranques de arenga; con sus ímpetus de guerrero que penetra en medio del combate y descarga los golpes de su maza y persigue a los fugitivos, o se pone de espaldas a una roca, o escapa dando un enorme salto para caer de nuevo en la refriega.

Basilio, con su método irreprochable, con su caminar didáctico y seguro, con su cultura clásica, con su elocuencia grave y encendida a la vez, con la red tan temible de su dialéctica, que es más fácil salir de un laberinto que escapar a sus argumentos. Tiene un espíritu amplio y poderoso, pero disciplinado y conservador; posee todos los secretos de su lengua, sabe de las ciencias humanas lo necesario para no temer las objeciones de los especialistas, y en filosofía no teme las ingeniosas disquisiciones eunomianas: el platonismo, el peripatetismo, el eclecticismo de Alejandría, todas las variedades del pensamiento metafísico de la antigüedad son familiares a su espíritu; en ellas se inspira, de ellas toma sus definiciones y muchas de sus ideas, y si no es del todo exacto el nombre de Platón cristiano que le dieron sus contemporáneos, podemos ver en él, al menos, por la claridad luminosa de la frase, por la feliz elección de las fórmulas y por la riqueza de las comparaciones, un platónico distinguido. En su libro contra Eunomio, publicado en 364, Basilio se dirige, sobre todo, a demostrar que la inascibilidad no es la definición de Dios, que el término Ingénito no comprende la sustancia divina. Ataca al mismo tiempo a Platón y a Eunomio. Contra el primero demuestra que es un error confundir la forma del concepto con la del objeto conocido; y para deshacer el racionalismo presuntuoso del segundo, explica cómo si la acción de Dios desciende hasta nosotros, su esencia sigue siéndonos inaccesible.
Cuando el libro de Basilio recorría todo el Oriente, llenando de alarma a las huestes del arrianismo, el emperador llega inopinadamente a Cesarea. Iba preocupado del recibimiento que le haría Basilio, y acudió a todos los medios para conquistar su adhesión. Le enviaron primero un grupo de obispos arríanos, que ni siquiera fueron recibidos por el de Cesarea. «Llegó después una embajada de matronas, pero las instancias salidas del gineceo—dice Gregorio de Nacianzo—, y apoyadas por los eunucos, tuvieron el mismo resultado.» Otro día llegó el jefe de la cocina imperial, un hombre que se llamaba Démostenos, y para justificar su glorioso apellido tenía grandes ambiciones literarias. Este venía con gesto amenazador.

—Todo el que resiste al César—dijo—pasará por mis cuchillos.

—Vuelve a los hornos—le replicó el prelado—; allí está tu puesto.

Presentóse, finalmente, el prefecto. San Gregorio de Nacianzo nos ha conservado el diálogo que tuvo con Basilio:

—¿Qué motivos tienes—comienza—para resistir tú solo a tan gran emperador?

—El emperador es grande—responde el obispo—, pero no es superior a Dios.

—¿No sabes—replica el prefecto—los tormentos que puedo hacerte sufrir?

—¿Cuáles? Explícate.

—Tengo a mi disposición la confiscación, el destierro, la tortura, la muerte.

—¿La confiscación?—contesta Basilio—. Puedes ponerla en práctica, si es que te importan algunos vestidos usados y unos pocos libros que constituyen mi riqueza. ¿El destierro? ¿Cómo podrá asustarme? El cristiano se considera peregrino en todas partes y sabe que toda la tierra es de Dios. Los tormentos acabarán antes de ensañarse con mi cuerpo, según lo débil que está, y la muerte apresurará mi marcha hacia Dios, por quien suspiro.

—Nadie hasta hoy—dice el magistrado, estupefacto—ha usado conmigo semejante lenguaje.

—Es que tal vez—replica Basilio—no te has encontrado nunca con un obispo.

El prefecto volvió hacia su amo, conmovido e irritado a la vez. Propuso toda suerte de violencias para vencer aquello que llamaba testarudez insensata; pero Valente estaba aquel día de buen humor. Además, empezaba a admirar a aquel hombre extraordinario. Entró en Cesarea sin grandes aclamaciones y sin recibir el saludo del metropolitano. Al día siguiente, fiesta de la Epifanía, se dirigió a la basílica. La multitud llenaba los ámbitos; el canto era hermoso y potente; la liturgia ofrecía el espectáculo de majestad y de orden que Basilio sabía imponer en la iglesia. En el fondo aparecía el mismo Basilio, en pie, la cara vuelta hacia el pueblo, inmóvil como las columnas del templo, los ojos fijos en el altar. Figura alta, recta y seca, perfil aguileño; acentuado por la delgadez de sus mejillas, frente pensativa, cejas arqueadas, pelo ralo en la cabeza, y de tarde en tarde una ligera sonrisa, algo desdeñosa, que movía casi imperceptiblemente su luenga y encanecida barba. Aquel espectáculo produjo una impresión tal en el emperador, que sintió amagos de vértigo. Acercóse a presentar la ofrenda, pero ninguno de los ministros se apresuró a recibirla, ignorando la intención de Basilio. Al fin, éste hizo una señal, y la ofrenda fue recogida. Sin embargo, Valente no se atrevió a participar de los santos misterios; pero, al terminar los oficios, quiso tener una conferencia con el defensor de la ortodoxia. Basilio le tendió una silla, y expuso con una claridad admirable el dogma de la divinidad de Jesucristo. «Yo estaba allí—dice el Nacianceno—, en medio de la multitud que había seguido al príncipe, y oí las palabras que cayeron de sus labios, o, mejor, que le fueron inspiradas por la sabiduría misma de Dios.»

Pero al mismo tiempo que atacaba, Basilio veíase obligado a defenderse. Su actitud con el emperador nos refleja un carácter condescendiente y comprensivo. Pero sus anhelos de conciliación eran para los intransigentes claudicaciones imperdonables. Se le miraba como un tránsfuga de la verdad, se le acusaba de menospreciar las leyes canónicas o de interpretarlas a su capricho. «Él es—decía su amigo Gregorio—el último destello de la ortodoxia en Oriente, el foco en que se concentra la vida del catolicismo; y, sin embargo, se espían todas sus palabras para tergiversarlas, para volverlas contra él.» A los enemigos se juntaban los envidiosos. En sus visitas pastorales a través de Capadocia se encontró Basilio más de una vez gentes sospechosas que le vigilaban hasta en lo íntimo de su oración, que interrumpían sus discursos, que asaltaban a su comitiva en los caminos. Él se dirigía al Papa San Dámaso pidiendo su ayuda, pero la idea que en Roma se formaba de la situación del Oriente era muy confusa. Hasta entre sus íntimos encontraba traidores. «Tres años hace—escribía a uno de ellos—que he dejado la palabra a la envidia y al odio. El dolor que he sentido lo he encerrado en mi pecho. Pero al fin me veo obligado a hablar y a desafiar a mi mayor enemigo a que presente una acusación seria contra mi doctrina, mi vida o mis costumbres. Jamás he hecho traición a la fe. Como la recibí, siendo niño, sobre las rodillas de mi abuela Macrina, así la predico y así la enseñaré hasta mi último aliento. Hace veinte años, tú estabas conmigo en la soledad del Ponto, tomando parte en aquella vida de penitencia, juntamente con mi amigo Gregorio. Recuerdo que a veces pasábamos el río para ir a escuchar las cosas celestes que nos decía mi santa madre. Dime, por favor, ¿es que entonces, cuando todo nos era común por el derecho de una amistad llena de confianza, me oíste pronunciar alguna de esas blasfemias?»

Un día, en Nacianzo, asistía Gregorio a un banquete, invitado por un alto personaje. Después de hablar de los sucesos del día, recayó la conversación sobre los dos amigos. «Me felicitaban de ser amado por ti—escribía el Nacianceno al día siguiente—, recordaban nuestra vida de estudiantes en Atenas, ensalzaban tu elocuencia, ponían tu nombre sobre las nubes. De repente, un monje de apariencia austera se levanta y dice: «¡Basta de mentiras! Yo también admiro el genio de Basilio y de Gregorio, pero les falta lo mejor, la ortodoxia.»

—¿Qué audacia es ésta?—exclamé yo—. ¿Quién te ha hecho definidor de dogmas?

—Escúchame—dijo el asceta—. Vengo de Cesarea; allí he oído un discurso del obispo. Imposible hablar con más elocuencia del Padre y del Hijo; pero al tratar del Espíritu Santo, sus palabras eran torpes y oscuras. Hubiérase dicho un río que da vueltas a un peñasco para ir a esconderse en la arena.

No era este monje el único que creía ver sombras en la enseñanza del obispo de Cesarea sobre la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Basilio vióse obligado a justificarse, y lo hizo en un bello tratado, que con abundancia de lenguaje y seguridad maravillosa expone por primera vez en la Iglesia la teología completa del Espíritu Santo. De esta manera las circunstancias le iban empujando poco a poco a enriquecer la literatura cristiana. Era uno de esos hombres que muestran alientos intrépidos cuando se ven obligados moralmente a obrar, y que sólo se deciden a salir del retiro movidos por un deber imperioso. Gregorio alude a su hablar premioso, que él mismo atribuye a la pesadez capadociana. Eunomio añade que se estremecía cada vez que se encerraba en su habitación para trabajar, y si vamos a creer a Filistorgio, se prestaba con dificultad a las discusiones.

Pero más que en las luchas dogmáticas, nos interesa verle instruyendo a los pobres habitantes de Cesarea y levantándolos a Dios por la contemplación de la Naturaleza. Es el asunto de las homilías que llevan el nombre de Hexamerón, porque en ellas se explican las maravillas de los seis días de la Creación. Libanio, el retórico pagano, lloraba leyéndolas. «Jamás—decía—escribí yo cosa semejante. ¡Y no es de Atenas de donde salen estas obras maestras, sino de Capadocia! ¿No se engañará Basilio al pensar que no habita la mansión de las musas?» «No—respondía Basilio—; mi única gloria es ser el discípulo de los pescadores.» Esta frase explica el genio de aquella oratoria y nos da el secreto de su influencia sobre la multitud. Los juegos de palabras, los torneos literarios, los vanos oropeles, que Libanio admiraba, eran en Basilio una cosa involuntaria y accidental. Es un orador, ciertamente, el primer orador que ha tenido la Iglesia, porque Orígenes había dogmatizado como un profesor y Atanasio había arengado como un general. Basilio habla a todos los públicos con un lenguaje natural y sabio a la vez, con una frase cuya elegancia no disminuye la simplicidad y la fuerza. Su palabra se alimenta de recuerdos clásicos, y, sin embargo, corre con una espontaneidad, que la hace accesible a todas las inteligencias. Para Gregorio, la palabra es con frecuencia penacho de adorno; para Basilio es siempre una espada, cuya empuñadura, por muy bien cincelada que parezca, sólo sirve para meter más adentro la hoja. Focio colocaba al obispo de Cesarea entre los más grandes escritores clásicos, por el orden y la claridad de los pensamientos, por la propiedad del lenguaje, por la elegancia y la naturalidad; la crítica moderna admira en él el equilibrio perfecto de la especulación y la erudición, de la .retórica y las dotes de gobierno, y Fenelón se inclina reverente ante el orador «grave, sentencioso y austero, ante el hombre que ha meditado todos los detalles del Evangelio, ante el sutil conocedor de las enfermedades del hombre y ante el gran maestro de dirección de las almas». Sin perder nada de su familiaridad, aquella elocuencia se nos presenta más brillante en las descripciones del Hexamerón, donde se encuentra el genio griego con toda su belleza nativa, dulcemente animado de un colorido oriental, pero siempre armonioso y puro. «Si alguna vez—decía Basilio—habéis pensado en el Hacedor de todas las cosas, cuando en una noche serena paseáis vuestra vista por la hermosura inenarrable de los astros; si alguna vez habéis considerado durante el día las maravillas de la luz, venid, dejad que os conduzca como de la mano a través de los prodigios del universo.» Describe luego las bellezas de la tierra, el orden, los perfumes, los colores, la música de las cosas, y concluye: «Si estas cosas visibles son tan admirables, ¿qué serán las invisibles? Ese sol perecedero y, sin embargo, tan hermoso, nos ofrece asunto de admiración inagotable. ¿Qué será el sol de la justicia divina en su soberana hermosura?»

Los artesanos de Cesarea amaban estos apóstrofes vibrantes, los escuchaban anhelantes y respondían a ellos con lágrimas y aplausos. Cuando la muerte apagó aquella voz, nada podía consolarlos. El dolor rayaba con la demencia; lloraban hasta los judíos y los paganos; la multitud corrió sollozando a tocar por última vez el cuerpo inerte. Algunos murieron sofocados; «y los demás—dice San Gregorio—envidiaron la suerte de estas víctimas funerarias, y así colocaron a mi amigo en el sepulcro de sus abuelos: cerca de los obispos, el obispo; el mártir, cerca de los mártires, y junto a los predicadores, la gran voz que sigue vibrando siempre en mis oídos».

Otro de los grandes doctores orientales, defensor, como Atanasio, de la divinidad del Verbo, pero muy distinto en su carácter, en su estilo, en sus procedimientos. Atanasio, puro teólogo, desdeña la literatura; a pesar de su conocimiento de la filosofía helénica y de la mitología, es elocuente a fuerza de evitar la elocuencia; Gregorio, en cambio, acudirá a todos los artificios del talento oratorio para expresar las verdades del cristianismo en una lengua no indigna de Lisias o de Platón. Es un representante auténtico del genio griego en su primitiva belleza, más abundante acaso y menos ático, pero siempre armonioso y puro, aunque iluminado por dulces matices orientales.

Gregorio no era un heleno, sino un asiático. Había nacido en Arianzo, un pueblecito de Capadocia, cercano de Nacianzo, la pequeña ciudad donde luego fijó su residencia. A los veinte años le encontramos en Atenas entregado con pasión al estudio de las bellas letras; pero antes había recorrido ya todo el curso de la filosofía helénica en las escuelas de Cesarea y Alejandría. En las aulas atenienses se encontró un joven de su tierra, cuyo nombre iba a pasar a la posteridad estrechamente unido con el suyo. Era el futuro obispo de Cesarea, San Basilio. Con temperamentos diferentes, el uno más austero y el otro más apacible, el uno mejor ordenado por las enseñanzas de la ciencia y el otro más arrebatado por los arranques del amor divino, ambos eran igualmente fervorosos en la oración, igualmente puros en sus costumbres, igualmente entusiastas de las letras; la poesía y la elocuencia. Ya entonces uno de los más famosos retóricos paganos de aquel tiempo, Libanio, solía decir con tristeza que aquellos dos discípulos del Evangelio hubieran sido capaces de resucitar las maravillas de los siglos de Píndaro y Demóstenes. « ¡Ah!—exclamaba más tarde San Gregorio—. No puedo recordar aquellos días sin derramar lágrimas. Sólo conocíamos dos caminos: el primero, el más amado, el que nos conducía a la Iglesia y a sus doctores; el otro, menos elevado, el que nos llevaba a la escuela y a sus maestros.»

Allí conoció Gregorio al futuro restaurador del culto pagano en el Imperio. Juliano, inclinado ya hacia la idolatría, pero deseoso de adquirir nuevas relaciones, y tal vez atormentado por la duda, penetró en el retiro de los dos jóvenes estudiantes. No faltaban asuntos comunes que discutir; Basilio era un hábil gramático; Gregorio podía disertar largamente de poesía y de elocuencia. Los rozamientos, sin embargo, se produjeron inevitablemente al tratar de cuestiones morales y religiosas, dejando en los dos asiáticos una dolorosa impresión. «Le miraba—decía más tarde el nacianceno—y veía su cabeza agitada por una movilidad continua, sus hombros estremecidos por un ridículo vaivén que daba lástima, su vista extraviada, su paso vacilante, y su nariz arremangada, respirando insolencia y desdén. Y me decía: ¿Qué monstruo alimenta aquí Roma?» Cuando el César se dirigió a reinar, los dos amigos le despidieron con una melancólica sonrisa, en que se pudieran haber adivinado los más tristes presentimientos. Ellos, a su vez, se volvieron a su tierra.

Gregorio encontró a su padre convertido en obispo de Nacianzo, y se quedó junto a él para ayudarle en los asuntos de administración, no sin quejarse constantemente «de tener que pasar el día vigilando a los domésticos, siempre dispuestos a abusar de la facilidad de los amos buenos y a acusar la severidad de los malos, desenmascarando las astucias de los agentes del fisco y escuchando en la curia las tonterías de los litigantes». Pero un día recibió esta bella epístola: «Habiendo perdido las esperanzas, o, mejor, los sueños que me hacían acerca de ti, pues creo, con el poeta, que la esperanza es el sueño de un hombre despierto, me he venido al Ponto en busca de la vida que necesito. Y Dios ha querido que encontrase un asilo a mi gusto. Lo que imaginábamos en otro tiempo, lo tengo ahora en la realidad: es una alta montaña rodeada de espesos bosques y regada por frescas y cristalinas fuentes. Al pie se extiende la llanura, fecunda por las aguas que descienden de lo alto. La selva que levanta en torno sus árboles variadísimos le sirve, por decirlo así, de muro y de defensa.» La carta sigue describiendo las delicias de aquel lugar incomparable. La isla de Calipso, tan admirada de Homero, era menos bella. En la cima del monte hay una morada desde la cual se divisa el Iris, que rueda desbocado entre las rocas, y ofrece, a la vez, espectáculos maravillosos y deliciosas truchas. Hay variedad de flores, gorjeos de pájaros, ciervos, cabras monteses, águilas y conejos. Pero la paz es el mayor tesoro de este asilo, en que se detuvo Alcmeón después de encontrar las islas Equínadas.

Quien así hablaba era Basilio, que se había retirado a hacer vida cenobítica en aquel rincón del Ponto, rodeado de algunos amigos. Pero le faltaba el más amado de todos, el antiguo condiscípulo de Atenas, el hombre más a propósito para gustar aquella vida de silencio, de trabajo y de pobreza. Gregorio se dejó convencer fácilmente, y algo más tarde figuraba entre los miembros más fervorosos de aquella comunidad ideal. Todo allí era sobriedad y sencillez. Se araba el campo, se regaba el jardín, se explotaba el bosque y se aprovechaban las canteras cercanas. Una gran parte del día estaba consagrada a la oración, a los cantos religiosos, al estudio de las letras cristianas y a la instrucción de algunos jóvenes venidos de Grecia y de Asia. Basilio y Gregorio componían magníficos discursos y bellos poemas. Juliano el Apóstata acababa de arrojar la máscara. Uno de sus primeros cuidados había sido prohibir a los cristianos el estudio de la elocuencia y de las letras profanas. «Para nosotros—decía irónicamente—, las artes de Grecia, juntamente con el culto de los dioses; para vosotros, la ignorancia y la rusticidad: ésta es vuestra sabiduría.» Sus pérfidas disposiciones sólo sirvieron para arraigar más en los maestros cristianos el amor de aquellas ciencias, en que veían un arma de defensa y de victoria. «Todo te lo dejo—respondía Gregorio, indignado—, las riquezas, el nacimiento, la gloria, la autoridad, los bienes todos de aquí abajo, que se desvanecen como un sueño; pero la elocuencia es mía; y no me pesan los trabajos ni las peregrinaciones emprendidas por tierra y por mar para conquistarla.»

«Los días pónticos» dejaron en el alma del monje poeta un recuerdo imborrable. Más tarde, en medio de las preocupaciones de la vida episcopal, los recordará como los más felices de su vida. « ¿Quién me devolverá—exclamaba—aquellas salmodias, aquellas vigilias, aquellas ascensiones al Cielo por medio de la oración, aquella vida libre del cuerpo, aquella concordia de las almas, que se dirigían juntas hacia Dios? No he olvidado aquel bosque en que trabajábamos, aquellos árboles que plantábamos, aquellas piedras que tallábamos; no he olvidado aquel plátano, más precioso que el plátano de oro de Jerjes, junto al cual venía a sentarse, no un rey con toda la pompa de su grandeza, sino un monje que lloraba sus pecados. Yo le planté, y tú, mi precioso amigo—decía Gregorio, refiriéndose a Basilio—, le regaste. Dios le hizo crecer para nuestra gloria, como recuerdo de nuestros asiduos trabajos.»

Nombrado metropolitano de Cesarea, Basilio obligó a su amigo a aceptar el episcopado de Sásimo, una población insignificante de los confines de la Capadocia, amenazada constantemente por bandas de herejes y bandoleros. Gregorio había tenido siempre horror al episcopado; pero el que ahora se le ofrecía tenía casi un aspecto burlesco. « ¿Qué voy a hacer en los desiertos de Sásimo?—se preguntaba con amargura—. ¿Soy acaso un carabinero, para ir en busca de bandidos?» Poco faltó para que se enturbiasen las relaciones entre aquellos grandes hombres. La santidad no le impedía a Gregorio exhalar estas amargas quejas: «Según se va a las montañas, en el cruce de tres caminos, hay una población horrible, sin agua, sin árboles, sin vegetación, sin habitantes. Sólo ruido de carros, polvo, clamores de aduaneros, cepos, cadenas, alaridos de contrabandistas puestos en cuestión de tormento. Esta es mi ciudad episcopal. El pueblo se recluta de vagabundos fugitivos, proscritos y salteadores de caminos. Estos son mis fieles; ésta es la silla que me regala el omnipotente Basilio desde la cumbre de su trono primacial. ¡Qué munificencia! ¡Qué recuerdo tan conmovedor de nuestra vida común en Atenas! » Basilio tenía sus razones para obrar de aquella manera, aunque él mismo comprendía que no hacía un gran favor a su amigo. «Yo quisiera—escribía—que este hombre ilustre, este hermano de mi alma, estuviese al frente de una ciudad digna de su mérito, aunque todas las iglesias juntas serían poco para su genio. Pero es propio de las grandes almas, no sólo servir para las grandes cosas, sino también realzar las pequeñas con su grandeza.» Hay que reconocer que Gregorio carecía de la firmeza de carácter de su amigo. Desde el punto de vista del talento, sería difícil determinar de parte de quién estaba la superioridad. Pero el de Cesarea tenía en sumo grado las cualidades que hacen al conductor de hombres, al organizador, al hombre práctico; mientras que el de Nacianzo, alma contemplativa, imaginación viva y melancólica, estaba más hecho para meditar que para obrar. Basilio triunfó en todas sus luchas; Gregorio no cosechó más que fracasos en su vida episcopal. Por el momento, fue consagrado obispo; pero habiendo cesado los motivos que obligaran a Basilio a crear la diócesis de Sásimo, sucedió a su padre en Nacianzo.
Esto sucedía en 372. Tres años más tarde sacudía Gregorio la carga episcopal para retirarse de nuevo al desierto. La noticia de la muerte de Basilio (379) le confirmó en su idea de dar al mundo un adiós eterno. « ¿Qué hago yo aquí —decía—, cuando la mejor mitad de mí mismo ha sido arrebatada lejos de mí? ¿Cuánto tiempo se prolongará aún mi destierro?» Cuando se lamentaba de esta manera, vinieron a pedir su ayuda los fieles de Constantinopla. Cuarenta años hacía que el arrianismo dominaba en la ciudad de Constantino. Todas las iglesias estaban en poder de los herejes, de suerte que apenas quedaba un puñado de ortodoxos. Creyóse que sólo el prestigio de Gregorio podría devolver a la fe su antiguo esplendor, y fueron a sacarle de su soledad. Él se defendió cuanto pudo. «¿Qué haréis—decía a los emisarios—con un extranjero que no ha salido del rincón de tierra que le vio nacer, que está agotado por la edad, la enfermedad y el ayuno; que tiene el cuerpo encorvado, la cabeza blanca, el vestido pobre, la bolsa vacía, la palabra agreste y dura?» Su bondad, sin embargo, le obligó a ceder. Llegado a la ciudad imperial, se estableció en casa de un pariente y allí recibía a su pequeña grey. Rara vez salía a la calle; todo su anhelo era estudiar y meditar. Las muchedumbres arrianas se habían enterado con indignación de su presencia, y hacían lo imposible para obligarle a volver a la soledad. «Un poco de pan y un puñado de hierbas cocidas con agua -nos dice él mismo- eran todo mi alimento, y, sin embargo, aunque hubiera traído la peste conmigo no me hubieran llenado de tantos ultrajes. La ciudad ardía. Se me acusaba de haber traído la idolatría. El populacho se estacionaba delante de mi habitación aullando. Lluvias de piedras caían sobre mis ventanas.» Un día el animoso obispo fue arrebatado por la multitud y arrastrado hasta el tribunal del gobernador. Hubo este diálogo:

—¿Quién eres?

—Un discípulo de Jesucristo.

—¿A quién has matado?

—A nadie; vengo, más bien, a salvar vuestras alma. Se le puso en libertad, y él continuó su ministerio. Gregorio tenía dos armas con las cuales no tardó en imponerse: la virtud y la elocuencia. El pueblo empezó a venerarle, admirado de su vida de espartano, como decían los obispos herejes, y al subir a la cátedra acabó de conquistar los corazones. Un alma de poeta y de obispo vibraba en su palabra. Aún conservamos los discursos pronunciados durante aquellos días. Todos ellos están consagrados a la defensa de la fe, y por eso se los ha llamado discursos teológicos. Son otros tantos modelos en el arte delicado de envolver los razonamientos filosóficos en el vestido de la oratoria: jugo doctrinal fresco y abundante; elocuencia templada, que ni cansa ni desazona; argumentación nerviosa, elegancia sobria y libre de toda exageración. Los católicos acudían a escuchar, según la expresión del orador, «como personas sedientas que hubieran hallado una fuente, donde apagar su sed». Con ellos se mezclaban los paganos y los herejes, venidos unos para instruirse y otros para recrearse. Los aplausos interrumpían con frecuencia la predicación; más de una vez se rompió la balaustrada que defendía la tribuna, y eran muchos los oyentes que escribían los discursos conforme se iban pronunciando. Electrizando los espíritus, aquella elocuencia triunfaba; se aumentaba el número de los fieles, resucitaba la comunidad católica, y aquella su primera capilla recibió el nombre de Anástasis, o Resurrección. «Aquí—decía Gregorio—ha resucitado la palabra de Dios, que antes estaba como muerta en Constantinopla. Este es el lugar de nuestra común victoria; la nueva Siló, en donde el arca ha encontrado por fin una morada fija.»

Humillados por estos triunfos, los arrianos irrumpieron un día en la iglesia, profanaron los altares, rompieron la cátedra episcopal y se lanzaron contra los sacerdotes al grito de «¡Mueran los adoradores de los tres dioses!» Propusieron algunos que se acudiese al emperador Teodosio para castigar la agresión; pero Gregorio, aunque había resultado herido en el asalto, prohibió toda reclamación. «He venido a predicar la paz—decía a los suyos—: el castigo, indudablemente, reporta su utilidad, porque sirve para prevenir el mal ejemplo; pero la paciencia vale más todavía. Si el castigo impone su sanción al mal, la paciencia produce el bien.» En otro discurso desarrollaba Gregorio la misma idea con estas hermosas palabras: «Hijos míos, ¿sabéis cuál es lo mejor que existe en el mundo? Yo os diré que la paz. Entre los hebreos había una ley que prohibía la lectura de ciertos libros a las almas que no se consideraban aún suficientemente robustas. Sería menester que se prohibiese entre nosotros, a todos indistintamente, el discutir a todas horas acerca de la fe. ¡Es tan arduo el penetrar en las cosas divinas! ¡Es tan trabajoso el explicarlas! No comprendéis la gracia que Dios os dispensa de poder callaros, al paso que yo estoy obligado a hablar de estos misterios que me espantan.»

De todas partes llegaban los hombres sedientos de escuchar aquella palabra que parecía resucitar los mejores tiempos de la elocuencia griega. El mismo San Jerónimo dejaba el desierto por oír al gran doctor de la ortodoxia, y Gregorio utilizaba sus servicios para resolver algunos problemas de las Sagradas Escrituras. Pero no siempre estuvo tan acertado en la elección de sus amigos. Cierto día apareció entre los oyentes un hombre extraño vestido a guisa de los filósofos cínicos: manto blanco, bastón de peregrino y largos cabellos, teñidos de rubio. Parecía un filósofo; pero, según él afirmaba, era un católico austero y un confesor de la fe. Gregorio le creyó, le recibió en su intimidad y le sentó a su mesa; pero no tardó en darse cuenta de que el extranjero estaba tramando contra él un complot infame: quería, nada menos, suplantarle en la sede constantinopolitana, y hasta llegó a hacerse consagrar por algunos obispos de extracción dudosa.

Una vez más, Gregorio había dado pruebas de que su bondad rayaba en candor, de que le faltaba la penetración que sirve para descubrir la astucia de los malvados. Mortificado por aquella equivocación, intenta volverse de nuevo a la soledad; pero el pueblo le rodea, diciendo: «Si tú te vas, la Trinidad se nos va contigo.» Gregorio se resiste, pero en aquel momento entra Teodisio en Constantinopla. Es a fines del año 380. «Dios—le dice el emperador, abrazándole—se sirve de mí para colocarte al frente de esta Iglesia. El pueblo se amotinaría si me negara al más ardiente de sus deseos.» Una orden imperial puso en sus manos todas las iglesias de la ciudad, y el mismo Teodosio quiso asistir a la ocupación de Santa Sofía: «Una densa niebla—escribe Gregorio relatando sus impresiones—se extendía sobre la ciudad como un velo siniestro, mientras desfilaba la comitiva. Alrededor de la basílica, los arrianos zumbaban como preparándose para un motín. Pude distinguir gritos de rabia contra mí. El emperador iba rodeado de sus oficiales. Yo le precedía pálido, tembloroso, respirando con dificultad. No viendo mis ojos por todas partes más que amenazas, adopté el recurso de fijarlos en el Cielo. El héroe, sereno e impasible, seguía su camino. Por fin, sin saber cómo, me hallé bajo las bóvedas de la basílica, póstreme levantando las manos al Cielo, y acompañado de todo el clero, entoné el cántico de acción de gracias. En este momento, el sol, abriéndose paso entre las nubes, iluminó el templo con claridad radiante. Se hubiera dicho que el imperio de las tinieblas cedía por fin a la luz de Jesucristo.

Y la muchedumbre, convertida de súbito, gritaba sin cesar: «jGregorio, obispo!»
Un año más tarde se celebraba en aquella misma basílica el segundo Concilio ecuménico, con el fin de consolidar la paz de las iglesias, terminar con los cismas y sofocar los últimos brotes heréticos. Gregorio presidía. Su elocuencia triunfaba una vez más; la simplicidad de su vida era la admiración de aquellos prelados, que, según la expresión de Anniano Marcelino, habían dejado el bastón apostólico para dirigirse a los palacios de los césares con fastuoso cortejo. Pero un día, defendiendo al obispo de Antioquía, Paulino, tuvo el desacierto de aludir al apoyo que el Occidente daba a su patrocinado. Siempre el candor estrellándose contra la pasión. Un murmullo, que él comparaba al zumbido de un enjambre de abejas y al graznar de una bandada de grajos, se levantó de entre los miembros de la asamblea, casi todos orientales. Era la protesta del orgullo asiático: «¿No es en Oriente—gritó alguno—donde nació Jesucristo?» «Sí—respondió Gregorio—; pero también es en Oriente donde se le crucificó.» Sin embargo, su parecer fue rechazado; y desde entonces ya no asistió con regularidad a las sesiones. Convencíase con tristeza de que su palabra no era ya invencible, y en su alma, santa y dulce a la vez, las más leves presunciones de su inutilidad se convirtieron en remordimientos. Y empezó a ser, según su propia expresión, como un corcel encerrado en la caballeriza, que no cesa de piafar y relinchar echando de menos la libertad de los campos. Inopinadamente se presentó un día delante de sus colegas, y les dijo: «Varones de Dios, dignaos no tomar en cuenta para nada lo que a mí se refiere. Cesad en vuestras luchas y daos fraternalmente la mano. Aunque no sea la causa de la tempestad, yo me entrego, como Jonás por la salvación de la nave.» Como nadie se levantase para protestar de aquella decisión, Gregorio abandonó la sala. Más tarde decía: «No quiero escudriñar los pensamientos de los hombres, yo que no amo más que la sencillez; pero hay que confesar que dieron asentimiento a mis palabras con más facilidad de lo que se podía esperar. ¡Así recompensa la patria a los que la han servido!»

Antes de partir, Gregorio reunió al pueblo para hablarle por última vez; y su genio de orador se mostró entonces más brillante y elevado que nunca. Con encantadora sencillez, rindió cuenta de su vida, de sus tribulaciones, de su fe y de sus combates contra la herejía. Respondiendo al reproche de no vivir como los obispos cortesanos de su tiempo, decía: «No sabía que teníamos obligación de competir con los cónsules y los generales en lujo y magnificencia. Si tales fueron mis faltas, perdonadme; nombrad un obispo que agrade a la multitud, y concededme a mí el reposo de la soledad.» Acabó saludando a todos aquellos lugares que tenía frescos en su memoria, a todo lo que amaba y ahora iba a dejar: «Adiós, iglesia de la Anastasia, que llevas tu nombre de nuestra piadosa confianza; adiós, grande y famoso templo, trofeo de nuestra fe; adiós, ministros del Señor, que estáis cerca de Cristo cuando desciende a la Sagrada Mesa; adiós, vosotros todos, los que amabais mis discursos, solícita multitud, entre la cual veía yo brillar los punzones que grababan furtivamente mis palabras; adiós, cancel de la tribuna sagrada, forzado por la santa avidez de la muchedumbre; adiós, reyes de la tierra, palacios de los reyes, servidores y cortesanos, fieles, así lo creo, a vuestro amo, pero infieles, casi siempre, a vuestro Dios. Aplaudid, levantad hasta el Cielo a vuestro nuevo orador; se calla por fin la voz amiga que os importunaba.»

Después de consolarse un momento en Cesarea junto a las cenizas de su santo amigo, Gregorio se refugió en Arianzo, su pueblo natal, donde acabó sus días meditando, leyendo, cultivando un pequeño jardín y reanudando aquella pasión de los versos que había iluminado sus años juveniles. Entre sus poemas, unos son históricos y autobiográficos; otros, teológicos y doctrinales. No es aquí donde hay que buscar el acento de la verdadera inspiración. En cambio, en las elegías el poeta aparece plenamente. Su tristeza soñadora, su mística melancolía, tienen un encanto singular, que nos llega al alma. Es una poesía filosófica y psicológica a la vez, una mezcla de pensamientos abstractos y de emociones, en que las inquietudes de un corazón agitado por el enigma de la existencia contrastan con las maravillas de la Naturaleza. No es la antigua poesía helénica; es algo más íntimo, más nuevo, más moderno; tan moderno, que a veces creemos escuchar las efusiones románticas del siglo XIX. La novedad está en la tristeza del hombre que penetra en el fondo de su ser, en el diálogo interior, en el ensueño melancólico, en el análisis de los pensamientos íntimos y de los vagos deseos, en los gritos profundos y desgarradores del dolor metafísico y de las dolencias del alma. Es una poesía subjetiva, tierna, grave y austera, pero iluminada por las esperanzas de la religión. En las mayores turbaciones, la fe viene a serenar el espíritu del poeta y a hacerle prorrumpir en gritos de alborozo.

«Atormentado por la tristeza—leemos en una de estas deliciosas meditaciones—, me senté ayer a la sombra del bosque opaco; nadie estaba conmigo, porque, en mis males, amo el consuelo de conversar a solas con mi alma. El soplo del aire, mezclado a las voces de los pájaros, dejaba caer un dulce sueño de las copas de los árboles. Las cigarras, ocultas en la hierba, estremecían el bosque; un agua transparente bañaba mis pies, refrescando la alameda; pero yo, absorto en mi dolor, miraba indiferente todas estas cosas, porque el placer es odioso en las horas amargas. Del fondo de mi corazón agitado saltaban estas palabras: ¿Qué soy? ¿Qué fui en otro tiempo? ¿Cuál será mi paradero? Lo ignoro. Otros más sabios que yo lo ignoran también. Envuelto entre nubes, ando de aquí para allá, sin tener cosa alguna, ni siquiera el sueño de lo que deseo. Vamos tropezando por caminos oscuros bajo el peso de la tiniebla de los sentidos. Yo soy, dices; pero, ¿qué cosa? Porque lo que era, ya desapareció, y ahora soy otra cosa. Paso con la rapidez de esta corriente. Nadie cruza dos veces por el mismo bosque; nadie ve dos veces unos mismos ojos.» En medio de estas incertidumbres, el poeta se detiene aterrado; se irrita contra sí mismo, retracta sus palabras y cae de rodillas adorando a la Trinidad. «Ahora, las tinieblas—dice—; luego, la verdad; entonces, contemplando a Dios o devorado por las llamas, comprenderás todas las cosas. Estas palabras—añade—disiparon mi dolor. Atardecía cuando salí del bosque para encerrarme en casa. Iba riéndome de la locura de los hombres, y a la vez sintiendo las heridas de los combates de mi espíritu atormentado.»

domingo, 1 de enero de 2012

Un año nuevo


Dicen que cuando se acerca fin de año los ángeles curiosos se sientan al borde de las nubes a escuchar los pedidos que llegan desde la tierra.

- ¿Qué hay de nuevo? -pregunta un ángel pelirrojo, recién llegado.
Lo de siempre: amor, paz, salud, felicidad...- contesta el ángel más viejo.

Y bueno, todas esas son cosas muy importantes.

Lo que pasa es que hace siglos que estoy escuchando los mismos pedidos y aunque el tiempo pasa los hombres no parecen comprender que esas cosas nunca van a llegar desde el cielo, como un regalo.

¿Y qué podríamos hacer para ayudarlos? - Dice el más joven y entusiasta de los ángeles.
¿Te animarías a bajar con un mensaje y susurrarlo al oído de los que quieran escucharlo? - pregunta el anciano.

Tras una larga conversación se pusieron de acuerdo y el ángel pelirrojo se deslizó a la tierra convertido en susurro y trabajó duramente mañana, tarde y noche, hasta los últimos minutos del último día del año.

Ya casi se escuchaban las doce campanadas y el ángel viejo esperaba ansioso la llegada de una plegaria renovada. Entonces, luminosa y clara, pudo oír la palabra de un hombre que decía:
"Un nuevo año comienza. Entonces, en este mismo instante, empecemos a recrear un mundo distinto, un mundo mejor:
sin violencia, sin armas, sin fronteras, con amor, con dignidad; con menos policías y más maestros, con menos cárceles y más escuelas, con menos ricos y menos pobres.

Unamos nuestras manos y formemos una cadena humana de niños, jóvenes y viejos, hasta sentir que un calor va pasando de un cuerpo a otro, el calor del amor, el calor que tanta falta nos hace.

Si queremos, podemos conseguirlo, y si no lo hacemos estamos perdidos, porque nadie más que nosotros podrá construir nuestra propia felicidad".

Desde el borde de una nube, allá en el cielo, dos ángeles cómplices sonreían satisfechos.

Domingo 01-01-2012 Santa María, Madre de DIOS

Estos son los principales puntos que son tratados en la homília del domingo 01 de enero 2012, Tiempo Ordinario resumida en una presentación, no obstante como siempre encontrareis la HOMÍLIA completa más abajo.

Reflexión de hoy



Lecturas



El Señor habló a Moisés: "Di a Aarón y a sus hijos: Ésta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: "El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz". Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré."


Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: "¡Abbá! (Padre)." Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.


En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.
Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.


Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


Una fotografía

Hace años, un dos de Enero, aparecía en las primeras páginas de un periódico de tirada nacional, una fotografía con un breve comentario debajo.
Se refería a la multitud que todos los años se congrega en la Plaza de San Pedro, de Roma, para recibir la bendición papal “urbi et orbi” con motivo de la apertura del Año Nuevo.
Al fondo de la foto, desde su ventana del palacio Vaticano, se veía al Papa con las manos levantadas dirigiéndose a la muchedumbre que abarrotaba el recinto y a ésta, embelesada, contemplándole. A ambos lados, la columnata de Bernini, como centinela del evento y en un rincón, dando la espalda al público, una viejecita con un rosario en la mano.
El comentario del periodista me llamó la atención. No tenía desperdicio. Venía a decir lo siguiente- no son palabras textuales:
Como cada año una multitud incontable acudirá fervorosa a recibir la bendición del Papa. Como cada año atronarán los aplausos en la emblemática Plaza. Pero también, como cada año, esta pobre anciana, vestida de negro y casi ciega, dará la espalda al pueblo, ajena a una Iglesia, de la que se considera hija pecadora e indigna. Hace lo que ya solamente puede hacer: rezar y esperar pacientemente.
¡Qué poco sabe esta buena mujer que la auténtica iglesia de Jesús es precisamente ella!

La guerra es el fracaso del diálogo y la solidaridad humana

Este ejemplo viene al caso, porque montamos parafernalias, bendiciones sin cuento, propagandas de paz, mostrando una cara del mundo que no se corresponde con la realidad.
Organizamos conferencias de paz mientras las Grandes Potencias llenan sus arsenales de las armas más sofisticadas o venden las de desecho a precios elevados a países pobres a quienes previamente enfrentan entre sí para dar salida a la industria bélica que alimenta a millones de trabajadores del primer mundo.
Se emparejan el fariseísmo y el cinismo en una simbiosis demoníaca, disfrazados de mansas palomas. ¿Será siempre la paz para la humanidad un bien inalcanzable?¿Continuaremos justificando las guerras bajo apariencia de bien común cuando lo que se esconde detrás es un egoísmo rampante?

Analizando las distintas guerras que han provocado el azote del hambre en el mundo y vistos los resultados: destrucción, muerte y hambre, podemos deducir fácilmente que no existe ninguna guerra justa.
La paz nace desde dentro, del reconocimiento humilde de la propia limitación y con la aportación de lo que cada uno, como la propia viejecita, puede hacer o dar.
Se convierte así en una conquista cotidiana y en un bien absolutamente necesario.

Jornada Mundial de la Paz

En la primera lectura del día de hoy hemos escuchado una bendición, tan cotidiana para el pueblo judío como lo es el Padrenuestro para los cristianos: “El Señor te bendiga y te proteja; ilumine su rostro sobre ti y te conceda la paz”
Resulta curioso y elocuente que la liturgia ponga en el centro de la celebración de este primer día del año la “Jornada Mundial de la Paz” y la figura de María, la mujer silenciosa y humilde que medita y conserva en su corazón cuanto sucede a su alrededor y a quien invocamos los cristianos en las letanías del Rosario como Reina de la Paz.
Ambas celebraciones se armonizan en los gestos, las palabras y los hechos que Ella medita y conserva en su corazón., porque conoce a fondo la persecución de Herodes, el exilio y la violencia de la que fue objeto su hijo Jesús, culminada en el calvario y en la cruz.
Es frecuente quitar de en medio a pacifistas y pacificadores; estorban en el mundo de los intereses creados. Así lincharon en su momento a Gandhi, a Luther King, a Mons. Romero y a miles de héroes anónimos, cuyo único “pecado” fue clamar contra las degradaciones morales y las injusticias.
Intereses independentistas siembran nuestras sociedades modernas de agresiones sin cuartel contra quienes no participan de sus ideales racistas y xenófobos haciendo prevalecer la utopía de una nación sobre la misma vida humana a la que se desprecia.
Y no hablemos de la terrible lacra del terrorismo.
¿Hasta dónde llegaremos en la escalada de descalificaciones?
La violencia genera violencia y no soluciona los problemas. Nos cansamos de comprobarlo diariamente en los medios de comunicación o repasando las páginas de la historia.

Alternativa de Jesús.

Jesús, en el Sermón de la Montaña, propone como única alternativa a la violencia el perdón y la reconciliación, y hace distinción entre la paz de Dios y la paz de los hombres. La paz de Dios está basada sobre la verdad, la justicia y el amor hasta entregar la vida. La del mundo, sin embargo, es una paz que compromete la verdad y oculta la justicia , camuflándola bajo el orden social. En el fondo es un pretexto para defender los derechos de los más privilegiados y coaccionar a los más pobres.

La paz sigue siendo después de dos mil años el bien más anhelado y, a su vez, el más amenazado.
La paz es el compendio de todas las promesas hechas por Dios y el gran mensaje de la Navidad: “Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”y “Bienaventurados los que construyen la paz, porque serán hijos de Dios”

Pidamos al Señor por María la paz que nace del corazón, que crece en la familia y se realiza en la sociedad, haciendo que todos nos sintamos hermanos e hijos de Dios.

Santa María, Madre de Dios

Es el mejor de los comienzos posibles para el santoral. Abrir el año con la solemnidad de la Maternidad divina de María es el mejor principio como es también el mejor colofón. Ella está a la cabeza de todos los santos, es la mayor, la llena de Gracia por la bondad, sabiduría, amor y poder de Dios; ella es la cumbre de toda posible fidelidad a Dios, amor humano en plenitud. No extraña el calificativo superlativo de "santísima" del pueblo entero cristiano y es que no hay en la lengua mayor potencia de expresión. Madre de Dios y también nuestra... y siempre atendida su oración.

Los evangelios hablan de ella una quincena de veces, depende del cómputo que se haga dentro de un mismo pasaje, señalando una vez o más.

El resumen de su vida entre nosotros es breve y humilde: vive en Nazaret, allá en Galilea, donde concibió por obra del Espíritu Santo a Jesús y se desposó con José.

Visita a su parienta Isabel, la madre del futuro Precursor, cuando está embarazada de modo imprevisto y milagroso de seis meses; con ella convive, ayudando, e intercambiando diálogos místicos agradecidos la temporada que va hasta el nacimiento de Juan.

Por el edicto del César, se traslada a Belén la cuna de los mayores, para empadronarse y estar incluida en el censo junto con su esposo. La Providencia hizo que en ese entonces naciera el Salvador, dándolo a luz a las afueras del pueblo en la soledad, pobreza, y desconocimiento de los hombres. Su hijo es el Verbo encarnado, la Segunda Persona de Dios que ha tomado carne y alma humana.

Después vino la Presentación y la Purificación en el Templo.
También la huída a Egipto para buscar refugio, porque Herodes pretendía matar al Niño después de la visita de los magos.

Vuelta la normalidad con la muerte de Herodes, se produce el regreso; la familia se instala en Nazaret donde ya no hay nada extraordinario, excepción hecha de la peregrinación a Jerusalén en la que se pierde Jesús, cuando tenía doce años, hasta que José y María le encontraron entre los doctores, al cabo de tres días de angustiosa búsqueda.

Ya, en la etapa de la "vida pública" de Jesús, María aparece siguiendo los movimientos de su hijo con frecuencia: en Caná, saca el primer milagro; alguna vez no se le puede aproximar por la muchedumbre o gentío.

En el Calvario, al llegar la hora impresionante de la redención por medio del cruentísimo sufrimiento, está presente junto a la cruz donde padece, se entrega y muere el universal salvador que es su hijo y su Dios.

Finalmente, está con sus nuevos hijos _que estuvieron presentes en la Ascensión_ en el "piso de arriba" donde se hizo presente el Espíritu Santo enviado, el Paráclito prometido, en la fiesta de Pentecostés.

Con la lógica desprendida del evangelio y avalada por la tradición, vivió luego con Juan, el discípulo más joven, hasta que murió o no murió, en Éfeso o en Jerusalén, y pasó al Cielo de modo perfecto, definitivo y cabal por el querer justo de Dios que quiso glorificarla.

Dio a su hijo lo que cualquier madre da: el cuerpo, que en su caso era por concepción milagrosa y virginal. El alma humana, espiritual e inmortal, la crea y da Dios en cada concepción para que el hombre engendrado sea distinto y más que el animal. La divinidad, lógico, no nace por su eternidad.

Al tiempo que es Dios, es hombre. Alta teología clasifica lo irrepetible de su ser, afirmando dos naturalezas en única personalidad. El Dios infinito, invisible, inmenso, omnipotente en su naturaleza es ahora pequeño, visible, tan limitado que necesita atención. Lo invisible de Dios se hace visible en Jesús, lo eterno de Dios entra con Jesús en la temporalidad, lo inaccesible de Dios es ya próximo en la humanidad, la infinitud de Dios se hace limitación en la pequeñez, la sabiduría sin límite de Dios es torpeza en el gemido humano del bebé Jesús y la omnipotencia es ahora necesidad.

María es madre, amor, servicio, fidelidad, alegría, santidad, pureza. La Madre de Dios contempla en sus brazos la belleza, la bondad, la verdad con gozoso asombro y en la certeza del impenetrable misterio.