sábado, 7 de noviembre de 2026
Lecturas del 07/11/2026
Hermanos:
Me alegré muchísimo en el Señor de que ahora, por fin, haya vuelto a florecer vuestro interés por mí; siempre lo habíais sentido, pero os faltaba la ocasión. Aunque ando escaso de recursos, no lo digo por eso; yo he aprendido a bastarme con lo que tengo. Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mis tribulaciones. Vosotros, filipenses, sabéis además que, desde que salí de Macedonia y empecé la misión, ninguna iglesia, aparte de vosotros, me abrió una cuenta de haber y debe. Ya me mandasteis a Tesalónica, más de una vez, un subsidio para aliviar mi necesidad; no es que yo busque regalos, busco que los intereses se acumulen en vuestra cuenta. Tengo lo necesario, y me sobra. Estoy plenamente satisfecho habiendo recibido de Epafrodito vuestro donativo, que es suave olor, sacrificio aceptable y grato a Dios.
En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús.
En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: «Ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto.
Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?
Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».
Los fariseos, que eran amigos del dinero, estaban escuchando todo esto y se burlaban de él.
Y les dijo: «Vosotros os las dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones, pues lo que es sublime entre los hombres es abominable ante Dios».
Palabra del Señor.
07 de Noviembre 2026 - San Jacinto Castañeda
Hijo del notario José Castañeda y de María Puchsons nació en Játiva, diócesis de Valencia, el 13 de enero de 1743, y el mismo día recibió el santo bautismo. Sus piadosos padres le proporcionaron una recia formación cristiana, favorecida por las buenas dotes naturales. De niño se sintió atraído por la forma de vida de los frailes dominicos y el 3 de diciembre de 1756 ingresó en su convento de Santo Domingo de su ciudad natal. El 11 de enero de 1759 emitió sus votos religiosos. Se dio a los estudios filosóficos con tan buen rendimiento que sus superiores lo enviaron a estudiar al convento-universidad de Santo Domingo, de Orihuela. Ya desde aquellos años se distinguía tanto por su aplicación al estudio como por su empeño en ser fiel hasta en los más pequeños detalles a la observancia regular.
En mayo de 1761 se leyó en comunidad una circular en la que se pedían misioneros para Extremo Oriente. Varios religiosos dieron sus nombres y entre ellos Jacinto Castañeda. El posterior 8 de septiembre se pusieron en camino hacia el gaditano Puerto Real para embarcar. Una grave infección bucal estuvo a punto de obligarle a interrumpir el viaje. El 20 de noviembre de aquel 1762 zarparon rumbo a México, adonde llegaron el 23 de febrero del año siguiente, y pasaron a Acapulco para tomar el barco que tenía que conducirles a Manila. Por fin, el 28 de octubre de 1763 llegaban exhaustos a Manila, después de incontables trabajos y penalidades, de librarse de varios naufragios, enfermedades y peste, de haber perdido dos religiosos, y de huir a veces de corsarios ingleses por lodazales y terrenos inhóspitos con hambre y sed. Una vez en el convento de Santo Domingo, de Manila, se incorporó con entusiasmo al estudio y a la más exigente vida conventual. Agraciado físicamente y en plena juventud, Castañeda resaltaba más aún por la ejemplaridad de su vida.
El 2 de junio de 1765 era ordenado sacerdote en la isla de Cebú, teniendo que dispensarle la edad canónica. Inmediatamente, a pesar de su juventud, y con no pequeña sorpresa del propio Castañeda, el posterior 13 de octubre era enviado a la misión que los dominicos tenían en el territorio chino de Fo-Kien. Levó anclas rumbo a Macao y tocó puerto el 13 de diciembre, pero allí tuvo que esperar varios meses hasta poder entrar en China, tiempo que aprovechó para iniciarse en el conocimiento del idioma. Introducido clandestinamente en abril de 1766, experimentó de inmediato las consecuencias de la dura persecución. Al ir a atender a un enfermo, junto con otro compañero, el 18 de julio de 1769 fueron apresados por un renegado y un grupo de enemigos, que exigieron un fuerte rescate que en modo alguno pudieron pagar. Entregados a los mandarines civil y militar, a pesar de que fueron presentados catorce veces a los tribunales, no pudieron hallar en ellos culpabilidad alguna, por lo que fueron enviados al destierro. El 9 de diciembre de aquel año llegaban de nuevo a Macao. Para no exponerles a mayores peligros los superiores lo destinaron a Tonkin (el actual Vietnam).
El 9 de febrero de 1770 partía hacia su nuevo destino misionero, Fu-Tay, donde llegaron a finales de aquel mes. Aprendió la lengua, pero ante la crudeza de la persecución tuvo que limitar el ejercicio del ministerio sacerdotal a las horas nocturnas, que consagraba en su integridad a instruir cristianos, administrar sacramentos y atender la necesidad espiritual de un territorio amplio y lleno de peligros. Estando en Ke-gia, aquejado de fiebre intensa, fue requerido para atender a un cristiano moribundo; apresado por un pirata, al regresar, se le exigió un rescate que tampoco pudo pagar, por lo que fue entregado al subprefecto y encarcelado. Era el 12 de julio de 1773.
En Ket-cho el 5 de agosto, metido en una estrecha jaula, fue expuesto a las burlas de la gente. En aquella situación vio cómo traían otro preso en idénticas condiciones. Era el dominico Vicente Liem de La Paz, quien iba a ser su compañero de cautiverio y martirio. Cumplidos los clásicos y pesados interrogatorios fue encarcelado de nuevo con mayor rigor, hasta que el 7 de noviembre de aquel mismo año se les sentenció a muerte y acto seguido fueron decapitados en Hanoi.
El 20 de mayo de 1906 fue beatificado por san Pío X y canonizado por Juan Pablo II el 19 de junio de 1988. La Orden de Frailes Predicadores celebra su memoria el 24 de noviembre, junto con los demás compañeros mártires en Vietnam.
En mayo de 1761 se leyó en comunidad una circular en la que se pedían misioneros para Extremo Oriente. Varios religiosos dieron sus nombres y entre ellos Jacinto Castañeda. El posterior 8 de septiembre se pusieron en camino hacia el gaditano Puerto Real para embarcar. Una grave infección bucal estuvo a punto de obligarle a interrumpir el viaje. El 20 de noviembre de aquel 1762 zarparon rumbo a México, adonde llegaron el 23 de febrero del año siguiente, y pasaron a Acapulco para tomar el barco que tenía que conducirles a Manila. Por fin, el 28 de octubre de 1763 llegaban exhaustos a Manila, después de incontables trabajos y penalidades, de librarse de varios naufragios, enfermedades y peste, de haber perdido dos religiosos, y de huir a veces de corsarios ingleses por lodazales y terrenos inhóspitos con hambre y sed. Una vez en el convento de Santo Domingo, de Manila, se incorporó con entusiasmo al estudio y a la más exigente vida conventual. Agraciado físicamente y en plena juventud, Castañeda resaltaba más aún por la ejemplaridad de su vida.
El 2 de junio de 1765 era ordenado sacerdote en la isla de Cebú, teniendo que dispensarle la edad canónica. Inmediatamente, a pesar de su juventud, y con no pequeña sorpresa del propio Castañeda, el posterior 13 de octubre era enviado a la misión que los dominicos tenían en el territorio chino de Fo-Kien. Levó anclas rumbo a Macao y tocó puerto el 13 de diciembre, pero allí tuvo que esperar varios meses hasta poder entrar en China, tiempo que aprovechó para iniciarse en el conocimiento del idioma. Introducido clandestinamente en abril de 1766, experimentó de inmediato las consecuencias de la dura persecución. Al ir a atender a un enfermo, junto con otro compañero, el 18 de julio de 1769 fueron apresados por un renegado y un grupo de enemigos, que exigieron un fuerte rescate que en modo alguno pudieron pagar. Entregados a los mandarines civil y militar, a pesar de que fueron presentados catorce veces a los tribunales, no pudieron hallar en ellos culpabilidad alguna, por lo que fueron enviados al destierro. El 9 de diciembre de aquel año llegaban de nuevo a Macao. Para no exponerles a mayores peligros los superiores lo destinaron a Tonkin (el actual Vietnam).
El 9 de febrero de 1770 partía hacia su nuevo destino misionero, Fu-Tay, donde llegaron a finales de aquel mes. Aprendió la lengua, pero ante la crudeza de la persecución tuvo que limitar el ejercicio del ministerio sacerdotal a las horas nocturnas, que consagraba en su integridad a instruir cristianos, administrar sacramentos y atender la necesidad espiritual de un territorio amplio y lleno de peligros. Estando en Ke-gia, aquejado de fiebre intensa, fue requerido para atender a un cristiano moribundo; apresado por un pirata, al regresar, se le exigió un rescate que tampoco pudo pagar, por lo que fue entregado al subprefecto y encarcelado. Era el 12 de julio de 1773.
En Ket-cho el 5 de agosto, metido en una estrecha jaula, fue expuesto a las burlas de la gente. En aquella situación vio cómo traían otro preso en idénticas condiciones. Era el dominico Vicente Liem de La Paz, quien iba a ser su compañero de cautiverio y martirio. Cumplidos los clásicos y pesados interrogatorios fue encarcelado de nuevo con mayor rigor, hasta que el 7 de noviembre de aquel mismo año se les sentenció a muerte y acto seguido fueron decapitados en Hanoi.
El 20 de mayo de 1906 fue beatificado por san Pío X y canonizado por Juan Pablo II el 19 de junio de 1988. La Orden de Frailes Predicadores celebra su memoria el 24 de noviembre, junto con los demás compañeros mártires en Vietnam.
viernes, 6 de noviembre de 2026
Lecturas del 06/11/2026
Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros.
Porque —como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos— hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; solo aspiran a cosas terrenas.
Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.
Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.
Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.
En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes.
Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando”.
El administrador se puso a decir para sí: “¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”.
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?”.
Este respondió: “Cien barriles de aceite».
Él le dijo: «Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta”.
Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”.
Él dijo: “Cien fanegas de trigo”.
Le dice: “Toma tu recibo y escribe ochenta”.
Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz».
Palabra del Señor.
06 de Noviembre 2026 - San Severo de Barcelona
No tenemos datos sobre su nacimiento e infancia. También se desconocen testimonios históricos de su acción pastoral, de su muerte y de su sepultura. Algún historiador ha llegado a negar, por estos motivos, incluso la existencia de San Severo.
Se conocen las actas de su martirio redactadas en tiempo posterior y con añadiduras e interpolaciones, habituales en este tipo de relatos de mediados del siglo VI. Es frecuente encontrar mezclas de elementos que bien pueden ser adecuados a la veracidad de los hechos con otros elementos apócrifos provenientes del cariño, respeto y simpatía con que los creyentes adornan con imágenes que, provenientes de la fantasía —por una parte convincentes y por otra parte ejemplarizantes—, acercan al momento presente la personalidad del modelo del que se habla. Se incluyen en este tipo de relato aderezos que pretenden resaltar la Providencia de Dios complacido en la actitud decidida hasta la muerte del mártir o del santo.
La época del acontecimiento está situada durante la persecución de Diocleciano, soliviantado por el césar Galerio, que se propone, para depurar el ejército, eliminar del imperio el nombre cristiano. El presidente Daciano, que centra su atención en quienes hacen cabeza para escarmiento del pueblo, ha tomado muy a pecho la orden de exterminio.
San Severo es obispo de Barcelona por el año 300. Se le conoce como un pastor entregado ejemplar y completamente a su rebaño que ha sabido distinguirse por su celo y fidelidad a la fe. Sabe que las órdenes de Daciano son tajantes en lo que atañe a poner por obra los edictos del emperador. Piensa en un primer momento esconderse para seguir ayudando a los fieles desde la clandestinidad y pasa al Castro Octaviano, al otro lado de la montaña. En su marcha se encuentra con Emeterio, que siembra sus tierras y a quien reconoce como cristiano. El obispo le anima a perseverar en la fe aún en la persecución presente, encargándole de decir la verdad a sus perseguidores, en el caso de que se presenten.
Al separarse —cándida narración—, Dios interviene haciendo que las habas del campo recién sembrado crezcan y se pongan en flor. Al acercarse los soldados pidiendo información a Emeterio, él les dirá: "ha pasado por aquí" y, cuando le pregunten por el tiempo contestará enfáticamente: "cuando sembraba estas habas". El buen cristiano no ha querido ofender a Dios con la mentira, ha obedecido a su obispo, y, al mismo tiempo, ha puesto los recursos humanos para salvar la vida del fugitivo. Pero nada de esto impide que los soldados, furiosos, se sientan burlados, lo apresen y lleven ante el tribunal del presidente.
El obispo Severo, acompañado de otros sacerdotes, ha tomado la decisión de presentarse voluntariamente a los romanos.
Donde hoy es San Cugat, son decapitados los sacerdotes acompañantes del obispo y Emeterio; se espera la claudicación de Severo obispo a la vista de tanta atrocidad. Ante su pertinaz resistencia en la tortura y en los azotes con látigos emplomados, un verdugo coloca un clavo en su cabeza y otro sayón la atraviesa de un mazazo.
Bien hacen los barceloneses en honrar hoy la memoria de este obispo santo en la conocidísima y barroca Iglesia de San Severo, cercana a la catedral. Antes que ellos, ya le tuvo devoción el rey Fernando el Católico y, antes aún, el rey Martín de Aragón fue curado de gangrena en una pierna próxima a la amputación.
Se conocen las actas de su martirio redactadas en tiempo posterior y con añadiduras e interpolaciones, habituales en este tipo de relatos de mediados del siglo VI. Es frecuente encontrar mezclas de elementos que bien pueden ser adecuados a la veracidad de los hechos con otros elementos apócrifos provenientes del cariño, respeto y simpatía con que los creyentes adornan con imágenes que, provenientes de la fantasía —por una parte convincentes y por otra parte ejemplarizantes—, acercan al momento presente la personalidad del modelo del que se habla. Se incluyen en este tipo de relato aderezos que pretenden resaltar la Providencia de Dios complacido en la actitud decidida hasta la muerte del mártir o del santo.
La época del acontecimiento está situada durante la persecución de Diocleciano, soliviantado por el césar Galerio, que se propone, para depurar el ejército, eliminar del imperio el nombre cristiano. El presidente Daciano, que centra su atención en quienes hacen cabeza para escarmiento del pueblo, ha tomado muy a pecho la orden de exterminio.
San Severo es obispo de Barcelona por el año 300. Se le conoce como un pastor entregado ejemplar y completamente a su rebaño que ha sabido distinguirse por su celo y fidelidad a la fe. Sabe que las órdenes de Daciano son tajantes en lo que atañe a poner por obra los edictos del emperador. Piensa en un primer momento esconderse para seguir ayudando a los fieles desde la clandestinidad y pasa al Castro Octaviano, al otro lado de la montaña. En su marcha se encuentra con Emeterio, que siembra sus tierras y a quien reconoce como cristiano. El obispo le anima a perseverar en la fe aún en la persecución presente, encargándole de decir la verdad a sus perseguidores, en el caso de que se presenten.
Al separarse —cándida narración—, Dios interviene haciendo que las habas del campo recién sembrado crezcan y se pongan en flor. Al acercarse los soldados pidiendo información a Emeterio, él les dirá: "ha pasado por aquí" y, cuando le pregunten por el tiempo contestará enfáticamente: "cuando sembraba estas habas". El buen cristiano no ha querido ofender a Dios con la mentira, ha obedecido a su obispo, y, al mismo tiempo, ha puesto los recursos humanos para salvar la vida del fugitivo. Pero nada de esto impide que los soldados, furiosos, se sientan burlados, lo apresen y lleven ante el tribunal del presidente.
El obispo Severo, acompañado de otros sacerdotes, ha tomado la decisión de presentarse voluntariamente a los romanos.
Donde hoy es San Cugat, son decapitados los sacerdotes acompañantes del obispo y Emeterio; se espera la claudicación de Severo obispo a la vista de tanta atrocidad. Ante su pertinaz resistencia en la tortura y en los azotes con látigos emplomados, un verdugo coloca un clavo en su cabeza y otro sayón la atraviesa de un mazazo.
Bien hacen los barceloneses en honrar hoy la memoria de este obispo santo en la conocidísima y barroca Iglesia de San Severo, cercana a la catedral. Antes que ellos, ya le tuvo devoción el rey Fernando el Católico y, antes aún, el rey Martín de Aragón fue curado de gangrena en una pierna próxima a la amputación.
jueves, 5 de noviembre de 2026
05 de Noviembre 2026 – SANTAS RELIQUIAS
La muerte prepara la cosecha para el cielo.
Si tuviéramos los ojos de los ángeles, veríamos el mundo como un campo inmenso, sembrado para la resurrección. La muerte de Abel abrió el primer surco y desde entonces la siembra continuó sin parar en todos los lugares. ¡Qué tesoros ya encierra esta tierra de trabajos y enfermedades! ¡Como la cosecha promete para el cielo, tan pronto como el Sol de justicia levante los oídos de la salud del grupo, maduro para la gloria! Por lo tanto, no debemos sorprendernos si la Iglesia bendice y dirige la deposición del trigo precioso en el surco.
Pero la Iglesia no se contenta con sembrar continuamente y, a veces, impaciente con la expectativa, quita de la tierra el trigo más elegido que lo ha depositado y con su infalible discernimiento, que lo preserva del error, libera al inmortal germen del lodo. Él predice las maravillas del futuro, y recolectándolo en oro y telas preciosas, portándolo triunfalmente, convocando a las multitudes para honrarlo, dedicando a su nombre nuevos templos, decreta el honor supremo de descansar sobre los altares en los que se ofrece a Dios el Santo Sacrificio.
"Por favor, entienda su caridad, dice San Agustín (Discurso CCCXVIII sobre San Esteban, V): no elevamos un altar aquí a Esteban, pero hacemos de las reliquias de Esteban un altar a Dios. Dios ama estos altares y, si me pregunta porque les diré que la razón es que la muerte de los santos es preciosa ante Dios "(Sal 115,15). "Para obedecer a Dios, el alma invisible ha dejado su hogar visible, pero Dios guarda esta casa y encuentra su gloria en los honores que le damos a esta carne inanimada y de ella el poder de obrar milagros, la cubre con poder. De su divinidad "(Discurso CCLXXV sobre San Vicente, mártir, II). De aquí vienen las peregrinaciones a las tumbas de los santos.
"La gente cristiana, dice San Gregorio de Nyssa, ¿quién los reúne aquí?" Una tumba no atrae a nadie y la vista de lo que es una terrible revuelta, pero aquí se considera una bendición poder acercarse aquí; Es el objeto de la investigación, se considera un regalo de gran valor, porque deseable, pero raro es el favor de poder alcanzar las cenizas que contiene, y los privilegiados lo saben. Este cuerpo lo abraza, trae los labios y los ojos, como si estaba vivo, derramando lágrimas de devoción y amor. "¿Qué emperador fue honrado así?" (Su san Teodoro martire).
"Los emperadores", reanudaron San Juan Crisóstomo, lo que alguna vez fueron los porteros de sus palacios, hoy son ellos mismos para los pescadores: el hijo del gran Constantino creyó que no podría honrar más que preparar una tumba en el vestíbulo del pescador de Galilea " (Com. Del Segundo al Cuerpo Om. XXVI).
Y en otro pasaje, completando la explicación de la admirable carta a los romanos del Doctor de los Gentiles, exclama: "Quien ahora me concederá para postrarme en el sepulcro de Pablo, para contemplar el polvo de este cuerpo que terminó, sufriendo por nosotros, lo que faltaba. ¿A los sufrimientos de Cristo? (Col. 1:24) el polvo de esta boca que habló, sin sonrojarse, ante los reyes y, mostrándonos quién era Pablo, nos reveló al Señor de Pablo? El polvo de este corazón, el corazón del mundo, más Alto del cielo, más ancho que el universo, corazón de Cristo no menos que de Pablo, en el cual el libro de la gracia fue esculpido por el Espíritu Santo. Me gustaría ver el polvo de las manos, que escribió las epístolas, de los ojos que, primero ciegos. Recuperé la vista para nuestra salvación, de los pies que cruzaron la tierra. Sí, me gustaría contemplar la tumba en la que descansan estos instrumentos de justicia, luz, estos miembros de Cristo, este templo del Espíritu Santo, este cuerpo venerado. Con la de Pedro, protege a Roma de una manera más segura que todos los bastiones "(Homilía XXXII).
Estos textos y muchos otros no impidieron que la herejía en el siglo XVI, profanando las tumbas sagradas, afirmara que nos llevara de vuelta a las costumbres de nuestros padres. Pero en contra de estos reformadores extraños, el Concilio de Trento expresó el testimonio unánime de la Tradición en la siguiente definición, en la que se resumen las razones teológicas del culto que dio la Iglesia a las reliquias de los santos:
"Los fieles deben venerar los cuerpos de los mártires y de los otros santos que viven con Cristo, que fueron sus amantes vivas y el templo del Espíritu Santo y resucitar para la vida y la gloria eternas, concediéndole a Dios muchos beneficios para los hombres y por lo tanto, aquellos que dicen que las reliquias de los santos no merecen ser veneradas y que son honrados innecesariamente por los fieles, que visitan los recuerdos y monumentos de los santos en vano para obtener su ayuda, son absolutamente dignos de condena y, por un largo tiempo, la Iglesia los ha condenado (Concilio de Nicea II, capítulo VII), los condena de nuevo "(Concilio de Trento, Sess. XXV).
Si tuviéramos los ojos de los ángeles, veríamos el mundo como un campo inmenso, sembrado para la resurrección. La muerte de Abel abrió el primer surco y desde entonces la siembra continuó sin parar en todos los lugares. ¡Qué tesoros ya encierra esta tierra de trabajos y enfermedades! ¡Como la cosecha promete para el cielo, tan pronto como el Sol de justicia levante los oídos de la salud del grupo, maduro para la gloria! Por lo tanto, no debemos sorprendernos si la Iglesia bendice y dirige la deposición del trigo precioso en el surco.
Pero la Iglesia no se contenta con sembrar continuamente y, a veces, impaciente con la expectativa, quita de la tierra el trigo más elegido que lo ha depositado y con su infalible discernimiento, que lo preserva del error, libera al inmortal germen del lodo. Él predice las maravillas del futuro, y recolectándolo en oro y telas preciosas, portándolo triunfalmente, convocando a las multitudes para honrarlo, dedicando a su nombre nuevos templos, decreta el honor supremo de descansar sobre los altares en los que se ofrece a Dios el Santo Sacrificio.
"Por favor, entienda su caridad, dice San Agustín (Discurso CCCXVIII sobre San Esteban, V): no elevamos un altar aquí a Esteban, pero hacemos de las reliquias de Esteban un altar a Dios. Dios ama estos altares y, si me pregunta porque les diré que la razón es que la muerte de los santos es preciosa ante Dios "(Sal 115,15). "Para obedecer a Dios, el alma invisible ha dejado su hogar visible, pero Dios guarda esta casa y encuentra su gloria en los honores que le damos a esta carne inanimada y de ella el poder de obrar milagros, la cubre con poder. De su divinidad "(Discurso CCLXXV sobre San Vicente, mártir, II). De aquí vienen las peregrinaciones a las tumbas de los santos.
"La gente cristiana, dice San Gregorio de Nyssa, ¿quién los reúne aquí?" Una tumba no atrae a nadie y la vista de lo que es una terrible revuelta, pero aquí se considera una bendición poder acercarse aquí; Es el objeto de la investigación, se considera un regalo de gran valor, porque deseable, pero raro es el favor de poder alcanzar las cenizas que contiene, y los privilegiados lo saben. Este cuerpo lo abraza, trae los labios y los ojos, como si estaba vivo, derramando lágrimas de devoción y amor. "¿Qué emperador fue honrado así?" (Su san Teodoro martire).
"Los emperadores", reanudaron San Juan Crisóstomo, lo que alguna vez fueron los porteros de sus palacios, hoy son ellos mismos para los pescadores: el hijo del gran Constantino creyó que no podría honrar más que preparar una tumba en el vestíbulo del pescador de Galilea " (Com. Del Segundo al Cuerpo Om. XXVI).
Y en otro pasaje, completando la explicación de la admirable carta a los romanos del Doctor de los Gentiles, exclama: "Quien ahora me concederá para postrarme en el sepulcro de Pablo, para contemplar el polvo de este cuerpo que terminó, sufriendo por nosotros, lo que faltaba. ¿A los sufrimientos de Cristo? (Col. 1:24) el polvo de esta boca que habló, sin sonrojarse, ante los reyes y, mostrándonos quién era Pablo, nos reveló al Señor de Pablo? El polvo de este corazón, el corazón del mundo, más Alto del cielo, más ancho que el universo, corazón de Cristo no menos que de Pablo, en el cual el libro de la gracia fue esculpido por el Espíritu Santo. Me gustaría ver el polvo de las manos, que escribió las epístolas, de los ojos que, primero ciegos. Recuperé la vista para nuestra salvación, de los pies que cruzaron la tierra. Sí, me gustaría contemplar la tumba en la que descansan estos instrumentos de justicia, luz, estos miembros de Cristo, este templo del Espíritu Santo, este cuerpo venerado. Con la de Pedro, protege a Roma de una manera más segura que todos los bastiones "(Homilía XXXII).
Estos textos y muchos otros no impidieron que la herejía en el siglo XVI, profanando las tumbas sagradas, afirmara que nos llevara de vuelta a las costumbres de nuestros padres. Pero en contra de estos reformadores extraños, el Concilio de Trento expresó el testimonio unánime de la Tradición en la siguiente definición, en la que se resumen las razones teológicas del culto que dio la Iglesia a las reliquias de los santos:
"Los fieles deben venerar los cuerpos de los mártires y de los otros santos que viven con Cristo, que fueron sus amantes vivas y el templo del Espíritu Santo y resucitar para la vida y la gloria eternas, concediéndole a Dios muchos beneficios para los hombres y por lo tanto, aquellos que dicen que las reliquias de los santos no merecen ser veneradas y que son honrados innecesariamente por los fieles, que visitan los recuerdos y monumentos de los santos en vano para obtener su ayuda, son absolutamente dignos de condena y, por un largo tiempo, la Iglesia los ha condenado (Concilio de Nicea II, capítulo VII), los condena de nuevo "(Concilio de Trento, Sess. XXV).
Lecturas del 05/11/2026
Hermanos:
Los circuncisos somos nosotros, los que damos culto en el Espíritu de Dios y ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne. Aunque también yo tendría motivos para confiar en ella. Y si alguno piensa que puede hacerlo, yo mucho más: circuncidado a los ocho días, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo hijo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, irreprochable.
Sin embargo, todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola: « ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
Palabra del Señor.
05 de Noviembre 2026 - Santa Ángela de la Cruz
Ángela Guerrero González, Sor Ángela de la Cruz, Madre de los pobres, nació el 30 de enero de 1846 en Sevilla en el seno de una familia sencilla. Sus padres, Francisco Guerrero y Josefa González, tuvieron catorce hijos, pero sólo seis llegaron a mayores de edad a causa de la terrible mortalidad infantil, aún persistente durante todo el s. XIX.
Sus padres eran—hasta la exclaustración de los religiosos en 1836—los cocineros del Convento de los Padres Teatinos de Sevilla. Su padre murió pronto. Sin embargo la madre llegara a ver la obra de su hija, y las Hermanitas de la Cruz la llamaran con el dulce nombre de "la abuelita" y quedaran admiradas de las muchas virtudes que florecían en el jardín de su alma. Ella supo trasplantarlas al jardín del alma de su hija Ángela. Se dice que un día, siendo aún muy pequeña, desapareció y todos la buscaron. Todos menos su madre que enseguida adivinó donde estaba: en la iglesia. Allí la encontraron rezando y recorriendo los altares. Ya mayor dirá: "Yo, todo el tiempo que podía, lo pasaba en la iglesia, echándome bendiciones de altar como hacen las chiquillas".
Por carecer de recursos, apenas puede aprender a leer y escribir. Ángela, que crecía en un piadoso ambiente familiar, pronto daría cumplidas pruebas de bondad natural. Ya de joven, nadie osaba hablar mal o pronunciar blasfemias en su presencia. Si hablaban algo menos puro, al verla llegar, decían, cambiando de conversación: "Callad, que viene Angelita".
Ángela necesita trabajar desde los doce años para ayudar a su familia, cuando apenas ha tenido ocasión de asistir a la escuela: en el taller de calzado de doña Antonia Maldonado, en la calle del Huevo, trabajó durante algún tiempo como zapatera. Dña. Antonia estaba encantada de ella y exhortaba a las demás a que la imitaran. Hacia rezar el rosario y rendían más que antes.
El Padre Torres Padilla era muy amigo de la familia donde trabajaba como zapatera. Le habían hablado de la maravilla de aquella joven.
De 1862 a 1865, Ángela, que asombra por sus virtudes a cuantos la conocen, reparte su jornada entre su casa, el taller, las iglesias donde reza y los hogares pobres que visita. En 1865 se cierne una oleada de cólera sobre Sevilla que azota a las familias pobres hacinadas en los "corrales de vecindad". Ángela se multiplica para poder ayudar a estos hombres, mujeres y niños castigados tan duramente por la miseria. Y en ese mismo año pone en conocimiento de su confesor, el padre Torres, su voluntad de "meterse a monja". Cuenta ahora con diecinueve años.
Quiso entrar en las Carmelitas Descalzas del barrio de Santa Cruz de Sevilla, aunque no la admitieron por temor a que no pudiera soportar los duros menesteres del convento en su cuerpo menudo y débil.
Después ingresó en las Hermanas de la Caridad. Llegó a vestir el habito, pero hubo de salir del convento al enfermar. Viendo que no podía ser monja en el convento, se dijo a si misma: "Seré monja en el mundo" e hizo los Votos religiosos. Un billete de 1º de noviembre de 1871 nos revela que "María de los Ángeles Guerrero, a los pies de Cristo Crucificado" promete vivir conforme a los consejos evangélicos: ya que le ha fallado ser monja en el convento, será monja fuera. Dos años más tarde, Ángela pone en manos del doctor Torres Padilla unas reflexiones personales en las que se propone, no vivir siguiendo a Jesús con la cruz de su vida, sino vivir permanentemente clavada en ella junto a Jesús. De ahora en adelante se llamará Ángela de la Cruz.
Ángela comienza a afirmarse en una idea que le ha venido con fuerza: "hay que hacerse pobre con los pobres".
En invierno de 1873 Ángela formula votos perpetuos fuera del claustro, y por el voto de obediencia queda unida al padre Torres. Pero su mente y su corazón inquietos comienzan a "reinar" en una idea que continuamente le asalta: formar la "Compañía de la Cruz". Obstinada en su empeño el 17 de enero de 1875 comienza a trazar su proyecto, que, como toda obra noble, se verá colmado por el éxito, más ante los ojos de Dios que ante los ojos de los hombres.
Ángela ha encontrado tres compañeras: Josefa de la Peña, una terciaria franciscano "pudiente", que ha decidido dar el paso que su contacto con los pobres le está pidiendo; Juana María Castro y Juana Magadán, dos jóvenes pobres, sencillas y buenas. Con el dinero de Josefa Peña alquilan su "convento": un cuartito con derecho a cocina en la casa número 13 de la calle San Luis, y desde allí organizan su servicio de asistencia a los necesitados a lo largo del día y de la noche. Poco después se trasladan al número 8 de la calle Hombre de Piedra, y comienzan a adquirir notable consistencia en el clima religioso de Sevilla. Estrenan hábito y sus compañeras comienzan a llamarle "Madre", cuando aún no se ha borrado de su rostro la primavera de la niñez. Entre duras penitencias y mortificaciones, fieles a la causa de los pobres, consiguen obtener en 1876 la admisión y bendición del Cardenal Spinola.
Todo el resto de su vida estaría marcado por el signo doliente de la Cruz, pero también por la felicidad de quien se siente "luz en el mundo mostrando una razón para vivir". La Compañía va a crecer, y con ella el agradecimiento del pueblo sevillano y de todos los rincones de Andalucía a donde llega el espíritu de Sor Ángela. Como afirma José María Javierre en su preciosa obra Madre de los pobres: 'Que yo sepa, es el único caso en el mundo. Existe una ciudad donde pronunciáis el nombre de una persona y todos los habitantes, todos, sonríen: -Era buena, era una santa."
La siguen bastantes jóvenes y mayores que quieren imitar a Sor Ángela y seguir su mismo género de vida. Todos caben en sus casas. La austeridad será nota distintiva de sus casas. Roma da aprobación a su Obra.
Falleció el 2 de marzo de 1932 como consecuencia de un accidente cerebrovascular, personas de todas las clases sociales rindieron homenaje a la hoy Santa que, por privilegio del Gobierno de la Segunda República Española, fue sepultada en la cripta de la Casa Madre en Sevilla.
Dos días después el Ayuntamiento republicano de la ciudad de Sevilla, presidido por el alcalde don José González Fernández de Labandera, decidió por unanimidad que constase en acta el sentimiento de la Corporación por la muerte de la religiosa y decidió se rotulase con su nombre la entonces llamada calle Alcázares, donde estaba y continúa el convento. Esta decisión tiene gran importancia, si tenemos en cuenta las ideas anticlericales imperantes en la época.
El Papa Juan Pablo II la beatificó el 5 de noviembre de 1982. El 20 de diciembre de 2002, la Iglesia reconoció oficialmente su santidad, al aprobar el milagro que le había sido atribuido, la curación, científicamente inexplicada, de un niño que sufría una obstrucción de la arteria central de la retina del ojo derecho y recuperó repentinamente la visión. Fue canonizada por Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003 en la madrileña Plaza de Colón, con el nombre de Santa Ángela de la Cruz.
El 7 de mayo de 2003, el cuerpo incorrupto de la Santa es trasladado desde la Casa Madre hasta la Catedral de Sevilla, donde presidió los actos en su honor, por la Canonización. Una gran multitud se concentró a su paso, adornándose los templos y calles del recorrido para la ocasión.
En 2012, la Compañía de la Cruz tiene más de cincuenta conventos, 700 hermanas y unas 50 novicias que realizan el noviciado en Sevilla. Los países donde se encuentra son España, Argentina e Italia. En España en las comunidades autónomas de Andalucía, Extremadura, Canarias, Madrid, Comunidad Valenciana, Castilla y León, Castilla La Mancha y Galicia.
Sus padres eran—hasta la exclaustración de los religiosos en 1836—los cocineros del Convento de los Padres Teatinos de Sevilla. Su padre murió pronto. Sin embargo la madre llegara a ver la obra de su hija, y las Hermanitas de la Cruz la llamaran con el dulce nombre de "la abuelita" y quedaran admiradas de las muchas virtudes que florecían en el jardín de su alma. Ella supo trasplantarlas al jardín del alma de su hija Ángela. Se dice que un día, siendo aún muy pequeña, desapareció y todos la buscaron. Todos menos su madre que enseguida adivinó donde estaba: en la iglesia. Allí la encontraron rezando y recorriendo los altares. Ya mayor dirá: "Yo, todo el tiempo que podía, lo pasaba en la iglesia, echándome bendiciones de altar como hacen las chiquillas".
Por carecer de recursos, apenas puede aprender a leer y escribir. Ángela, que crecía en un piadoso ambiente familiar, pronto daría cumplidas pruebas de bondad natural. Ya de joven, nadie osaba hablar mal o pronunciar blasfemias en su presencia. Si hablaban algo menos puro, al verla llegar, decían, cambiando de conversación: "Callad, que viene Angelita".
Ángela necesita trabajar desde los doce años para ayudar a su familia, cuando apenas ha tenido ocasión de asistir a la escuela: en el taller de calzado de doña Antonia Maldonado, en la calle del Huevo, trabajó durante algún tiempo como zapatera. Dña. Antonia estaba encantada de ella y exhortaba a las demás a que la imitaran. Hacia rezar el rosario y rendían más que antes.
El Padre Torres Padilla era muy amigo de la familia donde trabajaba como zapatera. Le habían hablado de la maravilla de aquella joven.
De 1862 a 1865, Ángela, que asombra por sus virtudes a cuantos la conocen, reparte su jornada entre su casa, el taller, las iglesias donde reza y los hogares pobres que visita. En 1865 se cierne una oleada de cólera sobre Sevilla que azota a las familias pobres hacinadas en los "corrales de vecindad". Ángela se multiplica para poder ayudar a estos hombres, mujeres y niños castigados tan duramente por la miseria. Y en ese mismo año pone en conocimiento de su confesor, el padre Torres, su voluntad de "meterse a monja". Cuenta ahora con diecinueve años.
Quiso entrar en las Carmelitas Descalzas del barrio de Santa Cruz de Sevilla, aunque no la admitieron por temor a que no pudiera soportar los duros menesteres del convento en su cuerpo menudo y débil.
Después ingresó en las Hermanas de la Caridad. Llegó a vestir el habito, pero hubo de salir del convento al enfermar. Viendo que no podía ser monja en el convento, se dijo a si misma: "Seré monja en el mundo" e hizo los Votos religiosos. Un billete de 1º de noviembre de 1871 nos revela que "María de los Ángeles Guerrero, a los pies de Cristo Crucificado" promete vivir conforme a los consejos evangélicos: ya que le ha fallado ser monja en el convento, será monja fuera. Dos años más tarde, Ángela pone en manos del doctor Torres Padilla unas reflexiones personales en las que se propone, no vivir siguiendo a Jesús con la cruz de su vida, sino vivir permanentemente clavada en ella junto a Jesús. De ahora en adelante se llamará Ángela de la Cruz.
Ángela comienza a afirmarse en una idea que le ha venido con fuerza: "hay que hacerse pobre con los pobres".
En invierno de 1873 Ángela formula votos perpetuos fuera del claustro, y por el voto de obediencia queda unida al padre Torres. Pero su mente y su corazón inquietos comienzan a "reinar" en una idea que continuamente le asalta: formar la "Compañía de la Cruz". Obstinada en su empeño el 17 de enero de 1875 comienza a trazar su proyecto, que, como toda obra noble, se verá colmado por el éxito, más ante los ojos de Dios que ante los ojos de los hombres.
Ángela ha encontrado tres compañeras: Josefa de la Peña, una terciaria franciscano "pudiente", que ha decidido dar el paso que su contacto con los pobres le está pidiendo; Juana María Castro y Juana Magadán, dos jóvenes pobres, sencillas y buenas. Con el dinero de Josefa Peña alquilan su "convento": un cuartito con derecho a cocina en la casa número 13 de la calle San Luis, y desde allí organizan su servicio de asistencia a los necesitados a lo largo del día y de la noche. Poco después se trasladan al número 8 de la calle Hombre de Piedra, y comienzan a adquirir notable consistencia en el clima religioso de Sevilla. Estrenan hábito y sus compañeras comienzan a llamarle "Madre", cuando aún no se ha borrado de su rostro la primavera de la niñez. Entre duras penitencias y mortificaciones, fieles a la causa de los pobres, consiguen obtener en 1876 la admisión y bendición del Cardenal Spinola.
Todo el resto de su vida estaría marcado por el signo doliente de la Cruz, pero también por la felicidad de quien se siente "luz en el mundo mostrando una razón para vivir". La Compañía va a crecer, y con ella el agradecimiento del pueblo sevillano y de todos los rincones de Andalucía a donde llega el espíritu de Sor Ángela. Como afirma José María Javierre en su preciosa obra Madre de los pobres: 'Que yo sepa, es el único caso en el mundo. Existe una ciudad donde pronunciáis el nombre de una persona y todos los habitantes, todos, sonríen: -Era buena, era una santa."
La siguen bastantes jóvenes y mayores que quieren imitar a Sor Ángela y seguir su mismo género de vida. Todos caben en sus casas. La austeridad será nota distintiva de sus casas. Roma da aprobación a su Obra.
Falleció el 2 de marzo de 1932 como consecuencia de un accidente cerebrovascular, personas de todas las clases sociales rindieron homenaje a la hoy Santa que, por privilegio del Gobierno de la Segunda República Española, fue sepultada en la cripta de la Casa Madre en Sevilla.
Dos días después el Ayuntamiento republicano de la ciudad de Sevilla, presidido por el alcalde don José González Fernández de Labandera, decidió por unanimidad que constase en acta el sentimiento de la Corporación por la muerte de la religiosa y decidió se rotulase con su nombre la entonces llamada calle Alcázares, donde estaba y continúa el convento. Esta decisión tiene gran importancia, si tenemos en cuenta las ideas anticlericales imperantes en la época.
El Papa Juan Pablo II la beatificó el 5 de noviembre de 1982. El 20 de diciembre de 2002, la Iglesia reconoció oficialmente su santidad, al aprobar el milagro que le había sido atribuido, la curación, científicamente inexplicada, de un niño que sufría una obstrucción de la arteria central de la retina del ojo derecho y recuperó repentinamente la visión. Fue canonizada por Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003 en la madrileña Plaza de Colón, con el nombre de Santa Ángela de la Cruz.
El 7 de mayo de 2003, el cuerpo incorrupto de la Santa es trasladado desde la Casa Madre hasta la Catedral de Sevilla, donde presidió los actos en su honor, por la Canonización. Una gran multitud se concentró a su paso, adornándose los templos y calles del recorrido para la ocasión.
En 2012, la Compañía de la Cruz tiene más de cincuenta conventos, 700 hermanas y unas 50 novicias que realizan el noviciado en Sevilla. Los países donde se encuentra son España, Argentina e Italia. En España en las comunidades autónomas de Andalucía, Extremadura, Canarias, Madrid, Comunidad Valenciana, Castilla y León, Castilla La Mancha y Galicia.
miércoles, 4 de noviembre de 2026
Lecturas del 04/11/2026
Queridos hermanos, ya que siempre habéis obedecido, no solo cuando yo estaba presente, sino mucho más ahora en mi ausencia, trabajad por vuestra salvación con temor y temblor, porque es Dios quien activa en vosotros el querer y el obrar para realizar su designio de amor.
Cualquier cosa que hagáis sea sin protestas ni discusiones, así seréis irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida. Así, en el Día de Cristo, esa será mi gloria, porque mis trabajos no fueron inútiles ni mis fatigas tampoco. Y si mi sangre se ha de derramar, rociando el sacrificio litúrgico que es vuestra fe, yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría; por vuestra parte estad alegres y alegraos conmigo.
En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”.
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil?
Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».
Palabra del Señor.
04 de Noviembre 2026 - Beata Elena Enselmini
Era hija de la noble familia de los Anselmini de Padua. A los 13 años decidió entrar en un convento que hospedaba, en dos moradas distintas, a las monjas y a los frailes de la Orden de san Francisco, en una zona llamada "la Celda vieja" (la actual Arcella), y fue el propio san Francisco de Asís quién le impuso el velo. San Antonio de Padua, la preparó teológica y moralmente.
Durante seis años su experiencia como clarisa fue luminosa y gozosa, no obstante el rigor de la regla. Pero a los 20 años, surgieron los años de las tinieblas, tinieblas incluso en sentido físico, con enfermedades que la dejaron afásica; pero fueron sobre todo las tinieblas del alma: fue probada en la duda y en la aridez espiritual. Fue tentada en creer que todo era inútil; que la salvación eterna le sería siempre negada. Pero en los momentos de mayor desorientación íntima, se acogió a la fe y a la obediencia a los superiores. Con la tenacidad de una voluntad bien templada, era capaz de encontrar la paz y la certeza de que la Providencia la guiaba a un destino mejor.
Quedaba su enfermedad (se quedó ciega y sorda), y sólo se podía comunicar con los signos del abecedario, y así pudo expresar sus visiones místicas. Un día vio en el Paraíso numerosas almas de religiosos que vivían en comunidad, y esto la sorprendió, pues pensaba que eran las penitencias lo que nos hacía alcanzar el Cielo, en cambio le fue revelado que era la obediencia y el ejercicio de penitencia lo que hacía alcanzar el Cielo.
De complexión grácil y enfermiza, padeció en los últimos quince meses de vida repetidas fiebres, y permaneció durante tres meses sin comer, ni beber, ni pronunciar palabra. El 4 de octubre de 1231, arrebatada en éxtasis, vio a los santos Francisco y Antonio en actitud de cantar las alabanzas del Señor. En definitiva, "el cielo en la celda", hasta el 4 de noviembre, cuando expiró, a los 24 años.
Podemos decir que su cuerpo sufrió en la muerte un proceso natural de momificación y quedó intacto, y las manifestaciones de fervor son exageradas, pero revelan la espontaneidad de una devoción popular hacia esta ilustre clarisa. Su cuerpo, por una circunstancia fortuita, fue colocado en una urna y conservado en la pequeña iglesia del monasterio, hasta el año 1509, en que fue trasladado a la iglesia de Santa María de los Armenios, luego llamada de la Beata Elena. Y, desde 1810, fue trasladado a la de Santa Sofía, donde permaneció hasta el 23 de mayo de 1958, en que fue devuelto a la iglesia de La Arcella. Fue beatificada por Inocencio XII el 29 de octubre de 1695.
Durante seis años su experiencia como clarisa fue luminosa y gozosa, no obstante el rigor de la regla. Pero a los 20 años, surgieron los años de las tinieblas, tinieblas incluso en sentido físico, con enfermedades que la dejaron afásica; pero fueron sobre todo las tinieblas del alma: fue probada en la duda y en la aridez espiritual. Fue tentada en creer que todo era inútil; que la salvación eterna le sería siempre negada. Pero en los momentos de mayor desorientación íntima, se acogió a la fe y a la obediencia a los superiores. Con la tenacidad de una voluntad bien templada, era capaz de encontrar la paz y la certeza de que la Providencia la guiaba a un destino mejor.
Quedaba su enfermedad (se quedó ciega y sorda), y sólo se podía comunicar con los signos del abecedario, y así pudo expresar sus visiones místicas. Un día vio en el Paraíso numerosas almas de religiosos que vivían en comunidad, y esto la sorprendió, pues pensaba que eran las penitencias lo que nos hacía alcanzar el Cielo, en cambio le fue revelado que era la obediencia y el ejercicio de penitencia lo que hacía alcanzar el Cielo.
De complexión grácil y enfermiza, padeció en los últimos quince meses de vida repetidas fiebres, y permaneció durante tres meses sin comer, ni beber, ni pronunciar palabra. El 4 de octubre de 1231, arrebatada en éxtasis, vio a los santos Francisco y Antonio en actitud de cantar las alabanzas del Señor. En definitiva, "el cielo en la celda", hasta el 4 de noviembre, cuando expiró, a los 24 años.
Podemos decir que su cuerpo sufrió en la muerte un proceso natural de momificación y quedó intacto, y las manifestaciones de fervor son exageradas, pero revelan la espontaneidad de una devoción popular hacia esta ilustre clarisa. Su cuerpo, por una circunstancia fortuita, fue colocado en una urna y conservado en la pequeña iglesia del monasterio, hasta el año 1509, en que fue trasladado a la iglesia de Santa María de los Armenios, luego llamada de la Beata Elena. Y, desde 1810, fue trasladado a la de Santa Sofía, donde permaneció hasta el 23 de mayo de 1958, en que fue devuelto a la iglesia de La Arcella. Fue beatificada por Inocencio XII el 29 de octubre de 1695.
martes, 3 de noviembre de 2026
Lecturas del 03/11/2026
Hermanos: Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.
El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: « ¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!».
Jesús le contestó: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó a su criado a avisar a los convidados: “Venid, que ya está preparado”.
Pero todos a una empezaron a excusarse.
El primero le dijo: «He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor”.
Otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor”.
Otro dijo: “Me acabo de casar y, por ello, no puedo ir”.
El criado volvió a contárselo a su señor. Entonces el dueño de casa, indignado, dijo a su criado: “Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad y tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”.
El criado dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio”.
Entonces el señor dijo al criado: “Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se llene mi casa. Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete”».
Palabra del Señor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
























