domingo, 29 de mayo de 2016

Domingo, 29-05-2016 CORPUS CHRISTI

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino y le bendijo diciendo:
- «Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos».
Y Abran le dio el diezmo de todo.

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido:
Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo:
- «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: - «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía». Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

En aquel tiempo, Jesús se puso hablaba a la gente del reino de Dios y sanaba a los que tenían necesidad de curación. El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: - «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado».
Él les contestó: - «Dadles vosotros de comer». Ellos replicaron: - «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo esta gente». Porque eran unos cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: - «Haced que se echen sienten en grupos de unos cincuenta cada uno». Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos. Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos.

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía


La Iglesia presenta a la Eucaristía como el “Sacramento de nuestra fe”, fundamento de toda nuestra vida cristiana

Durante cuarenta días Jesús se hizo presente ante sus discípulos enseñándoles sobre el misterio del Reino de Dios, dándoles instrucciones y compartiendo con ellos antes de regalarles su Espíritu Santo.

Desde esta luz de Pentecostés, van reafirmando su identidad y el sentido de la misión a la que han sido llamados.

Todo, gracias al encuentro definitivo con el Resucitado, que cambiará sus vidas y los fortalecerá en los momentos de la prueba.

Ellos sienten la necesidad de compartir la experiencia, rememorar y hacer presente al Señor que les había dicho “Haced esto en memoria mía” y “Cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva”
(I Corintios 11,26-27).

El relato de San Pablo sobre la institución de la Eucaristía en su Carta a los Corintios es el más antiguo que se conoce, anterior al de los Evangelios.

San Pablo no hace más que recoger la práctica de los primeros cristianos, que tiene su origen en Jesús.

La Cena, siguiendo los gestos que el mismo Jesús había realizado, era sacramento de su misma presencia gloriosa y resucitada.

“Esto es mi cuerpo”, vida que se entrega por nosotros y por todos los hombres para remisión de los pecados.

El pan partido y repartido, el pan eucarístico, representa la suprema generosidad de Jesús al darse a sí mismo, al convertirse en alimento que nos fortalece y en fuente inagotable de vida eterna.

Por eso, la Eucaristía que hoy solemnemente festejamos, nos invita a seguir el mismo camino de entrega de Jesús, hasta dar la vida por los hermanos.

Comulgar con el Cuerpo y la Sangre del Señor, acogiendo el don gratuito de su presencia salvadora, debe ser un revulsivo inigualable para confesar su nombre, no sólo de palabra, sino también con obras.

No podemos olvidar que cuando San Pablo recuerda a los Corintios la institución de la Eucaristía, lo hace desde el contexto de división existente en esta joven comunidad.

La Eucaristía es una llamada a compartir lo que somos y tenemos; una llamada a la caridad, a la solidaridad cristiana, a la unidad fraterna.

La exhortación de San Pablo a que nos examinemos por dentro antes de recibir la Eucaristía, nos da una idea clara de la singular importancia que él mismo da al “Sacramento por excelencia de la Iglesia,” que nos muestra a Cristo, a través de los sacerdotes, para “anunciar su muerte y proclamar su resurrección hasta que El vuelva”.

El relato de la multiplicación de los panes y los peces del evangelio según San Lucas se enmarca en el ámbito de colaboración de los discípulos en el anuncio del Reino y en la curación de enfermos.

Días antes habían sido enviados por Jesús para evangelizar pueblos y aldeas.

Habían actuado con generosidad, sin llevar calzado de repuesto, ni comida, ni dinero.

Y no les faltó de nada.

Ahora Jesús les da una suprema lección ante la muchedumbre hambrienta al decirles. “dadles vosotros de comer”.

La respuesta de los discípulos parece lógica dentro de un contexto materialista:

“doscientos denarios de pan no bastan para dar alimento a tanta gente”.

Pero el milagro auténtico viene más de lo que uno da que de lo que recibe.

Sin los cinco panes y los dos peces el milagro no habría sido posible.

Cuando uno da lo que tiene, siempre se opera el milagro.

Hay personas que se preguntan cómo pueden sobrevivir en el mundo tantos millones de pobres sin apenas recursos.

Pues sobreviven, porque comparten desde su pobreza.

La multiplicación de los panes y los peces es un signo de Jesús para que aprendamos a compartir, y una lección a la humanidad egoísta que piensa más en los números económicos que en las necesidades íntimas de las personas.

Hoy he leído en un periódico de tirada nacional las cifras escalofriantes de Cáritas:

“Existen en España más de 8 millones de pobres con graves necesidades”.

La larga caravana de los que no tienen voz, ni techo, ni dinero, ni estudios, ni amigos se engrosa cada día al compás de la crisis económica y la tremenda frivolidad irresponsable de algunos de nuestros gobernantes, poco propicios a examinar los suburbios de la pobreza y los gritos de los hambrientos.

Que quienes critican tan negativamente a la Iglesia por atávicos prejuicios tomen buena nota de su entrega caritativa y de su sabiduría de siglos.

Allí donde no llegan las arcas del Estado, llega la Iglesia, porque los problemas no se solucionan desde los fríos datos estadísticos o liberando dinero, sino compartiendo la vida y estando al lado de los que sufren.

¡Claro que se necesita dinero!

Sería de necios no verlo, y lo pedimos hoy en la colecta.

Pero el gran milagro eucarístico nace en el corazón de todo hombre o mujer que se hace pan de entrega, triturado en el molino de la vida, y derrama, como Jesús, el vino alegre de la esperanza para llenar el corazón de los sedientos de afecto y de todo tipo de necesidades.


Santa Úrsula Ledochowska

Nació el 17 de abril de 1865 en Loosdorf (Austria), segunda de nueve hijos. Su madre, de nacionalidad suiza, descendía de una familia noble; su padre procedía de la antigua y noble familia polaca Ledóchowski, en la que destacaron hombres de Estado, militares, eclesiásticos y personas consagradas. Creció en un clima familiar lleno de amor y exigente. María Teresa, su hermana mayor, fundadora de las Misioneras de San Pedro Claver (Hermanas Claverianas), conocida como "madre de África", fue beatificada por el Papa Pablo VI en el año 1975; su hermano Vladimiro, un año menor que ella, fue superior general de la Compañía de Jesús de 1915 a 1942. Otro de sus hermanos, Ignacio, general del ejército polaco, murió asesinado por los nazis en el campo de concentración de Dora-Nordhausen, el año 1945.

En 1883 la familia se trasladó de Austria a Polonia. Tres años después, Julia entró en el convento de las Ursulinas de Cracovia. Durante la profesión religiosa, emitida en 1889, tomó el nombre de María Úrsula de Jesús. Destacó por su amor al Señor, su talento educativo y su sensibilidad ante las necesidades de los jóvenes en las difíciles circunstancias sociales, políticas y morales de su tiempo. En 1904 fue elegida superiora del convento de Cracovia. En ese tiempo emprendió valientes iniciativas apostólicas. Abrió un internado para jóvenes universitarias -el primero en Polonia-, donde las muchachas no sólo pudieran encontrar un lugar seguro, sino también una sólida formación religiosa: les organizaba la Congregación mariana y cursos para profundizar la visión cristiana de la vida, dirigidos por eminentes teólogos.

Convencida de la necesidad de cambiar las Constituciones según las nuevas necesidades pastorales, se dirigió a Roma en 1907. En una audiencia, propuso al Papa Pío X realizar su trabajo apostólico en el corazón de la Rusia hostil a la Iglesia. Con la bendición del Vicario de Cristo, ese mismo año, al concluir su cargo de superiora del convento de Cracovia, acompañada de otra religiosa, ambas vestidas de civil, pues la vida religiosa estaba prohibida en ese país, partió hacia San Petersburgo.

Las religiosas vivían en la clandestinidad y, aunque eran vigiladas continuamente por la policía secreta, realizaban una intensa labor educativa y de formación religiosa, también con vistas a promover buenas relaciones entre polacos y rusos.

En 1908, la Santa Sede, a causa de las grandes dificultades de comunicación, aprobó la erección canónica de la casa de San Petersburgo como casa autónoma, con noviciado. La madre Úrsula fue nombrada superiora. Al año siguiente, la actividad del convento se extendió a Finlandia, donde construyó una escuela con internado para muchachas.

Cuando estalló la primera guerra mundial, en 1914, la madre Úrsula, al ser ciudadana austríaca, tuvo que salir de Rusia y emigró a Escandinavia: primero a Suecia y luego a Dinamarca, desde donde podía mantener más fácilmente contactos con sus religiosas de San Petersburgo. Para evitarles las consecuencias de la revolución bolchevique, trasladó la comunidad a Estocolmo, donde fundó un instituto de lenguas para muchachas. En 1917 se trasladó, con toda la comunidad, a Aalborg, en Dinamarca, donde abrió una casa para niños huérfanos de los inmigrantes polacos.

Durante el tiempo de su estancia en Escandinavia, además de su apostolado educativo, trabajó intensamente en la promoción del compromiso ecuménico. Asimismo, colaboró con el Comité de ayuda a las víctimas de la guerra en Polonia, fundado por Henryk Sienkiewicz, famoso escritor polaco premiado con el premio Nobel por su libro "Quo vadis".

La casa de sus religiosas se convirtió en un apoyo para la gente de diversas orientaciones políticas y religiosas. Su amor ardiente a la patria iba unido a la apertura a los otros. Cuando le preguntaban cuál era su orientación política, respondía sin vacilar: "Mi política es el amor". En ese tiempo, la Santa Sede le concedió el permiso para transformar su convento autónomo de Ursulinas en la congregación de Hermanas Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús Agonizante.

La espiritualidad de la congregación se centra en la contemplación del amor salvífico de Cristo y en la participación en su misión por medio de la labor educativa y el servicio al prójimo, especialmente a los que sufren, a los que viven en soledad, a los marginados y a los que buscan el sentido de su vida.

Úrsula educaba a sus religiosas para amar a Dios sobre todas las cosas y en Dios a toda persona humana y a toda la creación. Recomendaba, como testimonio creíble de una relación personal con Cristo, la sonrisa, la serenidad de espíritu, la humildad y la capacidad de vivir la vida ordinaria como camino privilegiado para la santidad. Ella misma era un ejemplo notable de ese tipo de vida.

La congregación se desarrolló rápidamente. Nacieron comunidades de religiosas Ursulinas en Polonia y en otras regiones. En 1928 abrió en Roma la casa general y una pensión para muchachas pobres. Las Ursulinas comenzaron también a trabajar entre los pobres de los suburbios de la ciudad eterna. En 1930 se establecieron en Francia.

La madre Úrsula fundó numerosos centros de educación y de enseñanza; enviaba a las religiosas a dar catequesis y a trabajar en zonas pobres; organizaba ediciones de libros para niños y jóvenes; ella misma escribió libros y artículos.

Trató de iniciar y apoyar organizaciones eclesiales para niños (Movimiento Eucarístico), para la juventud y para las mujeres. Participaba activamente en la vida de la Iglesia y del país. Recibió condecoraciones estatales y eclesiásticas.

Ejerció gran influjo sobre la vida de la madre Úrsula su tío Mieczyslaw, arzobispo de Gniezno-Poznan, primado de Polonia y después prefecto de la Sagrada Congregación para la propagación de la fe.

Murió en Roma el 29 de mayo de 1939. Fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el 20 de junio de 1983 en Poznan y canonizada por el mismo Papa el 18 de mayo de 2003 en la Basílica Vaticana.

sábado, 28 de mayo de 2016

Compromiso de MARÍA

28 de Mayo - Homenaje a MARÍA

Reflexión de hoy

Lecturas


Queridos hermanos:
Acordaos de las predicciones de nuestro Señor Jesucristo. Basándose en vuestra santísima fe y orando movidos por el Espíritu santo, manteneos en el amor de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna.
Tened compasión con los que titubean, a unos salvadlos arrancándolos del fuego, a otros mostradles compasión, pero con cautela, aborreciendo hasta el vestido que esté manchado por el vicio. Al que puede preservaros de tropiezos y presentaros intachables y exultantes ante su gloria, al único Dios, nuestro Señor, sea la gloria y majestad, el poder y la soberanía desde siempre ahora y por todos los siglos. Amén.

En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras este paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos y le decían: -«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto? ».
Jesús les respondió: -«Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contestadme».
Se pusieron a deliberar: -«Si decimos que es del cielo, dirá: “¿Y por qué no le habéis creído?” ¿Pero cómo vamos a decir que es de los hombres?». (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta.) Y respondieron a Jesús: -«No sabemos.» Jesús les replicó: -«Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».

Palabra del Señor.

San Germán de París

Gran parte de su vida la conocemos por el testimonio de su colega el obispo Fortunato que asegura estuvo adornado del don de milagros.

Nació Germán en la Borgoña, en Autun, del matrimonio que formaban Eleuterio y Eusebia en el último tercio del siglo V. No tuvo buena suerte en los primeros años de su vida carente del cariño de los suyos y hasta estuvo con el peligro de morir primero por el intento de aborto por parte de su madre y luego por las manipulaciones de su tía, la madre del primo Estratidio con quien estudiaba en Avalon, que intentó envenenarle por celos. 

Su pariente de Lazy con quien vive durante 15 años es el que compensa los mimos que no tuvo Germán en la niñez. Allí sí que encuentra amor y un ambiente de trabajo lleno de buen humor y de piedad propicio para el desarrollo integral del muchacho que ya despunta en cualidades por encima de lo común para su edad. 

Con los obispos tuvo suerte. Agripin, el de Autun, lo ordena sacerdote solucionándole las dificultades y venciendo la resistencia de Germán para recibir tan alto ministerio en la Iglesia; luego, Nectario, su sucesor, lo nombra abad del monasterio de san Sinforiano, en los arrabales de la ciudad. Modelo de abad que marca el tono sobrenatural de la casa caminando por delante con el ejemplo en la vida de oración, la observancia de la disciplina, el espíritu penitente y la caridad. 

Es allí donde comienza a manifestarse en Germán el don de milagros, según el relato de Fortunato. Por lo que cuenta su biógrafo, se había propuesto el santo abad que ningún pobre que se acercara al convento a pedir se fuera sin comida; un día reparte el pan reservado para los monjes porque ya no había más; cuando brota la murmuración y la queja entre los frailes que veían peligrar su pitanza, llegan al convento dos cargas de pan y, al día siguiente, dos carros llenos de comida para las necesidades del monasterio. También se narra el milagro de haber apagado con un roción de agua bendita el fuego del pajar lleno de heno que amenazaba con arruinar el monasterio. Otro más y curioso es cuando el obispo, celoso que de todo hay por las cosas buenas que se hablan de Germán, lo manda poner en la cárcel por no se sabe qué motivo (quizá hoy se le llamaría «incompatibilidad»); las puertas se le abrieron al estilo de lo que pasó al principio de la cristiandad con el apóstol, pero Germán no se marchó antes de que el mismo obispo fuera a darle la libertad; con este episodio cambió el obispo sus celos por admiración.

El rey Childeberto usa su autoridad en el 554 para que sea nombrado obispo de París a la muerte de Eusebio y, además, lo nombra limosnero mayor. También curó al rey cuando estaba enfermo en el castillo de Celles, cerca de Melun, donde se juntan el Yona y el Sena, con la sola imposición de las manos.

Como su vida fue larga, hubo ocasión de intervenir varias veces en los acontecimientos de la familia real. Alguno fue doloroso porque un hombre de bien no puede transigir con la verdad; a Cariberto, rey de París el hijo de Clotario y, por tanto, nieto de Childeberto, tuvo que excomulgarlo por sus devaneos con mujeres a las que va uniendo su vida, después de repudiar a la legítima Ingoberta.

El buen obispo parisino murió octogenario, el 28 de mayo del 576. Se enterró en la tumba que se había mandado preparar en san Sinfroniano. El abad Lanfrido traslada más tarde sus restos, estando presentes el rey Pipino y su hijo Carlos, a san Vicente que después de la invasión de los normandos se llamó ya san Germán. Hoy reposan allí mismo y se veneran en una urna de plata que mandó hacer a los orfebres el abad Guillermo, en el año 1408.

viernes, 27 de mayo de 2016

Compromiso con MARÍA

27 de Mayo - Homenaje a MARÍA

Reflexión de hoy

Lecturas


Queridos hermanos: El fin de todas las cosas está cercano. Así pues, sed sensatos y sobrios para la oración.
Ante todo, mantened un amor intenso entre vosotros, porque el amor tapa multitud de pecados. Sed hospitalarios unos con otros sin protestar. Como buenos administradores de la multiforma gracia de Dios, poned al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido. Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Queridos míos, no os extrañéis del fuego que ha prendido en vosotros y sirve para probaros, como si ocurriera algo extraño. Al contrario, estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante.

Después que el gentío lo hubo aclamado, entró Jesús en Jerusalém, en el templo, lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, salió hacia Betania con los Doce. Al día siguiente, cuando salió de Betania, sintió hambre.
Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo: -«Nunca jamás coma nadie de ti». Los discípulos lo oyeron. Llegaron a Jerusalén, entró en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo. Y los instruía, diciendo: -« ¿No está escrito: “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos”? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos». Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo admiraba su enseñanza, buscaban una manera de acabar con él. Cuando atardeció, salieron de la ciudad.
A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz. Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús: -«Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado». Jesús contestó: -«Tened fe en Dios. En verdad os digo que si uno dice a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido, y lo obtendréis. Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».

Palabra del Señor.

San Agustín de Canterbury

En el foro de Roma hormigueaba una muchedumbre de esclavos de todos los países: sirios de largo manto, negros de la Nubia, africanos de espaldas desnudas, griegos de hermoso perfil y hombres del Norte cubiertos de pieles. Por el mercado discurrían sacerdotes y monjes mezclados a la turba de compradores y vendedores. Entre ellos estaba Gregorio, el dulce abad de Monte Celio. Su alma piadosa le detuvo ante un grupo de jóvenes. Habíale sorprendido vivamente la belleza de aquellos mancebos, la blancura de su tez y la largura de sus cabellos rubios.

— ¿De dónde son estos esclavos?—preguntó el mercader.
—De la isla de Bretaña—dijo éste—, donde aún no se conoce a Cristo.
—¡Qué lástima—exclamó Gregorio—que la gracia de sus frentes coincida con un alma vacía de la gracia interior! Pero, ¿cuál es su nación?
—Son anglos.
—Sí, figura de ángeles tienen, y es preciso que lleguen a ser hermanos de los ángeles del Cielo. ¿Y su provincia?
—Su provincia es Deïra, uno de los reinos de Nortumbría.
— ¡Nombre simbólico también! De ira eruti, porque serán sacados de la ira de Dios para ir a la misericordia de Cristo. Y el rey de este país, ¿cómo se llama?
—Alle.
—Otro nombre de buen augurio; pronto se cantará el Alleluia en su reino.

Así cuenta el Venerable Beda el incidente que dio origen a la evangelización de Inglaterra. El buen abad compró los bellos esclavos y se los llevó á su monasterio de San Andrés, y en su cabeza brotó la idea de ir a la tierra de los anglos. Pero el pueblo romano no lo dejó, y poco después fue aclamado Papa y se llamó Gregorio Magno.

Había en su monasterio un prior muy santo y muy noble que se llamaba Agustín; y a él encomendó el gran Pontífice la misión que personalmente no había podido realizar. Aquel monasterio, hoy iglesia de San Gregorio, que se levantaba en la parte occidental del Monte Celio, entre el gran Circo, las termas de Caracalla y el Coliseo, había de ser la cuna de la civilización inglesa.

De allí salió Agustín con otros cuarenta compañeros en el año de gracia de 596. A pie y descalzos, llegaron a la famosa abadía de Leríns, donde les contaron terribles relatos acerca del pueblo que iban a convertir. Dijéronles, en resumen, que en aquel pueblo de bestias salvajes les aguardaba una muerte segura. Agustín volvió a Roma para representar a Gregorio tales peligros; pero recibió la orden de seguir adelante.

A pesar de las cartas pontificias, nuestros misioneros tuvieron que sufrir en muchas partes las burlas y aullidos de niños y mujeres, que se extrañaban de ver aquel pelotón de hombres mal trajeados y cubiertos del polvo del camino. A principios del año 597 desembarcaron en la región del Thanet, cerca del puerto romano de Richborugh, entre Sandwich y Ramsgate, en el mismo lugar donde había desembarcado Julio César y Hengist, el conquistador anglosajón.

Estaban en la tierra del reino de Kent, que obedecía entonces a Etelberto. Era éste generoso y liberal, aunque pagano. Al principio no permitió a los monjes romanos pasar adelante. Poco después, él mismo salió a su encuentro, pero los recibió debajo de una encina, temiendo que sería víctima de algún maleficio si se hallaba bajo un mismo techo con aquellos extranjeros. Sentáronse los cuarenta monjes delante de él, y Agustín expuso el objeto de su venida. La respuesta del rey fue sincera y leal: «Bellas son las palabras y promesas que nos traéis; pero, como podéis comprender, todo esto es nuevo e incierto para mí. No puedo dar fe a ello inmediatamente, abandonando todo lo que mi nación viene observando hace tanto tiempo. Mas, puesto que habéis venido para comunicarnos lo que, a vuestro juicio, es la verdad y el bien supremo, no os haremos ningún mal; al contrario, os daremos hospitalidad y medios de vivir; os dejaremos libertad para predicar vuestra religión y convertiréis a los que podáis.»

El carácter inglés tiene fama de amplio y liberal, y aunque no siempre ha sido consecuente consigo mismo, estas primeras relaciones de unos reyes con la Iglesia están de acuerdo con el artículo fundamental de sus cartas y libertades.

Los cuarenta misioneros hicieron luego su entrada triunfal en la capital de Kent, Cantorbery. Iban procesionalmente. San Agustín les precedía; su alta estatura y su prestancia patria atraían las miradas, pues su cabeza y sus hombros se alzaban por encima de la cabeza de los demás. Junto a él, un monje llevaba la cruz de plata y otro un estandarte de madera en que se veía dibujada la imagen de Cristo. Cuarenta voces cantaban en el ritmo gregoriano: «Conjurámoste, Señor, por tu misericordia, que apartes tu ira de esta ciudad y de tu santa casa, porque hemos pecado. Alleluia.» «La historia de la Iglesia—dice Bossuet—no tiene nada más bello que la entrada de este santo monje Agustín en el reino de Kent con cuarenta de sus compañeros, que precedidos de la cruz y de la imagen del gran Rey, Cristo, hacían votos solemnes por la conversión de Inglaterra.»

Agustín empezó la conquista espiritual derramando a sus monjes por el reino. Mucho le ayudó la reina Berta, que era católica y descendiente de Clodoveo. Dios quiso bendecir con grandes prodigios estos primeros trabajos, y grandes muchedumbres iban a pedir el bautismo; el mismo rey, el bueno y generoso Etelberto, renunció a la religión de Odín el día de Pentecostés del año 597. Como prueba de la sinceridad de su conversión, cedió a Cristo su palacio, que desde entonces fue la iglesia catedral de Cantorbery y primada de Inglaterra.

San Gregorio no pudo contener el arrebato de su alegría cuando supo tales sucesos. Esa alegría se desborda en las cartas que escribió por esta época: «Gloria a Dios—escribía a su amigo Agustín—; gloria a Dios en lo más alto de los Cielos; gloria a Dios, que no ha querido reinar solamente en los Cielos; cuya muerte es nuestra vida; cuya debilidad es nuestra fuerza; cuyo amor nos envía a buscar hasta la isla de Bretaña hermanos desconocidos; cuya bondad nos hace encontrar lo que buscábamos sin conocerlo. ¿Quién podrá contar la exaltación de todos los corazones fieles desde que la nación inglesa, por la gracia de Dios y su trabajo fraternal, está inundada de la santa luz y se prosterna ante el Dios Todopoderoso?»

«Ved esa Bretaña—decía predicando—, cuya lengua no sabía más que lanzar bárbaros sonidos; ved cómo hace resonar el Alleluia de los hebreos. Ved esos mares furiosos que se humillan dócilmente a los pies de los santos, y esas razas salvajes que los principes de la tierra no podían doblar por el hierro, encadenadas por las palabras de los sacerdotes. Ese pueblo fiero se turba ante la lengua de los humildes; tiene miedo, pero del pecado, y sus concupiscencias han sido encaminadas hacia la gloria eterna.»

Al mismo tiempo escribía al jefe de los misioneros, exhortándole a la humildad, a pesar de los milagros que Dios hacía por su mano, y dándole tan sabios consejos sobre la organización de la misión, que alguien ha llamado a esa epístola el «código de las misiones». En el año 601 le enviaba el palio arzobispal, con el poder de erigir cuantos obispados creyese convenientes. A la vez llegaba a Inglaterra una nueva colonia de monjes romanos. Agustín envió algunos de ellos al reino del Sur, Essex, donde también se abría camino la luz del Evangelio.

La mies era mucha, los operarios pocos. El arzobispo quiso aprovechar la ayuda de los sacerdotes y monjes bretones del País de Gales; pero éstos odiaban a los anglosajones, que les habían arrojado de su tierra. La mayor parte de estos monjes pertenecían al monasterio de Bangor, donde vivían entonces 3.000 religiosos. En la primera conferencia que San Agustín tuvo con ellos, no pudo conseguir nada, a pesar de que Dios había confirmado su misión con un milagro. Reunióse otra conferencia, a la que asistieron los más sabios doctores de Bangor. Estos habían consultado a un santo monje, preguntándole si debían escuchar a Agustín y abandonar sus tradiciones sobre la Pascua, sobre la tonsura y sobre la administración del bautismo.

—Sí—les había dicho el anacoreta—, con tal de que sea un hombre de Dios.
—Y ¿cómo sabremos esto?
—Si es dulce y humilde de corazón, es prueba de que lleva el yugo de Cristo; si es duro y orgulloso, no debéis escucharlo. Para conocerlo, dejadlo llegar el primero al lugar del Concilio; si se levanta al veros, es un siervo de Jesucristo; si no se levanta, devolved desprecio con desprecio.

Desgraciadamente, cuando llegaron los bretones, Agustín estaba ya sentado more romano, y no se levantó para recibirlos; lo cual hizo fracasar todas las negociaciones. Esta vez San Agustín se despidió diciendo a los monjes de Bangor: «Puesto que no queréis enseñar a los ingleses el camino de la vida, recibiréis de ellos el castigo de la muerte.»

Algunos años más tarde, Etelfrido, rey de los anglos del Norte, todavía paganos, invadió la región de Cambria. Al empezar el combate vio una columna de hombres sin armas, postrados en tierra; preguntó quiénes eran, y le dijeron que los monjes de Bangor, venidos para rezar por sus hermanos durante la lucha. «Si rezan por mis enemigos, combaten contra mí», dijo el rey, y mandó dirigir contra ellos el primer ataque. Mil doscientos monjes murieron allí, mártires de la fe y de su patria.

San Agustín continuó la evangelización, prescindiendo del clero indígena; en muchas partes, los neófitos subían por millares de las aguas heladas del Támesis, de suerte que se vio obligado a crear los obispados de Londres y Rochester.

No faltaban, sin embargo, los trabajos. Muchas veces los paganos los recibían con burlas y desprecios, y en cierta ocasión un pueblo marítimo salió contra los misioneros, arrojándoles las colas y desperdicios de los peces, que se pegaron a los hábitos de los siervos de Dios.

La vida de este gran apóstol fue muy corta; pero al morir dejaba organizada la magna empresa de la evangelización de los anglosajones. Su muerte acaeció en 605, dos meses después de la de San Gregorio, y su apostolado sólo había durado siete años, espacio muy breve para la obra que realizó.