domingo, 3 de agosto de 2014
Lecturas
Así dice el Señor:
«Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde.
¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad el oído, venid a mí escuchadme, y viviréis. Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David.»
Hermanos:
¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?
Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos.
Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: -«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»
Jesús les replicó: -«No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»
Ellos le replicaron: -«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»
Les dijo: -«Traédmelos.»
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
Palabra del Señor.
Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.
Homilía
El texto de Isaías-primera lectura-nos exhorta a fiarnos de las promesas de Dios, porque llegan tiempos mejores y un horizonte de esperanza con la futura llegada del Mesías prometido al rey David.
El pueblo acaba de regresar del destierro de Babilonia después de sufrir allí múltiples penalidades. Ansía recuperar su libertad, sembrar los campos, reconstruir el templo de Jerusalén, erigir ciudades y disfrutar de los bienes de la tierra para vivir con dignidad.
Las fiestas sociales, especialmente los desposorios, donde se reúnen familiares y amigos tienen, tanto en el Reino de Israel como en el de Judá, un marcado sentido religioso, que rememora la unión sagrada entre Dios y su Pueblo, que se celebras con el consumo de manjares, vedados durante el resto del año, y vinos de solera.
Las palabras del profeta:
“Venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde”.
(Isaías 55, 1), son como un anticipo de la llegada del Reino de Dios, capaz de saciar la sed y apagar el hambre de la gente.
Esto queda reflejado en el salmo 144, 15: “Los ojos de todos te están aguardando, Señor, tú les das la comida a su tiempo”.
Jesús irrumpe- evangelio de hoy, en un ambiente sociológico especial que, en Galilea, tierra de gentiles, se traduce en necesidades físicas y espirituales. Escasean los alimentos y sobran los opresores que exprimen y explotan al pueblo. Muchos pasan hambre.
Jesús es sensible a las necesidades de la multitud que le sigue, y se compadece de ella, porque pone tanto interés en escucharle que se olvida de traer alimentos.
No interviene personalmente para remediarlas. Tan sólo dice:
“Dadles vosotros de comer”
(Mateo 14, 16).
Es una forma de recabar la colaboración humana, en este caso de cinco panes y dos peces, para realizar el milagro.
“Dadles vosotros de comer”, es una orden que promueve el ejercicio de la misericordia y el amor, y desemboca en el reconocimiento final de Dios:
“Tuve hambre y me disteis de comer” (Mateo 25, 35).
El pueblo acaba de regresar del destierro de Babilonia después de sufrir allí múltiples penalidades. Ansía recuperar su libertad, sembrar los campos, reconstruir el templo de Jerusalén, erigir ciudades y disfrutar de los bienes de la tierra para vivir con dignidad.
Las fiestas sociales, especialmente los desposorios, donde se reúnen familiares y amigos tienen, tanto en el Reino de Israel como en el de Judá, un marcado sentido religioso, que rememora la unión sagrada entre Dios y su Pueblo, que se celebras con el consumo de manjares, vedados durante el resto del año, y vinos de solera.
Las palabras del profeta:
“Venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde”.
(Isaías 55, 1), son como un anticipo de la llegada del Reino de Dios, capaz de saciar la sed y apagar el hambre de la gente.
Esto queda reflejado en el salmo 144, 15: “Los ojos de todos te están aguardando, Señor, tú les das la comida a su tiempo”.
Jesús irrumpe- evangelio de hoy, en un ambiente sociológico especial que, en Galilea, tierra de gentiles, se traduce en necesidades físicas y espirituales. Escasean los alimentos y sobran los opresores que exprimen y explotan al pueblo. Muchos pasan hambre.
Jesús es sensible a las necesidades de la multitud que le sigue, y se compadece de ella, porque pone tanto interés en escucharle que se olvida de traer alimentos.
No interviene personalmente para remediarlas. Tan sólo dice:
“Dadles vosotros de comer”
(Mateo 14, 16).
Es una forma de recabar la colaboración humana, en este caso de cinco panes y dos peces, para realizar el milagro.
“Dadles vosotros de comer”, es una orden que promueve el ejercicio de la misericordia y el amor, y desemboca en el reconocimiento final de Dios:
“Tuve hambre y me disteis de comer” (Mateo 25, 35).
La práctica de la caridad entra de lleno en la esencia de la fe, hasta tal punto que el apóstol Santiago llega a afirmar que “una fe sin obras es una fe muerta” (Santiago 2, 17).
Los primeros cristianos nombran diáconos para ocuparse de los pobres y abren una tradición de socorro a los necesitados, que es una constante en todas las épocas del cristianismo.
Hoy abundan las instituciones dedicadas a este menester; entre ellas, las dos grandes avanzadillas de la Iglesia: Cáritas y Manos Unidas, cabezas visibles del compartir de bienes.
Todos sabemos la ingente labor que están realizando en estos momentos de crisis; hasta sus mismos enemigos la reconocen, porque no les queda otro remedio.
¿Qué sería de nuestra sociedad sin los centros de acogida a los pobres sin techo, a los ancianos desamparados, a los enfermos, a los inmigrantes, a las mujeres maltratadas, a los marginados de los circuitos económicos, a los parados sin recursos?
¿Qué sería de nuestra sociedad sin los comedores sociales, sin las parroquias, que fomentan la solidaridad y recaban constantemente ayuda de los feligreses?
¿Qué sería de nuestra sociedad sin los millares de voluntarios, que entregan su tiempo, su salud y su dinero para paliar o cubrir las necesidades de los demás?
¿Qué hacen los partidos políticos, los sindicatos, las multinacionales o la banca, mientras tanto, además de perderse en elucubraciones ideológicas, descalificaciones mutuas, discursos demagógicos y promesas de futuro que casi nunca se cumplen?
¿Por qué algunos de ellos critican duramente a la Iglesia, cuando no mueven un dedo por los pobres a los que dicen defender?
Los cristianos de a pie estamos hartos de soportar insultos por parte de quienes mantienen en sus programas políticos la lucha de clases, la religión como enemiga del progreso o el odio a todo lo religioso, residuo atávico de un anticlericalismo, que hoy no tiene razón de ser, porque los sacerdotes apenas cobran el salario mínimo interprofesional y la mayoría de las parroquias llegan a fin de mes con las arcas vacías.
¿Acaso reparten sus ganancias con los pobres?
Una cosa es predicar y otra dar trigo. Y si no, ¡qué pregunten a Cáritas y a Manos Unidas, y tomen buena nota de dónde proceden las ayudas!
Los centros públicos cierran sábados y domingos, días en los que los pobres también comen. Pero Cáritas está ahí.
Si miramos por dentro, nos sorprenderemos cómo se puede llegar a todos con los donativos de la solidaridad, sin aspavientos, sin ostentaciones propagandísticas y sin el apoyo de los medios de comunicación social.
La caridad no es ruidosa, tiene su morada en el silencio y su válvula de escape en llevar la alegría a los tristes, consuelo a los afligidos y auxilio a los desesperados; casi siempre a través de personas anónimas, cuyo único galardón es ser reconocidas por Dios y disfrutar de la tranquilidad de conciencia de lo bien hecho.
El milagro de la multiplicación de los cinco panes y los dos peces se produce actualmente cada día. Abramos los ojos para verlo.
Los primeros cristianos nombran diáconos para ocuparse de los pobres y abren una tradición de socorro a los necesitados, que es una constante en todas las épocas del cristianismo.
Hoy abundan las instituciones dedicadas a este menester; entre ellas, las dos grandes avanzadillas de la Iglesia: Cáritas y Manos Unidas, cabezas visibles del compartir de bienes.
Todos sabemos la ingente labor que están realizando en estos momentos de crisis; hasta sus mismos enemigos la reconocen, porque no les queda otro remedio.
¿Qué sería de nuestra sociedad sin los centros de acogida a los pobres sin techo, a los ancianos desamparados, a los enfermos, a los inmigrantes, a las mujeres maltratadas, a los marginados de los circuitos económicos, a los parados sin recursos?
¿Qué sería de nuestra sociedad sin los comedores sociales, sin las parroquias, que fomentan la solidaridad y recaban constantemente ayuda de los feligreses?
¿Qué sería de nuestra sociedad sin los millares de voluntarios, que entregan su tiempo, su salud y su dinero para paliar o cubrir las necesidades de los demás?
¿Qué hacen los partidos políticos, los sindicatos, las multinacionales o la banca, mientras tanto, además de perderse en elucubraciones ideológicas, descalificaciones mutuas, discursos demagógicos y promesas de futuro que casi nunca se cumplen?
¿Por qué algunos de ellos critican duramente a la Iglesia, cuando no mueven un dedo por los pobres a los que dicen defender?
Los cristianos de a pie estamos hartos de soportar insultos por parte de quienes mantienen en sus programas políticos la lucha de clases, la religión como enemiga del progreso o el odio a todo lo religioso, residuo atávico de un anticlericalismo, que hoy no tiene razón de ser, porque los sacerdotes apenas cobran el salario mínimo interprofesional y la mayoría de las parroquias llegan a fin de mes con las arcas vacías.
¿Acaso reparten sus ganancias con los pobres?
Una cosa es predicar y otra dar trigo. Y si no, ¡qué pregunten a Cáritas y a Manos Unidas, y tomen buena nota de dónde proceden las ayudas!
Los centros públicos cierran sábados y domingos, días en los que los pobres también comen. Pero Cáritas está ahí.
Si miramos por dentro, nos sorprenderemos cómo se puede llegar a todos con los donativos de la solidaridad, sin aspavientos, sin ostentaciones propagandísticas y sin el apoyo de los medios de comunicación social.
La caridad no es ruidosa, tiene su morada en el silencio y su válvula de escape en llevar la alegría a los tristes, consuelo a los afligidos y auxilio a los desesperados; casi siempre a través de personas anónimas, cuyo único galardón es ser reconocidas por Dios y disfrutar de la tranquilidad de conciencia de lo bien hecho.
El milagro de la multiplicación de los cinco panes y los dos peces se produce actualmente cada día. Abramos los ojos para verlo.
“Cuentan que dos hermanos, uno soltero y otro casado y con cinco hijos, poseían una granja de suelo fértil, cuyos frutos se repartían a partes iguales. Así lo hicieron varios años.
El hermano casado empezó a sobresaltarse años después por las noches y pensó:.
Y esa misma noche cogió un saco de trigo de su cosecha y lo vació sigilosamente en el granero de su hermano.
El hermano soltero también empezó a despertarse por las noches y a decirse a sí mismo:.
Y esa misma noche cogió un saco de trigo de su cosecha y lo vació sigilosamente en el granero de su hermano.
Un noche coincidieron ambos por el camino y tropezaron uno con otro, cada cual con un saco de grano a la espalda.
Muchos años más tarde, cuando ya habían muerto los dos, el hecho se conoció en toda la comarca, y los ciudadanos decidieron levantar un templo en el lugar del encuentro de los dos hermanos, porque creían que no había otro sitio más santo que aquél”.
La caridad es la cara visible del Amor, de un Amor que celebramos cada domingo en la Eucaristía.
El hermano casado empezó a sobresaltarse años después por las noches y pensó:
Y esa misma noche cogió un saco de trigo de su cosecha y lo vació sigilosamente en el granero de su hermano.
El hermano soltero también empezó a despertarse por las noches y a decirse a sí mismo:
Y esa misma noche cogió un saco de trigo de su cosecha y lo vació sigilosamente en el granero de su hermano.
Un noche coincidieron ambos por el camino y tropezaron uno con otro, cada cual con un saco de grano a la espalda.
Muchos años más tarde, cuando ya habían muerto los dos, el hecho se conoció en toda la comarca, y los ciudadanos decidieron levantar un templo en el lugar del encuentro de los dos hermanos, porque creían que no había otro sitio más santo que aquél”.
La caridad es la cara visible del Amor, de un Amor que celebramos cada domingo en la Eucaristía.
Santa Juana Francisca de Chantal
Que Santa Juana nos consiga de Dios la gracia de dedicar totalmente nuestra vida y nuestras fuerzas y capacidades a propagar el Reino de Dios y a conseguir la salvación de muchas almas.
Nadie tiene mayor amor que quien sacrifica su vida por los demás (Jesucristo Jn. 15, 13).
Esta santa fue la más activa colaboradora de San Francisco de Sales en la fundación de la comunidad de las Hermanas de la Visitación.
Nació en Dijon, Francia, en 1572. Era hija del Presidente del Parlamento de esa región, el Sr. Fremiot, hombre muy distinguido y apreciado. Su santa madre murió cuando la niñá tenía apenas 18 meses, y toda la educación de la futura santa en sus primeros años corrió por cuenta de su padre, el cual supo encaminarla hacia la consecución de una gran personalidad.
Cuando la niña tenía aproximadamente unos ocho años, llegó a su casa un protestante, el cual decía que no era posible que Dios convirtiera una hostia en el cuerpo de Cristo. La jovencita le preguntó: "¿Sabe Ud. el Credo?". - Claro que sí, respondió el otro- "¡Pués dígalo!" Y el protestante empezó a decir: Creo en Dios Padre Todopoderoso... En ese momento Juana lo interrumpió exclamando: -¡Uy, no diga Ud. eso de que Dios es Todopoderoso!- ¿Por qué? - ¡Porque si Dios no puede hacer que una hostia se convierta en el cuerpo de Jesucristo, ya Dios no es Todopoderoso!- El otro no fue capaz de responderle.
En 1592, al cumplir Juana sus 20 años, se casó con el Barón de Chantal, un aguerrido militar que poseía un castillo cerca al de la familia de la joven. En adelante ella se llamará la Señora Fermiot de Chantal. Su matrimonio transcurrió felizmente por nueve años, y tuvierón un hijo y tres hijas. Pero en 1601 el esposo salió de cacería y a uno de sus compañeros se le disparó el arma y lo hirió mortalmente. Ya moribundo el Sr. Chantal hizo jurar a Juana que no tomaría ninguna venganza contra el que lo había herido, y murió santamente. Ella quedaba viuda de sólo 29 años y con cuatro hijos pequeños. Fue después madrina de los hijos del que había matado a su marido, y para demostrar que sí perdonaba totalemente, ayudó siempre a esa familia.
Por dos años le pidió a Nuestro Señor la gracia de encontrar un director espiritual que la encaminara hacia la santidad. Y una vez en sueños vio a un sacerdote alto y venerable, y oyó una voz que le decía: "Ese es". - Ella no lo había visto nunca antes. Y en el año 1604 San Francisco de Sales fue a la ciudad de Dijon a predicar la Cuaresma, y Juana asistió a sus sermones, y tan pronto lo vio la primera vez, se dio cuenta de que este era el sacerdote que le había sido indicado en el sueño. Por su parte San Francisco fijó su atención en una señora de riguroso luto que le atendía muy esmeradamente su sermón y al terminar la predicación le preguntó al Sr. Arzobispo quién era la tal señora.- "Es mi hermana - le dijo el prelado - y mañana se la presento". Al día siguiente llevó a su hermanaa Juana a visitar a Monseñor de Sales.
Desde el primer día en que se encontraron, San Francisco de Sales y Santa Juana de Chantal, se dieron cuenta de que estaban destinados a ayudarse fuertemente en lo espiritual el uno al otro. La santa hizo con él una confesión general de toda su vida, y le pidió que fuera su director espiritual. Esta amistad santa la hará progresar mucho en la perfección. El personal de servicio que había en el Castillo de Dijon, donde Juana vivía (al lado de su suegro duro gruñón, que la hizo sufrir muchísimo, pero del cual ella nunca se quejó), comentaba: "Esta señora ha cambiado como la noche al día, desde que recibe consejos del santo obispo de Sales. Ahora es mucho más amable y bondadosa".
La viuda Juana se dedicó a educar a sus hijos, y a administrar muy bien los bienes que le había dejado su marido, y a repartir cuantiosas limosnas a los pobres. Había hambre y escasez en el país y cada día una gran fila de mendicantes llegaba al castillo a recibir abundante comida y buenas atenciones médicas. Ella misma visitaba en sus ranchos a los que estaban postrados y asistía a los enfermos más repugnantes y abandonados. Todo el numeroso personal de trabajadores de sus fincas rezaba las oraciones por la mañana y por la noche, asistía a misa cada domingo y recibía instrucciones religiosas cada semana. La amaban como a madre cariñosa.
Su inmenso deseo era el de hacerse religiosa, pero San Francisco se oponía a ello, porque primero tenía que educar bien a sus hijos. Finalmente cuando estos ya estuvieron bien formados y preparados para triunfar en la vida, el santo aceptó que se fuera de religiosa. Pero entonces su padre y sus hijos se opusieron totalmente. El papa se le arrodilló llorando, a suplicarle que no se alejara de los suyos, pero ella seguía inconmovible en su determinación de seguir su vocación. Su hijo se acostó en la puerta diciendo que tendría que pasar sobre él si quería irse de religiosa. La valiente mujer, pasó sobre el cuerpo de su muy amado hijo, y casi desmayada por su inmenso pesar se alejó llorando y partió velozmente hacia el sitio en donde iba a empezar su labor de religiosa. Todos sus parientes se alegrarán después y se felicitarán por tener de familiar a una religiosa de tanto prestigio y de tan grande santidad.
San Francisco de Sales había preparado con muchos años de oración y de meditación la fundación de una nueva comunidad de religiosas. Las llamó Hermanas de la Visitación de la Sma. Virgen. El santo obispo encontró en Juana Francisca la mujer ideal para que le dirigiera su comunidad de mujeres. Así que en 1610, los dos santos emprendieron la fundación de esta nueva Congregación que tantos triunfos religiosos le iba a proporcionar a la Iglesia Católica. Esta comunidad tenía la especialidad de que recibía personas aun con graves defectos, y muy pobres, con tal de que tuvieran un fuerte deseo de llegar a la santidad. San Francisco repetía que cada casa religiosa es un hospital de almas a donde acuden quienes tienen el alma enferma, pero desean conseguir su curación espiritual.
Pronto se hizo popular en el mundo el Reglamento tan bondadoso y humano que el santo de Sales redactó para sus religiosas de la Visitación. Se propuso que no fuera "ni demasiado duro para las débiles, ni demasiado suave para las fuertes". El santo quería que la bondad, la mansedumbre y la humildad fueran las características o distintivos de sus religiosas, y santa Juana y sus compañeras se propusieron llevar a la práctica lo mejor posible estos ideales del santo fundador.
Para ellas y para las demás mujeres que desearan llegar a la santidad por medios fáciles y sencillos, compuso San Francisco tres libros formidables que han hecho inmenso bien en todo el mundo "La Práctica del amor de Dios" (el preferido por Santa Juana), que la llevó a ella a un altísimo grado de amor hacia nuestro Señor. "Las conversaciones Espirituales" (que son las charlas que el santo les hacía a las religiosas cuando iba a visitarlas y que la Madre Chantal y sus compañeras fueron copiando cuidadosamente) y El arte de aprovachar nuestras faltas que no fue redactado como libro por el santo, sino que ha sido extractado de los centenares de cartas que el escribió a las personas a las cuales proporcionaba dirección espiritual por correspondencia. Estos escritos sumados a su libro más famoso "La introducción a la Vida Devota" (o Filotea) llevaron a la Madre Chantal y a sus compañeras a un altísimo grado deespiritualidad.
Su padre, el Presidente Fremiot, había formado a Juana con una rigidez especial, como preparándola para terribilísimos problemas que se le pudieran presentar en la vida, y esta formación le llegó muy oportuna, porque el sartal de dificultades que le fueron llegando, parecía interminable.
Primero fue la muerte inesperada de su esposo en tan absurdo accidente y el aguantar pacientemente por años a su suegro, viejo gruñón y cansón. Luego su hijo Celso, al cual había preparado con tanto esmero, entró de militar, y al salir a defender la patria contra los invasores extranjeros y contra los herejes hugonotes, cayó muerto en la batalla, dejando una viuda muy joven y una niña recién nacida (de cuya formación tuvo que encargarse la madre Chantal). Una de sus hijas se casó con un alto empleado de la corte, el cual murió inesperadamente en una epidemia, y la joven esposa en medio de grandes angustias murió al dar a luz a su primer hijo.
En 1622 murió San Francisco de Sales, dejándola sola al frente de una numerosa Comunidad, recién fundada, y luego llegó la peste que acabó con buena parte de las religosas de su comunidad. Además de todo esto, la alta sociedad no dejaba de criticarla y burlarse de ella por haber entrado de religiosa (San Francisco le escribía una vez: "Si Ud. se hubiera casado nuevamente con un señor riquísimo, la gente no la criticaría, pero como se dedicó a servir al Creador del cielo y de la tierra, ahora sí que la critican sin compasión. Ánimo: trabajar y hacer el bien incansablemente, y dejar que murmuren hasta que se revienten").
Cuando San Francisco de Sales murió, se encargó de la dirección espiritual de Juana y de sus religiosas, San Vicente de Paul, y este santo dejó de ella el siguiente retrato espiritual: "Era una mujer de gran fe y sin embargo tuvo tentaciones contra la fe toda su vida. Aparentemente había alcanzado la paz y la tranquilidad del espíritu, pero en su interior sufría terribles pruebas, tentaciones abominables y una sequedad espiritual que la hacía sufrir mucho. La vista de su propia alma la atormentaba. Pero en medio de tan grandes sufrimientos jamás perdió la serenidad y el buen genio, y todo lo hacía por amor a Dios y por la salvación de las almas. Por eso la considero como una de las almas más santas que haya habido sobre la tierra". Magnífico elogio hecho por un gran santo, acerca de una santa admirable.
En 1641 había visitado ya uno por uno los 65 conventos que su comunidad tenía en varios países. Tenía 69 años. Le había dicho a Nuestro Señor: "Puedes destruir y cortar y quemar todo lo que en mí y en mi vida te parezca que es necesario sacrificar para cooperar a la extensión de tu reino". Y Dios le había aceptado su generoso ofrecimiento. Extenuada y falta de fuerzas a causa de tanto trabajar y sacrificarse por la salvación de las almas, expiró santamente el 13 de diciembre de ese mismo año, 1641. El Papa la declaró santa en 1767.
Nadie tiene mayor amor que quien sacrifica su vida por los demás (Jesucristo Jn. 15, 13).
Esta santa fue la más activa colaboradora de San Francisco de Sales en la fundación de la comunidad de las Hermanas de la Visitación.
Nació en Dijon, Francia, en 1572. Era hija del Presidente del Parlamento de esa región, el Sr. Fremiot, hombre muy distinguido y apreciado. Su santa madre murió cuando la niñá tenía apenas 18 meses, y toda la educación de la futura santa en sus primeros años corrió por cuenta de su padre, el cual supo encaminarla hacia la consecución de una gran personalidad.
Cuando la niña tenía aproximadamente unos ocho años, llegó a su casa un protestante, el cual decía que no era posible que Dios convirtiera una hostia en el cuerpo de Cristo. La jovencita le preguntó: "¿Sabe Ud. el Credo?". - Claro que sí, respondió el otro- "¡Pués dígalo!" Y el protestante empezó a decir: Creo en Dios Padre Todopoderoso... En ese momento Juana lo interrumpió exclamando: -¡Uy, no diga Ud. eso de que Dios es Todopoderoso!- ¿Por qué? - ¡Porque si Dios no puede hacer que una hostia se convierta en el cuerpo de Jesucristo, ya Dios no es Todopoderoso!- El otro no fue capaz de responderle.
En 1592, al cumplir Juana sus 20 años, se casó con el Barón de Chantal, un aguerrido militar que poseía un castillo cerca al de la familia de la joven. En adelante ella se llamará la Señora Fermiot de Chantal. Su matrimonio transcurrió felizmente por nueve años, y tuvierón un hijo y tres hijas. Pero en 1601 el esposo salió de cacería y a uno de sus compañeros se le disparó el arma y lo hirió mortalmente. Ya moribundo el Sr. Chantal hizo jurar a Juana que no tomaría ninguna venganza contra el que lo había herido, y murió santamente. Ella quedaba viuda de sólo 29 años y con cuatro hijos pequeños. Fue después madrina de los hijos del que había matado a su marido, y para demostrar que sí perdonaba totalemente, ayudó siempre a esa familia.
Por dos años le pidió a Nuestro Señor la gracia de encontrar un director espiritual que la encaminara hacia la santidad. Y una vez en sueños vio a un sacerdote alto y venerable, y oyó una voz que le decía: "Ese es". - Ella no lo había visto nunca antes. Y en el año 1604 San Francisco de Sales fue a la ciudad de Dijon a predicar la Cuaresma, y Juana asistió a sus sermones, y tan pronto lo vio la primera vez, se dio cuenta de que este era el sacerdote que le había sido indicado en el sueño. Por su parte San Francisco fijó su atención en una señora de riguroso luto que le atendía muy esmeradamente su sermón y al terminar la predicación le preguntó al Sr. Arzobispo quién era la tal señora.- "Es mi hermana - le dijo el prelado - y mañana se la presento". Al día siguiente llevó a su hermanaa Juana a visitar a Monseñor de Sales.
Desde el primer día en que se encontraron, San Francisco de Sales y Santa Juana de Chantal, se dieron cuenta de que estaban destinados a ayudarse fuertemente en lo espiritual el uno al otro. La santa hizo con él una confesión general de toda su vida, y le pidió que fuera su director espiritual. Esta amistad santa la hará progresar mucho en la perfección. El personal de servicio que había en el Castillo de Dijon, donde Juana vivía (al lado de su suegro duro gruñón, que la hizo sufrir muchísimo, pero del cual ella nunca se quejó), comentaba: "Esta señora ha cambiado como la noche al día, desde que recibe consejos del santo obispo de Sales. Ahora es mucho más amable y bondadosa".
La viuda Juana se dedicó a educar a sus hijos, y a administrar muy bien los bienes que le había dejado su marido, y a repartir cuantiosas limosnas a los pobres. Había hambre y escasez en el país y cada día una gran fila de mendicantes llegaba al castillo a recibir abundante comida y buenas atenciones médicas. Ella misma visitaba en sus ranchos a los que estaban postrados y asistía a los enfermos más repugnantes y abandonados. Todo el numeroso personal de trabajadores de sus fincas rezaba las oraciones por la mañana y por la noche, asistía a misa cada domingo y recibía instrucciones religiosas cada semana. La amaban como a madre cariñosa.
Su inmenso deseo era el de hacerse religiosa, pero San Francisco se oponía a ello, porque primero tenía que educar bien a sus hijos. Finalmente cuando estos ya estuvieron bien formados y preparados para triunfar en la vida, el santo aceptó que se fuera de religiosa. Pero entonces su padre y sus hijos se opusieron totalmente. El papa se le arrodilló llorando, a suplicarle que no se alejara de los suyos, pero ella seguía inconmovible en su determinación de seguir su vocación. Su hijo se acostó en la puerta diciendo que tendría que pasar sobre él si quería irse de religiosa. La valiente mujer, pasó sobre el cuerpo de su muy amado hijo, y casi desmayada por su inmenso pesar se alejó llorando y partió velozmente hacia el sitio en donde iba a empezar su labor de religiosa. Todos sus parientes se alegrarán después y se felicitarán por tener de familiar a una religiosa de tanto prestigio y de tan grande santidad.
San Francisco de Sales había preparado con muchos años de oración y de meditación la fundación de una nueva comunidad de religiosas. Las llamó Hermanas de la Visitación de la Sma. Virgen. El santo obispo encontró en Juana Francisca la mujer ideal para que le dirigiera su comunidad de mujeres. Así que en 1610, los dos santos emprendieron la fundación de esta nueva Congregación que tantos triunfos religiosos le iba a proporcionar a la Iglesia Católica. Esta comunidad tenía la especialidad de que recibía personas aun con graves defectos, y muy pobres, con tal de que tuvieran un fuerte deseo de llegar a la santidad. San Francisco repetía que cada casa religiosa es un hospital de almas a donde acuden quienes tienen el alma enferma, pero desean conseguir su curación espiritual.
Pronto se hizo popular en el mundo el Reglamento tan bondadoso y humano que el santo de Sales redactó para sus religiosas de la Visitación. Se propuso que no fuera "ni demasiado duro para las débiles, ni demasiado suave para las fuertes". El santo quería que la bondad, la mansedumbre y la humildad fueran las características o distintivos de sus religiosas, y santa Juana y sus compañeras se propusieron llevar a la práctica lo mejor posible estos ideales del santo fundador.
Para ellas y para las demás mujeres que desearan llegar a la santidad por medios fáciles y sencillos, compuso San Francisco tres libros formidables que han hecho inmenso bien en todo el mundo "La Práctica del amor de Dios" (el preferido por Santa Juana), que la llevó a ella a un altísimo grado de amor hacia nuestro Señor. "Las conversaciones Espirituales" (que son las charlas que el santo les hacía a las religiosas cuando iba a visitarlas y que la Madre Chantal y sus compañeras fueron copiando cuidadosamente) y El arte de aprovachar nuestras faltas que no fue redactado como libro por el santo, sino que ha sido extractado de los centenares de cartas que el escribió a las personas a las cuales proporcionaba dirección espiritual por correspondencia. Estos escritos sumados a su libro más famoso "La introducción a la Vida Devota" (o Filotea) llevaron a la Madre Chantal y a sus compañeras a un altísimo grado deespiritualidad.
Su padre, el Presidente Fremiot, había formado a Juana con una rigidez especial, como preparándola para terribilísimos problemas que se le pudieran presentar en la vida, y esta formación le llegó muy oportuna, porque el sartal de dificultades que le fueron llegando, parecía interminable.
Primero fue la muerte inesperada de su esposo en tan absurdo accidente y el aguantar pacientemente por años a su suegro, viejo gruñón y cansón. Luego su hijo Celso, al cual había preparado con tanto esmero, entró de militar, y al salir a defender la patria contra los invasores extranjeros y contra los herejes hugonotes, cayó muerto en la batalla, dejando una viuda muy joven y una niña recién nacida (de cuya formación tuvo que encargarse la madre Chantal). Una de sus hijas se casó con un alto empleado de la corte, el cual murió inesperadamente en una epidemia, y la joven esposa en medio de grandes angustias murió al dar a luz a su primer hijo.
En 1622 murió San Francisco de Sales, dejándola sola al frente de una numerosa Comunidad, recién fundada, y luego llegó la peste que acabó con buena parte de las religosas de su comunidad. Además de todo esto, la alta sociedad no dejaba de criticarla y burlarse de ella por haber entrado de religiosa (San Francisco le escribía una vez: "Si Ud. se hubiera casado nuevamente con un señor riquísimo, la gente no la criticaría, pero como se dedicó a servir al Creador del cielo y de la tierra, ahora sí que la critican sin compasión. Ánimo: trabajar y hacer el bien incansablemente, y dejar que murmuren hasta que se revienten").
Cuando San Francisco de Sales murió, se encargó de la dirección espiritual de Juana y de sus religiosas, San Vicente de Paul, y este santo dejó de ella el siguiente retrato espiritual: "Era una mujer de gran fe y sin embargo tuvo tentaciones contra la fe toda su vida. Aparentemente había alcanzado la paz y la tranquilidad del espíritu, pero en su interior sufría terribles pruebas, tentaciones abominables y una sequedad espiritual que la hacía sufrir mucho. La vista de su propia alma la atormentaba. Pero en medio de tan grandes sufrimientos jamás perdió la serenidad y el buen genio, y todo lo hacía por amor a Dios y por la salvación de las almas. Por eso la considero como una de las almas más santas que haya habido sobre la tierra". Magnífico elogio hecho por un gran santo, acerca de una santa admirable.
En 1641 había visitado ya uno por uno los 65 conventos que su comunidad tenía en varios países. Tenía 69 años. Le había dicho a Nuestro Señor: "Puedes destruir y cortar y quemar todo lo que en mí y en mi vida te parezca que es necesario sacrificar para cooperar a la extensión de tu reino". Y Dios le había aceptado su generoso ofrecimiento. Extenuada y falta de fuerzas a causa de tanto trabajar y sacrificarse por la salvación de las almas, expiró santamente el 13 de diciembre de ese mismo año, 1641. El Papa la declaró santa en 1767.
sábado, 2 de agosto de 2014
Lecturas
En aquellos días, los sacerdotes y los profetas dijeron a los príncipes y al pueblo: -«Este hombre es reo de muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como lo habéis oído con vuestros oídos.» Jeremías respondió a los príncipes y al pueblo: -«El Señor me envió a profetizar contra este templo y esta ciudad las palabras que habéis oído.
Pero, ahora, enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, escuchad la voz del Señor, vuestro Dios; y el Señor se arrepentirá de la amenaza que pronunció contra vosotros.
Yo, por mi parte, estoy en vuestras manos: haced de mi lo que mejor os parezca. Pero, sabedlo bien: si vosotros me matáis, echáis sangre inocente sobre vosotros, sobre esta ciudad y sus habitantes.
Porque ciertamente me ha enviado el Señor a vosotros, a predicar a vuestros oídos estas palabras. »
Los príncipes del pueblo dijeron a los sacerdotes y profetas: -«Este hombre no es reo de muerte, porque nos ha hablado en nombre del Señor, nuestro, Dios.»
Entonces Ajicán, hijo de Safán, se hizo cargo de Jeremías, para que no lo entregaran al pueblo para matarlo.
En aquel tiempo, oyó el virrey Herodes lo que se contaba de Jesús y dijo a sus ayudantes:
-«Ése es Juan Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso los poderes actúan en él. »
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado, por motivo de Herodías, mujer de su hermano Filipo; porque Juan le decía que no le estaba permitido vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta.
El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos, y le gustó tanto a Herodes que juró darle lo que pidiera.
Ella, instigada por su madre, le dijo:
-«Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan Bautista. »
El rey lo sintió; pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran; y mandó decapitar a Juan en la cárcel.
Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven, y ella se la llevó a su madre.
Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús.
Palabra del Señor.
Beato Pedro Fabro
Refiere el padre Diego Laínez que cuando, en 1535, San Ignacio salió de París para atender en España a su salud quebrantada, dejó "al buen maestro Pedro Fabro como hermano mayor de todos" los compañeros de un mismo ideal, consagrado meses antes con voto en la colina de Montmartre. Este era el Beato Fabro: el primer sacerdote de la Compañía, ordenado tres semanas antes de aquel voto, y el primer miembro de aquel grupo estable de hombres excepcionales que, con San Ignacio a la cabeza, habían de fundar una nueva Orden.
Oriundo del pueblecito de Villaret, parroquia de San Juan de Sixt, situado en las faldas del Gran Bornand en el ducado de Saboya, donde había visto la luz primera durante las alegrías pascuales de 1506, aquel sencillo y humilde pastorcito ya a los diez años había sentido una atracción irresistible hacia el estudio. Sus padres, movidos por las lágrimas del niño, se vieron obligados a modificar los planes que sobre él tenían y ponerle a estudiar, primero en el vecino pueblo de Thónes y a los dos años en La Roche, bajo la dirección del piadoso sacerdote Pedro Velliard, que le educó no menos en la doctrina que en el temor de Dios.
Siete años permaneció en aquella escuela, hasta que a los diecinueve de edad, en 1525, se dirigió a París para empezar el curso de artes o filosofía en el colegio de Santa Bárbara. La Providencia guiaba sus pasos para que, sin él preverlo ni pretenderlo, se fuese encontrando con sus futuros compañeros. En aquel colegio tuvo como maestro al español Juan de la Peña, el cual, a su vez, cuando encontraba alguna dificultad en la lectura de Aristóteles, se la consultaba a Pedro Fabro, porque "era buen griego". Maestro y discípulo compartían una misma habitación, en la que también por aquel mismo tiempo encontró alojamiento un condiscípulo de Fabro y de su misma edad, nacido solamente seis días antes que él: el navarro Francisco Javier. Más adelante, en octubre de 1529, se les juntó un tercer compañero, quince años mayor que ellos, destinado por Dios a ejercer un influjo decisivo en su vida: era Ignacio de Loyola. Esta convivencia y comunidad de estudios no podía menos de acercar a estos tres nobles espíritus; pero mientras Javier tardó todavía varios años en dejar sus planes de mundo; el dulce saboyano se rindió más fácilmente al ascendiente que sobre él ejercía Ignacio. Dios se valió de un difícil período de escrúpulos y luchas interiores para que Fabro se pusiese bajo la dirección de Ignacio, ya por entonces hábil maestro de espíritus. Cuatro años duró esta íntima comunicación, pero dos bastaron para que Fabro se decidiese a seguir a su compañero en una vida de pobreza y apostolado. Decisiva influencia ejercieron los ejercicios espirituales, que Fabro hizo con tanto rigor que estuvo seis días sin comer ni beber nada, y sin encender el fuego en el crudo invierno de París. Más adelante, según el testimonio del mismo San Ignacio, había de tener el primer lugar entre los que mejor daban los ejercicios.
Mientras se iba desarrollando esta transformación en el interior de Fabro avanzaban también sus estudios teológicos, hasta que el 22 de julio, fiesta de Santa María Magdalena, celebró su primera misa. El 15 de agosto siguiente, en la fiesta de la Asunción de María al cielo, pudo celebrarla cuando, junto con Ignacio, Francisco Javier, Nicolás de Bobadilla, Diego Laínez, Alonso Salmerón, Simón Rodrigues, hizo el voto de vivir en pobreza y de peregrinar a Jerusalén, y, en caso de resultar esto imposible en el espacio de un año, ponerse en Roma a la disposición del Papa; voto renovado en los dos años sucesivos, cuando, si bien estuvo ausente San Ignacio, se asociaron a los anteriores en 1535 el compatriota de Fabro Claudio Jayo y en 1536 los franceses Juan Coduri y Pascasio Broet.
Desde el voto de Montmartre las vidas de Ignacio y de sus compañeros se funden en una sola, aun cuando el curso de los acontecimientos iba a conducir a unos y a otros por caminos del todo distintos. En noviembre de 1536 Fabro y los demás se encaminaban a Venecia con intención de poner en práctica su voto jerosolimitano. Allí se reúnen con Ignacio, que les espera, según lo convenido. Mientras aguardan el tiempo en que debía hacerse a la vela la nave peregrina, se reparten por los hospitales de la ciudad y se ejercitan en las obras de caridad y de celo. Obtenido el necesario permiso de Roma, asisten con los demás peregrinos a la procesión del Corpus el 31 de mayo. En el mes de junio de aquel año 1537 reciben todos los que no eran sacerdotes las sagradas órdenes. Todo estaba preparado para la partida cuando un hecho inesperado se la impidió. Ante el peligro inminente de una guerra entre Venecia y el Turco no salió ninguna nave para Tierra Santa, hecho éste que no había ocurrido desde hacía años y tardó mucho tiempo en volver a repetirse. Los primitivos historiadores hacen constar esta circunstancia, haciendo ver en ella la mano de la Providencia, que tenía otros designios sobre aquel puñado de hombres dispuestos a las más grandes empresas.
Mientras los demás se repartieron por diversas ciudades en espera de nuevos acontecimientos, Ignacio, Fabro y Laínez en el otoño se encaminan a Roma. En el camino, poco antes de entrar en la Ciudad Eterna, Ignacio recibió la célebre visión, que, por el lugar donde ocurrió, suele ser llamada de La Storta. En ella Dios le prometió para él y los suyos una especial protección en Roma. Bien pronto el papa Paulo III se sirvió de aquellos hombres que se habían puesto a su servicio directo. A Fabro le confió la enseñanza de la Sagrada Escritura en la universidad de La Sapienza (noviembre de 1537 a mayo de 1539). A partir de esta fecha comienza para Fabro la serie ininterrumpida de sus misiones apostólicas, que le obligaron a recorrer en un sentido u otro casi toda Europa, de Roma a Colonia, de Ratisbona a Lisboa.
En la trama complicada de sus viajes continuos hay dos hilos orientadores que señalan una doble dirección. Ignacio quería que Fabro diese impulso a la Compañía, sobre todo en Portugal y España. El Papa y el mismo San Ignacio querían valerse de su poder de atracción para salvar a las ovejas perdidas en las regiones protestantes. Un breve recorrido sobre los hechos externos de su vida nos presenta el siguiente cuadro de actividades: En octubre de 1540 parte hacia Alemania como teólogo del doctor Ortiz, consejero del emperador, acompañándole en los coloquios de Worms y de Espira y en la Dieta de Ratisbona. Allí le llega la orden de San Ignacio de encaminarse a España. Parte el 21 de julio de 1541, y, atravesando Baviera, el Tirol, su tierra saboyana, en la que se detiene diez días de intenso trabajo apostólico, por Francia entra en España. Cuatro meses han sido necesarios para este viaje de Ratisbona a Madrid. Apenas han pasado cinco meses, y le llega la orden de regresar nuevamente en compañía del cardenal Morone a Alemania. Seis meses se detiene en Espira. El cardenal Alberto de Brandeburgo le invita a Maguncia y allí conquista para la Compañía a Pedro Canisio, joven entonces de veintidós años y futuro apóstol de Alemania. En agosto y septiembre de 1543 le encontramos en Colonia. Pero no podía permanecer mucho tiempo en un mismo sitio. Esta vez le llega la orden de partir para Portugal; pero, cuando se dispone a emprender el viaje, pierde la ocasión de embarcarse en Amberes. En Lovaina cae enfermo. El nuncio en Renania, Juan Poggi, recibe la autorización para retenerle en Colonia, y en esta ciudad permanece seis meses, parte trabajando para desarraigar la herejía, parte dedicando su apostolado a los católicos y en íntimo trato con los cartujos colonienses. Por todo ello se aficiona a la ciudad del Rhin más que a ninguna otra. Pero Portugal sigue reclamándole, y en agosto de 1544 llega por mar a Lisboa, de donde pasa a Evora y a Coimbra. En mayo de 1545 se traslada por segunda vez a España, visitando Salamanca, Valladolid, Madrid, Toledo y otras ciudades de Castilla. Por entonces su salud empieza a debilitarse y se ve forzado a guardar cama en Madrid. Una nueva llamada parte desde Roma el 17 de febrero de 1546, la última de todas. Es menester que se ponga en camino para ir a Trento y juntarse con los padres Laínez y Salmerón, que trabajan en el concilio. Esta vez hace el viaje pasando por el reino de Valencia, llegando hasta Gandía, donde puso la primera piedra del colegio de la Compañía fundado por el duque Francisco de Borja. En Barcelona vuelve a sentirse enfermo y se ve forzado a detenerse tres semanas. Pero era necesario obedecer a la orden del Papa. Se embarca y llega a Roma cuando los calores son más intensos. A los pocos días sus fuerzas sucumben, y el 1º de agosto de 1546, fiesta de las cadenas de San Pedro, ve romperse las que a él le tenían atado a la tierra. Contaba entonces cuarenta años y cuatro meses de edad, y expiraba exactamente diez años antes que San Ignacio.
Pero en el Beato Fabro, más que la sucesión de los hechos externos, cautiva el encanto que emana de toda su persona. Los testigos del proceso de 1596 nos lo presentan como de mediana estatura, rubio de cabello, de aspecto franco y devoto, dulce y maravillosamente gracioso. Ejercía sobre todos los que le trataban un extraordinario poder de captación. A esto se añadía un talento, que era una especie de carisma, en el arte de conversar. Más que en los púlpitos le vemos actuar en el trato penetrante y espiritual con las más variadas personas, desde los grandes de la tierra y los dignatarios eclesiásticos hasta la gente sencilla, que le recordaba su origen montañés. Por su hablar y su obrar parece un precursor de su compatriota San Francisco de Sales, que tanto le estimó, y que dejó de él un hermoso elogio en su Introducción a la vida devota. Por su mansedumbre y caridad ha sido también comparado con San Bernardo. "¿Es un hombre, o no es más bien un ángel del cielo?", dirá de él San Pedro Canisio.
No todo en él era efecto de un natural excepcionalmente dotado. Por encima de sus cualidades descuella una virtud aparentemente sencilla, pero en la que es fácil encontrar rasgos de verdadero heroísmo. Su alma de niño no excluyó durante la infancia y juventud las luchas de la pasión. De ahí más adelante la angustia en que le sumergieron los escrúpulos. Su misma atracción hacia los ideales más elevados no excluye que sintiese la inclinación hacia una carrera seglar en el mundo. Pero él resistió a todo. Ya a los doce años consagró a Dios, con voto, su castidad. Más adelante hizo aquel otro tan revelador de su fina sensibilidad: el de no acercar jamás su rostro al de ningún niño; que eso pudiese ocurrirle con personas mayores, ni pensarlo siquiera. No es de maravillar que un alma tan pura sintiese como nadie el atractivo de la oración.
Su Memorial, o diario espiritual, en el que durante los últimos cuatro años de su vida dejó un reflejo de su alma, nos descubre con una ingenuidad espontánea su intensa vida de oración. Todo le sirve para elevarse a Dios, En todas las partes por donde pasa encuentra objetos de culto. Venera con singular devoción las reliquias de los santos —y esto es en él característico— venera con singular devoción a los ángeles de los poblados por donde pasa y de las personas con quien trata. A todos encomienda a Dios en sus oraciones, y la oración, junto con su trato exquisito, se convierte en su principal arma de apostolado. Oraba especialmente por ocho personas, y esta oración es significativa porque nos revela hacia dónde convergían los anhelos de su alma apostólica: el Sumo Pontífice, el emperador, el rey de Francia, el rey de Inglaterra, Lutero, el sultán de Turquía, Bucero y Melanchton. A estos dos últimos herejes había tenido ocasión de combatirlos en Colonia. Como, entre todas, le atraían especialmente las almas más necesitadas, de ahí sus ansias por la salvación de Alemania, su voto de ofrecer todas sus energías por aquel país: punto éste que le acerca a su hijo espiritual San Pedro Canisio.
En un alma tan privilegiada no podía faltar la característica del sufrimiento. En el Beato Fabro la ocasión de su dolor radicaba en su temperamento, extremadamente sensible. Era una lira que vibraba al menor roce, y las impresiones le llegaban hasta lo más hondo del alma. En un sujeto así pueden imaginarse las luchas interiores que tuvo que sostener. En su juventud fueron las intranquilidades de conciencia y los estímulos de la pasión. Más adelante fue la oscilación constante entre los planes que soñaba y el abatimiento al ver que no podía realizarlos. Versátil, de humor desigual, creyendo a veces haberlo conseguido todo, otras teniéndolo todo por irremisiblemente perdido. Tremendamente irresoluto, sufrió el tormento de la indecisión. Reconocía en sí mismo el defecto de querer abrazar demasiado, no sabiendo aferrar las cosas y las situaciones conforme aconsejaba la razón. De ahí un complejo de pusilanimidad, matizado de melancolía. Pero el Beato no se dejó arrastrar por sus tendencias temperamentales. Procuró combatir la desconfianza con el recurso constante a Dios. San Pedro Canisio nos dirá que luchó contra el espíritu de temor y desconfianza que le atormentaba. Meta suprema para él, la estabilidad del corazón, estorbada tanto por la tristeza infundada como por la vana alegría. La sensación de insuficiencia quedó en él transformada por la gracia en una maravillosa humildad, y esta virtud, a su vez, animó los demás aspectos de su espiritualidad: su caridad, su celo de las almas, pero, sobre todo, su oración. Además del recurso a Dios, su salvación fue la obediencia a sus superiores. La carta ignaciana de la obediencia se hizo letra viva en el Beato Fabro.
Obediencia la suya que llegó al heroísmo. Cuentan que, al salir de Barcelona con el cuerpo enfermo, a quien le disuadía de emprender semejante viaje le respondió: “No es necesario que yo viva, pero es necesario que obedezca". Y por obediencia murió, a semejanza de Jesucristo.
Años después San Francisco de Sales se mostró maravillado de que su compatriota no hubiese sido honrado como otros. Pero tampoco al Beato Fabro le faltó este tributo de la veneración y aun del culto; culto que, aunque muy tarde, reconoció finalmente la suprema autoridad del papa Pío IX el 5 de septiembre de 1872.
Oriundo del pueblecito de Villaret, parroquia de San Juan de Sixt, situado en las faldas del Gran Bornand en el ducado de Saboya, donde había visto la luz primera durante las alegrías pascuales de 1506, aquel sencillo y humilde pastorcito ya a los diez años había sentido una atracción irresistible hacia el estudio. Sus padres, movidos por las lágrimas del niño, se vieron obligados a modificar los planes que sobre él tenían y ponerle a estudiar, primero en el vecino pueblo de Thónes y a los dos años en La Roche, bajo la dirección del piadoso sacerdote Pedro Velliard, que le educó no menos en la doctrina que en el temor de Dios.
Siete años permaneció en aquella escuela, hasta que a los diecinueve de edad, en 1525, se dirigió a París para empezar el curso de artes o filosofía en el colegio de Santa Bárbara. La Providencia guiaba sus pasos para que, sin él preverlo ni pretenderlo, se fuese encontrando con sus futuros compañeros. En aquel colegio tuvo como maestro al español Juan de la Peña, el cual, a su vez, cuando encontraba alguna dificultad en la lectura de Aristóteles, se la consultaba a Pedro Fabro, porque "era buen griego". Maestro y discípulo compartían una misma habitación, en la que también por aquel mismo tiempo encontró alojamiento un condiscípulo de Fabro y de su misma edad, nacido solamente seis días antes que él: el navarro Francisco Javier. Más adelante, en octubre de 1529, se les juntó un tercer compañero, quince años mayor que ellos, destinado por Dios a ejercer un influjo decisivo en su vida: era Ignacio de Loyola. Esta convivencia y comunidad de estudios no podía menos de acercar a estos tres nobles espíritus; pero mientras Javier tardó todavía varios años en dejar sus planes de mundo; el dulce saboyano se rindió más fácilmente al ascendiente que sobre él ejercía Ignacio. Dios se valió de un difícil período de escrúpulos y luchas interiores para que Fabro se pusiese bajo la dirección de Ignacio, ya por entonces hábil maestro de espíritus. Cuatro años duró esta íntima comunicación, pero dos bastaron para que Fabro se decidiese a seguir a su compañero en una vida de pobreza y apostolado. Decisiva influencia ejercieron los ejercicios espirituales, que Fabro hizo con tanto rigor que estuvo seis días sin comer ni beber nada, y sin encender el fuego en el crudo invierno de París. Más adelante, según el testimonio del mismo San Ignacio, había de tener el primer lugar entre los que mejor daban los ejercicios.
Mientras se iba desarrollando esta transformación en el interior de Fabro avanzaban también sus estudios teológicos, hasta que el 22 de julio, fiesta de Santa María Magdalena, celebró su primera misa. El 15 de agosto siguiente, en la fiesta de la Asunción de María al cielo, pudo celebrarla cuando, junto con Ignacio, Francisco Javier, Nicolás de Bobadilla, Diego Laínez, Alonso Salmerón, Simón Rodrigues, hizo el voto de vivir en pobreza y de peregrinar a Jerusalén, y, en caso de resultar esto imposible en el espacio de un año, ponerse en Roma a la disposición del Papa; voto renovado en los dos años sucesivos, cuando, si bien estuvo ausente San Ignacio, se asociaron a los anteriores en 1535 el compatriota de Fabro Claudio Jayo y en 1536 los franceses Juan Coduri y Pascasio Broet.
Desde el voto de Montmartre las vidas de Ignacio y de sus compañeros se funden en una sola, aun cuando el curso de los acontecimientos iba a conducir a unos y a otros por caminos del todo distintos. En noviembre de 1536 Fabro y los demás se encaminaban a Venecia con intención de poner en práctica su voto jerosolimitano. Allí se reúnen con Ignacio, que les espera, según lo convenido. Mientras aguardan el tiempo en que debía hacerse a la vela la nave peregrina, se reparten por los hospitales de la ciudad y se ejercitan en las obras de caridad y de celo. Obtenido el necesario permiso de Roma, asisten con los demás peregrinos a la procesión del Corpus el 31 de mayo. En el mes de junio de aquel año 1537 reciben todos los que no eran sacerdotes las sagradas órdenes. Todo estaba preparado para la partida cuando un hecho inesperado se la impidió. Ante el peligro inminente de una guerra entre Venecia y el Turco no salió ninguna nave para Tierra Santa, hecho éste que no había ocurrido desde hacía años y tardó mucho tiempo en volver a repetirse. Los primitivos historiadores hacen constar esta circunstancia, haciendo ver en ella la mano de la Providencia, que tenía otros designios sobre aquel puñado de hombres dispuestos a las más grandes empresas.
Mientras los demás se repartieron por diversas ciudades en espera de nuevos acontecimientos, Ignacio, Fabro y Laínez en el otoño se encaminan a Roma. En el camino, poco antes de entrar en la Ciudad Eterna, Ignacio recibió la célebre visión, que, por el lugar donde ocurrió, suele ser llamada de La Storta. En ella Dios le prometió para él y los suyos una especial protección en Roma. Bien pronto el papa Paulo III se sirvió de aquellos hombres que se habían puesto a su servicio directo. A Fabro le confió la enseñanza de la Sagrada Escritura en la universidad de La Sapienza (noviembre de 1537 a mayo de 1539). A partir de esta fecha comienza para Fabro la serie ininterrumpida de sus misiones apostólicas, que le obligaron a recorrer en un sentido u otro casi toda Europa, de Roma a Colonia, de Ratisbona a Lisboa.
En la trama complicada de sus viajes continuos hay dos hilos orientadores que señalan una doble dirección. Ignacio quería que Fabro diese impulso a la Compañía, sobre todo en Portugal y España. El Papa y el mismo San Ignacio querían valerse de su poder de atracción para salvar a las ovejas perdidas en las regiones protestantes. Un breve recorrido sobre los hechos externos de su vida nos presenta el siguiente cuadro de actividades: En octubre de 1540 parte hacia Alemania como teólogo del doctor Ortiz, consejero del emperador, acompañándole en los coloquios de Worms y de Espira y en la Dieta de Ratisbona. Allí le llega la orden de San Ignacio de encaminarse a España. Parte el 21 de julio de 1541, y, atravesando Baviera, el Tirol, su tierra saboyana, en la que se detiene diez días de intenso trabajo apostólico, por Francia entra en España. Cuatro meses han sido necesarios para este viaje de Ratisbona a Madrid. Apenas han pasado cinco meses, y le llega la orden de regresar nuevamente en compañía del cardenal Morone a Alemania. Seis meses se detiene en Espira. El cardenal Alberto de Brandeburgo le invita a Maguncia y allí conquista para la Compañía a Pedro Canisio, joven entonces de veintidós años y futuro apóstol de Alemania. En agosto y septiembre de 1543 le encontramos en Colonia. Pero no podía permanecer mucho tiempo en un mismo sitio. Esta vez le llega la orden de partir para Portugal; pero, cuando se dispone a emprender el viaje, pierde la ocasión de embarcarse en Amberes. En Lovaina cae enfermo. El nuncio en Renania, Juan Poggi, recibe la autorización para retenerle en Colonia, y en esta ciudad permanece seis meses, parte trabajando para desarraigar la herejía, parte dedicando su apostolado a los católicos y en íntimo trato con los cartujos colonienses. Por todo ello se aficiona a la ciudad del Rhin más que a ninguna otra. Pero Portugal sigue reclamándole, y en agosto de 1544 llega por mar a Lisboa, de donde pasa a Evora y a Coimbra. En mayo de 1545 se traslada por segunda vez a España, visitando Salamanca, Valladolid, Madrid, Toledo y otras ciudades de Castilla. Por entonces su salud empieza a debilitarse y se ve forzado a guardar cama en Madrid. Una nueva llamada parte desde Roma el 17 de febrero de 1546, la última de todas. Es menester que se ponga en camino para ir a Trento y juntarse con los padres Laínez y Salmerón, que trabajan en el concilio. Esta vez hace el viaje pasando por el reino de Valencia, llegando hasta Gandía, donde puso la primera piedra del colegio de la Compañía fundado por el duque Francisco de Borja. En Barcelona vuelve a sentirse enfermo y se ve forzado a detenerse tres semanas. Pero era necesario obedecer a la orden del Papa. Se embarca y llega a Roma cuando los calores son más intensos. A los pocos días sus fuerzas sucumben, y el 1º de agosto de 1546, fiesta de las cadenas de San Pedro, ve romperse las que a él le tenían atado a la tierra. Contaba entonces cuarenta años y cuatro meses de edad, y expiraba exactamente diez años antes que San Ignacio.
Pero en el Beato Fabro, más que la sucesión de los hechos externos, cautiva el encanto que emana de toda su persona. Los testigos del proceso de 1596 nos lo presentan como de mediana estatura, rubio de cabello, de aspecto franco y devoto, dulce y maravillosamente gracioso. Ejercía sobre todos los que le trataban un extraordinario poder de captación. A esto se añadía un talento, que era una especie de carisma, en el arte de conversar. Más que en los púlpitos le vemos actuar en el trato penetrante y espiritual con las más variadas personas, desde los grandes de la tierra y los dignatarios eclesiásticos hasta la gente sencilla, que le recordaba su origen montañés. Por su hablar y su obrar parece un precursor de su compatriota San Francisco de Sales, que tanto le estimó, y que dejó de él un hermoso elogio en su Introducción a la vida devota. Por su mansedumbre y caridad ha sido también comparado con San Bernardo. "¿Es un hombre, o no es más bien un ángel del cielo?", dirá de él San Pedro Canisio.
No todo en él era efecto de un natural excepcionalmente dotado. Por encima de sus cualidades descuella una virtud aparentemente sencilla, pero en la que es fácil encontrar rasgos de verdadero heroísmo. Su alma de niño no excluyó durante la infancia y juventud las luchas de la pasión. De ahí más adelante la angustia en que le sumergieron los escrúpulos. Su misma atracción hacia los ideales más elevados no excluye que sintiese la inclinación hacia una carrera seglar en el mundo. Pero él resistió a todo. Ya a los doce años consagró a Dios, con voto, su castidad. Más adelante hizo aquel otro tan revelador de su fina sensibilidad: el de no acercar jamás su rostro al de ningún niño; que eso pudiese ocurrirle con personas mayores, ni pensarlo siquiera. No es de maravillar que un alma tan pura sintiese como nadie el atractivo de la oración.
Su Memorial, o diario espiritual, en el que durante los últimos cuatro años de su vida dejó un reflejo de su alma, nos descubre con una ingenuidad espontánea su intensa vida de oración. Todo le sirve para elevarse a Dios, En todas las partes por donde pasa encuentra objetos de culto. Venera con singular devoción las reliquias de los santos —y esto es en él característico— venera con singular devoción a los ángeles de los poblados por donde pasa y de las personas con quien trata. A todos encomienda a Dios en sus oraciones, y la oración, junto con su trato exquisito, se convierte en su principal arma de apostolado. Oraba especialmente por ocho personas, y esta oración es significativa porque nos revela hacia dónde convergían los anhelos de su alma apostólica: el Sumo Pontífice, el emperador, el rey de Francia, el rey de Inglaterra, Lutero, el sultán de Turquía, Bucero y Melanchton. A estos dos últimos herejes había tenido ocasión de combatirlos en Colonia. Como, entre todas, le atraían especialmente las almas más necesitadas, de ahí sus ansias por la salvación de Alemania, su voto de ofrecer todas sus energías por aquel país: punto éste que le acerca a su hijo espiritual San Pedro Canisio.
En un alma tan privilegiada no podía faltar la característica del sufrimiento. En el Beato Fabro la ocasión de su dolor radicaba en su temperamento, extremadamente sensible. Era una lira que vibraba al menor roce, y las impresiones le llegaban hasta lo más hondo del alma. En un sujeto así pueden imaginarse las luchas interiores que tuvo que sostener. En su juventud fueron las intranquilidades de conciencia y los estímulos de la pasión. Más adelante fue la oscilación constante entre los planes que soñaba y el abatimiento al ver que no podía realizarlos. Versátil, de humor desigual, creyendo a veces haberlo conseguido todo, otras teniéndolo todo por irremisiblemente perdido. Tremendamente irresoluto, sufrió el tormento de la indecisión. Reconocía en sí mismo el defecto de querer abrazar demasiado, no sabiendo aferrar las cosas y las situaciones conforme aconsejaba la razón. De ahí un complejo de pusilanimidad, matizado de melancolía. Pero el Beato no se dejó arrastrar por sus tendencias temperamentales. Procuró combatir la desconfianza con el recurso constante a Dios. San Pedro Canisio nos dirá que luchó contra el espíritu de temor y desconfianza que le atormentaba. Meta suprema para él, la estabilidad del corazón, estorbada tanto por la tristeza infundada como por la vana alegría. La sensación de insuficiencia quedó en él transformada por la gracia en una maravillosa humildad, y esta virtud, a su vez, animó los demás aspectos de su espiritualidad: su caridad, su celo de las almas, pero, sobre todo, su oración. Además del recurso a Dios, su salvación fue la obediencia a sus superiores. La carta ignaciana de la obediencia se hizo letra viva en el Beato Fabro.
Obediencia la suya que llegó al heroísmo. Cuentan que, al salir de Barcelona con el cuerpo enfermo, a quien le disuadía de emprender semejante viaje le respondió: “No es necesario que yo viva, pero es necesario que obedezca". Y por obediencia murió, a semejanza de Jesucristo.
Años después San Francisco de Sales se mostró maravillado de que su compatriota no hubiese sido honrado como otros. Pero tampoco al Beato Fabro le faltó este tributo de la veneración y aun del culto; culto que, aunque muy tarde, reconoció finalmente la suprema autoridad del papa Pío IX el 5 de septiembre de 1872.
viernes, 1 de agosto de 2014
Lecturas
Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, vino esta palabra del Señor a Jeremías:
-«Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo y di a todos los ciudadanos de Judá que entran en el templo para adorar, las palabras que yo te mande decirles; no dejes ni una sola.
A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, y me arrepiento del mal que medito hacerles a causa de sus malas acciones. Les dirás: “Así dice el Señor: Si no me obedecéis, cumpliendo la ley que os di en vuestra presencia, y escuchando las palabras de mis siervos, los profetas, que os enviaba sin cesar (y vosotros no escuchabais), entonces trataré a este templo como al de Silo, a esta ciudad la haré fórmula de maldición para todos los pueblos de la tierra.” »
Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras, en el templo del Señor.
Y, cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo,- diciendo:
-«Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor que este templo será como el de Silo, y esta ciudad quedará en ruinas, deshabitada? »
Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor.
En aquel tiempo, fue Jesús a su ciudad y se puso a enseñar en la sinagoga. La gente decía admirada:
-«¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?»
Y aquello les resultaba escandaloso.
Jesús les dijo: -«Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta.»
Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe.
Palabra del Señor.
San Alfonso María de Ligorio
Los Liguori figuraban ya entre las más ilustres familias napolitanas antes que hubiese reyes en Nápoles. De la estirpe habían salido guerreros, doctores, diplomáticos y hombres de Iglesia. A fines del siglo XVII, su más ilustre representante era don José de Ligorio, capitán de las galeras reales, de quien nació el maestro máximo de los moralistas cristianos. Cuando Alfonso María estaba aún en la cuna, un viejo misionero llegó a él, le cogió en sus brazos y pronunció estas palabras: «Este niño será obispo, vivirá cerca de cien años y hará grandes cosas.» El horóscopo no entusiasmó al capitán; a pesar de sus sentimientos religiosos, no podía consentir que su mayorazgo entrase en la clericatura. Que el chico no siguiese la carrera de las armas, como él, pase; había otras muchas donde podía brillar sin renunciar por eso a transmitir el apellido paterno. Algo le preocupaba, sin embargo, la piedad excesiva de su hijo. A los doce años, Alfonso era un santo en miniatura; amaba las oraciones prolongadas tanto como los juegos con sus compañeros; estudiaba por deber tanto como por afición, y todo en él presagiaba al asceta y al sabio del porvenir. Juntamente con un corazón abierto a todos los nobles sentimientos, reunía una inteligencia penetrante y viva, un criterio sano, una memoria pronta y tenaz. «Está visto—dijo el capitán—; más que para las armas, el muchacho vale para las letras. Le haremos abogado.»
Para prepararse a los estudios jurídicos, Alfonso tuvo que adquirir todos los conocimientos literarios, científicos y artísticos indispensables en un joven de su alcurnia. Ilustres maestros llegaban diariamente a su casa para iniciarle en los secretos de la sabiduría. Aprendió las lenguas clásicas y las modernas, ciencias exactas y ciencias naturales; retórica, historia y geografía. Aún se conserva un planisferio armilar que fabricó en aquellos días infantiles. Su formación estética fue también esmerada y seria. Sus estudios arquitectónicos le permitirán más tarde planear iglesias y conventas; en pintura, llegará a producir piadosas imágenes de María y de Cristo crucificado. Por lo que se refiere a la música, llegó a componer con tal habilidal, que hubiera podido ser uno de los buenos músicos de su tiempo. Diariamente se pasaba tres horas tocando el clavicordio, y como al principio aquello se le hacía una penitencia, su padre le dejaba con su instrumento, y cerraba la puerta con llave. Ya viejo, se lamentaba amargamente de haber perdido tanto tiempo en estas niñerías; «sin embargo—añadía—, era preciso obedecer a mi padre». Con el mismo rigor tuvo que andar al internarse en el bosque enmarañado de las leyes napolitanas: derecho romano, derecho canónico y derecho feudal, constituciones normandas, capitulares angevinas, pragmáticas aragonesas, decretos de los virreyes españoles, usos, gracias y privilegios particulares. Sólo una hora de recreo le concedía diariamente el implacable marino. Durante ella conversaba con sus amigos, paseaba o jugaba a las cartas. Y no se podía descuidar: un día, habiéndose entretenido demasiado en el juego, observó que, en lugar de sus autores favoritos, en su mesa de trabajo había una baraja. Estaba pensando lo que aquello podría significar, cuando ve a su padre que entra colérico y le dice: «¡Ahí tienes tu libro, el libro con que piensas hacerte un porvenir!»
De esta manera se explica que a los dieciséis años pudiese el estudiante comparecer ante el areópago napolitano para sufrir la prueba del doctorado. Como nunca se había visto un aspirante tan madrugador, hubo que sacar una dispensa previa de cuatro años. Los examinadores le introdujeron por unanimidad en su docta corporación, le encasquetaron el birrete doctoral, le entregaron el anillo de la sabiduría y le revistieron de la amplia toga, que parecía sepultar al pequeño prodigio entre sus largos y ampulosos pliegues. Corría entonces un refrán que decía: «Advocatus et non latro, res miranda populo: Abogado y no ladrón, cosa digna de admiración.» Sin embargo, Alfonso miraba su profesión como la más noble que existe después del sacerdocio; y, como era natural, quiso prepararse a ejercer sus funciones con una larga experiencia de las sesiones de los tribunales y las deliberaciones de los jurisconsultos. La confianza que inspiraba, tanto por su ciencia como por su virtud, así como su elocuencia clara y persuasiva y su absoluto desinterés, le ganaron pronto una clientela numerosa y selecta. Jamás perdió un pleito en los ocho años de su vida forense; jamás se vio un jurista más afortunado. No obstante, esos éxitos no llegaban a hacerle feliz. Amaba su profesión con toda el alma, pero con frecuencia le venía la tentación de retirarse. El espectáculo de las causas más justas, tergiversadas por el engaño, el sofisma y la maldad, repugnaba a su naturaleza noble y caballerosa. «Amigo mío —decía a un colega—, nuestra vida es muy desgraciada, y lo peor aún es que corremos riesgo de tener una mala muerte. Esta carrera no me conviene; tendré que abandonarla para asegurar la salvación de mi alma.»
Sin hacer caso de estos escrúpulos, el altivo capitán pensaba sólo en la gloria de su hijo y en el acrecentamiento de la familia. Ahora examinaba cuidadosamente la nobleza del país para buscarle una digna compañera. Emparentada con su casa, encontró a la heredera de los príncipes de Presiccio. Era hija única, y, por tanto, en ella debían reunirse los títulos y los bienes de la familia. Todo esto lo calculó el buen padre con vigilante solicitud; y ya había logrado concertar el matrimonio, cuando a la princesita le nació un hermano, que venía importunamente a despojarla del mayorazgo. Desde entonces los Ligorio empezaron a distanciar sus visitas en casa de los Presiccio, y ya se iban olvidando casi de ellos, cuando se murió aquel niño que había nacido de una manera tan intempestiva. Naturalmente, el capitán reanudó las relaciones, y con tal éxito, que a los pocos días había convencido a los padres de la muchacha; pero ésta, que era muy discreta, declaró que no quería casarse, y, efectivamente, al poco tiempo se escondía en un convento.
Alfonso, que en todo esto había observado una actitud pasiva, se alegró vivamente del desenlace, y hasta vio en todo aquello un indicio de la voluntad divina. Pero el capitán, que sabía hacerse obedecer, no pensaba de la misma manera. Si no pudo hacer príncipe a su hijo, creyó que le sería fácil adornarle con un ducado. Solicitó la mano de la hija de los duques de Presenzano, y la obtuvo. Hubo las consiguientes recepciones, presentaciones y visitas; y sucedió que una tarde, cuando aquellas gentes de mundo no sabían ya de que hablar, acudieron a la música para distraer el tiempo. Alfonso fue invitado a tocar el clave, y no pudo rehusarse. Empezó una romanza que estaba entonces de moda. De pronto, su novia, sentándose junto a él, empezó a cantar; pero el joven, sin dejar de tocar, dirigió la cabeza al lado opuesto. Cambió ella de asiento, pero nuevamente volvió Alfonso la cabeza. Despechada por este desaire, saltó la muchacha del asiento y abandonó nerviosamente la sala, haciendo esta declaración: «El señor abogado me parece un tanto lunático.» Así terminó aquel segundo proyecto matrimonial. Desde entonces las relaciones entre padre e hijo se hicieron cada día más difíciles. A pesar de la docilidad del joven, los choques eran frecuentes en casa. El buen capitán empezaba a sentirse defraudado en sus esperanzas, a causa de lo que él llamaba el carácter insociable de su hijo. Alfonso, sin embargo, se esforzaba por complacerle: frecuentaba el teatro, intervenía en las fiestas de sociedad y en las reuniones académicas, empezaba a apasionarse por la caza, y, como él decía más tarde, «estuvo en riesgo de arrojarse al abismo si Dios no le sacara inopinadamente de aquel sueño peligroso.»
El golpe de la gracia fue sonado y muy comentado en Nápoles. Preocupaba entonces a la ciudad — era esto en 1723—un pleito famoso entre el duque de Orsini y el gran duque de Toscana. Invitado a defender los intereses del primero, Alfonso estudió escrupulosamente toda la documentación y llegó al convencimiento de que la razón estaba de parte de su cliente. Llegó el día de esgrimir los argumentos en el tribunal. La sala estaba llena de juristas y curiosos, ávidos de emociones. Alfonso peroró con su maestría de siempre, desenvolviéndose en el dédalo de las leyes más complicadas con una habilidad que dejó pasmada a la concurrencia. Todos aprobaban y le daban ya las albricias del vencedor, cuando su adversario se encaró con él y le dijo con una fría sonrisa: «Toda esa argumentación brillante es falsa, y lo podréis ver leyendo este documento.» Alfonso recogió el papel que se le tendía y se echó a reír. Cien veces le había tenido en sus manos; le había leído, le había estudiado y había examinado lentamente cada una de sus líneas. ¿Qué de nuevo podría encontrar en él? No obstante, quiso leerle una vez más. De repente, la voz se le anuda a la garganta, palidece, y el papel se le cae de las manos. Es que ha visto una cláusula que se acaba de iluminar repentinamente para él, una cláusula decisiva, que da la victoria a su contrincante. «Me he equivocado», exclama humildemente, y huye avergonzado de la audiencia. Siguieron tres días de dolor profundo, de desesperación, de atolondramiento. Como herido por un rayo, Alonso parecía presa de una verdadera insensibilidad. Ni comía, ni dormía, ni hablaba con nadie. El sentimiento del honor herido le tenía como petrificado. Al cuarto día, una claridad súbita disipó las tinieblas de su alma, revelándole el misterio de la distracción que le había llevado a perder el pleito. Dándose cuenta de las vanidades de la tierra, rompió a llorar y pronunció con toda el alma la frase de San Pablo: «Señor, ¿qué queréis que haga?» Se despidió del foro, colgó su espada en el altar de Nuestra Señora de la Merced, y en medio de la desolación de todos los suyos, empezó a prepararse al sacerdocio.
Dios había contestado a su pregunta: quería hacer de él un apóstol. El hombre del foro se convirtió en el hombre de la cátedra y del confesionario. Un fuego sagrado le consumía; un amor impetuoso le lanzaba en busca de los corazones vacilantes o extraviados. Desde el primer momento fue el predicador de las almas buenas que quieren oír hablar de Dios, predicador de los sabios y de los ignorantes, de los pobres y de los poderosos. Era aquel el tiempo de la palabrería hueca y brillante con que los gerundios deshonraban la cátedra del Espíritu Santo: salidas de efecto, palabras pomposas, períodos artísticamente cincelados, figuras violentas, interpretaciones originales y absurdas de los textos sagrados, ridículas disertaciones enunciadas en un tono enfático y declamatorio, sin la sencillez, sin la variedad, sin la naturalidad de la conversación. Sin hacer caso del gusto monstruoso del público, Alfonso rompió los moldes en moda y empezó a predicar simplemente a Cristo crucificado, y su palabra, eco de la palabra del Verbo, caía sobre los oyentes como un celeste rocío, cuya suavidad penetraba el alma del literato lo mismo que la del labriego. En el campo, lo mismo que en la ciudad, las multitudes le rodeaban, sedientas de su doctrina, y entre sus oyentes se veía a los abogados, a los procuradores y a los caballeros mezclados con los artesanos, los obreros y los marinos. «Nicolás Capasso—decía una vez el predicador a un escritor famoso que por aquellos días divertía a los napolitanos con sus agudas facecias—, al veros siempre junto a mi cátedra, me imagino que estáis preparando una sátira contra mí.» «De ninguna manera—respondió el satírico—; jamás esperé de vos estilo florido ni bellos períodos; me encanta vuestra manera, porque no me hacéis pensar en vos, sino en Cristo.»
Solía decir Alfonso que el mayor peligro del sacerdote activo es querer inflamar a los otros sin mantener en si mismo la llama divina. Con la perspicacia del hombre dirigido por el espíritu de Dios, había comprendido que la acción debe nacer de la contemplación, que el celo apostólico debe ser una consecuencia de la vida interior. La oración y la penitencia eran el alimento de la suya. Dormía sobre la tierra desnuda, comía arrodillado o sentado en el suelo, se flagelaba cada día varias veces, metía piedrecitas en el calzado para no olvidar un solo momento el espíritu de mortificación, y su oración se prolongaba durante las horas de la noche, muchas veces en medio de la desolación y la angustia. «Voy a Jesús, y me rechaza—decía en los primeros tiempos de su ministerio sacerdotal—; voy a María y no me responde.» Su figura ascética hacía tanta impresión en las almas como el ardor místico que encendía su elocuencia. Cuando hablaba del amor o de la penitencia, bastaba mirar su rostro iluminado y extenuado. Los que le escuchaban, echábanse a llorar y se convertían. Algunos sacerdotes, deseosos de imitar su vida, se unieron a él y le pidieron un reglamento de vida; y un día de 1732 los napolitanos vieron con estupefacción que el abogado insigne, el predicador famoso en todo el reino, abandonaba el palacio familiar y, montando en un asno, atravesaba las calles de la ciudad y desaparecía en la llanura.
En la costa pintoresca de Amaifi, rodeada de paisajes espléndidos, arrullada por las olas del mar, se levanta todavía la villa de Scala. Allí es donde Alfonso reunió a sus primeros compañeros; allí es donde puso la primera fortaleza del ejército que proyectaba y que empezaba a reclutar con el nombre de Congregación del Santísimo Redentor; allí nacieron los redentoristas. El hijo de una gran familia se convirtió entonces en servidor de todos. Su actividad fue la misma que antes, pero más intensa, más consciente, más gozosa. Precisamente los redentoristas nacían para imitar al Redentor, imitarle en la evangelización y en la contemplación. Debían ser misioneros y al mismo tiempo adoradores. Es lo que había hecho Alfonso hasta ahora y lo que hará desde ahora con mayor entusiasmo. Su mayor alegría era no tener esclavos ni servidores, como en la casa de su padre. Podía con libertad completa asear su habitación, trabajar en el huerto y trastear en la cocina. Su mismo oficio de Superior sólo servía para facilitarle las humillaciones. Entre sus primeros compañeros había un gentilhombre, que se rebelaba ante el pensamiento de servir a la mesa y lavar la vajilla. Alfonso adivinó la lucha que se libraba en su interior, y levantándose de su asiento, empezó a ayudar al pobre joven, llevando los platos del refectorio a la cocina. «¡Orgulloso!—se decía luego el novicio—; ¡te avergüenzas de servir, cuando Alfonso, mucho más noble que tú, se hace el servidor de todos!»
A las tareas del apóstol se juntan desde este momento las del fundador. Jefe de misioneros, reúne, organiza y dirige las huestes necesarias para aquella cruzada de salvación en que le ha empeñado su destino. Su campo se acrecienta sin cesar a impulsos de la pasión que le devora, pasión de salvar las almas, de extender el reino de Cristo. Se acerca a la vejez, pero si sus cabellos se vuelven blancos, su ardor no disminuye. Cuando los pies están ya torpes para los caminos, se acuerda de las manos, y toma la pluma como un arma nueva de combate. Quiere neutralizar las campañas de los falsos doctores, quiere oponer un dique al torrente inmundo de la impiedad. Del otro lado de los montes llega un grito lleno de odio y acometidad: «Aplastad al infame.» Voltaire arroja contra la Iglesia el veneno de sus ironías y sarcasmos; abates con semblante de bufones se encargan de esparcir sus agudezas y sus calumnias; en los círculos aristocráticos se habla con desprecio de la superstición popular, y el jansenismo, la herejía más sutil que ha urdido el diablo, al presentar una religión imposible y un Dios que es más bien un monstruo abominable, lleva los espíritus a la incredulidad o a la desesperación. En medio del universal naufragio, muchos buscaban una última tabla de salvación en la devoción a María; pero los herejes no habían olvidado que su triunfo estaba en el destronamiento «de aquella que ha exterminado las herejías en todo el mundo», según dice la liturgia. Presentóse el culto mariano como una superstición, se combatió lo que llaman la mariolatría, se veía en la Salve un tejido de errores y necedades, y de los breviarios y los misales quedaron suprimidas las más bellas invocaciones con que las generaciones cristianas habían manifestado su confianza a la Madre de Dios.
En este ambiente de lucha, publica San Alfonso el primero de sus libros, Las glorias de María, que, extendido rápidamente por todas las partes del mundo, va a inaugurar un renacimiento del culto de la Virgen y abrir una era de esperanza, disipando las nubes amenazadoras que el jansenismo había amontonado en los horizontes de la Iglesia. Podemos considerar a San Alfonso como el doctor de la salvación por medio de la Santísima Virgen. Los impíos, los ignorantes y los empedernidos tienen derecho a esperar en la felicidad eterna, gracias a los milagros que realiza en el mundo la intervención de María.
Pero después de haber devuelto la Madre al mundo, Alfonso quiso continuar su campaña antijansenista para devolverle al Hijo. Si para él María es la tesorera de las gracias, Jesús es la fuente. Ahora bien: la nueva herejía había hecho casi imposible al acceso a la fuente, apartando a los cristianos del confesionario y de la santa mesa. Para librar a sus hermanos de esta opresión tiránica, publicó Alfonso (1755) los dos volúmenes de su Teología moral, obra capital de su vida, en la que trazó a los confesores el verdadero camino que debían seguir para llevar las almas al Cielo, camino estrecho, ciertamente, porque no puede ser otro que el de los mandamientos, pero que Alfonso sabe hacer amable, despejándole de estorbos inhumanos e iluminándole con las claridades del amor. Quedaban todavía en la atmósfera los ecos de una controversia secular sobre la cuestión de las leyes dudosas o probables y sobre las disposiciones más o menos necesarias para recibir con fruto los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía: unos exigían demasiado, otros demasiado poco; unos sacrificaban la ley de Dios a la libertad, otros encadenaban la libertad a las leyes por ellos fabricadas; unos olvidaban la misericordia, otros desdeñaban la justicia. Durante algún tiempo Alfonso vivió inquieto por no saber qué doctrina seguir. En 1741 escribía: «Mi prelado me ha impuesto como obediencia que siga la opinión probable y menos rigurosa, como hacen tantos otros.» Obedeció ciegamente, pero sin conseguir formarse un criterio interno. Como sus inquietudes continuaban, tomó la resolución heroica de revisar tolos los tratados de moral y resolver personalmente todos los puntos discutidos Fruto de este examen profundo fue su obra de moralista, que forma época en la historia de la ciencia cristiana. Ha encontrado, finalmente, un término medio entre los dos campos extremos: será equiprobabilista. «Leyendo los autores más famosos—dice—, he encontrado algunos demasiado indulgentes, que, sin preocuparse de la verdad, escriben para agradar al mundo. Dispuestos siempre a poner almohadas bajo la cabeza de los pecadores, les duermen en el vicio. Otros, en su excesiva rigidez, confunden los consejos con los preceptos, y cargan las conciencias con obligaciones nuevas, sin tener en cuenta la fragilidad humana. Unos pierden las almas por la relajación, otros por el desaliento. Al componer esta obra, mi preocupación ha sido buscar el justo medio entre las opiniones laxas y las opiniones rígidas.»
Este mismo espíritu de moderación y de equilibrio es el que inspira sus obras ascéticas y espirituales. Ante todo, sienta un principio fundamental: que la santidad no es un privilegio reservado a un grupo aristocrático de almas. «Todos estamos obligados al precepto del amor—dice Alfonso—, y la verdadera santidad consiste en el amor de Jesucristo, nuestro Dios, nuestro soberano Bien, nuestro Salvador. Creer que la santidad consiste en la austeridad de la vida, en las largas oraciones, en las limosnas abundantes, es un error.» El Dios bondadoso que Alfonso nos presenta en sus Meditaciones es el reverso del tirano que se imaginaban los discípulos de Jansenio. Convencidos de ello, los sectarios le persiguieron con sus insultos y sus sarcasmos; hablando de sus ineptos escritos, de su devoción idiota, «favorable al culto fantástico, incoherente, farisaico y supersticioso del corazón carnal de Jesucristo, culto soñado por la visionaria Alacoque». Poco le importaban a Alfonso estos ladridos, que eran la mejor aprobación de su obra. Sin hacer caso de ellos, seguía utilizando todos los medios para extender aquella su religión de la confianza y del amor: la voz y la pluma, la ciencia y el arte, la música y la poesía. Orador moralista, apologista y místico, Alfonso era también sensible a los encantos de la poesía. Sabía, como San Ambrosio, San Gregorio y San Anselmo, que el verso es uno de los vehículos más poderosos de las ideas, y no dudó en utilizarle como un precioso auxiliar de sus misiones. En sus Cantos espirituales se revela, no sólo un hábil versificador, sino también un altísimo poeta, un poeta que dio al canto popular toda su perfección doctrinal y estética. Sus himnos resuenan todavía en los valles napolitanos con toda la frescura de los primeros días, y siguen brotando de los labios del pueblo en los días de las grandes solemnidades o en los grandes acontecimientos religiosos.
De esta manera se iba consumiendo aquella vida en las obras del servicio divino. Alfonso era ya casi septuagenario. Caballero de Cristo, había empuñado la espada de la palabra divina para combatir el buen combate, había predicado maravillosamente, y había escrito prodigiosamente. Adondequiera que llegaba, se le aclamaba como a un maestro, se le veneraba como a un santo, como a un taumaturgo, como a un profeta. Dios le asistía visiblemente, la Virgen le rodeaba de celestiales resplandores mientras enseñaba a los pueblos. Era ya viejo, pero aún meditaba nuevas conquistas; su sueño era recorrer el mundo con el rosario en la mano y la cruz en el pecho, recogiendo a las almas extraviadas para llevarlas al redil de la Iglesia. Mas he aquí que un día, cuando más seguro se creía en su soledad de Nocera, acercóse a él un clérigo, que le saludó, diciendo:
—Servidor de vuestra señoría ilustrísima. —¿Qué decís?—preguntó él, palideciendo.
—El Papa acaba de nombraros obispo de Santa Agueda de los Godos.
—¡Obispo! Os reís de mí.
—Leed esta carta.
Alfonso leyó, quedando mudo, aterrado, como herido por un rayo. Ni la lectura de aquel documento que le movió a retirarse de los tribunales le había causado tan honda impresión. Pensó luego que sólo había sido propuesto; y, ya más tranquilo, redactó su renuncia y se la entregó al enviado, diciendo: «Id y no volváis a llamarme ilustrísimo, si no me queréis ver muerto repentinamente.» Y dirigiéndose a los que le rodeaban, díjoles: «Esta borrasca me ha hecho perder una hora y cuatro ducados», los cuatro ducados que había dado al mensajero. «No—añadió—, no cambiaré la Congregación del Santísimo Redentor por todos los reinos del Gran Turco.» Sin embargo, tuvo que cambiarla por el palacio episcopal de Santa águeda, una pequeña ciudad situada al pie del monte Taburno, entre Capua y Benevento. Fue preciso obedecer al Papa, cargar con la dignidad impuesta, y llevarla sobre los hombros año tras año animosa y amorosamente. «Grandes son mis pecados—decía el pobre viejo—, para que Dios me castigue de esta manera.» Pero otras pruebas más terribles debían amargar su vejez. A los doce años logró que le aceptasen la dimisión. ¡Con qué alegría se volvió entonces a su celda! Pronto, sin embargo, echó de ver que entre sus antiguos discípulos faltaba la paz, el amor, la cordialidad. La Congregación atravesaba entonces una crisis profunda. Había rivalidades, intrigas y ambiciones, y en la misma curia romana se seguía un proceso en el cual los cismáticos tenían todas las probabilidades de triunfar. El mismo fundador estaba en peligro: se le acusaba de haber cambiado las Constituciones del instituto, de haberse dejado engañar por el regalismo dominante, de haber hecho más caso de la corte de Nápoles que de la autoridad pontificia. Y llegó la sentencia de Pío VI; Alfonso y sus más fieles compañeros eran separados de la Congregación. Al recibir la noticia, sólo dijo estas palabras: «Hace seis meses que hago esta sola oración: Señor, lo que Vos queréis, lo quiero yo también.» Pero tan delicada era su conciencia, que pensó en emprender un largo viaje para manifestar su sumisión al Papa. «Cuando nos manifestó este designio—dice uno de sus compañeros—, nos miramos unos a otros, sin saber si reír o llorar en presencia del magnánimo anciano, que hablaba de ponerse en camino, aunque apenas podía tenerse en pie.»
Esto era poco todavía: al abandono de los hombres debía juntarse el abandono de Dios, el purgatorio en la tierra, la noche del alma. Una noche más espantosa que la tumba envolvió al pobre solitario. Creíase al borde del infierno, y en toda su vida sólo encontraba pecados. Todos sus trabajos, todas sus buenas obras, sólo habían sido frutos podridos, abominables a Dios. Bajo la ilusión de los escrúpulos, sus actos más sencillos se convertían en pecados horribles. El gran moralista, que había iluminado tantas almas, caminaba ahora a tientas, tembloroso y ciego, sin poder dar un solo paso sin la ayuda de los demás. «Me dirijo a Dios—decía él—, pero al punto me parece ver una mano que me rechaza. Si digo: Jesús mío, yo os amo, una voz implacable me responde: No es verdad.» Su terror era tan grande, que no se atrevía a acercarse a comulgar. Atormentado por tentaciones horribles, lloraba como un niño, exhalaba gritos desgarradores, temblaba como un azogado, y con voz que movía a compasión imploraba el socorro contra el enemigo. Presentábansele dudas contra todos los misterios de la fe, contra todas las verdades del cristianismo; y él las rechazaba, diciendo una y otra vez: «Yo creo, Señor, yo creo; quiero vivir y morir hijo de la Iglesia.» El demonio de la carne le ponía delante de los ojos las más hediondas fantasías; su imaginación se enardecía, sus sentidos se agitaban con todos los hervores de la juventud. En sus noches de insomnio, obsesionado por aquellas sugestiones infernales, el pobre nonagenario se retorcía con la furia de un demente, y repetía sin cesar: «¡Oh Jesús, muera yo antes de ofenderte! ¡Oh María, si no vienes en mi auxilio, seré más criminal que Judas!» Así, cerca de dos años. La luz vino repentina, abundante, con el ímpetu de la tempestad. A los temblores del miedo sucedieron los estremecimientos del éxtasis. «Estaba sentado en un sillón—dice uno de sus confidentes—, y apenas se podía mover; pero cuando rezaba, yo le vi muchas veces levantarse de su asiento. Entonces su cuerpo parecía tener la ligereza de una pluma.» Eran los primeros ensayos para el vuelo definitivo. Una paz soberana envolvía ahora todo su ser. «¿Tenéis alguna inquietud?», le preguntaron en la última hora. «Ninguna», respondió él. Y añadió, extendiendo los brazos: «Dadme a Jesucristo; traedme a Jesucristo.»
Para prepararse a los estudios jurídicos, Alfonso tuvo que adquirir todos los conocimientos literarios, científicos y artísticos indispensables en un joven de su alcurnia. Ilustres maestros llegaban diariamente a su casa para iniciarle en los secretos de la sabiduría. Aprendió las lenguas clásicas y las modernas, ciencias exactas y ciencias naturales; retórica, historia y geografía. Aún se conserva un planisferio armilar que fabricó en aquellos días infantiles. Su formación estética fue también esmerada y seria. Sus estudios arquitectónicos le permitirán más tarde planear iglesias y conventas; en pintura, llegará a producir piadosas imágenes de María y de Cristo crucificado. Por lo que se refiere a la música, llegó a componer con tal habilidal, que hubiera podido ser uno de los buenos músicos de su tiempo. Diariamente se pasaba tres horas tocando el clavicordio, y como al principio aquello se le hacía una penitencia, su padre le dejaba con su instrumento, y cerraba la puerta con llave. Ya viejo, se lamentaba amargamente de haber perdido tanto tiempo en estas niñerías; «sin embargo—añadía—, era preciso obedecer a mi padre». Con el mismo rigor tuvo que andar al internarse en el bosque enmarañado de las leyes napolitanas: derecho romano, derecho canónico y derecho feudal, constituciones normandas, capitulares angevinas, pragmáticas aragonesas, decretos de los virreyes españoles, usos, gracias y privilegios particulares. Sólo una hora de recreo le concedía diariamente el implacable marino. Durante ella conversaba con sus amigos, paseaba o jugaba a las cartas. Y no se podía descuidar: un día, habiéndose entretenido demasiado en el juego, observó que, en lugar de sus autores favoritos, en su mesa de trabajo había una baraja. Estaba pensando lo que aquello podría significar, cuando ve a su padre que entra colérico y le dice: «¡Ahí tienes tu libro, el libro con que piensas hacerte un porvenir!»
De esta manera se explica que a los dieciséis años pudiese el estudiante comparecer ante el areópago napolitano para sufrir la prueba del doctorado. Como nunca se había visto un aspirante tan madrugador, hubo que sacar una dispensa previa de cuatro años. Los examinadores le introdujeron por unanimidad en su docta corporación, le encasquetaron el birrete doctoral, le entregaron el anillo de la sabiduría y le revistieron de la amplia toga, que parecía sepultar al pequeño prodigio entre sus largos y ampulosos pliegues. Corría entonces un refrán que decía: «Advocatus et non latro, res miranda populo: Abogado y no ladrón, cosa digna de admiración.» Sin embargo, Alfonso miraba su profesión como la más noble que existe después del sacerdocio; y, como era natural, quiso prepararse a ejercer sus funciones con una larga experiencia de las sesiones de los tribunales y las deliberaciones de los jurisconsultos. La confianza que inspiraba, tanto por su ciencia como por su virtud, así como su elocuencia clara y persuasiva y su absoluto desinterés, le ganaron pronto una clientela numerosa y selecta. Jamás perdió un pleito en los ocho años de su vida forense; jamás se vio un jurista más afortunado. No obstante, esos éxitos no llegaban a hacerle feliz. Amaba su profesión con toda el alma, pero con frecuencia le venía la tentación de retirarse. El espectáculo de las causas más justas, tergiversadas por el engaño, el sofisma y la maldad, repugnaba a su naturaleza noble y caballerosa. «Amigo mío —decía a un colega—, nuestra vida es muy desgraciada, y lo peor aún es que corremos riesgo de tener una mala muerte. Esta carrera no me conviene; tendré que abandonarla para asegurar la salvación de mi alma.»
Sin hacer caso de estos escrúpulos, el altivo capitán pensaba sólo en la gloria de su hijo y en el acrecentamiento de la familia. Ahora examinaba cuidadosamente la nobleza del país para buscarle una digna compañera. Emparentada con su casa, encontró a la heredera de los príncipes de Presiccio. Era hija única, y, por tanto, en ella debían reunirse los títulos y los bienes de la familia. Todo esto lo calculó el buen padre con vigilante solicitud; y ya había logrado concertar el matrimonio, cuando a la princesita le nació un hermano, que venía importunamente a despojarla del mayorazgo. Desde entonces los Ligorio empezaron a distanciar sus visitas en casa de los Presiccio, y ya se iban olvidando casi de ellos, cuando se murió aquel niño que había nacido de una manera tan intempestiva. Naturalmente, el capitán reanudó las relaciones, y con tal éxito, que a los pocos días había convencido a los padres de la muchacha; pero ésta, que era muy discreta, declaró que no quería casarse, y, efectivamente, al poco tiempo se escondía en un convento.
Alfonso, que en todo esto había observado una actitud pasiva, se alegró vivamente del desenlace, y hasta vio en todo aquello un indicio de la voluntad divina. Pero el capitán, que sabía hacerse obedecer, no pensaba de la misma manera. Si no pudo hacer príncipe a su hijo, creyó que le sería fácil adornarle con un ducado. Solicitó la mano de la hija de los duques de Presenzano, y la obtuvo. Hubo las consiguientes recepciones, presentaciones y visitas; y sucedió que una tarde, cuando aquellas gentes de mundo no sabían ya de que hablar, acudieron a la música para distraer el tiempo. Alfonso fue invitado a tocar el clave, y no pudo rehusarse. Empezó una romanza que estaba entonces de moda. De pronto, su novia, sentándose junto a él, empezó a cantar; pero el joven, sin dejar de tocar, dirigió la cabeza al lado opuesto. Cambió ella de asiento, pero nuevamente volvió Alfonso la cabeza. Despechada por este desaire, saltó la muchacha del asiento y abandonó nerviosamente la sala, haciendo esta declaración: «El señor abogado me parece un tanto lunático.» Así terminó aquel segundo proyecto matrimonial. Desde entonces las relaciones entre padre e hijo se hicieron cada día más difíciles. A pesar de la docilidad del joven, los choques eran frecuentes en casa. El buen capitán empezaba a sentirse defraudado en sus esperanzas, a causa de lo que él llamaba el carácter insociable de su hijo. Alfonso, sin embargo, se esforzaba por complacerle: frecuentaba el teatro, intervenía en las fiestas de sociedad y en las reuniones académicas, empezaba a apasionarse por la caza, y, como él decía más tarde, «estuvo en riesgo de arrojarse al abismo si Dios no le sacara inopinadamente de aquel sueño peligroso.»
El golpe de la gracia fue sonado y muy comentado en Nápoles. Preocupaba entonces a la ciudad — era esto en 1723—un pleito famoso entre el duque de Orsini y el gran duque de Toscana. Invitado a defender los intereses del primero, Alfonso estudió escrupulosamente toda la documentación y llegó al convencimiento de que la razón estaba de parte de su cliente. Llegó el día de esgrimir los argumentos en el tribunal. La sala estaba llena de juristas y curiosos, ávidos de emociones. Alfonso peroró con su maestría de siempre, desenvolviéndose en el dédalo de las leyes más complicadas con una habilidad que dejó pasmada a la concurrencia. Todos aprobaban y le daban ya las albricias del vencedor, cuando su adversario se encaró con él y le dijo con una fría sonrisa: «Toda esa argumentación brillante es falsa, y lo podréis ver leyendo este documento.» Alfonso recogió el papel que se le tendía y se echó a reír. Cien veces le había tenido en sus manos; le había leído, le había estudiado y había examinado lentamente cada una de sus líneas. ¿Qué de nuevo podría encontrar en él? No obstante, quiso leerle una vez más. De repente, la voz se le anuda a la garganta, palidece, y el papel se le cae de las manos. Es que ha visto una cláusula que se acaba de iluminar repentinamente para él, una cláusula decisiva, que da la victoria a su contrincante. «Me he equivocado», exclama humildemente, y huye avergonzado de la audiencia. Siguieron tres días de dolor profundo, de desesperación, de atolondramiento. Como herido por un rayo, Alonso parecía presa de una verdadera insensibilidad. Ni comía, ni dormía, ni hablaba con nadie. El sentimiento del honor herido le tenía como petrificado. Al cuarto día, una claridad súbita disipó las tinieblas de su alma, revelándole el misterio de la distracción que le había llevado a perder el pleito. Dándose cuenta de las vanidades de la tierra, rompió a llorar y pronunció con toda el alma la frase de San Pablo: «Señor, ¿qué queréis que haga?» Se despidió del foro, colgó su espada en el altar de Nuestra Señora de la Merced, y en medio de la desolación de todos los suyos, empezó a prepararse al sacerdocio.
Dios había contestado a su pregunta: quería hacer de él un apóstol. El hombre del foro se convirtió en el hombre de la cátedra y del confesionario. Un fuego sagrado le consumía; un amor impetuoso le lanzaba en busca de los corazones vacilantes o extraviados. Desde el primer momento fue el predicador de las almas buenas que quieren oír hablar de Dios, predicador de los sabios y de los ignorantes, de los pobres y de los poderosos. Era aquel el tiempo de la palabrería hueca y brillante con que los gerundios deshonraban la cátedra del Espíritu Santo: salidas de efecto, palabras pomposas, períodos artísticamente cincelados, figuras violentas, interpretaciones originales y absurdas de los textos sagrados, ridículas disertaciones enunciadas en un tono enfático y declamatorio, sin la sencillez, sin la variedad, sin la naturalidad de la conversación. Sin hacer caso del gusto monstruoso del público, Alfonso rompió los moldes en moda y empezó a predicar simplemente a Cristo crucificado, y su palabra, eco de la palabra del Verbo, caía sobre los oyentes como un celeste rocío, cuya suavidad penetraba el alma del literato lo mismo que la del labriego. En el campo, lo mismo que en la ciudad, las multitudes le rodeaban, sedientas de su doctrina, y entre sus oyentes se veía a los abogados, a los procuradores y a los caballeros mezclados con los artesanos, los obreros y los marinos. «Nicolás Capasso—decía una vez el predicador a un escritor famoso que por aquellos días divertía a los napolitanos con sus agudas facecias—, al veros siempre junto a mi cátedra, me imagino que estáis preparando una sátira contra mí.» «De ninguna manera—respondió el satírico—; jamás esperé de vos estilo florido ni bellos períodos; me encanta vuestra manera, porque no me hacéis pensar en vos, sino en Cristo.»
Solía decir Alfonso que el mayor peligro del sacerdote activo es querer inflamar a los otros sin mantener en si mismo la llama divina. Con la perspicacia del hombre dirigido por el espíritu de Dios, había comprendido que la acción debe nacer de la contemplación, que el celo apostólico debe ser una consecuencia de la vida interior. La oración y la penitencia eran el alimento de la suya. Dormía sobre la tierra desnuda, comía arrodillado o sentado en el suelo, se flagelaba cada día varias veces, metía piedrecitas en el calzado para no olvidar un solo momento el espíritu de mortificación, y su oración se prolongaba durante las horas de la noche, muchas veces en medio de la desolación y la angustia. «Voy a Jesús, y me rechaza—decía en los primeros tiempos de su ministerio sacerdotal—; voy a María y no me responde.» Su figura ascética hacía tanta impresión en las almas como el ardor místico que encendía su elocuencia. Cuando hablaba del amor o de la penitencia, bastaba mirar su rostro iluminado y extenuado. Los que le escuchaban, echábanse a llorar y se convertían. Algunos sacerdotes, deseosos de imitar su vida, se unieron a él y le pidieron un reglamento de vida; y un día de 1732 los napolitanos vieron con estupefacción que el abogado insigne, el predicador famoso en todo el reino, abandonaba el palacio familiar y, montando en un asno, atravesaba las calles de la ciudad y desaparecía en la llanura.
En la costa pintoresca de Amaifi, rodeada de paisajes espléndidos, arrullada por las olas del mar, se levanta todavía la villa de Scala. Allí es donde Alfonso reunió a sus primeros compañeros; allí es donde puso la primera fortaleza del ejército que proyectaba y que empezaba a reclutar con el nombre de Congregación del Santísimo Redentor; allí nacieron los redentoristas. El hijo de una gran familia se convirtió entonces en servidor de todos. Su actividad fue la misma que antes, pero más intensa, más consciente, más gozosa. Precisamente los redentoristas nacían para imitar al Redentor, imitarle en la evangelización y en la contemplación. Debían ser misioneros y al mismo tiempo adoradores. Es lo que había hecho Alfonso hasta ahora y lo que hará desde ahora con mayor entusiasmo. Su mayor alegría era no tener esclavos ni servidores, como en la casa de su padre. Podía con libertad completa asear su habitación, trabajar en el huerto y trastear en la cocina. Su mismo oficio de Superior sólo servía para facilitarle las humillaciones. Entre sus primeros compañeros había un gentilhombre, que se rebelaba ante el pensamiento de servir a la mesa y lavar la vajilla. Alfonso adivinó la lucha que se libraba en su interior, y levantándose de su asiento, empezó a ayudar al pobre joven, llevando los platos del refectorio a la cocina. «¡Orgulloso!—se decía luego el novicio—; ¡te avergüenzas de servir, cuando Alfonso, mucho más noble que tú, se hace el servidor de todos!»
A las tareas del apóstol se juntan desde este momento las del fundador. Jefe de misioneros, reúne, organiza y dirige las huestes necesarias para aquella cruzada de salvación en que le ha empeñado su destino. Su campo se acrecienta sin cesar a impulsos de la pasión que le devora, pasión de salvar las almas, de extender el reino de Cristo. Se acerca a la vejez, pero si sus cabellos se vuelven blancos, su ardor no disminuye. Cuando los pies están ya torpes para los caminos, se acuerda de las manos, y toma la pluma como un arma nueva de combate. Quiere neutralizar las campañas de los falsos doctores, quiere oponer un dique al torrente inmundo de la impiedad. Del otro lado de los montes llega un grito lleno de odio y acometidad: «Aplastad al infame.» Voltaire arroja contra la Iglesia el veneno de sus ironías y sarcasmos; abates con semblante de bufones se encargan de esparcir sus agudezas y sus calumnias; en los círculos aristocráticos se habla con desprecio de la superstición popular, y el jansenismo, la herejía más sutil que ha urdido el diablo, al presentar una religión imposible y un Dios que es más bien un monstruo abominable, lleva los espíritus a la incredulidad o a la desesperación. En medio del universal naufragio, muchos buscaban una última tabla de salvación en la devoción a María; pero los herejes no habían olvidado que su triunfo estaba en el destronamiento «de aquella que ha exterminado las herejías en todo el mundo», según dice la liturgia. Presentóse el culto mariano como una superstición, se combatió lo que llaman la mariolatría, se veía en la Salve un tejido de errores y necedades, y de los breviarios y los misales quedaron suprimidas las más bellas invocaciones con que las generaciones cristianas habían manifestado su confianza a la Madre de Dios.
En este ambiente de lucha, publica San Alfonso el primero de sus libros, Las glorias de María, que, extendido rápidamente por todas las partes del mundo, va a inaugurar un renacimiento del culto de la Virgen y abrir una era de esperanza, disipando las nubes amenazadoras que el jansenismo había amontonado en los horizontes de la Iglesia. Podemos considerar a San Alfonso como el doctor de la salvación por medio de la Santísima Virgen. Los impíos, los ignorantes y los empedernidos tienen derecho a esperar en la felicidad eterna, gracias a los milagros que realiza en el mundo la intervención de María.
Pero después de haber devuelto la Madre al mundo, Alfonso quiso continuar su campaña antijansenista para devolverle al Hijo. Si para él María es la tesorera de las gracias, Jesús es la fuente. Ahora bien: la nueva herejía había hecho casi imposible al acceso a la fuente, apartando a los cristianos del confesionario y de la santa mesa. Para librar a sus hermanos de esta opresión tiránica, publicó Alfonso (1755) los dos volúmenes de su Teología moral, obra capital de su vida, en la que trazó a los confesores el verdadero camino que debían seguir para llevar las almas al Cielo, camino estrecho, ciertamente, porque no puede ser otro que el de los mandamientos, pero que Alfonso sabe hacer amable, despejándole de estorbos inhumanos e iluminándole con las claridades del amor. Quedaban todavía en la atmósfera los ecos de una controversia secular sobre la cuestión de las leyes dudosas o probables y sobre las disposiciones más o menos necesarias para recibir con fruto los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía: unos exigían demasiado, otros demasiado poco; unos sacrificaban la ley de Dios a la libertad, otros encadenaban la libertad a las leyes por ellos fabricadas; unos olvidaban la misericordia, otros desdeñaban la justicia. Durante algún tiempo Alfonso vivió inquieto por no saber qué doctrina seguir. En 1741 escribía: «Mi prelado me ha impuesto como obediencia que siga la opinión probable y menos rigurosa, como hacen tantos otros.» Obedeció ciegamente, pero sin conseguir formarse un criterio interno. Como sus inquietudes continuaban, tomó la resolución heroica de revisar tolos los tratados de moral y resolver personalmente todos los puntos discutidos Fruto de este examen profundo fue su obra de moralista, que forma época en la historia de la ciencia cristiana. Ha encontrado, finalmente, un término medio entre los dos campos extremos: será equiprobabilista. «Leyendo los autores más famosos—dice—, he encontrado algunos demasiado indulgentes, que, sin preocuparse de la verdad, escriben para agradar al mundo. Dispuestos siempre a poner almohadas bajo la cabeza de los pecadores, les duermen en el vicio. Otros, en su excesiva rigidez, confunden los consejos con los preceptos, y cargan las conciencias con obligaciones nuevas, sin tener en cuenta la fragilidad humana. Unos pierden las almas por la relajación, otros por el desaliento. Al componer esta obra, mi preocupación ha sido buscar el justo medio entre las opiniones laxas y las opiniones rígidas.»
Este mismo espíritu de moderación y de equilibrio es el que inspira sus obras ascéticas y espirituales. Ante todo, sienta un principio fundamental: que la santidad no es un privilegio reservado a un grupo aristocrático de almas. «Todos estamos obligados al precepto del amor—dice Alfonso—, y la verdadera santidad consiste en el amor de Jesucristo, nuestro Dios, nuestro soberano Bien, nuestro Salvador. Creer que la santidad consiste en la austeridad de la vida, en las largas oraciones, en las limosnas abundantes, es un error.» El Dios bondadoso que Alfonso nos presenta en sus Meditaciones es el reverso del tirano que se imaginaban los discípulos de Jansenio. Convencidos de ello, los sectarios le persiguieron con sus insultos y sus sarcasmos; hablando de sus ineptos escritos, de su devoción idiota, «favorable al culto fantástico, incoherente, farisaico y supersticioso del corazón carnal de Jesucristo, culto soñado por la visionaria Alacoque». Poco le importaban a Alfonso estos ladridos, que eran la mejor aprobación de su obra. Sin hacer caso de ellos, seguía utilizando todos los medios para extender aquella su religión de la confianza y del amor: la voz y la pluma, la ciencia y el arte, la música y la poesía. Orador moralista, apologista y místico, Alfonso era también sensible a los encantos de la poesía. Sabía, como San Ambrosio, San Gregorio y San Anselmo, que el verso es uno de los vehículos más poderosos de las ideas, y no dudó en utilizarle como un precioso auxiliar de sus misiones. En sus Cantos espirituales se revela, no sólo un hábil versificador, sino también un altísimo poeta, un poeta que dio al canto popular toda su perfección doctrinal y estética. Sus himnos resuenan todavía en los valles napolitanos con toda la frescura de los primeros días, y siguen brotando de los labios del pueblo en los días de las grandes solemnidades o en los grandes acontecimientos religiosos.
De esta manera se iba consumiendo aquella vida en las obras del servicio divino. Alfonso era ya casi septuagenario. Caballero de Cristo, había empuñado la espada de la palabra divina para combatir el buen combate, había predicado maravillosamente, y había escrito prodigiosamente. Adondequiera que llegaba, se le aclamaba como a un maestro, se le veneraba como a un santo, como a un taumaturgo, como a un profeta. Dios le asistía visiblemente, la Virgen le rodeaba de celestiales resplandores mientras enseñaba a los pueblos. Era ya viejo, pero aún meditaba nuevas conquistas; su sueño era recorrer el mundo con el rosario en la mano y la cruz en el pecho, recogiendo a las almas extraviadas para llevarlas al redil de la Iglesia. Mas he aquí que un día, cuando más seguro se creía en su soledad de Nocera, acercóse a él un clérigo, que le saludó, diciendo:
—Servidor de vuestra señoría ilustrísima. —¿Qué decís?—preguntó él, palideciendo.
—El Papa acaba de nombraros obispo de Santa Agueda de los Godos.
—¡Obispo! Os reís de mí.
—Leed esta carta.
Alfonso leyó, quedando mudo, aterrado, como herido por un rayo. Ni la lectura de aquel documento que le movió a retirarse de los tribunales le había causado tan honda impresión. Pensó luego que sólo había sido propuesto; y, ya más tranquilo, redactó su renuncia y se la entregó al enviado, diciendo: «Id y no volváis a llamarme ilustrísimo, si no me queréis ver muerto repentinamente.» Y dirigiéndose a los que le rodeaban, díjoles: «Esta borrasca me ha hecho perder una hora y cuatro ducados», los cuatro ducados que había dado al mensajero. «No—añadió—, no cambiaré la Congregación del Santísimo Redentor por todos los reinos del Gran Turco.» Sin embargo, tuvo que cambiarla por el palacio episcopal de Santa águeda, una pequeña ciudad situada al pie del monte Taburno, entre Capua y Benevento. Fue preciso obedecer al Papa, cargar con la dignidad impuesta, y llevarla sobre los hombros año tras año animosa y amorosamente. «Grandes son mis pecados—decía el pobre viejo—, para que Dios me castigue de esta manera.» Pero otras pruebas más terribles debían amargar su vejez. A los doce años logró que le aceptasen la dimisión. ¡Con qué alegría se volvió entonces a su celda! Pronto, sin embargo, echó de ver que entre sus antiguos discípulos faltaba la paz, el amor, la cordialidad. La Congregación atravesaba entonces una crisis profunda. Había rivalidades, intrigas y ambiciones, y en la misma curia romana se seguía un proceso en el cual los cismáticos tenían todas las probabilidades de triunfar. El mismo fundador estaba en peligro: se le acusaba de haber cambiado las Constituciones del instituto, de haberse dejado engañar por el regalismo dominante, de haber hecho más caso de la corte de Nápoles que de la autoridad pontificia. Y llegó la sentencia de Pío VI; Alfonso y sus más fieles compañeros eran separados de la Congregación. Al recibir la noticia, sólo dijo estas palabras: «Hace seis meses que hago esta sola oración: Señor, lo que Vos queréis, lo quiero yo también.» Pero tan delicada era su conciencia, que pensó en emprender un largo viaje para manifestar su sumisión al Papa. «Cuando nos manifestó este designio—dice uno de sus compañeros—, nos miramos unos a otros, sin saber si reír o llorar en presencia del magnánimo anciano, que hablaba de ponerse en camino, aunque apenas podía tenerse en pie.»
Esto era poco todavía: al abandono de los hombres debía juntarse el abandono de Dios, el purgatorio en la tierra, la noche del alma. Una noche más espantosa que la tumba envolvió al pobre solitario. Creíase al borde del infierno, y en toda su vida sólo encontraba pecados. Todos sus trabajos, todas sus buenas obras, sólo habían sido frutos podridos, abominables a Dios. Bajo la ilusión de los escrúpulos, sus actos más sencillos se convertían en pecados horribles. El gran moralista, que había iluminado tantas almas, caminaba ahora a tientas, tembloroso y ciego, sin poder dar un solo paso sin la ayuda de los demás. «Me dirijo a Dios—decía él—, pero al punto me parece ver una mano que me rechaza. Si digo: Jesús mío, yo os amo, una voz implacable me responde: No es verdad.» Su terror era tan grande, que no se atrevía a acercarse a comulgar. Atormentado por tentaciones horribles, lloraba como un niño, exhalaba gritos desgarradores, temblaba como un azogado, y con voz que movía a compasión imploraba el socorro contra el enemigo. Presentábansele dudas contra todos los misterios de la fe, contra todas las verdades del cristianismo; y él las rechazaba, diciendo una y otra vez: «Yo creo, Señor, yo creo; quiero vivir y morir hijo de la Iglesia.» El demonio de la carne le ponía delante de los ojos las más hediondas fantasías; su imaginación se enardecía, sus sentidos se agitaban con todos los hervores de la juventud. En sus noches de insomnio, obsesionado por aquellas sugestiones infernales, el pobre nonagenario se retorcía con la furia de un demente, y repetía sin cesar: «¡Oh Jesús, muera yo antes de ofenderte! ¡Oh María, si no vienes en mi auxilio, seré más criminal que Judas!» Así, cerca de dos años. La luz vino repentina, abundante, con el ímpetu de la tempestad. A los temblores del miedo sucedieron los estremecimientos del éxtasis. «Estaba sentado en un sillón—dice uno de sus confidentes—, y apenas se podía mover; pero cuando rezaba, yo le vi muchas veces levantarse de su asiento. Entonces su cuerpo parecía tener la ligereza de una pluma.» Eran los primeros ensayos para el vuelo definitivo. Una paz soberana envolvía ahora todo su ser. «¿Tenéis alguna inquietud?», le preguntaron en la última hora. «Ninguna», respondió él. Y añadió, extendiendo los brazos: «Dadme a Jesucristo; traedme a Jesucristo.»
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