domingo, 28 de junio de 2026
Lecturas del 28/06/2026
Pasó Eliseo un día por Sunén. Vivía allí una mujer principal que le insistió en que se quedase a comer; y, desde entonces, se detenía allí a comer cada vez que pasaba.
Ella dijo a su marido: «Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos. Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que cuando venga pueda retirarse».
Llegó el día en que Eliseo se acercó por allí y se retiró a la habitación de arriba, donde se acostó.
Entonces se preguntó Eliseo: «¿Qué podemos hacer por ella?».
Respondió Guejazí, su criado: «Por desgracia no tiene hijos y su marido es ya anciano».
Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la entrada.
Eliseo le dijo: «El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo».
Hermanos: Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte.
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios.
Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
Palabra del Señor.
28 de Junio 2026 – San Ireneo de Lyon
El nombre de S. Ireneo está ligado a la multitud de aquellos héroes que con el martirio ilustraron la Iglesia de Lyon. Nacido el año 121 en las cercanías de Esmirna, fue el primer preceptor del ilustre obispo de aquella ciudad S. Policarpo. De este insigne maestro chupó el espíritu apostólico y aprendió la ciencia que lo hizo uno de los más bellos ornamentos de la Iglesia, en aquellos tiempos de lucha y de sangre.
Aún joven, erudito en toda ciencia y dotado de maravillosa facundia, dio un primer asalto a las vituperosas doctrinas de los Gnósticos y Valentinianos que habían corrompido la doctrina de Cristo. Pero el deseo de profundizar en los estudios lo llevó a Roma, donde enseñaban a los más célebres maestros de su tiempo, y fue tal el progreso que hizo en estas escuelas, que al final de los cursos ya podía competir con sus tutores
Se dirigió a las Galias y fijó su morada en Lyon, donde estaba obispo S. Potino. Estos, conocidos los talentos y las virtudes eminentes del joven, lo propuso a las órdenes sagradas y al sacerdocio.
Desde aquel instante el celo del nuevo Levita dejó de medir. Su palabra penetraba en los corazones y conquistaba: caían los ídolos y los templos, y la luz de la verdad iluminaba las mentes de los idólatras que en conjunto pedían el S. Bautismo.
A la predicación san Ireneo añadió numerosísimos escritos, fuentes inagotables de doctrina y de sabiduría. Escritos que, según S. Girolamo, eran una barrera insuperable contra la cual se rompían los esfuerzos y los sofismas de los enemigos de Cristo y de la Iglesia. Algunos de ellos se perdieron, pero muchos se conservaron, entre ellos los cinco libros contra los herejes, que son una de las más bellas analogías de la doctrina cristiana. A este trabajo supo también emparejar una profunda piedad dando los más admirables ejemplos de virtud.
Habiendo sido martirizado el santo obispo Potino, el pueblo lionesa, unánime, elevó a la sede episcopal.
S. Ireneo, que se dirigió a Roma para la consagración, llevó al Papa S. Eleuterio una carta redundante del más fuerte apego al Vicario de Jesús Cristo, y volvió a su sede confortado por la bendición del Sumo Pastor.
Consciente de la nueva misión que el Señor le había confiado, no se concedió un momento de descanso. Predicó con la palabra, con el ejemplo y con el poder de los milagros. Surgida en aquel tiempo la cuestión sobre la celebración de la Pascua, el Papa Víctor amenazó con excomunión a los obispos de Asia que, sobre este punto, discrepaban de sus hermanos en el episcopado. S. Ireneo intervino con su autoridad y trajo la paz.
Después de todo esto selló bajo Septimio Severo, con la sangre, la fe que había predicado y por la que había sufrido tanto. Benedicto XV extendió su fiesta a toda la Iglesia, rodeándolo del aureola de doctor.
Aún joven, erudito en toda ciencia y dotado de maravillosa facundia, dio un primer asalto a las vituperosas doctrinas de los Gnósticos y Valentinianos que habían corrompido la doctrina de Cristo. Pero el deseo de profundizar en los estudios lo llevó a Roma, donde enseñaban a los más célebres maestros de su tiempo, y fue tal el progreso que hizo en estas escuelas, que al final de los cursos ya podía competir con sus tutores
Se dirigió a las Galias y fijó su morada en Lyon, donde estaba obispo S. Potino. Estos, conocidos los talentos y las virtudes eminentes del joven, lo propuso a las órdenes sagradas y al sacerdocio.
Desde aquel instante el celo del nuevo Levita dejó de medir. Su palabra penetraba en los corazones y conquistaba: caían los ídolos y los templos, y la luz de la verdad iluminaba las mentes de los idólatras que en conjunto pedían el S. Bautismo.
A la predicación san Ireneo añadió numerosísimos escritos, fuentes inagotables de doctrina y de sabiduría. Escritos que, según S. Girolamo, eran una barrera insuperable contra la cual se rompían los esfuerzos y los sofismas de los enemigos de Cristo y de la Iglesia. Algunos de ellos se perdieron, pero muchos se conservaron, entre ellos los cinco libros contra los herejes, que son una de las más bellas analogías de la doctrina cristiana. A este trabajo supo también emparejar una profunda piedad dando los más admirables ejemplos de virtud.
Habiendo sido martirizado el santo obispo Potino, el pueblo lionesa, unánime, elevó a la sede episcopal.
S. Ireneo, que se dirigió a Roma para la consagración, llevó al Papa S. Eleuterio una carta redundante del más fuerte apego al Vicario de Jesús Cristo, y volvió a su sede confortado por la bendición del Sumo Pastor.
Consciente de la nueva misión que el Señor le había confiado, no se concedió un momento de descanso. Predicó con la palabra, con el ejemplo y con el poder de los milagros. Surgida en aquel tiempo la cuestión sobre la celebración de la Pascua, el Papa Víctor amenazó con excomunión a los obispos de Asia que, sobre este punto, discrepaban de sus hermanos en el episcopado. S. Ireneo intervino con su autoridad y trajo la paz.
Después de todo esto selló bajo Septimio Severo, con la sangre, la fe que había predicado y por la que había sufrido tanto. Benedicto XV extendió su fiesta a toda la Iglesia, rodeándolo del aureola de doctor.
sábado, 27 de junio de 2026
Lecturas del 27/06/2026
Ha destruido el Señor, sin piedad, todas las moradas de Jacob; ha destrozado, lleno de cólera, las fortalezas de la hija de Judá; echó por tierra y profanó el reino y a sus príncipes.
Se sientan silenciosos en el suelo los ancianos de la hija de Sion; cubren de polvo su cabeza y se ciñen con saco; humillan hasta el suelo su cabeza las doncellas de Jerusalén.
Se consumen en lágrimas mis ojos, se conmueven mis entrañas; muy profundo es mi dolor por la ruina de la hija de mi pueblo; los niños y lactantes desfallecen por las plazas de la ciudad.
Preguntan a sus madres: «¿Dónde hay pan y vino?», mientras agonizan, como los heridos, por las plazas de la ciudad, exhalando su último aliento en el regazo de sus madres.
¿A quién te compararé, a quién te igualaré, hija de Jerusalén?; ¿con quién te equipararé para consolarte, doncella, hija de Sion?; pues es grande como el mar tu desgracia: ¿quién te podrá curar?
Tus profetas te ofrecieron visiones falsas y vanas; no denunciaron tu culpa para que cambiara tu suerte, sino que te anunciaron oráculos falsos y seductores.
Sus corazones claman al Señor.
Muralla de la hija de Sion, ¡derrama como un torrente tus lágrimas día y noche; no te des tregua, no descansen tus ojos!
Levántate, grita en la noche, al relevo de la guardia; derrama como agua tu corazón en presencia del Señor; levanta tus manos hacia él por la vida de tus niños, que desfallecen de hambre por las esquinas de las calles.
En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».
Le contestó: «Voy yo a curarlo».
Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».
Y dijo Jesús al centurión: «Vete; que te suceda según has creído».
Y en aquel momento se puso bueno el criado.
Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a su suegra en cama con fiebre; le tocó su mano y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirle.
Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».
Palabra del Señor.
27 de Junio 2026 – San Cirilo de Alejandría
El misterio que la Iglesia celebra hoy es el anuncio del arcángel Gabriele a María, que Ella fue sida elegida entre todas las mujeres a ser la Madre de Dios y la encarnación del Verbo en su seno refino.
Antiguamente la fiesta actual también fue designada con el nombre de " Concepción de Cristo", " Anunciación del Dios." Eso demuestra que fue celebrada más como fiesta del Dios que de la Virgen; sólo con el pasar del tiempo tomó sobresaliente carácter mariano. Hoy es considerada casi exclusivamente como fiesta del SS. Virgo.
"Este día, escribe el Guéranger, es grande en los anales de la humanidad; es grande a los ojos mismos de Dios, porque celebra el aniversario del más gran acontecimiento que es cumplido en el tiempo. Este hoy el Verbo divino, a través del que el Padre ha creado todas las cosas, se ha hecho carne en el seno de un Virgo y ha habitado entre nosotros."
Este misterio ya fue preanunciado desde el Paraíso terrenal, luego más explícitamente repetido y precisado por los Profetas. Isaías, cuál señal de la Redención, al impío Acaz dice: " He aquí un Virgo concebirá y dará a luz un hijo y Emmanuele será su Nombre." Más adelante todavía dice: " De la raíz de Jesse brotará una vara y una flor brotará de ella."
Venida luego la plenitud de los tiempos, el tiempo propicio de la Redención, mientras el refino Virgo de Nazaret levanta sus más fervientes plegarias para acelerar la llegada del Mesías, le aparece uno de los más fúlgidos Arcángeles del Paraíso, Gabriele, y con sumo respeto y devoción la saluda: " Ave, llena de gracia, el 'Dios es teco, bendita tú entre las mujeres." Oyendo estas cosas María se agita y piensa que especie de saludo sea éste.
El ángel para alentarla le dice: " No temas, María, ya que has encontrado gracia cerca de Dios; he aquí concebirás en el seno y darás a luz un hijo, y le pondrás nombre Jesús. Éste será grande y será llamado Hijo de lo empinado y el Señor Dios le dará el trono de Davide su padre y reinará para siempre sobre la casa de Giacobbe, y su reino no tendrá fin."
Y María, que ha consagrado ya su virginidad a Dios, no comprendiendo eso, dice al ángel: " ¿Cómo ocurrirá este si yo no conozco a hombre?”. Contestando el ángel le dice: " El Espíritu Santo vendrá en ti y la virtud de lo empinado te sombreará”.
Y por este lo que nacerá de ti será santo y será llamado hijo de lo empinado... ya que nada es imposible a Dios." Y María dice: "He aquí me la valga del Dios, mí sea hecho de según tu palabra." Y el ángel se parte de ella.
En aquel momento el Hijo de Dios le bajó en ella, tomadas carne e incluso quedando verdadero Dios, empezó también ser verdadero hombre, por luego un día padecer y morir, a fin de salvarnos reabriéndonos el Paraíso y mereciéndonos las menciones por bien obrar.
Antiguamente la fiesta actual también fue designada con el nombre de " Concepción de Cristo", " Anunciación del Dios." Eso demuestra que fue celebrada más como fiesta del Dios que de la Virgen; sólo con el pasar del tiempo tomó sobresaliente carácter mariano. Hoy es considerada casi exclusivamente como fiesta del SS. Virgo.
"Este día, escribe el Guéranger, es grande en los anales de la humanidad; es grande a los ojos mismos de Dios, porque celebra el aniversario del más gran acontecimiento que es cumplido en el tiempo. Este hoy el Verbo divino, a través del que el Padre ha creado todas las cosas, se ha hecho carne en el seno de un Virgo y ha habitado entre nosotros."
Este misterio ya fue preanunciado desde el Paraíso terrenal, luego más explícitamente repetido y precisado por los Profetas. Isaías, cuál señal de la Redención, al impío Acaz dice: " He aquí un Virgo concebirá y dará a luz un hijo y Emmanuele será su Nombre." Más adelante todavía dice: " De la raíz de Jesse brotará una vara y una flor brotará de ella."
Venida luego la plenitud de los tiempos, el tiempo propicio de la Redención, mientras el refino Virgo de Nazaret levanta sus más fervientes plegarias para acelerar la llegada del Mesías, le aparece uno de los más fúlgidos Arcángeles del Paraíso, Gabriele, y con sumo respeto y devoción la saluda: " Ave, llena de gracia, el 'Dios es teco, bendita tú entre las mujeres." Oyendo estas cosas María se agita y piensa que especie de saludo sea éste.
El ángel para alentarla le dice: " No temas, María, ya que has encontrado gracia cerca de Dios; he aquí concebirás en el seno y darás a luz un hijo, y le pondrás nombre Jesús. Éste será grande y será llamado Hijo de lo empinado y el Señor Dios le dará el trono de Davide su padre y reinará para siempre sobre la casa de Giacobbe, y su reino no tendrá fin."
Y María, que ha consagrado ya su virginidad a Dios, no comprendiendo eso, dice al ángel: " ¿Cómo ocurrirá este si yo no conozco a hombre?”. Contestando el ángel le dice: " El Espíritu Santo vendrá en ti y la virtud de lo empinado te sombreará”.
Y por este lo que nacerá de ti será santo y será llamado hijo de lo empinado... ya que nada es imposible a Dios." Y María dice: "He aquí me la valga del Dios, mí sea hecho de según tu palabra." Y el ángel se parte de ella.
En aquel momento el Hijo de Dios le bajó en ella, tomadas carne e incluso quedando verdadero Dios, empezó también ser verdadero hombre, por luego un día padecer y morir, a fin de salvarnos reabriéndonos el Paraíso y mereciéndonos las menciones por bien obrar.
viernes, 26 de junio de 2026
Lecturas del 26/06/2026
El año noveno del reinado de Sedecías, el mes décimo, el diez del mes, vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército contra Jerusalén. Acampó contra ella y la cercaron con una empalizada. Y la ciudad estuvo sitiada hasta el año once del reinado de Sedecías.
El mes cuarto, el día noveno del mes, cuando arreció el hambre dentro de la ciudad y no había pan para la gente del pueblo, abrieron una brecha en la ciudad; todos los hombres de guerra huyeron durante la noche por el camino de la puerta, entre las dos muros que están sobre el parque del rey, mientras los caldeos estaban apostados alrededor de la ciudad; y se fueron por el camino de la Arabá.
Las tropas caldeas persiguieron al rey, dándole alcance en los llanos de Jericó. Entonces todo el ejército se dispersó abandonándolo.
Capturaron al rey Sedecías y se lo subieron a Riblá, adonde estaba el rey de Babilonia, y que lo sometió a juicio.
Sus hijos fueron degollados a su vista, y a Sedecías le sacó los ojos. Luego lo encadenaron con doble cadena de bronce y lo condujeron a Babilonia.
En el quinto mes, el día séptimo del mes, el año diecinueve de Nabucodonosor, rey de Babilonia, Nabusardán, jefe de la guardia, servidor del rey de Babilonia, vino a Jerusalén. E incendió el templo del Señor y el palacio real y la totalidad de las casas de Jerusalén.
Todas las tropas caldeas que estaban con el jefe de la guardia demolieron las murallas que rodeaban a Jerusalén.
En cuanto al resto del pueblo que quedaba en la ciudad, los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de la gente, los deportó Nabuzardán, jefe de la guardia.
El jefe de la guardia dejó algunos de los pobres del país para viñadores y labradores.
Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.
En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».
Extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero, queda limpio».
Y en seguida quedó limpio de la lepra.
Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».
Palabra del Señor.
26 de Junio 2026 – Beato Santiago Ghazir Haddad
Nació en Ghazir (Líbano) en el seno de una familia de rito maronita y se llamaba Khalil. En Beirut estudió árabe, francés y sirio. En 1892 se fue a Alejandría (Egipto) donde enseño árabe en el Colegio de los Hermanos Cristianos, y allí sintió la llamada al sacerdocio. Ingresó en el convento de los capuchinos de Khashbau y durante el noviciado tomó el nombre de Jacques (Santiago) en recuerdo del hermano franciscano Santiago de la Marca. Todos los hermanos lo admiraban por su abnegación, su piedad, su caridad, su obediencia, y por el sentido del humor, que no dejaba nunca de usar como instrumento de paz. En 1901, fue ordenado sacerdote en Beirut (Líbano).
Sus superiores le confiaron la economía general de los cinco conventos de Beirut y de la Montaña, encargo que lo obligó a tratar cuestiones administrativas, recorriendo muchos caminos. Decenas de veces, como él mismo cuenta en sus "Memorias", fue agredido, golpeado y amenazado de muerte, aunque milagrosamente la cruz de Jesús lo salvó siempre. En 1905 fue nombrado director de las escuelas que los hermanos capuchinos tenían a su cargo en el Líbano, introduciendo en ellas importantes renovaciones. Su modelo no era tener una gran escuela con muchos alumnos, sino escuelas más pequeñas con clases de pocos alumnos. Así en 1910 las escuelas eran 230 con 7.500 alumnos.
Predicó con gran ardor la palabra de Dios en el Líbano, Siria, Palestina, Irak y Turquía. Fue llamado "el apóstol del Líbano". Tuvo la alegría de ir a Lourdes, a Asís y a Roma, donde se encontró con el papa san Pío X. Consciente de la importancia de la prensa, en 1913 fundó la revista mensual "El Amigo de la Familia".
A causa del estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914, los capuchinos franceses dejaron el Líbano y a Abuna Santiago se le encomendó la Misión, a la que se dedicó con valentía y competencia. La nueva tarea no le impidió ocuparse de los Terciarios, de distribuir pan a los hambrientos, de dar sepultura a los muertos abandonados por las calles. La Providencia cuidaba de él. Muchas veces escapó del arresto, de la prisión e incluso del verdugo.
Asistió a los más pobres y para ello abrió: hospitales, asilos y colegios, como necesitaba cooperadores, fundó las Hermanas Franciscanas de la Santa Cruz. En los estatutos de la nueva congregación Abuna Santiago insiste sobre todo en que no falten nunca las siguientes obra de misericordia: asistencia hospitalaria para los sacerdotes enfermos y que por su avanzada edad no puedan ejercitar el ministerio; cuidado de los disminuidos, de los ciegos, de los inválidos, de los discapacitados mentales, de los incurables abandonados; educación y cuidado de los huérfanos. Y agrega: "Cuando sea necesario, es posible dedicarse al apostolado en las escuelas en aquellas localidades donde ya existe una casa de las hermanas y no está presente otra congregación dedicada a la educación".
Su caridad y entrega no tuvo límites, y sus fundaciones fueron las más modernas del Próximo Oriente. Su esfuerzo le llevó a padecer muchas enfermedades, entre ellas la leucemia, y permaneció sufriendo hasta su muerte, la que recibió en oración. El Nuncio Apostólico sintetizaba su a vida con estas palabras: "Fue el hombre más grande que el Líbano haya dado en nuestros días", y el presidente Naccache, en nombre del presidente de la República, Camille Chamoun, puso sobre su pecho la Medalla de oro del cedro de primera clase, signo de reconocimiento por el bien realizado. El cuerpo fue colocado en el sepulcro de la nueva Capilla del Calvario. Fue beatificado en el Líbano el 22 de junio de 2008 por SS Benedicto XVI.
Sus superiores le confiaron la economía general de los cinco conventos de Beirut y de la Montaña, encargo que lo obligó a tratar cuestiones administrativas, recorriendo muchos caminos. Decenas de veces, como él mismo cuenta en sus "Memorias", fue agredido, golpeado y amenazado de muerte, aunque milagrosamente la cruz de Jesús lo salvó siempre. En 1905 fue nombrado director de las escuelas que los hermanos capuchinos tenían a su cargo en el Líbano, introduciendo en ellas importantes renovaciones. Su modelo no era tener una gran escuela con muchos alumnos, sino escuelas más pequeñas con clases de pocos alumnos. Así en 1910 las escuelas eran 230 con 7.500 alumnos.
Predicó con gran ardor la palabra de Dios en el Líbano, Siria, Palestina, Irak y Turquía. Fue llamado "el apóstol del Líbano". Tuvo la alegría de ir a Lourdes, a Asís y a Roma, donde se encontró con el papa san Pío X. Consciente de la importancia de la prensa, en 1913 fundó la revista mensual "El Amigo de la Familia".
A causa del estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914, los capuchinos franceses dejaron el Líbano y a Abuna Santiago se le encomendó la Misión, a la que se dedicó con valentía y competencia. La nueva tarea no le impidió ocuparse de los Terciarios, de distribuir pan a los hambrientos, de dar sepultura a los muertos abandonados por las calles. La Providencia cuidaba de él. Muchas veces escapó del arresto, de la prisión e incluso del verdugo.
Asistió a los más pobres y para ello abrió: hospitales, asilos y colegios, como necesitaba cooperadores, fundó las Hermanas Franciscanas de la Santa Cruz. En los estatutos de la nueva congregación Abuna Santiago insiste sobre todo en que no falten nunca las siguientes obra de misericordia: asistencia hospitalaria para los sacerdotes enfermos y que por su avanzada edad no puedan ejercitar el ministerio; cuidado de los disminuidos, de los ciegos, de los inválidos, de los discapacitados mentales, de los incurables abandonados; educación y cuidado de los huérfanos. Y agrega: "Cuando sea necesario, es posible dedicarse al apostolado en las escuelas en aquellas localidades donde ya existe una casa de las hermanas y no está presente otra congregación dedicada a la educación".
Su caridad y entrega no tuvo límites, y sus fundaciones fueron las más modernas del Próximo Oriente. Su esfuerzo le llevó a padecer muchas enfermedades, entre ellas la leucemia, y permaneció sufriendo hasta su muerte, la que recibió en oración. El Nuncio Apostólico sintetizaba su a vida con estas palabras: "Fue el hombre más grande que el Líbano haya dado en nuestros días", y el presidente Naccache, en nombre del presidente de la República, Camille Chamoun, puso sobre su pecho la Medalla de oro del cedro de primera clase, signo de reconocimiento por el bien realizado. El cuerpo fue colocado en el sepulcro de la nueva Capilla del Calvario. Fue beatificado en el Líbano el 22 de junio de 2008 por SS Benedicto XVI.
jueves, 25 de junio de 2026
Lecturas del 25/06/2026
Dieciocho años tenía Joaquín cuando inició su reinado y reinó tres meses en Jerusalén.
El nombre de su madre era Nejustá, hija de Elnatán, de Jerusalén.
Hizo el mal a los ojos del Señor exactamente lo mismo que había hecho su padre.
En aquel tiempo las gentes de Nabucodonosor, rey de Babilonia, subieron contra Jerusalén y la ciudad fue asediada. Vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, a la ciudad, mientras sus servidores la estaban asediando.
Entonces Joaquín, rey de Judá, se rindió al rey de Babilonia, que hizo prisioneros a él, a su madre, a sus servidores, a sus jefes y eunucos.
Era el año octavo de su reinado.
Luego se llevó de allí todos los tesoros del templo del Señor y los del palacio real y deshizo todos los objetos de oro que había fabricado Salomón, rey de Israel, para el santuario del Señor, según la palabra del Señor.
Deportó a todo Jerusalén, todos los jefes y notables —diez mil deportados—; a todos los herreros y cerrajeros, no dejando más que a la gente pobre del país.
Deportó a Babilonia a Joaquín, a la madre del rey y a las mujeres del rey, a sus eunucos y a los notables del país; los hizo partir al destierro, de Jerusalén a Babilonia.
También llevó deportados a Babilonia a todos los hombres pudientes en número de siete mil; los herreros y cerrajeros, un millar; así como a todos los aptos para la guerra.
Y, en lugar de Joaquín, puso por rey a su tío Matanías, cambiando su nombre por el de Sedecías.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.
Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».
Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas.
Palabra del Señor.
25 de Junio 2026 – San Próspero de Aquitania
Si no fuera por sus escritos, todos marcados por la controversia semipelagiana, y por el testimonio del historiador Gennadio no sabríamos gran cosa de su vida que destaca por su virtud, por la perseverancia en la lucha por la ortodoxia y por el apasionamiento por la verdad.
Parece ser que era natural de Aquitania y así se añade a su nombre, como apellido, el de su patria y vio la luz a finales del siglo IV. Debió recibir una buena y sólida formación y parece ser que frecuentó la compañía de los monjes que estaban en el monasterio de san Víctor, en Marsella, al sur de Francia. Consta que nunca entró en el mundo de los clérigos, siempre permaneció en el estado seglar y hay indicios prudentes que llevan a pensar que estuvo casado; de hecho, se le atribuye el «Poema de un esposo a su esposa» en cuyo caso no habría duda sobre su estado matrimonial e incluso se le podría aplicar la profundidad de pensamiento y las claras actitudes de vida cristiana que en él aparecen, pero no puede afirmarse con total seguridad por negar algún autor de peso la autoría prosperoniana del poema.
Bien conocida es la controversia teológica suscitada en el siglo V por la desviada enseñanza de Pelagio contraria al pensar cristiano poseído pacíficamente en la Iglesia. La reacción de san Agustín -con toda clase de argumentos bíblicos y teológicos- no se hizo esperar en defensa de la fe y la sanción de los concilios de Cartago en los años 416 y 418 con la posterior aceptación del papa parecía haber solucionado para siempre el problema. Pero no fue así y es aquí donde entra en juego Próspero de Aquitania.
Los monjes de san Víctor en Marsella empiezan a inficionar las Galias con un pelagianismo camuflado que enseña el abad Casiano, escritor y teólogo, secundado por sus monjes. Dice en sus «Colaciones» que admite la doctrina contra los pelagianos expuesta por san Agustín y aprobada por los concilios y los papas, pero sostiene con sus monjes que depende del hombre la primera elección que en términos teológicos se denominará desde entonces el «initium fidei». Este es el pensamiento teológico que en el siglo XVI recibirá el nombre de semipelagianismo. Próspero detecta el mal larvado y habla, y discute, y visita, y escribe a Agustín propiciando la escritura de los tratados maduros agustinianos «Sobre el don de la perseverancia» y «De la predestinación de los santos» que escribió, ya anciano, el obispo de Hipona. Es toda una controversia de alto nivel.
Como es laico y su fuerza termina en su pobre persona, no cede en la verdad teológica y marcha a Roma para implicar en la defensa de la fe al mismo papa Celestino I que era ya un hombre avezado en este tipo de discusiones y escribió a los obispos galos pidiendo sometimiento al magisterio de la Iglesia recogido de san Agustín. Se trataba de intrincadas cuestiones que, en sus matices, son para especialistas teólogos y en las que los incautos son fácil presa al engaño.
En juego está la idea de Dios y del hombre, el valor de la Redención y la necesidad de los sacramentos. No era poca cosa la que estaba sobre el tapete. Había que saber conciliar la evidencia del absoluto poder de Dios, su voluntad salvífica universal, y su absoluta libertad con la libertad del hombre que es un ser dependiente y el papel que le concierne en su propia salvación, correspondiendo personalmente a la gracia. Si se concedía excesivo protagonismo a la libertad humana se llegaba al extremo inaceptable de que el hombre puede llegar a la salvación sobrenatural por sus propias fuerzas; si, por el contrario, se acentuaba la absoluta dependencia del hombre con respecto a Dios, se hacía a Dios responsable de la condenación, cosa igualmente imposible. Llegar a la expresión técnica de la fe era cosa de preclaras inteligencias, grandes teólogos y extraordinarios santos.
Muerto Casiano y fallecido también san Agustín, no se acabó la discusión entre los seguidores del fraile y tuvo que ser el laico o seglar Próspero quien mantuviera firme y alta la bandera de la ortodoxia. Que se sepa, escribió «La vocación de todos los gentiles», «Contra el autor de las Colaciones», «Sobre la Gracia y el libre albedrío» y «De los ingratos».
Terminó sus días el seglar Próspero siendo secretario nada menos que del papa san León Magno y hasta se piensa que pudo poner su aportación en la Epístola Dogmática escrita a los Orientales para exponer magisterialmente el misterio de la Encarnación, declarando la unión Personal en Cristo contra la herejía de Nestorio y contra Eutiques y los monofisitas las dos naturalezas de Cristo. Murió después del año 455, sin que se pueda aventurar con más exactitud la fecha de su muerte en el actual estado de investigación.
Da gusto ver en el siglo V la entrega de un laico sabio y santo responsable de su misión y puesto en la Iglesia sin renunciar al estado que Dios quiso para él. Aunque en aquella época no se hablaba aún de «promocionar al laicado», ni de «laicos comprometidos», se demuestra una vez más que, para cada uno en particular, la santidad no depende del modo de ser Iglesia en la Iglesia, sino de la fidelidad a la gracia de Dios y del esfuerzo por poner en juego todos los dones recibidos.
Parece ser que era natural de Aquitania y así se añade a su nombre, como apellido, el de su patria y vio la luz a finales del siglo IV. Debió recibir una buena y sólida formación y parece ser que frecuentó la compañía de los monjes que estaban en el monasterio de san Víctor, en Marsella, al sur de Francia. Consta que nunca entró en el mundo de los clérigos, siempre permaneció en el estado seglar y hay indicios prudentes que llevan a pensar que estuvo casado; de hecho, se le atribuye el «Poema de un esposo a su esposa» en cuyo caso no habría duda sobre su estado matrimonial e incluso se le podría aplicar la profundidad de pensamiento y las claras actitudes de vida cristiana que en él aparecen, pero no puede afirmarse con total seguridad por negar algún autor de peso la autoría prosperoniana del poema.
Bien conocida es la controversia teológica suscitada en el siglo V por la desviada enseñanza de Pelagio contraria al pensar cristiano poseído pacíficamente en la Iglesia. La reacción de san Agustín -con toda clase de argumentos bíblicos y teológicos- no se hizo esperar en defensa de la fe y la sanción de los concilios de Cartago en los años 416 y 418 con la posterior aceptación del papa parecía haber solucionado para siempre el problema. Pero no fue así y es aquí donde entra en juego Próspero de Aquitania.
Los monjes de san Víctor en Marsella empiezan a inficionar las Galias con un pelagianismo camuflado que enseña el abad Casiano, escritor y teólogo, secundado por sus monjes. Dice en sus «Colaciones» que admite la doctrina contra los pelagianos expuesta por san Agustín y aprobada por los concilios y los papas, pero sostiene con sus monjes que depende del hombre la primera elección que en términos teológicos se denominará desde entonces el «initium fidei». Este es el pensamiento teológico que en el siglo XVI recibirá el nombre de semipelagianismo. Próspero detecta el mal larvado y habla, y discute, y visita, y escribe a Agustín propiciando la escritura de los tratados maduros agustinianos «Sobre el don de la perseverancia» y «De la predestinación de los santos» que escribió, ya anciano, el obispo de Hipona. Es toda una controversia de alto nivel.
Como es laico y su fuerza termina en su pobre persona, no cede en la verdad teológica y marcha a Roma para implicar en la defensa de la fe al mismo papa Celestino I que era ya un hombre avezado en este tipo de discusiones y escribió a los obispos galos pidiendo sometimiento al magisterio de la Iglesia recogido de san Agustín. Se trataba de intrincadas cuestiones que, en sus matices, son para especialistas teólogos y en las que los incautos son fácil presa al engaño.
En juego está la idea de Dios y del hombre, el valor de la Redención y la necesidad de los sacramentos. No era poca cosa la que estaba sobre el tapete. Había que saber conciliar la evidencia del absoluto poder de Dios, su voluntad salvífica universal, y su absoluta libertad con la libertad del hombre que es un ser dependiente y el papel que le concierne en su propia salvación, correspondiendo personalmente a la gracia. Si se concedía excesivo protagonismo a la libertad humana se llegaba al extremo inaceptable de que el hombre puede llegar a la salvación sobrenatural por sus propias fuerzas; si, por el contrario, se acentuaba la absoluta dependencia del hombre con respecto a Dios, se hacía a Dios responsable de la condenación, cosa igualmente imposible. Llegar a la expresión técnica de la fe era cosa de preclaras inteligencias, grandes teólogos y extraordinarios santos.
Muerto Casiano y fallecido también san Agustín, no se acabó la discusión entre los seguidores del fraile y tuvo que ser el laico o seglar Próspero quien mantuviera firme y alta la bandera de la ortodoxia. Que se sepa, escribió «La vocación de todos los gentiles», «Contra el autor de las Colaciones», «Sobre la Gracia y el libre albedrío» y «De los ingratos».
Terminó sus días el seglar Próspero siendo secretario nada menos que del papa san León Magno y hasta se piensa que pudo poner su aportación en la Epístola Dogmática escrita a los Orientales para exponer magisterialmente el misterio de la Encarnación, declarando la unión Personal en Cristo contra la herejía de Nestorio y contra Eutiques y los monofisitas las dos naturalezas de Cristo. Murió después del año 455, sin que se pueda aventurar con más exactitud la fecha de su muerte en el actual estado de investigación.
Da gusto ver en el siglo V la entrega de un laico sabio y santo responsable de su misión y puesto en la Iglesia sin renunciar al estado que Dios quiso para él. Aunque en aquella época no se hablaba aún de «promocionar al laicado», ni de «laicos comprometidos», se demuestra una vez más que, para cada uno en particular, la santidad no depende del modo de ser Iglesia en la Iglesia, sino de la fidelidad a la gracia de Dios y del esfuerzo por poner en juego todos los dones recibidos.
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