domingo, 3 de diciembre de 2017
Lecturas
Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es «nuestro Liberador».
¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad.
¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!
En tu presencia se estremecerían las montañas. «Descendiste, y las montañas se estremecieron». Jamás se oyó ni se escuchó, ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por quien espera en él. Sales al encuentro del quien practica con alegría la justicia y, andando en tus caminos, se acuerda de ti. He aquí que tú estabas airado, y nosotros hemos pecado.
Pero en los caminos de antiguo seremos salvados.
Todos éramos impuros, nuestra justicia era un vestido manchado; todos nos marchitábamos como hojas, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre nadie salía del letargo para adherirse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa.
Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano.
Hermanos:
A vosotros, gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a Dios continuamente por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús; pues en él habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo, de modo que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo.
Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.
Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.
Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!»
Palabra del Señor.
Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.
Homilía
Un año más comenzamos el Adviento haciendo nuestro el maravilloso sueño del profeta Isaías sobre el futuro del ser humano en la relación personal e íntima con Dios. De alguna manera, intuye el profeta que lo mejor está por llegar y lo tenemos al alcance de la mano, pero supone un esfuerzo por nuestra parte.
Nuestra condición pecadora nos sume, a menudo, en la postración y el abandono. Sin embargo, hay una esperanza, porque sabemos desde la fe que la última palabra la tiene Dios, al que apelamos por ser creador, salvador y padre al mismo tiempo.
Isaías expresa esta confianza con una preciosa comparación: “Tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos obra de tus manos”
El pueblo de Israel, después de un largo exilio, necesita reflexionar y valorar las actitudes que le llevaron a ser infiel a la Alianza, para retornar al amor primero y sentirse de nuevo “pueblo elegido”.
La reconstrucción de Jerusalén y del Templo es el primer paso para afirmar su identidad, pues sin ella volverán a la deriva, al sometimiento y a la esclavitud.
El segundo paso es mantener la unión con Dios, dejándose guiar por Él.
El itinerario del Adviento armoniza la acción con la meditación, en una permanente búsqueda del Mesías, de un horizonte final que dé sentido a todos los acontecimientos cotidianos.
Nos podemos interrogar sobre el modo de vivir estas semanas que preceden a Navidad con un espíritu abierto, generoso y dialogante. Contamos con muchos personajes bíblicos que nos sirven de ejemplo, así como de otras personas conocidas de nuestro entorno o del pasado, entre ellas Santa Teresa de Jesús, que la Iglesia nos presenta como modelo a imitar en el Quinto Centenario de su nacimiento. Son muy conocidos sus dichos, comunicados de forma alegre: “También entre pucheros anda el Señor” o “Nada te turbe, nada te espante”.
Todo esto nace de una convicción profunda: Dios está siempre presente en nuestra existencia y nos envuelve con su providencia amorosa.
Nuestra condición pecadora nos sume, a menudo, en la postración y el abandono. Sin embargo, hay una esperanza, porque sabemos desde la fe que la última palabra la tiene Dios, al que apelamos por ser creador, salvador y padre al mismo tiempo.
Isaías expresa esta confianza con una preciosa comparación: “Tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos obra de tus manos”
El pueblo de Israel, después de un largo exilio, necesita reflexionar y valorar las actitudes que le llevaron a ser infiel a la Alianza, para retornar al amor primero y sentirse de nuevo “pueblo elegido”.
La reconstrucción de Jerusalén y del Templo es el primer paso para afirmar su identidad, pues sin ella volverán a la deriva, al sometimiento y a la esclavitud.
El segundo paso es mantener la unión con Dios, dejándose guiar por Él.
El itinerario del Adviento armoniza la acción con la meditación, en una permanente búsqueda del Mesías, de un horizonte final que dé sentido a todos los acontecimientos cotidianos.
Nos podemos interrogar sobre el modo de vivir estas semanas que preceden a Navidad con un espíritu abierto, generoso y dialogante. Contamos con muchos personajes bíblicos que nos sirven de ejemplo, así como de otras personas conocidas de nuestro entorno o del pasado, entre ellas Santa Teresa de Jesús, que la Iglesia nos presenta como modelo a imitar en el Quinto Centenario de su nacimiento. Son muy conocidos sus dichos, comunicados de forma alegre: “También entre pucheros anda el Señor” o “Nada te turbe, nada te espante”.
Todo esto nace de una convicción profunda: Dios está siempre presente en nuestra existencia y nos envuelve con su providencia amorosa.
El apóstol San Pablo llega a Corinto desde Atenas, donde su preparado discurso no produjo la respuesta que esperaba entre los sabios que acudieron a escucharle en el Areópago.
Se da cuenta de que la sabiduría humana es necedad a los ojos de Dios y por eso inicia la evangelización de la ciudad portuaria griega con humildad.
Encuentra pronto el apoyo de Priscila y Aquila, un matrimonio de origen judío, que acepta la fe cristiana y le acompaña en sus correrías anunciando a Cristo.
Corinto es una amalgama de razas, de licenciosas costumbres, calles malolientes y grandes desigualdades sociales. Buena parte de la población son esclavos que trabajan como estibadores en el puerto de mar.
Imposible imaginarse un escenario peor para el anuncio del Reino.
Sin embargo la gracia griega (kharis) y la paz judía (shalom), que se mencionan en la liturgia de hoy de la Carta a los Corintios, son aprovechadas por Pablo para englobar ambos saludos en una única realidad: Jesús, que es la auténtica gracia y la auténtica paz que Dios nos ha dado.
Fijándose en Él sobresale la unidad por encima de las diferencias culturales, económicas y sociales.
Se da cuenta de que la sabiduría humana es necedad a los ojos de Dios y por eso inicia la evangelización de la ciudad portuaria griega con humildad.
Encuentra pronto el apoyo de Priscila y Aquila, un matrimonio de origen judío, que acepta la fe cristiana y le acompaña en sus correrías anunciando a Cristo.
Corinto es una amalgama de razas, de licenciosas costumbres, calles malolientes y grandes desigualdades sociales. Buena parte de la población son esclavos que trabajan como estibadores en el puerto de mar.
Imposible imaginarse un escenario peor para el anuncio del Reino.
Sin embargo la gracia griega (kharis) y la paz judía (shalom), que se mencionan en la liturgia de hoy de la Carta a los Corintios, son aprovechadas por Pablo para englobar ambos saludos en una única realidad: Jesús, que es la auténtica gracia y la auténtica paz que Dios nos ha dado.
Fijándose en Él sobresale la unidad por encima de las diferencias culturales, económicas y sociales.
El evangelio subraya la necesidad de estar vigilantes ante la llegada del Señor encarnado que tanto anhelamos ¿Cómo encontrarle? ¿Por dónde llega? ¿A qué hora se va a presentar?
Son preguntas que nos hacemos los creyentes para bajar la guardia, adormecernos y despertar en el momento oportuno.
Jesús nos da una pista. Lo encontramos a nuestro alrededor estando atentos a todo lo que sucede, prontos para abrir la puerta a los necesitados y diligentes para compartir nuestro amor en forma de palabras amables, de escucha atenta, de hechos caritativos
Este es el gran reto de los próximos días.
Tres actitudes nos ayudan a propiciar el encuentro con Jesús, que viene a visitar nuestra casa:
Son preguntas que nos hacemos los creyentes para bajar la guardia, adormecernos y despertar en el momento oportuno.
Jesús nos da una pista. Lo encontramos a nuestro alrededor estando atentos a todo lo que sucede, prontos para abrir la puerta a los necesitados y diligentes para compartir nuestro amor en forma de palabras amables, de escucha atenta, de hechos caritativos
Este es el gran reto de los próximos días.
Tres actitudes nos ayudan a propiciar el encuentro con Jesús, que viene a visitar nuestra casa:
Sabemos que está en camino cargado de bienes espirituales para repartirlos entre aquellos que se mantienen en vela activa, con los ojos abiertos a las realidades humanas, no siempre agradables, cuando lo más cómodo es “pasar” o mirar a otro lado.

Hay demasiado ruido a nuestro alrededor, una serie inacabada de noticias contradictorias, bombardeo constante de ideas, afán insaciable de novedades que apagan con presteza el eco de las anteriores.
Nos hallamos inmersos en un mar de dudas y en desequilibrios afectivos.
La vigilancia gozosa, a la espera del Señor, nos permite ir superando todo lo que nos condiciona, esclaviza y aparta de la senda del bien.
Acoger al que nos visita, sea quien sea, nos da la medida de lo que significa la esperanza cristiana.
Es un ideal con carne y hueso, que lleva el nombre de las personas a quienes brindamos nuestro amor desinteresado.
En ellas se hace Jesús presente tal como lo contemplamos el domingo pasado en la escena del Juicio Final.
Preparémonos, porque Dios nos da la oportunidad de vivir los días navideños en clave distinta de la que preconiza la sociedad de consumo.
La presente historia, extraída de internet, nos muestra que, cuando se ama, no falta creatividad para hacer feliz al amado
“Hace tiempo que un viajero, en una de sus vueltas por el mundo, llegó a una tierra, donde le llamó la atención la belleza de los arroyos que cruzaban los sembrados y las praderas.
Habiendo caminado un rato, se encontró con las casas del pueblo, sencillas, coloridas y con puertas abiertas de par en par. No podía creerlo… él venía de un lugar distinto.
Al acercarse, tres niños salieron a recibirle y lo invitaron a entrar en su casa, donde sus padres le ofrecieron hospedaje y la posibilidad de quedarse con ellos unos días.
El viajero aprendió a hornear el pan, a trabajar la tierra, a ordeñar las vacas y a realizar todas las labores propias de una familia campesina.
Pero algo le intrigaba sobremanera de sus bienhechores: cada día el papá, la mamá y los tres niños se acercaban a la mesita sobre la que habían colocado las figuras de María, José y una cuna, en la que dejaban pajitas.
Al llegar el momento de irse, el viajero, que recibió unos panecitos, fruta para el camino y abrazos de despedida, preguntó a sus nuevos amigos sobre el misterio de la pajita.
El más pequeño satisfizo su curiosidad con espontaneidad y desparpajo:
“Cada vez que hacemos algo con amor, buscamos una pajita y la depositamos en la cuna. Así nos vamos preparando para cuando nazca el niño Jesús. Si amamos poco, el colchón será delgado y frío, pero si amamos mucho, Jesús estará cómodo y caliente.”
Habiendo caminado un rato, se encontró con las casas del pueblo, sencillas, coloridas y con puertas abiertas de par en par. No podía creerlo… él venía de un lugar distinto.
Al acercarse, tres niños salieron a recibirle y lo invitaron a entrar en su casa, donde sus padres le ofrecieron hospedaje y la posibilidad de quedarse con ellos unos días.
El viajero aprendió a hornear el pan, a trabajar la tierra, a ordeñar las vacas y a realizar todas las labores propias de una familia campesina.
Pero algo le intrigaba sobremanera de sus bienhechores: cada día el papá, la mamá y los tres niños se acercaban a la mesita sobre la que habían colocado las figuras de María, José y una cuna, en la que dejaban pajitas.
Al llegar el momento de irse, el viajero, que recibió unos panecitos, fruta para el camino y abrazos de despedida, preguntó a sus nuevos amigos sobre el misterio de la pajita.
El más pequeño satisfizo su curiosidad con espontaneidad y desparpajo:
“Cada vez que hacemos algo con amor, buscamos una pajita y la depositamos en la cuna. Así nos vamos preparando para cuando nazca el niño Jesús. Si amamos poco, el colchón será delgado y frío, pero si amamos mucho, Jesús estará cómodo y caliente.”
Profeta Sofonías
Sofonías es el noveno de los profetas menores del Antiguo Testamento que dio nombre a uno de los libros más pequeños de la Biblia. En tan sólo tres capítulos, el profeta da cuenta a los israelitas de los planes de Dios y anuncia el juicio divino contra Judá.
SOFONÍAS, EL PROFETA DEL PUEBLO
El autor del libro aparece bajo el nombre de Sofonías en el mismo inicio de la obra: Palabra del Señor que recibió Sofonías, hijo de Cusí, hijo de Godolías, hijo de Amarías, hijo de Ezequías, en tiempo de Josías, hijo de Amón, rey de Judá (So 1, 1). El título del libro con esta presentación nos ofrece prácticamente la totalidad de los datos de su persona. En la versión original hebrea de la obra el nombre del profeta es Sefanyá. Fue la traducción latina de la Biblia –la Vulgata– la que adoptó el nombre de Sofonías como el oficial que ha llegado hasta nosotros.
En la presentación de la obra que acabamos de leer se presenta ál autor como una personalidad destacada. La lista de antepasados que ofrece refleja el alto rango de su figura. Esta fórmula generacional (toledot) parece situar al profeta Sofonías como un descendiente del rey Ezequías, aunque no tenemos ningún otro dato que confirme o desmienta esta posibilidad.
SOFONÍAS, EL PROFETA ESCRITOR
La personalidad de Sofonías tenemos que situarla en el comienzo del reinado de Josías, es decir, hacia el año 639 a.C. Estamos en un tiempo en el que la vida religiosa del pueblo de Israel parecía pasar por los momentos más bajos como consecuencia de una degradación de la piedad y del culto religioso. Esta situación social hizo que Sofonías se convirtiese en un polémico profeta dispuesto a denunciar las deformaciones religiosas que se estaban viviendo, así como la falta de compromiso social y el desinterés de los más ricos por las situaciones de pobreza por las que atravesaba el pueblo en aquellos momentos. Muchos han considerado las palabras de Sofonías como las armas más fuertes que pusieron las bases para conseguir la gran reforma religiosa del año 621 a.C. (2Cro 34, 8-35, 19).
Todo parece indicar que la obra en su conjunto es el resultado del trabajo de un mismo autor. El libro de Sofonías cuenta únicamente con tres capítulos. Es, por tanto, uno de los más breves de la Biblia y podemos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que todo el escrito forma una unidad literaria bien configurada con sus respectivos apartados.
SOFONÍAS, EL PROFETA APOCALÍPTICO
Por estas razones políticas, sociales y religiosas, Sofonías se dispone a proclamar de manera profética la inminente llegada de un juicio divino en el que Dios reclamará a cada uno según sus acciones y la conducta que ha llevado. La amenaza del «Día del Señor, como el momento en el que se pondrá en marcha el juicio universal, se convierte en el contenido esencial de la obra y hace de sus palabras un escrito de carácter apocalíptico. Junto al libro de Daniel y el de Malaquías, la profecía de Sofonías es considerada la obra apocalíptica por excelencia del Antiguo Testamento. Su permanente mirada al futuro, las expectativas mesiánicas y proféticas que ofrece y su alto contenido simbólico doctrinal, nos permiten situar esta obra dentro del marco de la literatura apocalíptica judía. Algunos especialistas consideran el libro de Sofonías uno de los primeros escritos de este estilo literario y llegan a definir a su autor como el padre de la apocalíptica literaria.
La obra en su totalidad parece tener unos destinatarios precisos y concretos. Si bien desconocemos la intencionalidad del autor que lo llevó a escribir estas líneas, podemos afirmar que existió una comunidad judía para la que fueron escritas estas letras de forma particular. El carácter apocalíptico de la obra refleja la decepción de los miembros creyentes de esa comunidad que se vieron defraudados ante las esperanzas escatológicas anunciadas. Probablemente el mismo Sofonías fue una de las causas que llevaron a esta comunidad judía a adquirir unas esperanzas que, con el paso del tiempo, no se cumplieron y que llevaron al profeta a escribir su obra.
SOFONÍAS Y EL JUICIO DE LAS NACIONES
El anuncio de la llegada del «Día del Señor» se convierte en el eje escatológico de toda la obra y, al mismo tiempo, en la característica profética más destacada del libro. Dios se presentará en un momento de la historia. El tiempo se detendrá y con su venida el pueblo de Judá será objeto de un enjuiciamiento. Este carácter judicial de Dios convierte la obra de Sofonías en un tratado de escatología judía que irá describiendo el final de los tiempos, como un juicio final lleno de símbolos metafóricos.
El anuncio del juicio de las naciones o juicio universal aparece representado a través de la proclamación del ««Día del Señor». La intención de Sofonías es conseguir la conversión de todo el pueblo a través del miedo que produce un castigo que será tan terrible como el diluvio: Voy a barrerlo todo de la superficie de la tierra, oráculo del Señor. Barreré hombres y ganados, barreré aves del cielo y peces del mar; haré perecer a los malvados, eliminaré a los hombres de la superficie de la tierra, oráculo del Señor (So 1, 2-3). El miedo a este juicio final es la única vía que considera el profeta para la salvación de Jerusalén y de un pueblo que vivía sumergido en medio de la idolatría y apostasía.
El carácter apocalíptico y escatológico del «Día del Señor» parece estar dirigido directamente hacia los más ricos, excluyendo del sufrimiento a los pobres y a todos los que han experimentado ya en su vida las injusticias de la sociedad que está criticando el profeta. La confianza en Dios, la fidelidad a la alianza y a la tradición de los antepasados son los elementos que serán tenidos en cuenta en ese juicio anunciado. Ese anuncio de la llegada del «Día del Señor» como el momento en el que se inicia el juicio a las naciones se convierte en un verdadero y muy serio aviso a Judá para que busque su propia conversión e instaure la justicia como norma de conducta.
SOFONÍAS, EL PROFETA DE LA SALVACIÓN
Sofonías era de esas personas que parecen verlo todo negro en un primer momento, pero después son capaces de descubrir lo positivo que hay en todas esas situaciones de conflicto. Para Sofonías, la destrucción es como una limpieza que da paso a la salvación. Su capacidad de descubrir las situaciones de injusticia en la sociedad es la misma que tiene para reconocer que, pese a todo, la imagen de un Dios justiciero es, en el fondo, la de un Dios misericordioso y bondadoso. El anuncio de salvación definitiva parece estar dirigido a un grupo amplio y con unas características determinadas. De esta manera, la salvación se promete a los pobres, a los humildes y todos los que han vivido las mayores situaciones de injusticia social: Yo dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que buscará refugio en el nombre del Señor (So 3, 12).
SOFONÍAS Y EL RESTO DE ISRAEL
A esta capacidad paradójica, en donde se mezcla lo negativo con la esperanza de salvación, Sofonías da noticia de la aparición de una nueva forma de vivir la fe, de una selección popular que convertirá a los creyentes en el nuevo pueblo elegido por Dios. De alguna manera, Sofonías da lugar a la creencia en un doble pueblo, en el que, por un lado, estarían los que permanecerían fieles al mensaje de Dios y, por otro, los que se mantendrían al margen de conservar la tradición de los antepasados. La aparición del «resto de Israel» incluye la presencia de Dios en medio del pueblo: El Señor es rey de Israel en medio de ti, no tendrás que temer ya ningún mal (So 3, 15). Es como si el profeta se convirtiese en el fundador de un nuevo pueblo, dispuesto a vivir en fidelidad a su compromiso con Dios, como si Sofonías fuese el instaurador de una nueva manera de vivir y expresar la fe del pueblo: El resto de Israel no cometerá más iniquidad, no dirá más mentiras, ni hablará con falsedad. Se alimentarán y reposarán sin que nadie los inquiete (So 3, 13).
SOFONÍAS, EL PROFETA DEL «DIES IRAE, DIES ILLA»
En la parte final de la obra, Sofonías anuncia una serie de promesas de salvación que ponen de manifiesto el poder misericordioso de Dios ante su pueblo elegido. En medio de este anuncio recurre a un canto de marcado carácter litúrgico que muchos han querido identificar como una adición literaria posterior. La literatura cristiana medieval comenzará a utilizar este canto en la misa de difuntos como el 'Dies irae, Dies illa»> (So 3, 14-20). La llamada al arrepentimiento en medio de la amenaza es el centro de la misión del profeta. La recuperación de la fidelidad a Dios es el único camino para la salvación: Antes que decida aventaron como paja en un solo día, antes que caiga sobre vosotros la ardiente ira del Señor, antes que os sobrevenga el día de la ira del Señor (So 2, 2).
SOFONÍAS, EL PROFETA DE LA ESPERANZA
En cierto sentido, el libro del profeta Sofonías, al anunciar el juicio de las naciones, parece uno de los libros más oscuros, fuertes, violentos y agresivos de toda la Biblia; sin embargo, en un sentido más profundo es el más consolador de todos los libros que se han escrito sobre el mundo: Dios ofrece su victoria de amor a los justos perseguidos; el sufrimiento de la historia se convierte en gozo, en promesas de salvación, en vida y plenitud que nunca acaba. Por eso, los buenos creyentes —tanto judíos como cristianos— se han consolado siempre leyendo, meditando y explicando el contenido de la profecía de Sofonías.
SOFONÍAS, EL PROFETA DEL PUEBLO
El autor del libro aparece bajo el nombre de Sofonías en el mismo inicio de la obra: Palabra del Señor que recibió Sofonías, hijo de Cusí, hijo de Godolías, hijo de Amarías, hijo de Ezequías, en tiempo de Josías, hijo de Amón, rey de Judá (So 1, 1). El título del libro con esta presentación nos ofrece prácticamente la totalidad de los datos de su persona. En la versión original hebrea de la obra el nombre del profeta es Sefanyá. Fue la traducción latina de la Biblia –la Vulgata– la que adoptó el nombre de Sofonías como el oficial que ha llegado hasta nosotros.
En la presentación de la obra que acabamos de leer se presenta ál autor como una personalidad destacada. La lista de antepasados que ofrece refleja el alto rango de su figura. Esta fórmula generacional (toledot) parece situar al profeta Sofonías como un descendiente del rey Ezequías, aunque no tenemos ningún otro dato que confirme o desmienta esta posibilidad.
SOFONÍAS, EL PROFETA ESCRITOR
La personalidad de Sofonías tenemos que situarla en el comienzo del reinado de Josías, es decir, hacia el año 639 a.C. Estamos en un tiempo en el que la vida religiosa del pueblo de Israel parecía pasar por los momentos más bajos como consecuencia de una degradación de la piedad y del culto religioso. Esta situación social hizo que Sofonías se convirtiese en un polémico profeta dispuesto a denunciar las deformaciones religiosas que se estaban viviendo, así como la falta de compromiso social y el desinterés de los más ricos por las situaciones de pobreza por las que atravesaba el pueblo en aquellos momentos. Muchos han considerado las palabras de Sofonías como las armas más fuertes que pusieron las bases para conseguir la gran reforma religiosa del año 621 a.C. (2Cro 34, 8-35, 19).
Todo parece indicar que la obra en su conjunto es el resultado del trabajo de un mismo autor. El libro de Sofonías cuenta únicamente con tres capítulos. Es, por tanto, uno de los más breves de la Biblia y podemos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que todo el escrito forma una unidad literaria bien configurada con sus respectivos apartados.
SOFONÍAS, EL PROFETA APOCALÍPTICO
Por estas razones políticas, sociales y religiosas, Sofonías se dispone a proclamar de manera profética la inminente llegada de un juicio divino en el que Dios reclamará a cada uno según sus acciones y la conducta que ha llevado. La amenaza del «Día del Señor, como el momento en el que se pondrá en marcha el juicio universal, se convierte en el contenido esencial de la obra y hace de sus palabras un escrito de carácter apocalíptico. Junto al libro de Daniel y el de Malaquías, la profecía de Sofonías es considerada la obra apocalíptica por excelencia del Antiguo Testamento. Su permanente mirada al futuro, las expectativas mesiánicas y proféticas que ofrece y su alto contenido simbólico doctrinal, nos permiten situar esta obra dentro del marco de la literatura apocalíptica judía. Algunos especialistas consideran el libro de Sofonías uno de los primeros escritos de este estilo literario y llegan a definir a su autor como el padre de la apocalíptica literaria.
La obra en su totalidad parece tener unos destinatarios precisos y concretos. Si bien desconocemos la intencionalidad del autor que lo llevó a escribir estas líneas, podemos afirmar que existió una comunidad judía para la que fueron escritas estas letras de forma particular. El carácter apocalíptico de la obra refleja la decepción de los miembros creyentes de esa comunidad que se vieron defraudados ante las esperanzas escatológicas anunciadas. Probablemente el mismo Sofonías fue una de las causas que llevaron a esta comunidad judía a adquirir unas esperanzas que, con el paso del tiempo, no se cumplieron y que llevaron al profeta a escribir su obra.
SOFONÍAS Y EL JUICIO DE LAS NACIONES
El anuncio de la llegada del «Día del Señor» se convierte en el eje escatológico de toda la obra y, al mismo tiempo, en la característica profética más destacada del libro. Dios se presentará en un momento de la historia. El tiempo se detendrá y con su venida el pueblo de Judá será objeto de un enjuiciamiento. Este carácter judicial de Dios convierte la obra de Sofonías en un tratado de escatología judía que irá describiendo el final de los tiempos, como un juicio final lleno de símbolos metafóricos.
El anuncio del juicio de las naciones o juicio universal aparece representado a través de la proclamación del ««Día del Señor». La intención de Sofonías es conseguir la conversión de todo el pueblo a través del miedo que produce un castigo que será tan terrible como el diluvio: Voy a barrerlo todo de la superficie de la tierra, oráculo del Señor. Barreré hombres y ganados, barreré aves del cielo y peces del mar; haré perecer a los malvados, eliminaré a los hombres de la superficie de la tierra, oráculo del Señor (So 1, 2-3). El miedo a este juicio final es la única vía que considera el profeta para la salvación de Jerusalén y de un pueblo que vivía sumergido en medio de la idolatría y apostasía.
El carácter apocalíptico y escatológico del «Día del Señor» parece estar dirigido directamente hacia los más ricos, excluyendo del sufrimiento a los pobres y a todos los que han experimentado ya en su vida las injusticias de la sociedad que está criticando el profeta. La confianza en Dios, la fidelidad a la alianza y a la tradición de los antepasados son los elementos que serán tenidos en cuenta en ese juicio anunciado. Ese anuncio de la llegada del «Día del Señor» como el momento en el que se inicia el juicio a las naciones se convierte en un verdadero y muy serio aviso a Judá para que busque su propia conversión e instaure la justicia como norma de conducta.
SOFONÍAS, EL PROFETA DE LA SALVACIÓN
Sofonías era de esas personas que parecen verlo todo negro en un primer momento, pero después son capaces de descubrir lo positivo que hay en todas esas situaciones de conflicto. Para Sofonías, la destrucción es como una limpieza que da paso a la salvación. Su capacidad de descubrir las situaciones de injusticia en la sociedad es la misma que tiene para reconocer que, pese a todo, la imagen de un Dios justiciero es, en el fondo, la de un Dios misericordioso y bondadoso. El anuncio de salvación definitiva parece estar dirigido a un grupo amplio y con unas características determinadas. De esta manera, la salvación se promete a los pobres, a los humildes y todos los que han vivido las mayores situaciones de injusticia social: Yo dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que buscará refugio en el nombre del Señor (So 3, 12).
SOFONÍAS Y EL RESTO DE ISRAEL
A esta capacidad paradójica, en donde se mezcla lo negativo con la esperanza de salvación, Sofonías da noticia de la aparición de una nueva forma de vivir la fe, de una selección popular que convertirá a los creyentes en el nuevo pueblo elegido por Dios. De alguna manera, Sofonías da lugar a la creencia en un doble pueblo, en el que, por un lado, estarían los que permanecerían fieles al mensaje de Dios y, por otro, los que se mantendrían al margen de conservar la tradición de los antepasados. La aparición del «resto de Israel» incluye la presencia de Dios en medio del pueblo: El Señor es rey de Israel en medio de ti, no tendrás que temer ya ningún mal (So 3, 15). Es como si el profeta se convirtiese en el fundador de un nuevo pueblo, dispuesto a vivir en fidelidad a su compromiso con Dios, como si Sofonías fuese el instaurador de una nueva manera de vivir y expresar la fe del pueblo: El resto de Israel no cometerá más iniquidad, no dirá más mentiras, ni hablará con falsedad. Se alimentarán y reposarán sin que nadie los inquiete (So 3, 13).
SOFONÍAS, EL PROFETA DEL «DIES IRAE, DIES ILLA»
En la parte final de la obra, Sofonías anuncia una serie de promesas de salvación que ponen de manifiesto el poder misericordioso de Dios ante su pueblo elegido. En medio de este anuncio recurre a un canto de marcado carácter litúrgico que muchos han querido identificar como una adición literaria posterior. La literatura cristiana medieval comenzará a utilizar este canto en la misa de difuntos como el 'Dies irae, Dies illa»> (So 3, 14-20). La llamada al arrepentimiento en medio de la amenaza es el centro de la misión del profeta. La recuperación de la fidelidad a Dios es el único camino para la salvación: Antes que decida aventaron como paja en un solo día, antes que caiga sobre vosotros la ardiente ira del Señor, antes que os sobrevenga el día de la ira del Señor (So 2, 2).
SOFONÍAS, EL PROFETA DE LA ESPERANZA
En cierto sentido, el libro del profeta Sofonías, al anunciar el juicio de las naciones, parece uno de los libros más oscuros, fuertes, violentos y agresivos de toda la Biblia; sin embargo, en un sentido más profundo es el más consolador de todos los libros que se han escrito sobre el mundo: Dios ofrece su victoria de amor a los justos perseguidos; el sufrimiento de la historia se convierte en gozo, en promesas de salvación, en vida y plenitud que nunca acaba. Por eso, los buenos creyentes —tanto judíos como cristianos— se han consolado siempre leyendo, meditando y explicando el contenido de la profecía de Sofonías.
sábado, 2 de diciembre de 2017
Lecturas
Yo, Daniel, me sentía agitado por dentro, y me turbaban las visiones de mi mente. Me acerqué a uno de los que estaban allí en pie y le pedí que me explicase todo aquello. Él me contestó, explicándome la interpretación de la visión:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Palabra del Señor.
«Esas cuatro bestias gigantescas representan cuatro reinos que surgirán en el mundo. Pero los santos del Altísimo recibirán el reino y lo poseerán para siempre por los siglos de los siglos».
Yo quise saber lo que significaba la cuarta bestia, distinta de las demás, terribles, con dientes de hierro y garras de bronce, que devoraba y trituraba y pateaba las sobras con las pezuñas y qué significaban los diez cuernos de su cabeza, y el otro cuerno que le salía y eliminaba a otros tres; aquel cuerno que tenía ojos y una boca que profería insolencias, y era más grande que tus compañeros. Mientras yo seguía mirando, aquel cuerno luchó contra los santos y los derrotó.
Hasta que llegó el anciano para hacer justicia a los santos del Altísimo; se cumplió el tiempo y los santos tomaron posesión del reino.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre».
Palabra del Señor.
Beato Juan Ruysbroeck (Rusbroquio)
Ruysbroeck, el pueblecito donde vino al mundo este gran contemplativo, está cerca de Bruselas, y en torno a Bruselas se deslizó toda la vida del Doctor Admirable, vida más rica de iluminaciones internas que de claridades exteriores, sin ruidos, sin luchas, sin estridencias, sin trastornos: una infancia sencilla en un hogar cristiano y humilde; una adolescencia entregada al estudio de la gramática al lado de un santo sacerdote; desde los treinta años, el ejercicio oscuro del ministerio sacerdotal, y, en la vejez, el llamamiento de la gracia, que le lleva al convento agustiniano de Vauvert. Por aquellos días la cofradía de los Hermanos del Libre Espíritu conmueve con sus doctrinas los centros religiosos de los Países Bajos. La madre de la secta es una mujer singular, llamada Bloemardina, que escribe, discute, dogmatiza y dirige los espíritus, considerada por todos como una profetisa. El fondo de su enseñanza se resume en este principio: «El perfecto está libre de toda ley moral.» Ruysbrockio la refuta, la confunde y la relega a la oscuridad.
Desde este momento las miradas se vuelven hacia el oscuro sacerdote. Viene luego la publicación de sus libros místicos. El ornamento de las bodas espirituales transporta de admiración a todos los doctores. Siguen los Cánticos, el libro de la Contemplación, el de los Siete grados del amor. A Vauvert empiezan a llegar ilustres peregrinos que recogen las palabras caídas de sus labios y se marchaban alegres con su tesoro. Llegan el conde y el labriego, el fraile y la beguina, el escritor y el predicador. Un día es el sabio dominico Juan Taulero, que recogerá y ampliará la doctrina del maestro de Vauvert; otro día, el austero reformador Gerardo Groot, fundador de los Hermanos de la Vida Común. Groot y Ruysbrockio tenían largas conversaciones.
—Padre—decía Gerardo—, yo admiro la sublimidad de vuestras obras; pero, ¿no teméis la mordedura de la envidia y la calumnia?
—Maestro Gerardo—respondía el místico—, no escribo nunca si no siento en mí el soplo del Espíritu Santo o una presencia singular de la Trinidad Santísima.
Más tarde, escribiendo a los religiosos de Vauvert, decía Groot: «Encomendadme, os ruego, al Padre Ruysbrockio. No he encontrado en la tierra objeto digno de tanto amor y de tanta reverencia. Mi alma está unida a la suya. Él es quien me ha enseñado la vida. De él he recibido la prudencia y el discernimiento de las cosas divinas. ¡Oh, si yo pudiese llegar a ser, en el tiempo y en la eternidad, el escabel de los pies de Ruysbrockio!»
El maestro Gerardo recordaba, sin duda, las maravillosas intimidades de la vida de su amigo. Ruysbrockio vivía en constante comunicación sensible con el mundo superior: visiones, éxtasis, apariciones, coloquios con los bienaventurados. «Es más fácil para mí—decía él mismo—levantar el alma a mi Dios que la mano a mi cabeza.» Cuando sentía la luz de la inspiración, penetraba con sus tablillas de cera en la espesura del bosque, y allí, sentado en el suelo, escribía las cosas maravillosas que pasaban por su espíritu. Al fin de su vida, ciego ya, se hacía acompañar por un Hermano, a quien dictaba sus pensamientos. Y sucedió una vez que, arrebatado por la dulzura divina, Ruysbrockio se quedó en el bosque un día entero. Ansiosos los Hermanos, salieron a su encuentro, y habiendo visto un árbol inundado de luz, corrieron a él; y, efectivamente, allí estaba el monje, sentado en una rama y enajenado como un ebrio.
Puesto en aquellas alturas de la contemplación, en la cima de una montaña más alta que las nubes, todavía se acuerda de los que allá en el fondo levantan los ojos con afán de subir. Recibía a todos los que preguntaban por él, y gozaba hablándoles de Dios. Nadie se le acercaba sin sentirse inundado de alegría. Era algo abandonado en sus hábitos, pero su rostro estaba siempre vestido de luz divina. Iba al trabajo con los demás Hermanos, pero tenía la costumbre de llevar siempre un rosario, que le recordaba el principio de que la oración debe ser el alma de toda actividad exterior. «Tenía—dice su biógrafo—la sabiduría en la palabra, la piedad en la acción, la humildad en el gesto, y en todo, la integridad de las virtudes.» Era dulce y amable para todas las cosas y todas las personas. Los mismos animales participaban del torrente de su compasión. En el invierno, losHermanos, que conocían su inmensa bondad, se acercaban a él y le decían: «¡Oh Padre! Mira cómo nieva. ¿Qué va a ser de los pobres pájaros?» Y el sublime contemplativo tomaba las debidas precauciones para que las avecillas no pereciesen. Cuanto más le aislaba la mano de Dios en las misteriosas regiones de su comunicación, más se abrían sus ojos a las necesidades de la vida y a las miserias de los hombres. Cuanto más subía, más se prodigaba; cuanto más se alejaba por la contemplación, más se acercaba por la compasión. Puro, alegre, libre y tranquilo durante su vida, recibió la visita de la muerte sin miedo ni ansiedad. Sus últimas palabras fueron aquellas del salmo: «Como el ciervo busca las fuentes de las aguas, así mi alma corre hacia Ti, oh Señor.»
Dionisio el Cartujano solía decir que entre los que, explorando la luz divina, han ido a buscar un asilo a la sombra sagrada del gran altar, el más grande, después del Areopagita, es Juan Ruysbrockio. Si el seudo Dionisio presenta la luz, el místico de Groenendael enciende la hoguera; los dos ciegos por exceso de luz, inmóviles por su misma ligereza. Desde la montaña donde habitan inclinan la cabeza para hacerse oír. Descienden con las tablas de sus libros hasta la multitud, pero su patria es el silencio majestuoso de las alturas. Lo que allí ven es lo inefable, pero hacen esfuerzos desesperados para decírselo a sus Hermanos, y sus balbuceos sublimes nos emocionan. Del estilo de Ruysbrockio se ha dicho que se parece a un océano que se inflamase de súbito. Tiene grandeza y precisión a la vez; exactitudes matemáticas y gracias musicales. Es aéreo como una melodía y riguroso como una estrella. Su regularidad se funde en un mismo esplendor con la libertad de sus movimientos. Ni la audacia le arrebata, ni le entorpece la seguridad. Pocas veces la metafísica del misticismo ha encontrado un intérprete que declare los fenómenos y el progreso de la unión con tanta delicadeza, con tanta claridad, con un lenguaje tan sencillo, tan suave, tan casto, tan lleno de poesía. Esa palabra, rica de imágenes, se nos antoja una selva virgen. Hay profundidades, barrancos, cimas, precipicios, valles, montañas, tempestades, abismos, oscuridades, relámpagos, negras sombras y temblor de estrellas. Pero sobre este mundo de luz y de tinieblas flota una serenidad divina, que alegra y conforta al viajero.
Hay escollos, ciertamente, en esos mares; pero el místico flamenco, piloto experimentado, los señala con precisión. Quietistas y panteístas abusaron de sus expresiones; pero unos y otros están igualmente condenados en sus obras. Distingue con claridad las perfidias más sutiles del error. Presenta la contemplación como una paz verdadera, pero activa, muy distinta del reposo engañador que preconizaban los Hermanos del Libre Espíritu. Pero ni su precaución es fría, ni seco su análisis; un fuego penetrante abrasa sus palabras: «La acción de Dios—dice, anatematizando el panteísmo—no, nos confiere con Dios ni la unidad de esencia, ni la de naturaleza, sino la del amor. Sin embargo, somos felices al sumergirnos en este amor inmenso, en esta tiniebla sagrada, en esta noche negra sin dimensión. Esta noche negra es la luz inaccesible en que se repliega la naturaleza divina. Por la virtud del amor somos abismados en su poder, y allí nos perdemos, no sustancialmente, sino por un sentimiento de alegría. La esencia de Dios es increada; la nuestra, creada; el abismo es infranqueable; la distinción, eterna, a pesar de todos los esfuerzos del amor. Si nos perdiésemos sustancialmente, sin conocimiento y sin amor, seríamos incapaces de bienaventuranza. Nuestra esencia es una inmensa soledad, un vasto desierto, donde Dios vive y reina.»
Mientras se abrasa, Ruysbrockio sigue enseñándonos su ciencia misteriosa y sublime. ¿Quién mejor podrá explicarnos el fuego que el que vive en el horno? Y él se mueve en una atmósfera de llamas gigantes, con cuya luz distingue el verdadero sentido de todas las cosas. Así puede llegar a la cima del mundo sin perder de vista las sombras que se mueven allá en el fondo del valle. Y si aquella grandeza crea en su espíritu algún desdén, es únicamente el desdén sagrado de sí mismo.
Desde este momento las miradas se vuelven hacia el oscuro sacerdote. Viene luego la publicación de sus libros místicos. El ornamento de las bodas espirituales transporta de admiración a todos los doctores. Siguen los Cánticos, el libro de la Contemplación, el de los Siete grados del amor. A Vauvert empiezan a llegar ilustres peregrinos que recogen las palabras caídas de sus labios y se marchaban alegres con su tesoro. Llegan el conde y el labriego, el fraile y la beguina, el escritor y el predicador. Un día es el sabio dominico Juan Taulero, que recogerá y ampliará la doctrina del maestro de Vauvert; otro día, el austero reformador Gerardo Groot, fundador de los Hermanos de la Vida Común. Groot y Ruysbrockio tenían largas conversaciones.
—Padre—decía Gerardo—, yo admiro la sublimidad de vuestras obras; pero, ¿no teméis la mordedura de la envidia y la calumnia?
—Maestro Gerardo—respondía el místico—, no escribo nunca si no siento en mí el soplo del Espíritu Santo o una presencia singular de la Trinidad Santísima.
Más tarde, escribiendo a los religiosos de Vauvert, decía Groot: «Encomendadme, os ruego, al Padre Ruysbrockio. No he encontrado en la tierra objeto digno de tanto amor y de tanta reverencia. Mi alma está unida a la suya. Él es quien me ha enseñado la vida. De él he recibido la prudencia y el discernimiento de las cosas divinas. ¡Oh, si yo pudiese llegar a ser, en el tiempo y en la eternidad, el escabel de los pies de Ruysbrockio!»
El maestro Gerardo recordaba, sin duda, las maravillosas intimidades de la vida de su amigo. Ruysbrockio vivía en constante comunicación sensible con el mundo superior: visiones, éxtasis, apariciones, coloquios con los bienaventurados. «Es más fácil para mí—decía él mismo—levantar el alma a mi Dios que la mano a mi cabeza.» Cuando sentía la luz de la inspiración, penetraba con sus tablillas de cera en la espesura del bosque, y allí, sentado en el suelo, escribía las cosas maravillosas que pasaban por su espíritu. Al fin de su vida, ciego ya, se hacía acompañar por un Hermano, a quien dictaba sus pensamientos. Y sucedió una vez que, arrebatado por la dulzura divina, Ruysbrockio se quedó en el bosque un día entero. Ansiosos los Hermanos, salieron a su encuentro, y habiendo visto un árbol inundado de luz, corrieron a él; y, efectivamente, allí estaba el monje, sentado en una rama y enajenado como un ebrio.
Puesto en aquellas alturas de la contemplación, en la cima de una montaña más alta que las nubes, todavía se acuerda de los que allá en el fondo levantan los ojos con afán de subir. Recibía a todos los que preguntaban por él, y gozaba hablándoles de Dios. Nadie se le acercaba sin sentirse inundado de alegría. Era algo abandonado en sus hábitos, pero su rostro estaba siempre vestido de luz divina. Iba al trabajo con los demás Hermanos, pero tenía la costumbre de llevar siempre un rosario, que le recordaba el principio de que la oración debe ser el alma de toda actividad exterior. «Tenía—dice su biógrafo—la sabiduría en la palabra, la piedad en la acción, la humildad en el gesto, y en todo, la integridad de las virtudes.» Era dulce y amable para todas las cosas y todas las personas. Los mismos animales participaban del torrente de su compasión. En el invierno, losHermanos, que conocían su inmensa bondad, se acercaban a él y le decían: «¡Oh Padre! Mira cómo nieva. ¿Qué va a ser de los pobres pájaros?» Y el sublime contemplativo tomaba las debidas precauciones para que las avecillas no pereciesen. Cuanto más le aislaba la mano de Dios en las misteriosas regiones de su comunicación, más se abrían sus ojos a las necesidades de la vida y a las miserias de los hombres. Cuanto más subía, más se prodigaba; cuanto más se alejaba por la contemplación, más se acercaba por la compasión. Puro, alegre, libre y tranquilo durante su vida, recibió la visita de la muerte sin miedo ni ansiedad. Sus últimas palabras fueron aquellas del salmo: «Como el ciervo busca las fuentes de las aguas, así mi alma corre hacia Ti, oh Señor.»
Dionisio el Cartujano solía decir que entre los que, explorando la luz divina, han ido a buscar un asilo a la sombra sagrada del gran altar, el más grande, después del Areopagita, es Juan Ruysbrockio. Si el seudo Dionisio presenta la luz, el místico de Groenendael enciende la hoguera; los dos ciegos por exceso de luz, inmóviles por su misma ligereza. Desde la montaña donde habitan inclinan la cabeza para hacerse oír. Descienden con las tablas de sus libros hasta la multitud, pero su patria es el silencio majestuoso de las alturas. Lo que allí ven es lo inefable, pero hacen esfuerzos desesperados para decírselo a sus Hermanos, y sus balbuceos sublimes nos emocionan. Del estilo de Ruysbrockio se ha dicho que se parece a un océano que se inflamase de súbito. Tiene grandeza y precisión a la vez; exactitudes matemáticas y gracias musicales. Es aéreo como una melodía y riguroso como una estrella. Su regularidad se funde en un mismo esplendor con la libertad de sus movimientos. Ni la audacia le arrebata, ni le entorpece la seguridad. Pocas veces la metafísica del misticismo ha encontrado un intérprete que declare los fenómenos y el progreso de la unión con tanta delicadeza, con tanta claridad, con un lenguaje tan sencillo, tan suave, tan casto, tan lleno de poesía. Esa palabra, rica de imágenes, se nos antoja una selva virgen. Hay profundidades, barrancos, cimas, precipicios, valles, montañas, tempestades, abismos, oscuridades, relámpagos, negras sombras y temblor de estrellas. Pero sobre este mundo de luz y de tinieblas flota una serenidad divina, que alegra y conforta al viajero.
Hay escollos, ciertamente, en esos mares; pero el místico flamenco, piloto experimentado, los señala con precisión. Quietistas y panteístas abusaron de sus expresiones; pero unos y otros están igualmente condenados en sus obras. Distingue con claridad las perfidias más sutiles del error. Presenta la contemplación como una paz verdadera, pero activa, muy distinta del reposo engañador que preconizaban los Hermanos del Libre Espíritu. Pero ni su precaución es fría, ni seco su análisis; un fuego penetrante abrasa sus palabras: «La acción de Dios—dice, anatematizando el panteísmo—no, nos confiere con Dios ni la unidad de esencia, ni la de naturaleza, sino la del amor. Sin embargo, somos felices al sumergirnos en este amor inmenso, en esta tiniebla sagrada, en esta noche negra sin dimensión. Esta noche negra es la luz inaccesible en que se repliega la naturaleza divina. Por la virtud del amor somos abismados en su poder, y allí nos perdemos, no sustancialmente, sino por un sentimiento de alegría. La esencia de Dios es increada; la nuestra, creada; el abismo es infranqueable; la distinción, eterna, a pesar de todos los esfuerzos del amor. Si nos perdiésemos sustancialmente, sin conocimiento y sin amor, seríamos incapaces de bienaventuranza. Nuestra esencia es una inmensa soledad, un vasto desierto, donde Dios vive y reina.»
Mientras se abrasa, Ruysbrockio sigue enseñándonos su ciencia misteriosa y sublime. ¿Quién mejor podrá explicarnos el fuego que el que vive en el horno? Y él se mueve en una atmósfera de llamas gigantes, con cuya luz distingue el verdadero sentido de todas las cosas. Así puede llegar a la cima del mundo sin perder de vista las sombras que se mueven allá en el fondo del valle. Y si aquella grandeza crea en su espíritu algún desdén, es únicamente el desdén sagrado de sí mismo.
viernes, 1 de diciembre de 2017
Lecturas
Yo, Daniel, tuve una visión nocturna: Vi que los cuatro vientos del cielo agitaban el océano. Cuatro bestias gigantescas salieron del mar, distintas una de otra.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos una parábola:
Palabra del Señor.
La primera era como un león con alas de águila; la estaba mirando y de pronto vi que le arrancaban las alas, la alzaron del suelo, la pusieron de pie como un hombre y le dieron mente humana. Había una segunda bestia semejante a un oso; estaba medio erguida, con tres costillas en la boca, entre los dientes. Le dijeron:
«Levántate. Come carne en abundancia».
Después yo seguía mirando y vi otra bestia como un leopardo, con cuatro alas de ave en el lomo, y esta bestia tenía cuatro cabezas. Y le dieron el poder.
Después seguí mirando y en visión nocturna contemplé: una cuarta bestia, terrible, espantosa y extraordinariamente fuerte; tenía grandes dientes de hierro, con los que comía y descuartizaba; y las sobras las pateaba con las pezuñas. Era distinta a las bestias anteriores, porque tenía diez cuernos. Miré atentamente los cuernos, y vi que de entre ellos salía otro cuerno pequeño; y arrancaron ante él tres de los cuernos precedentes. Aquel cuerno tenía ojos humanos, y una boca que profería insolencias. Miré y vi que colocaban unos tronos. Un anciano se sentó.
Su vestido era blanco como la nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas; un río impetuoso de fuego brotaba y corría ante él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros.
Yo seguía mirando, atraído por las insolencias que profería aquel cuerno; hasta que mataron a la bestia, la descuartizaron y la echaron al fuego. A las otras bestias les quitaron el poder, dejándolas vivas una temporada, hasta un tiempo y una hora. Seguí mirando. Y en mi visión nocturna vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo.
Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia. A él se le dio poder, honor y reino.
Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará.
Su reino acabará.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos una parábola:
«Fijaos en la higuera y en todos los demás árboles: cuando veis que ya echan brotes, conocéis por vosotros mismos que ya está llegando el verano. Igualmente vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.
En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».
Palabra del Señor.
San Edmundo Campion
Es el primer santo inglés de la Compañía de Jesús. Con su simpatía, alegría contagiosa, con su patriotismo y oratoria supo dar, a los ingleses perseguidos, el entusiasmo que les faltaba para defender su fe.
Niñez y juventud
Edmundo Campion nace en Londres, el 15 de enero de 1540, poco después que el rey Enrique VIII lograra separar a Inglaterra de la obediencia de la Iglesia católica.
Su padre fue un librero de Londres. Desde muy pequeño aprende a devorar libros. Al quedar huérfano, el gremio de los mercaderes de Londres decide encargarse de su formación. Fue un excelente alumno.
Esos son los años turbulentos de Eduardo VI, niño también de pocos años.
Durante el reinado de María Tudor
Cuando cuenta 13 años, en 1553, Edmundo es elegido para componer y leer un discurso de felicitación a la Reina María Tudor. Ella también es hija de Enrique VIII y ha sucedido a su hermano Eduardo.
Poco después, el Alcalde Mayor de Londres, Sir Thomas White, determina fundar un Colegio católico, en Oxford. El cambio religioso, sucedido con el nuevo reinado, lo mueve a hacerlo. Recordando al joven Edmundo Campion, por el hermoso discurso a la Reina, le ofrece una beca en el nuevo Colegio. Edmundo pasa a educarse, entonces, al Colegio de Saint John, donde con distinción continúa sus estudios.
En Oxford
Cuando muere la Reina María, en 1558, las cosas se precipitan en Inglaterra y también en Oxford. Le sucede su hermana Isabel, hija de Enrique y de Ana Bolena, educada en la fe protestante.
El favorito de la Reina, el conde de Leicester, Roberto Dudley, es nombrado Canciller de la Universidad de Oxford.
Edmundo Campion tiene, entonces, 18 años. Ha sido nombrado profesor en el Colegio de Saint John. Un buen número de alumnos, sigue sus clases. La influencia de Campion aparece muy claramente. Los jóvenes frecuentan sus conferencias, imitan su tipo de elocuencia e incluso su modo de vestir. Con orgullo algunos empiezan a llamarse campionistas.
Fama de orador
A los oídos de Roberto Dudley llegó la fama de la oratoria de Edmundo Campion. Cuando muere su esposa, el Canciller dispone que sea Campion quien escriba y pronuncieel elogio fúnebre. San Edmundo compone un hermoso discurso que llenade satisfacción al vanidoso Canciller.
A la muerte de Sir Thomas White, el fundador del Colegio de Saint John, en 1564, Campion pidió el honor de escribir su elogio. La renovada admiración del Canciller, al escucharlo, hacen concebir en Campion una protección y un porvenir muy seguro.
Discurso ante la reina Isabel
Dos años más tarde, en 1566, la reina Isabel visitó Oxford. Entre las fiestas de recibimiento debe destacar un acto académico de filosofía.
Edmundo Campion, el joven profesor de 26 años, es el encargado de organizar y de mostrar, ante la Reina, la erudición, la profundidad de ciencia y la elegancia en el buen decir. Isabel se admira y decide de veras utilizar los servicios de Campion. Lo recomienda interesada a Leicester.
Vice canciller de Oxford
Roberto Dudley, conde de Leicester nombra entonces a Edmundo Campion, orador de la Universidad. Poco después, lo elige Prorrector de la misma, oficio que equivale al de Vice canciller.
Todos estos cargos, los recibe Campion antes de tener el grado de doctor, lo que resulta extraordinario. Es la promesa de una gran carrera.
Un paso en falso
Es posible que Edmundo Campion haya prestado el juramento de supremacía en 1560. Pero ello no lo intranquiliza. En forma regular frecuenta los ahora servicios protestantes de la capilla del Colegio de Saint John. Edmundo es católico y no piensa separarse de su fe. Pero la situación se va haciendo crítica.
Poco a poco, se deja vencer. En 1567 acepta la ordenación diaconal, de manos de su amigo el obispo de Gloucester, Ricardo Cheney, de la Iglesia reformada.
Sus amigos, entonces, se dividen, unos lo felicitan, los más se horrorizan. Edmundo Campion se sumerge en un mar de dudas y en un recriminarse por la decisión tomada.
Los estudios de teología
En Oxford la división es clara. Hay un partido católico mayoritario y un partido protestante ascendente.
Edmundo Campion vacila entre los dos, sin deseos de elegir. Su anhelo más íntimo es que lo dejen estudiar en paz y poder desempeñar sus deberes de profesor y de orador universitario. Según los estatutos del Colegio, su obligación es dedicarse al estudio de teología y aceptar la ordenación sacerdotal, si quiere continuar su carrera en la Universidad. Edmundo Campion posterga la decisión, hasta donde puede, concentrándose en el estudio de Aristóteles y en la teología natural.
En 1567 le fue necesario iniciar el estudio de los Padres de la Iglesia. Y en la medida de su avance, cada vez se siente más lejos de la Iglesia Anglicana. Trata de refugiarse en la oración. Consulta a su amigo Tobie Matthew quien parece no tener escrúpulos en el abandono de la antigua fe. “No leo a los Padres, para no creerles”, es la respuesta.
El camino de Tobie Matthew, más tarde obispo de Durham y después arzobispo de York, parece fácil. Edmundo Campion ama a Inglaterra, ¿es razonable rechazar lo bueno de la reforma por un anhelo de perfección?. Pero en Inglaterra no hay libertad. Y eso lo intranquiliza.
Tormentas exteriores
En la primavera de 1568, María Estuardo, católica y heredera del trono, fue hecha prisionera.
Poco después Gregorio Martin, su íntimo amigo durante trece años, abandona Oxford y se exilia en el continente.
La tormenta anglicana lo va presionando. Primero, pierde una beca. Después su cargo como juez escolástico de la Universidad.
La vuelta al buen camino
Con la aprobación de Leicester, Edmundo Campion se decide pasar a Dublin. Allí podrá trabajar en el proyecto de la creación de la Universidad Nacional.
Se adapta fácilmente al nuevo ambiente y empieza a vivir en paz con su conciencia. La católica Irlanda está bajo el poder del gobierno imglés, pero las leyes religiosas no se aplican.
En Irlanda
Con el pensamiento puesto en la Universidad irlandesa, prepara una disertación, De Homine Academico. Es un verdadero catálogo de las virtudes y cualidades de un formador universitario. Sin duda es su propio programa y que, en parte, lo siente realizando.
Poco tiempo después empieza a trabajar en una historia de Irlanda. Es toda una obra literaria. La dedica al conde de Leicester, buscando siempre una protección.
Tormentas interiores
El 25 de febrero de 1570, San Pío V dicta la Bula Regnans in Excelsis, de excomunión contra Isabel, liberando a sus súbditos de la obligación de obedecerla.
Una copia de la Bula es clavada en la puerta del palacio del obispo de Londres el 25 de mayo por el caballero católico John Felton. Este es torturado y ejecutado. En el cadalso regaló a la Reina un gran anillo de brillantes, que llevaba cuando fue arrestado, manifestándole que no deseaba su mal, pero que creía que se destitución era buena para el país y para su salvación eterna.
Una verdadera persecución cae, entonces, sobre los cristianos que continúan con su adhesión a Roma. Edmundo Campion, tocado íntimamente por los contenidos de la Bula y acosado por los remordimientos de conciencia, decide entonces dejar Irlanda. Por lo demás es buscado afanosamente por las autoridades, pues todo católico debe ser interrogado.
Perseguido, Campion vuelve a Londres. Allí no es buscado. Se le cree en Irlanda.
Testigo de un martirio
En Londres
Asiste, en Westminster Hall, atónito entre la muchedumbre, al despiadado juicio contra el Bienaventurado John Storey. Este se había exiliado en Flandes. Al poco tiempo, ya anciano, en el Colegio de Douai, recibió la ordenación sacerdotal. Sir William Cecil lo había hecho raptar y traer desde Amberes, acusándolo de traición.
Ese Colegio de Douai fue toda una institución para la restauración católica de Gran Bretaña. Había sido fundado por Sir William Allen a quien su fe lo obligó a abandonar Inglaterra y ordenarse de sacerdote en Lovaina. Lo fundó para los ingleses, con el fin de formar sacerdotes que pudieran, más tarde, predicar la fe en la patria. Algunos años más tarde, ya cardenal, fundó otro Colegio similar en Reims.
En Flandes
Edmundo Campion decide pasar a Flandes. Consigue dinero entre sus antiguos alumnos católicos y se embarca el 1 de junio de 1571.
Una fragata inglesa intercepta a la nave. Por no llevar pasaportes, Campion es detenido y devuelto a Inglaterra. El capitán se queda con el dinero y lo deja huir, pero en territorio inglés.
De nuevo, muy pronto, consigue dinero entre los amigos. Un segundo intento y, esta vez, feliz. A fines de junio de 1571, con grandes muestras de gozo y alegría fue recibido en el Colegio de Douai.
Gran parte de los trece candidatos que, allí, se preparan al sacerdocio son antiguos amigos y los más, alumnos suyos en Oxford. Allí está su amigo Gregorio Martin.Estudios sacerdotales.
En Douai, San Edmundo Campion vuelve formalmente a la Iglesia católica. Es admitido a los sacramentos, de los que ha estado privado desde hace más de diez años. Se siente feliz, viviendo en una comunidad enteramente católica. Sir William Allen lo considera como una adquisición sensacional.
Dos años enteros dedica Edmundo Campion a terminar los estudios de teología. En Douai recibe las órdenes menores y el subdiaconado, requisitos exigidos por la Iglesia católica antes de las órdenes del diaconado y el sacerdocio.
Al pedir las órdenes sagradas y al recibirlas, Campion siente que puede expiar la falta de haber sido ordenado diácono por un obispo anglicano.
Discernimiento vocacional
Después viene el largo discernimiento. ¿Qué debe hacer?. Señor, ¿qué quieres que haga?.En la oración comprende que debe dirigirse a Roma y que allí el Señor le mostrará el mejor camino.
Viaje a Roma
El viaje a Roma lo hace, solo y a pie, en penitencia. Pide limosna en los caminos y ora sin cansancio. A fines de febrero de 1573, llega a la Ciudad eterna. Por cierto, se hospeda en el hospital de los ingleses, como peregrino.
El primer tiempo lo dedica a la oración y a la visita de las principales Iglesias de Roma. Visita al cardenal Gesualdi con quien tiene largas conversaciones a propósito de la Bula Regnans in Excelsis.
Pero pronto, entiende claramente la voluntad de Dios. Debe entrar en la Compañía de Jesús. En ella podrá darse a los demás y, con la voluntad del Señor, podrá volver a predicar la fe en Inglaterra.
Su ingreso a la Compañía de Jesús
Es admitido por el P. Everardo Mercuriano, recién elegido General de la Compañía. La Congregación General continuaba todavía en funciones. Varios de los padres congregados, lo han conocido y oído hablar de él. La simpatía de Campion les gana el corazón a todos. Cada Provincial lo quiere para su propia Provincia. En Inglaterra no hay jesuitas. El General, lo admite para la Provincia alemana, la de Austria.
Noviciado
En Austria Terminada la Congregación General, a mediados de junio de 1573, con el P. Provincial alemán viaja a Praga para iniciar su noviciado de dos años. San Edmundo Campion es uno de los fundadores del Noviciado en Brünn, muy cerca de Praga. Allí, todo le es fácil, en especial la experiencia del mes de Ejercicios. Los trabajos humildes y el apostolado le resultan llenos de consolación. Y su facilidad en los estudios le sirve extraordinariamente para el aprendizaje del nuevo idioma.
En Praga
En septiembre de 1574, los Superiores lo destinan al Colegio de Praga, a continuar el noviciado e iniciar la etapa de magisterio con los alumnos de retórica. Sus cualidades literarias, adquiridas en Oxford, le permiten un año brillante. En 1575 hace los votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia. En el Colegio, funda la Congregación Mariana (hoy, Comunidades de Vida cristiana, CVX) para sus alumnos. Al año siguiente le añaden el cargo de Prefecto general del Internado y las predicaciones en la Iglesia. En diversas ocasiones predica en la corte. Y con su oratoria verdaderamente atrayente se gana el ánimo del mismo emperador Rodolfo II.
Ordenación sacerdotal
El 8 de septiembre de 1578, el arzobispo de Praga lo ordenó sacerdote. Y hasta marzo de 1580 ejerce en la capital del imperio su sacerdocio y ministerio de enseñanza. El idioma alemán parece no tener secretos para él.
Llamado a Roma
Por ese tiempo, el cardenal y doctor, Sir William Allen, fundador del Colegio de Douai, presenta al Papa Gregorio XIII y al P. General Everardo Mercuriano, un largo y muy bien fundado memorial. En él solicita el envío de refuerzos sacerdotales a Inglaterra. El Colegio inglés de Douai ha crecido mucho. Cada año se ordenan treinta o cuarenta sacerdotes. Más de la mitad logra atravesar el Canal hacia Inglaterra. Los informes recibidos coinciden respecto al entusiasmo de las gentes, al deseo de recibir los sacramentos y al ansia de ser reconciliados con la Iglesia. El Papa Gregorio XIII decide apoyar al cardenal Allen y funda en Roma el Colegio Inglés. Los primeros seminaristas vienen todos desde Douai. Dos años después, en 1578, la dirección del Colegio Inglés es entregada a la Compañía de Jesús, con gran gozo del cardenal Allen. El P. General Everardo Mercuriano se aviene a tomar la dirección del Colegio y a hacer suyos los objetivos de su fundación. Es decir, promete al cardenal Allen que la Compañía de Jesús enviará misioneros a Inglaterra. Allen pide expresamente al P. Edmundo Campion para la primera expedición. El P. General accede.
San Edmundo Campion es, entonces, llamado a Roma.
Destino a Inglaterra
San Edmundo deja Praga el 25 de marzo de 1580, postergado algunos meses por el Provincial de Austria. Llega a Roma el sábado de Pascua, el 9 de abril. El viaje lo hace a pie, a caballo y en parte en coche, de acuerdo a los azares del camino. En Roma, San Edmundo Campion, con profundo gozo, acepta la invitación del P. General. Su compañero de misión será el P. Roberto Persons, jesuita inglés, seis años más joven que él.
San Edmundo lo conoce bien desde los tiempos de Oxford. Fue su discípulo, y Campion al saberlo católico lo había liberado del juramento de supremacía. Las autoridades entonces intervenieron y Persons debió prestar el juramento, pasando así a ser profesor del Colegio de Balliol. A ruegos de Campion, el P. Persons es nombrado Superior de la Compañía de Jesús en Inglaterra.
Instrucciones
Las intrucciones del General de la Compañía son muy precisas. Se verán obligados a descartar el traje talar y a viajar disfrazados. Deberán vivir entre seglares bajo nombres supuestos. Vivirán solos durante largos períodos. No podrán realizar retiros periódicos para recobrar las fuerzas espirituales. El objetivo de la misión queda también delineado. Trabajarán en “la conservación y aumento de la fe de los católicos de Inglaterra”. No deberán disputar con los protestantes. Les queda prohibido, en forma absoluta, inmiscuirse en los asuntos de Estado o enviar informes políticos. No deben permitir ninguna conversación contra la Reina. San Edmundo recibe las aclaraciones que pide. Queda claro, la Bula Regnans in Excelsis obliga sólo a la Reina y a los protestantes. Los católicos, mientras la Reina gobierne de facto, deben obedecer en todo lo que no toque a la fe católica.
El viaje a la patria
El 18 de abril de 1580 sale de Roma esa primera expedición jesuita a Inglaterra. La componen los PP. Roberto Persons, Edmundo Campion y el Hermano Rodolfo Emerson.
Con ellos van otros tres sacerdotes del Colegio inglés, dos seminaristas y cuatro sacerdotes ingleses radicados en Roma.Antes de salir, el Papa Gregorio XIII los abraza, a cada uno, cariñosamente, los bendice, a ellos y a toda Inglaterra. San Felipe Neri también los bendijo. En Milán, San Carlos Borromeo los obliga a alojar en su propio palacio arzobispal. Edmundo Campion predica en la Catedral, con gran complacencia del arzobispo. El resto del viaje lo hacen a través de Suiza, país ya sumido en las ideas de la reforma protestante. En Ginebra son admitidos, por ser ingleses, a pesar de ser católicos. San Edmundo, incluso, tiene una conversación con el célebre calvinista Teodoro Beza, ya anciano, quien lo recibe en su casa, después de comer. Fue una velada agradable, llena de humanismo.
En Reims tiene lugar el encuentro con el cardenal doctor, Sir William Allen. Campion, a petición de su amigo, predica a los jóvenes ingleses del Seminario. En su propio idioma, después de tantos años. Lo hace con fluidez y corrección, como si jamás hubiera dejado Inglaterra.
Inglaterra
El ingreso en Inglaterra resulta muy difícil. Las autoridades inglesas ya estaban en conocimiento de la expedición católica. Los informantes han comunicado nombres y también fechas. Conocedores de la dificultad, los jesuitas resuelven disolver la expedición. Cada cual, ingresará como pueda hacerlo.
Los jesuitas flamencos del Colegio de San Omer, prepararon el paso del Canal. Los tres jesuitas no deben viajar juntos. El P. Roberto Persons, como Superior, será el primero. Los otros dos pasarán a Inglaterra un tiempo después. Roberto Persons, vestido de militar y fingiendo ser soldado de los Países Bajos, cruza el Canal sin mayor dificultad. Edmundo Campion y Rodolfo Emerson, vestidos de mercaderes, son detenidos en Dover, el 24 de junio. Las autoridades tienen sospechas, los registran minuciosamente, pero al fin los dejan pasar. Ambos se dirigen al puerto de Gravesend, distante 30 kilómetros de Londres. En un bote, por el Támesis, llegan a la capital. Entretanto, el P. Roberto Persons había encargado a jóvenes católicos que se turnaran, paseándose, en los muelles de Londres. Uno de ellos los reconoce, por las señas del Hermano, y los lleva a la casa alquilada por Persons.Ministerios.
Así comenzaron los años ingleses del ministerio de Campion. El mejor resumen de esos años lo da él mismo en carta al P. General. “Por todas partes se publican contra nosotros edictos llenos de amenazas”. “Con las precauciones que tomamos y con las oraciones de los buenos y, especialmente con el favor de Dios, hemos recorrido con toda felicidad buena parte de la isla.
Nunca nos han faltado personas, que olvidadas de su propio peligro se mostraron solícitas de nuestra seguridad”. “La persecución se ha embravecido. Nuestra comunidad está triste, porque no se habla sino de muerte, de prisión o pérdida de bienes de los fieles.
Y con todo, vamos adelante animosamente”. “En la actualidad son innumerables los que vuelven a la Iglesia. Trabajo desde muy de mañana hasta gran parte de la noche, habiendo cumplido los diversos oficios y predicado algunos días dos veces. Trabajo en una infinidad de asuntos: doy respuesta a casos de conciencia, organizo el trabajo de otro sacerdotes distribuyéndolos donde hubiere mayor necesidad; reconcilio a los separados con la Iglesia, procuro ayudas temporales para los que sufren en las cárceles. Son tantos, que fácilmente desmayaría de fatiga, pero es Dios quien favorece”.
“La mayor consolación la recibimos al constatar la increible alegría de estos hermanos, por nuestra venida a Inglaterra”.
Defensa de la fe
Fue muy célebre el famoso documento, escrito por San Edmundo dirigido al Consejo de la Reina. En él refuta el falso rumor, difundido por las autoridades. Los católicos, de ninguna manera, pretenden la desobediencia civil y aman especialmente a la Reina Isabel. El excelente estilo gusta a todos, aún a muchos protestantes. Las ediciones de este escrito se multiplican y es conocido por toda la población.
Los católicos se sienten muy confortados y tranquilos al verse defendidos en su patriotismo. Poco después Campion compone y edita, en abril de 1581, su opúsculo “Diez Razones“, un compendio de la fe católica y los principales argumentos teológicos. Esta obra ocasiona una verdadera revolución en la Iglesia reformada. Fue todo un éxito. Católicos y protestantes no pueden hablar, durante meses y en todas partes, sino del libro del P. Edmundo Campion. Las autoridades, muy molestas, se endurecen y la persecución se hace más rigurosa. En la Universidad de Oxford, el libro de Campion fue conocido y comentado, con admiración, por todos y en especial por sus compañeros y antiguos discípulos.
Detención
El 16 de julio de 1581, el P. Edmundo Campion es detenido en el castillo de Lyford. Es traicionado por Jorge Elliot, quien se ha hecho pasar por católico. San Edmundo no guarda rencor alguno al traidor. Requerido por él, sonriendo le dice: “Dios te perdone, Jorge, y yo te perdono. Si te arrepientes y te confiesas, yo te absolveré, pero tendrás que hacer penitencia”. Es llevado a Londres y encerrado en la Torre. En el calabozo Little Ease, tal vez el más lóbrego y húmedo, de las 22 torres. Allí pasó el primer tiempo. Por expreso deseo de la Reina Isabel, es llevado a su presencia, al cuarto día. “¿Me tenéis por verdadera Reina de Inglaterra?”. “Sí, Majestad”. La Reina promete: “Os ofrezco la vida, la libertad, bienes de fortuna, grandeza y honores, si consentís en servirme”. La respuesta de San Edmundo es muy rápida: “Soy vuestro vasallo, mi Reina, pero soy católico”. Por ultimo la Reina dice: “En vos no hay otro crimen que el ser papista”. “Esta es mi mayor gloria”, le contestó Campion, con un buen humor inglés.
Prisión
Se le dio un trato muy humano, para ablandarlo. Los carceleros, por expreso encargo de la corte, renuevan constantemente las promesas de la Reina. Le dicen que su conversión al protestantismo lo llevará al arzobispado de Canterbury. Cuando las autoridades constatan el fracaso, lo someten a la tortura. Pero no logran una sola palabra de debilidad. Ni siquiera una indiscreción que pudiera delatar a los otros jesuitas, o a algún católico.
Disputas teológicas
Destrozado por los tormentos, días después, lo hacen disputar con los mejores teólogos protestantes. San Edmundo Campion hace un gran esfuerzo. Muestra serenidad, e incluso amabilidad con todos. Con un dejo de humor les dice no estar en las mejores condiciones para sostener una discución teológica.
Y, sin embargo, con verdadera sabiduría expone muy bien los argumentos. El conde de Arendel, protestante, hijo del duque de Norfolk, presente en las disputas y convencido por Campion, decide volver a la fe católica. Merecerá más tarde dar su vida por la fe.
Condenación a muerte
A los actos finales lo acompañan San Alexander Briant y el Bienaventurado Thomas Cottam, ambos sacerdotes de la Compañía de Jesús, Ralph Sherwim y otros sacerdotes católicos. San Edmundo dijo en esa ocasión: “Se nos acusa y se pide nuestra muerte. No tenemos a quien apelar, sino a las conciencias de Uds. ¿Pueden Uds. creer a nuestros acusadores?.
Uds. lo saben, ellos han traicionado a Dios y al hombre. No han mostrado el menor fundamento para dar crédito a sus juramentos. Ni siquiera son hombres honrados. Aunque Uds. quisieran creerles, no pueden. Yo encomiendo todo a Dios. Esta condena la encomiendo a Uds. Nunca hemos temido a la muerte. Lo único que podemos decir es, que si nuestra religión nos hace traidores, merecemos ser condenados. Pero somos, y hemos sido, los mejores súbditos que la Reina haya tenido. Al condenarnos, Uds. condenan a todos nuestros antepasados, a todos los sacerdotes, obispos y reyes, a todo lo que fue la gloria de Inglaterra, la isla de los santos y la más fiel hija de la Sede de San Pedro. La posteridad nos dará la razón. El juicio futuro no va a estar sujeto a la corrupción como el de hoy.” Y ese día, el 21 de noviembre de 1581, todos son condenados a muerte. “Sean llevados a Tyburn. Serán ahorcados. Descolgados con vida, se les cortarán las partes inferiores y se les arrancarán las entrañas para ser quemadas en presencia de ellos. Se les cortará la cabeza y serán descuartizados. Y Dios tenga piedad de Uds”. San Edmundo Campion entona entonces el Te Deum. Los otros sacerdotes condenados lo siguen en su canto.
Los últimos días
San Edmundo estuvo encadenado los once días que mediaron entre el juicio y la ejecución. Recibió la visita de una hermana, facultada para hacerle el último ofrecimiento de libertad y de grandes beneficios, a condición de que renunciara a su Fe. También lo visita Jorge Elliot. “Si yo hubiera pensado que habíais de sufrir algo más que la prisión, yo nunca os hubiera acusado”. “En ese caso, le contesta con humor Campion, os suplico, en nombre de Dios, que hagáis penitencia y que confeséis vuestro pecado, para gloria de Dios y salvación de vuestra alma“. Y ante el temor manifestado por Elliot, por las posibles represalias católicas, le agrega: “Estáis equivocado si creéis que los católicos llevan su odio y su ira hasta la venganza. Para que os sintáis seguro, si queréis, os recomendaré a un Duque católico alemán, donde podréis vivir en paz”.
El carcelero de San Edmundo Campion, presente en la entrevista, se conmovió de tal modo por la generosidad de Campion, que se hizo católico.
El martirio
El 1° de diciembre de 1581 sufre el martirio, en compañía de San Alexander Briant y de Ralph Sherwim.Lo sacan de la Torre. Está lloviendo. Ha llovido durante varios días. Un gran multitud se ha agolpado a las puertas. San Edmundo, con una sonrisa, los saluda a todos. “Que Dios os salve, caballeros, y os haga buenos católicos”. Lo atan a una rastra tirada por un caballo. A él y a Briant los arrastran lentamente por la lluvia y el barro, hasta llegar a Tyburn. Al pasar por el Arco de Newgate ve una imagen de la Virgen María, que se ha salvado de los martillazos, y la saluda cariñosamente. En el camino un católico le enjuga el rostro, salpicado de lodo y suciedad. San Edmundo le dijo: “Dios te premie y te bendiga”.
En Tyburn, San Edmundo subió a la carreta instalada bajo la horca. El mismo se pone la soga alrededor del cuello. Entonces, pide utilizar el derecho que le otorga la ley, decir unas palabras.“Soy inocente de las traiciones que me han acusado. Soy católico y sacerdote de la Compañía de Jesús. En esta fe he vivido y en ella quiero morir”. Entonces le gritan que pida perdón a la Reina.”¿En qué la he ofendido?. Soy inocente. He rezado y rezo mucho por ella”. Un cortesano le exige que diga por cuál Reina reza. “Por Isabel, vuestra Reina y la mía, a la que deseo un largo reinado, tranquilo y feliz”. De inmediato dieron orden de retirar la carreta que estaba bajo sus pies. Y San Edmundo queda colgando. Inconsciente, tal vez muerto, cortan la cuerda que lo ata y el carnicero lo descuartiza. Entre los presentes, en primera línea, está Enrique Walpole, un joven de familia católica, pero inclinado a la reforma. Tan cerca está, que un poco de sangre le salpica el abrigo cuando el carnicero arranca las entrañas de Campion y las arroja al caldero de agua hirviendo. Enrique Walpole se conmovió profundamente. Tanto que decidió, poco después, cruzar el mar y ordenarse de sacerdote en la Compañía de Jesús. Trece años más tarde morirá del mismo modo que San Edmundo, en el cadalso de York.
Glorificación
San Edmundo Campion fue canonizado el 25 de octubre de 1970 conjuntamente con San Alexander Briant, San Enrique Walpole y otros siete jesuitas, ingleses y galeses, mártires de la fe, como él. También fue canonizado su compañero San Ralph Sherwim.
Niñez y juventud
Edmundo Campion nace en Londres, el 15 de enero de 1540, poco después que el rey Enrique VIII lograra separar a Inglaterra de la obediencia de la Iglesia católica.
Su padre fue un librero de Londres. Desde muy pequeño aprende a devorar libros. Al quedar huérfano, el gremio de los mercaderes de Londres decide encargarse de su formación. Fue un excelente alumno.
Esos son los años turbulentos de Eduardo VI, niño también de pocos años.
Durante el reinado de María Tudor
Cuando cuenta 13 años, en 1553, Edmundo es elegido para componer y leer un discurso de felicitación a la Reina María Tudor. Ella también es hija de Enrique VIII y ha sucedido a su hermano Eduardo.
Poco después, el Alcalde Mayor de Londres, Sir Thomas White, determina fundar un Colegio católico, en Oxford. El cambio religioso, sucedido con el nuevo reinado, lo mueve a hacerlo. Recordando al joven Edmundo Campion, por el hermoso discurso a la Reina, le ofrece una beca en el nuevo Colegio. Edmundo pasa a educarse, entonces, al Colegio de Saint John, donde con distinción continúa sus estudios.
En Oxford
Cuando muere la Reina María, en 1558, las cosas se precipitan en Inglaterra y también en Oxford. Le sucede su hermana Isabel, hija de Enrique y de Ana Bolena, educada en la fe protestante.
El favorito de la Reina, el conde de Leicester, Roberto Dudley, es nombrado Canciller de la Universidad de Oxford.
Edmundo Campion tiene, entonces, 18 años. Ha sido nombrado profesor en el Colegio de Saint John. Un buen número de alumnos, sigue sus clases. La influencia de Campion aparece muy claramente. Los jóvenes frecuentan sus conferencias, imitan su tipo de elocuencia e incluso su modo de vestir. Con orgullo algunos empiezan a llamarse campionistas.
Fama de orador
A los oídos de Roberto Dudley llegó la fama de la oratoria de Edmundo Campion. Cuando muere su esposa, el Canciller dispone que sea Campion quien escriba y pronuncieel elogio fúnebre. San Edmundo compone un hermoso discurso que llenade satisfacción al vanidoso Canciller.
A la muerte de Sir Thomas White, el fundador del Colegio de Saint John, en 1564, Campion pidió el honor de escribir su elogio. La renovada admiración del Canciller, al escucharlo, hacen concebir en Campion una protección y un porvenir muy seguro.
Discurso ante la reina Isabel
Dos años más tarde, en 1566, la reina Isabel visitó Oxford. Entre las fiestas de recibimiento debe destacar un acto académico de filosofía.
Edmundo Campion, el joven profesor de 26 años, es el encargado de organizar y de mostrar, ante la Reina, la erudición, la profundidad de ciencia y la elegancia en el buen decir. Isabel se admira y decide de veras utilizar los servicios de Campion. Lo recomienda interesada a Leicester.
Vice canciller de Oxford
Roberto Dudley, conde de Leicester nombra entonces a Edmundo Campion, orador de la Universidad. Poco después, lo elige Prorrector de la misma, oficio que equivale al de Vice canciller.
Todos estos cargos, los recibe Campion antes de tener el grado de doctor, lo que resulta extraordinario. Es la promesa de una gran carrera.
Un paso en falso
Es posible que Edmundo Campion haya prestado el juramento de supremacía en 1560. Pero ello no lo intranquiliza. En forma regular frecuenta los ahora servicios protestantes de la capilla del Colegio de Saint John. Edmundo es católico y no piensa separarse de su fe. Pero la situación se va haciendo crítica.
Poco a poco, se deja vencer. En 1567 acepta la ordenación diaconal, de manos de su amigo el obispo de Gloucester, Ricardo Cheney, de la Iglesia reformada.
Sus amigos, entonces, se dividen, unos lo felicitan, los más se horrorizan. Edmundo Campion se sumerge en un mar de dudas y en un recriminarse por la decisión tomada.
Los estudios de teología
En Oxford la división es clara. Hay un partido católico mayoritario y un partido protestante ascendente.
Edmundo Campion vacila entre los dos, sin deseos de elegir. Su anhelo más íntimo es que lo dejen estudiar en paz y poder desempeñar sus deberes de profesor y de orador universitario. Según los estatutos del Colegio, su obligación es dedicarse al estudio de teología y aceptar la ordenación sacerdotal, si quiere continuar su carrera en la Universidad. Edmundo Campion posterga la decisión, hasta donde puede, concentrándose en el estudio de Aristóteles y en la teología natural.
En 1567 le fue necesario iniciar el estudio de los Padres de la Iglesia. Y en la medida de su avance, cada vez se siente más lejos de la Iglesia Anglicana. Trata de refugiarse en la oración. Consulta a su amigo Tobie Matthew quien parece no tener escrúpulos en el abandono de la antigua fe. “No leo a los Padres, para no creerles”, es la respuesta.
El camino de Tobie Matthew, más tarde obispo de Durham y después arzobispo de York, parece fácil. Edmundo Campion ama a Inglaterra, ¿es razonable rechazar lo bueno de la reforma por un anhelo de perfección?. Pero en Inglaterra no hay libertad. Y eso lo intranquiliza.
Tormentas exteriores
En la primavera de 1568, María Estuardo, católica y heredera del trono, fue hecha prisionera.
Poco después Gregorio Martin, su íntimo amigo durante trece años, abandona Oxford y se exilia en el continente.
La tormenta anglicana lo va presionando. Primero, pierde una beca. Después su cargo como juez escolástico de la Universidad.
La vuelta al buen camino
Con la aprobación de Leicester, Edmundo Campion se decide pasar a Dublin. Allí podrá trabajar en el proyecto de la creación de la Universidad Nacional.
Se adapta fácilmente al nuevo ambiente y empieza a vivir en paz con su conciencia. La católica Irlanda está bajo el poder del gobierno imglés, pero las leyes religiosas no se aplican.
En Irlanda
Con el pensamiento puesto en la Universidad irlandesa, prepara una disertación, De Homine Academico. Es un verdadero catálogo de las virtudes y cualidades de un formador universitario. Sin duda es su propio programa y que, en parte, lo siente realizando.
Poco tiempo después empieza a trabajar en una historia de Irlanda. Es toda una obra literaria. La dedica al conde de Leicester, buscando siempre una protección.
Tormentas interiores
El 25 de febrero de 1570, San Pío V dicta la Bula Regnans in Excelsis, de excomunión contra Isabel, liberando a sus súbditos de la obligación de obedecerla.
Una copia de la Bula es clavada en la puerta del palacio del obispo de Londres el 25 de mayo por el caballero católico John Felton. Este es torturado y ejecutado. En el cadalso regaló a la Reina un gran anillo de brillantes, que llevaba cuando fue arrestado, manifestándole que no deseaba su mal, pero que creía que se destitución era buena para el país y para su salvación eterna.
Una verdadera persecución cae, entonces, sobre los cristianos que continúan con su adhesión a Roma. Edmundo Campion, tocado íntimamente por los contenidos de la Bula y acosado por los remordimientos de conciencia, decide entonces dejar Irlanda. Por lo demás es buscado afanosamente por las autoridades, pues todo católico debe ser interrogado.
Perseguido, Campion vuelve a Londres. Allí no es buscado. Se le cree en Irlanda.
Testigo de un martirio
En Londres
Asiste, en Westminster Hall, atónito entre la muchedumbre, al despiadado juicio contra el Bienaventurado John Storey. Este se había exiliado en Flandes. Al poco tiempo, ya anciano, en el Colegio de Douai, recibió la ordenación sacerdotal. Sir William Cecil lo había hecho raptar y traer desde Amberes, acusándolo de traición.
Ese Colegio de Douai fue toda una institución para la restauración católica de Gran Bretaña. Había sido fundado por Sir William Allen a quien su fe lo obligó a abandonar Inglaterra y ordenarse de sacerdote en Lovaina. Lo fundó para los ingleses, con el fin de formar sacerdotes que pudieran, más tarde, predicar la fe en la patria. Algunos años más tarde, ya cardenal, fundó otro Colegio similar en Reims.
En Flandes
Edmundo Campion decide pasar a Flandes. Consigue dinero entre sus antiguos alumnos católicos y se embarca el 1 de junio de 1571.
Una fragata inglesa intercepta a la nave. Por no llevar pasaportes, Campion es detenido y devuelto a Inglaterra. El capitán se queda con el dinero y lo deja huir, pero en territorio inglés.
De nuevo, muy pronto, consigue dinero entre los amigos. Un segundo intento y, esta vez, feliz. A fines de junio de 1571, con grandes muestras de gozo y alegría fue recibido en el Colegio de Douai.
Gran parte de los trece candidatos que, allí, se preparan al sacerdocio son antiguos amigos y los más, alumnos suyos en Oxford. Allí está su amigo Gregorio Martin.Estudios sacerdotales.
En Douai, San Edmundo Campion vuelve formalmente a la Iglesia católica. Es admitido a los sacramentos, de los que ha estado privado desde hace más de diez años. Se siente feliz, viviendo en una comunidad enteramente católica. Sir William Allen lo considera como una adquisición sensacional.
Dos años enteros dedica Edmundo Campion a terminar los estudios de teología. En Douai recibe las órdenes menores y el subdiaconado, requisitos exigidos por la Iglesia católica antes de las órdenes del diaconado y el sacerdocio.
Al pedir las órdenes sagradas y al recibirlas, Campion siente que puede expiar la falta de haber sido ordenado diácono por un obispo anglicano.
Discernimiento vocacional
Después viene el largo discernimiento. ¿Qué debe hacer?. Señor, ¿qué quieres que haga?.En la oración comprende que debe dirigirse a Roma y que allí el Señor le mostrará el mejor camino.
Viaje a Roma
El viaje a Roma lo hace, solo y a pie, en penitencia. Pide limosna en los caminos y ora sin cansancio. A fines de febrero de 1573, llega a la Ciudad eterna. Por cierto, se hospeda en el hospital de los ingleses, como peregrino.
El primer tiempo lo dedica a la oración y a la visita de las principales Iglesias de Roma. Visita al cardenal Gesualdi con quien tiene largas conversaciones a propósito de la Bula Regnans in Excelsis.
Pero pronto, entiende claramente la voluntad de Dios. Debe entrar en la Compañía de Jesús. En ella podrá darse a los demás y, con la voluntad del Señor, podrá volver a predicar la fe en Inglaterra.
Su ingreso a la Compañía de Jesús
Es admitido por el P. Everardo Mercuriano, recién elegido General de la Compañía. La Congregación General continuaba todavía en funciones. Varios de los padres congregados, lo han conocido y oído hablar de él. La simpatía de Campion les gana el corazón a todos. Cada Provincial lo quiere para su propia Provincia. En Inglaterra no hay jesuitas. El General, lo admite para la Provincia alemana, la de Austria.
Noviciado
En Austria Terminada la Congregación General, a mediados de junio de 1573, con el P. Provincial alemán viaja a Praga para iniciar su noviciado de dos años. San Edmundo Campion es uno de los fundadores del Noviciado en Brünn, muy cerca de Praga. Allí, todo le es fácil, en especial la experiencia del mes de Ejercicios. Los trabajos humildes y el apostolado le resultan llenos de consolación. Y su facilidad en los estudios le sirve extraordinariamente para el aprendizaje del nuevo idioma.
En Praga
En septiembre de 1574, los Superiores lo destinan al Colegio de Praga, a continuar el noviciado e iniciar la etapa de magisterio con los alumnos de retórica. Sus cualidades literarias, adquiridas en Oxford, le permiten un año brillante. En 1575 hace los votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia. En el Colegio, funda la Congregación Mariana (hoy, Comunidades de Vida cristiana, CVX) para sus alumnos. Al año siguiente le añaden el cargo de Prefecto general del Internado y las predicaciones en la Iglesia. En diversas ocasiones predica en la corte. Y con su oratoria verdaderamente atrayente se gana el ánimo del mismo emperador Rodolfo II.
Ordenación sacerdotal
El 8 de septiembre de 1578, el arzobispo de Praga lo ordenó sacerdote. Y hasta marzo de 1580 ejerce en la capital del imperio su sacerdocio y ministerio de enseñanza. El idioma alemán parece no tener secretos para él.
Llamado a Roma
Por ese tiempo, el cardenal y doctor, Sir William Allen, fundador del Colegio de Douai, presenta al Papa Gregorio XIII y al P. General Everardo Mercuriano, un largo y muy bien fundado memorial. En él solicita el envío de refuerzos sacerdotales a Inglaterra. El Colegio inglés de Douai ha crecido mucho. Cada año se ordenan treinta o cuarenta sacerdotes. Más de la mitad logra atravesar el Canal hacia Inglaterra. Los informes recibidos coinciden respecto al entusiasmo de las gentes, al deseo de recibir los sacramentos y al ansia de ser reconciliados con la Iglesia. El Papa Gregorio XIII decide apoyar al cardenal Allen y funda en Roma el Colegio Inglés. Los primeros seminaristas vienen todos desde Douai. Dos años después, en 1578, la dirección del Colegio Inglés es entregada a la Compañía de Jesús, con gran gozo del cardenal Allen. El P. General Everardo Mercuriano se aviene a tomar la dirección del Colegio y a hacer suyos los objetivos de su fundación. Es decir, promete al cardenal Allen que la Compañía de Jesús enviará misioneros a Inglaterra. Allen pide expresamente al P. Edmundo Campion para la primera expedición. El P. General accede.
San Edmundo Campion es, entonces, llamado a Roma.
Destino a Inglaterra
San Edmundo deja Praga el 25 de marzo de 1580, postergado algunos meses por el Provincial de Austria. Llega a Roma el sábado de Pascua, el 9 de abril. El viaje lo hace a pie, a caballo y en parte en coche, de acuerdo a los azares del camino. En Roma, San Edmundo Campion, con profundo gozo, acepta la invitación del P. General. Su compañero de misión será el P. Roberto Persons, jesuita inglés, seis años más joven que él.
San Edmundo lo conoce bien desde los tiempos de Oxford. Fue su discípulo, y Campion al saberlo católico lo había liberado del juramento de supremacía. Las autoridades entonces intervenieron y Persons debió prestar el juramento, pasando así a ser profesor del Colegio de Balliol. A ruegos de Campion, el P. Persons es nombrado Superior de la Compañía de Jesús en Inglaterra.
Instrucciones
Las intrucciones del General de la Compañía son muy precisas. Se verán obligados a descartar el traje talar y a viajar disfrazados. Deberán vivir entre seglares bajo nombres supuestos. Vivirán solos durante largos períodos. No podrán realizar retiros periódicos para recobrar las fuerzas espirituales. El objetivo de la misión queda también delineado. Trabajarán en “la conservación y aumento de la fe de los católicos de Inglaterra”. No deberán disputar con los protestantes. Les queda prohibido, en forma absoluta, inmiscuirse en los asuntos de Estado o enviar informes políticos. No deben permitir ninguna conversación contra la Reina. San Edmundo recibe las aclaraciones que pide. Queda claro, la Bula Regnans in Excelsis obliga sólo a la Reina y a los protestantes. Los católicos, mientras la Reina gobierne de facto, deben obedecer en todo lo que no toque a la fe católica.
El viaje a la patria
El 18 de abril de 1580 sale de Roma esa primera expedición jesuita a Inglaterra. La componen los PP. Roberto Persons, Edmundo Campion y el Hermano Rodolfo Emerson.
Con ellos van otros tres sacerdotes del Colegio inglés, dos seminaristas y cuatro sacerdotes ingleses radicados en Roma.Antes de salir, el Papa Gregorio XIII los abraza, a cada uno, cariñosamente, los bendice, a ellos y a toda Inglaterra. San Felipe Neri también los bendijo. En Milán, San Carlos Borromeo los obliga a alojar en su propio palacio arzobispal. Edmundo Campion predica en la Catedral, con gran complacencia del arzobispo. El resto del viaje lo hacen a través de Suiza, país ya sumido en las ideas de la reforma protestante. En Ginebra son admitidos, por ser ingleses, a pesar de ser católicos. San Edmundo, incluso, tiene una conversación con el célebre calvinista Teodoro Beza, ya anciano, quien lo recibe en su casa, después de comer. Fue una velada agradable, llena de humanismo.
En Reims tiene lugar el encuentro con el cardenal doctor, Sir William Allen. Campion, a petición de su amigo, predica a los jóvenes ingleses del Seminario. En su propio idioma, después de tantos años. Lo hace con fluidez y corrección, como si jamás hubiera dejado Inglaterra.
Inglaterra
El ingreso en Inglaterra resulta muy difícil. Las autoridades inglesas ya estaban en conocimiento de la expedición católica. Los informantes han comunicado nombres y también fechas. Conocedores de la dificultad, los jesuitas resuelven disolver la expedición. Cada cual, ingresará como pueda hacerlo.
Los jesuitas flamencos del Colegio de San Omer, prepararon el paso del Canal. Los tres jesuitas no deben viajar juntos. El P. Roberto Persons, como Superior, será el primero. Los otros dos pasarán a Inglaterra un tiempo después. Roberto Persons, vestido de militar y fingiendo ser soldado de los Países Bajos, cruza el Canal sin mayor dificultad. Edmundo Campion y Rodolfo Emerson, vestidos de mercaderes, son detenidos en Dover, el 24 de junio. Las autoridades tienen sospechas, los registran minuciosamente, pero al fin los dejan pasar. Ambos se dirigen al puerto de Gravesend, distante 30 kilómetros de Londres. En un bote, por el Támesis, llegan a la capital. Entretanto, el P. Roberto Persons había encargado a jóvenes católicos que se turnaran, paseándose, en los muelles de Londres. Uno de ellos los reconoce, por las señas del Hermano, y los lleva a la casa alquilada por Persons.Ministerios.
Así comenzaron los años ingleses del ministerio de Campion. El mejor resumen de esos años lo da él mismo en carta al P. General. “Por todas partes se publican contra nosotros edictos llenos de amenazas”. “Con las precauciones que tomamos y con las oraciones de los buenos y, especialmente con el favor de Dios, hemos recorrido con toda felicidad buena parte de la isla.
Nunca nos han faltado personas, que olvidadas de su propio peligro se mostraron solícitas de nuestra seguridad”. “La persecución se ha embravecido. Nuestra comunidad está triste, porque no se habla sino de muerte, de prisión o pérdida de bienes de los fieles.
Y con todo, vamos adelante animosamente”. “En la actualidad son innumerables los que vuelven a la Iglesia. Trabajo desde muy de mañana hasta gran parte de la noche, habiendo cumplido los diversos oficios y predicado algunos días dos veces. Trabajo en una infinidad de asuntos: doy respuesta a casos de conciencia, organizo el trabajo de otro sacerdotes distribuyéndolos donde hubiere mayor necesidad; reconcilio a los separados con la Iglesia, procuro ayudas temporales para los que sufren en las cárceles. Son tantos, que fácilmente desmayaría de fatiga, pero es Dios quien favorece”.
“La mayor consolación la recibimos al constatar la increible alegría de estos hermanos, por nuestra venida a Inglaterra”.
Defensa de la fe
Fue muy célebre el famoso documento, escrito por San Edmundo dirigido al Consejo de la Reina. En él refuta el falso rumor, difundido por las autoridades. Los católicos, de ninguna manera, pretenden la desobediencia civil y aman especialmente a la Reina Isabel. El excelente estilo gusta a todos, aún a muchos protestantes. Las ediciones de este escrito se multiplican y es conocido por toda la población.
Los católicos se sienten muy confortados y tranquilos al verse defendidos en su patriotismo. Poco después Campion compone y edita, en abril de 1581, su opúsculo “Diez Razones“, un compendio de la fe católica y los principales argumentos teológicos. Esta obra ocasiona una verdadera revolución en la Iglesia reformada. Fue todo un éxito. Católicos y protestantes no pueden hablar, durante meses y en todas partes, sino del libro del P. Edmundo Campion. Las autoridades, muy molestas, se endurecen y la persecución se hace más rigurosa. En la Universidad de Oxford, el libro de Campion fue conocido y comentado, con admiración, por todos y en especial por sus compañeros y antiguos discípulos.
Detención
El 16 de julio de 1581, el P. Edmundo Campion es detenido en el castillo de Lyford. Es traicionado por Jorge Elliot, quien se ha hecho pasar por católico. San Edmundo no guarda rencor alguno al traidor. Requerido por él, sonriendo le dice: “Dios te perdone, Jorge, y yo te perdono. Si te arrepientes y te confiesas, yo te absolveré, pero tendrás que hacer penitencia”. Es llevado a Londres y encerrado en la Torre. En el calabozo Little Ease, tal vez el más lóbrego y húmedo, de las 22 torres. Allí pasó el primer tiempo. Por expreso deseo de la Reina Isabel, es llevado a su presencia, al cuarto día. “¿Me tenéis por verdadera Reina de Inglaterra?”. “Sí, Majestad”. La Reina promete: “Os ofrezco la vida, la libertad, bienes de fortuna, grandeza y honores, si consentís en servirme”. La respuesta de San Edmundo es muy rápida: “Soy vuestro vasallo, mi Reina, pero soy católico”. Por ultimo la Reina dice: “En vos no hay otro crimen que el ser papista”. “Esta es mi mayor gloria”, le contestó Campion, con un buen humor inglés.
Prisión
Se le dio un trato muy humano, para ablandarlo. Los carceleros, por expreso encargo de la corte, renuevan constantemente las promesas de la Reina. Le dicen que su conversión al protestantismo lo llevará al arzobispado de Canterbury. Cuando las autoridades constatan el fracaso, lo someten a la tortura. Pero no logran una sola palabra de debilidad. Ni siquiera una indiscreción que pudiera delatar a los otros jesuitas, o a algún católico.
Disputas teológicas
Destrozado por los tormentos, días después, lo hacen disputar con los mejores teólogos protestantes. San Edmundo Campion hace un gran esfuerzo. Muestra serenidad, e incluso amabilidad con todos. Con un dejo de humor les dice no estar en las mejores condiciones para sostener una discución teológica.
Y, sin embargo, con verdadera sabiduría expone muy bien los argumentos. El conde de Arendel, protestante, hijo del duque de Norfolk, presente en las disputas y convencido por Campion, decide volver a la fe católica. Merecerá más tarde dar su vida por la fe.
Condenación a muerte
A los actos finales lo acompañan San Alexander Briant y el Bienaventurado Thomas Cottam, ambos sacerdotes de la Compañía de Jesús, Ralph Sherwim y otros sacerdotes católicos. San Edmundo dijo en esa ocasión: “Se nos acusa y se pide nuestra muerte. No tenemos a quien apelar, sino a las conciencias de Uds. ¿Pueden Uds. creer a nuestros acusadores?.
Uds. lo saben, ellos han traicionado a Dios y al hombre. No han mostrado el menor fundamento para dar crédito a sus juramentos. Ni siquiera son hombres honrados. Aunque Uds. quisieran creerles, no pueden. Yo encomiendo todo a Dios. Esta condena la encomiendo a Uds. Nunca hemos temido a la muerte. Lo único que podemos decir es, que si nuestra religión nos hace traidores, merecemos ser condenados. Pero somos, y hemos sido, los mejores súbditos que la Reina haya tenido. Al condenarnos, Uds. condenan a todos nuestros antepasados, a todos los sacerdotes, obispos y reyes, a todo lo que fue la gloria de Inglaterra, la isla de los santos y la más fiel hija de la Sede de San Pedro. La posteridad nos dará la razón. El juicio futuro no va a estar sujeto a la corrupción como el de hoy.” Y ese día, el 21 de noviembre de 1581, todos son condenados a muerte. “Sean llevados a Tyburn. Serán ahorcados. Descolgados con vida, se les cortarán las partes inferiores y se les arrancarán las entrañas para ser quemadas en presencia de ellos. Se les cortará la cabeza y serán descuartizados. Y Dios tenga piedad de Uds”. San Edmundo Campion entona entonces el Te Deum. Los otros sacerdotes condenados lo siguen en su canto.
Los últimos días
San Edmundo estuvo encadenado los once días que mediaron entre el juicio y la ejecución. Recibió la visita de una hermana, facultada para hacerle el último ofrecimiento de libertad y de grandes beneficios, a condición de que renunciara a su Fe. También lo visita Jorge Elliot. “Si yo hubiera pensado que habíais de sufrir algo más que la prisión, yo nunca os hubiera acusado”. “En ese caso, le contesta con humor Campion, os suplico, en nombre de Dios, que hagáis penitencia y que confeséis vuestro pecado, para gloria de Dios y salvación de vuestra alma“. Y ante el temor manifestado por Elliot, por las posibles represalias católicas, le agrega: “Estáis equivocado si creéis que los católicos llevan su odio y su ira hasta la venganza. Para que os sintáis seguro, si queréis, os recomendaré a un Duque católico alemán, donde podréis vivir en paz”.
El carcelero de San Edmundo Campion, presente en la entrevista, se conmovió de tal modo por la generosidad de Campion, que se hizo católico.
El martirio
El 1° de diciembre de 1581 sufre el martirio, en compañía de San Alexander Briant y de Ralph Sherwim.Lo sacan de la Torre. Está lloviendo. Ha llovido durante varios días. Un gran multitud se ha agolpado a las puertas. San Edmundo, con una sonrisa, los saluda a todos. “Que Dios os salve, caballeros, y os haga buenos católicos”. Lo atan a una rastra tirada por un caballo. A él y a Briant los arrastran lentamente por la lluvia y el barro, hasta llegar a Tyburn. Al pasar por el Arco de Newgate ve una imagen de la Virgen María, que se ha salvado de los martillazos, y la saluda cariñosamente. En el camino un católico le enjuga el rostro, salpicado de lodo y suciedad. San Edmundo le dijo: “Dios te premie y te bendiga”.
En Tyburn, San Edmundo subió a la carreta instalada bajo la horca. El mismo se pone la soga alrededor del cuello. Entonces, pide utilizar el derecho que le otorga la ley, decir unas palabras.“Soy inocente de las traiciones que me han acusado. Soy católico y sacerdote de la Compañía de Jesús. En esta fe he vivido y en ella quiero morir”. Entonces le gritan que pida perdón a la Reina.”¿En qué la he ofendido?. Soy inocente. He rezado y rezo mucho por ella”. Un cortesano le exige que diga por cuál Reina reza. “Por Isabel, vuestra Reina y la mía, a la que deseo un largo reinado, tranquilo y feliz”. De inmediato dieron orden de retirar la carreta que estaba bajo sus pies. Y San Edmundo queda colgando. Inconsciente, tal vez muerto, cortan la cuerda que lo ata y el carnicero lo descuartiza. Entre los presentes, en primera línea, está Enrique Walpole, un joven de familia católica, pero inclinado a la reforma. Tan cerca está, que un poco de sangre le salpica el abrigo cuando el carnicero arranca las entrañas de Campion y las arroja al caldero de agua hirviendo. Enrique Walpole se conmovió profundamente. Tanto que decidió, poco después, cruzar el mar y ordenarse de sacerdote en la Compañía de Jesús. Trece años más tarde morirá del mismo modo que San Edmundo, en el cadalso de York.
Glorificación
San Edmundo Campion fue canonizado el 25 de octubre de 1970 conjuntamente con San Alexander Briant, San Enrique Walpole y otros siete jesuitas, ingleses y galeses, mártires de la fe, como él. También fue canonizado su compañero San Ralph Sherwim.
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