domingo, 25 de mayo de 2025
Lecturas del 25/05/2025
En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más de entre ellos subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia.
Entonces los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron elegir a algunos de ellos para mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas llamado Barsabás y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y enviaron por medio de ellos esta carta: «Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia provenientes de la gentilidad.
Habiéndonos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alborotado con sus palabras, desconcertado vuestros ánimos, hemos decidido, por unanimidad, elegir a algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, hombres que han entregado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo. Os mandamos, pues, a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de uniones ilegítimas. Haréis bien en apartaros de todo esto. Saludos».
El ángel me llevó en espíritu a un monte grande y elevado, y me mostró la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, y tenía la gloria de Dios; su resplandor era semejante a una piedra muy preciosa, como piedra de jaspe cristalino.
Tenía una muralla grande y elevada, tenía doce puertas y sobre las puertas doce ángeles y nombres grabados que son las tribus de Israel.
A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, al poniente tres puertas, y la muralla de la ciudad tenía doce cimientos y sobre ellos los nombres de los doce apóstoles del Cordero.
Y en ella no vi santuario, pues el Señor, Dios todopoderoso, es su santuario y también el Cordero.
Y la ciudad no necesita del sol ni de la luna que la alumbre, pues la gloria del Señor la ilumina, y su lámpara es el Cordero.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis».
Palabra del Señor.
25 de Mayo 2025 – San Beda el Venerable
Casi todo lo que se sabe de la vida de Beda deriva de una enternecedora descripción de su muerte escrita por un discípulo suyo, el monje Cuthberto, y un breve relato de hechos en el capítulo final de su famosa obra La historia eclesiástica de Inglaterra, de la cual anotamos: «De modo que gran parte de la historia eclesiástica de Britania y, especialmente, de la nación inglesa, yo, Beda, servidor de Cristo y sacerdote del monasterio de los Benditos Apóstoles Pedro y Pablo, que está en Wearmouth y Jarrow, con la ayuda del Señor he compuesto hasta donde me ha sido posible reunirla, sea de documentos antiguos o de tradiciones de los ancianos o por mis propios conocimientos.»
Beda nació en las tierras del monasterio de Wearmouth Jarrow, que se alzaba junto al río Tyne, en el nordeste de Inglaterra. A la edad de siete años, su familia lo entregó al abad Benito para que lo educase. Desde entonces pasó toda su vida en el monasterio, dedicándose al estudio de las Escrituras. Era un estudiante nato. «A través de la observancia de la disciplina monástica ?escribió Beda? siempre ha sido mi deleite aprender, enseñar y escribir.» Cuando alcanzó los diecinueve años fue admitido como diácono y a los treinta como sacerdote, ambas cosas por mano del obispo Juan de Beverley y mediante la petición del abad Ceolfrido. «Desde mi ordenación hasta mis presentes cincuenta y nueve años me he encargado de hacer, para mi propio uso y para el de los hermanos, breves notas sobre las Santas Escrituras, bien sacándolas de los escritos de los venerables padres o conforme a su sentido e interpretación.» Beda nos da una lista de sus muchos escritos ?obras de ciencia, cronologío, poética e historia, así como comentarios de las Escrituras. Concluye con estas piadosas palabras : «Y Te ruego, amante Jesús, que así como Tú me has dado graciosamente a beber con deleite las palabras de Tu sabiduría, también me otorgues misericordiosamente que un día llegue a Ti, la fuente de toda ciencia, y que pueda comparecer ante Tu rostro.»
Aparte de muy pocas visitas a amigos en otros monasterios, la vida de Beda transcurrió en Jarrow dentro de un círculo de oración y alabanza, escritos y estudio. La noche anterior a la Pascua, del año 735, comenzó a sentir que su respiración se dificultaba y sus hermanos se dieron cuenta de que el fin se acercaba. Sin embargo, sus discípulos siguieron estudiando a su lado y leyendo en alta voz, si bien su lectura a menudo se interrumpía por el llanto. Por su parte, Beda les hablaba y leía y cantaba alabanzas al Señor. Durante los cuarenta días desde la Pascua al día de la Ascensión, halló el tiempo necesario, entre sus cantos y su enseñanza, para dictar dos nuevos libros, uno de ellos la traducción al anglosajón del Evangelio de San Juan y el otro una colección de notas sobre San Isidoro.1 El martes antes del día de la Ascensión empezó a debilitarse. Pasó aquel día alegremente y siguió dictando mientras de vez en cuando decía al escribiente: «Ve de prisa. No sé cuánto tiempo duraré ni cuándo mi Hacedor me llevará de aquí.» Después de una noche de vigilia comenzó a dictar el último capítulo de San Juan. A las tres de la tarde mandó llamar a los sacerdotes del monasterio, distribuyó entre ellos algo de pimienta, incienso y un poco de lino que guardaba en un arcón, y les suplicó que rezaran por él y dijeran misas. Esa noche el muchacho que escribía su traducción del libro de San Juan dijo: «Aún queda una frase, querido maestro, que todavía no he escrito.» La frase fue proporcionada, el muchacho dijo que ya había acabado y el agonizante murmuró: «Has dicho muy bien..., todo ha acabado. Ahora toma mi cabeza en tus manos para que pueda tener el consuelo de sentarme frente al santo lugar en donde solía rezar, y así sentado pueda llamar a mi Padre.» Y allí en su celda, con los hermanos en torno suyo, que cantaban, Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo», exhaló en paz su último suspiro.
El título de «venerable» con el cual suele llamarse a Beda era un término respetuoso que en los tiempos antiguos se otorgaba a los miembros de órdenes religiosas altamente estimados. Hallamos que se le aplica a Beda en el Concilio de AixlaChapelle en el año 836 y ha seguido dándosele a través de los siglos. Aunque en el año 1899 fue llamado Santo y Doctor de la Iglesia, el título de «venerable» sigue aplicándosele hasta la fecha.
Un estudiante benedictino, el finado cardenal Gasquet, ha ofrendado un gran tributo a la obra literaria de Beda. «Cuando comparamos ?escribe? la obra realizada bajo la inspiración de Beda en Wearmouth y Jarrow, con los demás esfuerzos literarios de los siglos VII y VIII, una cosa nos llama en seguida la atención. La obra de esa escuela del norte es lo que podríamos llamar «completa y estudiosa»... Puede pasar. La prueba del examen; lleva en sí la evidencia de la amplia lectura y del conocimiento profundo, utilizados con juicio y tacto crítico, y por ello se convirtió en modelo de las generaciones siguientes. Tanto si tomamos la Historia de Beda para la cronología y la cuidadosa determinación de las fechas, como su tratado del metro, que es realmente filológico, o sus comentarios a las Escrituras, y los comparamos con los esfuerzos de uno o dos siglos antes o incluso de uno o dos siglos después, en seguida podemos notar la diferencia... Observen su Historia... Vean cómo este gran anal de nuestro propio país fue compuesto. Recordemos que su autor fue un hombre que pasó su vida entera dentro del estrecho círculo de unas pocas millas, recordemos también las dificultades que en aquellos días había para poder obtener la información necesaria. Sin embargo, para adquirir conocimiento, el conocimiento exacto, fue a trabajar exactamente te como hubiera hecho un historiador de nuestros días, sin descansar hasta haber obtenido las mejores fuentes de información posible a costa de no importa cuánto tiempo, paciencia o trabajo que pudieran acarrear. Solamente hoy, en esta época de crítica minuciosa, podemos darnos cuenta de la completa excelencia de los métodos históricos de Beda. El principal estudio de San Beda y de sus compañeros monjes de Wearmouth v Jarrow fue la Biblia. De este monasterio salió el manuscrito más correcto de la Vulgata, realización científica de la mayor calidad.»
Las obras de Beda incluyen obras sobre fenómenos naturales, cronología y gramática, así como comentarios sobre los Padres Latinos y una Historia de los abades. Resumió y dio a los ingleses de su tiempo todo el saber de la Europa occidental, así como la inapreciable historia de su propio país. En todo lo que escribió tuvo el instinto de proporciones de un artista y el sentir literario del detalle interesante y pintoresco. Pero, por encima de todo, Beda fue un pensador y estudioso cristiano.
Beda nació en las tierras del monasterio de Wearmouth Jarrow, que se alzaba junto al río Tyne, en el nordeste de Inglaterra. A la edad de siete años, su familia lo entregó al abad Benito para que lo educase. Desde entonces pasó toda su vida en el monasterio, dedicándose al estudio de las Escrituras. Era un estudiante nato. «A través de la observancia de la disciplina monástica ?escribió Beda? siempre ha sido mi deleite aprender, enseñar y escribir.» Cuando alcanzó los diecinueve años fue admitido como diácono y a los treinta como sacerdote, ambas cosas por mano del obispo Juan de Beverley y mediante la petición del abad Ceolfrido. «Desde mi ordenación hasta mis presentes cincuenta y nueve años me he encargado de hacer, para mi propio uso y para el de los hermanos, breves notas sobre las Santas Escrituras, bien sacándolas de los escritos de los venerables padres o conforme a su sentido e interpretación.» Beda nos da una lista de sus muchos escritos ?obras de ciencia, cronologío, poética e historia, así como comentarios de las Escrituras. Concluye con estas piadosas palabras : «Y Te ruego, amante Jesús, que así como Tú me has dado graciosamente a beber con deleite las palabras de Tu sabiduría, también me otorgues misericordiosamente que un día llegue a Ti, la fuente de toda ciencia, y que pueda comparecer ante Tu rostro.»
Aparte de muy pocas visitas a amigos en otros monasterios, la vida de Beda transcurrió en Jarrow dentro de un círculo de oración y alabanza, escritos y estudio. La noche anterior a la Pascua, del año 735, comenzó a sentir que su respiración se dificultaba y sus hermanos se dieron cuenta de que el fin se acercaba. Sin embargo, sus discípulos siguieron estudiando a su lado y leyendo en alta voz, si bien su lectura a menudo se interrumpía por el llanto. Por su parte, Beda les hablaba y leía y cantaba alabanzas al Señor. Durante los cuarenta días desde la Pascua al día de la Ascensión, halló el tiempo necesario, entre sus cantos y su enseñanza, para dictar dos nuevos libros, uno de ellos la traducción al anglosajón del Evangelio de San Juan y el otro una colección de notas sobre San Isidoro.1 El martes antes del día de la Ascensión empezó a debilitarse. Pasó aquel día alegremente y siguió dictando mientras de vez en cuando decía al escribiente: «Ve de prisa. No sé cuánto tiempo duraré ni cuándo mi Hacedor me llevará de aquí.» Después de una noche de vigilia comenzó a dictar el último capítulo de San Juan. A las tres de la tarde mandó llamar a los sacerdotes del monasterio, distribuyó entre ellos algo de pimienta, incienso y un poco de lino que guardaba en un arcón, y les suplicó que rezaran por él y dijeran misas. Esa noche el muchacho que escribía su traducción del libro de San Juan dijo: «Aún queda una frase, querido maestro, que todavía no he escrito.» La frase fue proporcionada, el muchacho dijo que ya había acabado y el agonizante murmuró: «Has dicho muy bien..., todo ha acabado. Ahora toma mi cabeza en tus manos para que pueda tener el consuelo de sentarme frente al santo lugar en donde solía rezar, y así sentado pueda llamar a mi Padre.» Y allí en su celda, con los hermanos en torno suyo, que cantaban, Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo», exhaló en paz su último suspiro.
El título de «venerable» con el cual suele llamarse a Beda era un término respetuoso que en los tiempos antiguos se otorgaba a los miembros de órdenes religiosas altamente estimados. Hallamos que se le aplica a Beda en el Concilio de AixlaChapelle en el año 836 y ha seguido dándosele a través de los siglos. Aunque en el año 1899 fue llamado Santo y Doctor de la Iglesia, el título de «venerable» sigue aplicándosele hasta la fecha.
Un estudiante benedictino, el finado cardenal Gasquet, ha ofrendado un gran tributo a la obra literaria de Beda. «Cuando comparamos ?escribe? la obra realizada bajo la inspiración de Beda en Wearmouth y Jarrow, con los demás esfuerzos literarios de los siglos VII y VIII, una cosa nos llama en seguida la atención. La obra de esa escuela del norte es lo que podríamos llamar «completa y estudiosa»... Puede pasar. La prueba del examen; lleva en sí la evidencia de la amplia lectura y del conocimiento profundo, utilizados con juicio y tacto crítico, y por ello se convirtió en modelo de las generaciones siguientes. Tanto si tomamos la Historia de Beda para la cronología y la cuidadosa determinación de las fechas, como su tratado del metro, que es realmente filológico, o sus comentarios a las Escrituras, y los comparamos con los esfuerzos de uno o dos siglos antes o incluso de uno o dos siglos después, en seguida podemos notar la diferencia... Observen su Historia... Vean cómo este gran anal de nuestro propio país fue compuesto. Recordemos que su autor fue un hombre que pasó su vida entera dentro del estrecho círculo de unas pocas millas, recordemos también las dificultades que en aquellos días había para poder obtener la información necesaria. Sin embargo, para adquirir conocimiento, el conocimiento exacto, fue a trabajar exactamente te como hubiera hecho un historiador de nuestros días, sin descansar hasta haber obtenido las mejores fuentes de información posible a costa de no importa cuánto tiempo, paciencia o trabajo que pudieran acarrear. Solamente hoy, en esta época de crítica minuciosa, podemos darnos cuenta de la completa excelencia de los métodos históricos de Beda. El principal estudio de San Beda y de sus compañeros monjes de Wearmouth v Jarrow fue la Biblia. De este monasterio salió el manuscrito más correcto de la Vulgata, realización científica de la mayor calidad.»
Las obras de Beda incluyen obras sobre fenómenos naturales, cronología y gramática, así como comentarios sobre los Padres Latinos y una Historia de los abades. Resumió y dio a los ingleses de su tiempo todo el saber de la Europa occidental, así como la inapreciable historia de su propio país. En todo lo que escribió tuvo el instinto de proporciones de un artista y el sentir literario del detalle interesante y pintoresco. Pero, por encima de todo, Beda fue un pensador y estudioso cristiano.
sábado, 24 de mayo de 2025
Lecturas del 24/05/2025
En aquellos días, Pablo fue a Derbe y luego a Listra. Había allí un discípulo que se llamaba Timoteo, hijo de una judía creyente, pero de padre griego. Los hermanos de Listra y de Iconio daban buenos informes de él. Pablo quiso que fuera con él y, puesto que todos sabían que su padre era griego, por consideración a los judíos de la región, lo tomó y lo hizo circuncidar.
Al pasar por las ciudades, comunicaban las decisiones de los apóstoles y presbíteros de Jerusalén, para que las observasen. Las Iglesias se robustecían en la fe y crecían en número de día en día.
Atravesaron Frigia y la región de Galacia, al haberles impedido el Espíritu Santo anunciar la palabra en Asia. Al llegar cerca de Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces dejaron Misia a un lado y bajaron a Tróade. Aquella noche Pablo tuvo una visión: se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba: «Pasa a Macedonia y ayúdanos».
Apenas tuvo la visión, inmediatamente tratamos de salir para Macedonia, seguros de que Dios nos llamaba a predicarles el Evangelio.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros.
Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia.
Recordad lo que os dije: “No es el siervo más que su amo”. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.
Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió».
Palabra del Señor.
24 de Mayo 2025 – Santa María Auxiliadora
Mayo es el mes de las flores y la Iglesia lo dedica a la flor que no marchita, a la “Rosa de Gerico, plantada en las riberas de los arroyos": María. Y en este mes la lluvia de rosas de las más bonitas gracias cae del cielo sobre los devotos de esta Madre de Misericordia.
Hoy la Iglesia celebra el título su dulce y querida Ayuda de los Cristianos.
La mañana del 7 de octubre de 1571, después de seis horas de orgullosa refriega, en las aguas de Lepanto, los Cristianos izaron el estandarte de la cruz sobre el barco almiranta turca, y el grito de victoria resonó entre las filas del ejército: Vittoria! ¡Vittoria! Los turcos ahuyentados se dieron a la fuga: el balance del día por ellos fue terrible: 20.000 muertos, 5.000 prisioneros, 107 yelmos quemados o sumergidos. Toda la cristiandad vino tan liberada por la diabólica ferocidad de la tajadera. ¿Quién dio la victoria?
El mundo cristiano recitaba la corona del Rosario en unión con el papa S. Pio V, el que mientras hablaba en el Consistorio a los cardenales, en el momento culminante de la batalla, abrió una ventana y secuestrado en éxtasis exclamó: ¡Vittoria! ¡Hemos vencido! ¡Vamos a agradecer a la Virgen! Y a perpetua gratitud a María añadió en las Letanías lauretane la invocación: Auxilium Christíanorum, ahora pro nobis! y estableció que en el primero domingo de octubre se celebrara la tanto querida fiesta del S. Rosario.
Otro Papa es atado estrechamente a la historia de este título: Pio VII. Conducido por Napoleón prisionero a Fontainebleau, gimió en la humillación, y la Iglesia privada de su Jefe visible, levantaba más desgarradoras sus gritos de dolor a Dios, cuando el santo Pontífice hizo un voto a María, y la auxiliadora le concedió el 24 de mayo de 1814 de regresar libre y triunfante en Roma.
El 10 mayo del año siguiente fue a Savona para satisfacer su voto, coronando de manera solemne la Virgen de la Misericordia; y hacia el final de aquel año con un breve, a testimonio de su gratitud a María, instituyó la fiesta de María Auxiliadora que tiene que ser celebrada el 24 de mayo, aniversario de su vuelta a la sede romana.
Desde aquel momento las iglesias y las cofradías surgieron en muchos lugares a honrarla bajo este título, hasta que María solicitó un gran santuario a S. Giovanni Bosque, al que enseñó más veces el lugar donde tenía que ser construido, y le añadió: ¡Hic domus mea, inde ensalza mea! Y de aquí de veras la auxiliadora prodiga a llenas manos sus tesoros celestes, temporales y espirituales: aquí refulge su gloria.
Papa Benedetto XV exclamó: " No es un caso que la Iglesia pone la invocación de María Auxiliadora de los Cristianos en fin de las Letanías, porque después de haber invocado a María con muchos apelativos, quiere con éste resumirlos todo. Después de haberla proclamado Salud de los pacientes, Refugio de los pecadores, saludada Consoladora de los afligidos, casi a compendiar estas dulces prerrogativas la invoca Auxiiium Christianorum. Nos parece que este título todavía abra más nuestro corazón a la confianza y encierre en si la fuerza de la expresión de todos los otros."
Hoy la Iglesia celebra el título su dulce y querida Ayuda de los Cristianos.
La mañana del 7 de octubre de 1571, después de seis horas de orgullosa refriega, en las aguas de Lepanto, los Cristianos izaron el estandarte de la cruz sobre el barco almiranta turca, y el grito de victoria resonó entre las filas del ejército: Vittoria! ¡Vittoria! Los turcos ahuyentados se dieron a la fuga: el balance del día por ellos fue terrible: 20.000 muertos, 5.000 prisioneros, 107 yelmos quemados o sumergidos. Toda la cristiandad vino tan liberada por la diabólica ferocidad de la tajadera. ¿Quién dio la victoria?
El mundo cristiano recitaba la corona del Rosario en unión con el papa S. Pio V, el que mientras hablaba en el Consistorio a los cardenales, en el momento culminante de la batalla, abrió una ventana y secuestrado en éxtasis exclamó: ¡Vittoria! ¡Hemos vencido! ¡Vamos a agradecer a la Virgen! Y a perpetua gratitud a María añadió en las Letanías lauretane la invocación: Auxilium Christíanorum, ahora pro nobis! y estableció que en el primero domingo de octubre se celebrara la tanto querida fiesta del S. Rosario.
Otro Papa es atado estrechamente a la historia de este título: Pio VII. Conducido por Napoleón prisionero a Fontainebleau, gimió en la humillación, y la Iglesia privada de su Jefe visible, levantaba más desgarradoras sus gritos de dolor a Dios, cuando el santo Pontífice hizo un voto a María, y la auxiliadora le concedió el 24 de mayo de 1814 de regresar libre y triunfante en Roma.
El 10 mayo del año siguiente fue a Savona para satisfacer su voto, coronando de manera solemne la Virgen de la Misericordia; y hacia el final de aquel año con un breve, a testimonio de su gratitud a María, instituyó la fiesta de María Auxiliadora que tiene que ser celebrada el 24 de mayo, aniversario de su vuelta a la sede romana.
Desde aquel momento las iglesias y las cofradías surgieron en muchos lugares a honrarla bajo este título, hasta que María solicitó un gran santuario a S. Giovanni Bosque, al que enseñó más veces el lugar donde tenía que ser construido, y le añadió: ¡Hic domus mea, inde ensalza mea! Y de aquí de veras la auxiliadora prodiga a llenas manos sus tesoros celestes, temporales y espirituales: aquí refulge su gloria.
Papa Benedetto XV exclamó: " No es un caso que la Iglesia pone la invocación de María Auxiliadora de los Cristianos en fin de las Letanías, porque después de haber invocado a María con muchos apelativos, quiere con éste resumirlos todo. Después de haberla proclamado Salud de los pacientes, Refugio de los pecadores, saludada Consoladora de los afligidos, casi a compendiar estas dulces prerrogativas la invoca Auxiiium Christianorum. Nos parece que este título todavía abra más nuestro corazón a la confianza y encierre en si la fuerza de la expresión de todos los otros."
viernes, 23 de mayo de 2025
Lecturas del 23/05/2025
En aquellos días, los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron elegir algunos de ellos para mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas, llamado Barsabá y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y enviaron por medio de ellos esta carta: «Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia provenientes de la gentilidad. Habiéndonos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alborotado con sus palabras, desconcertando vuestros ánimos, hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han entregado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo.
Os mandamos, pues, a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de uniones ilegítimas. Haréis bien en apartaros de todo esto. Saludos». Los despidieron, y ellos bajaron a Antioquía, donde reunieron a la comunidad y entregaron la carta. Al leerla, se alegraron mucho por aquellas palabras alentadoras.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».
Palabra del Señor.
23 de Mayo 2025 – San Juan Bautista Rossi
En el Colegio Romano hizo estudios con gran aplicación, ganándose la simpatía de sus profesores y compañeros, y fue ordenado sacerdote, a los 23 años.
Leyó un libro algo exagerado que recomendaba hacer penitencias muy fuertes, y se dedicó a mortificarse en el comer, en el beber y en el dormir, tan exageradamente que le sobrevino una depresión nerviosa que lo dejó varios meses sin poder hacer nada. Logró rehacer sus fuerzas, pero de ahí en adelante tuvo siempre que luchar contra su mala salud. Y aprendió que la mejor mortificación es aceptar los sufrimientos y trabajos de cada día, y hacer bien en cada momento lo que tenemos que hacer y tener paciencia con las personas y las molestias de la vida, en vez de andar dañándose la salud con mortificaciones exageradas.
Desde cuando era seminarista sentía una gran predilección por los pobres, los enfermos y los abandonados. El Sumo Pontífice había fundado un albergue para recibir a las personas que no tenían en dónde pasar la noche, y allá fue por muchos años el joven Juan Bautista a atender a los pobres y necesitados y a enseñarles el catecismo y prepararlos para recibir los sacramentos. Se llevaba varios compañeros más, sobre los cuales él ejercía una gran influencia. También le agradaba irse por las madrugadas a la Plaza de mercado a donde llegaban los campesinos a vender sus productos. Allí enseñaba catecismo a los niños y a los mayores y preparó a muchos para hacer la confesión y recibir la Primera Comunión.
Los primeros años de su sacerdocio no se atrevía casi a confesar porque le parecía que no sabría dar los debidos consejos. Pero un día un santo Obispo le pidió que se dedicara por algún tiempo a confesar en su diócesis. Y allí descubrió Juan Bautista que este era el oficio para el cual Dios lo tenía destinado. Al volver a Roma le dijo a un amigo: "Antes yo me preguntaba cuál sería el camino para lograr llegar al cielo y salvar muchas almas. Y he descubierto que la ayuda que yo puedo dar a los que se quieren salvar es: confesarlos. Es increíble el gran bien que se puede hacer en la confesión".
Se fue a ayudar a un sacerdote en un templo a donde acudían muy pocas personas. Pero desde que comenzó Rossi a confesar allí, el templo se vio frecuentado por centenares y centenares de penitentes que venían a ser absueltos de sus pecados. Cada penitente le traía otras personas para que se confesaran con él y las conversiones que se obraban eran admirables.
El Sumo Pontífice le encomendó el oficio de ir a confesar y a predicar a los presos en las cárceles y a los empleados que dirigían las prisiones. Y allí consiguió muchas conversiones.
De todas partes lo invitaban para que fuera a confesar enfermos, presos y gentes que deseaban convertirse. A muchos sitios tenía que ir a predicar misiones y obtenía del cielo numerosas conversiones. En los hospitales era estimadísimo confesor y consolador de los enfermos. Sus amigos de siempre fueron los pobres, los desamparados, los enfermos, los niños de la calle y los pecadores que deseaban convertirse. Para ellos vivió y por ellos desgastó totalmente su vida. Él se mantenía siempre humilde y listo a socorrer a todo el que le fuera posible.
El 23 de mayo del año 1764, sufrió un ataque al corazón y murió a la edad de 66 años. Su pobreza era tal que el entierro tuvo que costeárselo de limosna.
La estimación por él en Roma era tan grande que a su funeral asistieron 260 sacerdotes, un arzobispo, muchos religiosos e inmenso gentío. La misa de réquiem la cantó el coro pontificio de la Basílica de Roma.
Todo el bien que habéis hecho a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo habéis hecho.
Leyó un libro algo exagerado que recomendaba hacer penitencias muy fuertes, y se dedicó a mortificarse en el comer, en el beber y en el dormir, tan exageradamente que le sobrevino una depresión nerviosa que lo dejó varios meses sin poder hacer nada. Logró rehacer sus fuerzas, pero de ahí en adelante tuvo siempre que luchar contra su mala salud. Y aprendió que la mejor mortificación es aceptar los sufrimientos y trabajos de cada día, y hacer bien en cada momento lo que tenemos que hacer y tener paciencia con las personas y las molestias de la vida, en vez de andar dañándose la salud con mortificaciones exageradas.
Desde cuando era seminarista sentía una gran predilección por los pobres, los enfermos y los abandonados. El Sumo Pontífice había fundado un albergue para recibir a las personas que no tenían en dónde pasar la noche, y allá fue por muchos años el joven Juan Bautista a atender a los pobres y necesitados y a enseñarles el catecismo y prepararlos para recibir los sacramentos. Se llevaba varios compañeros más, sobre los cuales él ejercía una gran influencia. También le agradaba irse por las madrugadas a la Plaza de mercado a donde llegaban los campesinos a vender sus productos. Allí enseñaba catecismo a los niños y a los mayores y preparó a muchos para hacer la confesión y recibir la Primera Comunión.
Los primeros años de su sacerdocio no se atrevía casi a confesar porque le parecía que no sabría dar los debidos consejos. Pero un día un santo Obispo le pidió que se dedicara por algún tiempo a confesar en su diócesis. Y allí descubrió Juan Bautista que este era el oficio para el cual Dios lo tenía destinado. Al volver a Roma le dijo a un amigo: "Antes yo me preguntaba cuál sería el camino para lograr llegar al cielo y salvar muchas almas. Y he descubierto que la ayuda que yo puedo dar a los que se quieren salvar es: confesarlos. Es increíble el gran bien que se puede hacer en la confesión".
Se fue a ayudar a un sacerdote en un templo a donde acudían muy pocas personas. Pero desde que comenzó Rossi a confesar allí, el templo se vio frecuentado por centenares y centenares de penitentes que venían a ser absueltos de sus pecados. Cada penitente le traía otras personas para que se confesaran con él y las conversiones que se obraban eran admirables.
El Sumo Pontífice le encomendó el oficio de ir a confesar y a predicar a los presos en las cárceles y a los empleados que dirigían las prisiones. Y allí consiguió muchas conversiones.
De todas partes lo invitaban para que fuera a confesar enfermos, presos y gentes que deseaban convertirse. A muchos sitios tenía que ir a predicar misiones y obtenía del cielo numerosas conversiones. En los hospitales era estimadísimo confesor y consolador de los enfermos. Sus amigos de siempre fueron los pobres, los desamparados, los enfermos, los niños de la calle y los pecadores que deseaban convertirse. Para ellos vivió y por ellos desgastó totalmente su vida. Él se mantenía siempre humilde y listo a socorrer a todo el que le fuera posible.
El 23 de mayo del año 1764, sufrió un ataque al corazón y murió a la edad de 66 años. Su pobreza era tal que el entierro tuvo que costeárselo de limosna.
La estimación por él en Roma era tan grande que a su funeral asistieron 260 sacerdotes, un arzobispo, muchos religiosos e inmenso gentío. La misa de réquiem la cantó el coro pontificio de la Basílica de Roma.
Todo el bien que habéis hecho a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo habéis hecho.
jueves, 22 de mayo de 2025
Lecturas del 22/05/2025
En aquellos días, después de una fuerte discusión, se levantó Pedro y dijo a los apóstoles y a los presbíteros: «Hermanos, vosotros sabéis que, desde los primeros días, Dios me escogió entre vosotros para que los gentiles oyeran de mi boca la palabra del Evangelio, y creyeran. Y Dios, que penetra los corazones, ha dado testimonio a favor de ellos dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros. No hizo distinción entre ellos y nosotros, pues ha purificado sus corazones con la fe. ¿Por qué, pues ahora intentáis tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar?
No; creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús». Toda la asamblea hizo silencio para escuchar a Bernabé y Pablo, que les contaron los signos y prodigios que Dios había hecho por medio de ellos entre los gentiles. Cuando terminaron, Santiago tomó la palabra y dijo: «Escuchadme, hermanos: Simón ha contado como Dios por primera vez se ha dignado escoger para su nombre un pueblo de entre los gentiles. Con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: “Después de esto volveré y levantaré de nuevo la choza caída de David; levantaré sus ruinas y la pondré en pie, para que los demás hombres busquen al Señor, y todos los gentiles sobre los que ha sido invocado mi nombre: lo dice el Señor, el que hace esto sea conocido desde antiguo”.
Por eso, a mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios; basta escribirles que se abstengan de la contaminación de los ídolos, de las uniones ilegítimas, de animales estrangulados y de la sangre. Porque desde tiempos antiguos Moisés tiene en cada ciudad quienes lo predican, ya que es leído cada sábado en las sinagogas».
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».
Palabra del Señor.
22 de Mayo 2025 – Santa Rita de Casia
Santa Rita nació en 1381 junto a Casia, su segunda patria, en la hermosa Umbría, tierra de Santos: Benito, Escolástica, Francisco, Clara, Ángela, Gabriel... Santa Rita pertenece a esa insigne pléyade de mujeres que pasaron por todos los estados: casadas, viudas y religiosas. Por otra parte, pocos santos han gozado de tanta devoción como Santa Rita, Abogada de los imposibles. Su pasión favorita era meditar la Pasión de Jesús.
Los antiguos biógrafos esmaltan su infancia de prodigios sin cuento. Lo cierto es que fue una niña precoz, inclinada a las cosas de Dios, que sabía leer en las criaturas los mensajes del Creador. Su alma era una cuerda tensa que se deshacía en armonías dedicadas exclusivamente a Jesús.
Sentía desde niña una fuerte inclinación a la vida religiosa. Pero la Providencia divina dispuso que pasara por todos los estados, para santificarlos y extender la luz de su ejemplo y el aroma de su virtud. Fue un modelo extraordinario de esposa, de madre, de viuda y de monja.
Por conveniencias familiares se casa con Pablo Fernando, de su aldea natal. Fue un verdadero martirio, pues Pablo era caprichoso y violento. Rita acepta su papel: callar, sufrir, rezar. Su bondad y paciencia logran la conversión de su esposo. Nacen dos gemelos que les llenan de alegría. A la paz sigue la tragedia. Su esposo cae asesinado, como secuela de su antigua vida. Rita perdona y eso mismo inculca a sus hijos. Y sucede ahora una escena incomprensible desde un punto de vista natural. Al ver que no puede conseguir que abandonen la idea de venganza, pide al Señor se los lleve, por evitar un nuevo crimen, y el Señor atiende su súplica.
Vienen ahora años difíciles. Su soledad, sus lágrimas, sus oraciones. Intenta ahora cumplir el deseo de su infancia; ser religiosa. Tres veces desea entrar en las Agustinas de Casia, y las tres veces es rechazada.
Por fin, con un prodigio que parece arrancado de las Florecillas, se le aparecen San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino y en volandas es introducida en el monasterio. Es admitida, hace la profesión ese mismo año de 1417, y allí pasa 40 años, sólo para Dios.
Recorrió con ahínco el camino de la perfección, las tres vías de la vida espiritual, purgativa, iluminativa y unitiva. Ascetismo exigente, humildad, pobreza, caridad, ayunos, cilicio, vigilias. Las religiosas refieren una hermosa Florecilla. La Priora le manda regar un sarmiento seco. Rita cumple la orden rigurosamente durante varios meses y el sarmiento reverdece. Y cuentan los testigos que aún vive la parra milagrosa.
Jesús no ahorra a las almas escogidas la prueba del amor por el dolor. Rita, como Francisco de Asís, se ve sellada con uno de los estigmas de la Pasión: una espina muy dolorosa en la frente. Hay solicitaciones del demonio y de la carne, que ella calmaba aplicando una candela encendida en la mano o en el pie. Pruebas purificadoras, miradas desconfiadas, sonrisas burlonas. Rita mira al Crucifijo y en aquella escuela aprende su lección.
La hora de su muerte nos la relatan también llena de deliciosos prodigios. En el jardín del convento nacen una rosa y dos higos en pleno invierno para satisfacer sus antojos de enferma. Al morir, la celda se ilumina y las campanas tañen solas a gloria. Su cuerpo sigue incorrupto.
Cuando Rita murió, la llaga de su frente resplandecía en su rostro como una estrella en un rosal. Era el año 1457. Así premiaba Jesús con dulces consuelos el calvario de su apasionada amante. León XIII la canonizó el 1900.
Los antiguos biógrafos esmaltan su infancia de prodigios sin cuento. Lo cierto es que fue una niña precoz, inclinada a las cosas de Dios, que sabía leer en las criaturas los mensajes del Creador. Su alma era una cuerda tensa que se deshacía en armonías dedicadas exclusivamente a Jesús.
Sentía desde niña una fuerte inclinación a la vida religiosa. Pero la Providencia divina dispuso que pasara por todos los estados, para santificarlos y extender la luz de su ejemplo y el aroma de su virtud. Fue un modelo extraordinario de esposa, de madre, de viuda y de monja.
Por conveniencias familiares se casa con Pablo Fernando, de su aldea natal. Fue un verdadero martirio, pues Pablo era caprichoso y violento. Rita acepta su papel: callar, sufrir, rezar. Su bondad y paciencia logran la conversión de su esposo. Nacen dos gemelos que les llenan de alegría. A la paz sigue la tragedia. Su esposo cae asesinado, como secuela de su antigua vida. Rita perdona y eso mismo inculca a sus hijos. Y sucede ahora una escena incomprensible desde un punto de vista natural. Al ver que no puede conseguir que abandonen la idea de venganza, pide al Señor se los lleve, por evitar un nuevo crimen, y el Señor atiende su súplica.
Vienen ahora años difíciles. Su soledad, sus lágrimas, sus oraciones. Intenta ahora cumplir el deseo de su infancia; ser religiosa. Tres veces desea entrar en las Agustinas de Casia, y las tres veces es rechazada.
Por fin, con un prodigio que parece arrancado de las Florecillas, se le aparecen San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino y en volandas es introducida en el monasterio. Es admitida, hace la profesión ese mismo año de 1417, y allí pasa 40 años, sólo para Dios.
Recorrió con ahínco el camino de la perfección, las tres vías de la vida espiritual, purgativa, iluminativa y unitiva. Ascetismo exigente, humildad, pobreza, caridad, ayunos, cilicio, vigilias. Las religiosas refieren una hermosa Florecilla. La Priora le manda regar un sarmiento seco. Rita cumple la orden rigurosamente durante varios meses y el sarmiento reverdece. Y cuentan los testigos que aún vive la parra milagrosa.
Jesús no ahorra a las almas escogidas la prueba del amor por el dolor. Rita, como Francisco de Asís, se ve sellada con uno de los estigmas de la Pasión: una espina muy dolorosa en la frente. Hay solicitaciones del demonio y de la carne, que ella calmaba aplicando una candela encendida en la mano o en el pie. Pruebas purificadoras, miradas desconfiadas, sonrisas burlonas. Rita mira al Crucifijo y en aquella escuela aprende su lección.
La hora de su muerte nos la relatan también llena de deliciosos prodigios. En el jardín del convento nacen una rosa y dos higos en pleno invierno para satisfacer sus antojos de enferma. Al morir, la celda se ilumina y las campanas tañen solas a gloria. Su cuerpo sigue incorrupto.
Cuando Rita murió, la llaga de su frente resplandecía en su rostro como una estrella en un rosal. Era el año 1457. Así premiaba Jesús con dulces consuelos el calvario de su apasionada amante. León XIII la canonizó el 1900.
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