domingo, 1 de noviembre de 2026

01 de Noviembre 2026 – FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Esta fiesta pone alas en nuestras almas para volar hasta el Cielo; nos coloca, con la fe, en la mansión dichosa de los escogidos, y nos hace asistir a la liturgia misteriosa de los palacios eternos. Y podemos repetir con San Juan: «Vi una gran muchedumbre que nadie podía contar, de todas las naciones y tribus y lenguas, que estaban junto al trono y delante del Cordero, revestida de un ropaje blanco, con palmas en sus manos, y exclamaban a grandes voces, diciendo: «Bendición y gloria y sabiduría y acción de gracias y honra y poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.»

Nuestros ojos se esfuerzan por penetrar en aquel mundo maravilloso de figuras recamadas de oro y sumergidas en un océano de felicidad: ojos que irradian alegría, frentes inundadas de luz, bocas llenas de alabanza y exentas de desdén, semblantes henchidos de dulzura, paz, gloria y bienaventuranza. Tal vez algunas son familiares para nosotras; las conocemos o las adivinamos; el hombre del arpa sonora y la cara inspirada; el que levanta con manos de hierro las tablas de la Ley; el profeta de la mirada de águila; la figura escuálida y pequeña del Apóstol, que sostiene la espada encendida y enrojecida en el fuego de su sangre... Moisés, David, Isaías, Pablo, y con ellos los príncipes y los magnates de aquel pueblo glorioso tienen para nosotros algún distintivo que nos permite reconocerlos y señalarlos con el dedo. Aquella joven de mirada extática, que sostiene una rueda con sus manos de color de lirio, es Catalina, la mártir; aquella otra que canta su dicha y mueve con dedos gráciles las cuerdas del arpa, es Cecilia, la virgen romana; aquel anciano de larga barba y amplia vestidura, rodeado de una multitud de hombres y mujeres, que llevan su misma cogulla, es Benito, el patriarca de los monjes de Occidente.... Pero ¿y el glorioso tropel que le circunda? ¿Y el ejército innumerable que llena los ámbitos del Cielo, sus templos, sus jardines, sus paisajes misteriosos e inefables? Ni sabemos sus nombres, ni conocemos su vida. Pero los admiramos y los amamos. Nuestro corazón se abre delante de ellos, ofrendando el incienso de la alabanza e implorando un latido del suyo o alguna de sus miradas compasivas. Con una santa envidia contemplamos aquellos rostros, donde ya no queda huella del dolor. Sus frentes llevan el sello aristocrático de los héroes, sus manos empuñan la palma que no se marchita, en sus sienes brillan las coronas del triunfo. Atletas valerosos, guerreros afortunados, lucharon y vencieron. Amaron la verdad con frenesí, cultivaron con paciencia la buena semilla en el campo de su alma, dejaron regueros de rosas en su camino, sembraron la alegría y la paz, levantaron fanales de luz en medio de sus hermanos, disiparon tinieblas, vencieron monstruos, mataron errores, destruyeron ídolos, aliviaron miserias, iluminaron la vida y lucharon con divino ardimiento para ensanchar las fronteras del reino de Cristo. Vencidos, acaso, un día, lograron levantarse de nuevo y arrebatar al enemigo la victoria. Y lo mismo los que se levantaron que los que nunca cayeron, todos gozan ahora de aquella vida para siempre bienaventurada que enajenaba su espíritu mientras vivieron en este mundo. Un río impetuoso alegra a estos habitantes de la ciudad de Dios; y sus aguas, no cabiendo ya en las riberas del Cielo, llegan hasta nosotros, hinchan nuestros corazones y nos obligan a exclamar: «Alegrémonos todos en el Señor, en este día de la fiesta que celebramos en honor de Todos los Santos, por cuya solemnidad se alegran los ángeles y alaban con ellos al Hijo de Dios.»

Así canta la Iglesia al ofrecer hoy la misa en honor de todos sus hijos trasladados de la muerte a la vida, del combate al descanso. Día tras día, a través del ciclo del año, va presentando a nuestra veneración y a nuestra imitación sus glorias más espléndidas; pero, Madre fecunda y amorosa, no puede olvidar a aquellos de sus hijos cuyos nombres desconocen los hombres, pero que están escritos en el libro de la vida. Cuando Roma acabó de conquistar el mundo, quiso levantar un monumento imperecedero al poder de todos los dioses. El Panteón debía ser el testimonio perenne de su gratitud. Pero ella misma fue vencida por Cristo, y desde entonces la morada de los dioses se convirtió en templo de los mártires. Ya no sería el refugio de vanas sombras y leyendas sin alma, sino la casa de los santos de Dios, que harían verdadero el título que le diera el paganismo: panteón, templo de todos los dioses. «Yo dije—clamaba el salmista—: vosotros sois dioses, y todos, hijos del Altísimo.»

En los primeros años del siglo VII, un Papa, Bonifacio IV, recorría las catacumbas, emocionado al recoger en aquellos subterráneos el palpitar generoso de los tiempos heroicos del cristianismo. Calixto, Ceferino, Sebastián, Cecilia, Inés, Valeriano..., nombres luminosos que hablaban de gestas inmortales. Pero, también, ¡cuántos sepulcros sin un verso, sin una letra, sin un indicio que dijese quién descansaba en el interior! ¡Cuántos huesos anónimos! Y, sin embargo, eran huesos consagrados por el martirio. Junto a ellos se veía la palma victoriosa, o el instrumento del suplicio, o la ampolla de cristal donde los cristianos recogieron su sangre. Tal vez podían distinguirse aún sus vestidos enrojecidos, sus cabezas segadas, sus miembros ahumados, mutilados o magullados. Y he aquí que llega el Pontífice, recoge tembloroso aquellas prendas sagradas, y, sacándolas de la oscuridad, las coloca en aquel templo que Agripa levantara seis siglos antes a la gloria de los dioses paganos. En sus vestidos pontificales brillan la púrpura y las piedras que llevaron antaño los perseguidores, veinticuatro carros le siguen llevando los venerables trofeos y los hijos de los quirites cantan el himno de la marcha triunfal: «Vuestra salida será dichosa y vuestro caminar lleno de alegría. Al veros, los montes saltan de gozo, y las colinas famosas de la ciudad de Rómulo os aguardan con impaciencia. Apareced ya, santos de Dios, dejad el puesto del combate, entrad en Roma, que es ya la Ciudad Santa; bendecid al pueblo romano, que os sigue al templo de las falsas divinidades, desde hoy iglesia vuestra, para adorar en él con vosotros la majestad del Señor.»

Este hecho fue el primer paso en el nacimiento de la fiesta de Todos los Santos. Pronto la solicitud de la Iglesia se extiende más lejos. A los mártires de Roma se asocian los de toda la cristiandad; y a los que derramaron su sangre para dar testimonio de su fe, vienen a juntarse todos los justos que se santificaron día tras día en el cumplimiento cotidiano del deber, martirio lento y oscuro, mas no por eso menos difícil y heroico que el de la sangre. Ya en el siglo VIII, Beda el Venerable escribía estas bellas palabras: «Hoy, dilectísimos, celebramos en la alegría una sola fiesta, la solemnidad de Todos los Santos, cuya sociedad hace que el Cielo tiemble de gozo, cuyo patrocinio alegra la tierra, cuyos triunfos son la corona de la Iglesia, cuya confesión, cuanto más varonil, más ilustre es en su gloria, porque al crecer la lucha, crece también la honra de los luchadores y a la fuerza de los tormentos corresponde la grandeza del premio.»

La fiesta se había completado abriendo a nuestra consideración los horizontes infinitos de la santidad creada e increada. Ante todo, la Trinidad Beatísima, el Rey de esos reyes que son los santos, el Dios de los dioses de Sion, Dios todo en todas las cosas. «Venid—canta la liturgia del día—, adoremos al Rey de los reyes, porque Él es la corona de todos los santos.» Después, María, canal de la gracia, que produce la santidad en los hombres, y tras Ella los nueve coros angélicos y todos los escogidos que nacieron de Adán; los patriarcas y los profetas, los apóstoles y los mártires, los confesores y las vírgenes; rosas de martirio y violetas de humildad, siemprevivas de caridad y lirios de pureza; los que dejaron su huella luminosa en la senda de la Humanidad, y los que se extinguieron en el silencio bajo la mirada bondadosa de Dios; los que fueron luminarias de su siglo, y los que vivieron con nosotros una vida ignorada y humilde; los ancianos de paso vacilante y manos temblorosas, pero de corazón juvenil para abrazarse con el deber; los niños que comenzaban a vivir y corrieron impacientes al manantial de una vida mejor; los jóvenes que despreciaron los encantos que el mundo les ofrecía y animosos dejaron ensueños por realidades; el rey que entre los esplendores del trono conservó puro su corazón y se sirvió de su poder para hacer felices a los pueblos; el poderoso que no puso su corazón en el brillo del oro, sino que siguió sencillamente la ley santa del Señor; el pobre sacerdote que en el rincón de su aldea, desterrado casi del mundo, repartió el pan de su mesa con el labriego y el mendigo; el honrado comerciante, el humilde labrador, la doncella dulce y recatada, la esposa virtuosa y solícita, la madre cuidadosa y amante, el criado fiel, el industrial laborioso, el pobre artesano, el mendigo que corre los caminos helados o los deseos, devorado acaso por el ardor de la fiebre y la tristeza de soledad. Todos los que en la riqueza o en la pobreza, en la obediencia o en el poder, supieron hacerse santos, imitando las virtudes del modelo de toda santidad, Jesucristo, son este día el objeto de nuestro culto. Con nuestra fe los vemos en aquella patria de todo contento como los veía el vidente de Patmos, vestidos con las cícladas de oro, ceñidas las sienes con brillantes coronas, cantando el cántico nuevo, que sólo ellos pueden cantar, y bebiendo la dicha perenne en la fuente maravillosa de la Sangre del Cordero. Tal vez, como Dante, atravesamos el empíreo escuchando aquel himno que no se acaba nunca: «Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.» Sus ecos alegran nuestro corazón, abren nuestros ojos a los misterios insondables, y tenemos que exclamar con el poeta: «Todo el universo me parecía una sonrisa. El reino de la alegría, con todo su pueblo, antiguo y nuevo, dirigiéndose hacia un solo punto, era todo una mirada, era todo un solo amor. ¡Oh triple luz, que, parpadeando en una sola estrella, sacias de esta manera aquellos ojos, míranos aquí abajo en nuestras tempestades!»

En nuestras tempestades.... Temblamos todavía en la incertidumbre, aún nos envuelven los miedos veladores de la noche; pero tenemos un áncora, que es la fe, y una luz, que es la esperanza, y un guía, que es el amor; y oímos esta palabra: «Bienaventurados los que lloran»; y esta otra: «Dichosos los que han sido convidados a las bodas del Cordero.» Nosotros hemos recibido esta invitación, y hay allí muchas sillas que nos aguardan. Iremos a la casa del Señor. Nuestros pies están aún en sus atrios; pero nuestros ojos contemplan con alborozo las tribus innumerables que llegan hasta ti, ¡oh Jerusalén! ciudad de paz, construida en la concordia y el amor.

Domingo, Todos los SANTOS - 01-11-2026 Ciclo A

Reflexión del 01/11/2026

Lecturas del 01/11/2026

Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar diciéndoles: «No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que sellemos en la frente a los siervos de nuestro Dios».
Oí también el número de los sellados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel.
Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente: « ¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».
Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo: «Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén».
Y uno de los ancianos me dijo: «Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?».
Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás».
Él me respondió: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero».
Queridos hermanos: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él.
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

Palabra del Señor.

01 de Noviembre 2026 – Beato Dionisio Fujishima

En Shimabara en Japón, el Beato Pedro Pablo Navarro, presbítero; Dionisio Fujishima y Pedro Onizuka Sandayu, religiosos, de la Compañía de Jesús y Clemente Kyuemon, mártires por odio a la fe cristiana.

En 1867, el mismo año en que se reanudó la persecución en Urakami, aunque no llegó al derramamiento de sangre, el papa Pío IX beatificó a 205 mártires del Japón. Por diversas causas (entre las que desgraciadamente nos vemos obligados a reconocer la de los celos nacionales y aun las rivalidades religiosas entre los misioneros de varias órdenes) el «shogun» Ieyasu Tokugawa decretó que el cristianismo tenía que ser abolido. La persecución se inició en 1614, y los beatos sufrieron el martirio entre los años 1617 y 1632. La persecución aumentó gradualmente en intensidad hasta 1622, cuando tuvo lugar la «gran matanza».

El beato Pablo Navarro fue quemado en vida en Shimabara, el l de noviembre del mismo año. Había nacido en 1560, era italiano, y estuvo largo tiempo en la India antes de misionar en el Japón. Llegó a dominar el idioma a la perfección, ejerció su ministerio con celo extraordinario en Nagasaki y otras partes y, durante veinte años, fue rector de la casa de los jesuitas en Amanguchi. Las cartas llenas de nobles y elevados conceptos que escribió el padre Navarro en vísperas de su martirio, fueron impresas en el segundo volumen de la «Histoire de la Religion Chrétienne au Japon» (1869), de L. Pagés.

Con él fueron también quemados los jesuitas japoneses Dionisio Fujishima y Pedro Onizuka Sandayu (nacidos en 1584 y 1604 respectivamente), y el catequista Clemente Kiuyemon (nacido en 1574). Habían llegado al lugar del suplicio cantando las letanías de la Virgen. Muchos espectadores, entre ellos los cristianos, admiraban la fortaleza y serenidad de los testigos de Cristo. El rey Bungodono, contrario a la sentencia imperial de muerte, pero que no podía impedir, ordenó que fueran muchos los haces de leña para que los mártires, muriendo pronto, padeciesen menos, y que estuviesen muy cercanos a los postes en donde eran atados.

sábado, 31 de octubre de 2026

Reflexión del 31/10/2026

Lecturas del 31/10/2026

Hermanos:
De la manera que sea, con hipocresía o con sinceridad, se anuncia a Cristo, y yo me alegro, y seguiré alegrándome. Porque sé que esto será para mi bien gracias a vuestras oraciones y a la ayuda del Espíritu de Jesucristo. Lo espero con impaciencia, porque en ningún caso me veré defraudado, al contrario, ahora como siempre, Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte.
Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger.
Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros. Convencido de esto, siento que me quedaré y estaré a vuestro lado, para vuestro progreso en la alegría y en la fe, de modo que el orgullo que en Cristo Jesús sentís rebose cuando me encuentre de nuevo entre vosotros.
Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: «Cédele el puesto a este”.
Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”.
Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor.

31 de Octubre 2026 – Beata Irene Stefani

“¡Sólo Jesús! ¡Todo con Jesús, todo para Jesús, todo para Jesús y nada para mí!”, fue el lema de vida que una vez escribió la Beata Irene Stefani, misionera de la Consolata en África.

La Beata Stefani nació en Brescia (Italia), en 1891 y en una familia de fe profunda. Fue una niña muy guapa y desde pequeña mostró una gran sensibilidad por el apostolado entre sus compañeras, familiares y personas mayores. Siempre pensaba en los pobres, ayudaba a los ancianos y cuidaba a los enfermos con trabajos pesados y humildes.

Quería ser misionera, pero tuvo que posponer este deseo al morir su madre y hacerse cargo de la educación y catequización de sus hermanos menores. En su familia y parroquia era conocida como “el ángel de los pobres”. En 1911, con 19 años de edad, dejó su tierra y se fue a Turín para unirse al Instituto de las Misioneras de la Consolata, que un año antes había sido fundado por el Beato José Allamano. El fundador la recibió con los brazos abiertos y con el tiempo la Beata Stefani visitó el hábito religioso, tomando el nombre de Irene. El 29 de enero de 1913 hizo su profesión religiosa.

Más adelante partió con mucho entusiasmo para Kenia, donde la Evangelización estaba en sus inicios y no existían ni escuelas, ni servicio sanitario. Allí tuvo que aprender un idioma nuevo, adaptarse a la cultura y deshacerse de ciertos prejuicios previos. Asimismo, se reafirmó en su lema: “Jesús es el Salvador y vino a salvar también a los hijos de este pueblo”.

En la Primera Guerra Mundial, sirvió como enfermera de la Cruz Roja tanto en Kenia como en Tanzania, atendiendo a muchos nativos que fueron movilizados por los ingleses para ampliar y defender sus fronteras.

Allí, en medio de un hedor insoportable y con enfermos prácticamente abandonados a su suerte, la Beata supo brindar alivio y consuelo a los hospitalizados. Ella era como un ángel que los lavaba, medicaba, les vendaba sus llagas y heridas, les distribuía la comida, entre otras cosas. Su atención, cariño y delicadeza con que realizaba estas actividades dejaba desconcertados a todos y captó la admiración de muchos musulmanes, médicos sin escrúpulos y torturadores. Asimismo, preparó a miles que voluntariamente decidieron bautizarse en peligro de muerte.

Después de la guerra evangelizaba haciendo de partera, enfermera, visitadora familiar e iba por el campo buscando jóvenes y adultos para que fueran a la escuela. Por otro lado, salvó a un gran número de niños que fueron abandonados por sus padres para que se practicara brujería con estos pequeños. Poco a poco empezaron a llamarla “Nyaatha” (madre de misericordia).

Cuando tenía 39 años de edad sintió una especie de llamada interior que le pedía el sacrificio supremo de su vida y ella aceptó. Es así que dos semanas después, mientras asistía a un enfermo de peste que murió en sus brazos, contrajo la misma enfermedad. Partió a la Casa del Padre el 31 de octubre de 1930 y fue beatificada el 23 de mayo de 2015.

viernes, 30 de octubre de 2026

Reflexión del 30/10/2026

Lecturas del 30/10/2026

Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a todos los santos en Cristo que residen en Filipos, con sus obispos y diáconos. Gracia y la paz a vosotros de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a mi Dios cada vez que os recuerdo; siempre que rezo por todos vosotros, lo hago con gran alegría. Porque habéis sido colaboradores míos en la obra del Evangelio, desde el primer día hasta hoy. Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros una esta buena obra, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús. Esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo en el corazón, porque, tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís mi gracia. Testigo me es Dios del amor entrañable con que os quiero, en Cristo Jesús. Y esta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios.
Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.
Había allí, delante de él, un hombre enfermo de hidropesía y tomando la palabra, dijo a los maestros de la ley y fariseos: «¿Es lícito curar los sábados, o no?». Ellos se quedaron callados.
Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió. Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca en seguida, aunque en día de sábado? ».
Y no pudieron replicar a esto.

Palabra del Señor.

30 de Octubre 2026 - San Alfonso Rodríguez

En su preciosa Autobiografía escribe con sencillez y tratando de dulcificar los acíbares más amargos: «Estaba ya absorbido en los negocios, cuando Dios me mandó algunos trabajos, por medio de los cuales vine en conocimiento de mi mala vida pasada y de la miseria del mundo».

Alfonso nace en Segovia por el año 1533. Sus padres, que poseen un modesto telar, se llaman Diego Rodríguez y María Gómez. Fue el segundo de once hermanos, siete varones y cuatro hembras.

Cuando todavía era muy niño llegan por vez primera a Segovia dos padres jesuitas para ejercer el apostolado. Ellos dejaron huella en el alma de Alfonso, ya que se hospedaban en su casa y le enseñaron el catecismo. Recordará siempre con gran afecto cuántas cosas buenas le decían estos jesuitas.

Su hermano mayor y él son enviados por su padre al colegio que dirigen los jesuitas a Alcalá. Allí reciben el contratiempo de que ha muerto su padre. La madre decide que continúe estudiando el hermano mayor y que Alfonso vuelva a casa para hacerse cargo del modesto negocio de tejidos. Parece que esto no era el fuerte de Alfonso y las cosas van mal. Se casa con María Juárez y el Señor les concedió dos hijos. Los caminos del Señor no son nuestros caminos. Va a dirigir a Alfonso por otras vías. Para ello la desgracia parece que se ceba en su casa. En poco tiempo muere su esposa, su madre y uno de sus hijos. Emulando el gesto de Dña. Blanca de Castilla, dice al Señor en un arrebato de generosidad: «Señor, si mi hijo ha de ofenderte el día de mañana, llévatelo a tu gloria». Al poco tiempo muere el hijo. Ahora ha quedado solo Alfonso. Ya nada le ata a este mundo. Hace una confesión general, se retira al desierto, a la soledad, y se entrega de lleno a la oración y mortificación de su cuerpo.

El Señor comienza a regalarle con muchas gracias sobrenaturales que le acompañarán durante toda su vida. También le visita con gran afecto la Virgen María a la que ama más que a sí mismo.

Hace renuncia de sus bienes a favor de sus hermanas y marcha a Valencia para ponerse a disposición de su padre Confesor. Él quiere ingresar en la Compañía. Los superiores ven que no está preparado para escalar el sacerdocio por falta de estudios y por su edad ya madura. Pide ser admitido como Hermano Coadjutor. Titubea un día y así se lo hace saber al Padre confesor. Éste le dice: «Hermano, me temo que os perdáis, porque veo que queréis hacer vuestra propia voluntad. Esto de ir a vivir en la soledad y retiraros del mundo ¿no será que os buscáis a vos mismo y huis de la cruz que el Señor os tiene preparada?». Se postra ante su Confesor y le dice: «Padre, si esto es así, yo os prometo que renuncio de ahora para siempre a mi propia voluntad».

Por fin el 31 de enero de 1571 fue admitido a formar parte de la Compañía. El P. Provincial al aceptarlo dirá que le admite «para que sea santo y para que con sus oraciones y penitencia ayude y sirva a todos». No se equivocó el P. Antonio Cordeses. El 10 de agosto de aquel mismo año llegaba a Montesión de Palma para empezar el Noviciado. Éste será el escenario de toda su vida. Aquí emitió sus votos y aquí se desgastó día a día en el servicio del Señor y de sus hermanos. La portería será la palestra donde se santificará.

Un día subía la «cuesta del sudor». Hacía un calor canicular. Iba pensando en la belleza de la Virgen. Estaba sudando y agotado por el peso de cuanto había recogido pidiendo limosna. Se le aparece la Virgen, limpia su sudor y le pregunta si la ama. Y así tres veces. Alfonso la ama más que a sí mismo. Sirvió a los colegiales y superiores con enorme caridad. Se gastó por sus hermanos. Escribió cosas muy bellas. Gozó del amor de Jesús y de María. Expiró el 1617.

jueves, 29 de octubre de 2026

Reflexión del 29/10/2026

Lecturas del 29/10/2026

Hermanos:
Buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire.
Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios.
Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos. Pedid también por mí, para que cuando abra mi boca, se me conceda el don de la palabra, y anuncie con valentía el misterio del Evangelio, del que soy embajador en cadenas, y tenga valor para hablar de él como debo.
En aquel día, se acercaron unos fariseos a decir a Jesús: «Sal y marcha de aquí, porque Herodes quiere matarte».
Jesús les dijo: «Id y decid a ese zorro: “Mira, yo arrojo demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día mi obra quedará consumada. Pero es necesario que camine hoy y mañana y pasado, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén”.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían!
Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido.
Mirad, vuestra casa va a ser abandonada.
Os digo que no me veréis hasta el día en que digáis: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”».

Palabra del Señor.

29 de Octubre 2026 – Beato Miguel Rúa

Al quedar huérfano de padre, empezó a frecuentar el Oratorio de Don Bosco, donde los muchachos pobres de la ciudad iban a pasar alegre y santamente los días festivos. Allí oyó un día que el santo le preguntaba: "Miguelín: ¿nunca has deseado ser sacerdote?". Al jovencito le brillaron los ojos de emoción y le respondió: "Si, lo he deseado mucho, pero no tengo cómo hacer los estudios".

"Pues te vienes cada día a mi casa y yo te daré clases de latín", le dijo Don Bosco. Y así empezó el joven sus clases de secundaria.

Más tarde Don Bosco lo envió a que recibiera clases de un excelente profesor de la ciudad, y cuando le pidió informes acerca de su alumno, el profesor respondió: "Es el mejor de la clase en todo: en aplicación, en conducta y en buenos modales".

San Juan Bosco deseaba mucho fundar una comunidad religiosa para educar a los jóvenes, y se propuso formar a sus futuros religiosos de entre sus propios alumnos. Al primero que eligió para ello fue al joven Rúa. Le impuso la sotana y se interesó porque fuera haciendo sus estudios lo más completamente posible.

En 1856 Don Bosco hizo una votación entre los centenares de alumnos de su Oratoria de Turín (en el cual había muchos internos). Las preguntas eran estas: 1ª. ¿Cuál es el más santo y piadoso de los oratorianos? 2ª. ¿Cuál es el más simpático y buen compañero de todo el Oratorio? La segunda pregunta la ganó Santo Domingo Savio. La primera la ganó por amplia votación el joven Rúa. La votación de aquellos jóvenes resultó ser muy acertada pues ambos llegaron a ser formalmente reconocidos por la Iglesia por su santidad. 

Rúa fue el primer alumno de Don Bosco que, ordenado de sacerdote, se quedó a colaborarle en su obra. Fue también el primer director de colegio salesiano y el hombre de confianza que acompañó durante 37 años al gran apóstol en todas sus empresas apostólicas. En él depositaba San Juan Bosco toda su confianza y era en todo como su mano derecha.

Del beato Miguel Rúa hizo San Juan Bosco el siguiente elogio: "Si Dios me dijera: hágame la lista de las mejores cualidades que desea para sus religiosos, yo no sé qué cualidades me atrevería a decir, que ya no las tenga el Padre Miguel Rúa". 

Cuando el Padre Rúa fue nombrado para ser director del primer colegio salesiano que se fundaba fuera de Turín, le pidió a su maestro Don Bosco que le trazara un plan de comportamiento, y el santo le escribió lo siguiente: "Ante todo trate de hacerse querer, más que de hacerse temer. Recuerde lo que decía San Vicente de Paúl: ‘Yo tenía un carácter demasiado serio y un temperamento amargo, y me di cuenta de que si no hay amabilidad, se hace más mal que bien en el apostolado. Y me propuse adquirir un modo de ser amable y bondadoso’. Este sea su plan de comportamiento". Miguel Rúa conservó toda su vida estos consejos y llegó a practicarlos de manera admirable.

San Juan Bosco decía al final de su vida: "Si el Padre Rúa quisiera hacer milagros, los haría, porque tiene la virtud suficiente para conseguirlos". Él era humilde y no hablaba de sus logros. Pero un día, ya ancianito, le preguntaron los religiosos jóvenes: "Padre, ¿nunca le ha sucedido algún hecho extraordinario?". Y él, por bromear, les dijo: "Sí, un día me dijeron: ya que está reemplazando a Don Bosco que era tan milagroso, por favor coloque sus manos sobre una enferma que está moribunda. Yo lo hice, y tan pronto como le coloqué las manos sobre la cabeza, en ese mismo instante... ¡la pobre mujer se murió!".

Cuando San Juan Bosco era ya muy ancianito, el Santo Padre León XIII le dijo: "Dígame cuál es su sacerdote de mayor reemplazo". El santo le dijo que era Miguel Rúa y este recibió el encargo Pontificio de reemplazar a Don Bosco cuando muriera. Y así lo hizo en 1888 al morir el santo. Quedó Rúa elegido como Superior General de los salesianos y en los 22 años que dirigió la Congregación Salesiana, esta multiplicó por cinco el número de sus religiosos y abrió casas y obras sociales en gran cantidad de países.

Los salesianos decían: "Si alguna vez se perdiera nuestra Regla o nuestros Reglamentos, bastaría observar cómo se porta el Padre Rúa, para saber ya qué es lo que los demás debemos hacer". Su exactitud era admirable. Siempre amable y bondadoso, comprensivo con todos y lleno de paciencia, pero exactísimo en el cumplimiento de todos sus deberes.

Cuando Rúa tenía apenas unos 25 años, un día se enfermó muy gravemente y mandó llamar a San Juan Bosco para que le impusiera los santos óleos y le llevaran el viático. El santo respondió: "Miguel no se muere ahora, ni aunque lo lances de un quinto piso". Y después explicó el por qué decía esto. Es que en sueños había visto que todavía en el año 1906 (40 años después) estaría Miguel Rúa extendiendo la comunidad salesiana por muchos países del mundo. Y a él personalmente le dijo después: "Miguel: cuando ya seas muy anciano y al llegar a una casa alguien te diga: ‘Ay padre, ¿por qué se ha envejecido tan exageradamente?’, prepárate porque ya habrá llegado la hora de partir para la eternidad". Y así sucedió. Al principio del año 1910, el Padre Rúa fue a Sicilia a visitar un colegio salesiano y un antiguo discípulo suyo, al verlo le dijo: "Ay padre, ¿por qué se ha envejecido tan exageradamente?". El santo sacerdote palideció y se preparó para bien morir.

El 6 de abril de 1910, después de exclamar: "Salvar el alma, eso es lo más importante", expiró santamente. Había dedicado su vida con todo su corazón a comunicar el amor de Dios según el carisma que recibió de San Juan Bosco.