jueves, 5 de noviembre de 2026

05 de Noviembre 2026 – SANTAS RELIQUIAS

La muerte prepara la cosecha para el cielo.

Si tuviéramos los ojos de los ángeles, veríamos el mundo como un campo inmenso, sembrado para la resurrección. La muerte de Abel abrió el primer surco y desde entonces la siembra continuó sin parar en todos los lugares. ¡Qué tesoros ya encierra esta tierra de trabajos y enfermedades! ¡Como la cosecha promete para el cielo, tan pronto como el Sol de justicia levante los oídos de la salud del grupo, maduro para la gloria! Por lo tanto, no debemos sorprendernos si la Iglesia bendice y dirige la deposición del trigo precioso en el surco.

Pero la Iglesia no se contenta con sembrar continuamente y, a veces, impaciente con la expectativa, quita de la tierra el trigo más elegido que lo ha depositado y con su infalible discernimiento, que lo preserva del error, libera al inmortal germen del lodo. Él predice las maravillas del futuro, y recolectándolo en oro y telas preciosas, portándolo triunfalmente, convocando a las multitudes para honrarlo, dedicando a su nombre nuevos templos, decreta el honor supremo de descansar sobre los altares en los que se ofrece a Dios el Santo Sacrificio.

"Por favor, entienda su caridad, dice San Agustín (Discurso CCCXVIII sobre San Esteban, V): no elevamos un altar aquí a Esteban, pero hacemos de las reliquias de Esteban un altar a Dios. Dios ama estos altares y, si me pregunta porque les diré que la razón es que la muerte de los santos es preciosa ante Dios "(Sal 115,15). "Para obedecer a Dios, el alma invisible ha dejado su hogar visible, pero Dios guarda esta casa y encuentra su gloria en los honores que le damos a esta carne inanimada y de ella el poder de obrar milagros, la cubre con poder. De su divinidad "(Discurso CCLXXV sobre San Vicente, mártir, II). De aquí vienen las peregrinaciones a las tumbas de los santos.

"La gente cristiana, dice San Gregorio de Nyssa, ¿quién los reúne aquí?" Una tumba no atrae a nadie y la vista de lo que es una terrible revuelta, pero aquí se considera una bendición poder acercarse aquí; Es el objeto de la investigación, se considera un regalo de gran valor, porque deseable, pero raro es el favor de poder alcanzar las cenizas que contiene, y los privilegiados lo saben. Este cuerpo lo abraza, trae los labios y los ojos, como si estaba vivo, derramando lágrimas de devoción y amor. "¿Qué emperador fue honrado así?" (Su san Teodoro martire).

"Los emperadores", reanudaron San Juan Crisóstomo, lo que alguna vez fueron los porteros de sus palacios, hoy son ellos mismos para los pescadores: el hijo del gran Constantino creyó que no podría honrar más que preparar una tumba en el vestíbulo del pescador de Galilea " (Com. Del Segundo al Cuerpo Om. XXVI).

Y en otro pasaje, completando la explicación de la admirable carta a los romanos del Doctor de los Gentiles, exclama: "Quien ahora me concederá para postrarme en el sepulcro de Pablo, para contemplar el polvo de este cuerpo que terminó, sufriendo por nosotros, lo que faltaba. ¿A los sufrimientos de Cristo? (Col. 1:24) el polvo de esta boca que habló, sin sonrojarse, ante los reyes y, mostrándonos quién era Pablo, nos reveló al Señor de Pablo? El polvo de este corazón, el corazón del mundo, más Alto del cielo, más ancho que el universo, corazón de Cristo no menos que de Pablo, en el cual el libro de la gracia fue esculpido por el Espíritu Santo. Me gustaría ver el polvo de las manos, que escribió las epístolas, de los ojos que, primero ciegos. Recuperé la vista para nuestra salvación, de los pies que cruzaron la tierra. Sí, me gustaría contemplar la tumba en la que descansan estos instrumentos de justicia, luz, estos miembros de Cristo, este templo del Espíritu Santo, este cuerpo venerado. Con la de Pedro, protege a Roma de una manera más segura que todos los bastiones "(Homilía XXXII).

Estos textos y muchos otros no impidieron que la herejía en el siglo XVI, profanando las tumbas sagradas, afirmara que nos llevara de vuelta a las costumbres de nuestros padres. Pero en contra de estos reformadores extraños, el Concilio de Trento expresó el testimonio unánime de la Tradición en la siguiente definición, en la que se resumen las razones teológicas del culto que dio la Iglesia a las reliquias de los santos:

"Los fieles deben venerar los cuerpos de los mártires y de los otros santos que viven con Cristo, que fueron sus amantes vivas y el templo del Espíritu Santo y resucitar para la vida y la gloria eternas, concediéndole a Dios muchos beneficios para los hombres y por lo tanto, aquellos que dicen que las reliquias de los santos no merecen ser veneradas y que son honrados innecesariamente por los fieles, que visitan los recuerdos y monumentos de los santos en vano para obtener su ayuda, son absolutamente dignos de condena y, por un largo tiempo, la Iglesia los ha condenado (Concilio de Nicea II, capítulo VII), los condena de nuevo "(Concilio de Trento, Sess. XXV).

Reflexión del 05/11/2026

Lecturas del 05/11/2026

Hermanos:
Los circuncisos somos nosotros, los que damos culto en el Espíritu de Dios y ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne. Aunque también yo tendría motivos para confiar en ella. Y si alguno piensa que puede hacerlo, yo mucho más: circuncidado a los ocho días, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo hijo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, irreprochable.
Sin embargo, todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola: « ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

Palabra del Señor.

05 de Noviembre 2026 - Santa Ángela de la Cruz

Ángela Guerrero González, Sor Ángela de la Cruz, Madre de los pobres, nació el 30 de enero de 1846 en Sevilla en el seno de una familia sencilla. Sus padres, Francisco Guerrero y Josefa González, tuvieron catorce hijos, pero sólo seis llegaron a mayores de edad a causa de la terrible mortalidad infantil, aún persistente durante todo el s. XIX.

Sus padres eran—hasta la exclaustración de los religiosos en 1836—los cocineros del Convento de los Padres Teatinos de Sevilla. Su padre murió pronto. Sin embargo la madre llegara a ver la obra de su hija, y las Hermanitas de la Cruz la llamaran con el dulce nombre de "la abuelita" y quedaran admiradas de las muchas virtudes que florecían en el jardín de su alma. Ella supo trasplantarlas al jardín del alma de su hija Ángela. Se dice que un día, siendo aún muy pequeña, desapareció y todos la buscaron. Todos menos su madre que enseguida adivinó donde estaba: en la iglesia. Allí la encontraron rezando y recorriendo los altares. Ya mayor dirá: "Yo, todo el tiempo que podía, lo pasaba en la iglesia, echándome bendiciones de altar como hacen las chiquillas".

Por carecer de recursos, apenas puede aprender a leer y escribir. Ángela, que crecía en un piadoso ambiente familiar, pronto daría cumplidas pruebas de bondad natural. Ya de joven, nadie osaba hablar mal o pronunciar blasfemias en su presencia. Si hablaban algo menos puro, al verla llegar, decían, cambiando de conversación: "Callad, que viene Angelita".

Ángela necesita trabajar desde los doce años para ayudar a su familia, cuando apenas ha tenido ocasión de asistir a la escuela: en el taller de calzado de doña Antonia Maldonado, en la calle del Huevo, trabajó durante algún tiempo como zapatera. Dña. Antonia estaba encantada de ella y exhortaba a las demás a que la imitaran. Hacia rezar el rosario y rendían más que antes.

El Padre Torres Padilla era muy amigo de la familia donde trabajaba como zapatera. Le habían hablado de la maravilla de aquella joven.

De 1862 a 1865, Ángela, que asombra por sus virtudes a cuantos la conocen, reparte su jornada entre su casa, el taller, las iglesias donde reza y los hogares pobres que visita. En 1865 se cierne una oleada de cólera sobre Sevilla que azota a las familias pobres hacinadas en los "corrales de vecindad". Ángela se multiplica para poder ayudar a estos hombres, mujeres y niños castigados tan duramente por la miseria. Y en ese mismo año pone en conocimiento de su confesor, el padre Torres, su voluntad de "meterse a monja". Cuenta ahora con diecinueve años.

Quiso entrar en las Carmelitas Descalzas del barrio de Santa Cruz de Sevilla, aunque no la admitieron por temor a que no pudiera soportar los duros menesteres del convento en su cuerpo menudo y débil.

Después ingresó en las Hermanas de la Caridad. Llegó a vestir el habito, pero hubo de salir del convento al enfermar. Viendo que no podía ser monja en el convento, se dijo a si misma: "Seré monja en el mundo" e hizo los Votos religiosos. Un billete de 1º de noviembre de 1871 nos revela que "María de los Ángeles Guerrero, a los pies de Cristo Crucificado" promete vivir conforme a los consejos evangélicos: ya que le ha fallado ser monja en el convento, será monja fuera. Dos años más tarde, Ángela pone en manos del doctor Torres Padilla unas reflexiones personales en las que se propone, no vivir siguiendo a Jesús con la cruz de su vida, sino vivir permanentemente clavada en ella junto a Jesús. De ahora en adelante se llamará Ángela de la Cruz.

Ángela comienza a afirmarse en una idea que le ha venido con fuerza: "hay que hacerse pobre con los pobres".

En invierno de 1873 Ángela formula votos perpetuos fuera del claustro, y por el voto de obediencia queda unida al padre Torres. Pero su mente y su corazón inquietos comienzan a "reinar" en una idea que continuamente le asalta: formar la "Compañía de la Cruz". Obstinada en su empeño el 17 de enero de 1875 comienza a trazar su proyecto, que, como toda obra noble, se verá colmado por el éxito, más ante los ojos de Dios que ante los ojos de los hombres.

Ángela ha encontrado tres compañeras: Josefa de la Peña, una terciaria franciscano "pudiente", que ha decidido dar el paso que su contacto con los pobres le está pidiendo; Juana María Castro y Juana Magadán, dos jóvenes pobres, sencillas y buenas. Con el dinero de Josefa Peña alquilan su "convento": un cuartito con derecho a cocina en la casa número 13 de la calle San Luis, y desde allí organizan su servicio de asistencia a los necesitados a lo largo del día y de la noche. Poco después se trasladan al número 8 de la calle Hombre de Piedra, y comienzan a adquirir notable consistencia en el clima religioso de Sevilla. Estrenan hábito y sus compañeras comienzan a llamarle "Madre", cuando aún no se ha borrado de su rostro la primavera de la niñez. Entre duras penitencias y mortificaciones, fieles a la causa de los pobres, consiguen obtener en 1876 la admisión y bendición del Cardenal Spinola.

Todo el resto de su vida estaría marcado por el signo doliente de la Cruz, pero también por la felicidad de quien se siente "luz en el mundo mostrando una razón para vivir". La Compañía va a crecer, y con ella el agradecimiento del pueblo sevillano y de todos los rincones de Andalucía a donde llega el espíritu de Sor Ángela. Como afirma José María Javierre en su preciosa obra Madre de los pobres: 'Que yo sepa, es el único caso en el mundo. Existe una ciudad donde pronunciáis el nombre de una persona y todos los habitantes, todos, sonríen: -Era buena, era una santa."

La siguen bastantes jóvenes y mayores que quieren imitar a Sor Ángela y seguir su mismo género de vida. Todos caben en sus casas. La austeridad será nota distintiva de sus casas. Roma da aprobación a su Obra.

Falleció el 2 de marzo de 1932 como consecuencia de un accidente cerebrovascular, personas de todas las clases sociales rindieron homenaje a la hoy Santa que, por privilegio del Gobierno de la Segunda República Española, fue sepultada en la cripta de la Casa Madre en Sevilla.

Dos días después el Ayuntamiento republicano de la ciudad de Sevilla, presidido por el alcalde don José González Fernández de Labandera, decidió por unanimidad que constase en acta el sentimiento de la Corporación por la muerte de la religiosa y decidió se rotulase con su nombre la entonces llamada calle Alcázares, donde estaba y continúa el convento. Esta decisión tiene gran importancia, si tenemos en cuenta las ideas anticlericales imperantes en la época.

El Papa Juan Pablo II la beatificó el 5 de noviembre de 1982. El 20 de diciembre de 2002, la Iglesia reconoció oficialmente su santidad, al aprobar el milagro que le había sido atribuido, la curación, científicamente inexplicada, de un niño que sufría una obstrucción de la arteria central de la retina del ojo derecho y recuperó repentinamente la visión. Fue canonizada por Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003 en la madrileña Plaza de Colón, con el nombre de Santa Ángela de la Cruz.

El 7 de mayo de 2003, el cuerpo incorrupto de la Santa es trasladado desde la Casa Madre hasta la Catedral de Sevilla, donde presidió los actos en su honor, por la Canonización. Una gran multitud se concentró a su paso, adornándose los templos y calles del recorrido para la ocasión.

En 2012, la Compañía de la Cruz tiene más de cincuenta conventos, 700 hermanas y unas 50 novicias que realizan el noviciado en Sevilla. Los países donde se encuentra son España, Argentina e Italia. En España en las comunidades autónomas de Andalucía, Extremadura, Canarias, Madrid, Comunidad Valenciana, Castilla y León, Castilla La Mancha y Galicia.

miércoles, 4 de noviembre de 2026

Reflexión del 04/11/2026

Lecturas del 04/11/2026

Queridos hermanos, ya que siempre habéis obedecido, no solo cuando yo estaba presente, sino mucho más ahora en mi ausencia, trabajad por vuestra salvación con temor y temblor, porque es Dios quien activa en vosotros el querer y el obrar para realizar su designio de amor.
Cualquier cosa que hagáis sea sin protestas ni discusiones, así seréis irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida. Así, en el Día de Cristo, esa será mi gloria, porque mis trabajos no fueron inútiles ni mis fatigas tampoco. Y si mi sangre se ha de derramar, rociando el sacrificio litúrgico que es vuestra fe, yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría; por vuestra parte estad alegres y alegraos conmigo.
En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”.
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil?
Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

Palabra del Señor.

04 de Noviembre 2026 - Beata Elena Enselmini

Era hija de la noble familia de los Anselmini de Padua. A los 13 años decidió entrar en un convento que hospedaba, en dos moradas distintas, a las monjas y a los frailes de la Orden de san Francisco, en una zona llamada "la Celda vieja" (la actual Arcella), y fue el propio san Francisco de Asís quién le impuso el velo. San Antonio de Padua, la preparó teológica y moralmente.

Durante seis años su experiencia como clarisa fue luminosa y gozosa, no obstante el rigor de la regla. Pero a los 20 años, surgieron los años de las tinieblas, tinieblas incluso en sentido físico, con enfermedades que la dejaron afásica; pero fueron sobre todo las tinieblas del alma: fue probada en la duda y en la aridez espiritual. Fue tentada en creer que todo era inútil; que la salvación eterna le sería siempre negada. Pero en los momentos de mayor desorientación íntima, se acogió a la fe y a la obediencia a los superiores. Con la tenacidad de una voluntad bien templada, era capaz de encontrar la paz y la certeza de que la Providencia la guiaba a un destino mejor.

Quedaba su enfermedad (se quedó ciega y sorda), y sólo se podía comunicar con los signos del abecedario, y así pudo expresar sus visiones místicas. Un día vio en el Paraíso numerosas almas de religiosos que vivían en comunidad, y esto la sorprendió, pues pensaba que eran las penitencias lo que nos hacía alcanzar el Cielo, en cambio le fue revelado que era la obediencia y el ejercicio de penitencia lo que hacía alcanzar el Cielo.

De complexión grácil y enfermiza, padeció en los últimos quince meses de vida repetidas fiebres, y permaneció durante tres meses sin comer, ni beber, ni pronunciar palabra. El 4 de octubre de 1231, arrebatada en éxtasis, vio a los santos Francisco y Antonio en actitud de cantar las alabanzas del Señor. En definitiva, "el cielo en la celda", hasta el 4 de noviembre, cuando expiró, a los 24 años.

Podemos decir que su cuerpo sufrió en la muerte un proceso natural de momificación y quedó intacto, y las manifestaciones de fervor son exageradas, pero revelan la espontaneidad de una devoción popular hacia esta ilustre clarisa. Su cuerpo, por una circunstancia fortuita, fue colocado en una urna y conservado en la pequeña iglesia del monasterio, hasta el año 1509, en que fue trasladado a la iglesia de Santa María de los Armenios, luego llamada de la Beata Elena. Y, desde 1810, fue trasladado a la de Santa Sofía, donde permaneció hasta el 23 de mayo de 1958, en que fue devuelto a la iglesia de La Arcella. Fue beatificada por Inocencio XII el 29 de octubre de 1695.

martes, 3 de noviembre de 2026

Reflexión del 03/11/2026

Lecturas del 03/11/2026

Hermanos: Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.
El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: « ¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!».
Jesús le contestó: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó a su criado a avisar a los convidados: “Venid, que ya está preparado”.
Pero todos a una empezaron a excusarse.
El primero le dijo: «He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor”.
Otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor”.
Otro dijo: “Me acabo de casar y, por ello, no puedo ir”.
El criado volvió a contárselo a su señor. Entonces el dueño de casa, indignado, dijo a su criado: “Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad y tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”.
El criado dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio”.
Entonces el señor dijo al criado: “Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se llene mi casa. Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete”».

Palabra del Señor.

03 de Noviembre 2026 - San Martín de Porres

Fue hijo bastardo del ilustre hidalgo -hábito de Alcántara- don Juan de Porres, que estuvo breve tiempo en la ciudad de Lima. Bien se aprecia que los españoles allá no hicieron muchos feos a la población autóctona y confiemos que el Buen Dios haga rebaja al juzgar algunos aspectos morales cuando llegue el día del juicio, aunque en este caso sólo sea por haber sacado del mal mucho bien. Tuvo don Juan dos hijos, Martín y Juana, con la mulata Ana Vázquez. Martín nació mulato y con cuerpo de atleta el 9 de diciembre de 1579 y lo bautizaron, en la parroquia de San Sebastián, en la misma pila que Rosa de Lima.

La madre lo educó como pudo, más bien con estrecheces, porque los importantes trabajos de su padre le impedían atenderlo como debía. De hecho, reconoció a sus hijos sólo tardíamente; los llevó a Guayaquil, dejando a su madre acomodada en Lima, con buena familia, y les puso maestro particular.

Martín regresó a Lima, cuando a su padre lo nombraron gobernador de Panamá. Comenzó a familiarizarse con el bien retribuido oficio de barbero, que en aquella época era bastante más que sacar dientes, extraer muelas o hacer sangrías; también comprendía el oficio disponer de yerbas para hacer emplastos y poder curar dolores y neuralgias; además, era preciso un determinado uso del bisturí para abrir hinchazones y tumores. Martín supo hacerse un experto por pasar como ayudante de un excelente médico español. De ello comenzó a vivir y su trabajo le permitió ayudar de modo eficaz a los pobres que no podían pagarle. Por su barbería pasarán igual labriegos que soldados, irán a buscar alivio tanto caballeros como corregidores.

Pero lo que hace ejemplar a su vida no es sólo la repercusión social de un trabajo humanitario bien hecho. Más es el ejercicio heroico y continuado de la caridad que dimana del amor a Jesucristo, a Santa María. Como su persona y nombre imponía respeto, tuvo que intervenir en arreglos de matrimonios irregulares, en dirimir contiendas, fallar en pleitos y reconciliar familias. Con clarísimo criterio aconsejó en más de una ocasión al Virrey y al arzobispo en cuestiones delicadas.

Alguna vez, quienes espiaban sus costumbres por considerarlas extrañas, lo pudieron ver en éxtasis, elevado sobre el suelo, durante sus largas oraciones nocturnas ante el santo Cristo, despreciando la natural necesidad del sueño. Llamaba profundamente la atención su devoción permanente por la Eucaristía, donde está el verdadero Cristo, sin perdonarse la asistencia diaria a la Misa al rayar el alba.

Por el ejercicio de su trabajo y por su sensibilidad hacia la religión tuvo contacto con los monjes del convento dominico del Rosario donde pidió la admisión como donado, ocupando la ínfima escala entre los frailes. Allí vivían en extrema pobreza hasta el punto de tener que vender cuadros de algún valor artístico para sobrevivir. Pero a él no le asusta la pobreza, la ama. A pesar de tener en su celda un armario bien dotado de yerbas, vendas y el instrumental de su trabajo, sólo dispone de tablas y jergón como cama.

Llenó de pobres el convento, la casa de su hermana y el hospital. Todos le buscan porque les cura aplicando los remedios conocidos por su trabajo profesional; en otras ocasiones, se corren las voces de que la oración logró lo improbable y hay enfermos que consiguieron recuperar la salud sólo con el toque de su mano y de un modo instantáneo.

Revolvió la tranquila y ordenada vida de los buenos frailes, porque en alguna ocasión resolvió la necesidad de un pobre enfermo entrándolo en su misma celda y, al corregirlo alguno de los conventuales por motivos de clausura, se le ocurrió exponer en voz alta su pensamiento anteponiendo a la disciplina los motivos dimanantes de la caridad, porque "la caridad tiene siempre las puertas abiertas, y los enfermos no tienen clausura".

Pero entendió que no era prudente dejar las cosas a la improvisación de momento. La vista de golfos y desatendidos le come el alma por ver la figura del Maestro en cada uno de ellos. ¡Hay que hacer algo! Con la ayuda del arzobispo y del Virrey funda un Asilo donde poder atenderles, curarles y enseñarles la doctrina cristiana, como hizo con los indios dedicados a cultivar la tierra en Limatombo. También los dineros de don Mateo Pastor y Francisca Vélez sirvieron para abrir las Escuelas de Huérfanos de Santa Cruz, donde los niños recibían atención y conocían a Jesucristo.

No se sabe cómo, pero varias veces estuvo curando en distintos sitios y a diversos enfermos al mismo tiempo, con una bilocación sobrenatural.

El contemplativo Porres recibía disciplinas hasta derramar sangre haciéndose azotar por el indio inca por sus muchos pecados. Como otro pobre de Asís, se mostró también amigo de perros cojos abandonados que curaba, de mulos dispuestos para el matadero y hasta lo vieron reñir a los ratones que se comían los lienzos de la sacristía. Se ve que no puso límite en la creación al ejercicio de la caridad y la transportó al orden cósmico.

Murió el día previsto para su muerte que había conocido con anticipación. Fue el 3 de noviembre de 1639 y causada por una simple fiebre; pidiendo perdón a los religiosos reunidos por sus malos ejemplos, se marchó. El Virrey, Conde de Chinchón, Feliciano de la Vega -arzobispo- y más personajes limeños se mezclaron con los incontables mulatos y con los indios pobres que recortaban tantos trozos de su hábito que hubo de cambiarse varias veces.

lunes, 2 de noviembre de 2026

02 de Noviembre 2026 – FIELES DIFUNTOS

Paisaje otoñal: árboles melancólicos de color de bronce, cielo plomizo, suelo desnudo; junto al río, lamentos monótonos del aire, que recoge el último secreto de las hojas, y esas mismas hojas que caen lánguidamente y ruedan sin saber dónde van, sollozando y musitando no sé qué canción doliente, llamamiento tal vez de un corazón inconsolable a causa de un tiempo que fue—cantos y perfumes del abril lejano—, que se fue y que ya no volverá.

Y pensamos en la muerte. «El hombre, nacido de mujer, vive poco tiempo, lleno de muchas miserias.» Así decía Job, y continuaba: «Como una flor nace y es pisoteado; huye como una sombra y nunca permanece en el mismo estado.» Pensemos, pues, en la muerte, puesto que la naturaleza nos invita, y con la naturaleza ese tañido de la campana, bronco, seco, profundo, que parece la señal de la entronización de la muerte en todos los muros, en todas las iglesias, en todos los altares, en todos los corazones. Filosofar, decía Platón, es aprender a morir. Y, más bellamente, el poeta cristiano: El gran negocio del hombre es la vida, y el gran negocio de la vida es la muerte. Porque nacemos para morir y morimos para vivir. El que no ha sabido filosofar, tiembla y llora cuando ella se acerca, y tal vez, como el cardenal Mazarino, exclama con tristeza: «Pero ¿es que hay que dejar todas estas cosas?» El que la ha tenido cada día colgada delante de los ojos, según expresión de San Benito, sonríe al escuchar aquellas palabras de la liturgia de los agonizantes: «Suave y festiva sea para ti la visión de Cristo Jesús.» Esta es la fuente donde bebieron los santos su valor. «El que piensa siempre en la muerte—decía San Jerónimo—, desprecia todas las cosas.» Por eso San Francisco podía saludar alegremente a la descarnada visitante: «Bien venida sea mi hermana la muerte.» Y más apasionadamente exclamaba Santa Teresa: «¡Ah, Jesús mío! Ya es hora de que nos veamos.» Es el lado opuesto a la actitud del héroe pagano que decía: «Preferiría trabajar día tras día los campos de un hombre miserable y sin fortuna, antes que reinar abajo sobre el imperio de los muertos.»

Es que el cristiano tiene la certidumbre del más allá. Si el pagano presentaba sus obsequios a la muerte, él se los ofrece a la inmortalidad, y si celebra el día de los muertos, es porque esos muertos son inmortales. Sólo después que Cristo anunció que Él era la resurrección y la vida, se ha podido decir: «La muerte es el más bello momento del hombre, En ella se encuentran todas las virtudes que ha practicado, toda la fuerza y toda la paz que ha atesorado, todos los recuerdos, todas las imágenes queridas, todas las dulces añoranzas, y con todo esto, la hermosa perspectiva de Dios. Muy fuertes seríamos contra la muerte si tuviéramos fe viva.»

Es la fe la que ilumina el más allá, recordándonos las palabras del Apocalipsis: «Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor.» Ni sombras espesas, como creían los paganos, ni el abismo de la nada, como enseñan los materialistas. Una vida nueva, vida de amor o de odio, paraíso o infierno. Al que en este mundo escogió el amor, vida de amor; al que escogió el odio, el lugar del odio y de la maldición. «Del lado que cayere el árbol, así quedará eternamente.» Es una verdad que ya descubrió la filosofía antigua: «La muerte—leemos en La República, de Platón— no es otra cosa que la separación del alma y del cuerpo. Después de esa separación, el alma se presenta delante del supremo Juez, el cual la examina sin preocuparse de la dignidad que tuvo en la tierra; y si la encuentra manchada por los crímenes, aunque sea el alma del rey de los persas, o del hombre más poderoso, la envía ignominiosamente a la prisión, donde ha de sufrir los suplicios merecidos.» Aún va más lejos el gran ateniense, cuando nos dice a continuación: «Aquellos a quienes los dioses y los hombres castigan a fin de que saquen provecho del castigo, son los desgraciados culpables de pecados que se pueden curar. El dolor es para ellos un bien real, pues sólo por él pueden librarse de la injusticia.» Esta verdad—toda verdad se encuentra ya en el paganismo, aunque en estado de putrefacción—es en el cristianismo un dogma: el dogma del Purgatorio, la mansión temporal de las almas que murieron en gracia de Dios antes de haber satisfecho a la justicia divina; el noviciado de la visión del Santo de los santos, como le llama el Padre Fáber; el segundo reino donde el alma se purifica haciéndose digna de subir al Cielo, como cantaba Alighieri; el lugar en cuyos ámbitos resuena constantemente la palabra de Cristo: «En verdad os digo que no saldréis de aquí hasta que paguéis el último cuadrante.»

Dogma consolador, que amplía las fronteras de nuestra confianza, y permite a Dios perdonar sin que se quebranta aquel principio de que nos habla el Apocalipsis: Nada manchado puede entrar en el Cielo. «No hay nada que yo crea más firmemente—escribía José de Maistre—que el Purgatorio. ¿No iban a ser las penas proporcionadas a los crímenes? Para mí, los modernos razonadores que niegan las penas eternas, dan muestra de una extraña necesidad si no admiten expresamente la existencia del Purgatorio; porque, decidme: ¿a quién podrán hacer creer que el alma de Robespierre voló al seno de Dios como la de Luis XVI? ¿Quién jamás pensó fusilar un soldado por robar una vasija de loza? Y, sin embargo, es preciso que el robo no quede impune. Yo os digo que el Purgatorio es el dogma del sentido común.» Enraizada en lo más profundo de la conciencia humana, puede decirse que esta verdad no es más que la intuición del corazón hecha dogma.

El corazón humano le adivina, porque es el amor quien le crea, como una prolongación inesperada de la santidad para uso de las almas que guardan todavía las huellas de la contaminación terrestre. Modera la justicia y dilata la misericordia. Da al amor libertades y condescendencias. Ni con deudas ni con faltas se puede entrar en el Cielo. Y ¿quién es el que merece sin tener que purgar algún pecado venial? ¿Quién no lleva viejas deudas que liquidar y una multitud de sombras que velan, sin destruirla, la divina belleza de su alma? Afortunadamente, al otro lado está el Purgatorio, arsenal en que se acaban de pulimentar las piedras vivas con que se levanta la Jerusalén celestial; lazareto en que el pasajero contaminado se estaciona delante del puerto aguardando el instante en que, libre de su dolencia, pueda besar el suelo de la patria y abrazar a los suyos, que, impacientes, le aguardan cerca de allí. Por tanto, hay allí una gran alegría. Ya estamos salvos, pueden decir los que llegan; para nosotros se acabaron las tempestades y peligros del mar borrascoso de la vida. En la puerta del infierno leyó Dante este verso: «Dejad toda esperanza los que entráis.» En cambio, a la entrada del Purgatorio vio Santa Francisca Romana esta inscripción: «Aquí está la mansión de la esperanza.»

La esperanza en el dolor. Se espera sufriendo y se sufre esperando. Por grande que sea—dicen unos que no es inferior al del infierno, y otros que supera a todos los dolores de esta vida—este sufrimiento es un sufrimiento amoroso y un sufrimiento amado: amoroso, porque la mano que hace sufrir es la de Dios, el Bien supremo; amado, porque es purificador y embellece el alma y la hace digna de Aquel a quien ama, y acelera su unión con Él. Nunca la desposada encuentra demasiado largo el tiempo de engalanarse con los atavíos nupciales. Pero es un sufrimiento. Parece nuestro destino pasar de un valle de lágrimas a un valle de fuego, antes de entrar en nuestra verdadera patria. Desde que el pecado germinó en el mundo, nadie se salva, nadie se purifica si no es por el sufrimiento. Cristo nos dio el valor infinito del suyo, y, juntando el nuestro con él, compramos el Paraíso perdido.

Esa es también la moneda del Purgatorio. Hay un fuego material que atormenta al alma de una manera misteriosa. Es el caso del lingote de oro arrancado a las entrañas de la tierra y arrojado en el fuego para que bajo la acción de la llama desaparezcan las materias impuras que le impiden dar todo su brillo. El fuego le penetra, le abraza le envuelve; él gime, se retuerce, deja escapar gotas largas y ardorosas. ¿Es esto una crueldad? No, es el deseo de devolver al metal todo el esplendor de su naturaleza, y esto mismo es lo que se hace con el alma en el horno del Purgatorio. Hay que separar de ella las escorias, las imperfecciones, a fin de que sea como un vaso perfecto, digno de ser presentado en la mesa del rey. Tormento terrible, extraño, tratándose de una sustancia espiritual, pero que no puede compararse con aquel otro que los teólogos llaman pena de daño, y que consiste en la privación de la presencia de Dios. El que ha amado alguna vez, sabe que la presencia es, en cierto sentido, una de las necesidades del amor. Ver y poseer, ver y gozar: tal es la divisa del amor. La ausencia del objeto amado le causa un martirio intolerable. Tal es el tormento del alma en el Purgatorio. Al salir de este mundo ha llegado finalmente a comprender lo que Dios es en Sí mismo y lo que es para ella: en Sí mismo, verdad, belleza, bondad soberana, objeto de admiración y de amor infinito; para ella, el término, el bien soberano, la felicidad, que en sus años de desterrada buscó frenéticamente. Encerrados en la prisión de nuestra carne, atados con las cadenas de la materia, apenas podemos rastrear lo que puede ser ese anhelo de un espíritu que está ya libre del tiempo y de las contingencias. Vemos, sin embargo, a los santos que, heridos de esa flecha divina, desahogan los ímpetus de su amor en gritos terribles, reveladores de angustias mortales; a San Pablo, con el «¿quién me librará de este cuerpo de muerte?»; a Santa Teresa, con el «muero porque no muero»; a San Agustín, con aquella exclamación desgarradora que ilumina una de las más bellas páginas de las Confesiones: «¡Oh belleza infinita, qué tarde te he conocido, qué tarde te he amado! Hicístenos para Ti, oh Dios mío, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.»

El amor de las almas que sufren en el Purgatorio es mucho más libre y más puro, un amor que se derrama en deseos intolerables. Hambre, sed y fiebre de Dios. Son hambres vivas aquellas pobres almas que han visto el Bien supremo y no pueden acercarse a Él. Ya no existe la barrera de su cuerpo, pero queda la barrera de su indignidad. La pobre alma se siente culpable, y no osa acercarse a Aquel a quien ha ofendido; se lanza, se precipita hacia Dios, como a un centro de gravitación, como al objeto de todos sus deseos, y al mismo tiempo se da cuenta de todas las salpicaduras, recuerdo de su paso por la tierra que le impide caminar hacia el divino encuentro. Atraída y rechazada a la vez, se resigna a la violencia del martirio, aguardando el momento de la liberación. «¡Oh Dios!—exclamaba Bossuet—. Grande artificio de vuestra mano poderosa y de vuestra profunda sabiduría es encontrar estos extremos de dolor en un fondo donde existe vuestra paz y la certidumbre de poseeros. ¿Quién será el sabio que entienda esta maravilla? En cuanto a mí, apenas si puedo vislumbrarla.»

Y aquí nos sale al paso otra delicadeza del amor infinito. Es verdad que esas almas caídas de los dolores de la tierra en los dolores del Purgatorio no pueden ya merecer. El tiempo del merecimiento ha terminado para ellas. Pero Dios nos ha concedido a nosotros un poder maravilloso: el de aliviar sus penas, el de apagar sus llamas, el de abrirles las puertas del Cielo. Nos lo enseña el dogma de la comunión de los santos y la reversibilidad de los méritos, es decir, la unión que existe entre todos los fieles de Cristo, que estén en la tierra, en el Cielo o en el Purgatorio. Todos los que son de Cristo forman una sociedad, y en esta sociedad hay interdependencia, reciprocidad de servicios y de influencias, comunidad de bienes; en una palabra, unidad de vida. Este dogma es, por decirlo así, el que pone en nuestras manos la suerte de los muertos, y porque nuestros méritos son tan pequeños, viene Cristo en nuestra ayuda, poniendo a nuestra disposición sus méritos infinitos. Lo mismo que un jardinero riega las plantas consumidas por los ardores del sol, así nosotros podemos derramar sobre sus dolores, como un rocío divino, la Sangre de Jesucristo. Es la creencia y la práctica de la Iglesia desde los primeros días de su existencia. Ya Tertuliano decía, dirigiéndose a la esposa cristiana: «Que rece por su marido difunto, que pida para él el descanso eterno, que anhele encontrarle en el día de la resurrección, que haga la ofrenda cada año al celebrar el aniversario de su muerte; si olvida estas cosas, ha renunciado a su marido en cuanto de ella depende.» Los paganos deshojaban rosas y tejían guirnaldas en honor de sus difuntos; «pero un cristiano—decía San Ambrosio al pueblo de Milán—tiene mejores presentes; cubrir de rosas, si queréis, los mausoleos, pero envolvedlos, sobre todo, en aromas de oraciones».

Esta doctrina es la que inspiró la pompa fúnebre de la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. La costumbre primitiva del aniversario familiar se transformó en un aniversario general, que comprende en la mente de la Iglesia a todos aquellos hijos suyos que, habiendo salido de este mundo, están todavía en camino hacia la patria. El primer pensamiento fue de San Odilón, abad de Cluny, que en 998 estableció esta conmemoración solemne en la Orden benedictina. El mundo aplaudió aquella iniciativa. Roma la adoptó, y no tardó en extenderse por toda la cristiandad. El día escogido fue este que sigue a la festividad de Todos los Santos, para de este modo ofrecer el homenaje de nuestro recuerdo a esas dos muchedumbres de hermanos nuestros que se llaman la Iglesia Triunfante y la Iglesia Purgante. Tal vez el sentido íntimo cristiano ha querido hacer coincidir este recuerdo dulce y triste con las melancolías del otoño. La misma naturaleza nos invita a recoger las lágrimas de las cosas y a repetir esas plegarias llenas de suave poesía y penetradas de un hálito incoercible de esperanza que la Iglesia pone en nuestros labios este día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos.

Lunes, Fieles DIFUNTOS - 02-11-2026 Ciclo A

Reflexión del 02/11/2026

Lecturas del 02/11/2026

El justo, aunque muera prematuramente, tendrá descanso.
Una vejez venerable no son los muchos días, ni se mide por el número de años, pues las canas del hombre son la prudencia y la edad avanzada, una vida intachable.
Agradó a Dios y Dios lo amó, vivía entre pecadores y Dios se lo llevó.
Lo arrebató para que la maldad no pervirtiera su inteligencia, ni la perfidia sedujera su alma.
Pues la fascinación del mal oscurece el bien y el vértigo de la pasión pervierte una mente sin malicia.
Maduró en poco tiempo, cumplió muchos años.
Como su vida era grata a Dios, se apresuró a sacarlo de la maldad.
La gente lo ve y no lo comprende, ni les cabe esto en la cabeza: la gracia y la misericordia son para sus elegidos y la protección para sus devotos.
Hermanos: La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo!
Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!
Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomas le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».
Palabra del Señor

Palabra del Señor.

02 de Noviembre 2026 – San Malaquías de Armagh

En el siglo IX empezó Irlanda a experimentar los efectos de las invasiones que habían asolado a otros países. En efecto, los bárbaros conocidos con el nombre genérico de orientales, hicieron incursiones en las regiones costeras, y los daneses establecieron colonias permanentes en Dublín y otras ciudades. Por dondequiera que iban cometían asesinatos, demolían monasterios y quemaban bibliotecas. To do ello debilitó mucho al poder civil; los reyezuelos locales, que luchaban contra el enemigo de fuera y se destruían entre sí, perdieron mucha autoridad. El trato prolongado e inevitable entre los nativos y los opresores de la religión y de la ley trajo consigo una relajación gradual de la fe y las costumbres. Así pues, aunque Irlanda no llegó nunca a caer en el grado de iniquidad que suponían ciertos ingleses y algunos hombres de iglesia extranjeros (incluso San Bernardo), se hallaba sin embargo en un estado lamentable cuando estalló la guerra civil, tras la derrota definitiva de los daneses, en Clonfart (1014).

Precisamente en esa época de confusión, del año 1095, nació Malaquías O´More. El niño se educó en Armagh, donde su padre era maestro de escuela. Malaquías era un niño juicioso y piadoso. Después de la muerte de sus padres, se fue a vivir con un ermitaño llamado Eimar. San Celso, arzobispo de Armagh, juzgándole digno del sacerdocio, le ordenó a los veinticinco años. El arzobispo le encargó que predicase la palabra de Dios al pueblo y extirpase las malas costumbres que abundaban en su diócesis. San Bernardo, en su biografía de San Malaquías, dice que éste "quemó las ramas y la hojarasca inútil y aplicó el hcha a los árboles de raíz podrida". En una palabra, el santo se entregó a su tarea con gran celo. Sin embargo, temía no conocer suficientemente los cánones eclesiásticos para reformar a fondo la disciplina y el culto, por lo que acudió a San Malco, obispo de Lismore, quien se había educado en Winchester, en Inglaterra, y era famoso por su ciencia y su virtud. San Malco le acogió muy bien, le instruyó en todo lo referente al servicio divino y al bien de las almas y al mismo tiempo, le empleó en los ministerios de su iglesia.

Un tío de San Malaquías, que a pesar de ser lego era abad de San Comgall, se había apoderado de las rentas de la gran abadía de Bangor, la cual se hallaba en un estado lamentable. En 1123, el abad renunció a su dominio sobre Bangor, en favor de su sobrino, para que éste restableciese la observancia regular en la abadía. San Malaquías cedió a otra persona las tierras de la abadía, a pesar de las protestas. San Bernardo le alaba por eso, pero hace notar que "llevó demasiado lejos su desinterés y su espíritu de pobreza, como lo demostraron después los hechos." Con diez miembros de la comunidad de Eimar, San Malaquías construyó la abadía, empleando madera, como se acostumbraba en Irlanda. La gobernó durante un año. "Era una regla viviente, un espejo brillante, un libro en el que todos podían aprender los preceptos de la verdadera vida religiosa." La fama del santo aumentó con los milagros que obró. San Bernardo refiere algunos. A los treinta años de edad, San Malaquías fue elegido obispo de Connor. Los cristianos de su diócesis apenas lo eran más que de nombre, pues los daneses habían dominado ahí largo tiempo. El santo hizo cuanto pudo por convertir en corderos a aquellos lobos. Él y sus monjes predicaron con energía apostólica, uniendo la severidad a la dulzura. Cuando las gentes no acudían a la iglesia a oírle predicar, San Malaquías iba a buscarles en sus casas. Así consiguió sembrar la bondad y piedad en algunos de los más duros, restableció el uso frecuente de los sacramentos, pobló la diócesis de pastores celosos y volvió a instituir la celebración regular de las horas canónicas, pues desde las invasiones de los daneses habían caído en desuso aun en las ciudades. En esa tarea le sirvieron los conocimientos de música sacra que había adquirido en su juventud. Pero en 1127, un reyezuelo del norte devastó Andrim y Down y expulsó a la comunidad de Bangor, donde vivía San Malaquías. El santo se retiró entonces con algunos de sus monjes a Lismore y después a Iveragh, en Kerry, donde organizó nuevamente la vida monástica.

En 1129, murió San Celso de Armagh. La sede metropolitana había estado en manos de su familia durante varias generaciones. Para romper esa nociva costumbre San Celso ordenó en su lecho de muerte que su sucesor fuese Malaquías, a quien envió su báculo pastoral. Sin embargo, los parientes de San Celso instalaron en la sede a su primo Murtagh y, durante tres años, San Malaquías no intentó apoderarse de la diócesis. Finalmente, se dejó convencer por el legado pontificio Gilberto de Limerick, por San Malco y algunos otros y, protestando que renunciaría al gobierno de la sede en cuanto hubiese restituido el orden, se trasladó de I veragh a Armagh. Hizo cuanto pudo por tomar en sus manos el gobierno de su diócesis; sin embargo, para evitar los desórdenes y el derramamiento de sangre, no intentó entrar en la cabecera de la diócesis ni apoderarse de la catedral. Murtagh murió en 1134, no sin haber nombrado por sucesor a Niall, hermano de San Celso. Ambos bandos estaban armados, y San Malaquías determinó hacerse entronizar en su catedral. Los partidarios de Niall se presentaron de improviso en una reunión de los partidarios de San Malaquías, pero fueron dispersados por una tempestad tan violenta, que doce hombres murieron calcinados por el rayo. San Malaquías consiguió tomar posesión de su diócesis. Sin embargo, la paz no reinaba en ella, pues Niall se había llevado de Armagh dos reliquias muy veneradas, y el pueblo consideraba como legítimo arzobispo a quien las tenía en su poder. Consistían en un libro (probablemente el "Libro de Armagh") y una cruz pastoral llamada "el báculo de Jesús": el pueblo creía que ambas habían pertenecido a San Patricio. Esto explica por qué muchos eran partidarios de Niall y perseguían violentamente a Malaquías. Uno de ellos invitó al santo a una conferencia para asesinarle. San Malaquías, contra el parecer de sus amigos, acudió a la reunión, dispuesto a sufrir el martirio por la paz; pero su valor y tranquila dignidad desarmaron a sus enemigos, y se firmó la paz. Sin embargo, San Malaquías tuvo que conservar su guardia de corps hasta que recuperó el báculo y el libro y fue reconocido como arzobispo por todo el pueblo. Habiendo roto así la tradición de la sucesión hereditaria y restablecida la disciplina y la paz en la sede, insistió en renunciar a la dignidad archiepiscopal y consagró por sucesor suyo a Gelasio, abad de Derry. En 1137 regresó a su antigua sede.

San Malaquías dividió su diócesis, consagró a un nuevo obispo para Connor y se reservó para sí la región de Down. Ya sea en Down Patrick, o más probable mente en las ruinas del monasterio de Bangor, estableció una comunidad de canónigos regulares, con quienes vivía siempre que se lo permitían sus actividades pastorales. Dos años después, emprendió un viaje a Roma para informar a la Santa Sede de todo lo que había hecho. Entre otras cosas quería conseguir el palio para los arzobispos de Armagh y de otra sede metropolitana que San Celso había establecido en Cash él. San Malaquías desembarcó en Inglaterra y se trasladó a York, donde conoció a Salteo de Kika, quien le regaló un caballo. Después pasó a Francia, atravesó la Borgoña y llegó a la abadía de Clara val Ahí conoció a San Bernardo, quien se convirtió en fiel amigo, fue admirador suyo y, más tarde, escribió su biografía. Malaquías quedó tan edificado por el espíritu de los cistercienses, que concibió el deseo de compartir su vida de penitencia y contemplación y acabar ahí sus días. En Ibera del Piamonte restituyó la salud al hijo de su huésped, que estaba al borde de la muerte. El Papa Inocencio II se negó a aceptar la renuncia del santo, aprobó cuanto había hecho en Irlanda, le nombró legado suyo en ese país y prometió que concedería los palios, si se le pedían oficialmente. En el viaje de regreso, San Malaquías volvió a pasar por Clara val, donde, como dice San Bernardo, "nos bendijo por segunda vez". Como no podía quedarse con aquellos siervos de Dios, San Malaquías dejó ahí a cuatro de sus compañeros, quienes, en 1142, volvieron a Irlanda con el hábito del Cister e instituyeron la abadía de Mellaron, de la que se originaron muchas otras. San Malaquías volvió a su patria por Escocia, donde el rey David le rogó que curase a su hijo, quien estaba muy enfermo. El santo dijo al príncipe: "Ten buen ánimo. No morirás de esta enfermedad." En seguida le roció con agua bendita. Al día siguiente, Enrique estaba completamente curado.

En 1148, los obispos y el clero reunidos en un sínodo en Inishpatrick, cerca de Skerries, resolvieron pedir oficialmente a Roma el palio para los dos metropolitanos. San Malaquías fue comisionado para entrevistarse con el Papa Eugenio III, quien se hallaba entonces en Francia. Pero la suspicacia política del rey Esteban retrasó al santo en Inglaterra y, cuando él llegó a Francia, el Papa ya había partido para Roma. Así pues, San Malaquías pudo ir a Claraval, donde San Bernardo y sus monjes le acogieron gozosamente. Después de la celebración de la misa de la fiesta de San Lucas, San Malaquías se sintió enfermo y hubo de guardar cama. Los monjes le atendieron solícitamente, pero el santo les dijo que todo era inútil, pues iba a morir de aquélla enfermedad. Además, insistió en bajar a la iglesia a recibir los últimos sacramentos, y rogó a los monjes que siguiesen orando por él después de su muerte. También les encomendó que pidiesen por las almas de todos sus feligreses y él prometió, por su parte, no olvidarlos ante Dios. San Malaquías murió el día de difuntos de 1148, en brazos de San Bernardo, y fue sepultado en Claraval. En su segundo sermón sobre San Malaquías, San Bernardo decía a sus monjes: "Quiera él proteger con sus méritos a aquellos a quienes instruyó con su ejemplo y confirmó con sus milagros." Además, San Bernardo tuvo la audacia de cantar, en la misa de cuerpo presente, la postcomunión de la misa de un obispo confesor. El Papa Clemente III confirmó, en 1190, aquella "canonización de un santo por otro santo". San Malaquías fue el primer irlandés canonizado por un Papa. Los cistercienses, los canónigos regulares y todas las diócesis de Irlanda celebran su fiesta. San Malaquías hizo por la unificación de la Iglesia en Irlanda lo que San Teodoro había hecho 500 años antes, por la de Inglaterra.

Nuestro artículo sobre San Malaquías quedaría incompleto, si no hiciésemos mención de las "profecías" sobre los Papas, que se le atribuyen. Consisten en la atribución de ciertos rasgos y características a los Papas, desde Celestino II (1143-1144) hasta el fin del mundo, cuando reine "Pedro el Romano". Las proveías están formuladas como lemas o títulos simbólicos. El que las reveló al mundo fue Dom Arnoldo de Wyon, O.S.B., en 1595. El benedictino las atribuyó a San Malaquías, pero sin explicar por cuáles razones y sin decir siquiera dónde las había encontrado. Un jesuita del siglo XVII sostuvo que habían sido inventadas por un partidario del cardenal Simoncelli, durante el cónclave de 1590, pero, en 1871, el P. Cucherat escribió un libro en el que afirmaba que las profecías habían sido reveladas en Roma a San Malaquías, el cual las comunicó por escrito a Inocencio II. Las profecías habían quedado olvidadas en los archivos pontificios durante 450 años, hasta que las descubrió Dom de Wyon. Está fuera de duda que las profecías son espurias y no tienen nada que ver con San Malaquías. Un examen superficial revela que los lemas que caracterizan a los Papas hasta Gregorio XIV (1590), son muy precisos (con frecuentes alusiones a los apellidos italianos) y se cumplieron a la letra. Por el contrario, los lemas de los siguientes Pontífices son vagos, generales y no siempre se aplican a los hechos, por más esfuerzos que se hagan por ensanchar su sentido. El lema de Pío XII era "Pastor Angelicus" (Pastor angélico), algo bastante común; en cambio el de San Pío V era "Ángel del bosque" y el de Benedicto XIV "Animal rústico".