domingo, 18 de octubre de 2026
Lecturas del 18/10/2026
Esto dice el Señor a su Ungido, a Ciro: “Yo lo he tomado de la mano, para doblegar ante él las naciones y desarmar a los reyes, para abrir ante él las puertas, para que los portales no se cierren.
Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título de honor, aunque no me conocías.
Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios.
Te pongo el cinturón, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí.
Yo soy el Señor y no hay otro».
Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los Tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz.
En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones, pues sin cesar recordamos ante Dios, nuestro Padre, la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor.
Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido, pues cuando os anuncié nuestro evangelio, no fue solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo y con plena convicción.
En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?».
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto».
Le presentaron un denario.
Él les preguntó: «De quién son esta imagen y esta inscripción?».
Le respondieron: «Del César».
Entonces les replicó: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Palabra del Señor.
18 de Octubre 2026 - San Pedro de Alcántara
San Pedro de Alcántara nació en el año 1499 y murió el 18 de octubre de 1562. Pertenecía a una familia bastante noble. En 1515, toma los hábitos en el convento de San Pedro de los Majarretes, cerca de Valencia de Alcántara. A partir de ahora sería Fray Pedro de Alcántara.
Fundó el convento más pequeño del mundo, "El Palancar", cerca de Pedroso de Acim. Fue amigo y consejero de santa Teresa de Jesús. Carlos V lo llamó para que fuera su confesor pero no aceptó tal encargo. Fray Pedro siempre fue conocido en aquellos tiempos sobre todo por su vida de penitencia y oratoria. Redujo el "Libro de la oración y Meditación" de Fray Luis de Granada a su versión popular, el "Tratado de la oración y meditación".
En 1560 se encuentra con santa Teresa de Jesús en casa de Doña Guiomar de Ulloa y trata sobre la fundación del convento de Arenas, tras haber concluido antes las del convento de La Viciosa y del Rosario en términos de Oropesa. Entre ambos santos surge una profunda y sincera amistad. En adelante, Fray Pedro es el consejero fiel de la santa y quien la orienta y le da el impulso definitivo para iniciar la reforma del Carmelo con la fundación del convento de San José de Ávila.
Fray Pedro fija su residencia en Arenas en la primavera de 1562. Viajaba muchas veces en un asnillo, a Ávila, Oropesa y al convento de Ntra. Sra. del Rosario, situado en las proximidades del actual pantano del Rosarito. Mientras se construía el pequeño convento, vivía en una casa que tenía la cofradía del mismo nombre en el pueblo y que después se convirtió en Enfermería.
En el amanecer del 18 de octubre, alegre de verse ya de partida para la gloria, después de pedir perdón comenzó a rezar el salmo «miserere», quedándose absorto en la contemplación de la Trinidad y de la Virgen María. Vuelto en sí, y diciendo: «¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor!», entregaba su espíritu.
El nombre real de San Pedro de Alcántara fue Juan de Garavito y Vilela de Sanabria. Fue beatificado por el papa Gregorio XV en 1622 y canonizado por el Papa Clemente IX en 1669.
Fundó el convento más pequeño del mundo, "El Palancar", cerca de Pedroso de Acim. Fue amigo y consejero de santa Teresa de Jesús. Carlos V lo llamó para que fuera su confesor pero no aceptó tal encargo. Fray Pedro siempre fue conocido en aquellos tiempos sobre todo por su vida de penitencia y oratoria. Redujo el "Libro de la oración y Meditación" de Fray Luis de Granada a su versión popular, el "Tratado de la oración y meditación".
En 1560 se encuentra con santa Teresa de Jesús en casa de Doña Guiomar de Ulloa y trata sobre la fundación del convento de Arenas, tras haber concluido antes las del convento de La Viciosa y del Rosario en términos de Oropesa. Entre ambos santos surge una profunda y sincera amistad. En adelante, Fray Pedro es el consejero fiel de la santa y quien la orienta y le da el impulso definitivo para iniciar la reforma del Carmelo con la fundación del convento de San José de Ávila.
Fray Pedro fija su residencia en Arenas en la primavera de 1562. Viajaba muchas veces en un asnillo, a Ávila, Oropesa y al convento de Ntra. Sra. del Rosario, situado en las proximidades del actual pantano del Rosarito. Mientras se construía el pequeño convento, vivía en una casa que tenía la cofradía del mismo nombre en el pueblo y que después se convirtió en Enfermería.
En el amanecer del 18 de octubre, alegre de verse ya de partida para la gloria, después de pedir perdón comenzó a rezar el salmo «miserere», quedándose absorto en la contemplación de la Trinidad y de la Virgen María. Vuelto en sí, y diciendo: «¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor!», entregaba su espíritu.
El nombre real de San Pedro de Alcántara fue Juan de Garavito y Vilela de Sanabria. Fue beatificado por el papa Gregorio XV en 1622 y canonizado por el Papa Clemente IX en 1669.
sábado, 17 de octubre de 2026
Lecturas del 17/10/2026
Hermanos:
Habiendo oído hablar de vuestra fe en Cristo y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyente, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro.
Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios.
Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.
Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué razones os defenderéis o de lo que vais a decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir».
Palabra del Señor.
17 de Octubre 2026 - San Ignacio de Antioquía
Ignacio de Antioquía, también llamado Teóforo, que en griego quiere decir «Sustentador de Dios», fue probablemente un converso y discípulo de San Juan Evangelista. Nada sabemos de los primeros años de su vida. El historiador de la Iglesia Eusebio, en el siglo iv, nos dice que los apóstoles Pedro y Pablo, que implantaron la fe en Antioquía, dejaron instrucciones según las cuales Ignacio debía suceder a Evodio como obispo de aquella ciudad; más adelante asegura que Ignacio retuvo el cargo durante cuarenta años, dando muestras de ser un pastor ejemplar en todos los sentidos. Durante la persecución del emperador Domiciano, cuyo reino abarca el período de los años 81 al 96, Ignacio mantuvo el valor del rebaño mediante la prédica diaria, la oración y el ayuno. Después de la muerte de Domiciano cesaron las persecuciones en los quince meses que duró el reinado de Nerva; luego, en el reinado de Trajano, tenemos noticias de buen número de mártires, si bien no hubo persecución general. En una interesante carta a Plinio el Joven, entonces gobernador de la provincia de Bitinia, en el Mar Negro, Trajano sienta el principio de que los cristianos deben ser muertos cuando así se confiesen formalmente, y de no ser así no deben castigarse. El emperador era muy humano, pero, sin embargo, la gratitud que él creía deber a sus propios dioses paganos por las victorias obtenidas sobre los dacios y los escitas le llevó más tarde a autorizar la pena de muerte para aquellos cristianos que rehusaban reconocer esas divinidades públicamente.
Hay una leyenda que nos dice que el propio emperador Trajano, quien pasó el invierno del año 115 en Antioquía, examinó al anciano obispo Ignacio con preguntas como las que siguen:
«¿Quién eres tú, espíritu del mal, que osas desobedecer mis órdenes y que incitas a los demás para su propia destrucción?
»?Nadie puede llamar a Teóforo espíritu del mal ?le replicó el obispo.
»?¿Quién es Teóforo? »?Aquel que sostiene a Dios en su interior.
»?¿Y nosotros, no sustentamos dentro de nosotros a los dioses que nos han ayudado en contra de nuestros enemigos?
»?Yerras cuando llamas dioses a los que no son más que diablos. No hay más que un solo Dios, quien creó el cielo y la tierra y todo lo que en ellos hay; y un solo Jesús, hecho Cristo, en cuyo reino deseo ávidamente ser admitido. »?¿Aludes a Aquel que fue crucificado bajo Poncio 'Hatos? »?Sí, al mismo que con Su muerte crucificó a un tiempo el pecado y su autor y que ha proclamado que toda audacia del diablo será pisoteada por aquéllos que llevan a Él en sus corazones.
»?Así, pues ?preguntó el emperador?, ¿tú llevas a Cristo contigo?
Sí ¿dijo Ignacio?, pues está escrito : Anidaré en ellos y con ellos caminaré.»
Según la leyenda, Trajano ordenó la muerte de Ignacio. Este fue aprisionado y escoltado hasta Roma, en donde debía ser devorado por las fieras en el Coliseo. De aquí en adelante nos encontramos en terreno seguro, históricamente hablando. Tenemos las propias cartas de Ignacio, siete de las cuáles aún existentes, que nos cuentan la historia. En el puerto de Seleucia abordaron un barco que hizo muchas paradas a lo largo de la costa de Asia Menor, en vez de ir directamente a Roma. Algunos de los amigos de Ignacio emprendieron el camino directamente hacia el Oeste y llegaron a Roma antes que él, esperando allí su llegada. Durante buena parte del viaje tuvo por compañeros a un diácono, Filo, y a un amigo, Agathopus, supuestos autores del relato de su martirio. A bordo del barco, Ignacio estaba custodiado por diez soldados tan brutales que nos habla de ellos como los «diez leopardos» y añade que todavía se volvían peores cuando se les trataba amablemente.
Allí donde el barco hacía escala, los cristianos de la localidad mandaban obispos y sacerdotes al encuentro del venerable obispo y la multitud se reunía para recibir la bendición de aquél que ya era reverenciado como un mártir.
En Esmirna, Ignacio se encontró con su antiguo discípulo el obispo Policarpo 1 y llegaron delegaciones desde Éfeso, Magnesia y Tralles, tres antiguas ciudades de Asia Menor que tenían colonias cristianas. Ignacio escribió cartas que debían llevarse a esas varias iglesias, y en ellas exhortaba a sus miembros a mantener la armonía con sus obispos y clero, a reunirse a menudo en oración, a ser dulces humildes y a sufrir las injurias sin protestar. Les alaba por su real celo contra la herejía y en particular les pone en guardia contra la doctrina docética.
Una de sus siete cartas existentes se dirige a los cristianos de Roma, a los cuales ruega apasionadamente que no hagan nada para evitar su martirio. En esa época la cristiandad tenía cierto número de conversos influyentes y algunas de estas personas hubieran podido conseguir que su sentencia fuera mitigada. El autor satírico contemporáneo y pagano Luciano, quien casi de seguro se hallaba familiarizado con las cartas y vida de Ignacio, nos aporta su testimonio en su diálogo La muerte de Peregrinus en lo que hace referencia a la devoción de los cristianos entre sí. Esta obra suya es una interesante ilustración de la actitud que asumía un griego culto y escéptico frente a la nueva religión.
Los guardianes estaban ansiosos por llegar a Roma con su prisionero antes de que finalizaran los grandes juegos públicos, ya que las víctimas de aspecto venerable siempre constituían una gran atracción. En Troas, en donde el barco hizo escala, Ignacio escribió cartas a los filadelfos, 3 a los esmirnos y a Policarpo. Desde Troas, según nos dicen, el barco hizo velas hacia el puerto macedonio de Neápolis y de allí a Filipa. El pequeño grupo cruzó Macedonia y el Epiro a pie y embarcó para el viaje en torno a Italia. Estos detalles, junto con el relato de la llegada a Roma, se encuentran en las Actas de los Mártires; 4 pero, aun así, pueden ponerse en duda. Nos dicen que al acercarse el santo a Roma, los creyentes salieron a recibirle, alegrándose con su presencia, pero doliéndose de su próxima pérdida. Él les advirtió que no hiciesen nada para obtener su liberación. De acuerdo con la tradición, llegó a Roma el 20 de diciembre, último día de los juegos, y en seguida se le llevó ante el prefecto al cual se había entregado la carta del emperador. Por orden del prefecto se llevó apresuradamente al prisionero al Coliseo, donde soltaron dos fieros leones que mataron a Ignacio en seguida. De este modo sus ruegos por obtener una muerte de mártir fueron atendidos.
Hay pruebas de que parte de los restos del mártir fueron llevados a Antioquía y allí venerados. Cuando San Jerónimo visitó Antioquía, unos trescientos años más tarde, escribió que dichas reliquias habían sido llevadas «a un cementerio, pasada la puerta de Dafne». Se cree que en él, año 637 volvieron a llevarse a Roma para que descansaran en la iglesia de San Clemente. Por el antiguo martirologio siríaco sabemos que la fiesta del mártir se celebró en el Este el día 17 de octubre. San Juan Crisóstomo,5 obispo de Constantinopla en el siglo iv, predicó un panegírico famoso de Ignacio, pero, aun entonces, ya la leyenda se había mezclado a la historia y suponía que el propio apóstol San Pedro había sido quien propusiera la silla episcopal a Ignacio. Más tarde, toda una correspondencia se fabricó, incluyendo cartas que se habían cruzado entre Ignacio y la Virgen María, cuando ella aún moraba en la tierra, después de la Ascensión de Jesús.
Contrastando con estos elementos legendarios y ficticios, las siete cartas más arriba mencionadas como habiendo sido escritas por Ignacio durante su viaje a Roma, que han llegado completas hasta nosotros, han sido aceptadas como absolutamente auténticas por los modernos estudiosos. Su gran importancia estriba en la luz que arrojan sobre la organización, creencias y prácticas de la Iglesia Cristiana, unos ochenta y cinco años después de la muerte de Cristo. Ignacio es el primero, aparte de los escritores del Nuevo Testamento, en dar importancia al Nacimiento de una Virgen. A los efesios les escribe: «Y para el príncipe de este mundo fue apartada la virginidad de María y su preñez y, asimismo, también la muerte del Señor.»
También presupone la doctrina de la Trinidad y en él observamos una afinidad con ciertas definiciones más tardías de la naturaleza de Cristo cuando en la misma carta leemos : «Hay un doctor de la carne y del espíritu, engendrado y no engendrado, Dios hecho hombre, verdadera vida en muerte, hijo de María e hijo de Dios, primero sufriente y luego más allá del sufrimiento, Jesucristo nuestro Señor.» No menos notables son las frases que emplea para describir la Eucaristía. Es «la carne de Cristo». «El don de Dios» «la medicina narra la inmortalidad». Repetidamente hace hincapié en la lealtad y obediencia debidas al obispo en tanto que transmisor de la verdadera tradición apostólica, así como en la necesidad de unidad y paz. Por último, es en una carta suya dirigida a la iglesia de Esmirna en donde por vez primera en la literatura cristiana se habla de «la Iglesia Católica». «Allí donde el obispo aparece ?escribe? debe estar la gente, así como allí donde esté el Cristo está la Iglesia Católica.»
El martirio de Ignacio y su importante contribución al desarrollo de la doctrina de la Iglesia han hecho que su nombre exista en el Canon de la Misa.
Hay una leyenda que nos dice que el propio emperador Trajano, quien pasó el invierno del año 115 en Antioquía, examinó al anciano obispo Ignacio con preguntas como las que siguen:
«¿Quién eres tú, espíritu del mal, que osas desobedecer mis órdenes y que incitas a los demás para su propia destrucción?
»?Nadie puede llamar a Teóforo espíritu del mal ?le replicó el obispo.
»?¿Quién es Teóforo? »?Aquel que sostiene a Dios en su interior.
»?¿Y nosotros, no sustentamos dentro de nosotros a los dioses que nos han ayudado en contra de nuestros enemigos?
»?Yerras cuando llamas dioses a los que no son más que diablos. No hay más que un solo Dios, quien creó el cielo y la tierra y todo lo que en ellos hay; y un solo Jesús, hecho Cristo, en cuyo reino deseo ávidamente ser admitido. »?¿Aludes a Aquel que fue crucificado bajo Poncio 'Hatos? »?Sí, al mismo que con Su muerte crucificó a un tiempo el pecado y su autor y que ha proclamado que toda audacia del diablo será pisoteada por aquéllos que llevan a Él en sus corazones.
»?Así, pues ?preguntó el emperador?, ¿tú llevas a Cristo contigo?
Sí ¿dijo Ignacio?, pues está escrito : Anidaré en ellos y con ellos caminaré.»
Según la leyenda, Trajano ordenó la muerte de Ignacio. Este fue aprisionado y escoltado hasta Roma, en donde debía ser devorado por las fieras en el Coliseo. De aquí en adelante nos encontramos en terreno seguro, históricamente hablando. Tenemos las propias cartas de Ignacio, siete de las cuáles aún existentes, que nos cuentan la historia. En el puerto de Seleucia abordaron un barco que hizo muchas paradas a lo largo de la costa de Asia Menor, en vez de ir directamente a Roma. Algunos de los amigos de Ignacio emprendieron el camino directamente hacia el Oeste y llegaron a Roma antes que él, esperando allí su llegada. Durante buena parte del viaje tuvo por compañeros a un diácono, Filo, y a un amigo, Agathopus, supuestos autores del relato de su martirio. A bordo del barco, Ignacio estaba custodiado por diez soldados tan brutales que nos habla de ellos como los «diez leopardos» y añade que todavía se volvían peores cuando se les trataba amablemente.
Allí donde el barco hacía escala, los cristianos de la localidad mandaban obispos y sacerdotes al encuentro del venerable obispo y la multitud se reunía para recibir la bendición de aquél que ya era reverenciado como un mártir.
En Esmirna, Ignacio se encontró con su antiguo discípulo el obispo Policarpo 1 y llegaron delegaciones desde Éfeso, Magnesia y Tralles, tres antiguas ciudades de Asia Menor que tenían colonias cristianas. Ignacio escribió cartas que debían llevarse a esas varias iglesias, y en ellas exhortaba a sus miembros a mantener la armonía con sus obispos y clero, a reunirse a menudo en oración, a ser dulces humildes y a sufrir las injurias sin protestar. Les alaba por su real celo contra la herejía y en particular les pone en guardia contra la doctrina docética.
Una de sus siete cartas existentes se dirige a los cristianos de Roma, a los cuales ruega apasionadamente que no hagan nada para evitar su martirio. En esa época la cristiandad tenía cierto número de conversos influyentes y algunas de estas personas hubieran podido conseguir que su sentencia fuera mitigada. El autor satírico contemporáneo y pagano Luciano, quien casi de seguro se hallaba familiarizado con las cartas y vida de Ignacio, nos aporta su testimonio en su diálogo La muerte de Peregrinus en lo que hace referencia a la devoción de los cristianos entre sí. Esta obra suya es una interesante ilustración de la actitud que asumía un griego culto y escéptico frente a la nueva religión.
Los guardianes estaban ansiosos por llegar a Roma con su prisionero antes de que finalizaran los grandes juegos públicos, ya que las víctimas de aspecto venerable siempre constituían una gran atracción. En Troas, en donde el barco hizo escala, Ignacio escribió cartas a los filadelfos, 3 a los esmirnos y a Policarpo. Desde Troas, según nos dicen, el barco hizo velas hacia el puerto macedonio de Neápolis y de allí a Filipa. El pequeño grupo cruzó Macedonia y el Epiro a pie y embarcó para el viaje en torno a Italia. Estos detalles, junto con el relato de la llegada a Roma, se encuentran en las Actas de los Mártires; 4 pero, aun así, pueden ponerse en duda. Nos dicen que al acercarse el santo a Roma, los creyentes salieron a recibirle, alegrándose con su presencia, pero doliéndose de su próxima pérdida. Él les advirtió que no hiciesen nada para obtener su liberación. De acuerdo con la tradición, llegó a Roma el 20 de diciembre, último día de los juegos, y en seguida se le llevó ante el prefecto al cual se había entregado la carta del emperador. Por orden del prefecto se llevó apresuradamente al prisionero al Coliseo, donde soltaron dos fieros leones que mataron a Ignacio en seguida. De este modo sus ruegos por obtener una muerte de mártir fueron atendidos.
Hay pruebas de que parte de los restos del mártir fueron llevados a Antioquía y allí venerados. Cuando San Jerónimo visitó Antioquía, unos trescientos años más tarde, escribió que dichas reliquias habían sido llevadas «a un cementerio, pasada la puerta de Dafne». Se cree que en él, año 637 volvieron a llevarse a Roma para que descansaran en la iglesia de San Clemente. Por el antiguo martirologio siríaco sabemos que la fiesta del mártir se celebró en el Este el día 17 de octubre. San Juan Crisóstomo,5 obispo de Constantinopla en el siglo iv, predicó un panegírico famoso de Ignacio, pero, aun entonces, ya la leyenda se había mezclado a la historia y suponía que el propio apóstol San Pedro había sido quien propusiera la silla episcopal a Ignacio. Más tarde, toda una correspondencia se fabricó, incluyendo cartas que se habían cruzado entre Ignacio y la Virgen María, cuando ella aún moraba en la tierra, después de la Ascensión de Jesús.
Contrastando con estos elementos legendarios y ficticios, las siete cartas más arriba mencionadas como habiendo sido escritas por Ignacio durante su viaje a Roma, que han llegado completas hasta nosotros, han sido aceptadas como absolutamente auténticas por los modernos estudiosos. Su gran importancia estriba en la luz que arrojan sobre la organización, creencias y prácticas de la Iglesia Cristiana, unos ochenta y cinco años después de la muerte de Cristo. Ignacio es el primero, aparte de los escritores del Nuevo Testamento, en dar importancia al Nacimiento de una Virgen. A los efesios les escribe: «Y para el príncipe de este mundo fue apartada la virginidad de María y su preñez y, asimismo, también la muerte del Señor.»
También presupone la doctrina de la Trinidad y en él observamos una afinidad con ciertas definiciones más tardías de la naturaleza de Cristo cuando en la misma carta leemos : «Hay un doctor de la carne y del espíritu, engendrado y no engendrado, Dios hecho hombre, verdadera vida en muerte, hijo de María e hijo de Dios, primero sufriente y luego más allá del sufrimiento, Jesucristo nuestro Señor.» No menos notables son las frases que emplea para describir la Eucaristía. Es «la carne de Cristo». «El don de Dios» «la medicina narra la inmortalidad». Repetidamente hace hincapié en la lealtad y obediencia debidas al obispo en tanto que transmisor de la verdadera tradición apostólica, así como en la necesidad de unidad y paz. Por último, es en una carta suya dirigida a la iglesia de Esmirna en donde por vez primera en la literatura cristiana se habla de «la Iglesia Católica». «Allí donde el obispo aparece ?escribe? debe estar la gente, así como allí donde esté el Cristo está la Iglesia Católica.»
El martirio de Ignacio y su importante contribución al desarrollo de la doctrina de la Iglesia han hecho que su nombre exista en el Canon de la Misa.
viernes, 16 de octubre de 2026
Lecturas del 16/10/2026
Hermanos:
En Cristo hemos heredado también los hijos de Israel, los que ya estábamos destinados por decisión del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria quienes antes esperábamos en el Mesías.
En él también vosotros, después de haber escuchado la palabra de la verdad —el evangelio de vuestra salvación—, creyendo en él habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido.
Él es la prenda de nuestra herencia, mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, para alabanza de su gloria.
En aquel tiempo, miles y miles de personas se agolpaban. Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos: «Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía, pues nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse.
Por eso, lo que digáis en la oscuridad será oído a plena luz, y lo que digáis al oído en las recámaras se pregonará desde la azotea.
A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más.
Os voy a enseñar a quién tenéis que temer: temed al que, después de la muerte, tiene poder para arrojar a la “gehenna”. A ese tenéis que temer, os lo digo yo.
¿No se venden cinco pájaros por dos céntimos? Pues ni de uno solo de ellos se olvida Dios.
Más aún, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. No tengáis miedo: valéis más que muchos pájaros».
Palabra del Señor.
16 de Octubre 2026 - San Gerardo Mayela
Pío IX calificó a san Gerardo de "perfecto modelo de los hermanos legos", y León XIII dijo que había sido "uno de los jóvenes más angelicales que Dios haya dado a los hombres por modelo". En sus veintinueve años de vida, el santo llegó a ser el más famoso taumaturgo del siglo XVIII.
Nació en Muro, a setenta kilómetros de Nápoles. Su padre era sastre. Su madre, después de la muerte de Gerardo, dio este testimonio: "Mi hijo sólo era feliz cuando se hallaba arrodillado en la iglesia, ante el Santísimo Sacramento. Con frecuencia entraba a orar y olvidaba hasta la hora de comer. En casa oraba todo el tiempo.
Verdaderamente, había nacido para el cielo." Cuando Gerardo tenía diez años, su confesor le dio permiso de comulgar cada tercer día; como era una época en la que la influencia del jansenismo todavía se dejaba sentir, ello demuestra que el confesor de Gerardo le consideraba como un niño excepcionalmente dotado para la piedad.
A la muerte de su padre, Gerardo debió abandonar la escuela y entró a trabajar como aprendiz de sastre en el taller de Martín Pannuto, hombre muy bueno, que le comprendía y le apreciaba. En cambio, uno de los empleados era un hombre muy brusco que solía maltratar a Gerardo. Una vez aprendido su oficio a la perfección, Gerardo pidió ser admitido en el convento de los capuchinos de Muro, donde su tío era fraile; pero fue rechazado a causa de su juventud y de su condición delicada.
Gerardo volvió a Muro y abrió una sastrería por su cuenta. Vivía con su madre y sus tres hermanas. Solía dar a su madre una tercera parte de lo que ganaba; el otro tercio lo repartía entre los pobres y el resto lo empleaba en pagar misas por las almas del purgatorio. Pasaba muchas horas de la noche orando en la catedral y se disciplinaba severamente.
Cuando tenía veintitrés años, los padres de la congregación del Santísimo Redentor recientemente fundada, predicaron una misión en Muro. El joven les rogó que le admitiesen como hermano lego, pero su aspecto enfermizo no le ayudaba, y su madre y sus hermanas no tenían ningún deseo de verle partir. Sin embargo, Gerardo insistió y, finalmente, el P. Cafaro le envió a la casa de Deliceto, donde él era superior, con un mensaje que decía: "Os envío a este hermanito inútil." Pero, cuando el P. Cafaro volvió a su casa, cayó inmediatamente en la cuenta de su error y le concedió el hábito.
Los hermanos de Gerardo, al verle trabajar con gran ardor, puntualidad y humildad en la sacristía y en el huerto, solían decir: "O es un loco o es un santo." El fundador de la congregación, San Alfonso de Ligorio, comprendió que era un santo y le acortó el período de noviciado. El hermano Gerardo hizo la profesión en 1752. A los votos acostumbrados añadió el de hacer siempre lo que fuese, a su juicio, más agradable a Dios. El P. Tannoia, autor de las biografías de San Alfonso y de San Gerardo, que había sido curado por la intercesión de este último cuenta que un día, cuando el santo era novicio, le vio orando ante el tabernáculo; súbitamente Gerardo gritó: "Señor, déjame que me vaya, te ruego, pues tengo mucho que hacer." Sin duda es ésta una de las anécdotas más conmovedoras de toda la hagiología.
Durante los tres años que vivió después de hacer la profesión, el santo trabajó como sastre y enfermero de la comunidad; solía también pedir limosna de puerta en puerta, y los padres gustaban de llevarle consigo a sus misiones y retiros, porque poseía el don de leer en las almas.
Los fenómenos sobrenaturales abundaban en la vida del hermanito. Se cuenta que en una ocasión fue arrebatado en el aire y recorrió así más de medio kilómetro; se menciona también el fenómeno de "bilocación" y se dice que poseía los dones de profecía, de ciencia infusa y de dominio sobre los animales. La única voz que conseguía arrancarle de sus éxtasis era la de la obediencia.
Sin embargo, San Gerardo no fue canonizado por sus milagros, ya que éstos eran simplemente un efecto de su santidad, y Dios podía haber dispuesto que el santo no hiciese milagro alguno sin que ello modificase en un ápice la bondad, caridad y devoción que alabaron en el joven Pío IX y León XIII.
Unas de las pruebas más terribles que sufrió san Gerardo fue cuando una joven de vida licenciosa, llamada Neria Caggiano, a quien el santo había ayudado, le acusó de haberla solicitado. San Alfonso mandó llamar inmediatamente al hermano a Nocera. Pensando que su voto de perfección le obligaba a no defenderse, Gerardo guardó silencio. San Alfonso le prohibió durante algunas semanas recibir la comunión y hablar con los extraños. San Gerardo respondió tranquilamente: "Dios, que está en el cielo, no dejará de defenderme." Al cabo de unas cuantas semanas, Neria y su cómplice confesaron que habían calumniado al hermanito.
San Alfonso preguntó a su súbdito por qué no se había defendido y éste replicó: "Padre, ¿acaso no tenemos una regla que nos prohíbe disculparnos?"
Poco después, el santo acompañó al P. Margotta a Nápoles, donde el pueblo asedió, día y noche, la casa de los redentoristas para ver al famoso taumaturgo. Finalmente, al cabo de cuatro meses, los superiores se vieron obligados a enviar al hermano Gerardo a la casa de Caposele, donde fue nombrado portero.
Durante el crudo invierno de aquel año, doscientas personas, entre hombres, mujeres y niños, acudieron diariamente a la casa de los redentoristas, y el santo portero les proveyó de comida, ropa y combustible, sin que nadie supiese de dónde los sacaba.
Cuando volvió a Caposele, los superiores le encargaron de la supervisión de los edificios que se estaban construyendo. San Gerardo pasó el verano pidiendo limosna para la construcción. Pero el calor del sur de Italia acabó con su salud y, en los meses de julio y agosto, el santo se debilitó rápidamente.
Llegó a Caposele casi a rastras. En septiembre, pudo abandonar el lecho unos cuantos días, pero volvió a caer. Sus últimas semanas fueron una mezcla de sufrimientos físicos y éxtasis, cuando sus dones de profecía y ciencia infusa alcanzaron un grado extraordinario.
Murió en la fecha y hora que había predicho, poco antes de la media noche del 15 de octubre de 1755. Fue canonizado en 1904.
Nació en Muro, a setenta kilómetros de Nápoles. Su padre era sastre. Su madre, después de la muerte de Gerardo, dio este testimonio: "Mi hijo sólo era feliz cuando se hallaba arrodillado en la iglesia, ante el Santísimo Sacramento. Con frecuencia entraba a orar y olvidaba hasta la hora de comer. En casa oraba todo el tiempo.
Verdaderamente, había nacido para el cielo." Cuando Gerardo tenía diez años, su confesor le dio permiso de comulgar cada tercer día; como era una época en la que la influencia del jansenismo todavía se dejaba sentir, ello demuestra que el confesor de Gerardo le consideraba como un niño excepcionalmente dotado para la piedad.
A la muerte de su padre, Gerardo debió abandonar la escuela y entró a trabajar como aprendiz de sastre en el taller de Martín Pannuto, hombre muy bueno, que le comprendía y le apreciaba. En cambio, uno de los empleados era un hombre muy brusco que solía maltratar a Gerardo. Una vez aprendido su oficio a la perfección, Gerardo pidió ser admitido en el convento de los capuchinos de Muro, donde su tío era fraile; pero fue rechazado a causa de su juventud y de su condición delicada.
Gerardo volvió a Muro y abrió una sastrería por su cuenta. Vivía con su madre y sus tres hermanas. Solía dar a su madre una tercera parte de lo que ganaba; el otro tercio lo repartía entre los pobres y el resto lo empleaba en pagar misas por las almas del purgatorio. Pasaba muchas horas de la noche orando en la catedral y se disciplinaba severamente.
Cuando tenía veintitrés años, los padres de la congregación del Santísimo Redentor recientemente fundada, predicaron una misión en Muro. El joven les rogó que le admitiesen como hermano lego, pero su aspecto enfermizo no le ayudaba, y su madre y sus hermanas no tenían ningún deseo de verle partir. Sin embargo, Gerardo insistió y, finalmente, el P. Cafaro le envió a la casa de Deliceto, donde él era superior, con un mensaje que decía: "Os envío a este hermanito inútil." Pero, cuando el P. Cafaro volvió a su casa, cayó inmediatamente en la cuenta de su error y le concedió el hábito.
Los hermanos de Gerardo, al verle trabajar con gran ardor, puntualidad y humildad en la sacristía y en el huerto, solían decir: "O es un loco o es un santo." El fundador de la congregación, San Alfonso de Ligorio, comprendió que era un santo y le acortó el período de noviciado. El hermano Gerardo hizo la profesión en 1752. A los votos acostumbrados añadió el de hacer siempre lo que fuese, a su juicio, más agradable a Dios. El P. Tannoia, autor de las biografías de San Alfonso y de San Gerardo, que había sido curado por la intercesión de este último cuenta que un día, cuando el santo era novicio, le vio orando ante el tabernáculo; súbitamente Gerardo gritó: "Señor, déjame que me vaya, te ruego, pues tengo mucho que hacer." Sin duda es ésta una de las anécdotas más conmovedoras de toda la hagiología.
Durante los tres años que vivió después de hacer la profesión, el santo trabajó como sastre y enfermero de la comunidad; solía también pedir limosna de puerta en puerta, y los padres gustaban de llevarle consigo a sus misiones y retiros, porque poseía el don de leer en las almas.
Los fenómenos sobrenaturales abundaban en la vida del hermanito. Se cuenta que en una ocasión fue arrebatado en el aire y recorrió así más de medio kilómetro; se menciona también el fenómeno de "bilocación" y se dice que poseía los dones de profecía, de ciencia infusa y de dominio sobre los animales. La única voz que conseguía arrancarle de sus éxtasis era la de la obediencia.
Sin embargo, San Gerardo no fue canonizado por sus milagros, ya que éstos eran simplemente un efecto de su santidad, y Dios podía haber dispuesto que el santo no hiciese milagro alguno sin que ello modificase en un ápice la bondad, caridad y devoción que alabaron en el joven Pío IX y León XIII.
Unas de las pruebas más terribles que sufrió san Gerardo fue cuando una joven de vida licenciosa, llamada Neria Caggiano, a quien el santo había ayudado, le acusó de haberla solicitado. San Alfonso mandó llamar inmediatamente al hermano a Nocera. Pensando que su voto de perfección le obligaba a no defenderse, Gerardo guardó silencio. San Alfonso le prohibió durante algunas semanas recibir la comunión y hablar con los extraños. San Gerardo respondió tranquilamente: "Dios, que está en el cielo, no dejará de defenderme." Al cabo de unas cuantas semanas, Neria y su cómplice confesaron que habían calumniado al hermanito.
San Alfonso preguntó a su súbdito por qué no se había defendido y éste replicó: "Padre, ¿acaso no tenemos una regla que nos prohíbe disculparnos?"
Poco después, el santo acompañó al P. Margotta a Nápoles, donde el pueblo asedió, día y noche, la casa de los redentoristas para ver al famoso taumaturgo. Finalmente, al cabo de cuatro meses, los superiores se vieron obligados a enviar al hermano Gerardo a la casa de Caposele, donde fue nombrado portero.
Durante el crudo invierno de aquel año, doscientas personas, entre hombres, mujeres y niños, acudieron diariamente a la casa de los redentoristas, y el santo portero les proveyó de comida, ropa y combustible, sin que nadie supiese de dónde los sacaba.
Cuando volvió a Caposele, los superiores le encargaron de la supervisión de los edificios que se estaban construyendo. San Gerardo pasó el verano pidiendo limosna para la construcción. Pero el calor del sur de Italia acabó con su salud y, en los meses de julio y agosto, el santo se debilitó rápidamente.
Llegó a Caposele casi a rastras. En septiembre, pudo abandonar el lecho unos cuantos días, pero volvió a caer. Sus últimas semanas fueron una mezcla de sufrimientos físicos y éxtasis, cuando sus dones de profecía y ciencia infusa alcanzaron un grado extraordinario.
Murió en la fecha y hora que había predicho, poco antes de la media noche del 15 de octubre de 1755. Fue canonizado en 1904.
jueves, 15 de octubre de 2026
Lecturas del 15/10/2026
Así obra el que teme al Señor, el que observa la ley alcanza la sabiduría.
Ella le sale al encuentro como una madre y lo acoge como una joven esposa. Lo alimenta con pan de inteligencia y le da a beber agua de sabiduría.
Si se apoya en ella, no vacilará, si se aferra a ella, no quedará defraudado.
Ella lo ensalzará sobre sus compañeros y en medio de la asamblea le abrirá la boca.
Lo llenará del espíritu de sabiduría y de inteligencia y lo revestirá con un vestido de gloria. Encontrará gozo y corona de júbilo, y un hombre eterno recibirá en herencia.
En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Palabra del Señor.
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