domingo, 3 de noviembre de 2024
Lecturas del 03/11/2024
Moisés habló al pueblo diciendo: «Teme al Señor, tu Dios, tú, tus hijos y nietos, y observando todos sus mandatos y preceptos, que yo te mando, todos los días de tu vida, a fin de que se prolonguen tus días. Escúchalo, pues, Israel, y esmérate en practicarlos, a fin de que te vaya bien y te multipliques, como te prometió el Señor, Dios de tus padres, en la tierra que mana leche y miel. Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo.
Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas las fuerzas.
Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón».
Hermanos:
Ha habido multitud de sacerdotes de la anterior Alianza, porque la muerte les impedía permanecer; en cambio, Jesús, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de él, pues vive siempre para interceder a favor de ellos. Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.
Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.
En efecto, la ley hace sumos sacerdotes a hombres llenos de debilidades. En cambio, la palabra del juramento, posterior a la ley, consagra al Hijo, perfecto para siempre.
En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: « ¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. “ El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que estos». El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
Palabra del Señor.
03 de Noviembre – Beata Alpaide de Cudot
La historia de la vida de Alpaide es especialmente interesante por tres motivos: fue escrita en vida, el autor era un monje cisterciense de Les Echarlis que la conoció bien, está demostrado por crónicas contemporáneas y por algunos documentos que aún existen. Hija mayor de una familia campesina de Cudot, hoy diócesis de Orleans, trabajó en el campo desde muy joven, hasta el día en que fue atacada por una grave enfermedad, probablemente lepra. Según su biógrafo, tuvo una visión de la Virgen, probablemente en 1170, durante la cual se recuperó, pero perdió completamente el uso de sus extremidades, y desde entonces quedó postrada en cama, inválida pero sana.
Durante mucho tiempo no tocó comida ni bebió agua (de hecho, no comía nada más que el Santísimo Sacramento, que recibía una vez a la semana, el domingo). Este hecho llamó la atención de Guillaume, arzobispo de Sens, que nombró una comisión para examinar su caso y que luego garantizó la autenticidad de su ayuno (es la primera persona que se cree que vivió durante años únicamente de la Eucaristía).
Luego, el arzobispo hizo construir una iglesia cerca de su casa, para que ella también pudiera participar en los servicios religiosos, mirando por una ventana.
Todo esto permitió también que la santidad de Alpaide, además de su fama de hacedora de milagros y de su experiencia de estados de éxtasis, transformara Cudot en un lugar de peregrinación del que la Iglesia local se beneficiaba económicamente, ya que muchas personas, incluidos prelados y miembros de la nobleza vino de todas partes a visitarla; en 1180, la reina Adela, esposa del rey Luis VII de Francia, hizo una donación "en beneficio de Alpaide".
Alpaide murió el 3 de noviembre de 1211 y fue enterrado en el coro de la iglesia de Cudot; inmediatamente después de su muerte nació el culto que fue confirmado en 1874.
Durante mucho tiempo no tocó comida ni bebió agua (de hecho, no comía nada más que el Santísimo Sacramento, que recibía una vez a la semana, el domingo). Este hecho llamó la atención de Guillaume, arzobispo de Sens, que nombró una comisión para examinar su caso y que luego garantizó la autenticidad de su ayuno (es la primera persona que se cree que vivió durante años únicamente de la Eucaristía).
Luego, el arzobispo hizo construir una iglesia cerca de su casa, para que ella también pudiera participar en los servicios religiosos, mirando por una ventana.
Todo esto permitió también que la santidad de Alpaide, además de su fama de hacedora de milagros y de su experiencia de estados de éxtasis, transformara Cudot en un lugar de peregrinación del que la Iglesia local se beneficiaba económicamente, ya que muchas personas, incluidos prelados y miembros de la nobleza vino de todas partes a visitarla; en 1180, la reina Adela, esposa del rey Luis VII de Francia, hizo una donación "en beneficio de Alpaide".
Alpaide murió el 3 de noviembre de 1211 y fue enterrado en el coro de la iglesia de Cudot; inmediatamente después de su muerte nació el culto que fue confirmado en 1874.
sábado, 2 de noviembre de 2024
02 de Noviembre 2024 – Conmemoración de los Fieles Difuntos
Hoy son multitudes las que van y vienen a los cementerios que están durante todo el día llenos. En los alrededores hay puestos de flores con cantidad de ofrecimientos para adornar siquiera sea por fuera las tumbas y nichos de los seres queridos. Hasta la Iglesia premia determinadas actitudes de los fieles con indulgencias aplicables a los muertos.
Se lee en cada tumba RIP —DEPA en versión moderna hispana— bien como oración que indica deseo vehemente, bien como afirmación. Al cristiano, ese fonema —iniciales de Requiescat in pace en latín o de Descanse en paz en castellano— le suena a oración con tintes de esperanza al recordar lo bueno realizado en vida por el muerto y teniendo muy presente lo mucho que abarca la misericordia de Dios; desde la increencia solo suena a voz hueca expresiva de la quietud del muerto, del profundo silencio del cementerio considerado como su última morada y juzgando la separación pretérita como una «pérdida irreparable».
Sin querer, se mezcló la mentalidad pagana: terror y ambiente macabro. Corrupción, abandono y soledad. Vino el espíritu tenebroso del Renacimiento que resumía su pensamiento al respecto con calaveras, tibias cruzadas y columnas rotas como iconografía ridícula, válida para animales cuyo ser muere en su totalidad, y no para el cristiano, que vive esperando su resurrección y hace de su propia muerte el acto humano capital de entrega al Creador, sin dudosa improvisación, adiestrado por las continuas entregas diarias.
Contemplar el hecho de la muerte a lo pagano se hace irresistible para una sociedad hedonista que bien querría eliminar de raíz su recuerdo. Se contempla a diario que va en auge y tomando cuerpo el «piadoso» ocultamiento casi sistemático del cadáver como si el muerto hubiera hecho algo muy malo o vergonzoso al morirse; como si el muerto fuera algo que es preciso disimular en el tanatorio —sin mortaja a la vista— y con velatorio breve y de compromiso.
También se aprecia que la frecuente dificultad de pagar costos elevados por la muerte del familiar tiene gran parte de la culpa de que se haya borrado tan pronto la memoria de muchos muertos, o se borrará en breve, y consecuentemente desaparecen también los posibles sufragios; el tarro de las cenizas que entregaron al poco de la incineración se conservó en el sitio de honor de la casa el tiempo que duraron las lágrimas, luego llegó a estorbar porque los vecinos decían que era algo macabro, fue pasando a lugares menos dignos hasta que las cenizas se espolvorearon en el campo con hipócrita manifestación romántica y sentimentaloide, o sencillamente acabaron en el contenedor de la basura una buena noche.
Una ineludible interrogación está en la cabeza de los que creemos y también ronda en el pensamiento de los que aún conservan un recuerdo, aunque sea débil y lejano, de la existencia del más allá. ¿Están ya en la Patria los muertos motivo del recuerdo o han de purificarse todavía?
La celebración de «los que nos han precedido con el signo de la fe» comenzó con san Odilón de Cluny y se extendió por toda la Iglesia. No deja lugar a duda: Son los cristianos muertos los que motivan hoy nuestro rezo. Con los testimonios bíblicos veterotestamentarios, la fe y práctica de la Iglesia católica confiesa como verdad perteneciente a la fe la existencia del Purgatorio, ese misterioso ámbito, más allá de esta vida, donde se realiza la purificación previa a la gozosa y definitiva proyección hacia la beatitud.
La muerte, ¿esqueleto con guadaña? Los fieles difuntos no se evocan entre las brumas otoñales como un signo de muerte, sino de gozo por la segura, aunque retardada, conquista de la eternidad con Dios. La muerte no abre las puertas de la nada, sino de la plenitud de la vida, no hay otra visión posible desde la fe.
El libro del Éxodo narra la salida del Pueblo de la esclavitud con el apoteósico paso del mar Rojo donde termina el enemigo; luego vinieron la Alianza, el maná y camino largo sembrado de dificultades por el inhóspito desierto donde se hace resplandecer el cariño de Dios, la esperanza de la tierra prometida y su posesión. Encierra con su tipología un formidable paso de lo transitorio a lo estable que podría servir para explicar lo que pasa el día en que se conmemora a los fieles difuntos e incluso para revitalizar el espíritu cristiano ante la muerte, porque así es el comienzo y fin de la vida del cristiano.
Muchas cosas convendrían revisar porque no pocas veces viene precedida la muerte de la falsa y burguesa idea de no facilitar la presencia del sacerdote con pretextos erróneos de respeto a la intimidad del moribundo y de sus deudos. La debilidad de la fe y el falso sentimiento de piedad hacia el agonizante impiden, en casos cada vez más frecuentes, recibir el perdón de los pecados con el sacramento de la Confesión y las mejores disposiciones ante la ruptura próxima con el sagrado signo de la Unción.
El bautizado vibra con agrado y consuelo por la comunión del Cuerpo de Cristo tomada como Viático, porque sabe que recibe al Buen Pastor —frecuente motivo evangélico en las catacumbas, pensado por los primeros cristianos—. Se siente amparado por los santos y sus méritos en su definitivo paso a la eternidad, apoyado por la Virgen María y rodeado de quienes, queriéndole, le despiden con los honores del que terminó su pelea. Sí, el Rosario y las Letanías son como las salvas de honor. ¡Cómo no besar la imagen del crucifijo redentor en la hora postrera, cuando se unen y compenetran la iglesia de la tierra, la del purgatorio y la del cielo!
Pedimos hoy que se abrevie la dolorosa impaciencia de poseer el Bien seguro y cierto, que la ansiada Luz ilumine ya sus tinieblas esperanzadas y que sean nuestros valedores cuando caminamos.
Se lee en cada tumba RIP —DEPA en versión moderna hispana— bien como oración que indica deseo vehemente, bien como afirmación. Al cristiano, ese fonema —iniciales de Requiescat in pace en latín o de Descanse en paz en castellano— le suena a oración con tintes de esperanza al recordar lo bueno realizado en vida por el muerto y teniendo muy presente lo mucho que abarca la misericordia de Dios; desde la increencia solo suena a voz hueca expresiva de la quietud del muerto, del profundo silencio del cementerio considerado como su última morada y juzgando la separación pretérita como una «pérdida irreparable».
Sin querer, se mezcló la mentalidad pagana: terror y ambiente macabro. Corrupción, abandono y soledad. Vino el espíritu tenebroso del Renacimiento que resumía su pensamiento al respecto con calaveras, tibias cruzadas y columnas rotas como iconografía ridícula, válida para animales cuyo ser muere en su totalidad, y no para el cristiano, que vive esperando su resurrección y hace de su propia muerte el acto humano capital de entrega al Creador, sin dudosa improvisación, adiestrado por las continuas entregas diarias.
Contemplar el hecho de la muerte a lo pagano se hace irresistible para una sociedad hedonista que bien querría eliminar de raíz su recuerdo. Se contempla a diario que va en auge y tomando cuerpo el «piadoso» ocultamiento casi sistemático del cadáver como si el muerto hubiera hecho algo muy malo o vergonzoso al morirse; como si el muerto fuera algo que es preciso disimular en el tanatorio —sin mortaja a la vista— y con velatorio breve y de compromiso.
También se aprecia que la frecuente dificultad de pagar costos elevados por la muerte del familiar tiene gran parte de la culpa de que se haya borrado tan pronto la memoria de muchos muertos, o se borrará en breve, y consecuentemente desaparecen también los posibles sufragios; el tarro de las cenizas que entregaron al poco de la incineración se conservó en el sitio de honor de la casa el tiempo que duraron las lágrimas, luego llegó a estorbar porque los vecinos decían que era algo macabro, fue pasando a lugares menos dignos hasta que las cenizas se espolvorearon en el campo con hipócrita manifestación romántica y sentimentaloide, o sencillamente acabaron en el contenedor de la basura una buena noche.
Una ineludible interrogación está en la cabeza de los que creemos y también ronda en el pensamiento de los que aún conservan un recuerdo, aunque sea débil y lejano, de la existencia del más allá. ¿Están ya en la Patria los muertos motivo del recuerdo o han de purificarse todavía?
La celebración de «los que nos han precedido con el signo de la fe» comenzó con san Odilón de Cluny y se extendió por toda la Iglesia. No deja lugar a duda: Son los cristianos muertos los que motivan hoy nuestro rezo. Con los testimonios bíblicos veterotestamentarios, la fe y práctica de la Iglesia católica confiesa como verdad perteneciente a la fe la existencia del Purgatorio, ese misterioso ámbito, más allá de esta vida, donde se realiza la purificación previa a la gozosa y definitiva proyección hacia la beatitud.
La muerte, ¿esqueleto con guadaña? Los fieles difuntos no se evocan entre las brumas otoñales como un signo de muerte, sino de gozo por la segura, aunque retardada, conquista de la eternidad con Dios. La muerte no abre las puertas de la nada, sino de la plenitud de la vida, no hay otra visión posible desde la fe.
El libro del Éxodo narra la salida del Pueblo de la esclavitud con el apoteósico paso del mar Rojo donde termina el enemigo; luego vinieron la Alianza, el maná y camino largo sembrado de dificultades por el inhóspito desierto donde se hace resplandecer el cariño de Dios, la esperanza de la tierra prometida y su posesión. Encierra con su tipología un formidable paso de lo transitorio a lo estable que podría servir para explicar lo que pasa el día en que se conmemora a los fieles difuntos e incluso para revitalizar el espíritu cristiano ante la muerte, porque así es el comienzo y fin de la vida del cristiano.
Muchas cosas convendrían revisar porque no pocas veces viene precedida la muerte de la falsa y burguesa idea de no facilitar la presencia del sacerdote con pretextos erróneos de respeto a la intimidad del moribundo y de sus deudos. La debilidad de la fe y el falso sentimiento de piedad hacia el agonizante impiden, en casos cada vez más frecuentes, recibir el perdón de los pecados con el sacramento de la Confesión y las mejores disposiciones ante la ruptura próxima con el sagrado signo de la Unción.
El bautizado vibra con agrado y consuelo por la comunión del Cuerpo de Cristo tomada como Viático, porque sabe que recibe al Buen Pastor —frecuente motivo evangélico en las catacumbas, pensado por los primeros cristianos—. Se siente amparado por los santos y sus méritos en su definitivo paso a la eternidad, apoyado por la Virgen María y rodeado de quienes, queriéndole, le despiden con los honores del que terminó su pelea. Sí, el Rosario y las Letanías son como las salvas de honor. ¡Cómo no besar la imagen del crucifijo redentor en la hora postrera, cuando se unen y compenetran la iglesia de la tierra, la del purgatorio y la del cielo!
Pedimos hoy que se abrevie la dolorosa impaciencia de poseer el Bien seguro y cierto, que la ansiada Luz ilumine ya sus tinieblas esperanzadas y que sean nuestros valedores cuando caminamos.
Lecturas del 02/11/2024
He perdido la paz, me he olvidado de la dicha; me dije: «Ha sucumbido mi esplendor y mi esperanza en el Señor».
Recordar mi aflicción y mi vida errante es ajenjo y veneno; no dejo de pensar en ello; estoy desolado; hay algo que traigo en la memoria, por eso esperaré: Que no se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia; se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad!; me digo: « ¡Mi lote es el Señor, por eso esperaré en él!».
El Señor es bueno para quien espera en él, para quien lo busca; es bueno esperar en silencio la salvación del Señor.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no; os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».
Palabra del Señor.
02 de Noviembre – Santa Vinfreda
De todos los santos de Gales, Santa Wenefreda (Gwenfrewi) sigue siendo la más venerada fuera de su propio país; sin embargo, las primeras referencias escritas sobre su vida y las tradiciones que la rodean se remontan a quinientos años después de su muerte. Santa Wenefreda no aparece en los calendarios galeses hasta el siglo XIV, lo que significa que, aunque es exagerado negar su existencia, la información que hemos recibido llega demasiado tarde para establecer algo seguro sobre ella; Gracias a las dos Vidas mencionadas, Alban Butler nos cuenta su leyenda de la siguiente manera. El padre de Wenefreda, Teuyth, era un soldado valiente y rico de Tegeingl, en la actual Clwyd; su madre era hermana de S. Beuno, que se unió y vivió durante un tiempo cerca de sus parientes; cuando Teuyth le dio tierras en Sychant, construyó allí una capilla.
Durante su estancia, Wenefreda escuchó con avidez sus enseñanzas sobre Dios; Cuando Caradoco, un joven capitán de Hawarden se enamoró de ella, rechazó repetidamente el cortejo, hasta que un día, enojado por haber sido rechazado repetidamente, la persiguió hasta la capilla de Beuno y la decapitó.
Según Roberto de Shrewsbury, Caradoco fue inmediatamente tragado por la tierra, mientras que en el lugar donde había caído la cabeza de Wenefreda surgió un manantial en medio de un fragante musgo por el que rodaban guijarros y piedras teñidas de rojo.
Wenefreda fue resucitada por las oraciones de Beuno, quien volvió a colocar su cabeza cortada en su cuello, la cual sanó inmediatamente, dejando solo una cicatriz. La decapitación, por la que se la recuerda como mártir, se produjo y fue conmemorada el 22 de junio.
En este punto las dos biografías divergen. Según la Vita Prima, Wenefreda viajó a Roma y regresó justo a tiempo para asistir a un sínodo sobre la cuestión de los ermitaños que se unen para formar monasterios. En cambio, Second Life narra que Beuno fue a fundar una iglesia en Clynnog Faer, al sur de Caernarfon; posteriormente, no se sabe si tras la marcha o muerte de Beuno, la propia Wenefreda abandonó la casa y entró en un monasterio en Gwytherin, donde también existía un monasterio para hombres, presidido por un devoto abad llamado Etherius.
A la muerte de la abadesa Tenoi, Elerio invitó a Wenefreda a ocupar su lugar, lo que ella aceptó y mantuvo hasta su muerte, ocurrida quince años después de la milagrosa resurrección. Fue enterrada por Elerius y las reliquias se guardaron en Gwytherin hasta 1138, cuando fueron transportadas con una suntuosa ceremonia a la abadía benedictina de Shrewsbury. Según algunos estudios realizados en el siglo XVIII, sobre calendarios más importantes, se estableció en 1348 que la fiesta de Santa Wenefreda se celebraba en todo el distrito de Canterbury.
Los acontecimientos posteriores en relación con el nombre Wenefreda se documentan más fácilmente que los de su vida; El lugar donde se origina el manantial milagroso se llama "holy spring" tanto en inglés (Holywell) como en galés (Three Ffynnon). Tanto Roberto de Shrewsbury como el pseudo-Elerius hablan de milagros vinculados a las reliquias y capillas dedicadas al santo, y Alban Butler describe cinco curaciones (que beneficiaron al menos a dos protestantes) que tuvieron lugar en Holywell en el siglo XVII (elegidas entre algunas detalladas y documentadas por Philip Metcalf, en su Vida de Santa Wenefreda de 1712). Parece que los peregrinos siguen visitando el manantial de Santa Wenefreda y que desde hace siglos se suceden milagros de forma ininterrumpida, frecuentemente mencionados en documentos públicos y privados.
Enrique V, por ejemplo, fue allí para agradecer al santo la victoria en Azincourt; en 1629, unas catorce mil personas, con ciento cincuenta sacerdotes, se reunieron aquí para su fiesta, incluso en un período de persecución; y el Dr. Johnson registra que el 3 de agosto de 1774 presenció algunas abluciones.
Incluso en tiempos de persecución, el culto no disminuyó en Holywell, donde nació un centro misionero jesuita. Los edificios que lo rodean fueron construidos por la madre de Enrique VII, Lady Margaret Beaufort, y miembros de la nobleza local.
En 1991, se descubrió en Gwytherin una sección triangular de un relicario de roble, con las reliquias del santo y una piedra, mencionada en 1729 en el informe de un diácono del país como la lápida de Santa Wenefreda, que hoy se encuentra en la iglesia que se encuentra en ese lugar. También en Shrewsbury hay estatuas de Santa Wenefreda y San Beuno, en el púlpito del refectorio de la abadía. Gerard Manley Hopkins comenzó a escribir los versos de una tragedia en su honor en 1879, pero sólo quedan fragmentos.
La fiesta de Santa Wenefreda se observa en las diócesis de Menevia y Shrewsbury, donde aparece como virgen mártir en Inglaterra; en el Martirologio Romano está entre los pocos santos que reciben este honor, además de Asaf (11 de mayo), Sansón (28 de julio) y Maglorio (Maclor, 24 de octubre), mientras que esto no le sucede a David (Dewi Sant). , el santo patrón de Gales (1 de marzo).
Durante su estancia, Wenefreda escuchó con avidez sus enseñanzas sobre Dios; Cuando Caradoco, un joven capitán de Hawarden se enamoró de ella, rechazó repetidamente el cortejo, hasta que un día, enojado por haber sido rechazado repetidamente, la persiguió hasta la capilla de Beuno y la decapitó.
Según Roberto de Shrewsbury, Caradoco fue inmediatamente tragado por la tierra, mientras que en el lugar donde había caído la cabeza de Wenefreda surgió un manantial en medio de un fragante musgo por el que rodaban guijarros y piedras teñidas de rojo.
Wenefreda fue resucitada por las oraciones de Beuno, quien volvió a colocar su cabeza cortada en su cuello, la cual sanó inmediatamente, dejando solo una cicatriz. La decapitación, por la que se la recuerda como mártir, se produjo y fue conmemorada el 22 de junio.
En este punto las dos biografías divergen. Según la Vita Prima, Wenefreda viajó a Roma y regresó justo a tiempo para asistir a un sínodo sobre la cuestión de los ermitaños que se unen para formar monasterios. En cambio, Second Life narra que Beuno fue a fundar una iglesia en Clynnog Faer, al sur de Caernarfon; posteriormente, no se sabe si tras la marcha o muerte de Beuno, la propia Wenefreda abandonó la casa y entró en un monasterio en Gwytherin, donde también existía un monasterio para hombres, presidido por un devoto abad llamado Etherius.
A la muerte de la abadesa Tenoi, Elerio invitó a Wenefreda a ocupar su lugar, lo que ella aceptó y mantuvo hasta su muerte, ocurrida quince años después de la milagrosa resurrección. Fue enterrada por Elerius y las reliquias se guardaron en Gwytherin hasta 1138, cuando fueron transportadas con una suntuosa ceremonia a la abadía benedictina de Shrewsbury. Según algunos estudios realizados en el siglo XVIII, sobre calendarios más importantes, se estableció en 1348 que la fiesta de Santa Wenefreda se celebraba en todo el distrito de Canterbury.
Los acontecimientos posteriores en relación con el nombre Wenefreda se documentan más fácilmente que los de su vida; El lugar donde se origina el manantial milagroso se llama "holy spring" tanto en inglés (Holywell) como en galés (Three Ffynnon). Tanto Roberto de Shrewsbury como el pseudo-Elerius hablan de milagros vinculados a las reliquias y capillas dedicadas al santo, y Alban Butler describe cinco curaciones (que beneficiaron al menos a dos protestantes) que tuvieron lugar en Holywell en el siglo XVII (elegidas entre algunas detalladas y documentadas por Philip Metcalf, en su Vida de Santa Wenefreda de 1712). Parece que los peregrinos siguen visitando el manantial de Santa Wenefreda y que desde hace siglos se suceden milagros de forma ininterrumpida, frecuentemente mencionados en documentos públicos y privados.
Enrique V, por ejemplo, fue allí para agradecer al santo la victoria en Azincourt; en 1629, unas catorce mil personas, con ciento cincuenta sacerdotes, se reunieron aquí para su fiesta, incluso en un período de persecución; y el Dr. Johnson registra que el 3 de agosto de 1774 presenció algunas abluciones.
Incluso en tiempos de persecución, el culto no disminuyó en Holywell, donde nació un centro misionero jesuita. Los edificios que lo rodean fueron construidos por la madre de Enrique VII, Lady Margaret Beaufort, y miembros de la nobleza local.
En 1991, se descubrió en Gwytherin una sección triangular de un relicario de roble, con las reliquias del santo y una piedra, mencionada en 1729 en el informe de un diácono del país como la lápida de Santa Wenefreda, que hoy se encuentra en la iglesia que se encuentra en ese lugar. También en Shrewsbury hay estatuas de Santa Wenefreda y San Beuno, en el púlpito del refectorio de la abadía. Gerard Manley Hopkins comenzó a escribir los versos de una tragedia en su honor en 1879, pero sólo quedan fragmentos.
La fiesta de Santa Wenefreda se observa en las diócesis de Menevia y Shrewsbury, donde aparece como virgen mártir en Inglaterra; en el Martirologio Romano está entre los pocos santos que reciben este honor, además de Asaf (11 de mayo), Sansón (28 de julio) y Maglorio (Maclor, 24 de octubre), mientras que esto no le sucede a David (Dewi Sant). , el santo patrón de Gales (1 de marzo).
viernes, 1 de noviembre de 2024
01 de Noviembre 2024 – Solemnidad de Todos los Santos
Aconseja el Kempis que no discutamos sobre cuál es el mayor de los Santos. Ya dijo Jesús que Juan Bautista era el mayor entre los nacidos de mujer -por su tarea, por su misión- pero, aun así, añadió que el más pequeño en el reino de los cielos es, puede ser, mayor que Juan. Pues será más santo el que tenga más amor, el que se deje poseer más por Dios. Y eso sólo Dios lo sabe.
El Apocalipsis nos dice que son innumerables los santos, los marcados con el sello de Dios en sus frentes: doce mil de cada una de las doce tribus de Israel. Estas doce tribus representan a la Iglesia, a todo el pueblo de Dios. Y en cuanto a los números, el doce se interpreta como plenitud, y el mil como solidez. El mismo autor sagrado dice que se trataba de una muchedumbre ingente de toda nación, pueblos y tribus.
Efectivamente. Son incontables los santos y santas canonizados, que han merecido el honor de los altares. Pero los santos canonizados no son más que una mínima parte de los siervos y siervas de Dios, que con la ayuda de la gracia divina supieron ser fieles y practicaron la virtud en grado heroico.
Es la confirmación de la vocación universal a la santidad de que nos habla Jesús mismo cuando dice: Sed perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial. (Mateo 5:48)
Pero ¿qué hacer con los santos anónimos, que no han recibido el reconocimiento oficial de la Iglesia? La Iglesia no los olvida. Este es el sentido de la fiesta de hoy: celebrar solemnemente a todos los santos que no figuran en el calendario. Ellos están ante Dios y ruegan por nosotros. En el cementerio de Arlington, de Washington, junto a la tumba del presidente Kennedy, hay un monumento al Soldado Desconocido, con esta hermosa coletilla: desconocido, "but not to God", pero no para Dios.
Era una costumbre ya de los paganos. Los griegos y romanos tenían dioses para todas las actividades y profesiones. No querían que ningún dios se quedara sin templo. Así, Agripa, veintisiete años antes de Cristo, construyó en Roma el Panteón, dedicado a Augusto y a todas las deidades romanas. El Panteón lo bautizó luego el Papa Bonifacio IV con el nombre de Santa María y de todos los mártires. Más tarde, en el siglo IX, el Papa Gregorio IV mandó que se celebrara en toda la Iglesia la fiesta de Todos los Santos, para que ninguno quedase sin la debida veneración.
Una vez un catequista preguntó a un niño qué era un santo. El niño, antes, estando un día en la iglesia, preguntó a su mamá qué eran aquellas figuras que veía en las vidrieras de la iglesia y que brillaban tanto cuando salía el sol. Su mamá le había dicho que eran santos. Y ahora el niño contestó al catequista con rapidez y precisión: Un santo es un hombre por donde pasa la luz. Preciosa definición.
Eso son los santos: seres transparentes, espejos de la luz de Dios, que se purifican constantemente para captarla mejor y reflejarla más perfectamente. Esos son los santos: los grandes amigos de Dios.
San Bernardo nos enseña cómo celebrar la fiesta de Todos los Santos: «la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. En cuanto a mí, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo».
El Apocalipsis nos dice que son innumerables los santos, los marcados con el sello de Dios en sus frentes: doce mil de cada una de las doce tribus de Israel. Estas doce tribus representan a la Iglesia, a todo el pueblo de Dios. Y en cuanto a los números, el doce se interpreta como plenitud, y el mil como solidez. El mismo autor sagrado dice que se trataba de una muchedumbre ingente de toda nación, pueblos y tribus.
Efectivamente. Son incontables los santos y santas canonizados, que han merecido el honor de los altares. Pero los santos canonizados no son más que una mínima parte de los siervos y siervas de Dios, que con la ayuda de la gracia divina supieron ser fieles y practicaron la virtud en grado heroico.
Es la confirmación de la vocación universal a la santidad de que nos habla Jesús mismo cuando dice: Sed perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial. (Mateo 5:48)
Pero ¿qué hacer con los santos anónimos, que no han recibido el reconocimiento oficial de la Iglesia? La Iglesia no los olvida. Este es el sentido de la fiesta de hoy: celebrar solemnemente a todos los santos que no figuran en el calendario. Ellos están ante Dios y ruegan por nosotros. En el cementerio de Arlington, de Washington, junto a la tumba del presidente Kennedy, hay un monumento al Soldado Desconocido, con esta hermosa coletilla: desconocido, "but not to God", pero no para Dios.
Era una costumbre ya de los paganos. Los griegos y romanos tenían dioses para todas las actividades y profesiones. No querían que ningún dios se quedara sin templo. Así, Agripa, veintisiete años antes de Cristo, construyó en Roma el Panteón, dedicado a Augusto y a todas las deidades romanas. El Panteón lo bautizó luego el Papa Bonifacio IV con el nombre de Santa María y de todos los mártires. Más tarde, en el siglo IX, el Papa Gregorio IV mandó que se celebrara en toda la Iglesia la fiesta de Todos los Santos, para que ninguno quedase sin la debida veneración.
Una vez un catequista preguntó a un niño qué era un santo. El niño, antes, estando un día en la iglesia, preguntó a su mamá qué eran aquellas figuras que veía en las vidrieras de la iglesia y que brillaban tanto cuando salía el sol. Su mamá le había dicho que eran santos. Y ahora el niño contestó al catequista con rapidez y precisión: Un santo es un hombre por donde pasa la luz. Preciosa definición.
Eso son los santos: seres transparentes, espejos de la luz de Dios, que se purifican constantemente para captarla mejor y reflejarla más perfectamente. Esos son los santos: los grandes amigos de Dios.
San Bernardo nos enseña cómo celebrar la fiesta de Todos los Santos: «la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. En cuanto a mí, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo».
Lecturas del 01/11/2024
Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: «No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que sellemos en la frente a los siervos de nuestro Dios».
Oí también el número de los sellados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel.
Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente: « ¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».
Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo: «Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén».
Y uno de los ancianos me dijo: «Estos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?».
Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás».
Él me respondió.
«Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero».
Queridos hermanos:
Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él.
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.
Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
Palabra del Señor.
01 de Noviembre – Beato Ruperto Mayer
Rupert Mayer (1876-1945) era hombre de firmes convicciones. Nacido en Stuttgart, Alemania, al terminar la escuela secundaria dijo a su padre que quería ser jesuita. Su padre le pidió que primero se ordenara y trabajara un año como coadjutor de una parroquia, de modo que Mayer estudió filosofía y teología, fue ordenado y ayudó a un párroco durante un año antes de entrar finalmente en el noviciado austriaco de Feldkirch el 1 de octubre de 1900. Más tarde mostraría la misma decisión al oponerse al movimiento nacional socialista de Hitler.
El año 1912 se estableció Mayer en Múnich, dedicando el resto de su vida a esta ciudad. Respondiendo a las necesidades de sus habitantes recorría la ciudad a la busca de puestos de trabajo. Pedía alimentos y prendas de vestir, y buscaba trabajos y lugares donde poder habitar. Su campo de trabajo cambió con la entrada de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Se presentó como capellán militar voluntario y sirviendo primero en un hospital de campaña y luego siguiendo a los soldados a Francia, Polonia y Rumanía. Su valor se hizo legendario al acompañar a los soldados hasta la primera línea de combate, hasta obtener, por su valentía, la Cruz de Hierro en diciembre de 1915. Pero su carrera militar terminó bruscamente al ser herido, el 30 de diciembre de 1916, en la pierna izquierda, que le tuvo que se amputada.
Volvió a Múnich, donde la población vivía las consecuencias de la guerra. Una vez más el jesuita, infatigable, se entregó a la gente ayudándola como podía. La congregación masculina, creció mucho bajo su dirección, y le obligaba a recorrer continuamente la ciudad, llegando a dar hasta 70 charlas al mes. Comenzó a tener Misas dominicales en la estación central de ferrocarril, para hacerlas asequibles a los viajeros. Si Múnich hubiera sido una única parroquia él hubiera sido su párroco.
Al hacerse más fuertes los movimientos socialista y comunista, comenzó Mayer a asistir a sus mítines, incluso compartiendo escenario con sus líderes. Era el modo de interpelarles mencionando principios católicos que se oponían a los desastres a los que, en su opinión, conducían estos movimientos. Contra lo que sucedió a muchos testigos del ascenso de Hitler, Mayer detectó las falsedades que propagaba. Y en su persuasión de que un católico no podía ser nacional socialista, entró en conflicto inevitable con los nazis. Más que una toma de postura política, se trataba de una respuesta religiosa ante el mal.
Cuando Hitler llegó a la cancillería del Tercer Reich en enero de 1933 llevó a cabo un intento de cerrar la escuelas que tuvieran una relación con las iglesias, e inició una campaña de desprestigio de las órdenes religiosas en Alemania. Mayer usaba el púlpito de la iglesia de S. Miguel en el centro de Múnich para pronunciarse contra tal persecución. El 16 de mayo de 1937 la Gestapo le dio orden de poner fin a su predicación, porque no podía tolerar algo de tal influjo en la ciudad. Obedeció la orden, menos en el interior de la iglesia, donde continuó predicando. Le arrestaron el 5 de junio: fue la primera de las tres veces que lo encarcelarían. Permaneció en la prisión de Stadelheim hasta su juicio seis semanas más tarde. Se le condenó con suspensión de pena. Los superiores le pidieron en principio que se mantuviera en silencio, pero luego le permitieron volver al púlpito para defenderse contra los ataques difamatorios que los nazis le habían dirigido durante su silencio. Volvió a ser arrestado y cumplió la sentencia durante cinco meses hasta que una amnistía general le puso en libertad y pudo volver a Múnich a trabajar con pequeños grupos. Los nazis lo volvieron a arrestar el 3 de noviembre de 1939, aunque Mayer tenía ya 63 años; lo enviaron al campo de concentración de Oranienburg-Sachsenhausen, cercano a Berlín. Tras siete meses allí, su salud se deterioró tanto que los oficiales del campo creyeron que iba a morir. Como no querían hacer de aquel popular sacerdote un mártir, le confiaron en la solitaria abadía de Ettal, en los Alpes bávaros, donde permaneció hasta su liberación por las tropas americanas en mayo de 1945.
Mayer pudo volver a Múnich, e inmediatamente retomó su trabajo apostólico en la iglesia de S. Miguel. Los años de prisión le habían dejado muy débil. El 1 de noviembre de 1945, fiesta de Todos los Santos, sufrió un ataque al corazón mientras celebraba la Misa en S. Miguel. Perdió el sentido para fallecer poco después.
El año 1912 se estableció Mayer en Múnich, dedicando el resto de su vida a esta ciudad. Respondiendo a las necesidades de sus habitantes recorría la ciudad a la busca de puestos de trabajo. Pedía alimentos y prendas de vestir, y buscaba trabajos y lugares donde poder habitar. Su campo de trabajo cambió con la entrada de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Se presentó como capellán militar voluntario y sirviendo primero en un hospital de campaña y luego siguiendo a los soldados a Francia, Polonia y Rumanía. Su valor se hizo legendario al acompañar a los soldados hasta la primera línea de combate, hasta obtener, por su valentía, la Cruz de Hierro en diciembre de 1915. Pero su carrera militar terminó bruscamente al ser herido, el 30 de diciembre de 1916, en la pierna izquierda, que le tuvo que se amputada.
Volvió a Múnich, donde la población vivía las consecuencias de la guerra. Una vez más el jesuita, infatigable, se entregó a la gente ayudándola como podía. La congregación masculina, creció mucho bajo su dirección, y le obligaba a recorrer continuamente la ciudad, llegando a dar hasta 70 charlas al mes. Comenzó a tener Misas dominicales en la estación central de ferrocarril, para hacerlas asequibles a los viajeros. Si Múnich hubiera sido una única parroquia él hubiera sido su párroco.
Al hacerse más fuertes los movimientos socialista y comunista, comenzó Mayer a asistir a sus mítines, incluso compartiendo escenario con sus líderes. Era el modo de interpelarles mencionando principios católicos que se oponían a los desastres a los que, en su opinión, conducían estos movimientos. Contra lo que sucedió a muchos testigos del ascenso de Hitler, Mayer detectó las falsedades que propagaba. Y en su persuasión de que un católico no podía ser nacional socialista, entró en conflicto inevitable con los nazis. Más que una toma de postura política, se trataba de una respuesta religiosa ante el mal.
Cuando Hitler llegó a la cancillería del Tercer Reich en enero de 1933 llevó a cabo un intento de cerrar la escuelas que tuvieran una relación con las iglesias, e inició una campaña de desprestigio de las órdenes religiosas en Alemania. Mayer usaba el púlpito de la iglesia de S. Miguel en el centro de Múnich para pronunciarse contra tal persecución. El 16 de mayo de 1937 la Gestapo le dio orden de poner fin a su predicación, porque no podía tolerar algo de tal influjo en la ciudad. Obedeció la orden, menos en el interior de la iglesia, donde continuó predicando. Le arrestaron el 5 de junio: fue la primera de las tres veces que lo encarcelarían. Permaneció en la prisión de Stadelheim hasta su juicio seis semanas más tarde. Se le condenó con suspensión de pena. Los superiores le pidieron en principio que se mantuviera en silencio, pero luego le permitieron volver al púlpito para defenderse contra los ataques difamatorios que los nazis le habían dirigido durante su silencio. Volvió a ser arrestado y cumplió la sentencia durante cinco meses hasta que una amnistía general le puso en libertad y pudo volver a Múnich a trabajar con pequeños grupos. Los nazis lo volvieron a arrestar el 3 de noviembre de 1939, aunque Mayer tenía ya 63 años; lo enviaron al campo de concentración de Oranienburg-Sachsenhausen, cercano a Berlín. Tras siete meses allí, su salud se deterioró tanto que los oficiales del campo creyeron que iba a morir. Como no querían hacer de aquel popular sacerdote un mártir, le confiaron en la solitaria abadía de Ettal, en los Alpes bávaros, donde permaneció hasta su liberación por las tropas americanas en mayo de 1945.
Mayer pudo volver a Múnich, e inmediatamente retomó su trabajo apostólico en la iglesia de S. Miguel. Los años de prisión le habían dejado muy débil. El 1 de noviembre de 1945, fiesta de Todos los Santos, sufrió un ataque al corazón mientras celebraba la Misa en S. Miguel. Perdió el sentido para fallecer poco después.
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