jueves, 28 de septiembre de 2017

San Wenceslao de Bohemia

San Wenceslao es hijo de Vratislao, prudente, fervoroso y bondadoso príncipe cristiano, y de Drahomira, una princesa de genio fuerte, cruel y pérfido, de la pagana familia de Stodoronow, en Lutecia.

 La dualidad de este matrimonio: cristiano-pagano tuvo mucha trascendencia en la vida del santo duque. El joven príncipe vio, pues, en el seno de su familia, los efectos de la lucha de una religión mixta; más tarde tuvo que enfrentarse con la misma en la vida de su propia nación. El problema se presentó más agudo cuando junto a las rivalidades religiosas se unieron los conflictos políticos.

 Aunque las primeras semillas de la fe católica la recibieron los bohemios de Bizancio, sin embargo, la magna labor misionera fue fruto de los misioneros occidentales, y precisamente de los alemanes. Este hecho originó, primero, las competencias de los ritos: eslavo con el romano, y más tarde, el influjo de los alemanes en la vida pública de los bohemios.

 Como efecto en contrario, surgió entonces, la rebelión pagana, la persecución de los cristianos, acaudillada por Drahomira; la conspiración de Boleslavia y, finalmente, el funesto plan del martirio de San Wenceslao.

 El panorama de aquella época era, por tanto, muy difícil y muy obscuro.

 Para superar todas estas dificultades, el bien de la nación y de las misiones católicas exigían un príncipe ágil, prudente y santo.

 Fue San Wenceslao quien mejor respondía a estas exigencias.

 Dirigido por su abuela, Santa Ludmila, se mostró inteligente, dócil y con una extraordinaria inclinación a todo lo bueno. Más tarde, ya en el Colegio de los Nobles, bajo la dirección de un sabio maestro, estas virtudes brillaron aún más en el joven alumno. Intelectualmente se distinguía por su ingenio; espiritualmente, por su pureza de costumbres; por la devoción a Cristo en el Santísimo Sacramento y por su filial afecto a la Virgen Santísima. Mas la singular veneración que profesaba a la Virgen le hizo sentir un extremado amor a la pureza. Virtud que pareció ser la nota más sublime de su carácter. A pesar de vivir este ambiente de santidad, Wenceslao no se olvidó de adquirir también las cualidades de un señor futuro soberano de Bohemia.

 En 925, tres años después de la repentina muerte de Vratislao, Wenceslao, considerándose preparado para el gobierno de su patria, dio un golpe de Estado y eliminó de la regencia a su madre pagana. Con ella eliminó también la lucha sin cuartel contra los cristianos y todos los privilegios que conquistaron, en aquellos tiempos, los paganos. Termina con las crueldades y salvajismo de aquellos idólatras y comienza una época de verdadera paz y labor constructiva.

 Como señal externa de nuevo gobierno, Wenceslao hace un apoteósico traslado de las reliquias de su abuela, Santa Ludmila, a la catedral de Praga. Elige con gran cuidado a sus ministros y jefes militares y comienza una intensa labor de propagación de la fe.

 En todo este ambiente es él mismo quien con su ejemplo realiza los altos ideales de Cristo.

 Cumple exactamente con la ley de Dios y practica fervorosamente las virtudes cristianas. Lleva una vida casi monacal; consagra horas en fervorosas oraciones y en mortificaciones; defiende a los oprimidos; ayuda con generosidad a los pobres; facilita la libertad a los cautivos y presos, etc. En todo el país organiza una política más humanitaria, elimina torturas y prohíbe la horca. Se puede decir que entre los soberanos fue el único que profesara una fe tan eficiente, caridad tan ardiente y virtudes tan escogidas.

 Su culto a la sagrada Eucaristía no paraba en una mera veneración, sino que trascendía a los más pequeños detalles, como sembrar el trigo destinado al pan eucarístico y estrujar con sus mismas manos los racimos de uva que darían el vino para el santo sacrificio. Descalzo visitaba en noches frías y de nieve las iglesias para adorar al Santísimo.

 Una devoción no menos fervorosa a la Virgen Santísima le llevó a entregarse a Ella en voto de castidad para toda su vida.

 Todo este modo de vivir —sin duda de verdadera santidad— causaba gran admiración tanto en Bohemia como en otras cortes soberanas de Europa; comúnmente le llamaban "el santo príncipe".

 Nada entonces de extraño es que en torno de esta vida naciera el maravilloso misterio de muchas leyendas. Estas fueron inmortalizadas por el historiador checo Pekarz. He aquí dos de ellas:

 Drahomira, envidiando el florecimiento del cristianismo y el pacífico reinado de Wenceslao, suscitó a una guerra cruel contra él al vecino príncipe de Gurima, Radislao.

 Radislao, en verdad, invadió a Bohemia, y a su paso sembró el pánico y la muerte. La guerra fue para todos una gran sorpresa. Wenceslao, sin embargo, quedó tranquilo, pues, como un verdadero seguidor de Cristo, no quería se derramase la sangre de los inocentes. Mandó, por tanto, una embajada para averiguar las causas de la invasión. Radislao, considerando la postura del duque como prueba de flaqueza, exigió como condición de paz la entrega total de Bohemia.

 Estas circunstancias reclamaban una justa defensa de la patria. Wenceslao la preparó rápidamente y salió al encuentro de los invasores. Cuando se vieron los dos ejércitos, el duque, antes de empezar la batalla, pidió una entrevista personal con Radislao. Fiel a su fe católica persuadió a Radislao de que como la guerra es cosa de los dos, ellos debían de resolver el litigio, y con esto invitó al invasor a un combate particular hasta la victoria. Radislao, seguro de su éxito, aceptó el duelo y salió contra el santo duque armado como Goliat. Wenceslao, por el contrario, la victoria la ponía en manos de Dios, y en nombre de Él dio la señal del combate. Se disponía Radislao a disparar su dardo, cuando de repente vio delante a dos ángeles y oyó una voz: "No le tires". Momentos después, horrorizado, dejó sus armas y fue a postrarse a los pies de Wenceslao, pidiendo perdón y aceptando todas las condiciones de paz.

 La celestial intervención en favor del duque de Bohemia se repitió de nuevo durante la dicta de Worms, convocada por el emperador Otón I. Un día Wenceslao, por oír dos misas, llegó tarde a la asamblea. El emperador y los príncipes consideraron esta falta como una gran desatención. Acordaron entonces demostrar su enojo. Sin embargo, cuando apareció Wenceslao todos le recibieron con los debidos honores, incluso el mismo emperador, pues todos vieron con el mayor asombro que el duque de Bohemia entraba en la sala acompañado de ángeles, portando delante de él una gran cruz de oro.

 La santidad de Wenceslao ganaba estima común. Sin embargo, la llama del odio se mantenía viva en el pagano corazón de Drahomira. Es más, existía también otra persona que meditaba cómo destituir y privar del trono al rey de Praga. Era su hermano menor, Boleslao.

 La ocasión no tardó en presentarse. Con motivo del nacimiento de un hijo suyo, Boleslao organizó grandes fiestas e invitó a Boleslavia a su hermano Wenceslao. El santo duque aceptó esta invitación y acudió a Boleslavia, donde fue recibido con todos los honores reales. Sin embargo, estas galas fueron una falsedad creada por su hermano. En medio de la alegría reinante, cuando Wenceslao, durante la noche, se dirigía a la próxima iglesia para su acostumbrada adoración, Boleslao le agredió, y violando el sagrado derecho de hospitalidad, junto con sus ayudantes, dio muerte a su indefenso y egregio huésped.

 El martirio ocurrió el 28 de septiembre de 938.

 Bohemia se llenó de dolor.

 Los asesinos, después de un corto tiempo de júbilo, pronto recibieron su merecido castigo. Tanto Drahomira como Boleslao tuvieron una muerte miserable.

 San Wenceslao quedó proclamado Patrono de todos los países de la corona de los bohemios.

 El culto aumentaba constantemente, llegando, en los siglos XI y XII, su efigie a adornar el ducado, la moneda de Bohemia. Bajo la bandera de San Wenceslao lucha el ejército y con la invocación del Santo se desarrolla la labor nacional. En el siglo XIII nace el himno "Svaty Vaclave, vevodo cesek zeme...". y en la época de Juan Hus, el himno súplica. "Tú eres el soberano de estas tierras, San Wenceslao; no nos abandones..."

 La devoción es común, y las múltiples iglesias, como también los muchísimos monumentos dedicados al santo duque, testimonian el vivo amor hacia él de los checos. El monumento más bello, obra del profesor Mysblek, adorna la mejor plaza de Praga.

 San Wenceslao, ayer como hoy, reina en Checoslovaquia.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Yo, Esdras, a la hora de la ofrenda de la tarde salí de mi abatimiento y, con mi vestidura y el manto rasgados, me arrodillé, extendí las palmas de mis manos hacia el Señor, mi Dios, y exclamé:
«Dios mío, estoy avergonzado y confundido; no me atrevo a levantar mi rostro hacia ti, porque nos hemos hecho culpables de numerosas faltas y nuestros delitos llegan hasta el cielo.
Desde la época de nuestros padres hasta hoy hemos pecado gravemente. Por causa de nuestros delitos, nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes hemos sido entregados a los reyes extranjeros, a la espada, a la esclavitud, al saqueo y a la vergüenza, como sucede todavía hoy. Pero ahora, en un instante, el Señor nuestro Dios nos ha otorgado la gracia de dejarnos un resto y de concedernos un lugar en el templo santo. El Señor ha iluminado nuestros ojos y nos ha dado un respiro en medio de nuestra esclavitud.
Porque somos esclavos, pero nuestro Dios no nos ha abandonado en nuestra esclavitud, sino que nos ha otorgado el favor de los reyes de Persia, nos ha dado y respiro para reconstruir el templo de nuestro Dios y restaurar sus ruinas y nos ha proporcionado un refugio seguro en Judá y Jerusalén».


En aquel tiempo, habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.
Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles:
«No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno.
Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
Y si algunos no os reciben, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de vuestros pies, como testimonio contra ellos».
Se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes.

Palabra del Señor.

San Elzear y la Beata Delfina

Tengamos en cuenta, antes de entrar en la vida de este matrimonio santo, que también la santidad, como todas las cosas, sufre las influencias del ambiente. Muchas cosas hay en los santos enteramente acordes con las ideas del tiempo en que vivieron, y que hoy, o no resultarían imitables, o en algunos casos podrían llegar a ser perjudiciales. Esto no quita para que podamos leer con fruto su vida, porque aunque no podamos imitar detalladamente los ejemplos concretos que nos dieron, podemos y debemos, en cambio, sentir el estímulo que supone la contemplación de la generosidad con que ellos respondieron al llamamiento divino. Así, aunque en la vida de este santo matrimonio haya cosas que choquen con nuestra mentalidad actual, no podemos menos de reconocer que constituye un magnífico ejemplo de dócil entrega a los impulsos del Espíritu Santo y que en lo sustancial puede servir como actualísima lección de lo que ha de ser un hogar cristiano.

 Catorce años tenía Delfina cuando le propusieron el matrimonio con Elzear, dos años más joven que ella. Y a sus catorce años, rechazó con energía aquella unión que le proponían. Sin embargo, y cediendo a los consejos de un franciscano, terminó por consentir, y dos años después se celebró el matrimonio. Los dos jovencitos así unidos, quedaron solos después de cuatro días de fiesta, y entonces tuvo lugar en realidad, históricamente demostrado, lo que tantas veces ha sido un elemento claramente legendario en la vida de los santos. Solos en su cámara nupcial, Delfina mostró a su esposo el gran deseo que tenía de quedar siempre virgen. El consintió en ello, pero sin querer en manera alguna obligarse con voto, como ella se lo pedía. Entonces ella insistió una y otra vez en los ejemplos de San Alejo y de Santa Cecilia, en consideraciones sobre la brevedad de esta vida, lo despreciable del mundo, lo hermoso de la gloria eterna. Con todo, EIzear no consentía en el voto, aunque continuaba respetando la virginidad de su esposa. Un día cayó ésta gravemente enferma y declaró de manera rotunda a su esposo que estaba persuadida de que sólo el doble voto de castidad la curaría. Entonces Elzear prometió satisfacerle. Ambos hicieron su voto ante un franciscano, que era su confesor, y entraron en la Tercera Orden.

 Su santidad se inserta de lleno en la maravillosa corriente de espiritualidad franciscana que recorre toda la Edad Media. Ambos pertenecían a familias de la primera nobleza, y gozaban, por consiguiente, de gran abundancia de bienes de fortuna. Pero como San Luis de Francia, San Fernando de Castilla, Santa Isabel de Portugal y su homónima la de Hungría, supieron en medio de las riquezas conservar enteramente libre su corazón, y aplicar, a su vida de seglares, el admirable contenido evangélico de la regla de los terciarios franciscanos.

 Marido y mujer llevaban la estameña bajo sus nobles vestidos. Por la noche se reunían para pasarla en oración y disciplinarse. Delfina no tocó nunca a su marido más que para hacerle pequeños servicios. EIzear había hecho un reglamento muy preciso y detallado para la buena marcha de la casa, que le exigía, entre otras cosas, la misa diaria y una especie de círculo de estudios familiar.

 Pero todo esto se hacía sin abandonar la vida propia de un matrimonio seglar. Así vemos a EIzear abandonar a su esposa para marchar al reino de Nápoles, en el que había heredado el condado de Pariano. Allí brillaba, de una parte, la bondad, y de otra parte, la firmeza del joven señor provenzal. Encantador en el trato con los pobres, sabía, sin embargo, hacer frente con valentía a la turbulencia de sus vasallos italianos. Y al terminar el ejercicio de las armas, retirarse, después del combate, para disciplinarse. Su destreza en el manejo de las armas brillaba en la corte napolitana. Un día, Delfina se encontraba entonces con él, hubo una gran fiesta en Nápoles. Ambos cónyuges supieron hacer un magnífico papel. EIzear arrebató un anillo con su lanza, desde el caballo lanzado a todo galope, en pleno torneo. Horas después, en el baile, Delfina se mostraba encantadora, evolucionando con una gracia enteramente singular.

 Su existencia venía repartiéndose entre la Provenza natal y aquellas tierras de Italia. Hacia 1317, EIzear ve aumentarse sus responsabilidades, porque el rey Roberto I le encarga administrar justicia en el Abruzo citerior. Poco después el matrimonio tiene que marchar a París, nombrado EIzear embajador extraordinario por el mismo rey Roberto para negociar un matrimonio de príncipes. Pero sólo Elzear pudo hacer el viaje. Delfina se vio obligada a quedarse en la corte del rey Roberto, en Aviñón, lejos de pensar que aquella separación iba a ser definitiva.

 En París, el 27 de septiembre de 1323, cuando solo tenía treinta y ocho años, moría Elzear. El rey de Francia Carlos IV enviaba rápidamente un correo que diera la noticia a su esposa. Pero ya ella la había conocido misteriosamente. Sin vacilar un momento, abandonó la corte del rey y se volvió a sus tierras.

 Elzear dejaba en pos de sí el recuerdo de una vida verdaderamente santa. Como el rey San Luis, se le había visto visitar los hospitales, atender a los leprosos, cuidarles con sus propias manos y besarles. Verdadero asceta en el mundo, había sido un constante abogado de los pobres, un mentor ejemplar del joven príncipe Carlos de Calabria, hijo de Roberto I, y un esposo modelo para su mujer, que confesaba que junto a él "sentía una constante invitación a crecer en la gracia divina, y veía a su esposo como a su ángel guardián".

 Un año después de su muerte, Elzear se apareció a su esposa y le reprochó con dulzura la pena que mostraba por su muerte. "El lazo se ha roto, y ahora estamos libres", le dijo recordando las palabras del salmo 123 y la liturgia de los Santos Inocentes. Delfina sonrió en medio de sus lágrimas, volvió a su antigua alegría, y se dedicó de lleno a la tarea de santificarse más y más.

 Fiel a la espiritualidad franciscana, quiso abrazarse con la pobreza. Pero eso no era fácil. Poco a poco fue despojándose de sus bienes. Abandonó sus tierras de Provenza y se fue a Nápoles. Aunque le ofrecieron alojamiento en la corte, ella prefirió vivir miserablemente y mendigando. Los chiquillos la injuriaban por la calle, y ella se gozaba en aquella humillación.

 Pero he aquí que sobreviene algo imprevisto: la reina doña Sancha había quedado viuda del rey Roberto en 1343 y quería tener junto a sí alguien que le apoyara en su vida espiritual. Llamó a Delfina y la hizo su consejera. Por indicación de ella entró la reina en las franciscanas de Santa Cruz de Nápoles, donde murió el año 1345.

 Delfina volvió a Apt, donde ya había vivido buena parte de la última fase de su vida, y allí pasó sus quince últimos años. Humilde y pobre, no desatendió, sin embargo, a sus conciudadanos. Cuando una guerra local amenaza arruinar el país, Delfina, aunque enferma, se interpone y consigue un apaciguamiento. Es hermoso también verla organizando una caja rural, en la que ella actuaba de secretaria y de fiadora. Prestando sin interés, conseguía resolver dificilísimas situaciones de los pobres labradores. La santidad, bien conocida por todos, de Delfina, era la garantía que permitía que aquella interesante empresa funcionara.

 Por fin, el 26 de noviembre de 1360, a sus setenta y ocho años, murió en Apt, donde se la enterró, juntamente con su marido, en la iglesia de los franciscanos.

 El pueblo rodeó aquella tumba bien pronto de una espontánea y cariñosa veneración, Tres años después de la muerte de Delfina, los comisarios apostólicos enviaban a Papa un informe sumamente favorable a su causa. Pero el resultado no fue decisivo por el momento. Había temor de que Delfina, en su trato con la reina doña Sancha y los franciscanos "espirituales", rebeldes a la Santa Sede, se hubiera contaminado de algunos de sus errores. Sólo años después su nombre empieza a aparecer en los martirológios franciscanos, y su fiesta a ser celebrada el 9 de diciembre.

 Por lo que hace a Elzear, fue canonizado solemnemente en la basílica de San Pedro de Roma por el papa Urbano V el 1 de abril de 1369. Se conserva su proceso de canonización, en el que, desgraciadamente, falta la declaración, que tan interesante hubiese sido, de su esposa Delfina. La fiesta de San EIzear se celebra en este día 27 de septiembre.

 A propósito del caso de estos santos esposos escribió Blondel unas palabras, con las que terminamos esta semblanza: "Asociarse (en el matrimonio) para ayudarse mutuamente en la caridad humana y divina o para realizar una especie de respetuosa inmolación doblemente meritoria, no es incompatible con la confianza en gracias excepcionales o en circunstancias impuestas por estados físicos y morales. Por eso ha sido posible canonizar vocaciones paradójicas y de una virtud singular, como la de San EIzear y la Beata Delfina de Provenza, verdaderos esposos, pero unidos en una emulación virginal".

martes, 26 de septiembre de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, el rey Darío escribió a los gobernantes de Transeufratina:
«Dejad que se reanuden las obras de ese templo de Dios. El gobernador de los judíos y los ancianos judíos reconstruirán este templo de Dios en el lugar que ocupaba. Estas son mis órdenes sobre lo que debéis hacer con los ancianos judíos para la reconstrucción del templo de Dios: de los ingresos reales procedentes de los tributos de Transeufratina, páguese puntualmente a esos hombres los gastos sin ningún tipo de interrupción. Yo, Darío, he promulgado este decreto y quiero que sea ejecutado al pie de la letra».
Los ancianos judíos prosiguieron las obras con éxito, confortados por la profecía del profeta Ageo y de Zacarias, hijo de Idó. Edificaron y construyeron la reconstrucción, según el mandato del Dios de Israel y con la orden de Ciro, de Darío y de Artajerjes, reyes de Persia. Así terminaron este templo el día tercero del mes de adar, el año sexto del reinado del rey Darío.
Los hijos de Israel, los sacerdotes, los levitas y los demás repatriados celebraron con alegría la dedicación de este templo de Dios, ofrecieron cien toros, doscientos carneros, cuatrocientos corderos y como sacrificio por el pecado de todo Israel, doce machos cabrios, según el número de las tribus de Israel. También organizaron los turnos de los sacerdotes y las clases de los levitas para el servicio de Dios en Jerusalén, tal y como está escrito en el libro de Moisés.
Los repatriados celebraron la Pascua el día catorce del mes primero. Los sacerdotes y los levitas se habían purificado para la ocasión. Todos los purificados ofrecieron el sacrificio de la Pascua por todos los repatriados, por sus hermanos, los sacerdotes, y por ellos mismos.


En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.
Entonces le avisaron:
«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».
Él respondió diciéndoles:
«Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Palabra del Señor.

Santa María Teresa Couderc

«Fundó la obra Nuestra Señora del Retiro del Cenáculo en medio de pruebas e incomprensiones, sufriendo humillaciones acogidas con tanto amor a Cristo, que le abrieron las puertas del cielo»

En esta festividad de san Cosme y san Damián la Iglesia también celebra a esta heroína de la obediencia. Llevada por su amor a Cristo escribió con su vida otra de las páginas edificantes que plasman los santos.

Nació el 1 de febrero de 1805 en la pequeña localidad francesa de Mas de Sablières. Fue la cuarta de diez hermanos. La bautizaron con el nombre de María Victoria. Su victoria fue poner virtud donde no existía tal, resistir y confesar a Cristo desde el silencio y la humildad frente a la injusticia y la ceguera, hacer de la caridad heroica su religioso blasón. A menudo se cruzan en la vida personas de bien, hombres y mujeres de Dios. Fue su caso. Encontró al padre Jean P. Etienne Terme en la primavera de 1825 en su localidad natal, y a este misionero abrió el corazón, confiándole su anhelo de consagrarse. A él se debía la existencia de las Hermanas de San Francisco de Regis, dedicadas a auxiliar y formar a los pobres, y el ojo avizor de un fundador o fundadora es ciertamente inspirado. Contempla a quienes le rodean desde Cristo, unido a Él los sueña y les habla. De modo que María Victoria tuvo la vía abierta desde el primer momento.

Dejó su trabajo en el campo y se formó en el noviciado de Aps, regido por el sacerdote. En 1826 profesó y tomó el nombre de Teresa. Cerca se hallaba la tumba de san Francisco de Regis, lugar visitado por hombres y mujeres que solían alojarse en una misma casa. El P. Terme se ocupaba de estas peregrinaciones y quiso terminar con los problemas que ello acarreaba abriendo una hospedería; puso al frente a María Victoria. Tras una primera experiencia, la santa acordó con él priorizar la acogida de mujeres que mostrasen signos espirituales tomando la peregrinación como un retiro. Aquella idea germinó y a su tiempo dio lugar a la Congregación de Nuestra Señora del Cenáculo, nacida en La Louvesc; María Victoria fue elegida su superiora en 1828. Las primeras religiosas tenían dos vías de acción apostólica: la enseñanza y la atención de las peregrinas.

Todo seguía su curso en perfecta sintonía, recibiendo formación del P. Terme en conformidad con la espiritualidad ignaciana, hasta la muerte de éste acaecida en 1834. A partir de entonces, asumiendo el juicio de su sucesor, P. Renault, las religiosas terminaron por separarse. Las dedicadas a la enseñanza bajo el amparo de San Regis, y las que se ocupaban de los retiros aglutinadas en el Cenáculo; entre ellas, la santa. Dos años más tarde, estando por medio un informe capcioso contra María Victoria, redactado malintencionadamente por una religiosa, fue depuesta de su cargo por el prelado de Viviers, Mons. Bonnel, quien puso en su lugar a una recién llegada con título nobiliario, al que añadió otro: el de «superiora fundadora». Craso error. Tanto, que tuvo que designar nueva responsable para este alto oficio en 1839 porque la gestión de la aristócrata había sido desastrosa. Pero tampoco acertó con la sucesora que, además, se ocupó de que a la verdadera fundadora no le faltaran las tribulaciones, abriéndole con ellas las vías para su santificación. En una locución divina se le había advertido a María Victoria: «Serás víctima de holocausto».

Fueron momentos de gran prueba. A veces tenía que hacer esfuerzos para vencer la resistencia interior, pero se decía: «Cuando Nuestro Señor desea servirse de un alma para su gloria, la hace pasar primero por la prueba de la contradicción, por la humillación y el sufrimiento; no se puede ser un instrumento útil sin esto». Y rogaba fervientemente, sin desanimarse: «Concededme la gracia de que me guste ser despreciada, para parecerme a Vos un poco». Consciente de que sin la cruz no podía alcanzar la meta, manifestaba: «Abracemos la cruz tal como se nos concede; ya sabéis que santifica todo lo que toca desde que ella misma fue santificada por quien es la fuente de toda santidad; amémosla, si ello es posible, pues cuanto más la amemos más provechosa nos resultará». Esto lo tenía claro. Por eso, no sin temblor, seguía actuando con fidelidad, dispuesta a cumplir la voluntad divina, aunque en su intimidad humildemente reconocía el peso de su indigencia. Sabía que confiando en ella no podía hacer nada, pero que contaba con la gracia de Dios; de este modo, afianzaba su irrevocable decisión de llegar hasta el fin: «Siempre hay que estar dispuesto a aceptar de antemano todo lo que Dios permita u ordene. Solamente en esta disposición se halla el reposo y la paz. Me avergüenzo de mi debilidad y, sobre todo, de mi poca virtud, ya que recibo la cruz de mala gana cuando se aproxima. Pero no, la deseo, cualquiera que sea, y diré siempre de buena gana: ¡Fiat! ¡Fiat! La cruz siempre aporta su fruto cuando la sobrellevamos con sumisión y amor».Esta actitud de donación, no sin violentarse a sí misma, le concedía el indescriptible gozo espiritual que alienta a seguir el camino.

Tras la muerte de la segunda superiora, una tercera suavizó la situación. Entonces María Victoria asumió la responsabilidad de varias casas, como la de París, en la que apaciguó ánimos encrespados. Pasó por Tournon, La Louvesc, Lyon y Montpellier; ya se había curtido en las pruebas tras intensa y constante oración. En 1867, como esta fundación de Montpellier se cerró, regresó a Lyon. Experimentó la «noche oscura» y supo lo que era verse privada de la presencia divina. Proyectada al abismo de la culpa, exclamaba: «¡Dios mío, ten piedad de mí!». Entre experiencias místicas extraordinarias, con las que fue agraciada durante muchos años, y los trabajos que solía efectuar con auténtico espíritu observante, se fue debilitando. Iba acercándose al ocaso de su vida con sordera, afectada por el reumatismo y la artritis. Al inicio de 1885, siendo ya octogenaria, sufrió un sincope, y mientras sus facultades quedaban suspendidas unas horas contempló el purgatorio. El 26 de septiembre de ese mismo año entregó su alma a Dios. Pío XII la beatificó el 4 de noviembre de 1951. Pablo VI la canonizó el 10 de mayo de 1970.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



El año primero de Ciro, rey de Persia, el Señor, para que se cumpliera la palabra del Señor por boca de
Jeremías, el Señor despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia, para que proclamara de palabra y por escrito en todo su reino:
«Esto dice Ciro, rey de Persia:
El Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encargado que le edifique un templo en Jerusalén de Judá. El que de vosotros pertenezca a su pueblo, que su Dios sea con él, que suba a Jerusalén de Judá, a reconstruir el templo del Señor, Dios de Israel, el Dios que está en Jerusalén. Y a todos los que hayan quedado, en el lugar donde vivan, que las personas del lugar en donde estén les ayuden con plata, oro, bienes y ganado, además de las ofrendas voluntarias para el templo del Dios que está en Jerusalén». Entonces, los cabezas de familia de Judá y Benjamín, los sacerdotes y los levitas, y todos aquellos a quienes Dios había despertado el espíritu, se pusieron en marcha hacía Jerusalén para reconstruir el templo del Señor.
Todos los vecinos les ayudaron con toda clase de plata, oro, bienes, ganado y objetos preciosos, además de las ofrendas voluntarias.


En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Nadie ha encendido una lámpara, la tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; sino que la pone en el candelero para que los que entren vean la luz.
Pues nada hay oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a saberse y hacerse público.
Mirad, pues, cómo oís. Pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener».

Palabra del Señor.

Santo Niño de La Guardia

Es sabido que uno de los problemas más enconados y agudos de nuestra historia durante el siglo XV fue el suscitado por los conversos del judaísmo. Las persecuciones y matanzas de 1391, las predicaciones de apóstoles como San Vicente Ferrer, las controversias religiosas y la misma coacción de las leyes civiles y eclesiásticas de la época aumentaron de tal modo el número de los convertidos, que éstos, por su cuantía, la frecuente doblez de su conversión y su considerable poder, llegaron a constituir peligro social muy fuerte. Fracasados los esfuerzos persuasorios, los Reyes Católicos logran en 1478 de Sixto IV la bula que establecía la Inquisición, y en 1480 se nombran los primeros inquisidores, que al año siguiente comienzan a actuar contra los falsos conversos.

 La resistencia de éstos al establecimiento e iniciales actuaciones de los tribunales inquisitoriales fue inmediata, y no sólo en forma diplomática y pacífica. Conocido es el complot que contra los inquisidores primeros suscitó Diego Susán con otros varios conversos de los más acaudalados de Sevilla. En Zaragoza logran asesinar a media noche y en plena Seo, en septiembre de 1485, al inquisidor Pedro de Arbués. En Teruel impiden durante casi dos años la entrada de los inquisidores, y la misma violenta oposición comprobamos en Valencia y Barcelona. Dentro de este mismo ambiente de violencia ha de encuadrarse el trágico episodio del Santo Niño de La Guardia, en la provincia de Toledo.

 Precisamente fue esta capital, a lo largo de la segunda mitad del siglo XV, sangriento campo de lucha contra los conversos. Ya en 1449 estalló el cruento motín promovido por Diego Sarmiento y el bachiller Marquillos. En julio y agosto de 1467 repítense los alborotos, que en años posteriores se extienden a Córdoba, Jaén y Segovia. En 1485 comienza a actuar la Inquisición toledana. Una relación coetánea nos cuenta que pasaron bien quince días sin que nadie se presentara a reconciliación, "por cuanto los conversos que en esta çibdad vivían tenían ordenada una traiçión para el día del Corpus Christi, cuando la gente christiana fuese en procesión con el cuerpo de Ihesu Christo, salir en las cuatro calles y matar a los dichos inquisidores e a los otros señores e caballeros e toda la gente christiana..."Descubierta la trama y ahorcados los más comprometidos, a partir de este momento los autos de fe menudean en Toledo, especialmente desde febrero de 1486 a julio de 1488, años en que varios miles son penitenciados y al pie de un centenar relajados o muertos. Impresionantes serían aquellas procesiones de centenares de reconciliados vecinos de las diversas parroquias, en que hombres y mujeres desfilaban descalzos, sin bonetes y descubiertos, ellos y ellas con candelas en las manos.

 La comitiva, salida de una de las parroquias de la ciudad, recorría ésta siguiendo el itinerario de la procesión del Corpus hasta llegar a la iglesia mayor. Entrando por su puerta hacíanles a cada uno en la frente la señal de la cruz, y llegados al cadalso, donde estaban los padres subidos, les predicaban y les decían misa. Tras ella, alzábase un notario llamando a cada uno por su nombre y pregonando públicamente la manera en que había judaizado. Después señalábanles dura y humillante penitencia.

 Fácil es comprender que judaizantes y judíos, presos de pánico inmenso, ante la reiteración de espectáculos tan amargos, buscaran salvarse aun por los medios más absurdos. Así debió de surgir en el amedrentado ánimo de los cinco judíos y seis judaizantes que intervinieron en el martirio del Santo Niño de La Guardia la idea de liberarse de los inquisidores mediante extraño sortilegio o encantamiento logrado por el corazón de un muchacho cristiano y una hostia consagrada. El crimen, como señaló bien el sabio judío I. Loeb, no es uno de tantos crímenes rituales que durante la Edad Media la superstición popular atribuyó a los judíos, a quienes se acusaba de muerte de niños cristianos, cuya sangre luego mezclaban en los panes ácimos de la Pascua hebrea para usos de rito judaico. El caso del Santo Niño es muy diverso. A mitad del 1487 ó 1488, Alonso Franco es traído a la vergüenza pública como judaizante y debió de ser sometido a penitencia lúgubre, o procesión, de sangrienta disciplina en la villa de La Guardia. Parece que él y sus tres hermanos —Pedro García, Iohan y Lope— se pusieron en contacto con el médico de Tembleque Yuçá Tazarte, judío perito en sortilegios, que les aconsejó trabajaran por hacérselas con un muchacho cristiano. Se supone que el mismo auto en que fue penitenciado Alonso terminó en quema de otros reos en el Horno de la Vega, extramuros de Toledo; a ella asistieron el referido judaizante Juan y el judío de Tembleque Mosé Franco, quien, apesadumbrado, como su compañero, de aquel espectáculo, dijo al converso que todo ello podía remediarse si lograran el corazón de un niño cristiano.

 Pronto decidieron actuar, y parece que fue Juan, entre dichos hermanos judaizantes, dedicados al comercio y el transporte, quien raptó al niño en Toledo, donde aquél fuera a vender una carretada de trigo. Hecha la venta, a la tarde apoderóse del muchacho en la Puerta del Perdón de la catedral. Tratábase de un inocente chiquillo de tres a cuatro años, hijo de Alonso de Pasamontes o Alonso Martín de Quintanar y de Juana la Guindera, a la cual hacen ciega algunos relatos. Engañado aquél con una chuchería (un nuégado o unos borceguillitos...) sustrájole el raptor, ayudado probablemente por Benito García, de las Mesuras, judío bautizado, cardador de oficio. Habiendo tenido escondido al infante en la Hoz de La Guardia, dehesa próxima a la ribera del Algodor, los confabulados idearon la diabólica traza de que, pues se acercaba la semana en que los cristianos conmemoraban la crucifixión de Jesús, era buena ocasión para repetir en aquella indefensa criatura la pasión de Cristo. Trasladáronse, en efecto, los verdugos a una de las cuevas que se abren en el accidentado terreno del término de La Guardia, en carreocaña o carrocaña (e. d. carrera o camino de Ocaña), amparados en el secreto de la noche del Viernes Santo de 1489, a la luz de una candela, y tapada la boca de la caverna con una manta o una capa, realizaron en el niño toda clase de perfidias. La sentencia inquisitorial condenatoria de uno de los cómplices, el mozo judío Yucé Franco, zapatero de Tembleque, nos describe que extendieron los brazos y piernas del niño en dos palos puestos a manera de cruz, le azotaron, escupieron, abofetearon y repelaron, y poniéndole una corona de hierbas espinosas en la cabeza, le colocaron también parte de éstas en las espaldas y plantas de los pies. El propio Yucé teníale de un brazo al niño desangrándose, dióle repelones y bofetadas y fue en abrirle el costado con un cuchillo y sacarle el corazón. A la vez, como si tuvieran presente la persona de Jesucristo, colmaban al mártir de vituperios mientras le azotaban: "A este bellaco, traidor hechicero, que con sus hechizos y embaucamientos venía a engañar y tornar a los judíos cristianos, y a echar pajarillas a volar, y que hacía cesar a los pescados en la mar y que a sus discípulos que tenía mandaba que los fuesen a tomar con redes, y que cabalgaba sobre el sol". Y también: "A este traidor, engañador, que cuando predicaba, predicaba mentiras contra la Ley de Dios y contra la Ley de Moisén...". Y así otras muchas oprobiosas palabras. Expiró al fin el atormentado y crucificado niño, quien quitado de la cruz, aquella misma noche fue llevado a enterrar en lugar secreto donde de él no se pudiese tener noticia, en una heredad próxima a Santa María de Pera.

 Cumplida la primera parte de su delito, judaizantes y judíos juntáronse de nuevo en el secreto de la misma cueva días más adelante, concertados en practicar ciertos conjuros y experimentos de hechizos con el referido corazón infantil y una hostia consagrada que el sacristán de La Guardia, Juan Gómez, sobrino de Alonso Franco, proporcionó al cómplice Benito García sacrílegamente. Objeto del conjuro y experimento diabólico era lograr que los inquisidores y demás cristianos muriesen rabiando, pereciese la ley y la fe católica y los judíos se enseñoreasen y la ley mosaica fuera ensalzada. Mas, como vieran que el experimento no salía a medida de sus deseos, al cabo de un tiempo los confabulados reuniéronse una vez más en cierto lugar y, de común acuerdo, enviaron a Benito de las Mesuras con el mencionado corazón y otra hostia consagrada a ciertos judíos de Zamora a quienes ellos tenían por sabios, para que verificasen el hechizo de forma eficaz. Descubierto el emisario en Astorga a mediados de 1490, dio con sus huesos en la cárcel inquisitorial, en la que pronto ingresaron los demás cómplices todavía vivientes. Interesantísimas resultan las 68 piezas de los actos del proceso seguido a Yucé Franco, uno de los que más paladinamente cantaron amarrado a la escalera del tormento. Los otros procesos no han aparecido aún, si bien conservamos una relación que en 1569 tres secretarios del Consejo de la Suprema Inquisición de Madrid sacaron de los archivos de la Inquisición vallisoletana con desuno a la iglesia parroquial de La Guardia.

 De los once complicados en el crimen, tres habían muerto ya cuando la Inquisición dictó su sentencia condenatoria el 16 de noviembre de 1491: "Mosé Franco, David de Perejón y Yuçá Tazarte; el octogenario judío Ça Franco, fue, sin duda, perdonado; los otros siete cómplices perecieron amarrados a sendos postes en el Brasero de la Dehesa, de Avila, ya atenazados y quemados vivos a fuego lento, ya estrangulados antes de abrasados por confesar arrepentidos su culpa. Más tarde se agregó a la lista de acusados el nombre de Fernando de Rivera, tachado de haber ejercido el papel de Pilatos en el simulacro de pasión referido.

 La repercusión popular que el crimen y el proceso aludidos tuvieron pronto en toda España fue inmensa. Sabemos que en Avila el escándalo del pueblo contra los judíos fue tal que los Reyes Católicos tuvieron que poner a éstos bajo su guarda, por diciembre de 1491, y algunos piensan que en el decreto expulsorio de los judíos en 1492 tuvo no escasa parte la desastrada muerte del Niño de La Guardia. Que en ésta y los territorios vecinos la conmoción fue, como era de esperar, amplísima e intensa, lo prueba una carta de noviembre de 1491 en que un notario de Avila, dirigiéndose a autoridades y pueblo de La Guardia, refiérese a las "chismerías" que por la villa corrían y al mandato dado de que se publicara la sentencia y la noticia de la ejecución de los reos para que "cada uno calle su boca, porque el asno está enalbardado", con lo que se alude al refrán do vino el asno vendrá la albarda.

 Pronto también una exaltada piedad rompió los frenos y la leyenda se apoderó del santo niño inocente, tratando de aplicarle todos y cada uno de los pormenores de la pasión y muerte de Cristo y hasta de su resurrección gloriosa. Incluso trató de verse en La Guardia y sus parajes circunvecinos la más exacta correspondencia topográfica con Jerusalén y pueblos aledaños. Fue desde entonces cuando se trocó el nombre del infante en el de Cristóbal, comenzándole a invocar como a otro Cristo en pequeño.

 Su culto comenzó muy temprano, pues ya en las visitas eclesiásticas a partir de 1501 hallamos referencias a los santuarios constituidos en los lugares donde el tierno niño padeció o fue enterrado y La Guardia le tomó por Patrón, celebrando fiesta solemne así en el día de los Santos Inocentes como el 25 de marzo o en la semana de quasimodo; sólo desde 1580 se votó para en adelante la celebración el 25 de septiembre de cada año. También las autoridades religiosas dieron reiteradas pruebas de devoción hacia el mártir; así el cardenal Siliceo, que en 1547 alegaba en abono de su Estatuto de limpieza la crucifixión de aquél, y el cabildo de la Iglesia primada, que en 1613 pedía a varios cardenales y a la Congregación de Ritos licencia para rezar al inocente mártir a lo menos en todo el arzobispado toledano. Al arzobispo Alonso de Fonseca se debe el encargo del antiguo retablo que se puso en la cueva de la crucifixión, así como a Lorenzana el haber mandado pintar, de la diestra mano de Bayéu, el martirio del niño en los claustros de la iglesia capitular. Consta asimismo de la admiración que le profesaron monarcas como Fernando V, Carlos I y Felipe II. El papa Pío VII confirmó su culto en 1805.

 Carecemos de espacio para aludir siquiera debidamente al cúmulo de milagros que desde el mismo momento de la sangrienta muerte del mártir se atribuyeron a su mediación: la devolución de la vista a su madre ciega, las cuatro curaciones obradas con ciertas personas de Alcázar de Consuegra al comenzar el 1492; un tullido, una mujer con la boca torcida hacía más de dieciocho años, un sordo total y una pobre ciega, aparte de otros mil prodigios referentes a niños quebrados y enfermos de todas clases cuya curación detallan los rótulos que sobre cada caso pendían del santuario de La Guardia.

 También la poesía, así latina como castellana, cantó la pasión del infante toledano, a quien se refiere el popular romance:

Del Quintanar y Tembleque se parten ocho judíos. 

Con dañados corazones en busca del santo niño.

 Y no es de extrañar que, al ponderar don Francisco de Quevedo en el memorial por el patronato de Santiago cuánto le sobra al Niño de La Guardia para compatrón y aun para patrón de España, escribiese al rey: "No es traslado de la pasión de Cristo en una parte, es un original espantoso, con exceso de azotes en falta de años. Este es, Señor, grande abogado que puede interceder a Dios, como no puede otro alguno, por la pasión que Cristo pasó por él y por la que él pasó por Cristo".

domingo, 24 de septiembre de 2017

Domingo, 24-09-2017 25º Domingo de T.Ordinario

Reflexión de hoy

Lecturas



Buscad al Señor mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca.
Que el malvado abandone su camino, y el malhechor sus planes; que se convierta al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos - oráculo del Señor -.
Como dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes.


Hermanos:
Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mí muerte.
Para mí la vida es Cristo, y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger.
Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros.
Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña.
Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo:
”Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido”
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
”¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”.
Le respondieron:
”Nadie nos ha contratado.”
Él les dijo:
”Id también vosotros a mi viña”.
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
”Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.”
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
”Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.”
Él replicó a uno de ellos:
”Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía



Quizás sea ésta la idea motriz de la liturgia del presente domingo.

Los trabajadores de la primera hora, contratados por el dueño por un determinado jornal para trabajar en su viña, no comprenden cómo, al finalizar el día, reciben la misma paga que los que entraron a trabajar a última hora.

¿Es justo el proceder del dueño?

- No lo es para la sociedad de hoy. Menudearían las reclamaciones y protestas, bajo el patrocinio de los sindicatos y habría manifestaciones condenatorias contra él por su desigual proceder.

Estamos acostumbrados a juzgar fríamente los hechos y a movernos en el ámbito laboral dentro de los parámetros de derechos y deberes, pero no vemos más allá de lo que nos dicta el egoísmo de nuestros intereses. ¿Acaso consideramos la empresa en la que trabajamos como nuestra, o somos simples mercenarios?

El evangelio nos habla de Dios, que es quien nos invita a trabajar en la viña del mundo, en la que todos somos trabajadores de primera, mediana o última hora, para recibir un salario único y excepcional, el Reino de los cielos.

Nos habla también del trabajo humano y del modo de entenderlo.

Es cierto que hay gente en nuestra sociedad que querría vivir sin trabajar y acogerse a la cultura de la subvención, pero el trabajo es un bien escaso. Millones de personas se pasan, a menudo, por las oficinas del INEM o dejando curriculums en empresas esperando que alguien los contrate.

El paro es una tragedia que afecta gravemente el equilibrio de las familias y la salud física y mental de sus miembros.

Lo malo es que, a diferencia de la parábola, los trabajadores de la última hora reciben un contrato basura que no admite reclamaciones: “O esto o nada”.

La envidia nos mueve para reclamar más dinero del que figura en el contrato y recriminar al dueño por haber pagado la misma cantidad a los que han estado holgazaneando la mayor parte del día, según nuestra opinión.

No podemos comprender sus razones, cegados como estamos por las riquezas.

Nada sabemos de la bondad que anida en su corazón ni de los cuidados que otros necesitan.

Pero Dios es justo y equitativo; tiene planes distintos a los nuestros.

Para él somos todos iguales, y, como en una familia, los miembros más débiles reciben mayor atención y afecto.

No debemos extrañarnos de que sea bueno y dé prioridad a los últimos en llegar, porque han sufrido la angustia de la espera en la plaza y el dolor por no poder llevar el pan a los suyos.

Cuando el amor preside las relaciones humanas es más fácil aceptar las diferencias étnicas, económicas, culturales o religiosas.

Cuando la envidia, que es una forma más de egoísmo, nos ciega, terminamos juzgando injustamente a Dios y a los demás.


Todos estamos llamados, por generosidad de Dios, a la viña, que es cielo.

Los cristianos de toda la vida, los que hemos recibido por herencia el don de la fe, gozamos de la suerte de tener segura la recompensa de nuestro esfuerzo, de saber que Dios nos ama.

Otros, en cambio, descubren este amor infinito y misericordioso al final de su vida, después de muchos sinsabores, incomprensiones y sufrimientos.

Tienen, sin duda, más méritos que cualquiera de nosotros.

En ellos se cumple lo que dice Jesús:

“Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos” (Mateo 20, 26).

El hecho de sentirnos salvados por la benevolencia de Dios no nos exime de trabajar en su viña, la Iglesia.

Tampoco nos da privilegios sobre otros cristianos, que se acaban de incorporar a la misma y necesitan acogida, cariño y acompañamiento.

Son frecuentes las envidias, críticas y descalificaciones en nuestras parroquias por causa de algunos cristianos que, en lugar de enarbolar la bandera del servicio a los demás, de forma gratuita y desinteresada, exhiben sus “privilegios” para hacer valer su autoridad y controlar las distintas actividades, incluso por encima de los sacerdotes responsables de las tareas pastorales. Es una lacra que debemos extirpar con prudencia, amor y respeto.

Necesitamos ser evangelizados de nuevo y echar en el baúl de los trastos viejos el afán de mando, el orgullo y lo que creemos derechos adquiridos.

No tenemos derecho al cielo; Dios nos lo regala, porque nos ama, no porque lo hayamos conquistado con nuestras buenas obras.

Partiendo de esta premisa, podemos afirmar, como el salmista:

“El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente” (Salmo 144, 17-18).

Nos llama la atención en la parábola el proceder del propietario de la viña. No monta una oficina de empleo y aguarda en su finca a los trabajadores para escoger de entre ellos a los que necesita y cree que le darán mayor rendimiento.

Al contrario, sale durante las distintas horas del día a buscar jornaleros e invita a todos a trabajar. Nadie es desechado.

El Papa Francisco insiste en este detalle.

La Iglesia es evangelizada en la medida que es evangelizadora.

Debemos tener siempre las puertas abiertas a quienes demandan consejo, ayuda material o espiritual, piden sacramentos o cobijarse en un lugar para orar, reflexionar o compartir la fe en grupo. Pero el núcleo de los necesitamos está más fuera que dentro.

¿Cómo hacerles llegar la invitación? ¿Qué les ofrecemos?

Hay eslogans que propagan ideas equivocadas, que terminan derivando en “verdades”, que se acatan sin raciocinio previo. Cerramos así, por ejemplo, una conversación religiosa que nos incomoda con un lacónico: “con la Iglesia hemos topado”. No hay peor mentira que una media verdad.

Los tópicos nos afectan y crean estados de opinión difíciles de atajar, sobre todo en el campo de los jóvenes, más proclives a dejarse llevar por las modas del momento.

Y la moda es que se puede ser buen cristiano sin acudir a los sacramentos y entenderse directamente con Dios sin mediaciones de por medio que condicionen nuestra libertad, dando así vía libre al relativismo moral o al pasotismo.

Urge salir a la calle y presentar de nuevo un evangelio encarnado en la vida para que sea creíble y dé respuesta a las necesidades más profundas del ser humano: amar y ser amado, ser válido, vivir en pertenencia…

Tarea harto difícil si confiamos en nuestras fuerzas.

Sin embargo, la gracia supera nuestra debilidad y nos hace ser instrumentos útiles en las manos de Dios, que se hace presente a través de nuestras palabras y nuestro testimonio de vida.

Sabemos que Dios nos ama y nos busca. Nadie escapa al radio de su misericordia. Las lecturas de la Eucaristía lo corroboran. “Nunca es tarde si la dicha es buena”, dice el refrán castellano.


Cierto empresario, casado, pero sin hijos, con mucho dinero en el banco y una lujosa mansión, objeto de envidia de los vecinos, se topó un buen día con un joven negro, llamado Charles, que pedía limosna a la entrada de un supermercado.

Su sonrisa luminosa y el tono afable de su voz contrastaba con el gesto serio de los que entraban a comprar alimentos y salían con los carros llenos a rebosar; la mayoría sin mirar ni saludar al mendigo.

Por una vez, el empresario sintió curiosidad por saber el origen de su sonrisa y detalles sobre su vida.

Conoció así las penalidades que había pasado desde que salió de su país natal, Camerún, para encontrar una vida digna para sí y su familia, hasta que logró cruzar el Estrecho de Gibraltar en una patera.

“Pensé haber llegado a un paraíso donde realizar mis sueños y, ya ve, le dijo al empresario, mi familia está lejos y no tengo qué comer, ni casa, ni escuela, ni trabajo, ni papeles, ni amigos, ni dinero. Soy muy pobre. Mi única riqueza es la sonrisa. Es todo lo que puedo dar”.

-“No te preocupes- contestó, conmovido, el empresario- a mí me sobra de lo que a ti te falta y carezco de lo que tienes. Vente a vivir con nosotros y compartiremos nuestros bienes”.

Pocos años después murió el matrimonio y Charles heredó toda su fortuna, trajo a su familia y se convirtió en un hombre honorable y respetado.

La mansión recibió el nombre de “Sonrisa de Dios”. En recuerdo de un encuentro que transformó su vida.