domingo, 6 de mayo de 2018
Lecturas
Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio le salió al encuentro y, postrándose, le quiso rendir homenaje. Pero
Pedro lo levantó, diciéndole:
«Levántate, que soy un hombre como tú». Pedro tomó la palabra y dijo:
«Ahora comprendo con toda la verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea».
Todavía estaba hablando Pedro, cuando bajó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra, y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles, porque los oían hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios. Entonces Pedro añadió:
«¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?» Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo.
Entonces le rogaron que se quedara unos días con ellos.
Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé.
Esto os mando: que os améis unos a otros».
Palabra del Señor.
San Juan, ante Portam Latinam
La liturgia nos presenta este día una escena de martirio frustrado: es un campo de las afueras de Roma, al principio de la vía que sale de la ciudad para atravesar el Lacio, delante de la Puerta Latina. En una caldera, un anciano desnudo, con las manos atadas; en torno, el aceite hierve y chisporrotea; al lado, los verdugos atizando el fuego y contemplando con ojos estupefactos al hombre de la caldera. El mártir reza con los ojos fijos en el cielo y la barba humedecida por el líquido bullente. Tiempo hace que debiera estar frito, pero se le ve sereno, alegre, intacto. Los verdugos revuelven el fuego, traen nuevas cargas de leña y se retiran sudorosos y chamuscados. Es inútil: ni la llama ni el aceite pueden hacer daño en la carne virginal del hombre que reclinó su cabeza sobre el corazón de Dios.
Este suceso le contaba ya Tertuliano alrededor del año 200. Fue con motivo de la segunda persecución. Durante mucho tiempo Domiciano había sido el más justo de los emperadores. «Nunca—dice Suetonio—tuvo el Imperio tan honrados gobernadores.» El vicio era perseguido como hubiera podido serlo en el reinado del más austero de los Papas, en el de San Pío V, por ejemplo. Pero un día, bajo «el censor santísimo», es la expresión de Tertuliano, bajo las apariencias del hombre que, como dice Marcial, «había obligado al pudor a entrar de nuevo en los hogares», apareció el monstruo. «La necesidad—dice Suetonio—le hizo rapaz; el miedo le hizo cruel.» Si aquello no fue una locura, es difícil explicar el caso de aquel hombre que se paseaba solo, inquieto; agitado por todas las tempestades de la pasión, leyendo las memorias de Tiberio, gramática de tiranías, combinando listas de proscripción y cazando moscas a través de sus habitaciones revestidas de mármoles brillantes como espejos, con el fin de ver cuanto pasaba en torno suyo. Celoso de toda superioridad, el déspota no podía siquiera sufrir la superioridad de la virtud, y este sentimiento le hizo perseguidor de los cristianos. Varones consulares, ilustres damas de la misma familia imperial, gentes lel pueblo, esclavos y artesanos fueron proscritos, depórtados o asesinados sin forma de proceso por el amo del mundo en delirio. Allá en Palestina vivían dos nietos del apóstol Judas, «hermano de Jesús». Su calidad de parientes del Señor y descendientes de David le hizo entrar en sospechas. Los mandó prender, los trajo a Roma y los interrogó personalmente. Por fortuna, se trataba de dos pobres rústicos que vivían difícilmente cultivando su campo y creían en un reino celeste y espiritual. El emperador les dejó en libertad, riéndose de sus sueños y despreciando su pobreza. Casi al mismo tiempo le trajeron al discípulo predilecto de Jesús, que predicaba la doctrina de su Maestro en el Asia Menor. Creyó que se trataba de un hombre más peligroso, y mandó proceder contra él con todo rigor; pero el fuego le respetaba, el aceite era para él como un rocío. Juan salió incólume del baño hirviente, y marchó deportado a la isla de Palmos.
Era una isla desolada del archipiélago helénico; suelo ingrato, rocas volcánicas, tristes eriales. Sólo una llanura menos sombría, en las cercanías del puerto, con plantaciones de mirtos y palmeras. Aun hoy se la llama el Jardín del Santo. Pero en medio de aquel paisaje punzante y severo se abrieron sobre el desterrado las magnificencias del Paraíso; allí el evangelista se convirtió en profeta; allí fue revelado el Apocalipsis, el último libro, el epílogo de la sagrada Biblia. Desde su isla, Juan extiende su mirada sobre las ciudades asiáticas, donde ha dejado tantos discípulos, inquietos ahora por la persecución y desmoralizados por las predicaciones de los nicolaístas, «sinagoga de Satán, cuya doctrina es como la de Balaam, el que enseñó a Balac a poner el escándalo delante de los hijos de Israel, a comer las carnes inmoladas en honor de los ídolos y a fornicar». Para tranquilizar los espíritus, les envía el mensaje del Apocalipsis. Hoy tenemos tendencia a no ver en este libro sino el aspecto terrible e intranquilizador. El mismo título es ya de suyo algo sombrío e inquietante. No obstante, el objeto de San Juan es fortalecer los corazones vacilantes, devolverles la confianza en la fidelidad y en la omnipotencia del Salvador, recordarles que es Dios mismo quien les guía en medio de las crisis dolorosas de este mundo. Es una obra parenética, más que doctrinal; un mensaje de esperanza, de aliento y de alegría. Sin .duda, anuncia la inminencia de combates terribles, pero promete la victoria absoluta a todos los buenos luchadores. La violencia misma de la lucha es el mejor signo del triunfo. Porque todo lo que ha de suceder a través de los siglos ha sido previsto de antemano; y es el mismo Jesús, el Cordero inmolado por nosotros, el Redentor que nos ha lavado y ganado con su sangre, quien ordena el curso de los acontecimientos y ejecuta los designios de Dios en la Historia. Desde ahora recorre el mundo como un guerrero invencible, y los coros angélicos celebran en el Cielo sus victorias. Su gran enemigo, el Dragón, ha sido arrojado del firmamento, donde quería ejercer su tiranía, y sus iras no son más que la señal de su impotencia. Sólo temporalmente puede manifestar su poderío, pero Dios envía sus ángeles de destrucción para castigar al mundo seducido por su astucia; sus esfuerzos serán completamente inútiles, tratándose de los elegidos, que llevan el signo divino sobre la frente. Las pruebas sólo podrán servir para purificarlos, con tal de que huyan del laxismo herético y se libren de adorar a la Bestia, de caer en el culto idolátrico de los césares. Tal es el manifiesto de incoercible esperanza que un perseguido lanzaba a sus hermanos en medio de la persecución.
La primera impresión que en nosotros despierta su lectura es la de algo confuso, caótico, incoherente. Nos sentimos desconcertados ante esa profusión de imágenes deslumbrantes, de esos símbolos, de esos números, de esas alegorías, que se nos antojan mal coordinadas y extraordinariamente movedizas. Poco a poco empezamos a sentir la influencia de un ritmo amplio y grandioso, que nos lanza a través de un mundo lleno de armonía de las tonalidades más variadas y opulentas, desde el murmullo íntimo de la ternura mística hasta los terrores cósmicos de los truenos y los huracanes; en el fondo, el acompañamiento de una música grave y siempre triunfal, que sale del Cielo, brotando de la fuente misma de la vida, del trono mismo de Dios, y dominando completamente, en ciertos momentos. los ruidos tumultuosos de la escena terrestre. Difícil de sorprender es con frecuencia ese ritmo, que a veces llega a parecemos un estruendo disonante, una horrorosa cacofonía, un torbellino en que chocan y estallan, lanzados por el vendaval de una inspiración delirante, jirones de melodías disparatadas. En realidad, todo esto no es más que aparente; si escuchamos atentamente, sorprendemos la fórmula fundamental, y la impresión de orden, de unidad, de coherencia, se impone claramente a nuestros ojos y a nuestros oídos; percibimos una sabia arquitectura, una perfecta simetría, aun en medio de las antítesis, de la oscuridad del simbolismo y del desequilibrio artístico que se observa aquí y allá en la disposición de las materias.
Apocalipsis significa revelación. Jesús se aparece a San Juan en su destierro de Patmos, semejante a un «hijo de hombre», bajo un aspecto que indica su carácter real, sacerdotal y divino. Ante todo, le revela «las cosas que son», el estado de las siete Iglesias principales de Asia, su mérito y demérito, su relajación o su entusiasmo religioso. Es la primera parte. A continuación descorre ante sus ojos el velo «de las cosas que han de venir», en una serie de visiones que se refieren al porvenir de la Iglesia, a sus luchas, a sus terrores y a su victoria final. Primero, la visión del libro de los siete sellos, donde están escritos los decretos de Dios. La escena es en el Cielo. Después, la visión de las siete trompetas. Juan observa cómo los decretos divinos van realizándose infaliblemente en la tierra. El Dragón invisible, acompañado de sus ángeles, obra por medio de la Bestia, del poder político, representado en los días del vidente por la Roma idolátrica. Babilonia, la cortesana; lucha contra la mujer, que es la Iglesia militante de todos los tiempos; contra los santos de la tierra, defendidos por Miguel y sus ángeles, en medio de los cuales está Cristo, ahora como un Cordero, después como un jinete invencible, Rey de reyes y Verbo triunfador. Conseguida la victoria, viene la ejecución de las venganzas divinas, representada en el simbolismo de las siete copas; y tras ella se abre el escenario del juicio último, desenlace de toda la historia humana. Vemos, finalmente, a los vencidos en el estanque de fuego, mientras en la altura aparece la Jerusalén celestial, la Esposa del Cordero, inundada de gloria y aureolada de eterna luz.
Tal es, brevemente condensado, el plan de este libro misterioso. El alma de Juan se nos revela en él con toda su impetuosidad, con toda su audacia. Es un alma abrasada por el amor de la verdad, por una convicción absoluta, un espíritu afirmativo, que no sabe pactar con el error, un hombre de imaginación fogosa e inagotable, un verdadero luchador, un hijo del trueno, predestinado por temperamento a ser el eco de las palabras más terroríficas de Dios. Pero éste no es más que un lado de aquel carácter profético, que envuelto en todas las violencias de las tempestades, sabe conservar en todo momento una majestuosa serenidad. Alma viril, que vive en una atmósfera de paz sobrenatural, jamás se deja absorber por la cólera del combate; naturaleza mística, anclada en el corazón mismo de Dios, hasta en medio de las más sombrías predicciones deja entrever el latido de las emociones más dulces. Para invocar a Cristo, su amor, para consolar a sus hermanos, encuentra siempre expresiones conmovedoras y reveladoras de una ternura profunda y concentrada. No odia la vida, como se ha dicho, pero este mundo debía de presentársele muy parecido a la isla miserable en que se hallaba desterrado. Aquel mundo grecorromano tiene poca importancia para él; parece como si tuviera los ojos cerrados a su arte, a su cultura, a sus costumbres; ni un recuerdo, ni una imagen, ni la más pequeña alusión a las glorias literarias de aquella Hélade, en medio de la cual vivía, llegamos a descubrir en sus escritos. Todo su mundo simbólico, sus números, sus monstruos, sus descripciones del Paraíso, sus cuadros alegóricos, tienen colorido bíblico o proceden de la civilización asiria a través de las profecías de Ezequiel y de Daniel.
Es la misma psicología, la misma imaginación, el mismo espíritu del cuarto Evangelio, aunque el género literario sea distinto, y distintos los medios de expresión, porque eran también distintas las experiencias extraordinarias que se trataba de expresar. Otro de los caracteres comunes al evangelista y al profeta es el dramatismo. A la lucha evangélica de la luz que luce en las tinieblas y esas mismas tinieblas, que hacen por sofocarla, corresponde en el Apocalipsis la lucha de dos potencias contrarias. Cielo e infierno. Cordero y Dragón, Babilonia y Jerusalén, ciudad de Dios y ciudad mundana. Los dos libros se parecen, además, en su pura espiritualidad. La materialidad de los sucesos, lo mismo que los detalles de las visiones, tienen una importancia accesoria; lo que importa en ellos es su aptitud para introducirnos en el mundo sobrenatural. Los milagros del Evangelio, sin dejar de ser hechos reales, tienen un sentido simbólico, una significación misteriosa, una enseñanza superior, lo mismo que las visiones apocalípticas. Hay una cosa, sin embargo, que nos desconcierta: es la diferencia del lenguaje. Mentalidad idéntica, estilo idéntico, idénticas tendencias a la abstracción, a la síntesis y a la antítesis; pero lenguaje diferente. Siempre se ve al semita, al hombre cuyo pensamiento brota sujeto a un molde judaico; pero el griego del Evangelio es cuidado; castizo y hasta elegante; el del Apocalipsis nos ofrece el contraste de una sintaxis bárbara y un vocabulario rico y casi refinado. Instrumento de un escritor genial, tiene un poder extraño de evocación; es movido, nervioso, luminoso; pero nos desconcierta por sus solecismos, por su abandono, por su barbarie. Es lo menos griego, lo menos clásico de todo el Nuevo Testamento. En él parece haber quedado grabada para siempre la huella de las circunstancias en que escribía el vidente.
Era en el destierro, entre las duras penalidades del que sufre una condena: de día, el peso continuo de los trabajos forzados; de noche, la caricia fría y áspera de las cadenas, y en todo tiempo, la vigilancia del cómitre con el látigo en la mano. Había que aprovechar el primer momento disponible para transmitir al pergamino las ideas, con el cuerpo fatigado por el trabajo, con el alma amargada por el desprecio, con el espíritu convulso por la violencia de aquellas prisiones sobrehumanas. No era la mejor disposición para corregir, acicalar y hacer una obra de arte. Bastaba transmitir el mensaje divino con toda lealtad y con toda energía. Y así, este libro extraordinario, sutil y firme en su estructura, fuerte por el poder de convicción y por la vida que en él se derrama, pero a la vez descuidado en el lenguaje, abundante en faltas gramaticales, que son el escándalo de los filólogos, y no del todo armónico, a veces, en su simbolismo parece reflejar todavía los temblores del mártir, las angustias del desterrado y los estremecimientos del profeta. Es la obra del genio contrariado.
Este suceso le contaba ya Tertuliano alrededor del año 200. Fue con motivo de la segunda persecución. Durante mucho tiempo Domiciano había sido el más justo de los emperadores. «Nunca—dice Suetonio—tuvo el Imperio tan honrados gobernadores.» El vicio era perseguido como hubiera podido serlo en el reinado del más austero de los Papas, en el de San Pío V, por ejemplo. Pero un día, bajo «el censor santísimo», es la expresión de Tertuliano, bajo las apariencias del hombre que, como dice Marcial, «había obligado al pudor a entrar de nuevo en los hogares», apareció el monstruo. «La necesidad—dice Suetonio—le hizo rapaz; el miedo le hizo cruel.» Si aquello no fue una locura, es difícil explicar el caso de aquel hombre que se paseaba solo, inquieto; agitado por todas las tempestades de la pasión, leyendo las memorias de Tiberio, gramática de tiranías, combinando listas de proscripción y cazando moscas a través de sus habitaciones revestidas de mármoles brillantes como espejos, con el fin de ver cuanto pasaba en torno suyo. Celoso de toda superioridad, el déspota no podía siquiera sufrir la superioridad de la virtud, y este sentimiento le hizo perseguidor de los cristianos. Varones consulares, ilustres damas de la misma familia imperial, gentes lel pueblo, esclavos y artesanos fueron proscritos, depórtados o asesinados sin forma de proceso por el amo del mundo en delirio. Allá en Palestina vivían dos nietos del apóstol Judas, «hermano de Jesús». Su calidad de parientes del Señor y descendientes de David le hizo entrar en sospechas. Los mandó prender, los trajo a Roma y los interrogó personalmente. Por fortuna, se trataba de dos pobres rústicos que vivían difícilmente cultivando su campo y creían en un reino celeste y espiritual. El emperador les dejó en libertad, riéndose de sus sueños y despreciando su pobreza. Casi al mismo tiempo le trajeron al discípulo predilecto de Jesús, que predicaba la doctrina de su Maestro en el Asia Menor. Creyó que se trataba de un hombre más peligroso, y mandó proceder contra él con todo rigor; pero el fuego le respetaba, el aceite era para él como un rocío. Juan salió incólume del baño hirviente, y marchó deportado a la isla de Palmos.
Era una isla desolada del archipiélago helénico; suelo ingrato, rocas volcánicas, tristes eriales. Sólo una llanura menos sombría, en las cercanías del puerto, con plantaciones de mirtos y palmeras. Aun hoy se la llama el Jardín del Santo. Pero en medio de aquel paisaje punzante y severo se abrieron sobre el desterrado las magnificencias del Paraíso; allí el evangelista se convirtió en profeta; allí fue revelado el Apocalipsis, el último libro, el epílogo de la sagrada Biblia. Desde su isla, Juan extiende su mirada sobre las ciudades asiáticas, donde ha dejado tantos discípulos, inquietos ahora por la persecución y desmoralizados por las predicaciones de los nicolaístas, «sinagoga de Satán, cuya doctrina es como la de Balaam, el que enseñó a Balac a poner el escándalo delante de los hijos de Israel, a comer las carnes inmoladas en honor de los ídolos y a fornicar». Para tranquilizar los espíritus, les envía el mensaje del Apocalipsis. Hoy tenemos tendencia a no ver en este libro sino el aspecto terrible e intranquilizador. El mismo título es ya de suyo algo sombrío e inquietante. No obstante, el objeto de San Juan es fortalecer los corazones vacilantes, devolverles la confianza en la fidelidad y en la omnipotencia del Salvador, recordarles que es Dios mismo quien les guía en medio de las crisis dolorosas de este mundo. Es una obra parenética, más que doctrinal; un mensaje de esperanza, de aliento y de alegría. Sin .duda, anuncia la inminencia de combates terribles, pero promete la victoria absoluta a todos los buenos luchadores. La violencia misma de la lucha es el mejor signo del triunfo. Porque todo lo que ha de suceder a través de los siglos ha sido previsto de antemano; y es el mismo Jesús, el Cordero inmolado por nosotros, el Redentor que nos ha lavado y ganado con su sangre, quien ordena el curso de los acontecimientos y ejecuta los designios de Dios en la Historia. Desde ahora recorre el mundo como un guerrero invencible, y los coros angélicos celebran en el Cielo sus victorias. Su gran enemigo, el Dragón, ha sido arrojado del firmamento, donde quería ejercer su tiranía, y sus iras no son más que la señal de su impotencia. Sólo temporalmente puede manifestar su poderío, pero Dios envía sus ángeles de destrucción para castigar al mundo seducido por su astucia; sus esfuerzos serán completamente inútiles, tratándose de los elegidos, que llevan el signo divino sobre la frente. Las pruebas sólo podrán servir para purificarlos, con tal de que huyan del laxismo herético y se libren de adorar a la Bestia, de caer en el culto idolátrico de los césares. Tal es el manifiesto de incoercible esperanza que un perseguido lanzaba a sus hermanos en medio de la persecución.
La primera impresión que en nosotros despierta su lectura es la de algo confuso, caótico, incoherente. Nos sentimos desconcertados ante esa profusión de imágenes deslumbrantes, de esos símbolos, de esos números, de esas alegorías, que se nos antojan mal coordinadas y extraordinariamente movedizas. Poco a poco empezamos a sentir la influencia de un ritmo amplio y grandioso, que nos lanza a través de un mundo lleno de armonía de las tonalidades más variadas y opulentas, desde el murmullo íntimo de la ternura mística hasta los terrores cósmicos de los truenos y los huracanes; en el fondo, el acompañamiento de una música grave y siempre triunfal, que sale del Cielo, brotando de la fuente misma de la vida, del trono mismo de Dios, y dominando completamente, en ciertos momentos. los ruidos tumultuosos de la escena terrestre. Difícil de sorprender es con frecuencia ese ritmo, que a veces llega a parecemos un estruendo disonante, una horrorosa cacofonía, un torbellino en que chocan y estallan, lanzados por el vendaval de una inspiración delirante, jirones de melodías disparatadas. En realidad, todo esto no es más que aparente; si escuchamos atentamente, sorprendemos la fórmula fundamental, y la impresión de orden, de unidad, de coherencia, se impone claramente a nuestros ojos y a nuestros oídos; percibimos una sabia arquitectura, una perfecta simetría, aun en medio de las antítesis, de la oscuridad del simbolismo y del desequilibrio artístico que se observa aquí y allá en la disposición de las materias.
Apocalipsis significa revelación. Jesús se aparece a San Juan en su destierro de Patmos, semejante a un «hijo de hombre», bajo un aspecto que indica su carácter real, sacerdotal y divino. Ante todo, le revela «las cosas que son», el estado de las siete Iglesias principales de Asia, su mérito y demérito, su relajación o su entusiasmo religioso. Es la primera parte. A continuación descorre ante sus ojos el velo «de las cosas que han de venir», en una serie de visiones que se refieren al porvenir de la Iglesia, a sus luchas, a sus terrores y a su victoria final. Primero, la visión del libro de los siete sellos, donde están escritos los decretos de Dios. La escena es en el Cielo. Después, la visión de las siete trompetas. Juan observa cómo los decretos divinos van realizándose infaliblemente en la tierra. El Dragón invisible, acompañado de sus ángeles, obra por medio de la Bestia, del poder político, representado en los días del vidente por la Roma idolátrica. Babilonia, la cortesana; lucha contra la mujer, que es la Iglesia militante de todos los tiempos; contra los santos de la tierra, defendidos por Miguel y sus ángeles, en medio de los cuales está Cristo, ahora como un Cordero, después como un jinete invencible, Rey de reyes y Verbo triunfador. Conseguida la victoria, viene la ejecución de las venganzas divinas, representada en el simbolismo de las siete copas; y tras ella se abre el escenario del juicio último, desenlace de toda la historia humana. Vemos, finalmente, a los vencidos en el estanque de fuego, mientras en la altura aparece la Jerusalén celestial, la Esposa del Cordero, inundada de gloria y aureolada de eterna luz.
Tal es, brevemente condensado, el plan de este libro misterioso. El alma de Juan se nos revela en él con toda su impetuosidad, con toda su audacia. Es un alma abrasada por el amor de la verdad, por una convicción absoluta, un espíritu afirmativo, que no sabe pactar con el error, un hombre de imaginación fogosa e inagotable, un verdadero luchador, un hijo del trueno, predestinado por temperamento a ser el eco de las palabras más terroríficas de Dios. Pero éste no es más que un lado de aquel carácter profético, que envuelto en todas las violencias de las tempestades, sabe conservar en todo momento una majestuosa serenidad. Alma viril, que vive en una atmósfera de paz sobrenatural, jamás se deja absorber por la cólera del combate; naturaleza mística, anclada en el corazón mismo de Dios, hasta en medio de las más sombrías predicciones deja entrever el latido de las emociones más dulces. Para invocar a Cristo, su amor, para consolar a sus hermanos, encuentra siempre expresiones conmovedoras y reveladoras de una ternura profunda y concentrada. No odia la vida, como se ha dicho, pero este mundo debía de presentársele muy parecido a la isla miserable en que se hallaba desterrado. Aquel mundo grecorromano tiene poca importancia para él; parece como si tuviera los ojos cerrados a su arte, a su cultura, a sus costumbres; ni un recuerdo, ni una imagen, ni la más pequeña alusión a las glorias literarias de aquella Hélade, en medio de la cual vivía, llegamos a descubrir en sus escritos. Todo su mundo simbólico, sus números, sus monstruos, sus descripciones del Paraíso, sus cuadros alegóricos, tienen colorido bíblico o proceden de la civilización asiria a través de las profecías de Ezequiel y de Daniel.
Es la misma psicología, la misma imaginación, el mismo espíritu del cuarto Evangelio, aunque el género literario sea distinto, y distintos los medios de expresión, porque eran también distintas las experiencias extraordinarias que se trataba de expresar. Otro de los caracteres comunes al evangelista y al profeta es el dramatismo. A la lucha evangélica de la luz que luce en las tinieblas y esas mismas tinieblas, que hacen por sofocarla, corresponde en el Apocalipsis la lucha de dos potencias contrarias. Cielo e infierno. Cordero y Dragón, Babilonia y Jerusalén, ciudad de Dios y ciudad mundana. Los dos libros se parecen, además, en su pura espiritualidad. La materialidad de los sucesos, lo mismo que los detalles de las visiones, tienen una importancia accesoria; lo que importa en ellos es su aptitud para introducirnos en el mundo sobrenatural. Los milagros del Evangelio, sin dejar de ser hechos reales, tienen un sentido simbólico, una significación misteriosa, una enseñanza superior, lo mismo que las visiones apocalípticas. Hay una cosa, sin embargo, que nos desconcierta: es la diferencia del lenguaje. Mentalidad idéntica, estilo idéntico, idénticas tendencias a la abstracción, a la síntesis y a la antítesis; pero lenguaje diferente. Siempre se ve al semita, al hombre cuyo pensamiento brota sujeto a un molde judaico; pero el griego del Evangelio es cuidado; castizo y hasta elegante; el del Apocalipsis nos ofrece el contraste de una sintaxis bárbara y un vocabulario rico y casi refinado. Instrumento de un escritor genial, tiene un poder extraño de evocación; es movido, nervioso, luminoso; pero nos desconcierta por sus solecismos, por su abandono, por su barbarie. Es lo menos griego, lo menos clásico de todo el Nuevo Testamento. En él parece haber quedado grabada para siempre la huella de las circunstancias en que escribía el vidente.
Era en el destierro, entre las duras penalidades del que sufre una condena: de día, el peso continuo de los trabajos forzados; de noche, la caricia fría y áspera de las cadenas, y en todo tiempo, la vigilancia del cómitre con el látigo en la mano. Había que aprovechar el primer momento disponible para transmitir al pergamino las ideas, con el cuerpo fatigado por el trabajo, con el alma amargada por el desprecio, con el espíritu convulso por la violencia de aquellas prisiones sobrehumanas. No era la mejor disposición para corregir, acicalar y hacer una obra de arte. Bastaba transmitir el mensaje divino con toda lealtad y con toda energía. Y así, este libro extraordinario, sutil y firme en su estructura, fuerte por el poder de convicción y por la vida que en él se derrama, pero a la vez descuidado en el lenguaje, abundante en faltas gramaticales, que son el escándalo de los filólogos, y no del todo armónico, a veces, en su simbolismo parece reflejar todavía los temblores del mártir, las angustias del desterrado y los estremecimientos del profeta. Es la obra del genio contrariado.
sábado, 5 de mayo de 2018
Lecturas
En aquellos días, Pablo fue a Derbe y luego a Listra. Había allí un discípulo que se llamaba Timoteo, hijo de una judía creyente, pero de padre griego. Los hermanos de Listra y de Iconio daban buenos informes de él. Pablo quiso que fuera con él y, puesto que todos sabían que su padre era griego, por consideración a los judíos de la región, lo tomó y lo hizo circuncidar.
Al pasar por las ciudades, comunicaban las decisiones de los apóstoles y presbíteros de Jerusalén, para que las observasen. Las Iglesias se robustecían en la fe y crecían en número de día en día.
Atravesaron Frigia y la región de Galacia, al haberles impedido el Espíritu Santo anunciar la palabra en Asia. Al llegar cerca de Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió.
Entonces dejaron Misia a un lado y bajaron a Tróade. Aquella noche Pablo tuvo una visión: se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba: «Pasa a Macedonia y ayúdanos».
Apenas tuvo la visión, inmediatamente tratamos de salir para Macedonia, seguros de que Dios nos llamaba a predicarles el Evangelio.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros.
Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia.
Recordad lo que os dije: “No es el siervo más que su amo”. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió».
Palabra del Señor.
San Hilario de Arlés
Martirologio Romano: En Arlés, en la región de Provenza (Francia), san Hilarío, obispo, que, después de llevar vida eremítica en Lérins, fue promovido, muy a su pesar, al episcopado, en donde trabajando con sus propias manos, vistiendo una sola túnica tanto en verano como en invierno y viajando a pie, manifestó a todos su amor por la pobreza. Entregado a la oración, los ayunos y las vigilias, y perseverando en una predicación continua, mostró la misericordia de Dios a los pecadores, acogió a los huérfanos y no dudó en destinar para la redención de los cautivos todos los objetos de plata que se conservaban en la basílica de la ciudad.
(† 449) Arzobispo, nacido por el año 401; fallecido el 5 de Mayo del 449.
El lugar preciso de su nacimiento es desconocido. Todo lo que se ha dicho es que perteneció a una notable familia de la parte Norte de Galia, de la cual probablemente descendió San Honorato, su predecesor de la Sede de Arles.
Culto y rico, Hilario había calculado todo para asegurar su éxito en el mundo, pero abandonó honores y riquezas ante las urgentes demandas de Honorato, acompañándolo a la hermita de Lerins, que este ultimo había fundado y dedicándose él mismo bajo la santa obediencia a practicar la austeridad y el estudio de la Sagrada Escritura.
Mientras tanto Honorato, quién había llegado a Arzobispo de Arles, estaba a punto de morir. Hilario corrió a su lado y lo asistió en sus últimos momentos. Estaba Hilario por partir de regreso a Lerins cuando fue retenido por la fuerza y proclamado arzobispo en lugar de Honorato.
Obligado a ceder a esta coacción, emprendió resueltamente las tareas de su pesado cargo, y asitió a varios concilios que tuvieron lugar en Riez, Orange, Vaison y Arles.
Seguidamente empezó entre él y el Papa San Leo la famosa riña que constituye una de las etapas más curiosas de la historia de la Iglesia de Gallicia. En una reunion de obispos que presidió en el año 444 y en la que estuvieron presentes San Euterio de Lyon y St German de Auxerre, destituyó por incapacidad a un tal Cheldonius.
Este ultimo se apresuró a ir a Roma, tuvo éxito en la intercesión de su causa ante el Papa y como resultado fue reinstalado en su sede. Hilario entonces solicitó al Papa San Leo que justificara su acción sobre el asunto, pero no fue bien recibido por el soberano pontífice y fue obligado a regresar precipitadamente a Galia.
Después de esto envió a algunos sacerdotes a Roma a explicar su conducta pero sin ningún buen resultado. Además algunas personas que estaban hostiles por dicho asunto llevaron varias acusaciones contra él a la Corte de Roma, por lo cual el Papa excomulgó a Hilario, transfiriendo las prerrogativas de su sede a Frejus y motivó la proclamación del Emperador Valentiniano III con el famoso decreto que liberaba a la Iglesia de Viena de toda dependencia de Arles.
Sin embargo hay razones para creer que una vez terminada la tormenta, fue restaurada la paz rápidamente entre Hilario y Leo. Estamos lejos de la época en que ocurrió esta memorable riña y los documentos que pueden arrojar una luz sobre ella son muy pocos para permitirnos emitir un juicio definitivo sobre esta causa y sus consecuencias.
Evidentemente existe el hecho que los respectivos derechos de la Corte de Roma y de la ciudad no estaban suficientemente clarificados en ese tiempo y que el derecho de apelación al papa, entre otros, no estaban explícitamente reconocidos. Existe un número de escritos que se atribuyen a San Hilario, pero están lejos de ser auténticos. Pere Quesnel los coleccionó todos en un apéndice al trabajo en el que ha publicado los escritos de San Leo.
(† 449) Arzobispo, nacido por el año 401; fallecido el 5 de Mayo del 449.
El lugar preciso de su nacimiento es desconocido. Todo lo que se ha dicho es que perteneció a una notable familia de la parte Norte de Galia, de la cual probablemente descendió San Honorato, su predecesor de la Sede de Arles.
Culto y rico, Hilario había calculado todo para asegurar su éxito en el mundo, pero abandonó honores y riquezas ante las urgentes demandas de Honorato, acompañándolo a la hermita de Lerins, que este ultimo había fundado y dedicándose él mismo bajo la santa obediencia a practicar la austeridad y el estudio de la Sagrada Escritura.
Mientras tanto Honorato, quién había llegado a Arzobispo de Arles, estaba a punto de morir. Hilario corrió a su lado y lo asistió en sus últimos momentos. Estaba Hilario por partir de regreso a Lerins cuando fue retenido por la fuerza y proclamado arzobispo en lugar de Honorato.
Obligado a ceder a esta coacción, emprendió resueltamente las tareas de su pesado cargo, y asitió a varios concilios que tuvieron lugar en Riez, Orange, Vaison y Arles.
Seguidamente empezó entre él y el Papa San Leo la famosa riña que constituye una de las etapas más curiosas de la historia de la Iglesia de Gallicia. En una reunion de obispos que presidió en el año 444 y en la que estuvieron presentes San Euterio de Lyon y St German de Auxerre, destituyó por incapacidad a un tal Cheldonius.
Este ultimo se apresuró a ir a Roma, tuvo éxito en la intercesión de su causa ante el Papa y como resultado fue reinstalado en su sede. Hilario entonces solicitó al Papa San Leo que justificara su acción sobre el asunto, pero no fue bien recibido por el soberano pontífice y fue obligado a regresar precipitadamente a Galia.
Después de esto envió a algunos sacerdotes a Roma a explicar su conducta pero sin ningún buen resultado. Además algunas personas que estaban hostiles por dicho asunto llevaron varias acusaciones contra él a la Corte de Roma, por lo cual el Papa excomulgó a Hilario, transfiriendo las prerrogativas de su sede a Frejus y motivó la proclamación del Emperador Valentiniano III con el famoso decreto que liberaba a la Iglesia de Viena de toda dependencia de Arles.
Sin embargo hay razones para creer que una vez terminada la tormenta, fue restaurada la paz rápidamente entre Hilario y Leo. Estamos lejos de la época en que ocurrió esta memorable riña y los documentos que pueden arrojar una luz sobre ella son muy pocos para permitirnos emitir un juicio definitivo sobre esta causa y sus consecuencias.
Evidentemente existe el hecho que los respectivos derechos de la Corte de Roma y de la ciudad no estaban suficientemente clarificados en ese tiempo y que el derecho de apelación al papa, entre otros, no estaban explícitamente reconocidos. Existe un número de escritos que se atribuyen a San Hilario, pero están lejos de ser auténticos. Pere Quesnel los coleccionó todos en un apéndice al trabajo en el que ha publicado los escritos de San Leo.
viernes, 4 de mayo de 2018
Lecturas
En aquellos días, los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron elegir algunos de ellos para mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas, llamado Barsabá y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y enviaron por medio de ellos esta carta:
«Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia provenientes de la gentilidad. Habiéndonos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alborotado con sus palabras, desconcertando vuestros ánimos, hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han entregado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo. Os mandamos, pues, a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de uniones ilegítimas. Haréis bien en apartaros de todo esto. Saludos». Los despidieron, y ellos bajaron a Antioquía, donde reunieron a la comunidad y entregaron la carta. Al leerla, se alegraron mucho por aquellas palabras alentadoras.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».
Palabra del Señor.
Beato Juan Martín Moyë
«En manos de la divina providencia»
Indudablemente, la vida apostólica no es para los que sueñan con un mullido sofá. El seguidor de Cristo tiene alas en los pies. Trazado sobre su frente, junto a la cruz, exhibe el sello característico de la perseverancia, de la tenacidad. Infatigable, audaz, ante una carencia lejos de discursos estériles actúa, le da inmediata respuesta. En esta sección se constata todos los días. La hermana Marie Agnès Kernel, biógrafa de Juan, afirmó: «El santo es el verdadero amo de la historia, pues es él quien cambia el corazón de quienes hacen la historia». Este beato modificó –al menos en uno de sus aspectos cruciales, el de la educación– una porción de la misma.
Nació el 27 de enero de 1730 en Cutting, Francia. Fue el sexto de trece hermanos. Sus padres eran agricultores con ciertos recursos, personas sensibilizadas y comprometidas con la fe. Antes de nacer, su madre supo por un sueño que sería santo. La tendencia que mostró en su infancia así lo ratificaba. Era un niño en el que calaron hondamente las enseñanzas y el testimonio de su ejemplar familia. Junto a ella comenzó a experimentar una irresistible devoción por la Pasión, se enamoró de todo gesto caritativo, y se abrazó a la penitencia. Amaba la oración, rezaba piadosamente con los brazos en cruz, y tenía arte para conmover el corazón de otros chicos a los que narraba la vida de san Martín y les instruía explicando el catecismo encaramado en un peral. De su madre heredó la generosidad con los necesitados, y si veía a un pobre no dudaba en desprenderse de lo que tenía, incluidos sus zapatos. Fue alumno aventajado en la universidad de Pont-a-Mousson regida por los jesuitas. Estaba dotado para los idiomas, cualidad que le iba a servir, y mucho, en su labor misionera. Fue brillante en los estudios filosófico-teológicos, un gran especialista experto en la historia de la Iglesia.
Se ordenó en 1754 y dada su trayectoria académica pensaron que era idóneo para ocupar la cátedra de letras del seminario mayor. Pero él eligió la misión pastoral y fue designado coadjutor de la parroquia de san Víctor de Metz. Como era un hombre que amaba la virtud, se rodeó expresamente de buenas compañías, sacerdotes íntegros que sabía iban a ayudarle en el alto ideal que se había propuesto. Entre los santos, el de su mayor devoción fue san Francisco de Sales, a quien eligió como patrono. Siendo director espiritual del seminario mayor, halló entre los presbíteros un alma gemela, Luis Jobal, que moriría prematuramente, y del que fue su biógrafo. Ambos compartieron similares anhelos. Tuvieron como objetivo la infancia desamparada y falta de instrucción. Para Juan fue prioritario remediar tantas carencias detectadas en sus constantes incursiones por las calles, en las que veía a prostitutas, jóvenes vagabundos, ancianos y enfermos. Se propuso no dejar desasistidos a los niños que podían morir sin recibir el bautismo. Observó qué buena era cualquier manifestación popular de fe, como los desfiles procesionales, pero incapaces para erradicar problemas a los que conduce la falta de cultura. En cambio, una adecuada formación iría penetrando en el estrato social por influjo de la acción individualizada. El problema era que el acceso a ella estaba vedado para los pobres. Y en resolver este vacío puso sus miras. Luego verbalizó este sentimiento: «No hay nada más importante que la educación de la niñez y la juventud puesto que de ella depende toda la vida».
Había ejercido su ministerio en las parroquias de San Livier, de San Víctor y de Santa Cruz. Y cuando se hallaba en Dieuze se produjo una curación prodigiosa por su mediación en un niño moribundo que había sido víctima de un incendio. A la madre, que había acudido a él angustiada buscando su consuelo y a la que aseguró que el niño sanaría, le rogó que fuese prudente ante el hecho. Pero ella proclamó el milagro a los cuatro vientos, lo cual supuso para Juan un cúmulo de problemas e incomprensiones de gran alcance. Otro tanto sucedió cuando emprendió la tarea de instruir a las niñas indigentes de los pueblos a través de la Congregación de Hermanas de la Providencia, fundada por él. La creación de «miniescuelas» en barrios apartados, proyecto que había acariciado y para el que contó con la generosidad de Marguerite Lecomte, fue considerado un golpe bajo para los altos estamentos de la sociedad y suscitó recelos dentro del clero. El obispo vetó la apertura de nuevos centros, y Juan pasó por un trance espiritual doloroso. Luis Jobal le ayudó y compartió con él la convicción de que la obra era fruto de la providencia. El beato siguió confiando en Dios. Además, Marguerite ya había sembrado la semilla de la Congregación nacida bajo el sello de una fe inalterable en las previsiones divinas; no había vuelta atrás. Al tiempo, el prelado levantó la prohibición.
En 1772 recaló en Macao, China. Nunca se había apagado su deseo de ser misionero. «No me prometí convertir primero muchas almas sino hacer y sufrir en China lo que Dios quisiera», dijo después. Durante diez años se integró de tal modo en el país que hasta adoptó la forma externa de vestir de los ciudadanos chinos. Con astucia evangélica, en un lugar que prohibía la presencia de misioneros, recorrió montañas y ríos, ocultándose en los frondosos campos de maíz. Fue descubierto en distintas ocasiones y castigado: «A veces tenía tanto miedo que no sentía el dolor». Jamás dejó de animar, consolar y difundir la fe. Compuso oraciones en chino, lengua que llegó a dominar, bautizó a millares de niños, muchos en trance de morir, ayudó a las mujeres y a los jóvenes, proporcionó formación a los sacerdotes, auxilió a los pobres… Fue un apóstol valeroso y perseverante; un gran confesor que vivió amparado siempre en la oración. Regresó a Francia en 1783 y se dedicó a fortalecer la fe de sus hijas, algunas vacilantes y tendentes a una cierta relajación. Cuidando a soldados enfermos en Tréveris, Alemania, contrajo el tifus. Murió el 4 de mayo de 1793. Pío XII lo beatificó el 21 de noviembre de 1954.
Indudablemente, la vida apostólica no es para los que sueñan con un mullido sofá. El seguidor de Cristo tiene alas en los pies. Trazado sobre su frente, junto a la cruz, exhibe el sello característico de la perseverancia, de la tenacidad. Infatigable, audaz, ante una carencia lejos de discursos estériles actúa, le da inmediata respuesta. En esta sección se constata todos los días. La hermana Marie Agnès Kernel, biógrafa de Juan, afirmó: «El santo es el verdadero amo de la historia, pues es él quien cambia el corazón de quienes hacen la historia». Este beato modificó –al menos en uno de sus aspectos cruciales, el de la educación– una porción de la misma.
Nació el 27 de enero de 1730 en Cutting, Francia. Fue el sexto de trece hermanos. Sus padres eran agricultores con ciertos recursos, personas sensibilizadas y comprometidas con la fe. Antes de nacer, su madre supo por un sueño que sería santo. La tendencia que mostró en su infancia así lo ratificaba. Era un niño en el que calaron hondamente las enseñanzas y el testimonio de su ejemplar familia. Junto a ella comenzó a experimentar una irresistible devoción por la Pasión, se enamoró de todo gesto caritativo, y se abrazó a la penitencia. Amaba la oración, rezaba piadosamente con los brazos en cruz, y tenía arte para conmover el corazón de otros chicos a los que narraba la vida de san Martín y les instruía explicando el catecismo encaramado en un peral. De su madre heredó la generosidad con los necesitados, y si veía a un pobre no dudaba en desprenderse de lo que tenía, incluidos sus zapatos. Fue alumno aventajado en la universidad de Pont-a-Mousson regida por los jesuitas. Estaba dotado para los idiomas, cualidad que le iba a servir, y mucho, en su labor misionera. Fue brillante en los estudios filosófico-teológicos, un gran especialista experto en la historia de la Iglesia.
Se ordenó en 1754 y dada su trayectoria académica pensaron que era idóneo para ocupar la cátedra de letras del seminario mayor. Pero él eligió la misión pastoral y fue designado coadjutor de la parroquia de san Víctor de Metz. Como era un hombre que amaba la virtud, se rodeó expresamente de buenas compañías, sacerdotes íntegros que sabía iban a ayudarle en el alto ideal que se había propuesto. Entre los santos, el de su mayor devoción fue san Francisco de Sales, a quien eligió como patrono. Siendo director espiritual del seminario mayor, halló entre los presbíteros un alma gemela, Luis Jobal, que moriría prematuramente, y del que fue su biógrafo. Ambos compartieron similares anhelos. Tuvieron como objetivo la infancia desamparada y falta de instrucción. Para Juan fue prioritario remediar tantas carencias detectadas en sus constantes incursiones por las calles, en las que veía a prostitutas, jóvenes vagabundos, ancianos y enfermos. Se propuso no dejar desasistidos a los niños que podían morir sin recibir el bautismo. Observó qué buena era cualquier manifestación popular de fe, como los desfiles procesionales, pero incapaces para erradicar problemas a los que conduce la falta de cultura. En cambio, una adecuada formación iría penetrando en el estrato social por influjo de la acción individualizada. El problema era que el acceso a ella estaba vedado para los pobres. Y en resolver este vacío puso sus miras. Luego verbalizó este sentimiento: «No hay nada más importante que la educación de la niñez y la juventud puesto que de ella depende toda la vida».
Había ejercido su ministerio en las parroquias de San Livier, de San Víctor y de Santa Cruz. Y cuando se hallaba en Dieuze se produjo una curación prodigiosa por su mediación en un niño moribundo que había sido víctima de un incendio. A la madre, que había acudido a él angustiada buscando su consuelo y a la que aseguró que el niño sanaría, le rogó que fuese prudente ante el hecho. Pero ella proclamó el milagro a los cuatro vientos, lo cual supuso para Juan un cúmulo de problemas e incomprensiones de gran alcance. Otro tanto sucedió cuando emprendió la tarea de instruir a las niñas indigentes de los pueblos a través de la Congregación de Hermanas de la Providencia, fundada por él. La creación de «miniescuelas» en barrios apartados, proyecto que había acariciado y para el que contó con la generosidad de Marguerite Lecomte, fue considerado un golpe bajo para los altos estamentos de la sociedad y suscitó recelos dentro del clero. El obispo vetó la apertura de nuevos centros, y Juan pasó por un trance espiritual doloroso. Luis Jobal le ayudó y compartió con él la convicción de que la obra era fruto de la providencia. El beato siguió confiando en Dios. Además, Marguerite ya había sembrado la semilla de la Congregación nacida bajo el sello de una fe inalterable en las previsiones divinas; no había vuelta atrás. Al tiempo, el prelado levantó la prohibición.
En 1772 recaló en Macao, China. Nunca se había apagado su deseo de ser misionero. «No me prometí convertir primero muchas almas sino hacer y sufrir en China lo que Dios quisiera», dijo después. Durante diez años se integró de tal modo en el país que hasta adoptó la forma externa de vestir de los ciudadanos chinos. Con astucia evangélica, en un lugar que prohibía la presencia de misioneros, recorrió montañas y ríos, ocultándose en los frondosos campos de maíz. Fue descubierto en distintas ocasiones y castigado: «A veces tenía tanto miedo que no sentía el dolor». Jamás dejó de animar, consolar y difundir la fe. Compuso oraciones en chino, lengua que llegó a dominar, bautizó a millares de niños, muchos en trance de morir, ayudó a las mujeres y a los jóvenes, proporcionó formación a los sacerdotes, auxilió a los pobres… Fue un apóstol valeroso y perseverante; un gran confesor que vivió amparado siempre en la oración. Regresó a Francia en 1783 y se dedicó a fortalecer la fe de sus hijas, algunas vacilantes y tendentes a una cierta relajación. Cuidando a soldados enfermos en Tréveris, Alemania, contrajo el tifus. Murió el 4 de mayo de 1793. Pío XII lo beatificó el 21 de noviembre de 1954.
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