domingo, 9 de febrero de 2020

Reflexión de hoy

Lecturas


Esto dice el Señor:
«Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas; ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor, y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”.
Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía».

Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.
También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo».

Palabra del Señor.

San Sabino de Canosa


En Canosa, de la Apulia, san Sabino, obispo, que fue amigo de san Benito y legado de la Sede Romana en Constantinopla, para defender la fe auténtica ante la herejía monofisita (c. 566).

La historia de Sabino es bastante difícil de desembrollar, no sólo porque está recargada de leyendas, sino también porque hay otros dos santos del mismo nombre en el "Acta Sanctorum" el 9 de febrero y algunos puntos de sus vidas son tan semejantes, que parece que se han confundido. Uno de ellos fue un obispo que asistió a la consagración del santuario de San Miguel en el Monte Gárgano, en 493, y fue sepultado en Atripaldo, mientras que nuestro santo vivió después y su cuerpo fue enterrado en otro lugar.

Nació en Canosa en Abulia [Canosa en Apulia (Canusium) es completamente diferente a Canóssa, no lejos de Parma, famosa en la vida del Papa San Gregorio VII]. Desde su juventud no aspiraba sino a las cosas de Dios, y no deseaba en absoluto el dinero, excepto como medio para ayudar a los pobres, cosa que hacía con suma generosidad. Llegó a ser obispo de Canosa, y tenía amistad con la mayoría de los hombres prominentes de su tiempo, incluyendo al mismo San Benito, quien parece que le predijo que Roma no sería destruida por Totila y los godos. El Papa San Agapito I lo envió a la corte del emperador Justiniano para apoyar al recién nombrado patriarca, San Mennos contra el hereje Anthimus y asistió al concilio que presidió Mennos en el año 536. En su camino de regreso, pasó por Lycia, visitó la tumba de San Nicolás en Myra, donde se le mostró el santo en una visión.

En su ancianidad, Sabino perdió la vista, pero fue dotado de gran luz interior y del don de profecía. Se cuenta que Totila, deseando poner esto a prueba, persuadió al copero del obispo para que lo dejara ofrecerle la copa del brindis al santo ciego. No bien Sabino asió la copa exclamó, "Viva esa mano" y desde entonces Totila y sus cortesanos lo consideraban como profeta.

Otra ocasión en que demostró su poder de profecía fue cuando su arcediano Vindimus, que ansiaba obtener el obispado, deseando apresurar su muerte, indujo al copero a poner veneno en la copa del anciano. San Sabino dijo al joven, "Bébelo tú; yo sé lo que contiene." Entonces, cuando el copero retrocedió sobresaltado, el santo tomó la copa y la apuró diciendo: "Beberé esto, pero el instigador de este crimen nunca será obispo." El veneno no lo dañó en absoluto, pero el que había querido ser su sucesor murió en aquella misma hora en su casa a 4 Km. de distancia de allí. San Sabino murió a los cincuenta y dos años de edad, y su cuerpo fue trasladado posteriormente a Bari, donde parece que estuvo olvidado algún tiempo y fue redescubierto en 1901.

sábado, 8 de febrero de 2020

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, el rey Salomón acudió a Gabaón a ofrecer mil holocaustos sobre aquel altar, pues era aún el santuario principal.
Aquella noche el Señor se apareció allí en sueños a Salomón y le dijo: «Pídeme lo que deseas que te dé».
Salomón respondió: «Has actuado con gran benevolencia hacía tu siervo David, mi padre, porque caminaba en tu presencia con lealtad, justicia y rectitud de corazón. Has tenido para con él una gran benevolencia, concediéndole un hijo que había de sentarse en su trono, como sucede en este día.
Pues bien, Señor, mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo ésta en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre bien. Pues, cierto ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tan inmenso?». Agradó a Señor esta súplica de Salomón.
Entonces le dijo Dios: «Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra: te concedo, pues un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti. Te concedo también aquello que no has pedido, riquezas y gloria mayores que las de ningún otro rey mientras vivas».

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco».
Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.
Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

Palabra del Señor.

Beata María Esperanza de Jesús


En Collevalenza, en la provincia de Perugia, Italia, beata María Esperanza de Jesús (Alhama Valera), virgen, fundadora de las congregaciones de las Esclavas del Amor Misericordioso y de los Hijos del Amor Misericordioso.

Nació en Santomera (Murcia) en el seno de una humilde familia de jornaleros. En una tierra pobre, el analfabetismo era la regla general del ambiente a finales del siglo XIX y principios del XX. Siendo la mayor de nueve hermanos, Mª Josefa entró muy joven a servir en casa de un adinerado comerciante de Santomera, José Fernández, más conocido como Pepe Ireno. Durante esos años, Madre Esperanza aprendería las primeras letras gracias al interés de los hijos de Pepe. 

El 15 de Octubre de 1915 entró como religiosa en el convento de clausura de las “Hijas del Calvario” en Villena (España). Esta Congregación fue agregada al Instituto de las “Misioneras Claretianas” el año 1920, hoy llamadas Hijas de la Enseñanza de María Inmaculada. Sería en esos años cuando Madre Esperanza comenzó a cultivar su formación humana y espiritual.

Madre Esperanza fue enviada años más tarde al convento de Vélez Rubio, dedicándose a la enseñanza de niños. Al transcurrir un año de este nuevo destino fue trasladada, esta vez a Madrid, donde residió con los Padres Claretianos, congregación de la que también sería separada más tarde.

El motivo de estos continuos traslados era la incertidumbre de la Santa Iglesia ante Madre Esperanza como consecuencia de los hechos observados en su persona. Se decía que se habían notado en ella algunas “cosas sobrenaturales”, tratando de determinar si estos hechos provenían de Dios o sólo eran “engaños o fantasías”. Ante esta tesitura se pone a la Madre Esperanza bajo observación del Santo Oficio, pero pronto se decide dar el voto de confianza a una persona que había demostrado su dedicación a Dios y su buena voluntad.

En la Nochebuena de 1930 salió de este Instituto para fundar, en Madrid, la Congregación de las Esclavas del Amor Misericordioso, una congregación que acogía a pobres y niños.

En un minúsculo piso de la calle de Velázquez, en Madrid, con el apoyo económico de la condesa de Fuensalida, y la asistencia espiritual del sacerdote Esteban Ecay, Madre Esperanza de Jesús puede emitir sus votos con unas pocas Hermanas que la han seguido en la naciente Congregación de Esclavas del Amor Misericordioso. 

Los niños serán los primeros beneficiarios y también los pobres, los ancianos y los sacerdotes. Y sin embargo, la incomprensión, la oposición y la persecución seguirán acechando. Seguirá el rosario de pruebas que marcan la especial presencia de Dios en las almas realmente grandes. El Obispo de Madrid, niega su bendición y aprobación y ordena y manda que nadie la ayude y colabore con ella.  No teniendo permiso para tener el Santísimo en la capilla, durante 30 años, niñas y religiosas desfilaban cada mañana hasta la parroquia más próxima. A pesar de todos los obstáculos, al poco tiempo se expandieron por diversos puntos de la geografía española conventos de esta congregación.

Con el estallido de la contienda civil española y los prolegómenos de la II Guerra Mundial, la santomerana viaja a Roma en 1936. Allí tiene que defenderse ante el Santo Oficio de acusaciones y difamaciones sobre su persona y sobre la Congregación recién nacida. 

Cuando estalló la II Guerra Mundial se entregó al cuidado de los heridos afectados por los bombardeos y de las víctimas de la guerra. Fue en estos momentos cuando se ocupó de proporcionar alimentos a aquellos que entonces nada tenían. Durante esos difíciles años no sólo estará dedicada a estos avatares, sino que también procede a nuevas fundaciones de conventos en territorio italiano.

La fundación de una nueva Congregación de los Hijos del Amor Misericordioso en la ciudad italiana de Collevalenza el 15 de agosto de 1951 fue un punto clave en la trayectoria biográfica de Madre Esperanza. Fue en esta ciudad, perteneciente a la diócesis de Todi, donde Madre Eperanza se establece definitivamente.

Desde allí la devoción del Amor Misericordioso conocerá un rápido desarrollo y expansión por Italia, al igual que años atrás lo había conseguido por distintas partes de España. Consagró y dedicó toda su vida al Señor y a la misión de darlo a conocer, a todas las personas, como un Padre y una tierna Madre.

Con objeto de difundir el concepto de la gran amabilidad de Dios y de su ilimitado Amor para con los hombres, realizó en Collevalenza (Italia) el Santuario del Amor Misericordioso, donde Madre Esperanza consumará su vida dedicada íntegramente a la ayuda a los más necesitados. La Madre Esperanza tenía experiencias místicas, construyó el Santuario confiada en la Divina Providencia y obedeciendo a la voluntad de Dios, que por expreso pedido de Él e indicando un lugar preciso por medio de la religiosa, se excavó un pozo de 122 metros de profundidad donde salió el agua descrita por Jesús: “esta es el agua de mi misericordia”. Allí construyó piscinas para que los enfermos puedan bañarse pidiendo la curación tanto física y del alma. También hay una fuente donde pueden tomar el agua.

Atendió a los peregrinos que se acercaban hasta el santuario, escuchándolos y dándoles consejo y consuelo. Se llega a decir de Madre Esperanza que “su corazón vivía en el cielo pero sus pies estaban en la tierra”. San Juan Pablo II, el mismo año que publicó su Encíclica “Dives in Misericordia”, visitó el Santuario el 22 de noviembre de 1981, en su primera visita fuera del Vaticano luego del atentado que sufrió el 13 de Mayo, para dar gracias al Amor Misericordioso: “Hemos venido en visita a este santuario porque a la misericordia de Dios somos deudores de nuestra salud”.

Su vida estuvo señalada por diversas enfermedades de las que solía sanar, muchas veces bajo el asombro de los médicos que la curaban. Sólo la enfermedad que la acechó en los últimos días de su vida acabó con la la labor de Madre Esperanza en la tierra, a la edad de 90 años. Falleció el 8 de febrero de 1983 en Collevalenza, un pueblecito del Municipio de Todi en Roma. Sus restos mortales descansan en la cripta del Santuario del Amor Misericordioso de Collevalenza. Fue beatificada por el papa Francisco el 31 de mayo de 2014.

viernes, 7 de febrero de 2020

Reflexión de hoy

Lecturas


Como se separa la grasa en el sacrificio de comunión, así David fue separado de ente los hijos de Israel.
Jugó con los leones como si fueran cabritos, y con los osos como si fueran corderos.
¿Acaso no mató de joven al gigante, y quitó el oprobio del pueblo, lanzando la piedra con la honda, y abatiendo la arrogancia de Goliat.
Porque invocó al Señor altísimo, quien dio vigor a su diestra, para aniquilar al potente guerrero y reafirmar el poder de su pueblo.
Por eso lo glorificaron por los diez mil y lo alabaron por las bendiciones del Señor, ofreciéndole la diadema de gloria.
Pues él aplastó a los enemigos del contorno, aniquilo a los filisteos, sus adversarios, para siempre quebrantó su poder.
Por todas sus acciones daba gracias al Altísimo, el Santo, proclamando su gloria.
Con todo su corazón entonó himnos, demostrando su amor por su Creador.
Organizó coros de salmistas ante el altar, y con sus voces armonizó los cantos; y cada día tocarán su música.
Dio esplendor a las fiestas, embelleció las solemnidades a la perfección, haciendo que alabaran el santo nombre del Señor, llenando de cánticos el santuario desde la aurora.
El Señor le perdonó sus pecados y exaltó su poder para siempre: le otorgó una alianza real y un trono de gloria en Israel.
De todas sus empresas daba gracias, alabando la gloria del Dios Altísimo; de todo corazón amó a su Creador, entonando salmos cada día; trajo instrumentos para servicio del altar y compuso música de acompañamiento; celebró solemnemente fiestas y ordenó el ciclo de las solemnidades; cuando alababa el nombre santo, de madrugada, resonaba el rito.
El Señor perdonó su delito y exaltó su poder para siempre; le confirió el poder real y le dio un trono en Jerusalén.

En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él.
Unos decían: «Juan Bautista ha resucitado, y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
Otros decían: «Es Elías».
Otros: «Es un profeta como los antiguos».
Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
Y El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?».
La madre le contestó: «La cabeza de Juan, el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. En seguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.

Palabra del Señor.

Beata Ana María Adorni


En Parma, Beata Ana María Adorni, fundadora de la Congregación de las Esclavas de María Inmaculada y del Instituto del Buen Pastor († 1893)

"Al ocaso de la vida seremos juzgados en la caridad". Así escribió el místico doctor S. Juan de la Cruz, comentando las palabras del Evangelio, en las que Cristo afirmó que en el último día considerará como suyos a los que lo hubieran reconocido con fe y rodeado de caridad a los más pequeños de sus hermanos, acogiéndolos como huéspedes, cubriendo al desnudo, visitando a los enfermos y a los presos, socorriéndolos en el hambre y en la sed. Esto, con santa e incansable actividad, obró hasta avanzada la Sierva de Dios Anna María Adorni, cuya vida fue una total e ininterrumpida entrega de amor a los miembros más humildes de Cristo.

Nacida el 19 de junio 1805 en Fivizzano, en territorio que hoy forma parte de la diócesis de Pontremoli, sus padres fueron a Matteo Adorni y Antonia Zanetti, cristianos piadosos, los que cuatro días después del nacimiento hicieron reengendrar en Cristo a su hija mediante el bautismo, educándola luego según las enseñanzas de la fe. Deseosa de anunciar el nombre de Cristo, con apenas siete años, dejó su casa con una compañera, con la intención de ir a las Indias para salvar almas. Afortunadamente la encontraron con rapidez y fue llevada de vuelta a casa, donde fue formada por su madre a orientar su vida según el Evangelio y encaminada a los trabajos femeninos, hasta que, muerto su padre en 1820, tuvo que trasladarse con su madre a Parma, donde fue elegida para el cargo de institutriz de la familia Ortalli. Ella deseaba abrazar la vida religiosa entre las monjas capuchinas, pero respetando la voluntad de su madre, que se oponía al piadoso deseo, se casó el 18 de octubre de 1826 con el distinguido Sr. Antonio Domenico Botti, empleado de la Casa Ducal de Parma, al que dio seis hijos, todos muertos a tierna edad, a excepción de Leopoldo que luego abrazó la vida monástica en de la Orden Benedictina. El 23 de marzo de 1844 quedó viuda del marido a quien amó verdaderamente. Lo lloró píamente, aceptando su muerte como voluntad de Dios, con la que su vida era conducida a consagrarse sólo a Dios. Sin embargo, por consejo del confesor, no entró en ningún Instituto religioso, emprendiendo un camino de caridad y alivio especialmente a las mujeres en la prisión, para las que fue su madre y hermana en Cristo. Se acercó a ellas con humildad, las escuchó con afable serenidad, las consoló con palabras y apoyo, las instruyó en las enseñanzas de la fe, haciéndoles conocer la esperanza y el poder celestial de la oración, de modo tal que la cárcel parecía haberse convertido en un convento. Muchas señoras se sintieron atraídas por el ejemplo de la Sierva de Dios, imitándola en el cumplimiento de su labor de caridad, con la Asociación, reconocida canónicamente por el obispo en 1847 y aprobada por la Duquesa de Parma, llamada "Pía Unión de Damas visitadoras de la cárcel bajo la protección de los Sagrados Corazones de Jesús y María". Pensando también en las mujeres que salían de la cárcel, Anna María pudo tomar en alquiler una casa para ellas y para las niñas huérfanas y en riesgo. La obra se inspiró en el "Buen Pastor" - como luego sería llamada - y para ella, superando innumerables dificultades, el 18 de enero de 1856, encontró un lugar adecuado para adaptarlo como sede: el antiguo convento de las monjas Agustinas, dedicado a San Cristóbal.

Para proveer de manera más idónea la obra iniciada, pensó en fundar una familia religiosa, cuyos miembros alimentaran aquella llama de caridad que el Espíritu Santo encendió en su corazón. El 1 de mayo de 1857, con ocho compañeras, sentó las bases del nuevo Instituto; en el 1859 pronunció con ellas los sagrados votos privados de castidad, obediencia y pobreza y de consagrar su vida religiosa a la recuperación de las mujeres caídas, la tutela de quienes estuvieran en peligro, la materna asistencia de los desamparados y huérfanos. Fue nombrada superiora de las Hermanas. Las presidió con el ejemplo de todas sus virtudes y sobre todo con una intensa caridad, admirable por su actividad y la total entrega de sí misma aun en las actividades más difíciles y humildes.

El 25 de marzo de 1876 el Obispo de Parma Domenico Villa erigió canónicamente el instituto del Buen Pastor en Congregación religiosa, bajo el título de "Piadosa Casa de las Pobres de María Inmaculada" y las Reglas fueron confirmadas el 28 de enero de 1893 por su sucesor, Andrés Miotti. La Sierva de Dios, siempre afrontó con ánimo juvenil las obras de caridad hasta el 7 de febrero de 1893, tras una breve parálisis, pasó de este mundo al Padre, con fama de santidad, para recibir el premio reservado a quienes ven, aman y ayudan a Cristo en los pobres y los infelices.

Ella confesó en su vejez, que por muchos años Dios le concedió la gracia de no apartarla nunca de la íntima comunión con Él, de modo tal que, aunque estuviese llena de ocupaciones, entregada a la educación de las niñas, ocupada en pláticas y o en asuntos de todo género, nunca se olvidó de la presencia de Dios en ella. En efecto vivía en constante oración, realmente digna del nombre con el que la llamaban sus hijas: "Rosario viviente".

La fama de santidad de la Sierva de Dios no se desvaneció después de la muerte y finalmente, en 1940, por orden del obispo, se instituyó en la Curia de Parma el proceso informativo sobre sus escritos y el "no culto" de la Sierva de Dios, las actas se llevaron a Roma para que allí sean estudiadas tal como señalan las normas.

El 15 de diciembre 1977, la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos presentó el informe al Sumo Pontífice Pablo VI, quien ordenó publicar el decreto sobre las virtudes heroicas de la Sierva de Dios, quien fue declarada Venerable.

El sábado 27 de marzo de 2010, S.S. Benedicto XVI firmó el decreto referente a un milagro atribuido a la intercesión de la Venerable Ana María Adorni.

jueves, 6 de febrero de 2020

Reflexión de hoy

Lecturas


Se acercaban los días de la muerte de David y este aconsejo a su hijo Salomón:
«Yo emprendo el camino de todos. Ten valor y sé hombre. Guarda lo que el Señor tu Dios, manda guardar siguiendo sus caminos, observando sus preceptos, órdenes, instrucciones y sentencias, como está escrito en la ley de Moisés, para que tengas éxito en todo lo que hagas y adondequiera que vayas. El Señor cumplirá así la promesa que hizo diciendo: “Si tus hijos vigilan sus pasos, caminando fielmente ante mí, con todo su corazón y toda su alma, no te faltará uno de los tuyos sobre el trono de Israel”». David se durmió con sus padres y lo sepultaron en la Ciudad de David.
Cuarenta años reinó David sobre Israel; siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.
Salomón se sentó en el trono, de David su padre y el reino quedo establecido sólidamente en su mano.

En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y decía: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor.

San Brinolfo Algotsson


En Skara, en Suecia, san Brinolfo Algotsson, obispo, célebre por su actividad eclesiástica y su ciencia.

Nació en Skara (Suecia) en el seno de una familia acomodada. Marchó a París a estudiar en la Sorbona, en la que destacó por su aprovechamiento y su piedad; se doctoró en Teología y Derecho canónico. Fue discípulo de santo Tomás de Aquino. Vuelto a Suecia, fue ordenado sacerdote; fue nombrado deán del cabildo de Linköping, canónigo de la catedral de Skara, su obispo lo honró con diferentes cargos de confianza. 

Vacante la diócesis fue elegido obispo de Skara en Västergötlan (1278); cargo que llenó con una vida de entrega pastoral magnífica, trabajando por el bien de sus diocesanos de forma incansable. Mejoró la formación de los sacerdotes, reafirmó el derecho de la Iglesia respecto de los diezmos, y aprobó en 1280 nuevas leyes para su diócesis apoyándose en los cánones del III Concilio de Letrán. Fue miembro del Consejo Real y miembro del Gobierno en la tutela del joven rey Birger Magnusson.

Brynolf está considerado el primer poeta de Suecia, que escribió sus versos en latín. Se le pueden atribuir cuatro himnos litúrgicos: al obispo Eskil, a Helena de Skövde, a Sigfrido de Växsjö y a la corona de espinas de Cristo, de la cual recibió del rey de Noruega la reliquia de una espina cuando estudiaba en París.

El inicio del culto a Brynolf se remonta a santa Brígida de Suecia, quien tuvo en 1349 en la catedral de Skara una revelación sobre el santo. El Concilio de Constanza, en 1417, recomendó sin reparos la canonización de Brynolf. Su «Vida» fue publicada en 1492, el mismo año en sus restos fueron trasladados a la catedral con la aprobación del Papa Inocencio VIII, por lo que, aunque nunca hubo una canonización formal, se encuentra inscripto en el Martirologio Romano. Recibió culto popular tras su muerte, que cesó cuando se impuso en Suecia la reforma protestante. Tiene culto local. 

miércoles, 5 de febrero de 2020

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, el rey David mandó a Joab, jefe del ejército, que estaba a su lado: «Recorre todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, a haz el censo del pueblo, para que sepa su número».
Joab entregó al rey el número del censo del pueblo: Israel contaba con ochocientos mil guerreros, que podían empuñar la espada y en Judá con quinientos mil hombres.
Pero después, David sintió remordimiento por haber hecho el censo del pueblo. Y dijo al Señor: «He pecado gravemente por lo que he hecho. Ahora, Señor, perdona la falta de tu siervo, que ha obrado tan neciamente».
Al levantarse David por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió esta palabra del Señor: «Ve y di a David: así dice el Señor: “Tres cosas te propongo. Elige una de ellas y la realizaré”».
Gad fue a ver a David y le notificó: «¿Prefieres que vengan siete años de hambre en tu país?, o que tengas que huir durante tres meses ante tus enemigos, los cuales te perseguirán, o que haya tres días de peste en tu país? Ahora reflexiona y decide qué he de responder al que me ha enviado?». David respondió a Gad: «¡Estoy en un gran apuro! Pero pongámonos en manos del Señor, cuya misericordia es enorme, y no en manos de los hombres».
Y David escogió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. El Señor mandó la peste a Israel desde la mañana hasta el plazo fijado.
Murieron setenta y siete mil hombres del pueblo desde Dan hasta Berseba.
El ángel del Señor extendió su mano contra Jerusalén para asolarla. Pero el Señor se arrepintió del castigo y ordenó al ángel que asolaba al pueblo: «¡Basta! Retira ya tu mano».
El ángel del Señor se encontraba junto a la era de Arauná, el jebuseo. Al ver al ángel golpeando al pueblo, David suplicó al Señor: « Soy yo el que ha pecado y el que ha obrado mal. Pero ellos, las ovejas, ¿qué han hecho? Por favor, carga tu mano contra mí y contra la casa de mi padre».

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor.

Beata Isabel Canori Mora


En Roma, beata Isabel Canori Mora, madre de familia, que tras haber sufrido mucho tiempo, con caridad y paciencia, la infidelidad del marido, angustias económicas y la persecución de familiares, ofreció su vida a Dios por la conversión, salud, paz y santificación de los pecadores, y entró a formar parte de la Tercera Orden de la Santísima Trinidad.

Nació en Roma en el seno de una familia acomodada. Pasó su adolescencia en Cascia, educada por las agustinas. Después de una adolescencia religiosa, conoció a un abogado, Cristóbal Mora con el que se casó en 1796. A los pocos meses se dio cuenta de los infundados celos y las infidelidades del marido, pero a pesar de ello se esforzó por hacer feliz a su marido y le dio cuatro hijas, de las que dos murieron al poco tiempo de nacer. 

Las infidelidades continuaron, y también la fortuna de la familia se esfumó y cayeron en la pobreza más extrema. Isabel no desesperó, y después de una experiencia mística extraordinaria, intensificó su vida espiritual y se hizo Terciaria de la Orden Trinitaria en la iglesia de San Carlino de Roma. Una lectura religiosa la llevó a relacionar su propio dolor e incomprensión sufrida por Jesús. Un sacerdote le regaló una miniatura de Jesús Nazareno: “No te aflijas -le dijo-, yo haré de padre de tus hijas”. Desde ese momento su casa se transformó en un lugar de encuentro y de oración. Allí encontró valor y fortaleza. “Tenía una gran capacidad de persuadir, y cuantos entraba en contacto con ella, renacían a una vida nueva”. En los ambientes más populares de Roma la reconocían como “la santa”. Tuvo el don de profecía.

Dedicó su vida por la conversión de su marido, la paz, la santidad de la Iglesia y la conversión de todos los pecadores; educó a sus hijas y las invitó a amar a su padre; durante un tiempo sus cuñadas le apartaron de sus hijas porque la consideraron incapaz de educarlas. La dramática situación familiar no le impidió vivir la caridad cristiana, abrazando la pobreza como don, compartiendo todo lo que tenía y asistiendo a las familias en crisis. Murió en Roma, sin que su marido se convirtiera; pero su muerte logró su conversión que arrepentido de su vida se hizo terciario trinitario y en 1833 ingresó en los franciscanos conventuales donde fue ordenado sacerdote; muriendo santamente. 

Juan Pablo II la nombró protectora de la institución matrimonial y de los tradicionales “valores de la fidelidad, de la castidad, del sacrificio”. Fue beatificada junto al joven mártir Zaire Isidoro Bakanja, y a otra madre italiana santa, Juana Beretta Molla, por el Papa Juan Pablo II el 24 de abril de 1994, en el Año Mundial de la Familia.