domingo, 4 de mayo de 2025

Lecturas del 04/05/2025

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles, diciendo: « ¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen».
Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre.
Yo, Juan, miré, y escuché la voz de muchos ángeles alrededor del trono, de los vivientes y de los ancianos, y eran miles de miles, miríadas de miríadas, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza».
Y escuché a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar - todo lo que hay en ellos -, que decían: «Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
Y los cuatro vivientes respondían: «Amén».
Y los ancianos se postraron y adoraron.
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberiades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo; Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar».
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron: «No».
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: «Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

04 de Mayo 2025 – San Florián de Lorch

San Florián nació cerca del año 250 en la ciudad de Aelium Cetiumin, hoy conocida como Saint Pölten - Austria. Según la tradición era comandante del ejército romano en Baviera, siendo responsable de la brigada de bomberos.

Durante la persecución de Diocleciano, se presentó en la ciudad de Lorch el cónsul Aquilino para hacer valer el edicto de persecución contra los cristianos. Allí cumplió Florián su deber de militar perfectamente, hasta que se dio cuenta de que cuarenta de sus compañeros fueron encarcelados a causa de ser seguidores de Cristo. Entonces, se sintió impulsado a compartir la suerte de sus hermanos de fe y también se negó a perseguir a sus correligionarios.

Por ello fue conducido ante Aquilino quien le exigió que adorara a los dioses romanos a lo cual se opuso tajantemente. Fue desnudado, azotado cruelmente con garfios y, posteriormente, se le arrojó al río Enns atado por el cuello a una pesada roca; su cuerpo fue arrastrado por la corriente y fue a parar a una orilla. Entonces, sigue diciéndonos la tradición, descendió un águila para proteger sus restos, hasta que fue sepultado por una mujer llamada Valeria.

San Florián tiene el patronazgo sobre el cuerpo de bomberos, los deshollinadores de chimeneas, se invoca su protección sobre los que están en peligro de ahogarse y por este motivo, comparte con San Juan Nepomuceno dicha protección.

sábado, 3 de mayo de 2025

Compromiso con MARÍA 03/05/2025

03 de Mayo 2025 – Hallazgo de la Santa Cruz

La galanura de mayo ofrece a la vida, sobre los altares de la primavera, un cáliz opulento de rosas. Pienso en el buen Dios que, cada amanecer, pone un lujo de diamantes en el rocío, canciones en los pájaros, oro maduro en los trigales y una tierna esperanza en el corazón del hombre. Suspira San Juan de la Cruz, escoltado por los ángeles que habitan el aire inocente del alba: "¡Oh bosques y espesuras, plantadas por la mano del Amado!". Y le responden, en un salterio de colores y de perfumes, todas las criaturas humildes que resucitan con la primavera —las golondrinas, las aguas de las fuentes, los almendros—para que el alma enamorada se acerque más a su Dios.

 Todo vuelve a vivir ahora. Porque no sabemos dónde —si en la brisa o en la estrella, a las orillas del mar, entre las palmas del huerto o en la pequeña casa de nuestro corazón— unas campanas celestes repican sus alleluias de júbilo a Jesucristo resucitado, que se alza de su sepulcro, como Dux invencible de la vida. Miradle cuando se aparece de hortelano a la Magdalena, de peregrino a los peregrinos de Emaús, que arrastran, en la sobretarde, las sombras de su propia melancolía, entre un cansado andar de dudas y de incertidumbres. Y, en el Cenáculo, al fin, como Maestro, en medio de los apóstoles. Al abrir, de saludo, sus brazos, para que se certifiquen de que no es un fantasma, una claridad sangrienta anuda las cinco rosas de sus llagas sobre la carne real, pero celeste. Y, así, la cruz nos queda en el mundo redentor, palpitante, vivo.

 Para la augusta fiesta de este día escribió San Pablo a los gálatas: "Nosotros sólo podemos gozarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en el cual reside nuestra resurrección y nuestra vida, y por el que hemos alcanzado la libertad y la salud". Y entonces, como un eco risueño de este "introito" que canta la santa misa, todas las flores de la primavera se suben impacientes a los altares de mayo para ungir de su gozo la gloria de la cruz. Os diré los motivos.

 En los días cruciales de la disolución del Imperio romano. Parece increíble que aquella orgullosa república, extendida por todo el orbe conocido, con la geografía de sus calzadas y el ímpetu de sus legiones, hubiera de desmoronarse ante la pequeña comunidad de creyentes sembrada por Pedro entre las tiniebla de las catacumbas. Y así fue, contra todos los pronósticos racionales y los paganos augurios de los Césares.

 La nueva religión de la cruz, purificada en las controversias de los retóricos y de los sofistas, ha crecido en multitud de milagros, cuando los emperadores la creían aniquilada con la arbitrariedad de sus edictos de persecución. El testimonio de la sangre siembra poderosos crecimientos. Y el misterio vital, paradójico, de la cruz hace que la carne destruida y caliente de los mártires no sufra los rigores de la corrupción, sino que palpite, con una elocuente y divina presencia, en los discursos del Foro, en los juegos sensuales de las Termas, en la solemnidad del Senado, hasta subir a la cúpula del Capitolio para imperar desde allí.

 Ahora son los mejores. Y tanto influyen en la conciencia del pueblo que el Imperio no les puede ignorar. El edicto de Galerio plantea el difícil tema de los cristianos en su punto más realista. Por el futuro de la república, incierto ya y vacilante, se impone una tregua política, que, en la realidad, nada resuelve. Sólo la libertad de la Iglesia de Cristo pondrá paz en los corazones y grandeza en el regimiento de los ciudadanos destinos.

 Pues el hombre volcado a tan augusta empresa es Constantino. Eusebio de Cesárea nos describe en su Historia el perfil de este príncipe pagano. "Era, en su juventud florida, de talla eminente, la fisonomía noble y hermosa, fina y fuerte su musculatura. Pero aún subyugaba más por la ternura de su corazón ancho y por la luz de sus ojos que irradiaban realeza y poder". De otras fuentes sabemos que amaba la soledad meditabunda y que su alma no se saciaba en las filosofías groseras del politeísmo, sino que trascendía a la busca de la única Divinidad, a quien, aun sin conocerla, gustaba de invocar con el nombre de "Padre del cielo”.

 Imperaba en las Galias, compartiendo el poder con Majencio y Licinio. Los reinos divididos dan en la disolución y en la ruina. Y la guerra estalla entre los tres, como siempre, por piques de rivalidad y de soberbia. Constantino es multitudinario en el fervor de su pueblo y entre sus fieles legiones. Semejante aureola recome a Majencio, que pretexta vengar con sangre el supuesto asesinato de Máximo Hércules, por intrigas de Constantino. Pero el gran viento de las victorias empuja a los cien mil soldados desde las Galias hasta Turín, por Brescia y Verona, y a todo lo largo de la vía Flaminia. Constantino tenía videncias de su propio triunfo, porque no combatía solamente con sus ejércitos, sino con el poder divino de aquel anagrama que, a la luz sangrienta del otoño, resplandecía en los estandartes y sobre el pecho de sus leales, recordando otra batalla más cruel y decisiva: la de Cristo en la cruz. Y con su nombre iba seguro a la victoria.

 Fue así el milagro, según lo refiere Eusebio, recogido de los mismos labios del emperador. Que a los comienzos de esta injusta guerra embargaba su espíritu el pensamiento de la muerte, como acontece a los que llevan oficio de armas. Y repasó en su memoria el fin dramático de todos los emperadores que habían perseguido a los cristianos. Sólo su padre, Constancio, encontró una muerte piadosa, tranquila, serena. ¿Acaso porque quiso bien, en amistad y protecciones, a los creyentes de la cruz? Pide entonces un signo al Señor de los Ejércitos. Y se le dio, en un estupendo milagro. Sobre un cielo deslumbrante de mediodía vio arder una cruz de sangre, con esta divisa: IN HOC SIGNO VINCES. Era el lábaro de su victoria. Y más aún. En el sueño impaciente de aquella noche Cristo se le muestra, ordenándole que sus combatientes, sus armas, sus banderas, lleven su propio nombre sacro e invencible. Y mientras aquel 28 de octubre del 312 se alza al cielo, desde las siete colinas, el incienso inútil ofrecido por Majencio a los dioses paganos, la última batalla del Puente Milvio, sobre el Tíber, proclama a Constantino emperador triunfante en la señal de la cruz.

 El famoso Edicto de Milán es el ofrecimiento de su victoria a la cruz. Los cristianos se ven libres, con todos los derechos jurídicos de los ciudadanos de Roma. En su brevedad, una sola idea se repite, con clara intención, para que no haya espacio a interpretaciones o dudas: la perfecta igualdad de ciudadanía para los creyentes, a los que ningún prefecto podrá, en adelante, torturar con los garfios y las cárceles ante la pública profesión de su fe.

 Y, a los pocos años, el hallazgo de la cruz, como radiante trofeo de aquella gesta castrense. Era muy lógico que Constantino y los de su casa anhelaran, muy ardidamente, poseer aquella cruz, aparecida en los cielos. Y es su madre Elena la que se pone en piadosa romería hacia Oriente. Todo esto es pura historia. La podemos seguir con Eusebio, por todo el itinerario, entre las aclamaciones entusiastas que la hacen, a su paso, las provincias del Imperio. Visita la cueva de Belén para seguir, con fidelidad, el recuerdo de la vida de Cristo. Sobre el desnudo pesebre, que profanan unos altares en honor de Adonais, edifica un templo majestuoso, "de una hermosura singular, digno de eterna memoria". Se detiene largamente en el lago, porque aquel mar de Tiberíades, que tiene geografía y curvas de corazón, palpita como el corazón de todo el Evangelio, como el mismo Corazón de Cristo. Y después a las agonías del monte de los Olivos. Y al Calvario.

 En este punto nos despedimos de Eusebio de Cesárea, que nos guio minuciosamente, con sus infolios, en la peregrinación de la emperatriz. Los rigores de la crítica histórica hinchan el silencio de este escritor para tejer las insidias de la duda en la maravilla celeste del HALLAZGO. Pero este dato no entenebrece su perfecta historicidad. Lo consignan escritores eminentes: Rufino, Sozomeno, el Crisóstomo, San Ambrosio, y el Breviario Romano lo tiene recibido, en las Lecciones históricas, para la fiesta de este día. Además, Eusebio de Cesárea no ignora el suceso, aunque no lo consigne expresamente, pues reproduce una carta de Constantino a Macario, obispo de Jerusalén, en la que se habla "del memorial de la Pasión escondido, bajo la tierra, durante muy largos años".

 Con las fuentes mencionadas podemos componer la historia así. A los comienzos del siglo IV el más inconcebible abandono cubría los Santos Lugares, a tal punto que la colina del Gólgota y el Santo Sepulcro permanecían ocultos bajo ingentes montañas de escombros. El concilio de Nicea dictó algunas disposiciones para devolver su rango y su prestigio a aquellas tierras sembradas por la palabra y la sangre del Redentor, mientras el mismo Constantino ordenaba excavaciones que hicieran posible recuperar el Santo Sepulcro.

 Y allí Elena, alentando con su poder y sus oraciones el penoso trabajo. Se descubre una profunda cámara con los maderos, en desorden, de las tres cruces izadas sobre el Calvario aquel mediodía del viernes. ¿Cuál de las tres, la verdadera cruz de Jesucristo? Y entonces el milagro, para un seguro contraste. Porque el santo obispo de Jerusalén, a instancias de Elena, las impone a una mujer desvalida, siendo la última la que le devuelve la salud. Aún la tradición añade que, al ser portada la Vera Cruz, procesionalmente, en la tarde de aquel día, un cortejo fúnebre topó con el piadoso y entusiasta desfile, y, deseando el obispo Macario más y más certificarse sobre el auténtico madero, mandó detenerle, como Jesucristo en Naím, cuando los sollozos de la madre viuda le arrancaron del corazón el devolverle la vida a su único hijo muerto. Se probaron, con el que llevaban a enterrar, las tres cruces, y sólo la que ya veneraban como verdadera le resucitó. Era el 14 de septiembre del año 320.

 La emperatriz Elena, en nombre de su hijo, edificó allí el "Martyrium” sobre el sepulcro, dejando la cruz, enjoyada en riquísimo ostensorio, para culto y consuelo de los fieles. Una parte fue enviada a Constantino, junto con los cinco clavos, dedicando a tan insignes reliquias la basílica romana de la Santa Cruz de Jerusalén para que toda la cristiandad la venerara y fortaleciera también la "Roca" de Pedro. Dictó, además, Constantino un decreto, por el que nadie sería en adelante castigado al suplicio de la cruz, divinizada ya con la muerte del Hijo de Dios.

 Las cristiandades de Oriente celebraron este hallazgo de la cruz con la pompa hierática de su rica liturgia, en el "Martyrium" de Constantino, consagrado el 14 de septiembre del 326. Precedían a la fiesta cuatro días de oraciones y rigurosos ayunos de todas aquellas multitudes que afluían de Persia, Egipto y Mesopotamia. Allí encontró su camino de santidad una mujer egipciaca pecadora que, como la Magdalena, se llamaba María.

 Muy pronto la fiesta del hallazgo se incorporó a las liturgias de toda la cristiandad cuando fueron llegando a las Iglesias occidentales las preciosas reliquias del "Lignum Crucis", como regalo inestimable para promover entre los fieles el recuerdo vivo de nuestra redención.

 Tres siglos después —3 de mayo del 630— acontecía en Jerusalén otro suceso feliz. El emperador Heraclio, depuesta la majestad de sus mantos y de su corona, con ceniza en la cabeza y sayal penitente, portaba sobre sus hombros, desde Tiberíades a Jerusalén, la misma Vera Cruz que halló Elena. En un saqueo de la Ciudad Santa fue sustraída por los infieles persas. Y ahora era devuelta al patriarca Zacarías con estos ritos impresionantes de fervor y humildad.

 Las liturgias titularon este acontecimiento con el nombre de “Exaltación de la Santa Cruz". Y, aunque las Iglesias occidentales acogieron con entusiasmo semejante recuperación definitiva del Santo Madero, sólo muy tardíamente fue conmemorada su fiesta, según se ve en el sacramentario de Adriano. El tiempo confundió la historia de ambas solemnidades. Y todo el Occidente cristiano, dando mayor acogimiento y simpatía al hallazgo de la cruz, lo celebró siempre en este día 3 de mayo, dejando para el 14 de septiembre la memoria de la "Exaltación”.

 Escribía De Broglie en el pasado siglo: "A la nueva de que Jerusalén se alzaba de sus ruinas, coronada por la verdadera cruz de Cristo, escapóse un grito de alegría de toda la familia cristiana. Dios acababa de consagrar, con un postrer milagro, el triunfo ya maravilloso de su Iglesia. ¡Qué espectáculo este resurgimiento, desde las entrañas de la tierra, de los instrumentos del Suplicio divino, convertidos en una señal de dominación y de victoria. Se creía hallarse presente a la resurrección universal y ver al Hijo del Hombre, entronizado en la nube, venir para coronar a sus fieles servidores".

 Pero la cruz de Cristo resume, en su íntima teología, todos los misterios estremecidos que hilan el dogma de la religión cristiana. Dos proyecciones hacia el infinito: la una, fragante de luz; la otra, sombría de sacrificio y de sangre.

 Como signo de libertad para todo el linaje humano, resplandece victoriosa, presidiendo el desfile apresurado de las edades, de las civilizaciones y de las culturas, con una viva presencia impresionante, en todos los corazones que creen, que esperan y que aman. El navío de Pedro puede marear seguro, hasta que pase este mundo y su figura, todos los mares amargos y difíciles, porque lleva, en la vela latina, el signo inmortal de la cruz.

 Ella es cima de heroísmos sobre los pechos de los cruzados, engarzada a un laurel perenne de sangre y luz en la pluma de Santo Tomás, que escribe constelaciones de sabiduría; sacrificio en el puño de las espadas que se emplean en los combates de la justicia; amor en los ojos arrobados de Santa Teresa; señorío en la cúpula de todas las coronas; eterno descanso sobre la tierra humilde de las tumbas. ¡La cruz no es sólo bandera de esperanza, sino evidencia gozosa de inmortalidades, porque nos libertó, con su poder divino, de todas las servidumbres del demonio, de las agusanadas ligaduras de la muerte y de la muerte eterna de nuestro pecado! Pero tiene otra cara, también, de suplicio y de escándalo, de agonías desamparadas y de victimación. Aquel día del paraíso, cuando un crepúsculo de melancolía ensombreció toda su plural hermosura, el árbol de la vida, mancillado por el ansia de nuestros padres, quedó allí, como argumento justo de nuestro destierro en el valle de lágrimas que es el mundo, Y había tan infinita fealdad en aquel pecado de origen que sólo Dios podía saldar adecuadamente la deuda. Pues la respuesta al árbol del paraíso está en el árbol de la cruz. Árbol joven, vitalísimo, pero desnudamente sangriento, porque ha servido de altar al sacrificio hasta la muerte del Hijo de Dios, Jesucristo.

 El sencillo esquema de su mensaje, del misterio amoroso de su Encarnación, cuando se hace Hombre, inscrito en las miserias de nuestra mortalidad, podía enunciarse así: "Para hacernos conformes con su imagen". Para que echemos toda nuestra vida incierta y angustiada en el molde caliente de su propia vida. "Aprended de Mí", nos enseña. Y nos invita: "Si alguno quiere venir conmigo, que tome su cruz y que me siga". Luego esta cruz, que ahora conmemoramos, debe presidir nuestras vidas y nuestro destino.

 La ascesis cristiana aprieta cinturas de ceniza y ayuno a nuestra carne, coronas de espino a nuestro corazón, soledades de agonía al alma. Y, sin embargo, la nuestra es religión iluminada de afirmaciones y optimismo, de infinita belleza porque se nutre del amor. Porque Cristo y su cruz, después de todas las humillaciones y fracasos, entre las burlas y los retos de aquélla chusma que a sus pies bramaba, se alzó —cruz de luz— a las eternas victorias del cielo. Tenía un nombre —Cristo y su cruz—, dado por el Padre, que era superior, en poder y señorío, a todos los más altos y orgullosos nombres. Y ante ese Nombre doblan su adoración los cielos, y sus humildes súplicas la tierra, y su rabia impotente los abismos.

 Por eso la primavera ofrece a esta “Cruz de mayo” esclarecida y deslumbrante de vida, un cáliz opulento de rosas. ¡Que también la rosa de nuestro corazón, encendida y caliente, se enrosque, como el de la Magdalena, a las glorias y las victorias de la cruz!

Reflexión del 03/05/2025

Lecturas del 03/05/2025

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados, y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano.
Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.
En aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí».
«Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras, Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

Palabra del Señor.

03 de Mayo 2025 – Santos Felipe y Santiago, Apóstoles

El evangelio dice que era de Caná de Galilea, que su padre se llamaba Alfeo y que era familiar de Nuestro Señor. Es llamado "el hermano de Jesús", no porque fuera hijo de la Virgen María, la cual no tuvo sino un solo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, sino porque en la Biblia se le llaman "hermanos" a los que provienen de un mismo abuelo: a los primos, tíos y sobrinos (y probablemente Santiago era "primo" de Jesús, hijo de alguna hermana de la Sma. Virgen). En la S. Biblia se lee que Abraham llamaba "hermano" a Lot, pero Lot era sobrino de Abraham. Y se le lee también que Jacob llamaba "hermano" a Laban, pero Laban era tío de Jacob. Así que el decir que alguno era "hermano" de Jesús no significa que María tuvo más hijos, sino que estos llamados "hermanos", eran simplemente familiares: primos, etc.

San Pablo afirma que una de las apariciones de Jesús Resucitado fue a Santiago. Y el libro de Los Hechos de los Apóstoles narra cómo en la Iglesia de Jerusalén era sumamente estimado este apóstol. (Lo llamaban "el obispo de Jerusalén"). San Pablo cuenta que él, la primera vez que subió a Jerusalén después de su conversión, fue a visitar a San Pedro y no vio a ninguno de los otros apóstoles, sino solamente a Santiago. Cuando San Pedro fue liberado por un ángel de la prisión, corrió hacia la casa donde se hospedaban los discípulos y les dejó el encargo de "comunicar a Santiago y a los demás", que había sido liberado y que se iba a otra ciudad (Hech. 12,17). Y el Libro Santo refiere que la última vez que San Pablo fue a Jerusalén, se dirigió antes que todo "a visitar a Santiago, y allí en casa de él se reunieron todos los jefes de la Iglesia de Jerusalén" (Hech. 21,15). San Pablo en la carta que escribió a los Gálatas afirma: "Santiago es, junto con Juan y Pedro, una de las columnas principales de la Iglesia". (Por todo esto se deduce que era muy venerado entre los cristianos).

Cuando los apóstoles se reunieron en Jerusalén para el primer Concilio o reunión de todos los jefes de la Iglesia, fue este apóstol Santiago el que redactó la carta que dirigieron a todos los cristianos (Hechos 15).

Hegesipo, historiador del siglo II dice: "Santiago era llamado ‘El Santo’. La gente estaba segura de que nunca había cometido un pecado grave. Jamás comía carne, ni tomaba licores. Pasaba tanto tiempo arrodillado rezando en el templo, que al fin se le hicieron callos en las rodillas. Rezaba muchas horas adorando a Dios y pidiendo perdón al Señor por los pecados del pueblo. La gente lo llamaba: ‘El que intercede por el pueblo’". Muchísimos judíos creyeron en Jesús, movidos por las palabras y el buen ejemplo de Santiago. Por eso el Sumo Sacerdote Anás II y los jefes de los judíos, un día de gran fiesta y de mucha concurrencia le dijeron: "Te rogamos que ya que el pueblo siente por ti grande admiración, te presentes ante la multitud y les digas que Jesús no es el Mesías o Redentor". Y Santiago se presentó ante el gentío y les dijo: "Jesús es el enviado de Dios para salvación de los que quieran salvarse. Y lo veremos un día sobre las nubes, sentado a la derecha de Dios". Al oír esto, los jefes de los sacerdotes se llenaron de ira y decían: "Si este hombre sigue hablando, todos los judíos se van a hacer seguidores de Jesús". Y lo llevaron a la parte más alta del templo y desde allá lo echaron hacia el precipicio. Santiago no murió de golpe sino que rezaba de rodillas diciendo: "Padre Dios, te ruego que los perdones porque no saben lo que hacen".

El historiador judío, Flavio Josefo, dice que a Jerusalén le llegaron grandes castigos de Dios, por haber asesinado a Santiago que era considerado el hombre más santo de su tiempo.

Este apóstol redactó uno de los escritos más agradables y provechosos de la S. Biblia. La que se llama "Carta de Santiago". Es un mensaje hermoso y sumamente práctico. Ojalá ninguno de nosotros deje de leerla. Se encuentra al final de la Biblia. Allí dice frases tan importantes como estas: "Si alguien se imagina ser persona religiosa y no domina su lengua, se equivoca y su religión es vana". "Oh ricos: si no comparten con el pobre sus riquezas, prepárense a grandes castigos del cielo". "Si alguno está triste, que rece. Si alguno se enferma, que llamen a los presbíteros y lo unjan con aceite santo, y esa oración le aprovechará mucho al enfermo" (de aquí sacó la Iglesia la costumbre de hacer la Unción de los enfermos). La frase más famosa de la Carta de Santiago es esta: "La fe sin obras, está muerta".

viernes, 2 de mayo de 2025

Compromiso con MARÍA 02/05/2025

Reflexión del 02/05/2025

Lecturas del 02/05/2025

En aquellos días, un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la Ley, respetado por todo el pueblo, se levantó en el Sanedrín, mandó que sacaran fuera un momento a los apóstoles y dijo: «Israelitas, pensad bien lo que vais a hacer con esos hombres. Hace algún tiempo se levantó Teudas, dándoselas de hombre importante, y se le juntaron unos cuatrocientos hombres. Fue ejecutado, se dispersaron todos sus secuaces y todo acabó en nada. Más tarde, en los días del censo, surgió Judas el Galileo, arrastrando detrás de sí gente del pueblo; también pereció, y dispersaron todos sus secuaces.
En el caso presente, os digo: no os metáis con esos hombres; soltadlos. Si su idea y su actividad son cosa de hombres, se disolverá; pero, si es cosa de Dios, no lograréis destruirlos, y os expondríais a luchar contra Dios».
Le dieron la razón y, habiendo llamado a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre. Ningún día dejaban de enseñar, en el templo y por las casas, anunciando la buena noticia acerca del Mesías Jesús.
En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea, o de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos.
Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: « ¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?».
Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer, Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es eso para tantos?».
Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo».
Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil.
Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.
Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda».
Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo».
Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

Palabra del Señor.

02 de Mayo 2025 – San Antonino Pierozzi

En Florencia, en la región de la Toscana, en Italia, san Antonino, obispo, quien, después de llevar a cabo una labor de reforma en la Orden de Predicadores, se consagró con diligencia al ministerio pastoral de su diócesis, resplandeciendo por su santidad y por su provechosa y sistemática predicación.

Florentino de la familia Pierozzi, su padre, Niccoló, era notario, y su madre se llamaba Tommasa di Cenni; bajito y macilento; cuando era niño, se presentó ante el beato Juan Domenico, para pedirle ingresar en la Orden de Predicadores, pero éste le consideró no adapto para la vida del claustro y le dijo: "Vuelve otro año, cuando te hayas aprendido de memoria todas las Decretales -"Decretum Gratiniani"-  (que eran miles)". Al año siguiente volvió con todo aprendido de memoria y tuvo que ser acogido en la Orden. Ingresó en el convento de Santa María Novella de Florencia, como postulante, y a los 16 años ingresó como novicio en el convento de Cortona, con vistas  una futura comunidad que sería el centro de la reforma: Fiesole. 

San Lorenzo de Ripafratta, le instruyó en Cortona. Emitido los votos, en 1406 fue trasladado a Fiesole, donde en 1413 fue ordenado sacerdote. Tenía fama de hombre de fe y de oración. Fue prior de los conventos de Foligno, Cortona, San Domenico de Fiesole (1421) y Nápoles; luego fue elegido prior de la comunidad más importante de la Orden: del convento de la Minerva en Roma (1430); aquí fue auditor de a Rota y maestro destacado de derecho canónico. Y, en 1437, fue designado vicario general de la reforma italiana. 

En 1436 fundó San Marcos en Florencia, donde también fue prior y entre cuyos monjes se encontraba, el beato Juan de Fiesole (fra Angélico), al que mandó que decorase algunas de las estancias. En San Marcos creó un centro de estudios para el clero y para los cristianos de Florencia: su biblioteca fue la primera abierta al público en Europa (1443); en este tiempo escribió la primera "Suma de Teología Moral" que se publicó. También publicó "Chronicón". Se le considera el mayor moralista del siglo XV.

En el 1439, se convocó el Concilio ecuménico de Ferrara-Florencia y en 1446, el papa Eugenio IV lo nombró arzobispo de Florencia, que sentía tal veneración por nuestro santo, que cuando sintió la proximidad de su muerte lo llamó a Roma para pedirle su bendición. Se dio conocer por su caridad y celo apostólico, y por una austeridad de vida hasta su muerte. Fue un arzobispo tan ecuánime, que el papa Adriano VI le llamaba Antonino "el Consejero". Para ayudar a los pobres vergonzantes había fundado la “Sociedad de los buenos hombre de San Martín”. Hizo muchas visitas pastorales, algo insólito para la época. Luchó contra el poder absolutista de Cosme de Médicis, y lo excomulgo dos veces, una por querer aplastar las leyes de la República y la otra por atentar contra su vida. Escribió defendiendo el trabajo como derecho del hombre, y no como afrenta. 

Fue canonizado el 31 de mayo de 1523 por el papa Clemente VII. Desde 1969 su culto se ha limitado a los calendarios locales. Copatrono de Florencia. 

jueves, 1 de mayo de 2025

Compromiso con MARÍA 01/05/2025

Reflexión del 01/05/2025

Lecturas del 01/05/2025

En aquellos días, los apóstoles fueron conducidos a comparecer ante el Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo: - « ¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Pedro y los apóstoles replicaron: - «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen».
Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos.
El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra.
El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta u testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz.
El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Palabra del Señor.

01 de Mayo 2025 – San Ricardo Pampuri

En Milán, en Italia, san Ricardo (Herminio Felipe) Pampuri, quien, después de haber ejercido en el mundo con gran generosidad su profesión de médico, ingresó en la Orden de San Juan de Dios y, al cabo de casi dos años, descansó piadosamente en el Señor.

Nació en Trivolzio (Pavía). Se llamaba Herminio. Se quedó huérfano muy joven y sus abuelos lo llevaron a Turín, donde empezó a estudiar. Más tarde participó en grupos de Acción Católica, como joven cristiano seglar. Estudió Medicina en la universidad de Pavía gracias a su tío médico, Carlo Campari, y obtuvo, al licenciarse las máximas calificaciones en 1921. Durante su época universitaria, perteneció a las Conferencias de San Vicente de Paúl y a la Tercera Orden franciscana. Participó con heroísmo en la I Guerra Mundial como sanitario y aquella experiencia de cuerpos desgarrados le sirvieron para meditar sobre su vocación. 

Vivió su profesión médica como una misión, y se dedicó a ella con diligencia, altruismo y espíritu de sacrificio en Marimondo (pueblo en el que ejerció durante seis años) y situado a 20 kms. De Milán. Al mismo tiempo cultivó de forma especial su vida espiritual, dedicando mucho tiempo a la meditación y a la oración, además de realizar numerosas obras de caridad. Participó en las iniciativas parroquiales y en la vida de las asociaciones, a las que entregaba parte del dinero que ganaba. 

Aunque admiraba la Compañía de Jesús, vio que Dios le llamaba a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, en la que ingresó en 1927, tomando el nombre de Ricardo. Fue ejemplar en la observancia de la regla y en el cumplimiento de las misiones médicas que se le encomendaron. Su primer trabajo, como hermano Hospitalario, fue instruir a sus hermanos más jóvenes que debían graduarse como enfermeros; se le confió también el cuidado del dispensario de cirugía dental. A los 33 años se le declaró una hemoptisis (tuberculosis) sin solución. Murió en Milán y su fama de médico entregado y buen religioso se extendió enseguida por toda Italia. Fue canonizado por Juan Pablo II el 1 de noviembre de 1989.