martes, 23 de junio de 2026
Lecturas del 23/06/2026
En aquellos días, Senaquerib, rey de Asiria, envió mensajeros a Ezequías a decirle: «Así hablaréis a Ezequías, rey de Judá: “Que tu Dios, en el que confías, no te engañe diciendo: ‘Jerusalén no será entregada en manos del rey de Asiria’. Tú mismo has oído cómo han tratado los reyes de Asiria a todos los países entregándolos al anatema, ¿y vas a librarte tú solo?”».
Ezequías tomó la carta de manos de los mensajeros y la leyó. Subió al templo del Señor y abrió la carta ante el Señor. Y elevó esta plegaria ante él: «Señor, Dios de Israel, entronizado sobre los querubines: Tú solo eres el Dios para todos los reinos de la tierra.
Tú formaste los cielos y la tierra.
Inunda tu oído, Señor, y escucha! ¡Abre tus ojos, Señor, y mira!
Escucha las palabras de Senaquerib enviadas para insulto del Dios vivo.
Es verdad, Señor, los reyes asirios han exterminado las naciones, han arrojado sus dioses al fuego y los han destruido.
Pero no eran dioses, sino hechura de mano humana, de piedra, de madera.
Pero ahora, Señor, Dios nuestro, líbranos de sus manos y sepan todos los reinos de la tierra que solo tú eres Señor Dios».
Entonces Isaías, hijo de Amós, envió a Ezequías este mensaje: «Así dice el Señor, Dios de Israel: “He escuchado tu plegaria acerca de Senaquerib, rey de Asiria”.
Esta es la palabra que el Señor pronuncia contra él: “Te desprecia, se burla de ti la doncella, hija de Sion, menea la cabeza a tu espalda la hija de Jerusalén.
Ha de brotar de Jerusalén un resto, y supervivientes del monte Sion.
El celo del Señor del universo lo realizará.
Por eso, esto dice el Señor acerca del rey de Asiria: ‘No entrará en esta ciudad, no disparará contra ella ni una flecha, no avanzará contra ella con escudos, ni levantará una rampa contra ella.
Regresará por el camino por donde vino y no entrará en esta ciudad —palabra del Señor—.
Yo haré de escudo a esta ciudad para salvarla, por mi honor y el de David, mi siervo’”».
Aquella misma noche el ángel del Señor avanzó y golpeó en el campamento asirio a ciento ochenta y cinco mil hombres.
Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento y regresó a Nínive, quedándose allí.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros.
Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas.
Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos».
Palabra del Señor.
23 de Junio 2026 – San Lanfranco Beccari
Nacido en Pavía en la noble familia Beccari (o de Beccaria) en los primeros decenios del siglo XII, Lanfranco fue consagrado obispo de su ciudad por el Papa Alejandro III. La reconstrucción de su biografía se debe en primera instancia a su sucesor en la Cátedra episcopal, Bernardo, que escribió, poco después de su muerte, una "Vida Lanfranci": en la que se recogen, literalmente, vida, muerte y milagros del futuro santo.
De este escrito y de otras numerosas contribuciones bibliográficas emerge la figura carismática de Lanfranco: amable con los buenos, pero enérgico con los malos, piadoso, caritativo y de vida ejemplar. Defensor del poder de la Iglesia en un período en el que se producían a menudo controversias entre Papado y Autoridades laicas, entre Guelfos y gibelinas defendió con fuerza las propiedades y las prerrogativas eclesiásticas y por eso pronto se dirigió a los cónsules que gobernaban el Ayuntamiento de Pavía, terminando por ser ignorado y acosado por un cierto número de influyentes ciudadanos paveses.
La situación llegó a una gravedad tal que el Obispo se vio obligado a abandonar Pavía y a ir a Roma, donde encontró consuelo y apoyo por parte del Papa. Regresado a Pavía, pero ya cansado de luchar, se retiró al monasterio vallombrosano, entonces aún llamado del Santo Sepulcro (cerca de la ciudad pero no dentro de sus muros), donde murió el 23 de junio (quizás) de 1198, como aparece de una carta de Inocencio III del 8 de agosto de aquel año.
La fama de santidad de Lanfranco se difundió rápidamente a través del territorio pavés y de los alrededores, también en función de los numerosos milagros atribuidos al obispo. Leyendo el agradable libro de Vittorio Lanzani "Crónicas de milagros. Documentos del siglo XIII sobre Lanfranco Obispo de Pavía" se puede constatar, no sólo que ya el sucesor Bernardo hizo registrar, con acto notarial, 40 casos reconocidos como milagrosos, sino también que algunos de estos acontecimientos tienen realmente un carácter de gran originalidad.
En efecto, junto con el registro de curaciones o de evasión de peligros, se encuentran al menos tres testimonios de prisioneros liberados tras acontecimientos prodigiosos acaecidos después de que éstos hubieran elevado invocaciones al Santo. Algunos de los documentos notariales de la época todavía están disponibles en los archivos de Pavesi y contienen las declaraciones de los protagonistas y de numerosos testigos de los hechos citados.
De este escrito y de otras numerosas contribuciones bibliográficas emerge la figura carismática de Lanfranco: amable con los buenos, pero enérgico con los malos, piadoso, caritativo y de vida ejemplar. Defensor del poder de la Iglesia en un período en el que se producían a menudo controversias entre Papado y Autoridades laicas, entre Guelfos y gibelinas defendió con fuerza las propiedades y las prerrogativas eclesiásticas y por eso pronto se dirigió a los cónsules que gobernaban el Ayuntamiento de Pavía, terminando por ser ignorado y acosado por un cierto número de influyentes ciudadanos paveses.
La situación llegó a una gravedad tal que el Obispo se vio obligado a abandonar Pavía y a ir a Roma, donde encontró consuelo y apoyo por parte del Papa. Regresado a Pavía, pero ya cansado de luchar, se retiró al monasterio vallombrosano, entonces aún llamado del Santo Sepulcro (cerca de la ciudad pero no dentro de sus muros), donde murió el 23 de junio (quizás) de 1198, como aparece de una carta de Inocencio III del 8 de agosto de aquel año.
La fama de santidad de Lanfranco se difundió rápidamente a través del territorio pavés y de los alrededores, también en función de los numerosos milagros atribuidos al obispo. Leyendo el agradable libro de Vittorio Lanzani "Crónicas de milagros. Documentos del siglo XIII sobre Lanfranco Obispo de Pavía" se puede constatar, no sólo que ya el sucesor Bernardo hizo registrar, con acto notarial, 40 casos reconocidos como milagrosos, sino también que algunos de estos acontecimientos tienen realmente un carácter de gran originalidad.
En efecto, junto con el registro de curaciones o de evasión de peligros, se encuentran al menos tres testimonios de prisioneros liberados tras acontecimientos prodigiosos acaecidos después de que éstos hubieran elevado invocaciones al Santo. Algunos de los documentos notariales de la época todavía están disponibles en los archivos de Pavesi y contienen las declaraciones de los protagonistas y de numerosos testigos de los hechos citados.
lunes, 22 de junio de 2026
Lecturas del 22/06/2026
En aquellos días, avanzó Salmanasar, rey de Asiria, contra todo el país, comenzando por Samaría, a la que puso sitio durante tres años, hasta que, el año noveno de Oseas, el rey de Asiria la conquistó. Deportó a Israel a Asiria y lo estableció en Jalaj, en el Jabor, río de Gozán, así como en las ciudades de los medos.
Esto sucedió porque los hijos de Israel habían pecado contra el Señor, su Dios, que los había sacado de la tierra de Egipto, sustrayéndolos a la mano del faraón, rey de Egipto; porque dieron culto a otros dioses y siguieron las costumbres de aquellas naciones que el Señor había expulsado ante ellos.
Pues el Señor había advertido a Israel y a Judá, por boca de todos los profetas y videntes: «Convertíos de vuestros malos caminos y guardad mis mandamientos y decretos, conforme a la ley que prescribí a vuestros padres y que les transmití por mano de mis siervos los profetas».
Pero no hicieron caso, manteniendo dura la cerviz como habían hecho sus padres, que no confiaron en el Señor, su Dios. Despreciaron así sus leyes y la alianza que estableció con sus padres, tanto como las exigencias que les impuso.
Y se encolerizó el Señor sobremanera contra Israel, apartándolos de su presencia.
Solo quedó la tribu de Judá.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano».
Palabra del Señor.
22 de Junio 2026 – San Juan Fisher
Este santo mártir nació en Beverley, Inglaterra, en el año 1469. A los 14 años ya era el estudiante más sobresaliente y, a los 20 fue nombrado profesor del colegio San Miguel. Se doctoró en la famosa Universidad de Cambridge, y a los 22 años, obtuvo ser dispensado de la falta de edad, y fue ordenado sacerdote. Poco después recibió el nombramiento de vicecanciller o vicerrector de la gran universidad.
En 1504, fue elegido nuestro santo como obispo de Rochester, cuando sólo tenía 35 años. Y él, como hacía con todos los cargos que le confiaban, se dedicó a este oficio con todas las fuerzas de su recia personalidad. Con un entusiasmo no muy frecuente en su época, se dedicó a visitar todas y cada una de las parroquias para observar si cada uno estaba cumpliendo con su deber, y animar a los no muy entusiastas. A los sacerdotes les insistía en la grave responsabilidad de cumplir muy exactamente sus deberes sacerdotales. Iba personalmente a visitar a los más pobres.
Dedicaba, además, muchas horas al estudio y a escribir libros. Se hicieron famosos sus discursos fúnebres a la muerte del rey Enrique VII y en el funeral de la reina Margarita. Aunque era obispo y además canciller de la universidad, llevaba una vida tan austera como la de un monje. No dormía más de seis horas. Hacía fuertes penitencias. Cuando Lutero empezó a difundir los errores de los protestantes, el obispo Fisher fue elegido para atacar tan fatales errores, y escribió cuatro libros para combatir los errores de los luteranos.
En un Sínodo de Inglaterra, el obispo Fisher protestó fuertemente contra la mundanalidad de algunos eclesiásticos, y la vanidad de aquellos que buscaban altos puestos y no la verdadera santidad. Cuando el rey Enrique VIII dispuso divorciarse de su legítima esposa y casarse con su concubina Ana Bolena, el obispo Juan Fisher fue el primero en oponerse. Y aunque muchos altos personajes, por conservar la amistad del rey, declararon que ese divorcio sí se podía hacer, en cambio Juan, aún con peligro de perder sus cargos y ser condenado a muerte, declaró públicamente que el matrimonio católico es indisoluble.
El terrible rey Enrique VIII se declaró jefe supremo de la Iglesia en Inglaterra en reemplazo del Sumo Pontífice, y todos los que deseaban conservar sus altos puestos en el gobierno y en la Iglesia, lo apoyaron. Pero Juan Fisher declaró que esto era absolutamente equivocado y en pleno Parlamento exclamó: "Querer reemplazar al Papa de Roma por el rey de Inglaterra, como jefe de nuestra religión es como gritarle un ‘muera’ a la Iglesia Católica".
Las amenazas de los enemigos empezaron a llegar sobre él. Dos veces lo llevaron a la cárcel. Otra vez trataron de envenenarlo. Le inventaron toda clase de calumnias, y como no lograron intimidarlo, lo mandaron encerrar en la Torre de Londres. Tenía entonces 66 años. Estando en prisión, recibió del sumo Pontífice el nombramiento de Cardenal. El impío rey exclamó: "Le mandaron el sombrero de Cardenal, pero no podrá ponérselo, porque yo le mandaré cortar la cabeza". Y así fue. El 17 de junio de 1535 le leyeron la sentencia de muerte.
El rey Enrique VIII mandaba matarlo por no aceptar el divorcio y por no aceptar que el rey reemplazara al Papa en el gobierno de la Iglesia Católica. Al llegar al sitio donde le van a cortar la cabeza, el venerable anciano se dirige a la multitud y les dice a todos que muere por defender a la Santa Iglesia Católica fundada por Jesucristo. Recita el "Tedeum" en acción de gracias y, muere.
En 1504, fue elegido nuestro santo como obispo de Rochester, cuando sólo tenía 35 años. Y él, como hacía con todos los cargos que le confiaban, se dedicó a este oficio con todas las fuerzas de su recia personalidad. Con un entusiasmo no muy frecuente en su época, se dedicó a visitar todas y cada una de las parroquias para observar si cada uno estaba cumpliendo con su deber, y animar a los no muy entusiastas. A los sacerdotes les insistía en la grave responsabilidad de cumplir muy exactamente sus deberes sacerdotales. Iba personalmente a visitar a los más pobres.
Dedicaba, además, muchas horas al estudio y a escribir libros. Se hicieron famosos sus discursos fúnebres a la muerte del rey Enrique VII y en el funeral de la reina Margarita. Aunque era obispo y además canciller de la universidad, llevaba una vida tan austera como la de un monje. No dormía más de seis horas. Hacía fuertes penitencias. Cuando Lutero empezó a difundir los errores de los protestantes, el obispo Fisher fue elegido para atacar tan fatales errores, y escribió cuatro libros para combatir los errores de los luteranos.
En un Sínodo de Inglaterra, el obispo Fisher protestó fuertemente contra la mundanalidad de algunos eclesiásticos, y la vanidad de aquellos que buscaban altos puestos y no la verdadera santidad. Cuando el rey Enrique VIII dispuso divorciarse de su legítima esposa y casarse con su concubina Ana Bolena, el obispo Juan Fisher fue el primero en oponerse. Y aunque muchos altos personajes, por conservar la amistad del rey, declararon que ese divorcio sí se podía hacer, en cambio Juan, aún con peligro de perder sus cargos y ser condenado a muerte, declaró públicamente que el matrimonio católico es indisoluble.
El terrible rey Enrique VIII se declaró jefe supremo de la Iglesia en Inglaterra en reemplazo del Sumo Pontífice, y todos los que deseaban conservar sus altos puestos en el gobierno y en la Iglesia, lo apoyaron. Pero Juan Fisher declaró que esto era absolutamente equivocado y en pleno Parlamento exclamó: "Querer reemplazar al Papa de Roma por el rey de Inglaterra, como jefe de nuestra religión es como gritarle un ‘muera’ a la Iglesia Católica".
Las amenazas de los enemigos empezaron a llegar sobre él. Dos veces lo llevaron a la cárcel. Otra vez trataron de envenenarlo. Le inventaron toda clase de calumnias, y como no lograron intimidarlo, lo mandaron encerrar en la Torre de Londres. Tenía entonces 66 años. Estando en prisión, recibió del sumo Pontífice el nombramiento de Cardenal. El impío rey exclamó: "Le mandaron el sombrero de Cardenal, pero no podrá ponérselo, porque yo le mandaré cortar la cabeza". Y así fue. El 17 de junio de 1535 le leyeron la sentencia de muerte.
El rey Enrique VIII mandaba matarlo por no aceptar el divorcio y por no aceptar que el rey reemplazara al Papa en el gobierno de la Iglesia Católica. Al llegar al sitio donde le van a cortar la cabeza, el venerable anciano se dirige a la multitud y les dice a todos que muere por defender a la Santa Iglesia Católica fundada por Jesucristo. Recita el "Tedeum" en acción de gracias y, muere.
domingo, 21 de junio de 2026
Lecturas del 21/06/2026
Dijo Jeremías: Oía la acusación de la gente: «“Pavor-en-torno”, delatadlo, vamos a delatarlo».
Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él».
Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado y sondeas las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos, pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de gente perversa.
Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron.
Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».
Palabra del Señor.
21 de Junio 2026 – San Simplicio - Papa
Durante la controversia monofisita, que aún proseguía en el Imperio de Oriente, Simplicio defendió vigorosamente la independencia de la Iglesia contra el cesaropapismo de los gobernantes bizantinos y la autoridad de la Sede Apostólica en cuestiones de fe. El canon vigésimo-octavo del Concilio de Calcedonia (451) concedía a la sede de Constantinopla los mismos privilegios de honor que se disfrutaban por el obispo de Roma, aunque la primacía y el rango supremo de honor se debieran a este último. Los legados papales protestaron contra esta elevación del Patriarca Bizantino, y el Papa León sólo confirmó los decretos dogmáticos del Concilio. Sin embargo, el Patriarca de Constantinopla pretendía poner en vigencia el canon, y el emperador León II deseaba conseguir su confirmación por parte de Simplicio. Este último, sin embargo, rechazó la petición del emperador y se opuso a la puesta en ejecución del canon, que además limitaba los derechos de los antiguos patriarcados orientales.
La rebelión de Basilisco, que en 476 condujo al exilio al emperador Zenón y se apoderó del trono bizantino, intensificó la disputa monofisita. Basilisco buscó el apoyo de los monofisitas, y dio permiso a los patriarcas monofisitas depuestos, Timoteo Ailuros de Alejandría y Pedro Fullón de Antioquía, para que volvieran a sus sedes. Al mismo tiempo publicó un edicto religioso (Enkyklikon) dirigido a Ailuros, que ordenaba que sólo se aceptaran los tres primeros sínodos ecuménicos, y rechazaba el Sínodo de Calcedonia y la Carta del Papa León. Todos los obispos debían firmar el edicto. El obispo de Constantinopla, Acacio (desde 471), vacilaba y estuvo a punto de proclamar este edicto. Pero la firme posición tomada por el pueblo, influido por los monjes que eran rígidamente católicos en sus opiniones, movió al obispo a oponerse al emperador y a defender la fe amenazada. Los abades y sacerdotes de Constantinopla se unieron al Papa Simplicio, que hizo todos los esfuerzos para mantener el dogma católico y las definiciones del Concilio de Calcedonia. El Papa exhortó a la leal adhesión a la verdadera fe en cartas a Acacio, a los sacerdotes y abades tanto como al propio usurpador Basilisco. En una carta a Basilisco de 10 de Enero de 476, Simplicio dice de la sede de Pedro en Roma: “Esta misma norma de doctrina apostólica se mantiene firmemente por sus sucesores (los de Pedro), a quien el Señor confió el cuidado de todo el rebaño de ovejas, a quien prometió no dejarle hasta el fin de los tiempos” (Thiel, “Rom. Pont.”, 182).De la misma manera emprendió con el emperador el estudio de la causa del patriarca católico de Alejandría, Timoteo Solofaciolo, que había sido suplantado por Ailuros. Cuando el emperador Zenón en 477 expulsó al usurpador y logró de nuevo la supremacía, envió al Papa una confesión de fe completamente católica, después de lo cual Simplicio (9 de Octubre de 477) le felicitó por su restauración en el poder y le exhortó a atribuir la victoria a Dios, que deseaba de este modo restaurar la libertad de la Iglesia. Zenón retiró los edictos de Basilisco, desterró a Pedro Fullón de Antioquía y repuso a Timoteo Solofaciolo en Alejandría. No molestó a Ailuros por su avanzada edad, y de hecho éste murió pronto. Los monofisitas de Alejandría presentaron entonces a Pedro Mongo, el antiguo arcediano de Ailuros, como su sucesor. Urgido por el Papa y los católicos orientales, Zenón ordenó el destierro de Pedro Mongo, pero éste pudo esconderse en Alejandría, y el miedo a los monofisitas impidió el uso de la fuerza. En un momento de debilidad el propio Solofaciolo había permitido la colocación del nombre del patriarca monofisita Dióscoro en los dípticos que debían leerse en los oficios de la iglesia. El 13 de marzo de 478, Simplicio escribió a Acacio de Constantinopla que se debía instar a Solofaciolo para que borrara la ignominia que había atraído sobre sí mismo. Este último envió legados y cartas a Roma para dar satisfacción al Papa. A solicitud de Acacio, que todavía se mostraba activo contra los monofisitas, el Papa condenó de manera nominativa a los herejes Mongo, Fullón, Pablo de Éfeso y Juan de Apamea, y delegó en el Patriarca de Constantinopla para que fuera su representante en esto. Cuando los monofisitas de Antioquía suscitaron una revuelta en 479 contra el Patriarca Esteban II, y lo mataron, Acacio consagró a Esteban III, y después a Calendio como sucesores de Esteban. Simplicio hizo una enérgica petición al emperador de que castigara a los asesinos del Patriarca, y reconvino también a Acacio por excederse en sus competencias al llevar a cabo esta consagración; al mismo tiempo, no obstante, el Papa le concedió la necesaria dispensa. Tras la muerte de Solofaciolo, los monofisitas de Alejandría eligieron de nuevo patriarca a Pedro Mongo, mientras los católicos elegían a Juan Talaia. Tanto Acacio como el emperador, al que aquél influía, se oponían a Talaia, y tomaron partido por Mongo. Mongo fue a Constantinopla a promover su causa. Acacio y él acordaron una fórmula de unión entre los católicos y los monofisitas que fue aprobada por el emperador Zenón en 482 (Henotikon). Talaia había enviado embajadores al Papa Simplicio para notificar al Papa su elección. Sin embargo, al mismo tiempo, el Papa recibió una carta del emperador en la que se acusaba a Talaia de perjurio y soborno y se hacía una petición de reconocimiento de Mongo. Simplicio, por tanto, aplazó reconocer a Talaia, pero protestó enérgicamente contra la elevación de Mongo al Patriarcado de Alejandría. Acacio, sin embargo, mantuvo su alianza con Mongo y pretendió prevalecer sobre los obispos orientales para introducirlo en la comunión de la Iglesia. Durante mucho tiempo Acacio no envió información de ninguna clase al Papa, así que éste se lo reprochó severamente en una carta. Cuando finalmente Talaia vino a Roma en 483 Simplicio ya había muerto.
Simplicio también ejerció un celoso cuidado pastoral en Europa Occidental, no obstante las difíciles circunstancias de la Iglesia durante los desórdenes de las migraciones. Publicó decisiones sobre cuestiones eclesiásticas, nombró al obispo Zenón de Sevilla vicario papal en España, de forma que las prerrogativas de la sede papal pudieran ejercerse en el propio país para beneficio de la administración eclesiástica. Cuando el obispo Juan de Rávena reclamó en 482 la diócesis de Mutina como sufragánea de su sede metropolitana, y sin más consagró al obispo Jorge para esta diócesis, Simplicio se le opuso vigorosamente y defendió los derechos de la sede papal. Simplicio fundó cuatro iglesias nuevas en la propia Roma. Un enorme edificio construido en forma de rotonda en la colina del Celio se convirtió en una iglesia y se dedicó a San Esteban; la parte principal de este edificio aún existe como la iglesia de San Stefano Rotondo. Un bello edificio próximo a la iglesia de Santa Maria Maggiore fue dado a la Iglesia Romana y convertida por Simplicio en una iglesia dedicada a San Andrés con la añadidura de un ábside adornado con mosaicos; ya no existe (cf. de Rossi, “Bull. Di archeol. crist.”, 1871, 1-64). El Papa construyó una iglesia dedicada al protomártir, San Esteban, detrás de la iglesia conmemorativa de San Lorenzo in Agro Verano; esta iglesia ya no está en pie. Hizo una cuarta iglesia construida en la ciudad en honor de Santa Balbina, “juxta palatium Licinianum”, donde estaba su tumba; esta iglesia aún subsiste. Para asegurar la celebración regular de los servicios de la iglesia, de la administración del bautismo, y de la disciplina de la penitencia en las grandes iglesias de las catacumbas fuera de las murallas de la ciudad, a saber las iglesias de San Pedro (en el Vaticano), de San Pablo en la Via Ostiensis, y de San Lorenzo en la Via Tiburtina, Simplicio ordenó que el clero de tres distritos de la ciudad se hiciera cargo, en un orden establecido, de las funciones religiosas en estas iglesias de las catacumbas. Simplicio fue enterrado en San Pedro del Vaticano. El “Liber Pontificalis” da el 2 de Marzo como día del entierro (VI non.); probablemente deba leerse 10 de Marzo (VI id.). Después de su muerte el rey Odoacro deseó influir en la provisión de la sede papal. El prefecto de la ciudad, Basilio, afirmó que antes de su muerte el Papa Simplicio le había pedido que emitiera la orden de que nadie debía ser consagrado obispo de Roma sin su consentimiento (cf. referente a la regulación Thiel, “Epist. Rom. Pont.”, 686-88). El clero romano se opuso a este edicto que limitaba su derecho de elección. Mantenían la vigencia del edicto, publicado por el emperador Honorio a instancias del Papa Bonifacio I, de que sólo podía ser considerado como legítimo obispo de Roma la persona que fuera elegida de acuerdo con la forma canónica con la aprobación divina y el consentimiento universal. Simplicio fue venerado como santo; su fiesta es el 2 de marzo.
La rebelión de Basilisco, que en 476 condujo al exilio al emperador Zenón y se apoderó del trono bizantino, intensificó la disputa monofisita. Basilisco buscó el apoyo de los monofisitas, y dio permiso a los patriarcas monofisitas depuestos, Timoteo Ailuros de Alejandría y Pedro Fullón de Antioquía, para que volvieran a sus sedes. Al mismo tiempo publicó un edicto religioso (Enkyklikon) dirigido a Ailuros, que ordenaba que sólo se aceptaran los tres primeros sínodos ecuménicos, y rechazaba el Sínodo de Calcedonia y la Carta del Papa León. Todos los obispos debían firmar el edicto. El obispo de Constantinopla, Acacio (desde 471), vacilaba y estuvo a punto de proclamar este edicto. Pero la firme posición tomada por el pueblo, influido por los monjes que eran rígidamente católicos en sus opiniones, movió al obispo a oponerse al emperador y a defender la fe amenazada. Los abades y sacerdotes de Constantinopla se unieron al Papa Simplicio, que hizo todos los esfuerzos para mantener el dogma católico y las definiciones del Concilio de Calcedonia. El Papa exhortó a la leal adhesión a la verdadera fe en cartas a Acacio, a los sacerdotes y abades tanto como al propio usurpador Basilisco. En una carta a Basilisco de 10 de Enero de 476, Simplicio dice de la sede de Pedro en Roma: “Esta misma norma de doctrina apostólica se mantiene firmemente por sus sucesores (los de Pedro), a quien el Señor confió el cuidado de todo el rebaño de ovejas, a quien prometió no dejarle hasta el fin de los tiempos” (Thiel, “Rom. Pont.”, 182).De la misma manera emprendió con el emperador el estudio de la causa del patriarca católico de Alejandría, Timoteo Solofaciolo, que había sido suplantado por Ailuros. Cuando el emperador Zenón en 477 expulsó al usurpador y logró de nuevo la supremacía, envió al Papa una confesión de fe completamente católica, después de lo cual Simplicio (9 de Octubre de 477) le felicitó por su restauración en el poder y le exhortó a atribuir la victoria a Dios, que deseaba de este modo restaurar la libertad de la Iglesia. Zenón retiró los edictos de Basilisco, desterró a Pedro Fullón de Antioquía y repuso a Timoteo Solofaciolo en Alejandría. No molestó a Ailuros por su avanzada edad, y de hecho éste murió pronto. Los monofisitas de Alejandría presentaron entonces a Pedro Mongo, el antiguo arcediano de Ailuros, como su sucesor. Urgido por el Papa y los católicos orientales, Zenón ordenó el destierro de Pedro Mongo, pero éste pudo esconderse en Alejandría, y el miedo a los monofisitas impidió el uso de la fuerza. En un momento de debilidad el propio Solofaciolo había permitido la colocación del nombre del patriarca monofisita Dióscoro en los dípticos que debían leerse en los oficios de la iglesia. El 13 de marzo de 478, Simplicio escribió a Acacio de Constantinopla que se debía instar a Solofaciolo para que borrara la ignominia que había atraído sobre sí mismo. Este último envió legados y cartas a Roma para dar satisfacción al Papa. A solicitud de Acacio, que todavía se mostraba activo contra los monofisitas, el Papa condenó de manera nominativa a los herejes Mongo, Fullón, Pablo de Éfeso y Juan de Apamea, y delegó en el Patriarca de Constantinopla para que fuera su representante en esto. Cuando los monofisitas de Antioquía suscitaron una revuelta en 479 contra el Patriarca Esteban II, y lo mataron, Acacio consagró a Esteban III, y después a Calendio como sucesores de Esteban. Simplicio hizo una enérgica petición al emperador de que castigara a los asesinos del Patriarca, y reconvino también a Acacio por excederse en sus competencias al llevar a cabo esta consagración; al mismo tiempo, no obstante, el Papa le concedió la necesaria dispensa. Tras la muerte de Solofaciolo, los monofisitas de Alejandría eligieron de nuevo patriarca a Pedro Mongo, mientras los católicos elegían a Juan Talaia. Tanto Acacio como el emperador, al que aquél influía, se oponían a Talaia, y tomaron partido por Mongo. Mongo fue a Constantinopla a promover su causa. Acacio y él acordaron una fórmula de unión entre los católicos y los monofisitas que fue aprobada por el emperador Zenón en 482 (Henotikon). Talaia había enviado embajadores al Papa Simplicio para notificar al Papa su elección. Sin embargo, al mismo tiempo, el Papa recibió una carta del emperador en la que se acusaba a Talaia de perjurio y soborno y se hacía una petición de reconocimiento de Mongo. Simplicio, por tanto, aplazó reconocer a Talaia, pero protestó enérgicamente contra la elevación de Mongo al Patriarcado de Alejandría. Acacio, sin embargo, mantuvo su alianza con Mongo y pretendió prevalecer sobre los obispos orientales para introducirlo en la comunión de la Iglesia. Durante mucho tiempo Acacio no envió información de ninguna clase al Papa, así que éste se lo reprochó severamente en una carta. Cuando finalmente Talaia vino a Roma en 483 Simplicio ya había muerto.
Simplicio también ejerció un celoso cuidado pastoral en Europa Occidental, no obstante las difíciles circunstancias de la Iglesia durante los desórdenes de las migraciones. Publicó decisiones sobre cuestiones eclesiásticas, nombró al obispo Zenón de Sevilla vicario papal en España, de forma que las prerrogativas de la sede papal pudieran ejercerse en el propio país para beneficio de la administración eclesiástica. Cuando el obispo Juan de Rávena reclamó en 482 la diócesis de Mutina como sufragánea de su sede metropolitana, y sin más consagró al obispo Jorge para esta diócesis, Simplicio se le opuso vigorosamente y defendió los derechos de la sede papal. Simplicio fundó cuatro iglesias nuevas en la propia Roma. Un enorme edificio construido en forma de rotonda en la colina del Celio se convirtió en una iglesia y se dedicó a San Esteban; la parte principal de este edificio aún existe como la iglesia de San Stefano Rotondo. Un bello edificio próximo a la iglesia de Santa Maria Maggiore fue dado a la Iglesia Romana y convertida por Simplicio en una iglesia dedicada a San Andrés con la añadidura de un ábside adornado con mosaicos; ya no existe (cf. de Rossi, “Bull. Di archeol. crist.”, 1871, 1-64). El Papa construyó una iglesia dedicada al protomártir, San Esteban, detrás de la iglesia conmemorativa de San Lorenzo in Agro Verano; esta iglesia ya no está en pie. Hizo una cuarta iglesia construida en la ciudad en honor de Santa Balbina, “juxta palatium Licinianum”, donde estaba su tumba; esta iglesia aún subsiste. Para asegurar la celebración regular de los servicios de la iglesia, de la administración del bautismo, y de la disciplina de la penitencia en las grandes iglesias de las catacumbas fuera de las murallas de la ciudad, a saber las iglesias de San Pedro (en el Vaticano), de San Pablo en la Via Ostiensis, y de San Lorenzo en la Via Tiburtina, Simplicio ordenó que el clero de tres distritos de la ciudad se hiciera cargo, en un orden establecido, de las funciones religiosas en estas iglesias de las catacumbas. Simplicio fue enterrado en San Pedro del Vaticano. El “Liber Pontificalis” da el 2 de Marzo como día del entierro (VI non.); probablemente deba leerse 10 de Marzo (VI id.). Después de su muerte el rey Odoacro deseó influir en la provisión de la sede papal. El prefecto de la ciudad, Basilio, afirmó que antes de su muerte el Papa Simplicio le había pedido que emitiera la orden de que nadie debía ser consagrado obispo de Roma sin su consentimiento (cf. referente a la regulación Thiel, “Epist. Rom. Pont.”, 686-88). El clero romano se opuso a este edicto que limitaba su derecho de elección. Mantenían la vigencia del edicto, publicado por el emperador Honorio a instancias del Papa Bonifacio I, de que sólo podía ser considerado como legítimo obispo de Roma la persona que fuera elegida de acuerdo con la forma canónica con la aprobación divina y el consentimiento universal. Simplicio fue venerado como santo; su fiesta es el 2 de marzo.
sábado, 20 de junio de 2026
Lecturas del 20/06/2026
Después de la muerte de Joadá, los jefes de Judá fueron a rendir homenaje al rey, que les hizo caso. Abandonaron el templo del Señor, Dios de sus padres, y sirvieron a los cipos y a los ídolos. Por este pecado la cólera estalló contra Judá y Jerusalén. Les envió profetas para convertirlos al Señor, pero no hicieron caso de sus amonestaciones.
Entonces el Espíritu de Dios vino sobre Zacarías, hijo del sacerdote Joadá, que, erguido ante el pueblo, les dijo: «Así dice Dios: “¿Por qué quebrantáis los mandamientos del Señor? ¡No tendréis éxito! Por haber abandonado al Señor, él os abandonará”».
Pero conspiraron contra él y, por mandato del rey, lo apedrearon en el atrio del templo del Señor. El rey Joás, olvidándose del amor que le profesaba Joadá, mató al hijo de este, que murió diciendo: «Que lo vea el Señor y lo demande!».
Al cabo de un año, un ejército de Siria se dirigió contra Joás, invadió Judá y Jerusalén, mató a todos los jefes del pueblo y envió todo el botín al rey de Damasco. El ejército de Siria contaba con poca gente, el Señor le entregó un ejército enorme, por haber abandonado al Señor, Dios de sus padres. Así se hizo justicia con Joás.
Al marcharse los sirios, dejándolo con múltiples dolencias, sus servidores conspiraron contra él para vengar al hijo del sacerdote Joadá.
Hirieron a Joás en la cama y murió.
Fue sepultado en la Ciudad de David, pero no en el panteón real.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido?
Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.
Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia».
Palabra del Señor.
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