miércoles, 24 de octubre de 2012

SAN ANTONIO MARÍA CLARET

Entre los aldeanos de Cataluña se decía en tono de desprecio: «Sallent, Sallent, petita villa y mala gent.»

Pero Dios quiso que de Sallent, pequeña villa de la provincia de Barcelona, saliese una de las más grandes figuras de la iglesia española en el siglo XIX. Allí nació San Antonio María Claret, el día de Navidad de 1807, cuando la tierra resonaba de villancicos y melodías pastoriles. Un pueblo humilde y un hogar oscuro, donde había un telar, donde se rezaba el ángelus, donde no faltaban nunca algunos maravedises para los pobres que llamaban a la puerta, pero donde, más que los dineros, abundaban los gritos, los lloros y los golpes de los niños, pues con Antonio María se sentaban a la mesa del honrado tejedor otros diez hijos, que él miraba, a la vez, orgulloso y aterrado.

No era, ciertamente, Antonio María el que más guerra daba en el hogar. Más que jugar o pegarse con los demás muchachos, le gustaba escuchar sermones, aprender a deletrear libros piadosos y meditar en las verdades que se iban grabando en su cabecita infantil. No tenía más que cinco años y ya se inquietaba su espíritu resolviendo los graves problemas de la gracia y de la predestinación, del pecado y de la eternidad. Más de una vez le oía su madre repetir entre el rebujo de la cuna: «¡Eternidad, eternidad!... ¡Siempre, siempre!... ¡Jamás, jamás!...» Y si se despertaba durante la noche, exclamaba, perseguido por la misma idea: «Y aquello, ¿no acabará nunca? ¿Siempre habrá que padecer?» La eternidad fue como el coco de su infancia.

Algo extraordinario brillaba ya desde aquellos primeros años en la vida del hijo del tejedor. Dios le guiaba y le protegía. No era como los demás niños. Si encontraba un anciano arrastrándose penosamente por la calle, se acercaba a él, le cogía de la mano y le llevaba hasta su casa. Si brillaba una moneda en su camino, la recogía y no paraba hasta encontrar su propietario; si se veía en la plaza a un niño explicando las verdades de la fe a un corro de compañeros, ese niño era Antonio María Claret. Muchas tardes, los días de fiesta, desaparecía de casa para dirigirse en compañía de alguno de sus hermanos al vecino santuario de Nuestra Señora de Fusimaña, sin acobardarse por los bosques de pinos que había que atravesar y los riscos a través de los cuales había que ascender. Todo le parecía poco para dialogar amorosamente con la que ya entonces llamaba su madrina, su maestra, su directora, su madre, y ella, evidentemente, le enseñaba, le guiaba y le protegía. Ella le salvó el día de su accidente en la playa de la Barceloneta. Una ola le envolvió rápida y furiosa; la resaca le llevaba mar adentro; ya giraba en medio de un torbellino de aguas alborotadas. «Entonces—dice él mismo—se me ocurrió la idea de invocar a María Santísima. Hícelo del mejor modo que supe, y, sin saber cómo, me hallé al instante en la playa.»

Y, no obstante, por obra del infierno, sus labios temblaban con balbuceos de blasfemias horribles contra su libertadora. Era la hora de la tentación. Sus ojos se cerraban aturdidos, su cuerpo se agitaba en una convulsión espantosa; sollozaba y decía: «¡Señor, antes morir que pecar!» Otra vez era el demonio de la lujuria. Su mente se llenaba de imágenes hediondas; su corazón, de fuegos infernales. Luchaba, rezaba, desgarraba su cuerpo; pero la tiniebla seguía envolviendo su espíritu. Hasta que su aposento se ilumina; una imagen llena de gracia brilla en los aires y aparece una mano que alarga una guirnalda de rosas, mientras se oye esta voz: «Antonio, si vences, esta corona será tuya.»

Peor fue todavía el peligro del olvido, el olvido de su destino y de la misión que le estaba designada. A los dieciocho años, Antonio se había sumergido en el torbellino hirviente de la vida de Barcelona. Era un fabricante de tejidos, estudiaba el dibujo, agenciaba tintes, multiplicaba muestras, vigilaba su taller, prosperaba, y de día en día aumentaba su prestigio de hombre inteligente e irreprochable en el comercio, a quien la fortuna reservaba un magnífico porvenir. Todo su afán era la fabricación; todo su pensamiento, las máquinas y los telares; su preocupación, las composiciones y descomposiciones. Aquella afición a la industria le absorbía, dominaba su vida, le inutilizaba para cualquier otro ejercicio. Todas las horas eran para ella; hasta los días festivos, después de oír misa y de comulgar algunas veces, el joven fabricante se encerraba en su aposento a dibujar, a combinar y a hacer problemas. Fueron cuatro años largos de desorientación y de tristeza, que el hombre de Dios miró más tarde como años perdidos, años en que no faltaron los peligros y los desengaños, pero que también tuvieron su aspecto beneficioso, pues no fue escasa la experiencia de los hombres y de la vida que en ellos recogió el joven industrial.

Pero cuando ya empezaba a abrirse camino y la suerte le sonreía y su bolsa se llenaba de plata, surgió en el fondo de su alma, con una insistencia inquietante, esta sentencia que, siendo niño, había leído en el Evangelio: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» Como con una espada invisible, esta frase atravesó su ser y paralizó aquella actividad apasionada y febril. Al empezar el trabajo, mientras trabajaba, cuando cerraba el taller, durante el sueño, la terrible pregunta brillaba ante sus ojos, amortiguando su entusiasmo y llenándole de inquietudes. A veces le parecía que alguien se apostaba junto a él y se la lanzaba al oído. Su espíritu no recubro la serenidad hasta que un día se levantó con la resolución de abandonar aquella maraña de ruedas, tejidos y lanzaderas, para consagrarse únicamente al negocio de su salvación. Tenía entonces veintidós años.

Aquella alma ávida e inquieta no podía entregarse a medias. Con audacia y generosidad, ensaya durante algún tiempo los diversos caminos que se abren ante ella. ¿Cuál será el suyo? Todo su afán es ahora conocer la voluntad de Dios. Primero, el estudio del latín y de la filosofía en el seminario de Vich. Pero allí cerca, en la cartuja de Montealegre, viven unos hombres en el olvido perpetuo de todas las cosas mundanas. Un breve ensayo, de resultados negativos, en el silencio de la vida claustral. ¿Cómo aquel hombre, hecho para las plazas y las multitudes, trotamundos a lo divino, iba a aquietarse con el reposo contemplativo de un claustro sin horizonte, de una vida despojada de todo dinamismo exterior? Otra vez en el seminario, en una celda fría y hosca, cuyas paredes están llenas de estampas de todos los gustos y colores, con imágenes de la Virgen y de los santos, con figuras simbólicas, dibujadas a pluma por el propio seminarista, de las cuatro verdades eternas; con breves jaculatorias, o resoluciones, o sentencias recortadas de algún libro piadoso. Allí la imaginación trabajaba buscando imposibles. Hay horas de humanos desalientos y horas de divinas impaciencias. En una de estas últimas le parece oír la misma voz que traía a Francisco Javier a través del continente asiático: «La caridad de Cristo me urge —decía—. No puedo resistir a los impulsos interiores que me llaman a salvar almas. Tengo sed de derramar mi sangre por Cristo.» Su sueño es ahora irse a países de infieles, ponerse a disposición de los que dirigen la Obra de la Propagación de la Fe. Con la ilusión en el alma, y en la mano el báculo de peregrino, pasa los Pirineos, coge un barco en Marsella y llega a Roma en una tarde iluminada por un sol de otoño claro y dulce. Nuevo desencanto. Todo son tardanzas y dificultades. Se le cierran todos los caminos y todas las puertas, hasta la puerta de la Compañía de Jesús. Está loco de contento porque ha logrado vestir la sotana de San Ignacio; pero durante el noviciado cae enfermo, y el Padre rector le dice: «Es la voluntad de Dios que usted vaya pronto, ¡pronto!, a España. No tenga miedo. ¡Animo!»

Después de tantos rodeos, se encuentra otra vez en su tierra. Ya es sacerdote. Le han dado una parroquia que se llama Viladráu. No será cartujo, ni jesuita, ni misionero del Asia: será simplemente cura; pero un cura perfecto que no es poco decir. Confiesa como si tuviese experiencia de muchos años, dice misa como un ángel, se pasa las horas muertas delante del altar, organiza y sostiene hermandades piadosas, recibe a sus feligreses con una amabilidad exquisita, y cuando hay baile en el pueblo, se presenta entre los jóvenes con un crucifijo en la mano, habla con voz patética de las penas del infierno, disuelve las parejas y despide la música. Tenía gracia especial para hablar. Los vecinos de Viladráu estaban orgullosos de su vicario. Es un misionero, es un apóstol, es un predicador admirable del Evangelio. La voz se extiende por los alrededores, y todos los domingos, por la tarde, la comarca se despuebla y los caminos de Viladráu se llenan de gentes, que lanzan al aire cantos y plegarias. La iglesia se llena, la voz estalla en anatemas, se diluye en divinos requiebros o tiembla como un gemido; el orador aparece transfigurado, la muchedumbre estalla en lágrimas y en sollozos.

Pronto, los pueblos todos de Cataluña quieren oír al predicador de Viladráu. Y él se deja llevar; va a pie de parroquia en parroquia, bajo los soles, entre las nieves, desde las márgenes del Ebro hasta las vertientes de los Pirineos. «La caridad me urge, el amor me impele, me hace andar, me hace correr de una población a otra, me obliga a gritar: «¡Hijo mío, mira que vas a caer en los infiernos! ¡Alto, no pases adelante!» Su paso levanta oleadas de entusiasmo, y, lo que es mejor, gritos de arrepentimiento: los pueblos se transforman, los grandes pecadores se arrodillan a sus pies, y su voz abre los corazones más empedernidos. Predica en las iglesias y en los caminos, en la calle y al abrigo de las posadas. Los caminantes y las samaritanas saben del poder de su palabra y de la bondad de su corazón.

—Buenos días, señor cura—le dijo en cierta ocasión un arriero—; ¿quiere confesar a mis mulas?

—No blasfemes de esa manera, desgraciado; quien ha de confesarse eres tú, que no lo has hecho hace quince años.

—¿Quién le ha dicho a usted eso?

—El que me ha dicho los pecados que tienes. Mira, te los voy a decir uno por uno....Y como herido por el rayo, aquel pobre hombre ató las bestias a un árbol, y allí mismo, junto al tronco, cayó de rodillas delante del misionero.

En otra ocasión, se desarrolló una escena más sublime todavía. Era entre un laberinto de montañas, camino de Olot. Tres hombres de feroz aspecto salen de la selva, y gritan.

—Alto, Padre capellán. ¡La bolsa o la vida!

—La vida será, porque bolsa no llevo.

—Pues morirá, para que no nos denuncie.

—No me importa morir, pero os ruego una cosa. Voy a predicar cerca de aquí el sermón de la fiesta. Todo está preparado y no puedo faltar; dejadme unas horas, que, una vez cumplido mi compromiso, vendré a buscaros.

—Tiene razón—dijo uno.

—¿Y si no vuelve?—observó otro—. ¿Si nos denuncia y nos llevan a la cárcel? Mejor será matarlo.

—No temáis—replicó el Padre Claret—; os doy mi palabra de sacerdote, y la cumpliré religiosamente.

—Vaya en paz—respondieron los malhechores, desalmados por tanta fortaleza. Y en las primeras horas de la tarde se encontraba de nuevo en el lugar de la cita. Los tres bandidos salieron a su encuentro.

—¡Qué! ¿Ya viene preparado a morir?—preguntaron.

—Sí, amigos míos—respondió él—; pero antes quiero daros gracias por haberme concedido el favor que os pedí.

—¡Es un héroe!—exclamaron los tres, conmovidos por aquella serenidad—. ¿Qué hacemos?

—¡Perdonadle! ¡Es un valiente!—murmuró uno.

—Pero, además, es un santo—replicó otro—. Yo quiero confesarme con él.

—Y yo.

—Y yo.

Y los tres cayeron de rodillas pidiendo la absolución.

El Padre Claret pertenecía a la estirpe de los grandes oradores populares, como San Antonio de Padua, San Juan Crisóstomo, San Vicente Ferrer. Su misma presencia física predisponía en favor. Era de color moreno, bajo de estatura, lleno de cuerpo, de frente alta y despejada. Los que le conocieron nos hablan de la sonrisa de su palabra, de su voz viva y penetrante, agradable y dulcísima, del hechizo de su mirada escrutadora bajo el bosque de las pobladas cejas, del buen humor de la charla y de su trato dulce y afable, que ponía en su sonrisa una magia de sobrenatural atracción. Su elocuencia era la de un auténtico misionero. Podía predicar durante varias horas diarias sin que se advirtiese en él el menor cansancio. Y después de un mes, el público le oía el último día con el mismo entusiasmo que el primero. Los temas ordinarios de sus sermones eran las verdades eternas, la gravedad del pecado, los Sacramentos, la misericordia de Dios, la impenitencia final, la conversión de la Magdalena. Había tomado por modelo al Beato Juan de ávila, y, lo mismo que él, ungía sus sermones con el óleo de la oración. Para hacerse entender, usaba con frecuencia de parábolas y semejanzas caseras. Un público de académicos le hubiera puesto numerosos reparos, pero él prefería atenerse a la máxima de San Agustín: «No me importa que me critiquen los gramáticos, con tal que me entiendan los rudos.» Uno de sus oyentes, que más tarde fue obispo de Segorbe, monseñor Aguilar, escribía un día de diciembre de 1843: «Vengo de Roda, donde acabo de oír al Padre Claret. Empezó el sermón con voz clara, entera y vibrante, que oían perfectamente tanto los que estaban dentro como los que estaban fuera del templo. Ni un murmullo o movimiento en el auditorio, ni un golpe de tos en el predicador interrumpieron por un momento aquel torrente de palabras y de doctrina. Al salir, decía la gente: ¿Cómo puede hablar tanto tiempo sin descansar?... ¿De dónde habrá sacado tanta doctrina?... ¡Qué comparaciones tan oportunas! ¡Qué ejemplos tan bien traídos! ¡Es un santo!, observaban algunos, y contaban sucesos milagrosos acaecidos en sus misiones.»

Efectivamente, Dios había querido confirmar aquella elocuencia con el sello de lo sobrenatural. Los prodigios se sucedían sin interrupción. Hoy, un oyente quedaba como petrificado en su asiento, por haber faltado al respeto al predicador; mañana, la lluvia caía sobre la concurrencia sin dejar la menor reliquia de humedad; otro día, el predicador se detenía para anunciar un castigo, o revelar el estado de un alma, o profetizar la muerte de un oyente. Aquella voz que removía las conciencias, tenía también poder para apagar las llamas, para curar las enfermedades, para descubrir el porvenir. El demonio se revolvía furioso contra ella, estorbando visiblemente los frutos de las predicaciones; despertando recelos entre los políticos, fomentando la calumnia, atizando la persecución y acudiendo a todos los medios para desacreditar al predicador. Ante tan criminal injusticia, el arzobispo de Tarragona se vio en la precisión de desmentir las calumnias con un documento público en el que hacía la apología del misionero: «Su conducta privada es irreprochable; sus costumbres, edificantes; sus obras, conformes a su lenguaje de ministro del Evangelio; su abnegación y desinterés, completos, no recibiendo jamás estipendio por los sermones que predica, ni siquiera por la celebración del santo sacrificio; su vida, penitente, mortificada, laboriosa: es un verdadero misionero apostólico. Viaja siempre a pie y sin provisión de comida ni vestidos. Lo sabe y lo publica la gente de Cataluña y de otras provincias.

Ante los ladridos del sectarismo y de la envidia, el misionero redobla su actividad. Apenas duerme. Ayuna constantemente, confiesa mañana y tarde, a veces hasta quince horas; predica diariamente, y a donde no alcanza el poder de su voz envía la influencia de su pluma. Se ha hecho periodista, folletista, escritor. Ha comprendido el valor de ese otro ministerio más amplio, más moderno, más clarividente, más intenso, más popular, del libro, del folleto, de la hoja volante y de la estampa. Y no sabemos cuándo encontraba tiempo para escribir, pero de su pluma salió una montaña de libros y opúsculos, en que glosaba y vulgarizaba la doctrina del cristianismo en todos sus aspectos: teológico, ascético, místico, apologético, pedagógico, sociológico y cultural. Son más de cien volúmenes, que se reimprimieron durante mucho tiempo, porque el público devoto los devoraba apasionadamente.

Esto era poco todavía. El campo se dilataba ante sus ojos, pidiendo trabajadores infatigables; los obispos reclamaban misioneros; las almas estaban hambrientas de doctrina. Muchas veces el predicador tiene que contestar a las solicitudes con estas palabras dolorosas: «No puedo.» Acaba de recorrer en una misión ruidosa las Islas Canarias, y otras muchas provincias desean oír su voz. Es entonces cuando piensa en rodearse de algunos compañeros, encargados de recoger su espíritu y de ampliar su apostolado. Se reúnen por vez primera en el seminario de Vich el 16 de julio de 1849. Acaban de hacer los Ejercicios espirituales. Están dispuestos a obedecer, a trabajar, a misionar: «Hoy comenzamos una grande obra», dice mosén Claret. «¿Cómo podremos hacer nosotros una grande obra, siendo tan pocos y tan pequeños?», responde uno de los seis que están allí reunidos. «No importa — agrega el jefe de todos ellos—. Así resplandecerá más el poder de Dios.» Aquel día se formó la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, que hoy extiende sus ramas bienhechoras a través de la tierra.

Ya puede salir de Cataluña. Fue por aquellos días cuando mientras rezaba el Oficio cayó sobre su breviario un trozo de papel que decía: «Ya estarás contento; te han nombrado arzobispo de Cuba. Allá harás de las tuyas; pero también yo haré de las mías.» Por firma, tres rasguños hechos con las uñas. «No hay que hacerle caso. ¡Es el padre de la mentira!», dijo mosén Antón, adivinando el origen de todo aquello. Pero esta vez el demonio decía la verdad. Fue preconizado por el Papa Pío IX en mayo de 1850, y en febrero del año siguiente estaba ya trabajando en su isla.

Era arzobispo, pero sin dejar de ser misionero. Restaura el seminario, reanuda las clases, interrumpidas durante treinta años; reorganiza el clero, y convierte su palacio episcopal en asilo, hospital, capilla y escuela. Por lo demás, el apenas aparece por sus viejas estancias. Tiene una diócesis inmensa: ciento cincuenta leguas de longitud, por cuarenta de anchura. En dos años la recorre cuatro veces: llega al último rancho, al pueblo más humilde. Unas veces a pie, otras a caballo, hace jornadas de cien kilómetros, bajo un clima tropical, sin probar bocado en veinticuatro horas. Confiesa, predica, confirma, reparte rosarios y medallas, realiza su ministerio pastoral en iglesias destartaladas, en los descampados, en miserables cobertizos. Pasa legalizando matrimonios, legitimando hijos espurios, quemando libros heréticos, renovando la vida cristiana. Las multitudes no aciertan a separarse de él; le siguen de pueblo en pueblo, le aclaman, y a veces camina rodeado de miles de jinetes. Pero la impiedad está rabiosa ante aquel fervor y aquel espíritu evangélico. Acecha, escupe, ladra y no se detiene ni ante el procedimiento del atentado. Una vez, arde la hacienda en que iba a hospedarse el arzobispo; otra vez, el asesino cae a sus plantas arrepentido, y otra vez, en la ciudad de Holguín, la conjuración masónica se felicita ya de haber triunfado. El arzobispo sale del templo con la mejilla surcada por una profunda herida. Sanó milagrosamente; pero gobernantes poco celosos se dieron cuenta de que la actividad de aquel hombre les creaba demasiadas dificultades. Un santo es siempre enojoso para los que no quieren serlo. Los primeros que protestaban eran algunos eclesiásticos, que se Helaban a cumplir el Derecho canónico. El arzobispo estaba dispuesto a imponerle sin contemplaciones: «Pocos y buenos—solía decir él—. Yo sé por experiencia que el castigo mayor que puede caer sobre un pueblo es un mal sacerdote. Es preferible dejar un pueblo sin sacerdote que enviarle uno indiano.» Y añadía esta sentencia, que nos refleja el espíritu de su vida episcopal: «Un obispo ha de estar preparado a una de estas tres cosas: a ser envenenado, procesado o condenado. Si los hombres le respetan, le condenará Dios.»

Él tuvo la repulsa de los hombres. Siete años después de su llegada a Cuba fue llamado a Madrid, que se convirtió desde entonces en centro de sus correrías apostólicas. La reina Isabel II le hizo su confesor; el Papa Pío IX le dio el título de arzobispo de Trajanópolis. Los honores se acumulaban sobre su cabeza, pero él estaba contento porque otra vez volvía a ser misionero, y nada más que misionero. Ahora es toda España la que recoge el fruto de su predicación. Es la historia de los días en que era párroco de Viladráu, aunque en mayor escala. La misma actividad, el mismo desinterés, el mismo entusiasmo en las muchedumbres, el mismo odio de los malvados, correspondidos con la generosidad de siempre. «Dejadlos—decía el Padre Claret—, son los artífices de mi alma. Si supiesen el bien que me hacen, de seguro no se acordarían de mí.»

Al fin, el destierro. Al estallar la revolución de 1860, Isabel II pasa la frontera, y su confesor la sigue. Dos años más, dos años de quietud y de silencio, que despiertan la imagen de un sereno atardecer. Y la muerte llega, callada y suave, pero no inesperada, en la abadía cisterciense de Fontfroidé, al salir el sol del 24 de octubre de 1870.

martes, 23 de octubre de 2012

Reflexión de hoy



Lecturas



Hermanos:
Antes no teníais un Mesías, erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos alas instituciones portadoras de la promesa. En el mundo no teníais ni esperanza ni Dios. Ahora, en cambio, estáis en Cristo Jesús.
Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos.
Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear con los dos, en él, un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros, los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.
Por lo tanto, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.
Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.»

Palabra del Señor.

SAN IGNACIO DE CONSTANTINOPLA

Figura de obispo suave y enérgica a la vez; barba patriarcal, ojos bondadosos, palabra encendida en el fuego de la meditación porte de una sencillez aristocrática. Allá en su niñez había conocido el esplendor de la riqueza, la suntuosidad de los palacios y las lisonjas de los cortesanos. Era en aquella Constantinopla refinada del Bajo Imperio. Entonces se llamaba Nicetas. Altos personajes, vestidos de togas brillantes, le enseñaban a declamar los versos de Hornero, a montar a caballo, a manejar la espada, a lanzar la jabalina. Pero era el tiempo de las revoluciones palaciegas y los pronunciamientos pretorianos. Un día sorprendió a sus padres discutiendo calurosamente.

—Tú no puedes hacer eso—decía la madre—, por dignidad, por compasión hacia esos pobres niños.

—Mi decisión está tomada—respondió el padre—. No quiero que se derrame por causa mía la sangre de los pueblos.

La discusión duró largo rato. Al fin, Nicetas vio que su madre salía exclamando con acento de desesperación:

—¡Corazones de mujer! ¡Y es preciso que vea mi corona sobre la cabeza de esa «Barca»!

El niño se dio cuenta de todo y se echó a llorar. Luego supo lo que había pasado: el general armenio León, el hombre de la confianza de su padre, se había proclamado emperador, y su padre renunciaba a la lucha y abdicaba el Imperio. Ya no sería príncipe imperial. Sólo le quedaba la oscuridad, la muerte y el destierro.

Miguel Curopalata había sido un emperador generoso y amable, pero le faltaba energía y diplomacia. No supo ver las maquinaciones de su ministro, y cuando éste arrojó la máscara, no tuvo valor para resistirlo. Además, no le seducía el mando. Poniendo en práctica su resolución, tomó su diadema, su espada de empuñadura de brillantes, su manto de púrpura y sus sandalias de escarlata, y poniéndolo todo en manos del mejor de sus oficiales, le dijo:

—Lleva a León estas insignias, que él ambiciona y que yo desprecio.

Algunos días después, el emperador caído y sus dos hijos, escoltados por un grupo de soldados armenios, llegaban a un monasterio de la Propóntide. Allí Miguel fue durante más de treinta años el hermano Anastasio. Había querido llamarse así, porque para él la vida no empezó hasta llegar a la paz del monasterio; había resucitado. La corte, el Imperio, la corona, sólo habían sido sueños llenos de pesadillas. Tampoco los dos jóvenes quisieron conservar nada de su vida anticua: Teofilacto se llamó en adelante Eustasio, y Niceta, el más pequeño, quiso que le diesen el nombre de Ignacio, que él había de ilustrar con su brava entereza y mansedumbre episcopal.

Ignacio tenía entonces catorce años; pero aquel cambio repentino valía tanto como muchos años de experiencia. Olvidó todo lo pasado para entregarse con ardor a las obligaciones de su nueva vida. Estudiaba los escritos de los antiguos Padres, salmodiaba en el coro, luchaba contra el orgullo de la carne y la soberbia de la vida, y en todo se distinguía por su exactitud y su piedad. Atento sólo a la vida monacal, conseguía que nadie fijase en él sus miradas, y si alguna vez recordaron su nombre allá en la corte, no fue como aspirante al trono de su familia, sino como defensor piadoso de las sagradas imágenes contra la furia loca de los iconoclastas. Entre tanto, allá en el palacio de Blanquernas, en las salas doradas donde había jugado siendo niño, los emperadores se sucedían, soñando sueños vertiginosos. Una aclamación de los pretorianos los levantaba y otro capricho los volvía al olvido. Han pasado cuarenta años. Un niño tiene ahora la herencia de Justiniano un niño a quien llamará la Historia Miguel el Borracho. Pero es su madre, Teodora, la que gobierna. Teodora, madre de su pueblo, protege la religión y ama a los hombres buenos. Ella fue la que descubrió a Ignacio en su monasterio, la que le llevó a Constantinopla y le puso en la sede patriarcal de la primera ciudad del Imperio (847).

El príncipe que de niño marchó desterrado, volvía ahora para ocupar el primer puesto de la Iglesia de Oriente. Otro capricho de la fortuna, que a Ignacio no le conmovió; tal vez dentro de poco se le ocurriría llevarle otra vez al destierro. Volvió sin ambición, dispuesto sólo a cumplir con su deber. Pronto se dio cuenta de que este simple programa sería muy difícil de cumplir. El trono de sus padres era ahora el asiento de un monstruo. El hijo de aquella santa emperatriz sólo piensa en juegos y en orgías. Derrocha el tesoro público, vende las joyas de la corona, guía los carros en el circo, se rodea de aurigas y gladiadores, ridiculiza las cosas sagradas, parodiando la comunión y saliendo por la ciudad en procesión burlesca; mutila, envenena, mata, persigue hasta a su madre. Para alejarla de la corte, quiere que el patriarca la ponga el hábito religioso, a lo cual se opone Ignacio con dignidad. «Príncipe—dice al tirano—, cuando me encargué del gobierno de la Iglesia de Constantinopla juré no hacer nada contra vuestra gloria, y, así, no puedo prestarme a esa cobardía.»

Pero el que mandaba en Constantinopla no era el emperador, sino el césar Bardas, hermano de Teodora, uno de esos caracteres ambiciosos para quienes son buenos todos los caminos que llevan al poder. Inteligente, pero escéptico, protector de las letras y las artes, dotado de positivas cualidades de hombre de Estado, pero vengativo, rencoroso y libertino hasta el cinismo, tomó como una misión suya el corromper al joven emperador. La corte se convierte en teatro de orgías imposibles de describir. Bardas, elevado por Miguel a las más altas dignidades, hace pública ostentación de sus relaciones incestuosas con su nuera. El patriarca le reconviene con respeto y suavidad; él se ríe, y el día de Epifanía del año 857 no se habla en toda la ciudad más que del escandaloso suceso ocurrido aquella mañana en Santa Sofía. Bardas se acerca a comulgar; el patriarca pasa ante él como si no le hubiera visto; el cesar aguarda, insiste, provoca; Ignacio se niega rotundamente «a entregar lo santo a los perros»; despechado el príncipe, saca la espada dispuesto a herir; el sacerdote aguarda tranquilo y su serena majestad hace caer el arma de las manos de su enemigo. Pero la venganza se cumple: a los pocos días Ignacio marcha desterrado a una roca desierta del mar Egeo, que se llama isla del Terebinto.

Para ocupar su puesto se nombra al hombre más intrigante que se ha visto jamás: el eunuco Focio, genio brillante y activo, inteligencia adornada de una gran erudición, diplomático afortunado, poeta, orador, jurisconsulto, el espíritu más culto y el alma más perversa de su siglo. Su soberbia, sobre todo, era inconmensurable; en ella, más que su ambición, está el resorte de toda su existencia; simple laico, subió todas las órdenes en una semana. El consagrante fue el arzobispo de Siracusa, Gregorio Asbesta, hijo de León el Armenio. Gregorio estaba resentido porque Ignacio le había prohibido tomar parte en su consagración. Su despecho fue tan grande, que en medio de la ceremonia lanzó violentamente contra el suelo el cirio que tenía en la mano. Desde entonces no hizo más que conspirar contra el patriarca, y aprovechó gustoso esta ocasión que se le ofrecía de vengarse, consagrando al intruso.

Vienen después diez años de astucias, de intrigas, de violencias y conciliábulos. Los delegados imperiales llegan a la isla del Terebinto para pedir la dimisión de Ignacio. Ignacio resiste indomable; un Concilio le depone, otro confirma la deposición; los obispos dan el escándalo general de la cobardía y el servilismo; el usurpador defiende sus prerrogativas con una hipocresía nunca igualada. Ignacio ha apelado al Papa, y él acude también a Roma, con una carta que es una obra maestra de falsía y habilidad. Hace profesión de la más pura fe católica, transcribe de San Gregorio Magno las expresiones más patéticas para deplorar su indignidad, y se postra a los pies del Pontífice romano pidiendo sus oraciones. Pero este hombre, que tiene un talento prodigioso para cautivar con su palabra, este fascinador de hombres, el más irresistible tal vez que ha aparecido en la historia, fracasó por completo al encontrarse frente al genio positivo, práctico y seguro del Occidente. El Papa San Nicolás le ha conocido, le quita la máscara, le condena y proclama la inocencia del patriarca desterrado. La corte de Constantinopla resiste a las decisiones de Roma; hay negociaciones, se cruzan las cartas, hasta que el emperador y el cesar mueren asesinados por uno de sus generales, el nuevo emperador Basilio el Macedónico. Focio no duda en aliarse al asesino de su bienhechor; pero nuevamente la fortuna le vuelve la espalda; es relegado a un convento lejano, mientras Ignacio viene de la isla del Terebinto (867).

Fue tres años más tarde cuando Ignacio pudo considerarse pagado con creces de sus diez años de destierro. Celebrábase el octavo Concilio ecuménico y los Padres se habían reunido en aquella iglesia de Santa Sofía, donde resonaron las más entusiastas adhesiones al primado Pedro. Los obispos que años antes habían condenado y depuesto al patriarca, se presentaban ahora delante de él pidiendo la reconciliación.

—Señor—le decían—, nosotros imploramos sinceramente de vuestra santidad el perdón de nuestros errores y nuestras faltas.

A lo cual contestaba Ignacio:

—Y yo os recibo con la misma alegría que el padre del hijo pródigo en la parábola evangélica.

Focio vino también; pero en su temperamento no cabía la retractación. Altivo, displicente, ni siquiera se dignaba contestar.

—¿Admites—le preguntaron los legados de Roma—las decisiones de los Papas Nicolás y Adriano?

Y como callase, le dijeron:

—Entonces, tú eres en la Iglesia un malvado y un adúltero.

—Yo callo—dijo él—, pero Dios me oye.

—Tu silencio—le replicaron—te condena.

—También Jesús calló—replicó él—y fue condenado.

Esta comparación sacrílega indignó a la asamblea; el anatema cae y Focio marcha al destierro.

Llega la hora de coger en paz el fruto de los trabajos. Coronado de la plata de sus cabellos y aureolado del oro de su vida inmaculada, el patriarca gobierna, predica y bendice a su pueblo; y su bendición hace germinar mieses de venturas; renacen las letras, florecen las artes, brilla la santidad en los monasterios, surgen espléndidas basílicas, los iconos sonríen en sus nichos, las legiones triunfan, y una savia nueva rejuvenece aquel Imperio, que parecía próximo a derrumbarse.

lunes, 22 de octubre de 2012

Reflexión de hoy



Lecturas



Hermanos:
Hubo un tiempo en que estabais muertos por vuestros delitos y pecados, cuando seguíais la corriente del mundo presente, bajo el jefe que manda en esta zona inferior, el Espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dios. Antes procedíamos nosotros también así; siguiendo los deseos de la carne, obedeciendo los impulsos de la carne y de la imaginación; y, naturalmente, estábamos destinados a la reprobación, como los demás.
Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo por pura gracia estáis salvados, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.
Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Somos, pues, obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.


En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: -«Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. »
Él le contestó: -«Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?»
Y dijo a la gente: -«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.»
Y les propuso una parábola:
-«Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.”
Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida.”
Pero Dios le dijo:
“Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?”
Así será el que amasa riquezas para si y no es rico ante Dios.»

Palabra del Señor.

SANTAS NUNILA Y ALODIA

Uno de los momentos más emocionantes de la historia de España es aquel en que el espíritu cristiano se agita en convulsiones heroicas, a punto de ser sofocado por la absorción creciente del islamismo. Los doctores de Córdoba, Eulogio y Álvaro sobre todo, han despertado entre sus correligionarios el entusiasmo por lo antiguo y lo tradicional. Es una generosa tendencia tradicionalista, un noble ardimiento orientado hacia la resurrección de las antiguas glorias, lo mismo literarias que religiosas; una magnífica exaltación en defensa del pasado contra la invasión y el dominio de un mundo de ideas exóticas importado por los invasores. En esta actitud no había intenciones violentas ni revolucionarias, pero su misma valentía debía traer necesariamente, primero, la suspicacia de los emires, y luego, la persecución declarada. La persecución estalló en 851, bajo el gobierno de Abderramán II. Fue Córdoba la que dio entonces el mayor número de mártires; pero no faltaron tampoco ilustres confesores de la fe en las regiones más apartadas de la capital.

Tales fueron las dos vírgenes Nunila y Alodia, «bellas rosas—dice Eulogio—que florecieron entre las espinas», cuyo aroma perdura hasta nuestros días en las montañas de Huesca. Habían nacido en el seno de una familia poderosa, en un pueblo cercano al Pirineo. Su madre era cristiana y su padre musulmán. Hijas de un matrimonio mixto, estaban condenadas por la ley a seguir la secta de Mahoma. Debían ser musulmanas, si no querían perder la vida; pero su madre las educó tan cristianamente, que no sólo se decidieron a ser cristianas, sino también vírgenes de Cristo. Su padre, que era un hombre tolerante, les dejaba hacer su voluntad; pero murió cuando estaban en la flor de su edad; y su madre les dio un padrastro, un padrastro que era celoso musulmán y espiaba los pasos de las niñas. Ya no podían ir al templo de los cristianos; y en casa, en vez de practicar las piadosas costumbres de su religión, tenían que acomodarse a los usos del Islam, rezar la oración prescrita cuando el almuédano gritaba desde la torre, hacer todos los viernes la purificación legal, ayunar cuando llegaba el mes santo del Ramadán, y empezar todos los días con la ablución litúrgica que la tradición alcoránica impone a los musulmanes.

Disimularon algún tiempo cuanto pudieron, hasta que en casa se habló de casamiento. Su padrastro había buscado para ellas dos jóvenes moros de los más distinguidos de la tierra. Era el momento de plantarse valientemente, y ellas no dudaron en cumplir con su deber.

—Somos cristianas—dijeron—, y, además de cristianas, esposas de Jesucristo.

Fueron inútiles las razones y las amenazas. Los golpes llenaban de cicatrices su cuerpo, pero no hacían mella en su alma. Entonces el mahometano cogió a las dos muchachas y las llevó al tribunal del cadí de Huesca:

—Juez—le dijo—, aquí tienes a estas dos hijas de mi mujer, que, educadas en el Islam, han sido pervertidas por los cristianos.

Este juez se llamaba Abensomail. No era hombre sanguinario, y quiso hacer todo lo posible para no aplicar la ley del Alcorán.

—¿Es verdad lo que dice vuestro padre?—preguntó a las jóvenes.

—No llaméis nuestro padre a ese impío—respondió Nunila, que era la mayor—. Todo cuanto ha dicho es mentira, pues desde nuestra infancia no hemos adorado a otro Dios que a Cristo.

Esta defensa no era suficiente ante la ley: la hija de un musulmán debía ser musulmana, o, de lo contrario, morir. Pero Abensomail, compadecido de la juventud y la belleza de las dos muchachas, hizo cuanto pudo por salvarlas. Para convencerlas, les habló de la dulzura de la vida, de la envidiable posición que se les preparaba, de la dicha que podrían gozar mostrándose algo más sensatas y condescendientes. A estas razones contestó Nunila con un bello discurso, que nos ha conservado su biógrafo, San Eulogio de Córdoba.

—¡Oh cadí!—fueron sus palabras—; no te empeñes en apartar del culto de Dios a dos vírgenes que por su gracia han llegado a conocer que no hay riqueza alguna fuera de Cristo, ni hay felicidad sino en la religión cristiana, por la cual viven los justos y los santos triunfaron de los reinos. Con Cristo está la vida, y sin Él la muerte; permanecer a su lado y vivir en Él es la verdadera alegría; separarse de Él, la perdición eterna. En cuanto a nosotras, tenemos el propósito de no abandonarle; le hemos consagrado la santidad de nuestro cuerpo, y esperamos ser admitidas en su tálamo nupcial. Las ventajas de esas cosas perecederas que nos propones, las despreciamos, porque sabemos que todo es vanidad bajo el sol. No nos acobardan los suplicios, que terminan pronto; y por lo que se refiere a la muerte con que nos amenazas, la recibiremos muy contentas, sabiendo que ella nos abre las puertas del Cielo y nos lleva a los brazos de Cristo.

Abensomail, encantado por la gracia de la doncella, la dejó decir cuanto quiso. Repugnábale tener que segar aquellas hermosas cabezas, y haciendo un último esfuerzo, puso a las dos muchachas en casa de unas devotas mujeres musulmanas; creyendo que llegarían a hacerlas cambiar de parecer.

Algunos días después las llamaba de nuevo a su presencia y les decía:

—¿Cuál es vuestra última resolución?

—La misma de siempre—respondió Nunila—; somos cristianas y debemos cumplir con nuestro deber; cumplid vos con el vuestro.

El cadí ordenó al verdugo:

—Toma la espada y acabemos de una vez.

Entonces se vio un espectáculo admirable.

—Extiende el cuello—dijo a Nunila el ejecutor.

Así lo hizo la virgen, mientras decía a la más pequeña:

—Haz hermana, lo que yo hiciere.

—No temas que obre de otra manera—respondió Alodia.

Después Nunila saltó al medio con alegría, echó mano a su cabellera, la pasó alrededor de su rostro, y dijo al verdugo:

—Hiere con rapidez.

El verdugo levantó la espada y la dejó caer, pero con tan mala suerte, que vino a dar en la mandíbula y dejó la cabeza colgando. El cuerpo de la mártir se desplomó, estremeciéndose con los últimos espasmos de la muerte. Alodia se acercó a él para extender con decoro el vestido, y aún pudo recoger la postrer mirada de aquellos ojos queridos. Después, impaciente de sufrir, extendió también ella su cabeza; pero se oyó la voz del juez que decía:

—Un instante, joven; puedes salvarte. Aún estás a tiempo; no seas tan loca como tu hermana.

—No, no—respondió la virgen con decisión—; yo también quiero morir. La espada... pronto. No quiero vivir sola.

Al decir estas palabras, vio cruzar el aire una paloma blanca. Pensó que era el alma de Nunila, y anadió:

—Aguárdame, hermana; sólo un momento.

Después, sujetando el vestido con el velo en torno de las piernas y cubriendo la faz con los cabellos, se arrodilló junto al cuerpo de su hermana y ofreció al verdugo la cabeza. Así, con esta gracia campestre, con esta sencillez hogareña, dieron su vida las dos nobles heroínas de las montañas de Huesca. Algo más tarde, sus cuerpos, lirios convertidos en rosas, fueron trasladados al monasterio más famoso de Navarra, San Salvador de Leyre, y allí, en una arqueta de marfil, obra maestra del arte hispanoárabe, adornada de ciervos, leones y follajes, descansarán durante siglos. En las ruinas de la abadía desierta, a uno y otro lado de la puerta románica, admira todavía el turista las imágenes de las vírgenes intrépidas, que, envueltas en sus amplias cicladas, pisotean la cabeza de la bestia que un día vencieron con su muerte.

domingo, 21 de octubre de 2012

D0mingo 29 de TO 21-10-2012

Estos son los principales puntos que son tratados en la homília del 21 de octubre 2012, del Domingo 29º de TO resumida en una presentación, no obstante como siempre encontrareis la HOMÍLIA completa más abajo.

Reflexión de hoy



Lecturas



El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano.
Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento.
Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.


Hermanos:
Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios.
No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado.
Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.


En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: - «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»
Les preguntó: - «¿Qué queréis que haga por vosotros?»
Contestaron: - «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»
Jesús replicó: - «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»
Contestaron: - «Lo somos.»
Jesús les dijo: - «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.»
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
Jesús, reuniéndolos, les dijo: - «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen.
Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.
Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía



Este es el lema escogido para el Domund de este año. Todos estamos llamados a anunciar, compartir y extender la fe recibida, a fin de que el mensaje de Jesús sea conocido en todo el mundo.

El Papa, Benedicto XVI, nos recuerda en la reciente Carta Apostólica: “Porta fidei nº6, que “estamos llamados a resplandecer la Palabra de la verdad”.
Nos evoca en la misma a la mujer samaritana que, después de haber recibido de Jesús, junto al pozo de la vida, el don de la fe, la comparte gozosa con sus hermanos.

El objetivo de la gran misión de la Iglesia no es otro que el del mismo Cristo: iluminar con la luz del evangelio a todos los pueblos en su camino hacia Dios, para que en El tengan su realización plena y su cumplimiento.

En este sentido, la primera lectura, es un canto a los que por amor entregan su vida bajo el peso de los sufrimientos: “Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos” (Is.53,11). Pero es igualmente una llamada a la esperanza: “Por los trabajos de su alma verá la luz”.

La segunda lectura insiste en el apoyo prometido por Cristo en Mt.28,20, al afirmar que “no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades”. (Heb.4,15-16). Por eso: “Acerquémonos con seguridad al trono de la gracias, para alcanzar misericordia y encontrar gracias que nos auxilie oportunamente” (Heb.4,16).


Vivimos en un mundo globalizado, que busca soluciones a sus crisis. Esto es, en cierto modo, un logro de la gran familia humana, que aspira a la unidad, pero comporta riesgos de monopolios y de búsqueda del lucro como valor supremo, olvidando que hay una ética de solidaridad y comportamiento justo.
Aquí es donde los cristianos debemos dar el do de pecho, porque está en juego el desarrollo armónico de la sociedad y del mundo.

El mensaje del Papa nos invita a dar respuesta, presentando a Cristo, enviado por Dios al mundo para dar testimonio del amor. Formamos parte de esta familia humana, que ha de ser transformada desde la fe que ilumina, aúna voluntades y da sentido a la convivencia.
El racismo, la discriminación, la marginación de amplios sectores de la sociedad, la pobreza que subyace como consecuencia de sistemas económicos injustos... son fruto del grave deterioro moral que sufrimos. Millones de seres humanos se ven abocados a la desesperanza y al silencio.
La Iglesia se hace presente, a través de los misioneros, en una lucha desigual por desarraigar estas lacras.
Y lo hace con las únicas “armas” que tiene a su alcance: el servicio, la entrega generosa, la encarnación en las realidades humanas que más denigran la dignidad de la persona, la fuerza persuasiva de la palabra que salva, el amor que se da gratis.
La iglesia particular no es plenamente católica si no es misionera; una Iglesia cerrada en sí misma, sin apertura a los demás, es una iglesia enferma.
Cada año aumenta el número de misioneros provenientes de las iglesias jóvenes de los antiguos países de misión. Estos traen el empuje de las nuevas generaciones que, de evangelizadas se han convertido en evangelizadoras.

Entre los muchos ejemplos de misioneros a imitar podemos fijarnos en el P. Damián de Beuster, el apóstol de los leprosos, canonizado hace tres años por el Papa Benedicto XVI.
El P. Damián ejerció la compasión como medida del amor, y vivió como un leproso más dentro de la insoportable atmósfera de la isla de Molokai.
Al dolor físico de la enfermedad se sumó la incomprensión de las autoridades religiosas y civiles de su tiempo, puesto que no rechazó la publicidad ni los donativos ni los honores que le fueron dados como representante de los leprosos.
Al contrario, lo asumió como medio para aliviar el sufrimiento de sus hermanos leprosos. El P. Damián comentó varias veces que se sentía “el misionero más feliz del mundo”.


En el evangelio de hoy, Jesús nos da una de las claves, que originan los más graves problemas del mundo: el poder. Personifican esta aspiración los discípulos de Jesús Santiago y Juan, que desean ocupar el primer lugar en el rango de los Apóstoles.
Los otros se indignan, porque pretenden la misma finalidad. Jesús les alecciona sobre el cáliz y la cruz (sufrimiento y muerte) para hacerles comprender el camino auténtico del evangelio.
Aún así, algunos no entendieron el mensaje, porque después de la resurrección le preguntan: “¿es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel? (Hech.1,6).

El poder, ejercido como dominio para sojuzgar a los pueblos y adueñarse de sus riquezas, es el desencadenante de la mayor parte de los conflictos de la humanidad: guerras, atropellos, esclavitudes, divisiones.
A nivel familiar, ocasiona rupturas, odios y posturas irreconciliables.
El mismo Jesús fue tentado en el desierto por el diablo para que se hiciera con el poder, amasara las riquezas y ostentara toda la gloria mundana.

La tentación acecha a todas las instituciones, de las que no escapa la Iglesia. Hemos vivido, por desgracia, épocas aciagas, y vemos a menudo ejemplos que escandalizan.
Los “trepas” de ahora, en el ámbito religioso, político y social son, como los Zebedeos, mal vistos.
El pueblo llano disculpa más fácilmente al cura que ha caído en una debilidad humana (alcohol, sexo) que al “pesetero”.

El Reino que predica Jesús tiene su fundamento en el servicio; su programa espiritual rechaza la ambición, el autoritarismo, la supremacía del dinero y el prestigio personal que deshumaniza, divide y adultera la sana convivencia.
En este sentido, los misioneros son la avanzadilla más auténtica de la Iglesia y testimonian con su vida humilde y sacrificada que es posible la utopía predicada por Jesús: un mundo mejor y distinto.

Seamos generosas en nuestra ayuda a las misiones.

SAN HILARIÓN DE GAZA

La ascesis de los cristianos primitivos no evolucionó hacía la vida cenobítica, sino pasando por una fase intermedia: el anacoretismo. Los grupos de ascetas, que empezaban a organizarse, aunque no fuese más que rudimentariamente, desde el siglo ni en las principales iglesias, inauguran la tendencia a separarse de sus hermanos para buscar la perfección a que les empuja tal vez el deseo de huir del ensañamiento de la última persecución, tal vez la imagen de la vida heroica del desierto, o el anhelo de romper con la medianía incolora que amenazaba a la sociedad cristiana, cada vez más numerosa, o la certidumbre de que para hablar con Dios no hay como la soledad. Una cosa hay de cierto, y es que, al tomar esa resolución, el pensamiento de los solitarios era sacudir las cadenas que en medio del mundo les impedían volar a Dios. Todos ellos podían decir lo que más tarde San Jerónimo: «La ciudad es para mí una cárcel, y el desierto un paraíso.»

Los dos hombres providenciales destinados por Dios para organizar la vida anacorética fueron el egipcio Antonio y el sirio Hilarión. Sus biografías, escritas por San Atanasio y San Jerónimo, son al mismo tiempo historias, programas de perfección y escritos de propaganda. Sin embargo, su valor histórico queda perfectamente demostrado, contra los que querían ver en esas grandes figuras dos puros mitos. Para San Jerónimo, Hilarión es uno de los más grandes héroes de la humanidad; tiembla al ponerse a relatar sus hechos, y recuerda las palabras de Alejandro delante de la tumba de Aquiles: «Feliz tú, ¡oh joven!, que encontraste un gran cantor de tus hazañas.»

Nacido en Tabatha, a cinco millas de Gaza, la ciudad ilustre por los recuerdos bíblicos, vio desde su infancia las rutas infinitas del mar, y tal vez fue esto lo que puso en su alma algo de aquella sed de lejanías que será algo más tarde la característica de los monjes celtas. El afán de peregrinar y de alejarse del mundo, dos fuerzas al parecer contradictorias, se juntarán y armonizarán en su vida. A los diez años, sus padres, aferrados al viejo paganismo, le llevan a Alejandría para recoger en sus escuelas famosas los últimos resplandores de aquella ciencia que acababa de renovar con fermentos venidos del Oriente Lejano el antiguo pensamiento helenístico. El joven asiático oyó las lecciones de los discípulos de Plotino y las de los continuadores de Orígenes. Pronto el panteísmo confuso de los primeros empezó a dejar en su espíritu un vacío que le llenaba de angustia; mientras que la palabra de Aquila, el ilustre catequista cristiano, le manifestaba con vivos resplandores la filosofía del Evangelio. Entusiasmado por la belleza de aquella doctrina, para él completamente nueva, pidió el bautismo; y, detalle revelador de la energía de su espíritu, esto era en el momento en que la Iglesia de Cristo sufría la última y la más terrible de las persecuciones que levantó contra ella el paganismo romano.

Había encontrado la verdad, podía dejar las escuelas, entregándose a realizarla con todo apasionamiento de un corazón juvenil. Un nombre excitaba entonces la imaginación de los cristianos alejandrinos: era el de Antonio, que unos veinte años antes se había apartado de todo consorcio humano para vivir sólo con Dios en las soledades espantosas del interior. Lo que se contaba de él conmovió hasta tal punto el espíritu del neófito, que no paró hasta ir a verle en su retiro de Arsinoé, en la parte occidental del Nilo. Según un texto antiguo, le dirigió este saludo, revelador de su admiración por el solitario: «Paz a ti, columna de luz que sostienes el orbe de la tierra.» A lo cual había contestado el egipcio: «Bien venido, lucero de la mañana.» Como la intención de Hilarión no era permanecer en Egipto, a los dos meses, después de estudiar la vida de Antonio, se presentó a él y le pidió la bendición para volverse a su tierra. El santo anacoreta le consagró a la vida solitaria, vistiéndole un saco grosero y una cogulla de pieles. Después, abrazándole, le dijo: «Persevera, hijo, hasta el fin, para que puedas saborear el fruto dulce de tus trabajos.»

Al llegar a Palestina, Hilarión encontró que sus padres acababan de morir, y esta noticia le afianzó más en sus proyectos. Inmediatamente distribuyó sus bienes entre los pobres, y ya no le volvieron a ver sus paisanos. Sin embargo, su retiro no estaba más que a unas millas de Gaza, en un lugar abrupto e impenetrable, donde entró con mucho trabajo. Delante tenía el mar; a la espalda, una muralla de escarpadas rocas; al lado, una laguna infecta, y alrededor, una vegetación no muy abundante de palmeras, cedros raquíticos e higueras silvestres. Al principio sintió el terror de la soledad y la privación de cuanto hasta entonces había regalado su vida. No era fuerte de complexión, dice San Jerónimo; tenía dulces y graciosas mejillas, y su cuerpo delicado y débil de quince años era un blanco propicio a las más tenues sensaciones. Su único ajuar al esconderse allí era un saco, la cogulla y una manta. Para defenderse de las inclemencias del tiempo construyó una choza de ramas y juncos, que reemplazó algo más tarde por un garito de piedra, alto de cinco pies y ancho de cuatro. En el suelo extendió un brazado de juncos, que le servían de lecho. Su alimento eran quince higos diarios, que comía al ponerse al sol. Nunca lavó ni se mudó la túnica hasta que se le caía hecha pedazos; alegando que no hay cosa más superflua que buscar la limpieza en el cilicio. Sólo una vez al año, al acercarse la fiesta de Pascua se cortaba las uñas y los cabellos. Siendo de más edad, viendo que se le iba apagando la luz de los ojos y que su cuerpo se cubría de una costra áspera que le contraía los miembros, consintió en comer un poco de pan y en condimentar las hierbas con aceite; pero desde los sesenta años hasta su muerte, volvió a dejar el pan otra vez. Tenía dieciocho años, cuando una noche llegaron hasta su tugurio algunos hombres, los cuales, en broma, le dijeron:

—¿Qué harías si viniesen hasta aquí los ladrones?
—El que está desnudo — contestó él — nada tiene que temer.
—Te podrían matar.
—Sí, pero estoy dispuesto a morir.

Admirados de esta fortaleza aquellos hombres, verdaderos salteadores de caminos, se retiraron sin hacerle daño alguno.

Más miedo tenía él a los demonios. Poco después de llegar al desierto, empezó a advertir un sentimiento que le llenó de turbación. No se había esperado esta lucha de la carne. Irritado contra sí mismo, se hería el pecho con los puños, creyendo poder matar así sus pensamientos, y decía a su cuerpo con ironía: «Yo haré, asnillo, que no cocees; no te alimentaré con cebada, sino con paja; te haré sufrir el hambre y la sed, y pondré sobre tus lomos una carga pesada.» En consecuencia, disminuyó el alimento y aumentó el trabajo. Comía jugo de hierbas, tomaba algunos higos cada tres o cuatro días, tejía cestillos de mimbres, cavaba la tierra y oraba largamente. Dotado de una memoria felicísima, conocía no sólo los salmos, sino otra muchas partes de la Escritura. Entonces los demonios, cambiando de táctica, quisieron vencerle por el terror. Una noche—dice San Jerónimo—empezó a oír junto a su cabaña un ruido espantoso, en que se mezclaban lloros de niños, berridos de rebaños, mugidos de bueyes, gritos desolados de mujercillas, rugidos de leones, aullidos de lobos, rumores de ejércitos y otras clases de voces, que formaban una algarabía infernal. El atleta de Cristo se asomó a la puerta de la choza, haciendo en su frente la señal de la cruz; vio a la luz de la luna un carro que venía ligerísimo sobre él; pronunció, sobrecogido de una angustia suprema, el nombre de Jesús, y en un momento desaparecieron los estruendos y fantasmagorías infernales. Estaba extenuado; sus huesos crujían bajo la piel, curtida por los hielos y los ardores, y el demonio se aprovechaba de esta debilidad para turbar su imaginación, exaltada por el silencio y los ruidos de la soledad. Unas veces le parecía ver delante de él mesas llenas de exquisitos manjares; otras se le presentaban desnudas y provocadoras las más hermosas mujeres que conoció en Alejandría; ahora una zorra pasaba chillando, mientras estaba en oración; ahora era un lobo que aullaba a su lado con insistencia, o bien un fingido gladiador que, vencido en la arena, lanzaba tristes gemidos pidiendo sepultura. Y él decía: «Zorra o camello, te conozco muy bien.»

Así pasaron veintidós años, años de olvido, de lucha y de inefables consuelos. La vida de Hilarión va a tomar un sesgo distinto: el penitente continúa, pero el anacoreta se convierte en taumaturgo y director de almas. Un día una mujer llega a la puerta de su choza pidiendo un milagro. El solitario continuó su oración sin mirarla; pero ella insistía, llorando: «Perdona mi audacia. No mires en mí a una mujer, sino a una desgraciada; piensa que éste es el sexo que engendró al Salvador.» Por vez primera, el austero luchador sintió que el alma se le desgarraba de compasión por los hombres. El milagro se hizo, y tras él otros muchos. Los enfermos, los ciegos, los endemoniados, llegaban a aquel lugar apartado, y se volvían dando gracias a Dios. Algunos querían pagarle con regalos, pero él nunca los recibía. Odiaba el dinero. Nunca los dracmas mancharon su mano desde que se retiró al desierto. Entre sus milagros hay uno que pudo tener en su vida serias consecuencias. Las ciudades de Gaza y Majurna iban a luchar en el circo. El edil encargado de preparar las cuadrigas de Majuma era cristiano y el de Gaza pagano. El resultado de los juegos apasionaba a toda la región. Y no se trataba solamente de una lucha entre dos Municipios, sino entre dos religiones, entre Zeus y Cristo. El edil de Majuma fue a pedir las oraciones de Hilarión. El solitario se echó a reír.

—No creo—dijo—que se haya de perder el tiempo rezando por cosas como ésta.

Y aconsejó al edil que vendiese los caballos y diese su precio a los pobres. Insistió el magistrado, y entonces Hilarión llenó de agua un vaso de loza, con el cual acostumbraba beber, y se lo entregó, mandándole que rociase con él los caballos, los aurigas y el carro. Llegó el día de la lucha en medio de la mayor expectación. Los de Gaza, sabedores de la historia del vaso de agua, lo ridiculizaban. Se da la señal, los carros vuelan; poco a poco la cuadriga de Gaza empieza a quedarse atrás; los cocheros gritan a los caballos árabes, pero las ruedas se encienden y giran con torpeza. Un grito enorme resuena en todo el circo. Los mismos paganos claman una y otra vez: «Zeus ha sido vencido por Cristo.»

Con deseos de venganza, los de Gaza acusan a Hilarión de encantador; y con este motivo le vino la primera idea de dejar su patria. Además, le molestaba el concurso de gentes que sin cesar le rodeaba y el número de discípulos e imitadores que habían levantado sus chozas cerca de la suya y se habían extendido luego por todos los desiertos de Palestina. Cuando estaba solo, vivía en libertad; ahora, al monasterio le llamaba su cárcel. Y lloraba, y he aquí que de repente su llanto se hace más amargo.

—¿Qué os pasa, Padre?—le preguntan los que le acompañan.

Y él contesta:

—Dos años hace que el mundo está huérfano del mejor Padre que tenía.

Algo después se supo que Antonio, el anacoreta, había muerto. Hilarión ya no pudo reprimir por más tiempo aquel ansia de caminar. Su resolución se supo en la comarca, y diez mil personas rodearon su choza, dispuestas a detenerle. Anunció que no probaría bocado hasta que le dejasen libre. Siete días estuvo sin comer ni beber; y al cabo de ellos, dice San Jerónimo, Palestina se resignó a perder toda su ventura. Hilarión montó en un asno y empezó su vida peregrinante. Tenía sesenta y cinco anos. Estaba demacrado, pálido, con los ojos hundidos y casi apagados, pero una llama interior le sostenía.

Recorrió los Santos Lugares, convirtiendo a los gentiles y predicando casi siempre con sola su presencia; penetró en el desierto de Cades, y a través de él se dirigió camino de Egipto; aquí recorrió los desiertos de uno y otro lado del Nilo, que se iban convirtiendo en ciudades de anacoretas; pero su mayor emoción la tuvo al visitar los lugares santificados por la presencia de su maestro Antonio. Subió al monte alto y rocoso; bebió el agua que brota en sus laderas, cogió las hojas de las palmas innumerables que alegran el llano. Los discípulos del santo le guiaban, explicándole cuanto veían: «Aquí rezaba; aquí salmodiaba, aquí se ponía a trabajar, aquí se sentaba, cansado del trabajo. Estas vides, estos arbustos fueron plantados por él; aquel jardín le adornó y cultivó con sus manos; aquel estanque le hizo él con mucho trabajo para regar el huerto; aquella azadilla es la que usaba para cavar la tierra.» Hilarión lloraba de alegría al oír estas palabras, besaba las paredes de la celda del santo, y se tumbaba en su estera, recogiendo, según decía, el calor de santidad que allí había quedado.

De allí se dirigió al Gran Oasis, pasó por Menfis, obrando siempre maravillas; llegó a Alejandría, la ciudad que le traía los recuerdos de su primera juventud; y en unas ruinas de los alrededores estableció la nueva residencia. Al poco tiempo tuvo revelación de que los habitantes de Gaza le buscaban y que había sido condenado a muerte por Juliano el Apóstata. Es preciso viajar de nuevo, aunque sea a las extremidades de Occidente. En el puerto hay una nave que se dirige hacia Sicilia. Como no tiene dinero para el pasaje, piensa en pagar con un evangelio que había escrito en su juventud; pero en esto, un demonio le descubre; sana al endemoniado, que es hijo del piloto, y así puede arribar gratis hasta las tierras sicilianas. Vive largo tiempo en el promontorio de Pachinum. y pronto se ve nuevamente rodeado de discípulos. De allí pasa a Dahnacia (366), y de Dalmacia, viajero infatigable, a la isla de Chipre. Su barba larga, jamás cortada, el brillo de sus ojos profundos, la pobreza de su manto remendado, la austeridad de su vida y la apacibilidad de sus gestos y sus palabras dejaban en todas partes la más profunda impresión. Los piratas quedaban amedrentados al oír su voz; los dragones que llevaban el espanto a los pueblos no podían resistir su mirada, y la naturaleza entera le obedecía.

En Chipre no tardaron en delatarle sus milagros. El obispo de la isla. San Epifanio, que fue su primer panegirista, se hizo su amigo desde el primer momento. Sin embargo, Hilarión, llevado de su humor peregrinante, proyectaba lanzarse nuevamente al mar y volver otra vez a Egipto. Los naturales lo impidieron, enseñándole un lugar delicioso donde podía estar escondido a todo el mundo. Era una altísima montaña, en cuya cumbre manaba una fuente, formando un jardín apacible, donde crecían toda suerte de árboles. Para abrigarse, allí tendría las ruinas de un antiguo templo pagano. Como único inconveniente, le dijeron que, según voz popular, entre aquellas ruinas se oían con frecuencia alaridos lastimeros de demonios. Tal vez este último detalle fue el que más animó al santo viejo. Hizo la señal de la cruz, y se internó a través de la espesura; y allí, en aquella cumbre, desde la cual veía el mar y el cielo, pasó los cinco últimos años de su vida. Al morir, quiso que su discípulo predilecto, Esiquio, heredase sus riquezas: Eran éstas un evangelio, una túnica de esparto, un manto y una cogulla.

sábado, 20 de octubre de 2012

Reflexión de hoy



Lecturas



Hermanos:
Yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.
Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios.
Y si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios.
Al que hable contra el Hijo del hombre se le podrá perdonar, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.
Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender.
Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir.»

Palabra del Señor.

SANTA IRENE DE PORTUGAL

Britaldo, el hijo del conde, se moría. Era un mozo bravo, generoso y noble de sentimientos, tanto como de sangre, heredero único de Castinaldo, gobernador de Nabancia, la ciudad portuguesa que hoy se llama Thomar. Todos en el país lloraban aquella pérdida, al parecer irremediable. Los médicos decían que el mal era mortal, pero la causa misteriosa.

—Os doy mil sueldos—decía el conde—si me le salváis.

Y un hombre de ojos vivos y pequeños, de nariz de ave de presa, judío seguramente, había contestado:

—La ciencia ha hecho cuanto podía hacer.

El joven tomaba los remedios, pero sin esperanza de curar; ni comía ni dormía, y se iba quedando en los huesos. Su madre no se apartaba de su lado y lloraba sin cesar. Las amigas venían a consolarla, o, mejor dicho, a acompañarla en su llanto. Entre ellas llegó un día la sobrina del abad Salió, la monja Irene, la devota, como entonces se decía.

—Vengo a curarte—dijo, derramando sobre el enfermo una mirada de infinita dulzura.

Al oír aquella voz, Britaldo sintió que le volvían las fuerzas. Levantó los brazos, como si quisiese abrazar alguna cosa, y respondió:

—¡Oh, sí! Tú puedes hacerlo mejor que esos hombres de suficiencia estúpida y picos de grajo.

Irene era la única que tenía el hilo de la enfermedad. Su convento estaba allí cerca, a la orilla del río Nabao. En él vivía retirada, sin preocuparse más que de servir a Dios. Una vez al año, el día de San Pedro, la comunidad tenía la costumbre de salir a oír la misa solemne que se decía en la iglesia principal. Este último año, al volver al monasterio, le hormigueaba en el alma una desazón, que durante muchos días no la dejó rezar la salmodia con su antiguo fervor. Durante toda la función, un mancebo no había cesado de mirarla, y aquel mancebo, harto conocido en toda la tierra, era el hijo del conde. La figura del joven turbó su sueño algunas veces; en alguna ocasión le vio después rondando cerca del monasterio, y un día, paseando en el huerto, que se extendía junto al río, oyó una canción muy triste, en que se hablaba del olvido en la muerte. Luego su alma fue tranquilizándose, hasta que supo que en el castillo cercano el hijo del conde se moría. Por su mente pasó el pensamiento de ir a visitarle y a consolarle. «Es una temeridad», le decía una voz; pero el corazón le respondía: «Es la caridad cristiana. Ese conde tan bueno para los pobres, esa pobre madre, ese joven, todo lo ligero que se quiera, pero que no es malo...» Habló con su tío el abad, y el abad fue también de su parecer; y aquí estaba ahora delante del mancebo, después de haber orado largamente en su celda. Ella, en pie delante de Britaldo, y la madre, a la cabecera.

—Bueno—le dijo—, yo puedo curarte; créeme que hace días no hago más que rezar por tu salud.
—No es eso, no es eso—replicó el doliente con impaciencia.
—Pues otra cosa no es posible; sería un gran crimen, un horrible sacrilegio; yo he hecho a Dios una promesa y debo cumplirla. Soy la esposa de Cristo, y no puedo pertenecer a ningún hombre.
—¡Ay, qué terrible es esto!
—Ofrece este sacrificio por tu salud; mira, yo rezaré por ti, más aún, yo te amaré como a un hermano; pero no intentes llevarme al perjurio, porque eso sería desearme el mayor de los males.

Irene decía estas palabras con acento conmovido: su actitud era seria y dulce a la vez; amable sonrisa se dibujaba en sus labios, aumentando la fuerza de sus razones. El enfermo la miraba arrobado, y ya no se atrevía a insistir. Estaba vencido, dispuesto a olvidar y a vivir. Así lo confesaba él mismo, y añadía:

—Tus palabras me han llenado de consuelo; no te olvides de mí cuando a medianoche te levantes a rezar; como una hermana, ¿oyes?, como una esposa de Cristo, pero sólo de Cristo.

Irene sonrió, y después de haber colgado una reliquia al cuello del enfermo, salió de la habitación. Pocos días después, la misma madre de Britaldo vino a decirle con lágrimas de agradecimiento que su hijo había salido de peligro.

Como todas las figuras de la leyenda dorada, Irene era extraordinariamente bella. Los que la veían quedaban prendados de su hermosura. Por fortuna, eran pocos los que podían llevarse la imagen de su cara y la luz de sus ojos. Aunque entonces no existía la clausura canónica, rara vez salía del monasterio. Pero había un monje que se llamaba Remigio, hombre de mucha sabiduría, que había recibido el encargo de instruir a las religiosas. Él solo tenía el privilegio de verla casi todos los días, y como era menos santo que sabio, quedó herido del mismo mal que el hijo del conde.

Irene creyó que le curaría con el mismo remedio, pero no pudo conseguir nada. Ya lo dijo el refrán antiguo Corruptio optimi pessima. Remigio pensó la venganza de su desaire. Como era hombre de letras, conocía una planta cuyas raíces tenían la virtud de hinchar el cuerpo; y ésta fue la receta que aconsejó a la virgen en una enfermedad. Pocos días después cundió el escándalo por todo el monasterio.

El monje lanzó su carcajada diabólica; la pobre monja no cesaba de llorar y Britaldo decía a uno de los hombres de su confianza:

—Mira, Sonna, es algo que me resisto a creer.
—Pues no tienes más que verlo como lo he visto yo. La hermanita te ha resultado hermanastra.
—¡Perjura!—gritaba el joven—-. ¡Y decías que nunca serías más que de Cristo! Pero yo sabré castigar eso que tú llamas un crimen horrible.
—Dejadlo, señor; no creo que debáis perder el sueño por tan poca cosa.
—No es poca cosa; me ha despreciado indignamente; ha jugado conmigo. ¡Malvada, sacrílega!

Así decía el mancebo, sin poder contener su indignación. Después, bajando la voz, dijo al escudero:

—Mira, Sonna: te doy mi cinturón de rubíes si haces que no pueda yo volver a ver a esa fementida. Es el mayor servicio que espero de ti.

Era un amanecer otoñal, una mañana de resplandores rosados y gotas de rocío en las riberas del Nabao. Las monjas habían salido de maitines. Unas habían vuelto al lecho, otras se habían quedado rezando en la iglesia, y algunas habían empezado sus labores. Irene, mientras tanto, se encaminaba al huerto para esconder entre las parras y los manzanos en flor su vergüenza y su amargura. Seguía llorando sin consuelo. La tristeza y el llanto habían marchitado su belleza. De rodillas en su rincón favorito, debajo de un laurel cuajado de pajarillos retozones, clavaba en el Cielo sus dulces ojos arrasados en lágrimas, y decía, como Santa Cecilia: «Señor, hágase inmaculado mi cuerpo, inmaculado mi corazón, y no sea confundida eternamente.» Y repetía sin cesar la misma oración. En esto, un hombre saltó la tapia, y los primeros rayos del sol naciente se juntaron con el brillo de una espada. Hubo un grito, y tras él, una mirada llena de estupor y de misericordia; oyóse el golpe del acero segando un cuello de nieve; varias rosas otoñales cambiaron su color amarillo por un rojo vivo y caliente, y tras una pausa, un cuerpo que parece caer en el agua, y ruido de pasos de un hombre que se aleja.

La escena sólo la vio Dios, y Dios la descubrió. El cuerpo virginal siguió a merced de las aguas hasta el punto en que el Nabao se arroja en el Tajo. Allí se detuvo, irradiando luminarias y derramando maravillas. Los habitantes de la tierra le recogieron con veneración y le erigieron un templo, y la ciudad cercana, que hasta entonces se conoció con el nombre de Scalabis, se llamó en adelante Santa Irene = Santarén. Remigio y Britaldo confesaron su crimen, y marcharon en peregrinación a Roma.