domingo, 5 de junio de 2016

Homilía


El breve relato de San Lucas nos presenta dos procesiones que convergen en Naín, pequeño pueblo de Galilea, ubicado en el Valle de Jezrael.

Una de ellas sigue por un lado a Jesús, ansiosa de escuchar su palabra y testifica con su presencia las maravillas realizadas por el Maestro.

La otra va camino del cementerio para dar sepultura a un joven, hijo único de una madre viuda, que llora desconsoladamente su pérdida.

La tragedia se ceba sobre esta pobre mujer, que queda desvalida y a merced de la caridad pública.

El hijo, todo su sustento y garantía de cara al futuro, yace muerto en el féretro.

Le aguardan tiempos de pobreza y explotación.

El clamor de todos los profetas queda reflejado en la Ley, que pide proteger a huérfanos y viudas de los abusos de gente sin escrúpulos.

Jesús lo sabe, se conmueve en sus entrañas y manda detener la fúnebre comitiva.

“No llores”, le dice a la mujer.

Es sensible al dolor humano como lo será más tarde ante la tumba de Lázaro hasta derramar lágrimas junto a Marta y María.

Se sobrepone.

Él es la Vida que se enfrenta a la Muerte y trae consigo el amor compasivo y misericordioso de Dios, que calma el espíritu y llena de esperanza los corazones.

La muerte no es el final del camino, sino el comienzo de una vida nueva.

“No llores”, nos susurra también al corazón de cada uno de nosotros.

Todos hemos sufrido, en mayor o menor grado, el fallecimiento de un ser querido.

Esto supone una ruptura, a veces cruel, de falsas seguridades…

Fluyen entonces los sentimientos más fuertes, los recuerdos de lo mejorable que pudo ser nuestra relación con él sin hubiéramos aprovechado las oportunidades que tuvimos al alcance, las esperanzas truncadas, la ilusiones rotas y tantos pequeños detalles que marcaron nuestras vidas.

“Acercándose al ataúd, lo tocó” (Lucas 7, 14)

Jesús viene a Naín a anunciar la Buena Noticia del Reino.

Trae consigo un talante nuevo, desacostumbrado en un rabí judío, por su forma de hablar, pero, sobre todo, por su forma de actuar.

Es profundamente respetuoso con las mujeres, hasta el punto de no rechazar nunca los favores que le piden.

Lo podemos constatar leyendo atentamente el evangelio.

Los escribas y fariseos se escandalizan.

No comprenden estas muestras de respeto y consideración en una sociedad machista, que las margina, las esclaviza y niega sus derechos.

Jesús nos da ejemplo y sigue siendo una valiosa referencia para liberar a la mujer de las trabas que obstaculizan la plena igualdad con los hombres en la familia, en el trabajo, en el cuidado de los hijos.

Queda mucho camino por recorrer, incluso en las sociedades democráticas, donde tampoco se respeta su dignidad.

El encuentro de Jesús con la viuda, que cumple fielmente la tradición judía de abrir la procesión para enterrar al hijo, deja una huella profunda en la gente que la acompaña.

“Un gran Profeta- exclama- ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo” (Lucas 7)

Nos imaginamos el choque emocional de la mujer ante Jesús y las palabras confortadoras del Maestro, que irrumpe en el abatido mundo de la muerte para hacer resurgir la vida en el joven antes de entregarle a su madre.

Esta compasión no es ajena a la tradición bíblica, tal como aparece en el relato del Libro de los Reyes.

El profeta Elías cura la enfermedad del hijo de la viuda que le ha hospedado en su casa.

El salmo responsorial se hace eco de ambos encuentros salvadores y añade:

“Tú convertiste mi lamento en júbilo. ¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente!” (Salmo 29).

Meditemos estas palabras, que resumen el paso del Señor por nuestra vida.

Los países más desarrollados del mundo no logran inseminar la alegría en el corazón de sus ciudadanos.

La posesión de riquezas no garantiza la felicidad y menos si alimentan y enarbolan la bandera del egoísmo.

Por desgracia, aflora de nuevo el nazismo, la intolerancia y la violencia frente a las corrientes migratorias de los que huyen de la guerra, la esclavitud y el hambre.

Sentimos pánico a todo lo que pueda perturbar nuestra paz y aparente bienestar.

Ya se encargan los periódicos de airear cada día las noticias luctuosas: atentados, venganzas, protestan callejeras, muertes violentas… recreándose en el dolor ajeno y haciendo leña de los árboles caídos.

Algo que se nos escapa de las manos, está deteriorando silenciosamente nuestra convivencia y minando nuestra esperanza.

Fijemos nuestra mirada en Jesús, eterna fuente de esperanza.

El llena, como en la viuda de Naín, los vacíos de nuestro desvalimiento, con su misericordia infinita.

Hemos pasado ya el ecuador del Año de la Misericordia y participado en numerosos eventos organizados por las diócesis y diversas instituciones religiosas para ganar el jubileo y entrar por la “puerta santa” de la alegría a través de la conversión del corazón que la hace posible.

¡Qué hermoso escuchar estas palabras de quien tiene autoridad y poder para sacarnos de la muerte!

“Levántate”.
Nos dice hoy, escapa de la droga que mata y el alcohol que oscurece la mente.

“Levántate”.
No te quedes anclado en círculos egoístas que apagan los altos ideales.

“Levántate”.
No seas esclavo del dinero y de los que prometen, por propio interés, paraísos terrenales.

“Levántate”.
No pierdas el tiempo persiguiendo quimeras y trabaja por un mundo más justo y más humano.

“Levántate”.
No te dejes manipular ni seducir por ideologías que inoculan la violencia y llevan a la destrucción.

“Levántate”.
Defiende la dignidad humana y la vida frente a los promotores del aborto y la eutanasia.

“Levántate”.
Hay mil razones para vivir amando y ninguna para morir odiando.


San Bonifacio

Apenas había pasado un siglo desde que los discípulos de San Gregorio Magno habían desembarcado en Inglaterra y ya la isla de los piratas se había convertido en isla de los santos. Había santos reyes, vírgenes inflamadas en el amor de Cristo, ascetas que dejaban atrás a los solitarios de la Tebaida, sabios monjes y figuras magníficas de obispos. Había, sobre todo, apóstoles. El fuego del apostolado consumía a los nuevos convertidos y los empujaba lejos de su tierra. Pensaban en los pueblos del otro lado del mar, en aquellos sajones que tenían su misma sangre y hablaban su misma lengua y no conocían a Cristo. Los jóvenes que ingresaban en las escuelas monásticas, si estudiaban la retórica, era para adquirir el arte de persuadir y exponer la verdad; si investigaban el sentido de las Sagradas Escrituras, era para enseñárselas a sus hermanos transmarinos; si se ejercitaban en los rigores de la Regla, era para templar su espíritu, para prepararse a los trabajos, a las fatigas y al martirio.

Entre todos aquellos misioneros, el más ilustre es Bonifacio, el gran anglosajón, el apóstol de Germania. Nacido en el reino de Wessex, creció desde los siete años en el monasterio de Nutscell. A los veinte era ya un maestro famoso, que los abades se disputaban para dar a sus monjes la enseñanza religiosa y profana. A los cuarenta quieren hacerle abad; pero él cree llegado el momento de lanzarse a la predicación de la fe. Llega a Frisia lleno de entusiasmo, pero en la hora menos favorable. El duque Radbodo acaba de aniquilar las cristiandades nacientes, y persigue a los misioneros en toda la región. El monje anglosajón no quiere perder tiempo; pasa el Rin, atraviesa el reino de los francos; llega a Roma y se presenta al Papa Gregorio II con una carta de su obispo, Daniel de Winchester. El Papa le recibió benévolamente, examinó su doctrina, se informó de su pasado y le dio una carta en que decía: «Los piadosos deseos de tu celo inflamado en Cristo, y las pruebas que me has dado de tu fe, exigen que te llamemos a participar de nuestro ministerio para la dispensación de la palabra divina. Sabiendo que desde la infancia has estudiado las sagradas letras, os ordenamos que llevéis el reino de Dios a todas las naciones infieles que halléis en vuestro camino, y que, en espíritu de virtud, de amor y de sobriedad, derraméis en las almas incultas la predicación de los dos Testamentos.»

Armado de estos poderes, el misionero atravesó la Lombardía, llegó a Baviera, y habiendo sabido la muerte de Radbodo, se dirigió a Frisia para ponerse a las órdenes de San Wilibrordo, apóstol de aquella región. Trabajó a su lado algún tiempo; pero cuando el viejo obispo le propuso hacerle heredero de su dignidad episcopal, huyó a esconderse en los bosques de Turingia. Pronto se vio rodeado de un grupo de cristianos, resto de cristiandades organizadas por misioneros celtas y deshechas por la persecución y por la guerra. Los paganos mismos se acercaban a oírle, y muchos de ellos recibían el bautismo de sus manos. Cruzó luego el país de Hesse y avanzó hasta las fronteras sajonas, siempre con el mismo éxito. A fines del año 723 estaba de nuevo en Roma. Había ido para dar cuenta al Pontífice de los felices principios de su empresa y para consultarle sobre las dificultades que iban surgiendo en la misión. El Papa le consagró obispo de todas las tierras septentrionales, cambió su nombre de Winfrido por el de Bonifacio y le envió al campo de su apostolado. Al pasar por Francia, el misionero se detuvo en la corte de Carlos Martel, donde sólo vio indiferencia, escándalos, corrupción, prelados, cortesanos, adúlteros y homicidas elevados a las órdenes sagradas, y falsos doctores, que, imitando a los maniqueos, prohíben los alimentos permitidos. El gran obispo tiembla ante la grandeza de la obra que va a acometer. Le aterra el aislamiento. Se vuelve hacia los monasterios de Bretaña, en que su juventud había encontrado tantas luces y consuelos; escribe a su obispo Daniel, «según la costumbre de los hombres, que cuando el pesar les cerca, buscan fuerza y consejo en aquellos cuya sabiduría y amistad conocen».

Y el obispo le contesta alentándole con el ejemplo de los apóstoles y los mártires, enseñándole a confiar en otro príncipe más poderoso que los de la tierra y prodigándole los consejos de su experiencia para la conversión de los paganos. «No la emprendas—le decía—contra las genealogías de sus falsos dioses. Déjales que repitan que sus dioses nacieron los unos de los otros, por el abrazo del esposo y de la esposa. Trata, sin embargo, de convencerles que esos dioses y diosas, nacidos de un nacimiento humano, no son más que hombres, y que habiendo comenzado a existir, no existieron siempre. Convendrá comparar de cuando en cuando sus supersticiones a nuestros dogmas, sin palabras despectivas, a fin de que queden confusos más que exasperados. Les describirás también la grandeza del mundo cristiano frente a lo poco que ellos representan. Y para que no se jacten del imperio inmemorial de sus ídolos, les dirás que los ídolos fueron adorados en toda la tierra hasta que la tierra fue reconciliada con Dios por la gracia de Jesucristo.»

Meditando estos sabios consejos, penetró Bonifacio otra vez entre las tribus paganas de Hesse y Turingia. Aquella dulzura, aquella discreción, aquella tolerancia con sus tradiciones nacionales, unidas a una vida austera y a una palabra elocuente, encantaron a aquellos bárbaros. Fueron muchos los que abjuraron sus errores. Otros, no obstante, sin mirar con odio al extranjero, seguían sacrificando a los árboles y a las fuentes, consultaban el canto de las aves y practicaban sus sortilegios y adivinaciones. Entonces el apóstol resolvió derribar un árbol gigantesco que los paganos llamaban la encina de Thor y que se alzaba en medio del campo de Geismar. Para defender aquel símbolo de un culto secular, había acudido una multitud innumerable de bárbaros, dispuestos a matar al enemigo de los dioses. El obispo apareció entre ellos sin la menor muestra de temor, se dirigió hacia el árbol sagrado, y a los primeros golpes se desencadenó un furioso vendaval que arrojó la encina por tierra. La multitud, estupefacta, vio en aquel suceso un signo de la voluntad de Dios y pidió el bautismo.

El número de los fieles se aumentaba, surgían las iglesias, acudían los catecúmenos, y el misionero empezaba a sentir la necesidad de otros colaboradores. Nuevamente dirigió su mirada hacia sus hermanos de Inglaterra. Escribió a los obispos, a los abades, a las santas mujeres que gobernaban los monasterios de monjas, dándoles cuenta de su penuria, de la insuficiencia de sus sacerdotes, de las solicitudes de su responsabilidad episcopal. «Para el que ha sido llamado al ministerio de la palabra—les decía—, es muy poco vivir santamente: si se avergüenza o tiene miedo de ir tras los hombres extraviados, perecerá con aquellos que perecen por el silencio.» Pedía ornamentos sacerdotales, campanas y libros: sobre todo, libros. Debían buscar para él en los archivos de los conventos las cuestiones de San Agustín de Cantorbery y las respuestas de San Gregorio Magno, las Pasiones de los mártires, los comentarios de los Padres sobre San Pablo, un volumen de los Profetas, todo de una escritura clara y sin abreviaturas, «como convenía para sus ojos cansados por la vejez». La abadesa Eadburga recibió el encargo de transcribir las epístolas paulinas con letras de oro, «a fin de honrar las Santas Escrituras ante los ojos carnales de los paganos». Los monasterios anglosajones respondieron con generosidad a aquel llamamiento. Al poco tiempo, el apóstol se vio rodeado de una multitud de discípulos, colonizadores entusiastas, hombres de reconocida habilidad en todas las artes, escritores, lectores y maestros. Tras ellos vinieron también las mujeres: viudas, vírgenes, madres, hermanas y parientas de los misioneros, deseosas de tomar parte en sus peligros y en sus consolaciones. Entre ellas estaba Lioba, «insigne por su amor a Cristo, admirable por su celo, bella como los ángeles, emocionante en sus discursos, sabia en las Escrituras, erudita en los santos cánones». Y aquellos germanos feroces, que poco antes sólo en la sangre hallaban su alegría, se arrodillaban ahora a los pies de estas dulces maestras.

Pero no bastaba convertir a aquellos hombres, siempre dispuestos a volver a sus falsos dioses, a la rapiña, a la vida errante; era preciso arrancar de sus corazones las raíces del paganismo, más tenaces que las de la encina sagrada de Geismar. Para esto organizó Bonifacio la jerarquía episcopal, lanzó a sus discípulos en todas direcciones y estableció grandes monasterios, como los de Friztlar, Hersfeld, Fulda, Bischoffein, que debían garantizar la persistencia de su obra y ser, en las tierras evangelizadas, centros misionales, núcleos de vida estable y civilizada, refugio de los operarios evangélicos, focos de cultura, granjas agrícolas, puntos estratégicos de aquella conquista espiritual, graneros, escuelas y organismos industriales. Él mismo recorría el país, bautizando y predicando infatigablemente. Aún conservamos una colección de homilías en que se descubre la palabra viva y clara del apóstol, pero recogidas en latín para servir de modelo y como de manual a los sacerdotes encargados del ministerio. Al leerlas nos figuramos estar delante de aquellos neófitos groseros, tan ignorantes de las cosas humanas como de las divinas. Al hablar del misterio de Navidad, Bonifacio empieza diciendo que cuando nació Cristo había una gran ciudad que se llamaba Roma, y un jefe poderoso, llamado Augusto, pacificador de la tierra. Las grandes fiestas del año le dan ocasión para resumir en pocas palabras, pero con mucha sencillez, claridad y con calor, las principales verdades de la fe y los deberes más importantes de la vida cristiana. «Escuchad, hermanos míos—decía a los recién bautizados—y meditad atentamente qué es lo que acabáis de abjurar en el bautismo. Habéis renunciado al demonio, a sus obras y a sus pompas. ¿Cuáles son las obras del demonio? Son el orgullo, la idolatría, el homicidio, la calumnia, el odio, el perjurio, la fornicación, el adulterio y todo lo que mancha al hombre; son el robo, la embriaguez, el falso testimonio, las palabras vergonzosas, las querellas; son los sortilegios, las hechicerías, la creencia en los magos, en los hombres lobos y en el poder de los amuletos.»

Pero al mismo tiempo que propagaba la fe en aquellas regiones, en que nunca habían entrado las legiones romanas, Bonifacio pensaba en las iglesias que quedaban detrás de él, en las iglesias del reino de los francos, cuyos desórdenes, cuya desorganización, cuya anarquía le llenaban de pena. Se veían obispos que empuñaban la espada para vengar una injuria de familia en combate singular, y volvían luego tranquilamente a ofrecer el Sacrificio incruento. En las provincias del Rin parecía abolido el cristianismo, y los ídolos ocupaban en las iglesias el lugar de los santos. El arrianismo reaparecía en Baviera, inmigrantes africanos propagaban los dogmas maniqueos, y un irlandés llamado Clemente recorría las tierras de Suiza y el Luxemburgo predicando contra los Santos Padres y las tradiciones de la Iglesia. Había obispos de origen sospechoso, sacerdotes sin misión, siervos tonsurados, escapados de las tierras de sus señores; clérigos que salían, tambaleándose, de sus infames orgías para leer el Evangelio al pueblo; o administraban el bautismo después de haber inmolado el sacrificio del macho cabrío al dios Thor. Un seudoprofeta arrastraba a las muchedumbres distribuyendo reliquias, haciendo milagros fingidos, consagrando iglesias en su honor y leyendo una carta que, según decía, le había traído del Cielo un arcángel.

Esta situación alarmante llenaba de inquietud a Bonifacio. La tiranía de los grandes, la corrupción de los eclesiásticos, la audacia de los herejes y aquella mezcla extraña de errores gnósticos, de aberraciones místicas y de residuos paganos se le presentaban ahora como un enemigo más terrible que las idolatrías de los bárbaros del Báltico. Se necesitaba una represión enérgica; y éste va a ser el objetivo de su tercera misión. En 738 aparece de nuevo en Roma, acompañado de una multitud innumerable de francos, bávaros y anglosajones, que no quieren separarse de él un solo momento. El Pontífice y el pueblo romano le reciben en triunfo; visita las grandes iglesias de la cristiandad y vuelve armado de todos los poderes, con cartas para los príncipes, con órdenes precisas para los obispos y con facultad omnímoda para reformar, organizar y reconstituir la jerarquía en las tierras sujetas a los francos. Y empieza su obra con la misma actividad que cuando tenía treinta años. Pasa de Franconia a Baviera, de Austrasia a Neustria; reúne concilios en Septines, en Soissons, en Saizburgo; crea nuevas provincias eclesiásticas; depone obispos concubinarios, degrada sacerdotes intrusos, prohíbe a los clérigos el traje laico, la compañía de las mujeres, el uso de las armas, de las jaurías y de los halcones; prescribe a los monjes la observancia de la regla benedictina, renueva las penas de los cánones antiguos, prohíbe el incesto, el adulterio, la venta de esclavos y las viejas prácticas paganas. Todos los fieles debían saber la oración dominical y el símbolo, y en el momento de convertirse estaban obligados a renunciar «al demonio, a la comunión del demonio, a las obras y palabras del demonio, a Dunar, a Woden, a Saxnot y a todos los espíritus impuros que están con ellos».

En 748, Bonifacio considera terminada aquella restauración y establece su residencia en Maguncia; pero desde allí sigue velando por todos los intereses de la Iglesia. Creador de un mundo nuevo, legislador religioso de un Imperio, no olvida nunca su nombre católico. Su mirada parece fija en todos los puntos de la cristiandad. Se acuerda, sobre todo, de las iglesias de su patria, y con cartas admirables mantiene en ellas el fervor de la vida cristiana. Escribe al rey Etelbaldo, juguete de sus pasiones, con el acento del padre que sólo piensa en convertir al pecador. Le elogia primero por sus limosnas y su anhelo de justicia, pero se aflige al saber que un príncipe tan magnánimo deshonra el lecho conyugal con toda suerte de infamias. Le recuerda con gravedad de teólogo las amenazas de la Sagrada Escritura; le cita el ejemplo de los viejos sajones, entre los cuales la mujer adúltera se ve obligada a ahorcarse por su propia mano; le representa los castigos que la espada de los sarracenos acaba de hacer en España, y continúa: «Ten cuidado de que tu pueblo no se arruine con el ejemplo del que le gobierna. Porque si la nación de los anglos, según se dice en Francia, en Italia y hasta en los países paganos, vive una vida digna de Sodoma, sabed que de las entrañas de las prostitutas saldrá una raza degenerada, abyecta, de instintos perversos, inútil para la guerra, infiel a su palabra, abominable a los ojos de Dios y deshonrada ante los hombres.»

Vibra aquí el acento del patriotismo, la energía del apóstol y la prudencia del anciano. Nada de aquella debilidad que se ha reprochado al santo misionero. San Bonifacio sabe condescender, cuando las circunstancias lo exigen, pero sin apartarse nunca de la línea del deber. «Seamos firmes en la justicia—escribe a un obispo—, preparemos nuestros corazones a la prueba, confiando en Aquel que ha puesto la carga sobre nuestros hombros. Muramos, si Dios lo quiere, por las leyes santas de nuestros padres, a fin de merecer con ellos la herencia de la eternidad.» Este hombre, a quien se ha representado como un instrumento ciego de los Papas, a quienes importunaba continuamente con sus consultas, reveladoras—dicen—de un carácter apocado, no dudaba en reclamar enérgicamente contra los abusos de la cancillería romana y en estimular el celo de los Pontífices para suprimir ciertas costumbres de sabor idolátrico que se practicaban en Roma. «Que vuestra paternidad—escribía al Papa Zacarías—se digne disipar mi rudeza sobre este punto, a fin de evitar a la Iglesia, a los sacerdotes y al pueblo cristiano el dolor de ver nacer escándalos, cismas y errores nuevos. Porque si los hombres carnales, que nada saben, los alemanes, los bávaros, los francos, ven practicar públicamente en Roma lo que nosotros prohibimos como pecado, creerán que es una cosa permitida, se escandalizarán y nos considerarán como impostores. Es éste un gran obstáculo a la predicación, según la palabra del Apóstol: «Observáis los tiempos y los días a la manera de los paganos: temo haber trabajado inútilmente en vuestra salvación.»

En medio de tantas solicitudes, Bonifacio no olvidaba nunca las aficiones literarias de su juventud. Bajo el palio del arzobispo palpitaba el corazón del monje que había enseñado la gramática y la elocuencia, ejercitado las reglas de la prosodia y compuesto un tratado Sobre las ocho partes de la oración. El antiguo maestro mantiene ahora una asidua correspondencia literaria con sus discípulos y discípulas de otros días. No se contenta con pedirles libros de liturgia y de teología; se interesa por sus escuelas, por su progreso en la ciencia y por las nuevas obras que van enriqueciendo la literatura eclesiástica. Al obispo de York, Egberto, le pide que mande a Germania algunos de los opúsculos de Beda «el maestro ilustre que la fama le presenta como un espíritu enriquecido con los dones de la gracia divina; enviadnos—añade— esos libros para que nosotros gocemos de la luz que os ha dado el Señor». A cambio de estas obras que los obispos y los monjes sacaban de sus bibliotecas, enviábales él los productos de los países bárbaros: tejidos de pelo de cabra, pieles finas, abrigos para tener los pies calientes. Para los príncipes tenía regalos más preciosos: a Etelbaldo le enviaba un gerifalte, dos halcones, dos escudos y dos lanzas; a la reina, un peine de marfil y un espejo de plata. Todo en esa correspondencia refleja un espíritu delicado, que ni el aislamiento ni el comercio con los bárbaros ha podido alterar. Su estilo es natural, ajeno a la hinchazón de la literatura anglosajona de su tiempo. A veces descubrimos al gramático, y no sin deleite vemos al anciano recordar los juegos literarios de su juventud para felicitar en verso al Papa Zacarías su advenimiento al pontificado.

Pero tanto como en sus propias cartas, su alma se adivina en las cartas que le escribían desde el otro lado del mar. Para las monjas que allá quedaban, Bonifacio tenía toda la grandeza del héroe y del sabio. Le pedían un remedio contra la violencia de la tentación, le consultaban sus dudas interiores, le enviaban sus ensayos poéticos para que los corrigiese. Él, con palabras que revelan la bondad de su corazón, poníalas al tanto de sus conquistas, de sus trabajos y de sus luchas, y las pedía el apoyo de sus oraciones; ellas le hablaban de sus dolores y de sus deseos con toda la impetuosidad propia de aquella raza joven, ganosa de libertad y de fuerza. «No ceso de dar gracias a Dios—le escribía una hija del rey de Wessex—por haberse dignado llevaros tan misericordiosamente a través de tantos países desconocidos. Yo os admiro y os amo, y puedo aseguraros que ninguna revolución del tiempo podrá cambiar el estado de mi alma con respecto a vos. Con el portador de estas líneas os mando cincuenta monedas y un lienzo de altar. Es un don muy pequeño, pero ofrecido con grande amor.» Una monja, Lioba, «la amada», la santa Lioba, la que mereció descansar en un mismo sepulcro con el gran apóstol, le escribía antes de dejar el país natal: «Quiera Dios que, aunque indigna, me sea dado el honor de teneros por hermano, porque ningún hombre de mi familia me inspira tanta confianza como vos. Os envío un regalo para que sea a vuestros ojos el recuerdo de mi pequeñez y el nudo de una ternura que nos una en Cristo para mientras vivamos.» El desterrado de Germania, así se llamaba a sí mismo Bonifacio, contestaba con cartas ascéticas, con discursos religiosos, con poemas sobre las virtudes, en versos hexámetros; siempre amable, siempre agradecido a aquellos arranques de cariño sincero. «Buscad con inteligencia—les decía—dónde está la voluntad de Dios; obrad virilmente con la fuerza que da la fe; pero hacedlo todo suavemente y con caridad; y no os olvidéis de rezar por el último, el peor de todos aquellos a quienes la Iglesia romana ha confiado la predicación del Evangelio, para que cuando el lobo se presente no haga como un mercenario, sino que defienda, a ejemplo del Buen Pastor, la Iglesia católica con sus hijos e hijas contra los herejes, cismáticos e hipócritas.» Tal vez lo más bello en esta correspondencia es ese sentido profundamente humano de la vida, eso que alguien llamaría flaqueza, que nos encanta en los grandes corazones cristianos, como una prueba de que son corazones de carne y no de bronce.

Al examinar los trabajos de este gran apóstol, que igualan en audacia, en constancia y en actividad a las más grandes proezas de la conquista española, nos encontramos, no obstante, con un alma delicada, atormentada de escrúpulos y agitada por las inquietudes. Una y otra vez necesita tranquilizar su conciencia, y éste es el motivo de sus viajes a Roma y el objeto de varias de sus cartas. Se acusa ante el Papa de no haberse podido abstener del trato con los excomulgados, cuando las necesidades de las iglesias le han llevado al palacio de los príncipes. Le inquieta también la suerte de sus discípulos, de aquellos colaboradores abnegados que trabajan en el destierro, a merced de un pueblo semibárbaro. «Son monjes—escribía poco antes de morir—, son sacerdotes, son religiosos que predican la fe y sirven a Dios y enseñan las letras en los monasterios. Su vida en las fronteras de los paganos es muy pobre. Tienen pan, pero no podrán encontrar vestidos ni mantenerse en su puesto sin un consejo, sin un apoyo. Y yo quisiera que alguien velase por ellos, bien sea que tenga que vivir o que morir.»

Estas últimas palabras expresan el presentimiento del fin. No obstante, el apóstol seguía recorriendo los países germánicos. Sus últimos años los consagra a la tierra de Frisia, donde había derramado los primeros sudores. La recorrió en 753, organizando nuevas iglesias. Dos años más tarde quiso tentar un supremo esfuerzo. Tenía setenta y cinco años de edad, estaba enfermo, pero nada pudo detenerle. Puso en manos de su discípulo predilecto, San Lulo, su dignidad episcopal, dejó todas las cosas en orden y se despidió entre sollozos: «Yo me voy—exclamaba—, porque el día de mi tránsito se acerca. Deseo ansiosamente esta partida, y nada puede apartarme de ella. Así, pues, preparad todas las cosas, y en el cofre de los libros colocad el lienzo en que habéis de envolver mi cuerpo.» Tomó consigo algunos clérigos y monjes, y con ellos navegó hasta Utrecht. Habiendo empezado a predicar, muchos miles de hombres y mujeres recibieron el bautismo. Designóse el 5 de junio para la imposición de las manos. El tabernáculo que debía servir de iglesia se había levantado cerca de Dockum, a la orilla del río Burda. Todo estaba dispuesto para el sacrificio: los vasos, el altar, los vestidos pontificales. Faltaba la presencia de los catecúmenos, derramados por las cercanías. En su lugar, empezaron a aparecer hombres armados de lanzas y escudos. A media mañana la llanura estaba cubierta de guerreros. Los pajes, los neófitos y los clérigos corrieron a las armas, dispuestos a defender a su maestro, pero el hombre de Dios apareció a la puerta de la tienda, diciendo: «Dejad las espadas, hijos míos; acordaos que la Escritura nos enseña a devolver bien por mal. Este día es el que yo he deseado siempre, la hora de mi liberación. Sed fuertes en el Señor, esperad en Él, y Él salvará nuestras almas.» Apenas había dicho estas palabras, cuando una muchedumbre de bárbaros se arrojó sobre él y le mató. Después asaltaron las tiendas, derramaron el vino del sacrificio y echaron al aire los libros. Los cristianos recogieron el cuerpo del santo y le llevaron a Maguncia. Junto a él, y teñida con su sangre, se encontró una copia del libro de San Ambrosio sobre las Ventajas de la muerte.

Dios había reservado al gran apóstol una muerte digna de su vida. Nada falta a su gloria: ni el heroísmo del mártir, ni la intrepidez del misionero, ni la grandeza del obispo, ni la austeridad del monje, ni la bella aureola de gracia y de bondad con que supo plegarse a su época para dominarla. No se aisló como San Columbano; se hizo esclavo de todos, recogió todas las buenas inspiraciones, de dondequiera que viniesen, para hacer de ellas una realidad. Esto explica la eficacia de su obra, y aquí está su gloria más alta.

sábado, 4 de junio de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Querido hermano:
Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina.
Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír; y apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas.
Pero tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio. Pues yo estoy a punto de ser derramado en liberación y el momento de mi partida es inminente.
He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no sólo a mi, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación.

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.
Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca.
A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
“Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”.
Él les contestó:
“¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”
Pero ellos no comprendieron lo que quería decir.
Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.
Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Palabra del Señor.

San Quirino de Siscia

Después de ocho años de persecución, los perseguidores empezaban a cansarse. Los tiranos eran menos exigentes, menos crueles los verdugos y menos vigilantes los carceleros. Los cristianos condenados a las minas podían reunirse después de sus trabajos para cumplir con sus deberes religiosos; surgían las antiguas iglesias a la vista misma de los poderes públicos, y en España, gobernada por el joven cesar Constantino, la paz religiosa había empezado ya. No faltan, sin embargo, todavía ilustres víctimas; y entre ellas es digno de recuerdo, por la belleza de las actas que nos recuerdan su martirio, Quirino, obispo de Siscia, en Panonia. Sabiendo que la policía le buscaba, Quirino abandonó la ciudad, pero descubierto algún tiempo después, fue llevado a presencia de un magistrado municipal que se llamaba Máximo. Procedióse al interrogatorio.

—¿Por qué huías?
—No huía; cumplía sencillamente la orden del Señor, que nos dice: «Si os persiguen en una ciudad, dirigíos a otra.»
—¿De quién es ese precepto?
—De Cristo, que es verdadero Dios.
—Por lo visto, no sabes que los edictos de los emperadores llegan a todos los puntos de la tierra, mientras que ese a quien tú llamas verdadero Dios no podrá librarte de nuestras manos, como no ha podido impedir que cayeses en ellas.
—El Dios a quien adoramos—respondió Quirino—jamás nos abandona; puede socorrernos en todo momento; cuando me cogieron tus gentes estaba conmigo, en este momento me ayuda y me conforta, y es Él quien habla por mi boca.
—Hablas demasiado, como si quisieras eludir la orden de los emperadores; lee sus divinos decretos y obedécelos.
—No puedo obedecer la orden de los emperadores, porque es sacrílega; no puedo inmolar a vuestros dioses, porque no existen. El Dios a quien yo sirvo está en el Cielo, en la tierra y en el mar; está en todo y sobre todo; lo contiene todo, porque todo ha sido hecho por Él y todo está en Él.
—Has vivido demasiado y aprendido muchos cuentos. Aquí tienes el incienso; si te niegas a hacer un acto de piedad, serás atormentado y sufrirás una muerte atroz.
—Los tormentos serán para mí una gloria; y en cuanto a la muerte, si es que soy digno de ella, será el principio de una vida inmortal. Quiero ser piadoso con Dios, pero no con los dioses. No creo en dioses, que no existen, ni quiero quemar incienso en el altar de los demonios. Mi Dios tiene su altar, en el cual se consuma un sacrificio de agradable olor.
—Estoy viendo que con esa locura vas derecho a la muerte. Sacrifica.
—No sacrifico a los demonios; está escrito que el que sacrifica a los dioses perecerá.

Máximo hizo que azotasen al mártir, y después le dijo:

—Reconoce que los dioses del Imperio son poderosos. Si obedeces, serás nombrado sacerdote de Júpiter; si no, te enviaremos al prefecto Amancio, y entonces nadie te librará de la pena capital.
—Yo ejerzo un sacerdocio; soy sacerdote si me ofrezco en sacrificio al verdadero Dios. Habéis maltratado mi cuerpo, pero no creáis que sufro; me alegro de ello. Estoy pronto a tolerar suplicios mayores, para que aquellos cuyo cuidado he tenido en este mundo me sigan a la vida eterna, a la cual lleva este camino tan sencillo.
—Que sea encadenado y llevado al calabozo—dijo el magistrado.
—No temo la cárcel ni los hierros—replicó Quirino—. La luz de mi Dios me acompañará en la oscuridad.

En la cárcel, el obispo convirtió al carcelero Marello y le signó en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. A los tres días le sacaron para llevarle a la presencia del prefecto de Panonnia. Iba encadenado; a su paso, los cristianos, y en especial las mujeres, salían a su encuentro, presentándole manjares y bebidas exquisitas, que él tomaba sonriente y agradecido. El prefecto Amando le recibió en Sabaria, una ciudad cercana al Danubio, donde un año más tarde nacería San Martín, el apóstol de las Galias, y quiso que la audiencia se celebrase en el teatro.

—Dime—preguntó—, ¿es verdad lo que me dice el magistrado Máximo?
—He confesado al verdadero Dios en Siscia—dijo Quirino—; le he servido siempre, le llevo en mi corazón y nadie podrá separarme de Él.
—Me duele—continuó Amancio—humillar a un anciano como tú con las varas; quisiera hacerte entrar en razón benignamente, a fin de que goces de paz en tus últimos años.
—No te inquietes por la edad, que una fe indomable puede hacer más fuerte que todos los suplicios. Mi resolución está tomada, obra tú como te parezca.
—No entiendo—repuso Amancio—. Tu actitud es contraria a la manera de obrar de los hombres. Son muchos los que por evitar el suplicio reniegan de su pasado; tú, en cambio, renuncias al reposo amable en que se deslizaban tus días y corres con ardor a la muerte. Es una locura, créeme; obedece a las leyes romanas y no resistas a nuestros emperadores.
—No puedo obedecer a esas leyes, porque sigo los preceptos de Cristo que yo enseñaba a los fieles; por lo demás, tus razones podrían convencer a ciertas inteligencias débiles que aspiran a prolongar una vida miserable; no a mí, que he sido instruido por Dios en la esperanza de una vida mejor, que ya no teme las acometidas de la muerte. Esa vida es la que yo amo, y a ella me dirijo tranquilamente.
—Bueno—terminó el prefecto—; he perdido bastante tiempo contigo. Quiero hacer en ti un escarmiento, a fin de que los que quieran vivir queden espantados con tu muerte.

Y mandó que le atasen al cuello una rueda de molino y que lo arrojasen al río. Lanzáronle desde un puente; pero él permaneció largo tiempo flotando sobre las aguas, hablando a la multitud y diciéndola que no se doliese por su suerte. Después clavó por última vez sus ojos en el Cielo y se hundió.

Esto era a mediados de junio del año 310, cuando los que habían desencadenado la última persecución empezaban a sentir el peso de la venganza divina. Maximino preparaba en Oriente el veneno que había de necesitar algo más tarde para escapar al suplicio. Galerio se pudría en su palacio de Sárdica con la enfermedad hedionda de los perseguidores: el fuego consumía sus entrañas, gusanos repugnantes corrían por sus carnes y un olor de cadáver salía de su cuerpo vivo. Un perseguidor del siglo II, atacado de la misma dolencia, había dicho estas palabras: «No publiquéis lo que sufro, para que no se alegren los cristianos.» Perú Galerio, cuando vio su cuerpo deformemente hinchado por la parte superior, y por la inferior convertido en un esqueleto, sintió, como en otro tiempo Antíoco, la necesidad de tratar con Dios. Fue un arrepentimiento interesado y cobarde. «Yo restableceré el templo de Dios—gritaba en el paroxismo de los dolores—; yo satisfaré por mis crímenes.» Y acabó por publicar aquel edicto de tolerancia, insolente y suplicante a la vez, en el cual, queriendo cubrir con un lenguaje hipócrita la confesión de su derrota, comenzaba insultando a los cristianos y terminaba pidiéndoles rezasen por él. Entre tanto, Maximiano Hércules erraba a través de la Galia intrigando y conspirando. Perdonado una vez por Constantino, siguió abusando de la clemencia. Fue preciso tratarle con rigor; se le permitió escoger el género de muerte, y acabó colgándose. Sus imágenes fueron destruidas en todo el Imperio. Y con ellas cayeron también las de Diocleciano. Al saberlo, el pobre solitario de Salona corría como loco por las galerías de su morada suntuosa, lloraba inconsolable, se arrastraba por el suelo y se negaba a tomar todo alimento. Había comenzado su agonía; pero estaba .escrito que debía vivir lo suficiente para ver destruida su obra, execrado su nombre y triunfante el cristianismo, «Al mes del edicto de Milán, dice Lactancio, moría de hambre y de tristeza.»

viernes, 3 de junio de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Esto dice el Señor Dios:
«Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré. Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré, sacándolo de los lugares por donde se había dispersado un día de oscuros nubarrones.
Sacaré a mis ovejas de en medio de los pueblos, las reuniré de entre las naciones, las llevaré a su tierra, las apacentaré en los montes de Israel, en los valles y en todos los poblados del país. Las apacentaré en pastos escogidos, tendrán sus majadas en los montes más altos de Israel; se recostarán en pródigas dehesas y pacerán pingues pastos en los montes de Israel.
Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar—oráculo del Señor Dios—.
Buscaré la oveja perdida, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia».

Hermanos:
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo!
Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos, salvos por su vida!
Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos y a los escribas esta parábola:
—«¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una, de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra?
Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice:
“¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse».

Palabra del Señor.

San Juan Grande

Juan Grande nace en Carmona, el 6 de marzo de 1546. Fue hijo de Cristóbal Grande, herrero, y de Isabel Román. Con siete u ocho años entró al servicio de la parroquia de San Pedro, donde se había bautizado, como acólito o niño de coro, y queda memoria de que ya para entonces era patente a todos su buena índole y su piedad.

Muerto su padre en 1557, su madre se volvió a casar, esta vez con Cristóbal de Fontanillas, que lo trató bien y lo quiso. Su madre y padrastro llevaron a Juan a Sevilla para que aprendiera el oficio de pañero con un mercader de la calle de Escobas. Aquí estuvo cuatro años haciendo su aprendizaje y ganándose la voluntad del mercader que apreciaba en mucho la bondad y dulzura del muchacho. Quiso retenerlo consigo, pero su madre, al terminar el aprendizaje, le hizo regresar a Carmona, donde empezó a vender telas por las calles de la población.

No llenaba este oficio el alma de Juan, que se sentía llamado a cosas mayores, aunque aún no supiera a qué. Además tenía miedo de que el comercio de telas le obligara a mentir y ofender a Dios. Estando en el puerto de Sanlúcar de Barrameda para la adquisición de telas, por no mentir sufrió graves pérdidas en su negocio, y decidió abandonarlo seguidamente. Perseveró de momento en su casa, dedicado a la piedad y la vida retirada, hasta que decidió abandonar el hogar familiar y marcharse a Marchena, entregándose a la oración en la ermita de Santa Olalla. Aquí llega a la conclusión de que debe consagrarse a Dios por completo, vivir una vida de castidad, pobreza y austeridad, mudando nombre y hábito: se pone el apelativo de Juan Pecador y en adelante viste una túnica basta, descalzo y sin sombrero, siendo muy frugal en la comida y muy parco en el sueño.

Se pregunta luego cómo servirá al Señor, y al encontrar unos ancianos abandonados, se dedica a su servicio, llegando a la convicción de que Dios lo quiere siervo de los pobres. Y por último decide que no servirá a Dios en Carmona, sino en Jerez de la Frontera, ciudad con la que ningún vínculo humano lo unía.

Juan debió llegar a Jerez a finales de 1565, dedicándose primero, por consejo de un padre franciscano, a atender a los presos pobres. Para ellos pide limosna por las calles y los socorre abundantemente. Se acredita tanto que el propio alcaide de la cárcel lo invita a que viva en la misma y así esté más cercano a los presos. Andando por la ciudad cae en la cuenta de que había muchos enfermos abandonados que reclamaban una atención especializada, y esta convicción se le hace más clara cuando, estando en su habitación de la cárcel, tiene la visión de Cristo, todo lleno de llagas, que le dice: Cúrame en mis pobres y sanaré con ellos. Se decide entonces por la hospitalidad de pobres, que será su definitiva vocación.

Estuvo primero encargado del pequeño hospital de los Remedios y, cuando se ve obligado a abandonarlo, se encarga del llamado de San Sebastián o de Letrán (1567). En 1572 llega a un acuerdo con la Hermandad de Letrán para edificar un nuevo hospital en terrenos de la misma, ampliando el hospital existente, y lo dedica a la Virgen de la Candelaria (-2 de febrero).Estaba en plena construcción del hospital cuando se entera de que el papa San Pío V (-30 de abril) había aprobado la Orden de Juan de Dios, dándole la regla de San Agustín y aprobando las costumbres y modo de vida de los seguidores de Juan de Dios. Juan Grande viajó a Granada en 1574, ingresó en la nueva congregación y profesó en ella.

Vuelto a Jerez, logró que el hospital fuera agregado a la orden hospitalaria y abrió en él un noviciado en el que preparó a numerosos jóvenes para la vida religiosa de la hospitalidad.

En 1593, el arzobispo de Sevilla, cardenal Rodrigo de Castro, que lo estimaba altamente, le encomendó la ejecución de la reducción de hospitales, concentrando en sólo tres los muchos existentes hasta entonces y que carecían de eficacia. Juan puso lo mejor de sí en realizar una dura tarea que significó una evidente mejora en la hospitalidad jerezana. Recibió duras criticas y persecuciones, que soportó con ánimo firme.

Juan llevó un género de vida admirable, que a sus contemporáneos les resultaba como milagroso. Dormía en el suelo, después de una jornada de grandes trabajos, y trataba su cuerpo con aspereza, siendo frecuentes sus ayunos, abstinencias, disciplinas y cilicios. Llevaba una intensísima vida interior, dedicando cada día varias horas a la oración, en la que con frecuencia quedaba en éxtasis por la fuerza de su comunicación con Dios.

Además de atender con exquisito amor a los enfermos de su hospital, a quienes trataba como a sus verdaderos señores, realizaba todo tipo de obras de misericordia: daba comida abundante a los pobres, vestía a los mendigos, los hospedaba de noche en una sala del hospital para que no durmieran al raso, visitaba los enfermos por las casas, daba catecismo a los niños, pedía limosna por las calles y campos de la ciudad, recibía innumerables visitas que le pedían consuelo en sus tribulaciones o consejo en sus problemas, y él repartía a manos llenas el consuelo y la fortaleza de que estaba tan dotada su alma. Hacía un continuo apostolado con las mujeres públicas, logrando sacar de esta vida a muchísimas de ellas.

Era devotísimo de la pasión del Señor y de la Eucaristía, que recibía con gran frecuencia; y no menos de la Virgen Mara, a la que amaba tiernamente y a la que diariamente le rezaba las tres partes del rosario. Fue notable su pureza y castidad, llegando a decir su confesor que había muerto sin haber perdido la inocencia bautismal.

Logró que su orden se extendiese a las poblaciones cercanas a Jerez, como Sanlúcar, Arcos, Villamartín, Medina Sidonia, el Puerto de Santa María y Cádiz, y eran muy apreciados los religiosos formados por él en todos los hospitales. Uno de ellos, fray Pedro Egipciaco, llegará a ser el primer general de la congregación española de su orden.

Su muerte fue consecuencia de haberse contagiado por asistir a los apestados en una fuerte epidemia que hubo en Jerez, en la primavera del año 1600. Juan se contagió y cayó enfermo en la calle el día 26 de mayo. Llevado a su celda, languideció en ella a lo largo de los días, ofreciendo a Dios su vida por el cese de la epidemia. Murió solo en su celda al mediodía del sábado 3 de junio de ese año. Al día siguiente fue enterrado en una fosa del corral del hospital, siendo llevado hasta allí arrastrado con una soga.

Un año más tarde sus restos fueron llevados con todos los honores a la iglesia de su hospital. En 1629 comenzó su causa de beatificación. Sus virtudes fueron declaradas heroicas en 1775 y fue beatificado por Pío IX el 13 de noviembre de 1853. Por fin, el 2 de junio de 1996, el papa Juan Pablo II lo inscribía en el catálogo de los santos.

Erigida la diócesis de Jerez en 1980, lo declaró su patrono, siendo este patronato confirmado por la Santa Sede el 10 de diciembre de 1986.

jueves, 2 de junio de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Querido hermano:
Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según mi Evangelio, por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada.
Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, y la gloria eterna en Cristo Jesús.
Es palabra digna de crédito:
Pues si morimos con él, también viviremos con él. Si perseveramos, también reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará.
Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo.
Esto es lo que has de recordar, advirtiéndoles seriamente delante de Dios que no discutan sobre palabras; no sirve para nada y es funesto para los oyentes.
Procura con toda diligencia presentarte ante Dios como digno de aprobación, como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, que imparte con rectitud la palabra de la verdad.

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
-«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús:
-«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. “ El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó:
-«Muy bien, Maestro, si duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
-«No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor.

Mártires de Lyon

Corría el año 177 de nuestra Era; y con él, a su postrimería, corrían los días de Marco Aurelio, emperador meditabundo. La inminencia de la celebridad anual que en Lyon, ciudad cabecera de la Galia, situada en la confluencia del Saona y del Ródano, se solemnizaba todos los años en las calendas del mes sextil (agosto), reunía en derredor del altar de Roma y de Augusto a los legados de las tres Galias. En esta famosa conmemoración, las jóvenes y aguerridas cristiandades de Lyon y de Viena del Delfinado sostuvieron una serie de luchas cruentísimas y triunfales. Lavaron sus estolas en la sangre del Cordero y volaron a los brazos de Cristo con alas plateadas de paloma. De los episodios de estas luchas nos queda una relación auténtica pormenorizada, salvada por Eusebio en el libro V de su Historia eclesiástica, que yo —spatiis exclusus iniquis— me veo forzado a resumir.

 Los siervos de Cristo que habitan Viena y Lyon, en la Galia, a sus hermanos del Asia y de la Frigia, que profesan la misma fe e idénticas esperanzas en la redención que nosotros, paz, gracia y gloria de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Nuestro Señor.

 ... No tenemos palabras con que expresar en este mensaje la intensidad de la opresión y la saña de los gentiles contra los santos y los tormentos que los bienaventurados mártires soportaron. El Fuerte Armado descargó en nosotros toda la furia y el poder de su brazo. Se nos echó de nuestras casas, se nos privaron los baños, el foro y hasta la pública convivencia. Con todo, la gracia de Dios combatió contra ellos; alejó a los débiles; pero quedaron enhiestos y firmes los sólidos pilares de la fe, que demostraron que las tribulaciones temporales no merecen consideración ante la perspectiva de la gloria que en nosotros será revelada. La plebe frenética les infligió toda suerte de sevicias: escarnios, golpes, lapidaciones y cárcel indistinta; mientras no llegaba el gobernador...

 Fueron interrogados por este orden:

 Vetio Epagato, el más conspicuo de nuestros hermanos. Había llegado a la plenitud del amor de Dios y del prójimo, y hervía de Espíritu Santo. Varón representativo en nuestra comunidad, no se avino al expeditivo procedimiento y reclamó que se le oyera; la plebe aulló; el presidente se limitó a la pregunta escueta: "¿Eres cristiano?" Su respuesta fue afirmativa y tajante: "Soy cristiano". La pequeña grey fiel le calificó de paráclito de la cristiandad lionesa.

 ... En las detenciones en masa de fieles de ambas iglesias, que de día en día y con ritmo creciente íbanse haciendo, como la cizaña en el trigo, anduvieron mezclados con los santos algunos paganos que estaban al servicio de los nuestros; los cuales, caídos en la paranza de Satán, declararon que nosotros hacíamos cenas como las de Tiestes e incestos como los de Edipo. Entonces pareció tener realidad la palabra evangélica: Día vendrá cuando el que os diere muerte creerá haber rendido culto a Dios.

 ... Llegó el segundo interrogatorio de mártires, iniciado por Vetio Epagato. Abriólo el diácono de Viena (del Delfinado), Santo de nombre y de vida; siguió el de Maturo, simple neófito pero invencible púgil; continuó Atalo, originario de Pérgamo, columna y sostén de la cristiandad lionesa, y Blandina finalmente. En ella Cristo hizo gallardísimo alarde de que lo que es ruin y rahez, sin atractivo físico, desdeñable a los ojos de los hombres, se juzgó digno de gloria muy grande ante el acatamiento dé Dios. Todos nosotros recelábamos, y hasta su propia ama según la carne, que estaba con nosotros, mártires designados, que Blandina no pudiera dar testimonio de su fe, tanta era la flaqueza de su cuerpo. Para acabar con ella los verdugos se relevaban; a cada momento parecía que iba a quebrarse el tenue hilo de su vida; mas en la confesión se rejuvenecía y para ella constituía una insuflación de nueva vida decir: Soy cristiana; y nosotros no hacemos ningún mal. Y en diciéndolo parecía embellecerse.

 Santo, de Viena, se mantuvo firme como un risco marino en medio del oleaje, combatido de sal asidua. No se dignó decir su nombre, ni el de su nación, ni el de su ciudad, ni su condición de esclavo o libre, ni su grado eclesiástico. A todas las preguntas capciosas contestaba en latín paladino: Soy cristiano. A las más delicadas partes de su cuerpo aplicáronsele láminas de bronce al rojo. Santo perseveró inconmovible en su silencio y en su confesión. La fuente de agua paradisíaca que brotó del costado de Cristo le comunicaba refrigerio y reciedumbre. También la tortura para él era fuente de juventud.

 ... En gran ansiedad y congoja teníamos el caso de Biblis, dama conspicua de nuestra cristiandad, que en el primer asalto de terror había renegado. Creídos estábamos que Satanás la había ya engullido; mas el asalto segundo la despertó de su ceguera y de su momentánea embriaguez. Aquel dolor pasajero hízola pensar en la gehena de fuego; y con vehemencia echó en rostro a los calumniadores: ¿Cómo podéis pensar que esta gente coma carne de niños si les está mandado abstenerse de sangre de animales? Biblis abjuró de su abjuración y se sumó al grupo de los mártires.

 ... Satanás inspiró a los verdugos una nueva suerte de martirio exangüe: el encierro colectivo y promiscuo en noche perpetua de una zahurda más que plutónica, con ambos pies en un cepo, separados el uno del otro hasta el quinto agujero. En número muy grande, anónimamente, murieron de asfixia en aquellas tinieblas palpables, irrespirables; y sus almas volaron en canoros bandos, como alondras, al aire vivo del amanecer, allá, hacia la esfera que huye más del suelo...

 ... El bienaventurado Potino, a quien el Espíritu confiara el episcopado de Lyon, había ya colmado la rotación de nueve decenios. Era como un ángel que hubiese envejecido. Apenas respirar podía. Fue sacado de las tinieblas y arrastrado por la venerable melena al tribunal. El gobernador le preguntó cuál era el Dios de los cristianos. Respondió: Si tú lo merecieras le conocerías. Atado de manos y pies, por que no huyese, saturado de oprobios se le volvió a sepultar en la carcenal negrura y en el aire irrespirable. Dos días después, silenciosamente como un ave cautiva, dio suelta a su acérrimo espíritu aleluyante.

 En la tartera confusión de la mazmorra, en desconcertante promiscuidad, andaban mezclados los creyentes y los renegados a quienes la apostasía de nada les valiera. En este comedio iba a producirse una poderosa intervención de Dios y una inconmensurable misericordia de Jesús. Quienes tras el primer arresto habían renegado de su fe compartían los sufrimientos con los que la habían confesado. Aquellos permanecían detenidos por sospecha de las cenas de Tiestes y de los incestos de Edipo, y su castigo había de ser más fiero que el de los cristianos partícipes de sus cadenas. Roíales trágicamente la conciencia de su cobardía, al paso que los cristianos exultaban por la proximidad de su liberación y por beber el cáliz inebriante del martirio.

 ... Maturo, Santo, Atalo y Blandina fueron excarcelados; vencedores de la sevicia de los hombres, iban a encararse con la voracidad de las fieras. Este era el postrer y sensacional programa de los festivales olímpicos con que las tres Galias solemnizaban las calendas de agosto, en derredor del altar de Día Roma y de Augusto, en el cerco del anfiteatro.

 A Maturo y Santo sólo les faltaba la postrera fase del combate para merecer la corona incorruptible: sufrieron azotes, zarpazos y dentelladas de bestias, todos los crudelísimos antojos de una multitud delirante. Ambos se ofrecieron en espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres. De Santo no se oyeron más palabras que las de su confesión: Soy cristiano. Maturo soportó toda la variedad de luchas que se veían en los gladiadores profesionales.

 Quedaba Atalo como olvidado. El populacho, que harto bien le conocía, le reclamó a gritos. Se le hizo dar la vuelta al ruedo, con un letrero infamante: ¡Atalo, cristiano! Enteróse el gobernador de su condición de ciudadano de Roma. Tuvo escrúpulos el melindroso gobernador; determinó que se le devolviera al báratro infernal del que se creía ya redimido, mientras consultaba con el emperador qué debía hacerse con ese delincuente honrado. Esta obligada demora no fue ni inútil ni estéril. En este lapso de tiempo la inconmensurable misericordia de Cristo tuvo una espléndida manifestación en la misma cárcel. Los vivos vivificaron a los muertos. Allí estuvo el dedo de Dios. Esta mudanza ocasionó un júbilo inenarrable de nuestra Madre Virginal. El milagro fue que quienes anteriormente renegaron de Cristo quisieron de nuevo medirse con el perseguidor; se reanimaron a nueva vida. Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se enmiende y viva, les tornó sabroso y fácil el regreso a la casa del Padre de familia.

 En el ínterin llegó la orden del César: Decapitación para Atalo, ciudadano romano; para los restantes, la voracidad de las fieras. Cristo fue magníficamente glorificado por quienes le negaron; y su Iglesia les incorporó en el ejército de mártires que visten túnicas blancas. Mientras duró el interrogatorio individual Alejandro, de nación frigio y médico de profesión, avecindado de muchos años en la Galia lionesa, conocido y amado de todos por su amor a Dios, por su libertad de palabra, copiosamente dotado del carisma apostólico, de pie cerca del tribunal, exhortaba con señas a los interrogados que proclamasen su fe. Se le culpó de haber sido él quien promovió aquella retractación colectiva. Se le preguntó que quién era, respondió: Cristiano. Fue condenado a las bestias.

 Dios, que eligió lo más flaco de este mundo para confusión de lo más fuerte, había reservado para la lucha final a dos seres entecos. Blandina fue sacada al anfiteatro, llevando de la mano a Pontico, mozuelo en su primer bozo, de quince años escasos. Con refinadísima perversidad todos los días se les había sacado por que viesen los suplicios de sus hermanos en la fe. La plebe, ebria y sedienta de sangre, no se apiadó de la niñez del muchacho venerando ni respetó el augusto carácter de la mujer. Ambos recorrieron todo el ciclo de los tormentos. A Pontico infundíale bríos la muchacha. Pontico le precedió en la muerte y en la liberación.Libróse, como gamo, del cazador; como pájaro, del lazo del parancero.

 Quedaba Blandina, la última de todos, madre virgen y feliz de haber enviado al Rey de los siglos, inmortal e invisible, a muchos hijos victoriosos. Sobreabundaba de gozo como partícipe en un festín nupcial. Recorrió toda la cadena de los tormentos ya conocidos y superados. Se la brindó, por fin, a un toro furioso, que, como arista leve, la proyectaba hacia arriba, como en un ansia de vuelo y de cielo... Fue inmolada por fin.

 Los cadáveres de los mártires de Lyon, durante seis días, quedaron insepultos, en la gran inverecundia de la muerte, bajo las miradas de Dios y el estupor de los cielos. Incinerados al fin, llevó solemnemente al mar sus pavesas leves el Ródano sonoroso y raudo, fluviorum rex, majestuoso rey de los ríos de Francia.

miércoles, 1 de junio de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios para anunciar la promesa de vida que hay en
Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo
Jesús, Señor nuestro.
Doy gracias a Dios, a quien sirvo, como mis antepasados, con conciencia limpia, porque te tengo siempre presente en mis oraciones noche y día.
Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.
Así pues no te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero.; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.
Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.
De este Evangelio fui constituido heraldo, apóstol y maestro. Esta es la razón por la que padezco tales cosas, pero no me avergüenzo, porque sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para velar por mi depósito hasta aquel día.

En aquel tiempo, se acercan a Jesús unos saduceos, los cuales dicen que no hay resurrección, y le preguntan:
-«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, que se case con la viuda y dé descendencia a su hermano.”
Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer.
Cuando llegue la resurrección y resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella».
Jesús les respondió:
-«¿No estáis equivocados, por no entendéis la Escritura ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del cielo.
Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”? No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados».

Palabra del Señor.

San Justino

San Justino, hombre de su tiempo, fue filósofo, santo y mártir. Tres dimensiones de la vida humana, cada una de las cuales es suficiente para dignificarla si se realiza con plenitud, conciencia y autenticidad. San Justino cumplió con las tres. Como filósofo, amó la verdad y se entregó a su estudio; como santo, respondió con virtudes a la gracia suficiente, difundiendo la verdad con el ejemplo de su vida tanto o más pulcramente que con sus escritos, con ser éstos, en la opinión de algunos críticos, muy bellos. Su estilo literario es, a decir verdad, harto discutible; su estilo de vida es, sin lugar a dudas, admirable. Como mártir, confesó con valentía y serenidad, pero sin jactancia, su fe en Jesucristo, negándose a sacrificar a los ídolos.

 Había nacido en Flavia Neápolis, en los primeros años del siglo II. Flavia Neápolis es la moderna Naplusa, Nabulus o Nablus. El nombre se lo dio a la ciudad Flavio Vespasiano al apoderarse de ella el año 72. El nombre samaritano primitivo fue Siquem; estaba considerada corno uno de los puntos más fértiles y hermosos de la Palestina central. Ciudad ancha y fecunda, centro de heredades bíblicas, granero y fortaleza. Veinticinco mil habitantes cuenta. En el siglo II, cuando San Justino nace, se mezclan judíos de origen, resentidos y torvos, con colonos paganos, orgullosos, privilegiados y en expectativa.

 El nombre Justino, aunque de clara ascendencia samaritana, no engaña a los naturales. Denuncia el origen de la tierra, pero no supone ascendencia judía del linaje. Abuelo y padre de Justino fueron, a buen seguro, gentiles. Nuestro Santo parece tenerlo a gala, fundándose en la mejor disposición que muestran los paganos en abrazar la fe de Cristo y en la más firme voluntad para defenderla que la que demostraban los judíos.

 San Justino parece como un primer anuncio de San Agustín. Su itinerario intelectual es muy semejante, y representa entre los apologetas lo que San Agustín significará, con majestad, entre los Padres de la Iglesia.

 De la corteza de la lengua griega pasa, afilándola, al corazón de las ideas, sin que las bellezas literarias, que le cantan al oído, le encanten o detengan en la penetración de la verdad,

 Sigue en el estudio y en la persecución de la verdad el camino que le señala la sinceridad de la búsqueda. Lee y escucha a los estoicos, porque es el sosiego del alma lo que busca, y en ellos parece que podrá encontrarlo; pero no alcanza la paz consigo mismo porque algo más hondo le grita. Es el primer destello de Dios en el alma de Justino. Un Dios presentido y querido, que los estoicos no aciertan a escuchar. Después asistirá a las lecciones de los peripatéticos, pitagóricos y platónicos, sin que la inteligencia de sus textos ofrezcan al corazón de Justino el fervor que el corazón le pide, y sin que el corazón entregue a la inteligencia la claridad y el amor que solicita.

 Lo que no consigue la ciencia de los sabios lo logrará el ejemplo, la constancia y la fortaleza de los humildes. Justino advierte en los mártires cristianos cómo la ciencia vana se transforma en sabiduría plena. Al profundizar en las razones misteriosas que ordenan la formación de ejércitos de mártires y la sucesión de los tiranos en los primeros siglos del cristianismo convendrá no echar nunca en olvido la gracia santificadora de los tormentos, derramándose por todos los miembros de los que buscan la verdad por caminos de buena voluntad. La persecución de Adriano y la divinización de Antinoo pudieron abrir, en invitación sobrenatural, los portones del alma de Justino a la recepción de la gracia de la fe. "Cuanto más se nos persigue —dice en el Diálogo con Trifón— tanto mas crece el número de los que se convierten a la fe por el nombre de Jesús. Nos sucede como con la cepa, a la que se podan los sarmientos que han dado ya fruto para que broten otros más vigorosos y lozanos. La viña plantada por Dios y por nuestro Salvador Jesucristo es su pueblo. No hay quien amedrente o reduzca a servidumbre a los que por todo el ámbito de la tierra creemos en Jesucristo."

 El fenómeno de la conversión del hijo de Presco a la gracia sobrenatural del cristianismo, algunos años antes de cumplir los cuarenta, la edad de la gracia natural del filósofo, que diría Platón, sólo se explica suficientemente por la virtud y eficacia misteriosa de la gracia divina, es cierto; pero en las galerías del alma de Justino oímos cómo discurren los pasos de la sinceridad, de la inteligencia, del ejemplo de los mártires en vida y en muerte, de la meditación silenciosa, de la vigilancia de las pasiones y, finalmente, de la lectura de los profetas. Estos pasos andados con humildad ensanchan su mirada y ahondan sus ecos hasta llegar a la fuente divina de la voz primera y esencial. En efecto, Justino abraza el cristianismo sin tener por ello que abandonar la filosofía, sin apagar sus fervores didascálicos, sin renunciar su pujante vitalidad, sin contradecir a la fe con la razón ni humillar a la razón con la fe.

 Justino, convertido al cristianismo, no desfallece en la búsqueda iniciada de la verdad —conviene repetirlo— ni abandona la filosofía. Este es el alcance que hay que dar a muchas de sus frases entusiásticas y que, lejos de racionalizar la fe, lo que señalan es la posibilidad racional de alcanzarla y la injusticia que supone atacarla. La filosofía no depone contra la fe, sino que el vivir en la fe delata una excelsitud sobre el mero pensar filosófico. En San Justino la fe es siempre un don de Dios, original y sobrenatural. Se opera en Justino una transformación. Es como una elevación del sentido, como un ahondamiento por profundidades, como una transverberación de luces inéditas y sobrenaturales en la constelación intelectual de sus conocimientos anteriores. La conversión al cristianismo le ha enseñado para qué sirve la vida, le ha descubierto una nueva faz de la verdad, le ha iluminado y enfervorizado el anhelo. Lejos de despreciar lo sabido, lo tiene en más, como si el cristianismo fuera la coronación de todos los saberes, por su superación sobrenatural. "He procurado —dice al prefecto Rústico-- adquirir conocimiento de todo linaje de doctrinas, pero sólo me he adherido a las doctrinas de los cristianos, que son las verdaderas, aunque no sean gratas a quienes siguen falsas opiniones."

 Antes de convertirse su alma era como un desierto, ahora es como una antorcha; y abre escuela en Roma para mostrar y demostrar que la filosofía o conduce a la fe en Jesucristo, Verdad verdadera, voz entre los ecos, plenitud de tiempo y verdades, o se convierte en retórica vana. Para nuestro Santo la verdad que persigue la filosofía es una fuerza luminosa y penetrante. Pero no por ello le entregará las llaves de la fe. Grande es, ciertamente, Sócrates —nos dice—; pero a Sócrates nadie le ha creído hasta el punto de dar su vida por mantener esta doctrina. Por la de Cristo, sí; dan su vida los filósofos, los sabios, los artesanos y los humildes. Y ésta es la doctrina a que aspiran los hombres: una verdad por la que valga la pena morir, si llega el caso.

 San Justino sabe muy bien que no ha sido la filosofía la que le ha abierto el cielo de su alma, pero no ignora tampoco que la filosofía no es obstáculo para abrazar la fe, y defiende que una filosofía con fe es una filosofía auténticamente humana. San Justino se percató de que cabe hablar de una filosofía cristiana, pues la razón sólo engendra monstruos cuando con ella se comete la monstruosidad de oponerla a la fe en Cristo. Tan fuerte es esta convicción en San Justino que llega a considerar como un deber de filósofo cristiano el predicar la fe con los medios de expresión de que cada uno dispone y que resulten inteligibles y comprensibles. El se vale de expresiones platónicas. Sólo si algún filósofo arremete contra la fe en nombre de la filosofía impugnará al filósofo y a su filosofía. Justino es antes que nada el filósofo de la sinceridad en la búsqueda, de la autenticidad en la conducta, de la humildad en el hallazgo, del fervor en la predicación de su fe, del heroísmo en el testimonio de su creencia.

 La vida de San Justino es un testimonio palpitante de cómo ha de vivir su fe un filósofo cristiano. Cierto que su tiempo no es el nuestro, ni su circunstancia la que hoy nos rodea, ni su estadio es como nuestro anfiteatro; pero no es menos cierto que la situación radical es y seguirá siendo análoga o muy semejante hasta el final de los tiempos. Más aún: San Justino conserva un no sé qué de modernidad palpitante para esta Europa lacerada.

 San Justino despliega sus actividades con una sencillez, entusiasmo y sinceridad que sorprende. Como la bondad y la verdad son difusivas, y el consejo evangélico señala que la luz de la inteligencia ha de manifestarse en público y en privado, San Justino escribe, habla, predica y peregrina. Suena un filósofo cínico, enemigo del cristianismo, y Justino entabla polémica pública en términos filosóficos. Surge un judío recalcitrante, y Justino abre diálogo en términos de milagros y profecías cumplidas por Cristo. Arrecian las persecuciones, y Justino alza solemne su voz, proclamando directa y audazmente la verdad y la seguridad de su fe en un Dios vivo y viviente, creador, conservador, redentor y juez. No hay en San Justino impertinencia, no hay tampoco imprudencia, pero jamás cederá en la defensa de la verdad ni celará su fervor. Su presencia intelectual, moral y religiosa se multiplica oportuna e importunamente, porque los tiempos exigían esta presencia en la importunidad. Resuena en él San Pablo como un eco potente.

 San Justino está todo él, de cuerpo entero, en las llamadas Apologías y en el Diálogo con Trifón. Es de lamentar que otros escritos suyos se hayan perdido, pero sólo con lo que nos resta San Justino queda retratado maravillosamente. Dedica sus Apologías a Antonino Pío y a Marco Aurelio. Les imputa error, debilidad, cobardía e injusticia, basando la acusación en pruebas morales y en el influjo maléfico de los demonios. Las Apologías están esmaltadas de pensamientos luminosos y eficaces, relieves de sus lecturas platónicas, purificadas por la sinceridad de su fe cristiana. Conservan hoy su validez intacta. Son los hechos —alega San Justino— los que reflejan la piedad o la iniquidad, el amor o el odio que se esconde en los pensamientos y en el corazón de los hombres. El que acusa al cristianismo de iniquidad bastante castigo tiene con el delito que comete con la acusación. El que castiga a un cristiano quebranta la paz, porque el cristiano, por serlo, la busca y la defiende para él y para los demás. El que, conocida la verdad, la persigue comete iniquidad. Vosotros —dirá en los comienzos de la Apología— os oís llamar por doquiera piadosos y filósofos, guardianes de la justicia y amantes de la instrucción; pero que realmente lo seáis es cosa que tendrá que demostrarse. Vosotros —añadirá— matarnos sí podéis; pero dañarnos, no. Instruidos como estáis, no tendréis excusa delante de Dios si no obráis según la justicia.

 En San Justino adquieren relieve expositivo los puntos fundamentales de la teología dogmática, de la moral y de la liturgia. Alcanzan un valor superior al meramente apologético. En él se lee con claridad la divinidad de Jesucristo Y su misión redentora. Cristo ha muerto para librarnos de la esclavitud de los demonios que rondan por el mundo desde el pecado del Paraíso. La madre virginal de Cristo aparece vinculada a la obra redentora. En la unidad de todos los cristianos se aprecia la comunión de los santos, mantenida por la fe. El valor de la tradición es claramente expuesto y defendido. La Eucaristía es el misterio en el que “no tomamos el pan consagrado como un pan común, ni el cáliz consagrado como bebida común, sino que sabemos que son el cuerpo y la sangre del mismo Jesucristo, que se encarnó por nosotros". Es quizá el testimonio más expresivo y terminante si se advierte que una confesión tan explícita no podía resultar grata a los paganos ni a los judíos. El testimonio de San Justino sobre la Eucaristía, como transustanciación del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo, revela la doctrina creída y defendida por todos los cristianos a los que nuestro Santo sirve y expresa. Aunque sus Apologías sólo nos hubieran legado las reuniones de los cristianos y la liturgia del sacramento, serían un documento maravilloso. Y aunque el Diálogo con Trifón se hubiera reducido a los pasajes en los que desarrolla el sacrificio de la misa, ya merecería la honra de todos los cristianos.

 San Justino presiente el martirio, porque sabe que los demonios acechan, y ha podido comprobar cómo los enemigos de la fe son por naturaleza calumniadores. Una descripción de las reuniones cristianas como la que San Justino había escrito, y la exposición de la verdad eucarística, no podían menos que armar el brazo de los amigos y confidentes del emperador Marco Aurelio. Ante la doctrina expuesta por San Justino sobraban los testigos. El discípulo era tratado como el maestro, una vez confesada la divinidad. La fecunda semilla del Verbo Divino fecundó en sangre, que es una de las ramas en que maduran sus frutos cuando la persecución arrecia.

 No hubo en la gracia del martirio de San Justino necesidad de purificación de errores doctrinales, pues los que pueden atribuírsele se desvanecen si se atiende bien al siglo en que vivió o se leen las páginas con benevolencia crítica. Que los filósofos griegos bebieran o no aguas de inspiración en lecturas y tradiciones del Antiguo Testamento no es asunto que inquiete demasiado al que lo asegure con denuedo, sobre todo si la convicción esconde una toma de posición subjetiva. Este convencimiento es el que permite al filósofo cristiano asegurar que en Platón o en los estoicos se descubren resplandores anunciadores de verdades más altas y sublimes. La concordia de verdades cristianas con sentencias estoicas no supone una dependencia de los dogmas cristianos, sino una proclamación, por diversos caminos, de la verdad divina. Es a las sentencias estoicas a las que San Justino obliga a descubrir sentidos que no pueden tener, no es a los dogmas cristianos a los que arrodillará ante la adivinación estoica o platónica. El panteísmo de los estoicos es algo que no cabe en la doctrina de San Justino. Todo aparece claro cuando leemos en San Justino que la fe es un don de Dios que se conquista con la plegaria humilde, y que es la oración la que nos descubre el significado y la inteligencia de las Sagradas Escrituras.

 El apostolado seglar —seglar fue nuestro Santo— tiene en San Justino un buen maestro. El santo patrono de los filósofos se presenta a su vez, y con los mismos títulos, como el santo abogado de los creyentes humildes y sencillos. Todo un símbolo para nuestra época.