viernes, 2 de abril de 2010

Lecturas



Él fue traspasado por nuestras rebeliones

Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito. ¿Quien creyó nuestro anuncio?, ¿a quién se reveló el brazo del Señor? Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién meditó en su destino? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados, y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca.El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación; verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomo el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.


Aprendió a obedecer y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación

Hermanos: Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado con todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.


Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan

CRONISTA - En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús sabiendo todo lo que venia sobre él, se adelanto y les dijo:
JESÚS - "¿A quién buscáis?"
CRONISTA - Le contestaron:
PUEBLO - "A Jesús, el Nazareno."
CRONISTA - Les dijo Jesús:
JESÚS - "Yo soy."
CRONISTA - Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles: "Yo soy", retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
JESÚS - "¿A quién buscáis?"
CRONISTA - Ellos dijeron:
PUEBLO - "A Jesús, el Nazareno."
CRONISTA - Jesús contestó:
JESÚS - "Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos."
CRONISTA - Y así se cumplió lo que había dicho: "No he perdido a ninguno de los que me diste." Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
JESÚS - "Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?"
* Llevaron a Jesús primero a Anás
CRONISTA - La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; era Caifás el que había dado a los judíos este consejo: "Conviene que muera un solo hombre por el pueblo." Simón Pedro y otro
discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada que hacía de portera dijo entonces a Pedro:
PUEBLO - "¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?"
CRONISTA - Él dijo:
PUEBLO - "No lo soy."
CRONISTA - Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contesto:
JESÚS - "Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí?
Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo."
CRONISTA - Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
PUEBLO - "¿Así contestas al sumo sacerdote?"
CRONISTA - Jesús respondió:
JESÚS - "Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?"
CRONISTA - Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.
¿No eres tú también de sus discípulos? No lo soy
CRONISTA - Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron:
PUEBLO - "¿No eres tú también de sus discípulos?"
CRONISTA - Él lo negó, diciendo:
PUEBLO - "No lo soy."
CRONISTA - Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
PUEBLO - "¿No te he visto yo con él en el huerto?"
CRONISTA - Pedro volvió a negar, y enseguida canto un gallo.
Mi reino no es de este mundo
CRONISTA - Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en le pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
PUEBLO - "¿Qué acusación presentáis contra este hombre?"
CRONISTA - Le contestaron:
PUEBLO - "Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos."
CRONISTA - Pilato les dijo:
PUEBLO - "Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley."
CRONISTA - Los judíos le dijeron:
PUEBLO - "No estamos autorizados para dar muerte a nadie."
CRONISTA - Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
PUEBLO - "¿Eres tú el rey de los judíos?"
CRONISTA - Jesús le contestó:
JESÚS - "¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?"
CRONISTA - Pilato replicó:
PUEBLO - "¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mi; ¿que has hecho?"
CRONISTA - Jesús le contestó:
JESÚS - "Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí."
CRONISTA - Pilato le dijo:
PUEBLO - "Conque, ¿tú eres rey?"
CRONISTA - Jesús le contestó:
JESÚS - "Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz."
CRONISTA - Pilato le dijo:
PUEBLO - "Y, ¿qué es la verdad?"
CRONISTA - Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
PUEBLO - "Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?"
CRONISTA - Volvieron a gritar:
PUEBLO - "A ése no, a Barrabás."
CRONISTA - El tal Barrabás era un bandido.
* ¡Salve, rey de los judíos!
CRONISTA - Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los saldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
PUEBLO - "¡Salve, rey de los judíos!"
CRONISTA - Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
PUEBLO - "Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa."
CRONISTA - Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
PUEBLO - "Aquí lo tenéis."
CRONISTA - Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
PUEBLO - "¡Crucifícalo, crucifícalo!"
CRONISTA - Pilato les dijo:
PUEBLO - "Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él."
CRONISTA - Los judíos le contestaron:
PUEBLO - "Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios."
CRONISTA - Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús:
PUEBLO - "¿De donde eres tú?"
CRONISTA - Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo:
PUEBLO - "¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?"
CRONISTA - Jesús le contestó:
JESÚS - "No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me
ha entregado a ti tiene un pecado mayor."
¡Fuera, fuera; crucifícalo!
CRONISTA - Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
PUEBLO - "Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César."
CRONISTA - Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman "el Enlosado" (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:
PUEBLO - "Aquí tenéis a vuestro rey."
CRONISTA - Ellos gritaron:
PUEBLO - "¡Fuera, fuera; crucifícalo!"
CRONISTA - Pilato les dijo:
PUEBLO - "¿A vuestro rey voy a crucificar?"
CRONISTA - Contestaron los sumos sacerdotes:
PUEBLO - "No tenemos más rey que al César."
CRONISTA - Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
Lo crucificaron, y con él a otros dos
CRONISTA - Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado "de la Calavera" (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: "Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos." Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
PUEBLO - "No escribas: "El rey de los judíos", sino: "Éste ha dicho: Soy el rey de los judíos."
CRONISTA - Pilato les contestó:
PUEBLO - "Lo escrito, escrito está." Se repartieron mis ropas
CRONISTA - Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba a abajo. Y se dijeron:
PUEBLO - "No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quién le toca."
CRONISTA - Así se cumplió la Escritura: "Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica". Esto hicieron los soldados.
Ahí tienes a tu hijo. - Ahí tienes a tu madre
CRONISTA - Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
JESÚS - "Mujer, ahí tienes a tu hijo."
CRONISTA - Luego, dijo al discípulo:
JESÚS - "Ahí tienes a tu madre."
CRONISTA - Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Está cumplido
CRONISTA - Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo:
JESÚS - "Tengo sed."
CRONISTA - Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
JESÚS - "Está cumplido."
CRONISTA - E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
*Todos se arrodillan, y se hace una pausa
Y al punto salió sangre y agua
CRONISTA - Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: "No le quebrarán un hueso"; y en otro lugar la Escritura dice: "Mirarán al que atravesaron."
Vendaron todo el cuerpo de Jesús, con los aromas
CRONISTA - Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Palabra del Señor.

Homilías


VIERNES SANTO

El centro de la celebración de hoy es la cruz.
La condena del reo a muerte en cruz, era una de las más terribles, sufrientes y humillantes que pueda padecer el ser humano. ¿Por qué Jesús quiso redimirnos de esta manera?
Pero la cruz, signo de muerte, se transforma con Cristo en aureola de luz y en esperanza para cuantos creemos en El.
La austeridad de los Oficios- no hay Eucaristía- nos adentra de lleno en el misterio del sufrimiento y del mal, a los que “el Hijo de Dios- según Paul Claudel- no ha venido a suprimir ni a darles explicación, sino a compartirlos con su presencia”.

¡Cuántos cristianos han sentido en sus noches obscuras, en la desesperación amarga de una enfermedad incurable, el aliento y la fuerza de Cristo doliente en su agonía!

Mel Gibson intenta describir en su película “La Pasión de Cristo,” a través de durísimas imágenes, los indecibles sufrimientos de Jesús en su lenta subida al Calvario.
Quiere aproximar al espectador a lo que sucedió en la realidad: el arresto, los insultos y salivazos, la flagelación romana, la coronación de espinas, y la mofa cruel de los soldados que lo proclaman rey, el escarnio ante el pueblo del “hombre justo” confundiéndolo con los malhechores, el azuzamiento camino de la cruz y su muerte fuera de las murallas de Jerusalén, como el último de los esclavos.
¡Cuántos cristianos también se han sentido aliviados mirando la cruz de las incomprensiones, desagradecimientos y fracasos sufridos!

Las Siete Palabras

Es en la hora de la verdad, en la hora final, cuando la criatura se presenta enferma y sola frente a su Creador, donde puede experimentar la cercanía de Jesús que vivió los mismos trances que cada uno de nosotros.
Las Siete Palabras de Jesús nos hacen comprender el sufrimiento humano llevado al límite.
Tres de estas Siete Palabras están recogidas en el evangelio según San Juan:
“Madre, ahí tienes a tu hijo; hijo, ahí tienes a tu madre”, “tengo sed” y “todo está cumplido”.
San Lucas refleja otras tres: ”Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”, “hoy estarás conmigo en el paraíso” y “ Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Por otra parte, los tres Sinópticos coinciden en el fuerte grito dado por Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿ por qué me has abandonado?”.

Desglosemos cada una de ellas para hacerlas objeto de meditación.

1.- “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)

Las acciones de justicia, compasión, misericordia o perdón de Jesús en aldeas, pueblos y ciudades por donde había pasado, han quedado en saco roto. Ahora, en la cruz, le han dejado solo hasta sus amigos íntimos los Apóstoles. Los soldados se mofan de El y lo escarnecen, mientras los altos dignatarios del pueblo lo insultan. Ningún reproche por parte de Jesús, ni un mal gesto ni una mala palabra. Soporta en silencio las vesanias y vituperios, el sabor amargo de la traición de Judas y Simón Pedro o el abandono de la mayoría que le había aclamado unas horas antes al entrar en Jerusalén.
Jesús disculpa y perdona, porque no saben lo que hacen; unos, atrapados por el miedo y la cobardía; otros, cegados por el odio sectario.
Quienes lo llevan a la muerte creen hallarse en posesión de la verdad, hacer un favor a Dios (caso de los escribas y fariseos) o favorecer la ley y el orden del Imperio Romano (Pilatos).

No debemos olvidar hoy las graves dificultades que sufre la Iglesia a causa de las persecuciones, las intolerancias y fanatismos de cualquier signo. Han muerto martirizados muchos más cristianos durante los últimos cien años que en los otros diecinueve siglos restantes.
El “escarnio cultural”, en palabras del Papa Benedicto XVI, que sufre la Iglesia, no deja de ser otro tipo de martirio. En nombre del “progreso” y de la “cultura” se ridiculizan los símbolos cristianos, se insulta al Papa y a todo lo que suene a religioso, se tergiversan las palabras, se adulteran los buenos ejemplos. No saben lo que hacen.
Tampoco lo sabemos nosotros, unos ignorantes que nos creemos dioses y árbitros supremos de nuestro destino. Fallamos por apatía, desidia o sensibilidad, envueltos en pequeñas traiciones.
La justicia humana no recupera nunca los daños morales causados.

Afortunadamente, Jesús, en su íntima comunión con el Padre, perdona con amor, porque los pecadores son parte de su familia, y aguarda, como el padre del hijo pródigo, la vuelta a casa.
Mientras vivamos tendremos esa última oportunidad.
La Iglesias, fiel al mandato de Jesús, anuncia y predica el perdón, hecho patente en la multitud de los mártires, desde San Esteban hasta nuestros días.

2.- “En verdad, en verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43).

Nadie habría adivinado ni en sus más remotos sueños que el Hijo de Dios tomara como escoltas en su lenta agonía en la cruz a dos ladrones. Una paradoja.
Los dos se enfrentan a la muerte en las mismas condiciones; ambos se aferran a la vida con desesperación y se unen a los insultos de los verdugos que piden a Jesús un milagro para bajar de la cruz.
Un rayo de luz ilumina la mente de uno de los ladrones (Dimas, según la tradición). Percibe en sus carnes el terrible drama de la soledad, del abandono de los suyos, del olvido. ¿Quién se acordará de mí cuando haya muerto? ¿Quién recogerá mi cuerpo inerte y lo dará sepultura? ¿Quién colocará un ramo de flores sobre mi tumba o musitará una oración?
Se siente en esos momentos tocados por la gracia, encuentra la fe y se encomienda a Jesús, porque ve en El un amigo en quien confiar y pedir el anhelado perdón por los pecados que enturbian su agonía
“¡Acuérdate de mí!”.

No será aniquilado; vivirá, sin duda, para entrar en el paraíso de Jesús por la puerta grande.
Es el primer pagano que reconoce a Jesús como el Supremo Rey y cree en El; el buen ladrón que roba el cielo; un trabajador de la última hora que arrebata el salario de su Señor, pues el perdón de Dios es inmediato y no entiende del pasado, ni se deja arrastrar por las envidias de los trabajadores de la primera hora.

Nosotros sí recurrimos al pasado de los demás para echarles en cara sus defectos, colocarles etiquetas de malas personas, manchar su imagen y, de paso, justificar nuestras acciones.
Es fácil ver la paja en el ojo ajeno, descargar culpas a los políticos, a la sociedad, a los mayores, a los extranjeros que vienen para delinquir o quitarnos el trabajo, a la familia, a los jueces y a todo lo que se mueve.

Olvidamos que necesitamos ser perdonados tanto como amar y ser amados, buscar sentido a nuestra existencia, colmar nuestra esperanza de eternidad. En definitiva, sobrevivir con la paz y alegría del que tiene el corazón limpio. Y, eso sólo lo puede hacer el gran corazón de Dios, transparentado en Jesús.
Lo hizo con el buen ladrón y lo hará también con nosotros.

3.- “Mujer, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre” (Jn 19,26-27)

María ha escuchado las palabras de perdón de Jesús, sufre en silencio a su lado.
Los insultos que profieren los verdugos se clavan en su corazón, pero es una discípula que sigue los pasos de su hijo...
¡Bendita madre y benditas madres que soportan con entereza las cruces de sus hijos y aún tienen fuerzas para consolar a los más débiles!
Hay mujeres que están a su lado con el Apóstol San Juan. De otro modo, el dolor habría sido insoportable.
Seguro que echa en falta la presencia de los Apóstoles y de otros muchos discípulos que le habían acompañado desde Galilea. ¡Qué cambiante es el corazón del hombre!
Le aguarde un triste futuro.
Una viuda sin hijos en aquella época se convertía en una vagabunda y presa fácil de los desaprensivos.
Jesús lo sabe, y encomienda a Juan su custodia: Y, a través de Juan, la convierte en Madre de la Iglesia, en Madre de la Humanidad salvada por la gracia.

¡Qué regalo tan precioso de Jesús! ¡Qué generosidad sin límites!

Las madres de hoy tienen múltiples y pesadas cruces que sobrellevar. Deben trabajar en iguales condiciones que los hombres y, a menudo, con menores salarios, afrontar los cuidados de las casas, retrasar la maternidad, fragmentar su tiempo para cuidar a los abuelos.

Toda mujer siente la llamada a ser madre. Pero las leyes españolas están sembrando desde hace años la cultura de la muerte. Casi un millón de niños son abortados cada año en España, cercenando el futuro de la sociedad y poniendo en gravísimo peligros el progreso económico y social que pretenden defender los profesionales del falso progreso y del crimen organizado y regularizado por ley. ¡Una aberración moral sin parangón en el mundo, únicamente comparable con los crímenes del nazismo!
Alguien sentará algún día en el banquillo de los acusados a los responsables de tanta desfachatez y dureza de corazón.
Recurren para conseguir sus fines, si fuese necesario, al engaño y la mentira.

¡Qué tremendo drama para una madre desprenderse del hijo que lleva en las entrañas, por incompetencia económica, presiones familiares o un futuro en soledad y sin apoyos! ¡Qué remordimiento por el hijo que pudo ser y no fue!
Se han aprobado leyes injustas que ni siquiera contemplan la realidad humana del matrimonio en su especificidad. Hasta las palabras “padre” y “madre” han desaparecido del Código Civil en esta escalada anticultural de un torpe igualitarismo.

Todo esto lo tienen que aguantar y padecer las madres y, con ellas, toda la sociedad.


María sigue al pie de la cruz junto a todas las madres del mundo, junto a todos los que defienden y buscan la vida en todos sus procesos. Por esto murió Jesús, para que tengamos vida y una vida abundante.

4.- ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15,34; Mt 27,46)

Quizás sean éstas las palabras, reflejadas en un grito escalofriante, más escandalosas del Nuevo Testamento.
Sólo las recogen los Sinópticos en lengua aramea, la que hablaba Jesús. Provocan un gran impacto y un gran estremecimiento entre los asistentes ante el aparente abandono que sufre Jesús en su agonía. Son unas palabras que nos descubren hasta el fondo el misterio de la Encarnación y el anonadamiento del Verbo hecho carne.
Es cierto que estas palabras pueden parecer un escándalo, pero todo el evangelio es un escándalo si se mira desde una perspectiva meramente humana.
Para los que creemos, son palabras benditas, pues nos dicen que Dios nos ha amado tánto que ha compartido nuestra existencia asumiendo los sufrimientos más inverosímiles.

Para comprenderlas, basta coger, leer y meditar el salmo 22 que describe la pasión y los sentimientos que tuvo Jesús en la cruz, cuyas primeras palabras asume en su queja. Son el grito del llanto, del dolor y del abandono por una parte y una oración de confianza por otra.

Recordamos algunas de las frases del salmo:
“Soy un gusano, no un hombre; vergüenza de lo humano, asco del pueblo”,
“Todos mis huesos se dislocan, el corazón se vuelve como cera, se me derrite en mis entrañas. Mi corazón está como una teja y mi lengua se pega al paladar”,
“Dios mío, de día clamo, y no respondes, también de noche, y no hay silencio para mí”;
“Todos los que me ven se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza. Se confió a Yahvé, ¡pues que él le libre, que le salve, puesto que le ama!”.
“Una banda de malvados me acomete; atan mis manos y mis pies, cuentan todos mis huesos. Me observan y me miran, se reparten entre sí mis vestiduras y se sortean mi túnica”.


Pero el mismo salmo es un acto de confianza ilimitada en el buen Dios; en el Padre mantuvo su tierna confianza:

“En ti esperaron nuestros padres, esperaron y Tú los liberaste; a Ti clamaron y salieron salvos; en ti esperaron y no quedaron confundidos.”
“Me sacaste del vientre, me confiaste a los pechos de mi madre; a ti fui confiado cuando salí del
seno, desde el vientre de mi madre eres tú, mi Dios”
“Yahvé, no estés lejos, corre en mi ayuda, fuerza mía, libra mi alma”
“Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma”.

Las tiniebla envuelven la tierra y el mundo se estremece ante el escarnio y el cinismo.
Su grito es el grito de todos los hombres justos que sufren las consecuencias terribles de las injusticias, de la autosuficiencia, de la ceguera de los sinrazón. Y, aunque Dios parezca callar, está a nuestro lado para hacer justicia. El pecador morirá para siempre con su pecado si se niega a la Vida eterna que Dios le ofrece.

El Papa, en su encíclica “Dios es amor” agrega lo siguiente: “Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor”.

5.- “Tengo sed” (Jn 19,28)

Jesús queda despojado de todo; los soldados se reparten sus vestidos y sortean su túnica. No posee ya nada tuyo, porque lo ha entregado todo.
Mientras, Satanás lo sigue tentando a través de sus enemigos: “Si has salvado a otros, baja de la cruz y creeremos en ti”.
Tiene sed y nadie puede mitigar la angustia de su cuerpo deshidratado. El que es el “agua viva” que sació la sed de las multitudes y se la dio a beber a la samaritana, no encuentra la ayuda caritativa que necesita.

Dice el evangelio que Jesús pronuncia la palabra “para que se cumpla la Escritura”.

Jesús tiene sed, porque quiere apurar hasta la última gota la copa que el Padre le ha ofrecido, el cáliz de la amargura, de la nueva y eterna alianza, que será derramado por nosotros para el perdón de los pecados.
Al ser atravesado por la lanza, de su costado sale sangre y agua; muere Jesús y nace la Iglesia Jesús tiene sed de ti y de mí, de nuestro amor, de nuestra entrega.
Tiene sed de ti y de mí para que le dejemos entrar en nuestra casa y compartir el vino de la alegría.
Tiene sed de un mundo nuevo, más fraterno y humano, para el que necesita brazos.

En muchos lugares del mundo se carece de agua; la gente bebe de charcos sucios el agua contaminada, que causa numerosa enfermedades y aboca a la muerte a millones de persones.
Podemos paliar su sed, la sed de los pueblos empobrecidos, ayudando a crear mejores condiciones de vida y de paso, como Jesús con la samarita, mostrarles el manantial de agua viva que brota hasta la vida eterna.
También necesitamos tener sed de Dios, y como la tierra reseca, agostada y sin agua abrirle el corazón para que lo llene con su presencia.

¡Señor, que tengamos siempre sed de ti para beber del manantial de eternidad que nos regalas!

6.- “Todo está cumplido” (Jn 19,30)

Jesús llega por fin a la meta que el Padre le ha trazado una vez cumplida su misión salvadora para la que se encarnó en las entrañas de la Virgen María. Sin escatimar entrega y sacrificios, siempre en comunión diaria con el Padre, hace presente con su testimonio el amor infinito de Dios.

“Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio, porque Dios estaba con El”.

Los pobres, los enfermos, los marginados, las mujeres y los niños son sus preferidos, porque son los más castigados por la opresión. Busca la justicia, educa a sus amigos, los Apóstoles, con mimo y paciencia, a sabiendas de sus futuras traiciones; pero serán ellos los continuadores de la obra emprendida. Regala por doquier misericordia y perdón
Ante el cáliz amargo de su Pasión y agonía en la cruz, no elude los sacrificios ni se desvía del camino que le lleva al Calvario, sino que se mantiene fiel a la voluntad del Padre sin claudicar frente al abismo de la muerte.
Ha apurado la hiel de la amargura y el tormento de la sed, y se ha quedado sereno, sin fuerzas antes de traspasar el último escalón de entrada en la “Casa del Padre”.

Innumerables pasos procesionales que desfilarán hoy por múltiples lugares de España reflejan esta imagen de Cristo sereno, abrazando al mundo, abandonándose al Padre.

Todo se ha cumplido, sí, hasta los más mínimos detalles.

“Nos amó hasta el extremo” dice San Juan. “
¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón” agrega San Pablo”
“¡Bendita muerte que nos da tal Redentor!, proclama San Agustín.


La historia de Jesús ha sido de compromiso fiel de vida; una vida a imitar, que ha llevado a sucesivas generaciones de cristianos a seguir sus huellas, especialmente en los momentos de noche obscura, desolación y prueba, para encontrar consuelo y razones para vivir.

En la actualidad, en medio de una crisis económica galopante, se están tomando medidas desde el Ministerio de Igualdad, para orquestar con propaganda y gastando fuertes sumas de dinero, una ideología de muerte. Lo curioso es que la intentan imponer como defensa de las libertades individuales, del narcisismo, el hedonismo, el materialismo o la revolución sexual.
Esta ideología de género, como se llama hoy día, es violenta, porque se basa en una concepción del odio entre los sexos. Dios y la Iglesia aparecen como enemigos del progreso, pues el hombre es un ser autónomo que se construye a sí mismo y se convierte en un dios para sí mismo.
En consecuencia, preconiza una sociedad en la que impere el amor libre, sin amor, sin pareja que ate, sin compromisos que estorben la comodidad, sin familia que domine, sin matrimonio que esclavice. Todo un caos que está abocado al fracaso.


Jesús no vino a condenar al mundo, sino a salvarlo con la fuerza del amor que se entrega y se comparte.

7.- “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

Jesús expresa con estas palabras su abandono y su confianza en la voluntad del Padre. Algo que queda reflejado en el evangelio según San Juan: “Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y me voy al Padre.”

Toda la vida de Jesús se glorifica: el fracaso da paso al triunfo, la tristeza se transforma en alegría, el sacrificio en fuente de gozo, la esperanza en certeza, la enfermedad en vida eterna, la debilidad en fortaleza.

Entra Jesús en la “Casa del Padre”, pero no nos deja huérfanos, pues se halla presente en su Iglesia (“Yo estaré siempre con vosotros hasta el final de los tiempos”) y nos lega su Espíritu para encaminarnos tras las huellas de Jesús, luchando contra la injusticia y el pecado.
Los primeros cristianos afrontaron la muerte por mantenerse fieles a Cristo:
“El que cree en mí tendrá vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.
“Quien me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre del cielo”.


Multitud de santos se han abandonado en los brazos de Jesús mediante prácticas de meditación contemplativa y de servicios generosos a los demás.
La historia de la Iglesia está llena de seguidores de Jesús haciendo de su vida un compromiso de entrega. Gracias a ellos y al Espíritu que siempre les impulsó, la sociedad se ha ido transformando a la medida del don de Dios, aunque con muchos sobresaltos.
El secreto de la paz, de la fraternidad y de la verdadera alegría está en este abandono en los brazos de Jesús y del Padre.

La fe cristiana da sentido pleno a la existencia y nos permite afrontar el trance de la muerte con la confianza de sentirnos salvados por quien ha dado la vida por nosotros y nos ha abierto las puertas del Paraíso.

¡Señor, que tengamos siempre sed de ti para beber del manantial de eternidad que nos regalas!

jueves, 1 de abril de 2010

Mañana VIERNES SANTO

Es un día crucial en la liturgia cristiana y la conmemoración de la muerte de Cristo en la cruz. Luego de su encarcelamiento Jesús es sometido a un juicio, donde sufre torturas aberrantes. Es en ese mismo momento donde recibe la corona de espinas sobre su cabeza y le cargan la cruz. Así, Cristo recorre la ciudad de Jerusalén con la pesada cruz de madera en dirección al Calvado. A horas del mediodía el Señor es crucificado. Más tarde, para certificar su muerte le clavan una lanza confirmando el fallecimiento. A la noche, los fieles desclavan el cuerpo de Cristo y lo entregan a su madre, para finalmente enterrarlo en el sepulcro. Ese mismo día Judas, arrepentido de su traición, se ahorca y acaba con su vida. Durante el Viernes Santo se realiza la adoración del Árbol de la Cruz y el Vía Crucis. Es el único día del calendario litúrgico donde no se celebra la eucaristía.

13ª Estación VÍA CRUCIS


Son las tres de la tarde. El sufrimiento llega hasta el límite. Pero antes de morir, Jesús perdona a sus verdugos, y en actitud profunda de oración y de obediencia, entrega su vida al Padre. Se ha consumado la redención.

Y al llegar la hora sexta, toda la tierra se cubrió de tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona exclamó Jesús con fuerte voz: Eloí, Eloí, ¿lamá sabacthaní? que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Y algunos de los que estaban cerca, al oírlo decían: Mirad, llama a Elías. Uno corrió a empapar una esponja con vinagre y, sujetándola a una caña, le daba de beber, mientras dacia: Dejad, veamos si viene Ellas a bajarlo. Pero Jesús, dando una gran voz, expiró". (cf Mt 27,50-56; Lc 23,44-49; Jn 19,28- 30).

Colgado del madero, sólo y abandonado de todos, Jesús quiere abrazar a todo hombre. A cada uno de nosotros. Se ha inmolado hasta el sacrificio supremo. Quiere apurar el cáliz hasta la última gota y hace aprenda de su vida al Padre.
Todo queda consumado. Las tinieblas y la oscuridad llenan la tierra porque el hombre no ha querido reconocer la luz verdadera. Jesucristo ha traspasado la barrera de la muerte, se ha dejado arropar por ella. También en esto nos da ejemplo: no teme a la muerte, porque la muerte no es el final, porque la muerte es el paso que nos lleva a la vida verdadera, a la vida eterna que Dios ha preparado para sus hijos. ¡Jesucristo con su muerte y resurrección nos ha concedido la herencia eterna; somos ya hijos de Dios!

Señor, has bebido el cáliz de la pasión hasta el final. Tú dijiste que "no hay mayor amor que el de dar la vida por los amigos". Has dado tu vida por amor. Haz que yo aprenda a entregar mi vida a Ti y a los hermanos que me necesiten.

Lecturas



Prescripciones sobre la cena pascual

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: "Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de Israel: "El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino de casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo. Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito. Lo guardaréis hasta el día catorce del mes, y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido.Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, comeréis panes sin fermentar y verduras amargas. Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el paso del Señor. Esta noche pasaré por todo el país de Egipto, dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y haré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor. La sangre será vuestra señal en las casas donde estéis: cuando vea la sangre, pasaré de largo; no os tocará la plaga exterminadora, cuando yo pase hiriendo a Egipto. Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones."


Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía." Lo mismo hizo con él cáliz, después de cenar, diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía." Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.


Los amó hasta el extremo

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: "Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?" Jesús le replicó: "Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde." Pedro le dijo: "No me lavarás los pies jamás." Jesús le contestó: "Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo." Simón Pedro le dijo: "Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza." Jesús le dijo: "Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos." Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: "No todos estáis limpios". Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: "¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis."

Palabra del Señor.

Homilía


JUEVES SANTO
La Pascua judía

La primera lectura de la Eucaristía de hoy, extraída del Éxodo, nos relata un episodio que es la fuente de la fiesta judía de los Ázimos.
Es un texto venerable que evoca el “paso del Señor” en medio de su pueblo para liberarlo de la esclavitud del faraón y guiarlo durante 40 años hasta la Tierra Prometida.
Durante estos largos y duros años de desierto, el pueblo se irá purificando y abriéndose a la alianza con Yahvé- Dios, su Libertador.
Según los entendidos, esta fiesta era primitivamente de origen nómada; se empleaba sangre para untar los piquetes de las tiendas a fin de ahuyentar los malos espíritus. Guardaba a su vez relación con la fiesta cananea de los Ázimos, del pan sin levadura, celebrada al comenzar la recolección de la cebada.
En cualquier caso, la fiesta judía, nos recuerda el acontecimiento narrado en el libro del Éxodo. La familia se reúne en torno a la mesa. El más joven de la misma pregunta sobre el sentido de la fiesta al que preside la celebración doméstica. Este comienza a explicar a todos el acto central de la historia judía y les va recordando la intervención liberadora de Yahvé, la sangre sobre los dinteles, las hierbas amargas, la carne asada al fuego, el pan sin fermentar... Todo ello, ceñida la cintura, con bastón en la mano y sandalias en los pies, en actitud de emprender el viaje.
Jesús, como buen judío, acudía anualmente desde niño a celebrar la fiesta de Pascua.
Esta será la última oportunidad de compartir con sus discípulos esta Cena Pascual que tanto ansiaba celebrar y que servirá de emocionante despedida.

Preparativos de la Pascua

Jesús no tenía casa. “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc.9,58).
Por eso manda a sus discípulos a casa de un amigo que generosamente les deja el local llamado hoy día Cenáculo.
Siempre tuvo Jesús amigos conocidos y anónimos que le acogieron en su casa para hablar con él y celebrar banquetes. En el evangelio aparecen varios de estos amigos: los hermanos de Betania: Marta, María y Lázaro, Mateo el publicano, Pedro, Zaqueo, Simón, el fariseo, Nicodemo,.
Encuentros íntimos, profundamente humanos donde se habla al corazón y se hace patente la presencia cercana y misericordiosa de Dios. Jesús vino a salvar, no a condenar.
“Mira- dice el Apocalipsis 3,20- que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.”
Y cualquiera de nosotros, como el dueño del Cenáculo, le podemos abrir las puertas de nuestro hogar para sentir su presencia, el calor de su amistad y el regalo de su felicidad.

Jesús sigue llamando hoy a todas las puertas, porque quiere que nadie, especialmente los pobres, lisiados y marginados, queden excluidos de su banquete.

La Cena Pascual

Durante la celebración de la Pascua judía, Jesús instituye la Eucaristía y el Sacerdocio.
El relato de San Pablo sobre este hecho singular es el más antiguo que conocemos, anterior al de los evangelios. El Apóstol recoge simplemente una tradición que viene del Señor, que no es suya: “la noche de su pasión Jesús cogió un pan, dio gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced lo mismo en memoria mía. Después de cenar hizo igual con la copa, diciendo: Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria mía” (I. Cor.11,23-25).

A partir de este momento, la celebración judía dejará paso al Memorial del Señor. Ya no se sacrificará el cordero para derramar su sangre sobre las jambas y el dintel de las puertas, porque será el mismo Jesús, el nuevo Cordero, quien se entrega con su cuerpo triturado y su sangre derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Según la mentalidad de la época la sangre era la vida.
No cabe mayor sacrificio ni mayor entrega por parte de Jesús, que quiere convertirse para cuantos creen en El y se alimentan de su Cuerpo y de su Sangre en fuente inagotable de vida, y de vida eterna.
Este es el mandato que mejor ha guardado la Iglesia.

Los sacerdotes (“haced esto en memoria mía”) son los encargados de repetir las palabras y los gestos de Jesús, que los primeros cristianos llamaban “la fracción del pan”.

Jesús quiso darles ese poder espiritual y una gran responsabilidad para perpetuar en su memoria este Sacramento de Fe que, como proclamamos en la Eucaristía después de la consagración, es anuncio de su muerte y proclamación de su resurrección hasta que El vuelva.

En este Año Sacerdotal estamos todos invitados a rezar y preocuparnos más por los sacerdotes, a quienes dejamos a menudo solos en su misión y a quienes marginamos, descalificamos y humillamos por errores que perdonamos a otros.

El lavatorio de los pies

El evangelio nos adentra en la clave de la vida de Jesús, toda ella entregada al servicio de los demás.
San Juan, tan amante de los signos, nos muestra a Jesús lavando los pies a los discípulos, un oficio propio de los esclavos. Con este gesto, Jesús intenta rebajarse y darles una lección suprema de amor. Nadie es más grande que el que sirve ni mejor que el que entrega su vida por los demás.

Toda la vida de Jesús ha sido un servicio permanente a la voluntad del Padre, a sus discípulos, a los enfermos, a los marginados, a la gente humilde del pueblo, a cuantos se han cruzado en su camino.
Nunca olvidarán esta lección. Tampoco los cristianos de todas las generaciones que sabemos que la señal de nuestro reconocimiento está en “amarnos como hermanos”.
Los paganos al contemplarles decían con sana envidia: "mirad cómo se aman".
Y si queremos dar a conocer a Jesús ha de ser, sobre todo, por nuestros gestos de amor.

La persona más importante en una familia suele ser la madre; es la primera que se levanta y la última que se acuesta; la primera que sirve la mesa y la última que come; la primera en cuidar al hijo enfermo y la última en irse de su lado; la primera en callar y en aguantar humillaciones con tal de que haya paz en el hogar; la primera en perdonar, en dar la cara ante una necesidad... y la última en el escalafón, porque no se mira a sí misma, sino a los seres que ama. Y, ¡qué tragedia y qué vacío cuando ella falta!
“Si alguien quiere ser el primero, decía Jesús, que se ponga como el servidor y el últimos de todos”... “porque hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos en el Reino de los Cielos”
Todos los cristianos debemos llevar el “servir” como carta de identidad, y amar como Jesús nos amó.

Día del amor fraterno

“Amaos unos a otros como yo os he amado”
Cristo es nuestro modelo a imitar a través del amor que lleva a la misericordia y al perdón, incluso a los enemigos, y a la entrega total, hasta dar la vida.

Ya sé que es difícil, que somos seres limitados, que somos débiles y fallamos, pero estamos llamados a vivir como Cristo y con Cristo.
Disponemos de sobradas ocasiones para demostrar nuestro amor y luchar por él: la familia, el trabajo, grupos de amigos, calle...
El mundo se halla plagado de problemas que remueven nuestra sensibilidad y nos impulsan a ser solidarios. Cerrar el corazón a los hermanos no es propio de un buen cristiano.
España ronda los cinco millones de parados; una cifra escalofriante, que se une a otros varios millones que viven en la pobreza y en la miseria. Visitemos los locales de Caritas en las parroquias para darnos cuenta del creciente número de los necesitados que llaman a sus puertas ante la pasividad frecuente de las autoridades políticas que, además, tienen la desfachatez de criticar y descalificar la acción caritativa de la Iglesia mientras no se rebajan ni un céntimo de sus elevados sueldos.
El amor auténtico compromete e impulsa al cristiano a denunciar las injusticias y trabajar por erradicarlas.

Cuando salgo de varias conocidas estaciones del Metro me encuentro con los mismos mendigos subsaharianos pidiendo limosna. De pie, sonrientes, amables, con un periódico en una mano y la otra extendida y abierta en demanda de ayuda, soportan pacientemente las inclemencias del tiempo con arrojo y valentía. Muchos, al pasar a su lado, desvían la mirada; otros avanzan indiferentes; los menos depositan su óbolo.
Ignoramos, sin embargo, la tragedia de sus vidas. La mayoría abandonó el pueblo o la tribu como abanderados de su familia para sacarla de la miseria y el hambre.
Entraron sin papales, siguen sin trabajo, no tienen casa y no se atreven a regresar para confesar su fracaso.
Me pregunto: ¿qué haría yo si me tocara vivir su amargo drama? ¿Mantendría como ellos la sonrisa y la dignidad?
Estos son los pobres reales, porque no disponen de casa, carecen de trabajo, no pueden acudir a los colegios, no tienen seguros sociales, ni dinero, ni amigos.
El amor de Dios nos interpela para dar gratis lo que gratis hemos recibido, porque la medida del amor es amar sin medida. Jesús así lo ha querido.
“La medida del amor es amar sin medida”