domingo, 25 de enero de 2015

Homilía


El libro de Jonás nos revela que existe una bondad natural en los “paganos”, y nos pone en guardia a los creyentes sobre la incoherencia de nuestra fe.

Jonás es un buen botón de muestra. Sabe lo que debe hacer, pero tiene miedo a la magnitud de la misión que Dios le ha confiado.

Huye entonces de incógnito en un barco. Se desata una fuerte tempestad, que la tripulación atribuye al maleficio que pesa sobre Jonás, por lo que es arrojado al mar.

Pero Dios vigila sus pasos, le protege para que no perezca y le guía hacia Nínive, capital del imperio de la maldad, con el mandato de predicar la conversión de sus habitantes y así evitar el castigo que se cierne sobre ellos si no cambian de vida.

Jonás, después de la experiencia vivida en el mar, se da cuenta que debe vivir un proceso de conversión, para aceptar los planes de Dios, pues, como buen judío, desea la muerte de los enemigos encarnizados de Israel, a quienes llama a la conversión.

Sin embargo, la misericordia y el perdón es el modo habitual de Dios, que:

“quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”
(I Timoteo 2, 4).

Convertirse no es sólo dejar de hacer el mal, sino reconocer, en medio de las dificultades, que Dios nos ama, aunque los acontecimientos no seas acordes con nuestros deseos.

Nínive, después de la predicación de Jonás, se convierte, empezando por su rey, hace penitencia y obtiene el perdón de Dios, para quien nada es imposible.

Es ésta una bonita lección para examinar nuestra vida y purificar nuestras intenciones.

Jesús nos llama en el evangelio de hoy a la conversión, a saber aprovechar el presente, que es el tiempo oportuno, el definitivo, que Dios nos regala.

Y lo hace poniendo como estandarte la fe en el evangelio, que anuncia como una novedad ante los ojos atónitos del pueblo, que no había escuchado nada igual.

No vende proyectos, sino que busca amigos para que estén con él y seguirle por el camino. Pero plantea una exigencia, que muy pocos aceptan: dejarlo todo.

No olvidemos que las redes son la expresión viva de su profesión, la forma de ganarse el sustento diario.

Los Apóstoles, al irse con él, abandonan también su casa y su familia en pos de un ideal:

“Os haré pescadores de hombres”
(Marcos 1, 17).

Parece un relato de hadas y, sin embargo, es la forma de iniciar una etapa nueva, sin ataduras que condicionen la libertad, ni añoranzas que susciten la vuelta atrás.

Las grandes epopeyas de las historia se han fraguado de esta manera. Pensemos en las conquistas realizadas por Alejandro Magno, por Roma, por Gengis Khan, en la conquista de América, del Everest, del Polo Sur y tantas otras que llenan los anales de muchas naciones.

Lo hicieron posible los hombres que creyeron y se sacrificaron para dominar el mundo, regirlo según sus dictámenes y conseguir la gloria avasallando, unas veces, y matando, otras, a los pueblos sojuzgados.

La epopeya del evangelio ha sido posible, y sigue siéndolo, porque no se apoya en la fuerza de las armas, sino en el “río del amor”, que tiene su fuente en Dios, fluye por el cauce de la fraternidad y desemboca en el Cielo, la plenitud a la que todos aspiramos.

¡No, no es un sueño! Todavía hoy miles de misioneros llenan con su presencia los rincones más remotos del mundo para anunciar esta bella utopía e invitar al seguimiento de Jesús.

No hacen falta bagajes. La aventura deja de serlo desde el momento en que se conocen los caminos, se aseguran las provisiones y se tienen medidos todos los pasos.

El evangelio es una novedad a descubrir para los hombres y mujeres de hoy, sobre todo en Europa, que ha sido tan azotada por corrientes materialistas, laicistas y ateas, de tal manera que cientos de miles de bautizados desconocen los fundamentos de su fe y apenas tienen noción de quién es Jesús.

Es una realidad lacerante en este Viejo Continente, de hondas raíces cristianas y hechos paganos.

Los hombres y mujeres, asentados en el materialismo imperante, no entienden estas actitudes.

Más bien consideran locos a quienes se apartan de los mensajes subliminales de la sociedad de consumo o piensan y sienten de forma distinta a la que preconizan quienes manejan los estados de la opinión pública, manipulan las informaciones en su provecho y mueven a la gente a su antojo.

El “borreguismo” está de moda. Hay más imitadores que creadores y más gente esclava que libre.

Una de las declaraciones más conocida de Jesús es ésta:

“y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8, 32).

Es una frase, que sacada de su contexto, es utilizada para combatir la opresión política y enaltecer la libertad de expresión. Pero Jesús habla de la carga que realmente oprime a la humanidad: el pecado.

La gracia de Dios, que acompaña a los evangelizadores, libera al creyente de egoísmos malsanos, lo convierte en persona nueva y lo habilita para proclamar su mensaje salvador.

Vale la pena leer la siguiente historia de Anthony de Mello s.j.

“Cierto día se organizó en el pueblo una gran fiesta.

Todo estaba preparado para el gran evento.

Habían construido en la plaza un gran barril para el vino y se habían puesto todos de acuerdo en que cada uno iba a llevar una botella de vino para verterla en el gran barril, y así disponer de abundante bebida para la fiesta.

Se acercaba la noche, y Juan, viendo que llegaba la hora de partir hacia la plaza, tomó su botella vacía para llenarla con vino de su barril.

Pero, de pronto, lo asaltó un pensamiento:

"Yo soy muy pobre, y para mí es un sacrificio muy grande comprar el poco vino que hay en mi casa”

¿Por qué tengo que llevar igual que todos los demás?

Voy a hacer una cosa: llenaré mi botella con agua y, cuando llegue a la plaza la verteré en el barril, así todos verán que hago mi aporte, y no vaciaré mi barril de vino.

De todos modos somos muchos, mi poquita agua se mezclará con el vino de los demás y nadie notará la falta.

Así lo hizo. Llegada la noche, se acercó a la vista de todos los vecinos y vació el contenido de su botella en el barril de la plaza.

Nadie sospechó nada. Todo el resto del pueblo fue aportando su parte de vino en el gran barril.

Comenzó la fiesta, la música, y la danza hasta que llegó la hora de servir el vino.

Pero, ¡oh sorpresa! Abrieron la canilla del barril y… ¡salió solamente agua cristalina! ¿Quién iba a pensar que a todos se les iba a ocurrir lo mismo que Juan?

Todos los del pueblo, avergonzados, agacharon la cabeza y se retiraron a sus casas. La fiesta se terminó."

En la tarea misionera, todos aportamos nuestro granito de arena y, por pequeño que parezca nuestro aporte, es importante.

Todos tenemos un papel que jugar en la tarea evangelizadora, pequeño o grande, pero el nuestro nadie puede hacerlo por nosotros.

San Palemón de Tebaide – Anacoreta

Más allá de la ciudad famosa de Tebas, que antes de Menfis fue la reina de los dos Egiptos, al otro lado de las ruinas imponentes de Medinet-Abu, Luxor y Carnac, se extiende un vasto desierto, tierra de arena, de rocas, de rincones silenciosos y de algún que otro oasis de terebintos y palmeras. Aquello es lo que se llama en las vidas de los solitarios el yermo de la alta Tebaida, inmortalizado por algunos de los héroes más ilustres de la penitencia. Su descubridor fue el anacoreta Palemón, cuya historia hubiera quedado escrita en los archivos del cielo a no ser por una circunstancia que le puso en relación con los hombres.

Porque Palemón era un enamorado de la soledad y el silencio. Quería luchar y vencer lejos de las miradas humanas, y Dios parecía satisfacer aquellos deseos; porque era ya viejo, muy viejo, con una barba muy larga y unos ojos muy hundidos, y sólo aguardaba que sonase el gong de la muerte para que terminase aquel su largo pugilato con el espíritu del mal. Pero una noche, cuando empezaba sus rezos, alguien llamó a la puerta de su cabaña. No hizo caso. ¿Quién podía llegar hasta allí? El demonio, sólo el demonio, que, cansado ya de los fáciles triunfos que conseguía sin cesar en Roma, en Alejandría, en Antioquía y en Constantinopla, empezaba a poner un terrible asedio de tentaciones en torno a las frágiles viviendas de los desiertos egipcios. Palemón se lo encontraba con frecuencia en las cercanías de su choza, luchaba con él y le derrotaba a fuerza de fe, de oración y de penitencia.

Un nuevo golpe hizo temblar la puerta. Palemón, que tenía un genio vivo, ya no se pudo contener, y dijo, asomándose al ventanillo: «¿Por qué me molestas?» Fuera, una voz contestó: «Padre mío, yo quiero que me recibas para ser monje a tu lado.» Palemón siguió rezando. Sólo después de varias horas, que sin duda fueron para él unos segundos, se decidió a abrir la puerta para examinar al importuno visitante. Encontrándole arrodillado en la arena, con los ojos clavados en la luz parpadeante de Canope y el Orión: «Sospecho—le dijo—que eres realmente un hombre de carne y hueso; pero ¿cómo has llegado a este retiro, donde nunca el hombre ha puesto sus pies?»

En efecto, por entonces el desierto de la Tebaida era todavía un desierto, y los solitarios, verdaderos solitarios: «Ya ves cuan grande es mi retiro», añadió el anciano, dirigiéndose al desconocido; y con sus brazos flacos mostróle la planicie calcinada por el sol. Ni un árbol, ni una palmera seca, ni una mata espinosa. Limitada a lo lejos por picos abruptos de color ocre, la dorada planicie lucía con los reflejos hirientes del amanecer. A alguna distancia extendíase, ondulante, una cordillera de dunas, detrás de las cuales nacía el sol. Del lado opuesto, una roca cubierta de grietas cortaba el horizonte, poniendo ante los ojos la perpetua desolación de la piedra desnuda y muerta.

—No importa—dijo el recién venido, sin levantar los ojos—; yo quiero imitar tu vida.

—No es cosa tan fácil lo que te propones—replicó el viejo abad Palemón—. La Escritura nos habla de ayunos, de vigilias y de oraciones. Si tienes fuerza para pasar más de la mitad de la noche en vela, meditando la ley del Señor; para trabajar haciendo esteras, cuerdas, cestos y cilicios; para ayunar todos los días hasta ponerse el sol durante el verano, y durante el invierno varios días seguidos; para no comer otra cosa que pan y sal; para rezar sesenta veces durante el día y cincuenta durante la noche; para destruir la voluntad propia y matar las malas inclinaciones del instinto; si te crees dispuesto a practicar todas estas cosas, entra, imita mi vida; te daré un rincón de mi choza para vivir, y un ángulo de mi estera para dormir.

El hombre continuaba de rodillas pidiendo a Palemón que le admitiese como discípulo. Palemón, que no hacía nada sin consultarlo con Dios, entró en su celda, oró largo rato, y al salir de nuevo, preguntó al postulante:

—¿Cómo te llamas?

—Pacomio—respondió él.

—Hermano—añadió el abad—, para comenzar nuestra unión, demos gracias a Dios, que ve todas nuestras acciones.

Desde aquel día, el anciano rezó, trabajó y leyó con su discípulo. Al llegar la tarde, comieron un poco de pan. Después, el anciano dijo a Pacomio:

—Moja algunos juncos con hojas y fibras de palmera; pues es costumbre velar orando y trabajando toda la noche que precede al domingo.

Después de ponerse el sol, permanecieron en pie alabando a Dios, haciendo sus labores y venciendo el sueño. Cuando la necesidad de dormir empezaba a inquietarles, salieron de la habitación y empezaron a llevar cestos de arena de una parte a otra. Y cuando el anciano veía que el sueño se apoderaba de su discípulo, increpábale con palabras como éstas: «Vigila, Pacomio, vigila, para que Satán no te tiente, porque muchos se durmieron para su mal a causa de la tiranía del sueño.»

Al llegar el día de Pascua, el abad dijo a su discípulo: «Hijo mío, hoy es una gran solemnidad; ve y prepara alguna cosa para comer a mediodía, y guarda algo, a fin de comer también un poco a la tarde.» Pacomio hizo lo que se le había mandado, y al llegar la hora se sentaron a comer, después de orar. Cuando Palemón se dio cuenta de que sobre la sal había un poco de aceite, hirióse violentamente en el rostro y empezó a decir: «Han crucificado a mi Señor por mí, y ¿voy yo a tomar el aceite, que ensoberbece el cuerpo?» Dicho esto, levantóse y se retiró indignado. Entre tanto, Pacomio arrojó por la ventana la sal empapada en aceite, y trayendo otra rociada con ceniza, se la presentó al anciano, diciendo: «Come, señor y padre mío; come y perdóname.» «Si no fuese por la lámpara del santuario—dijo el viejo—y por las crines que hemos de trenzar, no habría entrado aquí ese maldito licor.» Después se levantó y comieron con santa alegría y con lágrimas en los ojos. Otro día, al volver del trabajo, Pacomio observó que su maestro atizaba el fuego debajo de una sartén. Sorprendido, decíase en su interior: «¿Qué es lo que cuece ahí el viejo?» Al poco tiempo. Palemón le dijo: «Pronto, Pacomio, tráeme un plato.» Cuando tuvo el plato delante, el abad vació la sartén y aparecieron unos cuantos higos duros. Después se levantaron, rezaron y comieron, dando gracias a Dios, porque lo amargo se hace dulce para el que tiene hambre.

Así pasó un año; pasaron dos, cuatro, seis. El prestigio de Palemón empezó a extenderse; sus admiradores venían a vivir en torno suyo, y el yermo estéril se cubría de chozas. Él, sin embargo, no quería llamarse padre ni maestro. A todos los trataba como hermanos, y cuando alguna vez era preciso dar un consejo, lo hacía con la más suave humildad, temeroso siempre de caer en el pecado de orgullo. Los milagros mismos que Dios ponía en sus manos angélicas pesaban de tal modo a su sencillez, que a menudo los hacía por medio de Pacomio. «Desconfiemos de cuanto halaga nuestra vanagloria», decía a sus discípulos.

Y sucedió que un día, en que estaban trabajando y meditando la Sagrada Escritura en torno a una hoguera, llegó un hermano que se llamaba Juan, y dijo, viendo los carbones: «Puesto que os preciáis de ser servidores de Dios, que el que tenga fe entre vosotros se ponga en pie en el fuego diciendo la oración evangélica.» Encendióse en ira Palemón, y dijo: «Maldito sea el demonio, que ha sembrado ese mal pensamiento en tu corazón.» Pero el monje, despreciando estas palabras, se metió en los carbones, dijo la oración, salió sin daño alguno, y se retiró con altivez, sin despedirse: «Esta es, en verdad—pensaba Pacomio—, una criatura escogida por el cielo para manifestar su poder infinito.» Pero el bienaventurado Palemón le sacó de su yerro, diciendo: «Los que se deleiten en caminos perversos, caerán en el precipicio por permisión de Dios. Si conocieses, hijo mío, el interior de este hombre, llorarías de pena.» Al día siguiente volvió Juan corriendo como un loco y dando gritos desaforados: «¡Desgraciado de mí!—decía—. El orgullo me ha perdido.» Y contaba una historia peregrina: una mujer había llamado a la puerta de su choza, clamando: «Abridme, señor y padre mío; encubridme, hasta el amanecer, de los acreedores que me persiguen.» Ciegamente él la recibió en su habitación, y delante de ella se puso a orar como de costumbre. Mas poco a poco, herido por las flechas envenenadas de los pensamientos malos, acercóse a su huésped, el cual, transformándose en una bestia feroz, empezó a golpearle y arrastrarle por el suelo. Entonces se dio cuenta de que había sido juguete del demonio. Grandes esfuerzos hizo Palemón para calmarle; pero a punto estuvo de morir bajo un madero que le lanzó el endemoniado.

Pero Dios le conservaba para dirigir los pasos de su elegido Pacomio. En cierta ocasión, una enfermedad le puso a las puertas de la muerte. Deseando conservar aquella vida preciosa, los que le rodeaban llamaron a un médico, el cual, apenas le vio, dijo: «Aquí la Medicina no tiene nada que hacer; es un sufrimiento de ascesis. Que coma algún alimento agradable y sanará.» Dócil a este consejo. Palemón aceptó algunas cosas de las que comen los enfermos; pero a los pocos días; viendo que no curaba, habló de este modo a sus hermanos: «No creáis que la salud viene de los alimentos perecederos. La salud y la fuerza están en nuestro Señor Jesucristo, pues si los mártires resistieron hasta la muerte cuando les quemaban o les torturaban o les cortaban la cabeza, era porque tenían la fe de Dios en el alma. ¿Y yo voy a asustarme por una simple enfermedad? Ya veis que os he obedecido, pero sin conseguir nada; y así, volveré a mis prácticas de costumbre.»

Entre tanto. Pacomio empezaba a tener también visiones y revelaciones. Él se las contaba sencillamente a su maestro; pero Palemón callaba: «¿Por qué no me hablas, padre?», preguntaba el discípulo. «Oremos», contestaba siempre el anciano. Tal vez allí se ocultaba también el espíritu del orgullo. ¡Sabía tanto de sus astucias y sus maldades ! «Dios me llama—le decía Pacomio—para organizar la vida cenobítica en el desierto, para recoger a los solitarios dispersos en grandes monasterios, para guiar a muchos en el camino del bien. La regla que han de observar la veis aquí escrita en esta tabla por ministerio de ángeles.» Palemón temblaba, temblaba por su hijo predilecto, y en su larga experiencia de las artes de Satán, olía una y otra vez las tablas milagrosas, pero sin poder hallar en ellas el menor rastro de azufre. Y rezaba, rezaba, en su anhelo de conocer la voluntad de Dios. Al fin, una mañana llamó a su discípulo, y le dijo:

—Vístete de fortaleza, que Dios te llama para realizar una grande obra. Es preciso empezarla cuanto antes. Yo soy viejo; mis pobres piernas no resisten el peso de mi cuerpo; mis pupilas empiezan a llenarse de nieblas; de mi cabeza han desaparecido los últimos cabellos blancos. No obstante, mientras viva estaré junto a ti para levantar el monasterio y recibir a los hombres que vendrán de todas partes del mundo.

Y aceptando por vez primera los presentes de oro y plata que le traían sus devotos de Tebas, de Alejandría, de Antioquía y de Hierápolis, empezó la fábrica del gran monasterio de Tabenna. Mas no logró verla acabada. El día mismo en que sus discípulos celebraban su centenario, quedóse dormido con una sonrisa seráfica en los labios. Los anacoretas, arrodillados alrededor de su celda, vieron un coro de ángeles que se elevaba a los aires llevando entre sus túnicas el alma del bienaventurado anacoreta.

sábado, 24 de enero de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
De hecho se construyó un tabernáculo, el primero, donde estaban el candelabro, la mesa y los panes presentados
- éste se llama «el santo » -, y detrás de la segunda cortina el tabernáculo llamado «el santísimo».
Pero Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tabernáculo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado.
No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.
Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar
a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.

En aquel tiempo, Jesús fue a casa con sus discípulos y se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer.
Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales.

Palabra del Señor.

San Francisco de Sales

Lo mismo que Santa Teresa, San Francisco de Sales tuvo poca suerte con los pintores. Los retratos que de él nos quedan son irritantes; alguno hasta ridículo. Los biógrafos, en cambio, nos describen una fisonomía ideal. «Este niño bendito—dice uno de ellos—tenia impresos en toda su persona los caracteres de la bondad; su rostro estaba siempre alegre, sus ojos eran dulces, su mirada amante, y todo su exterior tan modesto, que parecía un ángel.» Otro nos da detalles más minuciosos: «Era de sana constitución y de elevada estatura; tenía la cabeza fuerte y bien formada, calva en la parte superior, pero adornada en la inferior de cabellos rubios, o, mejor, castaños; frente ancha y despejada, ojos cubiertos de cejas elevadas y bien arqueadas, mejillas encendidas con vivos colores, boca dulce, fisonomía benévola, tez delicada, y todas las facciones de una finura exquisita.» No se puede dudar de su belleza rubia, florida, deslumbrante, que le causó numerosas molestias. «Fue muchas veces tentado, y rudamente, por diversas personas», dice Santa Chantal; y añade: «¡Oh Dios mío! ¿Me atreveré a decirlo? Me parece que nuestro bienaventurado Padre era una imagen viva en que estaba pintado el Hijo de Dios y Señor nuestro.» Fue el mismo Santo el que hizo a la baronesa la confidencia de sus tentaciones. En una carta le decía: «También yo he sido atacado por todos los medios en una edad débil e inexperta; pero nunca miré a aquella gente sino para escupirla en la nariz.»

En su castillo saboyano de Sales, entre la vegetación riente de un valle alpino, había recibido, con una educación esmerada, la orientación religiosa suficiente para resistir aquellas luchas de vida de estudiante y sus primeros años de clérigo. Montañés, de espíritu sutil, desconfiado por las enseñanzas de una observación aguda, despejóse pronto de aquella credulidad excesiva, que se refleja en varias anécdotas de su infancia. Pero su corazón profundo tendía naturalmente hacia el candor de los niños: «No sé si me conocéis bien—escribía a Santa Chantal—. No soy muy prudente; es una virtud que no amo con exceso. Me gusta, porque es forzoso poseerla. En realidad, tampoco soy simple; pero es una maravilla el ardor con que amo la simplicidad. Ciertamente, las pequeñas y blancas palomitas son más agradables que las serpientes, y si fuese preciso juntar las cualidades de la una con las de la otra, yo no daría la simplicidad de la paloma a la serpiente, sino la prudencia de la serpiente a la paloma.»

Esto es, precisamente, lo que se había realizado en él. La prudencia de la serpiente se había agregado a la paloma, sin quitarle el encanto de la paloma. Gracias a esto, su adolescencia se conserva incólume a través de los colegios y las Universidades; primero en París, después en Padua, cuando escuchaba a los doctores de la Sorbona, y, finalmente, siendo discípulo de los jesuitas. No se puede poner en duda su energía para resistir la corrupción del ambiente escolar; pero, por naturaleza, era más bien tímido, débil, condescendiente, a pesar de la leyenda, que hace de él un violento, transformado por un vencimiento prodigioso. La resistencia está contra su carácter. Si puede ceder, cede siempre, antes que arrostrar de frente los obstáculos, y eso hasta en el combate espiritual. «Cuando encontréis dificultades —enseña—, no perdáis tiempo en romperlas; buscad un hábil rodeo.» A un amigo que le achacaba el aceptar demasiados sermones, le decía: «¿Qué queréis? Mi humor me lleva a la condescendencia. Encuentro la palabra «no» tan ruda para el prójimo, que no me atrevo a pronunciarla cuando se me pide algo razonable... Jamás contradigo a nadie.» No es un hombre terrible, y sus familiares lo saben bien. Lo mismo en París que en Padua, su ayo le trata con aires de dictador, y más tarde, en el palacio episcopal, vemos a su camarero «decidiendo, disponiendo y ordenándolo todo sin contradicción».

Es reservado, tímido, algo cerrado; pero hace esfuerzos para mostrarse afable y cordial. «Cuando yo era joven —dice—entregábame al ejercicio de la dulzura.» Así consiguió aquella bondad, aquella compasión, aquella graciosa benevolencia en que se mezclaba a la vez la caridad cristiana y la gentileza del mundo. Sus libros, ríos de miel, nos revelan la suavidad maravillosa de su vida interior. La gracia y la naturaleza se adaptan, se compenetran en él para formar aquel corazón tierno y compasivo, que le inspiraba estas palabras: «Hace cuatro días oí en confesión a un gentilhombre, bello como el día, bravo como la espada. ¡Oh Salvador de mi alma! ¡Qué alegría oírle acusar tan santamente sus pecados. Me puso fuera de mí mismo. ¡Cuántos besos de paz le di!» Sin embargo, su sensibilidad era completamente sobrenatural. «¡Qué feliz sería yo —exclama—si estuviese tan unido a Dios como desprendido del mundo»; y en otra parte decía: «Soy el hombre más afectivo del mundo, y, no obstante, sólo amo a Dios, y a todas las almas por Dios.» Y esto no era egoísmo; su propio ser le absorbía menos que ningún otro. No le considera como un asnillo, a estilo de San Pedro de Alcántara, sino que le trata como trata a los demás, sin rudeza, sin pasión, y hasta con cierta simpatía. Mira los movimientos de su alma como alguien que estuviese fuera de ella, unas veces curioso, otras alegre, otras resignado. Hablando de una tentación, dice bellamente: «Veíala yo allá abajo, muy abajo, en el fondo de la parte inferior de mi alma, hincharse y arrastrarse como un sapo.»

No contribuyó poco para llegar a aquel optimismo fundamental del alma de Francisco la crisis famosa por que atravesó cuando, próximo a los veinte años, estudiaba Teología en la Sorbona. Acuciado siempre del anhelo de perfección, piadoso sin desfallecimientos, tal vez pensaba demasiado en aquellas palabras bíblicas: «Obrad vuestra salvación con temor y temblor.» Él mismo nos dice que, siendo joven escolar, le vino un gran fervor y un deseo decidido de ser santo y perfecto. «Comencé a imaginar que para esto era necesario derribar la cabeza sobre el hombro diciendo mis oraciones, porque vi que otro escolar, que era realmente un santo, hacía lo mismo.» Cuando sus padres le anunciaron que tendría que ir a París, Francisco temblaba pensando en los peligros que le aguardaban, y después, en medio de las tentaciones, veíase al joven, melancólico y preocupado, exagerando la gravedad de sus faltas inocentes, y lamentándose de no oponer una resistencia más heroica a las seducciones del mundo. Entonces empezó a pensar que estaba condenado. Fue un sufrimiento terrible, que duró cerca de seis semanas y cuya violencia le quitó el sueño y las ganas de comer, quedándose en los huesos y amarillo como la cera. Pero un día, al volver abatido del colegio, entró en la iglesia de San Esteban de los Griegos, y allí encontró escrita en una tablilla esta oración a la Virgen: «Acordaos, ¡ oh Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han implorado vuestro socorro haya sido desechado por Vos. Animado de esta confianza, a Vos acudo, ¡oh Virgen Madre de las Vírgenes!, y me arrojo a vuestros pies gimiendo bajo el peso de mis pecados...» Rezó Francisco la oración, se levantó, y en el mismo instante encontróse enteramente curado. Parecíale que el mal se había desprendido como las escamas de la lepra.

Esta prueba fue beneficiosa, a la vez, para el corazón y para la inteligencia del joven estudiante. Influyó en su vida, lo mismo que en su pensamiento. La angustia, entonces desvanecida, era de orden dogmático, si no causada, al menos intensificada por un sistema especial de teología, según el cual ciertas almas han sido creadas exclusivamente para manifestar la justicia divina con la eternidad de las penas. Cuando en la iglesia de San Esteban se iluminan sus horizontes y desaparece la obsesión, Francisco abandona esta opinión y pasándose al campo contrario, se hace molinista.

Así se iba formando el gran maestro de la espiritualidad moderna. Teólogo en París, jurista en Padua, canónigo y preboste de Annecy, auxiliar del obispo de Ginebra, controversista y refinador de los protestantes, misionero y apóstol de la región del Chablais, donde consigue numerosas y prodigiosas conversiones, va poco a poco atesorando la experiencia necesaria para cumplir su gran misión de restaurador de la piedad. A los treinta y cinco años aparece de nuevo en París, siendo ya coadjutor de Ginebra. Fue una estancia de ocho meses, fecunda en enseñanzas y revelaciones. Entra en contacto con los grandes de la tierra, con los prelados, con el rey; trata a Berulle, a Richelieu, a San Vicente de Paúl; frecuenta los círculos donde se habla de cosas de espíritu, estudia los gustos reinantes, armoniza con ellos sus escritos, estudia los clásicos, pule su lengua, empieza a esmaltar sus sermones de recuerdos e historias de Plinio, frecuenta el trato de los oradores de la capital y los imita, acaso más de lo que hubiera debido. Él mismo nos dice que unos años más tarde se propuso «predicar algo más maduramente, algo más sólidamente, y, por decirlo en una palabra, algo más apostólicamente que antes». El prelado saboyano es recibido en todas partes con alegría; aún más, con entusiasmo; pero no es aún el arbitro de la santidad, sino el discípulo, el observador atento, el hombre lleno de gracia, de gentileza, de modestia, de precaución, que sabe ver y callar, aunque también hablar lo indispensable. Tratándose de esta época, es particularmente exacta la imagen que Santa Chantal nos ofrece de su trato: «Escuchaba a todo el mundo apaciblemente y todo el tiempo que cada uno quería. Sus maneras y su conversación eran extremadamente serias y majestuosas; pero siempre lo más humilde, lo más dulce, lo más natural que se ha visto jamás. Hablaba bajo, gravemente, reposadamente, dulcemente y sabiamente. No decía ni de más ni de menos, sino lo necesario; entre los negocios serios, solía derramar palabras de gran afabilidad cordial.»

Al volver a Ginebra, Francisco tiene la impresión de que se ha encontrado plenamente. Dueño de sus ideas, traza su método, que describe con toda claridad, y empieza a escribir aquellas admirables cartas de dirección que le revelan como el más fino conocedor del alma humana y del espíritu de Dios. Desde la primera nos da a entender que su método se distingue por la suavidad. Nada de aspereza; es preciso contar con la nobleza y la generosidad del alma devota. Exige la confianza y sabe ganarla. La segunda carta, dirigida a una mujer, empieza le esta manera: «Amo vuestro espíritu firmemente, porque pienso que Dios lo quiere, y tiernamente, porque le veo todavía débil y joven.» Es ya el maestro de la vida interior; conoce plenamente su verdad, su riqueza, sus engaños, sus complejidades y sus tropiezos, y está ya maduro para escribir la Introducción a la vida devota. La aparición de Filotea fue uno de los más grandes acontecimientos de principios del siglo XVII. Su éxito prodigioso señala una de las etapas de la historia del pensamiento y de la vida cristiana. Es poco todo lo que se diga sobre la gracia del estilo, la finura de la idea y la profundidad de los análisis morales; pero más que todo esto vale la originalidad de la empresa que con su obra acometía el obispo de Ginebra. Su propósito era llevar la piedad a todo el mundo, aplicarla a la vida común; presentarla, sin mancharse con el naturalismo de un Montaigne, tan dulce y tan amable, que al practicarla se sintiese el hombre, a ejemplo suyo, «ser tan hombre como si no fuese nada más». Si el hombre es con demasiada frecuencia «un animal severo, áspero y rudo», es preciso suavizarle y ablandarle con la miel y el azúcar de la devoción. « ¿No es una herejía—preguntaba—querer desterrar la vida devota de la compañía de los soldados, del taller de los artesanos, del palacio de los príncipes y del hogar de los casados?» Ante todo, Francisco siente la necesidad «de destruir la estúpida figura de una virtud triste, quejumbrosa, despechada, amenazadora, destructora, confinada en un peñón, rodeada de espinas, espantajo de las gentes», la virtud del cuello torcido, en que él estuvo a punto de caer durante su adolescencia. También aquí lo que caracteriza a San Francisco es la suavidad. Se ha propuesto colocar al alma «en una actitud de suavidad» con Dios, consigo misma y con las demás almas. «Quiero una piedad dulce, suave, agradable, apacible; en una palabra, una piedad franca y que se haga amar de Dios primeramente, y luego de los hombres.» Todo en la vida espiritual debe ser pacífico y alegre. Desde que aparece la inquietud, hay algo que no es puro; las mismas virtudes, «que se pierden a veces por sobrepasarlas», han de ser deseadas sin demasiada aspereza.

La amenidad del estilo contribuye a aumentar la impresión amable que nos causa la lectura de Filotea. Hay que tener presente, sin embargo, que el ascetismo de San Francisco de Sales, como todo ascetismo cristiano, exige sacrificio. Se le ha llamado, acaso con exageración, el más mortificante de los santos; pero es la verdad que él, como San Juan de la Cruz, nos conduce a la mortificación, a la lucha, al renunciamiento. En medio de tanta suavidad. Filotea tiene que estar dispuesta a tres cosas esenciales: a los exámenes de conciencia, «que abren los ojos sobre una cantidad de pecados que viven disfrazados en nuestro interior»; a las meditaciones, que ponen ante nosotros las perspectivas de la virtud, y a la práctica de los deberes de su estado, que hace penetrar la devoción en nuestro corazón, en nuestro espíritu y en nuestra vida. Sin embargo, y aquí está el matiz propio del obispo de Ginebra, en el camino de la virtud y en el renunciamiento al amor propio; más aprovechan la calma y la paciencia, que una actitud violenta y un ardor provocativo. Conoce San Francisco la estrategia ignaciana; mas para él, el más seguro medio de perfección es combatir el amor propio, no declarándole la guerra, sino despreciando sus ataques.

Sabía, no obstante, acomodarse a las necesidades de las almas. Con Santa Juana Francisca Fremiot de Chantal se muestra duro, exigente y minucioso; a veces, hasta cruel. En el primer encuentro que tuvo con ella, encontrándola excesivamente mundana en el vestido: «Señora—le dijo—, ¿dejaríais de parecer bien sin todos esos encajes?» En otra ocasión estaba sentado a la mesa de la santa, y sabiendo la aversión que ella tenía a las aceitunas, le sirvió una ración, significándole su deseo de que las comiese. «Cortad, romped las amistades—le escribía—, y no os detengáis en deshacer los nudos. Usad el cincel, manejad el cuchillo sin piedad.» Ya religiosa, la reprende en público con voz terrible por una falta infinitesimal, y sin decirle una palabra, la deja un largo rato deshecha en lágrimas. «¿No os he dicho, hija mía—repetía el santo—, que os había de despojar de todo?» Y observando aquella táctica inflexible, exclamaba ella: « ¡Oh Dios, qué fácil es dejar lo que nos rodea! Pero dejar uno su piel, su carne, sus huesos y penetrar en lo íntimo de la médula, esto es una cosa grande, difícil, imposible, si no es a la gracia de Dios.»

Más arriba que Filotea está Teótimo, el héroe del Tratado del amor de Dios, que sube ya los escalones de la vida mística. Aquí San Francisco de Sales sigue a Santa Teresa, como antes había seguido a Luís de Granada. Pero es siempre él mismo. Ha empezado su tarea «con el miedo de que ahora no tenga el éxito feliz de la vez anterior, pues la empresa es más fuerte y nerviosa. » Sin embargo, quiere hacer un libro de mística que se pueda recomendar a las gentes del mundo y a los hombres de la corte. «He tratado—dice él mismo—de suavizar, de huir ciertos rasgos difíciles.» Se propone hacer de la mística lo que había hecho de la devoción: una vía amable, fácil, deseable, sencilla, y hasta, podríamos decir, natural. Era una audacia grande, una empresa llena de novedad. Y hay que reconocer que el obispo de Ginebra la realiza con un tacto maravilloso. Lo sublime se presenta tan suavemente, los términos están escogidos con tan consumada habilidad, la progresión hacia las alturas es tan espontánea, tan insensible, el método de iniciación tan prudente, que muchos se han podido engañar sobre el verdadero sentido de esta obra, considerándola como una segunda parte de la Introducción a la vida devota. Sin embargo, en ella vemos expuestos los más altos estados de la oración: la quietud, la unión, el rapto, el éxtasis; pero la fascinación de su lenguaje claro y sabroso, lleno de gracia y originalidad, y a veces vibrante, con una emoción profunda, llega a hacer que aquellas regiones nos parezcan más accesibles. La magia de su pluma cubre de flores los caminos más difíciles; nada de tecnicismo, que puede entorpecer; nada de oscuridades y complicaciones inútiles; nada tampoco de los sutiles análisis, de los matices que distinguen los estados místicos. Su objeto es guiar al contemplativo, pero sin dar vértigo al que no ha salido del camino ordinario.

Diríase que San Francisco de Sales había adivinado la enfermedad que se estaba incubando en la sociedad de su tiempo. Sus libros, sus cartas, su espíritu, su vida, todo su pensamiento, se nos presentan como la antítesis del concepto jansenista de la vida espiritual. No hay en él nada de sombrío y tenebroso. Conoce todas las miserias de la naturaleza humana, pero nada le extraña ni le repugna. Su compasión no tiene límites, y su bondad es tan profunda, que, a pesar de las tristes experiencias cuyo fruto ha sido aquella prudencia tan poco amada por él, se empeña en creer buenos los pobres corazones humanos, que, sea dentro, sea fuera de la Iglesia, «no llegarán nunca a ahogar en ellos completamente la inclinación natural de amar a Dios».

«Sucede con frecuencia, entre las perdices, que las unas roban los huevos de las otras para incubarlos. Y mirad qué cosa más rara: el perdigón nacido y alimentado bajo las alas de una perdiz extraña, al primer reclamo que oye de su verdadera madre, abandona a la que hurtó el huevo, vuelve a su primera madre y se agrega a la pollada, por la correspondencia que tiene con su primer origen.»

Esto mismo, dice San Francisco de Sales, sucede con corazón humano. Educado en medio de las cosas materiales, bajo las alas de la naturaleza, no puede dejar de estremecerse cuando la voz de Dios llega hasta él. Por otra parte, Dios habla, habla constantemente, se inclina hacia la criatura, la busca, la invita al abrazo de la unión. ¿No es esto bastante para sentirse arrebatado por el más legítimo optimismo? Así piensa Francisco, y no le asusta el triste espectáculo del combate sin tregua entre el hombre superior y el inferior; al contrario, triunfa de este dualismo, tratando a la parte inferior del alma como un huésped molesto, ciertamente, pero ridículo, despreciable, inofensivo desde que se ha cesado de escucharle. «Mi conducta—dice—está llena de una gran variedad de imperfecciones contrarias, y el bien que quiero no lo hago; sin embargo, sé muy bien que, en verdad y sin fingimiento, lo quiero con una voluntad inviolable.»

viernes, 23 de enero de 2015

Milagros Eucaristicos 23-01-15

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
Ahora a nuestro sumo sacerdote le ha correspondido un ministerio tanto más excelente, cuanto mejor es la alianza de la que es mediador, una alianza basada en promesas mejores.
En efecto, si la primera hubiera sido perfecta, no tendría objeto la segunda.
Pero a los antiguos les echa en cara:
Mirad que llegan días -dice el Señor-, en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva; no como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto.
Ellos fueron infieles a mi alianza, y yo me desentendí de ellos -dice el Señor-.
Así será la alianza que haré con la casa de Israel después de aquellos días - oráculo del Señor-:
Pondré mis leyes en su mente y las escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.
Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: “¡Conoce al Señor!”, porque todos me conocerán, del menor al mayor, pues perdonaré sus delitos y no me acordaré ya de sus pecados.
Al decir ‘alianza nueva’, dejó anticuada la anterior; y lo que está anticuado y se hace viejo está a punto de desaparecer.

En aquel tiempo, Jesús, mientras subía a la montaña, fue llamando a los que Èl quiso, y se fueron con Èl.
A doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios. Así constituyó el grupo de los Doce:
Simón, a quien dio el sobrenombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, a quienes dio el sobrenombre de Boanerges -Los Truenos-, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Celotes y Judas Iscariote, que lo entregó.

Palabra del Señor.

Santa Marianne Cope

"Esta heroína de Molokai unió su amor a los enfermos al que les tenía el padre Damián, con el que colaboró. Valiente, generosa y sensible, hizo de aquel mundo de sufrimiento un escenario de paz, belleza y esperanza”.

El lamento de los débiles convierten en suyo los santos, desafiando obstáculos y riesgos, con la mirada puesta en Dios y la sensibilidad a flor de piel por toda deficiencia humana, lo que les lleva a actuar con premura en servicio del prójimo. No hay otro modo de transitar si verdaderamente se aspira a la unión con la Santísima Trinidad. Marianne –Bárbara de nombre de pila– emuló al padre Damián de Veuster (san Damián de Molokai) ayudándole, y secundándole de forma admirable en su labor cuando él falleció. De origen alemán –había nacido el 23 de enero de 1838 en Heppenheim, Hessen-Darmstadt, Alemania–, cuando tenía corta edad, sus padres que habían sido agricultores se trasladaron a Útica (Nueva York) y se convirtieron en ciudadanos americanos. Bajo el apellido Cope, Marianne se formó y trabajó como obrera en una fábrica durante más de una década. Poseía muchas cualidades, visión y capacidad organizativa, junto a una incontestable vocación por los desfavorecidos, los enfermos y débiles. Era una adolescente cuando se propuso ingresar en la vida religiosa. Pero tuvo que esperar. Ser la primogénita de una familia con dos minusválidos –ambos progenitores– y tres pequeños hermanos a su cargo, le impusieron un compás de espera de nueve años, en el transcurso de los cuales aguardó llena de confianza y paciencia, haciendo gala de esa alegría que caracteriza a los apóstoles de Cristo.

A los 24 años se integró en una rama de las Hermanas de San Francisco de Filadelfia. Y dado que el carisma estaba en la enseñanza de los hijos de inmigrantes alemanes –como había sido ella– volvió a sus orígenes aprendiendo alemán y poniéndose al frente de la apertura de nuevos centros docentes. Activa y clarividente fue un puntal en el gobierno (designada y reelegida superiora) en una época de gran fecundidad apostólica para su comunidad, que puso en marcha una cincuentena de centros hospitalarios, algunos de los cuales llegaron a gozar de gran prestigio, categoría que ostentan en la actualidad los de Santa Isabel de Útica (1866) y el de San José de Syracuse (1869). Dotados de medios inusuales sumamente apreciados por los ciudadanos, cualquier enfermo, sin distinción alguna, podía acceder a ellos. La sombría apreciación de quienes tienden a buscar lo negativo y congelan el aliento cuando se trata de ensalzar lo positivo perseguía a Marianne, que atendía con exquisita delicadeza a los alcohólicos y a las madres solteras, sin descuidar ni un instante a los más desfavorecidos de la sociedad.

Cuando en 1883 supo que buscaban enfermeras para atender a los leprosos en Hawai, se ofreció sin dudarlo: «No tengo miedo a la enfermedad. Para mí será la alegría más grande servir a los leprosos desterrados...». Superaba el medio centenar de comunidades religiosas que fueron reticentes a esta llamada del rey Kalakaua. Impactada por las deficiencias que halló en la leprosería de Kakaako (Honolulú) modificó sus planes que la hubieran llevado a Syracuse. Su presencia fue una gracia para todos los enfermos. Contó con el apoyo del gobierno que le propuso abrir un hospital general en Maui. Bajo la poderosa convicción: «Solo por Dios», se ocupó de que no les faltase nada ni a los leprosos ni a sus hijos en una admirable labor por la que fue condecorada por el monarca hawaiano.

En 1888 al clausurarse el hospital de Oahu los enfermos tenían que ser asistidos en Molokai. Allí se encontraba el padre Damián. El santo había contraído la lepra en 1884 y cuando llegó Marianne solo le quedaban cinco meses de vida. Ella fue el alma mater de la isla de Kalaupapa durante treinta años en los que se desvivió por los pacientes, que quedaron bajo su amparo tras el fallecimiento del religioso en 1889. Justamente en ese momento le ofrecieron regresar a Syracuse, pero se negó. Y realmente fue una bendición para los enfermos. Hombres, mujeres y niños tuvieron en esta valerosa mujer el consuelo y ayuda que la sociedad les negó. Dio un vuelco al escenario en el que se desenvolvía su drama cotidiano. Y junto con la dignidad de trato que nunca les faltó, convirtió el árido entorno en un vergel cuajado de árboles y delicadas flores que contribuían a sobrellevar tanto sufrimiento. En este paisaje amable que había brotado de su sensibilidad por la belleza, introdujo pulcritud y espacio para la distracción de aquel colectivo. Los niños recibían formación y muestras de ternura a raudales.

La inquietud por todos a quienes llevaba el amor de Dios, se tradujo también en un insistente clamor para que se respetaran los derechos de los menores, petición que fue escuchada por el gobierno. Alzó su voz con fuerza para exigir comida y medicación para los enfermos; hizo construir un hospital para mujeres, e impulsó el «Memorial Hospital» de Maui. Lavanderías, iglesias, colegios, talleres de costura, y manualidades fueron también objeto de su quehacer.

Cuando el escritor Robert L. Stevenson llegó a Hawai y vio la labor que hacía la santa y las religiosas que la secundaban quedó conmovido. Les dejó como obsequio un piano para que la música entrara en tan doloroso ambiente, y además, les dedicó un poema sobre la compasión, cuya conclusión es que «solo un mundo necio puede negar a Dios». Marianne falleció el 9 de agosto de 1918 cuando tenía 80 años de edad. Con humildad y sencillez había escrito: «No espero un lugar elevado en el cielo. Estaré muy agradecida de tener un rinconcito donde pueda amar a Dios por toda la eternidad». Fue beatificada por Benedicto XVI el 14 de mayo de 2005. Y él mismo la canonizó el 21 de octubre de 2012. El Martirologio la incluye el 9 de agosto, fecha de su muerte, pero en Estados Unidos se la recuerda en el día de hoy.

jueves, 22 de enero de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
Jesús puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor.
Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores
y encumbrado sobre el cielo.
Él no necesita ofrecer sacrificios cada día - como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo -, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.
En efecto, la ley hace a los hombres sumos sacerdotes llenos de debilidades. En cambio, las palabras del juramento, posterior a la ley, consagran al Hijo, perfecto para siempre.
Esto es lo principal de toda la exposición: Tenemos un sumo sacerdote tal, que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos y es ministro del santuario y de la tienda verdadera, construida por el Señor y no por hombre.
En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios; de ahí la necesidad de que también éste tenga algo que ofrecer.
Ahora bien, si estuviera en la tierra, no sería siquiera sacerdote, habiendo otros que ofrecen los dones según la Ley.
Estos sacerdotes están al servicio de un esbozo y sombra de las cosas celestes, según el oráculo que recibió
Moisés cuando iba a construir la tienda:
«Mira - le dijo Dios -, te ajustarás al modelo que te fue mostrado en la montaña.»
Mas ahora a él le ha correspondido un ministerio tanto más excelente, cuanto mejor es la alianza de la que es mediador, una alianza basada en promesas mejores.

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago, y lo siguió una muchedumbre de Galilea.
Al enterarse de las cosas que hacia, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transjordania, de las cercanías de Tiro y Sidón.
Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío.
Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.
Cuando lo veían, hasta los espíritus inmundos se postraban ante él, gritando:
_ «Tú eres el Hijo de Dios.»
Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer

Palabra del Señor.

Beato Ladislao Batthyány-Strattmann

Nació el 28 de octubre de 1870 en Dunakiliti (Hungría), sexto hijo de una familia de la antigua nobleza húngara. En 1876 la familia se trasladó a Kittsee Köpcseny, actualmente en Austria, a causa del permanente peligro de desbordamientos del Danubio.

Cuando tenía doce años perdió a su madre, que murió a la edad de treinta y nueve años. Ese hecho dejó una profunda huella en su espíritu. A menudo decía: "Seré médico y curaré gratuitamente a los enfermos pobres".

Después de los estudios de secundaria, tardó varios años antes de elegir profesión. Su padre quería que se dedicara a administrar el patrimonio familiar; por eso, se inscribió en la facultad de Agraria, en la universidad de Viena. Estudió también química, física, filosofía, literatura y música.

En 1896 comenzó los estudios de medicina en la universidad de Viena y en 1900 obtuvo el doctorado.

Se casó el 10 de noviembre de 1898 con la condesa María Teresa Coreth, una mujer de profunda religiosidad. El matrimonio fue muy feliz.

Dios los bendijo con trece hijos.

En 1902 Ladislao fundó un hospital privado en Kittsee, con veinticinco camas, donde trabajó como médico. Al inicio era médico general; luego se especializó como cirujano y, más tarde, sobre todo como oculista. Durante la primera guerra mundial, el hospital fue ampliado a 120 camas para la curación de los soldados heridos.

Después de la muerte de su tío Odón Batthyány-Strattmann, en 1915, Ladislao heredó el castillo de Körmend (Hungría), y también el título de "príncipe", así como el apellido Strattman. En 1920 la familia se trasladó de Kittsee a Körmend y en una parte del castillo montó un hospital, sobre todo para su actividad de oculista. En este campo, Ladislao llegó a ser un gran especialista, famoso tanto en su patria como en el extranjero.

Muchos pobres de Körmend, pero también de otras regiones, le pedían su ayuda y su consejo. Él los curaba gratuitamente. Como "precio" por la terapia y los cuidados, les pedía que rezaran un padrenuestro por él. También su farmacia les proporcionaba gratuitamente las medicinas. A menudo, incluso, les daba dinero para sus necesidades.

Ladislao no sólo se preocupaba de la salud física, sino sobre todo del bien espiritual de sus pacientes. Antes de las operaciones invocaba, juntamente con los enfermos, la bendición de Dios. Estaba convencido de que como médico sólo dirigía la operación, pues la curación era un don del Señor. Se sentía instrumento en las manos de Dios. Cuando los enfermos salían del hospital, les daba imagencitas y un librito titulado "Abre los ojos y ve", para ayudarles en su vida religiosa.

Muchos de sus pacientes, y de sus familiares, lo consideraban ya un santo.

Ladislao y su mujer se esforzaron siempre por educar cristianamente a sus hijos. Todos los días la familia participaba en la santa misa, después de la cual Ladislao les impartía una breve instrucción cristiana, y les daba una tarea concreta que debían realizar como una obra buena. Por la tarde, se rezaba el rosario en familia y luego conversaban sobre las actividades del día y la tarea asignada.

Su fe se mostró firme cuando se vio afectado por una enfermedad grave. A su hija Lilli le escribió desde el hospital Löw, en Viena: "No sé por cuánto tiempo Dios me dará este sufrimiento. Antes me daba una gran alegría en la vida; por eso, ahora, a los sesenta años, debo aceptar también los tiempos difíciles con gratitud". A su hermana le decía: "Soy feliz. Sufro muchísimo, pero amo mis dolores y me consuela el hecho de que los soporto por Cristo".

Murió el 22 de enero de 1931, en Viena, después de catorce meses de graves sufrimientos, con fama de santidad.

miércoles, 21 de enero de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también
Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberé a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos.
Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados.
La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron:
-«Todo el mundo te busca.»
Él les respondió:
-«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»
Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios

Palabra del Señor.

Santa Inés – Virgen y Mártir

Era en los últimos meses del año 304. En Roma, la golfería ociosa y fanática rodeaba al emperador de ruidosas aclamaciones que le hacían olvidar las maldiciones de las provincias. En el gran circo hubo corridas de carros en honor de Ceres. Vencidos los azules, contra los cuales apostaba Maximiano Hércules, estalló el entusiasmo popular en gritos y aclamaciones rítmicas, a las que el emperador respondía sonriendo feliz y agitando frenéticamente las manos. Después la turba clamó doce veces: «Vence, Augusto; pero acaba con los cristianos. Es el gusto del pueblo, no queremos cristianos.» Unos días después Maximiano sometía a la aprobación de los padres conscriptos el siguiente decreto: «Doy mi permiso para que dondequiera que haya cristianos sean arrestados por el prefecto de la ciudad o por sus subalternos y obligados a sacrificar a los dioses.» Así empezó en Occidente la persecución que Galerio había impuesto en Oriente a la debilidad de Diocleciano.

Entre las primeras víctimas romanas hay que contar a una de las figuras más graciosas, a una de las heroínas más populares del martirologio cristiano: Santa Inés. Las actas de su martirio inspiran poca confianza, pero su historia admirable está garantizada por los relatos de algunos de los más grandes escritores del siglo IV. Era casi una niña cuando la arrastraron al templo de los ídolos. Tenía trece años, dice San Agustín, es decir, la edad en que las doncellas de Roma eran ya núbiles. El despecho de un pretendiente la delató al prefecto «¡Qué halagos—dice San Ambrosio—empleó el perseguidor para seducirla! ¡Qué esfuerzos hizo para obtener que aceptase el casamiento! Pero ella respondía, intrépida: «Esperar que me vais a convencer sería hacer injuria a mi divino Esposo. El primero que me ha escogido, Ése recibirá mi fe. Verdugo, ¿por qué tardas? Perezca este cuerpo, que, a pesar mío, puede ser amado por los ojos de la carne.» El juez, irritado por tanta audacia, cambió de sistema. «¿A qué amenazas no acudió para hacerla temblar?» Habló del tormento del fuego, «pero ella—dice San Dámaso—pisoteó valientemente la rabia del tirano cuando quiso entregar a las llamas su noble cuerpo, y dominó con débiles fuerzas un inmenso terror». En vano la hicieron pasar por la tortura, canta, a su vez. Prudencio; intrépida y con valor altivo, estaba de pie sin temblar, y ofrecía espontáneamente a los garfios sus delicados miembros, alegre de dar su sangre generosa.

Anuncia luego el juez un suplicio más terrible para una virgen cristiana. «Si es fácil—dice—vencer el dolor y despreciar la muerte, hay algo más precioso para el pudor de una doncella. Voy a llevar a esta muchacha a un lupanar público; si no se refugia junto al altar y pide la protección de Minerva, la virgen a quien ella se empeña en despreciar, toda la juventud se acercará a ella para hacerla esclava de sus caprichos.» Inés responde serenamente: «Haz lo que quieras; pero te prevengo que Cristo no se olvida de los suyos; está con los que aman la pureza, y no permitirá que sea profanado el tesoro de su santa integridad. Hundirás el hierro impío en mi pecho, pero no mancharás mis miembros con el pecado.»

Dios hizo el prodigio que esperaba la fe. Bajo las arcadas del estadio de Alejandro Severo había una casa de prostitución. Allí fue expuesta la niña al fuego criminal de la lujuria; pero el lugar quedó santificado por la virtud de Dios, y sobre aquel mismo solar, frente a lo que es hoy la plaza Navona, se alza hasta nuestros días la iglesia de Santa Inés. San Dámaso cuenta que los cabellos, extendidos a lo largo del cuerpo, cubrieron los miembros desnudos de la virgen; Prudencio añade que sólo un joven se atrevió a mirarla con ojos impuros, y ya se disponía a acercarse a ella, cuando un pájaro de fuego bajó sobre él como un relámpago. Cegado por la luz, cayó palpitante en el polvo, de donde sus compañeros le levantaron exánime. El hecho causó profunda impresión; la multitud miraba a la joven con un terror sagrado, pero los jueces exigieron el cumplimiento de la ley, condenando a Inés a morir por la espada. «Miradla—dice San Ambrosio—; está de pie, firme y serena; reza con la cabeza inclinada. Tiembla el brazo del verdugo, su rostro palidece; la virgen, entretanto, aguarda valerosamente.» El hierro cae: «un solo golpe basta para tronchar la cabeza, y la muerte llega antes que el dolor».

Este bello morir impresionó vivamente a los contemporáneos de la heroína. En aquella actitud, la generación que siguió a las persecuciones descubrió un alma fuerte y exquisita. La admiración popular recoge su historia con respeto y amor; la imaginación crea en torno suyo una poética leyenda; su nombre penetra en el canon sagrado del Sacrificio universal; los poetas la cantan; los doctores celebran su gracia celestial y su varonil energía; Prudencio la ve remontándose al cielo entre coros de ángeles y aplastando la cabeza de la serpiente, que se enrosca, humillada, bajo su pie vencedor, y San Ambrosio le consagra una de sus páginas más inspiradas. «¿Cómo hablar dignamente—exclama—de aquello cuyo solo nombre encierra ya su elogio? Solamente pronunciarle es sacar a relucir un título de pureza. Pero ya es una alabanza abundante aquella que no es preciso buscar, que existe por sí misma. Cállese la retórica, retírese la elocuencia. Sólo una palabra, sólo un nombre basta. Que los ancianos y los niños y los jóvenes canten. Todos los hombres celebran a esta mártir, porque no pueden decir su nombre sin alabarla. Cuanto más tierna era su edad, más admirable es su fe. En su cuerpecito apenas había sitio para las heridas. Pero sí la espada no encontraba dónde herir, ella tenía fuerza para vencer a la espada. No marcha la esposa al tálamo nupcial tan presurosa como esta niña al lugar del suplicio. Va adornada, no de una cabellera trenzada artificiosamente, sino de Cristo; va coronada, no de flores, sino de gracia y castidad.»

Los siglos se transmiten unos a otros esta veneración entusiasta. De la poesía y la leyenda, la figura de la Virgen pasa al arte. En tiempo de Carlomagno, la representan los mosaicos romanos vestida de una amplia túnica y coronada a la manera bizantina. La escultura gótica empieza ya a poner a sus pies el cordero simbólico, que recuerda su nombre y su virginidad. Los artistas del Renacimiento nos ofrecen su imagen aureolada de gloria, inflamada en ardor de santidad, envuelta en arreboles de gracia y de belleza. ¿Cómo olvidar la Inés de Carlos Dolci, cuya dulce hermosura atrae con encanto irresistible? Blancura de lirio en las facciones; cuello alabastrino como varal de azucena; ojos claros, con reflejos que parecen un anticipo de la eterna luz; frente límpida, como un cristal blandamente acariciado por un alba misteriosa; cabellera abundante, recogida tras de las orejas, finas como pétalos de rosa; la figura entera, bañada de inefable poesía. Así debía de ser aquella heroína, que, a pesar suyo, era amada por los ojos de la carne.