jueves, 26 de enero de 2012

San Timoteo, Obispo.

Iconium, la capital de Licaonia, queda atrás; enfrente, la cadena interminable del Tauro; a derecha e izquierda, llanuras pantanosas, tristes arenales, estepas abrasadas del sol, sobre las cuales caminan las ovejas en rebaños numerosos y saltan los asnos salvajes. Dos hombres atraviesan estas landas, las más pobres del Asia Menor. Un sombrío macizo, que corona un volcán apagado, desprendiéndose de la cadena montañosa, se yergue en medio de la llanura. Es el Kara Dagh, el cabezo negro. A sus pies se acurruca la pequeña ciudad de Listris, donde acaban de entrar los dos peregrinos.

Lo que después sucedió es bien conocido por el relató de San Lucas: un paralítico echa a andar milagrosamente; los sencillos habitantes se conmueven: «Son dos dioses del Olimpo», se dicen unos a otros; Bernabé, el hombre de la bella y majestuosa presencia, es transformado en Júpiter; Pablo, feo y pequeño, pero elocuente, debe ser seguramente Mercurio. Llega el sacerdote con las víctimas; el pueblo se dispone a adorar y sacrificar, mientras los extranjeros se hurtan al entusiasmo popular. Entretanto, aparecen los judíos que persiguen a Pablo por todas las ciudades del Asia; discuten, intrigan, calumnian, y los que antes eran dioses se convierten ahora en infames hechiceros. La chusma los insulta, los apedrea, y, medio muertos, los arroja fuera de la ciudad. Al día siguiente, al recobrar el conocimiento, Pablo se encontró en una casa modesta, donde dos mujeres y un adolescente rodeaban su lecho. Las dos mujeres se llamaban Eunice y Lois, y el adolescente, hijo de Eunice, respondía al nombre de Timoteo. Los tres eran fervientes israelitas, amantes de la ley de Moisés y asiduos en la lección de las Escrituras. «No obstante, dominados por la elocuencia de su huésped, aceptaron fácilmente su doctrina y pidieron el Bautismo. » Esto sucedió el año 46 de nuestra Era.

Un lustro después, recorriendo nuevamente las iglesias del Asia, Pablo encontró en el hogar de Eunice la misma fe, la misma hospitalidad, el mismo entusiasmo por la nueva doctrina. El germen plantado en el alma del adolescente habíase desarrollado de una manera espléndida. Viole «transformado en un hombre perfecto, constituido en la plenitud de Cristo», tan amable por la gracia como por la naturaleza. Ardiendo en deseo de lanzarle al ministerio de la predicación evangélica, preguntó por él en Listris, en Derbe, en Iconium; y como en todas partes le hablaban del joven con elogio, asocióle a sus trabajos y le puso en el número de los pastores de la Iglesia. El Apóstol y todos los sacerdotes impusieron sobre él las manos, y la gracia descendió con una fuerza que el Apóstol no olvidará jamás. En los últimos meses de su vida hablaba de ella como de un fuego que había consumido en su discípulo todo espíritu de temor, propio de la Antigua Alianza, para reemplazarlo por el espíritu de Jesús, «espíritu de fuerza, de amor y de sabiduría».

Pero, hijo de matrimonio mixto, Timoteo era un incircunciso, y esto le impedía subir a la tribuna de las sinagogas y entorpecía su ministerio entre los israelitas. Para obviar estos inconvenientes, Pablo, hombre de resoluciones, obró con rapidez. «Tomando al joven—dice San Lucas—, le circuncidó por su propia mano, a causa de los judíos, pues todos sabían que su padre había sido pagano.» Era un gesto de concordia, un cálculo de diplomacia. El rito exterior le importaba poco. Jamás consintió que Tito se sometiese a él, pues semejante condescendencia hubiera sido el triunfo de los judaizantes. «Ni la circuncisión—decía—ni el prepucio valen nada; lo que importa es guardar los mandamientos.»

Irreprochable delante de Israel, Timoteo pudo seguir a su maestro «y ayudarle en la predicación del Evangelio como un hijo ayuda a su padre». Desde este momento le vemos a su lado como el discípulo amado, como el más fiel de sus compañeros. San Pablo le llama su verdadero hijo, su hijo amantísimo y fiel en el Señor, el participante de su espíritu, su alma misma, su otro yo, su hermano, su colaborador, el esclavo de Jesucristo, el ministro de Dios, el imitador perfecto de las virtudes apostólicas. Aunque de temperamento diferente, estaban hechos para entenderse. Es verdad que el discípulo no tendía a la acción por impetuosidad natural, como el maestro; dulce de carácter, pronto a las lágrimas, fácilmente impresionable, afrontaba la lucha con repugnancia, manteniéndose instintivamente en una tímida reserva. Pero lo que le faltaba de audacia lo tenía de fidelidad de lealtad profunda y sincera, de abnegación y desinterés absoluto. «No hay nadie—aseguraba el Apóstol—que esté tan unido a mí de corazón y de espíritu.» Era una intimidad preciosa para ambos, en la cual el alma viril de Pablo comunicaba a Timoteo la fuerza de su pensamiento y de su doctrina, recibiendo, en cambio, de él el cariño abnegado de que tienen necesidad los más grandes genios. En vez de aquellas «hermanas» que seguían a los demás Apóstoles, el cielo le había dado a él en el joven licaonio un alma pura, elevada, capaz de comprender sus grandes arrebatos apostólicos y de adaptarse a su prodigiosa actividad.

Más que con su inteligencia, Timoteo sirvió a Pablo con su ternura fervorosa e incansable. Fue el consuelo del Apóstol en las crisis dolorosas de la enfermedad y en las múltiples pruebas del apostolado; fue su ayudante, su confidente, su enfermero, su secretario. Escribió sus cartas, llevó sus bagajes por los caminos, le asistió en la cárcel, fue encarcelado con él, veló a la cabecera de su lecho, siempre sumiso, siempre contento de que la Providencia le hubiera colocado al lado del gran hombre. Le acompañó en su segunda y tercera misión; fue con él a Corinto, a Atenas, a Macedonia; le siguió a Éfeso, a Jerusalén, a Roma, a España. En los últimos días. Pablo le amaba todavía con amor de padre; Timoteo, ciertamente, no era ya joven en el año 67; pero a los ojos del padre el hijo no envejece nunca, y Pablo habla aún a su discípulo como cuando le encontrara en Listris.
En veinte años, sólo algunas separaciones, breves, rápidas, porque ni uno ni otro pueden sufrir la ausencia. Pero Pablo se hace viejo; ya no puede correr, como el rayo, de Oriente a Occidente; además, una y otra vez las cadenas le oprimen. En las iglesias de Asia las herejías aparecen, brotan las disensiones, intrigan los judaizantes. Tiene que poner allí un hombre de toda confianza, y se resigna a enviar a su discípulo. Timoteo fija su residencia en Éfeso, la metrópoli del mundo asiático, y desde allí se esfuerza en conservar y acrecentar la grande obra en que había colaborado con su maestro. El recuerdo del Apóstol le sostiene, y con el recuerdo, sus noticias y sus cartas. En el año 65 Pablo le escribe desde Macedonia una epístola, que es el manual del ministerio pastoral. Familiarmente, como cuando charlaban sentados en los bancos de los mesones, le va recordando los varios aspectos de su actividad evangélica: buen orden en las asambleas litúrgicas, deferencia respetuosa con los poderes romanos, sumo cuidado en la elección de los jefes de las comunidades, armonía, honradez y pureza en las familias cristianas, circunspección y firmeza para mantener la autoridad de una Iglesia «que es la asamblea del Dios vivo, la columna y firmamento de la verdad y la mirada mística donde se realiza el gran misterio de la piedad», y, sobre todo, mucha vigilancia frente a la charlatanería de los herejes y sus fábulas y sus genealogías interminables: locuras impertinentes, cuentos de viejas, doctrinas diabólicas, enseñadas por hipócritas, cuya conciencia está tiznada con los vicios, a pesar de su aparente austeridad, que los llevaba a condenar el matrimonio y el uso de la carne. Por la delicadeza de su estómago, y acaso también para evitar la vana ostentación de los impostores, el maestro ruega a su discípulo, con una afectuosa condescendencia, que use un poco de vino en sus comidas. Las prácticas externas valen poco; la piedad es lo que importa; la piedad, que es útil para todo.

Dos años más tarde. Pablo está preso en Roma. Ya ha sufrido un interrogatorio y aguarda el segundo. Presiente su fin cercano, y sólo una cosa le duele: no tener junto a sí en los últimos momentos al más querido de sus discípulos. En este trance le escribe otra vez. Es una carta doliente y apremiante: «Mi corazón está triste; voy a terminar mi peregrinación; todos me abandonan, me siento aislado; ven a mi lado, pasa por Troade y tráeme la pénula, los libros y los pergaminos que dejé en casa de Cazpo; ven pronto, que esto se acaba.»

Aquí terminan las noticias auténticas del más ilustre de los discípulos de San Pablo. Eusebio de Cesarea cuenta que volvió y que murió mártir años después. Lo cierto es que fue a juntarse en el cielo con el que tanto le quiso en la tierra. Combatió el buen combate, fijo siempre su corazón «en el Dios que hace vivir todo lo que vive», y la mirada de su mente en la última recomendación de su maestro: ¡Oh Timoteo!, guarda el depósito que te he confiado.»

miércoles, 25 de enero de 2012

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos días, dijo Pablo al pueblo:
-«Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero me crié en esta ciudad; fui alumno de Gamaliel y aprendí hasta el último detalle de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto fervor como vosotros mostráis ahora. Yo perseguí a muerte este nuevo camino, metiendo en la cárcel, encadenados, a hombres y mujeres; y son testigos de esto el mismo sumo sacerdote y todos los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco, y fui allí para traerme presos a Jerusalén a los que encontrase, para que los castigaran. Pero en el viaje, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor, caí por tierra y oí una voz que me decía:
“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”
Yo pregunté:
“¿Quién eres, Señor?”
Me respondió:
“Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues.”
Mis compañeros vieron el resplandor, pero no comprendieron lo que decía la voz.
Yo pregunté:
“¿Qué debo hacer, Señor?”
El Señor me respondió:
Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer.
Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco.
Un cierto Ananlas, devoto de la Ley, recomendado por todos los judíos de la ciudad, vino a verme, se uso a mi lado y me dijo:
“Saulo, hermano, recobra la vista.”
Inmediatamente recobré la vista y lo vi.
Él me dijo:
“El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, no pierdas tiempo; levántate, recibe el bautismo que, por la invocación de su nombre, lavará tus pecados.”»



En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:
-«ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»


Palabra del Señor.

Conversión de San Pablo.

«Benjamín, lobo rapaz; por la mañana cogerá la presa; por la larde repartirá el botín», había dicho el viejo patriarca, con la voz apagada del moribundo. La profecía de Jacob se cumple en Saulo, el más ilustre de los descendientes de Benjamín: en la mañana fogosa de la adolescencia se lanza, como lobo carnicero, a devorar las ovejas de Cristo; en la tarde de su vida recorre el mundo para dar generosamente a los hambrientos el pan de la salvación. Es San Lucas, un discípulo suyo, quien nos cuenta la historia prodigiosa de la luz meridiana que realizó la transformación.

Todo había contribuido a hacer del joven un celador intransigente de la pureza de la Ley. Aunque nacido en la dispersión, era fariseo e hijo de fariseos. Su fe mosaica se había robustecido ante los espectáculos repugnantes que le ofrecía el paganismo en su ciudad natal. La Cilicia tenía fama de ser una de las provincias más corrompidas del mundo; y Tarso, patria de Pablo, era su capital. En sus plazas mezclábase el ruidoso cotorreo de filósofos y retores; pero aquella dialéctica huera y pretenciosa no puede atraer las miradas del que un día dirá de aquellos sabios que Dios los ha entregado a las pasiones vergonzosas, a la ignominia y a un sentido depravado. Son los doctores de Israel los que obsesionan su mente mientras, niño aún, trenza en la casa paterna los pelos de las cabras que crecen en las faldas del Tauro y teje las lonas groseras de los tabernáculos del desierto. Adolescente, se sienta en el templo de la Ciudad Santa a los pies de Gamaliel, el doctor de los doctores. Aquella doctrina, cuyo principal objetivo era «acercar los espíritus a la Ley», acrecienta los prejuicios fanáticos del discípulo. Ha crecido en un medio helenístico; pero ni siquiera ha hecho esfuerzos para dominar su lengua. La sabiduría griega le tiene también indiferente. Habla el arameo; le habla en el hogar, en la calle y en la escuela; en Tarso, en Jerusalén y en el camino de Damasco. El arameo será toda su vida la expresión natural de su idea. Más tarde, cuando hable a los gentiles en la lengua que ellos entienden, su acento, su gramática, su lógica delatarán desde el primer momento al extranjero, al semita. Quiere ser hebreo, sólo hebreo. «Hijo de la Ley», recoge con avidez la doctrina del maestro admirado; joven escriba, deja escapar su furia proselitista en fogosas exhortaciones; doctor a su vez, lucha por el triunfo del mosaísmo, del mosaísmo inflexible y puro como en sus primeros días.

Este hombre debía ser necesariamente un enemigo de la Iglesia naciente. No vio nunca a Jesús en la carne. Mientras el Nazareno predicaba y moría, él estaba fuera de Palestina. Tal vez, como otros contemporáneos suyos, «corría las tierras y los mares para ganar adictos al reino próximo del Mesías». Cuando vuelve a Jerusalén, los discípulos del Crucificado forman ya un número imponente. El joven israelita les observa, advierte sus tendencias separatistas, su indiferencia frente a la Ley, sus miras a romper los lazos que les unían con el judaísmo. La predicación de los diáconos le enloquece, la osadía de Pedro le exalta; toda la impetuosidad de su juventud se subleva en ansias de aplastar a aquellos revoltosos despreciables. El proselitista se convierte en perseguidor. Forma parte del tribunal que persigue a Esteban, interviene como agente principal en el suplicio, atiza el odio contra los innovadores, se cree investido de una misión divina para aniquilarlos; corre de sinagoga en sinagoga, gesticula en las calles, penetra en las casas, obliga a abjurar a los débiles, encarcela a los que se resisten, y les amenaza con el látigo, los tormentos y la muerte. «En aquel acceso de locura—dice él mismo—, no había nada que me detuviese, con tal de borrar el nombre de Jesús.»

Los discípulos andan fugitivos, se refugian en las ciudades vecinas, y ya en Damasco muchos judíos invocan al Crucificado. Saulo les sigue hasta allá. «Lleno de amenazas, anhelando la sangre de los discípulos del Señor, presentóse al gran sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de capturar a los hombres y mujeres de esta secta y traerlos presos a Jerusalén.» Orgulloso con la recomendación del pontífice, deja la Ciudad Santa, atraviesa los barrancos de Iturea, penetra en los áridos arenales de Siria, y, en medio del desierto, encuentra el oasis espléndido que riega el Abana bíblico; allí, entre bosques aromáticos de higueras y granados, entre vergeles de naranjos y limoneros, entre murmullos de aguas y de pájaros, se alza Damasco, la ciudad blanca, que es ya, según la bella figura del poeta árabe, una red de perlas sobre un tapiz de esmeralda.

Son las doce del día cuando Saulo atraviesa las primeras avenidas de jardines; el sol oriental incendia la atmósfera; la ciudad duerme bajo el peso del calor del día. Saulo, al frente de su escolta, sobre su corcel árabe, en el lento caminar de aquel mediodía, acaricia en su espíritu sueños de gloria; los triunfos cercanos, la ciudad llena de su nombre, los vítores de sus correligionarios, la destrucción de los revoltosos, la ley de Moisés vengada. De repente, una gran claridad envuelve a los viajeros. Todos caen a tierra, llenos de espanto. Entretanto, el jefe dialoga con un desconocido: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?, dice la voz misteriosa. Y él responde: «¿Quién sois vos, Señor?» Y la voz: «Yo soy Jesús de Nazareth, a quien tú persigues. Duro es para ti dar coces contra el aguijón.» Aterrado, tembloroso, imploró entonces el mancebo: «Señor, ¿qué queréis que haga?» Había resonado la voz «que quebranta los cedros del Líbano y hace temblar a las montañas». Todos los sueños del fariseo habían caído por tierra; todo el odio de su alma había desaparecido. «Levántate—le dijo Jesús—y entra en la ciudad; allí te dirán lo que tienes que hacer.»
Pablo se levantó, extendió los brazos, buscó a tientas el camino. Sus ojos estaban abiertos, pero no veían nada. Conducido de la mano por sus acompañantes, entraron en la ciudad, encaminándose a la avenida Euceia, calle larguísima, la principal de la población, que atravesaba de Este a Oeste, recta y regular (de aquí su nombre), ancha de cien pies, bordeada a uno y otro lado de pórticos corintios y cortada en la parte central por un arco de triunfo. El que se había imaginado una entrada ruidosa, cruzaba ahora la calle trémulo y avergonzado, sin ver a la multitud, que le observaba con curiosidad mezclada de compasión y pasmo. Conducido a la casa de un hebreo llamado Judas, permaneció allí tres días, sin comer ni beber. Tal era la impresión que el suceso había causado en su espíritu. Ayunaba y rezaba, sin querer hablar con nadie. El recuerdo de los fieles que había perseguido, los gritos de las víctimas en la tortura, la sangre de Esteban, sus últimas palabras, su mirada postrera, todo esto inquietaba su alma con un escalofrío que se parecía al remordimiento. Al mismo tiempo, la voz de Jesús seguía resonando en su alma con una suavidad que le causaba nuevo tormento: «¿Por qué me persigues?»

En la violencia del dolor, Saulo dirigíase al cielo, y con la oración, un rayo de esperanza iluminaba su ser. Empezaba a creer. La gracia le llegaba torrencialmente. Al tercer día tuvo un rapto: parecíale que un hombre se acercaba a él, ponía las manos sobre su frente y le curaba. Poco después, un hombre entraba en la casa preguntando por Saulo de Tarso. Llevado a presencia del joven, extendió las manos sobre su cabeza y dijo: «Saulo, hermano mío, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me envía a fin de que veas y seas lleno del Espíritu Santo.» Al mismo tiempo, se le cayeron de los ojos unas como escamas, y advirtió que veía de nuevo. Sin embargo, aquella claridad dejó huella en él para toda la vida. Aquella enfermedad de que nos habla en sus cartas y que tanto le hacía sufrir era una enfermedad de la vista.

El hombre que el convertido tenía delante se llamaba Ananías. Era, dicen los Actos, un alma según la Ley, a cuya virtud daban testimonio todos los judíos de la ciudad. En su semblante brillaba aquella dulce gravedad, aquella serenidad angélica que ya antes había advertido en los discípulos de Jesús. Toda su actitud expresaba el perdón. Saulo, a pesar del abatimiento de los tres días de ayuno y de angustia, le escuchaba con avidez, recibía complacido la enseñanza evangélica y se mostraba ya un discípulo entusiasta de la Cruz. «El Dios de mis padres—le dijo Ananías—te ha escogido para conocer su voluntad, para ver lo justo y escuchar la voz de su boca; porque tú serás su testigo delante de todos los hombres de cuanto has visto y oído. Pero ¿qué tardas? Levántate, recibe el Bautismo y lava tus pecados invocando su nombre.» En Damasco todas las casas tenían su fuente, rodeada de rosas y azahares. Saulo se levantó y fue bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Permaneció luego algunos días con los discípulos del Señor, preguntándoles por los milagros, las parábolas, la vida y la Pasión del Maestro. Esta fue para el neófito, «que renacía en el agua y el Espíritu», la leche de la infancia espiritual. Robustecido con el divino alimento, su fe empezó a manifestarse en predicaciones vehementes, declarando en las casas y en las sinagogas que «Jesús era el Hijo de Dios».

Saulo se había convertido en Pablo; el perseguidor, en el apóstol de los gentiles; el enemigo de los discípulos de Jesús, en vaso de elección y predicador de la verdad. La sinagoga perdía al más celoso de sus defensores, la Iglesia ganaba al más temible de sus adversarios. Transformado por una gracia irresistible, el genio ponía toda su potencia al servicio de la nueva religión; la sinceridad, todo su apasionamiento; la elocuencia, toda su audacia arrolladora. Era la mayor victoria del Cristianismo naciente. El discípulo de Jesús la recuerda con alborozo, la medita en confirmación de su fe, y, al celebrar el suceso, da gracias a Dios por la conquista del hombre providencial que va a llevar el nombre de Cristo, como una antorcha inextinguible, a través del mundo romano. «Portabat nomen tanquam lumen».

La vida del convertido va a ser un relámpago que culebrea durante treinta años a través de un Imperio. El carácter de Saulo nos le revela el rayo que le hirió. A San Agustín el libro lo abruma y lo convence; a los Magos los guía una estrella; a San Pablo un rayo lo derriba y lo ciega, en pleno día, bajo las miradas de los hombres, entre el bullir de la urbe populosa. El hombre de acción es dominado y consagrado por la acción, radicalmente, instantáneamente. Suena en los aires el reproche rápido y severo. Sólo eso basta. No hay excusas, no hay vacilaciones. Sorprendido, derribado, subyugado por la luz, el herido no pierde un solo instante en reflexionar ni en observar, ni siquiera en examinar lo que pasa en torno suyo y dentro de sí. Sólo piensa una cosa: que todo lo antiguo pasó para siempre, que es preciso cambiar de rumbo, que hay que hacer otra cosa. Pero, ¿cuál? Cualquiera que sea, está dispuesto a hacerla con toda la sinceridad de su alma. Jamás se ha visto una transformación más completa. Quedaba el hombre, con todos sus arrebatos, con todas sus violencias; nada de sus antiguos sentimientos y de sus antiguas ideas, de su orgullo, de su odio, de su sed de sangre. Dios había cogido el vaso, lo había variado de su propia ignominia, y, lleno de su gracia, lo presentaba al mundo como un vaso de elección.

martes, 24 de enero de 2012

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos días, fue David y llevó el arca de Dios desde la casa de Obededom a la Ciudad de David, haciendo fiesta.
Cuando los portadores del arca del Señor avanzaron seis pasos, sacrificó un toro y un ternero cebado.
E iba danzando ante el Señor con todo entusiasmo, vestido sólo con un roquete de lino.
Así iban llevando David y los israelitas el arca del Señor entre vítores y al sonido de las trompetas.
Metieron el arca del Señor y la instalaron en su sitio, en el centro de la tienda que David le había preparado.
David ofreció holocaustos y sacrificios de comunión al Señor y, cuando terminó de ofrecerlos, bendijo al pueblo en el nombre del Señor de los ejércitos; luego repartió a todos, hombres y mujeres de la multitud israelita, un bollo de pan, una tajada de carne y un pastel de uvas pasas a cada uno. Después se marcharon todos, cada cual su casa.



En aquel tiempo, llegaron la madre y los hermanos de Jesús y desde fuera lo mandaron llamar.
La gente que tenia sentada alrededor le dijo:
-«Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. »
Les contestó:
-« ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?»
Y, paseando la mirada por el corro, dijo:
-«Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.»


Palabra del Señor.

San Francisco de Sales, Obispo y Doctor de la Iglesia.

Lo mismo que Santa Teresa, San Francisco de Sales tuvo poca suerte con los pintores. Los retratos que de él nos quedan son irritantes; alguno hasta ridículo. Los biógrafos, en cambio, nos describen una fisonomía ideal. «Este niño bendito—dice uno de ellos—tenia impresos en toda su persona los caracteres de la bondad; su rostro estaba siempre alegre, sus ojos eran dulces, su mirada amante, y todo su exterior tan modesto, que parecía un ángel.» Otro nos da detalles más minuciosos: «Era de sana constitución y de elevada estatura; tenía la cabeza fuerte y bien formada, calva en la parte superior, pero adornada en la inferior de cabellos rubios, o, mejor, castaños; frente ancha y despejada, ojos cubiertos de cejas elevadas y bien arqueadas, mejillas encendidas con vivos colores, boca dulce, fisonomía benévola, tez delicada, y todas las facciones de una finura exquisita.» No se puede dudar de su belleza rubia, florida, deslumbrante, que le causó numerosas molestias. «Fue muchas veces tentado, y rudamente, por diversas personas», dice Santa Chantal; y añade: «¡Oh Dios mío! ¿Me atreveré a decirlo? Me parece que nuestro bienaventurado Padre era una imagen viva en que estaba pintado el Hijo de Dios y Señor nuestro.» Fue el mismo Santo el que hizo a la baronesa la confidencia de sus tentaciones. En una carta le decía: «También yo he sido atacado por todos los medios en una edad débil e inexperta; pero nunca miré a aquella gente sino para escupirla en la nariz.»

En su castillo saboyano de Sales, entre la vegetación riente de un valle alpino, había recibido, con una educación esmerada, la orientación religiosa suficiente para resistir aquellas luchas de vida de estudiante y sus primeros años de clérigo. Montañés, de espíritu sutil, desconfiado por las enseñanzas de una observación aguda, despejose pronto de aquella credulidad excesiva, que se refleja en varias anécdotas de su infancia. Pero su corazón profundo tendía naturalmente hacia el candor de los niños: «No sé si me conocéis bien—escribía a Santa Chantal—. No soy muy prudente; es una virtud que no amo con exceso. Me gusta, porque es forzoso poseerla. En realidad, tampoco soy simple; pero es una maravilla el ardor con que amo la simplicidad. Ciertamente, las pequeñas y blancas palomitas son más agradables que las serpientes, y si fuese preciso juntar las cualidades de la una con las de la otra, yo no daría la simplicidad de la paloma a la serpiente, sino la prudencia de la serpiente a la paloma.»

Esto es, precisamente, lo que se había realizado en él. La prudencia de la serpiente se había agregado a la paloma, sin quitarle el encanto de la paloma. Gracias a esto, su adolescencia se conserva incólume a través de los colegios y las Universidades; primero en París, después en Padua, cuando escuchaba a los doctores de la Sorbona, y, finalmente, siendo discípulo de los jesuitas. No se puede poner en duda su energía para resistir la corrupción del ambiente escolar; pero, por naturaleza, era más bien tímido, débil, condescendiente, a pesar de la leyenda, que hace de él un violento, transformado por un vencimiento prodigioso. La resistencia está contra su carácter. Si puede ceder, cede siempre, antes que arrostrar de frente los obstáculos, y eso hasta en el combate espiritual. «Cuando encontréis dificultades —enseña—, no perdáis tiempo en romperlas; buscad un hábil rodeo.» A un amigo que le achacaba el aceptar demasiados sermones, le decía: «¿Qué queréis? Mi humor me lleva a la condescendencia. Encuentro la palabra «no» tan ruda para el prójimo, que no me atrevo a pronunciarla cuando se me pide algo razonable... Jamás contradigo a nadie.» No es un hombre terrible, y sus familiares lo saben bien. Lo mismo en París que en Padua, su ayo le trata con aires de dictador, y más tarde, en el palacio episcopal, vemos a su camarero «decidiendo, disponiendo y ordenándolo todo sin contradicción».

Es reservado, tímido, algo cerrado; pero hace esfuerzos para mostrarse afable y cordial. «Cuando yo era joven —dice—entregábame al ejercicio de la dulzura.» Así consiguió aquella bondad, aquella compasión, aquella graciosa benevolencia en que se mezclaba a la vez la caridad cristiana y la gentileza del mundo. Sus libros, ríos de miel, nos revelan la suavidad maravillosa de su vida interior. La gracia y la naturaleza se adaptan, se compenetran en él para formar aquel corazón tierno y compasivo, que le inspiraba estas palabras: «Hace cuatro días oí en confesión a un gentilhombre, bello como el día, bravo como la espada. ¡Oh Salvador de mi alma! ¡Qué alegría oírle acusar tan santamente sus pecados. Me puso fuera de mí mismo. ¡Cuántos besos de paz le di!» Sin embargo, su sensibilidad era completamente sobrenatural. «¡Qué feliz sería yo —exclama—si estuviese tan unido a Dios como desprendido del mundo»; y en otra parte decía: «Soy el hombre más afectivo del mundo, y, no obstante, sólo amo a Dios, y a todas las almas por Dios.» Y esto no era egoísmo; su propio ser le absorbía menos que ningún otro. No le considera como un asnillo, a estilo de San Pedro de Alcántara, sino que le trata como trata a los demás, sin rudeza, sin pasión, y hasta con cierta simpatía. Mira los movimientos de su alma como alguien que estuviese fuera de ella, unas veces curioso, otras alegre, otras resignado. Hablando de una tentación, dice bellamente: «Veíala yo allá abajo, muy abajo, en el fondo de la parte inferior de mi alma, hincharse y arrastrarse como un sapo.»
No contribuyó poco para llegar a aquel optimismo fundamental del alma de Francisco la crisis famosa por que atravesó cuando, próximo a los veinte años, estudiaba Teología en la Sorbona. Acuciado siempre del anhelo de perfección, piadoso sin desfallecimientos, tal vez pensaba demasiado en aquellas palabras bíblicas: «Obrad vuestra salvación con temor y temblor.» Él mismo nos dice que, siendo joven escolar, le vino un gran fervor y un deseo decidido de ser santo y perfecto. «Comencé a imaginar que para esto era necesario derribar la cabeza sobre el hombro diciendo mis oraciones, porque vi que otro escolar, que era realmente un santo, hacía lo mismo.» Cuando sus padres le anunciaron que tendría que ir a París, Francisco temblaba pensando en los peligros que le aguardaban, y después, en medio de las tentaciones, veíase al joven, melancólico y preocupado, exagerando la gravedad de sus faltas inocentes, y lamentándose de no oponer una resistencia más heroica a las seducciones del mundo. Entonces empezó a pensar que estaba condenado. Fue un sufrimiento terrible, que duró cerca de seis semanas y cuya violencia le quitó el sueño y las ganas de comer, quedándose en los huesos y amarillo como la cera. Pero un día, al volver abatido del colegio, entró en la iglesia de San Esteban de los Griegos, y allí encontró escrita en una tablilla esta oración a la Virgen: «Acordaos, ¡ oh Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han implorado vuestro socorro haya sido desechado por Vos. Animado de esta confianza, a Vos acudo, ¡oh Virgen Madre de las Vírgenes!, y me arrojo a vuestros pies gimiendo bajo el peso de mis pecados...» Rezó Francisco la oración, se levantó, y en el mismo instante encontrose enteramente curado. Parecíale que el mal se había desprendido como las escamas de la lepra.

Esta prueba fue beneficiosa, a la vez, para el corazón y para la inteligencia del joven estudiante. Influyó en su vida, lo mismo que en su pensamiento. La angustia, entonces desvanecida, era de orden dogmático, si no causada, al menos intensificada por un sistema especial de teología, según el cual ciertas almas han sido creadas exclusivamente para manifestar la justicia divina con la eternidad de las penas. Cuando en la iglesia de San Esteban se iluminan sus horizontes y desaparece la obsesión, Francisco abandona esta opinión y pasándose al campo contrario, se hace molinista.

Así se iba formando el gran maestro de la espiritualidad moderna. Teólogo en París, jurista en Padua, canónigo y preboste de Annecy, auxiliar del obispo de Ginebra, controversista y refinador de los protestantes, misionero y apóstol de la región del Chablais, donde consigue numerosas y prodigiosas conversiones, va poco a poco atesorando la experiencia necesaria para cumplir su gran misión de restaurador de la piedad. A los treinta y cinco años aparece de nuevo en París, siendo ya coadjutor de Ginebra. Fue una estancia de ocho meses, fecunda en enseñanzas y revelaciones. Entra en contacto con los grandes de la tierra, con los prelados, con el rey; trata a Berulle, a Richelieu, a San Vicente de Paúl; frecuenta los círculos donde se habla de cosas de espíritu, estudia los gustos reinantes, armoniza con ellos sus escritos, estudia los clásicos, pule su lengua, empieza a esmaltar sus sermones de recuerdos e historias de Plinio, frecuenta el trato de los oradores de la capital y los imita, acaso más de lo que hubiera debido. Él mismo nos dice que unos años más tarde se propuso «predicar algo más maduramente, algo más sólidamente, y, por decirlo en una palabra, algo más apostólicamente que antes». El prelado saboyano es recibido en todas partes con alegría; aún más, con entusiasmo; pero no es aún el arbitro de la santidad, sino el discípulo, el observador atento, el hombre lleno de gracia, de gentileza, de modestia, de precaución, que sabe ver y callar, aunque también hablar lo indispensable. Tratándose de esta época, es particularmente exacta la imagen que Santa Chantal nos ofrece de su trato: «Escuchaba a todo el mundo apaciblemente y todo el tiempo que cada uno quería. Sus maneras y su conversación eran extremadamente serias y majestuosas; pero siempre lo más humilde, lo más dulce, lo más natural que se ha visto jamás. Hablaba bajo, gravemente, reposadamente, dulcemente y sabiamente. No decía ni de más ni de menos, sino lo necesario; entre los negocios serios, solía derramar palabras de gran afabilidad cordial.»

Al volver a Ginebra, Francisco tiene la impresión de que se ha encontrado plenamente. Dueño de sus ideas, traza su método, que describe con toda claridad, y empieza a escribir aquellas admirables cartas de dirección que le revelan como el más fino conocedor del alma humana y del espíritu de Dios. Desde la primera nos da a entender que su método se distingue por la suavidad. Nada de aspereza; es preciso contar con la nobleza y la generosidad del alma devota. Exige la confianza y sabe ganarla. La segunda carta, dirigida a una mujer, empieza le esta manera: «Amo vuestro espíritu firmemente, porque pienso que Dios lo quiere, y tiernamente, porque le veo todavía débil y joven.» Es ya el maestro de la vida interior; conoce plenamente su verdad, su riqueza, sus engaños, sus complejidades y sus tropiezos, y está ya maduro para escribir la Introducción a la vida devota. La aparición de Filotea fue uno de los más grandes acontecimientos de principios del siglo XVII. Su éxito prodigioso señala una de las etapas de la historia del pensamiento y de la vida cristiana. Es poco todo lo que se diga sobre la gracia del estilo, la finura de la idea y la profundidad de los análisis morales; pero más que todo esto vale la originalidad de la empresa que con su obra acometía el obispo de Ginebra. Su propósito era llevar la piedad a todo el mundo, aplicarla a la vida común; presentarla, sin mancharse con el naturalismo de un Montaigne, tan dulce y tan amable, que al practicarla se sintiese el hombre, a ejemplo suyo, «ser tan hombre como si no fuese nada más». Si el hombre es con demasiada frecuencia «un animal severo, áspero y rudo», es preciso suavizarle y ablandarle con la miel y el azúcar de la devoción. « ¿No es una herejía—preguntaba—querer desterrar la vida devota de la compañía de los soldados, del taller de los artesanos, del palacio de los príncipes y del hogar de los casados?» Ante todo, Francisco siente la necesidad «de destruir la estúpida figura de una virtud triste, quejumbrosa, despechada, amenazadora, destructora, confinada en un peñón, rodeada de espinas, espantajo de las gentes», la virtud del cuello torcido, en que él estuvo a punto de caer durante su adolescencia. También aquí lo que caracteriza a San Francisco es la suavidad. Se ha propuesto colocar al alma «en una actitud de suavidad» con Dios, consigo misma y con las demás almas. «Quiero una piedad dulce, suave, agradable, apacible; en una palabra, una piedad franca y que se haga amar de Dios primeramente, y luego de los hombres.» Todo en la vida espiritual debe ser pacífico y alegre. Desde que aparece la inquietud, hay algo que no es puro; las mismas virtudes, «que se pierden a veces por sobrepasarlas», han de ser deseadas sin demasiada aspereza.
La amenidad del estilo contribuye a aumentar la impresión amable que nos causa la lectura de Filotea. Hay que tener presente, sin embargo, que el ascetismo de San Francisco de Sales, como todo ascetismo cristiano, exige sacrificio. Se le ha llamado, acaso con exageración, el más mortificante de los santos; pero es la verdad que él, como San Juan de la Cruz, nos conduce a la mortificación, a la lucha, al renunciamiento. En medio de tanta suavidad. Filotea tiene que estar dispuesta a tres cosas esenciales: a los exámenes de conciencia, «que abren los ojos sobre una cantidad de pecados que viven disfrazados en nuestro interior»; a las meditaciones, que ponen ante nosotros las perspectivas de la virtud, y a la práctica de los deberes de su estado, que hace penetrar la devoción en nuestro corazón, en nuestro espíritu y en nuestra vida. Sin embargo, y aquí está el matiz propio del obispo de Ginebra, en el camino de la virtud y en el renunciamiento al amor propio; más aprovechan la calma y la paciencia, que una actitud violenta y un ardor provocativo. Conoce San Francisco la estrategia ignaciana; mas para él, el más seguro medio de perfección es combatir el amor propio, no declarándole la guerra, sino despreciando sus ataques.

Sabía, no obstante, acomodarse a las necesidades de las almas. Con Santa Juana Francisca Fremiot de Chantal se muestra duro, exigente y minucioso; a veces, hasta cruel. En el primer encuentro que tuvo con ella, encontrándola excesivamente mundana en el vestido: «Señora—le dijo—, ¿dejaríais de parecer bien sin todos esos encajes?» En otra ocasión estaba sentado a la mesa de la santa, y sabiendo la aversión que ella tenía a las aceitunas, le sirvió una ración, significándole su deseo de que las comiese. «Cortad, romped las amistades—le escribía—, y no os detengáis en deshacer los nudos. Usad el cincel, manejad el cuchillo sin piedad.» Ya religiosa, la reprende en público con voz terrible por una falta infinitesimal, y sin decirle una palabra, la deja un largo rato deshecha en lágrimas. «¿No os he dicho, hija mía—repetía el santo—, que os había de despojar de todo?» Y observando aquella táctica inflexible, exclamaba ella: « ¡Oh Dios, qué fácil es dejar lo que nos rodea! Pero dejar uno su piel, su carne, sus huesos y penetrar en lo íntimo de la médula, esto es una cosa grande, difícil, imposible, si no es a la gracia de Dios.»

Más arriba que Filotea está Teótimo, el héroe del Tratado del amor de Dios, que sube ya los escalones de la vida mística. Aquí San Francisco de Sales sigue a Santa Teresa, como antes había seguido a Luís de Granada. Pero es siempre él mismo. Ha empezado su tarea «con el miedo de que ahora no tenga el éxito feliz de la vez anterior, pues la empresa es más fuerte y nerviosa. » Sin embargo, quiere hacer un libro de mística que se pueda recomendar a las gentes del mundo y a los hombres de la corte. «He tratado—dice él mismo—de suavizar, de huir ciertos rasgos difíciles.» Se propone hacer de la mística lo que había hecho de la devoción: una vía amable, fácil, deseable, sencilla, y hasta, podríamos decir, natural. Era una audacia grande, una empresa llena de novedad. Y hay que reconocer que el obispo de Ginebra la realiza con un tacto maravilloso. Lo sublime se presenta tan suavemente, los términos están escogidos con tan consumada habilidad, la progresión hacia las alturas es tan espontánea, tan insensible, el método de iniciación tan prudente, que muchos se han podido engañar sobre el verdadero sentido de esta obra, considerándola como una segunda parte de la Introducción a la vida devota. Sin embargo, en ella vemos expuestos los más altos estados de la oración: la quietud, la unión, el rapto, el éxtasis; pero la fascinación de su lenguaje claro y sabroso, lleno de gracia y originalidad, y a veces vibrante, con una emoción profunda, llega a hacer que aquellas regiones nos parezcan más accesibles. La magia de su pluma cubre de flores los caminos más difíciles; nada de tecnicismo, que puede entorpecer; nada de oscuridades y complicaciones inútiles; nada tampoco de los sutiles análisis, de los matices que distinguen los estados místicos. Su objeto es guiar al contemplativo, pero sin dar vértigo al que no ha salido del camino ordinario.

Diríase que San Francisco de Sales había adivinado la enfermedad que se estaba incubando en la sociedad de su tiempo. Sus libros, sus cartas, su espíritu, su vida, todo su pensamiento, se nos presentan como la antítesis del concepto jansenista de la vida espiritual. No hay en él nada de sombrío y tenebroso. Conoce todas las miserias de la naturaleza humana, pero nada le extraña ni le repugna. Su compasión no tiene límites, y su bondad es tan profunda, que, a pesar de las tristes experiencias cuyo fruto ha sido aquella prudencia tan poco amada por él, se empeña en creer buenos los pobres corazones humanos, que, sea dentro, sea fuera de la Iglesia, «no llegarán nunca a ahogar en ellos completamente la inclinación natural de amar a Dios».

«Sucede con frecuencia, entre las perdices, que las unas roban los huevos de las otras para incubarlos. Y mirad qué cosa más rara: el perdigón nacido y alimentado bajo las alas de una perdiz extraña, al primer reclamo que oye de su verdadera madre, abandona a la que hurtó el huevo, vuelve a su primera madre y se agrega a la pollada, por la correspondencia que tiene con su primer origen.»

Esto mismo, dice San Francisco de Sales, sucede con corazón humano. Educado en medio de las cosas materiales, bajo las alas de la naturaleza, no puede dejar de estremecerse cuando la voz de Dios llega hasta él. Por otra parte, Dios habla, habla constantemente, se inclina hacia la criatura, la busca, la invita al abrazo de la unión. ¿No es esto bastante para sentirse arrebatado por el más legítimo optimismo? Así piensa Francisco, y no le asusta el triste espectáculo del combate sin tregua entre el hombre superior y el inferior; al contrario, triunfa de este dualismo, tratando a la parte inferior del alma como un huésped molesto, ciertamente, pero ridículo, despreciable, inofensivo desde que se ha cesado de escucharle. «Mi conducta—dice—está llena de una gran variedad de imperfecciones contrarias, y el bien que quiero no lo hago; sin embargo, sé muy bien que, en verdad y sin fingimiento, lo quiero con una voluntad inviolable.»

lunes, 23 de enero de 2012

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron:
-«Hueso tuyo y carne tuya somos: ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido:
“Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tu serás el jefe de Israel”»
Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel. Tenía treinta años cuando empezó a reinar, y reinó cuarenta años; en Hebrón reinó sobre Judá siete años y medio, y en Jerusalén reinó treinta y tres años sobre Israel y Judá.
El rey y sus hombres marcharon sobre Jerusalén, contra los jebuseas que habitaban el país. Los jebuseos dijeron a David:
-«No entrarás aquí. Te rechazarán los ciegos y los cojos.» Era una manera de decir que David no entraría.
Pero David conquistó el alcázar de Sión, o sea, la llamada Ciudad de David. David iba creciendo en poderío, y el Señor de los ejércitos estaba con él.



En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
-«Tiene dentro a BeIzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios.»
Él los invitó a acercarse y les puso estas parábolas:
-« ¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra si mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre. »
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.


Palabra del Señor.

San Ildefonso, Obispo.

Era temeroso de Dios, religioso, lleno de piedad; en su andar, grave y modesto; paciente y amable en su conducta; insuperable en la sabiduría; agudo para razonar, y tan favorecido en las gracias de la elocuencia, que, cuando hablaba, dijérase que no era un hombre, sino que el mismo Dios hablaba por su boca.» Así dice de él uno de sus discípulos.

Sus maestros habían sido San Eladio, en Toledo, y San Isidoro, en Sevilla. Cautivado por la ciencia divina, despreció el palacio en que había nacido, y, huyendo de su padre, cuyo amor le perseguía con la espada desenvainada, encerrose en el monasterio de Agali, asilo de paz entre las alamedas del Tajo, templo de virtud y de saber, que había dado ya tres pastores a la capital del reino.

Ildefonso fue el cuarto. «Coronado leal», acertaba a llevar a su pueblo por las vías buenas. Enseñábale las muchas cosas santas que sabía; le ayudaba a rezar, escribiendo bellas oraciones para la liturgia mozárabe, y le animaba a cantar su fe en aquellas viejas melodías, misteriosas, perfumadas, que él mismo enriqueció.

Y como era tan bueno y tan generoso, quiso que toda España gozase de aquella gracia de hablar que Dios le había dado, y escribió cosas bellas, que todavía leemos con gozo, porque guardan un soplo suave de amor y un férvido aliento de fe. Escribió, sobre todo, su libro De la Virginidad de María, himno triunfal a la Virgen, en que, indignado en la vehemencia de su lealtad amorosa, clama así contra el calumniador de su Dama y su Reina: «¿Qué osas decir, caos de locura, de aquella morada de Dios, de aquella corte del Rey de las victorias, clarísima con el brillo del pudor, de aquel palacio del Emperador de las cosas celestiales y asiento gloriosísimo de Aquel a quien no pueden comprender la plenitud y diversidad de los lugares? ¿El tronco de la vida daría ramas de muerte? ¿El huerto cerrado en que brotó la flor de la peregrina virginidad había de producir abrojos y serpientes? ¿La fuente de la vida, sellada con el parto virginal, manaría el cieno de la impureza? Pido a Dios que el sepulcro de tu boca sea atormentado por el dolor, que en esa caverna quede tu lengua inmóvil, y que tus labios se cierren para que no salga el hedor insoportable de tus palabras.»

Así blandía su pluma el impetuoso paladín, porque había unos hombres perversos que osaban poner mengua en su Señora la Virgen María, negando su perpetua virginidad. El amor no mide las palabras; por eso el libro de Ildefonso está lleno de fuego, de ira, de indignación, de golpes furiosos y relumbrar de espadas. Tal era su amor a la Madre de Dios, que muchas veces permanecía postrado delante de Ella, con los ojos implorantes y las mejillas humedecidas en llanto, rezando una y otra vez, hasta perder la cuenta, las palabras de la salutación angélica: Dios te salve, María… Es el primer anillo de una gran tradición mariana que muchos siglos más tarde otro español se encargará de recoger; con tanta justicia como a Santo Domingo de Guzmán, se le puede llamar precursor de la devoción del Rosario.

Y como la Gloriosa, estrella de la mar,
sabe a sus amigos galardón bueno dar,
apareciose un día con muy grand majestat,
con un libro en la mano de muy grand claridat,
el que él auíe fecho de la virginidat;
plogolo a Ildefonso de toda voluntat.
Fízoli otra gracia, cual nunca fue oída,
dioli una casulla sin aguia cosida,
obra era angélica, non de ome texida,
fablioli pocos vierbos, razón buna complida.
El cielo aprobaba sus libros, la tierra le miraba como un vaso de divino saber, y un obispo le escribía: «Doy gracias a Dios porque ha puesto en tu alma el aura vivificante de su santa inspiración, y te ha fortalecido con la unción de su gracia para desplegar con tanta sabiduría el lienzo sagrado de las Escrituras, y ha tocado con su fuego la entrada de tu boca, y ha iluminado con su luz tu corazón, y te ha enviado su espíritu, y ha hecho en ti su morada, a fin de saciar nuestra hambre por la fertilidad de tu palabra, y confirmarnos con su gracia purificadora y enriquecernos con el tesoro de su verdad.»

Otras veces le animaban a que siguiese repartiendo al pueblo el pan de la doctrina, y él contestaba: «Me mandáis que os manifieste las cosas ocultas u olvidadas de la vestidura del Señor, donde no hay mancha ni arruga ninguna. Yo nada puedo hacer por mis fuerzas; pero os obedeceré con la ayuda del que levanta a los malheridos, el que liberta a los encarcelados, el que ilumina a los ciegos. Él me levante a mí en los brazos de su Cruz piadosa, ya que caí de los brazos de su divinidad; Él desate con su palabra de amor las ataduras de mis pecados; Él me ilumine con su misericordia preveniente, ahuyentando la noche de mi iniquidad, y entonces, prisionero de Jesús, pueda oír de sus labios: «Ya estás libre de tu enfermedad.» Y yo me levantaré y le daré gloria. Él me dejará andar en la libertad y dilatación del corazón, y correré tras el olor de sus ungüentos, y lo que de ellos aspirare, lo respiraré luego con el aliento de la palabra. ¡Ah! Que ilumine al ciego, que yo conozca su luz, y le alabaré en asamblea de su pueblo.

»Mas ¿por qué me buscáis a mí y no la gloria de mi Cristo en mí? Yo no me recomiendo a mí mismo. En cuanto hablo, mi corazón anhela por mi Cristo. Escribiré, hablaré amorosamente de este amado mío, y, hablando, lo anunciaré; y, anunciándolo, haré que lo conozcan, y le daré gracias de que sea conocido, y después de esta alabanza mortal, me asociaré por siglos sempiternos a los coros de los ángeles.»

¡Página bellísima, digna de San Agustín, del Kempis o de San Juan de la Cruz! Es el lenguaje del místico, fuerte e impetuoso como un torrente desatado, torrente de llamas de amor. Es el lenguaje del místico, cuyos ojos extáticos se fijan apasionadamente en la lejanía, donde alborea la gloria del Amado. Así pintara Murillo al «Coronado leal», al gran arzobispo de Toledo...

Et cuando plogo a Cristo, al celestial Señor,
finó Sant Ildefonso, precioso confesor;
onrróle la Gloriosa, Madre del Criador,
dióle grand onrra al cuerpo, al alma muy mayor.

domingo, 22 de enero de 2012

Domingo 22-01-2012 Comenzó en Galilea

Estos son los principales puntos que son tratados en la homília del 22 de enero 2012, 3º Domingo Tiempo Ordinario resumida en una presentación, no obstante como siempre encontrareis la HOMÍLIA completa más abajo.

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás:
«Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.»
Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: - «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!»
Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños.
Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.



Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante.
Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.



- «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo:
- «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.


Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía



La historia de Jonás es nuestra propia historia. Como él nos evadimos a menudo de los compromisos personales, porque nos van a causar privaciones y molestias.

Pero no podemos escabullirnos de esa llamada. No encontraremos la paz y la estabilidad necesaria para vivir nuestra vida. Incluso nos gustaría, como a Jonás, que la justicia de Dios se amoldara con la humana: dar a cada uno lo que se merece.
No entiende nada de oportunidades ni de actitudes misericordiosas. Se hubiera mostrado feliz si Dios hubiera cumplido su amenaza de destruir Nínive.

Poco importa el arrepentimiento, la conversión, los buenos propósitos. El ha cumplido la misión de anunciar la destrucción de la ciudad y habría quedado bien si a Dios no le hubiera dado por ejercer la “enfermedad” de la ternura y el perdón.
¿Qué dirán de él sus vecinos?

¡Cuántas veces el cuidado de la propia imagen, el prestigio ganado, nos impiden acercarnos a compartir nuestra vida con personas que no dan la talla cultural, moral, política, social, económica o de cualquiera otra índole, que nos satisfaga!.


A Jonás le parecería bueno que Dios fuera generoso con los justos, con los que se portan bien, pero debería ser más exigente con los trasgresores.
Es un solterón empedernido, esclavizado a sus propios esquemas, defensor de la justicia, conocedor de los problemas sociales, aunque de amor entiende poco.


Los viejos esquemas no valen ante el Reino de Dios que se acerca. Se ha cumplido un plazo y empieza otro con el anuncio de la Gran Noticia proclamando la amnistía y abriendo caminos a los enfermos y marginados.

Será la fe en Jesucristo la que nos habilite para enfrentarnos al futuro, traducida en enamoramiento de su persona, aceptación de su mensaje y la comunión con él y con los hermanos. Las alcurnias, las noblezas, los rancios abolengos serán títulos vacíos.
Jesucristo da a conocer los pilares en los que se asienta el Reino de Dios, en cuyo anuncio gastará todas sus energía, partiendo de una novedosa Gran Noticia: Dios es un Padre bueno que ama, que perdona, que acompaña, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta de su mala conducta y viva.


Sabe que hay un largo camino a recorrer y recaba la colaboración de unas personas, a quienes llama Apóstoles, y les confía los secretos de su corazón. Serán los sucesores de las Doce Tribus de Israel, donde se asentará la futura Iglesia. Les va llamando por su nombre y les confía una misión: ser testigos perennes de su presencia salvadora.

¿Es actual este mensaje o se queda en una mera utopía?

- Lo es, quizás, más que nunca.
Hemos avanzado mucho durante los últimos años, sobre todo en comunicaciones, medicina, astrología, informática... pero todavía nos hallamos en pañales en la profundización de las relaciones humanas y en el cultivo de auténticos valores.

Es cierto que las experiencias del pasado, las normas morales de convivencia, las rigideces restrictivas de algunos educadores, la frialdad disciplinaria y violenta de los celadores del orden, supuestos representantes de Dios, han marcado el desarrollo religioso de miles y miles de personas que no pueden aceptar esa imagen distorsionada de Dios, que en nada se corresponde con la predicada por Jesús. Para ellos ese desanuncio del evangelio es una mala noticia que les ha llenado de prejuicios y culpabilidades, y rechazan todo los que huela a curas, a internados y a Iglesia.
Se han convertido en ateos, en militantes anticlericales, que verán en los jerarcas católicos la personificación del mal y de la opresión.

No es cuestión de entrar en juicios de valor. Eran otros tiempos. La sociedad ha evolucionado hacia sistemas democráticos, que han alejado, afortunadamente, los fantasmas de dictaduras por entonces al uso y que también nos condicionaron. La Iglesia pagó idéntico tributo que el resto de las instituciones. Las mismas personas que utilizaban el “palo y tente tieso” hoy lo considerarían aberrante.

Por eso, la conversión siempre es posible, el evangelio sigue siendo Buena Noticia, a pesar del mal comportamiento de algunos de sus propagadores. Continuar con viejos rencores y resentimientos, proyectar frustraciones y amarguras, sin querer ver el bagaje de servicios gratuitos, prestados con amor por tantos y tantos cristianos, no conduce a ninguna parte.


El plazo se pasó, como dice Jesús. Vale más hacer borrón y cuenta nueva, empezar con un papel en blanco, olvidar lo malo y fijarnos en lo bueno que, aunque destaca menos, es más abundante.
La recesión económica actual y las incertidumbres que conlleva en quienes se ven abocados al paro, es una ocasión propicia para acercarnos a los más necesitados y sembrar esperanza, escuchar, compartir...
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La experiencia del encuentro personal con Jesucristo y su seguimiento en libertad nos ayudará a aceptar a las personas, valorándolas tal cual son, con sus cualidades y sus defectos, pero como hijas de Dios, no como objeto de nuestros reproches.

Escribía Saint-Exupery que “cuando un amigo viene a casa no es para decirme que soy cojo o manco o feo, sino para hacerme saber que es mi amigo y que me acepta con mi cojera o mi fealdad”.

Dios nos acepta como somos y nos ama. Una Buena Noticia, que Jesús nos reitera cada domingo cuando nos reunimos en su nombre ¡Ojalá seamos capaces de seguir sus pasos!
Ésta es ahora nuestra misión en el mundo: mostrar a Jesús, así como lo hicieron los apóstoles Andrés y Felipe, para que sea conocido y amado, vivir en su “casa” y quedarnos con Él para siempre.

Renovemos juntos los compromisos bautismales y proclamemos nuestra fe en el Hijo de Dios “que nos salvado de las tinieblas para llevarnos al reino de su luz admirable”...

San Vicente de Zaragoza.

A la figura de Inés, apretando contra su regazo el blanco vellón de su pureza, se junta la de Vicente el Victorioso, cubierto de la dalmática sagrada, ostentando entre sus manos la palma inmarcesible. Es uno de los tres grandes diáconos que confesaron la fe. Con Lorenzo y Esteban forma un triunvirato celeste. Sus nombres, simbólicos y predestinados, Corona, Laurel, Victoria, nos anuncian a los más valientes caballeros de Cristo.

Antes de extenderse la persecución contra todos los cristianos, había aparecido un edicto dirigido contra los jefes de las iglesias. «No hay palabra—dice Eusebio de Cesarea—para contar lo que entonces sucedió: las cárceles reservadas antaño a los ladrones y a los violadores de sepulcros, se llenaron ahora de obispos, de sacerdotes, de diáconos, de exorcistas, de suerte que no había modo de meter en ellas a los criminales de derecho común.» Con esta ocasión fueron detenidos en Zaragoza el obispo Valerio y Vicente, su arcediano. Valerio, que acababa de asistir al Concilio de Ilíberis, era un hombre ilustre por su virtud y su doctrina, pero tenía poca facilidad de expresión. Vicente, al contrario, tenía una elocuencia vigorosa y persuasiva, que se unía en él a un temple de hierro, a una conducta irreprochable, a una belleza varonil y a un gesto aristocrático. Por sus venas corría la sangre de una familia consular, originaria de Huesca, y en su pecho palpitaba todo el ardor bravío de las montañas. Educado desde su adolescencia en los principios de la fe y en el amor a la ciencia eclesiástica, había crecido a la sombra del santuario, llegando a ser en plena juventud, como dice Prudencio, levita de la tribu sagrada, ministro del altar de Dios y una de las siete blancas columnas del templo místico.

Los dos presos fueron llevados a Valencia, antigua colonia romana, muy adicta al culto de los dioses, adonde entonces se dirigía Daciano, el magistrado famoso, encargado de cumplir los edictos. Allí se celebró el primer interrogatorio. Vicente habló con decisión intrépida, en su nombre y en el de su obispo. Irritado por su elocuencia agresiva, Daciano mandó que le aplicasen el tormento, mientras se contentaba con desterrar a su jefe. El primer grado de la tortura era el potro. Atado a él, el cuerpo del diácono era desgarrado por las uñas metálicas. De cuando en cuando el juez intimaba al mártir la abjuración. Vicente rechazaba, indignado, los ofrecimientos sin exhalar una queja. El poeta de Las Coronas pone en sus labios un discurso altivo, efusión sublime del estoicismo cristiano, que si no nos da sus propias palabras, es, sin duda, el reflejo de su alma. «Te engañas, hombre cruel—decía la víctima—, si crees afligirme al destrozar mi cuerpo. Hay alguien dentro de mí que nadie puede violar: un ser libre, sereno, exento de dolor. Lo que tú intentas destruir es una cosa deleznable, un vaso de arcilla, destinado a romperse; en vano te esforzarás por tocar lo que está dentro, lo que pisotea tus cóleras y desprecia tus amenazas, el ser invencido e invencible que se cierne sobre las tempestades y sólo está sujeto a Dios.»

El mismo magistrado parece haberse dejado conmover por este magnífico lenguaje. «Muy bien—dijo, más tranquilo—, renuncio a hacerte sacrificar; pero dame, al menos, los libros sagrados que te sirven para propagar tu secta.» Esta dulzura fingida obtuvo el mismo resultado que la violencia del tormento. Exasperado entonces el juez, pronunció unas palabras que nos descubren todos los horrores del procedimiento criminal de la época: «Que se le someta—dijo—a tortura legítima, y que pase por todos los grados del tormento.» El mártir fue colocado sobre un lecho de hierro incandescente, supremo grado de la tortura, dice Prudencio, que, como antiguo magistrado, conocía bien estos matices jurídicos. Nada puede quebrantar la fortaleza de su espíritu. Quien hubiera visto en aquel momento la serenidad de su rostro, habría dicho que él era el juez y su atormentador el reo. Cansado de sangre y de lucha, Daciano mandó que lo llevasen a la cárcel.

Entretanto, se acercaba una fiesta solemne para todo el Imperio. Era el vigésimo aniversario—los vicennales, como se decía entonces—del reinado de Diocleciano. Los regocijos empezaron en Roma el 20 de noviembre del año 303, en presencia del emperador. Hubo carreras en el circo, combates de gladiadores, distribuciones extraordinarias de dinero, y el complemento obligado de una amnistía general. Al mismo tiempo que los criminales de derecho común, la mayor parte de los cristianos recobraron la libertad. Sólo unos pocos se vieron excluidos del perdón, y entre ellos estaba el arcediano de Zaragoza. El emperador se alejaba de Roma antes de terminar el año, cansado de aquella serie interminable de festejos, procesiones, juegos y banquetes. La libertad del pueblo romano, el aire burlón de aquella plebe privilegiada, que se creía con derecho a osarlo todo, exasperaban su mal humor, acostumbrado a la rígida etiqueta y a las adoraciones silenciosas de una corte oriental. El primero de enero de 304 tomaba en Ravena su noveno consulado; tres semanas después se encaminaba hacia Salona, y al mismo tiempo terminaba su martirio el glorioso prisionero de Valencia.

Prudencio, que parece haber visto su prisión, nos la describe con estas palabras: «Hay en lo más hondo del calabozo un lugar más negro que las mismas tinieblas, cerrado y ahogado por las piedras de una bóveda baja y estrecha. Reina allí una noche eterna, que jamás disipa el astro del día; allí tiene su infierno la prisión horrible.» En este agujero subterráneo yacía Vicente, con los pies hundidos en los cepos. Estaba tendido en tierra, y, por un refinamiento de barbarie, el suelo estaba cubierto de cascos de cerámica y piedras puntiagudas. De pronto, dicen los relatos del siglo IV, la ciega cárcel se ilumina; perfumes extraños reemplazan los vapores fétidos; el suelo se cubre de flores; rómpanse los cepos y cadenas; se oye batir de alas angélicas, y el mártir recibe las alegres embajadas de los bienaventurados. El prodigio conmueve a la ciudad; el mismo Daciano vacila entre la ira, el dolor y la vergüenza de la derrota. Quiere empezar de nuevo la lucha, pero sabe que en aquel cuerpo ya no queda espacio para las heridas. Hay que curarle, para doblegarle con nuevos tormentos. El carcelero obedece con alegría, porque el trato con el mártir le ha dado la fe. Saca a Vicente de la inmunda cripta; le cubre de limpios vestidos y le coloca en un blando lecho. La multitud de los fieles entra en la cárcel y rodea al héroe. Unos le felicitan por su victoria, otros besan los surcos abiertos por los hierros, otros le curan las llagas con ungüentos, ponen sus labios sobre la sangre que mana de ellas o la recogen en lienzos, que llevan a sus casas como reliquias preciosas. Entre estas muestras de amor, el invicto diácono fue a recibir el premio de su combate, burlando las esperanzas del perseguidor.

«Escucha nuestras plegarias, sé ante el trono del Padre el útil abogado de nuestras miserias. Por ti, por aquel calabozo en que se acrecentó tu gloria, por las cadenas, por las llamas, por los garfios de hierro, por el cepo que oprimió tus pies, por los cascos de vidrio que hicieron florecer tus méritos, por el pequeño lecho que nosotros, tus hijos, besamos con santo temblor, ten piedad de nuestras oraciones, a fin de que Cristo, aplacado, nos preste un oído favorable y no nos impute nuestras ofensas.» Así rezaba el cantor de los mártires antes de terminar el siglo que había iluminado las hogueras de la persecución, y algunos años después, San Agustín preguntaba a los pescadores de Hipona: «¿Qué región, qué provincia, en cuanto abarca el Imperio romano o el dominio del nombre de Cristo, no celebra con júbilo la gloria del diácono Vicente? ¿Quién conocería hoy el nombre de Daciano si no hubiera leído la pasión del mártir?»