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domingo, 10 de diciembre de 2017

Homilía



La liturgia de hoy nos recuerda, especialmente en la segunda lectura, que debemos estar atentos a lo que acontece en nuestra vida, porque “el día del Señor llegará como un ladrón” (II Pedro 3, 10)

Solemos ponernos al corriente de los movimientos de la bolsa, de los sueldos que se perciben, de noticias de actualidad, del mercado de trabajo, de novedades artísticas, de la moda, de las competiciones deportivas… pero no empleamos apenas tiempo para discernir lo que Dios quiere de nosotros, quizás porque nos da miedo responder con valentía a su llamada.

El caso es que dejamos pasar la vida, dilatando el momento de la conversión.

Este tiempo de Adviento será fructífero en la medida que establezcamos un capítulo de prioridades en nuestra vida, empezando por enfocar la mirada en Dios y en los hermanos.

Los proyectos humanos, foco principal de nuestros intereses particulares o sociales, fracasan. Envejecemos sin conseguir nunca nuestros objetivos.

No cambia, sin embargo, el sentido de nuestra esperanza, si confiamos en las promesas de Dios: “Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia” (I Pedro 3, 13).

Ya experimentamos un anticipo de ese “cielo nuevo” cuando llevamos a otros, de parte del Señor, palabras de consuelo.

Nada hay tan importante como sentirse acompañado y querido en medio del sufrimiento.

Cuando el profeta Isaías pone en labios de Dios un grito de aliento y de consuelo, es porque quiere hacerse presente en medio de los sufrimientos de su pueblo, angustiado por la destrucción de Jerusalén y por su conciencia de pecado por haber quebrantado la Alianza.

El mundo vive actualmente aterrorizado por las atrocidades cometidas por el Estado Islámico en Siria e Irak, por las crueldades del grupo Boko Haram, en Nigeria.

Pero, a pequeña escala, contemplamos el domingo pasado enfrentamientos entre aficionados radicales del fútbol, que terminaron con una muerte y varios heridos.

Hechos luctuosos y tristes que no deben quedar impunes.

El mismo Papa Francisco ha declarado recientemente que es lícito defenderse y cortar el avance del mal.


Este es el grito del Adviento, puesto en labios de Juan el Bautista.

El Señor viene a nuestra casa. Debemos limpiar los accesos, quitar los promontorios, arreglar las cunetas, habilitar nuestro hogar.

Necesitamos una puesta, a punto que facilite nuestra marcha cotidiana y dejarnos impulsar por el “combustible”, que él nos regala al recibirle con amor.

Es difícil hacerle un hueco a Dios mientras nuestro corazón esté encandilado por ruidos discordantes, por los devaneos de un mundo que va perdiendo el sentido de la orientación al compás del consumismo y de la mal llamada sociedad del bienestar.

Es difícil escuchar a Dios cuando tenemos la mente y el corazón ocupado por las cosas materiales y por las modas al uso.

El domingo, 30 de Noviembre, celebramos la apertura del “Año de la Vida consagrada”.

Hay quien piensa que dedicar una parte importante de la jornada a la oración y a la contemplación es una pérdida de tiempo; que sólo merece la pena producir para cambiar el mundo.

Pocos conocen su vida de trabajo para ganarse el pan, la convivencia fraterna y la alegría que se respira tras las rejas de un monasterio.

El mundo no cambia para bien, sin corazones sensibles, sin ese apoyo moral que da el sentirse protegido y respaldado.

¿Qué sería de la Iglesia sin los monjes y monjas de clausura, sin las congregaciones de vida activa, sin la vida religiosa, que testimonia con su ejemplo lo efímero de la existencia humana, sin una relación con Dios que dé sentido a los quehaceres, preocupaciones y problemas que nos afectan?

Juan el Bautista es un ejemplo de desprendimiento y generosidad. Él sabe que es únicamente la voz, que su misión es allanar caminos para preparar la venida del Mesías.

Denuncia con su sobriedad en la comida y en el vestido el modo de proceder de los poderosos. Lo hace en el desierto, lugar bíblico del encuentro del hombre con Dios.

El Adviento es, ante todo, una llamada a practicar la escucha activa, porque el Señor nos habla y nos invita a entrar en su casa, a vivir la fe en familia.

Es una llamada al ejercicio de la caridad, a compartir los bienes espirituales y materiales con los más necesitados.

Es una llamada a la contemplación, a huir del ruido, de los montajes navideños que adelantan los comercios para engrosar sus ganancias y a dejarnos interpelar por el Misterio de su Nacimiento.

Es una llamada a volver a Dios para llenar los recipientes vacíos de nuestra soledad.


Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y, después de un pequeño silencio, me preguntó: 
- ¿Además del cantar de los pájaros, escuchas alguna cosa más? 
Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí:        
- Estoy escuchando el ruido de una carreta.
-Eso es -dijo mi padre-. 
Es una carreta vacía. 
Pregunté a mi padre:
- ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aún no la vemos?
 Entonces mi padre respondió:
- Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía,... por causa del ruido. 
Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace.
Me convertí en adulto.
Hoy, cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todos y presumiendo de sus dotes, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo:
- “Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace”
Las personas virtuosas suelen tener juicios ponderados y modales respetuosos.



domingo, 3 de diciembre de 2017

Homilía



Un año más comenzamos el Adviento haciendo nuestro el maravilloso sueño del profeta Isaías sobre el futuro del ser humano en la relación personal e íntima con Dios. De alguna manera, intuye el profeta que lo mejor está por llegar y lo tenemos al alcance de la mano, pero supone un esfuerzo por nuestra parte.

Nuestra condición pecadora nos sume, a menudo, en la postración y el abandono. Sin embargo, hay una esperanza, porque sabemos desde la fe que la última palabra la tiene Dios, al que apelamos por ser creador, salvador y padre al mismo tiempo.

Isaías expresa esta confianza con una preciosa comparación: “Tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos obra de tus manos”

El pueblo de Israel, después de un largo exilio, necesita reflexionar y valorar las actitudes que le llevaron a ser infiel a la Alianza, para retornar al amor primero y sentirse de nuevo “pueblo elegido”.

La reconstrucción de Jerusalén y del Templo es el primer paso para afirmar su identidad, pues sin ella volverán a la deriva, al sometimiento y a la esclavitud.

El segundo paso es mantener la unión con Dios, dejándose guiar por Él.

El itinerario del Adviento armoniza la acción con la meditación, en una permanente búsqueda del Mesías, de un horizonte final que dé sentido a todos los acontecimientos cotidianos.

Nos podemos interrogar sobre el modo de vivir estas semanas que preceden a Navidad con un espíritu abierto, generoso y dialogante. Contamos con muchos personajes bíblicos que nos sirven de ejemplo, así como de otras personas conocidas de nuestro entorno o del pasado, entre ellas Santa Teresa de Jesús, que la Iglesia nos presenta como modelo a imitar en el Quinto Centenario de su nacimiento. Son muy conocidos sus dichos, comunicados de forma alegre: “También entre pucheros anda el Señor” o “Nada te turbe, nada te espante”.

Todo esto nace de una convicción profunda: Dios está siempre presente en nuestra existencia y nos envuelve con su providencia amorosa.


El apóstol San Pablo llega a Corinto desde Atenas, donde su preparado discurso no produjo la respuesta que esperaba entre los sabios que acudieron a escucharle en el Areópago.

Se da cuenta de que la sabiduría humana es necedad a los ojos de Dios y por eso inicia la evangelización de la ciudad portuaria griega con humildad.

Encuentra pronto el apoyo de Priscila y Aquila, un matrimonio de origen judío, que acepta la fe cristiana y le acompaña en sus correrías anunciando a Cristo.

Corinto es una amalgama de razas, de licenciosas costumbres, calles malolientes y grandes desigualdades sociales. Buena parte de la población son esclavos que trabajan como estibadores en el puerto de mar.

Imposible imaginarse un escenario peor para el anuncio del Reino.

Sin embargo la gracia griega (kharis) y la paz judía (shalom), que se mencionan en la liturgia de hoy de la Carta a los Corintios, son aprovechadas por Pablo para englobar ambos saludos en una única realidad: Jesús, que es la auténtica gracia y la auténtica paz que Dios nos ha dado.

Fijándose en Él sobresale la unidad por encima de las diferencias culturales, económicas y sociales.


El evangelio subraya la necesidad de estar vigilantes ante la llegada del Señor encarnado que tanto anhelamos ¿Cómo encontrarle? ¿Por dónde llega? ¿A qué hora se va a presentar?

Son preguntas que nos hacemos los creyentes para bajar la guardia, adormecernos y despertar en el momento oportuno.

Jesús nos da una pista. Lo encontramos a nuestro alrededor estando atentos a todo lo que sucede, prontos para abrir la puerta a los necesitados y diligentes para compartir nuestro amor en forma de palabras amables, de escucha atenta, de hechos caritativos

Este es el gran reto de los próximos días.

Tres actitudes nos ayudan a propiciar el encuentro con Jesús, que viene a visitar nuestra casa:




Sabemos que está en camino cargado de bienes espirituales para repartirlos entre aquellos que se mantienen en vela activa, con los ojos abiertos a las realidades humanas, no siempre agradables, cuando lo más cómodo es “pasar” o mirar a otro lado.






Vigilar, poniendo al Señor como centro de nuestra vida y estando pendiente de sus palabras.

Hay demasiado ruido a nuestro alrededor, una serie inacabada de noticias contradictorias, bombardeo constante de ideas, afán insaciable de novedades que apagan con presteza el eco de las anteriores.

Nos hallamos inmersos en un mar de dudas y en desequilibrios afectivos.

La vigilancia gozosa, a la espera del Señor, nos permite ir superando todo lo que nos condiciona, esclaviza y aparta de la senda del bien.

Acoger al que nos visita, sea quien sea, nos da la medida de lo que significa la esperanza cristiana.

Es un ideal con carne y hueso, que lleva el nombre de las personas a quienes brindamos nuestro amor desinteresado.

En ellas se hace Jesús presente tal como lo contemplamos el domingo pasado en la escena del Juicio Final.

Preparémonos, porque Dios nos da la oportunidad de vivir los días navideños en clave distinta de la que preconiza la sociedad de consumo.

La presente historia, extraída de internet, nos muestra que, cuando se ama, no falta creatividad para hacer feliz al amado


“Hace tiempo que un viajero, en una de sus vueltas por el mundo, llegó a una tierra, donde le llamó la atención la belleza de los arroyos que cruzaban los sembrados y las praderas.

Habiendo caminado un rato, se encontró con las casas del pueblo, sencillas, coloridas y con puertas abiertas de par en par. No podía creerlo… él venía de un lugar distinto.

Al acercarse, tres niños salieron a recibirle y lo invitaron a entrar en su casa, donde sus padres le ofrecieron hospedaje y la posibilidad de quedarse con ellos unos días.

El viajero aprendió a hornear el pan, a trabajar la tierra, a ordeñar las vacas y a realizar todas las labores propias de una familia campesina.

Pero algo le intrigaba sobremanera de sus bienhechores: cada día el papá, la mamá y los tres niños se acercaban a la mesita sobre la que habían colocado las figuras de María, José y una cuna, en la que dejaban pajitas.

Al llegar el momento de irse, el viajero, que recibió unos panecitos, fruta para el camino y abrazos de despedida, preguntó a sus nuevos amigos sobre el misterio de la pajita.

El más pequeño satisfizo su curiosidad con espontaneidad y desparpajo:

“Cada vez que hacemos algo con amor, buscamos una pajita y la depositamos en la cuna. Así nos vamos preparando para cuando nazca el niño Jesús. Si amamos poco, el colchón será delgado y frío, pero si amamos mucho, Jesús estará cómodo y caliente.”


domingo, 26 de noviembre de 2017

Homilía



La crisis económica que afecta sobre todo a Occidente, esconde otra crisis, si cabe, más grave, la crisis moral.

La vida boyante, la búsqueda alocada del placer, el debilitamiento del altruismo, el egoísmo, la apatía hacia la función pública, el aprovechamiento de las instituciones para el enriquecimiento propio y, en definitiva, la falta de valores, han desembocado en una corrupción generalizada sin precedentes.

Como siempre, queda un resto santo insobornable, que puede ser la base de una regeneración en valores firmes, que culmine en un liderazgo moral sólido.

Ahora no lo hay.

El pueblo asiste atónico y como amuermado al espectáculo de prevaricaciones, robos o tráficos de influencia de muchos de nuestros dirigentes, que deberían dar ejemplo de coherencia, veracidad, honradez y rectitud.

Lo malo es que terminen convirtiéndose estos hechos como algo normal.

Probablemente lo que se conoce sea tan sólo la punta del iceberg.

Hace unos días me contaba un amigo jubilado por enfermedad, que fue invitado junto con su esposa y el resto de los trabajadores de la empresa donde trabajaba, también acompañados de sus respectivas esposas, a una comida de hermanad organizada por la dirección de la misma.

Al final del banquete les pidieron que cada pareja recogiera una bonita carpeta como obsequio; la mayoría cogieron dos, de modo que los últimos se quedaron sin ninguna.

A la vuelta, algunos de estos ladronzuelos de guante blanco dialogaban entre sí sobre las corruptelas del Gobierno.

Mi amigo me comentaba con qué categoría moral se puede reclamar a los de arriba si desde las bajas esferas se admite sin tapujos cualquier delito menor.

Todo esto trae como consecuencia el desarrollo de la desconfianza.

Sin embargo, no han pasado tantos años desde que la palabra era ley y se fijaban los tratos con un simple apretón de manos, o se dejaban las puertas abiertas sin temor a posibles robos.


La fiesta de hoy sigue siendo de vigente actualidad.

El papa Francisco trata de guiar a la Iglesia por las sendas de la pobreza, la solidaridad y la entrega, mientras busca soluciones a los extremismos religiosos, que han provocado el nacimiento del Estado Islámico (EI) y el triunfo momentáneo del mal en todas sus facetas.

El mundo debe dar una respuesta a estos desafíos violentos, que perturban la paz y favorecen la muerte de miles de inocentes.

La esperanza nunca muere, por sombrío que nos parezca lo que vemos y sentimos.

Miremos a Cristo. Él nos da el sentido auténtico del ejercicio de la autoridad.

Mientras “los reyes de la tierra tiranizan y sojuzgan a sus súbditos” los seguidores del Maestro debemos tener un punto de mira distinto: ponernos los últimos de todos.

Y, si en algo hemos de destacar ha de ser el servicio humilde y desinteresado, en la lucha por la justicia y la libertad, en la reconciliación y en la paz.

Jamás aceptó Jesús una realeza terrena, aunque le fue ofrecida.

Al contrario, huyó de los aduladores de turno y de quienes querían colocarle al frente del pueblo, sentado en un trono.

Solamente asumió su categoría real ante Pilato (“Tú lo dices; soy rey”), cuando sus palabras no podían ser equívocas:

“mi Reino no es de este mundo”.

Las vejaciones posteriores: viejas vestiduras, caña, corona de espinas, el trono de la cruz, vinieron a confirmar, sin que sus enemigos se dieran cuenta, su función mesiánica, con una frase inscrita en hebreo, latín y griego en el mismo madero donde agonizaba: Jesús nazareno, rey de los judíos.


El profeta Daniel nos presenta la figura del Hijo del Hombre con un poder eterno.

Jesús se aplica este término a sí mismo como muestra de su victoria sobre los poderes del mundo.

El Apocalipsis incide en semejante contenido al adjudicar a Jesús el principado sobre los reyes de la tierra, como el único a quien debe darse “la gloria y el poder por los siglos de los siglos”.

Cristo ha venido para instaurar el Reinado de Dios, que nace, crece y madura en el corazón de cada persona que acepta el mensaje evangélico y se convierte en semilla, en tierra fecunda, en levadura, en tesoro escondido... en encuentro definitivo con quien es la fuente de la vida.

El Hijo del Hombre vendrá sobre las nubes del cielo con poder y majestad (Mt. 25, 31) para consumar, como reza el prefacio de la Eucaristía de hoy, “el misterio de la redención humana y, sometiendo a su poder la creación entera, entregar a su majestad infinita un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”.

La escena del Juicio Final, tan magníficamente recreada por Miguel Ángel en la Capilla Sextina de Roma, va repasando en imágenes figuras humanas.

El alma se presenta desnuda frente a su Creador al resplandor de la verdad y la justicia.

De nada valdrán en ese momento los poderes fácticos de la Tierra, pues seremos juzgados por el amor que hayamos irradiado.


Hay gente que dice que no espera nada de la justicia de los hombres; puede que tengan razón.

El diálogo entre Jesús, cubierto con una túnica ensangrentada y coronado de espinas, y Pilato, ostentador del poder y la dominación romana, visualiza la concepción de dos mundos distintos y, a menudo, opuestos.

Pilato simboliza el poder que domina por la fuerza, proscribe, despersonaliza, castiga o condena a los opositores.

Cristo da ejemplo de cómo es y será su reinado; en él prevalece la fuerza del servicio que no crea dominación, imposiciones, castigos y condenas.

Sus súbditos actúan por convicción y aceptan libremente su seguimiento.

Como contrapartida, nos asegura su presencia misteriosa hasta el final de los tiempos para que vivamos felices con El.

Hoy acaba el Año Litúrgico y se abrirá otro con el Adviento el próximo domingo.

La vida sigue y la esperanza, a pesar de todo, todavía está viva.


domingo, 19 de noviembre de 2017

Homilía



El libro de los Proverbios personifica la sabiduría en la figura de una mujer “sensata”, que desarrolla con prudencia e inteligencia sus capacidades, mientras los necios desprecian su proceder. Por eso se pregunta: ¿Quién la hallará? (Proverbios 31, 10).

Exalta también el temor de Dios, superior a la hermosura, y exhorta e invita a que todo el mundo se fije en ella y en el fruto del trabajo de sus manos.

El salmo responsorial insiste en esta misma idea y llama “dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos” (Salmo 127, 1) en tanto compara a la mujer “como parra fecunda en medio de su casa” y a sus hijos “como renuevos de olivo alrededor de su mesa” (Salmo 127, 3).

Tales elogios son un canto a la creatividad y a la iniciativa personal lejos del sentir de tantra gente que se deja arrastrar por palabreros y manipuladores como marionetas en sus manos. Dios nos ha creado libres, pero la libertad es un duro peso, que nos lleva a despertar de los ensueños y a enfrentarnos a la realidad, por dura que sea.

Es más fácil dejarnos llevar.

Fijémonos en el ejemplo de los tesalonicenses -segunda lectura- a los que Pablo había anunciado el evangelio y a quienes aclara sus dudas sobre la suerte de los difuntos y sobre la llegada inminente del fin del mundo anunciado por Jesús en el evangelio.

Muchos dejan de trabajar, porque piensan que no merece la pena.

Y es aquí donde Pablo aprovecha la metáfora del “ladrón en la noche” (Tesalonicenses 5, 3) para animar a los creyentes a que vivan vigilantes, en tensión saludable, para estar preparados, pero sin dejar de trabajar y cumpliendo serenamente con sus deberes.

No hay que tener miedo a la luz y sí a la oscuridad, donde se ocultan las vergüenzas y todo lo que desacredita la condición humana.

Tampoco hemos de tener miedo al futuro, aunque la noche de lo inhumano nos agobie y parezca no tener fin.

Lo importante es no estar intranquilos por una supuesta venida del Señor, sino el seguimiento fiel de un estilo de vida, que desemboque en la luz, ya que somos “hijos del día” y no de las tinieblas.


La parábola de los talentos o de las cualidades que Dios nos ha dado para que las desarrollemos a lo largo de la vida antes de que Él se presente para rendirnos cuentas, corona la idea de las dos lecturas anteriores.

El evangelio nos propone una seria reflexión sobre el modo de gestionar el gran regalo de Dios, que es la vida, mostrándonos como ejemplo a tres criados.

Un talento representaba en tiempo de Jesús el salario de un trabajador ordinario durante quince años, lo cual muestra la generosidad de Dios al confiarnos sus “tesoros”. La larga espera de los trabajadores hasta que el Señor regresa nos sugiere la llegada del juicio final, del que se hace eco la liturgia del próximo domingo.

La buena gestión de los dos primeros criados, que han entendido el mensaje de su amor y han doblado el capital inicial que les había prestado, es como una invitación a trabajar con diligencia en el presente.

La vida es un don, pero no se nos regala el éxito en el trabajo o la amistad. Es algo fruto de nuestros esfuerzos e inquietudes mediante un ejercicio constante de responsabilidad y entrega.

Todo lo contrario ocurre con el criado, que guarda en el pañuelo el talento de su señor, porque teme perderlo. Le falta confianza, autoestima y fuerza de voluntad.

Además se escuda en la bondad de su amo para holgazanear y darse a los placeres.

La vida pasa por él, pero no pasa él por la vida.

¿Con qué criado nos sentimos retratados o identificados?

¿Cuántas excusas ponemos para no involucrarnos en las realidades humanas y trabajar por un mundo mejor, más humano, más habitable, más abierto a Dios?

¿No es cierto que muchos cristianos vivimos en un estado de apatía permanente?

¿A qué se debe nuestra falta de inquietud y el miedo al compromiso?

¿Qué ofrecemos a Dios a cambio de la vida?

¿Nos presentaremos ante Dios con las manos llenas o con las manos vacías?

No sirve lamentarnos y echar la culpa a la sociedad de la falta de valores, del olvido de Dios, de las estructuras de pecado o del materialismo consumista con el que matamos el tiempo y ocupamos el corazón, porque carecemos de ideales serios que nos motiven para escapar del laberinto en que nos metemos. Este es un recurso fácil y demasiado visto que camufla carencias espirituales.

El papa Francisco llama la atención sobre lo que él llama “pesimismo estéril” (EG 84-86) aplicado a la actividad pastoral y extensible a nuestras vidas personales, laborales, familiares, a la rutina de la pasividad o a la impaciencia por las resoluciones inmediatas.

Recordamos, una vez más, las palabras del Deuteronomio 30, 19: “Pongo ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida y viviréis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios”.

¿Somos libres para gestionar nuestros actos de una forma creativa, laboriosa y eficaz como los dos primeros criados?

¿O acaso nos escondernos, con el fin de evadir compromisos que modifiquen nuestra vida anodina?


“El error más grande lo cometes cuando, por temor a equivocarte, te equivocas dejando de arriesgar en el viaje hacia tus objetivos. 

No se equivoca el río cuando, al encontrar una montaña en su camino, retrocede para seguir avanzando hacia el mar; se equivoca el agua que, por temor a equivocarse, se estanca y se pudre en la laguna.

No se equivoca la semilla cuando muere en el surco para hacerse planta; se equivoca la que, por no morir bajo la tierra, renuncia a la vida.

No se equivoca el hombre que ensaya distintos caminos para alcanzar sus metas, se equivoca aquel que, por temor a equivocarse, no acciona.

No se equivoca el pájaro que, ensayando el primer vuelo, cae al suelo, se equivoca aquel que, por temor a caerse, renuncia a volar permaneciendo en el nido.

Pienso que se equivocan aquellos que no aceptan que ser hombre es buscarse a sí mismo cada día, sin encontrarse nunca plenamente.

Creo que al final del camino no te premiarán por lo que encuentres, sino por aquello que hayas buscado honestamente”


domingo, 12 de noviembre de 2017

Homilía



En todas las épocas de la vida cristiana han crecido como hongos los agoreros de catástrofes y los precursores del miedo, aprovechándose de la curiosidad morbosa de la gente.

Y han ido teniendo éxito, a juzgar por el número creciente de los inquietos.

Los atentados del 11 de Septiembre de 2.001 sobre las Torres Gemelas de Nueva York han despertado la preocupación sobre el fin del mundo, de tal forma que el libro de ciencia- ficción más vendido allí ha rebasado en pocos meses los 32 millones de ejemplares y ha sido traducido a treinta idiomas.

Ya en el año 410, parte de las masas estaban convencidas que con el saqueo de Roma llegaba el fin del mundo.

Algo similar sucedió con la peste negra que se llevó en el siglo XIV a la tercera parte de la población europea o con el estallido en 1.945 de las primeras bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

Desde entonces ha aumentado el poder de destrucción del hombre sobre nuestro planeta: cambios de clima, calentamiento de la Tierra, actividad terrorista, nacionalismos agresivos y excluyentes, explotación despiadada de las riquezas de la Tierra, destrucción de grandes superficies verdes en la Amazonia, desaparición de especies animales y vegetales...

Si nos fijamos en los presagios negativos, siempre encontraremos justificaciones para el pesimismo y el determinismo de la historia.

Como todo está prefijado de antemano por el Creador, aguardemos atemorizados su venida gloriosa y el juicio final.

Algunas sectas, aprovechándose de los temores que subyacen en el corazón de muchos creyentes, intentan ganar adeptos a su causa.

El mismo San Pablo sale al paso en su carta a los Tesalonicenses, primer escrito del Nuevo Testamento, de todos aquellos que aguardan cruzados de brazos la segunda venida inminente de Jesucristo, para que se mantengan en vela y en la fidelidad al trabajo.


El Evangelio nos habla de esa larga espera de la comitiva que en la boda judía acompañaba a los novios hasta el lugar del banquete.

Es ésta una espera gozosa que se traduce en esperanza de futuro, ante la celebración de un banquete sin fin donde los invitados disfrutarán de manjares suculentos, avalados por la presencia del Novio, que no es otro que el mismo Jesús.

No es igual la espera que la esperanza.

De niños esperamos ser mayores, esperamos un trabajo, una familia, casarnos y tener hijos, jubilarnos en paz...

Esperamos también que nos toque la lotería, acertar una quiniela de quince, que gane nuestro equipo favorito.

Algo muy humano; pero, la esperanza es otra cosa.

Las esperas se asientan en lo material, lo efímero; la esperanza se cimienta en Dios, que es quien puede llenar las aspiraciones más profundas de la persona.

¿Tenemos hoy motivos para la esperanza?

Los conflictos que afectaron a buena parte del siglo veinte con el enfrentamiento de dos grandes ideologías: comunismo y capitalismo, se rompió en su momento con el derrumbe del muro de Berlín y la caída del comunismo.

Queda un capitalismo salvaje, generador de desigualdades sociales y carentes de un sistema auténtico de valores.

Nos aguardan luchas entre civilizaciones, como pronostica Gilles Kepel en su libro “La revancha de Dios”, donde la cultura y la religión van a pesar mucho más que las ideologías y la economía.

En esta “revancha” de Dios, según los expertos, van a tener un protagonismo especial los movimientos religiosos fundamentalistas.


Vivimos una época similar a la de los contemporáneos de San Mateo. Entonces fue destruido el Templo de Jerusalén y cayeron la teología y la religión asociadas a este lugar sagrado, provocando un cataclismo de considerable magnitud.

Ahora el choque de civilizaciones abre la marcha del nuevo milenio.

¿Estamos preparados para afrontar sus consecuencias?

¿Cómo responderemos los cristianos?



Nos uniremos a los fundamentalistas y a su irracional aproximación al hecho religioso o vamos a buscar las verdaderas raíces de nuestra fe teniendo presentes las palabras de Karl Rahner de que el siglo XXI o será místico o no será religioso.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Homilía


Tanto el profeta Malaquías como el evangelista San Mateo, insisten en las falsas actitudes de algunos de los principales dirigentes religiosos del pueblo, por no hacer lo que predican.

Esta actitud ha venido a llamarse “fariseísmo”, porque las diatribas de Jesús van directamente contra los fariseos, el grupo religioso de más prestigio y mejor observante de la Ley, que además se había convertido en árbitro de la moral de los fieles judíos.

Era tal la profusión de normas existentes por entonces que era prácticamente imposible cumplirlas.

Muchas de ellas se relacionaban con cuestiones secundarias e intranscendentes para la fe, como: lavarse las manos antes de comer, caminar determinada distancia... normas que terminaron convirtiéndose en controles para diferenciar los buenos de los malos.

Jesús condenó este “juego de apariencias”, que no va acompañado de la autocrítica y de la conversión del corazón: “Todo lo que hacen es para que los vea la gente” (Mateo 23, 5).

Ya los primeros cristianos padecieron en sus carnes la intransigencia de este puritanismo severo, y San Pablo, que desde su más tierna infancia y juventud perteneció a la secta de los fariseos y fue perseguidor de los cristianos, se separó de esta corriente religiosa, a partir de su conversión, para adherirse a Cristo y ser fuente de misericordia, de perdón y de apertura al paganismo.

La crítica de Jesús: “Haced y cumplid lo que os digan, pero no imitéis su conducta” (Mateo 23, 3), la podemos aplicar a cada uno de nosotros y a la sociedad en la que vivimos, donde el fariseísmo campa a sus anchas en el amplio abanico del marketing, las apariencias engañosas y el cultivo de la imagen.

“Así como te ven, te juzgan”. Este slogan lo he oído a menudo desde mi infancia.

Vestir bien, hablar con moderación, mantener la seguridad en sí mismo, presentarse como persona responsable y juiciosa... se ha convertido en una necesidad para encontrar un trabajo digno.

Poco importa la calidad de la persona.

Todo vale con tal de hacer atractivo lo que vendemos, sea nuestra propia imagen, sea el producto mercantil.

Se “adora” así a los triunfadores en el deporte, en la canción, en la moda...mientras se silencia a la gente cumplidora, leal y humilde.

Pero lo fundamental del hombre, como en el iceberg, está oculto a los ojos y no tiene memoria histórica.

Y es aquí donde se abriga la vida cristiana con el ejercicio de “la misericordia, la justicia y la buena fe”.


Esta concepción mercantil y artificial de la vida, que empapa todo el tejido social, está también presente en la Iglesia desde el momento en que se buscan privilegios y prebendas.

En este sentido, el afán de ascender de categoría en el escalafón religioso y de ser distinguidos con títulos de Monseñor, Su reverencia, Eminencia, Padre... para ser reconocidos por los demás, es siempre condenable.

Hay quien ostenta títulos, no para destacar, sino para servir más y mejor al Pueblo de Dios.

De todo abunda en la “viña del Señor”.

Pero, si realmente queremos formar parte del Reino de Dios, hemos de dar paso a la sencillez y sentir que no somos tan importantes, que otros muchos nos dan lecciones de fe cristiana y de cómo actuar con buena voluntad, sin buscar honores.


San Francisco de Asís.

Asombró por su comportamiento humilde y pobre.


San Francisco de Borja, Duque de Gandía y Grande de España.

Fue escogido por el Emperador Carlos V para acompañar a la catedral de Granada el féretro, con los restos mortales de su esposa, Isabel de Portugal, considerada por entonces la mujer más bella del mundo.

Debía dar fe, antes de sepultar el cuerpo, que el cadáver, ya en descomposición, era el de la Reina.

Quedó tan profundamente impresionado que decidió, desde ese momento, renunciar a todos sus títulos de nobleza para consagrarse al servicio de los pobres en la Compañía de Jesús.


Charles de Foucauld.

Se retiró al sur de Argelia, después de su conversión, para compartir su vida con los tuaregs en el desierto del Sahara.

Decía que “la obediencia es la medida del amor.”


Chiara Lucce.

Una joven fokolar, beatificada hace poco tiempo, encontró junto al lecho de dolor y luchando contra la enfermedad el sentido último de su vida junto a Jesús Crucificado.



“No os dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor, Cristo. El primero entre vosotros sea vuestro servidor” (Mateo 23, 12).

¡Cuántos fieles han abandonado la comunidad cristiana, porque no han encontrado en ella la acogida fraterna y compasiva que estaban buscando!

¡Y cuántos sacerdotes, religiosos y religiosas se han quedado solos y apesadumbrados en su ministerio por la inconstancia y el desinterés de los laicos “comprometidos”!

Hoy, más que nunca, necesitamos testigos fidedignos, no palabreros.

¡Ojalá que ahora, conscientes de lo dañina que resulta la contaminación ambiental, desintoxiquemos nuestra atmósfera personal de malos “rollos”.

Examinémonos cada uno y veamos hasta dónde llega nuestra actitud farisaica y las consecuencias a que nos lleva el afán de poder en la Iglesia.

Nos urge una revisión permanente de nuestra forma de entender y vivir la fe, para desenmascarar la falsa religiosidad que amenaza a todos los creyentes.

Hay dos hechos de los que nos debemos sentir orgullosos: el primero es del nombre que recibimos el día de nuestro bautismo, que imprimió carácter a nuestra identidad cristiana.

Y el segundo, de los apellidos que llevamos, frutos del amor, entrega y generosidad de nuestros padres.

Sobran todos los demás títulos, porque son como máscaras añadidas a una falsa personalidad.

La clave auténtica la encontramos hoy en labios del salmista: “No pretendo grandezas que superar mi capacidad, sino que modero y acallo mis deseos como un niño en brazos de su madre” (Salmo 130, 11-1).


domingo, 29 de octubre de 2017

Homilía



El pueblo de Israel se sentía orgulloso de la Torá, la Ley que Dios le había dado por medio de Moisés.

Entre los contenidos de las leyes divinas de la Torá, conocida también como “Código de la Alianza”, destacan los de índole social.

La primera lectura de hoy se fija en los derechos de los inmigrantes, huérfanos y viudas, los menos considerados en el escalafón, “porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé” (Éxodo 22, 23).

Por la misma razón, castiga los abusos en los préstamos de ropa o dinero (usura) al pobre.

Este texto, junto a otros muchos del Antiguo Testamento, ratifica que Dios está con los pobres, que son los que más le necesitan.

La marginación sigue siendo, pasados varios siglos, una lacra que hunde hasta la desesperación a una mayoría de emigrantes y parados de larga duración, condenados a quedar fuera de los circuitos de producción y a vivir en la pobreza y en la exclusión social.

¿A quién recurrir? ¿Qué hacer?

Es un drama humano de grandes dimensiones, que amenaza la estabilidad mundial y la convivencia de los pueblos, porque los que tienen que solucionar el problema miran para otro lado o están atrapados por la corrupción y el tráfico de influencias.

Los medios de comunicación social se hacen eco a diario de los abusos de poder, de la ostentación y el lujo que exhiben algunos y de los “triunfadores”.

Escasas menciones, sin embargo, y pocas palabras para los “fracasados”.

No interesa; la pobreza no vende, porque no cotiza a la seguridad social ni aporta beneficios en el mercado

Es difícil salir de este pozo sin fondo, cuando falta sensibilidad institucional práctica – abundan las promesas y buenas palabras- a nivel de gobiernos y de sindicatos, que tan sólo protegen a los trabajadores en activo y dejan de lado al resto.

¡Ay si el profeta Amós levantara la cabeza!

La historia se repite. Desde los tiempos del Éxodo no ha menguado la voracidad de los hombres, el sometimiento de los semejantes y la explotación de los pobres.

“A lo pobres los tenéis siempre con vosotros”, dice Jesús
(Marcos 14, 7).


Las legislaciones del Éxodo para atajar los atropellos e injusticias hacia los más débiles culminan con la clara definición del primer mandamiento:

“Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas”
(Deuteronomio 6, 4-6).

Este mandamiento, en el Nuevo Testamento, va unido al del amor al prójimo.

Ambos son inseparables (evangelio), pues si queremos responder a lo que Dios pide de nosotros ha de ser atendiendo a las necesidades de los demás.

Desde este punto de vista, los seguidores de Jesús hemos de afrontar las crisis humanas y la resolución de los problemas con sensibilidad y entrega desinteresada, compartiendo los bienes materiales y espirituales, y recabando ayudas para garantizar la asistencia a los pobres, independientemente de lo que hagan o dejen de hacer los mandatarios del pueblo.

Acoger a los más necesitados es algo es algo que está en las mismas entrañas de las religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islamismo.

Las tres consideran como deber sagrado la limosna, pues hemos de ser compasivos y misericordiosos con el prójimo para alcanzar también la misericordia de Dios, supremo valedor de los pobres.

El amor a Dios y al prójimo, aunque van íntimamente unidos y son semejantes, no son lo mismo.

Para Jesús el amor a Dios, buscar su voluntad, su Reino, es lo primero.

Tampoco el amor al prójimo es una ocasión para amar a Dios, pues el prójimo necesita ser amado por sí mismo y no porque esté mandado.

¿Quién le dice a una madre cómo debe amar a su bebé?

Lo hará, porque es su hijo, le sale del corazón, cuidará de él y dará, si es preciso, su vida, para que nunca le falte de nada.

Amar al prójimo como a uno mismo significa ponerme en su lugar y comportarme con él como quiero que se comporten conmigo y amar como quiero que me amen.

El resumen sobre lo que somos y a lo que aspiramos lo encontramos en el pensamiento de Jesús (versículo del aleluya):

“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amaré, y vendremos a él”
(Juan 14, 23).


Un niño, que se acercó a comprar un perrito en una tienda de animales domésticos, donde estaba expuesta la foto de cuatro hermosos cachorros rubios que llamaron su atención.

- “Buenos días, dice el niño al dueño del establecimiento.

- Buenos días, le respondió éste, picado por el interés. ¿Qué deseas?

- Quiero comprar uno de sus perros, ¿puedo verlos?

- Claro, faltaría más. Vale cada uno 50 euros. ¿Tienes dinero suficiente?

- Sólo dispongo de 3 euros, la paga que me dan mis padres cada semana, pero le pagaré poco a poco, se lo aseguro.

- Te los enseñaré, aunque no sé si debo fiarme de ti.

Dio unas palmadas, profirió un fuerte silbido y casi al momento apareció corriendo la perra acompañada de tres de sus cachorros y el cuarto más retrasado

- Me quedo con el último, gritó el niño visiblemente emocionado

- Ése te lo regalo, porque está cojo. Me ha dicho el veterinario que nunca se curará y pienso sacrificarlo.

- De ninguna manera, agregó contrariado. Este perrito vale tanto como los otros. Le iré pagando los 50 euros.

El comerciante accedió contento por el negocio que había hecho, pero el rictus de su cara cambió al ver alejarse al niño con el perrito en los brazos y cojeando. Tenía una pierna ortopédica”.

Dios ha pagado un alto precio por nosotros, porque siendo “cojos” nos ha rescatado de la muerte y nos ha regalado su Amor.


domingo, 22 de octubre de 2017

Homilía



La conquista de Babilonia por las tropas del emperador persa Ciro marca un hito en la historia de Israel, sólo superado por la epopeya del Éxodo.

El pueblo recibe con alegría el advenimiento de este emperador pagano, a quien Isaías considera siervo y mediador de la salvación de Dios.

Antes los mediadores habían sido siempre “hombres de Dios”, personas piadosas y ardientes defensoras de la fe y las tradiciones de Israel: Moisés, Samuel, Elías…

Dentro de la lógica del pueblo judío, parece una paradoja que un pagano sea reconocido por Dios por su nombre, como lo fue Abraham o Moisés.

Esto demuestra que el designio salvador de Dios está por encima de las formas políticas (babilonios, persas, griegos, romanos) y de confesiones religiosas (yahvismo, judaísmo, cristianismo…).

Los hombres y mujeres de hoy pagamos un alto precio, el precio de la incertidumbre y la angustia existencial, a causa del relativismo moral en que nos movemos.

Nos creemos señores de la historia, dueños de la vida y controladores de la moral. Pero somos muy poquita cosa si se nos desnuda de los ropajes en los que envolvemos nuestras incapacidades y frustraciones.

Quizás por eso sentimos la tentación de “secuestrar a Dios” para que se haga cómplice de nuestros planes y así justificar nuestras actitudes egoístas.

San Pablo, en la carta a los Tesalonicenses que acabamos de proclamar, da gracias a Dios por ellos, porque han aceptado la fe en Jesús y se están esforzando en fomentar la esperanza y cultivar el amor.

El salmo 95, 10 insiste en esta primacía de Dios:

“El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente”.


Estas palabras de Jesús son una respuesta contundente a los que quieren tenderle una trampa y enfrentarle, o bien con las autoridades políticas o bien con las religiosas.

Corresponde al César el poder temporal de la tierra, el desarrollo de la convivencia humana a través del control de las personas y las mercancías, el cobro de impuestos o tasas, la articulación y puesta en marcha de los proyectos, el orden ciudadano y un largo elenco de pequeñas responsabilidades secundarias a los planes de Dios.

El resto, lo fundamental, lo que abarca los valores de las personas, corresponde a Dios.

Es de sabios saber distinguir el plan de Dios, que debe ser el centro de nuestra vida, de los planes de los hombres, casi siempre interesados.

Los primeros mártires cristianos murieron por confesar a Jesús, defender su libertad religiosa y negarse a adorar al emperador de Roma.

Hoy la libertad religiosa sigue en entredicho en muchos países del mundo, por un lado como consecuencia de las presiones de militantes ateos, muy activos y beligerantes.

Si Dios no existe para ellos ¿por qué tienen tanto celo en ningunear a los creyentes o en silenciar el nombre del Todopoderoso? ¿No será para usurpar su autoridad y erigirse en dictadores?

Por otro lado, nos encontramos con intolerancias, que derivan en persecución en países, especialmente musulmanes, que no admiten otro credo religioso que el suyo.


El Dios único y señor de la historia es también señor de la Iglesia y de la Misión, que cobra hoy especial relieve con la celebración del Domingo Mundial de las Misiones (Domund).

Bajo el lema: “Sé valiente la MISIÓN te espera”, los cristianos nos ponemos en marcha para anunciar al mundo el gozo del evangelio, que emerge como fuerza liberadora en medio de una parte del mundo atormentado por el odio, la venganza o la guerra.

“Quienes se dejan salvar por Él”, dice el papa Francisco, son liberados del pecado, de las tristezas, del vacío interior y del aislamiento (Evangelii gaudium)

Los misioneros son la avanzadilla de la Iglesia, un ejército de salvación desplegado por todos los rincones del mundo para hacer presente a Dios mediante la Palabra y el testimonio de su vida entregada a los demás.

Por desgracia, la vida nos trae y nos lleva, nos absorbe en asuntos familiares, económicos o laborales estresantes, que nos descentran y nos impiden llevar a término los buenos propósitos.

La fe así se apaga, nos sumergimos en un mar de dudas y nos volvemos vulnerables frente a los “ataques” de la sociedad de consumo, de las prisas por sobrevivir y de la resolución de necesidades que creemos urgentes.

Lo que nos urge es volver al amor primero, al romance con Cristo, donde brota la fuente de la felicidad, y dejarnos interpelar por Él como guía supremo que nos lleva al Padre del cielo.

Sin este enamoramiento previo, no hay verdadera misión cristiana; en todo caso, un noble altruismo. Sólo se irradia lo que se vive con alegría y con el entusiasmo que da la convicción de amar y sentirse amado.

Nos asombra cómo viven la fe cristiana los pueblos que no han sido contaminados por el virus de los llamados “países desarrollados” y cómo la celebran con cantos y danzas.

Nos impresiona la actitud de los misioneros que han contraído el ébola por atender a los enfermos.

Todos conocemos el caso de los dos “Hermanos de San Juan de Dios”, contaminados por el virus en Sierra Leona por su dedicación a los enfermos y recientemente fallecidos en España.

La alegría de ser cristiano y saber compartir los bienes no es comparable a las juergas que montan otros para acallar los vacíos del corazón.

Si desterramos a Dios de nuestra vida, ¿qué nos queda?


Fátima es una niña nigeriana, bautizada con este nombre, porque nació un 13 de Mayo.

Sus padres murieron martirizados por un grupo islamista por confesar la fe cristiana.

Desde entonces vive acogida en la casa de unos tíos, que la tratan con cariño.

Todos los días acude andando a la misión católica, ubicada a varios kms de distancia, y deposita una flor sobre la tumba de sus padres mientras esboza una sonrisa.

“Ellos me dan fuerzas y sé que me asisten desde cielo”, dice a los que se compadecen de ella.

Señor, que no se apague nuestra fe, que valoremos tus dones y sepamos encarnarnos en las realidades humanas de las personas que más nos necesitan.