miércoles, 5 de marzo de 2014

San José de Oriol

Nació en Barcelona (España) y pasó casi toda su vida en esta ciudad.

Quedó huérfano de padre siendo todavía muy pequeñito.

Jovencito fue admitido como monaguillo y cantor en una iglesia, y viendo los sacerdotes su gran piedad y devoción se propusieron costearle los estudios de seminario. Pasaba muchas horas rezando ante el Santísimo Sacramento en el templo.

Ordenado sacerdote, y habiendo recibido en la universidad el grado de doctor, se dedicó a la educación de la juventud.

Era sumamente estimado por las gentes y muy alabado por su gran virtud y por sus modos tan amables que tenía en el trato con todos, pero Dios le dejó ver el estado de su alma (como lo hizo también con toros santos) y desde ese día ya no tuvo José ningún sentimiento de vanidad ni de orgullo. Se dio cuenta de que lo que ante los ojos de la gente brilla como santidad, ante los ojos de Dios no es sino miseria y debilidad.

Desde el día en que Dios le permitió ver el estado de su alma, José Oriol se propuso nunca más volver a comer carne en su vida y ayunar todos los días. Y así lo cumplió. (Ayuno es tomar un desayuno muy pequeño, un almuerzo ordinario y una cena muy leve también, y no comer ni beber nada entre una comida y otra comida). También como penitencia pasaba muchas horas de rodillas rezando (y a veces con los brazos en cruz) y usaba vestidos tan viejos y desteñidos que las gentes se burlaron de él muchas veces por las calles de Barcelona.

Fue en peregrinación a Roma y desde allá el Sumo Pontífice ordenó que lo encargaran de un templo en Barcelona. Y en su nueva iglesia se dedicó totalmente a tratar de salvar las almas y hacer amar más a Dios. Su habitación (una pieza en arriendo en una azotea) era totalmente pobre: una mesita, un crucifijo, una silla y unos libros. Cama no tuvo nunca, porque las pocas horas que dormía las pasaba en una estera en el duro suelo.

A San José Oriol le concedió Dios el don de la dirección espiritual. Las gentes que iban a consultarlo volvían a sus casas y a sus oficios con el alma en paz y el espíritu lleno de confianza y alegría. Muchos llegaban a su despacho con el rostro triste y sin saludar a nadie, y después de oír por unos minutos a este santo sacerdote hablarles del cielo y de los premiso y ayudas que Dios tiene reservados para los que lo aman, salían de allí sonrientes y saludando a todo el que encontraban. A las personas que dirigía les insistía en que su santidad no fuera sólo superficial y externa, sino sobre todo interior y sobrenatural. No aceptaba dirigir espiritualmente a quien no se comprometía a leer libros espirituales o escuchar sermones, y a hacer su examen de conciencia cada día y algún Retiro Espiritual de vez en cuando.

Acusaron al Padre José de que era demasiado rígido en el confesionario. Que ponía a los penitentes pequeños trabajos espirituales para hacer, y que a los que no se esforzaban por hacerlos (por ejemplo callar algo en momentos de cólera, etc.) los enviaba donde otros sacerdotes porque él no se comprometía a seguir confesando a los que no hacían nada por enmendarse. Que a los que no iban a misa los domingos no les daba la absolución mientras no hubieran ido siquiera tres domingos a misa (porque no quería ser alcahuete de los que no cumplan el tercer mandamiento, que manda santificar las fiestas), etc., etc. El superior entonces le prohibió confesar durante un año. Pero a los pocos días murió el superior y el que lo reemplazó le volvió a conceder otra vez el permiso de confesar. Los que iban a confesarse con él sabían que era muy amable, bondadoso, muy bien educado, pero que no aceptaba que la confesión fuera un simple rito para poder comulgar y para seguir cometiendo siempre lo mismo sin enmendarse. Eso sí que no lo aceptaba nunca.

Le encantaba enseñar catecismo a los niños, especialmente para prepararlos a la Primera Comunión. Tenía una especial cualidad para predicar y enseñar catecismo a los soldados y le gustaba mucho hablarles a los militares.

Empezó a sentir un gran deseo de ser martirizado por defender su religión. Y aunque las gentes de Barcelona que tanto lo amaban y estimaban, le rogaron mucho que no se fuera a otro país, sin embargo él se fue para Roma a pedir que la Santa Sede lo enviara de misionero a un país de salvajes.

Pero en Marsella cayó enfermo y en medio de su enfermedad se le apareció la Sma. Virgen y le comunicó que Dios le aceptaba su deseo de morir mártir por Cristo, pero que lo que le pedía era que volviera a su ciudad a seguir ganando almas para Nuestro Señor. Y se volvió a Barcelona.

Su regreso fue aclamado con grandes demostraciones de júbilo en Barcelona.

Y su fama de obrador de milagros empezó a extenderse por la ciudad y por muchas partes más. De varios pueblos de alrededor llegaban enfermos a que él los curara, y eran tan grandes los tumultos que se formaban en las iglesias, queriendo todos que les impusiera las manos, que su confesor tuvo que prohibirle que hiciera curaciones dentro del templo. El santo nunca se atribuía a él mismo ninguno de los prodigios que obraba. Decía que todo se debía a que sus penitentes se confesaban con mucho arrepentimiento y que por eso Dios los curaba.

En sus últimos años obtuvo de Dios el don de profecía y anunciaba muchas cosas que iban a suceder en el futuro. Y hasta anunció cuando iba a suceder su propia muerte. En un día del mes de marzo del año 1702, mientras cantaba en su lecho de enfermo un himno a la Virgen María, murió santamente. Tenía apenas 53 años.

Enormes multitudes se congregaron alrededor de su féretro el día de su entierro. Los devotos se repartieron sus pocas pertenencias para guardarlas como reliquias, y después consiguieron formidables milagros por su intercesión y el Papa San Pío Décimo lo declaró santo.

San José Oriol, consíguenos de Dios muchos y muy santos directores espirituales, y muy buenos y celosos confesores.

martes, 4 de marzo de 2014

Reflexión de hoy



Lecturas


Queridos hermanos:
La salvación fue el tema que investigaron y escrutaron los profetas, los que predecían la gracia destinada a vosotros.
El Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, les declaraba por anticipado los sufrimientos de Cristo y la gloria que seguiría; ellos indagaron para cuándo y para qué circunstancia lo indicaba el Espíritu.
Se les reveló que aquello de que trataban no era para su tiempo, sino para el vuestro.
Y ahora se os anuncia por medio de predicadores que os han traído el Evangelio con la fuerza del Espíritu enviado del cielo. Son cosas que los ángeles ansían penetrar.
Por eso, estad interiormente preparados para la acción, controlándoos bien, a la expectativa del don que os va a traer la revelación de Jesucristo.
Como hijos obedientes, no os amoldéis más a los deseos que teníais antes, en los días de vuestra ignorancia.
El que os llamó es santo; como él, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque dice la Escritura: «Seréis santos, porque yo soy santo. »

En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús:
-«Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»
Jesús dijo:
-«Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mi y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más - casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones -, y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros.»

Palabra del Señor.

San Casimiro de Polonia

Cuando nació San Casimiro el día 3 de octubre de 1458 en el castillo de Wawel, en Cracovia, habían pasado setenta y dos años desde que su abuelo, el célebre Jaguelón, gran duque de Lituania, se posesionara del trono de Polonia con el nombre de Ladislao II. Amenazados continuamente por los asaltos de los caballeros de la orden teutónica y por las incursiones de los tártaros y los rusos, lituanos y polacos, aunque tan dispares en lengua y estirpe, habían resuelto, al fin, unir su suerte creando una federación o "república", como entonces se decía, la cual sería regida por un jefe único, pero conservando ambos estados sus derechos y sus prerrogativas, con ejército, parlamento y cargas civiles propias.

Jaguelón solamente tuvo hijos de su cuarta espesa, la princesa lituana Sofía de Alsenai; entre éstos se encontraba el padre de nuestro Santo, llamado también Casimiro, que fue desde 1440 gran duque de Lituania v desde 1447 rey también de Polonia. Casó con la princesa austríaca Isabel de Habsburgo, de la cual tuvo trece hijos, siendo el segundo San Casimiro.

Las familias numerosas son consideradas en los salmos como una bendición: "Tus hijos, como retoños de olivo alrededor de tu mesa". Y a menudo los santos han salido de estas familias con mucha prole; y en la actualidad demuestran las estadísticas que de estas familias salen las mejores vocaciones religiosas y sacerdotales.

Volviendo a nuestro Santo hemos de decir que, como sus hermanos y hermanas, tuvo una educación sólida y profundamente cristiana.

Por lo que toca a su madre no puede dudarse. Era una de las princesas más piadosas de su siglo. Pero, además, tenemos un testimonio excepcional. Una carta de la propia Isabel de Habsburgo, escrita en 1502 a su hijo Ladislao, rey de Bohemia y Hungría, en la cual describe minuciosamente cómo deben los padres educar a sus propios hijos. Y sin duda que los sabios consejos que da la madre son sencillamente la exposición de su experiencia personal.

A esta labor básica e insustituible de los padres se juntó la obra de excelentes maestros.

En primer lugar, la del humanista polaco Juan Dlugosz, conocido entre los contemporáneos con el nombre latinizado de Joannes Longinus senior. Fue canónigo de Cracovia y consejero del obispo y por su defensa de los derechos de la Santa Sede mereció el destierro, que pronto le levantó el rey Casimiro para encargarle de la educación de sus hijos. Rechazó el arzobispado de Praga y posteriormente aceptó el de Lemberg, en 1479, muriendo antes de ser consagrado. Su fama literaria le viene de haber escrito una Historia polónica, en que hermana sabiamente el amor a la patria y a la religión. Pero haber sido preceptor de San Casimiro le sigue mereciendo mayores citaciones y probablemente también mayor gloria en el cielo.

Con él compartió la grave responsabilidad de educar a los príncipes el humanista italiano Filippo Bonaccorsi, llamado "Calímaco". En los tiempos de Pío II llegó a ser miembro de la célebre Academia Romana; pero a la muerte del papa Piccolómini, sospechoso de haber tomado parte en la conjuración contra Paulo II, hubo de huir de Roma y refugiarse en el extranjero. Fue bien acogido en la corte polaca, al servicio de la cual perduró treinta años. Calímaco debió enseñar a sus regios discípulos el latín y la retórica y para San Casimiro tuvo el preceptor italiano una frase que lo canonizaba en vida, pues le llamaba divus adolescens, joven divinizado. Opinión que concuerda con la del propio Dlugosz, que le definió como "mancebo maravilloso, de raras dotes y espléndida instrucción".

Claro está que ni los cuidados exquisitos de sus padres ni la competencia de sus maestros alcanzaran gran cosa si el príncipe Casimiro no hubiera correspondido generosamente a la gracia. Porque sus otros hermanos, a pesar de haber recibido la misma educación y criarse en circunstancias semejantes, no sólo no llegaron a su mismo grado de perfección, sino que su vida dejó bastante que desear en cuanto a ejemplaridad cristiana.

El primer biógrafo del Santo fue otro humanista italiano, enviado a Polonia por León X, a los pocos años de su muerte, con el fin de que recopilara los datos para su vida, por ser tan general la fama de su santidad. Zacarías Ferreri nos describe en la vida de San Casimiro, en un latín de corte clásico, sus virtudes eminentes. Nos habla de su piedad, de su mortificación, de las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, y de las cuatro cardinales, prudencia, justicia, fortaleza y templanza... Hemos de confesar que tal enumeración de virtudes se nos antoja un tanto convencional. Ferreri hizo el esquema y después lo fue aplicando al piadoso príncipe. Pero lo cierto es que los hechos revelan un alma de santidad no común.

El continuo esfuerzo del jovencito de agradar a Dios y estar siempre unido a él denotaba una conducta muy por encima de lo ordinario. Para domar su cuerpo y evadir los peligros de la corte renacentista, tan poco propicia a la abnegación, se ejercitaba en las mortificaciones más austeras. Usaba cilicio, se azotaba con disciplinas, practicaba el ayuno corporal, dormía en la dura tierra...

De la mortificación de los sentidos no hay que decir. Ni los vestidos ricos, ni los regalos de palacio, ni los pasatiempos frívolos, ni las fiestas mundanas conseguían atraerle. No podía concebirse mayor inocencia, mayor compostura, mayor devoción en tan tierna edad, En el templo, sobre todo, sobrecogía por su actitud piadosa y recogida, olvidado de todo y arrebatado a Dios.

Principalmente fue devoto de la pasión de Cristo.

A lo largo de toda la Edad Media las almas religiosas habían ido penetrando en el misterio insondable de la redención, y una ascética pujante llevaba a los espíritus a conformarse con Cristo crucificado.

Del hieratismo de los crucifijos bizantinos se pasó a la humanización del arte gótico. Fue una exaltación continua de los sufrimientos del Salvador, que llega a su ápice en las tablas de los maestros flamencos y de los primitivos italianos.

Las cruzadas primero y las peregrinaciones después fomentaron el mismo sentimiento de devoción a Cristo crucificado. Los grandes místicos medievales, Santa Matilde, Santa Brígida, Santa Catalina de Siena, San Francisco de Asís, crucifijo viviente, adornado de los sagrados estigmas, Ruysbroeck, con los místicos alemanes y más cercanos a nuestro santo, Gerardo Groot y los religiosos de Windesheim... todos exaltan la meditación sobre temas de la pasión de Cristo.

Nuestro joven príncipe se abismaba en la contemplación del Crucificado, y al oír hablar de los dolores y agonías que se le presentaron al Redentor en el huerto, de los escarnios que padeció en el atrio de los sumos sacerdotes, de las befas y ludibrios de la flagelación y la coronación de espinas, así como de las caídas del terrible itinerario y de la crucifixión y muerte a la hora de nona, las lágrimas brotaban de sus ojos compasivos y el corazón se le desmayaba en deliquios amorosos.

Embebido en pensamientos tan divinos, ninguna otra cosa le apetecía, y por su gusto todo su tiempo lo pasara en oración tan sabrosa.

Y no siendo esto posible, por los deberes ineluctables de su alto rango, aprovechaba las noches para tan piadosa ocupación y para visitar las iglesias, pues tan grande como su piedad hacia la pasión de Cristo era su amor al Santísimo Sacramento.

Y como no puede haber amor divino sin caridad para con el prójimo, San Casimiro socorría a manos llenas a los necesitados, amparaba a los débiles, ejercitaba su influencia en favor de los oprimidos, de los prisioneros, de los enfermos y angustiados. Vida tan santa resulta más admirable en una corte del cuatrocientos, en un ambiente poco propicio a la abnegación y a la virtud.

Esta santidad del príncipe Casimiro nos la atestigua su propia madre, en carta que escribe a su hijo primogénito Ladislao. En ella le recuerda el ejemplo edificante de su hermano, como digno de toda imitación. Le presenta como un hombre ocupado singularmente en las cosas divinas, que buscaba en todo la verdad, concluyendo que su memoria perdura a través de los siglos. Expresiones de este género en la carta de una madre que escribe al hijo que ha sido compañero de juego y testigo de la vida cotidiana de su mismo hermano, deben asentarse en la sólida realidad.

Pero no concluyamos de aquí que Casimiro, entregado a sus devociones, se desentendiese de sus obligaciones de príncipe o rehuyese el trato social.

La historia nos lo presenta como un muchacho alegre y emprendedor, de extraordinarias cualidades para el estudio, sumamente despierto. A los trece años tuvo un breve discurso latino en presencia del legado pontificio, el cardenal Marco Barbo. Dos años más tarde saludaba igualmente en latín al embajador veneciano Ambrosio Contarini.

Pero lo más admirable es la campaña, que emprendió el 2 de octubre de 1471, a los trece años, para la conquista del reino de Hungría.

Los nobles húngaros, cansados del gobierno irregular de Matías Corvino, hicieron gestiones ante el rey de Polonia para que les enviase al joven Casimiro, al cual no faltaban títulos dinásticos por parte de su madre para aspirar a la corona de San Esteban. Al último momento no prevaleció su candidatura, porque Sixto IV intervino para poner paz entre Matías y sus vasallos, y porque el peligro turco aconsejaba no fomentar disensiones entre los reyes cristianos.

Sin embargo, San Casimiro continuó titulándose "señor natural por derecho de nacimiento del reino de Hungría", y no perdió las esperanzas de ocupar en la ocasión propicia aquel trono; si bien nunca llegó a realizarse aquel proyecto, que nos habla de las legítimas aspiraciones del valiente príncipe.

Lo que hizo fue asociarse al gobierno paterno, y desde los diecisiete años le encontramos continuamente en viaje, ya con su padre, ya haciendo de lugarteniente suyo cuando se ausentaba.

Así fue como en 1475 se acercó por vez primera a Lituania, a la que tan profundo afecto profesaba su padre, que, después de haber sido por siete años gran duque de aquella provincia, no consintió en ocupar el trono de Polonia sin asegurarse primero que podría conservar íntegramente sus derechos al ducado de Lituania y la libertad de movimiento para acudir a la misma siempre que lo desease. Desde entonces su hijo, todos los años, pasaba largos períodos de tiempo en Lituania. En 1483, estando en Vilna, se ocupó de la administración del gran ducado.

Por aquella fecha su padre manifestó su voluntad de que contrajese matrimonio con una hija del emperador Federico III. Los cronistas contemporáneos nos refieren que el rey intentaba la boda de su hijo por razones de estado, pero, además, porque según el dictamen de los médicos palatinos, la salud vacilante del príncipe, que por entonces había contraído la tuberculosis, padecería grave riesgo si no se casaba.

Este peregrino consejo de los doctores, que juzgaban ser la vida austera y continente del Santo la causa de su mal, no tuvo efecto, pues él prefirió ser fiel a su voto de castidad, aunque ello le acarrease la muerte.

Efectivamente, la enfermedad se agravó y el Santo moría de tisis el día 4 de marzo de 1484, a los veinticuatro años de edad, como otros santos que tanto se le parecen: San Luís Gonzaga, San Gabriel de la Dolorosa, Santa Teresita del Niño Jesús.

Que su muerte fue edificante nos lo abona la santidad de su vida, pero también el hecho de que supo esperarla serenamente, habiendo recibido los santos sacramentos, y con sus ojos clavados en la imagen del crucifijo e invocando a su dama, la Virgen María. Testigos hubo que aseguraron haber visto su alma, llena de gran claridad, ascender hasta el cielo, donde era recibida por los coros de los ángeles.

Murió en Gardinas (Grodno), pero su cuerpo fue enterrado en la catedral de Vilna, capital de Lituania, en la capilla de Nuestra Señora, lugar escogido por el santo doncel para ser fiel hasta la muerte a tan buena madre.

Cuando ciento veinte años después, en 1604, fue abierta su sepultura para el reconocimiento de sus reliquias, fue hallado entero y sin corrupción su sagrado cuerpo, así como sus vestidos, a pesar de la humedad del enterramiento. Y sobre el pecho del Santo se encontró una copia del himno latino Omni die dic Mariae meae laudes animae. No contento con haberlo rezado diariamente, para demostrar así su devoción a la Virgen, quiso el Santo llevarlo consigo al sepulcro. Este himno se compone de sesenta estrofas rimadas, de seis versos cada una:

Cada día, alma mía, di a María alabanzas.

A sus fiestas, a sus gestas, tú les prestas culto y prez.

Durante mucho tiempo se creyó que el propio San Casimiro había sido el autor de este himno que el juglar de la Virgen cantaba en las iglesias de Cracovia ante sus imágenes. Mas la crítica moderna ha demostrado que se trata de una composición medieval, más de cien años anterior, que algunos atribuyen a San Anselmo de Cantorbery. Con todo, queda el hecho de que el Santo fue quien la propagó, y a su gran devoción mariana se debe el que no se perdiera. Por eso hicieron muy bien los monjes de Montserrat, en la reciente decoración del camarín de la Virgen morenita, el poner la efigie de San Casimiro entre los amantes de María, pronunciando las estrofas del Omni die.

Entre las virtudes de San Casimiro hay que mencionar su celo por promover la fe católica. Tal vez no sea del todo exacta la noticia de las lecciones del segundo nocturno del breviario, donde se dice que consiguió de su padre una ley prohibiendo a los cismáticos rutenos levantar nuevas iglesias o reparar las ruinosas. Esta prohibición estaba ya en vigor cincuenta años antes, desde los tiempos de su abuelo; lo que sí hizo el joven príncipe fue favorecer por todos los medios la extensión del catolicismo y luchar decididamente contra las herejías y movimientos subversivos que en el siglo XV, época de hussitas y wiclefitas, tenían en conmoción al centro de Europa.

Este joven, dulce y amable, es para lituanos y polacos un santo guerrero, algo así como un Santiago del Este, que hace cara a las embestidas moscovitas.

El padre Sarbieswski, famoso latinista, celebró en versos de corte clásico las dos victorias milagrosas que el débil ejército lituano reportó de los rusos en 1518 junto a Polock, y posteriormente en 1654, cuando el general Seremetieff avanzaba con el intento de invadir el gran ducado. San Casimiro se aparece cabalgando un corcel blanco como la nieve y vestido de roja púrpura, dando a los suyos el triunfo.

La canonización de San Casimiro se fija el año 1521, habiendo compuesto su oficio litúrgico el propio Ferreri, su primer biógrafo. Su culto se extendió con rapidez por su tierra natal, congregándose el 4 de marzo millares de fieles junto a su tumba en Vilna. Desde el siglo XVIII se tiene en esta ciudad la mayor feria del año, llamada "kaziukes", corrupción popular de Casimiro. En tal ocasión se vendían hierbas medicinales y golosinas en forma de corazón. De manera tan ingenua la gente sencilla pone bajo la protección de San Casimiro la salud de los enfermos y el amor de los novios.

Los campesinos polacos y lituanos acostumbran a colocar estatuillas de madera del Santo para guardas de sus heredades, y son muchas las poblaciones que han puesto su imagen en los cuarteles de su escudo.

La opresión de la época zarista sobre Lituania y Polonia y después el comunismo soviético han obligado a la emigración a masas enormes de los habitantes de ambos países, lo que ha contribuido a extender por todo el mundo el culto a San Casimiro. En Estados Unidos, en Canadá, en Argentina, Venezuela y aun en Australia hay muchas parroquias, instituciones, organizaciones y círculos de juventudes puestos bajo la protección del glorioso Santo. El arzobispo metropolita monseñor Skvireckas alcanzó en 1943 de Pío XII que San Casimiro fuese proclamado patrón principal de la juventud lituana, "en cualquier parte del mundo que se encuentre".

Bien lo necesita el martirizado pueblo lituano. Y San Casimiro no abandona a los suyos. Precisamente, en mayo de 1953 los soviéticos convirtieron la catedral de Vilna y la capilla donde reposaban sus reliquias en museo antirreligioso. Hubo que transportar aquellos restos sagrados a un lugar más modesto, a una parroquia de los suburbios de la capital. Así, en esta hora de prueba, el Santo duque de Lituania vuelve en medio de sus hijos más humildes para sostener su fe y su esperanza.

lunes, 3 de marzo de 2014

Reflexión de hoy



Lecturas


Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.
Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo.
No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó:
-«Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»
Jesús le contestó:
-« ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre. »
El replicó:
-«Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.»
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo:
-«Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.»
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.
Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos:
-« ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios! » Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió:
-«Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.»
Ellos se espantaron y comentaban:
-«Entonces, ¿quién puede salvarse?»
Jesús se les quedó mirando y les dijo:
-«Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.»

Palabra del Señor.

San Gwennolé, Abad

Cuando vino al mundo, su cuerpecito apareció blanco como la nieve, y, al verlo, dijo su padre: «Gwenn-ol-é», que quiere decir: «¡ Oh, qué blanco!» Desde entonces le llamaron Gwennolé. Su padre, Fragán, era uno de los jefes bretones que, saliendo de su isla, había llegado a la nueva Bretaña del otro lado del mar y fundado en ella un brillante señorío. Pero el niño no miraba con buenos ojos ni el ruidoso botín de las cacerías, ni el fulgor de las espadas, ni el relincho de los caballos. En medio del panorama imponente de los bosques, sus sueños eran sueños de paz. Amaba el silencio más que el círculo de oro de los jefes y sus túnicas amplias y deslumbrantes. Un día se declaró a su padre y le dijo que quería ir a donde estaba el santo cenobita Budoc, que vivía a corta distancia con sus discípulos, en el peñón desnudo de Lavré.

Quiso Fragán ir en compañía de su hijo. Llegaron al peñón después de pasar un brazo de mar. Luego atravesaron un muro de piedra, precedido de un foso. Vieron una iglesia, hecha con grandes bloques de granito, y en torno muchas celdas, cavadas en la roca, que ofrecían el aspecto de una colmena. La del abad se abría en una colina, dominando las demás. A ella llegaron los dos viajeros, dejando atrás herrerías y talleres, donde los monjes trabajaban con los brazos desnudos hasta los hombros.

Rodilla en tierra, extendidas las manos, el abad hacía oración, apoyando en el suelo la punta de su barba patriarcal.

—Levántate dijo al niño, que se había postrado ante él para exponer su petición—. Yo te enseñaré las siete artes, las ciencias sagradas y las letras de los antiguos; pero no has de envanecerte, porque todo es dádiva de Dios. Leo en tus ojos una gran sabiduría: que el Señor te dé su bendición.

Budoc sacó un plato de frutas silvestres, otro de hierbas y otro de peces, que un novicio había cogido el día anterior. Después de la comida, Fragán abrazó a su hijo y emprendió la vuelta hacia su castillo. Entre tanto, Gwennolé se hacía un modelo de estudiantes. Sus compañeros le querían mucho, porque era muy caritativo, y en su caridad hacía cosas verdaderamente prodigiosas. Un día, Budoc tuvo que ausentarse, y los niños, aprovechando aquella inesperada libertad, salieron al campo y empezaron a correr como locos. Uno de ellos se cayó de un risco y se rompió una pierna, causando miedo y tristeza a los demás. Al oír los gritos, corrió Gwennolé, puso las manos sobre el herido, y le dejó curado. Otro día los jóvenes de la región se divertían en las carreras de caballos. Maglo, el más valiente, había tocado la meta, pero no pudo contener su corcel y vino a dar contra los acantilados del mar, cayendo inerte y con el cráneo destrozado. Cuando menos se esperaba, el hijo de Fragán apareció entre la multitud aterrada, llegó al lugar donde el joven yacía entre charcos de sangre, le dijo al oído unas palabras misteriosas, y luego salió, llevándole del brazo.

Algún tiempo después, un ángel vino a decirle: «Ve corriendo a tu casa, porque tu hermana Clewia necesita tus consuelos.» Un caso muv doloroso había sucedido a la pobre niña. Estaba jugando con sus amigas en un patio del castillo, cuando un ganso, salido de las aguas pantanosas que cerca había, le saltó a la cara, le sacó un ojo y se lo tragó. Clewia fue llorando al lado de su madre. Fragán lavó sus párpados con agua de hierbas medicinales y se entristeció mucho al ver para siempre perdida la hermosura del rostro de su hija. Mas he aquí a Gwennolé delante de la puerta. Saluda sonriente, manda reunir en una habitación todos los gansos, y, cogiendo al culpable, le abre la blanca pechuga, encuentra el ojo garzo de su hermana y se lo coloca en el rostro. Después le da un beso en la frente y se vuelve a su isla de Lavré.

Muchos años había vivido ya en ella, cuando una noche se le apareció San Patricio y le mandó que fuese a predicar a los paganos. «Que se haga la voluntad divina», dijo Budoc cuando lo supo. Y le dio doce monjes para que fuesen en su compañía.

Bautizando y predicando, los misioneros se dirigieron hacia el sur de la Armórica, bebiendo el agua de las fuentes claras y durmiendo bajo el brillo de las estrellas azules. Una mañana, Gwennolé se detuvo enfrente de una islita que parecía una esmeralda flotando sobre el zafiro del mar. El paisaje lo atraía. Mandó echar por tierra el tronco del árbol más corpulento, hizo una barca, y, entrando en ella con sus companeros, toma la dirección de la isla. Lo que le había parecido un paraíso, era una tierra rocosa, expuesta a los vientos y cubierta de landas y urces miserables. Tres años lucharon los misioneros contra la infecundidad del suelo, alimentándose de los huevos que ponían en la playa las aves marinas y de las conchas que las mareas dejaban en la orilla. «Marchemos de aquí», dijo el abad a sus monjes; y cuando estaban ya lejos, no pudo menos de exclamar, viendo aquel trozo de tierra verde iluminado por el sol: «Así sois vosotros, falaces espejismos de la vida. Aprended, hermanos míos; las vanas apariencias de la tierra nos deslumbran; al grito del placer cede nuestra flaqueza, sin escuchar las voces interiores, y después los pesares nos atormentan.»

Como las abejas diligentes se esparcen para buscar el botín dorado con que han de fabricar su casa, así los monjes se derraman por la selva, abatiendo los pinos con que habían de construir su monasterio. Unos arrancan las zarzas y los arbustos, otros levantan la muralla que los ha de defender contra las bestias salvajes, otros echan los cimientos de la iglesia. En poco tiempo la obra estaba terminada. Sabio con la experiencia, el fundador puso su casa al abrigo de los vientos; por eso le dio el nombre de Lanndevenec, que significa «bien abrigada». Por un lado, la mancha de oro de la playa; por otro, un alto monte cubierto de pinos, y por los demás, la selva espesa, que el abad mostraba a sus discípulos, diciendo: «El mal se multiplica en torno nuestro; pero no os asustéis ni de las malezas del terreno ni de las malas hierbas de las almas. Cultivad sin descanso las almas y la tierra.» Y lo mismo que las zarzas, los discípulos desarraigaban la mentira y el error.

El mismo rey de la tierra se acercó un día al siervo de Dios y le dijo:

—Yo soy Cradlón, rey de Kemper. Tengo arcas llenas de oro y un gran ejército. Pídeme lo que quieras y te lo daré.

— ¡ Oh rey! —respondió el abad sonriendo—, si las riquezas de la tierra tuviesen algún valor para mí, ¿hubiera yo abandonado los dominios de mi padre? Duermo sobre un lecho de ceniza, una cabaña mal construida es mi morada, con poca cosa estoy contento, y te aseguro que soy más rico que tú.

Aquel lenguaje dejó admirado al rey, que desde entonces obedeció como un cordero las palabras del abad de Lanndevenec. Por su parte, el abad iba con frecuencia a visitar a su amigo en la ciudad de Is. Is, la ciudad real, era una pequeña metrópoli bretona que desafiaba las iras del océano con sus muros de granito y la construcción maciza de sus altas torres. Dentro de la triple muralla vivía un pueblo vicioso y desenfrenado. Dahut, la hija del rey, mujer de maravillosa belleza y de malicia satánica, daba el ejemplo de la orgía y el escándalo, sin que Cradión se atreviese a decirle nada, por el carino que le tenía. El abad quedó aterrado de la belleza fascinadora de aquella criatura, y trató de convertir a sus adoradores; pero los hechizos de la princesa tenían más fuerza que la palabra del monje.

Una noche, estando en oración, oyó una voz que le decía: «Aléjate de aquí; ya ha llegado la hora del castigo.» Inmediatamente comunicó al rey el aviso del Cielo. Ensillaron los caballos y huyeron a favor de la oscuridad. Dahut quiso salvarse a la grupa del caballo de su padre. Apenas había atravesado la triple muralla, cuando la oscuridad se vio repentinamente iluminada, y un trueno espantoso resonó tras ellos. Cradión, abrazado al cuello del noble bruto, que se encabritaba de espanto, volvió los ojos, y a la luz de un relámpago vio la mar espumosa y mugiente que se lanzaba al asalto de su capital. Poco después, las olas llegaron a los pies del caballo, y luego a la cintura, y estaban ya a punto de perecer los tres fugitivos, cuando el rey oyó esta orden del abad: «Arrojad ese demonio al agua.» Cradión se arrancó de los brazos de su hija, y en el mismo instante se detuvo el mar. Aquellas aguas iban en busca de Dahut, la fornicaria.

El abad volvió a entrar en su monasterio, donde el Cielo premiaba de una manera prodigiosa los trabajos de sus discípulos. Los años se sucedían a los años, las canas florecían en sus cabezas, y la muerte se olvidaba de ellos. Gwennolé decía, algo triste: «¿Por qué, después de tantos ayunos y de tan costoso renunciamiento, se nos dilata la hora de ascensión?» Encima de la abadía veíanse con frecuencia coros de ángeles, y músicas invisibles resonaban en las horas de la noche. Los monjes creyeron que aquel lugar estaba encantado, y se pusieron en oración. Entonces se presentó un ángel brillante como el sol, y dijo: «El labrador que arroja el grano en el surco, nada sabe de la futura mies; pero que trabaje hasta el día en que el trigo sea separado de la paja, y entonces su gozo será pleno.»

Al día siguiente, la muerte se llevó al más viejo de los hermanos; y después a otros, por orden de edad; así que todos sabían, aproximadamente, su última hora. Viendo el abad que la disciplina de los jóvenes se resentía de aquella certidumbre de un futuro lejano, pidió a Dios que llamase a sus monjes lo mismo en la edad de los floridos sueños que en el tiempo de los sueños marchitos. Desde entonces, la Parca bienhechora volvió, como antaño, a recoger su mies en todas las estaciones de la vida. Pero no se atrevía a deshojar la sonrisa indulgente del abad, hasta que él la llamó, deseoso de juntarse a su antiguo amigo, el monarca de Is, la maldita.

Como la vid se abraza al olmo, así la leyenda se injerta en su historia, iluminándola, embelleciéndola. Es lo propio de todos estos santos celtas. Gwennolé pertenece a la raza de Columba, el bardo encapuchado que enciende la guerra a causa de un libro, y canta salmos mientras los soldados se matan; de Columbano, que escribe la Regla más estrecha que se ha visto jamás y no puede vivir sin disputar con los obispos y los príncipes; de Cadoc, el que, partiendo de su tierra con cincuenta monjes, armados todos ellos de un arpa, se enfrenta con los tiranos y los bandidos, y sólo cesa de cantar cuando los opresores le prometen dejar libres a los oprimidos; de Brendomo, cuyas peregrinaciones fantásticas por el vasto océano, en busca del paraíso terrestre, de regiones que explorar y de almas que convertir, han tomado la forma de visiones admirablemente penetradas del espíritu de Dios y de la verdad teológica; de Mokuda, el pastor de rostro gracioso y talla procer, que dejó el amor de treinta doncellas y las promesas de su rey, por emprender el canto de los santos de Dios, oído entre el misterio de los bosques; de Dega, el monje copista y escultor, que fabricó trescientas campanas, cinceló trescientas cruces y transcribió trescientos evangeliarios, y que se despidió de los monjes de Bangor con estas bellas palabras: «Doy gracias a Dios de haber conocido en vosotros los tres órdenes de monjes que he visto en otras partes: los que son ángeles por la pureza, los que son apóstoles por la actividad, y los que serían mártires si Dios los llamase a derramar su sangre por la fe.»

domingo, 2 de marzo de 2014

Domingo 02/03/2014 8º de Tiempo Ordinario Ciclo A

Reflexión de hoy



Lecturas


Sión decía:
“Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado.”
¿Es que puede una madre olvidarse, de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas?
Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.

Hermanos:
Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador, lo que se busca es que sea fiel. Para mí, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor.
Así, pues, no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-”Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando que vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?
¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso.
Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos. “

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía



El profeta Isaías, con su habitual estilo directo y colorista, tiene una comparación genial para comunicarnos el amor misericordioso de Dios e interroga “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas?” (Isaías 49,15).

Él mismo da la respuesta: “Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré?” .(Isaías 49, 15).

El texto va dirigido al pueblo que ha sufrido en propias carnes la muerte de muchos de sus hijos, la destrucción de Jerusalén, del Templo y del destierro. Lo cual da ocasión a preguntarse: ¿Acaso Dios se acuerda de nosotros? ¿Le importamos de verdad?

Los seres humanos, que nos sentimos con frecuencia solos y desamparados, nos hacemos parecidas preguntas., impulsados por la premiosidad de ver resueltos cuanto antes nuestros problemas.

Hemos avanzado aceleradamente en tecnologías de comunicación, en la curación de enfermedades, en el conocimiento del espacio o en la explotación sofisticada de las riquezas de la tierra, pero continuamos tan pobres o más que antes en las relaciones interpersonales y comunitarias.

Las conversaciones de tú a tú con móviles están sustituyendo a las tertulias con grupos de amigos para compartir la vida. Apenas conocemos a los vecinos, y, por otro lado, el diálogo y la comunicación familiar vive un proceso de degradación por culpa de la tv, internet y la diferencia de horarios laborales.

Por supuesto que los avances tecnológicos contribuyen al progreso de los pueblos, pero mal usados se convierten en un “cáncer” para el conocimiento mutuo de las personas físicamente más cercanas, como en caso de los vecinos, y en una ruina moral por falta de altos ideales.

Echemos una ojeada por la calle, por el metro o en el trabajo y veamos cuántos dialogan entre sí y cuántos deambulan con su móvil o hilo musical pegado a la oreja.

Nos encerramos en un mundo egoísta, donde sólo cuentan las apetencias del momento o la necesidad de ser amado y ser alguien para una persona determinada. Esto conlleva, a menudo, una falta de compromiso con la sociedad y a “pasar” de la política, la religión, e incluso de la propia familia, porque sentimos verdadero pánico a mirarnos por dentro y descubrir nuestras carencias.

Si nos faltan convicciones morales, es difícil que soportemos con entereza las distintas contrariedades que nos afectan, y relativamente fácil que caigamos en depresión.

Nunca han tenido tanto trabajo los sicólogos, siquiatras y capellanes, ni los consultorios médicos, ni los profesionales del culto al cuerpo, como en la actualidad.

La sociedad del progreso es una enana para remediar uno de los mayores problemas: la soledad, a la que hemos abocado a buena parte de nuestros ancianos, al confinarles a centros de mayores, donde suelen estar bien atendidos, pero les falta el calor humano de sus seres queridos. Este es un drama de hoy, como lo es también el aborto y la eutanasia, consecuencia lógica de la falta de Amor.

Nos sentimos solos, las instituciones no ayudan, los familiares “pasan” y nos vemos abocados a horizontes sin salida. ¿A quién recurrir en esta situación?

Cada época de la historia tiene sus problemas y circunstancias, pero el drama que le tocó vivir al profeta Isaías es similar al que sufren millones de personas a causa del hambre, el paro y el abandono de los suyos.

Sus palabras resuenan como un eco saludable y esperanzador. Aunque todos nos abandonen, Dios nos sigue amando más que nuestros propios progenitores.

La clave está en la cruz: “Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único para que tenga vida eterna y no perezca ninguno de los que creen en él” (Juan 3, 16).

La muerte de Jesús en la cruz para expiar nuestros pecados nos da la auténtica medida del amor de Dios, que no repara en medios para acercarse a los hombres ni escatima esfuerzos para que le reconozcamos como un Padre, capaz de remediar todas nuestras necesidades más profundas y los vacíos del desamor y de la desesperación.

“Mirad la cruz”, nos dice la liturgia del Viernes Santo, “donde estuvo clavada la salvación del mundo”. Nadie puede decir que Jesús no ha descendido hasta el fondo de nuestras miserias y es incapaz de comprenderlas.

Pablo, que predica a Cristo, y a Cristo crucificado, intenta atajar las divisiones existentes en la comunidad cristiana de Corinto, presentando al Señor, muerto por todos y cada uno de nosotros, para elevarnos a la categoría de ser hijos de Dios y hermanos de los hombres.

Los bandos son un contrasentido en la fe cristiana, y por eso agrega:” Que la gente sólo vea en vosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (I Corintios 4, 1).

La comunidad cristiana nace, crece y madura desde el amor a Jesús y la comunión fraterna, en la cual todos los miembros se sienten amados, valorados y reconocidos.

El evangelio de hoy corrobora las palabras de Pablo: “Nadie puede estar al servicio de dos amos: no podéis servir a Dios y al dinero” (Mateo 6, 24).

Los bandos responden al afán de poder y a criterios poco evangélicos de los cabecillas que los animan, principales causantes de los cismas habidos en la Iglesia y que lamentamos todos.

La opción por Dios excluye el dinero como valor supremo del hombre.

La idolatría, el culto a los bienes materiales, era considerado por Israel como un grave pecado, porque atenta contra la `primacía de Dios y nos conduce a un callejón sin salida. Es como una pescadilla que se muerde la cola, pues la ambición de poseer no tiene límites y es el origen de las desigualdades que existen en el mundo.

El dinero es un medio para vivir, nunca un fin.
Por eso, algunos Padres de la Iglesia y San Antonio de Padua intentan clarificar las conciencias sobre el uso de los bienes, afirmando que lo que nos sobra no es nuestro, sino de los pobres.

Jesús nos invita a no obnubilarnos ni perder la calma por las cosas materiales como única garantía de futuro, sino a poner la esperanza en Dios, que cuida de sus hijos y es fuente de vida eterna.

Por desgracia, nos dejamos agobiar pensando qué vamos a comer o con qué nos vamos a vestir o con cuánto dinero contamos para afrontar nuestros gastos.

Hay razones más importantes para vivir que la cobertura de las necesidades físicas. Lo que nos llena de verdad es trabajar por el Reino de Dios y su justicia; “todo lo demás se dará por añadidura”(Mateo , 33).

Para ello debemos dejar hablar a Dios en nuestras vidas y descubrirlo también en las personas y en las obras de sus manos: “Mirad a los pájaros; ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta” (Mateo 6, 26).

Por otro lado, hemos de hablar con Dios para refugiarnos “al amparo de sus alas” (Salmo 91, 3) y “habitar por siempre en su casa” (Salmo 26, 4).

Y, finalmente, hablar de Dios con las palabras, los gestos, los sentidos, las obras y todo nuestro ser.

La construcción del Reino de Dios requiere, por nuestra parte, mantener viva y operante la actitud de búsqueda de la justicia, de la verdad, del amor y de escucha a su Palabra.

Dios nos habla cada día desde los excluidos y olvidados por la sociedad de la opulencia y el egoísmo.

Dios nos habla desde los parados, que buscan desesperadamente trabajo y no lo encuentran

Dios nos habla desde los hospitales, las cárceles y las residencias de mayores, en medio de la soledad y el dolor.

Es difícil escuchar a Dios desde la prepotencia, la ambición por dominar y la ofuscación por el dinero.

Es fácil cuando miramos a nuestro alrededor con ojos limpios y admiramos en la naturaleza cómo reviste Dios de grandeza lo más sencillo: “Mirad los lirios del campo, que no trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fausto, se vistió como uno de ellos” (Mateo 6, 29).

Viviendo así, no perderemos la calma, ni nos agobiaremos, porque Él cuida de nosotros”

Santa Inés de Praga o de Bohemia

Inés, hija de Premisl Otakar I, rey de Bohemia y de la reina Constancia, hermana de Andrés I, rey de Hungría, nació en Praga en el año 1211. En 1220, prometida en matrimonio a Enrique VII, hijo del emperador Federico II, fue llevada a la corte del duque de Austria, donde vivió hasta el año 1225, manteniéndose siempre fiel a los deberes de la vida cristiana. Rescindido el pacto de matrimonio, volvió a Praga, donde se dedicó a una vida de oración más intensa y a obras de caridad; después de madura reflexión decidió consagrar a Dios su virginidad.

A través de los franciscanos, que iban a Praga como predicadores itinerantes, conoció la vida espiritual que llevaba en Asís la virgen Clara, según el espíritu de San Francisco. Quedó fascinada y decidió seguir su ejemplo. Con sus propios bienes fundó en Praga entre 1232 y 1233 el hospital de San Francisco y el instituto de los Crucíferos para que los dirigieran. Al mismo tiempo fundó el monasterio de San Francisco para las “Hermanas Pobres o Damianitas”, donde ella misma ingreso el día de Pentecostés del año 1234. Profesó los votos de castidad, pobreza y obediencia, plenamente consciente del valor eterno de estos consejos evangélicos, y se dedicó a practicarlos con fervorosa fidelidad, durante toda su vida.

La virginidad por el Reino de los cielos siguió siendo siempre el elemento fundamental de su espiritualidad, implicando toda la profunda afectividad de su persona en la consagración del amor indiviso y esponsal a Cristo. El espíritu de pobreza, que ya la había inducido a distribuir sus bienes a los pobres, la llevó a renunciar totalmente a la propiedad de los bienes de la tierra para seguir a Cristo pobre en la Orden de las “Hermanas Pobres”. El espíritu de obediencia la condujo a conformar siempre su voluntad con la de Dios, que descubría en el Evangelio del Señor y en la regla de vida que la Iglesia le había dado. Trabajó junto con santa Clara para obtener la aprobación de una Regla nueva y propia que, después de confiada espera, recibió y profesó con absoluta fidelidad. Constituida, poco después de la profesión, abadesa del monasterio, conservó esta función durante toda la vida y la ejerció con humildad, sabiduría y celo, considerándose siempre como “la hermana mayor”.

Amó a la Iglesia, implorando para sus hijos los dones de la perseverancia en la fe y la solidaridad cristiana. Se hizo colaboradora de los Romanos Pontífices, que para el bien de la Iglesia solicitaban sus oraciones y su mediación ante los reyes de Bohemia, sus familiares. Amó a su patria, a la que benefició con las obras de caridad individuales y sociales y con la sabiduría de sus consejos, encaminados siempre a evitar conflictos y a promover la fidelidad a la religión cristiana de los padres. En los últimos años soportó inalterable los dolores que la afligieron a ella, a la familia real, al monasterio y a la patria.

Murió santamente en su monasterio el 2 de marzo de 1282. El culto tributado desde su muerte y a lo largo de los siglos a la venerable Inés de Bohemia, tuvo el reconocimiento apostólico con el decreto aprobado por el Papa Pío IX el 28 de noviembre de 1874.

sábado, 1 de marzo de 2014

Reflexión de hoy



Lecturas


Queridos hermanos:
¿Sufre alguno de vosotros? Rece. ¿Está alegre alguno? Cante cánticos. ¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, y que recen sobre él, después de ungirlo con óleo, en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y, si ha cometido pecado, lo perdonará. Así, pues, confesaos los pecados unos a otros, y rezad unos por otros, para que os curéis.
Mucho puede hacer la oración intensa del justo. Elías, que era un hombre de la misma condición que nosotros, oró fervorosamente para que no lloviese; y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Luego volvió a orar, y el cielo derramó lluvia y la tierra produjo sus frutos.
Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo encamina, sabed que uno que convierte al pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados.

En aquel tiempo, le acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban.
Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo:
-«Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.»
Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.

Palabra del Señor.

San Rosendo, Obispo y Abad

..."Y dicen que el obispo imberbe —dieciocho abriles— modificó las armas de sus ascendientes, quitando los adornos a la "cruz deaurata" y cambiando el alfa y omega por un compás y un espejo"...

"¿Por qué —le preguntarían hoy los reyes de armas—, ¿por qué ese cambio en su escudo?"

A diez siglos de distancia, y con la historia en la mano, me atrevo a responder yo, sin temor a herir la humildad del hijo de don Gutierre:

Prefiero la cruz sin los tres globitos que remataban sus brazos, porque el nuevo prelado quería implantar la bandera de la auténtica "cruz" de Cristo —de la cruz sin falsear— en su diócesis y en todos sus dominios. Quiso que esa "cruz" sencilla siguiese siendo de oro, porque veía en el "oro" de la cruz de sus mayores el oro de ley, de las vidas crucificadas. Exigió en el escudo un "compás", porque opinaba que, para crucificarse con Cristo, debía añadir al símbolo de la Redención el compás de la vida, sometida en todo momento a una regla. Mandó que, paralelo al compás, hubiese un "espejo", porque, puesto por Dios sobre el candelero de la cátedra episcopal, se creía obligado a ser espejo para todos: lo mismo para los nobles, que para los plebeyos y para los esclavos...

Según eso, el escudo de armas de San Rosendo es su mejor retrato; no sólo porque en él resaltan los tres rasgos más característicos de su vida privada: su crucifixión en la cruz del deber, su santificación en el molde de un plan o regla de vida, y su constante e intachable ejemplaridad; sino también, porque, además, en él se sintetiza toda su labor social y apostólica, esa labor que cifró: en emplear y recomendar el empleo de las riquezas —oro— en el servicio del Crucificado —cruz—, levantándole iglesias y monasterios; en poner orden —compás— en las familias y en los pueblos de aquella época tan agitada; y en exigir la limpieza de corazón —espejo— a los eclesiásticos y a los fieles de aquella edad de hierro del cristianismo.

Estudiemos, pues, ese su escudo, hecho vida por él mismo en su peregrinar hacia Dios durante setenta años, y descubriremos la figura del patriarca de los monjes del noroeste de España.

Los portugueses, con don Rodrigo de Acuña a la cabeza, tratan de hacerle nacer por casualidad en Portugal, a unas cuatro leguas de Oporto.

Los gallegos y la tradición quieren que haya abierto sus ojos a la luz en Salas, pueblo de la provincia de Orense.

Respeto la opinión del arzobispo de Lisboa, don Rodrigo, y la de los cronistas que copiaron de él. Pero me quedo con la tradición. En primer lugar, porque no me merece crédito un cronista que, siendo oriundo de Galicia, se constituye en defensor infatigable de la Casa de Braganza y se presenta como un enemigo declarado de los gallegos. En segundo lugar, porque la lógica de los hechos así lo exige: Santa Ilduara era oriunda de Puertomarín (Lugo); de ordinario vivía en las posesiones que su esposo don Gutierre tenía en la cuenca del Arnoya (Orense); cuando en 907 Alfonso III emprendió la marcha contra Coimbra, llevando consigo al conde don Gutierre, que era uno de sus principales caudillos, ¿vamos a creer que don Gutierre iba a consentir que su esposa, doña llduara, subiese, en estado, por la Vía Romana de Astorga a Braga, las montañas del Jurés, Santa Eufemia Y Porteladome —tres leguas de cuestas empinadas y de despeñaderos peligrosísimos— y recorriese, entre soldados y carros de guerra, las otras catorce leguas que separan a Porteladome de Oporto? ¿No parece más humano que la dejase con sus familiares en Puertomarín o en alguno de los pazos que poseía entre las actuales villas de Ginzo, Bande y Allariz? Opino con la tradición que la dejó en un pazo a orillas del río Salas.

La tradición reza como sigue:

"No era estéril la condesa. Pero se le morían los hijos, recién nacidos. Una vez que el conde don Gutierre se fue en la expedición de don Alfonso III contra Coimbra, vino Ilduara, su esposa, a orar a este valle. Estando aquí, una mañana, subió a la ermita de San Salvador, sola y descalza, y llorando. Llegó fatigadísima. Así y todo, se puso enseguida en oración. Muy devota de San Miguel, se postró lo primero ante su altar. Allí permaneció largo rato. De pronto, oyó una voz que le decía: "Alégrate, Ilduara, que tu oración ha sido atendida. He aquí que concebirás y darás a luz un hijo que será grande delante de Dios y de los hombres". Y sucedió así como el arcángel le profetizó. Santa llduara, para agradecérselo, mandó construirle una iglesia en aquellos contornos. Al terminarla, le nació el niño, Pensaba bautizarle en San Salvador. Pero, al subir unos carreteros al monte con la pila bautismal de la parroquia, se les rompió el carro. Fueron a buscar otro. Y, mientras tanto, San Miguel se llevó la pila a su ermita. Entendió la condesa que, con aquella faena, el ángel quería indicar su deseo de que fuese bautizado el niño en la nueva iglesia; y así lo ordenó a los suyos. Le pusieron por nombre Rosendo. Sucedió todo esto a finales del siglo nono o a principios del diez".

Como todas las tradiciones, la de San Rosendo llegó a nosotros envuelta en las gasas de la leyenda. La bola de nieve, al dar vueltas y vueltas, a través de los siglos, falseó algunos hechos y ocultó otros. Por ejemplo: hoy, a la luz de los documentos históricos, es insostenible el mayorazgo de San Rosendo, pues el mayor de los hijos logrados de don Gutierre y de Santa Ilduara consta que fue Munio, el que asistió el 27 de septiembre de 911 a la junta de prelados y magnates convocada por Ordoño II en Aliobro (Portugal) y el que fue padre de don Arias, sucesor de su tío San Rosendo en la mitra mindoniense. A la luz de esos mismos documentos históricos tampoco se puede sostener ninguna enmarcación exacta del pazo en que nació el Santo. Así y todo, la tradición es verídica en lo sustancial del relato: que el nacimiento fue anunciado por San Miguel y que el bautismo revistió mucha solemnidad.

El nacimiento tuvo lugar el 26 de noviembre del 907. El bautismo, a los pocos días. En él actuó de bautizante Sabarico, tío del recién nacido. Con tal ocasión la nobleza felicitó a los condes. Todos los colonos hicieron fiesta. Los esclavos, que recibieron la libertad aquel día, saltaron de gozo. Hubo regocijo general.

Don Gutierre, en acción de gracias, sin dejar sus cargos, se dedicó en adelante a fundar monasterios y reconstruir iglesias. Hábil gobernante y cristiano piadoso, transfundió a su hijo el rico legado de su carácter robusto.

Doña Ilduara, por su parte, fue dotando las iglesias y monasterios que su marido construía, con fincas, con vestiduras, con vasos sagrados. Noble y desprendida, fervorosa y santa, mereció el premio que le profetizara el mensajero celestial: "un hijo grande delante de Dios y de los hombres".

Rosendo, vencida la cuesta de la infancia, pasó a Mondoñedo con su tío paterno, Sabarico II. En los claustros de la iglesia episcopal aprendió los latines e hizo sus primeras escaramuzas por la sagrada Biblia. De sus años allí dicen los biógrafos: "Juventud con peso de anciano; palabras dulces y eficaces; nada de infantilismos ni de vanidades del mundo; amigo de la soledad y de la oración; aplicado en sus estudios, modesto y grave aunque sin desabrimientos; alegre y feliz, pero sin ligerezas; de rostro agradable; de estatura mediana"... Cuando uno se encuentra en los cronicones con fichas escolares como la precedente, siente la tentación de preguntar: ¿no serán elogios de relleno? En el caso del hijo de Santa Ilduara la negativa nos la dan los reyes, los prelados y los nobles que le asocian desde sus doce años a su gobierno, y a sus decisiones, y a sus escrituras; el 18 de mayo de 919 ya suscribe en la corte de los reyes de León, con los prelados y con los magnates, el diploma que su tío Ordoño II concede a aquella iglesia.

No sabemos cuánto tiempo ni en qué año, pero parece indiscutible que pasó una buena temporada en algún monasterio benedictino, que pudo ser muy bien el de San Salvador y Santa Cruz de Puertomarín. En él estudio letras y ciencias. En él saboreó la Sagrada Escritura y leyó a los Santos Padres. En él dicen algunos que fue abad durante unos meses. En él quizá le sorprendieron los que le llevaban la mitra episcopal. En él, al menos, se retiró para medir sus fuerzas antes de dar el sí. En él, sin duda, oró a Dios de esta manera:

"Señor, cuando en mi casa paterna yo crecía entre el relinchar de los caballos y los gritos de los hombres de guerra, Tú me arrancaste de aquel ambiente. Cuando, después, pasé unos años con mi tío, en Mondoñedo, entre clérigos y cortesanos, Tú me trajiste a este remanso de paz... Soy feliz con mis estudios y con mis rezos. Me encanta la soledad y el olor a tojo. ¿Por qué te acordaste ahora de mí? Déjame saborear la cruz desnuda de la pobreza, de la castidad y de la obediencia. Déjame vestir el hábito de San Benito..."

Y allí, en la confusión de su mente y en lo encontrado de sus sentimientos, tuvo la revelación de que hablan todos sus biógrafos: de que su cruz era la mitra.

Hacia Mondoñedo, por el camino, las espinas de los tojos pinchaban sus pies delicados. Pero el oro de sus flores llenaba, al mismo tiempo, su alma ambiciosa. Cruz-oro, trabajo-mérito, apostolado-santidad, dolor-cielo. Ese era el programa que gritaban a sus oídos los espinosos tojales que florecían en oro en aquel invierno del 925, cuando él contaba apenas dieciocho años.

Mondoñedo —tierra verde, regada como el paraíso terrenal por cuatro ríos— le recibió con los brazos en cruz. Lo mismo el clero que el pueblo yacían sepultados en el marasmo consiguiente a la pérdida irreparable de su pastor Sabarico II; y lo mismo los nobles que los plebeyos y que los esclavos vivían en continuas y enconadas luchas: estaban en la cruz de la orfandad y en la cruz de las desavenencias. En circunstancias tan críticas necesitaban el santo que les enseñase a sacar gusto a su cruz, entusiasmándoles con la cruz de Cristo; el sabio que enfocara y centrara sus vidas desordenadas, calmando los ánimos perturbados e insatisfechos; el guerrero que humillara de una vez a los perturbadores de la paz. Todo eso esperaban del descendiente de los Arias. Todo eso prometía y hacía esperar el peso, y el saber, y la nobleza de Rosendo.

Sentado en la silla de su tío, lo primero que pidió a Dios fue la paz.

Para conseguirla, empezó por reconstruir, ayudado de sus padres, los monasterios e iglesias que lo necesitaban. Con ello serenó y conquistó a los abades de toda Galicia, la nobleza eclesiástica de entonces.

Emparentado por línea paterna y materna con reyes y condes —la nobleza civil de aquellos tiempos— se granjeó enseguida su amistad reconciliando a unos, dirimiendo las contiendas de otros, aconsejando a sus parientes los reyes de León...

De profundos sentimientos humanitarios, sufría horrorosamente ante los abusos con la esclavitud. Eso le llevó a trabajar por su abolición, empezando por dar él paulatinamente libertad a sus esclavos; y siguiendo por recomendar lo mismo a los nobles y señores. Con eso se convirtió en el padre de todos los libertos. Con eso centró en si todas las esperanzas de todos los que aspiraban a la libertad. Y con ese calmó los ánimos de todos los oprimidos.

Esa triple actividad del hijo de Santa llduara: en el orden monacal, en el orden militar y político y en el orden social, refleja el carácter singular, por lo multiforme, de su episcopado en Mondoñedo.

Lo segundo que pidió San Rosendo al Señor desde la silla de su tío fue la gracia de retornar a la vida ordenada del claustro.

"Y sucedió que, hallándose una vez en oración en el monasterio de Caaveiro, le reveló el Señor que era su voluntad que fundase un gran monasterio en el lugar de Villar, en tierra de Bubal, a orillas del Sorica o Sorga, afluente del Arnoya. Esta revelación debió tenerla hacia el año 934; por ella comprendió San Rosendo que el nuevo monasterio había de ser su lugar de descanso."

El primer paso que dio fue asegurar la posesión del solar, consiguiendo que su hermano Fruela y su prima Jimena cediesen todos sus derechos sobre la finca de Villar a favor del futuro monasterio.

Asegurada la posesión, en aquel valle de la provincia de Orense, "donde los vientos eran apacibles, los bosques bienolientes, el riachuelo suave y la soledad mucha", se oyó por primera vez el martillo y tableteo de los que preparaban andamiajes. A los pocos días, el repiqueteo desacompasado de los canteros hizo pensar en el próximo repique de las campanas y en la salmodia rítmica de los futuros monjes.

Ocho años. Donaciones de ricos y de pobres. Sobre todo, de Santa Ilduara. Idas y venidas del obispo de Mindoni. Entusiasmo en todos. Expectación.

Y el 25 de septiembre del año 942 —domingo— San Rosendo vio coronados sus anhelos. Recibió el abrazo fraternal y de felicitación de once obispos —los de los reinos de Galicia y León—. Le besaron afectuosamente la mano veinticuatro condes. Le reverenciaron como a padre y pastor larga serie de abades, presbíteros, diáconos, monjes. Y oyó los aplausos de la muchedumbre, entusiasmada ante la grandiosidad del monasterio y la solemnidad del acto.

Consagrada la iglesia y firmada la escritura de dotación, en la que nos dejó un perfecto retrato de su alma, entregó el báculo de Celanova (que así se llamó desde entonces Villar) al monje Franquila, abad que había sido de Ribas del Sil. Y Celanova fue en adelante el blanco de las miradas de todos los fieles, el espejo de todos los monasterios de Galicia, y la heredera casi forzosa de todos los familiares del Santo y de muchos condes y reyes del noroeste de la Península.

El fundador de Celanova se volvió a su Mondoñedo. Allí siguió apagando rencores, satisfaciendo avaricias, pacificando matrimonios, sofocando conspiraciones, serenando ánimos... De vez en cuando se le recrudecía la tentación de Puertomarín:

—Los nobles creen. Los demás, también. Pero las pasiones, que los siglos legaron a unos y a otros, no se calman con un soplo. ¿Qué habré hecho yo para que el Señor me condene a esta lucha y a este destierro? ¡Si mi mundo es el claustro!...

Otras veces recordaba la visión de Caaveiro:

—Señor, ya está terminada la Celanova. ¿Ha llegado la hora de irme?

Y un día cayó en la tentación de renunciar a la sede mindoniense. Y otro, se arrodilló ante San Franquila, abad de su monasterio, y le habló así:

—Padre, el hábito y un rincón.

Y otro, le vieron los monjes como uno de tantos, rezando y estudiando, y trabajando...

Fue feliz, lejos de los negocios y de los nobles y de las responsabilidades de la mitra. Sólo tres personas turbaron su paz: el ángel de su guarda, su madre y el rey. El ángel de su guarda porque bajaba al coro a rezar con él y le alumbraba con sus alas de luz, y le obligaba a profetizar el futuro, y le infundía compasión para que curara a los enfermos y resucitara a los muertos... Su madre porque cada día le llegaba con una nueva donación y porque, después de asegurar detrás de sí una espléndida estela de santidad, murió como los justos en su monasterio de Vilanova —a cuatro kilómetros de Celanova— el 20 de diciembre del 948. El rey Ordoño III porque le sorprendió con la orden siguiente:

"Ordoño rey, al padre y señor Rosendo: Salud en el Señor. Por el mandato serenísimo de este nuestro decreto te encargamos el gobierno de la provincia que mandó tu padre y terrenos adyacentes hasta la mar, de suerte que todos concurran allí a obedecerte en las cosas de nuestro servicio y cuanto dispongas lo cumplan sin excusa ninguna. Dado el 19 de mayo del año 955."

Es ésta otra faceta de la vida de San Rosendo. La patria le arrancó de la paz de su celda. Por la patria, monje se trocó en gobernador. Y por la patria sus labios, que sabían bendecir y salmodiar, ahora dieron órdenes y refrenaron abusos; sus manos, que habían empuñado el báculo y consagrado iglesias, ahora sujetaron las riendas de un caballo de guerra y blandieron la espada.

Durante su gobierno cruzaron los moros el Mondego y llegaron hasta el Miño, como una ola de sangre y de terror. Enterado nuestro héroe, les salió al paso. Y les obligó a retornar, maltrechos, a sus reales.

Poco después —en 968— tuvo lugar la invasión de los normandos. Un año entero de robos, de incendios, de profanaciones, de raptos... de horror. San Rosendo, mientras reunió y armó a sus tropas, dejó que se cebara la furia y la avaricia de los invasores. Cuando vio que, cargados de despojos, intentaban embarcar para sus tierras, lanzó contra ellos al conde don Gonzalo. Y los hijos de Odín, impetuosos como su dios Thor, se encontraron con que habían agotado el furor salvaje de las valkirias y con que les arrollaba la venganza más que justa de los indígenas. Borrachos de triunfos y de botines, se habían creído inatacables. Pero la realidad fue que, en virtud de la táctica y estrategia militar de San Rosendo y del valor del conde Gonzalo, las olas vieron expirar a todos y cada uno al filo de la espada, y el mar acogió en su seno a sus naves vacías. Al día siguiente, los techos de paja de las cabañas normandas de Foz, Cervo, Villaronte y Ribadeo no echaban humo. San Rosendo, desde lo alto de la Agrela —acantilado cuyos pies lamen las olas cantábricas— respiró paz y satisfacción y agradecimiento popular. Y bendijo las aguas que tragaron a sus enemigos, y las aldeas e iglesias destruidas y a todas las familias afectadas por el horror de la invasión.

Y una riada de tranquilidad y de prosperidad inundó a toda Galicia.

Mientras tanto, su libertador, normalizadas todas las actividades industriales y agrícolas, pensó en retirarse de nuevo a las órdenes de San Manilán, el sucesor de San Franquila en Celanova.

En esto, hacia el año 970, quedó vacante la sede compostelana. Todos le señalaron a él con el dedo. Pero su humildad y la esperanza de volver a Celanova le obligaron a negarse. Sólo a instancias de los nobles y de la infanta doña Elvira, tutora del rey don Ramiro III, aceptó la administración provisional dé la diócesis del apóstol. Se cuidó, empero, muy mucho de firmar: "Apostolicae Cathedrae et Sedis Iriensis Rudesindus Episcopus commissus". Temía que diesen por hecho que aceptaba la propiedad.

Poco tiempo rigió la diócesis del apóstol. Aun así, en ese breve tiempo, reformó, la disciplina de varios monasterios, revisó, para evitar complicaciones, las escrituras de dotación de las diversas iglesias, asistió a un concilio en León, acompañado de San Pedro de Mezonzo, y contagió dinamismo apostólico a los monjes y a los clérigos.

Hacia el 974 cayó definitivamente en la tentación de encerrarse en Celanova.

Allí pasó sus últimos años, entregado a la oración y a la predicación. Y a la edificación de los monjes con el ejemplo. El diácono Egilano, en una donación que hizo a Celanova, le retrata en este período de su vida con estas palabras: "A vos, egregio obispo, señor Rosendo, padre santísimo, verdadero maestro, que enseñáis a vuestros súbditos con la palabra y con las obras..."

Allí se rodeó de un buen grupo de monjes con grandes valores humanos y les dio su impronta de piedad y amor a la cruz, su impronta de disciplina monacal y su impronta de ejemplaridad para todos. Con otras palabras: allí perpetuó el simbolismo de su escudo de armas.

Y allí apagó sus días el 1 de marzo del 977, después de haber reflejado en su testamento su fe, su saber escriturístico, su humildad, su amor a la Orden benedictina, su predilección por Celanova y su deseo de vivir por toda la eternidad como había vivido todos los días de su azaroso peregrinar por la tierra: "bajo la providencia de Dios".

Los monjes que cerraron sus ojos, conservaron sus restos mortales como el mayor y mejor de los tesoros del monasterio.