San Francisco Coll
En Vich, en la región de Cataluña, en España, san Francisco Coll, presbítero de la Orden de Predicadores, que, al ser injustamente exclaustrado, prosiguió su firme vocación y anunció por toda la región el nombre del Señor Jesucristo.
Nació en Gombrén, diócesis de Vich, Gerona, en el seno de una familia humilde. Desde niño fue muy piadoso y estudioso, temperamental y despierto. Su madre le descubrió la vocación sacerdotal e ingresó en el seminario de Vich en 1822. Tuvo como condiscípulos a Jaime Balmes, san Antonio María Claret, José Sadoc Alemany, dominico y primer arzobispo de California, Benito Vilamitjana, obispo de Tortosa y arzobispo de Tarragona, Mariano Puigllat, obispo de Lérida. Se alojó en casa de la familia Coma, en Puigseslloses y hasta llegar al seminario recorría a pie todos los días 5 kms. Era estudioso y dedicado a la oración. Un día, a raíz de la muerte de su madre, sintió la llamada de hacerse dominico.
En 1830, después de terminar sus estudios de Filosofía, ingresó en la Orden de Predicadores, en el convento de Santo Domingo de Vich, pero no pudo quedarse allí, porque no podía pagarse el primer año de noviciado, y tuvo que hacerlo en Gerona. Hizo la profesión religiosa en 1831. Fue un fraile obediente, simpático, amante de la limpieza y desapegado de las cosas materiales. Era devoto de María y tenía la costumbre de llevar siempre el rosario en la mano. Destacó pronto por sus cualidades de predicador. Estudió Teología. Durante el gobierno de Martínez de la Rosa, se dictaron normas contra las Órdenes religiosas, a causa de las guerras carlistas. En 1835 se cerró el convento de Gerona y Francisco tuvo que regresar a Vich.
Terminó sus cursos de Teología, y tuvo las licencias para ordenarse sacerdote, pero el gobierno de Mendizabal, prohibió las ordenaciones. Francisco fue ordenado por el obispo de Solsona, el mercedario Juan José de Tejada en 1836. Mientras esperaba que se abrieran los conventos, ofreció sus servicios al obispo de Vich, que lo envió como coadjutor a la población de Artés y a los pocos meses a Moyá, pueblo que fue incendiado durante la guerra carlista; allí se dedicó por entero a su feligresía, dándoles ánimo, ayudándoles en lo más necesario.
Destacó como predicador y predicó en las diócesis de Gerona, Vich, Solsona, Urgel, Lérida, Barcelona y Tarragona; pronto se hizo famoso, y recorrió a pie toda Cataluña; en esta etapa vio la necesidad de la educación de los pueblos, especialmente de la mujer. La misión de Agramunt, Lérida, en 1851, provocó una discusión en las Cortes del Reino sobre la oportunidad de la predicación misionera. Con san Antonio María Claret, formó un equipo llamado Hermandad Apostólica, para desarrollar un amplio plan de evangelización de la sociedad, mediante ejercicios espirituales especialmente dirigidos al clero, misiones populares y publicaciones religiosas. Fundó la Congregación de Hermanas Dominicas de la Anunciata de Vich, en 1856, a pesar de que las Órdenes religiosas estaban prohibidas. Fue director del beaterio de Vich desde 1858 hasta su muerte. Fundó el “Rosario Perpetuo”, devoción que todavía hoy continúa. Publicó en catalán "La Hermosa Rosa", un devocionario centrado en el rosario. En 1869, cuando se hallaba predicando un novenario en Sallent, tuvo un ataque de apoplejía que le dejó totalmente ciego, consiguió con cuidados médicos recuperar algo de vista, pero se volvió a quedar ciego y totalmente inmóvil. Está enterrado en la iglesia de su pueblo natal. Fue beatificado por SS Juan Pablo II el 29 de abril de 1979 y canonizado por SS Benedicto XVI el 11 de octubre de 2009.
Nació en Gombrén, diócesis de Vich, Gerona, en el seno de una familia humilde. Desde niño fue muy piadoso y estudioso, temperamental y despierto. Su madre le descubrió la vocación sacerdotal e ingresó en el seminario de Vich en 1822. Tuvo como condiscípulos a Jaime Balmes, san Antonio María Claret, José Sadoc Alemany, dominico y primer arzobispo de California, Benito Vilamitjana, obispo de Tortosa y arzobispo de Tarragona, Mariano Puigllat, obispo de Lérida. Se alojó en casa de la familia Coma, en Puigseslloses y hasta llegar al seminario recorría a pie todos los días 5 kms. Era estudioso y dedicado a la oración. Un día, a raíz de la muerte de su madre, sintió la llamada de hacerse dominico.
En 1830, después de terminar sus estudios de Filosofía, ingresó en la Orden de Predicadores, en el convento de Santo Domingo de Vich, pero no pudo quedarse allí, porque no podía pagarse el primer año de noviciado, y tuvo que hacerlo en Gerona. Hizo la profesión religiosa en 1831. Fue un fraile obediente, simpático, amante de la limpieza y desapegado de las cosas materiales. Era devoto de María y tenía la costumbre de llevar siempre el rosario en la mano. Destacó pronto por sus cualidades de predicador. Estudió Teología. Durante el gobierno de Martínez de la Rosa, se dictaron normas contra las Órdenes religiosas, a causa de las guerras carlistas. En 1835 se cerró el convento de Gerona y Francisco tuvo que regresar a Vich.
Terminó sus cursos de Teología, y tuvo las licencias para ordenarse sacerdote, pero el gobierno de Mendizabal, prohibió las ordenaciones. Francisco fue ordenado por el obispo de Solsona, el mercedario Juan José de Tejada en 1836. Mientras esperaba que se abrieran los conventos, ofreció sus servicios al obispo de Vich, que lo envió como coadjutor a la población de Artés y a los pocos meses a Moyá, pueblo que fue incendiado durante la guerra carlista; allí se dedicó por entero a su feligresía, dándoles ánimo, ayudándoles en lo más necesario.
Destacó como predicador y predicó en las diócesis de Gerona, Vich, Solsona, Urgel, Lérida, Barcelona y Tarragona; pronto se hizo famoso, y recorrió a pie toda Cataluña; en esta etapa vio la necesidad de la educación de los pueblos, especialmente de la mujer. La misión de Agramunt, Lérida, en 1851, provocó una discusión en las Cortes del Reino sobre la oportunidad de la predicación misionera. Con san Antonio María Claret, formó un equipo llamado Hermandad Apostólica, para desarrollar un amplio plan de evangelización de la sociedad, mediante ejercicios espirituales especialmente dirigidos al clero, misiones populares y publicaciones religiosas. Fundó la Congregación de Hermanas Dominicas de la Anunciata de Vich, en 1856, a pesar de que las Órdenes religiosas estaban prohibidas. Fue director del beaterio de Vich desde 1858 hasta su muerte. Fundó el “Rosario Perpetuo”, devoción que todavía hoy continúa. Publicó en catalán "La Hermosa Rosa", un devocionario centrado en el rosario. En 1869, cuando se hallaba predicando un novenario en Sallent, tuvo un ataque de apoplejía que le dejó totalmente ciego, consiguió con cuidados médicos recuperar algo de vista, pero se volvió a quedar ciego y totalmente inmóvil. Está enterrado en la iglesia de su pueblo natal. Fue beatificado por SS Juan Pablo II el 29 de abril de 1979 y canonizado por SS Benedicto XVI el 11 de octubre de 2009.
jueves, 1 de abril de 2021
Jueves Santo - LA ÚLTIMA CENA
La mañana, en Betania. Unas horas de reposo, una tregua antes de la lucha definitiva. En los corazones; presentimientos sombríos; en los labios, aleteos de preguntas que no llegan a cuajar. Todos temen hablar, porque no quieren saber lo que temen. ¿Dónde celebrarán la Pascua aquella noche? ¿Se atreverá el Maestro a entrar de nuevo en Jerusalén? Entre los Doce, sólo Judas guarda su secreto, un secreto tan negro como su alma. No sabe dónde harán aquella fiesta ritual; pero está seguro de que Jesús no dejará de visitar su montaña, la montaña pingüe, florida y frondosa de Getsemaní, donde todos los árboles le conocen, donde hasta las torcaces, que hacen sus nidos en los brazos de plata de los olivos, le saludan respetuosas y amorosas. La tarde avanza. El de Kerioth espía las miradas del Maestro, dispuesto a recibir órdenes; él guarda los cuartos, tiene habilidad y espíritu práctico; no se podrá preparar la cena sin contar con sus servicios. De pronto, Jesús hace una seña a dos de los discípulos. Siempre los mismos: Juan, el mozo, dorado y delicado, y Pedro, el hombre recio, de barba áspera y carne de bronce: «Id—ordenó Jesús—y aparejad la Pascua.» «Y ¿dónde. Señor?», preguntaron. «Luego que entréis en la ciudad—respondió Él—, hallaréis un hombre con un cántaro de agua; seguidle hasta que entre en casa, y cuando veáis al padre de familias, confiaos a él, diciéndole: Esto dice el Maestro: Mi tiempo está cerca; muéstranos la sala donde recogernos para celebrar la Pascua.»
Judas sorprendió la orden y palideció. Sin duda, el Maestro estaba ya al tanto de sus intenciones. Los dos predilectos salieron de Betania, atravesaron el monte de los Olivos, bajaron al Cedrón, y cerca de allí vieron al hombre del cántaro. Al llegar a casa, el padre de familias estaba en el zaguán. Bastóles recordar el nombre del Maestro para conseguir cuanto necesitaban. Rápidamente el aposento quedó aderezado; la mesa grande y corrida, los escaños mullidos, la alfombra, la paila y los lienzos, el ánfora para la ablución, las vasijas y las escudillas de bronce, pues las de barro eran impuras; las cráteras para los líquidos, y la copa de dos asas para las libaciones. Prepararon luego las hierbas amargas, lechuga, berro, endibia, coriandro, marrubio y achicoria salvajes, que tenían por objeto recordar las tristezas de la servidumbre en la tierra de Egipto, y con ellas dispusieron la salsa del karoset, una mezcla picante de vinagre, cidras, higos y almendras, que recordaba la arcilla que en otro tiempo habían amasado los israelitas para construir las ciudades de sus opresores. Después los dos discípulos fueron a mercar una res blanca y perfecta, y cuando Pedro la cargaba sobre sus hombros, de las pirámides del Templo partieron los alaridos de las trompetas de oro, que señalaban el comienzo de las inmolaciones.
Era también el momento en que el Rabbí se acercaba a la ciudad. Nunca más debía salir de ella. Las calles hervían de gente; se oían los balidos de los rebaños apretados ante los sagrados pórticos, y un vaho de muchedumbre flotaba sobre las torres y los palacios. Torciendo por angostas callejuelas, oscurecidas ya por las sombras, crepusculares, llegó la pequeña caravana a la casa del huésped. Nada nos dicen los evangelistas sobre lo que sentía Jesús al entrar en el Cenáculo, en aquel salón amplio y hermoso, que iba a ser el primer templo cristiano. Tal vez su corazón brincó de júbilo; tal vez sus ojos se empañaron de lágrimas. Todo estaba en su sitio: los platos, los almohadones, el blanco mantel y la copa en que todos posarían sus labios. Crepitaban los candelabros, recién encendidos, y las sombras de los discípulos se movían en los muros proyectadas por una lumbre flaca y amarilla. Jesús rompió el silencio con estas palabras, reveladoras de un amor largo tiempo contenido: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, porque os digo que ya no comeré ninguna otra hasta que la vea cumplida en el reino de Dios.» Era decirles que aquella cena tenía un carácter de despedida. Nunca se iba a manifestar con más fuerza delante de los Doce la conciencia de su divinidad, de su consustancialidad con el Padre y de su soberana misión de redimir y santificar a los hombres. Aquélla era la ocasión más santa de su vida, la más codiciada de su corazón. Sus palabras y sus actos iban a ser los de un Dios que, establecido salvador del linaje humano, se preparaba a realizar su redención divina. Sin embargo, su corazón se agitaba al mismo tiempo con sentimientos diferentes, y en su rostro, con el halo cálido del amor, se adivinaban apagamientos de inquietud.
Entre tanto, los discípulos se disputan los puestos más honrosos de los divanes: sus voces se cruzan con viveza y sus puños se crispan. Cansados están de oír decir al Rabbí que los primeros deben ser los últimos, que el amo debe servir a sus criados, y que el Hijo del Hombre ha venido a servir. Pero ellos siguen siendo tan soberbios y quisquillosos como antes. Y, sin embargo, aquélla es una de las enseñanzas capitales del nuevo reino. Es preciso repetirla una vez más y apoyarla en un ejemplo memorable: «Los reyes de las gentes dominan sobre ellas y las avasallan. No así vosotros.... ¿No estoy Yo en medio de vosotros? Pues ved lo que hago.» Y mientras el huésped echaba en la gran copa el vino de sus lagares de Engaddi, Él se levantaba, se quitaba el manto, tomaba un lienzo, se lo ceñía en torno a los riñones y, vertiendo agua en un barreño, se postraba delante de los discípulos y les lavaba los pies. Todos se conmueven y llenan de congoja y dejan hacer. Hasta el mismo Judas siente sobre su piel sucia y callosa la grandeza abatida del Maestro y el cálido aliento de su boca. Sólo Pedro intenta resistir, y se encrespa con la humildad hirsuta de su temperamento impetuoso, pero Jesús le convence con una sola palabra: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo.» Esto basta para que se doblegue dócil y medroso y ofrezca no sólo sus pies, sino también sus manos y su cabeza. Jadeaba todavía del esfuerzo, y respiraba cansadamente, cuando, dirigiéndose a los Doce, les dijo: «Me llamáis Maestro y Señor, y lo soy ciertamente; pues si Yo, a pesar de eso, os he lavado los pies, otro tanto debéis hacer vosotros. Os doy un mandamiento nuevo, y es que os améis los unos a los otros, como Yo os he amado.» Y la ternura hacía desfallecer su voz.
Aquella primera manifestación del amor divino sólo era el anuncio de otra más grande. Aparecieron los panes y las hierbas amargas, pasó una y otra vez la copa a través de los comensales, cantáronse los cánticos de rúbrica, los salmos del gran Hallel, trajeron la res dorada y olorosa atada a las varas del granado, y, delante de ella, Jesús, como jefe de la familia apostólica, explicó el significado de aquella ceremonia, recordando los arios de la esclavitud de Israel, las amarguras de la servidumbre, el paso del ángel del Señor segando vidas egipcias, el largo viaje hacia la tierra de Promisión y las predilecciones de Jehová con su pueblo. Hubo un momento de ansiedad cuando el Rabbí anunció que uno de sus discípulos había de entregarle aquella misma noche. Los comensales se acechaban ahincadamente, los lechos crujían, y las reticencias de Jesús acongojaban los ánimos. Al fin, Judas desapareció, engullendo atropelladamente el bocado que acababa de recibir de las manos del Maestro. Y era de noche, dice San Juan; una noche de plenilunio y de primavera, clara, perfumada, tibia y vaporosa. Próximo al sacrificio, Jesús se exalta, sereno y dichoso. Ya está solo con sus amigos. Uno de ellos se ha dejado caer lánguidamente sobre su pecho, y siente los latidos rápidos y violentos de su corazón. Pues bien: en aquella hora solemne. Jesucristo tomó el pan, lo partió, lo bendijo, y con voz transida de piedad pronunció las palabras de la esperanza sublime, las que traían para siempre a este mundo de tristeza el banquete jubiloso del paraíso: «Tomad y comed: éste es mi Cuerpo, que es dado por vosotros. » Todos tomaron aquel pan, con una actitud en que se reflejaba la curiosidad, el respeto: el miedo y el amor. Después, lo mismo con el cáliz. El vino centelleaba dentro con color de sangre. Y oyóse al Señor, que decía: «Bebed todos de este cáliz, pues ésta es mi Sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos en remisión de los pecados.» Y la voz se le quebraba de amor y de pena; la voz que encadenaba las tormentas, que curaba las enfermedades, que caía sobre los campos y sobre los corazones como una gracia.
Estaba abrogada la ley de los símbolos, y empezaba el tiempo de las realidades. Jesús acababa de instituir el sacrificio del nuevo y eterno Testamento, el sacramento de la Eucaristía. La cruz donde morirá unas horas más tarde es una divina locura; pero eso no basta todavía. Darse una vez en rescate por todo el mundo, es demasiado poco para el amor de un Dios. Quiso darse a cada uno de nosotros de una manera permanente y convertirse en alimento real de la Humanidad hambrienta. Por sabio, por rico, por poderoso que fuese, no podía realizar nada más estupendo. Los Doce estaban en aquel cenáculo recibiendo el cáliz que Cristo les tendía; pero en ellos estábamos todos nosotros, todos los que, hasta el fin del mundo, habían de creer en Jesucristo, Hijo de Dios. «Haced esto en memoria mía», dijo el Salvador. Y los Apóstoles recogieron este precioso testamento y le transmitieron a la Iglesia, como fuente perenne de vida, de gracia y de perdón. La fracción del pan, en la mesa común, será la señal de la nueva hermandad de los creyentes, y al mismo tiempo, el principio de su perenne vitalidad y la prenda de su persistencia infalible hasta el fin de los siglos. Ese pan vivo, ese pan que, comido siempre, no disminuye nunca, saciará el hambre de los hombres hasta el día en que pueda mirar cara a cara al Padre y en esa mirada hallen la satisfacción de todos sus deseos. Porque no es solamente un recuerdo; por él Cristo vive presente en medio de nosotros, con una presencia misteriosa, pero real y hasta sensible para las almas delicadas; vive con nosotros, trabaja con nosotros, nos alienta después del trabajo, nos alimenta y nos consuela. La gran idea teológica del Cristianismo es el Dios-Hombre perpetuando su vida en medio de la Humanidad por su influencia inmediata y personal en la Iglesia. Continúa enseñando en ella, y por ella bendice, absuelve, consagra, sube al altar como subió al Calvario, es víctima y sacerdote, ofrece el holocausto de expiación y de propiciación, porque después de las dinastías sacerdotales de Melquisedec y Aarón, Él inauguró el sacerdocio único, indefectible y eterno.
En este primer día de los ázimos, en este aniversario solemne de tantos misterios, el agradecimiento de la Iglesia concentra, sobre todo, su atención en el gran misterio de la institución de la Eucaristía. En los primeros siglos cristianos era hoy cuando los penitentes se reintegraban al seno de la Iglesia. Era una escena emocionante: cubiertos de groseros vestidos, los pies descalzos, la barba y la cabellera en desorden, se presentaban a la puerta de la basílica, pedían perdón de sus pecados, y el pontífice, después de implorar sobre ellos las misericordias de Dios, los introducía en la nave, que antes no tenían el derecho de pisar. Este rito desapareció hace mucho tiempo, En las catedrales se celebra todavía otro que reviste una gran solemnidad: es la bendición de los Santos Óleos; la renovación del licor místico que dará a las almas el consuelo, la alegría y la fortaleza. Se bendice primero el Óleo de los enfermos, que es la materia del Sacramento de la Extremaunción; después, el Santo Crisma, con el cual el Espíritu Santo imprime su sello imborrable en el cristiano que acaba de recibir el bautismo; y, finalmente, el Óleo de los catecúmenos, que, aunque no es materia de ningún sacramento, no deja de tener una gran importancia, tanto por su virtud como por su origen apostólico. A la ceremonia deben asistir rodeando al obispo doce sacerdotes vestidos de casullas, siete diáconos y siete subdiáconos. Todo se desarrolla con la mayor solemnidad.
Nada, sin embargo, puede hacer olvidar las palabras de Jesús: «Haced esto en memoria mía.» Es el día de la gran conmemoración. Pocas misas tan solemnes en todo el año como la misa del Jueves Santo, que nos recuerda con más viveza que ninguna otra el día y la hora de la Cena. Sólo una misa en cada templo, para que el recuerdo sea más vivo, más sensible a los ojos del pueblo. Como en otro tiempo los Apóstoles, hoy los sacerdotes deben acercarse a recibir la comunión. Sólo un celebrante, como en el cenáculo. Lleva blancas vestiduras, indicio de alegría. El órgano lanza sus notas alborozadas, y el pueblo canta el himno de los transportes angélicos. Después nuevamente el sombrío panorama de la Pasión; pero los fieles no pueden olvidar que el pan se ha convertido en la carne de su Dios y que esa carne se esconde en cálices de oro y arcas de plata y de marfil rodeadas de sedas, de flores y de luminarias.
Judas sorprendió la orden y palideció. Sin duda, el Maestro estaba ya al tanto de sus intenciones. Los dos predilectos salieron de Betania, atravesaron el monte de los Olivos, bajaron al Cedrón, y cerca de allí vieron al hombre del cántaro. Al llegar a casa, el padre de familias estaba en el zaguán. Bastóles recordar el nombre del Maestro para conseguir cuanto necesitaban. Rápidamente el aposento quedó aderezado; la mesa grande y corrida, los escaños mullidos, la alfombra, la paila y los lienzos, el ánfora para la ablución, las vasijas y las escudillas de bronce, pues las de barro eran impuras; las cráteras para los líquidos, y la copa de dos asas para las libaciones. Prepararon luego las hierbas amargas, lechuga, berro, endibia, coriandro, marrubio y achicoria salvajes, que tenían por objeto recordar las tristezas de la servidumbre en la tierra de Egipto, y con ellas dispusieron la salsa del karoset, una mezcla picante de vinagre, cidras, higos y almendras, que recordaba la arcilla que en otro tiempo habían amasado los israelitas para construir las ciudades de sus opresores. Después los dos discípulos fueron a mercar una res blanca y perfecta, y cuando Pedro la cargaba sobre sus hombros, de las pirámides del Templo partieron los alaridos de las trompetas de oro, que señalaban el comienzo de las inmolaciones.
Era también el momento en que el Rabbí se acercaba a la ciudad. Nunca más debía salir de ella. Las calles hervían de gente; se oían los balidos de los rebaños apretados ante los sagrados pórticos, y un vaho de muchedumbre flotaba sobre las torres y los palacios. Torciendo por angostas callejuelas, oscurecidas ya por las sombras, crepusculares, llegó la pequeña caravana a la casa del huésped. Nada nos dicen los evangelistas sobre lo que sentía Jesús al entrar en el Cenáculo, en aquel salón amplio y hermoso, que iba a ser el primer templo cristiano. Tal vez su corazón brincó de júbilo; tal vez sus ojos se empañaron de lágrimas. Todo estaba en su sitio: los platos, los almohadones, el blanco mantel y la copa en que todos posarían sus labios. Crepitaban los candelabros, recién encendidos, y las sombras de los discípulos se movían en los muros proyectadas por una lumbre flaca y amarilla. Jesús rompió el silencio con estas palabras, reveladoras de un amor largo tiempo contenido: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, porque os digo que ya no comeré ninguna otra hasta que la vea cumplida en el reino de Dios.» Era decirles que aquella cena tenía un carácter de despedida. Nunca se iba a manifestar con más fuerza delante de los Doce la conciencia de su divinidad, de su consustancialidad con el Padre y de su soberana misión de redimir y santificar a los hombres. Aquélla era la ocasión más santa de su vida, la más codiciada de su corazón. Sus palabras y sus actos iban a ser los de un Dios que, establecido salvador del linaje humano, se preparaba a realizar su redención divina. Sin embargo, su corazón se agitaba al mismo tiempo con sentimientos diferentes, y en su rostro, con el halo cálido del amor, se adivinaban apagamientos de inquietud.
Entre tanto, los discípulos se disputan los puestos más honrosos de los divanes: sus voces se cruzan con viveza y sus puños se crispan. Cansados están de oír decir al Rabbí que los primeros deben ser los últimos, que el amo debe servir a sus criados, y que el Hijo del Hombre ha venido a servir. Pero ellos siguen siendo tan soberbios y quisquillosos como antes. Y, sin embargo, aquélla es una de las enseñanzas capitales del nuevo reino. Es preciso repetirla una vez más y apoyarla en un ejemplo memorable: «Los reyes de las gentes dominan sobre ellas y las avasallan. No así vosotros.... ¿No estoy Yo en medio de vosotros? Pues ved lo que hago.» Y mientras el huésped echaba en la gran copa el vino de sus lagares de Engaddi, Él se levantaba, se quitaba el manto, tomaba un lienzo, se lo ceñía en torno a los riñones y, vertiendo agua en un barreño, se postraba delante de los discípulos y les lavaba los pies. Todos se conmueven y llenan de congoja y dejan hacer. Hasta el mismo Judas siente sobre su piel sucia y callosa la grandeza abatida del Maestro y el cálido aliento de su boca. Sólo Pedro intenta resistir, y se encrespa con la humildad hirsuta de su temperamento impetuoso, pero Jesús le convence con una sola palabra: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo.» Esto basta para que se doblegue dócil y medroso y ofrezca no sólo sus pies, sino también sus manos y su cabeza. Jadeaba todavía del esfuerzo, y respiraba cansadamente, cuando, dirigiéndose a los Doce, les dijo: «Me llamáis Maestro y Señor, y lo soy ciertamente; pues si Yo, a pesar de eso, os he lavado los pies, otro tanto debéis hacer vosotros. Os doy un mandamiento nuevo, y es que os améis los unos a los otros, como Yo os he amado.» Y la ternura hacía desfallecer su voz.
Aquella primera manifestación del amor divino sólo era el anuncio de otra más grande. Aparecieron los panes y las hierbas amargas, pasó una y otra vez la copa a través de los comensales, cantáronse los cánticos de rúbrica, los salmos del gran Hallel, trajeron la res dorada y olorosa atada a las varas del granado, y, delante de ella, Jesús, como jefe de la familia apostólica, explicó el significado de aquella ceremonia, recordando los arios de la esclavitud de Israel, las amarguras de la servidumbre, el paso del ángel del Señor segando vidas egipcias, el largo viaje hacia la tierra de Promisión y las predilecciones de Jehová con su pueblo. Hubo un momento de ansiedad cuando el Rabbí anunció que uno de sus discípulos había de entregarle aquella misma noche. Los comensales se acechaban ahincadamente, los lechos crujían, y las reticencias de Jesús acongojaban los ánimos. Al fin, Judas desapareció, engullendo atropelladamente el bocado que acababa de recibir de las manos del Maestro. Y era de noche, dice San Juan; una noche de plenilunio y de primavera, clara, perfumada, tibia y vaporosa. Próximo al sacrificio, Jesús se exalta, sereno y dichoso. Ya está solo con sus amigos. Uno de ellos se ha dejado caer lánguidamente sobre su pecho, y siente los latidos rápidos y violentos de su corazón. Pues bien: en aquella hora solemne. Jesucristo tomó el pan, lo partió, lo bendijo, y con voz transida de piedad pronunció las palabras de la esperanza sublime, las que traían para siempre a este mundo de tristeza el banquete jubiloso del paraíso: «Tomad y comed: éste es mi Cuerpo, que es dado por vosotros. » Todos tomaron aquel pan, con una actitud en que se reflejaba la curiosidad, el respeto: el miedo y el amor. Después, lo mismo con el cáliz. El vino centelleaba dentro con color de sangre. Y oyóse al Señor, que decía: «Bebed todos de este cáliz, pues ésta es mi Sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos en remisión de los pecados.» Y la voz se le quebraba de amor y de pena; la voz que encadenaba las tormentas, que curaba las enfermedades, que caía sobre los campos y sobre los corazones como una gracia.
Estaba abrogada la ley de los símbolos, y empezaba el tiempo de las realidades. Jesús acababa de instituir el sacrificio del nuevo y eterno Testamento, el sacramento de la Eucaristía. La cruz donde morirá unas horas más tarde es una divina locura; pero eso no basta todavía. Darse una vez en rescate por todo el mundo, es demasiado poco para el amor de un Dios. Quiso darse a cada uno de nosotros de una manera permanente y convertirse en alimento real de la Humanidad hambrienta. Por sabio, por rico, por poderoso que fuese, no podía realizar nada más estupendo. Los Doce estaban en aquel cenáculo recibiendo el cáliz que Cristo les tendía; pero en ellos estábamos todos nosotros, todos los que, hasta el fin del mundo, habían de creer en Jesucristo, Hijo de Dios. «Haced esto en memoria mía», dijo el Salvador. Y los Apóstoles recogieron este precioso testamento y le transmitieron a la Iglesia, como fuente perenne de vida, de gracia y de perdón. La fracción del pan, en la mesa común, será la señal de la nueva hermandad de los creyentes, y al mismo tiempo, el principio de su perenne vitalidad y la prenda de su persistencia infalible hasta el fin de los siglos. Ese pan vivo, ese pan que, comido siempre, no disminuye nunca, saciará el hambre de los hombres hasta el día en que pueda mirar cara a cara al Padre y en esa mirada hallen la satisfacción de todos sus deseos. Porque no es solamente un recuerdo; por él Cristo vive presente en medio de nosotros, con una presencia misteriosa, pero real y hasta sensible para las almas delicadas; vive con nosotros, trabaja con nosotros, nos alienta después del trabajo, nos alimenta y nos consuela. La gran idea teológica del Cristianismo es el Dios-Hombre perpetuando su vida en medio de la Humanidad por su influencia inmediata y personal en la Iglesia. Continúa enseñando en ella, y por ella bendice, absuelve, consagra, sube al altar como subió al Calvario, es víctima y sacerdote, ofrece el holocausto de expiación y de propiciación, porque después de las dinastías sacerdotales de Melquisedec y Aarón, Él inauguró el sacerdocio único, indefectible y eterno.
En este primer día de los ázimos, en este aniversario solemne de tantos misterios, el agradecimiento de la Iglesia concentra, sobre todo, su atención en el gran misterio de la institución de la Eucaristía. En los primeros siglos cristianos era hoy cuando los penitentes se reintegraban al seno de la Iglesia. Era una escena emocionante: cubiertos de groseros vestidos, los pies descalzos, la barba y la cabellera en desorden, se presentaban a la puerta de la basílica, pedían perdón de sus pecados, y el pontífice, después de implorar sobre ellos las misericordias de Dios, los introducía en la nave, que antes no tenían el derecho de pisar. Este rito desapareció hace mucho tiempo, En las catedrales se celebra todavía otro que reviste una gran solemnidad: es la bendición de los Santos Óleos; la renovación del licor místico que dará a las almas el consuelo, la alegría y la fortaleza. Se bendice primero el Óleo de los enfermos, que es la materia del Sacramento de la Extremaunción; después, el Santo Crisma, con el cual el Espíritu Santo imprime su sello imborrable en el cristiano que acaba de recibir el bautismo; y, finalmente, el Óleo de los catecúmenos, que, aunque no es materia de ningún sacramento, no deja de tener una gran importancia, tanto por su virtud como por su origen apostólico. A la ceremonia deben asistir rodeando al obispo doce sacerdotes vestidos de casullas, siete diáconos y siete subdiáconos. Todo se desarrolla con la mayor solemnidad.
Nada, sin embargo, puede hacer olvidar las palabras de Jesús: «Haced esto en memoria mía.» Es el día de la gran conmemoración. Pocas misas tan solemnes en todo el año como la misa del Jueves Santo, que nos recuerda con más viveza que ninguna otra el día y la hora de la Cena. Sólo una misa en cada templo, para que el recuerdo sea más vivo, más sensible a los ojos del pueblo. Como en otro tiempo los Apóstoles, hoy los sacerdotes deben acercarse a recibir la comunión. Sólo un celebrante, como en el cenáculo. Lleva blancas vestiduras, indicio de alegría. El órgano lanza sus notas alborozadas, y el pueblo canta el himno de los transportes angélicos. Después nuevamente el sombrío panorama de la Pasión; pero los fieles no pueden olvidar que el pan se ha convertido en la carne de su Dios y que esa carne se esconde en cálices de oro y arcas de plata y de marfil rodeadas de sedas, de flores y de luminarias.
En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: «Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de Israel: “El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino más próximo a su casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo. Será un animal sin defecto, macho, de un año, lo escogeréis entre los corderos o los cabritos.
Lo guardaréis hasta el día catorce del mes, y toda la asamblea de los hijos de Israel lo matará al atardecer”. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo comáis. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y hierbas amargas. Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el paso del Señor.
Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo, el Señor. La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora, cuando yo hiera a la tierra de Egipto.
Este será un día memorable para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación como ley perpetua lo festejareis».
Hermanos:
Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».
Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al
Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando, ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro le dice: «No me lavaras los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Simón Pedro le dice: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: « ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».
Palabra del Señor.
¿Qué es la MISA CRISMAL?
La misa crismal, presidida por el obispo y concelebrada con los presbíteros de la diócesis, es la celebración en la que se consagra el Santo Crisma (de aquí el nombre de misa crismal) y bendice además los restantes óleos o aceites (para los enfermos y lo que se van a bautizar).
La palabra crisma proviene de latín chrisma, que significa unción. El crisma es la materia sacramental con la cual son ungidos los nuevos bautizados, son signados los que reciben la confirmación y son ordenados los obispos y sacerdotes, entre otras funciones.
La consagración del crisma y la bendición de los otros dos aceites ha de ser considerada como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo.
Ordinariamente esta misa se celebra, en la catedral de cada diócesis el Jueves Santo; pero, por razones de conveniencia pastoral, se puede adelantar a uno de los días de la Semana Santa.
Haberla fijado el Jueves Santo no se debe al hecho de que ese sea el día de la institución de la eucaristía, sino sobre todo, a una razón práctica: poder disponer de los santos óleos, sobre todo del óleo de los catecúmenos y del Santo Crisma, para la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana durante la Vigilia Pascual.
Así pues el Santo Crisma, es decir, el óleo perfumado que representa al mismo Espíritu Santo, nos es dado junto con sus carismas el día de nuestro bautizo y de nuestra confirmación y en la ordenación de los sacerdotes y obispos.
La materia apta para el sacramento debe ser aceite de oliva. El crisma se hace con óleo y aromas o materia olorosa.
Es conveniente recordar que no es lo mismo el Santo Crisma que el óleo de los catecúmenos y de los enfermos (que sólo son bendecidos, como se ha dicho más arriba, y pueden hacerlo otros ministros en algunos casos).
El rito de esta misa, de la misa crismal, incluye la renovación de las promesas sacerdotales. Tras la homilía, el obispo invita a sus sacerdotes a renovar su consagración y dedicación a Cristo y a la Iglesia. Juntos prometen solemnemente unirse más de cerca a Cristo, ser sus fieles ministros, enseñar y ofrecer el santo sacrificio en su nombre y conducir a otros a él.
Por tanto otro tema importante de la misa crismal es el sacerdocio. Al entregar el misterio de la eucaristía a la Iglesia, Cristo instituyó también el sacerdocio.
Los textos de la misa presentan un conjunto catequético no solamente acerca del sacerdocio ministerial, sino también relativo al sacerdocio general de los fieles: en la antífona de entrada, la asamblea aclama: "Jesucristo nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre".
En esta misa crismal no se dice el Credo. Tras la renovación de las promesas sacerdotales se llevan en procesión los óleos al altar donde el obispo los puede preparar, si no lo están ya. En último lugar se lleva el Santo Crisma, portado por un diácono o un presbítero. Tras ellos se acercan al altar los portadores del pan, el vino y el agua para la eucaristía.
Después del Sanctus se bendicen el óleo de los enfermos y tras la oración después de la comunión se bendice el óleo de los catecúmenos y se consagra el Santo Crisma.
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido.
Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar un año de gracia del Señor, un día de venganza de nuestro Dios, para consolar a los afligidos, para dar a los afligidos de Sión una diadema en lugar de cenizas, perfume de fiesta en lugar de duelo, un vestido de alabanza en lugar de un espíritu abatido.
Vosotros os llamaréis «Sacerdotes del Señor», dirán de vosotros: «Ministros de nuestro Dios».
Les daré su salario fielmente y haré con ellos un pacto perpetuo.
Su estirpe será célebre entre las naciones, y sus vástagos entre los pueblos.
Los que los vean reconocerán que son la estirpe que bendijo el Señor.
Gracia y paz a vosotros de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra.
Al que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Mirad: viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo traspasaron. Por él se lamentarán todos los pueblos de la tierra. Sí. Amén.
Dice el Señor Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y ha de venir, el todopoderoso».
En aquel tiempo, fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor». Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
Palabra del Señor.
Beata Sofía Czeska-Maciejowska
En Cracovia, Polonia, beata Sofía Czeska-Maciejowska, viuda, fundadora de la Congregación de las Hermanas de la Presentación de la Bienaventurada Virgen María.
Nació en Malopolska (Pequeña Polonia) en el seno de una familia de la “Nobleza Media”. Tenían bienes cerca de Cracovia y dos casas en la calle Szpitalna en Cracovia. Era una familia numerosa -cinco varones y cuatro mujeres- criados todos en un ambiente religioso. Sofía fue la tercera.
A los 16 años fue entregada como esposa a un noble, Jan Czeski, tomando su apellido, y se mudó a Slomniki, cerca de la República Checa. Lamentablemente, después de solo seis años quedó viuda y sin hijos. Muchos caballeros intentaron casarse con ella porque era todavía joven, guapa y rica. Pero la mujer hizo otra elección: decidió consagrar su vida a la obras de misericordia. Sofía ya desde 1602 pertenecía a la archiconfraternidad de la Misericordia activa en Cracovia en la iglesia de santa Bárbara de los jesuitas.
En aquel periodo daba limosna a los necesitados pero también a las iglesias y monasterios. Pero la actividad caritativa no le satisfacía plenamente: movida por la fe profunda y del amor por Cristo decidió dar todo lo que poseía a Dios y los necesitados. En aquellos tiempos ella fue testigo de la guerra, las epidemias, las inundaciones, las malas cosechas, el hambre, por lo tanto presenció la muerte de muchas personas. Sofía decidió hacerse cargo de las niñas, especialmente los huérfanas y de familias pobres. Cedió su casa en la calle Szpitalna para ellas, donde no sólo podían vivir y recibir atención médica, sino también estudiar.
En los años 1621-1627 - con los propios medios en la casa comprada en Cracovia en via Szpitalna 18 - un Instituto “Domus Virginum Praesentationis Beatissimae Mariae Virginis” (llamado también “Domus pro orphanellis”) para chicas jóvenes y huérfanas: era la primera escuela femenina formalmente organizada en Polonia, institución que además contaba con estructuras orgánicas adecuadas, en esos tiempos tan sólo los varones iban a la escuela.
La madre Sofía estaba convencida de haber recibido de Dios la llamada a asumir la obra de educación de las chicas y quería servirle también en lo que es más importante: en su camino a la salvación y a la santidad.
Pero para asegurar el futuro del Instituto no bastaban los fondos: eran necesarias personas, educadoras como ella, dedicadas completamente a la obra comenzada por ella. Con este objetivo comenzó a organizar una orden religiosa con el nombre "congregación de las Vírgenes de la Presentación de la Beata Viren María" (llamada solamente Hermanas de la Presentación). El nombre no es casual, en la espiritualidad de la Madre Sofía había dos factores de gran importancia: la adoración eucarística y la devoción mariana. Pero la Congregación fue reconocida después de la muerte de la fundadora, en 1660 el obispo de Cracovia y más tarde también la santa sede aprobaron sus estatutos.
La obra de Madre Sofía se incluía en el proceso de la profundo renovación de la Iglesia católica después del Concilio de Trento (1546-1563), que comenzaba a dar sus frutos al inicio del siglo XVII. En estos cambios tuvo un rol importantísimo la Compañía de Jesús: los jesuitas conseguían influir tanto en la iglesia como en la sociedad gracias a sus famosos colegios que fundaban en los conventos.
Los jesuitas dejaron una marca importante en la espiritualidad de la Congregación fundada por la Madre Sofía: las hermanas conjugaban la vida comunitaria con la vida activa fuera del convento, consagradas a la educación de las chicas y la atención de las huérfanas.
Las Hermanas de la Presentación desde hace cuatro siglos continúan la obra de la Madre Sofía y siguen fieles al carisma original de la fundadora dirigiendo escuelas, colegios, guarderías, orfanatos y centros de reinserción social.
La Madre Sofía Czeska murió a la edad de 66 años. Fue enterrada en la iglesia de Santa María en Cracovia, pero sus restos mortales se encuentran actualmente en la capilla lateral en la iglesia de San Juan (de las Hermanas de la Presentación) en Cracovia. La Madre Sofía Czeska gozó siempre de fama de santidad, tanto en vida como después. Su tumba es lugar de oración. Fue beatificada en Cracovia el 9 de junio de 2013 durante el pontificado de SS Francisco.
Nació en Malopolska (Pequeña Polonia) en el seno de una familia de la “Nobleza Media”. Tenían bienes cerca de Cracovia y dos casas en la calle Szpitalna en Cracovia. Era una familia numerosa -cinco varones y cuatro mujeres- criados todos en un ambiente religioso. Sofía fue la tercera.
A los 16 años fue entregada como esposa a un noble, Jan Czeski, tomando su apellido, y se mudó a Slomniki, cerca de la República Checa. Lamentablemente, después de solo seis años quedó viuda y sin hijos. Muchos caballeros intentaron casarse con ella porque era todavía joven, guapa y rica. Pero la mujer hizo otra elección: decidió consagrar su vida a la obras de misericordia. Sofía ya desde 1602 pertenecía a la archiconfraternidad de la Misericordia activa en Cracovia en la iglesia de santa Bárbara de los jesuitas.
En aquel periodo daba limosna a los necesitados pero también a las iglesias y monasterios. Pero la actividad caritativa no le satisfacía plenamente: movida por la fe profunda y del amor por Cristo decidió dar todo lo que poseía a Dios y los necesitados. En aquellos tiempos ella fue testigo de la guerra, las epidemias, las inundaciones, las malas cosechas, el hambre, por lo tanto presenció la muerte de muchas personas. Sofía decidió hacerse cargo de las niñas, especialmente los huérfanas y de familias pobres. Cedió su casa en la calle Szpitalna para ellas, donde no sólo podían vivir y recibir atención médica, sino también estudiar.
En los años 1621-1627 - con los propios medios en la casa comprada en Cracovia en via Szpitalna 18 - un Instituto “Domus Virginum Praesentationis Beatissimae Mariae Virginis” (llamado también “Domus pro orphanellis”) para chicas jóvenes y huérfanas: era la primera escuela femenina formalmente organizada en Polonia, institución que además contaba con estructuras orgánicas adecuadas, en esos tiempos tan sólo los varones iban a la escuela.
La madre Sofía estaba convencida de haber recibido de Dios la llamada a asumir la obra de educación de las chicas y quería servirle también en lo que es más importante: en su camino a la salvación y a la santidad.
Pero para asegurar el futuro del Instituto no bastaban los fondos: eran necesarias personas, educadoras como ella, dedicadas completamente a la obra comenzada por ella. Con este objetivo comenzó a organizar una orden religiosa con el nombre "congregación de las Vírgenes de la Presentación de la Beata Viren María" (llamada solamente Hermanas de la Presentación). El nombre no es casual, en la espiritualidad de la Madre Sofía había dos factores de gran importancia: la adoración eucarística y la devoción mariana. Pero la Congregación fue reconocida después de la muerte de la fundadora, en 1660 el obispo de Cracovia y más tarde también la santa sede aprobaron sus estatutos.
La obra de Madre Sofía se incluía en el proceso de la profundo renovación de la Iglesia católica después del Concilio de Trento (1546-1563), que comenzaba a dar sus frutos al inicio del siglo XVII. En estos cambios tuvo un rol importantísimo la Compañía de Jesús: los jesuitas conseguían influir tanto en la iglesia como en la sociedad gracias a sus famosos colegios que fundaban en los conventos.
Los jesuitas dejaron una marca importante en la espiritualidad de la Congregación fundada por la Madre Sofía: las hermanas conjugaban la vida comunitaria con la vida activa fuera del convento, consagradas a la educación de las chicas y la atención de las huérfanas.
Las Hermanas de la Presentación desde hace cuatro siglos continúan la obra de la Madre Sofía y siguen fieles al carisma original de la fundadora dirigiendo escuelas, colegios, guarderías, orfanatos y centros de reinserción social.
La Madre Sofía Czeska murió a la edad de 66 años. Fue enterrada en la iglesia de Santa María en Cracovia, pero sus restos mortales se encuentran actualmente en la capilla lateral en la iglesia de San Juan (de las Hermanas de la Presentación) en Cracovia. La Madre Sofía Czeska gozó siempre de fama de santidad, tanto en vida como después. Su tumba es lugar de oración. Fue beatificada en Cracovia el 9 de junio de 2013 durante el pontificado de SS Francisco.






















