sábado, 5 de junio de 2021

Reflexión del 05/06/2021

 

Lecturas

 



En aquellos días, Tobit llamó a Tobías y le advirtió: «Hijo, ocúpate de pagar al hombre que te ha acompañado. Añade algo a la paga convenida».
Así pues, Tobías lo llamó y le dijo: «Recibe como paga la mitad de todo lo que has traído y vete en paz».
Entonces Rafael llamó aparte a los dos y les dijo: «Alabad a Dios y dadle gracias ante todos los vivientes por los beneficios que os ha concedido; así todos cantarán y alabarán su nombre. Proclamad a todo el mundo las gloriosas acciones de Dios y no descuidéis darle gracias. Es bueno guardar el secreto del rey, pero las gloriosas acciones de Dios hay que manifestarlas en público. Practicad el bien, y no os atrapará el mal. Más vale la oración sincera y la limosna hecha con rectitud que la riqueza lograda con injusticia. Más vale dar limosna que amontonar oro. La limosna libra de la muerte y purifica del pecado. Los que dan limosna vivirán largos años, mientras que los pecadores y malhechores atentan contra su propia vida. Os voy a decir toda la verdad, sin ocultaros nada. Os he dicho que es bueno guardar el secreto del rey y manifestar en público las gloriosas acciones de Dios. Pues bien, cuando tú y Sara orabais, era yo quien presentaba el memorial de vuestras oraciones ante la gloria del Señor, y lo mismo cuando enterrabas a los muertos. El día en que te levantaste enseguida de la mesa, sin comer, para dar sepultura a un cadáver, Dios me había enviado para someterte a prueba. También ahora me ha enviado Dios para curaros a ti y a tu nuera Sara. Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están al servicio del Señor y tienen acceso a la gloria de su presencia.
Ahora pues, alabad al Señor en la tierra, dadle gracias. Yo subo al que me ha enviado. Poned por escrito todo lo que os ha sucedido».
El ángel se elevó.


En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, y aparentan hacer largas oraciones. Éstos recibirán una condenación más rigurosa».
Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.
Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie.
Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Palabra del Señor.

05 de Junio Beato - Fernando de Portugal

Hijo de Juan I de Portugal, empleaba desde muy joven sus rentas personales en el rescate de cautivos cristianos de las manos sarracenas.

Parte en 1434, con su hermano Enrique el Navegante a una expedición contra Marruecos, entonces en manos de una dinastía de piratas. ¿Acaso sería una premonición sobre la situación actual? Nada nuevo hay bajo el sol. Lo cierto es que la expedición fue un fracaso y la armada lusitana hubo de rendirse y dejar a Fernando como garantía del pago de enormes cantidades de dinero.

Las Cortes de Portugal, después de nueve años de negociaciones, dejaron morir de disentería y en manos del enemigo a su príncipe. Fernando vivió como esclavo, encadenado y obligado a los más sucios trabajos. Soportó su desdicha con dignidad y puso su esperanza en Dios con enorme entereza, sin renunciar a la fe ni a unos compatriotas tan olvidadizos de su terrible suerte.

Las fuentes históricas musulmanas hablan de su vida edificante y de la veneración que suscitaba en los más piadosos habitantes de Fez. Fernando optó por la pobreza, castidad y obediencia, en radical fidelidad a su propia conciencia. Su cadáver descuartizado se pudrió colgado en las torres de las murallas.

Debiera ser patrono de los millones de esclavos que todavía quedan en el mundo; o de los héroes olvidados por los suyos, o bien de los que son víctimas de los vaivenes políticos. Cuando el sacerdote don Pedro Calderón de la Barca llegó al cielo, le recibió Fernando agradecido por esa maravilla de drama llamada El Príncipe constante.

viernes, 4 de junio de 2021

Reflexión del 04/06/2021

 

Lecturas

 



En aquellos días, Ana estaba sentada, con la mirada puesta en el camino por donde debía volver su hijo.
Cuando lo divisó de lejos, dijo al padre: «Mira, ahí llega tu hijo con el hombre que lo acompañaba».
Rafael dijo a Tobías, antes de llegar a su padre: «Estoy seguro de que tu padre recuperará la vista. Úntale los ojos con la hiel del pez; el remedio hará que las manchas blancas se contraigan y se desprendan. Tu padre recobrará la vista y verá la luz».
Ana acudió corriendo y se abrazó al cuello de su hijo, mientras decía: «Ya te he visto, hijo. Ya puedo morir».
Y rompió a llorar.
Tobit se levantó y, tropezando, atravesó la puerta del patio. Tobías corrió hasta él con la hiel del pez en la mano; le sopló en los ojos, lo tomó de la mano y le dijo: «Ánimo, padre!».
Tomó el remedio y se lo aplicó. Luego, con ambas manos, le quitó como unas pielecillas de los ojos. Tobit se echó al cuello de su hijo y gritó entre lágrimas: «Te veo, hijo, luz de mis ojos».
Y añadió: «Bendito sea Dios y bendito sea su gran nombre; benditos todos sus santos ángeles.
Que su gran nombre nos proteja. Bendito por siempre todos los ángeles. Tras el castigo se ha apiadado, y ahora veo a mi hijo Tobías».
Tobías entró en casa lleno de gozo y alabando a Dios con voz potente. Después contó a su padre lo bien que le había ido en el viaje: traía el dinero y se había casado con Sara, la hija de Ragüel. Y agregó: «Estará a punto de llegar, casi a la puerta de Nínive».
Tobit, alegre y alabando a Dios, salió hacia las puertas de Nínive, al encuentro de su nuera. La gente de Nínive quedaba estupefacta al verlo caminar con paso firme y sin ayuda de nadie. Él proclamaba ante ellos que Dios, en su misericordia, le había devuelto la vista. Cuando se encontró con Sara, la mujer de su hijo, lea bendijo con estas palabras: «¡Bienvenida seas, hija! Bendito sea tu Dios, que te ha traído a nuestra casa. Que él bendiga a tu padre, a mi hijo y a ti hija mía. Entra en esta tu casa con salud, bendición y alegría. Entra, hija».
Aquel fue un día de fiesta para todos los judíos de Nínive.


En aquel tiempo, mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó: «¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, dice: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies”.
Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?»
Una muchedumbre numerosa le escuchaba a gusto.

Palabra del Señor.

04 de Junio - San Quirino de Tivoli

Etimológicamente significa “del dios Qurinal”. Viene de la lengua latina.

Fue uno de los cinco mártires de los primeros siglos. Todos sabemos ya los duros golpes que les infligían a los cristianos por el sólo hecho de confesarse como tales.

Los emperadores pensaban que era una afrenta contra el imperio y sus muchos dioses protectores.

El Quirino de hoy fue el primero que recibió el martirio. Su cuerpo lo enterraron en las catacumbas de san Ponciano, una vez que lo sacaron del río Tíber, en donde lo habían arrojado.

Pero según César Baronio, está en la iglesia de san Lorenzo de Tivoli. Pero hay otro santo con el mismo nombre que se celebra también en este día.

Fue obispo en el año 309 cuando Diocleciano hacía de las suyas contra los creyentes. Lo mandó prender para que, delante de todo el mundo, hiciera sacrificios a los dioses, tal y como prescribía el edicto imperial.

Con la fuerza interior que Dios da a sus amigos, rechazó tal oferta. Entonces lo metieron en la cárcel. Incluso en ella no dejaba de predicar y enseñar la vida de Jesús. De este modo, pudo convertir al guardián Marcelo.

Al cabo de los tres días, otro juez le hizo recapacitar en su decisión. Y se mantuvo fiel en su fe.

Cansado y al mismo tiempo admirado de su valentía, dictaminó que lo echaran al río Sava con una piedra atada al cuello.

Los cristianos recogieron su cuerpo y le dieron sepultura. Ya en el siglo V se lo llevaron a Roma y lo colocaron en un mausoleo, detrás de la basílica de san Sebastián en la Via Apia.

Su nombre se hizo muy popular entre los romanos para designar a los Sabinos y los Quirites.

jueves, 3 de junio de 2021

Reflexión del 03/06/2021

 

Lecturas

 



En aquellos días, cuando entraron en Media, ya cerca de Ecbatana, el ángel Rafael , haciéndose pasar por un tal Azarías, dijo al joven: «Hermano Tobías».
Este respondió: «Dime»
Prosiguió Azarías: «Pasaremos la noche en casa de Ragüel. Este pariente tuyo tiene una hija llamada Sara».
Cuando entraron en Ecbatana, dijo Tobías: «Hermano Azarias, condúceme rápido a casa de nuestro pariente Ragüel».
Así lo hizo el ángel. Lo encontraron sentado a la entrada del patio. Al saludo de ambos él respondió: «Mi más cordial bienvenida. Espero que estéis bien».
Los hizo entrar en casa.
Entonces Ragüel sacrificó un carnero y los hospedó con suma cordialidad.
Después de bañarse y lavarse las manos, se sentaron a la mesa. Tobías dijo entonces a Rafael: «Hermano Azarías, di a Ragüel que me dé por mujer a mi pariente Sara».
Ragüel lo oyó, y dijo al joven: «Come, bebe y disfruta esta noche. Tú eres quien más derecho tiene a casarte con Sara. No podría yo dársela a otro, puesto que tú eres el pariente más próximo. Pero debo decirte la verdad, hijo. Ya se la he dado en matrimonio a siete parientes y todos murieron la noche de la boda. Ahora, hijo, come y bebe, que el Señor cuidará de vosotros». Pero Tobías insistió: «No comeré ni beberé hasta que tomes una decisión sobre lo que te he pedido».
Ragüel respondió: «De acuerdo. Te la doy por esposa según lo prescrito en la ley de Moisés. Dios ordena que sea tuya. Recíbela. Desde ahora sois marido y mujer. Tuya es desde hoy para siempre. Hijo, que el Señor del cielo os ayude esta noche y os conceda misericordia y paz». Llamó Ragüel a su hija Sara y, cuando ella estuvo presente, la tomó de la mano y se la entregó a Tobías, diciendo: «Tómala por mujer según lo previsto y ordenado en la ley de Moisés. Tómala y llévala con bien a casa de tu padre. Que el Dios del cielo os conserve en paz y prosperidad»
Llamó luego a la madre, mandó traer una hoja de papel y escribió el contrato de matrimonio: Sara era entregada por mujer a Tobías según lo prescrito en la ley de Moisés. Después de esto comenzaron a cenar.
Ragüel se dirigió a Edna, su mujer y le dijo: «Querida, prepara la otra habitación para Sara».
Así lo hizo Edna y llevó allí a su hija. No pudo evitar el llanto. Luego, secándose las lágrimas, le dijo: « ¡Ten ánimo, hija! Que el Señor del cielo cambie tu tristeza en alegría. ¡Ten ánimo, hija!» Y se retiró.
Cuando todos hubieron salido y cerrado la puerta de la habitación. Tobías se levantó de la cama y dijo a Sara: «Levántate, mujer. Vamos a rezar pidiendo a nuestro Señor que se apiade de nosotros y nos proteja».
Ella se levantó, y comenzaron a suplicar la protección del Señor. Tobías oró así: «Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por siempre. Que por siempre te alaben el cielo y todas tus criaturas. Tú creaste a Adán y le diste a Eva, su mujer, como ayuda y apoyo. De ellos nació la estirpe humana. Tú dijiste: “No es bueno que el hombre esté solo, hagámosle una ayuda semejante a él”.
Al casarme ahora con esta mujer, no lo hago por impuro deseo, sino con la mejor intención. Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez». Los dos dijeron: «Amén, amén».
Y durmieron aquella noche.


En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: « ¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. “ El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que estos». El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor.

03 de Junio - San Juan Grande Román

Juan Grande nace en Carmona, el 6 de marzo de 1546. Fue hijo de Cristóbal Grande, herrero, y de Isabel Román. Con siete u ocho años entró al servicio de la parroquia de San Pedro, donde se había bautizado, como acólito o niño de coro, y queda memoria de que ya para entonces era patente a todos con su buena índole y su piedad.

Muerto su padre en 1557, su madre se volvió a casar, esta vez con Cristóbal de Fontanillas, que lo trató bien y lo quiso. Su madre y padrastro llevaron a Juan a Sevilla para que aprendiera el oficio de pañero con un mercader de la calle de Escobas. Aquí estuvo cuatro años haciendo su aprendizaje y ganándose la voluntad del mercader que apreciaba en mucho la bondad y dulzura del muchacho. Quiso retenerlo consigo, pero su madre, al terminar el aprendizaje, le hizo regresar a Carmona, donde empezó a vender telas por las calles de la población.

No llenaba este oficio el alma de Juan, que se sentía llamado a cosas mayores, aunque aún no supiera a qué. Además tenía miedo de que el comercio de telas le obligara a mentir y ofender a Dios. Estando en el puerto de Sanlúcar de Barrameda para la adquisición de telas, por no mentir sufrió graves pérdidas en su negocio, y decidió abandonarlo seguidamente. Perseveró de momento en su casa, dedicado a la piedad y la vida retirada, hasta que decidió abandonar el hogar familiar y marcharse a Marchena, entregándose a la oración en la ermita de Santa Olalla. Aquí llega a la conclusión de que debe consagrarse a Dios por completo, vivir una vida de castidad, pobreza y austeridad, mudando nombre y hábito: se pone el apelativo de Juan Pecador y en adelante viste una túnica basta, descalzo y sin sombrero, siendo muy frugal en la comida y muy parco en el sueño.

Se pregunta luego cómo servirá al Señor, y al encontrar unos ancianos abandonados, se dedica a su servicio, llegando a la convicción de que Dios lo quiere siervo de los pobres. Y por último decide que no servirá a Dios en Carmona, sino en Jerez de la Frontera, ciudad con la que ningún vínculo humano lo unía.

Juan debió llegar a Jerez a finales de 1565, dedicándose primero, por consejo de un padre franciscano, a atender a los presos pobres. Para ellos pide limosna por las calles y los socorre abundantemente. Se acredita tanto que el propio alcaide de la cárcel lo invita a que viva en la misma y así esté más cercano a los presos. Andando por la ciudad cae en la cuenta de que había muchos enfermos abandonados que reclamaban una atención especializada, y esta convicción se le hace más clara cuando, estando en su habitación de la cárcel, tiene la visión de Cristo, todo lleno de llagas, que le dice: Cúrame en mis pobres y sanaré con ellos. Se decide entonces por la hospitalidad de pobres, que será su definitiva vocación.

Estuvo primero encargado del pequeño hospital de los Remedios y, cuando se ve obligado a abandonarlo, se encarga del llamado de San Sebastián o de Letrán (1567). En 1572 llega a un acuerdo con la Hermandad de Letrán para edificar un nuevo hospital en terrenos de la misma, ampliando el hospital existente, y lo dedica a la Virgen de la Candelaria (-2 de febrero). Estaba en plena construcción del hospital cuando se entera de que el papa San Pío V (-30 de abril) había aprobado la Orden de Juan de Dios, dándole la regla de San Agustín y aprobando las costumbres y modo de vida de los seguidores de Juan de Dios. Juan Grande viajó a Granada en 1574, ingresó en la nueva congregación y profesó en ella.

Vuelto a Jerez, logró que el hospital fuera agregado a la orden hospitalaria y abrió en él un noviciado en el que preparó a numerosos jóvenes para la vida religiosa de la hospitalidad.

En 1593, el arzobispo de Sevilla, cardenal Rodrigo de Castro, que lo estimaba altamente, le encomendó la ejecución de la reducción de hospitales, concentrando en sólo tres los muchos existentes hasta entonces y que carecían de eficacia. Juan puso lo mejor de sí en realizar una dura tarea que significó una evidente mejora en la hospitalidad jerezana. Recibió duras criticas y persecuciones, que soportó con ánimo firme.

Juan llevó un género de vida admirable, que a sus contemporáneos les resultaba como milagroso. Dormía en el suelo, después de una jornada de grandes trabajos, y trataba su cuerpo con aspereza, siendo frecuentes sus ayunos, abstinencias, disciplinas y cilicios. Llevaba una intensísima vida interior, dedicando cada día varias horas a la oración, en la que con frecuencia quedaba en éxtasis por la fuerza de su comunicación con Dios.

Además de atender con exquisito amor a los enfermos de su hospital, a quienes trataba como a sus verdaderos señores, realizaba todo tipo de obras de misericordia: daba comida abundante a los pobres, vestía a los mendigos, los hospedaba de noche en una sala del hospital para que no durmieran al raso, visitaba los enfermos por las casas, daba catecismo a los niños, pedía limosna por las calles y campos de la ciudad, recibía innumerables visitas que le pedían consuelo en sus tribulaciones o consejo en sus problemas, y él repartía a manos llenas el consuelo y la fortaleza de que estaba tan dotada su alma. Hacía un continuo apostolado con las mujeres públicas, logrando sacar de esta vida a muchísimas de ellas.

Era devotísimo de la pasión del Señor y de la Eucaristía, que recibía con gran frecuencia; y no menos de la Virgen Mara, a la que amaba tiernamente y a la que diariamente le rezaba las tres partes del rosario. Fue notable su pureza y castidad, llegando a decir su confesor que había muerto sin haber perdido la inocencia bautismal.

Logró que su orden se extendiese a las poblaciones cercanas a Jerez, como Sanlúcar, Arcos, Villamartín, Medina Sidonia, el Puerto de Santa María y Cádiz, y eran muy apreciados los religiosos formados por él en todos los hospitales. Uno de ellos, fray Pedro Egipciaco, llegará a ser el primer general de la congregación española de su orden.

Su muerte fue consecuencia de haberse contagiado por asistir a los apestados en una fuerte epidemia que hubo en Jerez, en la primavera del año 1600. Juan se contagió y cayó enfermo en la calle el día 26 de mayo. Llevado a su celda, languideció en ella a lo largo de los días, ofreciendo a Dios su vida por el cese de la epidemia. Murió solo en su celda al mediodía del sábado 3 de junio de ese año. Al día siguiente fue enterrado en una fosa del corral del hospital, siendo llevado hasta allí arrastrado con una soga.

Un año más tarde sus restos fueron llevados con todos los honores a la iglesia de su hospital. En 1629 comenzó su causa de beatificación. Sus virtudes fueron declaradas heroicas en 1775 y fue beatificado por Pío IX el 13 de noviembre de 1853. Por fin, el 2 de junio de 1996, el papa Juan Pablo II lo inscribía en el catálogo de los santos.

Erigida la diócesis de Jerez en 1980, lo declaró su patrono, siendo este patronato confirmado por la Santa Sede el 10 de diciembre de 1986.

miércoles, 2 de junio de 2021

Reflexión del 02/06/2021

 

Lecturas

 



En aquellos días, con el alma llena de tristeza, entre gemidos y sollozos, recité esta plegaria: «Eres justo, Señor, y justas son tus obras son justas; siempre actúas con misericordia y fidelidad, tú eres juez del universo.
Acuérdate, Señor, de mí y mírame; no me castigues por los pecados y errores que yo y mis padres hemos cometido.
Hemos pecado en tu presencia, hemos transgredido tus mandatos y tú nos has entregado al saqueo, al cautiverio y a la muerte, hasta convertirnos en burla y chismorreo, en irrisión para todas las naciones entre las que nos has dispersado.
Reconozco la justicia de tus juicios cuando me castigas por mis pecados y los de mis padres, porque no hemos obedecido tus mandatos, no hemos sido fieles en tu presencia.
Haz conmigo lo que quieras, manda que me arrebaten la vida, que desaparezca de la faz de la tierra y a la tierra vuelva de nuevo.
Más me vale morir que vivir porque se mofan de mí sin motivo y me invade profunda tristeza.
Manda que me libre, Señor, de tanta aflicción, déjame partir a la morada eterna.
Señor, no me retires tu rostro.
Mejor es morir que vivir en tal miseria y escuchar tantos ultrajes».
Sucedió aquel mismo día que Sara, hija de Ragüel, el de Ecbatana, en Media, fue injuriada por una de las criadas de su padre; porque había tenido siete maridos, pero el malvado demonio Asmodeo los había matado antes de consumar el matrimonio, según costumbre. La criada le dijo: «Eres tú la que matas a tus maridos. Ya te has casado siete veces y no llevas el nombre de ninguno de ellos. ¿Por qué nos castigas por su muerte? ¡Vete con ellos y que nunca veamos hijo ni hija tuyos!».
Entonces Sara, llena de tristeza, subió llorando al piso superior de la casa con el propósito de ahorcarse.
Pero, pensándolo mejor, se dijo: « Solo serviría para que recriminen a mi padre. Le dirían que su hija única se ahorcó al sentirse desgraciada. No quiero que mi anciano padre baje a la tumba abrumado de dolor. En vez de ahorcarme, pediré la muerte al Señor para no tener que oír más reproches en mi vida». Entonces extendió las manos hacia la ventana y oró.
En aquel instante, la oración de ambos fue escuchada delante de la gloria de Dios, el cual envío al ángel Rafael para curarlos: a Tobit, para que desaparecieran las manchas blanquecinas de sus ojos y pudiera contemplar la luz de Dios; a Sara hija de Ragüel, para darla en matrimonio a Tobías, hijo de Tobit, liberándola del malvado demonio Asmodeo. Tobías tenía más derecho a casarse con ella que cuantos la habían pretendido.


En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, los cuales dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, que se case con la viuda y dé descendencia a su hermano”.
Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer.
Cuando llegue la resurrección y resuciten ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella».
Jesús les respondió: « ¿No estáis equivocados, por no entender la Escritura ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del cielo.
Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”? No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados».

Palabra del Señor.

02 de Junio - Santos Mártires de Lyon

Corría el año 177 de nuestra Era; y con él, a su postrimería, corrían los días de Marco Aurelio, emperador meditabundo. La inminencia de la celebridad anual que en Lyon, ciudad cabecera de la Galia, situada en la confluencia del Saona y del Ródano, se solemnizaba todos los años en las calendas del mes sextil (agosto), reunía en derredor del altar de Roma y de Augusto a los legados de las tres Galias. En esta famosa conmemoración, las jóvenes y aguerridas cristiandades de Lyon y de Viena del Delfinado sostuvieron una serie de luchas cruentísimas y triunfales. Lavaron sus estolas en la sangre del Cordero y volaron a los brazos de Cristo con alas plateadas de paloma. De los episodios de estas luchas nos queda una relación auténtica pormenorizada, salvada por Eusebio en el libro V de su Historia eclesiástica, que yo —spatiis exclusus iniquis— me veo forzado a resumir.

Los siervos de Cristo que habitan Viena y Lyon, en la Galia, a sus hermanos del Asia y de la Frigia, que profesan la misma fe e idénticas esperanzas en la redención que nosotros, paz, gracia y gloria de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Nuestro Señor.

... No tenemos palabras con que expresar en este mensaje la intensidad de la opresión y la saña de los gentiles contra los santos y los tormentos que los bienaventurados mártires soportaron. El Fuerte Armado descargó en nosotros toda la furia y el poder de su brazo. Se nos echó de nuestras casas, se nos privaron los baños, el foro y hasta la pública convivencia. Con todo, la gracia de Dios combatió contra ellos; alejó a los débiles; pero quedaron enhiestos y firmes los sólidos pilares de la fe, que demostraron que las tribulaciones temporales no merecen consideración ante la perspectiva de la gloria que en nosotros será revelada. La plebe frenética les infligió toda suerte de sevicias: escarnios, golpes, lapidaciones y cárcel indistinta; mientras no llegaba el gobernador...

Fueron interrogados por este orden:

Vetio Epagato, el más conspicuo de nuestros hermanos. Había llegado a la plenitud del amor de Dios y del prójimo, y hervía de Espíritu Santo. Varón representativo en nuestra comunidad, no se avino al expeditivo procedimiento y reclamó que se le oyera; la plebe aulló; el presidente se limitó a la pregunta escueta: "¿Eres cristiano?" Su respuesta fue afirmativa y tajante: "Soy cristiano". La pequeña grey fiel le calificó de paráclito de la cristiandad lionesa.

... En las detenciones en masa de fieles de ambas iglesias, que de día en día y con ritmo creciente íbansen haciendo, como la cizaña en el trigo, anduvieron mezclados con los santos algunos paganos que estaban al servicio de los nuestros; los cuales, caídos en la paranza de Satán, declararon que nosotros hacíamos cenas como las de Tiestes e incestos como los de Edipo. Entonces pareció tener realidad la palabra evangélica: Día vendrá cuando el que os diere muerte creerá haber rendido culto a Dios.

... Llegó el segundo interrogatorio de mártires, iniciado por Vetio Epagato. Abriolo el diácono de Viena (del Delfinado), Santo de nombre y de vida; siguió el de Maturo, simple neófito pero invencible púgil; continuó Atalo, originario de Pérgamo, columna y sostén de la cristiandad lionesa, y Blandina finalmente. En ella Cristo hizo gallardísimo alarde de que lo que es ruin y rahez, sin atractivo físico, desdeñable a los ojos de los hombres, se juzgó digno de gloria muy grande ante el acatamiento dé Dios. Todos nosotros recelábamos, y hasta su propia ama según la carne, que estaba con nosotros, mártires designados, que Blandina no pudiera dar testimonio de su fe, tanta era la flaqueza de su cuerpo. Para acabar con ella los verdugos se relevaban; a cada momento parecía que iba a quebrarse el tenue hilo de su vida; más en la confesión se rejuvenecía y para ella constituía una insuflación de nueva vida decir: Soy cristiana; y nosotros no hacemos ningún mal. Y en diciéndolo parecía embellecerse.

Santo, de Viena, se mantuvo firme como un risco marino en medio del oleaje, combatido de sal asidua. No se dignó decir su nombre, ni el de su nación, ni el de su ciudad, ni su condición de esclavo o libre, ni su grado eclesiástico. A todas las preguntas capciosas contestaba en latín paladino: Soy cristiano. A las más delicadas partes de su cuerpo apicárensele láminas de bronce al rojo. Santo perseveró inconmovible en su silencio y en su confesión. La fuente de agua paradisíaca que brotó del costado de Cristo le comunicaba refrigerio y reciedumbre. También la tortura para él era fuente de juventud.

... En gran ansiedad y congoja teníamos el caso de Biblis, dama conspicua de nuestra cristiandad, que en el primer asalto de terror había renegado. Creídos estábamos que Satanás la había ya engullido; mas el asalto segundo la despertó de su ceguera y de su momentánea embriaguez. Aquel dolor pasajero hízola pensar en la gehena de fuego; y con vehemencia echó en rostro a los calumniadores: ¿Cómo podéis pensar que esta gente coma carne de niños si les está mandado abstenerse de sangre de animales? Biblis abjuró de su abjuración y se sumó al grupo de los mártires.

... Satanás inspiró a los verdugos una nueva suerte de martirio exangüe: el encierro colectivo y promiscuo en noche perpetua de una zahúrda más que plutónica, con ambos pies en un cepo, separados el uno del otro hasta el quinto agujero. En número muy grande, anónimamente, murieron de asfixia en aquellas tinieblas palpables, irrespirables; y sus almas volaron en canoros bandos, como alondras, al aire vivo del amanecer, allá, hacia la esfera que huye más del suelo...

... El bienaventurado Potino, a quien el Espíritu confiara el episcopado de Lyon, había ya colmado la rotación de nueve decenios. Era como un ángel que hubiese envejecido. Apenas respirar podía. Fue sacado de las tinieblas y arrastrado por la venerable melena al tribunal. El gobernador le preguntó cuál era el Dios de los cristianos. Respondió: Si tú lo merecieras le conocerías. Atado de manos y pies, porque no huyese, saturado de oprobios se le volvió a sepultar en la carcenal negrura y en el aire irrespirable. Dos días después, silenciosamente como un ave cautiva, dio suelta a su acérrimo espíritu aleluyante.

En la tartera confusión de la mazmorra, en desconcertante promiscuidad, andaban mezclados los creyentes y los renegados a quienes la apostasía de nada les valiera. En este comedio iba a producirse una poderosa intervención de Dios y una inconmensurable misericordia de Jesús. Quienes tras el primer arresto habían renegado de su fe compartían los sufrimientos con los que la habían confesado. Aquellos permanecían detenidos por sospecha de las cenas de Tiestes y de los incestos de Edipo, y su castigo había de ser más fiero que el de los cristianos partícipes de sus cadenas. Roíales trágicamente la conciencia de su cobardía, al paso que los cristianos exultaban por la proximidad de su liberación y por beber el cáliz inebriante del martirio.

... Maturo, Santo, Atalo y Blandina fueron excarcelados; vencedores de la sevicia de los hombres, iban a encararse con la voracidad de las fieras. Este era el postrer y sensacional programa de los festivales olímpicos con que las tres Galias solemnizaban las calendas de agosto, en derredor del altar de Día Roma y de Augusto, en el cerco del anfiteatro.

A Maturo y Santo sólo les faltaba la postrera fase del combate para merecer la corona incorruptible: sufrieron azotes, zarpazos y dentelladas de bestias, todos los crudelísimos antojos de una multitud delirante. Ambos se ofrecieron en espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres. De Santo no se oyeron más palabras que las de su confesión: Soy cristiano. Maturo soportó toda la variedad de luchas que se veían en los gladiadores profesionales.

Quedaba Atalo como olvidado. El populacho, que harto bien le conocía, le reclamó a gritos. Se le hizo dar la vuelta al ruedo, con un letrero infamante: ¡Atalo, cristiano! Enteróse el gobernador de su condición de ciudadano de Roma. Tuvo escrúpulos el melindroso gobernador; determinó que se le devolviera al báratro infernal del que se creía ya redimido, mientras consultaba con el emperador qué debía hacerse con ese delincuente honrado. Está obligada demora no fue ni inútil ni estéril. En este lapso de tiempo la inconmensurable misericordia de Cristo tuvo una espléndida manifestación en la misma cárcel. Los vivos vivificaron a los muertos. Allí estuvo el dedo de Dios. Esta mudanza ocasionó un júbilo inenarrable de nuestra Madre Virginal. El milagro fue que quienes anteriormente renegaron de Cristo quisieron de nuevo medirse con el perseguidor; se reanimaron a nueva vida. Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se enmiende y viva, les tornó sabroso y fácil el regreso a la casa del Padre de familia.

En el ínterin llegó la orden del César: Decapitación para Atalo, ciudadano romano; para los restantes, la voracidad de las fieras. Cristo fue magníficamente glorificado por quienes le negaron; y su Iglesia les incorporó en el ejército de mártires que visten túnicas blancas. Mientras duró el interrogatorio individual Alejandro, de nación frigio y médico de profesión, avecindado de muchos años en la Galia lionesa, conocido y amado de todos por su amor a Dios, por su libertad de palabra, copiosamente dotado del carisma apostólico, de pie cerca del tribunal, exhortaba con señas a los interrogados que proclamasen su fe. Se le culpó de haber sido él quien promovió aquella retractación colectiva. Se le preguntó que quién era, respondió: cristiano. Fue condenado a las bestias.

Dios, que eligió lo más flaco de este mundo para confusión de lo más fuerte, había reservado para la lucha final a dos seres entecos. Blandina fue sacada al anfiteatro, llevando de la mano a Póntico, mozuelo en su primer bozo, de quince años escasos. Con refinadísima perversidad todos los días se les había sacado por que viesen los suplicios de sus hermanos en la fe. La plebe, ebria y sedienta de sangre, no se apiadó de la niñez del muchacho venerando ni respetó el augusto carácter de la mujer. Ambos recorrieron todo el ciclo de los tormentos. A Póntico infundíale bríos la muchacha. Póntico le precedió en la muerte y en la liberación. Libróse, como gamo, del cazador; como pájaro, del lazo del parancero.

Quedaba Blandina, la última de todos, madre virgen y feliz de haber enviado al Rey de los siglos, inmortal e invisible, a muchos hijos victoriosos. Sobreabundaba de gozo como partícipe en un festín nupcial. Recorrió toda la cadena de los tormentos ya conocidos y superados. Se la brindó, por fin, a un toro furioso, que, como arista leve, la proyectaba hacia arriba, como en un ansia de vuelo y de cielo... Fue inmolada por fin.

Los cadáveres de los mártires de Lyon, durante seis días, quedaron insepultos, en la gran inverecundia de la muerte, bajo las miradas de Dios y el estupor de los cielos. Incinerados al fin, llevó solemnemente al mar sus pavesas leves el Ródano sonoroso y raudo, fluviorum rex, majestuoso rey de los ríos de Francia.

martes, 1 de junio de 2021

Reflexión del 01/06/2021

 

Lecturas



Yo, Tobit, en la noche de Pentecostés, después de enterrar el cadáver, salí al patio y me recosté en la tapia, con la cara descubierta porque hacía calor. No había advertido que sobre la tapia, encima de mí, había gorriones. Sus excrementos caliente me cayeron sobre los ojos y me produjeron unas manchas blanquecinas.
Acudí a los médicos para que me curaran; pero cuantos más remedios me aplicaban, más vista perdía a causa de las manchas; hasta que termine totalmente ciego. Cuatro años permanecí sin ver. Todos mis parientes se mostraron afligidos. Ajicar me cuidó durante dos años, hasta que marchó a Elimaida.
En tal situación, para obtener algún dinero, mi mujer, Ana, tuvo que trabajar en labores femeninas tejiendo lanas. Los clientes le abonaban el precio a la entrega del trabajo. Un día, el siete de marzo, terminó una pieza de tela y la entregó a los clientes. Estos, además de darle toda la paga, le regalaron un cabrito. Cuando ella entró en casa, el cabrito se puso a balar. Yo entonces llamé a mi mujer y le pregunté: « ¿De dónde ha salido ese cabrito? ¿No será robado? Devuélveselo a su dueño. No podemos comer cosas robadas».
Ella me aseguró: «Es un regalo que me han hecho además de pagarme».
No la creí y, avergonzado por su comportamiento, insistí en que se lo devolviera a su dueño.
Entonces ella me replicó: « ¿Dónde están tus limosnas y buenas obras? Ya ves de que te han servido».


En aquel tiempo, enviaron a Jesús algunos de los fariseos y de los herodianos, para cazarlo con una pregunta.
Se acercaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?».
Adivinando su hipocresía, les replicó: « ¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea».
Se lo trajeron. Y él les preguntó: « ¿De quién es esta imagen y esta inscripción?».
Le contestaron: «Del César».
Jesús les replicó: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Y se quedaron admirados.

Palabra del Señor.

 

01 de Junio San Iñigo de Oña

En concordancia con la calenda antigua del cenobio pirenaico de San Juan de la Peña no se encuentra documento alguno, escrito o cultual, a lo largo de nueve siglos que haya sugerido para San Iñigo patria diversa de Aragón y Calatayud. Gráficamente expresaba esta realidad una representación escénica del siglo XVI en honor de San Iñigo, cuando un actor en figura de demonio sugería a su príncipe: "Sábete, gran Belcebú, — que este Santo venerado — que en Oña está sepultado — era de Calatayú".

Los escritores y el pueblo bilbilitano han fijado la casa natal de San Iñigo en el barrio de los Mozárabes, donde la actual iglesia benedictina, un barrio indefenso que hacia el año mil aguantaba sobre sí los cerros fortificados de los invasores sarracenos y a sus lados el ambiente hebreo que tantas lápidas ha legado. Pocos años después de la muerte de San Iñigo existía ya allí un monasterio benedictino.

Al carácter de San Iñigo en esta primera juventud dedicó su discípulo el abad Juan de Alcocero una sola frase, pero de honda sugerencia: "Fue suave y manso aun cuando estaba en la soberbia del siglo".

Tobed de Calatayud, con su cueva y su culto a la Virgen, es un nombre enlazado en el recuerdo bilbilitano a la retirada de San Iñigo hacia la soledad.

También el monasterio de San Juan de la Peña consideraba a San Iñigo de su escuela y lo resalta en su calenda: “Iñigo, monje del monasterio de San Juan Bautista". Eran los años del implantarse, en los monasterios del viejo reino navarro, la reforma benedictina que el recoleto Paterno y sus compañeros enviados por Sancho III el Mayor habían aprendido y practicado en Cluny.

Un manuscrito inédito del archivo oniense compendia así la estancia de San Iñigo en el monasterio pirenaico: "Tomó el hábito de monje en el monasterio real de San Juan de la Peña, el cual poco había que el rey don Sancho el Mayor había ilustrado. Y después de haber vivido en el dicho monasterio algún tiempo, con beneplácito y voluntad de sus superiores, salió a vivir a los desiertos imitando a los Santos Padres".

El prestigio firme de San Iñigo por este tiempo es su vida oculta y anacoreta. Cada documento anterior presenta un nuevo rasgo hagiográfico: "En los comienzos de su edad dispuso de servir a Dios todopoderoso, ayudándole su gracia. Y porque esto más a su voluntad pudiese hacer, estaba apartado fuera de todo poblado en un monte, adonde en una cueva hacía vida de ermitaño y solitaria; y allí estuvo algunos años morando en hábito de monje, mortificando su carne con trabajos de vigilias, ayunos y oraciones.

"Durante muchos años llevaba una vida de rigidísima aspereza en la soledad de los montes en hábito de monje, preclaro en opinión de santidad."

"Su célebre fama resonaba lejos y ampliamente y con frecuentes milagros."

"Y oyendo los moradores comarcanos su santidad iban a verlo con gran devoción y recibían de él muy saludables consejos y amonestaciones, y con su ejemplo muchos menospreciaban el mundo y entraban en religión."

Todos estos detalles de los viejos documentos, aun a través de su dura corteza latina, configuran la primera imagen histórica de San Iñigo: Carácter de apacibilidad externa y empuje interior para entregarse a Dios en los rigores y dulzuras contemplativas de la vida eremítica y para entregarse a los hombres desde su cueva y con su hábito monacal como guía y modelo de vida perfecta.

Mientras tanto, en un bravío recodo de las estribaciones cantábricas que encuñan de roquedales la vieja astilla burgalesa, el conde don Sancho de Calatañazor, nieto de Fernán González, había aplomado un monasterio con robusta silueta románica de retiro y fortín.

Lo entregaba como dote a Tigridia, "nuestra hija dulcísima", que fue la más popular abadesa de este monasterio benedictino de religiosas con capellanía de monjes. La generosa carta fundacional del conde don Sancho de Castilla es del año 1011. La abadesa infanta quedó para la posteridad como Santa Tigridia y su epitafio se escribió sobre un altar de la iglesia de San Salvador de Oña.

Posteriormente a la abadesa Tigridia la observancia religiosa aparece lánguida en el cenobio del conde. Su yerno Sancho III el Mayor de Navarra, primer emperador de las Españas reconquistadas, con facultad pontificia y de los obispos de sus dominios, suprime la Comunidad de monjas e introduce monjes de la regla cluniacense el año de 1033.

El primer abad de la Oña cluniacense fue dom García, pero su prelatura sólo duró dos años incompletos. Lo demás lo transmite en este castellano primaveral una Memoria antigua y abreviada del archivo de Oña:

"Quedó este Monasterio de Oña sin Pastor. E cobdiciando el Noble Rey darle Regidor e que la nueva planta, que había ordenado, permaneciese siempre en mayor virtud y santidad, finalmente, la fama (que casi todas las cosas quenta) vino a las sus Orejas de este piadoso Rey, e fuele dicho la vida santa y loable, que el Bienaventurado S. Iñigo facía, y habiendo el su Consejo con varones sabios e discretos, que consigo siempre traía, envió a rogar con ellos a este Santo Varón que le pluguiesse vinirse para él, porque le quería encomendar el regimiento de este su Monasterio de Oña; porque con su exemplo, y la buena vida, los Monges que aquí estaban, fuesen informados en toda Santidad.

"E como el bienaventurado S. Iñigo a los primeros y segundos Mensageros respondiesse que lo non faría en ninguna guisa, en fin viendo el Noble Rey la su voluntad, el mismo Rey olvidando su dignidad Real, fue en persona a le rogar que sí quisiesse venir, e después que se hobo mucho excusado, en la conclusión constreñido por la devoción del Rey hóbolo de aceptar contra toda la su voluntad. E assí fue este Santo varón ordenado por Abad de este Monasterio de Oña, de común consentimiento y clamor de todos los sus Monges, según que la Regla de nuestro bienaventurado Padre S. Benito lo dispone y ordena, e con grande aplauso, beneplácito e gusto del dicho Señor. Rey que a todo fuesse presente".

El manuscrito de fray Iñigo de Barreda redondea de monaquismo el llamamiento de Sancho el Mayor con esta composición de escena: "obligado de las exhortaciones del Rey y assimismo de los mandatos de su Abad de la Peña (porque entrambos estaban presentes y le hacían las debidas instancias), temiendo desagradar a Dios si resistía a su vocación, aceptó el cargo y dexó el consuelo de aquellos riscos, testigos de sus penitencias, con harto desconsuelo suyo y de aquellos sus Hermanos y Compañeros Monjes, y... vino a descender de las montañas de Xaca para levantar las de Burgos".

Ciertamente, el nombramiento de abad de Oña recayó sobre San Iñigo con anterioridad al 21 de octubre de 1034, fecha en que confirma una donación de Sancho el Mayor al monasterio de Leyre con la fórmula “Enneco Abbas Honiensis".

El gobierno interno de San Iñigo aparece en el juicio de su discípulo fray Juan de Alcocero como de una paternalidad discreta, espiritual y popular: "No vivió para sí solo, sino para nosotros, porque todo el día estaba él para nosotros. Nunca se indignó de manera que en su indignación olvidase la benignidad; y no podía airarse un hombre que despreciaba las injurias y evitaba los rencores. Nunca juzgó sin comprensión, como quien sabía que el juicio de los cristianos ha de ir revestido de misericordia. El Espíritu Santo otorga su don de justicia a los más benignos, y concede a los suyos tanta equidad y justicia como gracia y piedad; de ahí que nuestro padre Iñigo guardaba rectitud al examinar lo justo y misericordia al decidir la sentencia. En la solicitud de su monasterio e iglesias imitó la fe y caridad de todos los apóstoles, obispos y abades".

Con razón alude el discípulo ferviente al cuidado de "las iglesias". Al entrar San Iñigo en Oña recibía la prelatura de una verdadera diócesis y el gobierno —según aquel tiempo feudal— de un auténtico señorío. Las escrituras comprueban ciento cincuenta nombres de iglesias y pertenencias que tenía que regir el abad Iñigo en diáspora caprichosa por las actuales provincias de Burgos, Logroño, Palencia y Santander. Todas estas solicitudes del obligado feudalismo de entonces imponían al anacoreta aragonés, ya en plena madurez de vida, largos y penosos viajes. Su firma de prestigio se repite con frecuencia en los documentos monásticos y reales de la época. Y su presencia aparece frecuentemente junto al rey navarro García, hijo de Sancho el Mayor, lo mismo en las tierras riojanas de Nájera, su corte, que en la fratricida batalla de Atapuerca, a cuatro leguas de Burgos, donde sucumbió traidoramente Don García, que vino a morir en los mismos brazos y oraciones de San Iñigo. San Iñigo no se separó de su rey, lo mismo anteriormente en el sitio victorioso de Calahorra que en su desastre de Atapuerca, hasta confiarlo al sepulcro en Santa María la Real de Nájera. Los esfuerzos pacifistas de San Iñigo hasta el momento mismo de la batalla tenían razón. Por eso la actuación de San Iñigo dejó invariable el afecto de Fernando I de Castilla hacia el capellán de su hermano, como aparece en diversas donaciones mutuas, especialmente en las hechas en 1063 cuando fue convocado San Iñigo a León para recibir el cuerpo de San Isidoro.

A pesar de esta obligada dispersión, las primeras atenciones pastorales de San Iñigo se centraban en su monasterio de Oña. Y con éxitos reconocidos. "La santa regla —repiten insistentemente los monjes onienses— se observaba sin interpretación, sin dispensa, sin privilegio. El silencio era silencio, el ayuno, ayuno; la clausura, clausura; y todo en aquel peso y medida del santo legislador. Con tal pastor era el rebaño como él."

Y hablan de aquel monje de agrio carácter que termina reducido y blando ante la psicología y oraciones paternales del santo abad. Y de su bendición manifiesta sobre los campos y vecinos de Oña. Y del castigo sensacional de aquellos dos hidalgos que injuriaron a San Iñigo y al día siguiente, sin causa, se agredían entre sí con sus espadas para perecer ambos locamente bajo sus mutuas heridas. Y ante el pueblo vibrarán con aureola legendaria la serenidad, la oración y la hoguera de San Iñigo para aniquilar un fantaseado serpentón y el espectáculo ridículo del "jorobado de Tamayo", atribuido a su mala intención de pastor al meter su ganado en la viña del monasterio recién plantada por el abad junto al río.

"Abrió sus alhóndigas a los pobres y sus despensas a todos los que venían a él. A cuántos levantó que estaban oprimidos. A cuántos puso en libertad que estaban cautivos. Con una sola diligencia enjugaba las lágrimas de los deudores y renovaba el gozo de los acreedores." Así comenta la acción social de San Iñigo su discípulo fray Juan de Alcocero.

Y la voz popular no teme envolver en prodigios su veneración por San Iñigo. La parálisis remediada del conde leonés Gonzalo Muñiz, de un peregrino traído de más allá de los Pirineos y de un mendigo tendido ante las tapias de la huerta del monasterio. El hijo concedido a las oraciones de San Iñigo para una mujer atribulada sin familia después de quince años de matrimonio. La vista restituida a una humilde joven. Diversos casos mentales extraños totalmente normalizados. Lluvias conseguidas. Hambres subsanadas.

Eran tiempos de reconquista, y la caridad de San Iñigo tuvo que suavizar las frecuentes refriegas entre los barrios moros y cristianos, próximos al monasterio. Cierto día en que la composición ofrecida por San Iñigo fue aceptada por ambos bandos, menos por el jefe moro, se trabó la batalla y sólo pereció el jefe disconforme, según el prenuncio del abad, que pronto logró cristianar con sus monjes aquellos rescoldos agarenos.

"El caminante pobre cantando va entre los salteadores", respondió San Iñigo, con el proverbio latino en su granja de Solduengo a unos ladrones que le habían cercado inútilmente toda la noche; y, al replicarle ellos que, si no la bolsa, al menos le podrían quitar la vida, les respondió que para él quitarle la vida era sólo quitarle de muchos cuidados. Y su entereza cristiana fue el comienzo de una amistad que acabó con el arrepentimiento y la disolución de aquella banda temida. Otra famosa conversión del apostolado de San Iñigo, fue la de un bandido profesional, causante de verdaderas batallas campales entre dos pueblos vecinos al monasterio.

Pero la flor más perfecta de la dirección espiritual de San Iñigo fue San Adón, o, como el mismo se firmaba "Atto, Aukensis episcopus"; Ato, obispo de Oca y Valpuesta, por los años de 1034 y 1039. San Adón, dejando sus obispados, se puso bajo la obediencia de San Iñigo, quien le asignó un eremitorio en los montes de la Peralada junto a la aldea del Portillo de Busto. Su fama de santidad perdura juntamente con su sepulcro en el monasterio de Oña, donde fue enterrado por el mismo San Iñigo, que le sobrevivió casi quince años.

La estampa final de la vida de San Iñigo se aromatiza de un lirismo de romance místico. Los manuscritos monásticos detallan la misma narración fundamental. "Había salido San Iñigo a visitar las iglesias que tenía a su cargo. En Solduengo se sintió enfermar gravemente. Al ser llevado al monasterio de noche le pareció que iban delante dos muchachos con hachas encendidas. Compadeciéndoles el varón de Dios la fatiga del camino, pues creía que eran muchachos cuando en realidad eran ángeles, vuelto a los circunstantes les exhortaba a que aliviasen a los muchachos, cuando nada semejante veían los que le acompañaban, sino sólo una gran claridad. Todos los monjes recibieron al abad moribundo. San Iñigo les daba saludables consejos de amor, hermandad y observancia. Pidió y recibió los auxilios sacramentales humilde y devotamente y, como despedida y promesa de amparo, dio su última bendición de padre y abad."

Era el 1 de junio de 1068. Los arrebatos sin tasa del discípulo Juan de Alcocero en el sermón de honras fúnebres recogen el ambiente de aquel entierro "en la claustra vieja": "Vimos cómo se nos quita el justo sin que la mente se haga a ello. ¿Qué lugar hay en la tierra que no se haya conmovido con el tránsito de nuestro santísimo padre Iñigo?"...

En una arqueta de plata y piedras preciosas se conservan en la iglesia de Oña las reliquias de San Iñigo, el Patrono medieval de los cautivos, que enrejaron de exvotos su altar; el Patrono de Calatayud y de Oña. Su popularidad taumatúrgica le siguió durante los siglos de la Reconquista y del esplendor de España, cuando todas las familias nobles imponían a alguno de sus hijos el nombre del abad de Oña. Iñigo de Loyola se llamaba el fundador de la Compañía de Jesús y un autor de fines del siglo, XVI llama al abad de Oña San Ignacio de Calatayud. Dos nombres y dos símbolos fundidos de un cristianismo apostólico, entero y perenne.

 

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