domingo, 2 de mayo de 2021

Domingo, 02-05-2021 5º domingo de PASCUA Ciclo B

 

Reflexión de hoy

 

Lecturas

 



En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no se fiaban que fuera realmente discípulo. Entonces Bernabé se lo presentó a los apóstoles.
Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús.
Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén, predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesárea y lo enviaron a Tarso. La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo.


Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.
En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Y cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.
Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó.
Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

Palabra del Señor.

San Atanasio Obispo y Doctor de la Iglesia

Atanasio nació en Alejandría de Egipto en el año 295, y es la figura más dramática y desconcertante de la rica galería de los Padres de la Iglesia. Tozudo defensor de la ortodoxia durante la gran crisis arriana, inmediatamente después del concilio de Nicea, pagó su heroica resistencia a la herejía con cinco destierros decretados por los emperadores Constantino, Constancio, Julián y Valente. Arrio, un sacerdote salido del seno mismo de la Iglesia de Alejandría, negando la igualdad substancial entre el Padre y el Hijo, amenazaba atacar el corazón mismo del cristianismo. En efecto, si Cristo no es Hijo de Dios, y él mismo no es Dios, ¿a qué queda reducida la redención de la humanidad?

En un mundo que se despertó improvisamente arriano, según la célebre frase de San Jerónimo, quedaba todavía en pie un gran luchador, Atanasio, que a los 33 años fue elevado a la prestigiosa sede episcopal de Alejandría. Tenía el temple del luchador y cuando había que presenter batalla a los adversarios era el primero en partir lanza en ristre: "Yo me alegro de tener que defenderme" escribió en su Apologia por la fuga. Atanasio tenía valentía hasta para vender, pero sabiendo con quién tenía que habérselas (entre las acusaciones de sus calumniadores estaba la de que él había asesinado al obispo Arsenio, que después apareció vivo y sano), no esperaba en casa a que vinieran a amarrarlo. A veces sus fugas fueron sensacionales. El mismo nos habla de ellas con brío.

Pasó sus últimos dos destierros en el desierto, en compañía de sus amigos monjes, esos simpáticos anárquicos de la vida cristiana, que aunque rehuyendo de las normales estructuras de la organización social y eclesiástica, se encontraban bien en compañía de un obispo autoritario e intransigente como Atanasio. Para ellos escribió el batallador obispo de Alejandría una grande obra, la "Historia de los arrianos", dedicada a los monjes, de la que nos quedan pocas páginas, pero suficientes para revelarnos abiertamente el temperamento de Atanasio: sabe que habla a hombres que no entienden las metáforas, y entonces llama al pan pan y al vino vino: se burla del emperador, llamándolo con apodos irrespetuosos, y se burla también de los adversarios; pero habla con entusiasmo de las verdades que le interesan, para arrancar a los fieles de las garras de los falsos pastores.

Durante las numerosas e involuntarias peregrinaciones llegó a Occidente, a Roma y Tréveris en donde hizo conocer el monaquismo egipcio, como estado de vida organizado de modo muy original en el desierto, presentando al monje ideal en la sugestiva figura de un anacoreta, San Antonio, de quien escribió la célebre Vida, que se puede considerar como una especie de manifiesto del monaquismo. Murió en el año 373.

 

sábado, 1 de mayo de 2021

Compromiso con MARÍA - 01 de MAYO 2021

 

"VOLANDO HACIA MARÍA" - MAYO 2021

 

Reflexión de hoy

 

Lecturas



El sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra del Señor. Al ver el gentío, los judíos se llenaron de envidia y respondían con blasfemias a las palabras de Pablo.
Entonces Pablo y Bernabé dijeron con toda valentía: «Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: “Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra”». Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y creyeron los que estaban destinados a la vida eterna.
La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas, adoradoras de Dios, y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio.
Estos sacudieron el polvo de los pies contra ellos y se fueron a Iconio. Los discípulos, por su parte, quedaban llenos de alegría y de Espíritu Santo.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre.
¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo esté en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

Palabra del Señor.

 

Beato Juan de Jesús María

"Tú me sedujiste, ¡oh Yahvé, y yo me dejé seducir. Tú eres el más fuerte, y fui vencido. Ahora soy todo el día la irrisión, la burla de todo el mundo. Siempre que hablo tengo que gritar: "¡Ruina, devastación!". Y aunque me dije: "No volveré a hablar en su nombre", su palabra hierve dentro de mi como fuego abrasador”.

Si la historia de la humanidad es la historia de Dios entre los hombres, el forcejeo del cielo con la tierra, de Yahvé con Jacob, indiscutiblemente, Jeremías dibuja su colosal figura en las cumbres más altas. Los judíos del tiempo de Jesús dirán del Maestro: "Es Jeremías, que ha resucitado".

Hijo de Helcías sacerdote, ya desde niño le sedujo Yahvé. Las auras de Jerusalén conservaban aún su perfume de incienso al llegar a Anatot, la ciudad del profeta, a una hora de Sión, y, mientras él crecía, el Señor iba realizando uno de los significados del nombre Jeremías: "Yahvé eleva", o "elevación de Yahvé". Le seducía entonces por sí mismo: por su infinita majestad, por la belleza de su Ley. "Teth. Bueno es el Señor para los que esperan de Él, para el alma que le busca", recordará en medio del llanto, en una de sus lamentaciones. Pero es que pronto le sedujo también para aceptar sobre sus hombros la misión de profeta. Como hiciera Moisés, él protesta muy bien "que no es experto en el hablar, que es todavía un niño". Pero Yahvé tiene palabras convincentes: "Antes que te formara yo en las entrañas maternas te conocí..., te consagré y te designé para profeta de naciones". Tiende la mano, toca su boca y le da poder de hierro y bronce sobre pueblos y reinos, "para arrancar, arruinar y asolar; para levantar, edificar y plantar".

Más de una vez los labios del profeta apaleado, encepado, medio muerto, recordaron a Dios con angustiosa queja y tremenda fuerza lírica mejor que la de Job, el contraste excesivo entre la dura realidad y tan bellas palabras.: "¡Maldito sea el día en que nací! ¿Por qué no me mató Yahvé en el seno de mi madre y hubiera sido mi madre mi sepulcro, y yo preñez eterna en sus entrañas?"

Cuesta al hombre de hoy, con veinte siglos de Revelación, sopesar bien la santidad allá en el siglo séptimo antes que el Verbo se humanara. No es lo mismo adorar y acatar al Señor dentro de un marco de siete sacramentos, de comunión frecuente, inmolación incruenta, vida interior, magisterio ordinario e infalible y serenidad de culto, que ante balsas de sangre de reses desolladas en honor del Dios de los ejércitos, blasfemos apedreados, pitonisas, colegios de "hijos de profetas" y nabís, profesionales de lo religioso, que se aprestaban a la "inspiración" al compás de tambores, flautas y arpas, gesticulando y bailoteando como fuera de sí, y sobreexcitando a los demás con oscuras palabras y frenéticos hurras, como vemos aún hoy entre ciertos derviches. Y ello en medio de cultos idolátricos de los pueblos vecinos y de los mismos yaveístas.

A pesar de sus fuertes protestas momentáneas, Jeremías acepta con la mayor fidelidad, materialmente incluso, el yugo del Señor, del que se considera un simple pobre. “Pobre de Yahvé." No un romántico de la pobreza como tal, sino un siervo de Dios, un sometido a la divinidad con rendimiento pleno y absoluta confianza. La novedad impresionante de este profeta, de familia más bien acomodada, es el amor y el deseo de un Israel cualitativo —“el Israel de Dios"—: la nación en que Yahvé tendrá su ley escrita no en piedra solamente, sino en los corazones. Por algo Jeremías, que, como Amós, Oseas y Ezequiel, no hizo probablemente ni un milagro, es tenido por muchos santos Padres, principalmente San Jerónimo, por una esplendorosa figura de Jesús. Jesús nace en Belén, y es cerca de Belén donde comienza Jeremías su misión de profeta. Como Jesús, ha de luchar contra los sacerdotes que contradicen su predicación y quieren suprimirle, en un procedimiento tumultuario, al imputarle por sus profecías la intención de destruir el Templo. Como al Mesías, se le lleva a un tribunal civil para acusarle de subversión política, sin aludir al tema religioso, y él se comporta allí serena y dignamente. Nadie como él ha dibujado al futuro hijo pródigo, cuando invita a Efraím, el hijo amado y desviado, a que se plante piedras miliarias y se coloque hitos y considere las calzadas y los caminos de la perdición, para la hora del retorno. "Vuélvete, ¡oh virgen de Israel!, regresa a estas tus ciudades. ¿Hasta cuándo has de permanecer lejos, oh hija renegada?" Su vida íntima es también una pálida sombra de la del Redentor: célibe hasta la muerte, sabe de horas de oración y soledad como en Getsemaní; se le derrumba el alma previendo la ruina de la querida ciudad santa y vuelca el corazón intercediendo por sus enemigos.

Dura misión la de un profeta: ser la boca de Yahvé en un pueblo vuelto casi siempre de espaldas a la Ley, gritar contra los cultos idolátricos y las infiltraciones de prácticas paganas, llenar de espíritu los ritos, desenmascarar vicios, venalidades, opresiones, a la par que instruir sobre la verdadera naturaleza del Altísimo y sus misteriosos atributos, y, sobre todo, preparar las pupilas oscuras para la luz creadora de los tiempos mesiánicos renovadores de la faz del mundo. Sin innovar ni revolucionar, restaurar, restablecer y tutelar los permanentes intereses de Yahvé en la religión, en la moral, e incluso en la política de un pueblo teocrático... La misión del profeta de los trenos fue dura entre las duras. Él no sólo anunció, sino que presenció las tremendas ruinas de Sión, así como las tres deportaciones de su pueblo. Corrió a sus pies, a ríos, la sangre de los suyos, y sobre las murallas a punto de ceder, el hambre de las madres se sació cerca de él en la carne caliente de los hijos. En su ciudad natal le quisieron matar. El rey Joaquín hizo quemar los rollos de sus terribles vaticinios. Fue encerrado en cisterna para hacerle morir. Ninguno de los reyes que él viera entronizar atendió sus consejos. En el pleito político de asirios derrotados, egipcios aliados y medos vencedores, él predicaba lealtad a la dominadora Babilonia, y no alianzas con los faraones ni con los restos de la vieja Asur. Y nadie le escuchaba. Sin embargo, cuando el representante del rey Nabucodonosor, sabiendo su fidelidad, le ofreció un puesto honroso en Babilonia, él prefirió quedarse a llorar la ignominia junto a las ruinas de Sión, con los pobres deshechos de su pueblo. La paz no era su sino. ¿Cómo, si no, habría tenido el mundo, en el tesoro inmenso de las Lamentaciones, el cálido torrente de palabras y lágrimas que inundará y traducirá magistralmente hasta el fin de los siglos el humano dolor?

También ante la esfinge precursor de Jesús, si su primera intervención profética tuvo lugar junto a Belén, fue su última en Egipto. Luego ya un gran silencio ahoga la voz de hierro y bronce del más potente oráculo de Yahvé, que Tertuliano y San Jerónimo, siguiendo una leyenda que recoge igualmente el Calendario Romano, dicen muerto a pedradas en los muros de Tafnis. Isaías, el primero de los cuatro profetas llamados mayores por el volumen de su obra, acabó su ministerio hacia el año 702. Probablemente Jeremías comenzó el suyo hacia el 614, y durante cuarenta años —los veintitrés primeros de palabra tan sólo, y después, inaugurando esta modalidad, por escrito también—, fue en medio de Judá "como una flecha de excepción", fúlgida y recta, en el carcaj de Yahvé. También comienza en él lo que podríamos llamar “literatura de las confesiones" al describir el dramatismo de la íntima lucha del profeta con Dios.

Después de haber vivido, agonizando, en una de las épocas más importantes y convulsas de la historia de Oriente y la más dolorosa de Judá, Yahvé sedujo a Jeremías con la corona del descanso eterno. Sólo entonces el pueblo amó, de veras a su gran profeta. Él había cantado, con la garganta rota de dolor, el paso hacia el exilio, a nueve kilómetros de Sión, de los judíos aherrojados: “Se oye una voz en Rama... Mucho gemido y mucho llanto. Raquel llora a sus hijos y no se quiere consolar, porque no están." Judá lloró al profeta de sus llantos; pero el coloso tampoco estaba ya.