jueves, 21 de julio de 2011

Lecturas



Aquel día, a los tres meses de salir de Egipto, los israelitas llegaron al desierto de Sinaí: saliendo de Rafidin, llegaron al desierto de Sinaí y acamparon allí, frente al monte.
El Señor dijo a Moisés:
-«Voy a acercarme a ti en una nube espesa, para que el pueblo pueda escuchar lo que te digo, y te crea en adelante. »
Moisés comunicó al Señor lo que el pueblo habla dicho.
Y el Señor le dijo:
-«Vuelve a tu pueblo, purifícalos hoy y mañana, que se laven la ropa y estén preparados para pasado mañana; pues el Señor bajará al monte Sinal a la vista del pueblo. »
Al tercer día, al rayar el alba, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un poderoso resonar de trompeta; y todo el pueblo que estaba en el campamento se echó a temblar. Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios y se detuvieron al pie del monte. Todo el Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en forma de fuego. Subía humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba, y Dios le respondía con el trueno. El Señor bajó al monte Sinaí, a la cumbre del monte, y llamó a Moisés a la cima de la montaña.



En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron:
-« ¿Por qué les hablas en parábolas?»
Él les contestó:
-«A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:
“Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.”
¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.»


Palabra del Señor.

miércoles, 20 de julio de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Toda la comunidad de Israel partió de Elim y llegó al desierto de Sin, entre Elim y Sinal, el día quince del segundo mes después de salir de Egipto.
La comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo:
-«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad. »
El Señor dijo a Moisés:
-«Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. El día sexto prepararán lo que hayan recogido, y será el doble de lo que recogen a diario.»
Moisés dijo a Aarón:
-«Di a la comunidad de los israelitas: “Acercaos al Señor, que ha escuchado vuestras murmuraciones. “»
Mientras Aarón hablaba a la asamblea, ellos se volvieron hacia el desierto y vieron la gloria del Señor que aparecía en una nube.
El Señor dijo a Moisés:
-«He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios.”»
Por la tarde, una bandada de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron:
-«¿Qué es esto?»
Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo:
-«Es el pan que el Señor os da de comer.»



Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas:
-«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.
Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenla tierra, y, corno la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron.
El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta.
El que tenga oídos que oiga.»


Palabra del Señor.

martes, 19 de julio de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos días, Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este, que secó el mar, y se dividieron las aguas. Los israelitas entraron en medio del mar a pie enjuto, mientras que las aguas formaban muralla a derecha e izquierda. Los egipcios se lanzaron en su persecución, entrando tras ellos, en medio del mar, todos los caballos del Faraón y los carros con sus guerreros.
Mientras velaban al amanecer, miró el Señor al campamento egipcio, desde la columna de fuego y nube, y sembró el pánico en el campamento egipcio. Trabó las ruedas de sus carros y las hizo avanzar pesadamente.
Y dijo Egipto:
-«Huyamos de Israel, porque el Señor lucha en su favor contra Egipto. »
Dijo el Señor a Moisés:
-«Extiende tu mano sobre el mar, y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus carros y sus jinetes.»
Y extendió Moisés su mano sobre el mar; y al amanecer volvía el mar a su curso de siempre. Los egipcios, huyendo, iban a su encuentro, y el Señor derribó a los egipcios en medio del mar.
Y volvieron las aguas y cubrieron los carros, los jinetes y todo el ejército del Faraón, que lo había seguido por el mar. Ni uno solo se salvó.
Pero los hijos de Israel caminaban por lo seco en medio del mar; las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda.
Aquel día salvó el Señor a Israel de las manos de Egipto. Israel vio a los egipcios muertos, en la orilla del mar.
Israel vio la mano grande del Señor obrando contra los egipcios, y el pueblo temió al Señor, y creyó en el Señor y en Moisés, su siervo.
Entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron este canto al Señor:



En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó:
-«Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo. »
Pero él contestó al que le avisaba:
-«¿Quién es mí madre y quiénes son mis hermanos?»
Y, señalando con la mano a los discípulos, dijo:
-«Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.»


Palabra del Señor.

lunes, 18 de julio de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos días, cuando comunicaron al rey de Egipto que el pueblo había escapado, el Faraón y su corte cambiaron de parecer sobre el pueblo, y se dijeron:
-« ¿Qué hemos hecho? Hemos dejado marchar a nuestros esclavos israelitas.»
Hizo preparar un carro y tomó consigo sus tropas: tomó seiscientos carros escogidos y los demás carros de Egipto con sus correspondientes oficiales.
El Señor hizo que el Faraón se empeñase en perseguir a los israelitas, mientras éstos saltan triunfantes.
Los egipcios los persiguieron con caballos, carros y jinetes, y les dieron alcance mientras acampaban en Fehirot, frente a Baal Safón.
Se acercaba el Faraón, los israelitas alzaron la vista y vieron a los egipcios que avanzaban detrás de ellos y, muertos de miedo, gritaron al Señor.
Y dijeron a Moisés:
-« ¿No habla sepulcros en Egipto?, nos has traído a morir en el desierto; ¿qué es lo que nos has hecho sacándonos de Egipto? ¿No te lo decíamos en Egipto: “Déjanos en paz, y serviremos a los egipcios; más nos vale servir a los egipcios que morir en el desierto”?»
Moisés respondió al pueblo:
-«No tengáis miedo; estad firmes, y veréis la victoria que el Señor os va a conceder hoy: esos egipcios que estáis viendo hoy, no los volveréis a ver jamás. El Señor peleará por vosotros; vosotros esperad en silencio.»
El Señor dijo a Moisés:
-« ¿Por qué sigues clamando a mi? Di a los israelitas que se pongan en marcha. Y tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los israelitas entren en medio del mar a pie enjuto.
Que yo voy a endurecer el corazón de los egipcios para que los persigan, y me cubriré de gloria a costa del Faraón y de todo su ejército, de sus carros y de los guerreros. Sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a costa del Faraón, de sus carros y de sus guerreros.»



En aquel tiempo, algunos de los escribas y fariseos dijeron a Jesús:
-«Maestro, queremos ver un signo tuyo.»
Él les contestó:
-«Esta generación perversa y adúltera exige un signo; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo; pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra.
Cuando juzguen a esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que la condenen, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.
Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.»


Palabra del Señor.

domingo, 17 de julio de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia.
Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos.
Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total, y reprimes la audacia de los que no lo conocen.
Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres.
Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.



Hermanos:
El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.


En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente:
-«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho.”
Los criados le preguntaron:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”
Pero él les respondió:
“No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores:
‘Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.`»


Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


El domingo pasado iniciamos la lectura de la parábola del sembrador, que irá complementándose con la escucha de seis parábolas más a lo largo de tres Domingos.
El tema monográfico de todas ellas es el Reino de Dios o, si queremos, el proyecto de vida que Dios tiene para el mundo y para la humanidad.
En el texto de hoy leemos tres de estas parábolas: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura.

La parábola del trigo y la cizaña.

Es perfectamente aplicable al mundo de hoy. Parece escrita para nosotros, con viva actualidad. Son bien patentes los problemas derivados del radicalismo ideológico y exclusivista y de las dictaduras que afectan al mundo.
Asistimos atónitos a limpiezas étnicas, al desarrollo, apoyado por la violencia, del pensamiento único con características de mesianismo, que cataloga de malvado a quien no comulga con sus ideas o sus sistemas de gobierno. Definen por lo mismo con toda desfachatez quiénes son el trigo y quiénes son la cizaña, y extirpan de raíz a quienes, viviendo en su sembrado, no aceptan de buen grado sus imposiciones totalitarias.
Esta es la tentación del ser humano cuando se erige en Dios y árbitro de los destinos de los demás, dueño de la vida y de la muerte.
No es éste el actuar de Dios, que obra con moderación, indulgencia, paciencia y longanimidad. Lejos de extirpar el mal, lo deja crecer, porque también forma parte de su campo y nunca niega oportunidades a nadie. El es Padre bondadoso de todos y con todos tiene expresiones de cercanía y afecto, abriendo siempre el camino al arrepentimiento y el perdón. “Obrando así- dice el libro de la Sabiduría- enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano”.
Bonita lección a considerar por los que gobiernan las naciones.
Otra consecuencia que podemos extraer de la parábola es que el Reino de Dios no se construye sobre el miedo, sino sobre el amor. Porque “el amor- como leemos en I Jn 4,18- echa fuera el temor”. Y Dios es amor, que transparenta benevolencia y compasión.,
Destaca este actuar de Dios en un mundo que busca el dinero, el poder y la gloria para dominar, someter, esclavizar y humillar a los pobres.

La parábola del grano de mostaza.

Nos ofrece la imagen del Reino de Dios que, como una semilla insignificante, nace, germina y crece hasta convertirse en un frondoso árbol.
En algunos programas que proyecta la tv. sobre la naturaleza hemos contemplado cómo en los desiertos más inhóspitos del planeta brota la vida de semillas enterradas en la arena durante años. Sólo necesitan agua. Por unos días, manto multicolor de flores se extiende como alfombra verde en las antes resecas arenas. Así presenta Jesús el Reino de Dios, que empezó a construirse en la entrañas de una humilde doncella de Nazaret. Lo pequeño para la historia humana es asumido por Dios como Historia de Salvación.
Para el cristiano, trabajar en el silencio, con constancia y tenacidad, será el mejor salvoconducto para abrirse a la realidad de un Reino que brota desde la misma fecundidad de Dios, que hace caer su “lluvia” cuando quiere.

La parábola de la levadura.

Breve en la exposición y amplia en el contenido, es tan profunda como el signo que expresa.
Los cristianos han de ser en el mundo como el fermento que transforma la masa.
La Historia de la Iglesia se ha ido fraguando desde una minoría responsable, entregada a la causa del Reino, que marcó en su momento las pautas de una nueva sociedad.
Cuando el mensaje se masifica y lo convertimos en prácticas religiosas rituales, ajenas a la vivencia profunda de la persona y a fines trascendentales, se pierde el contenido del mensaje.
Por eso caminamos hacia una Iglesia que primero interioriza la fe, para después socializarla, porque la fe nunca debe desentenderse del mundo, y terminará empapando la sociedad si se vive en el trabajo, en el deporte y en cualquier actividad humana.

Ahora participaremos en la comunión de un trocito de pan, que encierra todo el misterio de Dios que se hace alimento y, comulgado, formará parte de nuestra vida para transformarla. Así es Dios: desconcertante, pero cercano, porque ha querido ponerse a nuestra altura.

sábado, 16 de julio de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos días, los israelitas marcharon de Ramsés hacia Sucot: eran seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños; y les seguía una multitud inmensa, con ovejas y vacas y enorme cantidad de ganado.
Cocieron la masa que hablan sacado de Egipto, haciendo hogazas de pan ázimo, pues no había fermentado, porque los egipcios los echaban y no los dejaban detenerse; y tampoco se llevaron provisiones.
La estancia de los israelitas en Egipto duró cuatrocientos treinta años.
Cumplidos los cuatrocientos treinta años, el mismo día, salieron de Egipto las legiones del Señor.
Noche en que veló el Señor para sacarlos de Egipto: noche de vela para los israelitas por todas las generaciones.



En aquel tiempo, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús.
Pero Jesús se enteró, se marchó de allí, y muchos le siguieron.
Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran.
Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías:
«Mirad a mi siervo, mi elegido, mi alnado, mi predilecto.
Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones.
No porfiará, no gritará, no voceará por las calles.
La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones.»


Palabra del Señor.

Nuestra señora del Carmen

El Carmelo, viña de Dios, decían los hebreos; tu cabeza es como el Carmeli, se cantó de la Esposa en el Cantar de los Cantares. Tiene gracia, majestad, arrogancia. Abajo, la gran llanura verde, con los remiendos pardos de las tierras labradas, y el torrente Cisón, que, adelantándose hacia el mar con gesto agresivo, se nos antoja una espada, y las líneas profundas de los valles agrestes que se detienen ante el oro de las dunas. Hay alegres aldeas, que duermen entre bosques de algarrobos y perfumes de jardines, donde florecen las anémonas rojas, los tulipanes, las malvas, los ciclámenes, y junto a las matas doradas de la retama, achaparrados arbustos de rosas blancas y azules. Luego, filas de palmeras altas y gráciles, y detrás de ellas, el mar azul. Ciñendo la montaña y adornando sus laderas, verdean los olivos y las viñas, derraman los pinos sus aromas resinosos, y levantan su murmullo coros de robles, lentiscos y laureles. Aquí y allá, al socaire de un rincón soleado, suspira una palmera solitaria. Más arriba, la masa oscura y maciza del convento, con su gran cúpula achatada; más arriba aún, un caos de cumbres y rocas desnudas, cayendo a pico sobre el mar, y encima de todo, la transparencia maravillosa del cielo de Siria.

Más adusta, más austera, más salvaje se ofrecía la sagrada montaña cuando subió a ella el profeta del fuego, el gran celador de la gloria de Yahvé, que se levanta en los siglos bíblicos como esas cumbres magníficas sobre la llanura de Esdrelón. Porque el Carmelo fue entonces la montaña de Elías, el capitán de todos los que, a través de los tiempos, se negaron a doblar la rodilla delante de los ídolos, el que enrojeció las aguas del Cisón con la sangre de los sacerdotes de Baal, y habló delante de Acab y Jezabel el lenguaje altivo de la justicia, y cerró con su palabra el Cielo para que no dejase caer sobre la tierra el rocío de la fecundidad. Allí se refugiaba en los días de la persecución y del desaliento; allí lloraba sus lágrimas candentes; allí desencadenaba sus terribles cóleras, viendo la apostasía de su pueblo; allí derramaba su oración impetuosa, envuelta entre el susurrar del viento, que agitaba los pinos, y el estrépito multiforme que levantaba la resaca, allá abajo, en el mar gris y desierto. Y poniendo toda su vida delante de sí como un escudo para no encontrar la mirada de Yahvé, exclamaba: «Yo me abraso de celo por el Señor Dios de los ejércitos, porque han abandonado tu pacto los hijos de Israel, han destruido tus altares, han matado a tus profetas; he quedado yo solo, y me buscan para quitarme la vida.»

Más he aquí que un carro de fuego y unos caballos de fuego le arrebataron a la tierra y desapareció en los aires. Pero quedaba Elíseo, heredero de su manto; quedaban los profetas, herederos de su alma. «Tú ungiste a los reyes—le dice Jesús de Sirak—, y detrás de ti dejaste a los profetas.» Son los solitarios de Israel, los descendientes de Rekab, los esenios, los terapeutas, los que no se cortan nunca los cabellos, ni beben licores fermentados, ni edifican casas para habitar, ni tienen viña, olivar o sementera. Viven en grutas y tiendas, se cubren con pieles de animales, y, como más tarde el Bautista, comen miel y langostas y frutas silvestres. Ellos guardan la memoria del profeta que desapareció en el misterioso torbellino; transmiten sus palabras, meditan sus hechos y se llenan de su intrépido valor. A través de pinares y barrancos que huelen a tomillo, suben hasta la cima más alta, donde sus imaginaciones, exaltadas por la meditación, creen ver la terrible figura de su antepasado glorioso, con las manos crispadas, los ojos centelleantes y flameándole el viento la hirsuta cabellera. Aquella cúspide se llama todavía el Mukhraka, el lugar de los sacrificios. Aquí clamaron en vano los sacerdotes de Baal, y Elías se burlaba de ellos, diciendo: «Gritad con voz más fuerte; tal vez vuestro Dios habla con alguno, o va de camino, o está en alguna posada; tal vez duerme; gritad para que se despierte.» Y, hostigados por el sarcasmo, los sacerdotes de Baal se desgañifaban y se herían con cuchillos y lancetas hasta quedar bañados en sangre, «pero no había quien respondiese a su vocerío». Mas Elías, inclinándose en tierra, puso su rostro entre sus rodillas y dijo: «Óyeme, Señor, para que sepa este pueblo que Tú eres el Señor Dios.» Estas palabras eran la llave del Cielo. La tierra, sedienta, se iba a alegrar de nuevo con la lluvia. «Vete a comer y a beber—dijo Elías al rey Acab—, porque oigo el ruido de las tempestades.» Y él, subiéndose a la cumbre, se puso en oración. Después llamó a uno de sus discípulos y le dijo:

«Sube y mira del lado del mar.» El discípulo subió, y, contemplando la inmensidad de las olas y la inmensidad del Cielo, gritó a su maestro: «No veo nada.» Pero Elías le dijo: «Vuelve a mirar hasta siete veces.» Y he aquí que vio venir una nube por el horizonte, «chica como huella del pie de un hombre». Y volvió a decir Elías: «Corre a decir al rey: Unce tu carro y vete luego, porque no te ataje la lluvia». Y mientras él se volvía ya de un lado, ya de otro, se oscureció el Cielo, vinieron las nubes, rugió el viento y llovió en abundancia.

Y los solitarios se sucedían, guardando vivo el fuego santo de la tradición. Y todos se preguntaban: « ¿Qué quiere decir esa nubecilla que sube del mar, semejante a la huella de un hombre?» Y el símbolo empezaba a iluminarse, cuando recordaban la oración de Isaías, hijo de Amós: «Cielos, enviad vuestro rocío sobre la tierra; nubes, lloved al justo sobre nosotros.» La respuesta definitiva vino de la llanura, la gran llanura de esmeralda que los hijos de los profetas contemplaban a sus pies, cuando desde las rocas dirigían los ojos hacia la tierra: allá lejos se dibujaban los cerros de Nazareth, la cúpula verde del Tabor, los montes de Gelboé y el pequeño Hermón, con Naím a sus pies. Llegaron rumores de maravillas, luces de doctrinas nuevas, salpicaduras de una sangre divina. Sobre el barbecho de la penitencia germinó la fe, y los discípulos de Elías se hicieron discípulos de Cristo. Y aquella nube que había sido su obsesión, fue desde entonces su sonrisa. El bello símbolo se había convertido en una realidad más bella todavía. En otro tiempo, la tierra sedienta se había alegrado con la aparición de la nube misteriosa, que anunciaba la lluvia fecundante; ahora había aparecido una Virgen que en sus castas entrañas traía al Deseado de las naciones. Esperanza, alegría, fecundidad, pureza, dulzura, todo eso anunciaba antaño la nube del Carmelo; y eso era también lo que se realizaba al aparecer en la tierra la Virgen Madre de Nazareth. «Así como la nube—decía San Metodio—se levanta del mar blanca, grácil, ligera, sin llevar consigo la pesadez y amargura de las aguas, del mismo modo María surge de la corrompida raza de los hombres sin contraer ninguna de sus manchas.»

En la espesura de los bosques y en el fondo de las grutas, los anacoretas seguían entregándose a sus maceraciones e inflamándose con sus meditaciones. Al pie de la montaña pasaban cabalgatas de guerreros, como cuando llegaban los soldados de Asaradón y Senaquerib, como cuando Saúl luchaba contra los filisteos: «Galilea de las gentes, rutas del mar, camino de Damasco.» Clámides de centuriones romanos; persas de breves túnicas, que blanden sus hachas terribles; gentes de blancos turbantes, que salen del desierto con la violencia del simún; turcos y mogoles, cruzados y fatimitas. Los habitantes de la montaña prosiguen inmóviles su contemplación. De cuando en cuando las rocas se tiñen de sangre. Unos mueren asesinados, exhalando un cántico nuevo: la Salve, y otros vienen a ocupar su puesto y a recoger la última voz que se quebró en la garganta segada de los mártires O dulcís Virgo María! María es ahora la Reina de la montaña. No se ha olvidado la gran figura del profeta: se sigue enseñando la gruta donde rezaba; la piedra donde sacrificaba, la fuente donde bebía y la escuela donde enseñaba a sus discípulos; pero la nube simbólica flota de nuevo sobre las alturas y cubre toda la extensión de la tierra. María es ya Nuestra Señora del Carmelo; su santuario se cobija entre las rocas; por las selvas y los desfiladeros ruedan los ecos de los himnos a ella consagrados, y su estatua sonríe bajo el dosel del ramaje. En su pedestal de granito recibe al peregrino y distribuye sus gracias. Ha mirado con predilección la santa montaña; ama aquellas rocas y aquellos cánticos; los ama tanto, que quiere dejar a los hombres un memorial eterno de su amor. Rodeada de luz, se presenta su imagen al pálido anacoreta, que desde hace treinta y tres años vive en el tronco de una encina haciendo penitencia. Sonríe, dejando en la noche claridades de aurora; extiende hasta el ermitaño sus manos de azucena y le dice estas palabras: «Recibe, hijo mío, esta prenda de salud que traigo a mis devotos en la tierra. El que muriere con ella será dichoso, se librará del fuego que nunca se extingue, y estará en la mansión de la bienaventuranza.»

Era el santo escapulario, el vestido blanco y castaño—austeridad y pureza—, que María entregaba a sus hijos como signo de predestinación, como escritura de paz y de alianza, como escudo de protección en los rudos combates de la vida. La Virgen del Carmen baja de su montaña para acudir en socorro de todos los cristianos. Quiere recorrer todos los pueblos, entrar en todos los hogares, defender todos los corazones. El santo escapulario es un símbolo de su bondad universal. Por él acompaña al navegante en medio de la tempestad, combate con el soldado en la incertidumbre de la batalla, trabaja con el labrador bajo el fuego del estío, ilumina al artista en los estremecimientos de la inspiración, ayuda al enfermo en el agotamiento de la fiebre. Y es siempre la nubecilla que viene cargada con los tesoros del Cielo; rocío que hace florecer los corazones yermos, lluvia que refresca la caldeada atmósfera de la pasión, chorro de luz que salta delante de nuestros pasos vacilantes. Es siempre la Virgen del Carmen, Nuestra Señora del Carmelo: gracia, consuelo, alegría, hermosura, fecundidad. «Carmelo, viña de Dios. Tu cabeza, como la cumbre del Carmelo, tiene la gloria del Líbano, la belleza del Sarón y todos los encantos del Carmelo.»

viernes, 15 de julio de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos días, Moisés y Aarón hicieron muchos prodigios en presencia del Faraón; pero el Señor hizo que el Faraón se empeñara en no dejar marchar a los israelitas de su territorio.
Dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto:
-«Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año.
Decid a toda la asamblea de Israel: “El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino de casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo.
Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito.
Lo guardaréis hasta el día catorce del mes, y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer.
Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido.
Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, comeréis panes sin fermentar y verduras amargas.
No comeréis de ella nada crudo ni cocido en agua, sino asado a fuego: con cabeza, patas y entrañas. No dejaréis restos para la mañana siguiente; y, si sobra algo, lo quemaréis.
Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el paso del Señor.
Esta noche pasaré por todo el país de Egipto, dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y haré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor.
La sangre será vuestra señal en las casas donde estéis; cuando vea la sangre, pasaré de largo; no os tocará la plaga exterminadora, cuando yo pase hiriendo a Egipto.
Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones. “»



Un sábado de aquéllos, Jesús atravesaba un sembrado; los discípulos, que tenían hambre, empezaron a arrancar espigas y a comérselas. Los fariseos, al verlo, le dijeron:
-«Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado.»
Les replicó:
-«¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios y comieron de los panes presentados, cosa que no les estaba permitida ni a él ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes.
¿Y no habéis leído en la Ley que los sacerdotes pueden violar el sábado en el templo sin incurrir en culpa?
Pues os digo que aquí hay uno que es más que el templo.
Si comprendierais lo que significa “quiero misericordia y no sacrificio”, no condenaríais a los que no tienen culpa.
Porque el Hijo del hombre es señor del sábado.»


Palabra del Señor.