


Feliciano, el administrador del camping ya lo conocía y lo esperaba con un plato de sopa caliente los días de invierno, y una ensalada con algún fiambre cuando hacía calor. Fabián compartía la sencilla comida con él, y después armaba su tienda en el lugar más alejado, cerca del río. Amaba las noches despejadas, para tirarse boca arriba sobre la hierba y contemplar las estrellas. Se pasaba horas enteras contándolas, poniéndoles nombres e imaginando dibujos en el cielo.

Pero, al seguir mirando descubrió que la estrella parecía dudar. Se movía para un lado y después para el otro. Como si fuera una persona que no sabe si cruzar una calle o no. Se mantuvo en ese juego durante unos minutos. Fabián se fue incorporando de poco a poco hasta quedar de pie, sin

Después de unos instantes, la estrella, que realmente parecía dudar, se decidió y se precipitó hacia la tierra. Fabián se dio un gran susto, porque creyó que se le caía encima, y se agachó. Le pareció que había caído muy cerca, detrás de unos árboles.
«No puede ser; las estrella no caen así, debe tratarse de otra cosa; esto es imposible, seguramente es una ilusión óptica por estar fijando tanto tiempo la vista...»

Se dirigió, entonces, hacia ese lugar tratando de no hacer ruido.
Llegó hasta donde había varios árboles caídos que formaban un claro. Entonces, la vio.
No podía creerlo. Se frotaba los ojos, porque creía que estaba soñando; o hipnotizado; o sugestionado... Sentada en un tronco, con la cabeza apoyada en un

Tuvo miedo, pero el temor fue desapareciendo al contemplarla tan desamparada y triste. Se acercó despacito y le dijo:
-Disculpe, no entiendo qué está pasando, pero me da mucha pena verla así. ¿Quién..., o qué es usted? ¿La puedo ayudar en algo?
La estrella levantó los hombros como diciendo que ya nada le importaba y giró hacia el otro lado.

Después de un rato, la estrella le dijo:
-Te agradezco, pero lo dudo. No creo que nadie pueda ayudarme. ¡Estoy tan cansada! Pero es muy largo de contar. Casi dos mil años de vida no se cuentan en un minuto.
Fabián se sentó en un tronco, a una distancia prudencial y dijo.

La estrella comenzó a hablar lentamente y, en su voz, se percibía una gran tristeza.
-Hace dos mil años me encomendaron una tarea. La más importante, me dijeron. No importa que seas pequeña, ni que no tengas mucho brillo. En el momento oportuno, el brillo te llegará de afuera y llamarás la atención de todos los hombres. Era mi oportunidad. Ya no sería una estrella más; ya no pasaría inadvertida; los hombres me pondrían un nombre y figuraría en los catálogos. Fue así que acepté, y con mi luz señalé el camino a unos sabios hasta el pesebre donde había nacido un pequeño niño.
Desde ese momento, todos los años hago el mismo camino, para que nadie se

Interrumpió su conversación durante unos segundos y, con la mirada perdida, pareció estar buscando una palabra para completar la frase, un adjetivo para la palabra guerras.
-En guerras. Esta palabra es tan tremenda en sí misma, que no necesita nada que la acompañe. Si dijera en terribles o crueles guerras, alguien podría llegar a pensar que hay guerras que no son terribles o crueles. ¡Se matan entre hermanos! Vi

Los que deberían servir porque tienen el poder, se preocupan por unos pocos.
Yo, que vi nacer al niño de Belén, que escuché lo que predicaba, que lo vi

Fabián se había quedado mudo y paralizado. No sabía qué decir ni qué pensar. Todas las ideas se le mezclaban. La estrella parecía tener razón pero, sin embargo, Fabián se revelaba contra esta idea. ¿Ya no hay esperanzas? ¿Ya está todo perdido? No sabía que decir y comenzó a balbucear palabras incoherentes:
-

-Está bien, no hace falta que intentes convencerme, yo ya decidí qué hacer. ¿Por qué no me cuentas qué haces tú en este lugar tan apartado y alejado?
Fabián la invitó para que fuera hasta su tienda y la invito a un café. Él se recostó en la hierba y la estrella a su lado. Así, comenzó a contarle a qué se dedicaba y qué hacía los fines de semana en esa isla.
-¡Qué suerte que te encontré!, dijo la estrella cuando Fabián terminó de hablar. Aunque este año no brille para todos, tú tuviste la oportunidad de tenerme bien cerca tuyo. Eres el único que merece verme...
Fabián que había entrado en

-Creo que está equivocada. En primer lugar, no soy el único que merece verla; y por otra parte, es cierto que el mundo parece encaminarse hacia la destrucción y que no hay nada que pueda detener lo que está pasando, pero, justamente por eso, creo que tiene que brillar más que antes. Hay muchas personas que sólo miran hacia abajo, que necesitan una luz fuerte para descubrir que pasan cosas más allá de sus narices. ¡Cómo se va a dar por vencida justo ahora que es cuando más la necesitamos!
Muchos hombres no van a reconocer su luz y ni siquiera se van a enterar de que usted hace un recorrido para llamarles la atención, para recordarles un gran acontecimiento, para anunciar que para Dios, los hombres somos importantes,
porque él se hizo uno de nosotros. Pero quizás, alguno puede llegar a levantar la vista y verla ¡Aunque más no sea por casualidad! ¿Y a los otros? ¿Quién va a renovarles la esperanza?
Fabián dijo esta última frase gritando. La estrella permaneció callada. En la oscuridad, Fabián no pudo distinguir que esbozaba una sonrisa.
De golpe, sintió algo húmedo en su rostro. Era «Pirata», el perro del administrador del camping que le estaba lamiendo la cara.
-¡Eh, Fabián! ¿Cómo estás? ¿Te pasó algo?, preguntó Feliciano. Me asusté, porque vi una luz y te oí gritar como si estuvieras discutiendo con alguien. Pensé que te había pasado algo, pero seguramente te quedaste dormido. Métete dentro de la tienda que te vas a resfriar con el rocío.
Fabián le hizo caso, entró en la tienda, pero tardó en dormirse, porque aunque estaba seguro de que todo había sido un sueño, sentía una extraña sensación.
Pasaron los días y llegó el tiempo de Navidad. Poco antes, Fabián organizó una fiesta con la gente de la isla y unos amigos de la ciudad.
Feliciano prestó el camping y prepararon una gran mesa para la fiesta que comenzó temprano por la mañana y duró hasta la tarde. Comieron lo que cada uno había llevado, bailaron y cantaron. Antes de irse, Fabián regaló a cada familia una pequeña estrella de madera para que la colocaran sobre el pesebre.
El 24 a la noche, justo cuando daban las doce, todas las familias de la zona, vieron una gran luz que provenía del pesebre donde estaba la imagen del pequeño bebé.
Esa luz, para sorpresa de todos, venía de la pequeña estrella de madera. En el cielo, también brilló una estrella, aunque ya no señalaba el camino hacia el lugar donde hace dos mil años había estado el niño. En cambio, iluminaba a todos los que, como Fabián, hacen nacer a Dios en medio de los hombres y los conducen hacia él.
Y, para sorpresa de muchos, esa nochebuena, estuvo muy iluminada.
Muchos hombres no van a reconocer su luz y ni siquiera se van a enterar de que usted hace un recorrido para llamarles la atención, para recordarles un gran acontecimiento, para anunciar que para Dios, los hombres somos importantes,

Fabián dijo esta última frase gritando. La estrella permaneció callada. En la oscuridad, Fabián no pudo distinguir que esbozaba una sonrisa.
De golpe, sintió algo húmedo en su rostro. Era «Pirata», el perro del administrador del camping que le estaba lamiendo la cara.
-¡Eh, Fabián! ¿Cómo estás? ¿Te pasó algo?, preguntó Feliciano. Me asusté, porque vi una luz y te oí gritar como si estuvieras discutiendo con alguien. Pensé que te había pasado algo, pero seguramente te quedaste dormido. Métete dentro de la tienda que te vas a resfriar con el rocío.

Pasaron los días y llegó el tiempo de Navidad. Poco antes, Fabián organizó una fiesta con la gente de la isla y unos amigos de la ciudad.
Feliciano prestó el camping y prepararon una gran mesa para la fiesta que comenzó temprano por la mañana y duró hasta la tarde. Comieron lo que cada uno había llevado, bailaron y cantaron. Antes de irse, Fabián regaló a cada familia una pequeña estrella de madera para que la colocaran sobre el pesebre.

Esa luz, para sorpresa de todos, venía de la pequeña estrella de madera. En el cielo, también brilló una estrella, aunque ya no señalaba el camino hacia el lugar donde hace dos mil años había estado el niño. En cambio, iluminaba a todos los que, como Fabián, hacen nacer a Dios en medio de los hombres y los conducen hacia él.
Y, para sorpresa de muchos, esa nochebuena, estuvo muy iluminada.

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