jueves, 7 de diciembre de 2017

Lecturas



Aquel día, se cantará este canto en la tierra de Judá:
«Tenemos una ciudad fuerte, ha puesto para salvarla murallas y baluartes:
Abrid las puertas para que entre un pueblo justo, que observa la lealtad; su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en ti.
Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua. Doblegó a lssos habitantes de la altura, a la ciudad elevada; la abatirá, la abatirá hasta el suelo, hasta tocar el polvo. La pisarán los pies, los pies del oprimido, los pasos de los pobres».


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».

Palabra del Señor.

San Ambrosio de Milán

Si habéis estado en Roma, tal vez os hayan mostrado al pie del Capitolino, muy cerca de las aguas del Tíber, un pequeño convento de monjas, donde no quedan maravillas artísticas, pero sí bellos recuerdos históricos. A mediados del siglo IV alzábase allí una casa patricia, y en la casa vivían, entre brillo de mármoles y rumor de esclavos, una dama de ilustre alcurnia, entregada por completo a la educación de sus hijos: una joven, llamada Marcelina, que llevaba el velo de las vírgenes y se ejercitaba en obras de penitencia y de caridad; un mancebo, por nombre Sátiro, que ayudaba ya a su madre en las tareas de la administración, y un niño, en quien parecía concentrarse el cariño de toda la familia. El padre, «hombre grande delante de Jesucristo y a los ojos del cesar», había muerto ya. El niño se llamaba Ambrosio, y había nacido en Tréveris, siendo su padre prefecto del pretorio de las Galias. De él se contaba, como de Platón, que un día, cuando aún no sabía hablar, estando en el jardín del palacio, vino un enjambre de abejas a revolotear por su rostro y que varias de ellas se deslizaron sin picarle en el interior de su boca. El prefecto, que presenciaba el prodigio, exclamó: «Ese niño será algo grande.» Ya mayorcito, el niño seguía presagiando, sin querer, su carrera futura. Cuando el Pontífice visitaba su casa, veía el pequeño que todos en ella le besaban la mano; y deseando recibir aquella muestra de respeto, presentaba también su diestra, primero a la servidumbre y después a su hermana. Marcelina le rechazaba dulcemente, y entonces el niño decía: «¿No sabes que también yo voy a ser obispo?»

Sin embargo, más que un hombre ilustre en las letras, pensábase hacer de él un político. Estudiaba las bellas letras aprendía el griego, se ejercitaba en la poesía y empezaba a hacer sus primeras armas en el arte de la elocuencia. La lectura de Virgilio y Tito Livio dejará huella profunda en su estilo, y la de Séneca y Cicerón en su pensamiento. Ya adolescente, se entrega con afán al estudio del derecho romano, que dejará en su espíritu un molde indestructible. Sátiro tiene los mismos gustos que él, y con los gustos, el andar, los rasgos de la cara, el timbre de la voz. Los dos hermanos se parecen tanto, que con frecuencia se les confunde hasta en el seno mismo de la familia. «Además—cuenta Ambrosio—, nuestras almas estaban tan unidas, que parecíamos existir el uno en el otro. Cuando no le tenía junto a mí, me encontraba triste y desazonado. ¡Cuántas veces, estudiando solo en mi habitación, me ponía a hablar con él como si estuviese presente!» Los dos hermanos solían ir de cuando en cuanto al palacio del prefecto urbano. Avieno Símaco, jefe de la aristocracia pagana de Roma, cuyo hijo, Aurelio Símaco, se hizo amigo de Ambrosio, para ser más tarde su rival. Pero se hallaban más a su gusto en casa del prefecto del pretorio, Petronio Probo, donde debieron de cruzarse muchas veces con aquellas santas mujeres Melania, Paula, Eustoquia. Blesila, que eran la admiración de Roma, y con un grupo de jóvenes de talento y estirpe, entre los cuales descollaban el aquitano Poncio Meropio Paulino y el dálmata Jerónimo.

Uno tras otro, aquellos clarísimos empezaban a dispersarse lanzados a través del mundo romano en viajes de estudios, en comisiones políticas o en gobiernos de provincias, Ambrosio seguía en Roma como secretario del prefecto. Probo había distinguido en él un espíritu claro, un carácter firme y una elocuencia brillante, y no quería privarse de su consejo; pero teniendo necesidad de un hombre para el gobierno de las provincias de Insubria, Emilia y Liguria, propuso al emperador el nombramiento de su secretario. Era en 372. Ambrosio promediaba entonces la curva espléndida del equinoccio de su juventud. «Ve, hijo mío—le dijo el prefecto al tiempo de partir—, y pórtate, no como juez, sino como obispo.»

Ambrosio se dirigió a Milán, cabeza de la vasta región que debía gobernar con el título de consular, y capital, desde unos lustros antes, del Imperio de Occidente. El emperador era entonces Valentiniano, gran guerrero, católico convencido, pero hombre impetuoso y extremado en su rigor. «La severidad—decía—es el alma de la justicia, y la justicia es el alma del poder.» Milán respiró al conocer al hombre casto, sobrio, piadoso, afable, caritativo, que podía poner algo de suavidad en los consejos imperiales. Su justicia tenía más profundas raíces en el Evangelio. «La justicia—enseñaba—se debe primero a Dios, después a la patria, en tercer lugar a la familia, y finalmente a la humanidad. Defender a la patria contra los bárbaros en la guerra, defender a los débiles en la paz, proteger contra la violencia a los hermanos oprimidos, he aquí la obra de la justicia.» Tal era el programa que Ambrosio desarrollaba en su gobierno, con la admiración y la simpatía de todos, como se pudo ver a los dos años de su llegada. Acababa de morir el obispo de la ciudad, y las gentes andaban inquietas por la elección del sucesor. Eran frecuentes las disputas acaloradas y aun las riñas y los golpes. Un día, el clero deliberaba en la parte superior de la basílica, mientras los fieles abajo discutían aguardando la decisión con una animosidad que podía degenerar en un motín. Al saber la actitud del pueblo, el consular creyó deber suyo presentarse en medio de la multitud, y pronto su palabra elocuente y reposada logró tranquilizar los ánimos. Apenas había terminado de hablar, cuando se oyó una voz infantil que decía: «¡Ambrosio, obispo!» «¡Ambrosio, obispo! », gritó entusiasmada la muchedumbre, considerando la voz de la inocencia como una orden del Cielo, y el clero se unió a la aclamación general. El único que protestaba era Ambrosio, y podía alegar una buena razón en su defensa. El Concilio de Nicea había prohibido que ningún neófito fuese promovido al episcopado, y él, aunque católico de corazón, no estaba bautizado todavía. Como nadie quiso hacer caso de este argumento. Ambrosio se deslizó entre la multitud, encaminándose al pretorio, donde le aguardaba una causa criminal. Contra su costumbre, aquel día, afectando una odiosa dureza, mandó aplicar la tortura. Pero el pueblo comprendió: «Que su pecado caiga sobre nosotros—clamaba—; no es más que catecúmeno, el agua santa lo borrará todo. ¡Ambrosio, obispo!»

Entre tanto, la elección iba tomando un carácter legal. Consultóse al Papa y al emperador; y los dos aprobaron lo hecho; pero cuando los obispos fueron en busca del elegido para consagrarle, vieron que no estaba en la ciudad. Había buscado un refugio en el campo, y sólo gracias a la traición de un amigo pudieron dar con su paradero. Fue preciso rendirse a la vocación divina. Ambrosio recibió el bautismo, y pocos días después tomaba posesión de la sede de Milán. Desde el fondo del Asia le llegaba una voz de aliento, bien necesaria en medio de la angustia que le produjo la primera sorpresa: «No conozco tu rostro—le decía San Basilio—, pero la belleza de tu alma está delante de mis ojos. Del seno de una ciudad real, Dios ha escogido un hombre eminente por su sabiduría, por su nacimiento, por la hermosura de su vida y por la elocuencia de su palabra; le ha escogido y le ha puesto al frente del pueblo cristiano.»

La más bella figura episcopal del Oriente saludaba al tipo perfecto del obispo en la Iglesia occidental. Ambrosio comprendió la grandeza de su nueva dignidad. Su vida, ya sencilla y grave, se hizo ahora austera y penitente. Distribuyó a los pobres todo el dinero que tenía y les aseguró la propiedad de sus inmuebles. Marcelina y Sátiro acudieron a su lado para atender a los negocios domésticos. En cuanto a él, se traza un programa vasto y difícil, pero al cual permanecerá fiel toda su vida: bautizar, confesar, predicar, imponer penitencias públicas y privadas, lanzar anatemas y levantar excomuniones, visitar enfermos, asistir a los moribundos, rescatar cautivos, alimentar pobres, viudas, huérfanos; fundar hospitales y alberguerías, administrar los bienes del clero, pronunciarse, como juez de paz, en las causas particulares y en las diferencias de los pueblos, escribir contra los herejes y los paganos, publicar tratados de moral, de disciplina y de teología, dictar cartas para satisfacer las mil consultas que se les ofrecen de una y otra religión, mantener correspondencia con los obispos y las iglesias, los monjes y los príncipes; congregar y dirigir Concilios, intervenir en el consejo de los emperadores, asumir la responsabilidad de negociaciones y embajadas, condenar la alevosía de los traidores y contener la audacia de los tiranos. Al orador forense sucede el predicador del Evangelio; pero, bajo el palio episcopal y el cilicio del penitente, seguía viviendo el mismo espíritu fino y aristocrático. «Es preciso—decía—que en el sacerdote no se encuentre nada vulgar, nada común, nada plebeyo, nada que respire la manera de ser de la multitud sin educación.» No obstante, estaba siempre dispuesto a descender al pueblo para consolarle en sus miserias. Los pobres eran sus hijos. Les amaba, les adoraba como a los pies de Cristo, según su propia expresión. Con los niños era tierno como una madre; con los pecadores, infinitamente misericordioso. «Siempre que alguno venía a confesarle sus faltas para recibir la penitencia—cuenta su secretario—, Ambrosio derramaba tantas lágrimas, que el penitente se veía obligado a llorar con él, de suerte que cualquiera hubiera pensado que el culpable era el obispo.» Al principio de su episcopado solía prolongar las horas de estudio para imponerse en las cuestiones del dogma, y con ese fin buscaba la soledad del campo. «Hermano mío—escribía a uno de sus amigos—yo no estoy nunca solo, aunque parezca estarlo. Nunca estoy menos ocioso que cuando se imaginan que no hago nada.» Las Sagradas Escrituras eran el primer objeto de sus investigaciones. En ellas buscaba, sobre todo, el sentido alegórico y espiritual, caminando tras las huellas de los maestros alejandrinos. Se inspira en los escritos del judío Filón, filósofo místico de la sinagoga de Alejandría; Orígenes, Dídimo e Hipólito le dieron el tema de varios de sus tratados dogmáticos, pero su guía más seguro era Basilio de Cesárea. «Cuando leía—dice San Agustín—, sus ojos recorrían lentamente las páginas; su espíritu y su corazón estaban alerta para comprender; pero sus labios no se abrían, sino que guardaban silencio. Parecíame que en el poco tiempo que podía robar a sus negocios para alimentar su inteligencia, quería que nadie le apartase de su empeño.»

El fruto de este trabajo empezó a verse en aquellos bellos tratados cuya aparición saludaba con entusiasmo la cristiandad: el de los «Sacramentos y los Misterios», el de «los Patriarcas», el del «Espíritu Santo», el de «las vírgenes y las viudas», los comentarios escriturísticos, los elogios de las grandes figuras bíblicas, el libro «de la penitencia», «el Hexamerón»... Ambrosio es siempre grave, ingenioso y tierno. Busca el sentido más alto de la Biblia con tanta exactitud como elocuencia y nobleza. Su estilo es natural, su lenguaje algo oscuro, a fuerza de ser sencillo; sus alegorías graciosas y originales, sus pensamientos vivos y elevados. Pero si Jerónimo es el polemista vigoroso, y en Agustín se juntan el teólogo sublime y el profundo metafísico, Ambrosio descuella, sobre todo, como moralista. Pocos han conocido mejor que él la conciencia humana, ni analizado más sutilmente sus misterios y necesidades, ni descrito con tanta energía los males del alma y sus remedios. A veces, la censura se viste de una ironía graciosa y realista, como cuando ridiculiza el lujo femenino de la Roma decadente, o el afeminamiento de los clarísimos descendientes de los Gracos, que desearían vivir entre los cimerios porque les da en la cara un rayo de sol que se cuela por la sombrilla. Pinta a la mujer, que, con artificio recargado, se empeñaba en parecer distinta de lo que era en realidad. Semejante a una estatua bajo un dosel, se la mira como un objeto curioso. Lleva las orejas horadadas, su cuello se dobla bajo el peso del metal; el oro y los brillantes relumbran en su pecho y las ajorcas retintinean en sus tobillos. «Dichosas vosotras —exclama San Ambrosio, dirigiéndose a las vírgenes—, pues ignoráis tales suplicios; el pudor es vuestra hermosura, una hermosura que no teme los estragos del tiempo, y que agrada a quien más importa: a Dios.»

Este tema de la virginidad era uno de los que Ambrosio trataba con más entusiasmo; hasta el punto de que las madres llegaban hasta encerrar a sus hijas para que no fuesen a escucharle, y en Milán empezaban a levantarse voces contra él. «Se me acusa—decía—de predicar la castidad; si éste es un crimen me honro con él, y confesarle en voz alta no es perjudicar a mi causa, sino servirla. Me llamáis el maestro de la virginidad, me echáis en cara los prosélitos que hago para ella. ¡Ojalá que tuvieseis muchas acusaciones como ésta que presentar contra mí!» Se ve aquí un reflejo del ascendiente que aquella palabra sacerdotal ejercía sobre los milaneses. Tenue era su voz; pero su discurso, vigoroso y claro, nutrido en los grandes escritores de la antigüedad, armonioso y figurado como el de un discípulo de Virgilio, preciso como el de un jurista consumado, cautivaba a la vez a los ilustrados y al pueblo. Una llama de entusiasmo, un dulce calor le anima; una santa poesía le colora con divinos reflejos; y en medio de aquella ternura, que ya en aquel tiempo se llamaba la suavidad de Ambrosio, hay arranques de grandeza y vehementes atrevimientos. Según la expresión de un joven oyente, retenido aún en los lazos de la herejía, pero que a su vez debía llegar a ser maestro de la elocuencia cristiana, aquella palabra, aceite derramado sobre las llagas del pecador, dominaba y suspendía.

El mismo testigo, Agustín de Hipona, nos describe también la caritativa abnegación de Ambrosio: «No veía medio de conversar con él, como lo hubiera deseado, porque un ejército de necesitados me impedía llegar a su presencia. Era el enfermero de sus dolencias.» La puerta de la casa episcopal quedaba siempre abierta, y el acceso estaba permitido a todo el mundo. Los pobres, los que dudaban en la fe, los pecadores, todos los que necesitaban un consuelo, desfilaban sin cesar delante de él. Entre los demás iba también el ilustre rétor de Hipona, Agustín. Alguna vez le encontró solo, pero no se atrevía a interrumpir su meditación: «Me sentaba, y después de haber pasado largo rato contemplándole en silencio—¿quién se hubiera atrevido a turbar una atención tan profunda?—, retirábame pensando que era cruel molestarle en el poco tiempo que se reservaba para reconcentrar su espíritu en medio del tumulto de los negocios.» Entre los que solicitaban su audiencia estaban también los litigantes. Ambrosio, hábil jurista, administrador experimentado, era requerido como juez y arbitro, no sólo en los asuntos de orden espiritual, sino también en los de orden temporal, tanto más cuanto que, siempre que el conflicto era entre el interés pecuniario de la Iglesia y el de un desheredado de la fortuna, no dudaba en sacrificar los derechos episcopales. «La Iglesia—decía—no pierde nunca cuando gana la caridad.» Después de la desastrosa batalla de Andrinópolis, no dudó en emplear los vasos de la Iglesia milanesa para rescatar a un gran número de romanos, prisioneros de los jefes godos. «¿Quién será tan duro de corazón—decía con este motivo—que no dé cuanto tiene por rescatar a un hombre condenado a morir o a una mujer expuesta a la deshonra? ¡Ah, más vale salvar las almas que conservar el oro! Si la Iglesia tiene oro, no es para conservarlo; es para derramarlo entre los desgraciados.»

Sin embargo, había quienes criticaban la conducta del prelado: eran los arríanos. Ambrosio los había combatido en sus escritos, en sus homilías y en su vida, y los combatía también con su bondad. «Cuando veáis—escribía el obispo de Imola—a uno de estos pobres que se levanta, excusadle, tendedle la mano. Rehusarle el perdón sería perder su alma.» Esta conducta disminuía el partido de los herejes, los cuales, protegidos por la viuda del emperador Valentiniano, exigieron que Ambrosio les entregase una de las basílicas. La lucha entre la emperatriz y el obispo es uno de los pasos más dramáticos de la vida de Ambrosio; y su grandeza aparece más grande si pensamos que el prelado acababa de salvar la vida y el trono al hijo de su perseguidora, con una diplomacia habilísima, en la corte del usurpador Máximo. «Mis bienes son de la patria—contesta Ambrosio a los emisarios de la emperatriz—, pero lo que es de Dios no tengo derecho a entregarlo.» Se le arman asechanzas, se le persigue, se le amenaza con el destierro, corre la voz de que se pagan sicarios para asesinarle; pero él no cede. El pueblo está con él, se apiña en torno suyo, le defiende. «No entregues nada, Ambrosio», le gritan en medio de las reuniones litúrgicas. Un día los soldados rodean la basílica. El obispo está dentro con su pueblo enardecido. El asedio se prolonga y los sitiados entretienen los días oyendo a su prelado, rezando salmos y cantando himnos tan hermosos, que los mismos legionarios entran en el templo y se juntan a la multitud. Aquellos himnos habían sido compuestos por Ambrosio. No había en ellos armonías clásicas, pero si juventud y entusiasmo. Eran ritmos de un carácter popular, gritos espontáneos del corazón cristiano, arranques bellísimos llenos de inspiración, que revelaban al verdadero poeta; joyas auténticas de una poesía nueva que la Iglesia recogió con entusiasmo y agregó para siempre a su liturgia.

La omnipotencia imperial tuvo que doblegarse ante la energía del obispo, y Ambrosio, admitido al consejo de los emperadores, va a realizar sus sueños de una política cristiana. El emperador Graciano le considera como un padre; Valentiniano II no hace nada sin su consejo. Ambrosio aparece como un hombre de Estado, y la huella de su influencia se descubre en la legislación que sale de la cancillería imperial entre los años 378 y 388. En este último año, Teodosio viene a Occidente y derrota al usurpador Máximo. El gran emperador y el gran obispo se encuentran en Milán. Habían nacido para entenderse, y un mismo programa político, basado en la unión estrecha entre la Iglesia y el Estado, acababa de unir sus almas; y esta inteligencia vino a robustecerse hasta con los mismos conflictos. Uno de ellos fue provocado por la matanza de Tesalónica. El gobernador de esta ciudad había metido en la cárcel a un auriga del circo, muy querido de la multitud; el pueblo, al saberlo, se había amotinado, cometiendo mil desmanes y asesinando al gobernador y a otros magistrados. Teodosio se dejó arrebatar por la ira. «Ya que toda la población es cómplice del crimen—dijo—, que toda ella sufra el castigo.» Después revocó su palabra, pero era ya demasiado tarde: siete mil cadáveres yacían en el circo de Tesalónica. Ambrosio comprendió que debía obrar enérgicamente con el emperador. Lo que se ha hecho—le escribía—no tiene cosa que se le parezca en la memoria de los hombres. El único remedio al mal es el testimonio del arrepentimiento.» Como si nada hubiera sucedido, el emperador se presentó a las puertas de la basílica; pero el obispo le cortó el paso, diciéndole con severidad: «Deteneos, emperador. ¿Cómo osaríais pisar este santuario? ¿Cómo podríais tocar con vuestras manos el cuerpo de Cristo? ¿Cómo podríais acercar a vuestros labios su sangre, cuando por una palabra proferida en un momento de ira habéis hecho perder la vida a tantos inocentes?» Al oír estas palabras, el emperador bajó la cabeza, y, llorando, se volvió a su palacio. Sólo ocho meses más tarde, el día de Navidad de 390, decidióse a presentarse en la iglesia, diciendo al obispo: «Vengo a solicitar el remedio que puede curar mi alma.» El obispo le pidió únicamente que allí mismo firmase un decreto por el que se disponía que ninguna pena de muerte pudiese ejecutarse hasta treinta días después de promulgada. «No hay duda—decía más tarde el emperador, acordándose de este suceso—. Ambrosio me hizo comprender por vez primera lo que es un obispo.» Con razón se ha dicho que esta victoria de la Iglesia es una de aquellas que se pueden llamar victorias de la humanidad. La última palabra no la habló la fuerza, sino el derecho; el obispo representaba no sólo al Evangelio, sino a la conciencia humana.

La armonía entre los dos grandes hombres no volvió a interrumpirse. Por desgracia, cinco años más tarde el emperador bajaba al sepulcro (395). Ambrosio le lloró en una oración fúnebre que es una obra maestra de la elocuencia antigua. Desde entonces la vida se le hace a él sumamente pesada. La muerte de su amigo había tronchado sus sueños políticos. Su vida es más retirada. Sigue enseñando a su pueblo, pero ya no aparece en el palacio. Ora, termina su libro «De los deberes» y escribe su bello tratado «Del beneficio de la muerte». Un día sus oyentes rompen en llanto al oírle decir en la tribuna: «¡Oh Padre mío! Abrid vuestros brazos para recibir a este pobre servidor que os ruega; concededme que vaya a juntarme a los que han hallado el descanso en el reino de Dios, con todos los invitados a las bodas eternas.» Todos presienten su fin. Una legación de la corte y del pueblo llega hasta él para rogarle que pida a Dios que no le saque de este mundo, y él contesta con estas humildes y nobles palabras, que San Agustín no se cansaba de admirar: «No he vivido de tal modo que tenga vergüenza de seguir viviendo; pero no tengo miedo a morir porque tenemos un Señor bueno.»

Esta es la última enseñanza de aquel hombre, que fue un compuesto maravilloso de suavidad y de energía, el más humilde y el más altivo de los cristianos. Fue inflexible con la tiranía omnipotente, con las legiones de la emperatriz, con el paganismo, con la herejía y con la hipocresía; pero fue condescendiente con los pobres, con los pecadores, con Agustín convertido, con Teodosio arrepentido. Gran ciudadano y obispo incomparable, amó a la patria como un antiguo romano, y a la Iglesia como un confesor de la fe; aquella Iglesia que le considera como uno de sus más grandes héroes, y de la cual él dijo aquellas palabras famosas: «Donde está Pedro, allí está la Iglesia; y donde está la Iglesia, allí no reina la muerte, sino la vida eterna.»

Si los grandes hombres son aquellos que extienden las fronteras de la verdad y del amor, pocos como San Ambrosio tienen derecho a entrar en esa gloriosa aristocracia. Su vida y sus obras son un esfuerzo gigantesco para hacer triunfar el amor y la verdad entre los hombres, y en ese esfuerzo está el germen de la nueva sociedad, el código que regirá en el mundo cristiano que se avecina, la legislación, el programa de la generación futura. Ambrosio fue uno de los grandes Padres de la Iglesia: todo un mundo procede de él.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

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Reflexión de hoy

Lecturas



En aquel día, preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos refinados.
Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones.
Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo - lo ha dicho el Señor -.
Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quienesperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor ».


En aquel tiempo, Jesús se dirigió al mar de Galilea, subió al monte y se sentó en él.
Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies, y él los curaba.
La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
«Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino». Los discípulos le dijeron:
«¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?». Jesús les dijo:
«¿Cuántos panes tenéis?». Ellos contestaron:
«Siete y algunos peces».
Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete canastos llenos.

Palabra del Señor.

San Nicolás de Bari

La devoción a San Nicolás es un hecho asombroso en extensión e intensidad. miles de iglesias bajo su advocación en todo el mundo. los niños de muchos países esperan de él los juguetes.

San Nicolás fue obispo de la ciudad de Mira, en Licia, Asia Menor (corresponde a la localidad turca llamada actualmente Dembre), en el s. IV, y sus reliquias se veneran en Bari (Italia). Muy pocos son los datos que se conocen de la vida de este santo, puesto que no existen testimonios auténticos contemporáneos. Sus biografías más antiguas son de algunos siglos posteriores a la época en que se cree que vivió. Se considera que nació en Patara (Asia Menor) alrededor del año 270, y que murió un día 6 de diciembre de un año entre 345 y 352.

Lo poco que se conoce de la figura de San Nicolás contrasta fuertemente con la universalidad de su fama y de su culto, con la popularidad de que goza en oriente y en occidente, aun en los tiempos modernos, y con la abundancia de leyendas creadas en torno a él. Fue tan popular en la antigüedad, que se le han consagrado en el mundo más de dos mil templos. Era y es invocado en los peligros, en los naufragios, en los incendios y cuando la situación económica se ponía difícil, y la gente conseguía por su intercesión favores admirables.

Existen muchas obras que hablan de la vida del santo. Entre ellas destaca una compilación de San Metodio, Arzobispo de Constantinopla, que ofrece un resumen de todas las piadosas y maravillosas historias que se contaban de él.

Según estas historias, ya desde el nacimiento de Nicolás los prodigios se suceden uno tras otro: Desde niño se caracterizó porque todo lo que conseguía lo repartía entre los pobres. Decía a sus padres: "sería un pecado no repartir mucho, siendo que Dios nos ha dado tanto". La generosidad es una virtud que siempre se ha asociado a este santo.

Fue ordenado sacerdote por un obispo tío suyo. Al morir sus padres atendiendo a los enfermos en una epidemia, él quedó heredero de una inmensa fortuna. Entonces repartió sus riquezas entre los pobres y se fue a un monasterio. Después de visitar Tierra Santa llegó a la ciudad de Mira (Turquía) donde fue elegido obispo. Su elección se consideró un designio divino.

San Nicolás es especialmente famoso por los numerosos milagros que lograba conseguir de Dios. Se le representaba con unos niños, porque se contaba que un criminal había herido a cuchillo a varios niños, y el santo al rezar por ellos obtuvo su curación instantánea.

También pintan junto a él a una joven, ya que se dice que en su ciudad había un anciano muy pobre con tres hijas a las que no lograba casar por su extrema pobreza; el santo, por tres días seguidos, cada noche le echó por la ventana una bolsa con monedas de oro, y así el anciano logró casarlas.

Otra historia cuenta como estando unos marineros en medio de una terribilísima tempestad en alta mar, empezaron a decir: "Oh Dios, por las oraciones de nuestro buen obispo Nicolás, sálvanos". Y en ese momento vieron aparecer sobre el barco a San Nicolás, el cual bendijo al mar, que se calmó, y en seguida desapareció. Por esto es considerado también patrono de los marineros.

En otra ocasión iban a condenar injustamente a tres amigos suyos que estaban muy lejos. Ellos rezaron pidiendo a Dios que por la intercesión de Nicolás, su obispo, los protegiera, y esa noche en sueños el santo se apareció al juez y le dijo que no podía condenar a esos tres inocentes; así, al siguiente día fueron absueltos.

Cuando el emperador Licinio decretó una persecución contra los cristianos Nicolás fue encarcelado y azotado, pero siguió aprovechando toda ocasión que se le presentaba para hablar del cristianismo a cuantos trataban con él. Luchó contra la idolatría, y convirtió a judíos y árabes. Una vez muerto, el poder milagroso del santo seguía asistiendo a todos aquellos que le invocaban.

En Roma ya en el año 550 le habían construido un templo en su honor. En 1087, las reliquias de San Nicolás fueron trasladadas a Bari: según la tradición —avalada por un documento del s. XII— cuando los mahometanos invadieron Turquía, un grupo de católicos sacó de allí en secreto las reliquias del santo y se las llevó a la ciudad de Bari, en Italia. Allí se obtuvieron tan admirables milagros por intercesión del santo, que su culto llegó a ser sumamente popular en toda Europa.

En 1089 el mismo papa Urbano II consagró la cripta en donde son venerados los restos del santo. Es Patrono de Rusia, de Grecia y de Turquía, e innumerables iglesias le han sido dedicadas. En oriente lo llaman San Nicolás de Mira, por la ciudad de la que fue obispo, pero en occidente se le llama San Nicolás de Bari. Aún en la actualidad es considerado en muchas partes como patrono de los niños y de los marineros.

Origen de la figura de Santa Claus

Su fiesta se celebra el 6 de diciembre. Por haber sido tan amigo de la niñez y tan generoso, en algunos países europeos se repartían en este día dulces y regalos a los niños, y prácticamente con esta fecha se empezaban las festividades de diciembre, relacionando así al santo con las fiestas navideñas.

Durante los siglos XVII y XVIII coinciden en Estados Unidos inmigrantes de distintas culturas como la británica, la holandesa y la alemana: la tradición católica de holandeses y alemanes, que tenía devoción a San Nicolás se mezcló con la de “Father Christmas” (el padre de la Navidad) que era la figura típica de las fiestas navideñas en Inglaterra.

Como derivación del nombre del santo en alemán (San Nikolaus) lo empezaron a llamar Santa Claus, y fue popularizado en la década de 1820 —a través de un poema famosísimo en los Estados Unidos del poeta Clement Clark Moore— como un amable y regordete anciano de barba blanca, al que llama “St. Nick”, que la noche de Navidad pasaba de casa en casa repartiendo regalos y dulces a los niños en un trineo volador tirado por renos.

La marca de refrescos Coca-Cola, al utilizar al personaje como parte de su campaña comercial en Navidad, cambiaría su capa de pieles por un traje rojo y blanco, dando así lugar al personaje de Santa Claus tal como se conoce ahora, también llamado Papá Noel y por supuesto —rememorando su origen— San Nicolás.

martes, 5 de diciembre de 2017

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Reflexión de hoy

Lecturas



Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago.
Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor. Lo inspirará el temor del Señor.
No juzgará por apariencias ni sentenciará de oídas; juzgará a los pobres con justicia, sentenciará con rectitud a los sencillos de la tierra; pero golpeará al violento con la vara de su boca, y y con el soplo de sus labios hará morir al malvado. La justicia será ceñidor de sus caderas, y la lealtad, cinturón de sus caderas.
Habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos: un muchacho será su pastor. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león como el buey comerá paja.
El niño de pecho retoza junto al escondrijo de la serpiente, y el recién destetado extiende la mano hacia la madriguera del áspid.
Nadie causará daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país del conocimiento del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé será elevada como enseña de los pueblos: se volverán hacia ella las naciones y será gloriosa su morada.


En aquella hora Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar».
Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron»

Palabra del Señor.

San Sabas de Jerusalén

Un medio del desierto de Judea, en los barrancos del Cedrón, rodeada por un paisaje de sed, de espejismos y de desolación, adornada de extraños balconcillos de cañas y de palmas, y colgada o embutida en las asperidades perpendiculares de adusta roca, se levanta una construcción singular, aldea aérea, que existe allí desde hace quince siglos. Es la laura de cenobitas, que del nombre de su fundador se llama Mar-Saba. Este paisaje austero sirve de marco a la vida de uno de los más famosos anacoretas.

Sabas había nacido en Mutalasca, villa poco nombrada de Capadocia. A los veinte años se presenta en Jerusalén, y atraído, más aún que por los Santos Lugares, por la fama de los grandes penitentes, llama a las puertas del monasterio de Pasarión. «Para un mozo como tú—díjole un día el superior—nuestra vida debe ser difícil de llevar.» Sabas contestóle que se hallaba muy a gusto; pero poco después, habiendo oído hablar de la regla que imponía San Eutimio en el desierto de Palestina, se fue allá, deseoso de mayores austeridades. El nuevo archimandrita hizo cuanto pudo por disuadirlo: «Nuestra vida—le decía—es a propósito para los viejos, que ya no tememos a la muerte ni la fatiga; los jóvenes como tú difícilmente se acostumbrarían a nuestro ayuno, a nuestro silencio, a nuestra penitencia.» Vencido, no obstante, por las súplicas ardientes del mancebo, admitióle como novicio. Nada podía amedrentar su espíritu de humildad y sacrificio. Servía de criado a los leñadores, y como era alto y robusto, pedía que le permitiesen llevar la misma carga que un camello.

Después de mucho tiempo. San Eutimio le llamó y le dijo: «Hace diez años que eres novicio y aún no me has pedido que te admita definitivamente.» El pobre monje creyó que el archimandrita se burlaba de él. ¿Diez años aquellos pocos días?... «Padre mío—dijo entonces Sabas—, sólo te pido que me permitas retirarme algún tiempo a una gruta apartada para ayunar en silencio y trabajar con mis manos pecadoras.» Obtenido el permiso, se retiró al desierto, y allí vivió durante cinco años, sin ir al monasterio sino para entregar cada semana los cestos de mimbre que tejía. Así hasta que descubrió la soledad absoluta en la cima del Cedrón, que lleva su nombre. Todo allí le invitaba a volver loa ojos hacia su alma: el sitio, de una tristeza acongojante; la tierra, cenicienta; la aspereza de las rocas, la llanura; sin una fuente, sin un árbol, sin un sendero que indicase el camino de Belén o de Jericó. Para vivir, escogió el solitario una caverna, a la cual tenía que trepar haciendo equilibrios temerarios. Allí vivió solo, sin hablar, casi sin comer, durmiendo poco y orando sin tregua, durante un lustro, hasta que empezó a hablarse de él, y, contra su voluntad, se vio rodeado de discípulos. Por ellos hizo lo que no se le hubiera ocurrido hacer por sí mismo: orando a hurtadillas, consiguió que brotase una fuente. Luego edificó una capilla de cañas y de barro. Tenía ya setenta años, cuando una anciana llegóse hasta él diciendo: «Hijo mío, yo soy tu madre y quiero morir cerca de ti. He llegado al fin de mi jornada y siento que el soplo se apaga en mi pecho.» El santo arrodillóse al lado de ella, y sosteniendo su cabeza entre las manos, oró largo rato.

Con la fama de la penitencia llovían las limosnas, y con las limosnas mejoraron los edificios primitivos y se aumentaron los cenobitas, pero muchos de ellos, mal hechos a la austeridad, se rebelaron contra su jefe. Entristecido, pero no irritado, Sabas busca otro retiro. Los de Mar-Saba corrieron la voz de que le habían devorado los leones, pero los leones le respetaban más que sus discípulos. El patriarca de Jerusalén le ordenó que se pusiese al frente de su laura, y entonces fue cuando, al entrar en su antigua caverna, la encontró ocupada por un león que dormía. «¡Pobre animal!», murmuró; y después de orar largo rato, quedóse dormido junto a él. Cuando despertó, el león estaba a su lado y le lamía las heridas que le habían causado los guijarros del camino. La noche siguiente, el león volvió de nuevo, y durante un año compartió el duro lecho y el negro pan del archimandrita.

Ya casi octogenario, Sabas, restaurador y organizador de la vida monástica, empieza a tomar parte en los negocios de la Iglesia. Todo el Oriente arde en acaloradas disputas. Los discípulos de Eutiques combaten a los de Nestorio, y la ortodoxia se levanta enfrente de unos y otros. En 511, Sabas se dirige a Constantinopla, enviado por el patriarca de Jerusalén. La carta de presentación al emperador empieza por estas palabras:

«Os envío a los más ilustres servidores de Dios, superiores de todo el desierto, y con ellos al venerable Sabas, luz de toda Palestina.» Admitidos a la presencia del emperador Anastasio, los comisionados exponen sus deseos. Sólo Sabas permanece silencioso. Ante su actitud, el emperador le pregunta: «Y vos. Padre, ¿no tenéis nada que pedirme después de haber emprendido tan largo viaje?» «Sí—responde el abad—, tengo una cosa: es que devolváis la paz a la Iglesia.» Unos años más tarde aparece en Jerusalén para defender la ortodoxia. El desierto se despuebla a su paso, y diez mil monjes, las caras demacradas, los ojos fulgurantes, sucios y desgarrados los mantos, entran con él en la Ciudad Santa; gritando a una voz: «Anatema a Eutiques, anatema a Nestorio, anatema a los herejes. » A los noventa años, el viejo conservaba todo el vigor del joven que pedía la carga de un camello. Véase en qué tono escribía al emperador: «No sufriremos que se añada ni una tilde a los decretos de los trescientos dieciocho Padres de Nicea ni a las decisiones de los otros tres Concilios. Dispuestos estamos a derramar por ellos nuestra sangre y a soportar mil muertes si necesario fuere.» Todavía se presentó una vez más en Constantinopla para intervenir en los consejos de Justiniano. "No sé—decía—si me recibirá el basileus; pero si no me recibe moriré a la puerta de su palacio orando por él y por mis hermanos de Judea.» El emperador le recibió y le escuchó benévolamente. Al despedirle, hizo que le diesen una suma de dinero: «Guardadlo vos, señor—dijo Sabas—, que yo no lo necesito.» «Bendecidme», exclamó entonces Justiniano; y Sabas le dio su bendición, le prometió conquistas en África, en Italia y en España, y se volvió a morir en su caverna.

En aquella altura están todavía los discípulos del santo, monjes basilios, de hábitos negros, de negros birretes, de barbas negras y de ojos negros, que brillan en la cara, de una palidez ebúrnea, como la de sus iconos. Suspendido en el abismo, se ve el sendero que conduce a la celda de San Sabas, sin puertas, como cuando entraban en ella los leones. En uno de los desfiladeros del barranco, como un esqueleto vegetal, se alza en el aire calcinado la palmera que Sabas plantó. Abajo, los monjes han logrado hacer florecer unos jardincillos, donde cultivan raquíticas hortalizas. Hay muros y torres, detrás de los cuales se esconden el claustro y la iglesia, pero el verdadero cenobio sigue siendo un laberinto de celdas troglodíticas. Cuando llega algún peregrino, un monje aparece en lo alto de una almena y deja caer un cesto sostenido por una cuerda, en el cual hay que depositar los documentos de identidad. Al cabo de media hora el monje surge escrutador detrás de un postigo, se entreabre una puerta, y el viajero puede descansar en el diván de una torre inexpugnable. Son precauciones necesarias en una tierra de beduinos y salteadores.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Calendario de ADVIENTO

Abrimos la ventana correspondiente aldía de ADVIENTO - DICIEMBRE 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén.
En los días futuros estará firme el monte de la casa del Señor, en la cumbre de las montañas, más elevado que las colinas.
Hacia él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos y dirán:
«Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob.
Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, la palabra del Señor de Jerusalén». Juzgará entre las naciones, será árbitro de pueblos numerosos.
De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, venid; caminemos a la luz del Señor.


En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole:
«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho». Le contestó:
«Voy yo a curarlo».
Pero el centurión le replicó:
«Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano.
Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro:
“Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace». Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían:
«En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos».

Palabra del Señor.

Santa Bárbara (Virgen y Mártir)

No hay referencias a Santa Bárbara contenidas en las primeras autoridades históricas de la antigua cristiandad, ni tampoco aparece su nombre en la revisión del martirologio de San Jerónimo. La veneración a esta santa era común, aun así, desde el siglo VII. Alrededor de esta fecha existieron las legendarias Actas de su martirio, los cuales fueron incluidos en la colección de Simeón Metafrastes, y fueron usados asimismo por los autores (Ado, Usuardo, etc.) de los martirologios ampliados redactados durante el siglo IX en la Europa occidental. De acuerdo a estas narrativas, las cuales eran esencialmente las mismas, Bárbara era la hija de un rico pagano llamado Dióscoro. Fue cuidadosamente protegida por su padre, quien la mantuvo encerrada en una torre, a fin de protegerla del mundo exterior.

Una propuesta de matrimonio recibida a través de él fue rechazada por ella. Antes de partir en un viaje, su padre ordenó que se erigiera un baño para el uso de ella cerca de su casa, y durante su ausencia, Bárbara hizo poner en él tres ventanas, como un símbolo de la Santísima Trinidad, en vez de las dos planeadas originalmente. Cuando su padre regresó, ella se dio a conocer como cristiana; a partir de esto él la maltrató y la arrastró hasta el prefecto de la provincia, Martiniano, quien la hizo torturar cruelmente, y finalmente la condenó a muerte por decapitación.

Su mismo padre ejecutó la sentencia, pero en castigo por esto, fue fulminado por un rayo en el camino a su casa, y su cuerpo fue consumido. Otra cristiana llamada Juliana sufrió la muerte de martirio junto con Bárbara. Un hombre piadoso llamado Valentín enterró los cuerpos de las santas; en esta tumba los enfermos eran sanados, y los peregrinos que iban a rezar recibían auxilio y consolación.

El emperador en cuyo reino se ubica el martirio es a veces llamado Maximino y a veces Maximiano; debido al carácter puramente legendario de los relatos del martirio, no hay una buena base para las investigaciones hechas en una fecha anterior a fin de confirmar si era Maximino I (235-238) o Maximino Daza (de las persecuciones dioclecianas).

Las tradiciones varían en cuanto al lugar del martirio, existiendo dos opiniones: Simeón Metafrastes y la leyenda latina dada por Mombrito hacen de Heliópolis, en Egipto, el sitio del martirio, mientras que otros relatos, a los cuales Baronio da más peso, afirman que es Nicomedia. En la Martyrologium Romanum parvum(alrededor de 700), el martirologio más antiguo de la Iglesia latina en el cual su nombre aparece, dice: "In Tuscia Barbarae virginis et martyris", una afirmación repetida por Ado y otros, mientras que en aumentos posteriores de los martirologios de San Jerónimo y Bede, dice "Romae Barbarae virginis" o "apud Antiochiam passio S. Barbarae virg".

Estas diversas afirmaciones, de cualquier manera, prueban sólo las adaptaciones locales de la veneración de la mártir santa, de quien no hay una tradición histórica genuina. Es seguro que antes del siglo IX ella era públicamente venerada tanto en oriente como en occidente, y que era muy popular en el pueblo cristiano. La leyenda de que su padre fue fulminado por un rayo causó, probablemente, que fuera considerada por la gente común como la santa patrona en tiempos de peligro por las tormentas eléctricas y el fuego, y luego, por analogía, como la protectora de los artilleros y los mineros.

También se le invoca como intercesora para asegurar el recibimiento de la Penitencia y la Sagrada Comunión en la hora de la muerte. Un suceso del año 1448 dio pie a la difusión de la veneración a esta santa. Un hombre llamado Enrique Kock estaba a punto de ser quemado en la hoguera en Gorkum; invocó a Santa Bárbara, a quien siempre le había tenido gran devoción. Ella le ayudó a escapar de la hoguera y lo mantuvo vivo hasta que pudo recibir los últimos sacramentos.

Una circunstancia similar es relatada en una adición a la Legenda aurea. En los calendarios griegos y en los romanos de hoy en día, la fiesta de Santa Bárbara cae el 4 de diciembre, mientras que en los martirologios del siglo IX, a excepción de Rabano Mauro, la ubican el 16 de diciembre. Santa Bárbara ha sido frecuentemente representada en el arte, parada en una torre con tres ventanas, sosteniendo la palma de un mártir en su mano; a menudo también sostiene un cáliz y la hostia sacramental; a veces aparecen cañones cerca de ella.

domingo, 3 de diciembre de 2017