viernes, 25 de abril de 2025
Lecturas del 25/04/2025
En aquellos días, mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, después de que el paralítico fuese sanado, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y lo saduceos, indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de los muertos. Los apresaron y los metieron en la cárcel hasta el día siguiente, pues ya era tarde. Muchos de los que habían oído el discurso creyeron; eran unos cinco mil hombres.
Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas; junto con el sumo sacerdote Anás, y con Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes. Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos: «¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso vosotros?».
Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo: «Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros. Él es “la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular”; no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar».
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron: «No».
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: «Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor.
25 de Abril 2025 – San Marcos Evangelista
Era primo de San Bernabé y acompañó a este y a San Pablo en el primer viaje misionero que hicieron estos dos apóstoles. Pero al llegar a regiones donde había muchos guerrilleros y atracadores, donde según palabras de San Pablo: "había peligro de ladrones, peligro de asaltos en los caminos, peligro de asaltos en la soledad" (2 Cor.), Marcos se atemorizó y se apartó de los dos misioneros y se volvió otra vez a su patria.
En el segundo viaje Bernabé quiso llevar consigo otra vez a su primo Marcos, pero San Pablo se opuso, diciendo que no ofrecía garantías de perseverancia para resistir los peligros y las dificultades del viaje. Esto hizo que los dos apóstoles se separaran y se fueran cada uno por su lado a misionar. Después volverá a ser otra vez muy amigo de San Pablo.
San Marcos llegó a ser el secretario y hombre de confianza de San Pedro. Como le escuchaba siempre sus sermones que no eran sino el recordar los hechos y las palabras de Jesús, Marcos fue aprendiéndolos muy bien. Y dicen que a pedido de los cristianos de Roma escribió lo que acerca de Jesucristo había oído predicar al apóstol. Esto es lo que se llama "Evangelio según San Marcos".
El evangelio de San Marcos es como una repetición de lo que el Apóstol Pedro predicaba. Es el más corto de los 4 evangelios. El de San Lucas tiene 1,140 frases. El de Mateo 1,068. El de San Juan 879 y el de San Marcos solamente tienen 746 frases. Son 16 capítulos llenos de narraciones muy vivas, gráficas, salpicadas de detalles interesantes. Se propone no dejar de narrar lo que contribuya a hacer más llamativa la narración. Allí parece estar hablando un testigo ocular que se ha fijado en todo y lo repite con agrado. Es el reflejo de lo que San Pedro presenció y que se le ha quedado grabado en su memoria. Se fija más en los hechos de Jesús que en sus discursos. Sus narraciones son agradables por lo frescas y espontáneas. Parece un reportero gráfico narrando lo que sus ojos vieron y sus oídos escucharon. Presenta atractivos cuadros: gestos, miradas, sentimientos de Jesús. Dicen los especialistas que el evangelio de San Marcos mientras más se le estudia, más se convence uno de que el que lo escribió era un verdadero artista de la narración y que con este escrito contribuyó a que muchos millones de lectores se entusiasmen por la persona de nuestro amable Salvador. Un sabio afirmó que "el evangelio de San Marcos es el libro más importante que se ha escrito", pues parece que fue el primer evangelio que se escribió y que de él sacaron mucho material los otros tres evangelistas.
San Marcos tiene 105 paisajes y de ellos aparecen 93 en Mateo y 85 en Lucas. De las 746 frases de Marcos, San Mateo reproduce 606 y copia el 51% de las palabras que emplea Marcos. San Lucas reproduce en su evangelio 320 de las 746 frases de San Marcos. Solamente hay 24 frases de San Marcos que no se encuentran ni en Mateo ni en Lucas. Por eso es que el Evangelio de San Marcos es un libro verdaderamente importante.
San Pedro llama a Marcos en sus cartas: "Hijo mío". Y San Pablo cuando escribe a Timoteo desde su prisión en Roma le dice: "Tráigame a Marcos, porque necesito de su colaboración". Dicen los antiguos historiadores que fue un compañero muy apreciado por los dos apóstoles.
Dicen que San Marcos fue nombrado obispo de Alejandría en Egipto, y que allá en esa ciudad fue martirizado por los enemigos de la religión un 25 de abril.
La ciudad de Venecia (Italia) lo eligió como patrono y construyó en su honor la bellísima Catedral de San Marcos.
En el segundo viaje Bernabé quiso llevar consigo otra vez a su primo Marcos, pero San Pablo se opuso, diciendo que no ofrecía garantías de perseverancia para resistir los peligros y las dificultades del viaje. Esto hizo que los dos apóstoles se separaran y se fueran cada uno por su lado a misionar. Después volverá a ser otra vez muy amigo de San Pablo.
San Marcos llegó a ser el secretario y hombre de confianza de San Pedro. Como le escuchaba siempre sus sermones que no eran sino el recordar los hechos y las palabras de Jesús, Marcos fue aprendiéndolos muy bien. Y dicen que a pedido de los cristianos de Roma escribió lo que acerca de Jesucristo había oído predicar al apóstol. Esto es lo que se llama "Evangelio según San Marcos".
El evangelio de San Marcos es como una repetición de lo que el Apóstol Pedro predicaba. Es el más corto de los 4 evangelios. El de San Lucas tiene 1,140 frases. El de Mateo 1,068. El de San Juan 879 y el de San Marcos solamente tienen 746 frases. Son 16 capítulos llenos de narraciones muy vivas, gráficas, salpicadas de detalles interesantes. Se propone no dejar de narrar lo que contribuya a hacer más llamativa la narración. Allí parece estar hablando un testigo ocular que se ha fijado en todo y lo repite con agrado. Es el reflejo de lo que San Pedro presenció y que se le ha quedado grabado en su memoria. Se fija más en los hechos de Jesús que en sus discursos. Sus narraciones son agradables por lo frescas y espontáneas. Parece un reportero gráfico narrando lo que sus ojos vieron y sus oídos escucharon. Presenta atractivos cuadros: gestos, miradas, sentimientos de Jesús. Dicen los especialistas que el evangelio de San Marcos mientras más se le estudia, más se convence uno de que el que lo escribió era un verdadero artista de la narración y que con este escrito contribuyó a que muchos millones de lectores se entusiasmen por la persona de nuestro amable Salvador. Un sabio afirmó que "el evangelio de San Marcos es el libro más importante que se ha escrito", pues parece que fue el primer evangelio que se escribió y que de él sacaron mucho material los otros tres evangelistas.
San Marcos tiene 105 paisajes y de ellos aparecen 93 en Mateo y 85 en Lucas. De las 746 frases de Marcos, San Mateo reproduce 606 y copia el 51% de las palabras que emplea Marcos. San Lucas reproduce en su evangelio 320 de las 746 frases de San Marcos. Solamente hay 24 frases de San Marcos que no se encuentran ni en Mateo ni en Lucas. Por eso es que el Evangelio de San Marcos es un libro verdaderamente importante.
San Pedro llama a Marcos en sus cartas: "Hijo mío". Y San Pablo cuando escribe a Timoteo desde su prisión en Roma le dice: "Tráigame a Marcos, porque necesito de su colaboración". Dicen los antiguos historiadores que fue un compañero muy apreciado por los dos apóstoles.
Dicen que San Marcos fue nombrado obispo de Alejandría en Egipto, y que allá en esa ciudad fue martirizado por los enemigos de la religión un 25 de abril.
La ciudad de Venecia (Italia) lo eligió como patrono y construyó en su honor la bellísima Catedral de San Marcos.
jueves, 24 de abril de 2025
Lecturas del 24/04/2025
En aquellos días, mientras el paralítico curado seguía aún con Pedro y Juan, todo el pueblo, asombrado, acudió corriendo al pórtico de Salomón, donde estaban ellos. Al verlo, Pedro dirigió la palabra a la gente: «Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a este con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
Por la de en su nombre, este, que veis aquí y que conocéis, ha recobrado el vigor por medio de su nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido completamente la salud, a vista de todos vosotros.
Ahora bien, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.
Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados; para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que os estaba destinado, al que debe recibir el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo por boca de sus santos profetas. Moisés dijo: “El Señor Dios vuestro hará surgir de entre vuestros hermanos un profeta como yo: escuchadle todo lo que os diga; y quien no escuche a ese profeta será excluido del pueblo.” Y, desde Samuel, en delante, todos los profetas que hablaron anunciaron también estos días.
Vosotros sois los hijos de los profetas, los hijos de la alianza que hizo Dios con vuestros padres, cuando le dijo a Abrahán: “En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra.” Dios resucitó a su
Siervo y os lo envía en primer lugar a vosotros para que os traiga la bendición, apartándoos a cada uno de vuestras maldades».
En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros».
Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.
Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?».
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí» Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
Y le dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.
Vosotros sois testigos de esto».
Palabra del Señor.
24 de Abril 2025 – Santa Maria Eufrasia Pelletier
Hoy 24 de abril la Iglesia Católica recuerda a Santa Rosa Virginia Pelletier quien nació en 1796, en la isla de Noirmoutier, frente a la costa de Bretaña, donde sus padres se habían refugiado cuando el levantamiento de La Vendée. En la escuela de Tours, Rosa oyó hablar del convento del Refugio, perteneciente a una congregación que San Juan Eudes habían fundado en 1641, para rescatar a las mujeres caídas y defender a las que se hallaban en peligro. La congregación se llamaba "Instituto de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio" y tenía una casa en Tours. Rosa entró en el noviciado en 1814 y, unos once años más tarde, cuando tenía sólo veintinueve años, fue elegida superiora. De Angers le pidieron una nueva fundación, y la santa fue a esa ciudad a tomar posesión de una casa de refugio que existía desde hacía varios años y se llamaba "El Buen Pastor". El éxito que consiguió ahí fue tan maravilloso, que las gentes se opusieron a dejarla volver a su comunidad de Tours. Finalmente, al cabo de largas negociaciones, la madre Pelletier fue nombrada superiora de la nueva fundación. Comprendiendo que inevitablemente surgirían dificultades si cada casa dependía de un obispo diferente y tenía su propio noviciado, como sucedía en el Instituto de Nuestra Señora de la Caridad, la madre Santa Eufrasia (como la llamaban las gentes) decidió centralizar la organización, fundar un noviciado único y hacer que se nombrara a una superiora general con poder de trasladar a las religiosas de una casa a otra, según las necesidades. A pesar de la oposición y del temor natural que le producía el ejecutar un cambio tan radical, la madre Pelletier defendió con firmeza ese medio de promover la causa por la que todas las religiosas trabajaban.
Sin perder un ápice de su humildad y de su respeto por la autoridad, la joven superiora (de la que una de sus admiradoras dijo que "tenía madera para gobernar un reino"), consiguió, con la ayuda de la providencia, fundar en Angers el nuevo Instituto del Buen Pastor. En 1835, llegó la aprobación pontificia. Los progresos de la congregación fueron muy rápidos y, las nuevas fundaciones hacían un bien inmenso en dondequiera. Cuando Santa Eufrasia murió, en 1868, la congregación contaba con 2760 religiosas y era ya conocida en todo el mundo. En sus múltiples pruebas y dificultades, que incluyeron acusaciones de espíritu de innovación, ambición personal y deseo de autoridad, Santa Eufrasia dio pruebas de fortaleza heroica y absoluta confianza en Dios. "Como he dado a luz a mis hijas en la cruz dijo en cierta ocasión, las quiero más que a mí misma. Mi amor tiene sus raíces en Dios y en el conocimiento de mi propia miseria, pues comprendo que a la edad en que hacen la profesión, yo no hubiese sido capaz de soportar tantas privaciones y un trabajo tan duro". Santa Eufrasia fue canonizada en 1940.
Sin perder un ápice de su humildad y de su respeto por la autoridad, la joven superiora (de la que una de sus admiradoras dijo que "tenía madera para gobernar un reino"), consiguió, con la ayuda de la providencia, fundar en Angers el nuevo Instituto del Buen Pastor. En 1835, llegó la aprobación pontificia. Los progresos de la congregación fueron muy rápidos y, las nuevas fundaciones hacían un bien inmenso en dondequiera. Cuando Santa Eufrasia murió, en 1868, la congregación contaba con 2760 religiosas y era ya conocida en todo el mundo. En sus múltiples pruebas y dificultades, que incluyeron acusaciones de espíritu de innovación, ambición personal y deseo de autoridad, Santa Eufrasia dio pruebas de fortaleza heroica y absoluta confianza en Dios. "Como he dado a luz a mis hijas en la cruz dijo en cierta ocasión, las quiero más que a mí misma. Mi amor tiene sus raíces en Dios y en el conocimiento de mi propia miseria, pues comprendo que a la edad en que hacen la profesión, yo no hubiese sido capaz de soportar tantas privaciones y un trabajo tan duro". Santa Eufrasia fue canonizada en 1940.
miércoles, 23 de abril de 2025
Lecturas del 23/04/2025
En aquellos días, Pedro y Juan subían al templo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando y le dijo: «Míranos».
Clavó los ojos en ellos, esperando que le dieran algo. Pero Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».
Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.
Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido.
Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo: - « ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: - « ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabe lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo: - « ¿Qué?».
Ellos le contestaron: - «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.
Nosotros esperábamos que él fuera a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
- Entonces él les dijo:- « ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrará así en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él hizo simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: - «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro: - « ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: - «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
23 de Abril 2025 – San Jorge – Mártir
El Megalomártir, el Gran Mártir, le llaman los griegos. El defensor de la Iglesia, el portaestandarte de la fe, el defensor de los perseguidos e inocentes, el Patrón de los Cruzados y de varias ciudades españolas... Todo esto es el glorioso mártir que hoy celebramos.
Poco es lo que los críticos historiadores nos narran de él. Bastantes más ricas han sido las leyendas qué nos cuentan maravillas y milagros de su recia personalidad, desenmascarando al emperador y defendiendo a la joven inocente del terrible dragón que asolaba la ciudad.
Recorriendo los museos de Oriente y Países eslavos, queda el turista maravillado al contemplar cómo San Jorge ha sido uno de los temas, por no decir el tema, más llevado a los lienzos de aquellos países, lo que indica el fervor popular que siempre han sentido hacia él.
Parece que nació en Palestina, en la ciudad de Lidda o en Mitilene, allá por el año 280. Sus padres parece eran fervorosos cristianos y emparentados con la alta aristocracia del país. Era un joven bien plantado: alto, elegante, fuerte, simpático... Abrazó la carrera más noble de aquellos tiempos, la militar. El esperaba llegar a ser un ilustre militar bajo las órdenes de los emperadores romanos. Todo le sonreía. Hasta que un día... allá en los inicios del siglo IV llegó a Nicomedia el terriblemente duro emperador Diocleciano con la satánica idea de hacer desaparecer a la secta de los cristianos que se extendía de día en día por todo el vasto imperio. Dictó leyes terriblemente duras contra los seguidores de Jesús de Nazaret. El último edicto del emperador ordenaba que, porque habían llegado noticias de que hasta en los cargos más delicados del imperio se habían introducido seguidores de esta secta, había que acabar con ellos. Serían arrojados todos los militares, dignidades y cargos administrativos de cualquier clase que fueren si se podía probar que eran cristianos. Cuantos tuvieran conocimiento de alguno de estos cristianos tenía grave obligación de delatarlo. Este edicto se expuso en calles y plazas...
Los historiadores de la época nos refieren que un apuesto soldado en medio de la plaza de la ciudad de Nicomedia arrancó con furia el edicto y, delante de todos los presentes, lo hizo añicos despreciando así la orden del emperador.
Pronto llegó a los oídos de Diocleciano el hecho de este apuesto tribuno llamado Jorge. El emperador convocó a los grandes del reino y les expuso con severas palabras que había que llevar a la práctica y con la más rigurosa observancia lo establecido en este decreto. Cuando le tocó el orden de hablar a Jorge se dirigió con valentía al emperador, y le dijo: «Señor, ni he cumplido ni espero cumplir de ahora en adelante cuanto habéis ordenado por juzgarlo altamente injusto. ¿Por qué abusáis de los pobres y de las vírgenes? ¿Por qué, si hay libertad para adorar a dioses falsos, no debe haberla para adorar al único Dios verdadero?...».
El emperador quedó de piedra. No podía imaginarse cómo se atrevía a hablarle de modo tan enérgico y descarado a él que era el Emperador... Y le dijo: - « ¿Te das cuenta, tribuno Jorge, lo que dices? ¿Sabes que puedo darte la muerte o por lo menos privarte de cuánto tienes?» - «No me importa nada todo esto. Mi vida es de Cristo, mi Dios y Señor, y Él me ayudará... hasta que llegue a poseerle en el cielo a donde espero ir...» El emperador dictó que le atormentasen con toda clase de los más refinados instrumentos para hacerle claudicar de su fe. Pero por más que le hicieron sufrir, la fe crecía y el valor aumentaba en el tribuno Jorge, siendo la admiración de cuantos le contemplaban... Por fin viendo que ninguno de aquellos tormentos acababa con él, descargó el verdugo el golpe de gracia cortando su cabeza de un hachazo. Jorge será el Patrón de los militares valientes y de cuantos luchen por defender la fe. Era por el 303 cuando recibió la palma del martirio.
Poco es lo que los críticos historiadores nos narran de él. Bastantes más ricas han sido las leyendas qué nos cuentan maravillas y milagros de su recia personalidad, desenmascarando al emperador y defendiendo a la joven inocente del terrible dragón que asolaba la ciudad.
Recorriendo los museos de Oriente y Países eslavos, queda el turista maravillado al contemplar cómo San Jorge ha sido uno de los temas, por no decir el tema, más llevado a los lienzos de aquellos países, lo que indica el fervor popular que siempre han sentido hacia él.
Parece que nació en Palestina, en la ciudad de Lidda o en Mitilene, allá por el año 280. Sus padres parece eran fervorosos cristianos y emparentados con la alta aristocracia del país. Era un joven bien plantado: alto, elegante, fuerte, simpático... Abrazó la carrera más noble de aquellos tiempos, la militar. El esperaba llegar a ser un ilustre militar bajo las órdenes de los emperadores romanos. Todo le sonreía. Hasta que un día... allá en los inicios del siglo IV llegó a Nicomedia el terriblemente duro emperador Diocleciano con la satánica idea de hacer desaparecer a la secta de los cristianos que se extendía de día en día por todo el vasto imperio. Dictó leyes terriblemente duras contra los seguidores de Jesús de Nazaret. El último edicto del emperador ordenaba que, porque habían llegado noticias de que hasta en los cargos más delicados del imperio se habían introducido seguidores de esta secta, había que acabar con ellos. Serían arrojados todos los militares, dignidades y cargos administrativos de cualquier clase que fueren si se podía probar que eran cristianos. Cuantos tuvieran conocimiento de alguno de estos cristianos tenía grave obligación de delatarlo. Este edicto se expuso en calles y plazas...
Los historiadores de la época nos refieren que un apuesto soldado en medio de la plaza de la ciudad de Nicomedia arrancó con furia el edicto y, delante de todos los presentes, lo hizo añicos despreciando así la orden del emperador.
Pronto llegó a los oídos de Diocleciano el hecho de este apuesto tribuno llamado Jorge. El emperador convocó a los grandes del reino y les expuso con severas palabras que había que llevar a la práctica y con la más rigurosa observancia lo establecido en este decreto. Cuando le tocó el orden de hablar a Jorge se dirigió con valentía al emperador, y le dijo: «Señor, ni he cumplido ni espero cumplir de ahora en adelante cuanto habéis ordenado por juzgarlo altamente injusto. ¿Por qué abusáis de los pobres y de las vírgenes? ¿Por qué, si hay libertad para adorar a dioses falsos, no debe haberla para adorar al único Dios verdadero?...».
El emperador quedó de piedra. No podía imaginarse cómo se atrevía a hablarle de modo tan enérgico y descarado a él que era el Emperador... Y le dijo: - « ¿Te das cuenta, tribuno Jorge, lo que dices? ¿Sabes que puedo darte la muerte o por lo menos privarte de cuánto tienes?» - «No me importa nada todo esto. Mi vida es de Cristo, mi Dios y Señor, y Él me ayudará... hasta que llegue a poseerle en el cielo a donde espero ir...» El emperador dictó que le atormentasen con toda clase de los más refinados instrumentos para hacerle claudicar de su fe. Pero por más que le hicieron sufrir, la fe crecía y el valor aumentaba en el tribuno Jorge, siendo la admiración de cuantos le contemplaban... Por fin viendo que ninguno de aquellos tormentos acababa con él, descargó el verdugo el golpe de gracia cortando su cabeza de un hachazo. Jorge será el Patrón de los militares valientes y de cuantos luchen por defender la fe. Era por el 303 cuando recibió la palma del martirio.
martes, 22 de abril de 2025
Lecturas del 22/04/2025
El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos: «Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspaso el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: « ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».
Pedro les contestó: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y para los que están lejos, para cuantos llamare así el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: «Salvaos de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.
En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice: « ¡María!».
Ella se vuelve y le dice: « ¡Rabbuní!», que significa: « ¡Maestro!». Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».
María Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto».
Palabra del Señor.
22 de Abril 2025 – San Sotero y San Cayo - Papas
Tiempos nada fáciles los que le tocaron vivir a San Sotero. Fue el sucesor en el pontificado del Papa Aniceto muerto el año 165. Había nacido en la Campania italiana, en Fondi y su padre se llamaba Concordio.
Durante su pontificado se extendió la Iglesia ya que él mismo ordenó a bastantes diáconos, sacerdotes y obispos. En el terreno disciplinar dictó leyes sobre el lugar de las mujeres en la Iglesia y, sobre todo, atajó con gran valentía las herejías que se cernían sobre la Iglesia en aquellos tiempos iniciales del cristianismo.
En su tiempo se extendió la herejía de Montano que propugnaba un exagerado rigorismo de costumbres. La penitencia más rigurosa y la vida más perfecta debían practicarla todos los cristianos para no caer en pecado, sobre todo si se trataba de pecados muy graves, ya que no se les podían perdonar porque la Iglesia carecía de poder para ello. Esta doctrina que después defenderían Tertualiano y, sobre todo, Novaciano, fue condenada por la Iglesia en tiempos del Papa San Sotero. Él defendió la doctrina que siempre se había predicado y defendido en la Iglesia desde Jesucristo, que para el pecador arrepentido no hay pecado alguno, por grande que éste sea, que no se le pueda conceder el perdón. Así desaparecía el clima de rigorismo y pesimismo que atormentaba a los cristianos tan en contradicción con la doctrina del Evangelio que es de amor, perdón, alegría y esperanza...
Otra característica de San Sotero fue su ardiente caridad para con los necesitados. Él era todo para todos y quería que se viviera de acuerdo con lo que los Hechos de los Apóstoles expresan de los primeros cristianos, que «todo era común entre ellos» y que «todos eran un solo corazón y una sola alma»... San Sotero pedía limosnas a las Iglesias más ricas para distribuirlas entre las más pobres y se esforzaba «por tratar a todos con palabras y obras como un padre trata a sus hijos». Durante su pontificado el emperador Marco Aurelio (161-180), persiguió sañudamente a la Iglesia y durante este tiempo hubo abundantes mártires, entre ellos el mismo Papa que parece murió mártir el 22 de Abril del 175.
San Cayo vivió un siglo más tarde y a pesar de ello en la tradición cristiana han caminado siempre unidos ambos Santos aunque nada tengan en común a no ser el haber muerto por Cristo y el haber sido Obispos de Roma. Su vida va entretejida de bastantes leyendas y datos poco dignos de fiar pero sabemos cierto que sucedió en el Pontificado al Papa San Eutiquiano el año 283. La última persecución más violenta fue la de Valeriano. Después casi todo el siglo II fue tiempo de paz y durante él la Iglesia quedó robustecida fuertemente. San Cayo se aprovechó de esta paz y patrocinó, sobre todo las dos escuelas célebres de Oriente: Alejandrina y Antioquena que tantos y tan ilustres hijos produjeron. A pesar de esta paz relativa también hubo algunos conatos de persecución y de hecho el mismo papa San Cayo pasó temporadas oculto en las Catacumbas de San Calixto y desde allí alentaba a los cristianos. Él, valiente, animaba a que fueran fieles a su fe en Jesucristo y que por nada del mundo renegaran de ella. Si no estaban dispuestos a morir por Jesucristo – les decía – que por lo menos perseveraran ocultos entregados a la oración y buenas obras.
El año 283 empezó una nueva persecución contra los cristianos decretada por Caro que, aunque no tan sangrienta como otras anteriores, causó graves daños a la Iglesia, siendo muchos los hombres y mujeres que derramaron generosamente su sangre por confesar a Jesucristo.
No son claras las noticias sobre el martirio de San Cayo. Hay historiadores que afirman que murió mártir, otros que a causa de las persecuciones y también quienes niegan que fuera mártir. Desde el siglo IV se celebra este día. Murió el 296.
Durante su pontificado se extendió la Iglesia ya que él mismo ordenó a bastantes diáconos, sacerdotes y obispos. En el terreno disciplinar dictó leyes sobre el lugar de las mujeres en la Iglesia y, sobre todo, atajó con gran valentía las herejías que se cernían sobre la Iglesia en aquellos tiempos iniciales del cristianismo.
En su tiempo se extendió la herejía de Montano que propugnaba un exagerado rigorismo de costumbres. La penitencia más rigurosa y la vida más perfecta debían practicarla todos los cristianos para no caer en pecado, sobre todo si se trataba de pecados muy graves, ya que no se les podían perdonar porque la Iglesia carecía de poder para ello. Esta doctrina que después defenderían Tertualiano y, sobre todo, Novaciano, fue condenada por la Iglesia en tiempos del Papa San Sotero. Él defendió la doctrina que siempre se había predicado y defendido en la Iglesia desde Jesucristo, que para el pecador arrepentido no hay pecado alguno, por grande que éste sea, que no se le pueda conceder el perdón. Así desaparecía el clima de rigorismo y pesimismo que atormentaba a los cristianos tan en contradicción con la doctrina del Evangelio que es de amor, perdón, alegría y esperanza...
Otra característica de San Sotero fue su ardiente caridad para con los necesitados. Él era todo para todos y quería que se viviera de acuerdo con lo que los Hechos de los Apóstoles expresan de los primeros cristianos, que «todo era común entre ellos» y que «todos eran un solo corazón y una sola alma»... San Sotero pedía limosnas a las Iglesias más ricas para distribuirlas entre las más pobres y se esforzaba «por tratar a todos con palabras y obras como un padre trata a sus hijos». Durante su pontificado el emperador Marco Aurelio (161-180), persiguió sañudamente a la Iglesia y durante este tiempo hubo abundantes mártires, entre ellos el mismo Papa que parece murió mártir el 22 de Abril del 175.
San Cayo vivió un siglo más tarde y a pesar de ello en la tradición cristiana han caminado siempre unidos ambos Santos aunque nada tengan en común a no ser el haber muerto por Cristo y el haber sido Obispos de Roma. Su vida va entretejida de bastantes leyendas y datos poco dignos de fiar pero sabemos cierto que sucedió en el Pontificado al Papa San Eutiquiano el año 283. La última persecución más violenta fue la de Valeriano. Después casi todo el siglo II fue tiempo de paz y durante él la Iglesia quedó robustecida fuertemente. San Cayo se aprovechó de esta paz y patrocinó, sobre todo las dos escuelas célebres de Oriente: Alejandrina y Antioquena que tantos y tan ilustres hijos produjeron. A pesar de esta paz relativa también hubo algunos conatos de persecución y de hecho el mismo papa San Cayo pasó temporadas oculto en las Catacumbas de San Calixto y desde allí alentaba a los cristianos. Él, valiente, animaba a que fueran fieles a su fe en Jesucristo y que por nada del mundo renegaran de ella. Si no estaban dispuestos a morir por Jesucristo – les decía – que por lo menos perseveraran ocultos entregados a la oración y buenas obras.
El año 283 empezó una nueva persecución contra los cristianos decretada por Caro que, aunque no tan sangrienta como otras anteriores, causó graves daños a la Iglesia, siendo muchos los hombres y mujeres que derramaron generosamente su sangre por confesar a Jesucristo.
No son claras las noticias sobre el martirio de San Cayo. Hay historiadores que afirman que murió mártir, otros que a causa de las persecuciones y también quienes niegan que fuera mártir. Desde el siglo IV se celebra este día. Murió el 296.
lunes, 21 de abril de 2025
21 de Abril 2025 - EL TIEMPO PASCUAL - JÚBILOS DEL «ALELUYA»
De todas las estaciones del año, dice Dom Guéranger, el tiempo pascual es, sin disputa, el más fecundo de misterios. La mística de la liturgia alcanza en él su punto culminante. Es el triunfo, la gloria, la conquista, la tierra de Promisión, que se nos abre tras la humildad de Navidad y la severa perspectiva de Septuagésima y la penitencia y compunción de la Cuaresma y las angustias de la Pasión. Una era nueva, una nueva economía comienza para la Humanidad entera. «El triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte—dice Tobac—no es un triunfo puramente individual y personal, que en realidad necesitaba el Hijo de Dios; es un triunfo colectivo, el de todo el cuerpo de la Iglesia, cuya cabeza es Cristo. En principio y de derecho, esas cosas suceden en el Calvario y en el sepulcro; de hecho, van desarrollándose a medida que la comunidad de Cristo se realiza en la Historia.» Si la Humanidad pecadora muere con Cristo en el Calvario, la Humanidad rescatada sale gloriosa con Cristo en el sepulcro.
La resurrección de Cristo y la nuestra son dos acontecimientos inseparables en la liturgia católica; por eso en los primeros siglos cristianos la noche del Sábado Santo era destinada para administrar el bautismo a los catecúmenos, pues como dice San Pablo, hemos sido sepultados con Cristo por el bautismo en la muerte, de suerte que, como Cristo resucitó de entre los muertos, así nosotros caminemos en la novedad de una vida inmaculada. En consecuencia, para los antiguos, más hechos que nosotros al lenguaje simbólico, el pez era el símbolo pascual por excelencia. «Nosotros—decía Tertuliano en su tratado sobre el Bautismo—somos los pequeños peces por virtud del divino pez, Jesucristo. Nacemos en el agua, y sólo en esa agua podemos ser salvos. El hereje sabe muy bien que para matar esos pececillos no hay más que sacarlos del agua." El cristiano encuentra su vida en el agua, que, para él como para el pez, es un elemento indispensable. Clemente de Alejandría, hablando a las mujeres cristianas, no solamente les permite, sino que les aconseja que lleven anillos en el dedo meñique, haciendo grabar en ellos algún símbolo cristiano: un pez, una paloma, un navío empujado por el viento, un áncora o una lira. Si les parece representar un pescador, añade, recuerden al Apóstol y a los neófitos que salen del agua. Estas figuras, representadas constantemente en las catacumbas, en los baptisterios, en las basílicas y en los utensilios domésticos, inspiraron a San Ambrosio unas frases deliciosas: «Tú eres un pez. ¡Oh hombre!... Hay peces buenos y peces malos. La red no contraría a los peces buenos, porque sólo sirve para levantarlos a la altura que anhelan; el anzuelo no les mata: les hace, si, una herida sangrante, pero preciosa. No temas, oh pez bueno, el anzuelo de Pedro; no mata, sino que consagra. Y puesto que eres pez, oh hombre, salta a la superficie de las aguas, y no te dejes sumergir por el oleaje del siglo.
En las horas serenas, juega con las aguas; cuando sopla la tormenta, aléjate de las playas peligrosas para que la ola no te estrelle contra la piedra.»
Pero si el tiempo pascual tiene un símbolo evocador de la nueva vida del alma resucitada, tiene también una palabra que expresa la epifanía gloriosa de esa vida nueva: Aleluya. Es un grito de alabanza, de admiración, de alegría; es una exclamación de fiesta, la exclamación que se escapa de un alma ebria de gozo a causa de su resurrección; la exclamación por excelencia del tiempo pascual, que son cincuenta días de fiesta continua, de alegría sin interrupción. «Juntad todas vuestras solemnidades—decía Tertuliano a los gentiles de su tiempo—, y no igualaréis la cincuentena de Pentecostés.» Esa aclamación da a la liturgia de esos días su acento de alborozo y de victoria. Etimológicamente, su sentido es menos expresivo, menos ruidoso. Las dos palabras hebreas que la componen significan: «Alabad a Jehová.» Pero veinte siglos de Cristianismo la han traído hasta nosotros cargada de vibraciones de triunfo, de entusiasmo, de luz y de vida. Las mismas melodías con que la ha revestido la música religiosa de los siglos medios parecen traernos sobre las alas diáfanas de sus neumas algo de la dicha y de la paz que reinan en la patria de la bienaventuranza. En realidad, el Aleluya, antes que nuestro canto, es el canto de los bienaventurados. En sus divinas visiones, San Juan pudo recoger con frecuencia esa aclamación sagrada, que llegaba hasta él como el eco lejano de un rumor de olas. «Después oí en el Cielo la voz poderosa de una inmensa muchedumbre, que decía: «Aleluya.» La salud, la gloria y el poder a nuestro Dios, porque sus juicios son justos y verdaderos... Y volvieron a decir: «Aleluya.» Y los veinticinco ancianos y los cuatro animales se prosternaron y adoraron, diciendo: «Amén, aleluya.»
Y oí una voz, como el ruido de las grandes aguas, y un coro innumerable decía: «Aleluya.», porque reina el Señor, nuestro Dios omnipotente. Regocijémonos, saltemos de gozo y glorifiquémosle, porque se acercan las bodas del Cordero y está ataviada la Esposa.»
El alma se entristece al pensar cuan pocos son los cristianos que saben recoger las mieles del Aleluya pascual para guardar en los almijares de su alma. Nuestra indiferencia contrasta con el entusiasmo de los primeros cristianos y el que nos revelan estas palabras de San Agustín, que es el que mejor ha expuesto el misterio de la alegría de la Resurrección: «Así pues, amados míos—decía, predicando a los marineros y cargadores de Hipona—; alabemos al Señor nuestro Dios y repitamos: Aleluya. Recordemos durante estos días el día que no tendrá fin. Apresuremos nuestro paso hacia la mansión eterna. Sí, entraremos en esa casa que es el Cielo, y allí alabaremos a Dios, no cincuenta días, sino, como está escrito, por los siglos de los siglos. Allí veremos, amaremos, alabaremos... ¡Oh felicidad la nuestra cuando cantemos aquel Aleluya sin fin! Aquí le cantamos, pero en medio de las solicitudes. Allí será la paz. Aquí le cantamos peregrinando; allí habremos llegado a la patria. Cantémosle, no para adormecernos en nuestro reposo, sino para aliviar nuestro trabajo. Canta el Aleluya, pero canta como cantan los viajeros: endulza tus fatigas cantando...; canta y camina.»
La resurrección de Cristo y la nuestra son dos acontecimientos inseparables en la liturgia católica; por eso en los primeros siglos cristianos la noche del Sábado Santo era destinada para administrar el bautismo a los catecúmenos, pues como dice San Pablo, hemos sido sepultados con Cristo por el bautismo en la muerte, de suerte que, como Cristo resucitó de entre los muertos, así nosotros caminemos en la novedad de una vida inmaculada. En consecuencia, para los antiguos, más hechos que nosotros al lenguaje simbólico, el pez era el símbolo pascual por excelencia. «Nosotros—decía Tertuliano en su tratado sobre el Bautismo—somos los pequeños peces por virtud del divino pez, Jesucristo. Nacemos en el agua, y sólo en esa agua podemos ser salvos. El hereje sabe muy bien que para matar esos pececillos no hay más que sacarlos del agua." El cristiano encuentra su vida en el agua, que, para él como para el pez, es un elemento indispensable. Clemente de Alejandría, hablando a las mujeres cristianas, no solamente les permite, sino que les aconseja que lleven anillos en el dedo meñique, haciendo grabar en ellos algún símbolo cristiano: un pez, una paloma, un navío empujado por el viento, un áncora o una lira. Si les parece representar un pescador, añade, recuerden al Apóstol y a los neófitos que salen del agua. Estas figuras, representadas constantemente en las catacumbas, en los baptisterios, en las basílicas y en los utensilios domésticos, inspiraron a San Ambrosio unas frases deliciosas: «Tú eres un pez. ¡Oh hombre!... Hay peces buenos y peces malos. La red no contraría a los peces buenos, porque sólo sirve para levantarlos a la altura que anhelan; el anzuelo no les mata: les hace, si, una herida sangrante, pero preciosa. No temas, oh pez bueno, el anzuelo de Pedro; no mata, sino que consagra. Y puesto que eres pez, oh hombre, salta a la superficie de las aguas, y no te dejes sumergir por el oleaje del siglo.
En las horas serenas, juega con las aguas; cuando sopla la tormenta, aléjate de las playas peligrosas para que la ola no te estrelle contra la piedra.»
Pero si el tiempo pascual tiene un símbolo evocador de la nueva vida del alma resucitada, tiene también una palabra que expresa la epifanía gloriosa de esa vida nueva: Aleluya. Es un grito de alabanza, de admiración, de alegría; es una exclamación de fiesta, la exclamación que se escapa de un alma ebria de gozo a causa de su resurrección; la exclamación por excelencia del tiempo pascual, que son cincuenta días de fiesta continua, de alegría sin interrupción. «Juntad todas vuestras solemnidades—decía Tertuliano a los gentiles de su tiempo—, y no igualaréis la cincuentena de Pentecostés.» Esa aclamación da a la liturgia de esos días su acento de alborozo y de victoria. Etimológicamente, su sentido es menos expresivo, menos ruidoso. Las dos palabras hebreas que la componen significan: «Alabad a Jehová.» Pero veinte siglos de Cristianismo la han traído hasta nosotros cargada de vibraciones de triunfo, de entusiasmo, de luz y de vida. Las mismas melodías con que la ha revestido la música religiosa de los siglos medios parecen traernos sobre las alas diáfanas de sus neumas algo de la dicha y de la paz que reinan en la patria de la bienaventuranza. En realidad, el Aleluya, antes que nuestro canto, es el canto de los bienaventurados. En sus divinas visiones, San Juan pudo recoger con frecuencia esa aclamación sagrada, que llegaba hasta él como el eco lejano de un rumor de olas. «Después oí en el Cielo la voz poderosa de una inmensa muchedumbre, que decía: «Aleluya.» La salud, la gloria y el poder a nuestro Dios, porque sus juicios son justos y verdaderos... Y volvieron a decir: «Aleluya.» Y los veinticinco ancianos y los cuatro animales se prosternaron y adoraron, diciendo: «Amén, aleluya.»
Y oí una voz, como el ruido de las grandes aguas, y un coro innumerable decía: «Aleluya.», porque reina el Señor, nuestro Dios omnipotente. Regocijémonos, saltemos de gozo y glorifiquémosle, porque se acercan las bodas del Cordero y está ataviada la Esposa.»
El alma se entristece al pensar cuan pocos son los cristianos que saben recoger las mieles del Aleluya pascual para guardar en los almijares de su alma. Nuestra indiferencia contrasta con el entusiasmo de los primeros cristianos y el que nos revelan estas palabras de San Agustín, que es el que mejor ha expuesto el misterio de la alegría de la Resurrección: «Así pues, amados míos—decía, predicando a los marineros y cargadores de Hipona—; alabemos al Señor nuestro Dios y repitamos: Aleluya. Recordemos durante estos días el día que no tendrá fin. Apresuremos nuestro paso hacia la mansión eterna. Sí, entraremos en esa casa que es el Cielo, y allí alabaremos a Dios, no cincuenta días, sino, como está escrito, por los siglos de los siglos. Allí veremos, amaremos, alabaremos... ¡Oh felicidad la nuestra cuando cantemos aquel Aleluya sin fin! Aquí le cantamos, pero en medio de las solicitudes. Allí será la paz. Aquí le cantamos peregrinando; allí habremos llegado a la patria. Cantémosle, no para adormecernos en nuestro reposo, sino para aliviar nuestro trabajo. Canta el Aleluya, pero canta como cantan los viajeros: endulza tus fatigas cantando...; canta y camina.»
Lecturas del 21/04/2025
El día de Pentecostés, Pedro, de pie poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él: “Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile. Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro”.
Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que” su carne no experimentará corrupción”.
A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».
En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos.
De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos».
Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.
Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».
Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.
Palabra del Señor.
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