martes, 3 de enero de 2017

Lecturas



Queridos hermanos:
Si sabéis que él es justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de él. Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.
Todo el que comete pecado quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley. Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado.
Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no le ha visto ni conocido.


Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

San José María Tomasi

Don Julio Tomasi –Caro y La Restia casó el 11 de noviembre de 1640 con doña Resalía Traina y Drago, dama de gran virtud perteneciente a la nobleza siciliana. Era sobrina del obispo de Agrigento y heredaba de su tío don Fabricio las baronías de Falconeri, La Torretta y Montecolombrino. La bendición del Señor descendió copiosa sobre el hogar de los nuevos duques de Palma, que se vio alegrado con el nacimiento de tres hijas. Francisca, Isabel y Antonia. Mas, deseando ellos un hijo varón, elevaron súplicas al cielo por mediación de San José. Al obtener la gracia suspirada. impusieron a su hijito el nombre José María, en agradecimiento a la Virgen Santísima y al glorioso Patriarca. Más tarde nacieron Fernando y Alipia Cayetana.

Licata, pequeño puerto de la ribera meridional de Sicilia, situada en la ondulación de unas colinas costeras al amparo de la mole roquera de Sant' Angelo, el Ecnomos de los antiguos, había sido comprada al rey de España por el obispo de Agrigento, el cual designó a su sobrino el duque de Palma para que en su nombre gobernara la ciudad. En ella nació José María el 12 de septiembre de 1649 siendo bautizado el día siguiente por el arcipreste de la misma, doctor Roque Fraynito, protonotario apostólico.

La infancia y la juventud de José María se deslizaron plácidamente en las rientes campiñas de Monteclaro bajo la amorosa vigilancia de sus cristianísimos progenitores, los cuales procuraron infiltrar a su muy querido hijo aquel espíritu de religión y piedad que fue siempre preciado florón de su estirpe. En la ciudad de Palma o en el vecino castillo tenía su residencia aquella noble familia que vivía únicamente para la gloria de Dios y el bien espiritual y material de sus vasallos. Mientras el se celebraba en una capilla provisional, los duques fundaron y dotaron espléndidamente el nuevo templó parroquial y un monasterio de monjas benedictinas en el que ingresaron sus cuatro hijas, la segunda de las cuales, sor María Crucificada, murió en olor de santidad y es honrada con el título de venerable.

La pintoresca comarca conserva, aún hoy día, gratísimo recuerdo de esta insigne familia, y sus habitantes refieren con orgullo al visitante la obra religioso – social de don Julio Tomasi, al que llaman con simpática reverencia "Il santo duca". La reina gobernadora, doña Mariana de Austria, en la minoría de Carlos II, queriendo enaltecer los relevantes méritos del linaje Tomasi – Caro, otorgó a don Julio y a doña Rosalía el título de príncipes de Lampedusa.

En un ambiente tan selecto y profundamente cristiano, el corazón de José María sintió bien pronto la atracción de un ideal excelso. Fue su predilección por las ceremonias litúrgicas. Por esto pidió y obtuvo que le confeccionaran los ornamentos eclesiásticos conforme a su estatura, y con ellos revestido imitaba los sagrados ritos con extraordinaria devoción y admirable compostura.

Llevado de tan santas aficiones pidió licencia a su padre para usar sus propios vestidos según el color litúrgico de cada día. El duque sólo le permitió tal variedad en las medias. Conformado y satisfecho, recordaba cada noche a su aya que se las prepara para el día siguiente. Eran los ingenuos albores de su espíritu sacerdotal, los primeros pasos de su ruta hacia el altar de Dios, porque sólo Dios alegraba su juventud.

Habiendo aprendido, con extraordinario aprovechamiento, latín, griego y español. el duque concibió, ufano, el proyecto de enviarle en calidad de paje a la corte de Madrid. Pero un buen día postróse José María humildemente a sus pies para suplicarle que le permitiera ingresar en la Orden de los Clérigos Regulares. deseoso de seguir el ejemplo de su tío don Carlos, y enamorado del ideal litúrgico de la Orden.

El día 11 de noviembre de 1664, habiendo renunciado al mayorazgo en favor de su hermano Fernando, imploraba la bendición de sus padres, dio José María el adiós supremo a sus vasallos, al amado castillo roquero y a su opulento patrimonio, para dirigirse a Palermo. Pero antes quiso pasar por el santuario de Nuestra Señora de Trápani, cuya sagrada imagen la duquesa su madre le había ofrecido en su infancia a la Reina de los cielos. Ahora, en el gozo de su florida juventud, agraciado con el sello de una elección divina, pide la protección de Virgen María para corresponder con generosidad a su vocación altísima.

A los quince años ingresó, pues, José María en la casa teatina de San José en calidad de postulante. El 24 marzo de 1665 recibió el santo hábito y comenzó el noviciado bajo la experta dirección del padre don Francisco María Maggio. En la festividad de la Anunciación de María del año siguiente emitió su profesión religiosa, seguidamente fue trasladado a Mesina para iniciar sus estudios eclesiásticos, que continuó en las casas de Ferrara, Módena y Roma. En las Témporas de Adviento de 1673 fue ungido en la Ciudad Eterna sacerdote Señor, y la noche de Navidad subió por vez primera altar para celebrar las tres misas rituales en el templo de San Andrés della Valle. Tenía veinticuatro años.

Al sentir realizado el primogénito de los príncipes Lampedusa el ideal sacerdotal que entreviera en los suaves crepúsculos de Monteclaro, retoñaron, con nueva poderosa savia, sus antiguas aficiones litúrgicas que marcaron la orientación definitiva de su vida, consagrándola totalmente al esplendor del culto divino y al fomento las ciencias sagradas.

Iniciábase un glorioso movimiento de restauración litúrgica, y podemos decir que en él ocupa el padre Tomasi un puesto destacado en primera fila. Trasladado a la casa de San Silvestre del Quirinal, pese a su complexión delicadísima y enfermiza, continuamente atormentado por pesada cruz de escrúpulos y penas interiores, recogió herencia del eximio cardenal Bona para dedicarse totalmente a los estudios litúrgicos y bíblicos, y a la investigación de las sagradas antigüedades. Se impuso una preparación eficiente y aprendió hebreo, caldeo, etíope, árabe y siríaco. Con afán apostólico logró convertir a la fe Cristo a su profesor de hebreo, el docto rabino Moisés de Cavi, que al bautizarse tomó el apellido Tomasi.

El padre Tomasi pasó su vida entera escondido en bibliotecas y archivos de Roma, especialmente en la Vaticana, la Vallicelana, la de Cristina de Suecia, la San Pedro y la de San Pablo, que le franquearon sus tesoros bibliográficos y sus ricos fondos documentales. Con La abnegación de un santo y el entusiasmo litúrgico de un teatino, laboraba silenciosamente para desentrañar códices milenarios y libar en amarillentos pergaminos toda la potente vitalidad de la Iglesia en los siglos medievales. Fruto preciosísimo de sus afanes investigadores el nutridísimo repertorio de sus obras litúrgicas, teológicas, bíblicas y ascéticas que fue publicando desde 1679 hasta 1770. Entre ellas cabe citar el Sacramentario Gelasiano, el Sacramentario Galicano, el Responsarial y Antifonario de San Gregorio, el Salterio con Cánticos, el Sacramentario Gregoriano y las Instituciones teológicas de Santos Padres.

Estas magníficas publicaciones tomasianas en aquel momento histórico que vivía la Iglesia fueron de una oportunidad portentosa. Aportación valiosísima al incipiente movimiento de investigación litúrgica y bíblica, constituyeron un arma poderosa para confundir a los herejes, los cuales clamaron en Holanda: Cavete Thomasium: "¡Guardaos de Tomasi!" Por otra parte sirvieron de base y punto de partida para ulteriores estudios sobre liturgia antigua, ofreciendo aún actualmente un provechoso instrumento de trabajo a los que a tales investigaciones se dedican.

Pero en Tomasi, el sabio, el investigador. están en función del sacerdote y del santo. No se engolfó en los estudios a título de curiosidad o erudición, sino con el propósito de entender plenamente los ritos y preces que como sacerdote debía usar en el ejercicio del culto divino, y al propio tiempo hacer participantes al clero y a los fieles del fruto de sus investigaciones. para lograr una mayor eficacia santificadora en las funciones litúrgicas. En tal sentido Tomasi es un precursor y abanderado del actual apostolado litúrgico.

Cultivador insigne de las virtudes religiosas y sacerdotales, sentía Tomasi una predilección marcadísíma por la humildad, base de todas ellas. Abroquelado en su vida de trabajo silencioso, procuraba pasar desapercibido entre el fasto de la corte pontificia. Pero su virtud y su sabiduría hicieron su nombre famoso en los círculos eclesiásticos de Roma y de toda Europa. Cuando el doctísimo Juan Mabillón fue a Roma en viaje de estudios, tuvo necesidad de ir a ver al padre Tomasi para que le sirviera de mentor en sus itinerarios científicos y le hiciera partícipe de los felices hallazgos en la investigación litúrgica. Al ser nombrado el futuro cardenal Vallemani secretario de la Sagrada Congregacl6n de Ritos, fue en seguida a buscar al humilde teatino para pedirle normas y orientaciones.

El papa Clemente XI, amigo y admirador de este hijo esclarecido de San Cayetano, le nombró consultor de la Sagrada Congregación de Ritos y de la de Propaganda Fide, y calificador del Santo Oficio. Y en el Consistorio del 18 de mayo de 1712 le creó cardenal presbítero de la Santa Romana Iglesia, asignándole el título de San Silvestre y San Martín in montibus. Tras un dramático forcejeo con su humildad contrariada, Tomasi vino obligado a aceptar el capelo en virtud de santa obediencia y fue nombrado miembro de la misma Congregación de Ritos. En los ocho meses escasos de su cardenalato desplegó en su Iglesia titular un sapientísimo apostolado litúrgico, dando el magnífico ejemplo de asistir con asiduidad a los oficios corales. Demostró con gallardía que sabia trasladar liturgia de los fríos códices milenarios al calor del santuario para proyectarla luego en derredor suyo como una vida hecha culto y un culto transformado en vida.

El día de Navidad del mismo año, al regresar de la solemne capilla papal tenida en San Pedro, se sintió herido por una grave afección pulmonar que le tuvo en cama ocho días. Recibidos con extraordinaria devoción los santos sacramentos, dictó su testamento, en el cual consignó su voluntad de ser enterrado en la cripta de su iglesia titular, ante el altar de la Virgen, gozo de los cristianos. En la madrugada del 1 de enero de 1713, besando con ternura el crucifijo, voló su alma a cantar el eterno Magnificat en las delicias de la liturgia celestial. Contaba sesenta y cuatro años. Su confesor, el teatino padre Chiesa, aseguró que su alma no había perdido la inocencia bautismal.

Por la fama de sus virtudes y el esplendor de sus milagros se introdujo en la Curia Romana. en 1723, la causa de beatificación. El 29 de septiembre de 1803 fue beatificado por Pío VII en la Basílica Vaticana.

Por decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, dado el 24 de mayo de 1958, se ha reanudado en la Curia la causa para la solemne canonización de este egregio cardenal teatino nacido en tierra española a quien Cardella proclama, en sus Memorias históricas, príncipe y doctor de la liturgia de Occidente. 

lunes, 2 de enero de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas


Queridos hermanos:
¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo, el que niega al
Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre.
En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y esta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna.
Os he escrito esto respecto a los que tratan de engañaros. Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas - y es verdadera y no mentirosa -, según os enseñó, permaneced en él. Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.

Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran:
«¿Tú quién eres?».
Él confesó y no negó; confesó:
«Yo no soy el Mesías». Le preguntaron:
«¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?». Él dijo:
«No lo soy».
- «¿Eres tú el Profeta?» Respondió: «No».
Y le dijeron:
«¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?».
Él contestó:
«Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías».
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:
«Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?». Juan les respondió:
- «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia».
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Palabra del Señor.

San Macario de Alejandría

Este insigne anacoreta del siglo IV es uno de los mejores ejemplos de la vida ascética, con la tendencia al retiro del mundo y apartamiento a la soledad, que tanto predominó en este tiempo. Además, constituye una excelente prueba del tránsito de la vida puramente solitaria a la de comunidad o cenobítica, que se fue imponiendo a fines del siglo IV y durante el siglo V. De él nos informa ampliamente, sobre todo, Paladio, en su Historia Lausíaca, que es la más antigua y fidedigna historia del primer desarrollo del monacato.

Era originario de Alejandría, de donde se deriva de renombre con que es generalmente conocido; pero es denominado asimismo el Joven, en contraposición a San Macario de Egipto (15 de enero), llamado también el Viejo, aunque, a decir verdad, ambos son casi rigurosamente contemporáneos. Además, debe distinguírsele también de otros varios Macarios, célebres en los anales de la vida monástica, pues no puede olvidarse que la palabra griega macarios significa feliz o bienaventurado.

Así, pues, Macario de Alejandría, antes de entregarse a la vida de ascetismo cristiano, desempeñó hasta los cuarenta años e oficio de mercader de frutos o confitería, que dio pie, ya desde antiguo, a que sea considerado como patrono del ramo de los pasteleros. En a flor de la edad, cuando contaba cuarenta años, siguiendo la corriente ascética del tiempo, se retiró a la vida solitaria, donde perseveró con indomable constancia durante unos sesenta años, hasta su muerte. Ni la fecha de su nacimiento ni la de su muerte nos son conocidas, pero debió nacer hacia el año 310 y morir hacia el 408, casi centenario.

Cuando se retiró a la soledad, a mediados del Siglo IV, era el tiempo en que en todo Oriente, particularmente en los desiertos de Egipto, se halaba en su máximo apogeo a vida anacorética. Más aún. Con San Antonio Abad había tomado cada vez más consistencia el género de vidas de las comunidades de ermitaños, que vivían en sus celdas separados, pero se juntaban para algunos ejercicios ascéticos y estaban bajo la dirección de algún maestro señalado; y con San Pacomio se daba comienzo a una vida de estricto ascetismo, pero dentro de un lugar cerrado y bajo la obediencia de un superior y observancia de una regla. Es la vida cenobítica o de comunidad, que recibió su más pleno desarrollo, en Oriente con las dos reglas de San Basilio, y en Occidente con las de San Agustín y de San Benito.

Según atestigua Paladio, Macario inició su vida solitaria en el desierto de Egipto. Tal vez se puso en un principio bajo la dirección de algunos maestros de más prestigio, para aprender de ellos el verdadero ascetismo cristiano. Tal vez se unió a una de las colonias de as que estaban bajo dirección de San Antonio Abad († 356) o de algún otro de los maestro de la vida ascética que admitían discípulos. Tres eran los desiertos de Egipto, célebres por las grandes multitudes de solitarios, colonias de anacoretas y cenobios incipientes. El más alejado era e de la Escitia, en os límites de la Libia. Seguía e de las Celdas y de Nitria, que ocupaban grandes extensiones en la parte central. El tercero era el del Bajo Egipto, más próximo a Alejandría. Pues bien, consta que Macario recorrió estos diversos desiertos, pero que desarrolló definitivamente su vida ascética y llegó a ser un ejemplo y guía de anacoretas en la región de las Celdas, con una especie de colonias al estilo de San Antonio. Por el mismo tiempo, en el desierto de Escitia, desarrollaba una vida muy semejante y reunía en torno suyo gran número de discípulos Macario el Viejo. Ambos fueron verdaderas lumbreras del ascetismo cristiano de estos tiempos. Paladio nos refiere que, en los últimos años de la vida de Macario el Joven, estuvo con él en su cabaña y fue testigo de la vida que él y los demás discípulos llevaban. Por esto su testimonio es enteramente fidedigno.

La vida de Macario e Joven y de sus discípulos, conforme a la relación de Paladio, era de una austeridad extraordinaria. Cada anacoreta tenía su celda separada, donde vivía en la más absoluta soledad durante la emana; pero los sábados y domingos se reunían para os oficios divinos. Ocupábanse en la oración; observaban en trabajos manuales, como tejer esteras o cosas semejantes, que les ayudaran a fomentar la contemplación y unión con Dios. En general, era admirable la alegría, buen espíritu y aun la buena salud corporal, de que disfrutaban aquellos solitarios, a pesar de que su comida se reducía a lo más frugal e indispensable para mantener la vida. Sanos de cuerpo y de alma, aquellos anacoretas, bien orientados por sus excelentes maestros, vivían sólo para Dios, a quien se habían consagrado por completo.

A esta vida de retiro absoluto del mundo, de oración y consagración a Dios, uníase la más estricta continencia, que constituyó desde un principio una parte sustancial del ascetismo cristiano, a lo cial se añadió una inmensa variedad de austeridades y penitencias, que a las veces rayaban en lo inverosímil. En todo ello fue San Macario a la cabeza; pero, según Paladio, sobresalía de un modo especial por sus austeridades, realizadas siempre con el más elevado espíritu de amor e imitación de Jesucristo en su pasión y con el ansia de reparación por el mundo, encenagado en toda clase de pecados.

Ciertamente estas austeridades parecerán exageradas y seguramente o serían en nuestros días; pero son claro indicio del elevado espíritu de aquellas generaciones de ascetas y particularmente del extraordinario amor a Dos de San Macario. El mismo Paladio refiere es siguiente rasgo, caro índice del espíritu de mortificación de Macario y sus discípulos. Habiendo recibido Macario en cierta ocasión una cesta de uvas, la envió a un monje de a celda vecina, que se encontraba algo enfermo. Este, movido a su vez por el espíritu de mortificación, la hizo llevar a otro monje; éste, con el mismo espíritu, a un tercero, y así fue pasando la cesta por todas las celdas, hasta que el último, no menos mortificado, la llevó al mismo maestro, Macario.

A todos los demás superaba Macario en la austeridad de vida, que llegó a hacerse proverbial entre los monjes del desierto. Siete años seguidos se alimentó únicamente de plantas y algunos granos, y durante los tres días siguientes se limitaba a cuatro o cinco onzas de pan diarias y un poco de agua. Impulsado por la misma ansia de mortificación, ejercitábase en largas vigilias, y para que no o rindiera el sueño, se mantenía fuera de su cabaña, quemado por el sol durante el día y transido de frío por la noche. Dios e había dado un cuerpo especialmente apto para soportar las más duras maceraciones y sacrificios, por lo cual, motivado siempre del ansia de agradar a Dios, trataba de imitar cualquier ejercicio espiritual que veía u oía de otros solitarios.

Es interesante lo que se refiere acerca de su estancia en el célebre monasterio de Tabennis, donde moraba san Pacomio con gran número de monjes. En efecto, atraído Macario por la fama de santidad y austeridad de vida de este monasterio, dirigióse a él hacia el año 349, disfrazado de campesino, y suplicó a Pacomio su admisión entre los monjes. Este le respondió que le parecía demasiado avanzado en edad para poderse acostumbrar a sus ayunos y vigilias. Pero, ante su insistencia, lo dejó siete días enteros a la puerta del monasterio, donde permaneció Macario sin probar ningún alimento. Entonces Pacomio e permitió ingresar en el claustro; pero, empezando entonces la Cuaresma, todos los monjes a observaban con el más riguroso ayuno y extraordinarios penitencias a la medida de sus fuerzas. Unos ayunaban uno; otros dos, tres o cuatro días por semana; unos estaban todo el día en pie y únicamente se sentaban durante las horas de trabajo. Macario, por su parte, se mantuvo en su rincón entregado a su trabajo y observando durante los cuarenta días del más riguroso ayuno, sin comer más que unas hojas de col cada domingo. A la vista de la rigurosa austeridad, los monjes acudieron durante la Pascua a su maestro Pacomio y le suplicaron no permitiera aquellos rigores que pudieran ser perjudiciales para toda la comunidad, pues los monjes querrían imitarlos y se consumían de inanición. Pacomio se puso entonces en oración para poder determinar lo que debía hacerse en un caso tan sorprenderte de austeridad y fervor religioso, y Dios le dio a entender que aquel hombre desconocido era Macario, cuya fama de santidad le era bien conocida. Entonces lo abrazó con e mayor fervor, le dio las gracias por la edificación que había dado a su monasterio y se despidió de él suplicándole rogara por sus monjes.

Todos estos detalles han sido transmitidos por Paladio testigo de la santa vida de Macario y sus discípulos y ciertamente, aun concediendo que pudiera haber algo de exageración debida al entusiasmo del biógrafo, indica con toda evidencia el espíritu de santa emulación de aquellos monjes del desierto en la oración y penitencia. El mismo Paladio atestigua igualmente cómo Macario tuvo que luchar contra las persistentes tentaciones del demonio, lo cual nos lo presenta bajo un aspecto más humano y semejante a nosotros, que tanto debemos luchar contra las continuas asechanzas del enemigo Así, en cierta ocasión, sugirióle éste la idea de abandonar el desierto, con el pretexto de que sería de más servicio y gloria de Dios, dirigiéndose a Roma y entregarse al cuidado de los enfermos en hospitales. Pero él, descubriendo en ello una falacia enemigo para hacerle abandonar aquella vida de oración y penitencia arrojóse al suelo de su celda, mientras gritaba: " Sacadme de aquí por la fuerza, si es que podéis; pues yo os aseguro que espontáneamente yo no marcharé de aquí". Mas, como fueran cada vez más persistentes las acometidas del demonio, llenó de arena una espuerta, la cargó sobre sus espaldas y andaba con esta carga por el desierto. Viéndole, pues, de esta forma un monje, trató de ayudarle pero él le dijo: "No, no; porque estoy atormentando este cuerpo, que tanto me atormenta a mi"

Por otra parte, de las indicaciones de su biógrafos deducimos que luchaba igualmente contra las tentaciones vanidad y amor propio, que tanto dan que hacer a las almas espirituales. En efecto, refiere Paladio que algunas veces, encontrándose a la puerta de la celda de Macario oía que hablaba en el interior increpándose a sí mismo con estas palabras: "¿Qué quieres, viejo malvado? Has tomado ración de aceite y vino. ¿Qué más quieres, glotón de cabellos blancos?". Otras veces dirigía duros improperios, al diablo diciéndole: "¿Es que te soy deudor de alguna cosa? ¿Qué tienes que ver conmigo? Márchate lejos de mí".

En medio de una vida de tanta austeridad, y gozando de tanta intimidad con Dios, consta que tenía un atractivo tan grande entre los demás solitarios del desierto, que eran innumerables los que vivían cerca de él y se ponían bajo su dirección espiritual. Su espíritu verdaderamente paternal y la solidez espiritual de la dirección que daba a sus discípulos aparece claramente en esta anécdota: desalentado en cierta ocasión uno de sus discípulos, viendo su poco aprovechamiento espiritual, acudió a desahogarse con su maestro Macario. Este le respondió: "No te entretengas nunca con esta tentación y respóndete a ti mismo; mi amor a Jesús me obliga a perseverar aquí hasta el fin; estoy decidido a permanecer en esta celda, aunque sólo sea para darle gusto a Él y cumplir su voluntad".

De la misma suavidad de su trato y de la alegría espiritual irradiaba en torno suyo, es Buen testimonio el hecho siguiente, referido por los historiadores, que, aunque tal vez pertenezca al mundo de las leyendas, es indudable el mejor símbolo del atractivo humano de la virtud de Macario. En efecto, atravesando el Nilo en cierta ocasión junto con el otro Macario (el Viejo), cruzáronse con un grupo de ofíciales del ejército, los cuales vivamente impresionados por el porte alegre y la felicidad que respiraban ambos anacoretas, decían los unos a los otros: "Es curioso cómo estos hombres son tan felices en medio de su pobreza". Oyendo esta expresión Macario de Alejandría cuéntase que repuso: "Tienes razón, al calificarnos de hombres felices, pues en verdad así lo atestigua nuestro nombre (Macario, palabra griega, significa feliz). Pues si somos felices porque despreciamos el mundo, ¿no es justo que os consideréis vosotros como miserables por ser sus servidores?" El mismo relato añade que estas palabras unidas al ejemplo de los dos solitarios, produjeron tal efecto en el jefe de aquel grupo, que volvió a su casa, distribuyó todo lo que poseía entre los pobres y se hizo ermitaño.

Para que el ejemplo de su vida fuera más humano y más completo, Dios permiti6 que fuera víctima de persecuciones y aun calumnias. Estas llegaron a tal extremo, que por algún tiempo se vio forzado a abandonar su celda y fue desterrado por la fe católica, por obra de Lucio, patriarca arriano de Alejandría. Más aún. Dios permitió igualmente fuera su alma probada con la mayor obscuridad espiritual. Efectivamente, movido de su ansia de contemplación, refiere Paladio que se encerró dentro de su celda con el propósito de permanecer en ella cinco días seguidos. Los dos primeros días se sintió inundado de dulzura celestial: pero al tercero se sintió acometido de tal turbación y guerra del enemigo, que se vio obligado a volver a su vida normal. Por esto observaba él a sus discípulos qué Dios se retira en ciertas ocasiones, para que los hombres experimenten su propia debilidad y reconozcan que la vida es una lucha.

No es, pues, de maravillar que con una vida tan santa recibiera de Dios la gracia especial de hacer milagros Tal vez algunos de los que se le atribuyen entren en el campo de la leyenda; pero ciertamente constituyen excelentes lecciones prácticas de su vida, profundamente ascética. Refiere Paladio, como testigo ocular, que un sacerdote, con la cabeza atormentada por una llaga cancerosa, acudió a la celda de Macario; pero éste, en un principio, se resistió porfiadamente a admitirlo y ni siquiera quería darle ninguna respuesta, pues había entendido en la oración que todo aquello era castigo de un pecado de la carne. Paladio mismo, sin sospechar nada de esto, insistió con Macario para que se compadeciera de aquel desgraciado, hasta que, al fin, lo consiguió. Macario acudió al enfermo y ante su sincero arrepentimiento, le otorgó el perdón.

Respecto de su muerte, Tillemont señala el año 394, pero es más probable que tuvo lugar hacia el 408, pues se sabe que murió contando unos cien años de edad y que nació a principios del siglo IV. Algunos le han atribuido una regla para los monjes. Tal vez se puede relacionar con esta regla lo que San Jerónimo copia en su carta a Rústico. Por otra parte, el bien conocido Codex Regularum, de San Benito de Aniano presenta una regla con el nombre de los dos Macarios, Serapión, Pafnucio de Escitia, Serapión de Arsinoe, etc. En el desierto de Nitria se mantuvo, durante varias centurias, un monasterio que lleva el título de San Macario. Su culto se introdujo en Oriente ya en la antigüedad.

domingo, 1 de enero de 2017

Feliz año nuevo

Nuestro mejor deseo

Domingo, 01-01-2017 Santa María Madre de DIOS

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado, y habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron:
«Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos». Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos?
Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero, luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella.
Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, no se retuerce, sino que se cura. Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor.
Procurad que nadie se quede sin la gracia de Dios y que ninguna raíz amarga rebrote y haga daño, contaminando a muchos.

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:
«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?
Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía:
«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor.

Lecturas


El Señor habló a Moisés:
«Di a Aarón y a sus hijos: esta es la fórmula con que bendeciréis a los hijos de Israel:
“El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré».

Hermanos:
Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial.
Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba! Padre». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacía Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.
Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


La Virgen María es concebida inmaculada en previsión de los méritos de Cristo, su Hijo, y está unida a Él en indisoluble vínculo de amor.

Por esta razón es enriquecida con la mayor de las prerrogativas y dignidades: ser la Madre de Dios Hijo, hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo.

Con el don de la gracia está por encima de todas las criaturas celestiales y terrenas.

Es la primera de todos los seres salvados por la redención de Cristo.

Es también prototipo y modelo destacadísimo de fe y caridad para toda la Iglesia en estos momentos difíciles que nos toca vivir, a causa de la recesión económica, la pérdida de valores morales y el agravamiento de los extremismos de signo religioso contra los cristianos, de los que se están haciendo eco últimamente algunos canales de televisión.

En este primer día del año, la honramos con filial afecto como Madre amantísima.

Meditar sobre la maternidad divina de María nos adentra en el corazón del misterio de la encarnación, de un Dios bondadoso, que se hace hombre para elevarnos a la dignidad de ser sus hijos.

El primer signo externo de la liberación traída por Cristo es el Shalom (Paz), expresión que podemos traducir en sentido amplio como benevolencia, favor, armonía con Dios, consigo mismo, con los demás y con la naturaleza.

La Paz es un don que Dios concede a quien la busca en la solidaridad entre los hombres.

Dios no ha creado al hombre para la guerra, sino para la Paz y la Fraternidad.

Educar para la Paz es el gran reto de las sociedades modernas, que se ven desbordadas, a menudo, por grupos radicales terroristas, que quieren imponer por la violencia lo que no logran por medios democráticos.

La raíz de la Paz reside en el corazón del hombre de buena voluntad, que rechaza la idolatría y vive en permanente estado de conversión.

Supliquemos la bendición de Dios -nuestra vida está en sus manos- y dejémonos conducir por la senda de la justicia, que es fruto de la paz, para ser testigos de su presencia entre nosotros.

Asumimos como nuestra la bendición cotidiana judía, evocada por el libro de los Números, y la hacemos extensiva a todas las personas que amamos:

“El Señor te bendiga y te proteja; ilumine su rostro sobre ti y te conceda la paz”

Bendice, Señor, a nuestras familias, a nuestros amigos, a nuestros educadores, a los bienhechores…

Toca el corazón de los violentos, de los amargados y de los incrédulos.

Necesitamos tomar la iniciativa de amar: dar antes de recibir, saludar antes de ser saludados, sonreír para que otros sonrían.

El mundo cambiará para bien en la medida que desterremos los racismos, los odios, la discriminación… y nos abramos a la verdad del hombre que busca a Dios en los hermanos.

Nos sirve para demostrar que la Paz y la Reconciliación son posibles si desterramos la violencia y nos reconocemos iguales en dignidad.


Los cristianos proclamamos en las letanías del Rosario a María, la mujer silenciosa y humilde que medita y conserva en su corazón cuanto sucede a su alrededor, como Reina de la Paz.

Ella vivió en propias carnes la persecución de Herodes, el exilio y la violencia, de la que fue objeto su Hijo Jesús, culminada en el Calvario y en la Cruz.

Hoy también es frecuente quitar de en medio a pacifistas y pacificadores, porque estorban en el mundo de los intereses creados.

Así lincharon en su momento a Gandhi, a Luther King, a Mons. Romero y a miles de héroes anónimos, cuyo único “pecado” fue clamar contra las degradaciones morales y las injusticias.

Intereses independentistas siembran nuestras sociedades modernas de agresiones sin cuartel contra quienes no participan de sus ideales racistas y xenófobos, haciendo prevalecer la utopía de una nación sobre la misma vida humana a la que se desprecia.

Y no hablemos de la terrible lacra del terrorismo.

¿Hasta dónde llegaremos en la escalada de descalificaciones?

La violencia genera violencia y no soluciona los problemas.

Nos cansamos de comprobarlo diariamente a través de los medios de comunicación o repasando las páginas de la historia.


Jesús, en el Sermón de la Montaña, propone como única alternativa a la violencia el perdón y la reconciliación, y hace distinción entre la paz de Dios y la paz de los hombres.

La paz de Dios está basada sobre la verdad, la justicia y el amor hasta entregar la vida.

La del mundo, sin embargo, es una paz que compromete la verdad y oculta la justicia, camuflándola bajo el orden social. En el fondo es un pretexto para defender los derechos de los más privilegiados y coaccionar a los más pobres.

La paz sigue siendo después de dos mil años el bien más anhelado y, a su vez, el más amenazado.

La paz es el compendio de todas las promesas hechas por Dios y el gran mensaje de la Navidad:

“Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”

“Bienaventurados los que construyen la paz, porque serán hijos de Dios”

Pidamos al Señor por María la paz que nace del corazón, que crece en la familia y se realiza en la sociedad, haciendo que todos nos sintamos hermanos e hijos de Dios.

Santa María madre de DIOS

Vamos a caminar hacia Dios. Vamos a remontarnos hasta el corazón de Dios. No hay miedo a perdernos en el peregrinar. Hubo alguien que tuvo el privilegio de abrevar la sed de lo divino, que inconscientemente late en todos los humanos corazones, precisamente en el corazón mismo de Dios, reclinando su cabeza sobre el pecho -fuerte, ardiente de incontenible latir, estremecido de las más intensas emociones en la noche de la total entrega- del Verbo encarnado, de Cristo señor nuestro. El secreto de Dios es un secreto maravilloso, dulcísimo; incomprensible por lo intenso de su maravilla y lo delicado de su dulzura. Nos lo reveló San Juan: Dios es amor.

Y, como Dios es amor, he aquí que, desde la eternidad, determinó darse. Y el fruto de esta donación fue la existencia de los espíritus, ángeles y almas capaces de reflejar, como imágenes y semejanzas, las divinas perfecciones, la celeste hermosura, cantando así la gloria divina: capaces de pagar amor con amor, rindiendo a la divinidad el homenaje de reconocerse criaturas, pero libremente, voluntariamente, con una entrega perfecta; capaces de darse. Se volcó más: quiso hacerles participantes, en la gloria del cielo, del misterio inefable de su vida trinitaria. Pero no bastó a la potencia infinita de entrega que es el corazón de Dios y quiso que una criatura se uniese a El en la comunión más perfecta imaginable, en comunión de naturaleza, con unidad de persona. El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Quiso Dios saber de los humanos latidos, de los humanos dolores, de los humanos goces; quiso Dios atraernos con lazos de carne y sangre (Os. 11,4 ) hasta el punto de llegar a derramar la suya en una cruz por salvarnos de nuestros pecados. Y así Cristo quedó constituido en perfecto amador y glorificador del Padre. Pero aún no fue a Dios suficiente. Quiso darse a una criatura de la manera más estrecha posible, aun sin llegar a comunicarle personalmente su divinidad, y entonces...

Era la plenitud de los tiempos. En una pobre casita palestinense una humilde mujer tenía un niño en brazos. De pronto sonrió el niño. El coro de invisibles ángeles que rodeaba la escena se ciñó apretadamente alrededor de la mujer para no perder de vista la sonrisa. Sonrió el niño y sus labios entreabiertos pronunciaron por vez primera una palabra: "¡Madre!" Se postraron los ángeles al oír la palabra, silentes, alfombrando el pobre suelo con sus alas de celeste raso. El Verbo hecho carne acababa de llamar a su Madre. María era Madre de Dios.

No, claro está que la Virgen no dió al Verbo la naturaleza divina. Esta la recibe el Verbo desde la eternidad, misteriosamente, del Padre, primera persona de la Trinidad santísima. La Virgen es Madre de Dios por haber dado a luz un hijo que es Dios. Así como nuestras madres son verdaderamente madres nuestras por el solo hecho de darnos el cuerpo, ya que el alma la recibimos directamente de Dios, así la Virgen no comunicó a Cristo la divinidad, pero al concebir una naturaleza que había sido asumida personalmente por la divinidad, al ser Madre de alguien que era Dios, ella quedaba constituida propiamente Madre de Dios.

Cristo es Dios; María es Madre de Cristo, luego María es Madre de Dios. El razonamiento, escueto, corre limpio del pensamiento al corazón del creyente y mueve sus labios a una perpetua alabanza hacia aquella que, sola y sin ejemplo, mereció llevar en su seno y llamar con verdad hijo suyo al Verbo del Padre.

Solamente quien niegue a Cristo su categoría de Hijo de Dios, como hizo Nestorio, podrá negar que la Virgen sea Madre de Dios.

Entre los humanos no puede imaginarse lazo más dulce, lazo más apretado, lazo más unitivo que el que resulta entre dos seres, uno de los cuales ha dado al otro su sangre, su vida, sus sentimientos, sus ideales; uno de los cuales se prolonga realmente, vitalmente, en el otro. Entre una madre y un hijo. Ningún amor tan fuerte, desinteresado, entrañable, como el de una madre a un hijo. Por eso quiso Dios tener Madre en la tierra. María vino al mundo para ser Madre de Dios, para amar a Dios, para estar unida a Dios de la manera más estrecha imaginable en pura criatura.

De aquí que la dignidad de la Virgen sea sobre todo lo creado. Es casi infinita. Su Hijo le comunica la suya propia de la forma y en la medida que es posible recibirla a humana y limitada criatura. Si no le puede comunicar su dignidad divina, haciéndola su Madre le concede participar de ella en el mayor grado posible, de forma que no pueda concebirse otra mayor, que solamente el entendimiento divino sea capaz de abarcarla en toda su extensión y profundidad. Ella, la Madre, sobre todas las criaturas: sobre los ángeles y los serafines, sobre los bienaventurados todos, sobre toda la creación.

Se complació Dios en ella sobre todas las criaturas del universo.

Era su Madre.

Porque iba a llamarla Madre, los méritos de su pasión, previstos desde la eternidad, le alcanzaron que, a diferencia de los demás mortales, fuera concebida sin culpa, llena de gracia desde el primer instante de su ser.

Al hacerla su Madre puso en ella una radical e inexhaurible exigencia de santidad, de gracia. Hasta hay quienes piensan que el mismo hecho de ser Madre de Dios la hace formalmente santa, con una santidad peculiar, misteriosa puesto que la hace agradable a Dios, la une a Dios inefable y estrechísimamente, la santidad de la maternidad divina.

Por ser su Madre—la Madre del Rey del universo— ella sería la Reina y Señora de todo lo creado, ante cuyo nombre temblarían incluso las potestades del infierno.

Por ser su Madre—la Madre de un Dios redentor— ella sería corredentora y quedaría asociada a su Hijo en la obra de rescatar al género humano de la esclavitud del pecado, y sus méritos—recibidos del Hijo, dignificados por el ser del Hijo—tendrían potencia suficiente para alcanzarnos la gracia de la salvación.

Por ser su Madre--la Madre de un Dios que se hizo hombre para ser hermano mayor nuestro—ella quedaría constituida Madre nuestra y, con ello, toda la razón de nuestra esperanza; porque desde el momento en que podemos decir con verdad, como aquel santo, "la Madre de Dios es mi Madre", no tenemos nada que temer y todo lo podemos esperar. Quien nos dió a su Madre al pie de la cruz, ¿cómo podrá negarnos cualquier cosa que en nombre de nuestra Madre común le pidamos?

Dios ha querido unirse a nosotros inefablemente: ha querido tener una carne y una sangre como las nuestras; ha querido fundirlas con las nuestras en la comunión; ha querido, desvelando el más íntimo secreto de la divina ternura, llamar con nosotros Madre a la misma mujer, unirse a nosotros en su seno, darse a nosotros en sus brazos.

De la maternidad divina se derivan para María todos sus atributos, toda su gloria. De la maternidad divina de María se derivan para nosotros las fuentes del consuelo y de la esperanza. Al saberla tan alta, tan pura, de tanta santidad, reconocemos instintivamente nuestra indignidad y bajeza, lo hórrido de nuestra culpa. Por eso hemos aprendido desde niños a balbucir emocionadamente: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores. Ante la Madre de Dios nos sentimos pecadores, indignos, malos; pero, como hemos aprendido también que es Madre nuestra, nos enseñaron a decirle, con la conciencia de hallarnos encerrados en el valle obscuro de la culpa, desterrados en el lugar de las lágrimas: ¡Salve, Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra!...

Al saber que nuestra Madre es Madre de Dios sentimos brotar en nuestros pechos irresistible añoranza de los eternos bienes, deseo firmísimo del mismo Dios, de nuestro hermano Dios. Conocemos que nuestra patria es el cielo y caminamos seguros hacia él, porque en manos de nuestra Madre están todos sus tesoros y ella está pronta a dispensárnoslos si nosotros nos reconocemos hijos suyos.

Era en el año 431. Nestorio, obispo de Constantinopla, propagando las doctrinas de Teodoro de Mopsuestia, había negado que Cristo fuese propiamente Hijo de Dios, enseñando que en él había dos personas, una humana y otra divina, y no una sola persona, la divina, como enseña la fe verdadera. En consecuencia sostenia que la Virgen era madre de Cristo, de la persona humana de Cristo, y así de ninguna manera se la podría llamar Madre de Dios, ya que Cristo no era Dios. Se habían sucedido las condenaciones de Roma: le había combatido el obispo de Alejandría San Cirilo; pero, ante la contumacia de Nestorio, los emperadores Teodosio y Valentiniano convocaron un concilio, presidido por los legados del papa Celestino, en la ciudad de Efeso. El concilio condenó como hereje a Nestorio y declaró dogma de fe que la Virgen María es Madre de Dios. Fue tanto el regocijo de los efesinos, que profesaban intensísima devoción a la Virgen, al enterarse de la decisión de los Padres del concilio, que, congregándose en inmensa muchedumbre, los saludaron con grandes aclamaciones de gozo y les acompañaron procesionalmente hasta sus casas con antorchas encendidas. Y el papa Pío Xl, queriendo conmemorar dignamente el XV centenario de este concilio e intensificar en los sacerdotes y en el corazón de todos los fieles la devoción hacia la Madre de Dios, instituyó una fiesta litúrgica, con oficio y misa propios, para el 12 de octubre.

Que en estos tiempos difíciles sea ella para nosotros faro de fe, columna de esperanza, recuerdo de que pertenecemos a lo alto y hemos nacido para mayores cosas, invitación a vivir como hijos de tal Madre y hermanos del Verbo que un día quiso hacerse carne en sus entrañas para morir por nuestro amor y abrirnos las puertas del cielo.