domingo, 21 de junio de 2026
Lecturas del 21/06/2026
Dijo Jeremías: Oía la acusación de la gente: «“Pavor-en-torno”, delatadlo, vamos a delatarlo».
Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él».
Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado y sondeas las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos, pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de gente perversa.
Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron.
Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».
Palabra del Señor.
21 de Junio 2026 – San Simplicio - Papa
Durante la controversia monofisita, que aún proseguía en el Imperio de Oriente, Simplicio defendió vigorosamente la independencia de la Iglesia contra el cesaropapismo de los gobernantes bizantinos y la autoridad de la Sede Apostólica en cuestiones de fe. El canon vigésimo-octavo del Concilio de Calcedonia (451) concedía a la sede de Constantinopla los mismos privilegios de honor que se disfrutaban por el obispo de Roma, aunque la primacía y el rango supremo de honor se debieran a este último. Los legados papales protestaron contra esta elevación del Patriarca Bizantino, y el Papa León sólo confirmó los decretos dogmáticos del Concilio. Sin embargo, el Patriarca de Constantinopla pretendía poner en vigencia el canon, y el emperador León II deseaba conseguir su confirmación por parte de Simplicio. Este último, sin embargo, rechazó la petición del emperador y se opuso a la puesta en ejecución del canon, que además limitaba los derechos de los antiguos patriarcados orientales.
La rebelión de Basilisco, que en 476 condujo al exilio al emperador Zenón y se apoderó del trono bizantino, intensificó la disputa monofisita. Basilisco buscó el apoyo de los monofisitas, y dio permiso a los patriarcas monofisitas depuestos, Timoteo Ailuros de Alejandría y Pedro Fullón de Antioquía, para que volvieran a sus sedes. Al mismo tiempo publicó un edicto religioso (Enkyklikon) dirigido a Ailuros, que ordenaba que sólo se aceptaran los tres primeros sínodos ecuménicos, y rechazaba el Sínodo de Calcedonia y la Carta del Papa León. Todos los obispos debían firmar el edicto. El obispo de Constantinopla, Acacio (desde 471), vacilaba y estuvo a punto de proclamar este edicto. Pero la firme posición tomada por el pueblo, influido por los monjes que eran rígidamente católicos en sus opiniones, movió al obispo a oponerse al emperador y a defender la fe amenazada. Los abades y sacerdotes de Constantinopla se unieron al Papa Simplicio, que hizo todos los esfuerzos para mantener el dogma católico y las definiciones del Concilio de Calcedonia. El Papa exhortó a la leal adhesión a la verdadera fe en cartas a Acacio, a los sacerdotes y abades tanto como al propio usurpador Basilisco. En una carta a Basilisco de 10 de Enero de 476, Simplicio dice de la sede de Pedro en Roma: “Esta misma norma de doctrina apostólica se mantiene firmemente por sus sucesores (los de Pedro), a quien el Señor confió el cuidado de todo el rebaño de ovejas, a quien prometió no dejarle hasta el fin de los tiempos” (Thiel, “Rom. Pont.”, 182).De la misma manera emprendió con el emperador el estudio de la causa del patriarca católico de Alejandría, Timoteo Solofaciolo, que había sido suplantado por Ailuros. Cuando el emperador Zenón en 477 expulsó al usurpador y logró de nuevo la supremacía, envió al Papa una confesión de fe completamente católica, después de lo cual Simplicio (9 de Octubre de 477) le felicitó por su restauración en el poder y le exhortó a atribuir la victoria a Dios, que deseaba de este modo restaurar la libertad de la Iglesia. Zenón retiró los edictos de Basilisco, desterró a Pedro Fullón de Antioquía y repuso a Timoteo Solofaciolo en Alejandría. No molestó a Ailuros por su avanzada edad, y de hecho éste murió pronto. Los monofisitas de Alejandría presentaron entonces a Pedro Mongo, el antiguo arcediano de Ailuros, como su sucesor. Urgido por el Papa y los católicos orientales, Zenón ordenó el destierro de Pedro Mongo, pero éste pudo esconderse en Alejandría, y el miedo a los monofisitas impidió el uso de la fuerza. En un momento de debilidad el propio Solofaciolo había permitido la colocación del nombre del patriarca monofisita Dióscoro en los dípticos que debían leerse en los oficios de la iglesia. El 13 de marzo de 478, Simplicio escribió a Acacio de Constantinopla que se debía instar a Solofaciolo para que borrara la ignominia que había atraído sobre sí mismo. Este último envió legados y cartas a Roma para dar satisfacción al Papa. A solicitud de Acacio, que todavía se mostraba activo contra los monofisitas, el Papa condenó de manera nominativa a los herejes Mongo, Fullón, Pablo de Éfeso y Juan de Apamea, y delegó en el Patriarca de Constantinopla para que fuera su representante en esto. Cuando los monofisitas de Antioquía suscitaron una revuelta en 479 contra el Patriarca Esteban II, y lo mataron, Acacio consagró a Esteban III, y después a Calendio como sucesores de Esteban. Simplicio hizo una enérgica petición al emperador de que castigara a los asesinos del Patriarca, y reconvino también a Acacio por excederse en sus competencias al llevar a cabo esta consagración; al mismo tiempo, no obstante, el Papa le concedió la necesaria dispensa. Tras la muerte de Solofaciolo, los monofisitas de Alejandría eligieron de nuevo patriarca a Pedro Mongo, mientras los católicos elegían a Juan Talaia. Tanto Acacio como el emperador, al que aquél influía, se oponían a Talaia, y tomaron partido por Mongo. Mongo fue a Constantinopla a promover su causa. Acacio y él acordaron una fórmula de unión entre los católicos y los monofisitas que fue aprobada por el emperador Zenón en 482 (Henotikon). Talaia había enviado embajadores al Papa Simplicio para notificar al Papa su elección. Sin embargo, al mismo tiempo, el Papa recibió una carta del emperador en la que se acusaba a Talaia de perjurio y soborno y se hacía una petición de reconocimiento de Mongo. Simplicio, por tanto, aplazó reconocer a Talaia, pero protestó enérgicamente contra la elevación de Mongo al Patriarcado de Alejandría. Acacio, sin embargo, mantuvo su alianza con Mongo y pretendió prevalecer sobre los obispos orientales para introducirlo en la comunión de la Iglesia. Durante mucho tiempo Acacio no envió información de ninguna clase al Papa, así que éste se lo reprochó severamente en una carta. Cuando finalmente Talaia vino a Roma en 483 Simplicio ya había muerto.
Simplicio también ejerció un celoso cuidado pastoral en Europa Occidental, no obstante las difíciles circunstancias de la Iglesia durante los desórdenes de las migraciones. Publicó decisiones sobre cuestiones eclesiásticas, nombró al obispo Zenón de Sevilla vicario papal en España, de forma que las prerrogativas de la sede papal pudieran ejercerse en el propio país para beneficio de la administración eclesiástica. Cuando el obispo Juan de Rávena reclamó en 482 la diócesis de Mutina como sufragánea de su sede metropolitana, y sin más consagró al obispo Jorge para esta diócesis, Simplicio se le opuso vigorosamente y defendió los derechos de la sede papal. Simplicio fundó cuatro iglesias nuevas en la propia Roma. Un enorme edificio construido en forma de rotonda en la colina del Celio se convirtió en una iglesia y se dedicó a San Esteban; la parte principal de este edificio aún existe como la iglesia de San Stefano Rotondo. Un bello edificio próximo a la iglesia de Santa Maria Maggiore fue dado a la Iglesia Romana y convertida por Simplicio en una iglesia dedicada a San Andrés con la añadidura de un ábside adornado con mosaicos; ya no existe (cf. de Rossi, “Bull. Di archeol. crist.”, 1871, 1-64). El Papa construyó una iglesia dedicada al protomártir, San Esteban, detrás de la iglesia conmemorativa de San Lorenzo in Agro Verano; esta iglesia ya no está en pie. Hizo una cuarta iglesia construida en la ciudad en honor de Santa Balbina, “juxta palatium Licinianum”, donde estaba su tumba; esta iglesia aún subsiste. Para asegurar la celebración regular de los servicios de la iglesia, de la administración del bautismo, y de la disciplina de la penitencia en las grandes iglesias de las catacumbas fuera de las murallas de la ciudad, a saber las iglesias de San Pedro (en el Vaticano), de San Pablo en la Via Ostiensis, y de San Lorenzo en la Via Tiburtina, Simplicio ordenó que el clero de tres distritos de la ciudad se hiciera cargo, en un orden establecido, de las funciones religiosas en estas iglesias de las catacumbas. Simplicio fue enterrado en San Pedro del Vaticano. El “Liber Pontificalis” da el 2 de Marzo como día del entierro (VI non.); probablemente deba leerse 10 de Marzo (VI id.). Después de su muerte el rey Odoacro deseó influir en la provisión de la sede papal. El prefecto de la ciudad, Basilio, afirmó que antes de su muerte el Papa Simplicio le había pedido que emitiera la orden de que nadie debía ser consagrado obispo de Roma sin su consentimiento (cf. referente a la regulación Thiel, “Epist. Rom. Pont.”, 686-88). El clero romano se opuso a este edicto que limitaba su derecho de elección. Mantenían la vigencia del edicto, publicado por el emperador Honorio a instancias del Papa Bonifacio I, de que sólo podía ser considerado como legítimo obispo de Roma la persona que fuera elegida de acuerdo con la forma canónica con la aprobación divina y el consentimiento universal. Simplicio fue venerado como santo; su fiesta es el 2 de marzo.
La rebelión de Basilisco, que en 476 condujo al exilio al emperador Zenón y se apoderó del trono bizantino, intensificó la disputa monofisita. Basilisco buscó el apoyo de los monofisitas, y dio permiso a los patriarcas monofisitas depuestos, Timoteo Ailuros de Alejandría y Pedro Fullón de Antioquía, para que volvieran a sus sedes. Al mismo tiempo publicó un edicto religioso (Enkyklikon) dirigido a Ailuros, que ordenaba que sólo se aceptaran los tres primeros sínodos ecuménicos, y rechazaba el Sínodo de Calcedonia y la Carta del Papa León. Todos los obispos debían firmar el edicto. El obispo de Constantinopla, Acacio (desde 471), vacilaba y estuvo a punto de proclamar este edicto. Pero la firme posición tomada por el pueblo, influido por los monjes que eran rígidamente católicos en sus opiniones, movió al obispo a oponerse al emperador y a defender la fe amenazada. Los abades y sacerdotes de Constantinopla se unieron al Papa Simplicio, que hizo todos los esfuerzos para mantener el dogma católico y las definiciones del Concilio de Calcedonia. El Papa exhortó a la leal adhesión a la verdadera fe en cartas a Acacio, a los sacerdotes y abades tanto como al propio usurpador Basilisco. En una carta a Basilisco de 10 de Enero de 476, Simplicio dice de la sede de Pedro en Roma: “Esta misma norma de doctrina apostólica se mantiene firmemente por sus sucesores (los de Pedro), a quien el Señor confió el cuidado de todo el rebaño de ovejas, a quien prometió no dejarle hasta el fin de los tiempos” (Thiel, “Rom. Pont.”, 182).De la misma manera emprendió con el emperador el estudio de la causa del patriarca católico de Alejandría, Timoteo Solofaciolo, que había sido suplantado por Ailuros. Cuando el emperador Zenón en 477 expulsó al usurpador y logró de nuevo la supremacía, envió al Papa una confesión de fe completamente católica, después de lo cual Simplicio (9 de Octubre de 477) le felicitó por su restauración en el poder y le exhortó a atribuir la victoria a Dios, que deseaba de este modo restaurar la libertad de la Iglesia. Zenón retiró los edictos de Basilisco, desterró a Pedro Fullón de Antioquía y repuso a Timoteo Solofaciolo en Alejandría. No molestó a Ailuros por su avanzada edad, y de hecho éste murió pronto. Los monofisitas de Alejandría presentaron entonces a Pedro Mongo, el antiguo arcediano de Ailuros, como su sucesor. Urgido por el Papa y los católicos orientales, Zenón ordenó el destierro de Pedro Mongo, pero éste pudo esconderse en Alejandría, y el miedo a los monofisitas impidió el uso de la fuerza. En un momento de debilidad el propio Solofaciolo había permitido la colocación del nombre del patriarca monofisita Dióscoro en los dípticos que debían leerse en los oficios de la iglesia. El 13 de marzo de 478, Simplicio escribió a Acacio de Constantinopla que se debía instar a Solofaciolo para que borrara la ignominia que había atraído sobre sí mismo. Este último envió legados y cartas a Roma para dar satisfacción al Papa. A solicitud de Acacio, que todavía se mostraba activo contra los monofisitas, el Papa condenó de manera nominativa a los herejes Mongo, Fullón, Pablo de Éfeso y Juan de Apamea, y delegó en el Patriarca de Constantinopla para que fuera su representante en esto. Cuando los monofisitas de Antioquía suscitaron una revuelta en 479 contra el Patriarca Esteban II, y lo mataron, Acacio consagró a Esteban III, y después a Calendio como sucesores de Esteban. Simplicio hizo una enérgica petición al emperador de que castigara a los asesinos del Patriarca, y reconvino también a Acacio por excederse en sus competencias al llevar a cabo esta consagración; al mismo tiempo, no obstante, el Papa le concedió la necesaria dispensa. Tras la muerte de Solofaciolo, los monofisitas de Alejandría eligieron de nuevo patriarca a Pedro Mongo, mientras los católicos elegían a Juan Talaia. Tanto Acacio como el emperador, al que aquél influía, se oponían a Talaia, y tomaron partido por Mongo. Mongo fue a Constantinopla a promover su causa. Acacio y él acordaron una fórmula de unión entre los católicos y los monofisitas que fue aprobada por el emperador Zenón en 482 (Henotikon). Talaia había enviado embajadores al Papa Simplicio para notificar al Papa su elección. Sin embargo, al mismo tiempo, el Papa recibió una carta del emperador en la que se acusaba a Talaia de perjurio y soborno y se hacía una petición de reconocimiento de Mongo. Simplicio, por tanto, aplazó reconocer a Talaia, pero protestó enérgicamente contra la elevación de Mongo al Patriarcado de Alejandría. Acacio, sin embargo, mantuvo su alianza con Mongo y pretendió prevalecer sobre los obispos orientales para introducirlo en la comunión de la Iglesia. Durante mucho tiempo Acacio no envió información de ninguna clase al Papa, así que éste se lo reprochó severamente en una carta. Cuando finalmente Talaia vino a Roma en 483 Simplicio ya había muerto.
Simplicio también ejerció un celoso cuidado pastoral en Europa Occidental, no obstante las difíciles circunstancias de la Iglesia durante los desórdenes de las migraciones. Publicó decisiones sobre cuestiones eclesiásticas, nombró al obispo Zenón de Sevilla vicario papal en España, de forma que las prerrogativas de la sede papal pudieran ejercerse en el propio país para beneficio de la administración eclesiástica. Cuando el obispo Juan de Rávena reclamó en 482 la diócesis de Mutina como sufragánea de su sede metropolitana, y sin más consagró al obispo Jorge para esta diócesis, Simplicio se le opuso vigorosamente y defendió los derechos de la sede papal. Simplicio fundó cuatro iglesias nuevas en la propia Roma. Un enorme edificio construido en forma de rotonda en la colina del Celio se convirtió en una iglesia y se dedicó a San Esteban; la parte principal de este edificio aún existe como la iglesia de San Stefano Rotondo. Un bello edificio próximo a la iglesia de Santa Maria Maggiore fue dado a la Iglesia Romana y convertida por Simplicio en una iglesia dedicada a San Andrés con la añadidura de un ábside adornado con mosaicos; ya no existe (cf. de Rossi, “Bull. Di archeol. crist.”, 1871, 1-64). El Papa construyó una iglesia dedicada al protomártir, San Esteban, detrás de la iglesia conmemorativa de San Lorenzo in Agro Verano; esta iglesia ya no está en pie. Hizo una cuarta iglesia construida en la ciudad en honor de Santa Balbina, “juxta palatium Licinianum”, donde estaba su tumba; esta iglesia aún subsiste. Para asegurar la celebración regular de los servicios de la iglesia, de la administración del bautismo, y de la disciplina de la penitencia en las grandes iglesias de las catacumbas fuera de las murallas de la ciudad, a saber las iglesias de San Pedro (en el Vaticano), de San Pablo en la Via Ostiensis, y de San Lorenzo en la Via Tiburtina, Simplicio ordenó que el clero de tres distritos de la ciudad se hiciera cargo, en un orden establecido, de las funciones religiosas en estas iglesias de las catacumbas. Simplicio fue enterrado en San Pedro del Vaticano. El “Liber Pontificalis” da el 2 de Marzo como día del entierro (VI non.); probablemente deba leerse 10 de Marzo (VI id.). Después de su muerte el rey Odoacro deseó influir en la provisión de la sede papal. El prefecto de la ciudad, Basilio, afirmó que antes de su muerte el Papa Simplicio le había pedido que emitiera la orden de que nadie debía ser consagrado obispo de Roma sin su consentimiento (cf. referente a la regulación Thiel, “Epist. Rom. Pont.”, 686-88). El clero romano se opuso a este edicto que limitaba su derecho de elección. Mantenían la vigencia del edicto, publicado por el emperador Honorio a instancias del Papa Bonifacio I, de que sólo podía ser considerado como legítimo obispo de Roma la persona que fuera elegida de acuerdo con la forma canónica con la aprobación divina y el consentimiento universal. Simplicio fue venerado como santo; su fiesta es el 2 de marzo.
sábado, 20 de junio de 2026
Lecturas del 20/06/2026
Después de la muerte de Joadá, los jefes de Judá fueron a rendir homenaje al rey, que les hizo caso. Abandonaron el templo del Señor, Dios de sus padres, y sirvieron a los cipos y a los ídolos. Por este pecado la cólera estalló contra Judá y Jerusalén. Les envió profetas para convertirlos al Señor, pero no hicieron caso de sus amonestaciones.
Entonces el Espíritu de Dios vino sobre Zacarías, hijo del sacerdote Joadá, que, erguido ante el pueblo, les dijo: «Así dice Dios: “¿Por qué quebrantáis los mandamientos del Señor? ¡No tendréis éxito! Por haber abandonado al Señor, él os abandonará”».
Pero conspiraron contra él y, por mandato del rey, lo apedrearon en el atrio del templo del Señor. El rey Joás, olvidándose del amor que le profesaba Joadá, mató al hijo de este, que murió diciendo: «Que lo vea el Señor y lo demande!».
Al cabo de un año, un ejército de Siria se dirigió contra Joás, invadió Judá y Jerusalén, mató a todos los jefes del pueblo y envió todo el botín al rey de Damasco. El ejército de Siria contaba con poca gente, el Señor le entregó un ejército enorme, por haber abandonado al Señor, Dios de sus padres. Así se hizo justicia con Joás.
Al marcharse los sirios, dejándolo con múltiples dolencias, sus servidores conspiraron contra él para vengar al hijo del sacerdote Joadá.
Hirieron a Joás en la cama y murió.
Fue sepultado en la Ciudad de David, pero no en el panteón real.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido?
Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.
Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia».
Palabra del Señor.
20 de Junio 2026 – Nuestra Señora del Consuelo
La devoción de Turín a la Consolata, Patrono de la Arquidiócesis, es sin duda la más sentida y la más antigua. Los orígenes son remotos, según la tradición el prot. Obispo Maximus fue el constructor de una antigua iglesia mariana justo detrás de las murallas de la ciudad, cerca de la torre de la esquina cuyos restos aún son visibles. Simbólicamente alineado con los muros antiguos, como evidencia de protección, hoy se encuentra el altar mayor donde se coloca la efigie venerada. Original es el título de "Consolata", probablemente una antigua distorsión dialectal, "la Consolà", de la más habitual "Consolatrix afflictorum". Es hermoso para nosotros rezar a María al meditar que Consolata da Dio es más que nunca nuestro Consolador.
En la remota historia del origen del Santuario encontramos al anciano Rey Arduino de Ivrea quien, después de retirarse a la Abadía de Fruttuaria, tuvo en un sueño a la Virgen, junto con San Benito y Santa María Magdalena, para construir tres iglesias dedicadas a ella. : La Consolata, Belmonte nel Canavese y Crea nel Monferrato. En 1104, la Virgen también se apareció a un ciego de Briancon, Giovanni Ravachio, a quien dijo que fuera a Turín, donde, al encontrar una pintura que la representara, habría adquirido la vista. El ciego solo escuchó de la mujer del servicio. Partieron por un momento y abrieron sus ojos en Pozzo Strada (hoy hay una parroquia dedicada a la Natividad de María) y vieron desde lejos el campanario de S. Andrea (antiguo título del Santuario). Cuando finalmente llegó a su destino, cavando, encontró la imagen de la Virgen y adquirió la visión anhelada. Probablemente el ícono había estado oculto durante la furia de la herejía del obispo iconoclasta Claudio, para que no se destruyera. El Obispo Mainardo, entonces un residente de Testona di Moncalieri, entró y la imagen milagrosa fue reubicada con los honores debidos. Hoy, esta efigie ya no existe mientras en la parte inferior del Santuario se encuentra la capilla subterránea llamada "delle Grazie". El complejo de la abadía de S. Andrea fue apoyado por los benedictinos que habían encontrado refugio después de haber huido de Novalesa debido a los ataques sarracenos. De su presencia queda el imponente campanario milenario de estilo románico-lombardo, la obra del monje constructor Bruningo y las reliquias de San Valerico Abate, colocadas en el altar dedicado a él. Los benedictinos se hicieron cargo de los cistercienses reformados, llamados Fogliensi.
La imagen reverenciada hoy es un regalo del Cardenal Della Rovere (el constructor del Duomo) y se le atribuye a Antoniazzo Romano. El trabajo de finales del siglo XV está inspirado en la Madonna del Popolo de Roma.
La devoción de la ciudad por la Virgen estuvo siempre acompañada por la de la Casa Rectora. Los Savoy estuvieron atentos a las diversas intervenciones constructivas asegurándose de que los mejores artistas que trabajan para ellos trabajaran allí. Guarino Guarini es responsable del diseño actual del edificio, nacido de la transformación de la antigua iglesia de S. Andrea, mientras que el espléndido altar mayor es obra de Filippo Juvarra. En 1904, Carlo Ceppi, comisionado por el Rector, Beato Giuseppe Allamano, añadió cuatro capillas laterales, dando la estructura definitiva que es muy original y adecuada para el recogimiento y la oración. También afecta la riqueza de los mármoles dorados y los estucos.
La devoción de la ciudad a la Virgen de la Consolata se ha mantenido constante a lo largo de los siglos, las personas con sus soberanos se reunieron allí en oración tanto en ocasiones felices como en las menos auspiciosas: cientos de testigos votivos lo atestiguan.
Entre los diversos eventos que vieron a la Consolata particularmente invocada, recordamos el asedio de la ciudad por los franceses en 1706. Turín resistió heroicamente durante meses los ataques del fuerte ejército enemigo. Un auténtico padre espiritual de la ciudad fue el ya anciano Beato Sebastiano Valfrè, orador, confidente del Duque, capellán militar, apoyo moral del pueblo e inspirador del voto a la Virgen de Vittorio Amedeo II que se realizará en la construcción de la Basílica di Superga en la colina más alta del ciudad. Desde el recinto, la Beata Carmelita María de los Ángeles también indicó a María como una libertadora. Después del gesto heroico de Pietro Micca, la victoria tuvo lugar el 7 de septiembre, la víspera de la fiesta de la Natividad de María. Decenas de pilastrini con la imagen tallada de la Consolata se colocaron a lo largo del campo de batalla (el actual Borgo Vittoria). Una bala de cañón, pegada cerca de la cúpula, todavía es visible hoy.
En 1835, durante la epidemia de cólera, el municipio hizo una nueva promesa cuyo principal promotor fue el decurión Tancredi de Barolo, Siervo de Dios. En agradecimiento por el número limitado de víctimas, se erigió una columna con una estatua fuera del Santuario. De la Virgen En esos años, un devoto era Silvio Pellico, un simple busto en el interior le recuerda.
En 1852, el brote del cercano barril de pólvora Borgo Dora vio a Paolo Sacchi, el nuevo Pietro Micca, evitar la tragedia. El hospital cercano de Cottolengo fue severamente dañado, una imagen de la Consolata permaneció ilesa entre los escombros y afortunadamente no se registraron víctimas.
Incluso durante las dos guerras mundiales, los Turinese recurrieron a su Patrona: cientos de correas de hombro militares, cruces de guerra, un kiosco en el exterior y una placa en el interior nos lo recuerda.
El Santuario fue el destino de muchos santos. La lista sería larga, recuerden a S. Carlo Borromeo y S. Francesco di Sales, a S. Giuseppe Benedetto Cottolengo, a Don Bosco que trajo aquí a sus hijos del cercano Valdocco, S. Giuseppe Cafasso (aquí se veneran sus restos), S Leonardo Murialdo fuera de la puerta era el mendigo de sus obras, San Ignacio de Santhià se reunió durante mucho tiempo en oración durante su recorrido en la ciudad antes de subir al Monte, el Beato Pier Giorgio Frassati se detenía para la Misa antes de ir a la San Giuseppe Marello fue milagroso cuando era niño, la Beata Enrichetta Dominici del cercano Istituto S. Anna, el Venerable Pío Brunone Lanteri, fundador de los Oblatos de la Virgen María que gobernaron el Santuario en 800.
Varios institutos religiosos han tomado su nombre de la Consolata: las Hijas de la Consolata, las Hermanas de María SS. Consolatrice (llamada el "Consolatine"), los Misioneros y Misioneros de la Consolata. Estos últimos dos Institutos fueron fundados por el Beato Giuseppe Allamano, nieto de Cafasso y Rector del Santuario durante 46 años. Hoy estos hijos e hijas espirituales están presentes en los rincones más remotos del planeta. En 1906, San Pío X confirió el título de Basílica Menor al Santuario.
La fiesta se celebra, precedida por la solemne novena, el 20 de junio. Al atardecer, la estatua de plata se lleva en procesión por las calles del centro de la ciudad. Miles de fieles lo siguen precedido por todos los religiosos y religiosas de la ciudad, de todas las cofradías y de las asociaciones católicas de voluntariado.
Corazón de la Diócesis El Santuario es un oasis, en el centro de la ciudad, para templar el espíritu. Las celebraciones se suceden casi ininterrumpidamente todos los días y muchos sacerdotes están siempre presentes para reconciliarse con Dios a quien lo desee.
En la remota historia del origen del Santuario encontramos al anciano Rey Arduino de Ivrea quien, después de retirarse a la Abadía de Fruttuaria, tuvo en un sueño a la Virgen, junto con San Benito y Santa María Magdalena, para construir tres iglesias dedicadas a ella. : La Consolata, Belmonte nel Canavese y Crea nel Monferrato. En 1104, la Virgen también se apareció a un ciego de Briancon, Giovanni Ravachio, a quien dijo que fuera a Turín, donde, al encontrar una pintura que la representara, habría adquirido la vista. El ciego solo escuchó de la mujer del servicio. Partieron por un momento y abrieron sus ojos en Pozzo Strada (hoy hay una parroquia dedicada a la Natividad de María) y vieron desde lejos el campanario de S. Andrea (antiguo título del Santuario). Cuando finalmente llegó a su destino, cavando, encontró la imagen de la Virgen y adquirió la visión anhelada. Probablemente el ícono había estado oculto durante la furia de la herejía del obispo iconoclasta Claudio, para que no se destruyera. El Obispo Mainardo, entonces un residente de Testona di Moncalieri, entró y la imagen milagrosa fue reubicada con los honores debidos. Hoy, esta efigie ya no existe mientras en la parte inferior del Santuario se encuentra la capilla subterránea llamada "delle Grazie". El complejo de la abadía de S. Andrea fue apoyado por los benedictinos que habían encontrado refugio después de haber huido de Novalesa debido a los ataques sarracenos. De su presencia queda el imponente campanario milenario de estilo románico-lombardo, la obra del monje constructor Bruningo y las reliquias de San Valerico Abate, colocadas en el altar dedicado a él. Los benedictinos se hicieron cargo de los cistercienses reformados, llamados Fogliensi.
La imagen reverenciada hoy es un regalo del Cardenal Della Rovere (el constructor del Duomo) y se le atribuye a Antoniazzo Romano. El trabajo de finales del siglo XV está inspirado en la Madonna del Popolo de Roma.
La devoción de la ciudad por la Virgen estuvo siempre acompañada por la de la Casa Rectora. Los Savoy estuvieron atentos a las diversas intervenciones constructivas asegurándose de que los mejores artistas que trabajan para ellos trabajaran allí. Guarino Guarini es responsable del diseño actual del edificio, nacido de la transformación de la antigua iglesia de S. Andrea, mientras que el espléndido altar mayor es obra de Filippo Juvarra. En 1904, Carlo Ceppi, comisionado por el Rector, Beato Giuseppe Allamano, añadió cuatro capillas laterales, dando la estructura definitiva que es muy original y adecuada para el recogimiento y la oración. También afecta la riqueza de los mármoles dorados y los estucos.
La devoción de la ciudad a la Virgen de la Consolata se ha mantenido constante a lo largo de los siglos, las personas con sus soberanos se reunieron allí en oración tanto en ocasiones felices como en las menos auspiciosas: cientos de testigos votivos lo atestiguan.
Entre los diversos eventos que vieron a la Consolata particularmente invocada, recordamos el asedio de la ciudad por los franceses en 1706. Turín resistió heroicamente durante meses los ataques del fuerte ejército enemigo. Un auténtico padre espiritual de la ciudad fue el ya anciano Beato Sebastiano Valfrè, orador, confidente del Duque, capellán militar, apoyo moral del pueblo e inspirador del voto a la Virgen de Vittorio Amedeo II que se realizará en la construcción de la Basílica di Superga en la colina más alta del ciudad. Desde el recinto, la Beata Carmelita María de los Ángeles también indicó a María como una libertadora. Después del gesto heroico de Pietro Micca, la victoria tuvo lugar el 7 de septiembre, la víspera de la fiesta de la Natividad de María. Decenas de pilastrini con la imagen tallada de la Consolata se colocaron a lo largo del campo de batalla (el actual Borgo Vittoria). Una bala de cañón, pegada cerca de la cúpula, todavía es visible hoy.
En 1835, durante la epidemia de cólera, el municipio hizo una nueva promesa cuyo principal promotor fue el decurión Tancredi de Barolo, Siervo de Dios. En agradecimiento por el número limitado de víctimas, se erigió una columna con una estatua fuera del Santuario. De la Virgen En esos años, un devoto era Silvio Pellico, un simple busto en el interior le recuerda.
En 1852, el brote del cercano barril de pólvora Borgo Dora vio a Paolo Sacchi, el nuevo Pietro Micca, evitar la tragedia. El hospital cercano de Cottolengo fue severamente dañado, una imagen de la Consolata permaneció ilesa entre los escombros y afortunadamente no se registraron víctimas.
Incluso durante las dos guerras mundiales, los Turinese recurrieron a su Patrona: cientos de correas de hombro militares, cruces de guerra, un kiosco en el exterior y una placa en el interior nos lo recuerda.
El Santuario fue el destino de muchos santos. La lista sería larga, recuerden a S. Carlo Borromeo y S. Francesco di Sales, a S. Giuseppe Benedetto Cottolengo, a Don Bosco que trajo aquí a sus hijos del cercano Valdocco, S. Giuseppe Cafasso (aquí se veneran sus restos), S Leonardo Murialdo fuera de la puerta era el mendigo de sus obras, San Ignacio de Santhià se reunió durante mucho tiempo en oración durante su recorrido en la ciudad antes de subir al Monte, el Beato Pier Giorgio Frassati se detenía para la Misa antes de ir a la San Giuseppe Marello fue milagroso cuando era niño, la Beata Enrichetta Dominici del cercano Istituto S. Anna, el Venerable Pío Brunone Lanteri, fundador de los Oblatos de la Virgen María que gobernaron el Santuario en 800.
Varios institutos religiosos han tomado su nombre de la Consolata: las Hijas de la Consolata, las Hermanas de María SS. Consolatrice (llamada el "Consolatine"), los Misioneros y Misioneros de la Consolata. Estos últimos dos Institutos fueron fundados por el Beato Giuseppe Allamano, nieto de Cafasso y Rector del Santuario durante 46 años. Hoy estos hijos e hijas espirituales están presentes en los rincones más remotos del planeta. En 1906, San Pío X confirió el título de Basílica Menor al Santuario.
La fiesta se celebra, precedida por la solemne novena, el 20 de junio. Al atardecer, la estatua de plata se lleva en procesión por las calles del centro de la ciudad. Miles de fieles lo siguen precedido por todos los religiosos y religiosas de la ciudad, de todas las cofradías y de las asociaciones católicas de voluntariado.
Corazón de la Diócesis El Santuario es un oasis, en el centro de la ciudad, para templar el espíritu. Las celebraciones se suceden casi ininterrumpidamente todos los días y muchos sacerdotes están siempre presentes para reconciliarse con Dios a quien lo desee.
viernes, 19 de junio de 2026
Lecturas del 19/06/2026
En aquellos días, cuando la madre del rey Ocozías, Atalía, vio que su hijo había muerto, se dispuso a eliminar a toda la estirpe real. Pero Josebá, hija del rey Jorán y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, de entre los hijos del rey que estaban siendo asesinados, lo escondió y lo instaló, a él y a su nodriza, en su dormitorio, manteniéndolo oculto a la vista de Atalía y así no lo mataron. Estuvo seis años con ella, escondido en el templo del Señor, mientras Atalía reinaba en el país.
El séptimo año, el sacerdote Yehoyadá mandó buscar a los centuriones de los carios y de los guardias y los condujo junto a sí al templo del Señor para establecer un pacto con ellos y hacerles prestar juramento. Luego le presentó al hijo del rey.
Los centuriones cumplieron cuanto Yehoyadá les ordenó. Cada uno tomó sus hombres, los que entraban y los que salían de servicio el sábado, y se presentaron ante el sacerdote. Yehoyadá entregó a los centuriones las lanzas y escudos del rey David que había depositados en el templo del Señor.
Los guardias se apostaron, arma en mano, desde el extremo sur hasta el extremo norte del templo, ante el altar y el templo, en torno al rey, por un lado y por otro.
El sacerdote hizo salir al hijo del monarca y le impuso la diadema y las insignias reales. Luego lo proclamaron rey y lo ungieron. Aplaudieron y gritaron: «¡Viva el rey!».
Cuando Atalía oyó el griterío de los guardias y del pueblo, se fue hacia la muchedumbre que se hallaba en el templo del Señor. Miró y vio al rey de pie junto a la columna, según la costumbre: los jefes con sus trompetas con él, y a todo el pueblo de la tierra en júbilo, tocando sus instrumentos.
Atalía rasgó entonces sus vestiduras y gritó: «¡Traición!, ¡traición!».
Entonces el sacerdote Yehoyadá dio orden a los jefes de las tropas: «Hacedla salir de entre las filas. Quien la siga será pasado a espada» (pues el sacerdote pensaba: «No debe ser ejecutada en el templo del Señor»).
Le abrieron paso y, cuando entró en el palacio real por la puerta de los Caballos, fue ejecutada.
Luego Yehoyadá hizo una alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, por la que el pueblo se convertía en pueblo del Señor; hizo también una alianza entre el rey y el pueblo.
Y todo el pueblo de la tierra acudió al templo de Baal para derribarlo. Hicieron pedazos sus altares e imágenes, y ejecutaron a Matán, sacerdote de Baal, frente a los altares.
El sacerdote puso entonces centinelas en el templo del Señor. Todo el pueblo de la tierra exultaba de júbilo y la ciudad quedó tranquila: Atalía ya había muerto a espada en palacio.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!».
Palabra del Señor.
19 de Junio 2026 – San Romualdo, Abad
Nació en Rávena. Pertenecía a la familia Onesti, duques de Rávena. Su loca juventud mundana cambió del todo, al presenciar en un duelo entre su padre y un pariente, la muerte del familiar. Este acontecimiento le indujo a retirarse al monasterio benedictino de Sant’Apollinare in Classe para hacer cuarenta días de penitencia. Aquí profesó por tres años la regla de san Bernardo, pero no le atrajo la vida monástica y junto con un compañero pidió permiso para hacer vida eremítica. La leyenda cuenta que fue abad y los monjes no admitieron su estricta observancia de la regla, y quisieron despedirlo o matarlo, pero la conjura fue descubierta.
Se marchó a la frontera del Véneto, con el ermitaño Marino, ejercitándose en las austeridades más radicales; hacia el 978 acompañó a San Pedro Urséolo, dux de Venecia, que iba a hacerse religioso en el cenobio catalán de San Miguel de Cuxá, donde consolidó su orientación espiritual como ermitaño; su rigidez en el cumplimiento de la regla volvieron a traerle problemas con los monjes.
Diez años después (998) nos lo encontramos en Rávena animando a su padre para que se hiciera monje de San Severo. El emperador Otón III lo eligió abad de Sant' Apollinare in Classe, para que lo reformara, pero un año después lo encontramos en Montecasino y en 1004, erigió en Val di Castro un eremitorio que abandonó posteriormente. Romualdo observó que la nueva sociedad necesitaba una revisión de la regla benedictina, que diera vida a comunidades que estuvieran entre la abadía y la soledad, el trabajo y la vida contemplativa. Fundó cenobios en Verghereto, en Lemmo, Cassino, Rávena, Vallombrosa y Fontebuona. Permaneció tres años en una celda cercana a la casa que había fundado en Parenzo. Allí trabajó por un tiempo, experimentando gran sequedad espiritual, pero un día, de pronto, cuando estaba recitando las palabras del Salmista, «Te daré entendimiento y te instruiré», Dios lo visitó con una luz extraordinaria y un espíritu de compunción que desde entonces nunca le abandonó. Escribió una exposición de los Salmos llena de pensamientos admirables. Con frecuencia pronosticó cosas futuras, y daba consejos a todos los que iban a consultarle, inspirado por una sabiduría celestial. Siempre había anhelado el martirio, y por fin obtuvo licencia del Papa para predicar el Evangelio en Hungría; pero fue atacado por una grave enfermedad tan pronto como puso los pies en el país, y como el mal volvía cada vez que intentaba actuar, sacó como conclusión que esto era una clara indicación de la voluntad de Dios de que no lo quería ahí. Muy conforme, retornó a Italia, aunque algunos de sus compañeros fueron a predicar la fe a los magiares.
Posteriormente permaneció por bastante tiempo en Monte di Sitrio, pero allí fue acusado de un crimen escandaloso por un joven noble de Sassoferrato, a quién Romualdo había intentado convertir inútilmente y al que había censurado por su vida disipada. Aunque parezca extraordinario, los monjes creyeron el embuste, le impusieron severa penitencia, le prohibieron que celebrase misa, y lo incomunicaron. Todo lo soportó en silencio por seis meses, pero entonces Dios lo amonestó para que no se sometiera más a sentencia tan injusta, pronunciada sin autoridad y sin sombra de fundamento. Pasó seis años en Sitrio guardando silencio estricto y aumentando sus austeridades en lugar de relajarlas, no obstante su ancianidad. Romualdo tuvo alguna influencia en las misiones a los eslavos y prusianos a través del monasterio de Querfurt en Pereum, cerca de Ravena, que Otto III fundó para él y san Bruno, en 1001. Un hijo del duque Boleslao I de Polonia era monje en este monasterio, y en nombre de su padre le obsequió a Romualdo un magnífico caballo. Él lo cambió por un asno, y declaró que se sentía más unido a Jesucristo, montado sobre tal cabalgadura.
Por fin decidió realizar su fundación en el valle, por el señor de Maldoli (Camaldoli), en los alrededores de Arezzo (1023) que fue el centro de la Orden camaldulense, de ermitaños contemplativos, aislados en silencio y ayuno continuo. "Considera tu retiro como un paraíso. Desecha todo recuerdo del mundo. Vaya tu pensamiento tras la meditación, como el pez tras el cebo. Renúnciate a ti mismo; hazte como un niño; y sea tu alegría sólo la gracia de Dios".
Del emperador san Enrique II recibió como regalo el monasterio de Monte Amiata para implantar en él a sus monjes. Romualdo no pudo disfrutar la paz de sus fundaciones, ya que por toda la vida sufrió oposiciones, calumnias, persecuciones, y hasta una excomunión; también sufrió muchas tribulaciones interiores a causa de la lucha contra el maligno, que trató de apartarlo de su austero régimen de vida, hasta el punto de gritar un día: "Dulcísimo Jesús mío, ¿es que me habéis entregado por entero en poder de mis enemigos?". Pero la invocación del nombre de Jesús sirvió para alejar para siempre el paroxismo de estas tentaciones. Fue un hombre contemplativo y místico, esta característica todavía no ha sido bien estudiada. Además sufrió varias amenazas de muerte por parte de los monjes relajados, que se oponían a su reforma. Próximo a la muerte, volvió al monasterio de Val di Castro donde terminó sus días. San Pedro Damián escribió su biografía. Fue canonizado por Benedicto IX en 1032.
Se marchó a la frontera del Véneto, con el ermitaño Marino, ejercitándose en las austeridades más radicales; hacia el 978 acompañó a San Pedro Urséolo, dux de Venecia, que iba a hacerse religioso en el cenobio catalán de San Miguel de Cuxá, donde consolidó su orientación espiritual como ermitaño; su rigidez en el cumplimiento de la regla volvieron a traerle problemas con los monjes.
Diez años después (998) nos lo encontramos en Rávena animando a su padre para que se hiciera monje de San Severo. El emperador Otón III lo eligió abad de Sant' Apollinare in Classe, para que lo reformara, pero un año después lo encontramos en Montecasino y en 1004, erigió en Val di Castro un eremitorio que abandonó posteriormente. Romualdo observó que la nueva sociedad necesitaba una revisión de la regla benedictina, que diera vida a comunidades que estuvieran entre la abadía y la soledad, el trabajo y la vida contemplativa. Fundó cenobios en Verghereto, en Lemmo, Cassino, Rávena, Vallombrosa y Fontebuona. Permaneció tres años en una celda cercana a la casa que había fundado en Parenzo. Allí trabajó por un tiempo, experimentando gran sequedad espiritual, pero un día, de pronto, cuando estaba recitando las palabras del Salmista, «Te daré entendimiento y te instruiré», Dios lo visitó con una luz extraordinaria y un espíritu de compunción que desde entonces nunca le abandonó. Escribió una exposición de los Salmos llena de pensamientos admirables. Con frecuencia pronosticó cosas futuras, y daba consejos a todos los que iban a consultarle, inspirado por una sabiduría celestial. Siempre había anhelado el martirio, y por fin obtuvo licencia del Papa para predicar el Evangelio en Hungría; pero fue atacado por una grave enfermedad tan pronto como puso los pies en el país, y como el mal volvía cada vez que intentaba actuar, sacó como conclusión que esto era una clara indicación de la voluntad de Dios de que no lo quería ahí. Muy conforme, retornó a Italia, aunque algunos de sus compañeros fueron a predicar la fe a los magiares.
Posteriormente permaneció por bastante tiempo en Monte di Sitrio, pero allí fue acusado de un crimen escandaloso por un joven noble de Sassoferrato, a quién Romualdo había intentado convertir inútilmente y al que había censurado por su vida disipada. Aunque parezca extraordinario, los monjes creyeron el embuste, le impusieron severa penitencia, le prohibieron que celebrase misa, y lo incomunicaron. Todo lo soportó en silencio por seis meses, pero entonces Dios lo amonestó para que no se sometiera más a sentencia tan injusta, pronunciada sin autoridad y sin sombra de fundamento. Pasó seis años en Sitrio guardando silencio estricto y aumentando sus austeridades en lugar de relajarlas, no obstante su ancianidad. Romualdo tuvo alguna influencia en las misiones a los eslavos y prusianos a través del monasterio de Querfurt en Pereum, cerca de Ravena, que Otto III fundó para él y san Bruno, en 1001. Un hijo del duque Boleslao I de Polonia era monje en este monasterio, y en nombre de su padre le obsequió a Romualdo un magnífico caballo. Él lo cambió por un asno, y declaró que se sentía más unido a Jesucristo, montado sobre tal cabalgadura.
Por fin decidió realizar su fundación en el valle, por el señor de Maldoli (Camaldoli), en los alrededores de Arezzo (1023) que fue el centro de la Orden camaldulense, de ermitaños contemplativos, aislados en silencio y ayuno continuo. "Considera tu retiro como un paraíso. Desecha todo recuerdo del mundo. Vaya tu pensamiento tras la meditación, como el pez tras el cebo. Renúnciate a ti mismo; hazte como un niño; y sea tu alegría sólo la gracia de Dios".
Del emperador san Enrique II recibió como regalo el monasterio de Monte Amiata para implantar en él a sus monjes. Romualdo no pudo disfrutar la paz de sus fundaciones, ya que por toda la vida sufrió oposiciones, calumnias, persecuciones, y hasta una excomunión; también sufrió muchas tribulaciones interiores a causa de la lucha contra el maligno, que trató de apartarlo de su austero régimen de vida, hasta el punto de gritar un día: "Dulcísimo Jesús mío, ¿es que me habéis entregado por entero en poder de mis enemigos?". Pero la invocación del nombre de Jesús sirvió para alejar para siempre el paroxismo de estas tentaciones. Fue un hombre contemplativo y místico, esta característica todavía no ha sido bien estudiada. Además sufrió varias amenazas de muerte por parte de los monjes relajados, que se oponían a su reforma. Próximo a la muerte, volvió al monasterio de Val di Castro donde terminó sus días. San Pedro Damián escribió su biografía. Fue canonizado por Benedicto IX en 1032.
jueves, 18 de junio de 2026
Lecturas del 18/06/2026
Surgió el profeta Elías como un fuego, su palabra quemaba como antorcha.
Él hizo venir sobre ellos el hambre, y con su celo los diezmó.
Por la palabra del Señor cerró los cielos y también hizo caer fuego tres veces.
¡Qué glorioso fuiste, Elías, con tus portentos! ¿Quién puede gloriarse de ser como tú?
Tú despertaste a un cadáver de la muerte y del abismo, por la palabra del Altísimo; tú precipitaste reyes a la ruina y arrebataste del lecho a hombres insignes; en el Sinaí escuchaste palabras de reproche y en el Horeb sentencias de castigo; tú ungiste reyes vengadores y profetas para que te sucedieran; fuiste arrebatado en un torbellino ardiente, en un carro de caballos de fuego; tú fuiste designado para reprochar los tiempos futuros, para aplacar la ira antes de que estallara, para reconciliar a los padres con los hijos y restablecer las tribus de Jacob.
Dichosos los que te vieron y se durmieron en el amor, porque también nosotros viviremos.
Cuando Elías fue arrebatado en el torbellino, Eliseo se llenó de su espíritu.
Durante su vida ningún príncipe lo hizo temblar, nadie pudo dominarlo.
Nada era imposible para él, incluso muerto, su cuerpo profetizó.
Durante su vida realizó prodigios, y después de muerto fueron admirables sus obras.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis.
Vosotros orad así: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».
Palabra del Señor.
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