domingo, 9 de agosto de 2026
Lecturas del 09/08/2026
En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor».
Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.
Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.
Hermanos:
Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.
Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo: «Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».
Palabra del Señor.
09 de Agosto 2026 – San Juan María Vianney
Estas frases que brotarán de sus labios, cuando ya sea mayor, pueden servir de esbozo para su retrato: "Me decía con frecuencia mi buena madre: Mira, pequeño Juan, si te viera ofender al buen Dios, me harías tú más daño que cualquiera de mis hijos".
- "Cuando estaba en el campo, con mi pala y mi azadón, rezaba".
- "Cuando yo era joven me decía: «Si fuera sacerdote me gustaría ganar muchas almas para el buen Dios»".
- "Concédemela conversión de mi parroquia; a cambio admito con gusto sufrir cuanto queráis por toda mi vida".
- "¿Qué hace el Señor tantas horas en el tabernáculo? - Nos espera".
- "Dios mío ¡Cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos?"...
Estos dichos son del santo que nada tuvo de prodigio ni en su niñez ni en su juventud. Nació el mes de la Virgen, mayo, día 8 de 1786, de padres honrados, cristianos y pobres. Fue bautizado el mismo día de nacer. A los nueve años todavía no sabía nada a no ser un poco de catecismo. A los once recibió los sacramentos de Penitencia y Eucaristía. Eran malos los tiempos por los que atravesaba Francia.
Por la mente de Juan María corrió siempre el deseo de llegar algún día a ser sacerdote... Pero no sabía nada y no había ningún maestro que estuviera dispuesto a enseñarle las primeras letras. Le costaba mucho aprender. Por fin ingresó en el Seminario. Tenía 25 años cuando, en 1811, recibía la tonsura clerical. Al año siguiente empieza los estudios filosóficos. No le entran con facilidad. Por fin en junio de 1815 recibe el diaconado. Es un gran gozo para él.
Pero los superiores dudan si debe ordenarse sacerdote o rogarle que abandone el seminario, porque el sacerdote, piensan, debe ser un hombre de letras y a Juan María no le entran. Ante aquella duda acuden al Sr. Obispo y éste pregunta: "¿Ama a María?" - Sí, sí, más que nadie". - "¿Sabe rezar el santo Rosario?". - "Sí, con más unción y mejor que ningún otro", le responde el Sr. Rector. - "Pues, bajo mi responsabilidad lo ordenaré sacerdote, que lo hará mejor que ningún otro". Y no se equivocó.
Era el 13 de agosto de 1815 cuando recibió este don del sacerdocio. Saltó de alegría. Ya era lo que tanto ansiaba. Ya estaba dispuesto a morir por el rebaño que le fuera encomendado.
Ars era un pueblecillo pequeño y pobre y allí fue destinado este hombre lleno de ilusiones y con ganas de entrega. Tenía 230 almas. Le dijo el Sr. Obispo con pocas ganas de ilusionarlo: "Vaya usted a esa parroquia. No hay mucho amor a Dios allí, pero Vd. lo pondrá". Y de veras que lo puso. Aquella montaña de hielo... con los años se convertirá en horno ardiente de fuego. Lo que allí encontró fue desolador: Casi nadie cumplía con el precepto dominical. La blasfemia abundaba. Los odios y enconos estaban a la orden del día. Pronto cambiará todo gracias a la santidad de este cura que pasa dieciséis horas diarias en el confesonario, que apenas ni come ni duerme y que está chiflado por Jesús Eucaristía y por la Virgen María.
Toda su vida se resume en su grito: "Por salvar a los pecadores me quedaría en la tierra para toda la vida". Ya en vida le llamaban "el Santo Cura de Ars". Él bromeaba, pero sabía que "Ars ya no era Ars". Allí se amaba a Dios y los hombres entre sí. Podía partir tranquilo. Le llegó la hora el 4 de agosto, jueves, de 1859.
- "Cuando estaba en el campo, con mi pala y mi azadón, rezaba".
- "Cuando yo era joven me decía: «Si fuera sacerdote me gustaría ganar muchas almas para el buen Dios»".
- "Concédemela conversión de mi parroquia; a cambio admito con gusto sufrir cuanto queráis por toda mi vida".
- "¿Qué hace el Señor tantas horas en el tabernáculo? - Nos espera".
- "Dios mío ¡Cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos?"...
Estos dichos son del santo que nada tuvo de prodigio ni en su niñez ni en su juventud. Nació el mes de la Virgen, mayo, día 8 de 1786, de padres honrados, cristianos y pobres. Fue bautizado el mismo día de nacer. A los nueve años todavía no sabía nada a no ser un poco de catecismo. A los once recibió los sacramentos de Penitencia y Eucaristía. Eran malos los tiempos por los que atravesaba Francia.
Por la mente de Juan María corrió siempre el deseo de llegar algún día a ser sacerdote... Pero no sabía nada y no había ningún maestro que estuviera dispuesto a enseñarle las primeras letras. Le costaba mucho aprender. Por fin ingresó en el Seminario. Tenía 25 años cuando, en 1811, recibía la tonsura clerical. Al año siguiente empieza los estudios filosóficos. No le entran con facilidad. Por fin en junio de 1815 recibe el diaconado. Es un gran gozo para él.
Pero los superiores dudan si debe ordenarse sacerdote o rogarle que abandone el seminario, porque el sacerdote, piensan, debe ser un hombre de letras y a Juan María no le entran. Ante aquella duda acuden al Sr. Obispo y éste pregunta: "¿Ama a María?" - Sí, sí, más que nadie". - "¿Sabe rezar el santo Rosario?". - "Sí, con más unción y mejor que ningún otro", le responde el Sr. Rector. - "Pues, bajo mi responsabilidad lo ordenaré sacerdote, que lo hará mejor que ningún otro". Y no se equivocó.
Era el 13 de agosto de 1815 cuando recibió este don del sacerdocio. Saltó de alegría. Ya era lo que tanto ansiaba. Ya estaba dispuesto a morir por el rebaño que le fuera encomendado.
Ars era un pueblecillo pequeño y pobre y allí fue destinado este hombre lleno de ilusiones y con ganas de entrega. Tenía 230 almas. Le dijo el Sr. Obispo con pocas ganas de ilusionarlo: "Vaya usted a esa parroquia. No hay mucho amor a Dios allí, pero Vd. lo pondrá". Y de veras que lo puso. Aquella montaña de hielo... con los años se convertirá en horno ardiente de fuego. Lo que allí encontró fue desolador: Casi nadie cumplía con el precepto dominical. La blasfemia abundaba. Los odios y enconos estaban a la orden del día. Pronto cambiará todo gracias a la santidad de este cura que pasa dieciséis horas diarias en el confesonario, que apenas ni come ni duerme y que está chiflado por Jesús Eucaristía y por la Virgen María.
Toda su vida se resume en su grito: "Por salvar a los pecadores me quedaría en la tierra para toda la vida". Ya en vida le llamaban "el Santo Cura de Ars". Él bromeaba, pero sabía que "Ars ya no era Ars". Allí se amaba a Dios y los hombres entre sí. Podía partir tranquilo. Le llegó la hora el 4 de agosto, jueves, de 1859.
sábado, 8 de agosto de 2026
Lecturas del 08/08/2026
Señor, ¿no eres, desde siempre, mi Dios?
¡Oh, Santo, que no muramos!
Señor, lo pusiste para sentenciar; ¡oh, Roca!, lo estableciste para juzgar.
Tus ojos, puros para contemplar el mal, no soportan ver la opresión.
¿Por qué, pues, ves a los traidores y callas, cuando el malvado se traga al justo?
Tratas a los hombres como a peces del mar, como a reptiles sin dueño.
Los atrapa a todos con su anzuelo, los arrastra con su red, los amontona en su barca, contento y alegre.
Por eso ofrecen sacrificios a su red e incienso a su barca, pues en ellos tienen su sustento, su ración y comida abundante.
¿Seguirá vaciando su red, asesinando pueblos sin compasión?
Aguantaré de pie en mi guardia, me mantendré erguido en la muralla y observaré a ver que me responde, cómo replica a mi demanda.
Me respondió el Señor: «Escribe la visión y grábala en tablillas, que se lea de corrido; pues la visión tiene un plazo, pero llegará a su término sin defraudar.
Si se atrasa, espera en ella, pues llegará y no tardará mira, el altanero no triunfará, pero el justo por su fe vivirá».
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, de rodillas le dijo: «Señor, ten compasión de mi hijo que es lunático y sufre mucho: muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo».
Jesús contestó: « ¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros, ¿hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo».
Jesús increpó al demonio y salió; en aquel momento se curó el niño.
Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: «¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?».
Les contestó: «Por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: “Trasládate desde ahí hasta aquí”, y se trasladaría. Nada os sería imposible».
Palabra del Señor.
08 de Agosto 2026 – San Ciriaco, obispo y mártir
San Ciríaco, ¿quién fue en realidad éste a quien la ciudad de Ancona (Italia) festeja hoy como su patrono? ¿Fue obispo de esa ciudad, o de Jerusalén, o de ambas en tiempos distintos? Según un texto apócrifo, conocido por San Gregorio de Tours, cuando se llevaron a cabo los trabajos para el hallazgo de la Cruz de Cristo en la ciudad santa, por iniciativa del obispo de Jerusalén y de la piadosa madre del emperador Constantino, Helena, estaba presente un hebreo de nombre Judas. Entre los primeros milagros obrados por la santa cruz habría que citar la conversión dé este hebreo.
Cambió su nombre por el de Ciríaco (nombre de origen griego que quiere decir "patricio", muy difundido en todo el mundo romano), recorrió a Palestina y después fue elegido obispo de Jerusalén, en donde fue martirizado junto con la madre, Ana, durante la persecución de Julián el Apóstata. Pero la tradición de Ancona, corroborada por conspicuos testimonios de culto y antiguos monumentos, y acogida por el mismo Martirologio Romano, concuerda con el texto apócrifo sólo en la primera parte.
Según esta otra tradición, Judas, ya con el nombre de Ciríaco recibido en el bautismo, para huir de sus antiguos correligionarios, abandonó a Palestina y se refugió en Ancona (Italia). Aquí fue elegido obispo de la ciudad, en una época de extraordinario florecimiento del cristianismo, que desde hacía poco había salido de la clandestinidad con el edicto de Milán. Después de un largo tiempo de episcopado, lleno de méritos, Ciríaco va en peregrinación a Tierra Santa para volver a ver la patria de Jesús y la suya propia. Aquí lo esperaba la espada del perseguidor romano, Julián el Apóstata, y el santo anciano recibió la palma del martirio. Más tarde las reliquias del obispo regresaron a Ancona en una caja llevada por las olas hasta el puerto de la ciudad. Para recordar esta leyenda, el 4 de mayo, en la catedral de Ancona se distribuyen manojos de juncos bendecidos.
Cambió su nombre por el de Ciríaco (nombre de origen griego que quiere decir "patricio", muy difundido en todo el mundo romano), recorrió a Palestina y después fue elegido obispo de Jerusalén, en donde fue martirizado junto con la madre, Ana, durante la persecución de Julián el Apóstata. Pero la tradición de Ancona, corroborada por conspicuos testimonios de culto y antiguos monumentos, y acogida por el mismo Martirologio Romano, concuerda con el texto apócrifo sólo en la primera parte.
Según esta otra tradición, Judas, ya con el nombre de Ciríaco recibido en el bautismo, para huir de sus antiguos correligionarios, abandonó a Palestina y se refugió en Ancona (Italia). Aquí fue elegido obispo de la ciudad, en una época de extraordinario florecimiento del cristianismo, que desde hacía poco había salido de la clandestinidad con el edicto de Milán. Después de un largo tiempo de episcopado, lleno de méritos, Ciríaco va en peregrinación a Tierra Santa para volver a ver la patria de Jesús y la suya propia. Aquí lo esperaba la espada del perseguidor romano, Julián el Apóstata, y el santo anciano recibió la palma del martirio. Más tarde las reliquias del obispo regresaron a Ancona en una caja llevada por las olas hasta el puerto de la ciudad. Para recordar esta leyenda, el 4 de mayo, en la catedral de Ancona se distribuyen manojos de juncos bendecidos.
viernes, 7 de agosto de 2026
Lecturas del 07/08/2026
He aquí sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz.
Celebra tus fiestas, Judá, cumple tus votos, que no pasará más por ti el perverso; se acabó la destrucción.
Pues restaura el Señor la dignidad de Jacob y de Israel: los desoladores los habían asolado habían destrozado sus sarmientos.
¡Ay de la ciudad sanguinaria, toda ella mentira, llena de rapiña, insaciable de botín!
Ruido de látigo, estrépito de ruedas, galope de caballos, brincos de carros, asalto de caballería, brillo de espadas, fulgor de lanzas, heridos sin cuento, montones de muertos, cadáveres sin fin, tropiezan en cadáveres.
Echaré sobre ti inmundicias, te deshonraré públicamente.
Todo el que te vea huirá de ti diciendo: « ¡Nínive está devastada! ¿Quién se compadecerá? ¿Dónde encontraré quien te consuele?».
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.
En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre en su reino».
Palabra del Señor.
07 de Agosto 2026 – Beato Vicente de Áquila
Nació en L’Aquila, en los Abruzzos. A los 14 años ingresó en la Orden de los Hermanos Menores en el convento de San Julián, fundado por el beato Antonio de Stroncone, cerca de las puertas de la ciudad. Admitido al noviciado y hecha la profesión de los votos perpetuos pasó los primeros años de su vida conventual retirado en una cabaña en el bosque del convento, que sólo abandonaba para cumplir los oficios que le asignaban, especialmente el de zapatero, quizás su profesión primera.
Era tanta su aplicación a la oración, que Fray Marcos de Lisboa dejó escrito acerca de él: “Vicente permanecía abstraído y elevado en el aire y su cuerpo quedaba tan privado de los sentidos como si estuviera muerto”. Los superiores al verlo tan ejemplar, para apartarlo de la excesiva mortificación, lo dedicaron a pedir limosna. Entre las personas que se inspiraron en su santidad debemos recordar a la jovencita Mattia Ciccarelli, quien después fue religiosa agustiniana en L’Aquila, con el nombre de la beata sor Cristina Ciccarelli, y hoy es venerada en los altares con el título de Beata.
Vicente fue enviado al convento de Penne, luego por 10 años al de Sulmona; de ahí regresó definitivamente a San Julián del Aquila. Se relacionaron con él en busca de consejos el príncipe de Capua, la reina Juana, segunda mujer de Fernando I y hermana de Fernando el Católico, rey de España. Predijo la corona real al duque de Calabria, primogénito de Fernando I de Aragón.
Un mal que de tiempo atrás afligía a Vicente se iba agravando cada vez más, hasta impedirle salir de su pobre celda. El soportó todo con gran resignación y con la serenidad de los Santos. La tarde del 7 de agosto de 1504 expiró serenamente en el Señor, amorosamente asistido por sus cohermanos. La beata Cristina Ciccarelli, desde su ventana vio iluminarse el convento de San Julián con un gran esplendor y el alma de su director espiritual volar al cielo acompañada de una turba de ángeles. Tenía 69 años de edad. Fue sepultado en la iglesia de San Julián junto al Aquila. Su cuerpo incorrupto se conserva en una artística urna. Aprobó su culto Pío VI el 19 de septiembre de 1787.
Era tanta su aplicación a la oración, que Fray Marcos de Lisboa dejó escrito acerca de él: “Vicente permanecía abstraído y elevado en el aire y su cuerpo quedaba tan privado de los sentidos como si estuviera muerto”. Los superiores al verlo tan ejemplar, para apartarlo de la excesiva mortificación, lo dedicaron a pedir limosna. Entre las personas que se inspiraron en su santidad debemos recordar a la jovencita Mattia Ciccarelli, quien después fue religiosa agustiniana en L’Aquila, con el nombre de la beata sor Cristina Ciccarelli, y hoy es venerada en los altares con el título de Beata.
Vicente fue enviado al convento de Penne, luego por 10 años al de Sulmona; de ahí regresó definitivamente a San Julián del Aquila. Se relacionaron con él en busca de consejos el príncipe de Capua, la reina Juana, segunda mujer de Fernando I y hermana de Fernando el Católico, rey de España. Predijo la corona real al duque de Calabria, primogénito de Fernando I de Aragón.
Un mal que de tiempo atrás afligía a Vicente se iba agravando cada vez más, hasta impedirle salir de su pobre celda. El soportó todo con gran resignación y con la serenidad de los Santos. La tarde del 7 de agosto de 1504 expiró serenamente en el Señor, amorosamente asistido por sus cohermanos. La beata Cristina Ciccarelli, desde su ventana vio iluminarse el convento de San Julián con un gran esplendor y el alma de su director espiritual volar al cielo acompañada de una turba de ángeles. Tenía 69 años de edad. Fue sepultado en la iglesia de San Julián junto al Aquila. Su cuerpo incorrupto se conserva en una artística urna. Aprobó su culto Pío VI el 19 de septiembre de 1787.
jueves, 6 de agosto de 2026
06 de Agosto 2026 – La Transfiguración del Señor
Jesús había anunciado a los suyos la inminencia de su Pasión y los sufrimientos que había de padecer a manos de los judíos y de los gentiles. Y los exhortó a que le siguieran por el camino de la cruz y del sacrificio (Mt 16, 24 ss). Pocos días después de estos sucesos, que habían tenido lugar en la región de Cesárea de Filipo, quiso confortar su fe, pues, -como enseña Santo Tomás- para que una persona ande rectamente por un camino es preciso que conozca antes, de algún modo el fin al que se dirige: “como el arquero no lanza con acierto la saeta si no mira primero al blanco al que la envía. Y esto es necesario sobre todo cuando la vía es áspera y difícil y el camino laborioso... Y por esto fue conveniente que manifestase a sus discípulos la gloria de su claridad, que es los mismo que transfigurarse, pues en esta claridad transfigurará a los suyos” (Sto. Tomás, Suma teológica).
Nuestra vida es un camino hacia el Cielo. Pero es una vía que pasa a través de la Cruz y del sacrificio. Hasta el último momento habremos de luchar contra corriente, y es posible que también llegue a nosotros la tentación de querer hacer compatible la entrega que nos pide el Señor con una vida fácil, como la de tantos que viven con el pensamiento puesto exclusivamente en las cosas materiales... “¡Pero no es así! El cristianismo no puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber... si tratásemos de quitarle esto a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos transformado en una interpretación muelle y cómoda de la vida” (Pablo VI, Alocución 8-IV-1966). No es esa la senda que indicó el Señor.
Los discípulos quedarían profundamente desconcertados al presenciar los hechos de la Pasión. Por eso, el Señor condujo a tres de ellos, precisamente a los que debían acompañarle en su agonía de Getsemaní, a la cima del monte Tabor para que contemplaran su gloria. Allí se mostró “en la claridad soberana que quiso fuese visible para estos tres hombres, reflejando lo espiritual de una manera adecuada a la naturaleza humana. Pues, rodeados todavía de la carne mortal, era imposible que pudieran ver ni contemplar aquella inefable e inaccesible visión de la misma divinidad, que está reservada en la vida eterna para los limpios de corazón” (San León Magno, Homilía sobre la transfiguración), la que nos aguarda si procuramos ser fieles cada día.
También a nosotros quiere el Señor confortarnos con la esperanza del Cielo que nos aguarda, especialmente si alguna vez el camino se hace costoso y asoma el desaliento. Pensar en lo que nos aguarda nos ayudará a ser fuertes y a perseverar. No dejemos de traer a nuestra memoria el lugar que nuestro Padre Dios nos tiene preparado y al que nos encaminamos. Cada día que pasa nos acerca un poco más. El paso del tiempo para el cristiano no es, en modo alguno, una tragedia; acorta, por el contrario, el camino que hemos de recorrer para el abrazo definitivo con Dios: el encuentro tanto tiempo esperado.
Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestidos blancos como la luz. En esto se le aparecieron Moisés y Elías hablando con Él (Mt 17, 1-3). Esta visión produjo en los Apóstoles una felicidad incontenible; Pedro la expresa con estas palabras: Señor, ¡qué bien estamos aquí!; si quieres haré aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías (Mt 17, 4). Estaba tan contento que ni siquiera pensaba en sí mismo, ni en Santiago y Juan que le acompañaban. San Marcos, que recoge la catequesis del mismo San Pedro, añade que no sabía lo que decía (Mc 9, 6). Todavía estaba hablando cuando una nube resplandeciente los cubrió con y una voz desde la nube dijo: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias: escuchadle (Mt 17, 5).
El recuerdo de aquellos momentos junto al Señor en el Tabor fue sin duda de gran ayuda en tantas circunstancias difíciles y dolorosas de la vida de los tres discípulos. San Pedro lo recordará hasta el final de sus días. En una de sus Cartas, dirigida a los primeros cristianos para confortarlos en un momento de dura persecución, afirma que ellos, los Apóstoles, no han dado a conocer a Jesucristo siguiendo fábulas llenas de ingenio, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto Él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la sublime gloria le dirigió esta voz: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias. Y esta voz, venida del cielo, la oímos nosotros estando con Él en el monte santo (2 Pdr 1, 16-18). El Señor, momentáneamente, dejó entrever su divinidad, y los discípulos quedaron fuera de sí, llenos de una inmensa dicha, que llevarían en su alma toda la vida. “La transfiguración les revela a un Cristo que no se descubría en la vida de cada día. Está ante ellos como Alguien en quien se cumple la Alianza Antigua, y, sobre todo, como el Hijo elegido del Eterno Padre al que es preciso prestar fe absoluta y obediencia total” (Juan Pablo II, Homilía 27-II-1983), al que debemos buscar todos los días de nuestra existencia aquí en la tierra.
¿Qué será el Cielo que nos espera, donde contemplaremos, si somos fieles, a Cristo glorioso, no en un instante, sino en una eternidad sin fin?
Todavía estaba hablando, cuando una nube resplandeciente los cubrió y una voz desde la nube dijo: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias: escuchadle (Mt 17, 5). ¡Tantas veces le hemos oído en la intimidad de nuestro corazón!
El misterio que celebramos no sólo fue un signo y anticipo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra, pues, como nos enseña San Pablo, el Espíritu da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados (Rom 8, 16-17). Y añade el Apóstol: Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros (Rom 8, 18). Cualquier pequeño o gran sufrimiento que padezcamos por Cristo nada es si se mide con lo que nos espera. El Señor bendice con la Cruz, y especialmente cuando tiene dispuesto conceder bienes muy grandes. Si en alguna ocasión nos hace gustar con más intensidad su Cruz, es señal de que nos considera hijos predilectos. Pueden llegar el dolor físico, humillaciones, fracasos, contradicciones familiares... No es el momento entonces de quedarnos tristes, sino de acudir al Señor y experimentar su amor paternal y su consuelo. Nunca nos faltará su ayuda para convertir esos aparentes males en grandes bienes para nuestra alma y para toda la Iglesia. “No se lleva ya una cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga el Redentor de soportar el peso” (J. Escrivá de Balaguer, “Amigos de Dios”). Él es, Amigo inseparable, quien lleva lo duro y lo difícil. Sin Él cualquier peso nos agobia.
Si nos mantenemos siempre cerca de Jesús, nada nos hará verdaderamente daño: ni la ruina económica, ni la cárcel, ni la enfermedad grave..., mucho menos las pequeñas contradicciones diarias que tienden a quitarnos la paz si no estamos alerta. El mismo San Pedro lo recordaba a los primeros cristianos: ¿quién os hará daño, si no pensáis más que en obrar bien? Pero si sucede que padecéis algo por amor a la justicia, sois bienaventurados (1Pdr 3, 13-14).
Pidamos a Nuestra Señora que sepamos ofrecer con paz el dolor y la fatiga que cada día trae consigo, con el pensamiento puesto en Jesús, que nos acompaña en esta vida y que nos espera, glorioso al final del camino. Y cuando llegue aquella hora en que se cierren mis ojos humanos, abridme otros, Señor, otros más grandes para contemplar vuestra faz inmensa. ¡Sea la muerte un mayor nacimiento! (J. Margall, Canto espiritual), el comienzo de una vida sin fin.
Nuestra vida es un camino hacia el Cielo. Pero es una vía que pasa a través de la Cruz y del sacrificio. Hasta el último momento habremos de luchar contra corriente, y es posible que también llegue a nosotros la tentación de querer hacer compatible la entrega que nos pide el Señor con una vida fácil, como la de tantos que viven con el pensamiento puesto exclusivamente en las cosas materiales... “¡Pero no es así! El cristianismo no puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber... si tratásemos de quitarle esto a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos transformado en una interpretación muelle y cómoda de la vida” (Pablo VI, Alocución 8-IV-1966). No es esa la senda que indicó el Señor.
Los discípulos quedarían profundamente desconcertados al presenciar los hechos de la Pasión. Por eso, el Señor condujo a tres de ellos, precisamente a los que debían acompañarle en su agonía de Getsemaní, a la cima del monte Tabor para que contemplaran su gloria. Allí se mostró “en la claridad soberana que quiso fuese visible para estos tres hombres, reflejando lo espiritual de una manera adecuada a la naturaleza humana. Pues, rodeados todavía de la carne mortal, era imposible que pudieran ver ni contemplar aquella inefable e inaccesible visión de la misma divinidad, que está reservada en la vida eterna para los limpios de corazón” (San León Magno, Homilía sobre la transfiguración), la que nos aguarda si procuramos ser fieles cada día.
También a nosotros quiere el Señor confortarnos con la esperanza del Cielo que nos aguarda, especialmente si alguna vez el camino se hace costoso y asoma el desaliento. Pensar en lo que nos aguarda nos ayudará a ser fuertes y a perseverar. No dejemos de traer a nuestra memoria el lugar que nuestro Padre Dios nos tiene preparado y al que nos encaminamos. Cada día que pasa nos acerca un poco más. El paso del tiempo para el cristiano no es, en modo alguno, una tragedia; acorta, por el contrario, el camino que hemos de recorrer para el abrazo definitivo con Dios: el encuentro tanto tiempo esperado.
Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestidos blancos como la luz. En esto se le aparecieron Moisés y Elías hablando con Él (Mt 17, 1-3). Esta visión produjo en los Apóstoles una felicidad incontenible; Pedro la expresa con estas palabras: Señor, ¡qué bien estamos aquí!; si quieres haré aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías (Mt 17, 4). Estaba tan contento que ni siquiera pensaba en sí mismo, ni en Santiago y Juan que le acompañaban. San Marcos, que recoge la catequesis del mismo San Pedro, añade que no sabía lo que decía (Mc 9, 6). Todavía estaba hablando cuando una nube resplandeciente los cubrió con y una voz desde la nube dijo: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias: escuchadle (Mt 17, 5).
El recuerdo de aquellos momentos junto al Señor en el Tabor fue sin duda de gran ayuda en tantas circunstancias difíciles y dolorosas de la vida de los tres discípulos. San Pedro lo recordará hasta el final de sus días. En una de sus Cartas, dirigida a los primeros cristianos para confortarlos en un momento de dura persecución, afirma que ellos, los Apóstoles, no han dado a conocer a Jesucristo siguiendo fábulas llenas de ingenio, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto Él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la sublime gloria le dirigió esta voz: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias. Y esta voz, venida del cielo, la oímos nosotros estando con Él en el monte santo (2 Pdr 1, 16-18). El Señor, momentáneamente, dejó entrever su divinidad, y los discípulos quedaron fuera de sí, llenos de una inmensa dicha, que llevarían en su alma toda la vida. “La transfiguración les revela a un Cristo que no se descubría en la vida de cada día. Está ante ellos como Alguien en quien se cumple la Alianza Antigua, y, sobre todo, como el Hijo elegido del Eterno Padre al que es preciso prestar fe absoluta y obediencia total” (Juan Pablo II, Homilía 27-II-1983), al que debemos buscar todos los días de nuestra existencia aquí en la tierra.
¿Qué será el Cielo que nos espera, donde contemplaremos, si somos fieles, a Cristo glorioso, no en un instante, sino en una eternidad sin fin?
Todavía estaba hablando, cuando una nube resplandeciente los cubrió y una voz desde la nube dijo: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias: escuchadle (Mt 17, 5). ¡Tantas veces le hemos oído en la intimidad de nuestro corazón!
El misterio que celebramos no sólo fue un signo y anticipo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra, pues, como nos enseña San Pablo, el Espíritu da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados (Rom 8, 16-17). Y añade el Apóstol: Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros (Rom 8, 18). Cualquier pequeño o gran sufrimiento que padezcamos por Cristo nada es si se mide con lo que nos espera. El Señor bendice con la Cruz, y especialmente cuando tiene dispuesto conceder bienes muy grandes. Si en alguna ocasión nos hace gustar con más intensidad su Cruz, es señal de que nos considera hijos predilectos. Pueden llegar el dolor físico, humillaciones, fracasos, contradicciones familiares... No es el momento entonces de quedarnos tristes, sino de acudir al Señor y experimentar su amor paternal y su consuelo. Nunca nos faltará su ayuda para convertir esos aparentes males en grandes bienes para nuestra alma y para toda la Iglesia. “No se lleva ya una cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga el Redentor de soportar el peso” (J. Escrivá de Balaguer, “Amigos de Dios”). Él es, Amigo inseparable, quien lleva lo duro y lo difícil. Sin Él cualquier peso nos agobia.
Si nos mantenemos siempre cerca de Jesús, nada nos hará verdaderamente daño: ni la ruina económica, ni la cárcel, ni la enfermedad grave..., mucho menos las pequeñas contradicciones diarias que tienden a quitarnos la paz si no estamos alerta. El mismo San Pedro lo recordaba a los primeros cristianos: ¿quién os hará daño, si no pensáis más que en obrar bien? Pero si sucede que padecéis algo por amor a la justicia, sois bienaventurados (1Pdr 3, 13-14).
Pidamos a Nuestra Señora que sepamos ofrecer con paz el dolor y la fatiga que cada día trae consigo, con el pensamiento puesto en Jesús, que nos acompaña en esta vida y que nos espera, glorioso al final del camino. Y cuando llegue aquella hora en que se cierren mis ojos humanos, abridme otros, Señor, otros más grandes para contemplar vuestra faz inmensa. ¡Sea la muerte un mayor nacimiento! (J. Margall, Canto espiritual), el comienzo de una vida sin fin.
Lecturas del 06/08/2026
Queridos hermanos:
No nos fundábamos en fábulas fantasiosas cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino en que habíamos sido testigos oculares de su grandeza.
Porque él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando desde la sublime Gloria se le transmitió aquella voz: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido».
Y esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que nosotros oímos estando con él en la montaña sagrada.
Así tenemos más confirmada la palabra profética y hacéis muy bien en prestarle atención como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y el lucero amanezca en vuestros corazones.
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
Palabra del Señor.
06 de Agosto 2026 – Santa Ana Paleologina
Juana de Saboya, nació en Saboya y era hija del conde Amadeo V y María de Brabante. A los 18 años fue enviada a la corte de Constantinopla para casarse con el emperador Andrónico III Paleólogo, sellando así la alianza entre Bizancio y las potencias gibelinas de Italia septentrional. Debido a ello tuvo que convertirse a la fe ortodoxa, cambiando su nombre de Juana a Ana.
Vivió con su marido durante 16 años, hasta que éste murió en 1341 y ella asumió la regencia en nombre de su hijo Juan V, embarcándose en una lucha contra Juan Cantacuceno para que aceptase a su hijo como el legítimo emperador. Llegaron a un acuerdo entre las dos partes, en la que ella tuvo que abandonar la regencia, en favor del gobierno conjunto de su hijo Juan y el otro Juan.
Pero esto no significó la retirada de la escena política de la emperatriz, ya que se le concedió el gobierno de la ciudad de Tesalónica desde donde trabajó por los legítimos derechos de su hijo, cosa que consiguió con la retirada de su rival en 1354. Su gobierno en la capital macedonia le granjearon la admiración de los bizantinos.
Aunque nació católica, apreció y se adaptó a la fe de sus súbditos y favoreció la doctrina de San Gregorio Palamas. Al final de su vida, renunció al mundo y vistió el hábito monástico en la ciudad de Tesalónica, muriendo como una monja más. Junto con su marido san Andrónico III, fundó el monasterio de la Transfiguración, que todavía hoy celebra su festividad.
Vivió con su marido durante 16 años, hasta que éste murió en 1341 y ella asumió la regencia en nombre de su hijo Juan V, embarcándose en una lucha contra Juan Cantacuceno para que aceptase a su hijo como el legítimo emperador. Llegaron a un acuerdo entre las dos partes, en la que ella tuvo que abandonar la regencia, en favor del gobierno conjunto de su hijo Juan y el otro Juan.
Pero esto no significó la retirada de la escena política de la emperatriz, ya que se le concedió el gobierno de la ciudad de Tesalónica desde donde trabajó por los legítimos derechos de su hijo, cosa que consiguió con la retirada de su rival en 1354. Su gobierno en la capital macedonia le granjearon la admiración de los bizantinos.
Aunque nació católica, apreció y se adaptó a la fe de sus súbditos y favoreció la doctrina de San Gregorio Palamas. Al final de su vida, renunció al mundo y vistió el hábito monástico en la ciudad de Tesalónica, muriendo como una monja más. Junto con su marido san Andrónico III, fundó el monasterio de la Transfiguración, que todavía hoy celebra su festividad.
miércoles, 5 de agosto de 2026
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