viernes, 30 de diciembre de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole.
El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha.
Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas.
La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.



Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente.
Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.



Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre:
- «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.


Palabra del Señor.

La Sagrada Familia: Jesús, María y José.

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo . (Colosenses 3, 12-13).

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: - «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.» Él les contestó: - « ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres . ( Lucas 2, 41-52 ).

1. Dentro del marco de la Navidad, hoy contemplamos a la Sagrada Familia. Con esta fiesta, celebramos que el Hijo de Dios quiso vivir su existencia humana en el seno de una familia, que -como cualquier otra familia- tuvo problemas y contrariedades. Pero en la que la vida estuvo siempre presidida por el proyecto que Dios tenía sobre cada uno de sus miembros. Ahí está María, la que dijo sí a Dios siempre y en todo. Y está José, el que hizo siempre lo que Dios le pidió: “José hizo lo que el ángel le había dicho,” afirma el evangelio varias veces. Y está Jesús, aprendiendo de ellos a decir sí a la voluntad del Padre, que es lo que hará toda su vida. ¡Buena lección para cada uno de nosotros y para nuestras familias! Escuchar a Dios, decir sí a Dios, serle fiel… ¿Qué mejor camino para la paz y la felicidad de la familia? Roguemos hoy para que nuestras familias y todas las familias imiten a la familia de Nazaret.
2. Sagrada familia llamamos a la de Nazaret. En ella todos los acontecimientos se vi- vían desde la fe y la confianza en Dios. El amor a Dios y al otro lo presidía todo. Cuando los esposos se aman, se comprenden, se respetan y saben perdonarse, ¡qué felicidad y paz se respira en la familia hasta en las dificultades y diferencias, y cómo los hijos aprenden a amar y respetar! Y cuando los hijos ven a los padres rezar, amar a Dios y confiar en su amor, ¡cómo se les mete en su corazón ese amor a Dios y esa confianza en él! Señor, haz que nuestras familias sean trasunto de tu familia, que el amor lo presida todo, que cada día sean más humanas, más entrañables, más acogedoras, y sus miembros sean cada día más cariñosos y comprensivos unos con otros; que, en definitiva, Señor, en ellas se vivan cada vez más intensamente los valores del evangelio.

3. San Pablo nos propone un buen programa: “vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo . ..” ¡Qué diferentes serían nuestras relaciones familiares y sociales si nos vistiéramos todos de esos sentimientos! Somos distintos, pues aceptémonos como distintos; somos limitados, débiles, pues aceptémonos como tales y sepamos perdonarnos mutuamente. Como Dios nos acepta, a pesar de nuestras deficiencias y pecados, y nos perdona una y otra vez. Dios es Amor. Dejémonos habitar por ese Dios-Amor. Entonces el amor estará en nosotros y en nuestras familias. Jesús, María y José, proteged a nuestras familias. Sobre todo, a las que tienen más problemas.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

jueves, 29 de diciembre de 2011

¿Sabías que... ?



LA NAVIDAD DE SNOWY


Ese año, los niños estaban muy contentos, porque iban a tener una Blanca Navidad. En efecto, poco antes de Nochebuena había caído una fuerte nevada, y se esperaba que la nieve aguantase varios días antes de derretirse.

Con la nieve todo estaba muy bonito, y además podían patinar sobre el estanque helado, jugar a dejar huellas, o hacer un gran muñeco de nieve. Eso era precisamente lo que habían hecho los niños del barrio, y en lo alto de la colina había aparecido Snowy. Era un muñeco gordinflón y sonriente, con un elegante sombrero de copa, una bonita bufanda, una larga nariz de zanahoria, una gran sonrisa pintada en su cara, y con ramitas como brazos.

Los niños estaban muy orgullosos de Snowy, y les gustaba mucho jugar cerca de él. Se tiraban en trineo desde lo alto de su colina, le usaban para que no les vieran cuando jugaban al escondite, echaban carreras alrededor de él, y cuando hacían guerras de nieve a su lado, su sonrisa bonachona les recordaba que no tenían que tirar las bolas muy fuerte para no hacerse daño. Alguna vez, cuando nadie miraba, Snowy, que era muy bromista, tiraba una bola de nieve a algún niño despistado, que se quedaba muy sorprendido y sin saber quién se la había arrojado.

Snowy se llevaba además muy bien con los vecinos que pasaban por delante de él al ir y volver del trabajo, y con los animalillos de un bosque cercano, sobre todo con los pájaros, a los que les gustaba posarse en las ramas de sus brazos. Su mejor amigo era un simpático pajarillo parlanchín llamado Birdie, que cantaba de maravilla, y que mantenía a Snowy informado de todo lo que pasaba en las partes del barrio que éste no alcanzaba a ver desde lo alto de su colina.

A Snowy le gustaba sobre todo cuando Birdie le hablaba de cómo iban preparándose sus amigos para el día de Navidad. Las noches eran cada vez más alegres, con luces de colores que brillaban en muchas de las casas, y con el sonido de los villancicos que los niños cantaban con sus papás.

Llegó por fin la Nochebuena, y Snowy estaba disfrutando más que nunca viendo todo lo que pasaba en el barrio. Por eso le extrañó ver que de repente Birdie estaba triste. “¿Qué te pasa, buen amigo?” le pregunto Snowy. “Que con lo bonita que es la Navidad, me da pena ver a los que tienen problemas y no pueden disfrutarla como nosotros”. “¿Quién tiene problemas, Birdie?” El pajarillo contestó “Cuando venía volando para acá, he visto a Mamá Coneja, que me ha dicho que lleva toda la tarde buscando comida para preparar una cena de Navidad a sus conejitos, pero que con tanta nieve no encuentra nada”. Snowy también se puso triste, pensando en que no podrían disfrutar de la Nochebuena esos suaves conejitos que tanto le gustaba ver saltando a su alrededor.

De repente, la gran sonrisa de Snowy se iluminó. “¡Birdie, ya tengo la solución! Lleva a la madriguera de Mamá Coneja la gran zanahoria de mi nariz, con eso podrán tener una estupenda cena de Navidad!” Birdie exclamó contento “¡Qué gran idea!” Pero de pronto dijo preocupado “¡Snowy, si hacemos eso, te vas a quedar sin nariz!”. Snowy respondió sonriente “No importa, total, con tanto frío estoy siempre constipado. ¡Mejor, así no tendré que sonarme la nariz!”. Snowy acabó por convencer a Birdie, que se encargó de llevar la gran zanahoria a Mamá Coneja. ¡Qué contenta se puso! Y Snowy también cuando se lo contó Birdie.

“Mira, Birdie” dijo Snowy, “Mientras estabas fuera, he pensado que podíamos hacer más cosas para alegrar la Nochebuena a nuestros amigos. Por ejemplo, podrías llevar mi sombrero al señor Rodríguez. Siempre me saluda muy simpático cuando pasa, y tiene que pasar mucho frío en la cabeza con esa calvorota que tiene”. Birdie le preguntó a su amigo Snowy si no se le quedaría muy fría la cabeza a él, y Snowy le respondió que no, que estaba bien así, y que en realidad lo que le preocupaba era que igual dentro de unos días subiría algo la temperatura. Birdie se entristeció, pensando que su amigo muñeco de nieve corría el peligro de derretirse en cuanto asomaran los primeros rayos de sol, pero Snowy interrumpió esos pensamientos diciendo con voz divertida: “¡Venga, Birdie, que vuelas menos que una gallina! Vete ya, que al pobre señor Rodríguez se le van a congelar las ideas. ¡Y vuelve rápido, que quedan otros recaditos por hacer!”

Snowy y Birdie regalaron luego la bufanda de Snowy a ese niño pequeño que casi no salía a jugar porque no tenía ropa de abrigo y pasaba demasiado frío, y dieron los botones de los ojos de Snowy a una niña del barrio para que se los pusiera a su oso de peluche, que se había quedado sin los suyos al caerse un día desde una estantería. Y las ramas de los brazos se las llevaron a una ancianita que necesitaba leña para su casa, pero que no había podido salir a buscarla porque le dolía la espalda.

Ya entrada la noche, Snowy y Birdie acabaron por fin de hacer el reparto. Ahora Snowy era solo tres grandes bolas de nieve con una sonrisa pintada en la que estaba más arriba, pero la sonrisa se veía más grande que nunca, y Snowy le dijo a Birdie que a pesar del frío de la noche, notaba por dentro un calorcito especial que le hacía sentir de maravilla. Birdie estaba también muy contento: estaba muy orgulloso de haber ayudado a su generoso amigo, y además, cuando salía de casa de la ancianita, le había parecido que el Niño Jesús de su Belén le había sonreído.

Pero Birdie estaba también preocupado por su amigo Snowy. Igual ahora los niños ya no le veían tan bonito como antes, y dejaban de hacerle caso, o peor aún, podían coger la nieve del muñeco y usarla para hacer una guerra de bolas de nieve. Y luego en todo caso estaba el peligro de que subieran las temperaturas y …

Estaba Birdie distraído con esos pensamientos, cuando de repente oyó un tintineo de cascabeles, primero lejano, pero luego cada vez más próximo. Miró hacia arriba y vio una pequeña luz roja, que cada vez se iba haciendo mayor y más brillante. ¿Qué era eso? De pronto, oyó una fuerte carcajada “HO, HO, HO!”, y se dio cuenta de que la luz roja era la nariz de Rudolph ¡Y que Papá Noel estaba aterrizando con su trineo justo delante de ellos!

¡Birdie estaba impresionado! Además, vio con sorpresa cómo el trineo de Papá Noel llevaba enganchado un extraño remolque del que Birdie nunca había oído hablar. “No te extrañes de ver ese remolque” le dijo Papá Noel, adivinándole el pensamiento “Es una cámara frigorífica, que usamos para llevar helados y comida congelada – pero que ahora usaremos para llevar a tu amigo Snowy de viaje!” “¿De viaje?” dijo asombrado Snowy “Sí, ya veréis” dijo sonriente Papá Noel. Y Snowy de repente se elevó del trozo de colina en el que había pasado toda su corta vida, y fue por el aire despacito hasta meterse en la cámara frigorífica del trineo.

“Birdie, tú siéntate aquí a mi lado, estarás más calentito mientras hacemos nuestro viaje”. Birdie, todavía piquiabierto por la sorpresa, estaba acabando de acurrucarse en el asiento del trineo junto a Papá Noel cuando esté gritó “Adelante, Rudolph!”. Una lechuza de un bosque cercano que estaba aún despierta alcanzó a oír a lo lejos el eco de un “HO, HO, HO” entre el sonido, cada vez más tenue, de unos cascabeles.

Y es Snowy el precioso muñeco de nieve que puede verse en el jardín que hay a la entrada del almacén que tiene Papá Noel en Rovaniemi, en Laponia, en la Tierra de las Nieves Eternas, donde Snowy ya no corre peligro de derretirse nunca. En el centro de su cara hay una nariz de zanahoria aún más grande y bonita que la de antes. Como ojos tiene brillantes piedras preciosas, luce una linda bufanda de colores que le dieron sus amigos los elfos, y en su cabeza lleva ahora orgulloso un gorro de fieltro rojo, con un pompón blanco al final, que le regaló el propio Papá Noel. Y tiene dos preciosas ramas de abedul como brazos, en la que se posan sus amigos los pájaros, con un sitio especial para su inseparable Birdie.

Snowy y Birdie no han olvidado a sus amigos del barrio, y todos los años le dicen a Papá Noel que se acuerde especialmente de ellos, y también de todos aquellos que, compartiendo sus cosas, hacen realidad el espíritu de la Navidad.

Reflexión de hoy



Lecturas



Queridos hermanos:
En esto sabemos que conocemos a Jesús: en que guardamos sus mandamientos.
Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él.
Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud.
En esto conocemos que estamos en él.
Quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él.
Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que tenéis desde el principio.
Este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado. Y, sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo -lo cual es verdadero en él y en vosotros-, pues las tinieblas pasan, y la luz verdadera brilla ya.
Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas.
Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.



Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María su madre:
- «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»


Palabra del Señor.

San Tomás Becket

Arzobispo y Mártir
Todo parecía presagiar una era de venturas para el reino de Inglaterra. Un rey joven, valiente, emprendedor, acababa de subir al trono (1155). Diplomático y guerrero, astuto a veces en sus negociaciones, y a veces brutal. Enrique Plantagenet unía a una gran ambición una rara inteligencia práctica y una constitución robusta en extremo: estatura mediana, brazos musculosos, miembros atléticos, abundante cabellera rubia, que enmarcaba en tres líneas netas un rostro de rasgos enérgicos y acentuados. Uno de los primeros actos de su gobierno fue nombrar canciller al arcediano de Cantorbery, Thomas Becket.

Becket, hijo de un caballero normando establecido en Londres, estaba entonces en la plenitud de la vida. Su carrera había sido prodigiosa. Las escuelas de París y de Bolonia habían admirado durante algunos años al joven estudiante de vivo ingenio, de talla elevada, de color pálido, realzado por los negros cabellos, de nariz fuerte y ligeramente encorvada, que parecía indicar un carácter vigoroso, y de ojos claros y tenaces, que desde el primer instante se daban cuenta de todo. En París, sobre todo, quedaba el recuerdo del adolescente aplicado, ingenioso, de humor agradable y de vida inmaculada. Hasta se había formado a costa suya una graciosa leyenda. Al llegar la Cuaresma, los estudiantes tenían costumbre de reunirse para hacer el elogio de su dama, presentando algún regalo recibido como prenda de su amor. Como Tomás no tenía amiga ninguna, sus compañeros empezaron a hacerle el blanco de sus burlas. Entonces, el piadoso joven deja la asamblea, encomendándose íntegramente a María, y vuelve al poco tiempo con una cajita de marfil artísticamente labrada, que contenía, en miniatura, un juego completo de vestidos pontificales.

Al volver a su patria encontró el hogar deshecho y la hacienda destruida por las revueltas políticas. Vacila algún tiempo sobre el camino que ha de seguir, y logra finalmente ser admitido en el séquito del arzobispo de Cantorbery. Algunas misiones delicadas llevadas a cabo en Roma por encargo de su señor empiezan a formarle en el manejo de los asuntos y de los hombres y a descubrir su talento de diplomático y administrador, a la vez que la integridad de su carácter. Arcediano de Cantorbery en 1154, ocupaba ya un puesto eminente en la Iglesia de Inglaterra cuando le llega el nombramiento de canciller del reino, con todos los honores, baronías, rentas y tenencias de castillos anejos a esta dignidad. Las gentes le llamaban el segundo rey de los cuatro reinos. Su vida en este tiempo era fastuosa y espléndida: lebreles, halcones, gerifaltes, partidas de caza, prodigalidades principescas, reuniones mundanas y gustos del más brillante cortesano. Corría detrás de los ciervos y los jabalíes, jugaba a los dados y al ajedrez, hacía regalos espléndidos y usaba los vestidos más preciosos y elegantes. Una escuadrilla de seis navíos estaba a su disposición para cuando tuviese que navegar en servicio del rey; todos los marinos se apresuraban a servirle, porque sabían que su remuneración había de ser regia. A su mesa se sentaban siempre numerosos convidados, y el mismo rey se presentaba con frecuencia sin avisar para disfrutar de la charla de su canciller. Enrique gozaba teniéndole a su lado. Un día cabalgaban los dos por las calles de Londres. Era en medio del invierno, cuando la nieve llenaba las calles. Viendo un mendigo cubierto de harapos, dijo a Becket:

—Mira ese pobre medio desnudo. ¿No te parece que sería una obra de caridad darle un buen capote?

—Efectivamente, señor—respondió el canciller—; y he aquí que llega a implorar vuestro socorro.

El pordiosero va a cruzar entre aquellos dos caballeros, desconocidos para él, cuando Enrique le detiene, diciendo:

—Dime, amigo, ¿te gustaría tener una buena pelliza?

«Es una burla», pensó el pobre; pero el rey, volviéndose hacia Tomás, le dijo:

—Puesto que esta obra de caridad vale tanto, quiero dejarte todo el mérito.

Y se esforzaba por quitar al canciller su pelliza de escarlata forrada de armiño. Becket se defendía, pero era demasiado buen jugador para no perder la partida.

Este favor del rey, prolongado durante cerca de ocho años, no era del todo desinteresado. Enrique, que en el fondo era un verdadero político, comprendía que había encontrado un gran estadista en quien el talento corría parejas con la fidelidad. De hecho, el canciller se entregaba por completo a la defensa de los intereses del rey, dejando a los obispos el cuidado de velar por los de la Iglesia. Jurisconsulto consumado y hábil financiero, tan capaz de una decisión enérgica que requiriera la fuerza armada, como de un expediente jurídico, viósele reprimir el bandidaje, aterrorizar a los usureros, favorecer la agricultura, mantener a raya a la nobleza, reorganizar la justicia, aumentar el prestigio exterior y asegurar la prosperidad y la paz en el reino. Sin embargo, cosa extraña, este hombre, que en el ejercicio de su cargo se hacía temer de los más poderosos y en su tren de vida rivalizaba con los príncipes, era casi un asceta en su vida privada: irreprochable en sus relaciones sociales, caritativo hasta lo inverosímil con los necesitados, de una nobleza de corazón que no le abandonaba jamás. Sus tesoros estaban ocultos, y el mismo rey apenas pudo entreverlos. Muchas veces tendió a su amigo lazos de muy delicada naturaleza; pero Tomás evitaba sin ruido el peligro, disimulando el esfuerzo que le costaba vencerlo. El lujo dominaba en su mesa; pero él personalmente observaba una sobriedad monacal. Varios testigos confesaron, algo después de su muerte, que jamás se pudo averiguar nada contra la integridad de su vida durante su estancia en la corte.

Engañado por la actividad infatigable de su canciller y por aquel boato exterior, el Plantagenet no vio más que un aspecto de su carácter. En el fondo, Tomás era, ante todo, y debía serlo hasta el fin de sus días, un hombre del deber, que llevaba tal vez hasta el exceso la conciencia de la fidelidad profesional. Su misma fastuosidad era para él un medio de servir mejor al rey y al reino, y lo mismo pensaban todos en la corte y fuera de ella. Sin embargo, en los centros monásticos todo aquello extrañaba y aun escandalizaba. Jugaba un día Tomás al ajedrez en Rouan, donde estaba convaleciendo de una grave enfermedad, cuando acertó a entrar el prior de Leicester, que, al verle vestido de una espléndida hopalanda de mangas amplísimas, como entonces se llevaban en Inglaterra, le dijo:

——Pero ¿en qué pensáis? ¡Un clérigo con este vestido, y, según se susurra en la corte, un primado!

—Eso me parece imposible—replicó Tomas, sin emoción—, y a la vez espantoso, pues; me sería preciso escoger entre el favor del rey o el de Dios.
No obstante, el rumor tenía fundamento. En la primavera de 1162 Becket fue a despedirse del rey antes de volver a Inglaterra.

—Me ha parecido que vuelvas cuanto antes a la isla—-dijo Enrique—, porque quiero que seas arzobispo de Cantorbery.

El canciller, echando una mirada sobre su traje mundano, respondió sonriendo:

—¡Buen religioso habéis escogido para gobernar una sede tan ilustre!

Y viendo que el rey hablaba en serio, añadió con gravedad:

—Señor, si así fuese, quiero que sepáis que el favor con que me honráis ahora se habría de trocar pronto en un odio implacable; porque, tratándose de cosas eclesiásticas, tenéis exigencias que yo no podría tolerar.

No comprendiendo el alcance de estas palabras, el rey mantuvo su decisión, y Tomás acabó por ceder a sus instancias, apoyadas por el legado pontificio.

Desde este momento, el clérigo triunfó del canciller, y las inclinaciones del asceta, escondidas hasta ahora en el santuario de la vida íntima, aparecieron al exterior con toda su rigidez. Fue una transformación como la que se obró siglos adelante en la existencia de Carlos Borromeo. La fisonomía del arzobispo de Milán tiene muchos puntos de contacto con la del arzobispo de Cantorbery. Aquellas maneras guerreras y fastuosas desaparecieron completamente; el hombre de Estado quedó convertido en hombre de Iglesia, con largas lecturas espirituales, ásperos cilicios, disciplinas, coro, pobreza y demás rigores monacales observados entonces en el cabildo de la iglesia cantuariense. A esto juntaba la administración de la justicia y el cuidado de los bienes territoriales de la diócesis, que hacían de él el primer lord del reino. Su nueva vida le permitió reflexionar mejor sobre los peligros del absolutismo que intentaba imponer el rey, que hería de un mismo golpe los derechos de la Iglesia y las libertades tradicionales de la nación.

El choque previsto por el canciller desde el momento de su elección se produjo irremediablemente. Un día anunció el rey a los príncipes del país que en adelante el fisco real se reservaba una contribución que antes pertenecía a los señoríos civiles y eclesiásticos. La asamblea, estupefacta, guardaba silencio, cuando el primado tomó la palabra en nombre de todos, diciendo:

—Señor rey: vuestra alteza no puede apropiarse ese dinero.

—¡Por los ojos de Dios!—repuso el rey, encolerizado—, mi fisco exigirá este censo.

—Por el mismo juramento—replicó Becket con serena majestad—, juro que ninguno de los terratenientes de mis iglesias entregará una sola moneda a vuestro fisco.

El rey no respondió, pero todos comprendieron que estaban rotas las hostilidades. Poco después hubo un nuevo encuentro con motivo de la jurisdicción de los tribunales eclesiásticos. Tratábase de exigir que todo clérigo culpable fuese remitido al tribunal del rey para sufrir su pena. El episcopado en masa se opone, alegando que aquello era contrario a todos los usos de Inglaterra. Enrique cambia de táctica y se contenta con pedir a los obispos que acepten las viejas costumbres. Descubriendo el lazo, Tomás se conforma con las viejas costumbres, pero «salvo el derecho de la Iglesia». Enrique comprende que ha sido burlado; pero, hábil en recursos, trabaja para dividir al episcopado, negocia en Roma, y logra una carta en que se invita al arzobispo a ceder en bien de la paz. Tomás acepta la fórmula real, pero «dejando a salvo la buena fe». El rey se declara satisfecho, y el 30 de enero de 1164, en la asamblea de Clarendon, redacta en dieciséis artículos las viejas costumbres, y exige su aceptación. Tomás promete verbalmente su observancia, pero no tarda en darse cuenta del sentido regalista que inspiraba aquella legislación. Entonces, pesaroso de haber claudicado momentáneamente, pronuncia contra sí mismo una suspensión a divinis, se abstiene de todo ministerio eclesiástico, hace las más duras penitencias y escribe al Papa implorando su perdón. Alejandro, en una respuesta paternal, le consuela, recordándole que en toda obra lo que importa es la intención. La suya ha sido buena y no tiene por qué atormentarse de aquella manera.

Entre tanto, el rey estaba furioso. Tomás es arrastrado delante de un tribunal de caballeros y condenado a prisión perpetua; pero logra evadirse entre las aclamaciones de la muchedumbre y los vituperios de los cortesanos. A un magnate que le llama traidor, responde con estas palabras:

—Si no tuviese este orden sagrado, os diría en el campo quién soy.
En Francia, Luis VII le recibe con veneración. El Plantagenet le reprocha su generosa hospitalidad «con un ex arzobispo».

—¿Un ex arzobispo?—responde el rey francés—. ¿Quién, pues, le ha depuesto? También yo soy rey, pero no puedo deponer al menor clérigo de mi reino. La política brutal de Enrique va más lejos. Amenaza a Alejandro III con ponerse bajo la obediencia de un antipapa que acababa de crear el emperador alemán Federico Barbarroja. La situación es difícil en Roma. Nombrado legado pontificio y habiendo vuelto, con ese motivo, a Inglaterra, Tomas Becket se dispone a excomulgar a Enrique, pero en la corte pontificia le detienen. Con grosera insolencia, Enrique se jacta de haber triunfado, de tener al Papa en el puño, y de haber comprado a los cardenales, y exige a Tomás que se someta a las «viejas costumbres» sin reserva alguna. «Nuestros padres—responde el arzobispo—murieron por no querer callar el nombre de Cristo, y yo tampoco suprimiré el honor de Dios.»

El día de Navidad de 1170, estando en su castillo de Bur, Enrique II, arrebatado por una de aquellas cóleras que tan bien conocían sus cortesanos, exclamó súbitamente:

—¡Cobardes, follones!

—¿Qué pasa señor? Decidnos en qué puede serviros nuestra espada.

—¡Cómo!—replicó el rey—. ¿No veis a ese clérigo? Vino a mi corte sin un perro chico, comió mi pan y se rebeló contra mí. ¿Y no habrá nadie que me libre de él? Estas palabras eran una evidente provocación al asesinato, y así lo comprendieron unos caballeros que había entonces en el castillo. Dispuestos a ejecutar aquella orden disfrazada, empezaron a tomar toda suerte de precauciones. Dos días después, Cantorbery amanecía rodeado de hombres de armas. Gentes sospechosas vagaban en torno al monasterio de San Agustín, junto al cual el arzobispo tenía sus habitaciones. Tomás comprendió que sus días estaban contados. En la noche del 28 al 29, después de rezar maitines, abrió la ventana y permaneció largo tiempo silencioso. Luego, dirigiéndose bruscamente a los que le asistían, interrogó:

—¿Podríamos llegar al puerto de Sandwich antes de amanecer?

—Ciertamente—respondieron.

Pero el arzobispo murmuró, mirando otra vez al Cielo:

—Que se haga la voluntad de Dios y en la Iglesia que Él me ha dado.

Al día siguiente, Tomás bajó al refectorio, como de ordinario. Terminada la comida, se retiró a su habitación con algunos monjes, entre los cuales estaba Juan de Salisbury, y allí conferenció algún tiempo con ellos, sentado sobre la cama, que, más que para descansar, le servía para decorar la sala. A eso de las tres de la tarde la puerta se abrió y entraron cuatro caballeros, que se sentaron frente al primado sin decir palabra. Al fin, uno rompió el silencio saludando con el saludo que se dirigía a las gentes de humilde condición:

—Dios te ayude.

— Un vivo rubor coloreó el rostro de Tomás, pero se contuvo. Después, uno de los cuatro le intimó las voluntades del rey.

—No puedo—contestó Tomás, y añadió—: Todo el que ofenda a la Iglesia de Dios, me encontrará en su camino.

Los caballeros abandonaron la habitación, pero una hora más tarde sus hombres llenaban el claustro. Era el momento en que tocaban a vísperas. Serenamente, el arzobispo se dirigió a la iglesia con algunos familiares.

—¿Dónde está el traidor?—gritó una voz en el sagrado recinto.

Nadie contestó.

—¿Dónde está el arzobispo?—dijeron a una los asesinos.

—El arzobispo está aquí—respondió Tomás—; el traidor, no.

Uno de los cuatro, asiendo su capa, intentó sacarle del templo; pero el arzobispo se agarró fuertemente a una columna, diciendo:

—¡Truhán, termina aquí mismo tu crimen!

Fulguró una espada en la penumbra invernal, viniendo a dar en la cabeza del mártir. Después un hacha cae en el mismo sitio. Tomás sigue en pie, rezando. Un tercer golpe le arroja en tierra. La corona episcopal, la parte superior de la cabeza está casi desprendida del resto del cráneo; pero la santa víctima recoge el último aliento para decir de rodillas ante el altar de San Benito:

—Muero por el nombre de Jesús y la defensa de su Iglesia.

Tomás, muerto, consiguió el triunfo de la causa por la cual había luchado toda su vida. El rey, sobrecogido de espanto, en encerró en su palacio sin hablar con nadie durante varios días. La Constitución de Claredon fue anulada, se restablecieron los viejos privilegios, se reconoció la justicia de las reclamaciones del muerto, y mientras en Roma se canonizaba al defensor de las libertades eclesiásticas, vióse en Cantorbery a Enrique Plantagenet arrodillarse, como peregrino y penitente, ante la tumba de su antiguo canciller, y, despojado de las insignias de la nobleza, someterse a la vergüenza de la flagelación en presencia de los obispos, los abades y los monjes.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

¿Sabías qué... ?



Cuento de NAVIDAD


Erase una vez un angelito muy pequeñito, el angelito más pequeño que os podáis imaginar. Todos en el cielo le llamaban “chiquitín” aunque en realidad se llamaba Benjamín.

Benjamín siempre estaba preguntándole a su mamá:

- Oye mamá, ¿Cómo celebran los niños la Navidad en la Tierra?

- Por favor mami, déjame bajar a la Tierra para verlo. Y su madre le decía: No Benjamín, eres aún demasiado pequeño para ir tú sólo a la Tierra.

- Oh por favor, por favor mamá, te prometo que no haré nada malo y que volveré enseguida.

Tanto insistió que al final su madre le dijo:

- Está bien te dejaré bajar a la Tierra a ver cómo celebran los niños la Navidad con la condición de que vuelvas rápidamente en cuanto pase el día 25 de diciembre.

- De acuerdo, te lo prometo, dijo Benjamín y se dispuso a hacer todos los preparativos para el viaje.

Al llegar la Nochebuena, el día 24 de diciembre, se despidió de todos y se dispuso a bajar del Cielo. Fue volando entre las nubes moviendo sus alitas muy deprisa pues hacía un frío……y es que estaba empezando a nevar.

Se cruzó con los renos de papá Noel que iban corriendo a toda velocidad surcando el cielo tirando del trineo y oyó a papá Noel que desde lejos le saludaba:

- Oh oh oH hasta luego chiquitín, voy corriendo, no me puedo parar pues aún me quedan muchos niños a los que dejar su regalo.

- No te preocupes papá Noel voy a casa de unos niños, así que ya te veré luego, dijo Benajamín.

y siguió bajando y bajando y, según se acercaba a las casas empezó a volar más despacito para ver en qué casa se iba a meter. Fue volando mirando por las ventanas y por fin se decidió por una casa en la que vivían dos niños. El mayor se llamaba Felipe y tenía cinco años y ya era muy bueno y responsable y el pequeño, se llamaba Adrián, pero en casa todos le llamaban “piquirriqui”. Era muy rico, pero un poco llorón y caprichoso. Claro, es que sólo tenía tres años recién cumplidos….

Pero al angelito Benjamín, cuando los vio tan dormiditos en su cuarto, le parecieron unos niños adorables y decidió quedarse en esa casa.

Buscó un hueco de la ventana que estaba abierto y por allí se metió, fue volando volando por el pasillo hasta que llegó a la puerta del salón de la casa, allí se paró y cuando empujó la puerta para entrar, se quedó sin palabras: ¡¡¡¡Allí había el árbol más bonito que había visto en su vida!!! Era tan grande que casi llegaba al techo, estaba lleno de bolas que brillaban y de luces de colores y abajo del todo estaba lleno de los regalos que había dejado papá Noel esa noche.

De pronto, Benjamín oyó unos pasos que se acercaban corriendo al salón y las risas de los niños que venían cantando: 25 de diciembre fun fun fun. 25 Ya es Navidad!!!.

El angelito buscaba desesperado dónde esconderse para que no le vieran y no se le ocurrió nada mejor que quedarse muy quieto con las alas extendidas en lo alto del árbol de navidad como si fuera una figurita más.

Los niños entraron corriendo al salón, seguidos de sus papás y gritaron: Mirad! Ha venido papá Noel. Mamá, papá ¿podemos abrir ya los regalos?.

Sí claro, dijeron sus papás, mira en este paquete pone tu nombre y en este otro pone el nombre de tu hermano.

Los niños abrieron todos los regalos, papá Noel les había traído lo que habían pedido y estaban muy contentos.

Benjamín los miraba desde lo alto del árbol sin mover ni un pelo para no ser descubierto pero, estaba tan feliz viéndoles, que no pudo evitar soltar unas risitas de felicidad.

Entonces, Adrián, el niño más pequeño, le vió y empezó a gritar:

- Mamá, mamá ese angelito es de vedáaa, le he visto reírse.

- Pero que cosas tienes, piquirriqui, es un angelito de cerámica, ¿cómo se va a reír?. Anda sigue jugando con tus juguetes nuevos.

Sin embargo, los niños al ratito de estar jugando empezaron a discutir:

- Déjame el tren.

- No, es mío.

- Eh! no cojas mi patinete, papá Noel me lo ha traído a mí.

- Mentira que es mío.

- ¡No toques mis fichas que me las vas a romper!.

- Pues si no me lo dejas, me enfado y ya no juego contigo y acabaron los dos enfadados, cada uno en un extremo del salón.

- ¡¡¡Se acabó!!! Dijeron mamá y papá enfadados,

- Ahora mismo vamos a meter todos los juguetes en una bolsa y vamos a regalárselos a los niños que no tienen casa y Papá Noel no ha podido dejarles nada.

Felipe y Adrián se pusieron a llorar, sus padres les reñían enfadados y de pronto Adrián se dio cuenta de que le había caído una gotita de agua en la mano, miró hacia arriba y vio que eran las lágrimas de Benjamín.

Se calló de inmediato y acercándose a su hermano le dio un besito y le dijo: Perdón!!! A la vez que le dejaba su patinete nuevo.

El hermano mayor, que era muy bueno y responsable, le dio un super- mega abrazito “Crunch” y le dijo. Jugaremos los dos con todo por turnos, primero tú y luego me toca a mí, ¿vale?.

- Muy bien, hijos, así se hace!!!, dijeron los papás muy contentos y ahora ¿qué os parece si en esta bolsa metemos los juguetes que queráis y nos vamos a regalárselos a los niños que no han tenido tanta suerte esta Navidad?.

El niño pequeño miró de reojo al angelito y vio que le sonreía y que le guiñaba un ojo y cuando al día siguiente todos andaban como locos buscando al angelito del árbol que había desaparecido y su máma le preguntó: piquirriqui ¿Has cogido tú el angelito que había en el árbol?

- El dijo muy convencido: No, se fue muy contento volando, volando, hasta el cielo.

Reflexión de hoy



Lecuras



Queridos hermanos:
Os anunciamos el mensaje que hemos oído a Jesucristo: Dios es luz sin tiniebla alguna. Si decimos que estamos unidos a él, mientras vivimos en las tinieblas, mentimos con palabras y obras. Pero, si vivimos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos unidos unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia los pecados.
Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y no poseemos su palabra.
Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por os nuestros, sino también por los del mundo entero.



Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
-«Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta.
«Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.»
Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos.
Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías:
«Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven.»


Palabra del Señor.

Los Santos Inocentes

Apenas llega Cristo a esta tierra, que era suya, cuando los hombres le quieren arrojar de ella. Sus primeros adoradores fueron los pastores; su primer perseguidor, un rey a quien la Historia ha llamado Herodes el Grande. Fue grande por sus infamias, por sus vicios, por su ambición, por su lujuria. Fue uno de los monstruos más grandes que han existido. Usurpador, desconfiado hasta la ridiculez, avaro hasta la miseria, adulador del César, repugnante y hediondo, este bárbaro del desierto de Edom traicionó a sus antiguos señores; mató a su mujer, a su madre, a sus hijos y a sus hermanos; se divertía en ver cómo chisporroteaban en las llamas los judíos más ilustres, y tales eran los suplicios con que atormentaba a sus víctimas, que, como decían a Augusto los embajadores de Jerusalén, los vivos envidiaban la suerte de los muertos. Aquel reino que había ganado con la sangre, sólo con la sangre se podía conservar. El carácter que Josefo nos pinta es el mismo del Evangelio.

Cuando Jesús nació, Herodes era ya viejo, y como todos los viejos malhechores y los príncipes nuevos, el temblor de una hoja le hacía estremecer. Supersticioso, como todos los orientales, crédulo en agüeros y presagios, se alarmó ante la noticia que le trajeron los tres misteriosos personajes guiados desde la Caldea lejana por el resplandor de una estrella. El más ridículo pretendiente le hacía temblar; y he aquí que en el corazón de su reino acababa de aparecer un nieto de David.

—No dejéis de traerme noticias más concretas—dijo a los ilustres extranjeros.

Pero aguardó inútilmente, y al fin comprendió que había sido burlado. Al miedo de la suspicacia se juntaba ahora la rabia del despecho. Era preciso deshacerse de aquel Rey en pañales, y para mejor asegurar el golpe, salió un edicto bárbaro, pero no más terrible que otros del tirano: todos los niños de menos de dos años que se encontrasen en Belén y sus alrededores debían ser degollados.
La orden fue ejecutada con brutalidad. San Mateo nos presenta a las inocentes criaturas arrancadas del regazo materno, a las madres haciendo resonar su llanto en los valles y las montañas, y a la misma Raquel levantándose de su tumba para juntar sus lamentos con los de las pobres mujeres desoladas: «Una voz se ha oído en las alturas; un coro de llantos y gritos espantosos; Raquel llora a sus hijos, y no puede consolarse porque ya no existen. » Nadie supo cuántos serían los niños sacrificados al tirano. Autores antiguos cuentan que Herodes quiso empezar la matanza mandando sacrificar un hijo suyo pequeño; y el hecho debió de llegar a oídos de Augusto, pues se dice que, al saberlo, exclamó el Emperador:

—Mejor es ser puerco (un) de Herodes que hijo suyo (uion).

Fue una nueva crueldad del rey advenedizo, que había sido anunciada siglos antes como una señal de la aparición del Mesías; una crueldad aun más inútil que las otras. «Entre tantos duelos—dice el poeta—, Cristo es el único que se salva.» Además, la vida se le escapaba, y con la vida, el reino. Los gusanos le roían los miembros, tenía los pies hinchados, faltábale el aliento, y un hedor insoportable salía de su boca. Era la enfermedad que el Cielo parecía destinar para los perseguidores; la de Antíoco, la de Diocleciano, la de Maximiano. Vivo aún, su cuerpo se corrompía sobre un lecho de dolores en su soberbio palacio de Jericó. En Jerusalén hablaban ya de su muerte y arrastran por el suelo el águila de oro que él había mandado colocar sobre la puerta del templo. Más de cuarenta personas son quemadas vivas en una plaza de Jericó en castigo de aquella audacia. En el delirio de los últimos días, la sangre siguió corriendo. El tirano intenta suicidarse en la mesa con un cuchillo, y para tener quien le llore en sus funerales, ya moribundo, da orden de degollar a los jefes de las principales familias hebreas.

Entre tantas víctimas, los historiadores profanos olvidaron el centenar de niños sacrificados en Belén y sus cercanías. Pero la Iglesia ha recogido su memoria con amor maternal, y apenas acaba de saludar y adorar al recién nacido de la gruta, se acerca a las cunas enrojecidas de estos pequeñuelos, no para llorar sobre ellos, sino para colocar en su frente una diadema. «Salte de gozo la tierra—clamaba San Agustín—, porque ha merecido ser madre fecunda de estos amables y valerosos soldados. Bien merecidas tienen estas santas alegrías con que hoy los recordamos, pues conocieron la dignidad de la vida perpetua antes de recibir la usura de la presente.» Y la santa liturgia, dirigiéndose a la pequeña cohorte, la saluda, diciendo: «Salve, flores graciosas del martirio, que el enemigo de Cristo tronchó en los umbrales de la luz, como el vendaval a las rosas de abril. Vosotros, víctimas primaverales de Cristo, tierna grey de inmolados, reís inocentes delante del altar, jugando con las palmas y coronas.»

martes, 27 de diciembre de 2011

¿Sabías qué... ?



El trombón de NAVIDAD


Era el día de Nochebuena y Shorty se dirigió al armario y sacó su viejo trombón de varas. Dio un par de emboladas, probó la embocadura y pegó un fuerte resoplido. Entonces, el instrumento exhaló dos lúgubres balidos.

- Cuelga el teléfono - se dijo a sí mismo -, que has vuelto a equivocarte de número...

Llegó hasta él el insistente repiqueteo del dedal de la señora Thompson sobre los tubos del radiadon Shorty tenía una patrona muy peculiar; era la solterona más recalcitrante e insoportable de todo Blessington, y no fomentaba, verdaderamente, la libertad de expresión de sus pupilos.

Shorty produjo dos notas suaves y burlonas con su instrumento. Dos trompetazos lo suficientemente fuertes y sonoros para que llegaran hasta el oído de su patrona. Aunque él jamás se hubiera atrevido a trompetearle en voz alta todo lo que pensaba de ella.

Escondió el instrumento debajo de su abrigo y se fue escaleras abajo. La señora Thompson lo abordó en el cuarto de estar.

- ¿Otra vez tocando su viejo trombón, Shorty? - rezongó.

- Voy a tocar unos villancicos - respondió él tímidamente.

- Los conos musicales lo hacen mucho mejor - repuso la patrona, con un convencimiento que no dejaba lugar a dudas -. Y si se pone usted a tocar villancicos, le echarán de la ciudad por perturbar la paz.

- Llevo cuarenta y cinco años viviendo en Blessington - añadió Shorty -, de hombre, de muchacho y... de renacuajo, y me gustaría saber quién es el guapo que va a intentar echarme de la ciudad.

- El jefe de policía Nelson ha dicho que la próxima vez que vuelva usted a tocar ese trombón, se lo quita... -dijo la adusta patrona en tono de amenaza -. Ya se lo he dicho antes: los conos musicales lo hacen mucho mejor...

- ¿Y quién le tiene miedo al jefe de policía Nelson? - concluyó Shortz burlonamente.

La señora Thompson, por toda respuesta dio un bufido y se fue a poner en marcha su cono musical. Pulsó un numero, y los discos, finisimos como obleas, de agua pesada de Venus, respondieron con una maravillosa sensación de realidad. Doscientos cincuenta mil músicos de todo el mundo habían tocado para impresionar aquellos discos. Toda disonancia quedaba eliminada gracias a las propiedades peculiares de los discos de agua venusína solidificada, de poco más de dos centímetros de espesor. Si se dispusiese de un material registrador perfecto y se supiese lo que se podía esperar del órgano de Corti, situado en la estructura helicoidal del oído humano, podría, incluso, escribirse una ecuación para la música «perfecta» de los conos. Shorty soltó un gruñido y salió a la fría noche.

Escuchó. No había luna ni estrellas. Una ligera capa de nieve cubría toda la tierra. Podía ver las luces de Blessington titilando en la nieve. Podía oír voces lejanas cantando villancicos. Cada año eran menos numerosas. Y podía oír, sobre todo, los conos musicales... Desde las casas particulares, desde los bares, desde los reductos del ejército de Salvación, la música navideña se elevaba al cielo y llenaba todo el aire.

En la calle de Grover Cleveland, se podía oír claramente la dominante vibración musical del mayor de los conos musicales de Blessington. Iba a ser una hermosa noche aquella en la iglesia de Todos los Acogidos, y el reverendo doctor Blaine trataba de enfervorizarlos con su servicio religioso a la temblorosa luz de las velas.

Aquel cono habla sido traído directamente de Venus. No era un producto de una factoría terrenal, relleno de discos de agua venusina, como el de la señora Thompson, sino un verdadero y real cono de Venus, de casi dos metros de altura, con centenares de litros de agua venusina purísima en su interior, hambrientos de música... Bastaba que este contenido del cono oyese una música cualquiera, para que se solidificase una porción del agua contenida en su interior y quedase allí, como perfección cristalizada, capturada para todos los siglos de vida del cono. Llegada la medianoche, el doctor Blaine daría la señal al sacristán. Éste pondría en marcha el excitador, y el enorme cono se pondría a emitir sus armonías por todo el valle Dominic, como una bendición extraterrena, y todos se estremecerían de deleite al oír los maravillosos sonidos del cono de Todos los Acogidos. ¡Y sabrían que ya era llegada la Navidad!

La nariz de Shorty se había congelado con el frío y sus pies se habían entumecido al avanzar por la nieve helada que crujía bajo sus pisadas. En uno de sus bolsillos se veía el bulto del paquete que llevaba para el doctor Blaine, y en el otro, el regalo de Edith. Después de eso, echaría un trago muy rápido en la taberna La Pata del Perro para alegrarse un poco por ser Nochebuena; y luego, a casa, para estar en la cama a las diez con sus oídos bien rellenos de algodón... No quería oír a los conos cantar los villancicos de Nochebuena. Él había interpretado siempre su música, y así seguiría haciéndolo siempre... No tocaría jamás para los conos musicales, como los otros imbéciles músicos de la Tierra lo habían hecho, entregando sus almas a un cachivache mecánico... Él tenía algo mejor dentro de sí.

Todavía no había salido al exterior, pero algún día se lo mostraría a todos. Cuando estuviese preparado. Ninguna de aquellas interioridades de los conos cambiaba y borraba como sabían hacerlo las suyas propias, porque habían oído armonía, una armonía mejor...

Pasó resueltamente por delante de la puerta de La Pata del Perro. Había tiempo después. Algunos ciudadanos entraban ya en aquel momento para pasar alegremente la Nochebuena, y uno de ellos preguntó a Shorty cuánto tardarían en reparar su aerocoche en el garaje y cuándo estaría listo. Siempre que Shorty tenía que hacer una reparación particular, como en esta ocasión, balbucía algo acerca de las piezas que habla que obtener « de estraperlo ». El ciudadano hacia girar sus ojos y se encogía de hombros mientras sus compañeros reían...

- Cuando vinieron los conos musicales, perdimos un buen músico y ganamos un pobre mecánico - dijo uno -' ¿No es verdad, Shorty?

- No me hablen de los conos musicales... Ellos han labrado mi ruina...

- ¿Adónde va usted con ese viejo trombón, Shorty? - preguntóle otro -. Si le ve a usted el jefe de policía con ese trasto, me parece que lo va a meter en chirona...

- Que lo intente - cortó Shorty decidido.

Se topó con el jefe de policía una manzana antes de llegar a la iglesia. Nelson lo detuvo.

- Vamos a ver, Shorty. El pasado día 4 de julio le dije a usted que no volviese a tocar ese cacharro ni a perturbar la paz.

- Pero... si no lo estoy tocando...; sólo lo llevo conmigo.

El policía se sopló las manos y pateó el suelo con sus pies para hacer entrar en calor ambas extremidades, mientras su rostro estaba rojo, iluminado por el resplandor de las guirnaldas luminosas que servían de adorno a la noche navideña, tendidas allá arriba, sobre las luces del alumbrado público.

- Si un hombre lleva un revólver, lo natural es que sea para hacer uso de él... - repuso.

- Este instrumento es de mi propiedad privada y personal...

- También yo tengo mis derechos - replicó el jefe de policía -: proteger la paz. Ese malhadado instrumento suyo siempre la perturba cuando se toma usted dos «especiales» en La Pata del Perro. Así que entréguemelo...

-No, no lo haré...

- Se lo devolveré a usted mañana, Shorty. Prefiero meter en la cárcel al trombón, como medida de seguridad, que tener que meterlo a usted.

- ¡Váyase al infierno!

- Puede que me perdonen por haber mantenido el orden con mi medida preventiva - repuso el jefe de policía. Sus brazos fornidos arrebataron el trombón que tenía Shorty fuertemente aferrado. Éste balbuci6 algo incoherente e intentó atacar al mantenedor de la ley, pero resbaló en la nieve y cayó al suelo.

- Continúe con su negocio de reparaciones - dijo el jefe de policía marchándose triunfante con el trombón.

El viento frío y punzante penetró en sus ojos, que se llenaron de lágrimas mientras volvía a ponerse en pie en la calle solitaria. Sintió frío y se sacudió la nieve que habla quedado adherida a sus ropas... Y evocó aquellos tiempos en que tocaba para todos sus conciudadanos en todos los actos públicos o privados... Aquellos tiempos en que tocaba el órgano en las bodas (incluso en la de Nelson) y en los funerales (había sido un placer oírle emitir aquellos quejidos lastimeros a aquel viejo camarada), y luego dejaba el coro para tocar música alegre para los bailarines locales. Pero eso era antes de los conos musicales...

Un tufillo de cena de Nochebuena llegó hasta su nariz al avanzar por la calle donde se hallaba la iglesia. Todos estaban ocupados, febriles, alegres, fuera de sí con la Navidad. Pero para él era una agonía.

El doctor Blaine le sonrió al entrar en el escritorio, sonándose porque el calor de la estancia le había hecho fluir la nariz.

- Me alegro mucho de verle en Nochebuena - dijo el clérigo, sonriendo bondadosamente -. Como en los viejos tiempos, cuando teníamos el coro y el órgano...

Shorty le entregó su aguinaldo, recibiendo él otro regalo en justa correspondencia.

- Estoy seguro de que hoy volverá a echar de menos aquellos servicios religiosos de Nochebuena - evocó Shorty -, con la iglesia llena de gente, todos poseídos de ese sentimiento especial que da la ocasión, de la importancia de las condecoraciones; el coro, preocupado y nervioso por el programa extraordinario, que se hace interminable ante el temor de equivocarse, de dar mal una nota, cuando todos desean que salga perfecto...

- Me temo mucho, Shorty, que el significado que tiene para usted la Navidad sean las golosinas que se reparten en la rectoría a la una de la noche sonrió el doctor Blaine -. No se trata de una representación, Shorty... Es algo que tiene que ver con Cristo..., ¿comprende?

Shorty se sintió mejor después de la reprimenda. Verdaderamente, el doctor Blaine era un buen pescador de almas. Y se sentía un gran consuelo cuando alguien se preocupaba de uno...

- Sí, reverendo, lo comprendo...

- ¿Va a venir, entonces, al servicio de Nochebuena esta noche, Shorty?

El interpelado frunció el entrecejo, y dijo, todavía resentido:

- Ahora tiene usted su cono musical... El doctor Blaine le cogió por el brazo y lo llevó con él al interior de la iglesia. Allí estaba el único cono verdadero de Blessington, de casi dos metros de altura. Un montículo cónico de una blancura inmaculada, como si continuase estando en Venus. « Vivía » con el sonido, sin voces dominantes, sin explosiones, sin disonancias. «Vivía» con la música, añadiendo a su repertorio todos los sonidos agradables que oía, hasta que toda su agua se solidificaba, y entonces ya no podía oír ni recordar más.

Cerca de él estaba el cono excitador, un magnetófono casero corriente con forma de cono, que producía las primeras notas en el tono deseado y luego las entregaba amplificadas al cono musical, el cual las reproducía a la perfección, sin escamotear un solo armónico de todos los músicos o cantantes que habían tocado o cantado para él. Un decibelio de ganancia, y si se ponía el pequeño cono excitador alto, el cono venusino elevaba tanto su volumen que podía estremecerse la iglesia en sus cimientos, desparramando sus tremulantes armonías por toda la extensión del valle Dominic.

- Aquí - dijo el doctor Blaine - tengo a todos los grandes artistas que han impresionado música de Navidad, Shorty. Las mejores voces y los mejores conciertos...

-Lo sé...

- La gente necesita el solemne aparato de la música sacra para comprender el espíritu navideño en estos tiempos comerciales.

- Sí...

- Este cono era un pequeño montículo de Venus la noche en que Cristo nació en Belén, Shorty. Hace veinte años que está en la Tierra, incorporando la música sacra más bella y más pura a su ser.

- Sólo hace cinco años que está en Blessington - intervino Shorty -, mientras que yo llevo aquí cuarenta y cinco, como hombre, como muchacho y como molécula...

El doctor Blaine suspiró.

- A nadie le interesan ya el viejo coro y el viejo órgano, Shorty. Cuando toca el cono regresamos, a través de los siglos, hasta Belén, contemplamos los milagros a la orilla del mar Rojo, estamos en el Cenáculo la noche de la última Cena y caminamos con Cristo por la vía de la Amargura hasta el Calvario...

- Un par de veces yo también conseguí arrebatados a todos con ese viejo órgano que tiene usted arrinconado en el sótano.

- ¿Y por qué no tocas para el cono, Shorty? - dijo el doctor Blaine -. Toca para el cono y hazle oír y recordar tus notas para que las conserve con las de los músicos más grandes del mundo.

Shorty se aclaró la garganta.

- Estaba pensando decirle a usted, reverendo... He estado mirando hoy su aerocoche... Necesita una pala nueva para el rotor.

En el silencio que siguió, el doctor Blaine se encogió de hombros y luego atravesó la nave de la iglesia y abrió las vidrieras de cristales policromados que había detrás del cono. Shorty sabía perfectamente por qué hacía eso. Faltaba ya poco tiempo para que el cono empezase a expandir por todo el valle sus notas armónicas. Era gracioso: a nadie se le había ocurrido jamás, en los viejos tiempos, abrir las vidrieras para que la música del viejo órgano saliese al exterior. Y era tan buena como ésta... Un cantor de coro resfriado...

- Has perdido muchos amigos en estos últimos años, Shorty - prosiguió el doctor Blaine -. Hasta Edith dice que no haces más que atormentaría. Creo que necesitas venir a la iglesia...

- Es una creencia, reverendo - dijo Shorty sin convicción alguna. Luego, se volvió para desear -: ¡Felices Pascuas!

- ¡Felices Pascuas! - dijo el doctor Blaine con acento triste viéndolo marchar.

Edith usaba flequillo. Y a su cara redonda no le sentaba nada bien. Pero hacía ya mucho tiempo que Shorty había dejado de fijarse en la cara de Edith, porque debajo de su barbilla ella era toda una mujer. Tenían una ponchera llena de ponche de Navidad y tomaron una copa. « Después de todo -pensó él, - está muy bonita con su vestido nuevo de Pascua».

_ _- Estoy pensando que voy a ir a la iglesia de Todos los Acogidos esta noche - dijo Edith -. ¿Y tú, qué vas a hacer?

- Yo estoy pensando en asaltar la cárcel...

-¿Por qué?

- Porque han arrestado a mi trombón.

Los ojos de ella se burlaron de él.

- No te preocupes más de tu trombón, muchacho... Cuando el cono de Todos los Acogidos se ponga a tocar, a nadie se le ocurrirá prestar atención a tu absurdo instrumento.

- Pues en otros tiempos...

- ¡Deja ya eso, Shorty! En otros tiempos tú eras algo más que un simple mecánico, reparador de aerocoches. Entonces te presentabas ante el pueblo y tocabas tu música para él. Pero ahora no eres más que el viejo Shorty, mecánico del taller de reparaciones de aerocoches, con una pensión de músico jubilado...

El rostro de Edith tenía un gesto increíblemente dulce, iluminado por el resplandor opaco y multicolor de las luces del árbol de Navidad, un buen árbol artificial con proyecciones en forma de bombillas eléctricas que formaban parte de la misma planta y, sin embargo, se encendían como luces de colores, más hermosas que las de los árboles de Navidad que estaban de última moda. Y estaba aprobado, además, por la unión de aseguradores, pues el árbol generaba por sí mismo la corriente eléctrica necesaria para su servicio y estaba construido a prueba de golpes.

- ¿Qué estás intentando decir?

- Quizá que estoy cansada de esperar en vano algo que no acaba de llegar... Quizá que voy a ir a la iglesia esta noche, sea como sea, con... Del Gentry.

- Creo que es perfectamente legal - dijo Shorty -, siempre que me libres de esa fiesta de Año Nuevo en Kingsbury.

- El día de Año Nuevo voy a ir a la fiesta de Del Gentry - repuso Edith -. Estoy cansada de tener por compañía a un viejo y amargado reparador de aerocoches...

Él no pudo contenerse y derribó el árbol de Navidad de un violento manotazo. Ella, entonces, se sentó con una sonrisa fija en su rostro, su copa de ponche ante sí y sus brazos apoyados sobre la mesa. Como alguien que ha dicho algo mucho tiempo esperado.

- ¡Fónico! - gritó Shorty exaltado -. Como los conos musicales... ¡Todo es fónico!

- Pues claro que sí - exclamó ella-. Todo lo que ha sido inventado desde que tenias veinte años, es fónico, Shorty. Pero el mundo sigue progresando. Ese árbol es mejor que los antiguos, y los conos musicales hacen mejor música que la vieja música...

Shorty arrancó de su estuche el pequeño cono musical casero que estaba encima del aparador y lo hizo pedazos contra la pared. Los pequeños discos en forma de oblea, que almacenaban la música más bella jamás oída, rodaron por el suelo describiendo círculos caprichosos.

Edith no se movió.

- Ya nunca tendrás veinte años, Shorty, y jamás volverás a aspirar deleitándote el aroma embriagador de los manzanos en flor en primavera...

- ¡Yo tengo un alma! - vociferó Sborty ya fuera de sí-. ¡No soy un reparador de aerocoches!

- Tú tienes un yo - repuso ella.

Shorty, aturdido, salió corriendo de la estancia dando un portazo.

- ¡Felices Pascuas! - murmuró Edith mansamente.

El jefe de policía Nelson estaba en la taberna La Pata del Perro. Shorty se fue directamente a la cárcel y se sentó a la mesa de despacho con el alguacil.

- ¡Hace frío afuera!, ¿eh? - exclamó éste.

- Sí...-. Las manos de Shorty habían dejado, al fin, de temblar.

- Dijo el jefe que andaría usted rondando por aquí - agregó el alguacil-, y que le dijese que no podía tocar el trombón.

- ¿Quién habla de tocar trombones?

- inquirió Shorty -. Yo tengo mi pensión de músico jubilado.

El alguacil se inclinó hacia delante. No había nadie en la cárcel y estaba aburrido. Y parecía que se presentaba una diversión.

- ¿Qué pensión es esa...?

- Cuando llegaron de Venus los conos musicales, las compañías líricas tuvieron la noble idea de darle a cada uno de los que poseían una tarjeta de músico profesional la cantidad de « pasta» necesaria, según sus cálculos, para vivir razonablemente, en forma de pensión vitalicia. Y además subvencionaron a las escuelas de música para que los chicos...

-¿Sub... qué?

- Dieron « pasta»... - explicó Shorty, abreviando - para que los chicos que quisieran aprender música tuvieran la oportunidad de tocar... para los conos musicales. Luego, los conos engullen su música, y se atiborran con el producto de los jóvenes talentos. Mientras los gobernantes siguen comprando nuevas armonías para alimentarlos... Pero ya no hay música verdadera, creada por un genio musical e interpretada en toda su pureza, sino música adulterada...

- ¿Y nunca tocó usted para los conos?

- ¡Nunca!... Me lo pidieron, pero siempre he rehusado: no me agrada... Si uno se pone a tocar delante de un cono verdadero, su música quedará grabada en él para siempre. Pero los conos musicales sólo registran lo mejor de su música y eliminar el resto.

- Se encogió de hombros -. Sorben el alma que el artista pone en la música. Yo todavía conservo mi propia estimación, aunque sólo toque para mi...

Con astuta facilidad, Shorty abrió sigilosamente con la punta del pie el último cajón de la mesa de despacho del jefe de policía y vio brillar en su interior el cristal de una botella.

- Yo no sé... - intervino el alguacil -, pero cuando mi cono musical toca una melodía triste, me parece que me entran ganas de llorar. Y si la melodía es alegre, me hace reír. No soy demasiado aficionado a la música, pero estos conos me hacen vibrar más que la música antigua.

- ¿Y por qué no? Ellos se han apoderado de las almas de todos los mejores músicos de la Tierra...-. Shorty atisbó el interior del cajón-. Parece que hay aquí una botella... - dijo.

El alguacil atisbó a su vez.

- ¡Oiga!... ¡Tiene usted razón!

- Y parece una botella de whiski...

- prosiguió Shorty.

El gesto de la cara del alguacil era casi angelical.

- Pues claro que lo es... - exclamó entusiasmado -. ¿Cómo habrá venido a parar esa botella a esta vieja cárcel?

- Pues está al alcance de la mano - insinuó Shorty.

- Por Dios que sí - dijo alborozado el alguacil, alcanzando la botella.

Entonces Shorty, al agacharse su interlocutor, le golpeó en la nuca. El hombre no dijo ni Pío y cayó de bruces al suelo, inconsciente, mientras su agresor murmuraba «¡Felices Pascuas!» y registraba los bolsillos de su víctima en busca de las llaves de la caja de seguridad del jefe de policía Nelson.

Era medianoche. Shorty se hallaba bonitamente en el valle, fuera de la ciudad. La luna era llena y grande y brillaba extrañamente en un cielo de azul Purísimo La nieve pulverizada le entumecía los pies; el aire frío penetraba en sus pulmones como agujas sutiles que los punzaban dolorosamente. El trombón se notaba también frío bajo los guantes. Allá lejos podían verse las luces de las puertas y las ventanas de la iglesia de Todos los Acogidos danzando en la noche.

De repente, se le ocurrió pensar en sí mismo: « ¿Qué estoy haciendo aquí solo?», - se preguntó. Y se contestó a sí mismo -:

«He salido de la ciudad para tocar una vez más mi trombón». Sus manos temblaban de frío y de emoción al quitarse los guantes.

«Al hombre le gusta tocar el trombón; el hombre tiene que tocar el trombón », - dijo, dirigiéndose a un conejo que había irrumpido en escena, saliendo de debajo de una mata y volviendo a retirarse de nuevo rápidamente.

Contempló las silenciosas colinas cubiertas de nieve y luego se volvió hacia las luces familiares de la iglesia de Todos los Acogidos y comprendió que ésta iba a ser la última vez que tocase el trombón. «De no ser así, te hubieras ido a las montañas a ocultarte» - se dijo a sí mismo.

Dio un potente resoplido al instrumento. Sonaba realmente fuerte. Y se estremeció de sorpresa cuando oyó que el cono musical en la iglesia le contestaba en la misma forma.

Shorty hinchó su pecho con el aire puro del valle. Recordó todos los años pasados en la iglesia y cómo se habían ido y se sintió triste. Para alejar de sí la melancolía, decidió tocar algo alegre, e inició Gozo en el mundo. Y aunque las notas salían de su instrumento tristes y melancólicas, él se sentía cada vez más alegre, más dueño de sí y soplaba con todas sus fuerzas... «¿Qué te parece esto, cono? », preguntó en voz baja.

Y como si le respondiese, el cono musical, desde la lejana iglesia, le devolvió las notas de Gozo en el mundo. Sorty se quedó estupefacto, porque el cono había captado claramente algunas de sus propias notas. Y pudo ver a algunos de sus conciudadanos, todavía fuera de la iglesia, que se volvían hacia la colina donde él estaba. Por Dios que debían de haberlo oído. Y el cono también. El viejo Blaine debía de haber girado el cono hacia las ventanas cuando oyó aquel trompetazo de desafío.

Sintió frío y calor al mismo tiempo en su interior. Pensó que todo era mudable y nada realmente eterno y que pronto iba a tener la última oportunidad de tocar su propio trombón. Se sintió aturdido por un sentimiento de ira, de burla y de tristeza, y de repente comprendió que su música era mala, verdaderamente mala. Algo le hacia emprender un nuevo camino, un camino dignificado, el camino verdadero...

Noche en calma. Ni demasiado fuerte ni demasiado suave. Firme y claro y seguro. Comenzó a llorar al oír su propia música. No pudo evitarlo. El tono era melancólico y noble, y parecía abarcarlo todo y la circunstancial opresión que sentía en la garganta le daba al viejo instrumento un trémolo que antes nunca había tenido:

Noche en calma, noche santa, noche de felicidad...

El cono permanecía silencioso, escuchando. Shorty podía sentir materializada su presencia. Un momento antes había estado explorando el valle con sus notas. Y ahora estaba comparándolas con las que emitía el viejo trombón tocado magistralmente por el antiguo organista.

«Suavemente, muy suavemente, hubo de perra - le dijo éste -. ¡Shorty, por Dios, que ahora es cuando vamos a conseguirlo! ».

Durante cuarenta y cinco segundos alcanzó el plano artístico con que había soñado toda su vida. Durante cuarenta y cinco segundos interpretó una música que jamás había sido interpretada antes por ningún ser humano ni extrahumano, ni volvería a ser interpretada jamás. Era uno de esos momentos en que todo parece congregarse para que algo salga perfecto. Aquella música era clara y limpia y, al mismo tiempo, humana y divina...

Noche en calma, noche santa, noche de felicidad, con el Niño la Virgen está, el Dios Niño que nos trae la paz...

Una vez que terminó, dejó pasar un tiempo prudencial para empezar de nuevo, empleando su viejo instrumento como un excitador del cono. Luego, se quedó silencioso, con la embocadura del trombón todavía en sus labios, incapaz de moverse.

Y entonces llegaron hasta él, durante cuarenta y cinco segundos, aquellas notas dulces, tiernas, suaves, inolvidables, sin añadir ni quitar nada a aquel solo del viejo trombón. En la réplica del cono musical no había más sonido que el suyo propio, el de la música que acababa de interpretar, poniendo toda su alma, en su querido instrumento. El cono habla escuchado en silencio y había comparado aquella música con la que tenía almacenada después de varios siglos de experiencia. Y habla comprendido que era buena - toda ella - y no tenía que añadir ni quitar nada...

En Belén, en Venus y en todo el espacio creado aquella música era la perfección materializada.

Shorty retiró sus labios del tromb6n y lo apartó de sí todo cuanto pudo. No habla necesidad de tocar más...

Teniendo influencia o amigos, se puede asistir a los famosos servicios religiosos de la iglesia de Todos los Acogidos, de Blessington, en los que se interpretan los famosos solos de música de trombón. Lo que ya es más difícil es asistir a esos servicios el día de Nochebuena. Cuando se interpreta la versión original de Noche en calma en el trombón de Navidad, todo el que la oye se siente verdaderamente dichoso, porque esa melodía penetra en nuestro ser inundándolo de una sensación hasta entonces desconocida que jamás se puede olvidar. Se han impresionado millones de discos para los magnetófonos caseros, pero no es lo mismo...

Y si se mira allí hacia la derecha, se ve un hombrecillo rechoncho, sentado en un banco particular, llevando el compás con la cabeza y sonriendo. Cuando tocan el trombón de Navidad todos los habitantes de Blessington miran hacia él con cierto temor. Y su esposa, Edith, sonríe burlonamente. Y hace bien en sonreír. Aquel hombre es Shorty Williams, el mejor reparador de aerocoches del valle Dominic, y el hombre que enseñó a los conos musicales cómo se tocan los villancicos...