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domingo, 21 de junio de 2026

21 de Junio 2026 – San Simplicio - Papa

Durante la controversia monofisita, que aún proseguía en el Imperio de Oriente, Simplicio defendió vigorosamente la independencia de la Iglesia contra el cesaropapismo de los gobernantes bizantinos y la autoridad de la Sede Apostólica en cuestiones de fe. El canon vigésimo-octavo del Concilio de Calcedonia (451) concedía a la sede de Constantinopla los mismos privilegios de honor que se disfrutaban por el obispo de Roma, aunque la primacía y el rango supremo de honor se debieran a este último. Los legados papales protestaron contra esta elevación del Patriarca Bizantino, y el Papa León sólo confirmó los decretos dogmáticos del Concilio. Sin embargo, el Patriarca de Constantinopla pretendía poner en vigencia el canon, y el emperador León II deseaba conseguir su confirmación por parte de Simplicio. Este último, sin embargo, rechazó la petición del emperador y se opuso a la puesta en ejecución del canon, que además limitaba los derechos de los antiguos patriarcados orientales.

La rebelión de Basilisco, que en 476 condujo al exilio al emperador Zenón y se apoderó del trono bizantino, intensificó la disputa monofisita. Basilisco buscó el apoyo de los monofisitas, y dio permiso a los patriarcas monofisitas depuestos, Timoteo Ailuros de Alejandría y Pedro Fullón de Antioquía, para que volvieran a sus sedes. Al mismo tiempo publicó un edicto religioso (Enkyklikon) dirigido a Ailuros, que ordenaba que sólo se aceptaran los tres primeros sínodos ecuménicos, y rechazaba el Sínodo de Calcedonia y la Carta del Papa León. Todos los obispos debían firmar el edicto. El obispo de Constantinopla, Acacio (desde 471), vacilaba y estuvo a punto de proclamar este edicto. Pero la firme posición tomada por el pueblo, influido por los monjes que eran rígidamente católicos en sus opiniones, movió al obispo a oponerse al emperador y a defender la fe amenazada. Los abades y sacerdotes de Constantinopla se unieron al Papa Simplicio, que hizo todos los esfuerzos para mantener el dogma católico y las definiciones del Concilio de Calcedonia. El Papa exhortó a la leal adhesión a la verdadera fe en cartas a Acacio, a los sacerdotes y abades tanto como al propio usurpador Basilisco. En una carta a Basilisco de 10 de Enero de 476, Simplicio dice de la sede de Pedro en Roma: “Esta misma norma de doctrina apostólica se mantiene firmemente por sus sucesores (los de Pedro), a quien el Señor confió el cuidado de todo el rebaño de ovejas, a quien prometió no dejarle hasta el fin de los tiempos” (Thiel, “Rom. Pont.”, 182).De la misma manera emprendió con el emperador el estudio de la causa del patriarca católico de Alejandría, Timoteo Solofaciolo, que había sido suplantado por Ailuros. Cuando el emperador Zenón en 477 expulsó al usurpador y logró de nuevo la supremacía, envió al Papa una confesión de fe completamente católica, después de lo cual Simplicio (9 de Octubre de 477) le felicitó por su restauración en el poder y le exhortó a atribuir la victoria a Dios, que deseaba de este modo restaurar la libertad de la Iglesia. Zenón retiró los edictos de Basilisco, desterró a Pedro Fullón de Antioquía y repuso a Timoteo Solofaciolo en Alejandría. No molestó a Ailuros por su avanzada edad, y de hecho éste murió pronto. Los monofisitas de Alejandría presentaron entonces a Pedro Mongo, el antiguo arcediano de Ailuros, como su sucesor. Urgido por el Papa y los católicos orientales, Zenón ordenó el destierro de Pedro Mongo, pero éste pudo esconderse en Alejandría, y el miedo a los monofisitas impidió el uso de la fuerza. En un momento de debilidad el propio Solofaciolo había permitido la colocación del nombre del patriarca monofisita Dióscoro en los dípticos que debían leerse en los oficios de la iglesia. El 13 de marzo de 478, Simplicio escribió a Acacio de Constantinopla que se debía instar a Solofaciolo para que borrara la ignominia que había atraído sobre sí mismo. Este último envió legados y cartas a Roma para dar satisfacción al Papa. A solicitud de Acacio, que todavía se mostraba activo contra los monofisitas, el Papa condenó de manera nominativa a los herejes Mongo, Fullón, Pablo de Éfeso y Juan de Apamea, y delegó en el Patriarca de Constantinopla para que fuera su representante en esto. Cuando los monofisitas de Antioquía suscitaron una revuelta en 479 contra el Patriarca Esteban II, y lo mataron, Acacio consagró a Esteban III, y después a Calendio como sucesores de Esteban. Simplicio hizo una enérgica petición al emperador de que castigara a los asesinos del Patriarca, y reconvino también a Acacio por excederse en sus competencias al llevar a cabo esta consagración; al mismo tiempo, no obstante, el Papa le concedió la necesaria dispensa. Tras la muerte de Solofaciolo, los monofisitas de Alejandría eligieron de nuevo patriarca a Pedro Mongo, mientras los católicos elegían a Juan Talaia. Tanto Acacio como el emperador, al que aquél influía, se oponían a Talaia, y tomaron partido por Mongo. Mongo fue a Constantinopla a promover su causa. Acacio y él acordaron una fórmula de unión entre los católicos y los monofisitas que fue aprobada por el emperador Zenón en 482 (Henotikon). Talaia había enviado embajadores al Papa Simplicio para notificar al Papa su elección. Sin embargo, al mismo tiempo, el Papa recibió una carta del emperador en la que se acusaba a Talaia de perjurio y soborno y se hacía una petición de reconocimiento de Mongo. Simplicio, por tanto, aplazó reconocer a Talaia, pero protestó enérgicamente contra la elevación de Mongo al Patriarcado de Alejandría. Acacio, sin embargo, mantuvo su alianza con Mongo y pretendió prevalecer sobre los obispos orientales para introducirlo en la comunión de la Iglesia. Durante mucho tiempo Acacio no envió información de ninguna clase al Papa, así que éste se lo reprochó severamente en una carta. Cuando finalmente Talaia vino a Roma en 483 Simplicio ya había muerto.

Simplicio también ejerció un celoso cuidado pastoral en Europa Occidental, no obstante las difíciles circunstancias de la Iglesia durante los desórdenes de las migraciones. Publicó decisiones sobre cuestiones eclesiásticas, nombró al obispo Zenón de Sevilla vicario papal en España, de forma que las prerrogativas de la sede papal pudieran ejercerse en el propio país para beneficio de la administración eclesiástica. Cuando el obispo Juan de Rávena reclamó en 482 la diócesis de Mutina como sufragánea de su sede metropolitana, y sin más consagró al obispo Jorge para esta diócesis, Simplicio se le opuso vigorosamente y defendió los derechos de la sede papal. Simplicio fundó cuatro iglesias nuevas en la propia Roma. Un enorme edificio construido en forma de rotonda en la colina del Celio se convirtió en una iglesia y se dedicó a San Esteban; la parte principal de este edificio aún existe como la iglesia de San Stefano Rotondo. Un bello edificio próximo a la iglesia de Santa Maria Maggiore fue dado a la Iglesia Romana y convertida por Simplicio en una iglesia dedicada a San Andrés con la añadidura de un ábside adornado con mosaicos; ya no existe (cf. de Rossi, “Bull. Di archeol. crist.”, 1871, 1-64). El Papa construyó una iglesia dedicada al protomártir, San Esteban, detrás de la iglesia conmemorativa de San Lorenzo in Agro Verano; esta iglesia ya no está en pie. Hizo una cuarta iglesia construida en la ciudad en honor de Santa Balbina, “juxta palatium Licinianum”, donde estaba su tumba; esta iglesia aún subsiste. Para asegurar la celebración regular de los servicios de la iglesia, de la administración del bautismo, y de la disciplina de la penitencia en las grandes iglesias de las catacumbas fuera de las murallas de la ciudad, a saber las iglesias de San Pedro (en el Vaticano), de San Pablo en la Via Ostiensis, y de San Lorenzo en la Via Tiburtina, Simplicio ordenó que el clero de tres distritos de la ciudad se hiciera cargo, en un orden establecido, de las funciones religiosas en estas iglesias de las catacumbas. Simplicio fue enterrado en San Pedro del Vaticano. El “Liber Pontificalis” da el 2 de Marzo como día del entierro (VI non.); probablemente deba leerse 10 de Marzo (VI id.). Después de su muerte el rey Odoacro deseó influir en la provisión de la sede papal. El prefecto de la ciudad, Basilio, afirmó que antes de su muerte el Papa Simplicio le había pedido que emitiera la orden de que nadie debía ser consagrado obispo de Roma sin su consentimiento (cf. referente a la regulación Thiel, “Epist. Rom. Pont.”, 686-88). El clero romano se opuso a este edicto que limitaba su derecho de elección. Mantenían la vigencia del edicto, publicado por el emperador Honorio a instancias del Papa Bonifacio I, de que sólo podía ser considerado como legítimo obispo de Roma la persona que fuera elegida de acuerdo con la forma canónica con la aprobación divina y el consentimiento universal. Simplicio fue venerado como santo; su fiesta es el 2 de marzo.

lunes, 20 de abril de 2026

20 de Abril 2026 – San Aniceto – Papa

Las noticias que tenemos sobre su vida son pocas. Es el décimo sucesor de San Pedro; fue Papa entre San Pío I y San Sotero; rigió a la Iglesia por el tiempo que duran once años- desde el 155 al 166- y era originario de Emesa, en Siria.

Las circunstancias en las que trabajó vienen dadas por la situación social, política, económica y cultural de la época. En el siglo II se utilizaba el griego como lengua cultual; los Papas suelen ser provenientes de familias humildes del pueblo; ser elegido para ese servicio era elección para el martirio (hasta el siglo IV todos los Papas dieron su vida por la fe).

El cuidado o servicio a los hermanos tenía que ser intenso, sacrificado, valiente, generoso y muy exigente pero lleno de bondad. Los discípulos de Jesús que aumentaban cada día llevaban aún una existencia precaria aún en los períodos de paz. Incluso con los Antoninos, la muerte para el cristiano podía estar detrás de cualquier acusación o acontecimiento; hasta el estoico Marco Aurelio pensó que la paciencia de los mártires cristianos era fanatismo.

Había que esforzarse en llevar a los paganos el misterio, porque el Reino era también para darlo a ellos. Fue preciso contrarrestar a los pensantes paganos listos que, con sarcasmo, ironía y calumnia, ridiculizaban el espíritu y vida de los cristianos. Por eso la fe se hizo, además, apología.

A los cuidados hacia fuera hay que añadir la atención primaria de la grey con los problemas que surgen desde dentro. Ya pululaban por doquier versiones cristianas de fe que no coincidían con el genuino modelo y era preciso mantener a cualquier precio la pureza de la fe recibida. Esa era la situación del complejo sistema que luego se llamó gnosticismo -se tienen por cristianos y enseñan el secreto conocimiento de lo divino, reciben influencias platónicas y de religiones dualistas persas, forman grupos cerrados, niegan la muerte expiatoria de Jesús y rechazan la resurrección del cuerpo terrenal-.

Marción era gnóstico, vivió en Roma y en tiempo del Papa Aniceto; decía que había dos principios: el bueno era Dios y el espíritu maléfico creó el mundo, la materia y el cuerpo; se hizo rico con negocios navieros; hacía estrago entre los cristianos sembrando confusión y negando el valor del cuerpo con su rigorismo extremo.

En estos cuidados discurrió la vida de Aniceto.

Hubo un asunto peculiar que merece comentario. Policarpo viene a Roma para tratar con el Papa un tema serio. Él fue en su tiempo discípulo directo de San Juan, el apóstol joven, y ahora es el obispo de Esmirna. Con sus ochenta y cinco años quiere dejar acordada la fecha de la principal fiesta cristiana. Los de Oriente siguen la tradición joánica, mientras que los de Occidente siguen la tradición de Pedro. No llegaron a ponerse de acuerdo. Es una cuestión -la de la Pascua- que tardará en resolverse hasta el concilio de Nicea. Pero se despiden en comunión sin romper la unidad ni quebrantar la caridad ¡Todo un ejemplo!

No hay datos explícitos y concluyentes sobre el lugar y modo de su tránsito. El Liber Pontificalis -aunque empleando una expresión extraña por lo inusual- lo coloca entre los mártires; luego, la tradición constante de los martirologios habla de martirio y señala la fecha del 17 de abril, aunque no es unánime. En lo referente al lugar de su enterramiento, se señala en cementerio de san Calixto, donde con frecuencia se enterró a los Papas.

La reliquia de su cabeza fue entregada al arzobispo de Munich, Minucio, en el año 1590, y se venera en la iglesia que rigen los jesuitas en la ciudad. Los restos reposan en el sarcófago que soporta el altar Mayor -el que consagró el cardenal Merry del Val en 1910- de la capilla del Pontificio Colegio Español de Roma; fueron traslados al que entonces era palacio renacentista de los duques de Altemps, en el año 1604. Por eso, en la bóveda está pintada, entre guirnaldas barrocas y múltiples amorcillos, la apoteosis de San Aniceto, con capa desplegada y ascendiendo al cielo.

viernes, 3 de abril de 2026

3 de Abril 2026 – San Sixto I, Papa y Mártir

Acerca de los obispos de Roma en los primeros siglos de la Iglesia es muy poco lo que sabemos aparte de sus nombres. Hay que decir que, en concreto, sobre el papa San Sixto I, la primera noticia de su existencia y pontificado la proporciona San Ireneo que, en su obra Adversus haereses (III, 3), nos da la lista de los sucesores de San Pedro y en ella Sixto ocupa el sexto lugar. Según esa misma lista sucedió al Papa San Alejandro I. El obispo historiador Eusebio de Cesarea, en su Historia eclesiástica (IV, 5), señala que estuvo unos diez años de papa, pudiendo datarse su muerte alrededor del año 128.

Y casi no hay más noticias biográficas de San Sixto, puesto que las proporcionadas por el Liber pontificales no están acreditadas ante la crítica.

Para el Martirologio Romano, en su reseña del 3 de abril, San Sixto I fue papa en tiempos del emperador Adriano y, gobernó egregiamente la Iglesia, y sufrió martirio en tiempos de Antonino Pío. Baronio en la edición original del Martirologio situó a este santo el 6 de abril, y luego en posterior edición del mismo ha sido pasado al día 3. En sus notas Baronio dice que se vean las obras atribuidas a San Sixto en sus Anales eclesiásticos.

Estas obras hoy se consideran legendarias, tales como varias cartas y algunas disposiciones litúrgicas y disciplinares. No se comprueba históricamente su martirio, pudiendo en cambio decirse, sobre la base de lo que dice Ireneo, que ni él ni sus sucesores siguieron la costumbre de los obispos de Asia en lo referente a la celebración de la Pascua, pero sin que se rompiera la comunión con ellos. Se cree que fue romano, hijo de Pastor, de la región de Via Lata.

sábado, 28 de marzo de 2026

28 de Marzo 2026 – Sixto III - Papa

Fue elegido papa a la muerte de san Celestino I, en el año 432, y ocupó la sede de Pedro por ocho años que fueron muy llenos de exigencias.

Durante su vida se vio envuelto casi de modo permanente en la lucha doctrinal contra los pelagianos, siendo uno de los que primeramente detectó el mal y combatió la herejía que había de condenar al papa Zósimo. De hecho, Sixto escribió dos cartas sobre este asunto enviándolas a Aurelio, obispo que condenó a Celestio en el concilio de Cartago, y a san Agustín. Se libraba en la Iglesia la gran controversia sobre la Gracia sobrenatural y su necesidad tanto para realizar buenas obras como para conseguir la salvación.

Pelagio fue un monje procedente de las islas Británicas. Vivió en Roma varios años ganándose el respeto y la admiración de muchos por su vida ascética y por su doctrina de tipo estoico, según la cual el hombre es capaz de alcanzar la perfección por el propio esfuerzo, con la ayuda de Dios solamente extrínseca -buenos ejemplos, orientaciones y normas disciplinares, etc.,- ¡era un voluntarista! Además, la doctrina llevaba aneja la negación del pecado original. Y consecuentemente rechaza la necesidad de la redención de Jesucristo. De ahí se deriva a la ineficacia sacramentaria. Todo un monumental lío teológico basado en principios falsos que naturalmente Roma no podía permitir.

Y no fue sólo esto. El Nestorianismo acaba de ser condenado en el concilio de Éfeso, en el 431, un año antes de ser elegido papa Sixto III; pero aquella doctrina equivocada sobre Jesucristo había sido sembrada y las consecuencias no desaparecerían con las resoluciones conciliares. Nestorio procedía de Antioquía y fue obispo de Constantinopla. Mantuvo una cristología imprecisa en la terminología y errónea en lo conceptual, afirmando que en Cristo hay dos personas y negando la maternidad divina de la Virgen María; fue condenada su enseñanza por contradecir la fe cristiana; depuesto de su sede, recluido o desterrado al monasterio de san Eutropio, en Antioquía, muriendo impenitente fuera de la comunión de la Iglesia. El papa Sixto III intentó con notable esfuerzo reducirlo a la fe sin conseguirlo y a pesar de sus inútiles esfuerzos tergiversaron los nestorianos sus palabras afirmando que el papa no les era contrario.

Llovieron al papa las calumnias de sus detractores. El propio emperador Valentiniano y su madre Plácida impulsaron un concilio para devolverle la fama y el honor que estaba en entredicho. Baso -uno de los principales promotores del alboroto que privaba injustamente de la fama al Sumo Pontífice- muere arrepentido y tan perdonado que el propio Sixto le atiende espiritualmente al final de su vida y le reconforta con los sacramentos.

Como todo santo ha de ser piadoso, también se ocupó antes de su muerte -en el año 440 y en Roma-, de reparar y ennoblecer la antigua basílica de Santa María la Mayor que mandó construir el papa Liberio, la de San Pedro y la de San Lorenzo.

lunes, 2 de marzo de 2026

02 de Marzo 2026 – San Simplicio – Papa

Durante la controversia monofisita, que aún proseguía en el Imperio de Oriente, Simplicio defendió vigorosamente la independencia de la Iglesia contra el cesaropapismo de los gobernantes bizantinos y la autoridad de la Sede Apostólica en cuestiones de fe. El canon vigésimo-octavo del Concilio de Calcedonia (451) concedía a la sede de Constantinopla los mismos privilegios de honor que se disfrutaban por el obispo de Roma, aunque la primacía y el rango supremo de honor se debieran a este último. Los legados papales protestaron contra esta elevación del Patriarca Bizantino, y el Papa León sólo confirmó los decretos dogmáticos del Concilio. Sin embargo, el Patriarca de Constantinopla pretendía poner en vigencia el canon, y el emperador León II deseaba conseguir su confirmación por parte de Simplicio. Este último, sin embargo, rechazó la petición del emperador y se opuso a la puesta en ejecución del canon, que además limitaba los derechos de los antiguos patriarcados orientales.

La rebelión de Basilisco, que en 476 condujo al exilio al emperador Zenón y se apoderó del trono bizantino, intensificó la disputa monofisita. Basilisco buscó el apoyo de los monofisitas, y dio permiso a los patriarcas monofisitas depuestos, Timoteo Ailuros de Alejandría y Pedro Fullón de Antioquía, para que volvieran a sus sedes. Al mismo tiempo publicó un edicto religioso (Enkyklikon) dirigido a Ailuros, que ordenaba que sólo se aceptaran los tres primeros sínodos ecuménicos, y rechazaba el Sínodo de Calcedonia y la Carta del Papa León. Todos los obispos debían firmar el edicto. El obispo de Constantinopla, Acacio (desde 471), vacilaba y estuvo a punto de proclamar este edicto. Pero la firme posición tomada por el pueblo, influido por los monjes que eran rígidamente católicos en sus opiniones, movió al obispo a oponerse al emperador y a defender la fe amenazada. Los abades y sacerdotes de Constantinopla se unieron al Papa Simplicio, que hizo todos los esfuerzos para mantener el dogma católico y las definiciones del Concilio de Calcedonia. El Papa exhortó a la leal adhesión a la verdadera fe en cartas a Acacio, a los sacerdotes y abades tanto como al propio usurpador Basilisco. En una carta a Basilisco de 10 de Enero de 476, Simplicio dice de la sede de Pedro en Roma: “Esta misma norma de doctrina apostólica se mantiene firmemente por sus sucesores (los de Pedro), a quien el Señor confió el cuidado de todo el rebaño de ovejas, a quien prometió no dejarle hasta el fin de los tiempos” (Thiel, “Rom. Pont.”, 182).De la misma manera emprendió con el emperador el estudio de la causa del patriarca católico de Alejandría, Timoteo Solofaciolo, que había sido suplantado por Ailuros. Cuando el emperador Zenón en 477 expulsó al usurpador y logró de nuevo la supremacía, envió al Papa una confesión de fe completamente católica, después de lo cual Simplicio (9 de Octubre de 477) le felicitó por su restauración en el poder y le exhortó a atribuir la victoria a Dios, que deseaba de este modo restaurar la libertad de la Iglesia. Zenón retiró los edictos de Basilisco, desterró a Pedro Fullón de Antioquía y repuso a Timoteo Solofaciolo en Alejandría. No molestó a Ailuros por su avanzada edad, y de hecho éste murió pronto. Los monofisitas de Alejandría presentaron entonces a Pedro Mongo, el antiguo arcediano de Ailuros, como su sucesor. Urgido por el Papa y los católicos orientales, Zenón ordenó el destierro de Pedro Mongo, pero éste pudo esconderse en Alejandría, y el miedo a los monofisitas impidió el uso de la fuerza. En un momento de debilidad el propio Solofaciolo había permitido la colocación del nombre del patriarca monofisita Dióscoro en los dípticos que debían leerse en los oficios de la iglesia. El 13 de marzo de 478, Simplicio escribió a Acacio de Constantinopla que se debía instar a Solofaciolo para que borrara la ignominia que había atraído sobre sí mismo. Este último envió legados y cartas a Roma para dar satisfacción al Papa. A solicitud de Acacio, que todavía se mostraba activo contra los monofisitas, el Papa condenó de manera nominativa a los herejes Mongo, Fullón, Pablo de Éfeso y Juan de Apamea, y delegó en el Patriarca de Constantinopla para que fuera su representante en esto. Cuando los monofisitas de Antioquía suscitaron una revuelta en 479 contra el Patriarca Esteban II, y lo mataron, Acacio consagró a Esteban III, y después a Calendio como sucesores de Esteban. Simplicio hizo una enérgica petición al emperador de que castigara a los asesinos del Patriarca, y reconvino también a Acacio por excederse en sus competencias al llevar a cabo esta consagración; al mismo tiempo, no obstante, el Papa le concedió la necesaria dispensa. Tras la muerte de Solofaciolo, los monofisitas de Alejandría eligieron de nuevo patriarca a Pedro Mongo, mientras los católicos elegían a Juan Talaia. Tanto Acacio como el emperador, al que aquél influía, se oponían a Talaia, y tomaron partido por Mongo. Mongo fue a Constantinopla a promover su causa. Acacio y él acordaron una fórmula de unión entre los católicos y los monofisitas que fue aprobada por el emperador Zenón en 482 (Henotikon). Talaia había enviado embajadores al Papa Simplicio para notificar al Papa su elección. Sin embargo, al mismo tiempo, el Papa recibió una carta del emperador en la que se acusaba a Talaia de perjurio y soborno y se hacía una petición de reconocimiento de Mongo. Simplicio, por tanto, aplazó reconocer a Talaia, pero protestó enérgicamente contra la elevación de Mongo al Patriarcado de Alejandría. Acacio, sin embargo, mantuvo su alianza con Mongo y pretendió prevalecer sobre los obispos orientales para introducirlo en la comunión de la Iglesia. Durante mucho tiempo Acacio no envió información de ninguna clase al Papa, así que éste se lo reprochó severamente en una carta. Cuando finalmente Talaia vino a Roma en 483 Simplicio ya había muerto.

Simplicio también ejerció un celoso cuidado pastoral en Europa Occidental, no obstante las difíciles circunstancias de la Iglesia durante los desórdenes de las migraciones. Publicó decisiones sobre cuestiones eclesiásticas, nombró al obispo Zenón de Sevilla vicario papal en España, de forma que las prerrogativas de la sede papal pudieran ejercerse en el propio país para beneficio de la administración eclesiástica. Cuando el obispo Juan de Rávena reclamó en 482 la diócesis de Mutina como sufragánea de su sede metropolitana, y sin más consagró al obispo Jorge para esta diócesis, Simplicio se le opuso vigorosamente y defendió los derechos de la sede papal. Simplicio fundó cuatro iglesias nuevas en la propia Roma. Un enorme edificio construido en forma de rotonda en la colina del Celio se convirtió en una iglesia y se dedicó a San Esteban; la parte principal de este edificio aún existe como la iglesia de San Stefano Rotondo. Un bello edificio próximo a la iglesia de Santa Maria Maggiore fue dado a la Iglesia Romana y convertida por Simplicio en una iglesia dedicada a San Andrés con la añadidura de un ábside adornado con mosaicos; ya no existe (cf. de Rossi, “Bull. Di archeol. crist.”, 1871, 1-64). El Papa construyó una iglesia dedicada al protomártir, San Esteban, detrás de la iglesia conmemorativa de San Lorenzo in Agro Verano; esta iglesia ya no está en pie. Hizo una cuarta iglesia construida en la ciudad en honor de Santa Balbina, “juxta palatium Licinianum”, donde estaba su tumba; esta iglesia aún subsiste. Para asegurar la celebración regular de los servicios de la iglesia, de la administración del bautismo, y de la disciplina de la penitencia en las grandes iglesias de las catacumbas fuera de las murallas de la ciudad, a saber las iglesias de San Pedro (en el Vaticano), de San Pablo en la Via Ostiensis, y de San Lorenzo en la Via Tiburtina, Simplicio ordenó que el clero de tres distritos de la ciudad se hiciera cargo, en un orden establecido, de las funciones religiosas en estas iglesias de las catacumbas. Simplicio fue enterrado en San Pedro del Vaticano. El “Liber Pontificalis” da el 2 de Marzo como día del entierro (VI non.); probablemente deba leerse 10 de Marzo (VI id.). Después de su muerte el rey Odoacro deseó influir en la provisión de la sede papal. El prefecto de la ciudad, Basilio, afirmó que antes de su muerte el Papa Simplicio le había pedido que emitiera la orden de que nadie debía ser consagrado obispo de Roma sin su consentimiento (cf. referente a la regulación Thiel, “Epist. Rom. Pont.”, 686-88). El clero romano se opuso a este edicto que limitaba su derecho de elección. Mantenían la vigencia del edicto, publicado por el emperador Honorio a instancias del Papa Bonifacio I, de que sólo podía ser considerado como legítimo obispo de Roma la persona que fuera elegida de acuerdo con la forma canónica con la aprobación divina y el consentimiento universal. Simplicio fue venerado como santo; su fiesta es el 2 de marzo.

martes, 20 de enero de 2026

20 de Enero 2026 – Santos Fabián Papa y Sebastián

San SEBASTIÁN martirizado en Roma a principios del siglo IV. Además de los músicos (Debussy) y los poetas (D'Annunzio), los pintores lo han tomado con frecuencia como fuente de inspiración; entre otros, Memling, Van Dyck, Mantegna, Tiziano, Bellini, Perugino, Caravaggio, Pinturicchio, G. de la Tour, Le Sueur, Corot y Delacroix. Apenas sabemos de él que murió en Roma en defensa de la fe, que fue enterrado en la Vía Apia (Roma), y que tanto en Roma como en Cartago y en Milán era venerado ya en el siglo IV. Fue en el siglo VI cuando se inventaron las circunstancias de una pasión cuyos detalles han retomado los artistas a través del tiempo.

Originario de Milán, se dice, Sebastián era un apuesto joven y militar brillante, que ocupaba su ocio en rescatar cristianos. Estando en Roma cuando se juzgaba a los hermanos Marcos y Marcelino, fue a verles a la cárcel, hablándoles de Cristo con tal sabiduría que muchos se convirtieron tras escucharle: Tranquiliano, padre de los dos hermanos; Nicostrato, oficial del juez: Claudio el carcelero y hasta trece paganos más. Incluso Cromacio, gobernador de Roma, que pasaba casualmente por el corredor, abrazó la fe y se aprestó a soltar a los prisioneros cristianos.

Con la vuelta de Diocleciano a la Ciudad Eterna, se reanudó la persecución y no pocos de los nombrados perecieron. Entretanto Sebastián se ocupaba de sosegar sus últimos días. Diocleciano lo acababa de nombrar capitán, pero se enteró de estos quehaceres y lo entregó a sus arqueros que lo ensartaron una y otra vez hasta que cayó a los pies del poste al que lo habían atado.

No obstante, Sebastián sobrevivió, como comprobó una piadosa viuda de nombre Irene cuando vino a recoger su cuerpo para enterrarlo. Llevó al mártir a casa, lo curó y le recomendó que no se dejase ver. Animado por un celo creciente, Sebastián quiso salirle al paso al emperador, exigiéndole la liberación de los cristianos. Diocleciano se sorprendió al ver resucitado a su capitán, pero sobre todo se enfureció, exasperado por la insolencia. Ordenó que esta vez lo mataran a palazos como a un perro y que lo echaran a un albañal.

San FABIÁN era laico cuando fue nombrado obispo. Ocupó la cátedra de san Pedro durante catorce años (236-250), y sufrió el martirio bajo el emperador Dedo. Fue enterrado en las catacumbas de Calixto (Roma).

viernes, 16 de enero de 2026

16 de Enero 2026 – San Marcelo I - Papa

Ha de ser un fenómeno inexplicable, para los que no crean o no conozcan las promesas de Jesús, la permanencia ininterrumpida de los sucesores de San Pedro, al frente de la Iglesia. En el caso de San Marcelo hubo un intervalo, debido a las crueles persecuciones romanas que sufrió la Iglesia, pero la barca de Pedro salió de nuevo a flote.

San Marcelo I hace el número treinta de la serie de los papas. Su pontificado fue muy corto, del 308 al 309. Pero más largo que el de Marcelo II, en tiempos de San Ignacio de Loyola, que duró apenas tres semanas.

La Iglesia había salido robustecida de las persecuciones del siglo III. Hubo después de Decio y Valeriano un tiempo de tolerancia que no duró mucho. Diocleciano, en su largo reinado, del 284 al 305, fue respetuoso al principio. Pero al final, del 303 al 305, se desató una violenta persecución, la más fuerte de las habidas hasta entonces. El emperador publicó varios edictos persecutorios, y en las diversas regiones del Imperio hubo muchos mártires, entre ellos el papa San Marcelino en el año 304.

Marcelo, que había querido acompañar al papa en el martirio, fue en las persecuciones el gran animador de la vida cristiana por su caridad y su celo apostólico. Su elección como papa no pudo hacerse hasta el 308, según las fuentes más verosímiles, cuatro años después del martirio del papa San Marcelino. La triste situación de la época obstaculizaba la reunión de los obispos que habían de elegirle, pues aunque Diocleciano abdicó el 305, las dificultades siguieron con su sucesor Majencio.

Los obispos comprendieron que Marcelo era el hombre que las circunstancias requerían. La persecución había atacado principalmente la organización de la vida de la Iglesia. Habían destruido los templos, quemado los libros sagrados, habían llevado a la apostasía o a la muerte preferentemente a sacerdotes. Hacía falta, pues, un hombre de temple, suave y fuerte, que restaurara sobre todo la disciplina y la jerarquía.

El nuevo papa construyó nuevos templos, consagró obispos y sacerdotes, colocó 25 sacerdotes muy elegidos en otras tantas iglesias de Roma, estratégicamente situadas, y estableció un nuevo cementerio, en la Vía Salaria, con la ayuda de una noble y rica matrona romana, Santa Priscila, que se dedicaba a socorrer a los mártires, a los que luego sepultaba.

Un problema espinoso tenía que afrontar el papa. Eran los famosos «lapsi» que por debilidad se habían apartado de la Iglesia en la persecución. Unos exigían un rigorismo intransigente, otros una indulgencia demasiado blanda. El papa impuso su autoridad. Abrió a todos las puertas de la reconciliación, pero a todos se exigirá la debida penitencia.

Algunos aún trataron al papa de demasiado riguroso, lo que originó disturbios y revueltas en Roma, y los llamados cismas romanos, semejantes a los que luego surgieron en África con los seguidores de Donato.

Con el pretexto de las citadas revueltas, Majencio el usurpador, que ya que se encontraba seguro, se revolvió contra el papa. Según algunas tradiciones fue condenado al destierro. Según otras fuentes, fue primero cruelmente azotado y después condenado a cuidar bestias en las caballerizas romanas. La piadosa matrona Lucila le habría protegido, y hasta habría escrito Marcelo unas cartas a los obispos de Antioquia, invitándoles a la unión. En enero del 309 moría San Marcelo en silencioso martirio. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de su fiel colaboradora Santa Priscila.

domingo, 11 de enero de 2026

11 de Enero 2026 – San Higinio - Papa

Nació en Atenas y desde su juventud se distinguió por su excelente carácter, por sus virtudes y las eminentes calidades morales e intelectuales

Elegido como Papa en el 139, instituyó algunos grados y una jerarquía en el clero. Durante su pontificado que sólo duró cuatro años, no se encarnizaron mucho las persecuciones contra la Iglesia, pero surgieron dos herejías que seguro no podían ser preferidas a una persecución.

Un cierto Cerdone, que aparentemente parecía un ferviente cristiano, se puso a enseñar que hay dos deidades: una del antiguo Testamento, rigurosa y severa, la otra del Nuevo, buena y misericordiosa.

El Santo Papa, que era muy vigilante, se dio cuenta de este error, y condenó a Cerdone, excomulgándolo. El fingió arrepentirse e Iginio lo aceptó de nuevo en la comunión de los fieles; pero el hipócrita seguiba a enseñar ocultamente sus errores, y así el Papa lo excomulgó por segunda vez.

Los fieles, en consecuencia de esta excomunión de Cerdone, rechazaron su falsa doctrina, salvos pocas personas que quisieron creer tercamente el error.

Surge un nuevo peligro por la Iglesia y por el rebaño de Cristo: peligro que atavío el Santo Pontífice en ansiedad por las almas confiadas a su cura. Junto a Cerdone estaba otro heresiarca, llamado Valentino, el que engreído suyo saber, y ofendido para no haber sido creado obispo, se puso a renovar muchas impiedades de Simón Mago, a las que él añadió otras extravagantes absurdidades. En un primer momento enseñó en Alejandría, luego en Roma; Sin embargo Papa Iginio no lo excomulgó, pero trató de hacerlo arrepentirse y ganarlo a Jesús Cristo.

Después haber defendido la Iglesia contra los que quisieron lacerar sus elementos, después haber defendido la doctrina del Evangelio, murió en el 142. Se cree que Sant Iginio no sufrió el martirio, pero sin embargo ha sido contado entre los mártires, por las persecuciones que tuvo a soportar en el tiempo de su pontificado. Fue enterrado en el Vaticano junto al Príncipe de los Apóstoles.

jueves, 11 de diciembre de 2025

11 de Diciembre 2025 – San Dámaso I – Papa

Hayámonos de nuevo en aquella Roma de los últimos tiempos del Imperio. No lejos del palacio donde crece Ambrosio, el futuro doctor de la Iglesia, a unos pasos del Tíber y pegando con el teatro Pompeyo, hay otra casa más modesta, donde se ha hospedado una familia española, cuyos miembros se distinguen todos por su entusiasmo religioso. Son cuatro: el padre, llamado Antonio, que vive como un hermano con su mujer Lorenza; una hija, Irene, que lleva el velo de las imágenes, y un joven, Dámaso, a quien su padre, lector, escritor, notario y sacerdote de la Iglesia romana, educa solícito en un ambiente de ciencia y de piedad. Admitido desde su juventud en el orden clerical, no tarda en distinguirse por la austeridad de su vida, por su espíritu despierto, por la energía de su carácter y por su amor a los antiguos recuerdos cristianos. Cuando San Atanasio llega a Roma en 341, Dámaso se hace desde el primer momento su amigo y admirador; escucha con avidez las maravillas que los compañeros del patriarca cuentan sobre los monjes de los desiertos egipcios, y en medio de los bandos que desgarran el cristianismo, su fe se hace más clara y firme. Al mismo tiempo, su prestigio va creciendo en la sociedad romana: el pontífice Liberio le honra con su confianza, los senadores buscan su amistad, las grandes damas llegan a él pidiendo dirección y consejo. Es el alma de aquella reunión de piadosas mujeres que tiene su asiento en el Aventino, alrededor de Paula, Marcela y Fabiola. Naturalmente, empieza a tener enemigos que, envidiosos de su ascendiente entre la aristocracia cristiana, le motejan de halagador de orejas femeninas, auriscalpius feminarum.

Era aquél un tiempo de indecisiones religiosas y de enconadas luchas dogmáticas. El emperador Constantino turbaba las Iglesias con un despotismo teocrático; con su favor, Arrio triunfaba por todas partes; los obispos ortodoxos caminaban al destierro, y la fe de Nicea parecía olvidada para siempre.

En este momento (366) es cuando el español Dámaso es llamado a ocupar la cátedra de San Pedro. El espectáculo que se ofrecía a sus ojos era para encoger el corazón más animoso: cismas, discusiones heréticas, rebeldías, apasionamientos teológicos, arbitrariedades imperiales. Cada día aparecía un nuevo dogmatizador que, a fuerza de cavilar sobre la naturaleza, o la persona o la voluntad de Cristo, había llegado a descubrir errores nuevos. En la misma Roma las sectas se combatían con encarnizamiento. Dámaso se encontró con una Iglesia de donatistas africanos, otra de luciferinos, que eran los jansenistas de aquellos días y otra independiente, que dirigía un asceta prestigioso. Poco a poco, todos estos grupos fueron deshaciéndose gracias a la política del nuevo Papa, a quien ayudaban los magistrados de la ciudad.

Pero había otro enemigo más tenaz. Unos cuantos presbíteros se habían negado a reconocer la autoridad de aquel extranjero del genio emprendedor y autoritario. Apenas instalado, Dámaso se encontró con un rival en el antipapa Ursino. La lucha fue larga y sangrienta. Damasianos y ursinianos se disputaban las basílicas, se combatían con la pluma y con la espada, y venían con frecuencia a las manos, armando tumultos en el Foro y ensangrentando las plazas. En una ocasión quedaron en el campo más de ciento cincuenta muertos. A los dos años, Ursino y sus parciales se vieron obligados a salir de Roma, y así terminaron las batallas sangrientas, reemplazadas ahora por una violenta campaña de libelos, pasquines, intrigas y acusaciones infamantes.

Dámaso dejaba decir y se entregaba con toda su alma a realizar las grandes obras de su pontificado: transformaba su casa en la basílica que hoy se llama San Lorenzo in Dámaso; creaba en sus atrios una rica biblioteca, el mejor servicio, decía él, para hacerse acreedor a los homenajes de la posteridad; embellecía la ciudad con nuevas construcciones y renovaba el culto de las tradiciones antiguas, extendiendo su solicitud aun a los monumentos paganos. Cuando un español, Teodosio, salvaba el Imperio moribundo, este otro hijo de España sentía el alma de Roma mejor que ningún romano. Se ha dicho que, tanto en la persona como en las obras, Dámaso nos ofrece un compuesto extraño de antiguo y nuevo, una alianza muy particular del genio imperial con elemento cristiano. El retórico Símaco, corifeo del paganismo en los momentos de su agonía, acusado de haber castigado injustamente, siendo prefecto de la ciudad, a los cristianos sospechosos de haber destruido los monumentos del culto pagano, encontró en el Pontífice su defensor más autorizado. Dámaso mismo compareció ante el Tribunal para declarar que ningún cristiano había sufrido trato injusto del prefecto.

Visitante asiduo de las catacumbas en su juventud, Dámaso puso en ellas lo mejor de sus trabajos arquitectónicos. A ello le movió aquella veneración a los mártires que ya en su niñez se manifestaba preguntando a los verdugos de la última persecución acerca de los últimos momentos de sus víctimas, y, además, el deseo de favorecer el movimiento de las peregrinaciones. De Roma y de fuera de Roma, los devotos penetraban en aquellos sagrados lugares para empaparse de fe y heroísmo. San Jerónimo refiere cómo en su juventud iba todos los domingos, acompañado de otros estudiantes, a visitar las tumbas de los apóstoles y los mártires. «Al recorrer—dice—aquellas galerías subterráneas cuyos muros encierran por uno y otro lado los despojos de los muertos, y cuya oscuridad desvanece apenas un rayo de luz que se filtra por una estrecha abertura, unos a otros nos repetíamos el verso de Virgilio: «Pavor por doquiera, por doquiera llanto y múltiple imagen de la muerte.» Se trataba de hacer transitable aquel laberinto de corredores y cubículos exiguos, irregulares, oscuros y tortuosos, de glorificar las tumbas de los mártires, de distinguir sus cuerpos, de conservar las tradiciones, que el tiempo iba borrando y confundiendo. Este es el trabajo que hizo Dámaso en casi todas las catacumbas. Amplió las galerías y las limpió de escombros, construyó escaleras, multiplicó y agrandó los lucernarios, consolidó las paredes y las bóvedas ruinosas, decoró las cámaras y las criptas y adornó de mármoles los sepulcros. No contento con esto, hizo investigaciones históricas, registró los archivos de la Iglesia, puso diligencia en recoger todo lo que se sabía de los mártires, y resumiéndolo en rotundos hexámetros, que nos revelan, a la vez que el historiador concienzudo, el poeta elegante, lector de Virgilio y de Ovidio, los hizo grabar con caracteres hermosísimos en los muros de los hipogeos, salvando así del olvido muchas páginas de la historia primitiva del cristianismo.

Pero la vigilancia del Pontífice se extendía a todo el orbe católico. Dondequiera que peligraba la fe, allí estaba él con sus legados o con sus cartas. Reúne en torno suyo a los obispos de Italia para discutir los problemas religiosos que agitaban el Imperio, apoya enérgicamente a Ambrosio para aniquilar el arrianismo en Milán, favorece el triunfo del Símbolo niceno en todo el Occidente, convoca el Concilio ecuménico de Constantinopla, interviene en todos los asuntos dogmáticos del Oriente y alienta en sus luchas titánicas al gran campeón de la ortodoxia en Asia, San Basilio. El obispo de Cesárea había escrito al de Roma pidiendo su ayuda contra los herejes. Roma, siempre prudente, pensaba las cosas y las maduraba sin prisas. Esta tardanza impacientaba al gran doctor oriental. «He pensado—escribe Basilio—enviar allá a mi hermano Gregorio, pero es un hombre que ignora el arte de la adulación, y probablemente no conseguiría nada de un hombre fastuoso ante el cual necesitaría saber inclinarse.» Estas amargas palabras se cambiaron pronto en el testimonio más sincero de admiración y agradecimiento. Dámaso se decidió al fin, y su intervención llenó de alegría a todos los que se interesaban por la pureza de la fe. «Que el Señor nuestro Dios—le escribía Basilio—se digne concederos tantos favores y prosperidades como son las alegrías de que nos habéis llenado. Las entrañas de vuestra misericordia y de vuestra piedad se han dilatado sobre nuestros dolores. Sin duda, las llagas no están curadas todavía, pero es un consuelo inmenso saber que el médico está a la puerta del enfermo y que no tardará en aplicar los remedios.»

Otra voz no menos autorizada llegaba desde el extremo del Imperio hasta el palacio de Letrán pidiendo la intervención del Pontífice: «El Oriente—decía—está poseído de una furia diabólica. Los lobos y las zorras destrozan la viña del Señor y desgarran la túnica indivisible de Cristo. En vano busco en esta tierra la fuente santa, el agua pura de la doctrina. A pesar de las distancias, es a vos a quien me dirijo para implorar el alimento de mi alma. Sois el sol de justicia y de verdad, la luz del mundo, la sal de la tierra. Vuestra grandeza me acobarda, pero vuestra bondad me alimenta. No quiero ver en vos la majestad que rodea el trono romano, sino preguntar al Vicario del Pescador, al discípulo de la Cruz. Y heme aquí confinado, a causa de mis pecados, en este desierto de Siria, cerca de las fronteras de la barbarie. No puedo, como antiguamente, consultar cada día al santo del Señor, pero puedo conjuraros por la Trinidad consustancial, por la Cruz y la Pasión del Salvador, que hagáis uso de vuestra autoridad apostólica para mostrar a tantos espíritus inquietos y vacilantes el camino que deben seguir.»

Quien así hablaba era Jerónimo, el ermitaño dálmata, cuya memoria guardaban aún fresca las aulas de Roma. También él, siendo estudiante, había sentido aquella influencia que Dámaso ejercía sobre todos los que estaban sedientos de perfección evangélica. Probablemente se habían encontrado más de una vez en el colegio del monte Aventino. Después, atraído por la vida heroica de los solitarios orientales, había desaparecido repentinamente, y pocos sabían su paradero. Dámaso se alegró de aquel hallazgo, y, conocedor de los hombres, le hizo venir de nuevo a la capital del mundo cristiano. Nadie como él, podía informarle de la verdadera situación de las Iglesias orientales; nadie podía asesorarle con más lealtad y seguridad en aquel laberinto de polémicas religiosas, mucho más complicado que las encrucijadas de las catacumbas. El asceta austero, el vigoroso polemista, le ayudaría a destruir ciertas sectas de tendencias sensualistas que se propagaban en Roma, favorecidas por la persistencia del espíritu pagano en la capital del mundo; el sabio laborioso, el consumado hebraísta, escribía con su apoyo y bajo su protección una versión segura de la Biblia, cuya autenticidad quedaría consagrada por la autoridad soberana, dando fin a interminables disensiones y a errores introducidos por el fraude y la ignorancia.

La Iglesia había encontrado en el Pontífice un piloto experimentado, y en su secretario y consejero un centinela celoso y abnegado. La acción del Pontífice se desarrolla con un vigor desconocido hasta entonces; el Primado romano se afirma, y su influencia extiende sus raíces más allá del Imperio. La sede de Pedro aparece como el centro de unión, como la brújula infalible por la que se orientan las demás Iglesias. Dámaso depone a los obispos heréticos, reconoce a los pastores legítimos, fija el canon de las Sagradas Escrituras, y en Oriente y Occidente se aceptan sus decisiones. «Tú ocupas el primer puesto, eres el primero de todos», le dice Prisciliano. «Toda mi ciencia consiste en saber que quien no recoge contigo, desparrama», le escribe San Jerónimo. «Instruidnos, dirigidnos—le suplica San Basilio—; admitimos lo que admitáis vos; lo que vos rechacéis, lo rechazaremos. Sólo de vos aguardaremos la paz y unidad de la Iglesia.» Dámaso hace uso de esta supremacía, afirma categóricamente la institución por Cristo de la preeminencia de Roma; y en su manera de obrar y hablar se ve siempre al jefe cuyas declaraciones tienen carácter de regla de fe. Poco antes de morir escribía a los obispos de Oriente: «Hacéis bien en dar a la sede apostólica la reverencia que le es debida. La primera ventaja es para vosotros. La Iglesia romana, en cuyo trono se asienta el apóstol Pedro, posee, efectivamente, ese primado de jurisdicción, que, aunque indigno, tengo yo ahora en mis manos.»

domingo, 23 de noviembre de 2025

23 de Noviembre 2025 – San Clemente I, Papa

San Clemente es el tercer sucesor de San Pedro, después de los Papas San Lino y San Cleto. Roma le vio nacer al pie del monte Celio, y en Roma fue bautizado. Sobresalió en las letras, especialmente en griego.

Es uno de los llamados Padres Apostólicos y una de las figuras principales de la antigüedad cristiana. Eusebio lo menciona siempre junto a San Ignacio de Antioquia. Según San Ireneo, Clemente había tratado a los Apóstoles, de los que había recibido la predicación viva del Maestro.

Según Tertuliano, de Pedro recibe el diaconado, el sacerdocio y el episcopado. Y según Orígenes, con Pablo colabora en la fundación de la Iglesia de Filipos. Nos entronca, pues, con las mismas fuentes.

Una antigua tradición supone que estuvo emparentado con la ilustre familia de los Flavios. En todo caso, él sólo se gloriaba de ser cristiano.

Clemente gobernó la Iglesia romana, como sucesor del papa San Cleto, del 90 al 99. Su pontificado fue muy fecundo. Fue un verdadero adalid de la unidad de la Iglesia contra todas las fuerzas de dispersión.

El Liber Pontificalis nos conserva las características de su pontificado: «Clemente gobernó la Iglesia durante nueve años. Reorganizó la Comunidad de Roma, dividió la ciudad en siete sectores, encomendados a siete diáconos. Mandó redactar con cuidado las Actas de los Mártires».

El hecho más importante de su pontificado es la Carta dirigida a la Iglesia de Corinto, desgarrada por la discordia, donde los llama a la obediencia del obispo de Roma. Es el documento papal más antiguo, después de las Cartas de San Pedro. Esta Carta es llamada «Primera epifanía del Primado Romano», y el obispo Dionisio de Corinto la veneraba como a la Biblia.

En su Carta a los de Corinto nos muestra Clemente su idea de la jerarquía, de la disciplina y de la liturgia, su espíritu católico, su amplia cultura, su solidez teológica, su amor a la paz y a la unidad.

«Es preciso someterse con humildad. Dejemos la soberbia, enemiga de la armonía. Las ofrendas y los ritos litúrgicos han de celebrarse, no a voluntad de cada uno y sin orden, sino conforme a lo ordenado por el maestro. Sigamos el canon venerable y glorioso de nuestra tradición, conservemos el muro fraterno de la caridad. Sin ella nada es agradable a Dios. La cabeza no es nada sin los pies, pero, a su vez, los pies serían inútiles sin la cabeza. Los pequeños y los grandes se necesitan mutuamente».

¿Cuál fue el final de la vida de San Clemente? La tradición lo presenta como mártir. Parece ser que, por orden de Trajano, fue desterrado al Quersoneso, en la actual península de Crimea. Allí dos mil cristianos, también desterrados, trabajaban con él en las canteras de mármol. San Clemente empezó a consolarlos. Todos acudían a él: «Ruega por nosotros, Clemente, para que seamos dignos de las promesas de Cristo». Y él les decía: «No por mis méritos me ha enviado a vosotros el Señor, sino, por los vuestros, para hacerme también a mí partícipe de vuestras coronas». Más tarde, sigue la tradición, parece que Clemente fue arrojado al mar, y le habrían atado una pesada ancla al cuello, para ser sumergido en las aguas.

Los santos eslavos, Cirilo y Metodio, en el pontificado de Nicolás I (858-867), trasladaron el cuerpo del mártir desde Quersoneso a Roma, y lo colocaron bajo el altar del templo a él dedicado, uno de los templos más antiguos de Roma, situado entre el monte Celio y el Esquilino.

jueves, 20 de noviembre de 2025

20 de Noviembre 2025 – San Gelasio I, Papa

No se sabe si nació en África o era romano de origen, pero sí consta que fue elegido pontífice en el 492 y que reinó cuatro años y medio, distinguiéndose por su energía.

Parece que no es obra suya el Decreto Gelasiano que contiene una lista de los libros del canon bíblico, pero sí hay que atribuirle reformas litúrgicas y sin ninguna duda una actitud muy firme respecto a los herejes: combatió implacablemente a pelagianos, nestorianos y monofisitas, e hizo quemar los libros de los maniqueos.

También hombre de una pieza en el conflicto que le enfrentó a un obispo cismático de Constantinopla, afirmando en todo momento la primacía de la sede romana, sin olvidar que formuló con claridad, quizá por primera vez, la supeditación que en último término debe el poder temporal al espiritual.

Este esquemático repaso a sus actividades le señala como un papa que no perdía el tiempo y que en menos de un lustro dejó huella en todas las cuestiones relativas a la fe y a la disciplina. Su figura se ve así envuelta en un aura de inflexibilidad.

Aunque la idea más común acerca de ser santo se relaciona con blandas efusiones teñidas de sentimentalismo, la santidad estriba muchas veces en ser duro. San Gelasio, defendiendo el depósito de la fe y la Iglesia de Roma es inflexible, no retrocede ni una pulgada; y también ha pasado a la historia como «padre de los pobres», porque para él caridad significaba las dos cosas, ser de hierro custodiando la herencia de Dios y de cera y miel para las necesidades de sus hermanos.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

12 de Noviembre 2025 – San Martín I, Papa y mártir

El glorioso pontífice y mártir san Martín nació en Todi, ciudad de Toscana, y fue hijo de Fabricio, varón de grande santidad. Terminados sus estudios en Roma con grande opinión de sabiduría y virtud, fue ordenado de sacerdote por el papa Teodoro I, el cual lo envió por legado suyo a Constantinopla, para que redujese a los herejes monotelitas a la unidad de la fe. Para este entonces, pasó de esta vida el pontífice: y Martín fue elegido para sucederle, traspasado su corazón de dolor, por no haber podido aún sosegar los disturbios de los herejes.

Convocó luego un Concilio en Letrán; y en él dio cuenta a los Padres de lo que había hecho para reducir a obediencia a los rebeldes. Los padres aclamaron a una voz a san Martín, y con él condenaron de nuevo las pretensiones cismáticas de Sergio, patriarca de Constantinopla, y el tipo o edicto del emperador Constantino II: en el cual, para favorecer a los herejes monotelitas, prohibía toda controversia en que se tratase de si en Cristo había dos voluntades o una sola.

Envió san Martín un vicario suyo a Constantinopla, al cual no quisieron someterse los herejes; antes embravecidos y llenos de coraje, determinaron asesinar al santo pontífice. Tomó el emperador por instrumento de su maldad a Olimpio, su camarero; y para ello le nombró Exarca de Italia; y pasando Olimpio a Roma, fingió querer comulgar de mano del santo papa; y dio orden a uno de su guarda, que, al tiempo que él estuviese hincado de rodillas para recibir la comunión, le diese la espada, para con ella dar la muerte al que le estaba dando el Pan de vida.

Más sucedió que al mismo tiempo que aquel sayón cruel quiso dar la espada a Olimpio, se cegó de manera, que jamás pudo atinar a ver al papa: No habiendo podido los herejes consumar su crimen, usaron de más diabólicos artificios, calumniándole ante el emperador Constante; el cual, como estuviese ya inficionado con el veneno de la herejía, envió a Roma a Teodoro Caliopas, hombre astuto, con orden de prender al santo y traerlo a Constantinopla, como lo hizo. Allí defendió él su inocencia con razones irrecusables, pero todo fue en vano.

Constante quiso forzarle a firmar los edictos solemnemente condenados en el Concilio de Letrán; y como el papa se negase resueltamente, le quitaron ignominiosamente sus vestiduras pontificales, le cargaron de cadenas, y le llevaron así a Crimea donde padeció hambre y sed y toda clase de malos tratamientos; de los cuales él mismo dice en una de sus epístolas: «Vivo en las angustias del destierro, despojado de todo, alejado de mi Sede: sustento mi débil cuerpo con duro pan; pero ningún cuidado paso de las cosas terrenas.» En estos trabajos perseveró con admirable paciencia, hasta que, a los seis años de su pontificado, entregó su espíritu al Señor.

martes, 12 de agosto de 2025

12 de Agosto 2025 – Beato Inocencio XI, Papa

En abril del año 2011, tras la ceremonia de beatificación del papa San Juan Pablo II, se decidió sacar de las grutas vaticanas el cuerpo de quien fuera papa desde 1979 hasta el año 2005. El cuerpo de San Juan Pablo II fue colocado en la basílica de San Pedro, donde hasta hacía unos días se encontraba el cuerpo de quien es considerado por algunos como el Papa más grande del siglo XVII, el Beato Inocencio XI (1611-1689), quien presidió la sede de Pedro desde el año de 1676 al 1689. Tras estos acontecimientos, me preguntaba quién era Inocencio XI y también quién fue Juan Pablo II; por qué quitar del altar a un pontífice beato para colocar a otro, pues como pasa en la sociedad, también en la Iglesia hay Santos populares y de moda que atraen más gente que otros, y éste quizá sea el caso del Beato Inocencio XI.

Su nombre de pila fue Benito Odescalchi, hijo de Livino Odescalchi y de Paola Castelli; y nació en el norte de Italia, en Como. Su familia se dedicaba al comercio y por tanto era rica, debido a este oficio en el que les iba bastante bien. Su padre moriría pronto y junto con tíos y su hermano, fundaron una banca en Génova, que tenía además varias sucursales.

Sus primeras letras las realizó en Como con los jesuitas, estudió derecho civil y derecho canónico, así que, como familiar de banqueros, también fue inculcado en los conocimientos de este oficio. Estudió en la universidad de La Sapienza de Roma y en la Universidad de Nápoles.

No se tienen datos sobre su vocación y su ordenación sacerdotal, pero ya en 1640 el papa Urbano VIII lo nombró protonotario apostólico “participantium” y, poco tiempo después, referendario de los tribunales de la Signatura Apostólica de Gracia y de Justicia. Fue un hombre generoso con los pobres, ya que tras ser nombrado en 1658 legado en la ciudad y territorio de Ferrara, ayudó a la población azotada por una severa hambruna. En 1645 el Papa Inocencio X lo nombró cardenal diácono de San Cosme y Damián y, de 1650 a 1656 ocupó, además, el cargo de obispo de Novara, tras ser consagrado obispo en 1650. En su nueva diócesis utilizó todo los recursos disponibles para ayudar a los pobres y a los enfermos.

Tras su renuncia a la diócesis, partió para Roma, donde fue consultor en diversas Congregaciones. Participó en los cónclaves donde fueron elegidos los papas Clemente IX y Clemente X; finalmente, el 21 de septiembre de 1676, fue elegido obispo de Roma, tomando el nombre de Inocencio XI.

Como pontífice tuvo problemáticas con cardenales franceses, así como el rey de Francia, como también los había tenido en su momento el papa Inocencio X. El papa Inocencio fue un hombre asceta, bondadoso y generoso con los pobres, luchó fuertemente contra el nepotismo del clero, cosa que no acabó por la falta de apoyo de los cardenales; fue, por fin, en el pontificado de Inocencio XII en 1692 cuando desapareció esta práctica. Recordemos que el nepotismo en la Iglesia durante la Edad Media fue usado con frecuencia para mantener oficios, terrenos, títulos y nombramientos, con la finalidad de mantener una línea de poder por parte de clérigos y pontífices. Además de esto, reformó la administración de la Curia y ordenó las finanzas del Estado Pontificio.

Sobre la comunión frecuente y diaria, aprobada siempre por los Padres de la Iglesia y que en la práctica de la vida de la Iglesia no se llevaba, llegó a decir que los fieles asistentes a cada misa, comulgaran, recibiendo sacramentalmente la Eucaristía. Tenía una justa razón para alentar esta práctica, afirmando que la Eucaristía era el pan o alimento que podría escudriñar todas aquellas distracciones espirituales y múltiples escondrijos de la conciencia que con el ojo humano no sería posible ver, por tanto la Eucaristía era vital. Para poderla recibir frecuentemente, era necesario que el confesor lo aprobase, ya que él era quien escudriñaba los corazones de los penitentes. Se preocupó por la preparación de los laicos para que conocieran y recibieran este Sacramento “de manera que con ayuda de los predicadores, párrocos y confesores ayudasen a los laicos a reconocer su propia flaqueza, a fin de que por la dignidad del Sacramento y por temor del juicio divino aprendan a reverenciar la mesa celeste en que está Cristo, y si alguna vez se sienten menos preparados, sepan abstenerse de ella y disponerse para mayor preparación”.

Como he mencionado antes, tuvo problemas con el rey Luis XIV de Francia, ya que éste no respetaba los derechos de la Iglesia. En 1682 el rey convocó en asamblea al clero francés, donde adoptó los cuatro artículos conocidos como “Declaratio cleri gallicani”, en la cual colocaba a la Iglesia como una institución sumisa al Estado. Los clérigos participantes en esta asamblea fueron excomulgados por el Papa, pero para apaciguar la relación, el rey revocó el edicto de Nantes que había firmado el rey Enrique IV de Francia en 1598, donde autorizaba la libertad de culto y de todos los demás, con algunos límites, a los protestantes calvinistas en Francia.

Consiguió un gran éxito cuando, en la guerra contra los turcos, consiguió establecer una alianza entre el emperador austriaco y el rey polaco Jan III Sobieski, gracias a la cual pudo llegar el 12 de septiembre de 1683 la victoria contra los turcos y la liberación de Viena. Luego del triunfo de la batalla de Viena, la Liga Santa llevó a cabo la toma de Hungría, en la que las ciudades de Buda y de Pest serían reconquistadas en 1686.

El Papa Inocencio XI escribió, además de hablar sobre la Eucaristía, también sobre materia de moral y de sistemas morales, así como del error sobre el sigilo de la confesión, para lo cual dijo: “Es lícito usar de la ciencia adquirida por la confesión, con tal que se haga sin revelación directa ni indirecta y sin gravamen del penitente, a no ser que se siga del no uso otro mucho más grave, en cuya comparación pueda con razón despreciarse el primero”, añadida luego la explicación o limitación de que ha de entenderse del uso de la ciencia adquirida por la confesión con gravamen del penitente excluida cualquier revelación; y en el caso en que el no uso se siguiera un gravamen mucho mayor del mismo penitente, se ha estatuido que “dicha proposición, en cuanto admite el uso de dicha ciencia con gravamen del penitente, debe ser totalmente prohibida, aun con la dicha explicación o limitación”.

Tras una larga enfermedad murió el 12 de agosto de 1689 en el palacio del Quirinal, llorado por todo el pueblo romano y fue sepultado en San Pedro. Su proceso de beatificación se vio frenado por la intromisión de Francia durante dos siglos y medio; ya que el proceso comenzó en 1714. Parece ser que el gobierno francés no olvidaba las disputas del rey con el pontífice y por tanto fue suspendido en 1744. Finalmente en el siglo XX se reabrió el proceso y el Venerable Pío XII lo beatificó el 7 de octubre de 1956. Su fiesta tiene lugar el 12 de agosto, que es el aniversario de su muerte.

lunes, 11 de diciembre de 2023

11 de Diciembre - San Dámaso I - Papa

Se le ha llamado: "Ornamento de Roma. Doctor virgen de la Iglesia virgen. El Papa español. Heraldo de la fe...".

Parece ser que nació en Roma por el año 305 de una familia de ascendencia española. Su padre hizo la carrera eclesiástica. Se llamaba Antonio y fue notario, lector, levita y sacerdote. Su madre, llamada Laurencia, murió de muy avanzada edad. Tuvo también una hermana que se llamó Irene y que también se consagró al servicio del Señor.

Dámaso fue educado a la sombra de su padre en un ambiente exquisito, alternando sus amistades entre los cristianos y los antiguos patricios romanos, muchos de los cuales nada querían saber con los cristianos. Desde el primer momento quiso ser sacerdote y para ello se preparó lo mejor que pudo. Como valía mucho, pronto tuvo también envidiosos y calumniadores, pero no por ello dejó de hacer el bien y de trabajar por la Iglesia.

Dos clases de libros le agradaron desde niño: la Sagrada Escritura y las Actas de los Mártires. Sobre ellos llegará a ser el gran poeta, que, en elegantísimos versos latinos cantará las maravillas de aquellos que valientemente dieron su sangre por Jesucristo. Aún hoy se conservan algunos fragmentos de aquellos inspirados cantos al heroísmo cristiano.

No fueron fáciles los tiempos en que Dámaso es elevado al Papado como sucesor del Papa Liberio. Hubo un antipapa (Félix) y hubo de trabajar denodadamente para que la herejía no se propagase en aquellos años que la Iglesia ya gozaba de libertad. A la vez que la Iglesia le elige a él como Papa, los partidarios de Ursino lo eligieron a éste. Mucho hubo de sufrir con ello Dámaso. Será una espinita que muy mucho le ayudará a purificarse y a correr por los caminos de la santidad. Este antipapa Ursino no dejará de perseguir a Dámaso y, aunque sea desterrado de Roma, seguirá levantando falsos testimonios contra Dámaso y calumniándole ante su clero. Unos le creen y otros no, pero todo esto entorpece la marcha de la Iglesia y tortura el corazón apostólico de Dámaso que sólo quiere la paz y la unión entre todos.

Los emperadores romanos querían injerirse en el gobierno de la Iglesia y contra este abuso también hubo de luchar duramente San Dámaso. En Oriente también tuvo bastantes dificultades. A pesar de ello, Dámaso seguía trabajando por la unión de los cristianos y por la extensión de la fe cristiana, lo que consiguió con la celebración de Concilios y Asambleas para purificar los errores que solapadamente intentaban destruir la Iglesia. Por esta dureza contra los herejes fue apellidado "diamante de la fe".

Los obispos de Oriente reconocen su primado y su valía y le escriben: "Instruidnos, dirigidnos; admitimos lo que admitáis vos; rechazamos lo que vos rechazáis. Sólo de vos aguardaremos la paz y la unidad de la Iglesia".

San Dámaso fue quien encomendó a San Jerónimo la edición oficial de la Sagrada Escritura en latín.

Dámaso sabe que es el sucesor de San Pedro, el Vicario de Cristo. Por ello escribe: "Hacéis bien en dar a la Sede Apostólica la reverencia que le es debida. La primera ventaja es para vosotros. La Iglesia romana, en cuyo trono se sienta el apóstol Pedro, posee, efectivamente, ese primado de jurisdicción que, aunque indigno, tengo yo ahora en mis manos". Este Patrono de las Catacumbas y de la Arqueología cristiana, como lo declaró el Papa Pío XI, expiraba, cargado de buenas obras, y casi octogenario, el 11 de Diciembre del año 384.

martes, 12 de marzo de 2019

San Inocencio I Papa

San Jerónimo dice de él: «Fue hijo del Pontífice Anastasio y sucesor suyo en la cátedra apostólica.» Es lo único que sabemos acerca de su origen y sus primeros años. Elegido Papa en 401, gobierna la Iglesia enérgicamente, mientras Agustín ilumina los problemas más arduos de la teología, y Crisóstomo, en el apogeo de su fama, llena el Oriente con los ecos de su elocuencia. No tiene el genio del uno ni la palabra vibrante del otro; pero siempre que se trate de dirimir una controversia o poner fin a un conflicto, los príncipes y los pueblos se dirigirán a él; el Crisóstomo, en las horas del peligro, invocaría su autoridad suprema, y el mismo Agustín se inclinará sumiso ante sus decisiones doctrinales.

Eran aquéllos los días más turbios de toda la historia de Roma: los bárbaros, largo tiempo contenidos, saltaban las fronteras; las más bellas provincias eran saqueadas y devastadas; el fisco se hallaba en plena bancarrota; el desaliento cundía por todas partes; los agricultores se olvidaban de sembrar, y, como decía Salviano de Marsella; el nombre de ciudadano romano, antes tan apetecido y tan caramente pagado, era ahora rehuido, aborrecido y reputado como infame. Italia, mal defendida por el gobierno débil del emperador Honorio, fue la primera en ceder ante la invasión. En 408, Alarico con sus godos acampaba delante de Roma. El tenor se apoderó de la capital. Poderoso aún, el partido pagano atribuyó la catástrofe al abandono de la antigua religión, y restauró ante los ojos del Pontífice los altares de Júpiter Capitolino. Los augures volvieron a ejercer sus funciones, a ofrecer sacrificios y a consultar las víctimas. Entre tanto, Inocencio negociaba en Ravena un arreglo entre el jefe bárbaro y el emperador. Sus esfuerzos se estrellaron ante la inconsciencia de la corte, y en los últimos días de agosto de 410, el rey de los godos incendiaba, saqueaba y ensangrentaba la ciudad que durante mil años había dominado al mundo.

Pero el Pontífice, que presenció en estas terribles violencias el preludio de la destrucción definitiva del Imperio, vio también formarse los primeros lincamientos de la monarquía pontifical, que debía reemplazarle, y puso en juego sus grandes dotes de administrador y de gobernante para establecerla. Lo mismo que San León el Grande, parte siempre del hecho, tradicionalmente reconocido, de la primacía de Roma sobre las demás Iglesias, y sabe sacar de él los principios claros y constantes que deben guiar la política religiosa de los Pontífices romanos. Se esfuerza por establecer en todo el Occidente, en España, en las Galias y en Italia, la uniformidad de leyes morales, canónicas y litúrgicas. Suya es la fórmula: Lex orandi, lex credendi; que trae como corolario esta otra: «Una sola fe, una sola liturgia.» Impone por todas partes la aceptación de los usos romanos frente a las costumbres locales, que no son, a su entender, más que deformación de la tradición primitiva. La gran preocupación de los obispos debe ser escudriñar y propagar entre los pueblos las tradiciones apostólicas. Transmitidas directamente por el príncipe de los Apóstoles a la Iglesia romana, religiosamente conservadas en ella, estas instrucciones deben ser obedecidas por todas las Iglesias, y en especial por las Iglesias de Occidente, que son todas hijas de la Iglesia romana. A Pedro y a sus sucesores, dice Inocencio, deben su origen las cristiandades de Italia, Galia, España, África y las islas del Mediterráneo, pues el Occidente no ha conocido otro apóstol que Pedro.

Por eso es en Occidente, en la región que forma el dominio propio del patriarcado romano, donde Inocencio ejerce su actividad con más vigilancia y amplitud. Considera que las Iglesias orientales tienen con respecto a él una dependencia menos estrecha. También ellas deben reconocer la autoridad suprema del Pontífice romano; pero es al sucesor de Pedro a quien deben estar unidas, más bien que al obispo de Roma y patriarca de Occidente. Esta distinción un poco sutíl regula el proceder de Inocencio en los con nietos religiosos del Oriente. Su intervención es menos meticulosa, sus exigencias menos severas. No obstante, le vemos pacificando a las cristiandades de Macedonia, aconsejando al patriarca de Antioquía, desterrando abusos en las Iglesias de Iliria, y reprimiendo los ímpetus de Teófilo, el patriarca alejandrino. Cuida, sin embargo, de no entrar en, conflicto con los grandes dignatarios de las Iglesias orientales.

La separación completa y definitiva de las dos partes del Imperio, realizada a la muerte de Teodosio, había tenido como principal consecuencia en el campo religioso el afirmar en el Oriente cristiano la tendencia a organizarse sin tener en cuenta el hecho de la tradición romana. Inocencio puso el mayor cuidado en contener el alejamiento y en fomentar la cordialidad, sin abdicar ninguna de sus prerrogativas esenciales. Su voz se levantó enérgica en favor de la justicia con motivo del drama repugnante que terminó con el destierro y la muerte de San Juan Crisóstomo. No temió ponerse frente al poder de la corte bizantina, ni sepa-parar de su comunión al violento patriarca de Alejandría, ni enviar sus consuelos hasta las montañas de Armenia, donde sufría el desterrado. «El cuerpo habita un punto del mundo—le escribía el Crisóstomo—, pero la caridad vuela libremente. Aunque separados por una gran distancia, estamos a vuestro lado y cada día comunicamos con vos, alegres de ver la firmeza de vuestra alma, vuestra sinceridad, vuestra constancia y vuestros alientos poderosos y duraderos. Cuanto más suben las olas, cuanto más numerosos son los escollos y más violenta la tempestad, más crece vuestra vigilancia. Y así yo os ruego que me sigáis consolando con vuestro afecto, ya que la tristeza es tan grande. Entre el hambre, el contagio, la guerra, la espada y la soledad, vuestra actitud para conmigo es el más grande de los consuelos; vuestro recuerdo me llena de alegría.» La respuesta del Pontífice es notable por su sencillez, y prueba que si el Oriente tenía la superioridad del genio, había en Roma una autoridad y una grandeza que podía dirigir y fortalecer a los hombres más eminentes del mundo oriental. «Aunque el hombre inocente—decía el Papa—deba esperar todo bien únicamente de Dios, sin embargo, nosotros, que aconsejamos la prudencia, te dirigimos esta epístola a fin de que la iniquidad no tenga más fuerza para perseguir que la buena conciencia para sostener. No es a ti, el maestro, el pastor de tantos pueblos, a quien debemos recordar que los virtuosos han sido siempre probados para que se vea si ceden o perseveran, y que la conciencia es algo superior a todas las injusticias. El hombre que confía en Dios y en su conciencia debe resistirlo todo. El justo puede ser atribulado hasta la muerte, pero no puede ser vencido, porque su alma está fortalecida por la palabra de Dios, que nosotros enseñamos a los pueblos. Que tu caridad, oh hermano, tenga por consuelo ese testimonio interior del alma, que en las tribulaciones es el sostén de la virtud, porque, bajo la mirada de Cristo, la conciencia purificada echará el ancla en el puerto de la paz eterna.»

Esta misma serenidad y prudencia puso el Papa Inocencio en los debates dogmáticos. De todos los que en su tiempo agitaron la Iglesia, el más importante fue la controversia pelagiana. En el momento de subir él a la cátedra de San Pedro, descollaba en Roma un monje de elevada estatura, de rostro ascético, de costumbres austeras, gran director de espíritus, cuyo método para ayudar a los pecadores a salir del vicio y guiar a los buenos por la senda de la perfección, consistía en despertar, así decía él, la fuerza invencible que duerme en el fondo de la naturaleza humana. El verdadero nombre de este asceta era Morgán; pero la gente devota que le rodeaba llamábale, por el país de su origen, el Bretón, o bien el Marino, Pelagio. Aunque cristiano y monje, entendía el cristianismo a su manera, y había logrado personificar una tendencia que entonces era bastante corriente. El espíritu pagano, muerto en sus ritos y teogonias, seguía perpetuándose bajo formas diversas. Una de ellas era el maniqueísmo. Juguete de dos fuerzas ineludibles, el hombre no tenía otro recurso que abandonarse a ellas, sacudiendo el peso de toda responsabilidad. En vano la revelación cristiana había enseñado la doctrina de una voluntad libre y responsable, aunque sumisa a la voluntad de Dios, sin cuyo auxilio no es posible dar un paso hacia la salvación; las tendencias paganas se infiltraban en la Iglesia para producir las herejías. Pelagio se declaró adversario de este determinismo, cayendo en el error opuesto. El hombre, según él, es el señor absoluto de su destino por la elección de su voluntad independiente. Hacía profesión de creer en la divinidad de Jesucristo, en la Iglesia y en el conjunto de los dogmas y ritos católicos; pero le cegaba el orgullo de creerse capacitado para lograr la salvación por el propio esfuerzo y sin auxilio alguno sobrenatural. Su enseñanza aparecía como una resurrección del viejo estoicismo romano. Era un carácter fuerte y una inteligencia vigorosa y sutil: ingenium fortissimum, cellerrimum et acutissimum, dice el Doctor de Hipona. Dirigía las conciencias, comentaba las epístolas de San Pablo, discutía y escribía sobre la Trinidad, y derramaba cautelosamente sus ideas. Entre sus discípulos figuraba un abogado de Roma, llamado Celestio, hombre locuaz, espíritu ardiente y aventurero, embustero desvergonzado, a quien importaba muy poco la verdad. Él se encargó de propagar la doctrina del maestro, sacando las inmediatas consecuencias: la negación del dogma del pecado original y la supresión de la necesidad de la gracia.

Un día Pelagio protestó públicamente en la iglesia contra un obispo que citaba la sentencia agustiniana: «Da lo que mandas y manda lo que quieras.» Esto, según él, era destruir la libertad humana. El saqueo de Roma por Alarico ahuyenta a los innovadores. Poco después, Celestio aparece en África desenmascarado por San Agustín; y Pelagio, en Palestina, abrumado por la lógica violenta de San Jerónimo. Lo mismo en las Iglesias africanas que en las orientales, la contienda se envenena y el error se extiende. Para contener sus avances, los dos campeones de la ortodoxia acuden al mismo tiempo a la intervención de Roma. Exponiendo los pormenores de la situación, escribía San Agustín al Pontífice: «No queremos hacer llegar nuestro pequeño arroyuelo a vuestra fuente abundantísima con la pretensión de aumentarla; lo único que deseamos es saber si nuestro hilito de agua deriva de la misma fuente que alimenta de modo tan copioso el río de vuestra doctrina.» La respuesta de Inocencio lleva la fecha del 27 de enero del año 417. Recogiendo la imagen de la fuente y del río, la modifica sensiblemente para expresar de una manera más precisa que la Silla apostólica tiene la misión soberana de enseñar a toda la Iglesia. ¿Para qué hablar del arroyuelo africano que mezcla sus aguas con el río caudaloso de Roma? Es todo lo contrario. La cátedra de Pedro es la fuente inagotable de la cual se derraman por los canales de las demás Iglesias las corrientes cristalinas de la verdadera doctrina. En cuanto a la cuestión discutida, Inocencio condena la enseñanza pelagiana, apoyando con toda su autoridad la campaña teológica del obispo de Hipona y del anacoreta de Belén. Al saber la contestación del Papa, Agustín decía a su pueblo desde la cátedra episcopal: «Dos Concilios han enviado sus pareceres sobre este asunto a la Sede apostólica. Ha llegado la solución de Roma. La causa está ya acabada. Ojalá termine también el error.» Roma locuta est, causa finita est.

miércoles, 16 de enero de 2019

San Marcelo l - Papa

En la serie de los romanos Pontífices, San Marcelo hace el número treinta. Su pontificado es de muy escasa duración, un año nada más, que transcurre del 308 al 309. Todavía no era la suya una época muy apta para los pontificados largos, aun cuando la salud personal lo hubiera permitido. Si cualquier simple cristiano corría continuos peligros de perder la vida, mucho más los que por imperativo del deber tenían que actuar como jefes de la perseguida comunidad, en este caso con el carácter supremo y forzosamente visible a que su jerarquía le obligaba.

La Iglesia era ya una verdadera potencia en este tiempo. La fuerza avasalladora de su espíritu había ido superando todas las dificultades que, a lo largo del siglo II se levantaron contra ella. Las persecuciones de Decio y Valeriano sirvieron para robustecería. Y cuando el último de éstos murió, prisionero de los persas, su hijo y sucesor, Galieno, optó por abrir una era de tolerancia, como quien está convencido de que era imposible, e incluso injusto, destruir aquella religión que tan firmes raíces había logrado echar en el alma de sus seguidores.

¿Progresaría este convencimiento en sus inmediatos sucesores? La Providencia tenía dispuesto que no fuera así. Todavía habían de tardar en aparecer en el horizonte los días de la paz y la victoria definitivas. Durante los años 284 al 305 tiene lugar el largo reinado de Diocleciano, el cual, respetuoso para con los cristianos, sólo al final se desató en una implacable persecución que había de ser la última, pero también la más violenta y general de cuantas se habían decretado. En los años 303 al 305, cediendo a las instigaciones de Valerio, firmó el emperador sucesivos edictos persecutorios, y en todas las regiones del Imperio, excepto en las Galias y Gran Bretaña, innumerables mártires sellaron con su vida la fe que proclamaban. El papa San Marcelino fue una de sus víctimas en el año 304.

Sucedió a este Pontífice en la silla de Pedro, el presbítero romano Marcelo, que había sido, en los días de la persecución, uno de aquellos héroes tan frecuentes en la Iglesia de entonces, firmes puntales de la comunidad combativa, a la que, superando dificultades sin cuento, había tratado de sostener con su intrépida caridad y arrojado celo. De él la historia nos dice poco, y la leyenda no mucho. Empezando por la fecha misma de su elección, nos encontramos con que ésta no pudo hacerse hasta mayo o junio del 308, según el catálogo liberiano, o en el 307, según otras fuentes, lo cual significa que hubo un paréntesis de tres o cuatro años, desde la muerte del papa anterior, en que la Iglesia estuvo privada de su jefe visible. Al dolor de la sangre derramada por tantos hijos suyos se unió también el de orfandad y el de desamparo.

No hace falta esforzarse mucho para comprender que la única explicación de este hecho se halla en lo inseguro y turbulento de la situación político - religiosa de la época. Era imposible, mientras duraba la tempestad, que se reunieran los obispos que habían de intervenir en la elección. Es cierto que Diocleciano abdicó en el 305, y la persecución cesó. Pero no fue así en el Oriente, y aun en la misma Roma aparecieron intermitentes brotes de la misma aun después de que Majencio quedó como único dueño de esta parte del Imperio.

Elegido, por fin, Marcelo, su tarea principal fue restaurar la disciplina eclesiástica, harto quebrantada como consecuencia de la anterior situación, y reorganizar la jerarquía en los diversos grados entonces existentes Era un hombre de carácter enérgico, aunque templado y sereno; enemigo de estridencias, pero muy tenaz en sus propósitos y valeroso en el mantenimiento de las resoluciones adoptadas. Los que le eligieron conocían sus dotes, y sabían muy bien que era el hombre que las circunstancias reclamaban.

La persecución, sabiamente dirigida mientras duró, había atacado ante todo la organización misma de la vida de la Iglesia. Sus principales objetivos fueron arrasar los templos y lugares de reunión de los cristianos, quemar los libros sagrados y documentos de los archivos, y llevar a la apostasía o a la muerte a los sacerdotes, con preferencia a los simples fieles.

El nuevo Papa se dedicó ardorosamente a habilitar nuevas iglesias, restableció o elevó a veinticinco los títulos presbiterales de la ciudad de Roma, equivalentes a otras tantas parroquias, consagró nuevos obispos y sacerdotes, estableció un nuevo cementerio, que llegó a hacerse famoso, en la Vía Salaria, y abrió las puertas de la reconciliación, no sin exigir la debida penitencia, a quienes, más débiles que apóstatas, se habían separado de la Iglesia en los días amargos y buscaban ahora el abrazo del perdón. Eran los "lapsi" famosos que, con su presencia, tantas veces dieron ocasión en la Iglesia primitiva a conflictos de diversa índole y a doctrinas encontradas, bien por su intolerable rigorismo, bien por su indulgencia inadmisible. De esto último se resentía ahora la tendencia que trataba de prevalecer en Roma. Querían muchos que los que habían sido apóstatas fuesen de nuevo admitidos en la Iglesia sin hacer penitencia. A ello se opuso terminantemente el papa Marcelo.

Con tal motivo, la situación se hizo demasiado tensa entre los partidarios de una y otra tendencia, y llegaron a producirse disturbios y revueltas callejeras en Roma, incluso con derramamiento de sangre. Tachaban al Pontífice de demasiado riguroso, siendo así que él no hacía otra cosa más que mantener la necesaria disciplina penitencial. Esto es lo que dio origen a los llamados cismas romanos. semejantes en algún sentido a los que, por razones de la misma índole, surgirían poco después en Egipto con Melecio y en Africa con los donatistas.

Majencio, que a la sazón gobernaba en Roma, hizo responsable de todo al papa Marcelo y le condenó al destierro, brutal atropello equivalente a un acto de auténtica persecución. No sólo se trataba de la usurpación de funciones en materia religiosa, que en, modo alguno le correspondía. sino de odio manifiesto a la firme actitud que el Pontífice mantenía en defensa de la pureza de la fe y la moral cristiana, y como restaurador de la jerarquía y sus derechos. Poco tiempo después. en enero del 309, según el citado, catálogo, o del 308 según otros, moría el santo Pontífice en su destierro, consumido de dolor y privaciones.

A estos datos, de los que claramente se hace eco San Dámaso en el epitafio que medio siglo después redactó para honrar la memoria de Marcelo, se añaden algunos otros que sólo se encuentran en actas compuestas varios siglos más tarde, en las cuales resulta difícil distinguir lo verdaderamente histórico de lo que la piadosa leyenda pudo haber añadido. Se nos dice que fue condenado a cuidar, como mozo de establo, las bestias de las caballerizas públicas de Roma, hasta que una piadosa matrona cristiana, Lucila, le brindó refugio oculto en su propia mansión. Transformada ésta más tarde en iglesia, a ella acudían los cristianos y desde allí seguía ejerciendo su acción pastoral el perseguido Pontífice. Incluso se habla de unas cartas que escribió a los obispos de Antioquía recomendándoles encarecidamente la unión con la sede de Roma. Hasta que por fin, de nuevo descubierto, el perseguidor llevó su ensañamiento al extremo de trasladar los animales a la casa de Lucila, que, de iglesia, se transformó nuevamente, ahora en un inmundo establo, en el cual se extinguió el valeroso Pontífice en un silencioso y lento martirio, nunca rendido su espíritu indomable. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de Priscila.