miércoles, 9 de mayo de 2018
Lecturas
En aquellos días, los que conducían a Pablo lo llevaron hasta Atenas, y se volvieron con el encargo de que Silas y Timoteo se reuniesen con él cuanto antes.
Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo:
- «Atenienses, veo que sois en todo extremadamente religiosos. Porque, paseando y contemplando vuestros monumentos sagrados, encontré incluso un altar con esta inscripción: “Al Dios desconocido”.
Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo. “El Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene”, siendo como es Señor de cielo y tierra, no habita en templos construidos por manos humanas, ni lo sirven manos humanas, como si necesitara de alguien, él que a todos da la vida y el aliento, y todo.
De uno solo creó el género humano para que habitara la tierra entera, determinando fijamente los tiempos y las fronteras de los lugares que habían de habitar, con el fin de que lo que buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos; así lo dicen incluso algunos de vuestros poetas: “Somos estirpe suya”.
Por tanto, si somos estirpe de Dios, no debemos pensar que la divinidad se parezca a imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre. Así pues, pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia, Dios anuncia ahora en todas partes a todos los humanos que se conviertan.
Porque tiene señalado un día en que juzgará el universo con justicia, por medio del hombre a quien él ha designado; y ha dado a todos la garantía de esto, resucitándolo de entre los muertos». Al oír «resurrección de entre los muertos», unos lo tomaban a broma, otros dijeron:
- «De esto te oiremos hablar en otra ocasión».
Así salió Pablo de en medio de ellos. Algunos se le juntaron y creyeron, entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más con ellos.
Después de esto, dejó Atenas y se fue a Corinto.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará».
Palabra del Señor.
Beata Teresa de Jesús (Carolina Gerhardinger)
«Dios como centro de la vida y de la educación»
Carolina nació en Regensburg-Stadtamhof, Alemania el 20 de junio de 1797. Fue hija única. Su padre era capitán de barco. Ambos progenitores le proporcionaron la formación precisa para hacer frente a las circunstancias sociales, políticas y religiosas generadas por la Revolución francesa. Dosificaron sabiamente su tiempo educándola en el hogar, sensibilizando su espíritu con la atención constante a los pobres, y ensanchando su mente con travesías sobre el Danubio rumbo a Viena. Durante un tiempo estudió con las canonesas de Notre Dame, fundación de san Pedro Fourier, hasta que en 1809 el gobierno clausuró esta institución y el centro académico regido por ellas.
El P. George Michael Wittmann, párroco de la catedral y después obispo de Regensburg, tuvo la visión de los grandes pastores. Seleccionó a tres de las alumnas más brillantes y se propuso seguir adelante con la tarea educativa. Una de ellas era Carolina. Wittmann le infundió la idea de ser maestra y le ayudó a culminar la formación. Tenía 12 años cuando comenzó a impartir clases. Desde un principio se caracterizó por su gracia y carisma en la enseñanza. Era muy competente humana y profesionalmente, una persona que no temía al esfuerzo. Además, y eso era lo esencial, vivía amparada en la penitencia y en la oración. Durante más de veinte años hizo de la escuela de Stadtamhof, dirigida a niños sin recursos, un modelo a imitar. Impulsó la educación integral atendiendo a todas las necesidades de la persona. Introdujo disciplinas versátiles de suma utilidad para la vida: economía doméstica, idiomas, música, capacitación para los negocios, gimnasia, arte dramático…
En todo momento fue consciente del influjo social que tienen las mujeres y madres, y del papel que ejercen si reciben una adecuada formación cristiana. Y dedicó su vida a paliar esta importante carencia que sufren los que viven en la pobreza, colectivo con el que se ensaña la falta de escolarización. Hizo posible que niñas y jóvenes pudieran optar a oportunidades, que de otro modo les habrían sido vedadas, accediendo en igualdad de condiciones a estratos sociales y políticos reservados a clases pudientes.
En 1816 se vinculó a dos maestras compañeras de trabajo que compartían sus ideales de estricta penitencia y oración. Fue una época que le sirvió para afianzar su anhelo de consagrarse en la vida religiosa. El prelado Wittmann vio en ello una señal del cielo para poner en marcha una comunidad dirigida a la educación cristiana de niñas y jóvenes. Con el restablecimiento de las libertades religiosas en 1828 el panorama había cambiado y podía afrontarse abiertamente una nueva fundación. De modo que indujo a Carolina a realizar esta empresa, asesorándola, aunque murió en 1833 sin ver culminado este sueño. Surgieron diversos contratiempos que hubieran hecho desistir a muchas personas de este empeño, pero no a una beata como ella que hacía de la oración y de su entrega la estela que le conduciría al cielo.
En octubre de ese año de 1833 inició vida comunitaria en Neunburg vorm Wald junto a dos jóvenes y estableció la primera escuela de las Hermanas de Notre Dame. Dedicada a María, el fundamento estaba en la Eucaristía y en el espíritu de pobreza. Contó con el apoyo del monarca Luis I de Baviera. En medio de las vicisitudes un sacerdote amigo de Wittmann, Franz Sebastian Job, lo secundó en la tarea de auxiliar a la fundadora. No le faltó su asistencia en el ámbito espiritual así como en el financiero hasta que se produjo su muerte en 1834.
Carolina profesó en noviembre de 1835 tomando el nombre de María Teresa de Jesús, en memoria de la santa de Ávila por la que sentía especial admiración. Y fundó la congregación de las Pobres Hermanas Escolásticas de Nuestra Señora. Las expectativas de muchas jóvenes hallaron respuesta en esta nueva institución vinculándose a la pequeña comunidad. De dos en dos, como Cristo sugirió, recorrían lugares donde el progreso no había hecho acto de presencia. Diversas localidades y aldeas de difícil acceso vieron renacer su esperanza con el florecimiento de jardines de infancia, escuelas, hogares para ancianos y centros de atención.
La congregación se extendió prontamente por Europa y Estados Unidos. Carolina viajó a este país el año 1847 contribuyendo a la expansión de su obra. Se trasladó de un lado a otro en difíciles condiciones, recorriendo miles de kilómetros en carretas tiradas por bueyes para visitar las escuelas que sus hijas habían establecido allí para educación de hijas de emigrantes alemanes. En este viaje, junto al beato Juan Neumann, fundó un orfanato en Baltimore. Al regresar a su país surgieron importantes problemas con el arzobispo de Munich-Freising, Graf von Reisach fundamentalmente por el borrador de la regla, origen del litigio. Éste no compartía la idea de que existiera un gobierno central en la congregación regida a través de una superiora general; quería que dependiesen de él. En un momento dado, la beata estuvo amenazada de excomunión. Y compareció ante el arzobispo musitando en voz baja, mientras se hallaba arrodillada ante él, su deseo de someterse a sus indicaciones en la medida en que no vulneraran la voluntad de Dios y su conciencia. Siguió adelante, sin ver quebrarse ni un ápice su confianza en la divina providencia, con espíritu perseverante, sosteniendo con su oración y entrega la misión recibida. Dio muestra de ser una mujer de gran fortaleza y empuje.
En 1865 Pío IX autorizó los estatutos y la confirmó como superiora general, oficio reservado hasta ese momento a los varones. Fue probada también al final de sus días ya que las guerras desatadas en Europa y América conllevaron el cierre de algunas de las misiones que abrió. El 9 de mayo de 1879 fallecía en Munich. Comenzó a cumplirse su anhelo de: «adorar y amar eternamente; regocijarse eternamente en la gloria de Dios y de sus santos», que había manifestado en vida.
Carolina nació en Regensburg-Stadtamhof, Alemania el 20 de junio de 1797. Fue hija única. Su padre era capitán de barco. Ambos progenitores le proporcionaron la formación precisa para hacer frente a las circunstancias sociales, políticas y religiosas generadas por la Revolución francesa. Dosificaron sabiamente su tiempo educándola en el hogar, sensibilizando su espíritu con la atención constante a los pobres, y ensanchando su mente con travesías sobre el Danubio rumbo a Viena. Durante un tiempo estudió con las canonesas de Notre Dame, fundación de san Pedro Fourier, hasta que en 1809 el gobierno clausuró esta institución y el centro académico regido por ellas.
El P. George Michael Wittmann, párroco de la catedral y después obispo de Regensburg, tuvo la visión de los grandes pastores. Seleccionó a tres de las alumnas más brillantes y se propuso seguir adelante con la tarea educativa. Una de ellas era Carolina. Wittmann le infundió la idea de ser maestra y le ayudó a culminar la formación. Tenía 12 años cuando comenzó a impartir clases. Desde un principio se caracterizó por su gracia y carisma en la enseñanza. Era muy competente humana y profesionalmente, una persona que no temía al esfuerzo. Además, y eso era lo esencial, vivía amparada en la penitencia y en la oración. Durante más de veinte años hizo de la escuela de Stadtamhof, dirigida a niños sin recursos, un modelo a imitar. Impulsó la educación integral atendiendo a todas las necesidades de la persona. Introdujo disciplinas versátiles de suma utilidad para la vida: economía doméstica, idiomas, música, capacitación para los negocios, gimnasia, arte dramático…
En todo momento fue consciente del influjo social que tienen las mujeres y madres, y del papel que ejercen si reciben una adecuada formación cristiana. Y dedicó su vida a paliar esta importante carencia que sufren los que viven en la pobreza, colectivo con el que se ensaña la falta de escolarización. Hizo posible que niñas y jóvenes pudieran optar a oportunidades, que de otro modo les habrían sido vedadas, accediendo en igualdad de condiciones a estratos sociales y políticos reservados a clases pudientes.
En 1816 se vinculó a dos maestras compañeras de trabajo que compartían sus ideales de estricta penitencia y oración. Fue una época que le sirvió para afianzar su anhelo de consagrarse en la vida religiosa. El prelado Wittmann vio en ello una señal del cielo para poner en marcha una comunidad dirigida a la educación cristiana de niñas y jóvenes. Con el restablecimiento de las libertades religiosas en 1828 el panorama había cambiado y podía afrontarse abiertamente una nueva fundación. De modo que indujo a Carolina a realizar esta empresa, asesorándola, aunque murió en 1833 sin ver culminado este sueño. Surgieron diversos contratiempos que hubieran hecho desistir a muchas personas de este empeño, pero no a una beata como ella que hacía de la oración y de su entrega la estela que le conduciría al cielo.
En octubre de ese año de 1833 inició vida comunitaria en Neunburg vorm Wald junto a dos jóvenes y estableció la primera escuela de las Hermanas de Notre Dame. Dedicada a María, el fundamento estaba en la Eucaristía y en el espíritu de pobreza. Contó con el apoyo del monarca Luis I de Baviera. En medio de las vicisitudes un sacerdote amigo de Wittmann, Franz Sebastian Job, lo secundó en la tarea de auxiliar a la fundadora. No le faltó su asistencia en el ámbito espiritual así como en el financiero hasta que se produjo su muerte en 1834.
Carolina profesó en noviembre de 1835 tomando el nombre de María Teresa de Jesús, en memoria de la santa de Ávila por la que sentía especial admiración. Y fundó la congregación de las Pobres Hermanas Escolásticas de Nuestra Señora. Las expectativas de muchas jóvenes hallaron respuesta en esta nueva institución vinculándose a la pequeña comunidad. De dos en dos, como Cristo sugirió, recorrían lugares donde el progreso no había hecho acto de presencia. Diversas localidades y aldeas de difícil acceso vieron renacer su esperanza con el florecimiento de jardines de infancia, escuelas, hogares para ancianos y centros de atención.
La congregación se extendió prontamente por Europa y Estados Unidos. Carolina viajó a este país el año 1847 contribuyendo a la expansión de su obra. Se trasladó de un lado a otro en difíciles condiciones, recorriendo miles de kilómetros en carretas tiradas por bueyes para visitar las escuelas que sus hijas habían establecido allí para educación de hijas de emigrantes alemanes. En este viaje, junto al beato Juan Neumann, fundó un orfanato en Baltimore. Al regresar a su país surgieron importantes problemas con el arzobispo de Munich-Freising, Graf von Reisach fundamentalmente por el borrador de la regla, origen del litigio. Éste no compartía la idea de que existiera un gobierno central en la congregación regida a través de una superiora general; quería que dependiesen de él. En un momento dado, la beata estuvo amenazada de excomunión. Y compareció ante el arzobispo musitando en voz baja, mientras se hallaba arrodillada ante él, su deseo de someterse a sus indicaciones en la medida en que no vulneraran la voluntad de Dios y su conciencia. Siguió adelante, sin ver quebrarse ni un ápice su confianza en la divina providencia, con espíritu perseverante, sosteniendo con su oración y entrega la misión recibida. Dio muestra de ser una mujer de gran fortaleza y empuje.
En 1865 Pío IX autorizó los estatutos y la confirmó como superiora general, oficio reservado hasta ese momento a los varones. Fue probada también al final de sus días ya que las guerras desatadas en Europa y América conllevaron el cierre de algunas de las misiones que abrió. El 9 de mayo de 1879 fallecía en Munich. Comenzó a cumplirse su anhelo de: «adorar y amar eternamente; regocijarse eternamente en la gloria de Dios y de sus santos», que había manifestado en vida.
martes, 8 de mayo de 2018
Lecturas
En aquellos días, la plebe de Filipos se amotinó contra Pablo y Silas, y los magistrados ordenaron que les arrancaran los vestidos y que los azotaran con varas; después de molerlos a palos, los metieron en la cárcel, encargando al carcelero que los vigilara bien; según la orden recibida, los metió en la mazmorra y les sujetó los pies en el cepo.
A eso de media noche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios. Los otros presos los escuchaban.
De repente, vino una terremoto tan violento que temblaron los cimientos de la cárcel. Al momento se abrieron todas las puertas, y a todos se les soltaron las cadenas. El carcelero se despertó y, al ver las puertas de la cárcel de par en par, sacó la espada para suicidarse, imaginando que los presos se habían fugado. Pero Pablo lo llamó a gritos, diciendo:
«No te hagas daño alguno, que estamos todos aquí».
El carcelero pidió una lámpara, saltó dentro, y se echó temblando a los pies de Pablo y Silas; los sacó fuera y les preguntó:
«Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?». Le contestaron:
«Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia».
Y le explicaron la palabra del Señor, a él y a todos los de su casa.
A aquellas horas de la noche, el carcelero lo tomo consigo, le lavó las heridas, y se bautizó en seguida con todos los suyos; los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?” Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré.
Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado».
Palabra del Señor.
Nuestra Señora de Luján
El Milagro de la Imagen: Corría el mes de mayo de 1630 cuando la milagrosa imagen de la Virgen de Luján llegó a la Argentina.
Antonio Farías Sáa, era un hacendado radicado en Sumampa (Santiago del Estero) que quería colocar en su estancia una capilla para la Virgen. Este hombre le pidió a un amigo que vivía en Brasil que le enviara una imagen que representara la Inmaculada Concepción de María. El amigo le envió dos, la que le había encargado y otra de la Virgen con el Niño Jesús. Cuando llegaron, fueron colocadas en una carreta y partieron en una caravana rumbo a Sumampa.
La caravana se detuvo a orillas del río Luján a 67 kilómetros de Buenos Aires, en una hacienda, conocida como la estancia de Rosendo. Al llegar el otro día los carreteros iban a proseguir con el viaje, pero la carreta que llevaba la imagen no se movía, intentaron de todas las formas posibles que caminara, bajaron la mercadería, colocaron más bueyes, pero todo fue inútil, las dos imágenes estaban en el fondo de la carreta en dos pequeños cajones.
Los carreteros retiraron una imagen y no se movió, la subieron y bajaron la otra, y la carreta marcho normalmente. En ese instante los hombres comprendieron que estaba ocurriendo algo milagroso. Al ver que la Virgen no quería marcharse se dirigieron a la casa más cercana, la de don Rosendo.
La familia se emocionó al ver la imagen y la colocaron el su casa, la noticia corrió por toda la región, y se enteraron hasta en Buenos Aires. Las personas empezaron a viajar al lugar, entonces don Rosendo construyó una pequeña capilla, entre los pajonales de la pampa, en este lugar permaneció la virgencita desde 1630 hasta 1674.
El Negro Manuel: Este hombre dedicó toda su vida, desde que llegó a la Argentina, a cuidar a la Virgen de Luján. Fue traído de África y vendido como esclavo en Brasil. Llego al Río de la Plata a los 20 años de edad, en la embarcación en donde venía la bendita imagen, presenció el milagro en la estancia de don Rosendo.
Se desconoce quién era su dueño, pero Manuel permaneció en la estancia al cuidado de la imagen, consagrando su vida a la atención de la santísima Virgen.
La tradición nos dice que Manuel, realizaba curas milagrosas con el sebo de las velas de la capilla y relataba a los peregrinos los viajes de la Santa Virgen, que salía de noche para dar consuelo a los afligidos. Manuel guardaba de los viajes de la Señora los abrojos se desprendían del vestido de la Virgen. Con los años, don Rosendo falleció y el lugar quedo casi abandonado, pero éste hombre fue siempre fiel y continuó al servicio de la Virgen.
Doña Ana Mattos: Viuda de Siqueyras era una señora que tenía gran cantidad de tierras a orillas del río Luján, ella quería llevar la imagen a su casa y realizarle una capilla, para ello en el año 1674, habló con el Cura Juan de Oramas, administrador de los bienes de don Rosendo y la colocó en su casa, pero la Santa Virgen desapareció y la encontraron en su antigua ermita (capilla), doña Ana volvió a llevar la imagen a su casa y por segunda vez regresó a la estancia de don Rosendo.
La dama consultó entonces a las autoridades eclesiásticas y civiles, quienes viajaron al lugar y examinaron lo sucedido, esta vez la Virgen fue trasladada en una devota peregrinación y en compañía de Manuel. Desde ese momento la imagen no retornó más a su antigua capilla.
Luego de confirmar la veracidad de lo sucedido la Autoridad Eclesiástica, autorizó oficialmente el culto público a la "Pura y Limpia Concepción del Río Luján". Doña Ana donó el terreno para la realización del nuevo templo en el año 1677 lugar en donde actualmente se encuentra la hermosa Basílica de Luján.
Don Pedro de Montalbo: El clérigo don Pedro de Montalbo estaba muy enfermo y desahuciado, en 1684 viajó a Luján, casi moribundo fue llevado a la capilla. El Negro Manuel le ungió el pecho con el sebo de la lámpara que ardía en el altar y le dio de beber una infusión con abrojos de los que solía desprender del vestido de la Virgen. Don Pedro sano milagrosamente y agradecido se quedó como primer capellán.
El pueblo de Luján: El lugar empezó a poblarse con los devotos de la Virgen. De esta forma el paraje se convirtió en una aldea que se llamó Pueblo de Nuestra Sra. de Luján, en 1755 se le otorgó el título de Villa.
La devoción por la Virgen fue creciendo año tras año, así como los milagros que ocurrían y el 23 de octubre de 1730, Luján era instituida Parroquia. El cura párroco don José de Andújar deseaba ampliar el templo y junto al Obispo Fray Juan de Arregui, iniciaron la construcción, pero esta no llegó a buen término porque después de grandes contratiempos terminó por desplomarse.
Don Juan de Lezica y Torrezuri: Este hombre nacido en Vizcaya, España, estaba muy enfermo y fue curado milagrosamente por la Santísima Virgen de Luján. Don Juan, en agradecimiento se entregó por completo a la creación del nuevo templo y a fines de 1754 se inició la construcción, en 1763 se terminó felizmente la obra y los cabildantes de Luján eligieron y juraron a Nuestra Señora por celestial Reina y Patrona.
El Padre Salvaire: Hacia el año 1872, el Arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Federico Aneiros, entregó la custodia del templo a los sacerdotes de la congregación de la Misión, conocidos como Padres Lazaristas. En aquel entonces el teniente Cura Jorge María Salvaire fue herido en un viaje por los indios y estuvo al borde de la muerte, en ese momento realizó una promesa a la Santísima Virgen y milagrosamente fue sanado.
La promesa del Padre Salvaire fue, "Publicaré tus milagros..., engrandeceré tu Iglesia" En cumplimiento de este voto, publicó en 1885 la "Historia de Nuestra Sra. de Luján".
En 1889 fue nombrado Cura Párroco de Luján y dedicó su vida y esfuerzos para edificar la gran Basílica, con el apoyo de Monseñor Aneiros y la colaboración de sus compañeros de Congregación, inició la construcción de la actual Basílica Nacional.
Cuando falleció en 1899, la obra continúo en las manos del Padre Dávani, quien murió en 1922, para ese entonces el Santuario ya estaba terminado en su estructura fundamental.
La Solemne Coronación de la Virgen de Luján: EL Padre Salvaire, en 1886, presentó al Papa León XIII, la petición del Episcopado y de los fieles del Río de la Plata para la coronación de la Virgen, el Pontífice bendijo la corona y le otorgó Oficio y Misa propios para su festividad, que quedó establecida en el sábado anterior al IV domingo después de Pascua. La Coronación se realizó en mayo de 1887.
La Basílica de Luján: El Santuario de Luján es de estilo gótico ojival del siglo XIII. Sus dimensiones son: anchura en el crucero, 68,50 m.; longitud, 104 metros; anchura de frente, 42 m.; altura en las dos torres mayores, 106 m. El 8 de diciembre de 1930, el Papa Pío XII, le otorgó oficialmente el título de Basílica.
La Imagen de la Virgen de Luján: La imagen es pequeña (38 centímetros), está modelada en arcilla cocida (terracota), su rostro es ovalado, de color moreno. Los pies de la Santa Imagen se apoyan sobre nubes, desde las cuales surge una media luna y cuatro cabezas de querubines, con sus pequeñas alas desplegadas.
Está cubierta con vestiduras: túnica blanca y manto azul-celeste. Tiene las manos juntas en el pecho.
El Padre Salvaire hizo recubrir la Santa imagen con una coraza de plata para impedir su deterioro. Antes de esta operación se sacaron moldes que permitieron su reproducción auténtica.
En 1887, el Padre colocó la Imagen sobre una base de Bronce, le adosó la rayera gótica con la inscripción: "Es la Virgen de Luján la primera Fundadora de esta Villa" y una aureola de doce estrellas. Ornamentada en esta forma, fue coronada con la corona Imperial bendecida por León XIII.
El 3 de diciembre de 1871 se realizó la primera peregrinación general al Santuario de Luján, desde entonces millones de personas concurren cada año. Es uno de los centros de peregrinación más importantes de Latinoamérica. Actualmente, la fiesta principal se celebra el 8 de mayo.
Antonio Farías Sáa, era un hacendado radicado en Sumampa (Santiago del Estero) que quería colocar en su estancia una capilla para la Virgen. Este hombre le pidió a un amigo que vivía en Brasil que le enviara una imagen que representara la Inmaculada Concepción de María. El amigo le envió dos, la que le había encargado y otra de la Virgen con el Niño Jesús. Cuando llegaron, fueron colocadas en una carreta y partieron en una caravana rumbo a Sumampa.
La caravana se detuvo a orillas del río Luján a 67 kilómetros de Buenos Aires, en una hacienda, conocida como la estancia de Rosendo. Al llegar el otro día los carreteros iban a proseguir con el viaje, pero la carreta que llevaba la imagen no se movía, intentaron de todas las formas posibles que caminara, bajaron la mercadería, colocaron más bueyes, pero todo fue inútil, las dos imágenes estaban en el fondo de la carreta en dos pequeños cajones.
Los carreteros retiraron una imagen y no se movió, la subieron y bajaron la otra, y la carreta marcho normalmente. En ese instante los hombres comprendieron que estaba ocurriendo algo milagroso. Al ver que la Virgen no quería marcharse se dirigieron a la casa más cercana, la de don Rosendo.
La familia se emocionó al ver la imagen y la colocaron el su casa, la noticia corrió por toda la región, y se enteraron hasta en Buenos Aires. Las personas empezaron a viajar al lugar, entonces don Rosendo construyó una pequeña capilla, entre los pajonales de la pampa, en este lugar permaneció la virgencita desde 1630 hasta 1674.
El Negro Manuel: Este hombre dedicó toda su vida, desde que llegó a la Argentina, a cuidar a la Virgen de Luján. Fue traído de África y vendido como esclavo en Brasil. Llego al Río de la Plata a los 20 años de edad, en la embarcación en donde venía la bendita imagen, presenció el milagro en la estancia de don Rosendo.
Se desconoce quién era su dueño, pero Manuel permaneció en la estancia al cuidado de la imagen, consagrando su vida a la atención de la santísima Virgen.
La tradición nos dice que Manuel, realizaba curas milagrosas con el sebo de las velas de la capilla y relataba a los peregrinos los viajes de la Santa Virgen, que salía de noche para dar consuelo a los afligidos. Manuel guardaba de los viajes de la Señora los abrojos se desprendían del vestido de la Virgen. Con los años, don Rosendo falleció y el lugar quedo casi abandonado, pero éste hombre fue siempre fiel y continuó al servicio de la Virgen.
Doña Ana Mattos: Viuda de Siqueyras era una señora que tenía gran cantidad de tierras a orillas del río Luján, ella quería llevar la imagen a su casa y realizarle una capilla, para ello en el año 1674, habló con el Cura Juan de Oramas, administrador de los bienes de don Rosendo y la colocó en su casa, pero la Santa Virgen desapareció y la encontraron en su antigua ermita (capilla), doña Ana volvió a llevar la imagen a su casa y por segunda vez regresó a la estancia de don Rosendo.
La dama consultó entonces a las autoridades eclesiásticas y civiles, quienes viajaron al lugar y examinaron lo sucedido, esta vez la Virgen fue trasladada en una devota peregrinación y en compañía de Manuel. Desde ese momento la imagen no retornó más a su antigua capilla.
Luego de confirmar la veracidad de lo sucedido la Autoridad Eclesiástica, autorizó oficialmente el culto público a la "Pura y Limpia Concepción del Río Luján". Doña Ana donó el terreno para la realización del nuevo templo en el año 1677 lugar en donde actualmente se encuentra la hermosa Basílica de Luján.
Don Pedro de Montalbo: El clérigo don Pedro de Montalbo estaba muy enfermo y desahuciado, en 1684 viajó a Luján, casi moribundo fue llevado a la capilla. El Negro Manuel le ungió el pecho con el sebo de la lámpara que ardía en el altar y le dio de beber una infusión con abrojos de los que solía desprender del vestido de la Virgen. Don Pedro sano milagrosamente y agradecido se quedó como primer capellán.
El pueblo de Luján: El lugar empezó a poblarse con los devotos de la Virgen. De esta forma el paraje se convirtió en una aldea que se llamó Pueblo de Nuestra Sra. de Luján, en 1755 se le otorgó el título de Villa.
La devoción por la Virgen fue creciendo año tras año, así como los milagros que ocurrían y el 23 de octubre de 1730, Luján era instituida Parroquia. El cura párroco don José de Andújar deseaba ampliar el templo y junto al Obispo Fray Juan de Arregui, iniciaron la construcción, pero esta no llegó a buen término porque después de grandes contratiempos terminó por desplomarse.
Don Juan de Lezica y Torrezuri: Este hombre nacido en Vizcaya, España, estaba muy enfermo y fue curado milagrosamente por la Santísima Virgen de Luján. Don Juan, en agradecimiento se entregó por completo a la creación del nuevo templo y a fines de 1754 se inició la construcción, en 1763 se terminó felizmente la obra y los cabildantes de Luján eligieron y juraron a Nuestra Señora por celestial Reina y Patrona.
El Padre Salvaire: Hacia el año 1872, el Arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Federico Aneiros, entregó la custodia del templo a los sacerdotes de la congregación de la Misión, conocidos como Padres Lazaristas. En aquel entonces el teniente Cura Jorge María Salvaire fue herido en un viaje por los indios y estuvo al borde de la muerte, en ese momento realizó una promesa a la Santísima Virgen y milagrosamente fue sanado.
La promesa del Padre Salvaire fue, "Publicaré tus milagros..., engrandeceré tu Iglesia" En cumplimiento de este voto, publicó en 1885 la "Historia de Nuestra Sra. de Luján".
En 1889 fue nombrado Cura Párroco de Luján y dedicó su vida y esfuerzos para edificar la gran Basílica, con el apoyo de Monseñor Aneiros y la colaboración de sus compañeros de Congregación, inició la construcción de la actual Basílica Nacional.
Cuando falleció en 1899, la obra continúo en las manos del Padre Dávani, quien murió en 1922, para ese entonces el Santuario ya estaba terminado en su estructura fundamental.
La Solemne Coronación de la Virgen de Luján: EL Padre Salvaire, en 1886, presentó al Papa León XIII, la petición del Episcopado y de los fieles del Río de la Plata para la coronación de la Virgen, el Pontífice bendijo la corona y le otorgó Oficio y Misa propios para su festividad, que quedó establecida en el sábado anterior al IV domingo después de Pascua. La Coronación se realizó en mayo de 1887.
La Basílica de Luján: El Santuario de Luján es de estilo gótico ojival del siglo XIII. Sus dimensiones son: anchura en el crucero, 68,50 m.; longitud, 104 metros; anchura de frente, 42 m.; altura en las dos torres mayores, 106 m. El 8 de diciembre de 1930, el Papa Pío XII, le otorgó oficialmente el título de Basílica.
La Imagen de la Virgen de Luján: La imagen es pequeña (38 centímetros), está modelada en arcilla cocida (terracota), su rostro es ovalado, de color moreno. Los pies de la Santa Imagen se apoyan sobre nubes, desde las cuales surge una media luna y cuatro cabezas de querubines, con sus pequeñas alas desplegadas.
Está cubierta con vestiduras: túnica blanca y manto azul-celeste. Tiene las manos juntas en el pecho.
El Padre Salvaire hizo recubrir la Santa imagen con una coraza de plata para impedir su deterioro. Antes de esta operación se sacaron moldes que permitieron su reproducción auténtica.
En 1887, el Padre colocó la Imagen sobre una base de Bronce, le adosó la rayera gótica con la inscripción: "Es la Virgen de Luján la primera Fundadora de esta Villa" y una aureola de doce estrellas. Ornamentada en esta forma, fue coronada con la corona Imperial bendecida por León XIII.
El 3 de diciembre de 1871 se realizó la primera peregrinación general al Santuario de Luján, desde entonces millones de personas concurren cada año. Es uno de los centros de peregrinación más importantes de Latinoamérica. Actualmente, la fiesta principal se celebra el 8 de mayo.
lunes, 7 de mayo de 2018
Lecturas diarias
Nos hicimos a la mar en Tróade y pusimos rumbo hacia Samotracia; al día siguiente salimos para Neápolis y de allí para Filipos, primera ciudad del distrito de Macedonia y colonia romana. Allí nos detuvimos unos días.
El sábado salimos de la ciudad y fuimos a un sitio junto al río, donde pensábamos que se había un lugar de oración; nos sentamos y trabamos conversación con las mujeres que habían acudido. Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural de Tiatira, vendedora de púrpura, que adoraba al verdadero Dios, estaba escuchando; y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo. Se bautizó con toda su familia y nos invitó:
«Si estáis convencidos de que creo en el Señor, venid a hospedaros en mi casa».
Y nos obligó a aceptar.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.
Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios.
Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho».
Palabra del Señor.
Santa Flavia Domitila
La hagiografía de los primeros siglos cristianos presenta la enorme dificultad de una numerosa serie de escritos apócrifos en los que es necesario descubrir los escasos pormenores históricos sin dejarse engañar por la exuberancia de literatura fantástica que la piedad de los fieles añadió a manera de novela edificante. La personalidad de los santos queda a veces diluida en esos relatos bizantinos; se llega a arrancar al protagonista de su tiempo y de su espacio para situarlo en un ambiente distinto del suyo; se llegaba a desdoblar una figura, para fabricar con ella dos personajes distintos. De una manera semejante, en novelas y películas de nuestro tiempo se describe aquel primer período del cristianismo entremezclando lo sucedido con lo imaginado, sin pretensión de engañar, sino de lograr un relato agradable con un fondo innegablemente histórico.
Las narraciones apócrifas de mártires y vírgenes pretenden, además, edificarnos, como la novela Fabiola inspirada en ellas, insistiendo más en el espíritu que en la historia, como las Florecillas de San Francisco de Asís.
Aún no había empezado la “era de los mártires", iniciada por Diocleciano, que sirvió de referencia cronológica antes de usarse la llamada "Era cristiana", equivocada esta última en la fijación de su año de origen. Pero Nerón había desencadenado ya la primera persecución local contra los cristianos. Muerto aquel monstruo sádico, la Iglesia vivió una época de deseada tranquilidad. Galba, Otón, Vitelio; dejaron a los cristianos en paz. Y los primeros emperadores Flavios; Vespasiano y Tito, tampoco mostraron enemistad contra aquella nueva religión. El cristianismo, que había seguido haciendo sus conquistas con la conversión de gentes humildes, escaló entonces las alturas de la sociedad imperial. El movimiento de conversión del paganismo al cristianismo invadió inconteniblemente las clases altas y la aristocracia romana.
Mientras filósofos y retóricos ponían su inteligencia y su palabra al servicio de la nueva religión que abrazaban, las familias que ingresaban en la Iglesia, con todas sus riquezas, no sólo facilitaron el incremento de algunas obras de caridad y el embellecimiento de varios cementerios cristianos, sino que hicieron posible la formación de un patrimonio eclesiástico. Gobernaba entonces la Iglesia de Roma un hombre de origen oscuro. Parece ser que el papa San Clemente, lejos de ser un aristócrata, como los de aquella nueva constelación de cristianos, era solamente un esclavo liberto. Entre las familias consulares que entonces abrazaron el cristianismo han dejado huella los Pomponios, los Acilios y los Flavios, todos ellos emparentados con los emperadores.
Aunque los Flavios habían hecho la guerra contra los judíos —Vespasiano había comenzado el sitio de Jerusalén que cayó en manos de Tito—, no sentían odio antisemita y no dudaron en rodearse de figuras del judaísmo, como la princesa Berenice y el historiador Josefo. Esta conducta favoreció la rápida difusión del cristianismo, considerado por los paganos como una secta judía, en los círculos de la aristocracia senatorial. El cónsul Flavio Clemente, sobrino de Vespasiano y primo hermano de Tito y de Domiciano, se convirtió al cristianismo juntamente con su mujer Flavia Domitila. Según el derecho romano, sus dos hijos, que eran discípulos de Quintiliano, debían suceder a Tito y a Domiciano, que carecían de hijos. De haberse efectuado esta sucesión, malograda por el desastre final de Domiciano, el Imperio romano hubiese sido regido por príncipes cristianos doscientos años antes de Constantino.
Fue el inhumano Domiciano quien desencadenó la segunda persecución contra el cristianismo. Tertuliano compara su crueldad con la de Nerón. Y el libro con que se termina el Nuevo Testamento, el Apocalipsis, parece ser una ensambladura de dos apocalipsis distintos del mismo autor, escrito el primero durante la persecución de Nerón y el segundo cuando la de Domiciano. Este libro inspirado nos da así el ambiente cristiano, de sufrimiento y de esperanza, en que vivió aquella generación de mártires. Domiciano veía mal aquella infiltración de personajes y costumbres judías en su corte, y decidió extirparla. Escudándose en sus dificultades económicas empezó exigiendo rigurosamente el impuesto de la didracma que los judíos pagaban para el Templo de Jerusalén, y que, desde la destrucción del mismo, se recaudaba para el emperador.
La recaudación alarmó a Domiciano, pues le hizo ver cuán numerosos eran los judíos que se habían infiltrado en su derredor, y decidió perseguirlos y aniquilarlos. Para Domiciano y para el paganismo, tan judíos eran los que seguían la religión de Moisés como los que seguían la de Jesús. Todos, sin distinción, fueron acusados de ateísmo. No debe extrañarnos esta acusación lanzada contra el judaísmo y el cristianismo, tan profundamente religiosos, ya que el hecho de no dar culto a ninguna imagen les hacía a los ojos de los idólatras vivamente sospechosos de ateísmo. Los cristianos de entonces, como los judíos de siempre, no daban culto a las imágenes, siguiendo en esto el segundo mandamiento del Decálogo dado por Dios a Moisés, tal como figura en la Biblia. Se condenó a muerte a judíos y cristianos, y fueron confiscados sus bienes. Flavia Domitila, mujer del cónsul Flavio Clemente y sobrina del emperador Domiciano, fue desterrada a la isla de Pandataria, en atención a su dignidad de miembro de la familia imperial. Según documentos menos seguros, habría habido entonces una segunda Flavia Domitila, virgen, sobrina de Flavio Clemente, desterrada también, por cristiana, a la isla Poncia. Es casi cierto que en la tradición ha habido un desdoblamiento legendario. No hay razón para admitir más de una Flavia Domitila, la mujer del cónsul, desterrada por cristiana a una isla que aparece como residencia de los personajes imperiales condenados al exilio.
La leyenda, consignada en los documentos apócrifos de las Actas, nos cuenta que la virgen Domitila, prometida de un joven gentil llamado Aureliano, tenía como esclavos a Nereo y Aquileo, a los cuales había convertido al cristianismo el apóstol San Pedro. Estos siervos veían muy mal que su señora se adornase para agradar a un pagano. Los argumentos que en las Actas aducen estos dos esclavos para disuadir a Domitila de esa boda son, ciertamente, desorbitados. Al hablar de la vida de matrimonio no se contentan con mostrarla inferior al estado de virginidad, sino que la presentan como positivamente aborrecible, por la brutalidad de los esposos, la ingratitud de los hijos y la serie innumerable de aflicciones y humillaciones que supone para la mujer. En cambio, dicen, la virginidad hace semejante al mismo Dios, y es la mejor corona a que puede aspirar una joven. La virginidad es un don concedido por Dios desde el nacimiento, y en el matrimonio es necesario renunciar a ella, prefiriendo un esposo mortal al Esposo inmortal. Llevados indudablemente de un celo excesivo, Nereo y Aquileo describen el matrimonio como algo muy distinto de lo que es en realidad, olvidando que la Iglesia tiene para el matrimonio un sacramento instituido por Cristo.
Y esas razones exageradas terminan por convencer a la joven, y ellos acuden gozosos al papa San Clemente, sobrino del cónsul Clemente, para que imponga a Domitila el santo velo de las vírgenes. Verificada la ceremonia religiosa, el resultado, previsto por el Papa, no se hace esperar. Aureliano, considerándose engañado, consigue sin dificultad que el emperador Domiciano destierre a su antigua prometida a una isla. Al llegar a ésta, con sus dos esclavos, encuentran a sus habitantes pervertidos por las predicaciones de dos discípulos de Simón Mago, Furio y Prisco. Para contrarrestarlas Nereo y Aquileo piden a Marcelo, hijo del prefecto Marco, discípulo de San Pedro, que cuente el fracaso de Simón Mago ante San Pedro. Pero llega Aureliano, que, no pudiendo corromper a los dos esclavos, los hace desterrar a Terracina, donde éstos son ejecutados. Con la esperanza de que Domitila llegue a ser su esposa Aureliano le envía dos amigas, Teodora y Eufrosina, que van a casarse también con Sulpicio y Serviliano. Pero Domitila convence a las dos jóvenes de las excelencias de la virginidad, y sus dos pretendientes, renunciando a ellas y convertidos también a la verdad de la religión cristiana, pasan a aumentar el número de los fieles. Aureliano muere desesperado después de una bacanal de dos noches, en la que intenta olvidar su derrota. Martirizados Nereo y Aquileo, caen también los dos cristianos de última hora, Sulpicio y Serviliano. Las tres vírgenes, Domitila, Teodora y Eufrosina, son encerradas en una casa en Terracina, a la cual prenden fuego. Las tres mueren, y sus cuerpos intactos son depositados por un santo diácono, llamado Cesáreo, en un sepulcro nuevo.
Las narraciones apócrifas de mártires y vírgenes pretenden, además, edificarnos, como la novela Fabiola inspirada en ellas, insistiendo más en el espíritu que en la historia, como las Florecillas de San Francisco de Asís.
Aún no había empezado la “era de los mártires", iniciada por Diocleciano, que sirvió de referencia cronológica antes de usarse la llamada "Era cristiana", equivocada esta última en la fijación de su año de origen. Pero Nerón había desencadenado ya la primera persecución local contra los cristianos. Muerto aquel monstruo sádico, la Iglesia vivió una época de deseada tranquilidad. Galba, Otón, Vitelio; dejaron a los cristianos en paz. Y los primeros emperadores Flavios; Vespasiano y Tito, tampoco mostraron enemistad contra aquella nueva religión. El cristianismo, que había seguido haciendo sus conquistas con la conversión de gentes humildes, escaló entonces las alturas de la sociedad imperial. El movimiento de conversión del paganismo al cristianismo invadió inconteniblemente las clases altas y la aristocracia romana.
Mientras filósofos y retóricos ponían su inteligencia y su palabra al servicio de la nueva religión que abrazaban, las familias que ingresaban en la Iglesia, con todas sus riquezas, no sólo facilitaron el incremento de algunas obras de caridad y el embellecimiento de varios cementerios cristianos, sino que hicieron posible la formación de un patrimonio eclesiástico. Gobernaba entonces la Iglesia de Roma un hombre de origen oscuro. Parece ser que el papa San Clemente, lejos de ser un aristócrata, como los de aquella nueva constelación de cristianos, era solamente un esclavo liberto. Entre las familias consulares que entonces abrazaron el cristianismo han dejado huella los Pomponios, los Acilios y los Flavios, todos ellos emparentados con los emperadores.
Aunque los Flavios habían hecho la guerra contra los judíos —Vespasiano había comenzado el sitio de Jerusalén que cayó en manos de Tito—, no sentían odio antisemita y no dudaron en rodearse de figuras del judaísmo, como la princesa Berenice y el historiador Josefo. Esta conducta favoreció la rápida difusión del cristianismo, considerado por los paganos como una secta judía, en los círculos de la aristocracia senatorial. El cónsul Flavio Clemente, sobrino de Vespasiano y primo hermano de Tito y de Domiciano, se convirtió al cristianismo juntamente con su mujer Flavia Domitila. Según el derecho romano, sus dos hijos, que eran discípulos de Quintiliano, debían suceder a Tito y a Domiciano, que carecían de hijos. De haberse efectuado esta sucesión, malograda por el desastre final de Domiciano, el Imperio romano hubiese sido regido por príncipes cristianos doscientos años antes de Constantino.
Fue el inhumano Domiciano quien desencadenó la segunda persecución contra el cristianismo. Tertuliano compara su crueldad con la de Nerón. Y el libro con que se termina el Nuevo Testamento, el Apocalipsis, parece ser una ensambladura de dos apocalipsis distintos del mismo autor, escrito el primero durante la persecución de Nerón y el segundo cuando la de Domiciano. Este libro inspirado nos da así el ambiente cristiano, de sufrimiento y de esperanza, en que vivió aquella generación de mártires. Domiciano veía mal aquella infiltración de personajes y costumbres judías en su corte, y decidió extirparla. Escudándose en sus dificultades económicas empezó exigiendo rigurosamente el impuesto de la didracma que los judíos pagaban para el Templo de Jerusalén, y que, desde la destrucción del mismo, se recaudaba para el emperador.
La recaudación alarmó a Domiciano, pues le hizo ver cuán numerosos eran los judíos que se habían infiltrado en su derredor, y decidió perseguirlos y aniquilarlos. Para Domiciano y para el paganismo, tan judíos eran los que seguían la religión de Moisés como los que seguían la de Jesús. Todos, sin distinción, fueron acusados de ateísmo. No debe extrañarnos esta acusación lanzada contra el judaísmo y el cristianismo, tan profundamente religiosos, ya que el hecho de no dar culto a ninguna imagen les hacía a los ojos de los idólatras vivamente sospechosos de ateísmo. Los cristianos de entonces, como los judíos de siempre, no daban culto a las imágenes, siguiendo en esto el segundo mandamiento del Decálogo dado por Dios a Moisés, tal como figura en la Biblia. Se condenó a muerte a judíos y cristianos, y fueron confiscados sus bienes. Flavia Domitila, mujer del cónsul Flavio Clemente y sobrina del emperador Domiciano, fue desterrada a la isla de Pandataria, en atención a su dignidad de miembro de la familia imperial. Según documentos menos seguros, habría habido entonces una segunda Flavia Domitila, virgen, sobrina de Flavio Clemente, desterrada también, por cristiana, a la isla Poncia. Es casi cierto que en la tradición ha habido un desdoblamiento legendario. No hay razón para admitir más de una Flavia Domitila, la mujer del cónsul, desterrada por cristiana a una isla que aparece como residencia de los personajes imperiales condenados al exilio.
La leyenda, consignada en los documentos apócrifos de las Actas, nos cuenta que la virgen Domitila, prometida de un joven gentil llamado Aureliano, tenía como esclavos a Nereo y Aquileo, a los cuales había convertido al cristianismo el apóstol San Pedro. Estos siervos veían muy mal que su señora se adornase para agradar a un pagano. Los argumentos que en las Actas aducen estos dos esclavos para disuadir a Domitila de esa boda son, ciertamente, desorbitados. Al hablar de la vida de matrimonio no se contentan con mostrarla inferior al estado de virginidad, sino que la presentan como positivamente aborrecible, por la brutalidad de los esposos, la ingratitud de los hijos y la serie innumerable de aflicciones y humillaciones que supone para la mujer. En cambio, dicen, la virginidad hace semejante al mismo Dios, y es la mejor corona a que puede aspirar una joven. La virginidad es un don concedido por Dios desde el nacimiento, y en el matrimonio es necesario renunciar a ella, prefiriendo un esposo mortal al Esposo inmortal. Llevados indudablemente de un celo excesivo, Nereo y Aquileo describen el matrimonio como algo muy distinto de lo que es en realidad, olvidando que la Iglesia tiene para el matrimonio un sacramento instituido por Cristo.
Y esas razones exageradas terminan por convencer a la joven, y ellos acuden gozosos al papa San Clemente, sobrino del cónsul Clemente, para que imponga a Domitila el santo velo de las vírgenes. Verificada la ceremonia religiosa, el resultado, previsto por el Papa, no se hace esperar. Aureliano, considerándose engañado, consigue sin dificultad que el emperador Domiciano destierre a su antigua prometida a una isla. Al llegar a ésta, con sus dos esclavos, encuentran a sus habitantes pervertidos por las predicaciones de dos discípulos de Simón Mago, Furio y Prisco. Para contrarrestarlas Nereo y Aquileo piden a Marcelo, hijo del prefecto Marco, discípulo de San Pedro, que cuente el fracaso de Simón Mago ante San Pedro. Pero llega Aureliano, que, no pudiendo corromper a los dos esclavos, los hace desterrar a Terracina, donde éstos son ejecutados. Con la esperanza de que Domitila llegue a ser su esposa Aureliano le envía dos amigas, Teodora y Eufrosina, que van a casarse también con Sulpicio y Serviliano. Pero Domitila convence a las dos jóvenes de las excelencias de la virginidad, y sus dos pretendientes, renunciando a ellas y convertidos también a la verdad de la religión cristiana, pasan a aumentar el número de los fieles. Aureliano muere desesperado después de una bacanal de dos noches, en la que intenta olvidar su derrota. Martirizados Nereo y Aquileo, caen también los dos cristianos de última hora, Sulpicio y Serviliano. Las tres vírgenes, Domitila, Teodora y Eufrosina, son encerradas en una casa en Terracina, a la cual prenden fuego. Las tres mueren, y sus cuerpos intactos son depositados por un santo diácono, llamado Cesáreo, en un sepulcro nuevo.
domingo, 6 de mayo de 2018
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