sábado, 17 de octubre de 2026
Lecturas del 17/10/2026
Hermanos:
Habiendo oído hablar de vuestra fe en Cristo y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyente, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro.
Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios.
Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.
Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué razones os defenderéis o de lo que vais a decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir».
Palabra del Señor.
17 de Octubre 2026 - San Ignacio de Antioquía
Ignacio de Antioquía, también llamado Teóforo, que en griego quiere decir «Sustentador de Dios», fue probablemente un converso y discípulo de San Juan Evangelista. Nada sabemos de los primeros años de su vida. El historiador de la Iglesia Eusebio, en el siglo iv, nos dice que los apóstoles Pedro y Pablo, que implantaron la fe en Antioquía, dejaron instrucciones según las cuales Ignacio debía suceder a Evodio como obispo de aquella ciudad; más adelante asegura que Ignacio retuvo el cargo durante cuarenta años, dando muestras de ser un pastor ejemplar en todos los sentidos. Durante la persecución del emperador Domiciano, cuyo reino abarca el período de los años 81 al 96, Ignacio mantuvo el valor del rebaño mediante la prédica diaria, la oración y el ayuno. Después de la muerte de Domiciano cesaron las persecuciones en los quince meses que duró el reinado de Nerva; luego, en el reinado de Trajano, tenemos noticias de buen número de mártires, si bien no hubo persecución general. En una interesante carta a Plinio el Joven, entonces gobernador de la provincia de Bitinia, en el Mar Negro, Trajano sienta el principio de que los cristianos deben ser muertos cuando así se confiesen formalmente, y de no ser así no deben castigarse. El emperador era muy humano, pero, sin embargo, la gratitud que él creía deber a sus propios dioses paganos por las victorias obtenidas sobre los dacios y los escitas le llevó más tarde a autorizar la pena de muerte para aquellos cristianos que rehusaban reconocer esas divinidades públicamente.
Hay una leyenda que nos dice que el propio emperador Trajano, quien pasó el invierno del año 115 en Antioquía, examinó al anciano obispo Ignacio con preguntas como las que siguen:
«¿Quién eres tú, espíritu del mal, que osas desobedecer mis órdenes y que incitas a los demás para su propia destrucción?
»?Nadie puede llamar a Teóforo espíritu del mal ?le replicó el obispo.
»?¿Quién es Teóforo? »?Aquel que sostiene a Dios en su interior.
»?¿Y nosotros, no sustentamos dentro de nosotros a los dioses que nos han ayudado en contra de nuestros enemigos?
»?Yerras cuando llamas dioses a los que no son más que diablos. No hay más que un solo Dios, quien creó el cielo y la tierra y todo lo que en ellos hay; y un solo Jesús, hecho Cristo, en cuyo reino deseo ávidamente ser admitido. »?¿Aludes a Aquel que fue crucificado bajo Poncio 'Hatos? »?Sí, al mismo que con Su muerte crucificó a un tiempo el pecado y su autor y que ha proclamado que toda audacia del diablo será pisoteada por aquéllos que llevan a Él en sus corazones.
»?Así, pues ?preguntó el emperador?, ¿tú llevas a Cristo contigo?
Sí ¿dijo Ignacio?, pues está escrito : Anidaré en ellos y con ellos caminaré.»
Según la leyenda, Trajano ordenó la muerte de Ignacio. Este fue aprisionado y escoltado hasta Roma, en donde debía ser devorado por las fieras en el Coliseo. De aquí en adelante nos encontramos en terreno seguro, históricamente hablando. Tenemos las propias cartas de Ignacio, siete de las cuáles aún existentes, que nos cuentan la historia. En el puerto de Seleucia abordaron un barco que hizo muchas paradas a lo largo de la costa de Asia Menor, en vez de ir directamente a Roma. Algunos de los amigos de Ignacio emprendieron el camino directamente hacia el Oeste y llegaron a Roma antes que él, esperando allí su llegada. Durante buena parte del viaje tuvo por compañeros a un diácono, Filo, y a un amigo, Agathopus, supuestos autores del relato de su martirio. A bordo del barco, Ignacio estaba custodiado por diez soldados tan brutales que nos habla de ellos como los «diez leopardos» y añade que todavía se volvían peores cuando se les trataba amablemente.
Allí donde el barco hacía escala, los cristianos de la localidad mandaban obispos y sacerdotes al encuentro del venerable obispo y la multitud se reunía para recibir la bendición de aquél que ya era reverenciado como un mártir.
En Esmirna, Ignacio se encontró con su antiguo discípulo el obispo Policarpo 1 y llegaron delegaciones desde Éfeso, Magnesia y Tralles, tres antiguas ciudades de Asia Menor que tenían colonias cristianas. Ignacio escribió cartas que debían llevarse a esas varias iglesias, y en ellas exhortaba a sus miembros a mantener la armonía con sus obispos y clero, a reunirse a menudo en oración, a ser dulces humildes y a sufrir las injurias sin protestar. Les alaba por su real celo contra la herejía y en particular les pone en guardia contra la doctrina docética.
Una de sus siete cartas existentes se dirige a los cristianos de Roma, a los cuales ruega apasionadamente que no hagan nada para evitar su martirio. En esa época la cristiandad tenía cierto número de conversos influyentes y algunas de estas personas hubieran podido conseguir que su sentencia fuera mitigada. El autor satírico contemporáneo y pagano Luciano, quien casi de seguro se hallaba familiarizado con las cartas y vida de Ignacio, nos aporta su testimonio en su diálogo La muerte de Peregrinus en lo que hace referencia a la devoción de los cristianos entre sí. Esta obra suya es una interesante ilustración de la actitud que asumía un griego culto y escéptico frente a la nueva religión.
Los guardianes estaban ansiosos por llegar a Roma con su prisionero antes de que finalizaran los grandes juegos públicos, ya que las víctimas de aspecto venerable siempre constituían una gran atracción. En Troas, en donde el barco hizo escala, Ignacio escribió cartas a los filadelfos, 3 a los esmirnos y a Policarpo. Desde Troas, según nos dicen, el barco hizo velas hacia el puerto macedonio de Neápolis y de allí a Filipa. El pequeño grupo cruzó Macedonia y el Epiro a pie y embarcó para el viaje en torno a Italia. Estos detalles, junto con el relato de la llegada a Roma, se encuentran en las Actas de los Mártires; 4 pero, aun así, pueden ponerse en duda. Nos dicen que al acercarse el santo a Roma, los creyentes salieron a recibirle, alegrándose con su presencia, pero doliéndose de su próxima pérdida. Él les advirtió que no hiciesen nada para obtener su liberación. De acuerdo con la tradición, llegó a Roma el 20 de diciembre, último día de los juegos, y en seguida se le llevó ante el prefecto al cual se había entregado la carta del emperador. Por orden del prefecto se llevó apresuradamente al prisionero al Coliseo, donde soltaron dos fieros leones que mataron a Ignacio en seguida. De este modo sus ruegos por obtener una muerte de mártir fueron atendidos.
Hay pruebas de que parte de los restos del mártir fueron llevados a Antioquía y allí venerados. Cuando San Jerónimo visitó Antioquía, unos trescientos años más tarde, escribió que dichas reliquias habían sido llevadas «a un cementerio, pasada la puerta de Dafne». Se cree que en él, año 637 volvieron a llevarse a Roma para que descansaran en la iglesia de San Clemente. Por el antiguo martirologio siríaco sabemos que la fiesta del mártir se celebró en el Este el día 17 de octubre. San Juan Crisóstomo,5 obispo de Constantinopla en el siglo iv, predicó un panegírico famoso de Ignacio, pero, aun entonces, ya la leyenda se había mezclado a la historia y suponía que el propio apóstol San Pedro había sido quien propusiera la silla episcopal a Ignacio. Más tarde, toda una correspondencia se fabricó, incluyendo cartas que se habían cruzado entre Ignacio y la Virgen María, cuando ella aún moraba en la tierra, después de la Ascensión de Jesús.
Contrastando con estos elementos legendarios y ficticios, las siete cartas más arriba mencionadas como habiendo sido escritas por Ignacio durante su viaje a Roma, que han llegado completas hasta nosotros, han sido aceptadas como absolutamente auténticas por los modernos estudiosos. Su gran importancia estriba en la luz que arrojan sobre la organización, creencias y prácticas de la Iglesia Cristiana, unos ochenta y cinco años después de la muerte de Cristo. Ignacio es el primero, aparte de los escritores del Nuevo Testamento, en dar importancia al Nacimiento de una Virgen. A los efesios les escribe: «Y para el príncipe de este mundo fue apartada la virginidad de María y su preñez y, asimismo, también la muerte del Señor.»
También presupone la doctrina de la Trinidad y en él observamos una afinidad con ciertas definiciones más tardías de la naturaleza de Cristo cuando en la misma carta leemos : «Hay un doctor de la carne y del espíritu, engendrado y no engendrado, Dios hecho hombre, verdadera vida en muerte, hijo de María e hijo de Dios, primero sufriente y luego más allá del sufrimiento, Jesucristo nuestro Señor.» No menos notables son las frases que emplea para describir la Eucaristía. Es «la carne de Cristo». «El don de Dios» «la medicina narra la inmortalidad». Repetidamente hace hincapié en la lealtad y obediencia debidas al obispo en tanto que transmisor de la verdadera tradición apostólica, así como en la necesidad de unidad y paz. Por último, es en una carta suya dirigida a la iglesia de Esmirna en donde por vez primera en la literatura cristiana se habla de «la Iglesia Católica». «Allí donde el obispo aparece ?escribe? debe estar la gente, así como allí donde esté el Cristo está la Iglesia Católica.»
El martirio de Ignacio y su importante contribución al desarrollo de la doctrina de la Iglesia han hecho que su nombre exista en el Canon de la Misa.
Hay una leyenda que nos dice que el propio emperador Trajano, quien pasó el invierno del año 115 en Antioquía, examinó al anciano obispo Ignacio con preguntas como las que siguen:
«¿Quién eres tú, espíritu del mal, que osas desobedecer mis órdenes y que incitas a los demás para su propia destrucción?
»?Nadie puede llamar a Teóforo espíritu del mal ?le replicó el obispo.
»?¿Quién es Teóforo? »?Aquel que sostiene a Dios en su interior.
»?¿Y nosotros, no sustentamos dentro de nosotros a los dioses que nos han ayudado en contra de nuestros enemigos?
»?Yerras cuando llamas dioses a los que no son más que diablos. No hay más que un solo Dios, quien creó el cielo y la tierra y todo lo que en ellos hay; y un solo Jesús, hecho Cristo, en cuyo reino deseo ávidamente ser admitido. »?¿Aludes a Aquel que fue crucificado bajo Poncio 'Hatos? »?Sí, al mismo que con Su muerte crucificó a un tiempo el pecado y su autor y que ha proclamado que toda audacia del diablo será pisoteada por aquéllos que llevan a Él en sus corazones.
»?Así, pues ?preguntó el emperador?, ¿tú llevas a Cristo contigo?
Sí ¿dijo Ignacio?, pues está escrito : Anidaré en ellos y con ellos caminaré.»
Según la leyenda, Trajano ordenó la muerte de Ignacio. Este fue aprisionado y escoltado hasta Roma, en donde debía ser devorado por las fieras en el Coliseo. De aquí en adelante nos encontramos en terreno seguro, históricamente hablando. Tenemos las propias cartas de Ignacio, siete de las cuáles aún existentes, que nos cuentan la historia. En el puerto de Seleucia abordaron un barco que hizo muchas paradas a lo largo de la costa de Asia Menor, en vez de ir directamente a Roma. Algunos de los amigos de Ignacio emprendieron el camino directamente hacia el Oeste y llegaron a Roma antes que él, esperando allí su llegada. Durante buena parte del viaje tuvo por compañeros a un diácono, Filo, y a un amigo, Agathopus, supuestos autores del relato de su martirio. A bordo del barco, Ignacio estaba custodiado por diez soldados tan brutales que nos habla de ellos como los «diez leopardos» y añade que todavía se volvían peores cuando se les trataba amablemente.
Allí donde el barco hacía escala, los cristianos de la localidad mandaban obispos y sacerdotes al encuentro del venerable obispo y la multitud se reunía para recibir la bendición de aquél que ya era reverenciado como un mártir.
En Esmirna, Ignacio se encontró con su antiguo discípulo el obispo Policarpo 1 y llegaron delegaciones desde Éfeso, Magnesia y Tralles, tres antiguas ciudades de Asia Menor que tenían colonias cristianas. Ignacio escribió cartas que debían llevarse a esas varias iglesias, y en ellas exhortaba a sus miembros a mantener la armonía con sus obispos y clero, a reunirse a menudo en oración, a ser dulces humildes y a sufrir las injurias sin protestar. Les alaba por su real celo contra la herejía y en particular les pone en guardia contra la doctrina docética.
Una de sus siete cartas existentes se dirige a los cristianos de Roma, a los cuales ruega apasionadamente que no hagan nada para evitar su martirio. En esa época la cristiandad tenía cierto número de conversos influyentes y algunas de estas personas hubieran podido conseguir que su sentencia fuera mitigada. El autor satírico contemporáneo y pagano Luciano, quien casi de seguro se hallaba familiarizado con las cartas y vida de Ignacio, nos aporta su testimonio en su diálogo La muerte de Peregrinus en lo que hace referencia a la devoción de los cristianos entre sí. Esta obra suya es una interesante ilustración de la actitud que asumía un griego culto y escéptico frente a la nueva religión.
Los guardianes estaban ansiosos por llegar a Roma con su prisionero antes de que finalizaran los grandes juegos públicos, ya que las víctimas de aspecto venerable siempre constituían una gran atracción. En Troas, en donde el barco hizo escala, Ignacio escribió cartas a los filadelfos, 3 a los esmirnos y a Policarpo. Desde Troas, según nos dicen, el barco hizo velas hacia el puerto macedonio de Neápolis y de allí a Filipa. El pequeño grupo cruzó Macedonia y el Epiro a pie y embarcó para el viaje en torno a Italia. Estos detalles, junto con el relato de la llegada a Roma, se encuentran en las Actas de los Mártires; 4 pero, aun así, pueden ponerse en duda. Nos dicen que al acercarse el santo a Roma, los creyentes salieron a recibirle, alegrándose con su presencia, pero doliéndose de su próxima pérdida. Él les advirtió que no hiciesen nada para obtener su liberación. De acuerdo con la tradición, llegó a Roma el 20 de diciembre, último día de los juegos, y en seguida se le llevó ante el prefecto al cual se había entregado la carta del emperador. Por orden del prefecto se llevó apresuradamente al prisionero al Coliseo, donde soltaron dos fieros leones que mataron a Ignacio en seguida. De este modo sus ruegos por obtener una muerte de mártir fueron atendidos.
Hay pruebas de que parte de los restos del mártir fueron llevados a Antioquía y allí venerados. Cuando San Jerónimo visitó Antioquía, unos trescientos años más tarde, escribió que dichas reliquias habían sido llevadas «a un cementerio, pasada la puerta de Dafne». Se cree que en él, año 637 volvieron a llevarse a Roma para que descansaran en la iglesia de San Clemente. Por el antiguo martirologio siríaco sabemos que la fiesta del mártir se celebró en el Este el día 17 de octubre. San Juan Crisóstomo,5 obispo de Constantinopla en el siglo iv, predicó un panegírico famoso de Ignacio, pero, aun entonces, ya la leyenda se había mezclado a la historia y suponía que el propio apóstol San Pedro había sido quien propusiera la silla episcopal a Ignacio. Más tarde, toda una correspondencia se fabricó, incluyendo cartas que se habían cruzado entre Ignacio y la Virgen María, cuando ella aún moraba en la tierra, después de la Ascensión de Jesús.
Contrastando con estos elementos legendarios y ficticios, las siete cartas más arriba mencionadas como habiendo sido escritas por Ignacio durante su viaje a Roma, que han llegado completas hasta nosotros, han sido aceptadas como absolutamente auténticas por los modernos estudiosos. Su gran importancia estriba en la luz que arrojan sobre la organización, creencias y prácticas de la Iglesia Cristiana, unos ochenta y cinco años después de la muerte de Cristo. Ignacio es el primero, aparte de los escritores del Nuevo Testamento, en dar importancia al Nacimiento de una Virgen. A los efesios les escribe: «Y para el príncipe de este mundo fue apartada la virginidad de María y su preñez y, asimismo, también la muerte del Señor.»
También presupone la doctrina de la Trinidad y en él observamos una afinidad con ciertas definiciones más tardías de la naturaleza de Cristo cuando en la misma carta leemos : «Hay un doctor de la carne y del espíritu, engendrado y no engendrado, Dios hecho hombre, verdadera vida en muerte, hijo de María e hijo de Dios, primero sufriente y luego más allá del sufrimiento, Jesucristo nuestro Señor.» No menos notables son las frases que emplea para describir la Eucaristía. Es «la carne de Cristo». «El don de Dios» «la medicina narra la inmortalidad». Repetidamente hace hincapié en la lealtad y obediencia debidas al obispo en tanto que transmisor de la verdadera tradición apostólica, así como en la necesidad de unidad y paz. Por último, es en una carta suya dirigida a la iglesia de Esmirna en donde por vez primera en la literatura cristiana se habla de «la Iglesia Católica». «Allí donde el obispo aparece ?escribe? debe estar la gente, así como allí donde esté el Cristo está la Iglesia Católica.»
El martirio de Ignacio y su importante contribución al desarrollo de la doctrina de la Iglesia han hecho que su nombre exista en el Canon de la Misa.
viernes, 16 de octubre de 2026
Lecturas del 16/10/2026
Hermanos:
En Cristo hemos heredado también los hijos de Israel, los que ya estábamos destinados por decisión del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria quienes antes esperábamos en el Mesías.
En él también vosotros, después de haber escuchado la palabra de la verdad —el evangelio de vuestra salvación—, creyendo en él habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido.
Él es la prenda de nuestra herencia, mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, para alabanza de su gloria.
En aquel tiempo, miles y miles de personas se agolpaban. Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos: «Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía, pues nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse.
Por eso, lo que digáis en la oscuridad será oído a plena luz, y lo que digáis al oído en las recámaras se pregonará desde la azotea.
A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más.
Os voy a enseñar a quién tenéis que temer: temed al que, después de la muerte, tiene poder para arrojar a la “gehenna”. A ese tenéis que temer, os lo digo yo.
¿No se venden cinco pájaros por dos céntimos? Pues ni de uno solo de ellos se olvida Dios.
Más aún, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. No tengáis miedo: valéis más que muchos pájaros».
Palabra del Señor.
16 de Octubre 2026 - San Gerardo Mayela
Pío IX calificó a san Gerardo de "perfecto modelo de los hermanos legos", y León XIII dijo que había sido "uno de los jóvenes más angelicales que Dios haya dado a los hombres por modelo". En sus veintinueve años de vida, el santo llegó a ser el más famoso taumaturgo del siglo XVIII.
Nació en Muro, a setenta kilómetros de Nápoles. Su padre era sastre. Su madre, después de la muerte de Gerardo, dio este testimonio: "Mi hijo sólo era feliz cuando se hallaba arrodillado en la iglesia, ante el Santísimo Sacramento. Con frecuencia entraba a orar y olvidaba hasta la hora de comer. En casa oraba todo el tiempo.
Verdaderamente, había nacido para el cielo." Cuando Gerardo tenía diez años, su confesor le dio permiso de comulgar cada tercer día; como era una época en la que la influencia del jansenismo todavía se dejaba sentir, ello demuestra que el confesor de Gerardo le consideraba como un niño excepcionalmente dotado para la piedad.
A la muerte de su padre, Gerardo debió abandonar la escuela y entró a trabajar como aprendiz de sastre en el taller de Martín Pannuto, hombre muy bueno, que le comprendía y le apreciaba. En cambio, uno de los empleados era un hombre muy brusco que solía maltratar a Gerardo. Una vez aprendido su oficio a la perfección, Gerardo pidió ser admitido en el convento de los capuchinos de Muro, donde su tío era fraile; pero fue rechazado a causa de su juventud y de su condición delicada.
Gerardo volvió a Muro y abrió una sastrería por su cuenta. Vivía con su madre y sus tres hermanas. Solía dar a su madre una tercera parte de lo que ganaba; el otro tercio lo repartía entre los pobres y el resto lo empleaba en pagar misas por las almas del purgatorio. Pasaba muchas horas de la noche orando en la catedral y se disciplinaba severamente.
Cuando tenía veintitrés años, los padres de la congregación del Santísimo Redentor recientemente fundada, predicaron una misión en Muro. El joven les rogó que le admitiesen como hermano lego, pero su aspecto enfermizo no le ayudaba, y su madre y sus hermanas no tenían ningún deseo de verle partir. Sin embargo, Gerardo insistió y, finalmente, el P. Cafaro le envió a la casa de Deliceto, donde él era superior, con un mensaje que decía: "Os envío a este hermanito inútil." Pero, cuando el P. Cafaro volvió a su casa, cayó inmediatamente en la cuenta de su error y le concedió el hábito.
Los hermanos de Gerardo, al verle trabajar con gran ardor, puntualidad y humildad en la sacristía y en el huerto, solían decir: "O es un loco o es un santo." El fundador de la congregación, San Alfonso de Ligorio, comprendió que era un santo y le acortó el período de noviciado. El hermano Gerardo hizo la profesión en 1752. A los votos acostumbrados añadió el de hacer siempre lo que fuese, a su juicio, más agradable a Dios. El P. Tannoia, autor de las biografías de San Alfonso y de San Gerardo, que había sido curado por la intercesión de este último cuenta que un día, cuando el santo era novicio, le vio orando ante el tabernáculo; súbitamente Gerardo gritó: "Señor, déjame que me vaya, te ruego, pues tengo mucho que hacer." Sin duda es ésta una de las anécdotas más conmovedoras de toda la hagiología.
Durante los tres años que vivió después de hacer la profesión, el santo trabajó como sastre y enfermero de la comunidad; solía también pedir limosna de puerta en puerta, y los padres gustaban de llevarle consigo a sus misiones y retiros, porque poseía el don de leer en las almas.
Los fenómenos sobrenaturales abundaban en la vida del hermanito. Se cuenta que en una ocasión fue arrebatado en el aire y recorrió así más de medio kilómetro; se menciona también el fenómeno de "bilocación" y se dice que poseía los dones de profecía, de ciencia infusa y de dominio sobre los animales. La única voz que conseguía arrancarle de sus éxtasis era la de la obediencia.
Sin embargo, San Gerardo no fue canonizado por sus milagros, ya que éstos eran simplemente un efecto de su santidad, y Dios podía haber dispuesto que el santo no hiciese milagro alguno sin que ello modificase en un ápice la bondad, caridad y devoción que alabaron en el joven Pío IX y León XIII.
Unas de las pruebas más terribles que sufrió san Gerardo fue cuando una joven de vida licenciosa, llamada Neria Caggiano, a quien el santo había ayudado, le acusó de haberla solicitado. San Alfonso mandó llamar inmediatamente al hermano a Nocera. Pensando que su voto de perfección le obligaba a no defenderse, Gerardo guardó silencio. San Alfonso le prohibió durante algunas semanas recibir la comunión y hablar con los extraños. San Gerardo respondió tranquilamente: "Dios, que está en el cielo, no dejará de defenderme." Al cabo de unas cuantas semanas, Neria y su cómplice confesaron que habían calumniado al hermanito.
San Alfonso preguntó a su súbdito por qué no se había defendido y éste replicó: "Padre, ¿acaso no tenemos una regla que nos prohíbe disculparnos?"
Poco después, el santo acompañó al P. Margotta a Nápoles, donde el pueblo asedió, día y noche, la casa de los redentoristas para ver al famoso taumaturgo. Finalmente, al cabo de cuatro meses, los superiores se vieron obligados a enviar al hermano Gerardo a la casa de Caposele, donde fue nombrado portero.
Durante el crudo invierno de aquel año, doscientas personas, entre hombres, mujeres y niños, acudieron diariamente a la casa de los redentoristas, y el santo portero les proveyó de comida, ropa y combustible, sin que nadie supiese de dónde los sacaba.
Cuando volvió a Caposele, los superiores le encargaron de la supervisión de los edificios que se estaban construyendo. San Gerardo pasó el verano pidiendo limosna para la construcción. Pero el calor del sur de Italia acabó con su salud y, en los meses de julio y agosto, el santo se debilitó rápidamente.
Llegó a Caposele casi a rastras. En septiembre, pudo abandonar el lecho unos cuantos días, pero volvió a caer. Sus últimas semanas fueron una mezcla de sufrimientos físicos y éxtasis, cuando sus dones de profecía y ciencia infusa alcanzaron un grado extraordinario.
Murió en la fecha y hora que había predicho, poco antes de la media noche del 15 de octubre de 1755. Fue canonizado en 1904.
Nació en Muro, a setenta kilómetros de Nápoles. Su padre era sastre. Su madre, después de la muerte de Gerardo, dio este testimonio: "Mi hijo sólo era feliz cuando se hallaba arrodillado en la iglesia, ante el Santísimo Sacramento. Con frecuencia entraba a orar y olvidaba hasta la hora de comer. En casa oraba todo el tiempo.
Verdaderamente, había nacido para el cielo." Cuando Gerardo tenía diez años, su confesor le dio permiso de comulgar cada tercer día; como era una época en la que la influencia del jansenismo todavía se dejaba sentir, ello demuestra que el confesor de Gerardo le consideraba como un niño excepcionalmente dotado para la piedad.
A la muerte de su padre, Gerardo debió abandonar la escuela y entró a trabajar como aprendiz de sastre en el taller de Martín Pannuto, hombre muy bueno, que le comprendía y le apreciaba. En cambio, uno de los empleados era un hombre muy brusco que solía maltratar a Gerardo. Una vez aprendido su oficio a la perfección, Gerardo pidió ser admitido en el convento de los capuchinos de Muro, donde su tío era fraile; pero fue rechazado a causa de su juventud y de su condición delicada.
Gerardo volvió a Muro y abrió una sastrería por su cuenta. Vivía con su madre y sus tres hermanas. Solía dar a su madre una tercera parte de lo que ganaba; el otro tercio lo repartía entre los pobres y el resto lo empleaba en pagar misas por las almas del purgatorio. Pasaba muchas horas de la noche orando en la catedral y se disciplinaba severamente.
Cuando tenía veintitrés años, los padres de la congregación del Santísimo Redentor recientemente fundada, predicaron una misión en Muro. El joven les rogó que le admitiesen como hermano lego, pero su aspecto enfermizo no le ayudaba, y su madre y sus hermanas no tenían ningún deseo de verle partir. Sin embargo, Gerardo insistió y, finalmente, el P. Cafaro le envió a la casa de Deliceto, donde él era superior, con un mensaje que decía: "Os envío a este hermanito inútil." Pero, cuando el P. Cafaro volvió a su casa, cayó inmediatamente en la cuenta de su error y le concedió el hábito.
Los hermanos de Gerardo, al verle trabajar con gran ardor, puntualidad y humildad en la sacristía y en el huerto, solían decir: "O es un loco o es un santo." El fundador de la congregación, San Alfonso de Ligorio, comprendió que era un santo y le acortó el período de noviciado. El hermano Gerardo hizo la profesión en 1752. A los votos acostumbrados añadió el de hacer siempre lo que fuese, a su juicio, más agradable a Dios. El P. Tannoia, autor de las biografías de San Alfonso y de San Gerardo, que había sido curado por la intercesión de este último cuenta que un día, cuando el santo era novicio, le vio orando ante el tabernáculo; súbitamente Gerardo gritó: "Señor, déjame que me vaya, te ruego, pues tengo mucho que hacer." Sin duda es ésta una de las anécdotas más conmovedoras de toda la hagiología.
Durante los tres años que vivió después de hacer la profesión, el santo trabajó como sastre y enfermero de la comunidad; solía también pedir limosna de puerta en puerta, y los padres gustaban de llevarle consigo a sus misiones y retiros, porque poseía el don de leer en las almas.
Los fenómenos sobrenaturales abundaban en la vida del hermanito. Se cuenta que en una ocasión fue arrebatado en el aire y recorrió así más de medio kilómetro; se menciona también el fenómeno de "bilocación" y se dice que poseía los dones de profecía, de ciencia infusa y de dominio sobre los animales. La única voz que conseguía arrancarle de sus éxtasis era la de la obediencia.
Sin embargo, San Gerardo no fue canonizado por sus milagros, ya que éstos eran simplemente un efecto de su santidad, y Dios podía haber dispuesto que el santo no hiciese milagro alguno sin que ello modificase en un ápice la bondad, caridad y devoción que alabaron en el joven Pío IX y León XIII.
Unas de las pruebas más terribles que sufrió san Gerardo fue cuando una joven de vida licenciosa, llamada Neria Caggiano, a quien el santo había ayudado, le acusó de haberla solicitado. San Alfonso mandó llamar inmediatamente al hermano a Nocera. Pensando que su voto de perfección le obligaba a no defenderse, Gerardo guardó silencio. San Alfonso le prohibió durante algunas semanas recibir la comunión y hablar con los extraños. San Gerardo respondió tranquilamente: "Dios, que está en el cielo, no dejará de defenderme." Al cabo de unas cuantas semanas, Neria y su cómplice confesaron que habían calumniado al hermanito.
San Alfonso preguntó a su súbdito por qué no se había defendido y éste replicó: "Padre, ¿acaso no tenemos una regla que nos prohíbe disculparnos?"
Poco después, el santo acompañó al P. Margotta a Nápoles, donde el pueblo asedió, día y noche, la casa de los redentoristas para ver al famoso taumaturgo. Finalmente, al cabo de cuatro meses, los superiores se vieron obligados a enviar al hermano Gerardo a la casa de Caposele, donde fue nombrado portero.
Durante el crudo invierno de aquel año, doscientas personas, entre hombres, mujeres y niños, acudieron diariamente a la casa de los redentoristas, y el santo portero les proveyó de comida, ropa y combustible, sin que nadie supiese de dónde los sacaba.
Cuando volvió a Caposele, los superiores le encargaron de la supervisión de los edificios que se estaban construyendo. San Gerardo pasó el verano pidiendo limosna para la construcción. Pero el calor del sur de Italia acabó con su salud y, en los meses de julio y agosto, el santo se debilitó rápidamente.
Llegó a Caposele casi a rastras. En septiembre, pudo abandonar el lecho unos cuantos días, pero volvió a caer. Sus últimas semanas fueron una mezcla de sufrimientos físicos y éxtasis, cuando sus dones de profecía y ciencia infusa alcanzaron un grado extraordinario.
Murió en la fecha y hora que había predicho, poco antes de la media noche del 15 de octubre de 1755. Fue canonizado en 1904.
jueves, 15 de octubre de 2026
Lecturas del 15/10/2026
Así obra el que teme al Señor, el que observa la ley alcanza la sabiduría.
Ella le sale al encuentro como una madre y lo acoge como una joven esposa. Lo alimenta con pan de inteligencia y le da a beber agua de sabiduría.
Si se apoya en ella, no vacilará, si se aferra a ella, no quedará defraudado.
Ella lo ensalzará sobre sus compañeros y en medio de la asamblea le abrirá la boca.
Lo llenará del espíritu de sabiduría y de inteligencia y lo revestirá con un vestido de gloria. Encontrará gozo y corona de júbilo, y un hombre eterno recibirá en herencia.
En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Palabra del Señor.
15 de Octubre 2026 - Santa Magdalena de Nagasaki
Era natural de Nagasaki, hija de padres martirizados por la fe. Narran los manuscritos antiguos que era una joven grácil, delicada y hermosa. En su orfandad y siendo muy joven, hizo voto de celibato y prometió a María "que no tendría otra madre más que a ella". En 1624 se encontró con dos agustinos recoletos, Francisco de Jesús y Vicente de San Antonio, que luego fueron también mártires y beatos. Atraída por la profunda espiritualidad de los dos misioneros, Magdalena se consagró a Dios como terciaria agustina recoleta. Desde entonces, su hábito era el religioso, su única preocupación la oración, la lectura de libros santos y el apostolado. Más tarde se cambia en terciaria dominicana. Colaboró con el misioneros san Jordán Ansalone de San Esteban.
Los tiempos eran muy difíciles y la persecución que se desencadenó contra los cristianos se había convertido en cada vez más sistemática y cruel. Magdalena infundía valor a los cristianos, enseñaba el catecismo a los niños, y pedía limosna para los pobres a los comerciantes portugueses.
En 1629 se refugió en las montañas de Nagasaki, compartiendo los sufrimientos y las angustias de sus compatriotas perseguidos, animándoles a mantenerse fuertes en la fe, exhortándolos a volver al camino correcto cuando, vencidos por la tortura, habían negado a Cristo, visitando a los enfermos, bautizando a las los niños, llevando a todas palabras y gestos de consuelo, pero, llevada por su celo apostólico, se entregó voluntariamente, pero los guardias la mandaron marchar, y ella volvió otra vez, pero esta vez ante los jueces y estos le concedieron lo que pedía y la encerraron en la cárcel de Nagasaki, donde la sometieron a las torturas del agua ingurgitada, cañas afiladas entre las uñas, paseo a caballo por la ciudad, promesas de riquezas y de todas ellas salió victoriosa, hasta que murió después del tormento de la horca y la hoya. En el tormento estuvo 13 días hasta su muerte. Había ido al suplicio con el hábito blanco de terciaria dominica. Los tiranos quemaron su cuerpo y esparcieron sus cenizas en el mar para evitar la veneración de sus reliquias por los cristianos. Fue canonizada con el grupo de San Lorenzo Ruiz, el 18 de octubre de 1987 por el Papa San Juan Pablo II.
Los tiempos eran muy difíciles y la persecución que se desencadenó contra los cristianos se había convertido en cada vez más sistemática y cruel. Magdalena infundía valor a los cristianos, enseñaba el catecismo a los niños, y pedía limosna para los pobres a los comerciantes portugueses.
En 1629 se refugió en las montañas de Nagasaki, compartiendo los sufrimientos y las angustias de sus compatriotas perseguidos, animándoles a mantenerse fuertes en la fe, exhortándolos a volver al camino correcto cuando, vencidos por la tortura, habían negado a Cristo, visitando a los enfermos, bautizando a las los niños, llevando a todas palabras y gestos de consuelo, pero, llevada por su celo apostólico, se entregó voluntariamente, pero los guardias la mandaron marchar, y ella volvió otra vez, pero esta vez ante los jueces y estos le concedieron lo que pedía y la encerraron en la cárcel de Nagasaki, donde la sometieron a las torturas del agua ingurgitada, cañas afiladas entre las uñas, paseo a caballo por la ciudad, promesas de riquezas y de todas ellas salió victoriosa, hasta que murió después del tormento de la horca y la hoya. En el tormento estuvo 13 días hasta su muerte. Había ido al suplicio con el hábito blanco de terciaria dominica. Los tiranos quemaron su cuerpo y esparcieron sus cenizas en el mar para evitar la veneración de sus reliquias por los cristianos. Fue canonizada con el grupo de San Lorenzo Ruiz, el 18 de octubre de 1987 por el Papa San Juan Pablo II.
miércoles, 14 de octubre de 2026
Lecturas del 14/10/2026
Hermanos: Si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley.
Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu.
En aquel tiempo, dijo el Señor: «¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de hortalizas, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios!
Esto es lo que había que practicar, sin descuidar aquello.
¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y los saludos en las plazas!
¡Ay de vosotros, que sois como tumbas no señaladas, que la gente pisa sin saberlo!». Le replicó un maestro de la Ley: «Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros».
Jesús replicó: «¡Ay de vosotros también, maestros de la ley, que cargáis a los hombres cargas insoportables, mientras vosotros no tocáis las cargas ni con uno de vuestros dedos!»
Palabra del Señor.
14 de Octubre 2026 - San Calixto I - Papa y mártir
No están de acuerdo los historiadores sobre algunos detalles de la biografía de nuestro santo de hoy. Parece que nació en Roma en uno de los barrios pobres y que su padre se llamó Domicio. Que era esclavo y como tal pasó una dura juventud y mocedad. Recorrió varios lugares donde llevó una vida muy dura.
Como gozaba de muchas cualidades humanas y poseía bastante cultura parece que estuvo al cargo de un tal Carpóforo, que era cristiano y le encomendó misiones delicadas, entre otras la dirección de una especie de banca en la que a pesar de su gran pericia en estas lides parece que le fue mal o que unos judíos le engañaron. Acusado por su señor fue enviado a la cárcel, primero de Roma y después de Cerdeña donde pasó varios años en trabajos de esclavos.
La favorita del Emperador, una tal Marcia, consiguió poner en libertad a varios cristianos de este destierro de Cerdeña y entre ellos le tocó a Calixto ¿Cuándo se hizo cristiano Calixto? ¿Lo era ya su padre o se hizo él cuando trabajaba a las órdenes de Carpóforo que era cristiano? No lo sabemos, lo cierto es que una vez puesto en libertad se retiró cerca de Roma a una especie de desierto y allí pasó unos diez años entregado al estudio y a la meditación. Maduró Calixto durante aquellos años y su nombre empezó a sonar entre los ambientes cristianos. Llegó hasta los oídos del Papa San Ceferino y le llamó. Quedó prendado de aquellas cualidades que aparecían visiblemente en aquel hombre maduro y conocedor profundo de la fe cristiana. Y lo que más valía, su disposición para arrostrar cuantas calamidades fueran necesarias para dar a conocer a Jesucristo y defender su Iglesia.
El Papa Ceferino reconociendo estas cualidades y su gran ingenio le encomendó la ampliación y construcción en la Vía Appia del Cementerio o Catacumbas que después y para siempre llevarían su nombre. Hoy son las más extensas y visitadas de Roma. Muchos santos han visitado aquellos sagrados lugares donde se encuentran entre otras preciadas reliquias el Altar de los Papas donde varios murieron mártires mientras celebraban los Misterios y el altar de Santa Cecilia, el cuerpo de San Tarsicio, etc... Allí muchos noveles sacerdotes -como por ejemplo los dos hermanos redactores de este Santoral celebraron su Primera Misa.
Los cristianos de su tiempo reconocieron las egregias cualidades que adornaban al diácono Calixto y no sólo en cuestiones financieras o de construcción de catacumbas sino en el terreno de ciencia, de prudencia, de piedad y de dotes de gobierno. Por ello al morir el Papa Ceferino pusieron los ojos en Calixto y lo eligieron para sucederle como Obispo de Roma y Sumo Pontífice.
Algunas herejías empezaban a pulular por aquel entonces y contra ellas luchó con valentía el nuevo Papa. Las dos principales eran estas: El Sabelianismo que casi no ponía distinción entre las Personas de la Santísima Trinidad con confusiones que rayaban en la herejía y los Montanistas que eran los que defendían un rigorismo exagerado de costumbres y, sobre todo, con los que habían sido algo débiles durante las persecuciones y ahora querían volver, arrepentidos, a la Iglesia católica. San Calixto siempre quiso ser más padre que juez. Más defensor que condenador. Esto le atrajo muchos insultos y contradicciones pero siempre los soportó con gran entereza y mayor caridad.
San Calixto estaba convencido de una verdad sobre todo: La bondad de Dios y su gran misericordia para con los pecadores arrepentidos. Tertuliano y sus secuaces se levantaron contra el Papa y le hicieron sufrir muchísimo hasta que fue coronada su preciosa vida con la palma del martirio que recibió probablemente el año 222 bajo el emperador Alejandro Severo.
Como gozaba de muchas cualidades humanas y poseía bastante cultura parece que estuvo al cargo de un tal Carpóforo, que era cristiano y le encomendó misiones delicadas, entre otras la dirección de una especie de banca en la que a pesar de su gran pericia en estas lides parece que le fue mal o que unos judíos le engañaron. Acusado por su señor fue enviado a la cárcel, primero de Roma y después de Cerdeña donde pasó varios años en trabajos de esclavos.
La favorita del Emperador, una tal Marcia, consiguió poner en libertad a varios cristianos de este destierro de Cerdeña y entre ellos le tocó a Calixto ¿Cuándo se hizo cristiano Calixto? ¿Lo era ya su padre o se hizo él cuando trabajaba a las órdenes de Carpóforo que era cristiano? No lo sabemos, lo cierto es que una vez puesto en libertad se retiró cerca de Roma a una especie de desierto y allí pasó unos diez años entregado al estudio y a la meditación. Maduró Calixto durante aquellos años y su nombre empezó a sonar entre los ambientes cristianos. Llegó hasta los oídos del Papa San Ceferino y le llamó. Quedó prendado de aquellas cualidades que aparecían visiblemente en aquel hombre maduro y conocedor profundo de la fe cristiana. Y lo que más valía, su disposición para arrostrar cuantas calamidades fueran necesarias para dar a conocer a Jesucristo y defender su Iglesia.
El Papa Ceferino reconociendo estas cualidades y su gran ingenio le encomendó la ampliación y construcción en la Vía Appia del Cementerio o Catacumbas que después y para siempre llevarían su nombre. Hoy son las más extensas y visitadas de Roma. Muchos santos han visitado aquellos sagrados lugares donde se encuentran entre otras preciadas reliquias el Altar de los Papas donde varios murieron mártires mientras celebraban los Misterios y el altar de Santa Cecilia, el cuerpo de San Tarsicio, etc... Allí muchos noveles sacerdotes -como por ejemplo los dos hermanos redactores de este Santoral celebraron su Primera Misa.
Los cristianos de su tiempo reconocieron las egregias cualidades que adornaban al diácono Calixto y no sólo en cuestiones financieras o de construcción de catacumbas sino en el terreno de ciencia, de prudencia, de piedad y de dotes de gobierno. Por ello al morir el Papa Ceferino pusieron los ojos en Calixto y lo eligieron para sucederle como Obispo de Roma y Sumo Pontífice.
Algunas herejías empezaban a pulular por aquel entonces y contra ellas luchó con valentía el nuevo Papa. Las dos principales eran estas: El Sabelianismo que casi no ponía distinción entre las Personas de la Santísima Trinidad con confusiones que rayaban en la herejía y los Montanistas que eran los que defendían un rigorismo exagerado de costumbres y, sobre todo, con los que habían sido algo débiles durante las persecuciones y ahora querían volver, arrepentidos, a la Iglesia católica. San Calixto siempre quiso ser más padre que juez. Más defensor que condenador. Esto le atrajo muchos insultos y contradicciones pero siempre los soportó con gran entereza y mayor caridad.
San Calixto estaba convencido de una verdad sobre todo: La bondad de Dios y su gran misericordia para con los pecadores arrepentidos. Tertuliano y sus secuaces se levantaron contra el Papa y le hicieron sufrir muchísimo hasta que fue coronada su preciosa vida con la palma del martirio que recibió probablemente el año 222 bajo el emperador Alejandro Severo.
martes, 13 de octubre de 2026
Lecturas del 13/10/2026
Hermanos:
Para la libertad nos ha liberado Cristo.
Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud.
Mirad: yo, Pablo, os digo que, si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada.
Y vuelvo a declarar que todo aquel que se circuncida está obligado a observar toda la ley.
Los que pretendéis ser justificados en el ámbito de la ley, habéis roto con Cristo, habéis salido del ámbito de la gracia.
Pues nosotros mantenemos la esperanza de la justicia por el Espíritu y desde la fe; porque en Cristo nada valen la circuncisión o la incircuncisión, sino la fe que actúa por el amor.
En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo le rogó que fuese a comer con él.
Él entró y se puso a la mesa.
Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: «Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad.
¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo».
Palabra del Señor.
13 de Octubre 2026 - San Eduardo III - Rey de Inglaterra
No fueron fáciles aquellos años de la Edad Media en los que abundaban las intrigas, las muertes violentas y los saqueos de toda clase... Al rey Eduardo le tocó de cerca tanta desgracia. Nació cerca de Oxford, en Inglaterra, por el año 1004. Cuando apenas sabrá distinguir el mal y el bien de las cosas, ya se verá obligado a cargar con los sinsabores de su pertenencia a la alta alcurnia de su patria. Son años difíciles para Inglaterra. Quizá los más trágicos de su historia.
No tenía más de diez años cuando su padre un día le manda que vista el traje más bonito y que se disponga para partir a lejanas tierras. ¿Motivo? Su padre Etelberto teme que el usurpador de su patria dé muerte a él y a toda su familia. Por lo menos, piensa, vamos a salvar a ésta, y manda a su esposa Emma que con los dos hijos menores, Eduardo y Alfredo, parta para Normandía donde tiene buenos amigos, hablan su idioma y se sentirán como en casa.
He aquí a Eduardo en tierra extranjera y solitaria. Pronto llegan malas noticias: Su padre ha muerto y su hermano mayor, Edmundo, que era el príncipe heredero, también. Los campos son arrasados, los labriegos y nobles muertos a espada. Toda Inglaterra está sumida en el caos más espantoso. Por si fuera poco para el joven Eduardo, un día llegan unos emisarios que dicen venir con muy buenas intenciones para llevarse a Inglaterra a los dos hermanos. Alfredo se lo cree y cae en sus patrañas recibiendo la muerte. Para colmo de males aquella mujer, su madre Emma, que parecía amar a sus hijos y a su patria, un día desaparece y es que ha ido a contraer matrimonio con el mismo usurpador. Eduardo queda solo y huérfano. Pero no se desalienta. Se refugia en la oración que es donde espera la luz y la fuerza para resistir y vencer. Acudió a Dios con toda confianza de hijo y le habló así: - «Señor, Padre mío, no tengo a quien volver los ojos en la tierra. Por ello acudo a Ti, seguro de que vas a venir en mi ayuda. Mi padre murió después de una vida de desgracias. La crueldad ha destruido a mis hermanos. Mi madre me ha dado un padrastro en mi mayor enemigo. Mis amigos me han vuelto la espalda. Estoy solo, Señor, y mientras tanto buscan mi vida. Pero tú eres el protector del huérfano y en Ti está la defensa del pobre. Ayúdame, Señor».
Eduardo era de temperamento recogido, taciturno, amante de la justicia, aunque no quería derramamiento de sangre. No hay mal que dure cien años. Los ingleses una vez muerto el usurpador fueron a buscar a Eduardo y volvió en olor de multitudes a su patria donde fue coronado rey, el día de Pascua, 3 de abril de 1043. Eduardo nada supo de venganzas contra los que habían hecho tanto mal a él y a su patria. Perdonó. Enderezó todos los entuertos que había cometido el usurpador. Quitó los impuestos, protegió a los pobres y trabajó con todas sus fuerzas por la prosperidad material y espiritual de su patria. Tomó como lema: «Ser más padre que rey; Servir más que mandar». Y este otro: «Ser rey de sí mismo y súbdito de Dios».
Recomendó a su madre que ingresara en un Monasterio como así lo hizo. El casó con la virtuosa Edit que era «rosa que floreció entre espinas»: piadosa, culta, hermosa, prudente. Hicieron voto de virginidad de vivir como hermanos y se amaron con toda el alma. Ella fue un buen puntal para el gobierno de Eduardo. A tantos males siguieron más bienes. En dos palabras podíamos resumir su largo reinado: Paz y justicia. Y al haber esto, siguió la tercera: prosperidad y bien espiritual. Era muy piadoso y gran devoto de la Eucaristía y de la Virgen María. Era el 5 de enero de 1066 cuando expiró. Le lloró toda Inglaterra. Habían perdido a un padre y al mejor de todos los reyes de su milenaria historia.
No tenía más de diez años cuando su padre un día le manda que vista el traje más bonito y que se disponga para partir a lejanas tierras. ¿Motivo? Su padre Etelberto teme que el usurpador de su patria dé muerte a él y a toda su familia. Por lo menos, piensa, vamos a salvar a ésta, y manda a su esposa Emma que con los dos hijos menores, Eduardo y Alfredo, parta para Normandía donde tiene buenos amigos, hablan su idioma y se sentirán como en casa.
He aquí a Eduardo en tierra extranjera y solitaria. Pronto llegan malas noticias: Su padre ha muerto y su hermano mayor, Edmundo, que era el príncipe heredero, también. Los campos son arrasados, los labriegos y nobles muertos a espada. Toda Inglaterra está sumida en el caos más espantoso. Por si fuera poco para el joven Eduardo, un día llegan unos emisarios que dicen venir con muy buenas intenciones para llevarse a Inglaterra a los dos hermanos. Alfredo se lo cree y cae en sus patrañas recibiendo la muerte. Para colmo de males aquella mujer, su madre Emma, que parecía amar a sus hijos y a su patria, un día desaparece y es que ha ido a contraer matrimonio con el mismo usurpador. Eduardo queda solo y huérfano. Pero no se desalienta. Se refugia en la oración que es donde espera la luz y la fuerza para resistir y vencer. Acudió a Dios con toda confianza de hijo y le habló así: - «Señor, Padre mío, no tengo a quien volver los ojos en la tierra. Por ello acudo a Ti, seguro de que vas a venir en mi ayuda. Mi padre murió después de una vida de desgracias. La crueldad ha destruido a mis hermanos. Mi madre me ha dado un padrastro en mi mayor enemigo. Mis amigos me han vuelto la espalda. Estoy solo, Señor, y mientras tanto buscan mi vida. Pero tú eres el protector del huérfano y en Ti está la defensa del pobre. Ayúdame, Señor».
Eduardo era de temperamento recogido, taciturno, amante de la justicia, aunque no quería derramamiento de sangre. No hay mal que dure cien años. Los ingleses una vez muerto el usurpador fueron a buscar a Eduardo y volvió en olor de multitudes a su patria donde fue coronado rey, el día de Pascua, 3 de abril de 1043. Eduardo nada supo de venganzas contra los que habían hecho tanto mal a él y a su patria. Perdonó. Enderezó todos los entuertos que había cometido el usurpador. Quitó los impuestos, protegió a los pobres y trabajó con todas sus fuerzas por la prosperidad material y espiritual de su patria. Tomó como lema: «Ser más padre que rey; Servir más que mandar». Y este otro: «Ser rey de sí mismo y súbdito de Dios».
Recomendó a su madre que ingresara en un Monasterio como así lo hizo. El casó con la virtuosa Edit que era «rosa que floreció entre espinas»: piadosa, culta, hermosa, prudente. Hicieron voto de virginidad de vivir como hermanos y se amaron con toda el alma. Ella fue un buen puntal para el gobierno de Eduardo. A tantos males siguieron más bienes. En dos palabras podíamos resumir su largo reinado: Paz y justicia. Y al haber esto, siguió la tercera: prosperidad y bien espiritual. Era muy piadoso y gran devoto de la Eucaristía y de la Virgen María. Era el 5 de enero de 1066 cuando expiró. Le lloró toda Inglaterra. Habían perdido a un padre y al mejor de todos los reyes de su milenaria historia.
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