jueves, 14 de julio de 2011

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos días, Moisés, después de oír la voz del Señor desde la zarza ardiendo, le replicó:
-«Mira, yo iré a los israelitas y les diré: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. “ Si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?»
Dios dijo a Moisés:
_«”Soy el que soy”; esto dirás a los israelitas: “‘Yo soy me envía a vosotros.”»
Dios añadió:
-«Esto dirás a los israelitas: “Yahvé (Él-es), Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación.”
Vete, reúne a los ancianos de Israel y diles: “El Señor, Dios de vuestros padres, de Abrahán, de Isaac y de Jacob, se me ha aparecido y me ha dicho: ‘Os tengo presentes y veo cómo os tratan los egipcios.
He decidido sacaros de la opresión egipcia y llevaros al país de los cananeos, hititas, amorreos, fereceos, heveos y jebuseos, a una tierra que mana leche y miel.’ “
Ellos te harán caso, y tú, con los ancianos de Israel, te presentarás al rey de Egipto y le diréis: “El Señor Dios de los hebreos nos ha encontrado, y nosotros tenemos que hacer un viaje de tres jornadas por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor, nuestro Dios.”
Yo sé que el rey de Egipto no os dejará marchar si no es a la fuerza; pero yo extenderé la mano, heriré a Egipto con prodigios que haré en el país, y entonces os dejará marchar.»


En aquel tiempo, exclamó Jesús:
-«Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»


Palabra del Señor.

miércoles, 13 de julio de 2011

Santo del 13 de Julio


Se abría el segundo milenio cristiano con una sonrisa de esperanza. La voz de Gerberto, que había dado un crepúsculo bello y tranquilo a aquel siglo X, atormentado y caótico, acababa de extinguirse, «dejando al mundo helado de horror», según la expresión de un cronista de aquel tiempo. Pero el relámpago del genio había roto para siempre la nube de la barbarie. Los discípulos del gran Pontífice recogían solícitos su herencia, surgían nuevos maestros, la tierra se cubría del manto alegre de sus iglesias románicas, y Enrique II, el joven rey de Germania, recogía con entusiasmo aquel gran ideal político-religioso de un Imperio de amor y de paz, realizado por la confederación de los príncipes cristianos bajo la sombra del águila imperial, para la gloria de Cristo y la felicidad de los pueblos.

Sabio, recto y bueno, este nieto de Carlomagno y de Otón el Grande había recibido la educación de un monje más que la de un guerrero. Un monasterio de Hildesheim le protegió, en días aciagos para su familia, contra las suspicacias de Otón II, y allí creció aprendiendo la gramática, traduciendo a Virgilio y cantando los salmos. A los veinte años ya puede empuñar la lanza y montar a caballo y prepararse para ceñir la corona ducal de Baviera. Otón II ha visto su mirada leal, y sabe que no tiene nada que temer de aquel vástago de un competidor de su padre. Es su mejor apoyo, el compañero de sus expediciones guerreras, el ornamento de su corte y el confidente de sus grandes proyectos de dominio universal. Va a ser también su continuador. Orón muere en 1002, cuando se preparaba a realizar sus sueños generosos. «El dolor—dice un cronista de aquellos días—hubiera sido irremediable si no nos hubiera quedado el duque Enrique, que entonces gobernaba el ducado de Baviera, rigiendo al pueblo en la justicia, amplificando la paz, aumentando el prestigio de las iglesias, magnificando la religión y la ley.»

Enrique amaba la paz, pero no temía la guerra. Aunque pertenecía más a la raza de los grandes políticos que a la de los conquistadores, empieza su gobierno humillando a sus competidores en el interior y restableciendo en el exterior el prestigio del Imperio. Triunfa en Italia, fortifica el lazo feudal, que intentaban romper los pueblos eslavos del Este, y aniquila un conato de revuelta en su mismo palacio. Después se consagra de lleno a su programa de restauración social y religiosa. Es un programa heredado de su antecesor; pero mientras que Otón III era un utopista, un sonador, él; dotado de una visión certera y práctica, no obra sino después de una larga reflexión. La fe de Otón se complacía en los procedimientos altivos y en las demostraciones ruidosas; la de Enrique es discreta y sólida a la vez, y sabe encontrar sabias combinaciones para conciliar los intereses de la Iglesia con los del Estado. El celo religioso va en él estrechamente unido a la ambición del poder, y no quiere restablecer el prestigio de la autoridad real sino con la ayuda de una política profundamente cristiana. Se ocupa de liturgia y de estudios, con más competencia que Carlomagno. Con él, la cuestión de la reforma eclesiástica va a ocupar el primer plano; se esforzará sinceramente por regenerar a la Iglesia, no sin hacerla servir para robustecer su propia autoridad.

Empieza fundando, dotando y restaurando los monasterios, donde va a encontrar sus mejores colaboradores. El monacato es, a sus ojos, un organismo maravillosamente apto para realizar su obra de civilización. Veía en cada monasterio una fuerza viva, alrededor de la cual encontraban apoyo y trabajo poblaciones enteras; un foco de oración, de estudio y de actividad bienhechora, un dominio que limitaba las posesiones de los grandes vasallos, siempre propensos a la revuelta. Quiere monasterios ricos e influyentes, pero al mismo tiempo observantes. Busca hospitalidad en ellos mejor aún que en los palacios; asiste a las vigilias monacales como en los días de su infancia, y preside con frecuencia las comidas de los monjes, contento con sus pobres escudillas de legumbres. Pero estas visitas tienen, a la vez, un carácter de piedad y de inspección. Cuando encuentra abusos, no teme arrancarlos con energía. Una estrecha amistad une al emperador con el gran reformador del siglo, con Odilón de Cluny. En aquella obra de reforma monástica, Odilón es la cabeza. Enrique, el brazo derecho. Con la aprobación del abad de Cluny, Enrique depone prelados indignos, quebranta resistencias, destruye la relajación y restablece la disciplina. Enriquece a los monasterios y vela sobre ellos con la solicitud de quien se considera el abad de los abades. Quiere que la tutela imperial garantice su bienestar temporal y espiritual. Cuando llega a Montecasino, hace que los monjes elijan un nuevo abad en su presencia, y le recibe bajo su regio protectorado. Toda elección nueva deberá recibir su aprobación antes que el elegido sea consagrado por el Papa.

El piadoso emperador recorre todo el Imperio, desde Nápoles hasta el Báltico, imponiendo su programa de reforma. Es un amante de la paz, y se esfuerza por verla reinar en sus dominios. Proclama y favorece «la paz de Dios»; conferencia con Roberto el Piadoso, rey de Francia, para estudiar la manera de extender esta paz a todo el universo; y va de ciudad en ciudad reuniendo asambleas, en que todos, desde el más humilde al más poderoso, juran «mantener la paz, no invadir las iglesias como no sea para arrestar a un malhechor; no asaltar a clérigos y monjes que no lleven armas seculares; no robar ni buey ni vaca, ni ninguna otra bestia de carga; no aprisionar a aldeano, aldeana o mercaderes; no apropiarse caballos o jumentos en los pastos; no destruir ni incendiar las casas; no arrancar ni vendimiar las viñas con pretexto de guerra». Los pueblos reciben con entusiasmo al buen rey, que trabaja de esa manera por el bienestar de su vida. Cuando llega a una población, la multitud le rodea gritando: « ¡Paz, paz, paz!», y ese mismo grito se repite en las asambleas, mientras los obispos levantan sus báculos y los guerreros humillan sus espadas.

Al lado del emperador se mueve una multitud de hombres activos, celosos y entusiastas. Los margraves, que se oponían al movimiento, han sido corregidos con severidad o depuestos. El rey interviene en los Concilios, censura la negligencia de los prelados, inspira sus consejos y da a sus decisiones la consagración de la majestad imperial. En pocos años ha logrado renovar completamente el episcopado germánico. Lo mismo que a los abades, depone a los obispos recalcitrantes. Confirma a las iglesias el privilegio tradicional de la libre elección, pero se guarda muy bien de conceder otros nuevos, y nunca se olvida de añadir esta cláusula: «salvo el consentimiento real». Considera la entrega del anillo y del báculo, insignias de la dignidad episcopal, como atributo exclusivo del emperador. Es un derecho que le da la costumbre de aquel tiempo, y del cual usa siempre con rectitud y sabiduría, eligiendo hombres de positivo valor y de vida ejemplar, capaces de secundarle en su acción reformadora.
El cristianismo iba penetrando lentamente en los pueblos de la frontera oriental del Imperio, pero también allí llegaba la influencia del emperador. Consigue la conversión de San Esteban, rey de Hungría, a quien había casado con una hermana suya, y para acelerar la propaganda misionera, restablece al este del Saale y del Elba el episcopado de Meseburg y crea el de Bamberg. Esto era en 1012. Un año más tarde se presentaba de nuevo en Italia, apaciguaba las luchas que ensangrentaban las calles de Roma, y recibía de manos de Benedicto VIII la corona imperial. El Papa le recibió rodeado de un numeroso cortejo de prelados, presentándole un globo de oro adornado de piedras preciosas y rematado en una cruz. Era el símbolo del poder que el soberano debía ejercer sobre el mundo como fiel soldado de Cristo. Enrique le tomó en sus manos, admiró su belleza y dijo:

«Nadie más digno de poseer tal presente que los que, lejos del mundo, se consagran a la práctica de la virtud y gozan de la intimidad de Dios.» Y envió la esfera a los monjes de Cluny. La buena armonía sellada entonces entre el emperador y el Papa no se interrumpió un solo momento mientras vivieron. Ella les permitió trabajar con eficacia por el bien de la cristiandad y proseguir aquel plan de restauración tan generosamente inaugurado. Delante del sucesor de San Pedro, Enrique obraba como el más respetuoso de los fieles, pero conocía los peligros que rodeaban al pontificado, y sabía que en aquellas circunstancias sólo el poder imperial lograría tener a raya las facciones italianas. Esta preocupación palpita en una carta famosa que firmó antes de salir de Roma. Por ella se reservaba el derecho de velar, como defensor de la Iglesia romana, por la seguridad del Vicario de Cristo y la elección canónica de su sucesor, exigiendo que el nuevo Papa jurase respetar los derechos de todo el mundo.

Hay que reconocer que San Enrique no siempre tuvo la noción exacta de las atribuciones del poder temporal; pero si alguna vez saltó sus fronteras, fue siempre a impulso de su celo por el bienestar de la Iglesia y de su amor al mejoramiento de la sociedad cristiana. Nadie como él tuvo la conciencia de los males de su tiempo, y nadie trabajó con tanta energía para remediarlos. Y pudo morir tranquilo al ver cómo despertaba en la nueva generación el sentimiento de los intereses comunes; el afán de regeneración, el ardor por combatir los abusos y la inquietud por el exceso de la corrupción. Era una parte de su obra.
San Enrique había empezado por encarnar en su vida aquel alto ideal, que hubiera querido imponer en todos los hogares de su Imperio. Dueño de sí mismo en todas las complicaciones de la política, lo era más aún en el gobierno de sus actos y el dominio de su corazón. Tenía el recato de una virgen, el fervor de un monje y la austeridad de un anacoreta. Más de una vez quiso cambiar el manto imperial por la cogulla monástica; pero los abades no querían recibirle en sus monasterios, convencidos de que su puesto estaba en el trono. Destinado desde su infancia a la clericatura, hizo el propósito de pasar su vida en castidad perfecta; pero tanto le hablaron los príncipes y los mismos obispos de las razones de Estado, que al fin les dijo:

«Sea, me casaré; pero habéis de traerme la mujer más virtuosa, la más bella, la más amable y la más noble del Imperio.» Le trajeron una doncella, hija del conde palatino, que se llamaba Gunegundis y vivía retirada en su castillo de las orillas del Rin. Los obispos bendijeron aquella unión dichosa, y Alemania se alegró—dice un cronista— como se alegran los campos con el rocío de la aurora en un día de estío. Más se alegraron los ángeles del Cielo. Desde la primera noche los dos esposos hicieron votos de vivir como hermanos. «Ahora ya puedo llamarte mi amiga, mi esposa inmaculada—decía Enrique a Gunegundis—. Como a una esposa te amaré siempre, y siempre te tendré como la más querida mitad de mí mismo.»

La historia del mundo nos ofrece pocos rasgos tan bellos. En aquella primera mitad del siglo XI, cuando la concupiscencia había roto vallas y frenos, cuando los señores feudales apresaban en sus castillos las hijas de sus vasallos, y los obispos y los clérigos y los monjes mismos, ante la ley del celibato, intimada por los cánones conciliares, gritaban aguijoneados por la pasión: «No es posible», Dios quiso dar a los hombres aquel ejemplo de dos príncipes que en medio de las delicias de la corte, entre un mundo ávido de satisfacer sus apetitos, de gozar, tienen valor para luchar contra todas las influencias y sobreponerse a todos los prejuicios. Era el cumplimiento de la palabra evangélica:

«Cuando venga el Paráclito, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.»

Pero el mundo no perdona fácilmente esa dura lección. Un rumor escandaloso se esparció por la corte, y el pueblo le recogió con avidez. Malas lenguas decían que la emperatriz deshonraba a su marido. Dijéronle un día y otro día, y el emperador acabó por creerlo, con el mayor desgarramiento de su alma. Fue una tragedia doméstica, sin violencias, pero con algo peor, la frialdad, la separación de dos almas que estaban unidas en Dios. Enrique olvidaba, resignado, en medio de la agitación de los negocios y los consuelos de la oración. Gunegundis rezaba y lloraba; y un día, echándose a los pies de su marido, le dijo: «Señor, creed que soy inocente. No os lo digo por mí, sino por la gloria del Imperio, y estoy dispuesta a probarlo de cualquier manera.» La prueba se realizó, pública, como el maligno rumor. Fue una ordalía, lo que entonces se llamaba el juicio de Dios. Príncipes, obispos y pueblos se reunieron en la ciudad real de Bamberg. En medio de la plaza, una tras otra, brillaban doce rejas de arado largas, humeantes, incandescentes. Suelta la cabellera blonda, vestida de una túnica blanca, símbolo de su inocencia, más bella que nunca, las manos cruzadas, los ojos clavados en el Cielo, Gunegundis empezó a caminar a través del hierro candente. Un estremecimiento de horror agitaba a la muchedumbre. Entre tanto, ella avanzaba, serena, por la senda roja, y en su extremo se detuvo como en un escabel de honor. Miles de voces proclamaban su inocencia; los calumniadores caían de rodillas pidiendo perdón, y Enrique se acercaba a ella, la cogía de la mano, la volvía a colocar en el solio imperial y reanudaba con ella aquella vida santa que perfumaba la corte y regocijaba al Cielo. Al tiempo de morir, podía decir a sus obispos y a sus margraves: «Más de veinte años hace que me confiasteis esta virgen de Cristo; yo la devuelvo al Señor Jesús y a vosotros, con toda la pureza de su virginidad.»

En un monasterio de Bamberg vivió durante catorce años una hermana que vestía la negra cogulla de estameña. Era la sirvienta de todas las monjas y la más humilde. Cuando la preguntaban por sus tiempos de emperatriz, ella respondía: «Dejad eso, hermanas; todas somos esposas de Cristo, y esa es nuestra mayor gloria.» Sin embargo, al tiempo de morir, mandó que la llevasen a dormir el último sueño junto a su señor y hermano, el santo emperador Enrique. Sobre él mármol fúnebre reposan todavía sus figuras, dulces y serenas en la muerte; ella, con el cetro del Imperio en la diestra; él, con la esfera coronada por la cruz. Sobre las cabezas, el brillo de las tiaras imperiales, y a los pies, mordiéndoles rabiosas el manto, las bestias del placer, que subyugaron y pisotearon.

Reflexión de hoy



Lecturas



En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios.
El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.
Moisés se dijo:
-«Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza. »
Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:
-«Moisés, Moisés.»
Respondió él:
-«Aquí estoy. »
Dijo Dios:
-«No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.»
Y añadió:
-«Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.»
Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.
El Señor le dijo:
-«El clamor de los israelitas ha llegado a mí, y he visto cómo los tiranizan los egipcios.
Y ahora marcha, te envió al Faraón para que saques a mi pueblo, a los israelitas.»
Moisés replicó a Dios:
-« ¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a los israelitas de Egipto?»
Respondió Dios:
-«Yo estoy contigo; y ésta es la señal de que yo te envió: cuando saques al pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña.»



En aquel tiempo, exclamó Jesús:
-«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Si, Padre, así te ha parecido mejor.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»

Palabra del Señor.

martes, 12 de julio de 2011

Santo del 12 de Julio


San Juan Gualberto era hijo de una acomodada familia de Florencia, dueña de castillos y ricas posesiones. Eran dos hermanos, Juan y Hugo. Una familia feliz, hasta que en una triste ocasión Hugo había sido asesi­nado.

Juan llevaba esa herida clavada en el corazón. Un pensamiento le tor­turaba: "Mancha de sangre, con sangre se ha de borrar. Y yo, su herma­no, soy el que ha de borrarla. Y mientras no lo haga, no recuperaré la honra". La vida de Juan cambió radicalmente el día de viernes Santo de 1003, cuando tenía 18 años. Fue su "camino de Damasco". Juan era un joven despreocupado que asistía a la iglesia sólo en las grandes solemnidades. Juan no sabía explicarse las profundas emociones que había experimen­tado en la iglesia aquel día, en los oficios solemnes que conmemoraban la muerte del Señor. Al adorar la cruz, todos notaron en él una devoción especial.

Terminados los oficios religiosos partió hacia Siena, bien armado en su caballo. La primavera sonreía en los campos, pero no tanto en su co­razón. Borrada de repente la imagen de Jesús en la cruz, que tanto le im­presionara hace unas horas, sólo veía la de su hermano desangrándose en tierra, mientras se imaginaba encontrarse con el asesino y enrojecer con la sangre del traidor la espada que llevaba, que era la de su hermano. Todavía se entretenía su mente con estos pensamientos, cuando en una curva del camino se presentó ante sus ojos, a pie y desarmado y lle­vando de la mano un niño, precisamente el asesino de su hermano.

Juan saltó del caballo como un rayo, espada en mano. El asesino no intentó huir. Era inútil. Se arrodilló con los brazos en cruz, y sólo le dijo una palabra: "Perdón". Juan no le escuchaba, y se disponía a asestarle un golpe mortal a su enemigo. Viéndose éste perdido sin remisión, aún musitó, entre la vida y la muerte: "Jesús, Hijo de Dios, perdóname tú al menos".

Fue entonces cuando la gracia divina obró en el corazón de Juan. Ya no veía a su enemigo de rodillas ni al niño llorando. 'Sólo veía a Jesús muerto en la cruz por él, que tanto le había emocionado poco antes en la iglesia. Ya no escuchaba el gemido del que le pedía perdón, sino, las pa­labras de Jesús: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen". Arrojó la espada, se tiró a tierra, levantó al asesino, le abrazó y le di­jo: "Hermano, te concedo el perdón que me pides, por la sangre que hoy derramó Jesús en la cruz". El asesino le besó la mano y se marchó.

Estaba allí cerca, recostado a las orillas del Arno, el monasterio bene­dictino de San Miniato. Entró Juan en la iglesia y se postró ante Cristo Crucificado. Así pasó varias horas, como fuera de sí. Al marcharse vio que Cristo se inclinaba hacia él y le miraba con dulzura infinita. Por la noche volvió Juan a casa de sus padres. Pero era ya otro hombre. Pocos días después volvía Juan a San Miniato. Pero esta vez para que­darse. Con todo, al querer hacerle abad, huyó a la Camáldula. Busca aún mayor soledad, y San Romualdo, al decirle adiós, le predice su futu­ra misión de fundador. Poco después, funda en los bosques de Vallum­brosa, bajo la Regla de San Benito, una nueva Orden, con muchos mo­nasterios en Italia.

Los monjes de Vallumbrosa practicaban una vida llena de rigores: es­trecha clausura, silencio perpetuo, pobreza extremada, severas peniten­cias.

Los monjes, y el mismo fundador, lucharon tenazmente contra el mal del siglo, la simonía, y contra toda clase de cismas y herejías. Murió el 12 de julio de 1073

Reflexión de hoy



Lecturas



Aquellos días, un hombre de la tribu de Levi se casó con una mujer de la misma tribu; ella concibió y dio a luz un niño. Viendo qué hermoso era, lo tuvo escondido tres meses. No pudiendo tenerlo escondido por más tiempo, tomó una cesta de mimbre, la embadurnó de barro y pez, colocó en ella a la criatura, y la depositó entre los juncos, junto a la orilla del Nilo.
Una hermana del niño observaba a distancia para ver en qué paraba.
La hija del Faraón bajó a bañarse en el Nilo, mientras sus criadas la seguían por la orilla. Al descubrir la cesta entre los juncos, mandó a la criada a recogerla.
La abrió, miró dentro, y encontró un niño llorando.
Conmovida, comentó:
-«Es un niño de los hebreos.»
Entonces, la hermana del niño dijo a la hija del Faraón:
-« ¿Quieres que vaya a buscarle una nodriza hebrea que críe al niño?»
Respondió la hija del Faraón:
-«Anda.»
La muchacha fue y llamó a la madre del niño.
La hija del Faraón le dijo:
-«Llévate al niño y críamelo, y yo te pagaré.»
La mujer tomó al niño y lo crió.
Cuando creció el muchacho, se lo llevó a la hija del Faraón, que lo adoptó como hijo y lo llamó Moisés, diciendo:
-«Lo he sacado del agua.»
Pasaron los años, Moisés creció, fue adonde estaban sus hermanos, y los encontró transportando cargas. Y vio cómo un egipcio maltrataba a un hebreo, uno de sus hermanos.
Miró a un lado y a otro, y, viendo que no había nadie, mató al egipcio y lo enterró en la arena.
Al día siguiente, salió y encontró a dos hebreos riñendo, y dijo al culpable:
-« ¿Por qué golpeas a tu compañero?»
Él le contestó:
-« ¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro? ¿Es que pretendes matarme como mataste al egipcio?»
Moisés se asustó pensando: «La cosa se ha sabido.»
Cuando el Faraón se enteró del hecho, buscó a Moisés para darle muerte; pero Moisés huyó del Faraón y se refugió en el país de Madián.



En aquel tiempo, se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde habla hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido:
-«¡ Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza.
Os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras.
Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno.
Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy.
Os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti.»

Palabra del Señor.

lunes, 11 de julio de 2011

Santo del 11 de Julio


"Hubo un varón de vida venerable, bendito por gracia y por nombre." Y fue Benito, el de Nursia. Ha tenido por biógrafo al papa San Gregorio Magno. Pero Benito escribió la Regla de los monasterios, y en ella tenemos retratado su propio vivir cotidiano, observando ya el mismo San Gregorio que Benito, consecuente con su doctrina, fue el primero en observar la norma de vida perfecta que él mismo dictó para monjes observantes, muy distintos de los sarabaítas y giróvagos, plaga de aquellos tiempos.

Nace Benito por los años de 480 en la provincia de Nursia, en los montes Sabinos, no lejos de Roma. Nace en una familia acomodada y tiene, por lo menos, una hermana, por nombre Escolástica.

Ya adolescente, sus padres quieren hacer de él un letrado, un orador, para lo cual le colocan en Roma, asistido en la gran urbe decadente por el aya, que suple las veces de una madre solícita y cariñosa.

Quizá no tiene ya madre en la tierra.

Benito asiste a las aulas de algún rétor y se entrena en la retórica, saliendo discípulo aventajado, como lo demostrará el estilo pulido de su futura Regla, sometido al ritmo o cursus de la elegante prosa entonces en boga.

Pero el joven Benito es un austero montañés, mal avenido con la corrupción de la corte, con el pensar y el vivir de gran parte de la estudiantina, en su mayoría aún pagana. Medita dejar aquel ambiente fétido y malsano, y un buen día sale de la ciudad con dirección a su tierra natal, aunque seguido por su aya, entristecida y alarmada. Se detiene en Afide, parando allí unos meses, conquistándose la simpatía del vecindario, especialmente de su párroco, quien ve en Benito un clérigo ideal, Corre un día la voz de haber recompuesto por arte de milagro un harnero prestado de frágil arcilla.

El que antes desdeñó ser un día gramático o rétor y conseguir con ello un brillante porvenir mundano, huye ahora de la aureola de taumaturgo, buscando un escondido paraje en los cercanos montes, en la cuenca del Anio, hallándolo precisamente junto a unos viejos y desmoronados edificios que habían contemplado las crápulas de la corte neroniana.

Hay allí un embalse artificial y por eso la rocosa cueva por él recogida para mansión se llama cueva de Subiaco (sub-lago).

Enterrado en vida, no habla el intrépido solitario de unos veinte años sino con las alimañas y las aves; de vez en cuando con algún pastor de ovejas y cabras que penetran en la espesura. Un compasivo monje, Román, le viste el hábito monacal y, a hurtadillas de su abad, le propina el necesario alimento, quitándolo de su propia boca.

Ya empieza, contra el todavía imberbe, pero bravo mancebo solitario, la guerra del enemigo malo, rompiéndole a pedradas la esquila que le avisa cuando Román le descuelga por el peñasco la cestilla de pobres provisiones.

Y luego, una ruda tentación carnal, de la que Benito sale triunfador, lanzándose desnudo en el próximo zarzal. Escarmentada la carne, no volverá a rebelarse contra el espíritu.

Ahora le espera al asceta otro género de palestra. Ha visto los peligros de la completa soledad, y, cuando monjes del cenobio de Vicovaro le proponen salir de su retiro y ser su abad, Benito lo consiente, bien que temeroso de su edad y quizá también de un posible fracaso, pareciéndole difícil enderezar a hombres avezados a la indisciplina.

El que hasta entonces había vivido "solo consigo, a la vista del Supremo Inspector", vivirá en adelante con otros en la vida cenobítica o de comunidad, que él considera como la más fuerte y más segura.

Y funda en las cercanías doce conventos con doce monjes cada uno, por el patrón de los monasterios pacomianos del Egipto, en los que oración y trabajo manual están sabiamente organizados.

El abad Benito admite en su convento a gentes de toda edad y condición, a ricos y a pobres, a bárbaros y a romanos, a esclavos y a libres y libertos, con un admirable sentido de cristiana igualdad, porque —dice— "en Cristo todos somos uno y servimos en una misma milicia".

Admite incluso niños, esos pueri oblati, las luego célebres Escuelas monacales, seminario de sabios y de santos.

Entre esos niños ofrecidos por sus padres como ofrenda a Dios con una oblación ritual, están los hijos de dos patricios romanos, Plácido y Mauro, los benjamines de la familia monacal. Con ellos sale cierto día y hace manar copiosa fuente, muy necesaria, dentro del cerco de piedras colocadas por ellos, y entre Mauro y Benito, éste que manda, aquél que obedece, extraen del fondo del lago a Plácido, tragado por las aguas, caminando Mauro a pie, enjuto, sobre el líquido cristal azulado hasta asirlo por el largo cabello.

Pasan días y años en la paz benedictina, entre el ora et labora, dos alas que sostienen al alma en su vuelo. Pero el enemigo, que nunca duerme, concita los ánimos de ciertos monjes revoltosos contra su joven abad, mal avenido con toda liviandad, y quizá demasiado recto para ellos. Murmuran, forcejean, y, al fin, intentan envenenarle con el vino. Mas, ¡oh prodigio! al bendecirlo en el refectorio, quiébrase el vaso. Como el presbítero Florencio, hombre influyente y disoluto, atenta también contra su vida, Benito, siempre sereno, reunida la comunidad, se despide de ella y camina hacia el sur con algunos hermanos adictos a su persona y a la Regla. Entre éstos se cuenta el obediente Mauro, está también el cariñoso cuervo, que grazna y revolotea en torno de la comitiva, cual celoso can, fiel guardador de su amo.

Y llegan juntos a la lejana villa de Cassino, ascendiendo al castro romano que domina el fértil y sonriente valle. Destruidos los simulacros de las divinidades gentiles, los monjes peregrinos establecen allí la vida monástica, aprovechando los muros de antiguos templos y fortaleza. Montecassino será en adelante un místico castillo, una atalaya desde donde los monjes oteen al mundo y calen las nubes en la oración, aunque bajen a librar las batallas del Señor cuando el interés del prójimo así lo demanda.

El monasterio de Benito, "escuela práctica del divino servicio", estará desde ahora constituido por el patrón del cenobio basiliano. En él madura sus experiencias anteriores. Si desde su infancia demostró cierta madurez de anciano, cor gerens senile, podía adiestrarse más y más, y perder quizás algún resabio de aquella nursina durities, característica de su tierra natal. Nadie ya osa envenenar al "venerable varón de Dios, lleno del espíritu de todos los justos".

Quien no le deja en paz es su eterno émulo, Satán, contra cuya picaresca y furia tiene siempre el recurso de la oración y el signo de la santa cruz. A veces bástale el desprecio para fugarlo, cuando le molesta con ruidos, cuando le llama: Maledicte! al no contestarle si le dice: Benedicte!

Y es natural que el diablo le persiga cuando también Benito le persigue él mismo y sus monjes, quemando sus simulacros y derribando sus aras, levantando un bastión espiritual inexpugnable. En él se libran batallas y se adiestran los soldados de Cristo "verdadero Rey, empleando, ante todo, las preclaras y fortísimas armas de la santa obediencia, amando y sirviendo a ese magno Rey que ni muere ni es infiel a sus promesas".

El asedio diabólico llega a ser tan rabioso, que le mata un joven monje, de noble familia, derribando cierto día la pared en construcción. Pero Benito abad arrebata su presa a la muerte voraz. La guerra contra Benito no difiere mucho de las célebres tentaciones del abad Antonio, patriarca de monjes en Egipto. Menos importancia tuvo el imaginario incendio de la cocina monasterial. Menos también el caso de aquella piedra que, con no ser muy pesada, no pueden moverla entre todos los monjes canteros. Pero no la mueven con palanca, la levantan como una plumilla cuando Benito conjura al diablo en ella asentado. De ahí la medalla y la llamada cruz de San Benito, tan buscada por los fieles.

Otro día lo lanza del cuerpo de un monje, obseso por el maligno, quien le mueve a salirse en seguida de la oración común y aun del monasterio. Entonces el conjuro eficaz es un sonoro bofetón y el monje permanece con los demás en el coro.

Se precisa un instrumento eficaz para que la obra emprendida quede consolidada y perdure hasta el fin de los tiempos; una Regla que resuma la evangélica perfección y recoja el espíritu y la experiencia monástica de Oriente y Occidente.

De ahí la Regla benedictina, la Regla maestra, la Santa Regla, la más sabia y prudente de las Reglas (San Gregorio M.), el código que figurará sobre el altar, junto a la Biblia, en algunos concilios de la Iglesia.

El abad Benito, buen romano, que sabe dictar leyes, pero también cumplirlas, es el primero en el coro a las dos de la mañana, cuando comienza el canto de las divinas alabanzas. El es el más asiduo en la "lección divina" diurna y nocturna, en el trabajo de manos, que ocupa al monje varias horas. No come carne de cuadrúpedos, como tampoco sus monjes, pero sí bebe una discreta hemina o módica ración del generoso vino de la soleada Campania, tan regustado por Horacio.

En el régimen abacial, como "padre que es del monasterio", procura a cada cual lo necesario, sin atender a las envidias, pero también sin demostrar injustas y odiosas preferencias, "amando más, únicamente, al que halla más aventajado en la obediencia", que todo lo resume.

Mira con especial solicitud de padre a los monjes enfermos, enfermos del cuerpo o del alma, viendo en ellos, muy especialmente, a Cristo, como también en los huéspedes.

Redacta un código penal, moderado cual ninguno en aquel tiempo, y antes de acudir al cuchillo de la separación con la oveja obstinada en perderse, discurre su caridad mil ingeniosos ardides, mil remedios de prudente médico y de avisado pedagogo. Aunque no transige en punto a los principios básicos, si alguno delinque descubre el delito con su admirable discreción de los espíritus y reprende en forma severa al par que paternal.

Todo el secreto de la evangélica perfección lo cifra en el complejo que llama humildad. Por los doce grados de ésta el alma llega infaliblemente a la celsitud de la perfección, a la unión de caridad más íntima con Dios, la cual fuga el imperfecto temor. Por eso reprende ásperamente a cierto monje joven y noble, alumbrándole él mismo en la comida, para con ello confundir su secreta y mal dominada soberbia.

Quiere con inflexible lógica que todo sea lo que se dice ser. Así el oratorio ha de servir para orar, no para charlar; el abad, que se llama padre, ha de serlo con todas sus consecuencias. Ha de hacer dulce la vida a sus monjes, como también éstos la del abad, y todo, principalmente, por honor y amor a Cristo.

El mayordomo, que comparte algo de la cura abacial, ha de participar asimismo del espíritu de paternidad con los monjes. No son súbditos de un señor y miembros de una sociedad religiosa, sino miembros de una familia; porque en el monasterio ha de haber cálidas relaciones familiares, Entre hermanos de toda edad, condición y temperamento, débense evitar roces dolorosos y hacer del cenobio una antesala del cielo.

El trato mutuo habrá de ser, no sólo correcto, sino de, licado y exquisito. Ni el tuteo está permitido al monje, porque el amor fraterno no excluye el respeto. Benito guarda siempre un continente noble y señorial, propio de su distinguida cuna. Considera que el monje, quizá de villana extracción, elevado ya por su total entrega a Cristo, adquiere una dignidad que le prohibe todo lo rústico y lo vulgar. Ha aprendido en San Ambrosio que "nobleza es virtud", todavía más que herencia de sangre, quizá viciada y corruptible si no corrompida por el vicio, tan general entre ricos y potentados.

Pero si el padre Benito es un asceta contemplativo y mira al cielo desde la torretta de Montecassino, no por eso desdeña la acción de caridad y de apostolado con aquellos que se debaten en lo bajo del valle contra el pecado y la adversidad.

Desciende con frecuencia, requerido por los grandes o por los humildes. Un día será un clérigo que pide aceite para un remedio urgente; otro día vendrá un pobre aldeano acosado por su brutal acreedor; otro día resucitará al niño de cierto labrador que se lo pide con sencilla fe; una vez recibe en audiencia al bárbaro rey Totila, despidiéndole corregido después de anunciarle que, tras de conquistar Roma, pasará a Sicilia, y al nono año morirá.

Pero, si toda humana desgracia conmueve su corazón, aféctale muy especialmente la ceguera de los que no conocen a Dios ni viven como para gozarle para siempre. Y por eso, aun renunciando al propio gusto, pero sin perder por ello la presencia divina, deja con frecuencia su amada soledad claustral, atendiendo a la salud espiritual de los pueblos comarcanos e iniciando así la labor misionera que luego sus monjes habrán de proseguir y ampliar por todo el Occidente, mereciendo con esto el título de padre de Europa que Dom Guéranger y finalmente el papa Pío XII atribuyeron.

El diálogo con los hombres no impide su dialogar con Dios, pues al que "ve al Creador se le hace angosta toda criatura". De donde él saca mayor luz y fuerza es de su trato con la Divinidad en los divinos misterios, el Opus Dei, la obra de Dios por excelencia, a la que nada se debe anteponer, según él enseña, por ser ellos la fuente de toda santidad, ocupación y obra principal del monje, como de todo buen cristiano.

El abad oficia, sin duda, siquiera en los días solemnes del año litúrgico. Es el primer liturgo de la casa y bien se nota que Benito tiene de Roma la confianza e incluso los poderes sacerdotales, requeridos para ciertos actos, como son la excomunión de unas beatas insolentes con su buen capellán,

En el último decenio de su vivir terreno ve Benito extinguirse algunos luceros de la Iglesia, amigos suyos: el gran Cesáreo de Arlés, como él legislador monástico. Luego el sabio abad de Vivario, Casiodoro, mentor de reyes. Una estrellada noche ha contemplado subir a los cielos, en globo, como de fuego, el alma santa de su buen amigo el obispo de Capua, Germán. Pero más aún le afecta el vuelo de paloma al seno del Esposo de su entrañable hermana, la virgen Escolástica, que ante Dios todavía ha podido mas que el, consiguiendo una furiosa tempestad para alargar unas horas la postrera despedida.

Todo esto le va despegando más y más de todo lo transitorio y apegando a lo eterno, afligiéndole asimismo la precaria situación de la patria y de la Iglesia, mal dirigida por el papa Vigilio, a quien el clero romano tilda de perjuro al credo de Calcedonia. Presiente además, nuevas invasiones y saqueos, el incendio y destrucción de su propio monasterio, salvas únicamente las vidas de sus monjes, y todo junto abate al anciano y facilita su vuelo a las altas esferas, donde se alaba a Dios y se le canta el Aleluya sin cansancio.

Quizá las nieblas invernales impresionan también su salud. Resiste la Cuaresma del 547, pero el Jueves Santo, 21 de marzo, asistiendo a los divinos misterios, siéntese morir y quiere hacerlo de pie, como lo deseaba Vespasiano.

Efectivamente; el bravo atleta de Cristo, de pie, envía su espíritu al Creador, nutrido del cuerpo y sangre de Cristo y oleado, sostenido por sus hijos, que celebran entre alegres y tristes el tránsito, la Pascua de su abad, que les había enseñado a "desear con toda concupiscencia espiritual la vida perdurable y con gozo, la santa Pascua".

Unos monjes, más favorecidos, contemplan su alma voladora subiendo sobre alfombras y entre mágicas luminarias, hasta posarse en el trono prometido a cuantos lo dejaron todo por seguir a Cristo.

Y la luminosa estela que tras él queda en el mundo, no se acaba de borrar. Benito, el Pater, Dux et Magister Benedictus, como dice San Bernardo, apacienta todavía con su doctrina, su vida, su intercesión, a cuantos se cobijan entre los pliegues de su amplia cogulla.

Reflexión de hoy



Lecturas



Hijo mío, si aceptas mis palabras y conservas mis consejos, prestando oído a la sensatez y prestando atención a la prudencia; si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia; si la procuras como el dinero y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios.
Porque es el Señor quien da sensatez, de su boca proceden saber e inteligencia.
Él atesora acierto para los hombres rectos, es escudo para el de conducta intachable, custodia la senda del deber, la rectitud y los buenos senderos.
Entonces comprenderás la justicia y el derecho, la rectitud y toda obra buena.



En aquel tiempo, dijo Pedro a Jesús:
-«Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?»
Jesús les dijo:
-«Os aseguro: cuando llegue la renovación, y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel.
El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. »


Palabra del Señor.

domingo, 10 de julio de 2011

Santo del 10 de Julio


Aguerrido y asaz petulante es el mozo. Sueña con aventuras y se ha propuesto no cejar en el empeño. Sabe que tiene buen porte y anda muy pagado de su figura gentil. Tan airosa es su facha que, andando los siglos, se leerá en el himno antiguo del Breviario Toledano: "Elegans statura, mente elegantior, —Visu fulgens, corde vibrans, — Et capillis rutilans" (Lindo talle, de mejor entendimiento —ojos alegres, corazón ardiente—, y de cabellos rubios rutilantes). Pero el mozo no conoce aún la Luz verdadera y sólo para mientes en sus ansias de gloria.

Se le conoce por varios nombres. Offero, Réprobo, Relicto y Adócimo. Por todos ellos responde el joven, muy pagado de su alcurnia y su linaje. Porque es el unigénito, y primogénito de un rey cananeo, cuya esposa veía transcurrir su vida sin descendencia. Su nacimiento le ha costado muchas lágrimas y muchos rezos.

Relicto —el nombre más usual en sus biografías— ha visto la luz primera en tierra cananea. Acaso en Tiro, acaso en Sidón. Ambas se disputan la supremacía de la Tierra de Promisión, dada por Dios hace muchos años a los hijos de Israel, en premio a los inmensos trabajos que padecieron por espacio de cuatro centurias uncidos a la tiranía de los faraones.

Ambas ciudades envuelven su cuna en leyendas mitológicas, y de ellas habla la Biblia en sus primeros libros. El Génesis (10, 19) designa a Sidón ya con este nombre, y en el libro de Josué (11, 8) Tiro pasa por ser una plaza fuerte.

Ambas asimismo rivalizaron en importancia y lucharon con denuedo para irrogarse la supremacía del mar, detentada a la postre por Tiro, madre de ciudades, como Hipona y Cartago, en África del Norte.

Las dos aportaron la madera incorruptible de los famosos cedros para el Templo que Salomón levantara a Yahvé, el Dios único. Hiram, rey de Tiro, había recibido del más sabio de los hijos de los hombres apremiante mensaje: "Quiero edificar a Yahvé, mi Dios, una casa como se lo manifestó Yahvé a mi padre David, diciendo: "Tu hijo al que pondré yo en tu lugar sobre tu trono, edificará una casa a mi nombre". "¡Manda, pues, cortar para mí cedros en el Líbano; mis siervos se unirán a los tuyos, y yo te daré lo que tú me pidas, pues bien sabes que no hay entre nosotros quien sepa labrar la madera como los sidonios".

Hiram contestó: "He oído lo que has mandado a decir. Haré lo que me pides en cuanto a la madera de cedros y cipreses. Mis siervos los bajarán del Líbano al mar y yo los haré llegar en balsas, hasta el lugar que tú me digas. Allí se desatarán y tú los tomaras, y cumplirás mi deseo proveyendo de víveres mi casa" (3 Reg. 5).

Por "el país de Tiro y de Sidón" pasó Jesús derramando mercedes. "Señor, hijo de David, ten lástima de mi: mi hija es cruelmente atormentada del demonio" (Mt. 15, 22), oyó el Maestro en estas tierras, cuyos habitantes supieron de la majestad omnipotente del Hijo de Dios y merecieron sus palabras de consuelo y esperanza "¡Ay de ti, Corozain!, ¡ay de ti, Betsaida!, que si en Tiro y en Sidón se hubiesen hecho los milagros que se han obrado en vosotras, tiempo ha que habrían hecho penitencia, cubiertas de ceniza y de cilicio. Por tanto, os digo que Tiro y Sidón serán menos rigurosamente tratadas en el día del juicio que vosotras."

Mas la historia no cuenta para Relicto, quien sólo piensa en aventuras y en oropeles. ¿Le empujan acaso los soberbios bajeles que el mozo contempla en el puerto de Tiro o en el de Sidón, y con los cuales ambas ciudades siguen manteniendo su hegemonía marítima, heredada de siglos, por el Mediterráneo? ¿O quizá su noble alcurnia, pues se sabe hijo de un rey o virrey, con poder y con súbditos? Tal vez su noble facha y gigantesca robustez. "Era además —escribe uno de sus biógrafos— de enorme robustez, hercúlea fuerza y de tan apuesta y agradable figura, noble aspecto y disposición en su persona, que atraía a sí los ojos de cuantos le miraban".

Para su sed de glorias, espoleada por su noble porte, Relicto pone su espada al servicio del rey. Pero un rey poderoso, no el que rige aquellos territorios. El apuesto mozo toma a deshonra servir a un monarca corto de talla y de glorias. ¿Cómo Relicto, de estatura gentil, de ojos ardientes y de cabellos rubios, valeroso y aguerrido, gigante membrudo, puede rendir su espada invicta ante un insignificante reyezuelo?

"Púsose a considerar su elegante estatura, sus extraordinarias fuerzas, su corazón animoso, su valor tan celebrado, y, hallándose sirviendo a un rey cananeo, que, a la cuenta, o no era de mucha fama, o tenía cortas prendas para la corona, se desdeñó de servir como vasallo humilde a quien sólo le excedía en la fortuna del cetro, Pues muchas veces concedió la fortuna (en fin, como ciega y loca) las reales insignias a muchos que aun para ser mandados eran indignos. Y si abandonamos el fabuloso nombre de la fortuna, pues los cristianos no reconocemos fortuna fabulosa, sino decretos y permisiones de la divina Providencia, tal vez concedió Su Majestad el cetro a quien era indigno del trono porque no merecían los pueblos otra cosa que sus culpas, y no es éste el menor testigo de la ira, pues siente mucho el súbdito el golpe del azote cuando viene por mano del que debe ser en la república, no tirano, sino padre".

No quería el mozo mandar, sino ser mandado. Ansiaba sólo servir, pero buscaba rey que fuese digno de ser servido. "Soy discreto —pensaba—, robusto, galán, entendido, valeroso, y ¿he de sujetarme a quien considero indigno de mandar?"

Así, pues, deja Relicto aquellos lugares donde transcurriera su niñez y se pone en camino a la busca del rey mayor de la tierra. Tropiézase con Gordiano, emperador de Roma, empeñado a la sazón en lucha tenaz contra los persas.

Admiróse el monarca de la prócer estatura del nuevo soldado, enamoróse de su bizarría y se aficionó al valor que demostraba.

Llegado hasta el rey, Relicto habló sin miedo y sin tacha: "Yo, oh rey soberano, busco al mayor rey de la tierra, al rey de la mayor fama; no por interés villano de riquezas y hacienda, sino sólo por la noble codicia de honra y fama, que mis prendas, mi valor, mi gigantesca estatura, no son para servir a reyes pequeños, sino para emplearse en servicio del mayor rey del mundo. Yo allá, en Caná, servía a mi rey; mas me pareció que a un rey pigmeo no debía servir un soldado gigante. Sediento de triunfos, busqué al mayor rey de la tierra, y oí decir que a esta hora tú eras en la tierra el rey más famoso. Por eso dejé aquel rey y vengo a servirte a ti; porque ya que mi estrella me conduce a servir como vasallo, sólo he de servir al que es el mayor rey del mundo".

Pagóse el rey de la libertad de la respuesta, o "acaso por la lisonja de oírle decir que era celebrado en la tierra por el rey mayor; que este pestilente aire de la lisonja suena, mejor que en otros, en los reales oídos. Facilísimamente pasa al pecho, que es un cebo muy dulce, y gana tanto la voluntad que pocas veces se le cierran las puertas del corazón.

Entra Relicto a formar parte de las tropas del rey, y tanto es su valor y tanta su destreza en el combate, que el monarca lo tiene junto a sí en los momentos de peligro.

Y, cuando vuelven las banderas victoriosas, el monarca abre sus salones a la alegría del triunfo. Relicto asiste a la fiesta, y contempla con asombro que el rey palidece cuando uno de los juglares exalta el poder de Satán.
"Luego Satán es más poderoso que mi rey —piensa Relicto—. He de ponerme a su servicio."

"Relicto no era el primero ni el último hombre que entre los de su estirpe creyeran en Satán, el antagonista del hombre, el príncipe de este mundo; le concebía como encarnado y real, y como a tal le seguía".

Sale Relicto al encuentro de Satán, "el rey más poderoso de la tierra".

Únese a su cortejo, presto a desenvainar la espada tan pronto el enemigo haga acto de presencia. Gran algarabía reina en los ejércitos de Satán. Más Relicto observa que todos palidecen cuando divisan una cruz en el camino. Satán ordena un largo rodeo. El soldado se extraña.

—¿No viste una cruz que estaba en el camino real? —responde malhumorado Satán a las preguntas del gigante.
—La divisé, como todos los demás.
—Pues sabe que sólo por no pasar junto a ella me aparté del camino, aunque conocía la grave molestia que se le seguía a mis gentes.
—Pues, ¿qué mal te hace aquella cruz? ¿Es más que un palo? ¿Es más que un madero? Yo paso junto a ella sin susto —respondió, desdeñoso, Relicto.
—Esa cruz que has visto es insignia de un capital enemigo mío, que se llama Cristo. Un hombre que, por malhechor, ha muerto crucificado en esa cruz.
—¿Qué Señor es ése que tanta virtud da desde esa señal que ella sola llena tu pecho de pavor?

Satán permanecía callado. No quería confesar su derrota. Relicto insistía.

—¿No dices que ya murió en esa cruz? Pues, ¿qué te asusta, si ya perdió la vida?

Ante el mutismo de Satán, Relicto toma una decisión tajante.

—"Yo voy a buscar a este Cristo, que es, sin duda, más poderoso que Satán."

"Con qué suavidad, oh Cristóbal! —exclama fray Tomas Monzón—, te va llevando hacia sí la gracia. Ya da luz a tus pasos para que sigas la dicha. Y más acelerados fueran si este enemigo te hubiera dicho también que Cristo había muerto en esa cruz por ti, por sacarte de su tiranía y redimirte de la esclavitud de la culpa; pero ya lo vas conociendo, y veremos cómo diste pasos tan gigantes que desquitaste todo el tiempo perdido, sacando ventaja en la carrera a muchos que lo conocieron con más tiempo".

Ya tenemos a Cristóbal soldado de Cristo, "El joven licencioso, pagano, que recorre el mundo en busca de la felicidad, pero está preocupado de hallar la verdad y acallar su conciencia, que le reprende sus extravíos, ha encontrado el verdadero camino, la auténtica dicha."

La leyenda esmaltó con bellas narraciones la vida del gigantesco soldado de Cristo. Resulta complicado y harto difícil discernir la fantasía de la verdad. La gran popularidad de San Cristóbal, perpetuada en copiosa iconografía, desparramada por todo el mundo, contribuyó poderosamente a la exaltación de tales gestas, basadas en hechos reales, pero salpicadas con fuertes dosis de imaginación.

No puede negarse la existencia del mártir. "Fue —afirma el padre Cascón— más que suficientemente probada por el jesuita Nicolás Serario en su tratado sobre las letanías (Litaneutici) (Colonia 1609), y por Molanus en su Historia de las pinturas e imágenes sagradas (De picturis et imaginibus sacris) (Lovaina 1570)."

La corroboran "los testimonios de los Bolandos, críticos eclesiásticos cuya misión es examinar los documentos relacionados con los santos, especialmente de los primeros tiempos, para depurarlos de lo que en ellos haya podido mezclarse de legendario, reduciendo la tradición a los límites lógicos que, como fuente de la historia, pueden admitirse".

La patentizan los martirologios y misales antiguos, y el breviario mozárabe, en los que se alude a la existencia de Cristóbal, "mártir de Cristo bajo el reinado de Decio, emperador", y "en Licia, San Cristóbal, mártir, el cual en el imperio de Decio, deshecho con varillas de hierro y librado, por virtud de Cristo, de la voracidad de las llamas, finalmente acribillado a saetas y cortada la cabeza, consumó el martirio".

El Martirologio da el 25 de julio como fecha de la muerte de Cristóbal, en cuyo día la Iglesia proclama el triunfo del Santo. Por coincidir la efemérides con la festividad de Santiago, Patrón de España, se traslada la conmemoración del martirio de San Cristóbal al 10 del mismo mes, en memoria de un singular prodigio acaecido en Valencia.

Dan fe, por último, las numerosas reliquias del mártir, desperdigadas por España. Se asegura que en el año 258, poco después de su martirio, fueron traídas a nuestra Patria las reliquias del mártir. Un brazo se conserva en Santiago de Compostela, una mandíbula en Astorga, y Toledo y Valencia poseen asimismo otras reliquias venerandas del insigne soldado de Cristo.

¡Cristóbal, soldado de Cristo! Ya sirve a un Señor, que a nadie teme y de todos es temido. Ha muerto en la cruz, ante la que tiembla Satán y ante la que se arrodilla humilde un viejo ermitaño.

—Decidme, hermano, ¿dónde he de encontrar a ese Cristo, Rey más poderoso que todos los pasados? —pregunta, sumiso, el arrogante soldado al eremita.
—¿Para qué queréis hallarlo?
—Con ánimo resuelto de servirle.

"Regocijóse en extremo el siervo de Dios con la ocasión tan buena que se le venía a las manos, conociendo que el Señor se la enviaba para que ilustrase aquel ciego entendimiento con las luces de la fe, transformando aquel corazón bruto en un diamante peregrino que pudiese servir de anillo en la divina mano".

Déjase Relicto instruir por el ermitaño, quien va descubriéndole los misterios de la fe verdadera.

—¿Cómo he de servir a mi nuevo Señor? —ínstale Relicto.
—Con la oración y el ayuno.
—No sé rezar.
—Ayuna entonces.
—¿No ves mi corpulenta estatura? He de comer más que los otros para mantenerme.
—Sírvele entonces con tu estatura y tu fuerza. Ayuda a vadear el torrente a los caminantes que lo precisen.

Relicto obedece al ermitaño. Su cuerpo gigantesco transporta a nado sobre sus hombros a los que no se atreven a vadear el peligroso río.

De esta guisa comenzó el nuevo soldado de Cristo a servir a su Señor. Hasta que un día divisó un niño bien pequeño en la misma ribera del río. Preguntóle qué deseaba y el pequeño le respondió que le pasase a la otra orilla. Tomóle Relicto y se lo puso al hombro, teniendo por cosa de juguete el peso.

Dejemos a uno de los biógrafos narrarnos el milagroso hecho, cuya autenticidad no parece probada, pero que, sin embargo, inspiró la iconografía del Santo más difundida desde el Medievo.

"Cristóbal entró animoso al río con su báculo, como jugueteando con las ondas; pero a pocos lances conoció que aquel alto bajel se iba a pique, arrebatado de la furia de la corriente. Crecían las aguas, entumecíanse las olas; procuraba cortarlas valiente, haciendo en la arena pie firme; por nada le valía, porque el pequeño Niño que llevaba en sus hombros tanto le abrumaba con el peso que si él mismo no le diera (aunque él no lo conocía) la mano, como a San Pedro, para librarle del naufragio, en ellas hubiera hallado Cristóbal su sepultura. Rendido, como sudando y gimiendo, salió a la orilla y puso (bien que admirado) al Niño en la arena, y le dijo al que imaginaba niño estas palabras: "¿Quién eres, Niño? En grande peligro me has puesto. Jamás me vi en riesgo de perder la vida, sino hoy, que te llevé sobre mi espalda. Las coléricas aguas aumentaban su enojo, y Tú ibas multiplicando el peso. No pesabas tanto al principio. ¿Quién eres, Niño, que tan en la mano tienes hacerte ligero o pesado? Creo que más pesas Tú que el mundo, pues éste no me acobardara con el peso, aunque me lo echara al hombro".

Entonces Cristóbal oyó la respuesta que le abriría de par en par las puertas de la gracia y le señalaría el nombre que habría de adoptar en el bautismo.

"Te llamarás Cristóforo, porque has llevado a Cristo sobre tus hombros. No te admires, Cristóbal, de que yo te pese más que el mundo, aunque me ves tan niño; porque peso yo más que el mundo entero. Yo soy de este mundo que dices, el único Criador; y así no sólo al mundo, sino al Criador del mundo, has tenido sobre tus hombros. Bien puedes gloriarte con el peso: Yo soy Cristo: Yo soy ese Señor que buscas: Ya hallaste lo que deseas, y a quien has servido tanto en estas obras piadosas, y, aunque sobra mi palabra para crédito de mi verdad, pues sólo porque yo lo digo tiene su firmeza la fe, ejecutaré un prodigio para que conozcas la grandeza de este Niño pequeño. Vuélvete a tu casa, no tienes ya que temer las olas. Fija en la tierra ese árido tronco que te sirve de báculo, que mañana le verás no sólo florido, sino coronado de frutos".

Y el prodigio fue. A la mañana siguiente la estaca seca plantada en el suelo se había trocado en esbelta palmera cuajada de frutos.

¡Cristóbal, portador de Cristo! De cuatro maneras —observa monseñor Tihamer Toth— llevó el gigantesco soldado a su nuevo Señor. Sobre sus hombros, cuando el paso del río; en los labios, por la confesión y predicación de su nombre; en el corazón, por el amor, y en todo el cuerpo, por el martirio.

Ya está preparado Cristóbal para recibir el bautismo. Se lo administra el santo patriarca Babilas en la basílica de Antioquía. Relicto cambia de nombre al profesar su fe en el Redentor. De aquí en adelante se llamará Cristóbal, es decir, portador de Cristo.


Mas quien ha llevado una vez a Cristo sobre sus hombros ha de llevarlo siempre con su ejecutoria. De nuevo la tradición aporta una leyenda ejemplar y bellísima.

"Allá en el siglo III de la Iglesia, a un valerosísimo cristiano, de real estirpe, le abofetea en la plaza pública un hombre de vilísima condición.

El soldado le coge con sus puños de hierro. Le derriba en el suelo. Desenvaina la espada y la alza para darle el golpe de muerte.

—¡Mátale, mátale! —grita el gentío que le rodea, indignado por la cobarde y desvergonzada acometida del injuriador...

El soldado, como volviendo en sí, levanta los ojos al cielo, suelta a su ofensor, envaina la espada y dice:
—Le mataría si no fuera cristiano.
—¡Mátale! ¡Mátale! —le grita de nuevo el gentío.
—¿Matarle? Le mataría si no fuera cristiano...".

Aquel valerosísimo cristiano, de real estirpe, había recibido en el bautismo el nombre de Cristóbal.

Mas los días de Cristóbal están ya contados. Su ardoroso celo en la predicación evangélica espolea sus ansias. Licia primero, Samos después, oyen su inflamado verbo y presencian la conversión de muchos gentiles.

Y otra vez fue el prodigio. "En medio de la plaza de Samos se hallaba Cristóbal, a vista de todo el pueblo, arrastrados del prodigio de ver aquel monstruo (por tal le tenían) tan singular. Hablaba y predicaba; pero ni por señas le entendían. Lleváronle a la puerta donde residían los jueces; mas éstos tampoco alcanzaban los intentos de este hombre, porque ni él los entendía ni le entendían ellos, y así eran inútiles todos sus trabajos. No desconfió Cristóbal en medio de su aflicción; y si San Pablo dijo que todo lo podía en el Señor que le confortaba, lo mismo le sucedió a Cristóbal, pues, sabiendo que su Dueño era todopoderoso, y que dio lenguas a sus discípulos en el Cenáculo para que fuesen entendidos de diecisiete naciones distintas, hablando a cada uno en su particular idioma, conoció que aquí podía repetir el mismo prodigio, pues el mismo era su fin, que era predicarles la verdadera fe. Y así, en presencia de los mismos jueces, comenzó a clamar a Dios en oración tan fervorosa y humilde que, al verle todos con las rodillas en el suelo, clavados en el cielo los ojos, puestas las manos en el pecho, y que daba aquellas voces que nadie las entendía, los mismos jueces le volvieron como a loco las espaldas, dejándole como a tal por risa y escarnio del pueblo, que todo lo cercaba, o para ver el fin de aquel prodigio, o para entretenerse con el loco.

Aquí fue donde en medio de la plaza plantó su báculo, y, haciendo breve oración a Dios, se vio convertido en palma por segunda vez, ejecutando Dios aquel milagro por que no tuviesen por loco al que les predicaba a Jesucristo. Mas presto conocieron el fruto de la oración, que ellos, como bárbaros, imaginaron locura. Porque no bien había concluido su oración, cuando la divina gracia le concedió el don de lenguas, y con el nuevo favor comenzó a predicar de Dios las maravillas".

Llegó a oídos del rey Dagón el portentoso suceso, del que fuera protagonista uno de los cristianos, a quienes tenía ordenado por el emperador Decio su persecución y encarcelamiento. Mandó entonces el soberano soldados para que le prendieran, pero no se atrevieron y regresaron a palacio Sin Cristóbal. Enojóse sobremanera el monarca y redobló la guardia con la orden terminante de que condujesen a prisión al alborotador.

Dejóse conducir Cristóbal maniatado, como vulgar facineroso, ante la presencia del reyezuelo, quien, colérico y enojado, preguntóle:

—¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas?

—Soy cananeo. Mi nombre no es ahora el mismo que antes tenía. Antes me llamaba Réprobo, y bien decía mí nombre quién yo era, pues tales eran mis obras mientras ciego vivía, como vosotros, en las tinieblas de la gentilidad, que no sólo el nombre, sino todo yo era Réprobo, hijo del demonio, hijo de la perdición. Mas ahora me llamo Cristóbal, porque mí Señor es Cristo, Hijo de Dios verdadero.

—¿Qué nombre es ése? —replicó el tirano, disimulando su enojo—. ¿Es posible que, siendo tú bizarro y generoso cananeo, te sujetes a la vil servidumbre de este Cristo? Ese Cristo no es más que un hombre, que, por ser engañoso y malhechor, le quitaron la vida en una cruz. ¿A quién podrá salvar ese hombre si no pudo salvarse a si mismo? Deja, cananeo, ese nombre de cristiano, y no seas encantador, como ellos. Mira que mis palabras no son sólo amenazas: te aseguro que serán obras, que apuraré los martirios y te daré mil muertes si no sacrificas luego a nuestros dioses.

—Yo soy cristiano y adoro a Jesucristo —respondió con valentía Cristóbal—. A Jesucristo, a quien llevo en mi nombre, llamándome Cristóbal, gloriándome de Él como el apóstol San Pablo, pues le llevo en el nombre, en la boca y en el pecho. Pero tú te llamas Dagón, que quiere decir muerte, porque realmente eres muerte del mundo compañero del demonio; demonios son esos ídolos que adoras, hechuras de manos de hombres.

Montó en cólera el tirano y escupióle indignado.

—Bien se conoce que eres bárbaro cananeo. Bruto eres en el semblante, y de bruto son tus costumbres. Mamaste leche de fieras, y así de fieras son tus obras. No quiero gastar contigo mis palabras. Te mando que sacrifiques a nuestros dioses. Si lo haces te haré singulares honras, estarás a mi lado y serás de los principales de mi reino. Pero si no quieres sacrificar, sabe que infaliblemente has de morir y con los más rigurosos martirios.

Reflexión de hoy



Lectura



Así dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mí boca: no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»


Hermanos:
Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.
Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.
Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto.
Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.


Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: -«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.
Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenla tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron.
El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta.
El que tenga oídos que oiga.»


Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


Una parábola moderna.

El jesuita Tony de Mello, en su conocido libro “El canto del pájaro” cuenta la siguiente parábola:
“Durante una guerra, los habitantes de una aldea ocultaban a un hombre, que parecía ser bueno e inocente y a quien todos querían. El comandante en jefe de las fuerzas de ocupación sospechaba su presencia en el pueblo y exigía su entrega para no tomar duras medidas contra la población. El Consejo de la aldea tuvo largas reuniones sin llegar a una conclusión. Finalmente plantearon el problema al cura del pueblo. El cura y el alcalde se pasaron toda la noche buscando las Escrituras y, al fin, apareció la solución. Había un texto en las Escrituras que decía:”Es mejor que muera un solo por el pueblo y no que perezca toda la nación”.
Aquel buen hombre fue entregado, torturado y ejecutado...
Veinte años después pasó por aquel pueblo un profeta, que recriminó al alcalde:”¿Qué hiciste?. Aquel hombre estaba destinado por Dios a ser el salvador de este país”
“Y qué podía hacer yo?”- alegó el alcalde. El cura y yo estuvimos mirando las Escrituras y actuamos en consecuencia”
“Ese fue vuestro gran error- dijo el profeta- Mirasteis las Escrituras, pero deberíais haber mirado a sus ojos”


La clave de toda buena comunicación está en saber escuchar.

La interpretación de la Parábola del Sembrador fue dada por la Primitiva Comunidad Cristiana y queda reflejada en los sinópticos.
La clave está en la ESCUCHA. Porque la Palabra de Dios se dirige a todos por igual; la semilla es idéntica, aunque varía la receptividad del campo.

Para ESCUCHAR: cuando a la persona no la tenemos físicamente presente, es necesario abrir la mente y el corazón a su mensaje, dejarse empapar por su cercanía y empatizar con ella.

Cuando la persona está presente, la escucha bien entendida empieza por mirar a los ojos para “alcanzar” toda la expresión de su “no verbal”, que suele ir mucho más allá que las palabras. Un gesto, una sonrisa expresiva, una actitud atenta es más importante que las mismas palabras. Porque podemos pronunciar bonitas palabras, carentes de sentimiento humano, donde la persona no se involucra para nada. Busca sencillamente deslumbrar, convencer al otro con argumentos, promesas vanas e ideologías deslumbrantes.
La gente poco a poco diferencia, por las experiencias y batacazos que da la vida, entre lenguaje político, lenguaje económico, lenguaje académico... y familiar.
En el familiar la persona se involucra y transmite sus sentimientos e ideas con la espontaneidad del que se siente valorado, reconocido, querido y escuchado. Es alguien en concreto y no un número en el abigarrado mundo social.

El objetivo de toda buena escucha es comprender, aceptar, sintonizar con los sentimientos de la otra persona para compartir con ella la profundidad de sus ideas, vencer su soledad y “romper” con esos resortes defensivos que nos impiden manifestarnos tal como somos. Si nace, como resultado de la escucha, la confianza, habremos ganado un amigo de los de verdad, ajeno al mundo de los intereses y abierto al don gratuito y generoso.

Escuchar a JESÚS

Jesús se está describiendo a sí mismo en esta maravillosa parábola del sembrador, que es como una síntesis del resto de las parábolas.
El es el sembrador, que ha venido a esparcir la semilla del Reino de Dios, en medio de un pueblo con muchos estratos de permeabilidad.
El sabe cuánto se arriesga en cada grano, lanzado a voleo sobre una desagradecida tierra.
El campo palestino no es como las fértiles llanuras del mundo occidental. A menudo ligeras capas de tierra se asientan en bancales sostenidos por piedras. Hay maleza en los pequeños valles, caminos polvorientos, eriales de piedras y zonas, donde la profundidad del sembrado permite abundantes cosechas. Corre el riesgo de que su semilla se pierda en el laberinto de la dureza y de los desaprensivos que se la comen sin haberla dejado germinar.

Habrá personas que le escuchan con atención y reciban la Palabra con ferviente entusiasmo, pero sin haberla dejado entrar en su corazón. Personas que viven en la superficialidad y en el “picoteo”. Cualquier idea anula la anterior. Pero nunca acaban nada tras haberlo probado todo. Serán los que abandonarán a Jesús a la primera dificultad. Otros son más perseverantes, de buenos sentimientos y excelente voluntad, pero dejan que el mal crezca en su corazón al lado del bien, sin ponerle coto y adoptar medidas que detengan su avance. Estos le traicionarán y terminarán dándose cuenta de su equivocación. Sucedió con los Apóstoles.
Unos pocos, como la Virgen María, mantuvieron su campo abonado, permeable, abierto al riego del Espíritu. Y La semilla del reino creció, creció y creció hasta constituirse en un frondoso árbol.
Este es el desquite del sembrador y su certeza firme de que siempre habrá una semilla que fructifique y abra el camino a nuevas sementeras.
Escuchemos a Dios y escuchemos a los hombres. Porque la escucha humana guarda parentesco con la escucha a Dios. Si decimos que escuchamos a Dios e ignoramos a los hermanos, nos escuchamos tan sólo a nosotros mismos..
Nuestra vida cristiana mejorará sin duda si nos abrimos de verdad a una escucha sincera y sentida.