miércoles, 7 de enero de 2026

Reflexión del 07/01/2026

Lecturas del 07/01/2026

Queridos hermanos:
Cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.
Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.
Queridos míos: no os fieis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo.
En esto podréis conocer el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo.
Vosotros, hijos míos, sois de Dios y lo habéis vencido. Pues el que está en vosotros es más que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo los escucha.
Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha.
En esto conocemos el Espíritu de la verdad y el espíritu del error.
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea.
Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curó.
Y lo seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.

Palabra del Señor.

07 de Enero 2026 – San Raimundo de Peñafort

Nacido en Villafranca de Benadis, cerca de Barcelona, en 1175, murió en Barcelona el 6 de enero de 1275. Se convirtió en profesor de derecho canónico en 1195, y enseñó durante 15 años. Dejando España se marchó a Bolonia en 1210 para completar sus estudios de derecho canónico. Ocupó una cátedra en la universidad por tres años y publicó un tratado de legislación eclesiástica que aún existe en la Biblioteca Vaticana.

Raymundo fue atraído a la orden dominicana gracias a la predicación del Beato Reginaldo, prior de los dominicos en Bolonia, y recibió el hábito en el convento dominico de Barcelona, a donde había vuelto de Italia en 1222. Junto con San Pedro Nolasco, fue cofundador en Barcelona de la orden de los Mercedarios. También fundó, en Barcelona y Túnez, institutos para el estudio de lenguajes orientales, con el propósito de convertir a los moros y judíos.

Por petición de sus superiores, Raymundo publicó la Summa Casuum, de la que aparecieron varias ediciones en los siglos XVI y XVII. En 1229 Raymundo fue nombrado teólogo y penitenciario por el Cardenal Arzobispo de Sabina, Juan de Abbeville, y convocado a Roma en 1230 por Gregorio IX, quien lo nombró capellán y gran penitenciario. La fama del santo por su dominio de las ciencias jurídicas decidió al Papa a emplear los talentos de Raymundo de Peñafort para reordenar y codificar los cánones de la Iglesia. Hubo necesidad de rescribir y condensar decretos que se habían venido multiplicando durante siglos y que se encontraban contenidos en cerca de doce o catorce colecciones. Sabemos por una bula de Gregorio IX a las universidades de Paris y Bolonia que muchos de los decretos incluidos en esas colecciones eran simples repeticiones de otros anteriores, que muchos contradecían lo que se había determinado en decretos previos y que muchos, por su extensión, eran muy confusos y, finalmente, que había otros que nunca habían sido incluidos en ninguna colección y se dudaba de su autoridad.

El Papa anunció la publicación de una nueva bula dirigida a todos los doctores y estudiantes de Paris y Bolonia en 1231, y ordenó que sólo se reconociera como autoridad el trabajo de San Raymundo y que solamente él se utilizara en las escuelas. Cuando Raymundo completó su obra el Papa lo nombró Arzobispo de Tarragona, pero el santo declinó ese honor. Volvió a España una vez que terminó de editar las Decretales. Pero no se le permitió permanecer largo tiempo en reclusión, pues fue elegido superior general de la orden en 1238, aunque renunció dos años después. Durante su permanencia en el puesto publicó una edición revisada de las constituciones de la orden dominicana. Y fue por expresa orden suya que Santo Tomás escribió la Summa Contra Gentes. San Raymundo fue canonizado por Clemente VIII en 1601. Su Summa de Poenitentia et Matrimonio es famosa por ser la primera obra de ese tipo. Su fiesta se celebra el 23 de enero.

martes, 6 de enero de 2026

¿Sabías qué…?

06 de Enero 2026 – Epifanía del Señor

La Iglesia en su liturgia considera la obra de la Redención más en su sentido místico que en su sentido demasiado realístico. Más que el simple hecho histórico, le interesa el sacramento, el misterio. En cierto modo, la Iglesia podría decir con San Pablo: "Si conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no le conocemos". En el sentido: que ahora vemos la razón y el fin de todas sus obras. ¡Cuántas veces confiesan los mismos evangelistas que mientras vivió Jesús no comprendieron el alcance y significación de sus actos! Y el mismo Cristo dice: "Lo que yo hago no lo comprendes ahora, lo verás después".

En esta concepción de la obra de Cristo es donde encuentran muchos fieles la mayor dificultad para vivir liturgia. Atados a la letra, a la historia, al hecho concreto, quedan desorientados ante las visiones panorámicas, totales, completas de la liturgia. Si la fiesta de Navidad está ya llena de contrastes de la visión total del misterio, pues Aquel mismo que considera en el pesebre, se le aparece llevando sobre sus hombros las insignias del poder; esto se acentúa más en la fiesta de la Epifanía.

Al fin y al cabo el objeto de la fiesta de Navidad, de origen occidental, romano concretamente, es único y claro como su mismo nombre latino: "Nativitas". En cambio, en la Epifanía no sólo el nombre griego de esta fiesta - aparecida en Oriente - es misterioso, sino que su mismo objeto es complejo. No es extraño que si Navidad para muchos no pasa de ser una feliz nochebuena con cánticos al Niño Jesús, Epifanía quede reducida a "la fiesta de los Reyes".

Es una tendencia espontánea de los pueblos activos de Occidente el convertir los misterios en devociones que a veces no expresan más que aspectos muy secundarios de los mismos, pero que hablan más al sentimiento que a la razón.

Con todo, fundamentalmente, Navidad y Epifanía celebran un mismo hecho: el advenimiento de Dios en este mundo; solo que la primera de estas festividades lo celebra sobre todo bajo el punto de vista histórico, y la segunda bajo el punto de vista teológico e ideológico. Cuando, a fines del siglo IV, Roma aceptó la fiesta oriental del 6 de enero y el Oriente la romana del 25 de diciembre, ambas pudieron conservar su propio carácter y se completaron mutuamente.

Epifanía representa el desarrollo completo del misterio de Navidad. "El que aquel día nació de la Virgen - dice San León -, hoy ha sido reconocido por el mundo entero". Dios ha aparecido en el mundo no solamente tomando carne mortal, sino manifestándose a los hombres, mostrando sus obras y su poder, y tomando posesión de su: Pueblo al modo que los antiguos reyes la tomaban solemnemente de sus ciudades. Todo esto ha significado en el decurso del tiempo la palabra epifanía – o más tarde teofanía – y algo de esto se encuentra en la rica liturgia de esta festividad. En la adoración de los Magos han visto todos los Santos Padres la manifestación de Cristo a los paganos y al mundo en general, en el milagro de las Bodas de Caná la manifestación de su poder y en el Bautismo del Jordán, la purificación y toma de posesión de su Iglesia y de cada una de las almas.

Este es el triple misterio de la Epifanía, que resume admirablemente la antífona del Benedictus de la fiesta que, al mismo tiempo, nos hace ver la vida sacramental de la Iglesia: "Hoy la Iglesia se ha unido al Esposo celestial, pues en el Jordán Él la lavó de sus crímenes. Los Magos corren con sus presentes a las nupcias reales y los invitados se regocijan del agua convertida en vino".

En esta antífona se nos presenta la aparición de Dios en el mundo bajo el símbolo nupcial, tan usado en el Antiguo y Nuevo Testamento para expresar la unión de Dios con su pueblo. Yavé es el esposo; el pueblo de Israel, la esposa. Cristo el esposo, y la Iglesia la esposa. La esposa de Yavé fue infiel y, por lo tanto, repudiada por Dios. La esposa de Cristo, lavada de sus iniquidades en el Jordán - bautismo - como reina, sin arruga ni mancilla, avanza con los Magos, que son sus primicias, hacia el convite real que le prepara su esposo, y se sienta a su lado en la mesa, donde se alimenta de su cuerpo y se llena de gozo con el vino de su sangre. Todavía quedaba subrayada esta idea de las nupcias reales en la Eucaristía con el milagro de la multiplicación del pan y de los peces, que durante muchos siglos se conmemoraba asimismo el día de la Epifanía.

¡He aquí la idea de la manifestación de Dios en el mundo en toda su extensión y profundidad! Dios, que como esposo divino sale de los tálamos eternos para darse a conocer a la humanidad con su presencia, con su poder y con su gracia sacramental, con la cual penetra en lo más profundo del alma, a la que se une más íntimamente que el esposo a la esposa, encarnándose en cierto modo en ella. Esta unión y transformación son el último desplegamiento de la gracia de Navidad.

No basta celebrar Navidad con alegría, entusiasmo y fervor. Para sacar todas las consecuencias del misterio, hay que vivirlo en lo más íntimo del corazón, meditándolo, revolviéndolo, como lo hacía María en estos días: "María, nos dice San Lucas, conservaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón". Como lo hace la Iglesia, que a medida que va alejándose de la festividad parece descubrir más profundas y nuevas perspectivas de aquel "grande y admirable sacramento" de "aquel maravilloso comercio". Todo lo que va de Navidad a Epifanía no es en la liturgia otra cosa que un engolfarse en el misterio.

Imposible exponer aquí todo el riquísimo oficio de la Epifanía; pero sí que tenemos que comentar brevemente la solemne y grandiosa misa de la fiesta que litúrgicamente es de lo mejor que posee nuestro misal romano. En ella encontramos como estereotipada aquella grandeza, aquella sobriedad y aquel orden y lógica de la antigua Roma, pero envuelto todo ello con el carisma de la unción cristiana.

Reunidos espiritualmente en la Basílica de San Pedro - la basílica de la catolicidad - vemos entrar el Papa con toda la esplendidez de ministros, mientras el coro canta la antífona del Introito, canto hoy verdaderamente de entrada. "He aquí cómo viene el Señor dominador y en su mano están el reino, el poder y el imperio".

¿No hemos clamado durante todo el Adviento con aquel fervoroso e impetuoso "ven, Señor"? "He aquí que viene", se nos dice hoy. Y con la fe: en el Papa que entra en la iglesia de la cristiandad, en el obispo que hace su entrada en la catedral, en el párroco en su parroquia o cualquier sacerdote en su iglesia. Recibimos nosotros la visita, la concreta epifanía del Señor para cada uno de nosotros. El salmo entero del Introito, cuyos versículos se cantan al avanzar el sacerdote hacia el altar, nos descubre todo el valor profético de la entrada del Señor en este mundo y en su Iglesia.

Como los Magos por la estrella, así nosotros somos conducidos por la fe hacia Dios. Pero la fe debe terminar en la visión de la magnificencia de Dios en su gloria. Es lo que pide la Colecta. La fe fue la primera aparición de Dios en nuestra alma; la fe es la estrella que nos hace hallar a Cristo en nuestra vida - como se lo hizo hallar a los Magos en la suya - y la fe es la que nos conducirá a su plena posesión en la gloria. He aquí la aparición de Cristo en toda su dimensión que nos hace implorar la Colecta.

Esta magnífica aparición de Dios a la humanidad había sido preparada desde todos los siglos y frecuentemente anunciada por los profetas del Antiguo Testamento. La epístola de hoy es una de las más bellas de estas profecías. Con frases de una fuerza y colorido incomparable, nos describe aquí Isaías la gloria y grandeza de la Jerusalén ideal, que espiritualmente se realizan en la Iglesia. La Iglesia ha considerado esta profecía como un himno a su gracia, a su riqueza y a su gloria. Y por eso durante la Edad Media se cantaba esta epístola con una adornada melodía y su canto era envuelto de un rico ceremonial. Si la epístola nos presenta la profecía, el evangelio nos relata su histórica realización.

Como lazo de unión entre las dos lecturas está el canto del gradual y del aleluya. El gradual de hoy es un eco de la epístola, recoge unas frases características de la misma y las medita cantando. El aleluya, en cambio, anticipa, preparándolo, el evangelio, subrayando la idea principal de la fiesta: aparición y adoración, o luz y dones, que es también lo que expresa en otras palabras el gradual.

En el evangelio de hoy se ve claramente el sentido que la Iglesia da a la lectura de la palabra de Dios en la misa. No se trata solamente de escuchar una historia, una doctrina o una exhortación de labios del Señor. Es decir, el evangelio en la misa no es una lección de exégesis, de dogma o de moral, sino una presencia del Señor, el cual, por el sacramental de su palabra, nos prepara al Sacramento de su cuerpo, donde todo lo leído cobra eficacia y una realidad sobrenatural en nuestras almas. "'No digas - decía San Agustín - bienaventurados los que le vieron, oyeron, tocaron..., pues tú lo ves, lo oyes y tocas en su Evangelio". La lectura del evangelio en la misa es una verdadera epifanía del Señor. Por eso la liturgia envuelve esta lectura con un ceremonial tan Solemne como si acompañara al mismo Señor: ministros, incienso, velas, beso y canto solemne.

Hoy no sólo escucharnos la historia de los Magos como si fuera la de nuestra vocación, sino que con ellos y como ellos nos arrodillamos para adorar al Señor.

Ellos le adoraron en el pesebre, envuelto en pañales, y nosotros le adoramos en el cielo reinando y cubierto de gloria. Y así damos pleno sentido a su adoración y a la nuestra.

Con toda verdad podemos, por lo tanto, cantar en el Ofertorio que no sólo los reyes de Tarsis y de las islas, y los reyes de Arabia o de Saba presentan dones y ofrendas, sino que todos los reyes de la tierra le adoran y las gentes le sirven. Entre esta multitud cósmica, nuestra adoración cobra una proporción y un sentido insospechado. ¡Qué bello seria expresar esta adoración y consagración ofreciendo hoy los dones al altar! Dones - el pan y el vino del sacrificio que, como dice admirablemente la Secreta de hoy, no son ya oro, incienso o mirra, sino los dones de la Iglesia en los cuales Cristo, juntamente con ella, será ofrecido e inmolado para entregarse luego como alimento de su esposa. He aquí el don perfecto.

El Señor apareció en nuestra carne mortal para transe inmortalizarla. Siempre que recibimos la Eucaristía somos restaurados "con la nueva luz de su inmortalidad", como dice el Prefacio. Gracias a la misa, hoy tendrá una realidad sublime para cada uno de nosotros la Epifanía del Señor; aquí no sólo la celebramos y la meditamos. Sino que la vivimos. ¡Qué significación tiene así la antífona de la Comunión: "Hemos visto su estrella en Oriente y venimos con dones a adorar al Señor"!

Nuestro corazón - después de la Sagrada Comunión - es el pesebre y el trono del Señor a la vez, allí hemos de ofrecerle el oro de nuestro amor, el incienso de nuestra adoración y la mirra de nuestra mortificación.

"Viene", "aparece", "hemos visto", "venimos", son las palabras que se repiten en la misa de hoy y que suponen una sublime realidad.

Pero para poder ver esta luz, y darse cuenta de esta realidad, se necesita tener los ojos claros.

Moisés temblaba ante la presencia de Dios. Isaías exclamaba: "¡Ay de mí, Señor, que soy hombre de labios impuros!"

Los misterios del Señor exigen la pureza de nuestro corazón. Sólo así podemos comprenderlos y vivirlos en una perpetua epifanía allá en lo íntimo de nuestra alma purificada por la gracia de Dios.

Este es el fruto que nos hace pedir la Poscomunión de hoy "que purificado nuestro espíritu, tengamos la inteligencia del misterio que celebramos".

¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!

Martes, 06-01-2026 EPIFANÍA del SEÑOR Ciclo A

Reflexión del 06/01/2026

Lecturas del 06/01/2026

¡Levántate y resplandece, Jerusalén, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!
Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, y su gloria se verá sobre ti.
Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora.
Levanta la vista en torno, mira: todos esos se han reunido, vienen hacia ti; llegan tus hijos desde lejos, a tus hijas las traen en brazos.
Entonces lo verás, y estarás radiante; tu corazón se asombrará, se ensanchará, porque la opulencia del mar se vuelca sobre ti, y a ti llegan las riquezas de los pueblos.
Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y de Efá.
Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso, y proclaman las alabanzas del Señor.
Hermanos:
Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor de vosotros, los gentiles.
Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio.
Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: « ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

Palabra del Señor.

06 de Enero 2026 – San Abo de Tiflis

Nació en Bagdag y era hijo de Abrahám, árabe ismaelita, y fue educado en la religión musulmana. Con 17 o 18 años ingresó como experto en perfumería y en escritura árabe en el séquito de Nerses, hijo de Ardanases, etnarca de Kharthli, que había caído en desgracia durante el califato abasí de Abd-Allah al Mansur, (754-775), y había sido encarcelado en Bagdag. Cuando Nerses, liberado por el sucesor de al-Mansur, Mohammad al-Mahdi (775-785), con la amnistía del 776, dejó Bagdag, Abo lo siguió y enriqueció su vasta cultura con el estudio del ibérico, de la Biblia y de los primeros rudimentos de la religión cristiana que, introducida en Georgia bajo Constantino, era, desde tiempos de Justiniano, religión de Estado. 

A pesar de su rápida adhesión a la verdadera fe, retrasaba Abo el bautismo por el temor a los musulmanes, dueños de Georgia desde el 650 y enemigos tradicionales del cristianismo, baluarte filo-bizantino del nacionalismo georgiano. Pero Nerses no tardó en perder el favor del nuevo califa: dejó el país por Osseth junto a 300 prófugos y Abo, que desde este momento o siguió en cada peregrinación. Nerses guio al grupo a las tierras septentrionales donde residían los hijos de Magog, los kázaros, hombres agrestes de aspecto terrible y de costumbres despiadadas, bebedores de sangre y desobediente a cualquier ley “excepto aquella de un Dios creador”. Los kázaros los acogieron como enemigos de sus enemigos ofreciéndoles comida y alojamiento. Abo encontró el coraje de profesarse cristiano, de dedicarse a la oración y al ayuno, de recibir el bautismo. Nerses pidió al rey de los kázaros proseguir a través de su territorio hasta el de los abasgos, donde había enviado a sus familiares y sus pertenencias desde que la burocracia árabe había comenzado a mostrarse hostil. 

Mientras tanto Esteban, sobrino de Nerses, había obtenido del califa Al Mahdi el etnarcato de Tiflis y, juzgando que era imposible el regreso, Abo decidió volver a su patria. En vano consiguieron convencerle de no echarse en manos de sus antiguos correligionarios, que habían impuesto la religión musulmana. Abo, era para los árabes un infiel, pero siguió a Nerses a Tiflis, donde permaneció tres años viviendo de la caridad y conquistándose la fama de perfecto cristiano. Hacia el 785, el gobierno árabe lo hizo arrestar, pero el etnarca Esteban lo dejó libre. Los árabes se vengaron deponiendo de sus funciones al juez que se había atemorizado ante los georgianos. De nuevo fue detenido y le propusieron la apostasía. Su rechazo provocó su condena a muerte, y descuartizado su cadáver, que fue quemado, y luego dispersado en las aguas del río Mtcwar. Según la tradición, una columna de fuego señaló el lugar donde se encontraban los restos. Las reliquias fueron recuperadas y trasladadas a Tiflis en la capilla erigida en el lugar de su martirio. Fue canonizado por el católico Samuel III