sábado, 24 de abril de 2021
Lecturas
En aquellos días, la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en el temor del Señor, y se multiplicaba con el consuelo del Espíritu Santo. Pedro, que estaba recorriendo el país, bajó también a ver a los santos que residían en Lida. Encontró allí a un cierto Eneas, un paralítico que desde hacía ocho años no se levantaba de la camilla. Pedro le dijo: -«Eneas, Jesucristo te da la salud; levántate y arregla tu lecho».
Se levantó inmediatamente. Lo vieron todos los vecinos de Lida y de Sarán, y se convirtieron al Señor.
Había en Jafa una discípula llamada Tabita, que significa Gacela. Tabita hacia infinidad de obras buenas y de limosnas. Por entonces cayó enferma y murió. La lavaron y la pusieron en la sala de arriba. Como Lida está cerca de Jafa, al enterarse los discípulos de que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres a rogarle: «No tardes en venir a nosotros».
Pedro se levantó y se fue con ellos. Al llegar, lo llevaron a la sala de arriba, y se le presentaron todas las viudas, mostrándole con lágrimas los vestidos y mantos que hacía Gacela mientras estuvo con ellas.
Pedro, mandando salir fuera a todos, se arrodilló, se puso a rezar y, volviéndose hacia el cuerpo, dijo: «Tabita, levántate».
Ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó. Él, dándole la mano, la levantó y, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva. Esto se supo por todo Jafa, y muchos creyeron en el Señor.
En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?». Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: « ¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, hay algunos de vosotros que no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar.
Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: « ¿También vosotros queréis marcharos?». Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».
Palabra del Señor.
San Fidel de Sigmaringen
San Fidel de Sigmaringa, presbítero y mártir, que, siendo abogado, decidió entrar en la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, donde llevó una vida observante de vigilias y oraciones. Asiduo en la predicación de la Palabra de Dios, fue enviado a la región de Recia para consolidar la verdadera doctrina, y por su fe católica, en Sevis, en Suiza, sufrió el martirio por obra de algunos herejes.
Se llamaba Markus Roy, hijo del burgomaestre de Sigmaringen (Suabia, Alemania), donde nació (entonces principado de Hohenzollern). Estudió en la universidad (entonces colegio de los jesuitas) de Friburgo de Brisgovia o Brisgau y, luego en la de Willingen, donde se había trasladado la de Friburgo huyendo de la peste, consiguiendo un doble doctorado (en Derecho y Filosofía) en 1611, y mientras tanto enseñó Filosofía. Viajó por Europa (Francia, España e Italia) con la familia de los Stotzingen, de la que era preceptor de sus hijos; el viaje duró de 1604 a 1610. Ejerció la abogacía en Ensisheim (Alsacia), ayudando a los más necesitados; fue llamado "el abogado de los pobres". Pero fueron unas palabras de un compañero suyo que le habló con tan poca seriedad de la abogacía y la justicia humana e intentó sobornarle en un caso, decidió tomar otro camino.
Intentó hacerse capuchino, como su hermano Jorge, pero la edad, hizo que se le negase el ingreso, entonces pensó en el clero diocesano y recibió el sacerdocio a los 35 años, en 1612; ingresó después en la Orden capuchina en Friburgo de Brisgovia, donde recibió el nombre de Fidel. Durante el año de su noviciado escribió para uso personal, una colección de oraciones y meditaciones, que luego fueron compilados con el título de "Exercitia spiritualia seraphicae devotionis". Antes de emitir sus votos, en 1613, redactó su "Testamento", con él fundó becas de estudios para los jóvenes católicos pobres de la familia Roy o de otros parientes. Durante cinco años estudió silenciosamente Teología en Constanza. Se dedicó a la predicación en el convento de Altdorf y al apostolado castrense entre las tropas austriacas del emperador. Hasta su muerte fue guardián en los conventos de Rheinfelden, Feldkirch, Friburgo. Además se le encargó la asistencia espiritual de los soldados.
Por fin fue enviado por la congregación De Propaganda Fide a Retia para consolidar la fe contra los progresos de la herejía calvinista, donde logró convertir al mismo conde Rodolfo de Salis. Tuvo rasgos de marcado heroísmo durante una epidemia de peste. Intentó la unidad entre católicos y calvinistas. Se impuso a si mismo la penitencia como regla de conducta: "He dado a Dios los bienes de la tierra y El me da el reino de los cielos. ¿Puede haber permuta más ventajosa?". Conociendo el gran peso de la acción clandestina de los predicadores zuinglianos y preveyendo su martirio, redactó el llamado "Mandato de castigo" o "Diez artículos de la religión". La reacción contra el edicto que obtuvo la proscripción del culto protestante en los Grisones, donde Austria había puesto pie, provocó la violenta reacción de los campesinos calvinistas, que, capitaneados por un ministro (tras el golpe se convirtió), lo mataron a golpe de maza y rematado de una puñalada en la puerta de la iglesia de Seewis (Suiza), acusado de ser un agente político del emperador de Austria. En el momento de su martirio dijo: “Señor Jesús, ten piedad de mi. Santa María, socórreme”.
Antes de ejecutarlo le invitaron a abrazar la fe calvinista, pero Fidel respondió: "He venido para luchar contra la herejía, no para abrazarla". Cayó a tierra perdonando a sus asesinos. Toda su vida se podía resumir en aquella famosa frase que camino de Mayenfeld dijo a un compañero: "Dos cosas pido a Dios de corazón: Pasar la vida sin ofenderle y derramar mi sangre por la fe católica". Su cabeza se conserva en la catedral de Coira. Protomártir de la Propaganda Fide. Primer mártir capuchino. Fue canonizado por Benedicto XIV el 29 de junio de 1746. Patrón de la región de Hohenzollern.
Se llamaba Markus Roy, hijo del burgomaestre de Sigmaringen (Suabia, Alemania), donde nació (entonces principado de Hohenzollern). Estudió en la universidad (entonces colegio de los jesuitas) de Friburgo de Brisgovia o Brisgau y, luego en la de Willingen, donde se había trasladado la de Friburgo huyendo de la peste, consiguiendo un doble doctorado (en Derecho y Filosofía) en 1611, y mientras tanto enseñó Filosofía. Viajó por Europa (Francia, España e Italia) con la familia de los Stotzingen, de la que era preceptor de sus hijos; el viaje duró de 1604 a 1610. Ejerció la abogacía en Ensisheim (Alsacia), ayudando a los más necesitados; fue llamado "el abogado de los pobres". Pero fueron unas palabras de un compañero suyo que le habló con tan poca seriedad de la abogacía y la justicia humana e intentó sobornarle en un caso, decidió tomar otro camino.
Intentó hacerse capuchino, como su hermano Jorge, pero la edad, hizo que se le negase el ingreso, entonces pensó en el clero diocesano y recibió el sacerdocio a los 35 años, en 1612; ingresó después en la Orden capuchina en Friburgo de Brisgovia, donde recibió el nombre de Fidel. Durante el año de su noviciado escribió para uso personal, una colección de oraciones y meditaciones, que luego fueron compilados con el título de "Exercitia spiritualia seraphicae devotionis". Antes de emitir sus votos, en 1613, redactó su "Testamento", con él fundó becas de estudios para los jóvenes católicos pobres de la familia Roy o de otros parientes. Durante cinco años estudió silenciosamente Teología en Constanza. Se dedicó a la predicación en el convento de Altdorf y al apostolado castrense entre las tropas austriacas del emperador. Hasta su muerte fue guardián en los conventos de Rheinfelden, Feldkirch, Friburgo. Además se le encargó la asistencia espiritual de los soldados.
Por fin fue enviado por la congregación De Propaganda Fide a Retia para consolidar la fe contra los progresos de la herejía calvinista, donde logró convertir al mismo conde Rodolfo de Salis. Tuvo rasgos de marcado heroísmo durante una epidemia de peste. Intentó la unidad entre católicos y calvinistas. Se impuso a si mismo la penitencia como regla de conducta: "He dado a Dios los bienes de la tierra y El me da el reino de los cielos. ¿Puede haber permuta más ventajosa?". Conociendo el gran peso de la acción clandestina de los predicadores zuinglianos y preveyendo su martirio, redactó el llamado "Mandato de castigo" o "Diez artículos de la religión". La reacción contra el edicto que obtuvo la proscripción del culto protestante en los Grisones, donde Austria había puesto pie, provocó la violenta reacción de los campesinos calvinistas, que, capitaneados por un ministro (tras el golpe se convirtió), lo mataron a golpe de maza y rematado de una puñalada en la puerta de la iglesia de Seewis (Suiza), acusado de ser un agente político del emperador de Austria. En el momento de su martirio dijo: “Señor Jesús, ten piedad de mi. Santa María, socórreme”.
Antes de ejecutarlo le invitaron a abrazar la fe calvinista, pero Fidel respondió: "He venido para luchar contra la herejía, no para abrazarla". Cayó a tierra perdonando a sus asesinos. Toda su vida se podía resumir en aquella famosa frase que camino de Mayenfeld dijo a un compañero: "Dos cosas pido a Dios de corazón: Pasar la vida sin ofenderle y derramar mi sangre por la fe católica". Su cabeza se conserva en la catedral de Coira. Protomártir de la Propaganda Fide. Primer mártir capuchino. Fue canonizado por Benedicto XIV el 29 de junio de 1746. Patrón de la región de Hohenzollern.
viernes, 23 de abril de 2021
Lecturas
En aquellos días, Saúl, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriese que pertenecían al Camino, hombres y mujeres.
Mientras caminaba, cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?». Dijo él:
« ¿Quién eres, Señor?». Respondió: «Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer».
Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie.
Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía. Lo llevaron de la mano hasta Damasco.
Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber. Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías.
El Señor lo llamó en una visión: «Ananías». Respondió él: «Aquí estoy, Señor». El Señor le dijo: «Levántate y ve a la calle llamada Recta, y pregunta en casa de Judas por un tal Saulo de Tarso. Mira, está orando, y ha visto en visión a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista». Ananías contestó: «Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén, y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre». El Señor le dijo: «Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre». Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: «Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo». Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió, y recobró las fuerzas.
Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.
En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: « ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre». Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.
Palabra del Señor.
Beata Elena Valentini
En Udine, en la región de Venecia, beata Elena Valentini, viuda, que, para servir únicamente a Dios, abrazó la orden seglar de san Agustín, se distinguió por la oración, la lectura del Evangelio y las obras de misericordia.
Nació en Udine, Italia, en el seno de una familia acomodada: los señores de Maniago. En 1414 se casó con el aristócrata Antonio Cavalcanti con el que tuvo tres hijos y tres hijas. Fue una dama célebre entre sus contemporáneos, por la devoción con la cual cumplió durante 25 años su vida conyugal. Al enviudar en 1441, Elena decidió retirarse del mundo. Habiendo escuchado la palabra vibrante del agustino Ángel de San Severino, se hizo Terciaria agustina. Después de haber emitido la profesión, permaneció en la casa que había recibido de su esposo, y allí continuó hasta 1446, fecha en la que pasó a vivir con la hermana Perfecta, terciaria agustina como ella, permaneciendo a su lado hasta el final de sus días. Durante los casi dieciocho años como laica consagrada, llevó siempre una vida de penitencia y rigurosa mortificación, alimentándose normalmente sólo de pan y agua, durmiendo sobre un duro lecho de piedras, apenas cubierto con un poco de paja, flagelando continuamente su cuerpo e, incluso, caminando con treinta y tres minúsculas piedras metidas en los zapatos "en recuerdo de los bailes y danzas -como ella misma solía repetir- con que en el siglo había ofendido a mi Señor, y en memoria de los treinta y tres años que mi dulce Jesús por mi amor caminó por el mundo".
En las distintas formas de penitencia a las que quiso someterse, siempre se inspiró en el doble motivo de la imitación de Cristo y el contraste con su anterior existencia mundana. No le faltaron profundas crisis de desaliento y cansancio, a las que supo reaccionar con gran fuerza de ánimo, retirada en la pequeña celda construida en su misma casa, y de la que salía solamente para ir a rezar y a meditar en su querida iglesia de Santa Lucía. Autorizada por el padre Provincial de los agustinos, hizo voto, en 1444, del absoluto silencio, interrumpido sólo con ocasión de la Navidad para entretenerse en breves y edificantes conversaciones con sus hijos y algunos familiares. Como supremo consuelo en su vida de completa renuncia y lucha, tuvo éxtasis y visiones celestes, gratificada, además, por Dios con el don de los milagros y el conocimiento de cosas ocultas.
Cuatro años antes de su muerte, resbaló y se partió ambas piernas, por lo que pasó todo el tiempo tendida sobre un mísero camastro en serena y paciente espera de la muerte. Tuvo éxtasis místicos. Fue sepultada en el rincón de la iglesia de Santa Lucía donde en vida solía abandonarse a la contemplación, oculta en el pequeño "oratorio" de madera que se había hecho construir para librarse de la admiración y de la curiosidad de los fieles. Después de diversos traslados, los restos mortales de la beata encontraron en 1845 un lugar digno en la catedral de Udine, donde hoy se hallan expuestos a la veneración pública. El beato Pío IX confirmó su culto en 1848.
Nació en Udine, Italia, en el seno de una familia acomodada: los señores de Maniago. En 1414 se casó con el aristócrata Antonio Cavalcanti con el que tuvo tres hijos y tres hijas. Fue una dama célebre entre sus contemporáneos, por la devoción con la cual cumplió durante 25 años su vida conyugal. Al enviudar en 1441, Elena decidió retirarse del mundo. Habiendo escuchado la palabra vibrante del agustino Ángel de San Severino, se hizo Terciaria agustina. Después de haber emitido la profesión, permaneció en la casa que había recibido de su esposo, y allí continuó hasta 1446, fecha en la que pasó a vivir con la hermana Perfecta, terciaria agustina como ella, permaneciendo a su lado hasta el final de sus días. Durante los casi dieciocho años como laica consagrada, llevó siempre una vida de penitencia y rigurosa mortificación, alimentándose normalmente sólo de pan y agua, durmiendo sobre un duro lecho de piedras, apenas cubierto con un poco de paja, flagelando continuamente su cuerpo e, incluso, caminando con treinta y tres minúsculas piedras metidas en los zapatos "en recuerdo de los bailes y danzas -como ella misma solía repetir- con que en el siglo había ofendido a mi Señor, y en memoria de los treinta y tres años que mi dulce Jesús por mi amor caminó por el mundo".
En las distintas formas de penitencia a las que quiso someterse, siempre se inspiró en el doble motivo de la imitación de Cristo y el contraste con su anterior existencia mundana. No le faltaron profundas crisis de desaliento y cansancio, a las que supo reaccionar con gran fuerza de ánimo, retirada en la pequeña celda construida en su misma casa, y de la que salía solamente para ir a rezar y a meditar en su querida iglesia de Santa Lucía. Autorizada por el padre Provincial de los agustinos, hizo voto, en 1444, del absoluto silencio, interrumpido sólo con ocasión de la Navidad para entretenerse en breves y edificantes conversaciones con sus hijos y algunos familiares. Como supremo consuelo en su vida de completa renuncia y lucha, tuvo éxtasis y visiones celestes, gratificada, además, por Dios con el don de los milagros y el conocimiento de cosas ocultas.
Cuatro años antes de su muerte, resbaló y se partió ambas piernas, por lo que pasó todo el tiempo tendida sobre un mísero camastro en serena y paciente espera de la muerte. Tuvo éxtasis místicos. Fue sepultada en el rincón de la iglesia de Santa Lucía donde en vida solía abandonarse a la contemplación, oculta en el pequeño "oratorio" de madera que se había hecho construir para librarse de la admiración y de la curiosidad de los fieles. Después de diversos traslados, los restos mortales de la beata encontraron en 1845 un lugar digno en la catedral de Udine, donde hoy se hallan expuestos a la veneración pública. El beato Pío IX confirmó su culto en 1848.
jueves, 22 de abril de 2021
Lecturas
En aquellos días, el ángel del Señor le hablo a Felipe y le dijo: «Levántate y marcha hacia el Sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto».
Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido a Jerusalén para adorar. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo el profeta Isaías. El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y pégate a la carroza».
Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó: « ¿Entiendes lo que estás leyendo?» Contestó: « ¿Y cómo voy a entenderlo, si nadie me guía?»
E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era éste: «Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, así no abre su boca. En su humillación no se le hizo justicia. ¿Quién podrá contar su descendencia? Pues su vida ha sido arrancada de la tierra ». El eunuco preguntó a Felipe: «Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?»
Felipe se puso a hablarle y, tomando pie de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús. Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco: «Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?».
Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría. Felipe se encontró en Azoto y fue anunciando la Buena Nueva en todos los poblados hasta que llegó a Cesárea.
En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende viene a mí.
No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».
Palabra del Señor.
Beato Francisco Venimbeni
En Fabriano, del Piceno, en Italia, beato Francisco Venimbeni, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores, eximio predicador de la Palabra de Dios.
Nació y murió en Fabriano (Ancona). Era hijo del médico Compagno Venimbeni y Margarita di Federico. En el 1267, ingresó en los franciscanos, después de haber hecho estudios de filosofía; fue discípulo de san Buenaventura. Durante el año de noviciado, transcurrido en Fabriano, obtuvo permiso de ir a Asís para ganar la indulgencia de la Porciúncula. Allí conversó con el beato fray León, uno de los primeros compañeros de san Francisco, y, según su testimonio, muy precioso para la historiografía franciscana, leyó sus "escritos".
En 1316 y en el trienio 1319-21 fue superior del nuevo convento construido por los hermanos de Fabriano. Durante su mandato, al celebrarse en la ciudad por segunda vez el capítulo provincial, Francisco apeló a sus conciudadanos, que proveyeron generosamente al sostenimiento de los hermanos asistentes de todas partes de las Marcas. Con los dineros recibidos de su padre construyó una biblioteca donde reunió una notable cantidad de manuscritos. Esto le valió el título de "primer fundador de bibliotecas" en la Orden Franciscana.
Hombre de gran penitencia y caridad; gozaba del don de la predicación. Su amor a los pobres fue grande. Ayudó a gran número de indigentes; él mismo preparaba cada día el alimento para sus predilectos, luego lo distribuía en la puerta del convento, donde acudían los pobres. Vestía una burda túnica que parecía un cilicio por su aspereza. Se flagelaba con ásperas disciplinas, dormía pocas horas en un duro jergón y el resto de la noche lo transcurría en oración. Incansable en su celo por las almas: pasaba muchas horas en el confesionario o en el anuncio de la palabra de Dios. Asistía a los enfermos y los preparaba para una buena muerte. Tema de su contemplación eran los misterios de la Pasión de Cristo, que le hacían derramar abundantes lágrimas. Celebraba la santa Misa con angélico fervor. Devotísimo de las almas del purgatorio no cesaba de ofrecer sufragios por ellas.
Francisco conoció con tiempo el día de su muerte; serenamente se durmió en el Señor, a los 61 años de edad, de los cuales 45 pasó en el ejercicio de las más heroicas virtudes. Escribió “Cronicon fabrianense”. Pío VI confirmó su culto el 15 de abril de 1775.
Nació y murió en Fabriano (Ancona). Era hijo del médico Compagno Venimbeni y Margarita di Federico. En el 1267, ingresó en los franciscanos, después de haber hecho estudios de filosofía; fue discípulo de san Buenaventura. Durante el año de noviciado, transcurrido en Fabriano, obtuvo permiso de ir a Asís para ganar la indulgencia de la Porciúncula. Allí conversó con el beato fray León, uno de los primeros compañeros de san Francisco, y, según su testimonio, muy precioso para la historiografía franciscana, leyó sus "escritos".
En 1316 y en el trienio 1319-21 fue superior del nuevo convento construido por los hermanos de Fabriano. Durante su mandato, al celebrarse en la ciudad por segunda vez el capítulo provincial, Francisco apeló a sus conciudadanos, que proveyeron generosamente al sostenimiento de los hermanos asistentes de todas partes de las Marcas. Con los dineros recibidos de su padre construyó una biblioteca donde reunió una notable cantidad de manuscritos. Esto le valió el título de "primer fundador de bibliotecas" en la Orden Franciscana.
Hombre de gran penitencia y caridad; gozaba del don de la predicación. Su amor a los pobres fue grande. Ayudó a gran número de indigentes; él mismo preparaba cada día el alimento para sus predilectos, luego lo distribuía en la puerta del convento, donde acudían los pobres. Vestía una burda túnica que parecía un cilicio por su aspereza. Se flagelaba con ásperas disciplinas, dormía pocas horas en un duro jergón y el resto de la noche lo transcurría en oración. Incansable en su celo por las almas: pasaba muchas horas en el confesionario o en el anuncio de la palabra de Dios. Asistía a los enfermos y los preparaba para una buena muerte. Tema de su contemplación eran los misterios de la Pasión de Cristo, que le hacían derramar abundantes lágrimas. Celebraba la santa Misa con angélico fervor. Devotísimo de las almas del purgatorio no cesaba de ofrecer sufragios por ellas.
Francisco conoció con tiempo el día de su muerte; serenamente se durmió en el Señor, a los 61 años de edad, de los cuales 45 pasó en el ejercicio de las más heroicas virtudes. Escribió “Cronicon fabrianense”. Pío VI confirmó su culto el 15 de abril de 1775.
miércoles, 21 de abril de 2021
Lecturas
Aquel día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaria.
Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él.
Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia; penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres.
Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otra anunciando la Buena Nueva de la Palabra.
Felipe bajó a la ciudad de Samaria y le predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban.
La ciudad se llenó de alegría.
En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis.
Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».
Palabra del Señor.
San Anastasio "El Sinaita"
En el monte Sinaí, san Anastasio, hegúmeno, que defendió incansablemente la fe ortodoxa ante los monofisitas y escribió muchos sermones útiles para la salvación de las almas.
Se dice nacido en Siria, aunque este dato no es seguro. Durante su juventud vivió una vida de gran piedad. Cuando alcanzó la primera madurez, Anastasio abandonó el mundo y entró en el Monasterio de Santa Catalina sobre el Monte Sinaí, donde san Juan Climaco era entonces el abad. Allí, se enriqueció con el ejemplo de muchos monjes santos y fue ordenado sacerdote. Dotado de una gran humildad, Anastasio escribió las vidas de varios padres santos, así como otros libros considerados espiritualmente instructivos.
Después de san Juan Clímaco y de su hermano Jorge, Anastasio fue elegido abad del Sinaí. Se mostró entusiasta en su oposición a la herejía del monotelismo, la negación de la existencia de una voluntad humana en Jesucristo, así como del monofisismo y de las enseñanzas de los eutiquianos. Para ello, no dudó en abandonar su retiro cenobítico y viajar a Siria, Palestina, Egipto y Arabia para desarraigar la herejía y reforzar la doctrina de la iglesia oficial. En este marco, se le sitúa en Alejandría hacia el año 640 y cuarenta años después, entre los años 678-689, en tiempos del patriarca monofisita Juan III. El III Concilio de Constantinopla, en el año 680-681, pocos años antes de su muerte, pondría fin a esta herejía. Precisamente la mayor parte de su actividad literaria -poco estudiada aún- se concentró en esta polémica. Después de una larga vida de servicio a Dios, Anastasio murió.
Anastasio fue uno de los primeros en defender las enseñanzas del ángel de la guarda. Expuso que Dios otorga a cada cristiano un ángel para que lo cuide y lo proteja en todas las situaciones de su vida. Sin embargo, podemos alejar de nosotros a nuestro ángel de la guarda a causa de nuestros pecados, del mismo modo que las abejas huyen a causa del humo. Mientras los demonios trabajan para privarnos de la gracia de Dios, los ángeles santos nos guían para hacer el bien.
Aparte de su obra dogmática y apologética contra las herejías ("Hodegos" o "Guía del Verdadero Camino"), escribió una pequeña historia de éstas y de los sínodos eclesiásticos, un texto exegético (el "Hexamerón"), un comentario bíblico de la creación, varias homilías y un volumen de preguntas y de respuestas sobre cuestiones predominantemente morales ("Libro de las Ciento Cincuenta y Cuatro Cuestiones"). Entre sus homilías más conocidas se encuentra el "Sermón sobre la Santa Sinaxis" (o, también, "De la Sinaxis Cristiana") donde resume la doctrina sobre la Eucaristía y exhorta a los cristianos a comulgar dignamente. Es, por tanto, uno de los últimos escritores orientales a quienes se reconoce el titulo de Padre de la Iglesia. Es conocido en la Iglesia Ortodoxa, especialmente entre los griegos, como el Nuevo Moisés.
Se dice nacido en Siria, aunque este dato no es seguro. Durante su juventud vivió una vida de gran piedad. Cuando alcanzó la primera madurez, Anastasio abandonó el mundo y entró en el Monasterio de Santa Catalina sobre el Monte Sinaí, donde san Juan Climaco era entonces el abad. Allí, se enriqueció con el ejemplo de muchos monjes santos y fue ordenado sacerdote. Dotado de una gran humildad, Anastasio escribió las vidas de varios padres santos, así como otros libros considerados espiritualmente instructivos.
Después de san Juan Clímaco y de su hermano Jorge, Anastasio fue elegido abad del Sinaí. Se mostró entusiasta en su oposición a la herejía del monotelismo, la negación de la existencia de una voluntad humana en Jesucristo, así como del monofisismo y de las enseñanzas de los eutiquianos. Para ello, no dudó en abandonar su retiro cenobítico y viajar a Siria, Palestina, Egipto y Arabia para desarraigar la herejía y reforzar la doctrina de la iglesia oficial. En este marco, se le sitúa en Alejandría hacia el año 640 y cuarenta años después, entre los años 678-689, en tiempos del patriarca monofisita Juan III. El III Concilio de Constantinopla, en el año 680-681, pocos años antes de su muerte, pondría fin a esta herejía. Precisamente la mayor parte de su actividad literaria -poco estudiada aún- se concentró en esta polémica. Después de una larga vida de servicio a Dios, Anastasio murió.
Anastasio fue uno de los primeros en defender las enseñanzas del ángel de la guarda. Expuso que Dios otorga a cada cristiano un ángel para que lo cuide y lo proteja en todas las situaciones de su vida. Sin embargo, podemos alejar de nosotros a nuestro ángel de la guarda a causa de nuestros pecados, del mismo modo que las abejas huyen a causa del humo. Mientras los demonios trabajan para privarnos de la gracia de Dios, los ángeles santos nos guían para hacer el bien.
Aparte de su obra dogmática y apologética contra las herejías ("Hodegos" o "Guía del Verdadero Camino"), escribió una pequeña historia de éstas y de los sínodos eclesiásticos, un texto exegético (el "Hexamerón"), un comentario bíblico de la creación, varias homilías y un volumen de preguntas y de respuestas sobre cuestiones predominantemente morales ("Libro de las Ciento Cincuenta y Cuatro Cuestiones"). Entre sus homilías más conocidas se encuentra el "Sermón sobre la Santa Sinaxis" (o, también, "De la Sinaxis Cristiana") donde resume la doctrina sobre la Eucaristía y exhorta a los cristianos a comulgar dignamente. Es, por tanto, uno de los últimos escritores orientales a quienes se reconoce el titulo de Padre de la Iglesia. Es conocido en la Iglesia Ortodoxa, especialmente entre los griegos, como el Nuevo Moisés.






























