domingo, 27 de agosto de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Así dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio:
«Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo.
Aquel día, llamaré a mi siervo, a Eliacin, hijo de Elquías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén y para el pueblo de Judá. Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David: abrirá y nadie cerrará, cerrará y nadie labrirá.
Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro, será un trono de gloria para la estirpe de su padre».


¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero?
O ¿quién le ha dado primero, para tener derecho a la recompensa? Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.


En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos contestaron:
«Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le respondió:
«¡ Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Palabra del Señor.

Beata María del Pilar Izquierdo Albero

María Pilar Izquierdo Albero, tercera de cinco hermanos, nació en Zaragoza (España) el 27 de julio de 1906. Sus padres, un matrimonio humilde y pobre de bienes materiales, pero rico en virtudes, inculcaron a la niña el espíritu de piedad, el amor a los pobres y una tierna devoción a la Virgen del Pilar. El 5 de agosto, fiesta de Santa María de las Nieves, llevaron a la pila del bautismo a María Pilar. Más tarde diría ella que ese era el día más grande de su vida, porque en él se hizo hija de la Iglesia.

Desde muy niña brilló en ella un amor exquisito a Dios y a los pobres. Se privaba a veces de su merienda y de sus cosas para ayudar a quien consideraba más necesitado que ella. Como nunca fue a la escuela, no sabía escribir ni casi leer, por eso se consideraría «una tontica» que no sabía más que «sufrir y amar, amar y sufrir».

Pronto provó en propia carne las punzadas del dolor y comprendió el valor redentor del sufrimiento. A la edad de 12 años fue víctima de una enfermedad misteriosa, que ningún médico supo diagnosticar. Después de cuatro años vividos por motivos de salud en Alfamén (Zaragoza), regresó a Zaragoza, donde comenzó a trabajar en una fábrica de calzado, siendo muy querida de todos, por su sencillez, su natural simpatía, su bondad y laboriosidad. Pero, el Señor quería llevarla por otros derroteros y la fue adentrando en el misterio de la Cruz. Y tanto amó María Pilar el sufrimiento que solía decir: «Encuentro en este sufrir un amor tan grande hacia nuestro Jesús, que muero y no muero... porque ese amor es el que me hace vivir».

En 1926, mientras volvía del trabajo, se fracturó la pelvis al caer del tranvía y, en 1929, quedó parapléjica y ciega a causa de multitud de quistes, teniendo que recorrer una vía dolorosa de más de doce años entre los hospitales de Zaragoza y la pobre buhardilla de la calle Cerdán, 24. Esta buhardilla se convirtió, no obstante, en una escuela de espiritualidad y en un remanso de luz, de paz y alegría para cuantos la visitaban, especialmente durante los tres años de la guerra civil española. Allí se oraba, se fomentaba la amistad evangélica y las almas discernían la vocación a la que Dios las llamaba.

En 1936 comienza Mª Pilar a hablar de la «Obra de Jesús» que habría de aparecer en la Iglesia y que tendría como finalidad «Reproducir la vida activa del Señor en la tierra mediante las obras de misericordia». El 8 de diciembre de 1939, fiesta de la Inmaculada, de la cual era devotísima, María Pilar se curó milagrosamente de su parálisis que la había tenido prostrada durante más de 10 años en el lecho. Desaparecieron también los quistes y recobró instantáneamente la vista. Inmediatamente puso en marcha la Obra, trasladándose, junto con varias jóvenes, a Madrid, donde ya había sido aprobada la Fundación con el nombre de «Misioneras de Jesús y María». Pronto se interpusieron los juicios humanos a los planes de Diosy le prohibieron ejercer cualquier apostolado, hasta que en 1942 el Sr. Obispo de Madrid erigió canónicamente la Obra como «Pía Unión de Misioneras de Jesús, María y José». 

Pasados dos años de fecundo apostolado entre los pobres, niños y enfermos de los suburbios, Dios la quiso llevar de nuevo por el camino de la Cruz. Se le reprodujeron los quistes del vientre y, a la enfermedad, se unieron los sufrimientos morales con los que Dios suele purificar a las almas que quiere llevar hasta la cima de la perfección. Calumnias, intrigas, incomprensiones desacreditaron su Obra y alejaron de la misma a varias jóvenes que le habían sido siempre fieles. Llegaron hasta tal punto las cosas que María Pilar, aconsejada por el confesor, en noviembre de 1944 tuvo que retirarse de su propia Obra. La siguieron nueve de sus Hijas.

El 9 de diciembre viajó a San Sebastián, último tramo de la subida al Calvario. Durante el viaje, en una noche gélida y por caminos cubiertos de nieve, se fracturó una piena en un accidente de coche. Un tumor maligno que se manifestó casi contemporáneamente, la hirió de muerte, pero no logró apagar la luz de su fe ni su firme convicción de que la Obra volvería a resurgir. Postrada en el lecho del dolor, abandonada de las criaturas, pudo saborear mejor el cáliz, mientras alentaba a sus Hijas diciéndoles: «Siento dejaros porque os amo mucho, pero desde el cielo os seré más útil. Volveré a la tierra para estar con los que sufren, con los pobres, los enfermos. Cuando más solas estéis más cerca estaré de vosotras».

Murió en San Sebastián, a los 39 años, el 27 de agosto de 1945, ofreciendo su vida por las Hijas que se le habían separado, a quienes recordaba con dolor y con cariño: «Las amo tanto, -decía- que no las puedo olvidar; aunque me pegaran y me arrastraran, quisiera tenerlas aquí. No quiero acordarme del mal que me hacen sino del bien que me hicieron. Bien sabe nuestro amado Jesús que más, mucho más de lo que me hacen sufrir quiero que les dé de cielo».

Sus Hijas, confiadas en las palabras de la Madre, permanecieron unidas bajo la dirección del Padre Daniel Díez García, que la había ayudado y asistido durante los últimos años de su vida. En 1947 llegaron a Logroño y, en mayo de 1948, el Sr. Obispo D. Fidel García Martínez las aprobó canónicamente como Pía Unión bajo el nombre de «Obra Misionera de Jesús y María». En 1961 fueron aprobadas como Congregación de Derecho Diocesano y, en 1981, fueron declaradas de Derecho Pontificio. La Congregación cuenta en la actualidad con 220 religiosas, repartidas en 22 casas por diversos puntos de España, Colombia, Ecuador, Venezuela, Italia y Mozambique.

La fama de santidad de la Venerable Mª Pilar Izquierdo se acrecentó de tal forma que, el Sr. Obispo de Calahorra, La Calzada-Logroño, Mons. Francisco Álvarez Martínez, vio oportuno iniciar la Causa de Beatificación y Canonización. El Proceso diocesano se realizó de 1983 a 1988.

El 18 de diciembre del 2000, S. S. el Papa Juan Pablo II declaró la heroicidad de las virtudes y el 7 de julio del 2001 aprobó el milagro atribuido a su intercesión.

sábado, 26 de agosto de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Tenía Noemí un pariente por parte de su marido; un hombre muy acomodado de la familia de Elimelec; su nombre era Booz.
Rut, la moabita, dijo a Noemí:
«¿Puedo ir a espigar en el campo de quien me lo permita? ». Noemí le respondió:
«Sí, hija mía».
Marchó Rut a recoger espigas detrás de los segadores, y sucedió que vino a parar en una parcela de Booz, el de la familia de Elimélec.
Booz dijo a Rut:
«Escucha, hija mía. No vayas a espigar a otra campo, no te alejes de aquí. Quédate junto a mis criados.
Fíjate dónde siegan los hombres y ve detrás de ellos. He mandado que no te molesten. Cuando tengas sed, bebe de los cántaros que ellos han llenado». Ella se postró ante él y le dijo:
«¿Por qué te interesas con tanta amabilidad por mí, que soy una simple extranjera?». Booz respondió:
«Me han contado cómo te has portado con tu suegra después de morir tu marido; cómo has dejado a tus padres y tu tierra natal para venir a un pueblo que no conocías» Booz tomó a Rut por mujer. Se unió a ella, y el Señor hizo que concibiera y diera a luz un hijo. Las mujeres dijeron a Noemí:
«Bendito sea el Señor, que no te ha dejado sin protección. El nombre del difunto seguirá vivo en Israel.
El niño será tu consuelo y amparo en la vejez, pues lo ha dado a luz tu nuera, que te quiere y ha demostrado ser para ti mejor que siete hijos». Noemí tomó al niño, lo puso en su regazo y se encargó de criarlo. Las vecinas exclamaron:
«A Noemí le ha nacido un niño».
Y le pusieron por nombre Obed. Fue el padre de Jesé, el padre de David.


En aquel tiempo, habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo:
En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbi”. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbi”, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor.

Santa Juana Isabel Bichier des Ages

Procede de familia cristiana. Su tío, monsieur de Mossac, es gran vicario en Poitiers. La desgracia marcará prematuramente su vida. A los diecinueve años, en 1792, queda huérfana. Pero esto no es todo. La rabia de los hombres de la Revolución les lleva a jurar arrancarle la fortuna que le queda de su madre. Ella se defiende ardientemente, triunfa después de interminables procesos, es una mujer de autoridad. Los representantes del pueblo terminan respetándola y ello le permite llevar socorro a los sacerdotes perseguidos.

 Así es como se encuentra con el padre Andrés. Un día coge sitio en un hórreo que reemplaza a la iglesia parroquial. Son tantos los fieles que se amontonan junto al confesor, que tiene que esperar ocho horas para poder obtener una pequeña entrevista. Mucho tiempo de espera, pero poco tiempo en comparación con las consecuencias derivadas de este providencial encuentro de los Marsillys: "Las Hijas de la Cruz, escribirá más tarde, pueden venerar con devoción particular este rincón obscuro que fue para ellas la Cueva de Belén de su Instituto".

 ¿Sabe alguno de ellos la inmensa cosecha que promete este grano arrojado casi por casualidad sobre un terreno labrado? Es probable que no. ¿Quién puede prever que la atmósfera se esclarecerá tan pronto, que Francia volverá a encontrar su paz y la Iglesia su libertad por un Concordato que devuelve el derecho de ciudadanía en Francia a la religión cristiana?

 Sin esperar a más, el clero recomienza el trabajo. Las misiones se multiplican. La vida cristiana, en sueño durante años, encuentra un nuevo vigor. El padre Fournet se encuentra en la primera línea del apostolado, en el puesto más humilde, donde él acaba de encontrarse.

 Rápidamente mide la insuficiencia de estos primeros esfuerzos. Muchas almas, incluso algunas de los perseguidores de ayer, vuelven a Dios. Pero el mal es universal al mismo tiempo que profundo; es la misma sociedad la que está desorganizada. Los niños crecen sin formación; los viejos y enfermos mueren a falta de cuidados y sin recibir los sacramentos. Es necesario hacer mucho más.

 ¿Cuántos son los que en esta época sienten el mismo tormento? Se desconocen los unos a los otros, pero de todas partes sopla el espíritu. Una marea eleva las almas. El retroceso de la historia mostrará la simultaneidad y la convergencia de estos esfuerzos. Muy cerca de San Andrés Hubert un admirable sacerdote, Guillermo Chaminade, restaura la vida religiosa en Burdeos y ve a muchos jóvenes, chicos y chicas por él formados, entrar en la vida religiosa dando origen a los Marianistas, Hijas de María y a las Damas de la Misericordia. Pero él no está solo en Burdeos: Noailles funda La Santa Familia y Soupre la Doctrina Cristiana. Y así podríamos dar una vuelta a Francia recogiendo amplia cosecha. El viejo adagio de Tertuliano queda una vez más en pie a través de los tiempos: "Sanguis martyrum, semen christianorum". Ya lo había dicho Cristo antes: "Si el grano de trigo no muere, no puede dar mucho fruto".

 En Poitou San Andrés Hubert Fournet va a realizar esta obra con Isabel Bichiers des Ages. A su petición la joven ha entrado, después de algún tiempo, en la costosa tarea del don de sí mismo. En su parroquia de Béthines abre una escuela para la formación de las jóvenes. Pronto algunas compañeras se agrupan a su alrededor y aceptan una nueva sugerencia de su director espiritual, el cuidado de los enfermos.

 ¿Por qué este pequeño grupo inicial no puede ser la celda inicial de una nueva sociedad donde realice su apostolado? Isabel Bichiers des Ages no ve en esta primera tentativa más que un postulado que ha de conducirla hasta el Carmelo. Duda. Se dirige a Poitiers para buscar una orientación. El padre Fournet, después de seis meses, pone fin a sus deseos: "Apresuraos a venir aquí; hay niños que no conocen los primeros principios de la religión; pobres enfermos tendidos sobre sus lechos sin el más mínimo socorro, sin consuelo. Venid a cuidar de ellos, a atenderlos en la hora de la muerte".

 La necesidad la lleva. El paso está dado. Todo marcha bien. Afluyen nuevos brotes. La casa no es suficiente y después de varios cambios se traslada a La Puye, en 1820, donde la congregación naciente fijará su casa madre. Cada vez más requerido por la formación de religiosas, el padre Fournet sacrificará su puesto en Maillé para entregarse por entero al nuevo Instituto que acaba de aprobar el obispo de Poitiers.

 Ha descargado su conciencia, pero no ha arrancado de su corazón el atractivo que le había hecho entrar plenamente en la práctica de un ministerio rural que exige delicadeza, paciencia, celo pastoral intenso y condenado frecuentemente a quemarse sin arrojar exteriormente llamas vivas. La Puye y sus alrededores se benefician de su ministerio. Instintivamente se da cuenta de que la clave de los trabajos constantes se encuentra en el corazón de los sacerdotes: se desgasta, sin contar en la formación de sus compañeros que se asocian a su labor.

 Siempre permanece primordial en la jerarquía de sus deberes el cuidado de sus hijas.

 Es necesario seguirle en este terreno para buscar lo que tiene de original la nota particular con que él dota la espiritualidad de su familia religiosa. La orientación que le da es quizá más la exigencia de una época que la inclinación de una naturaleza individual. Por esta razón reviste una singular e instructiva autoridad.

 Pasarnos por alto las prácticas de las virtudes evangélicas, la necesidad de la oración para mantener contacto con el Señor, todas estas cosas que extrañaría no encontrar en una regla religiosa.

 Más interesantes son las prescripciones donde recomienda el cuidado de los pobres, la presencia en el mundo, la ruda mortificación, instrumento indispensable del desprendimiento.

 "Pauperes evangelizantur". La evangelización de los pobres es, como dice el Señor, una de las señales del reino de Dios, así como los milagros que acompañan a la venida del Mesías. Cuando los ricos son preferidos a los pobres, planea sobre la cristiandad la señal de los castigos. Con la riqueza acaban las civilizaciones adornadas con el título de cristianas.

 En el siglo XVII San Vicente de Paúl y San Juan Bautista de La Salle se habían inclinado sobre el doble problema de la miseria material y espiritual de las pobres gentes. San Andrés Hubert y Santa Isabel Bichiers des Ages encuentran de nuevo esta intuición esencial. Los niños y los enfermos son el dominio elegido por las Hijas de la Cruz, a ejemplo del Señor que, "durante los tres últimos años de su vida mortal, no se ocupa más que en instruir en todos los lugares, hasta en medio del agua; en todo tiempo, de día y de noche... ¿Qué más hizo el Señor en su vida mortal? Mostró el mayor celo por los enfermos, hasta aplicarles su saliva..." ¡Así habla el reglamento de vida escrito por los dos santos! Evangelizar a los pobres, aliviar a los desgraciados: dos polos de actuación del Salvador, dos obligaciones esenciales de las Hijas de la Cruz.

 Esta misión exige la presencia. Es necesario estar en contacto con el pueblo, con sus niños, con sus ancianos, tener cuidado de preparar y prolongar la acción apostólica del clero. "Si conocierais el don de Dios en vuestra misión en Bayona, escribe a la superiora que el fundador ha enviado allí, vuestro corazón se dilataría... Hacéis lo que hace el señor obispo, lo que hacen los sacerdotes, los confesores, los predicadores: aprendéis a conocer a Dios y a la religión: predicáis la doctrina de la cruz y del desprendimiento; enseñáis con la práctica a escoger las privaciones a los placeres, las humillaciones a las alabanzas". La Hija de la Cruz estará, pues, mezclada con el mundo.

 Hay que tener en cuenta estas últimas palabras. Estamos en la fuente de la santificación de las que deben permanecer en medio del mundo, las "Hijas de la Cruz", "espíritus desprendidos de todo por la pobreza completa, almas de pureza y castidad perfecta, seres muertos a todo lo que es voluntad propia por la obediencia absoluta", como dice uno de los historiadores del padre Andrés Hubert. No hay allí cláusulas de estilo. La redención es siempre costosa. Lo que nos impide descubrir al Señor y seguirle gozosamente es el mundo con todas sus inquietudes, que traba nuestra alma con las cadenas que le impone. El naturalismo del siglo XVII, las pretensiones de la "razón" asedian el espíritu del padre Fournet en una decoración de persecuciones, de súplicas, de sangre vertida. Quiere que sus hijas tengan una vida mortificada, que sea como una audaz respuesta a las pretensiones insensatas. La regla que redacta prevé ayunos y penitencias de toda clase, una austeridad como para volver atrás a las almas valerosas. Los vicarios capitulares de Poitiers no pudieron menos de dulcificar en algunos puntos los capítulos sobre la alimentación y el sueño. Aún hoy la austeridad se trasluce al primer golpe de vista en el hábito de las Hijas de la Cruz. Si la reciente reforma ha privado de esa larga toca que impedía casi la visión y toda muestra de afectación, el hábito negro, que cae sin pliegues, dice a la vez renunciamiento y rectitud, una rectitud que haría pensar en la rigidez si no hubiera en la mirada, hoy al descubierto, señales de acogimiento y bondad presta a prodigarse.

 Hace ya cien años que San Andrés Hubert y Santa Isabel han dejado este mundo; él murió el 13 de mayo de 1834; ella le encontró en el cielo el 26 de agosto de 1838. Es decir poco que en ese momento la Congregación contaba con 633 religiosas repartidas en 99 casas diseminadas por 23 diócesis de Francia. El árbol, ¿sobreviviría a las circunstancias que habían favorecido su desenvolvimiento? La Revolución francesa se convierte cada día más en un recuerdo. La mentalidad moderna parece preferir una espiritualidad de Encarnación a una espiritualidad de Redención, de la cual sería una locura poner en duda su necesidad.

 Las Hijas de la Cruz, cada día más numerosas, continúan, no obstante, la obra de sus fundadores. Ellas, por su inmolación cotidiana, aseguran la perennidad de su bienhechora actuación.

viernes, 25 de agosto de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



Sucedió en tiempo de los jueces, que hubo hambre en el país y un hombre decidió emigrar, con su mujer Noemí y sus dos hijos, desde Belén de Judá a la region de Moab.
Murió Elimélec, el marido de Noemí, y quedó ella sola con sus dos hijos. Estos tomaron por mujeres a dos moabitas llamadas Orfá y Rut. Pero, después de residir allí unos diez años, murieron también los dos, quedando Noemí sin hijos y sin marido. Entonces Noemí, enterada de que el Señor había bendecido a su pueblo procurándole alimentos, se dispuso a abandonar la región de Moab en compañía de sus dos nueras.
Orfá dio un beso a su suegra y se volvió a su pueblo, mientras que Rut permaneció con Noemí.
«Ya ves - dijo Noemí - que tu cuñada vuelve a su pueblo y a sus dioses. Ve tú también con ella». Pero Rut respondió:
«No insistas en que vuelva. y te abandone. Iré adonde tú vayas, viviré donde tú vivas; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios».
Así fue como Noemí volvió de la región de Moab junto con Rut, su nuera moabita. Cuando llegaron a Belén, comenzaba la siega de la cebada.


En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Él le dijo:
«”Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”.
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor.

San José de Calasanz

La villa aragonesa de Peralta de la Sal fue la patria del Santo de los niños. La fecha natalicia que armoniza la más antigua versión con todos los datos del Epistolario Calasancio es la de 31 de julio de 1558, en los albores del reinado de Felipe II.

 Cinco hermanas y dos hermanos eran los vástagos del matrimonio Calasanz-Gastón, formado en la herrería peralteña por don Pedro, baile de la villa, segundón de familia infanzona venida a menos, y doña María, madre ejemplar que educó cristianamente a todos sus hijos, muy en especial a José, su benjamín, al que inculcó una tierna devoción a la Virgen y un agresivo odio al pecado. El maestro de la escuela rural, para descansar de la monotonía del deletreo, tomaba al pequeño, subíale sobre su cátedra y hacíale recitar ante sus condiscípulos los milagros de Nuestra Señora, tal como se los enseñaba en casa su madre. De mayor interés psicológico había sido aún antes, cuando apenas frisaba en los cinco años, el rasgo de su primera escapada por los olivares del contorno, cuchillo, en mano, para matar al demonio, que las pláticas maternales le pintaban cómo a su más encarnizado enemigo.

 A los diez años pasa a Estadilla a cursar latines, y jamás empieza las clases sin haber hecho antes su oración en la iglesia, a despecho de las burlas de sus compañeros, que acaban por admirarle, llamándole "el Santet" en su ribagorzano-catalán.

 Los estudios superiores de filosofía y teología, preparación inmediata para el sacerdocio a que aspiraba, los comenzó en la universidad de Lérida, donde los estudiantes aragoneses le eligieron su prior o representante para la votación de rector, cargo que había de desempeñar un estudiante legista, en régimen harto democrático. Condiscípulo hubo, un tal Mateo García, que llamaba a José su verdadero espíritu santo, pues él le inspiraba la manera de salir con bien de las frecuentes reyertas en que le metía su carácter pendenciero. Recibióse allí nuestro pacífico Calasanz de bachiller en artes, se tonsuró de clérigo, cursó dos años de teología y se volvió a Peralta en 1577, dispuesto a cambiar de universidad, en busca de menos disturbios escolares y más disciplina académica,

 Marchó, efectivamente, a la de Valencia, dentro siempre de la corona de Aragón, y regentada entonces con mano enérgica por el patriarca Juan de Ribera; pero aquí le acechaba el Tentador, dispuesto a truncar aquella carrera sacerdotal tan decidida. Para ayuda de costas de sus estudios el joven teólogo, que estaba en la florida edad de sus veintiuno, entró de memorialista y tenedor de libros al servicio de una dama que le remuneraba con buen sueldo, pero en cuyo pecho el enemigo de toda castidad acertó a encender tan secreta cuanto viva llama de pasión. Contenida al principio, estalla al fin, tumultuosa y vehemente, aturdiendo al sorprendido e inocente joven, que reacciona inmediato eludiendo el lance con la fuga, no ya de la casa, sino de la ciudad y de la universidad misma, sin atención a sueldo y matrícula, que pierde, ni a carrera, que arriesga, pero con logro de una inocencia que mantiene inmaculada por gracia de Dios y su Santísima Madre.

 El súbito retorno a Peralta le enfrenta con nuevo peligro para su vocación. La Ribagorza arde en inquietudes de carácter político-social que ocasionan la muerte violenta de Pedro Calasanz, el hermano mayor de nuestro joven teólogo. El padre quiere ahora que José contraiga matrimonio y herede el mayorazgo. En tan difícil situación Dios acude con el remedio de una grave enfermedad que pone al propio José al borde del sepulcro. No hay opción ante el dilema de muerte o altar, que el enfermo propone al atribulado padre. Y, obtenido el paterno consentimiento, emite voto formal de recepción oportuna del sacerdocio, cede inmediatamente la enfermedad, y se retira a Barbastro el restablecido estudiante a proseguir su carrera tres años más, hasta cumplir los veinticinco y recibir las sagradas órdenes.

 El novel sacerdote continúa junto al obispo de Barbastro, el dominico Urríes; pero se le muere al año y medio, dejándole sin patrono. Retírase a su beneficio de San Esteban y coincide allí la celebración de las Cortes de Monzón, que preside personalmente Felipe II en 1585. Requieren a nuestro José para secretario de la Comisión de Reforma de los agustinos, y el presidente de la misma, prendado de él, se lo queda para examinador y confesor, partiendo ambos para otro cometido reformatorio, el de los benedictinos, catalanes y vallisoletanos, del célebre monasterio de Montserrat. Aquí nada se logra, por muerte del visitador La Figuera, que deja una vez más a Calasanz sin patrono.

Tras breve estancia en Peralta se incorpora a la diócesis de Urgel como secretario y maestro de ceremonias del Cabildo de La Seo, donde no tardan en reconocer sus valores. Es su obispo, el cartujo Andrés Capella, y su vicario general, Antonio de Gallart, futuro obispo de Perpiñán y Vich, quien le acumula los cuatro oficialatos de Tremp, Sort, Tirvia y Cardós, con la encomienda de la visita a lo más abrupto del Pirineo, deparándole tres años de intensísimo apostolado sacerdotal, pródigo en curiosas incidencias y espirituales satisfacciones.

 Tal vez le quiere el Señor en aquella senda de cargos y ministerios, y le ronda el deseo de obtener una canonjía que los consolide y afiance. Por ello renuncia a su plebanía de Ortoneda y Claverol, asegurando para los pobres la renta en trigo de su personado, y marcha a Barcelona a los estudios, trocando entonces su licenciatura en teología por el doctorado. Para agenciar con mayor seguridad el canonicato a que aspira, marcha a Roma en 1592, asumiendo la preceptoría de dos sobrinos del cardenal Colonna y la gerencia de los asuntos de varias diócesis españolas.

Pero Dios espera en Roma al doctor Calasanz, precisamente a propósito de la canonjía. Fracasa en su intento repetidas veces, hasta que da un vuelco su alma hacia las renunciaciones completas y se entrega ardoroso a las aspiraciones de la santidad. Se olvida de España para romanizarse definitivamente, y en él la romanización equivale a santificación.

La archicofradía de los Doce Apóstoles, la cofradía de las Llagas de San Francisco, la de la Trinidad de los Peregrinos y la del Sufragio en la vía Giulia no sólo aprenden su nombre, sino que se contagian de su actividad ardorosa, tanto en las efusiones de su caridad operante cuanto en la intercesión y prácticas de su mortificación penitente, La visita diaria a las siete basílicas romanas halló por aquellos años en Calasanz un incansable y fervoroso promotor. Y empezaron entonces los carismas y los milagros, ornamento frecuente en las vidas de los elegidos del Señor.

Peregrino de los santuarios de Italia, San Francisco le desposa en Asís con tres doncellas representativas de los votos religiosos, su suerte futura; y particularmente la santa pobreza le regala con apariciones de singular predilección. Llegó la madurez, la hora de Dios.

El concilio de Trento acababa de urgir para la Contrarreforma una mayor difusión de la enseñanza del catecismo; habíase publicado el de San Pío V: era un hecho la archicofradía de la Doctrina Cristiana. Calasanz se inscribió en ella con más entusiasmo que en las cuatro anteriores, y poco faltó para que se le eligiera su presidente en Roma. Pero comprendía que no bastaba con la catequesis dominical. Sostenía con otros catequistas una escuelita cotidiana en Santa Dorotea del Trastevere; mas lamentaba en la mayoría escasa constancia y sobrado interés. Roma seguía con la lacra de la infancia enlodada en el arroyo, y a su vista Dios apretaba de congojas el corazón de su siervo. Se dedicó a llamar a muchas puertas, sombrero en mano, pordioseando amparo para los pequeñuelos, hasta que al fin comprendió que era más bien el Señor quien daba los aldabonazos en su alma para que se lanzara de lleno al apostolado de la enseñanza infantil. Y se decidió a la acción. Despidió de Santa Dorotea a los maestros interesados; proclamó la gratuidad absoluta; abrió sus aulas para todos y las rotuló con el breve y denso nombre de Escuelas Pías. Y entonces, en 1597, surgió en la Iglesia de Dios y en lo que siglos después se llamaría Historia de la Pedagogía una cosa totalmente nueva, que prepararía tiempos asimismo nuevos: el grupo escolar popular. Estaban en puerta las democracias; la cultura ya no tropezaría con el espíritu clasista; el apostolado contaría con la más eficaz de sus actividades, y se levantaba bandera tras de la cual no tardarían en formarse las numerosas mesnadas de las corporaciones católicas dedicadas a la tarea de la enseñanza. La preocupación docente prendió en los Gobiernos y hasta los Ministerios de Fomento, Instrucción Pública y Educación Nacional tienen su origen remoto en el gesto calasancio que organizó las escuelitas transtiberinas.

Una avalancha de niños las llenó hasta el tope; pero a los dos años, otra avalancha, la del Tíber, lo inunda todo, y vuelta a empezar. Calasanz ahora deja el arrabal y las introduce en el corazón de Roma, precisamente en el 1600. Y la obra puesta en marcha ya no se detiene, Varias veces cambia de local hasta definitivamente establecerse en San Pantaleón. Durante veinte años continuos (1597-1617) el padre José se ha ingeniado para mantener una comunidad secular "sui generis", sin votos ni reglas, sin otro apoyo que el prestigio de su prefecto. Es el grupo escolar con su balumba de niños perfectamente distribuidos, con sus clases de lectura, escritura, ábaco y latín o humanidades, entreverado todo de doctrina y piedad cristianas, con pasmo de la Ciudad Eterna y de los romeros que la visitan desde toda la catolicidad, al ver el orden y compostura de las interminables rutas de alumnos, y al recordar el antiguo abandono de la infancia, que al fin encontraba su mentor y padre. La Providencia le deparó colaboradores valiosísimos como el joven Glicerio y el viejo Dragonetti, pero el factor más eficaz de consolidación fue la autoridad pontificia. Tras un fallido ensayo de agregación a una Corporación religiosa ya existente, la de San Leonardo de Lucca, el pontífice Paulo V erigió las Escuelas Pías en congregación de votos simples, y a los cuatro años de prueba, en 1621, ya logró el padre José de la santidad de Gregorio XV la elevación a Orden de votos solemnes, última de las de esta categoría en la Iglesia de Dios.

Pedagogo y legislador de pedagogos, José de la Madre de Dios estampó en sus constituciones su áurea sentencia: "Si desde los tiernos años son imbuidos los niños en piedad y letras, podrá sin duda esperarse de ellos un feliz desarrollo de toda su vida". Y apasionado de hecho de la tarea de la enseñanza, dirá de su ejercicio que es "degnissimo, nobilissimo, meritissimo, favorevolissimo, utilissimo, bisognevolissimo, naturalissimo, ragionevolissimo, graditissimo, piacevolissimo, e gloriosissimo" (el más digno, el más noble, el de más mérito, el más favorable, el más útil, el más necesario, el más natural y razonable, el más de agradecer, el más agradable y de máxima gloria). Y, efectivamente, su dedicación a él fue integral, no solamente los veinte años dichos de su prefectura, sino también los quince de su generalato temporal, los catorce de su generalato vitalicio y aun los dos últimos de su senectud, después de destituido de su cargo de general de su Orden. Cincuenta y un años de entrega total a sus escuelas, después de los treinta y nueve de preparación y actuación sacerdotal, dan carácter a los noventa de su fecunda existencia: fecunda en su labor personal de educador, que domina a los niños con mano de santo, y con mano de santo hasta restituye a su órbita el ojo saltado a un muchacho en una pelea durante el recreo; y fecunda en su acción oficial de fundador y dilatador de su Orden por las provincias de Roma, Génova, Nápoles, Florencia, Sicilia, Germania, Polonia y Cerdeña, con más de cuarenta fundaciones realizadas bajo su gobierno. En visita personal a Cárcare, en el genovesado, reconcilió facciones ancestralmente enemistadas; en Nápoles volvió a buen camino a tres disolutos artistas que trataban de ofenderle; en Florencia permitió y estimuló a sus hijos al cultivo de las ciencias, con la amistad del perseguido sabio Galileo; en Germania sus escolapios o piaristas, como allí les llaman, ocuparon las avanzadillas de la catolicidad frente a la acometida protestante, y su santuario de NikoIsburg fue centro de irradiación y reconquista espiritual, reconocido por Von Pástor.

Mas las benemerencias del santo Calasanz no terminan con su magisterio y su Orden docente. Brilla en él la ejemplaridad de su humilde acatamiento ante las persecuciones y humillaciones más extrañas. Un miembro de su propia Corporación, el padre Mario Sozzi, logra por sus servicios y delaciones un proteccionismo excepcional de parte del Santo Oficio o Tribunal de la Inquisición, y lo emplea en desacreditar a su padre general y revolverle la Orden, singularmente en Florencia. En Roma llegó a provocar el arresto y conducción del padre José y de su curia generalicia al Tribunal de la Fe entre esbirros y corchetes; como espía y malhechor, entre la nerviosa agitación de la pontificia guerra de Castro. Suspendido en su cargo de supremo moderador de la Orden, se atreve a suplantarle como primer asistente en funciones de general, y le humilla y desprecia sin respeto a su ancianidad venerable. La revancha es de Dios, que se lleva al padre Mario preso de una sífilis horripilante; mas le sucede el padre Querubini, hechura suya y tan indigno como él, presagio de que se va a la ruina del Instituto. Termina en desastre la guerra de Castro; muere el papa Urbano VIII; la comisión cardenalicia nombrada para los asuntos de las Escuelas Pías decide la reintegración del anciano padre general en el puesto de mando de la Orden; pero el Santo Oficio entiende que tal reparación será en desdoro de su prestigio tribunalicio y el papa Inocencio X opta al fin por la destrucción de la obra calasancia, desarticulándola y privándola de su jerarquía. Queda el Santo definitivamente destituido, sin perder por ello la resignación, la paciencia, ni la esperanza. Dios me lo dio, Dios me lo quitó —repite con el Job del Viejo Testamento—. Mas no vacila en profetizar la restauración de su Orden y en animar a todos sus hijos a la perseverancia. No se abandona, en efecto, ninguna casa y siguen todas repletas de alumnos. Dos años aún de infatigable actividad y de invencible paciencia, y llega el triunfo de su última enfermedad y de su muerte preciosa, el 25 de agosto de 1648.

El principio del fin fue su última comunión entre sus niños como lección postrimera, para caer en el lecho de su cuartito de San Pantaleón y edificar con sus fervores a sus desolados religiosos. De curaciones ajenas y penetración de espíritus fueron los casos frecuentes; pero mucho más los de virtudes heroicas: en materia de fe, hasta arrojó de su boca un sedante al saber que había sido ideado por el hereje Enrique VIII de Inglaterra; envió a dos de sus hijos a poner en su nombre la cabeza a los pies de la estatua de San Pedro y no quedó tranquilo hasta obtener del Papa, por escrito, la bendición apostólica, con transportes de alegría que contrastaban con los desaires, nada leves, de la propia Sede Apostólica recibidos antes. Y en sus últimos días de enfermedad tuvo el consuelo inefable de la aparición de la Virgen Santísima reafirmando sus esperanzas, y la de los escolapios hasta entonces difuntos en número de 254, con solo una ausencia.

jueves, 24 de agosto de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



El ángel me habló diciendo:
«Mira, te mostraré la novia, la esposa del Cordero».
Y me llevó en espíritu a un monte grande y elevado, y me mostró la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, y tenía la gloria de Dios; su resplandor era semejante a una piedra muy preciosa, como piedra de jaspe cristalino. Tenía una muralla grande y elevada, tenía doce puertas y sobre las puertas doce ángeles y nombres grabados que son las doce tribus de Israel.
Al oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y al poniente tres puertas, y la muralla de la ciudad tenía doce cimientos y sobre ellos los nombres de los doce apóstoles del Cordero.


En aquel tiempo, Felipe encuentra a Natanael y le dijo:
«Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret». Natanael le replicó:
«¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Felipe le contestó:
«Ven y verás».
Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él:
«Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Natanael le contesta:
«¿De qué me conoces?». Jesús le responde:
«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Natanael respondió:
-«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó:
« ¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió:
«En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Palabra del Señor.

San Bartolomé, Apóstol y Mártir

Jesús ha empezado a reunir sus discípulos. Camina por las riberas del Jordán buscando a los que han sido predestinados desde el principio. Para uno tiene una mirada, para otro un ruego, para otro un mandato. Como entonces en los alrededores del lago, así camina también ahora a través del mundo; pasa reuniendo sus santos, sus doctores, sus vírgenes, sus misioneros; pasa en el milagro, en un suceso providencial, en una oración, en un canto, en una ceremonia, en el murmullo de una procesión, en la sentencia de un libro, en la sonrisa de una mañana, en la voz de un amigo, en la lágrima de una madre, hasta en una flor o en una estrella. En aquella mañana de primavera, dice San Juan, dirigiéndose hacia Galilea, Jesús encontró a Felipe, y le dijo:

«Sígueme.» Con esta palabra llamaban los rabbís a los jóvenes que querían agrupar en torno a su cátedra. Felipe obedeció sin vacilar, siguió a Jesús, le escuchó y le consagró la lealtad de su pecho generoso. Pero Felipe tenía un amigo, y quiso hacerle participante de su felicidad. Corre en su busca y le encuentra debajo de una higuera. En los países soleados del Oriente, tres cosas son indispensables: aire, frescura y sombra. Este amable galileo, este noble hijo de Caná, como Santiago el Menor, sabe iluminar sus meditaciones con el ambiente puro y sereno de la mañana gozosa. Tal vez acaba de leer algún pasaje mesiánico de los profetas, y con el libro cerrado sobre las rodillas y los ojos fijos en el suelo, medita sobre el sentido del oráculo misterioso. Se nos presenta como un temperamento reflexivo y meditativo; y si no fuese irrespetuoso, diríamos que era un tanto romántico y soñador. De repente, la voz alborozada que viene a sacarle de su ensimismamiento: «¡Natanael, Natanael, hemos encontrado a aquel de quien hablaron Moisés y los profetas!» ¡Noticia prodigiosa! La que el solitario de la higuera parecía meditar en aquel mismo instante; la que aguardaban siglo tras siglo las generaciones de Israel. El corazón del amigo de Felipe se estremece de alegría, su cuerpo se yergue como sacudido por una descarga eléctrica, y el alma se le asoma a los ojos interrogante y expectante. «Es Jesús, hijo de José, de Nazareth.» ¡Qué desilusión! ¡Nazareth! Un nombre que no ha leído en su querida Biblia; un nombre oscuro, sin arraigo en la historia de Israel, sin importancia en sus tradiciones. ¡Si al menos le hubieran hablado de Belén! Además, todos en Galilea conocían la violencia, la tozudez y la rudeza de los nazarenos. Y al entusiasmo de su amigo responde Natanael con esta observación, que respira, más que la amargura del sarcasmo, la tristeza de la duda: «¿De Nazareth puede salir algo bueno?»

Pero Natanael es un hombre de buena voluntad, busca la verdad con sencillez, y sabe que para llegar hasta ella se necesita un alma generosa y esforzada. «Ven y verás», le dice su amigo; y él le sigue dócilmente. Y Jesús, al fijar sobre él su primera mirada, pudo pronunciar aquel elogio definitivo: «He aquí un verdadero israelita; un corazón leal y sin engaño.» Pero Natanael no se entrega, a pesar de esta alabanza, sino que dice fríamente: «¿De dónde me conoces?» Tiene pleno derecho para pedir un signo de su vocación, un apoyo de su fe; y Jesús se le da: «Antes que Felipe te llamase—le dice—, cuando estabas bajo la higuera, yo te veía.» Le veía y penetraba en lo más profundo de su corazón, inquieto por descubrir la luz y encontrar el verdadero camino. Conmovido por aquella revelación súbita, el noble galileo se rinde con toda la plenitud de su alma generosa, y hace su profesión de fe: «Maestro, Tú eres el Hijo de Dios; Tú eres el Rey de Israel.» Al fin había resuelto el problema que le inquietaba. Estaba delante del Mesías, que le perseguía en sus enseños y le inquietaba en sus lecturas. Pedro tardará más de dos años en formular su fe de una manera tan explícita. Dios se comunica siempre al que le busca honradamente y con pureza de intención. La línea recta es el camino más corto para llegar a Dios, y al mismo tiempo el más seguro.

Así entró Natanael, hijo de Tolmai, en el Colegio Apostólico. Entra para seguir a Jesús fielmente y silenciosamente. No habla, no discute, no duda; después de aquel gozoso descubrimiento, sólo piensa en una cosa: en gozar de su tesoro. Modesto, no le importa figurar entre sus compañeros; camina recogido, recoge las palabras del Maestro, y le mira con ojos admirativos y con gesto de adoración. Probablemente era el que menos valía para llevar la bolsa, y el Iscariote debía decir de él maliciosamente que andaba en las nubes. Los Evangelios ya no vuelven a decirnos nada de su historia. Sólo el nombre. Para los sinópticos es siempre el hijo de Tolmai, Bartolomé; San Juan no conoce, más que el nombre propio: Natanael. Sigue en la niebla hasta el fin de su vida. Ni sabemos siquiera cuál es la tierra que iluminó con su predicación y fecundó con su sangre. Cuando, en el siglo II, San Panteno, el fundador de la escuela de Alejandría, penetró en la India para anunciar el nombre de Cristo, le enseñaron el Evangelio caldaico de San Mateo, que, según decían los antiguos, había sido llevado a aquellas tierras por San Bartolomé. Rufino, en cambio, nos dice que evangelizó el reino de Etiopía. Otros le hacen el apóstol de la Arabia feliz y San Crisóstomo asegura que enseñó la templanza a los licaonios. Poco a poco las leyendas empiezan a ponerse de acuerdo, y desde el siglo XII todas admiten que, caminando de provincia en provincia.

San Bartolomé llegó a la Armenia superior, y que en una ciudad misteriosa, llamada Albanópolis, fue desollado vivo por un rey más misterioso todavía, llamado Astiages. Alguien, sin embargo, siguió diciendo que había sido degollado; pero los artistas prefirieron representarle con la piel a rastras y en la mano el cuchillo, instrumento de suplicio. En la época gótica se creyó que el hijo de Tolmai pertenecía a la regia estirpe de los Ptolomeos, y, naturalmente, el arte empezó a representarle con un aire especial de nobleza y majestad. La Leyenda Dorada hacía de él este retrato: «Su figura es blanca, sus ojos grandes, su nariz recta, su barba abundante y plateada; viste una túnica de púrpura y un manto blanco, decorado de piedras preciosas. Desde los veinte años lleva los mismos vestidos, siempre nuevos y brillantes. Los ángeles le acompañan en sus peregrinaciones. Su rostro es afable y sereno. Todo lo prevé y lo conoce, habla las lenguas de todos los pueblos y sabe lo que digo en este momento.»

miércoles, 23 de agosto de 2017

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquel tiempo, se reunieron todos los señores de Siquén y todo Bet Millo, y fueron a proclamar rey a
Abimélec junto a la encina de la estela que hay en Siquén.
Se lo anunciaron a Jotán, que, puesto en pie sobre la coma del monte Garizín, alzó la voz y les dijo a gritos:
«Escuchadme, señores de Siquén, y así os escuche Dios.
Fueron una vez los árboles a ungir rey sobre ellos.
Y dijeron al olivo: “Reina sobre nosotros”. El olivo les contestó:
“ ¿Habré de renunciar a mi aceite, que tanto aprecian en mí dioses y hombres para ir a mecerme sobre los árboles?”. Entonces los árboles dijeron a la higuera:
“Ven tú a reinar sobre nosotros”.
La higuera les contestó:
“¿Voy a renunciar a mi dulzura y a mi sabroso fruto, para ir a mecerme sobre los árboles? “ Los árboles dijeron a la vid:
“Ven tú a reinar sobre nosotros”.
La vid les contestó:
“¿Voy a renunciar a mi mosto, que alegra a dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles?” Todos los árboles dijeron a la zarza:
“Ven tú a reinar sobre nosotros”.
La zarza contestó a los árboles:
“Si queréis en verdad ungirme rey sobre vosotros, venid a cobijaros a mi sombra. Y si no, salga fuego de la zarza que devore los cedros del Líbano”».


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo:
“Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido”. Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”
Le respondieron:
“Nadie nos ha contratado.” Él les dijo:
“Id también vosotros a mi viña”.
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos».

Palabra del Señor.

Santa Rosa de Lima

"Rosa de Lima, la más bella rosa que ha producido nuestro  continente, no dejes un solo día de rezar  a tu gran amigo Jesucristo, por este continente americano  tan supremamente necesitado de las bendiciones de Dios."

El Papa Inocencio IX dijo de esta santa un elogio admirable: "Probablemente no ha habido en América un misionero que con sus predicaciones haya logrado más conversiones que las que Rosa de Lima obtuvo con su oración y sus mortificaciones".

Nació en Lima, Perú, en 1586 (año de la aparición de la Virgen en Chinquinquirá) fue la primera mujer americana declarada santa por la Iglesia Católica.

Cambio de Nombre.

En el bautizo le pusieron el nombre de Isabel, pero luego la mamá al ver que al paso de los años su rostro se volvía sonrosado y hermoso como una rosa, empezó a llamarla con el nombre de Rosa. Y, el Sr. Arzobispo al darle la confirmación le puso definitivamente ese nombre, con el cual es conocida ahora en todo el mundo.

Evitando Peligros.

Desde pequeñita Rosa tuvo una gran inclinación a la oración y a la meditación. Un día rezando ante una imagen de la Virgen María le pareció que el niño Jesús le decía: "Rosa conságrame a mí todo tu amor". Y en adelante se propuso no vivir sino para amar a Jesucristo. Y al ir a su hermano decir que si muchos hombres se enamoraban perdidamente era por la atracción de una larga cabellera ó de una piel muy hermosa, se cortó el cabello y se propuso llevar el rostro cubierto con un velo, para no ser motivo de tentaciones para nadie. Quería dedicarse únicamente a amar a Jesucristo.

Renunciando a un Amor.

Un joven de alta clase social se enamoró de Rosa y quería casarse con ella. Sus padres estaban muy entusiasmados porque ellos eran pobres y esto daría a la joven un porvenir brillante. Pero ella, aunque hubo serios disgustos en la familia, les declaró que se había propuesto que su amor sería totalmente para Dios y que renunciaba por completo a todo matrimonio, por brillante que fuera.

Vocación Detenida.

Se propuso irse de monja agustina, pero el día en que fue a arrodillarse ante la imagen de la Virgen Santísima para pedirle que le iluminara si debía irse de monja o no, sintió que no podía levantarse del suelo donde estaba arrodillada. Llamó a su hermano a que le ayudara a levantarse pero él tampoco fue capaz de moverla de allí. Entonces se dio cuenta de que la voluntad de Dios era otra y le dijo a Nuestra Señora: "Oh Madre Celestial, si Dios no quiere que yo me vaya a un convento, desisto desde ahora de su idea". Tan pronto pronunció estas palabras quedó totalmente sin parálisis y se pudo levantar del suelo fácilmente.

Una Mariposa Señala el Color.

Seguía pidiéndole a Dios que le indicara a que asociación religiosa debería ingresar. Y de pronto empezó a llegar junto a ella cada día una mariposa de blanco y negro. Y revoloteaba junto a sus ojos. Con esto le pareció entender que debería buscar una asociación que tuviera un hábito de blanco y negro. Y descubrió que eran las terciarias dominicas, unas mujeres que se vestían con túnica blanca y manto negro y llevaban vida como de religiosas, pero vivían en sus propias casas. Y pidió ser admitida y la aceptaron.

Su Patrona y su Modelo.

Entonces vino a saber que la más famosa terciaria dominica es Santa Catalina de Siena (29 de abril) y se propuso estudiar su vida e imitarla en todo. Y lo logró de manera admirable. Se fabricó una túnica blanca y el manto negro y el velo también negro para la cabeza, y así empezó a asistir a las reuniones religiosas del templo.

Encierro Total.

Pero sucedió que la gente admirada de su comportamiento empezó a señalarla y a llamarla "la santa". Entonces ella que sabía que nada es tan peligroso como la vanidad y el orgullo y el deseo de aparecer, se fabricó una pequeña habitación en el solar de la casa donde vivía y allí se dedicó a practicar por largas horas del día y de la noche sus meditaciones, sus penitencias y sus muchas oraciones. Allí pasará el resto de su vida y solamente saldrá para ir a misa ó a socorrer a algún enfermo.

Ganando el Pan con el Sudor.

Su padre fracasó en el negocio de una mina y la familia quedó en gran pobreza. Entonces Rosa se dedicó durante varias horas de cada día a cultivar un huerto en el solar de la casa y durante varias horas de la noche a hacer costuras, para ayudar a los gastos del hogar.

Ataques Varios.

El demonio la atacaba de muy diversas maneras. Y las tentaciones impuras la hacían sufrir enormemente. Además le llegaban épocas de terribles sequedades espirituales en las cuales todo lo que fuera oración, meditación ó penitencias le producía horror y asco. Y fuera de eso la gente se burlaba de su comportamiento y los mismos familiares la consideraban equivocada en su modo de vivir. Alguna vez le protestó amorosamente a Jesucristo por todo esto, diciéndole: "Señor, ¿y a dónde te vas cuando me dejas sola en estas terribles tempestades?". Y oyó que Jesús le decía: "Yo no me he ido lejos. Estaba en tu espíritu dirigiendo todo para que la barquilla de tu alma no sucumbiera en medio de la tempestad".

Sus Penitencias.

Es difícil encontrar en América otro caso de mujer que haya hecho mayores penitencias. No las vamos a describir todas aquí porque muchas de ellas no son para imitar. Pero sí tenemos que decir que lo primero que se propuso mortificar fue su orgullo, su amor propio, su deseo de aparecer y de ser admirada y conocida. Y en ella, como en todas las cenicientas del mundo se ha cumplido lo que dijo Jesús: "quien se humilla será enaltecido".Una segunda penitencia de Rosa de lima fue la de los alimentos. Su ayuno era casi continuo. Y su abstinencia de carnes era perpetua. Comía lo mínimo necesario para no desfallecer de debilidad. Aún los días de mayores calores, no tomaba bebidas refrescantes de ninguna clase, y aunque a veces la sed la atormentaba, le bastaba mirar el crucifijo y recordar la sed de Jesús en la cruz, para tener valor y seguir aguantando su sed, por amor a Dios.

Dormía sobre duras tablas, con un palo por almohada. Alguna vez que le empezaron a llegar deseos de cambiar sus tablas por un colchón y una almohada, miró al crucifijo y le pareció que Jesús le decía: "Mi cruz, era mucho más cruel que todo esto". Y desde ese día nunca más volvió a pensar en buscar un lecho más cómodo.

Sus Dolores.

Distintas enfermedades la atacaron por mucho tiempo. Cuando algunas personas la criticaban por sus demasiadas penitencias, les respondía: "Si ustedes supieran lo hermosa que es un alma sin pecado, estarían dispuestos a sufrir cualquier martirio con tal de mantener el alma en gracia de Dios". Y ella sí que los sufrió. En sus últimos meses exclamaba: "Nunca pensé que una persona tuviera que sufrir tanto, tanto como lo que yo estoy sufriendo. Pero Jesucristo me concede valor para soportarlo todo."Los últimos años vivía continuamente en un ambiente de oración mística, con la mente casi ya más en el cielo que en la tierra. Su oración y sus sacrificios y penitencias conseguían numerosas conversiones de pecadores, y aumento de fervor en muchos religiosos y sacerdotes. En la ciudad de Lima había ya una convicción general de que esta muchacha era una verdadera santa.

Anuncio de la Fecha de su Muerte.

Desde 1614 ya cada año al llegar la fiesta de San Bartolomé, el 24 de agosto, demuestra su gran alegría. Y explica el porqué de este comportamiento: "Es que en una fiesta de San Bartolomé iré para siempre a estar cerca de mi redentor Jesucristo". Y así sucedió. El 24 de agosto del año 1617, después de terrible y dolorosa agonía, expiró con la alegría de irse a estar para siempre junto al amadísimo Salvador. Tenía 31 años.

Funeral de Primera.

Y a esta muchacha pobre y sin estudios le hicieron un funeral poco común en la ciudad de Lima. La primera cuadra llevaron su ataúd los monseñores de la catedral, como lo hacían cuando moría un arzobispo. La segunda cuadra lo llevaron los senadores (u oidores), como lo hacían cuando moría un virrey. Y la tercera cuadra lo llevaron los religiosos de las Comunidades, para demostrarle su gran veneración. El entierro hubo que dejarlo para más tarde porque inmensas multitudes querían visitar su cadáver, y filas interminables de fieles pasaban con devota veneración frente a él. Después la sepultaron en una de las paredes del templo.

Honores Finales.

Los milagros empezaron a sucederse en favor de los que invocaban la intercesión de Rosa, y el Sumo Pontífice la declaró santa y la proclamó Patrona de América Latina.