jueves, 26 de enero de 2023

26 de Enero - SANTA PAULA ROMANA

Evitaba yo las miradas de las nobles mujeres de Roma; pero ésta puso tanto empeño, me asedió de una manera tan importuna, que al fin triunfó de mi reserva.» Así cuenta San Jerónimo el origen de sus conferencias en el Aventino. La importuna era Marcela, la iniciadora de aquellas tendencias de la nobleza romana hacia el ascetismo, que había convertido su palacio en un monasterio, y ahora quería hacer de él un liceo cristiano.

Diariamente, a las diez de la mañana, el sabio asceta atravesaba los pórticos y subía la escalinata de mármol. En el tablinum, en el salón central, le esperaba el piadoso auditorio. Y empezaba la charla; charla ascética, teológica, bíblica; bíblica, sobre todo. Con el códice sagrado entre sus manos enflaquecidas por el ayuno, el conferenciante descubre en su bello latín; abundante, erudito, nervioso y satírico, los misterios de Dios y de su Cristo. Cerca de él está Marcela, radiante aún de hermosura, a pesar de sus años; a continuación, la madre de Marcela, Albina, y Ásela, su hermana, asombro de Roma por su vida penitente; más lejos, otras matronas y doncellas, descendientes de los Julios, los Flavios y los Emilios; cubierta la cabeza de toscos velos, o deslumbrantes con el oro de los collares, con la seda de las túnicas, con el bermellón de los labios y las mejillas, con el gracioso nudo de cabellos que les cuelga sobre la frente.

Con frecuencia, el puesto de honor se lo cede el ama de la casa a una mujer de pequeña estatura, de cara fina, de cuerpo menudo, que es una de las que escuchan con más atención y asisten con más asiduidad. Es Paula, amiga inseparable de Marcela y admiradora incondicional del dálmata. «Imposible—dice Jerónimo—encontrar un espíritu más dócil que el suyo.» Descendiente del clan nobilísimo de los Escipiones y de los antiguos reyes de Micenas, esta linajuda dama lleva en sus venas la sangre más pura de Roma y de Grecia. Tiene tres hijas, que se sientan a su lado en estas conferencias del Aventino; es viuda y se encuentra en plena juventud. Estamos en el año de 383. En su adolescencia leyó los poetas y los filósofos de Roma y de Atenas. Casada a los quince años con un consular, acertó a reproducir en torno suyo el tipo de las romanas de los viejos tiempos, juntando al mismo tiempo la gracia, la distinción, la altivez y el sentido severo del honor. Celosa de la dignidad de su estirpe, esta hija opulenta de los Gracos era, en expresión de San Jerónimo, la mujer más dulce y más clemente para los pequeños, para los plebeyos, para los esclavos.

Viuda a los treinta años, Paula conservaba un amargo recuerdo de lo que ella llamaba el período de su vida mundana. La faltas ligeras llegaban a parecerle grandes crímenes; las frivolidades propias de la alta sociedad de Roma, un vivir lleno de pecados. «Es preciso afear—decía—este rostro que en otro tiempo pinté de rojo, de blanco y de negro; afligir este cuerpo que gustó las delicias del placer; compensar con las lágrimas el reír prolongado de antaño, y reemplazar los finos lienzos por el cilicio. Preocúpeme en otro tiempo de agradar a mi marido y al mundo; ahora sólo quiero agradar a Cristo.» Cuando San Jerónimo la conoció, dos años después de esta transformación, estaba ya consumida por la penitencia, débil a consecuencia del ayuno, ciega casi, por efecto de las lágrimas, y afeada por el tosco sayal monástico.

La llegada de aquel hombre elocuente, apasionado de los métodos ascéticos a que ella se entregaba, familiarizado con las tradiciones religiosas de Tierra Santa, conocedor como nadie de la literatura de la Iglesia, fue una de las más grandes alegrías de su vida. Desde aquel momento se hace la más abnegada de sus discípulas, la más fiel de sus admiradoras. Le escucha en el Aventino, se entrega a su dirección, se aconseja con él para el gobierno de su casa, le escribe, recibe sus cartas, y le da entrada en su palacio, convertido en convento, como el palacio del Aventino. Entre sus hijas había una, sobre todo, que escuchaba con particular agrado las palabras del sacerdote: era Eustaquia, niña de un carácter dulce, tímido y algo reservado, que no tardó en consagrar a Dios su virginidad, movida por las exhortaciones del asceta. Pero la mayor, Blesila, era mucho más mundana. Viva, inteligente, ingeniosa, Blesila estaba, sobre todo, orgullosa de su espléndida cabellera rubia. ¿Pasábase el día en el tocador—dice Jerónimo—, siempre delante del espejo, consultándole minuciosamente. Tiernas esclavas la pintaban, la peinaban, la frisaban con infinito cuidado, y tan delicada era, que ni aun en un lecho de plumas podía descansar.» Pero a los veinte años acometió la una fiebre maligna, que fue para ella la voz de Dios. Poco después hacía voto de continencia perpetua, ponía el velo sobre su cabeza, rodeaba su cintura con un ceñidor de lana, abrazaba el ascetismo, y se entregaba al estudio del hebreo con tal ardor, que algo más tarde salmodiaba ya en esa lengua, juntamente con su madre y con su hermana. No obstante, la fiebre seguía minando su juventud, y en un año la llevó al sepulcro.

Celebráronse los funerales con gran solemnidad; toda la aristocracia romana acompañaba el féretro, cubierto de un paño de oro, y la población entera se apiñaba en torno de la basílica. La pobre madre, presumiendo demasiado de sus fuerzas, quiso seguir a su hija hasta la última morada; pero el dolor la derribó al borde del mausoleo, y hubo que llevarla de allí medio muerta. Un sordo murmullo se levantó entonces de entre la concurrencia: «He aquí lo que nosotros decíamos: llora a su hija, a quien ha matado a fuerza de ayunos. ¿Cuándo expulsarán de Roma a esa casta insoportable de monjes? ¿Por qué no los echan al Tíber? ¡Pobre señora! Llora a sus hijos como no los ha llorado ninguna mujer pagana; buena prueba de que la han engañado, de que no quería ser monja.»

El primer blanco de estas críticas era, como puede fácilmente adivinarse, el mismo San Jerónimo. Extranjero, secretario del Papa San Dámaso, mimado por la aristocracia de la ciudad, Jerónimo tenía muchos envidiosos entre los individuos del clero, que él nos pinta perfumados, adornados de anillos y cadenas, excesivamente cuidadosos de las uñas y el pelo, andando sobre las puntas de los pies para no manchar sus pequeños zapatos blancos, informándose de los nombres de las matronas y de sus casas. A fines del año 384 muere San Dámaso, y su consejero queda expuesto a la furia de sus enemigos, más irritados que nunca por la acritud temible de su lenguaje. Los intrigantes trabajan en la curia y en el foro: él acata sin acobardarse, pero su gran corazón está herido. Refugiase en la atmósfera de pura y santa afección que se respira en la casa de Paula. Allí se le escucha, se le venera, se le consuela. Él les paga aquel bien que le hacen con sus austeros consejos de una dulce gravedad. Después de la muerte de su hija, Paula se niega a comer y beber, enloquecida por el dolor. En aquel trance, su amigo la sostiene y la hace reaccionar en un sentido cristiano. «Te irritas. Paula—le dice en nombre de Dios—, porque tu hija ha llegado a ser mi hija; te indignas de mí proceder y te opones a mi posesión con tus lágrimas rebeldes. Bien sabes lo que pienso de ti y de los tuyos. Rehúsas todo alimento para dar rienda a tu dolor. No amó esa frugalidad. ¿Es esto lo que me habías prometido? Avergüénzate de aquella pagana que se consolaba pensando que su marido había sido trasladado al Cielo, tú que te resistes a que tu hija permanezca a mi lado.»

Entretanto, la campaña arreciaba, el barco se abría, según expresión del mismo Jerónimo. «Muchos que me besaban la mano—añade—, me hubieran desgarrado con sus dientes de víboras: fingían dolerse de lo que les llenaba de placer.» En la primavera del año 385, malas lenguas empezaron a incriminar las visitas del doctor al palacio de Paula. Un miserable se encargó de esparcir la calumnia. Llevado ante los tribunales por Jerónimo, declaró que no sabía nada; pero hay victorias que dejan rastros desagradables. Algunos días después, el perseguido, a punto de embarcarse, escribía a Marcela: «He sufrido horrorosamente; pero esto, ¿qué importa para quien combate bajo el estandarte de Cristo? Me han imputado un crimen infamante, pero sé ir al reino de los Cielos por la infamia y por la buena fama. Saluda a Paula y a Eustoquia, mías en Cristo, que quieran o no quieran. Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, y entonces se verá cómo ha vivido cada uno.»

Unos meses después. Paula y Eustoquia se embarcaron también en dirección a Oriente. En Chipre salió a recibirlas San Epifanio, que algunos años antes había sido su huésped en Roma. En Antioquía las aguardaba San Jerónimo. Proyectóse, ante todo, recorrer en visita minuciosa todos los Santos Lugares y las soledades famosas de los anacoretas egipcios. Fue una peregrinación piadosa y, a la vez, científica, que sirvió mucho a San Jerónimo para sus futuros trabajos. La ilustre patricia, que antaño no salía de casa sino llevada en litera por eunucos, viajaba ahora sobre los lomos de un asnillo. Con ellos iba un rabino de Antioquía, buen conocedor de los lugares bíblicos. Al llegar a Jerusalén, Paula se encontró rodeada de los pajes del procónsul, que venían a ofrecerle habitación en el palacio del pretorio; pero ella rehusó, agradecida, contentándose con un humilde alojamiento. Regó con sus lágrimas los sitios que recordaban la Pasión del Señor; besó las piedras del Calvario, «y lamió—dice San Jerónimo—la del Santo Sepulcro, como si quisiera apagar la sed sobrenatural que la devoraba». En Belén su impresión fue aún más profunda: «Yo te saludo—exclamaba—, te saludo con el rostro inundado de lágrimas; ¡oh Belén!, casa del pan celeste; yo te saludo, Efratá, fértil región cuyo fruto es el mismo Dios. ¡He aquí que he sido juzgada digna, yo, miserable pecadora, de besar el pesebre donde el Dios Niño exhaló sus primeros vagidos y de rezar en la gruta donde la Virgen Madre dio a luz al Redentor. Aquí está el lugar de mi descanso, porque ésta es la patria de Jesús; en ella habitaré, porque el Señor la ha escogido, y en ella prepararé una pequeña lámpara para Cristo.»

Este proyecto, nacido en un momento de exaltación religiosa, realizó se rápidamente. Un año más tarde, terminada la peregrinación a través de Egipto y Palestina, Paula comenzaba a construir dos grandes monasterios junto a la iglesia de la Natividad. Antes de acabarse las obras ya estaba reclutado el personal, y Paula podía escribir a su amiga Marcela rogándole que viniese a ocupar un puesto de honor en la nueva fundación: «¡Oh—exclamaba—, cuándo llegará el día en que el correo venga sin aliento a anunciamos que nuestra Marcela ha pisado las playas de Palestina! ¡Qué alegría entre los monjes y las vírgenes! Correremos, iremos a pie, te cogeremos las manos, veremos tu rostro, y nadie podrá arrebatarnos de tus brazos.» La paz anunciada por los ángeles en aquel mismo lugar, protegía la doble fundación. Paula gobernaba la comunidad de mujeres, Jerónimo la de hombres; mejor dicho, uno y otra intervenían en ambas, poniendo el santo su ciencia, y la santa su dulzura y su intuición femenina. Paula pedía a Jerónimo que ilustrase al mundo con sus escritos. Mujer inteligente, sufría de aquello que Jerónimo llamaba la latina paupertas, la escasez de la exégesis bíblica de los occidentales. A estas solicitudes el doctor oponía siempre las repugnancias de la humildad; pero en estos conflictos—igual le había pasado con Marcela—llevaba las de perder. Aunque muy santa. Paula no dejaba de ser mujer, y de un espíritu muy fino y penetrante. Pues bien: pidió le que, al menos, escribiese alguna cosa sobre la más pequeña de las Epístolas de San Pablo, la dirigida a Filemón, aunque no fuese más que un folio de cuarenta líneas. Jerónimo cayó en el lazo; hizo lo que se le pedía, y el resto vino después. El resto son sus grandes comentarios paulinos. «Para que veas—decía—lo que puede sobre mí tu voluntad.»

En realidad, esto era en él un deber. Paula le había levantado el monasterio, le libraba de toda preocupación material, compraba todos los libros que necesitaba para sus trabajos, le proveía de secretario para aliviar sus ojos, casi ciegos de tanto leer; pagaba a los buenos judíos que le ayudaban en sus tareas bíblicas, y, además, era para él una consejera fiel y abnegada. Dios había puesto junto a él esta influencia dulce y santa, de que se aprovechó para su bien propio y el bien de la Iglesia.

Aquella unión se prolongó aún durante quince años. Paula gobernaba a su gente con disciplina romana. A medianoche, el canto del aleluya despertaba a las vírgenes y las reunía en el coro. Durante el día trabajaban, rezaban y estudiaban. La abstinencia de carne era perpetua. Las tendencias sensuales se maceraban a fuerza de ayunos. «La exquisitez en el vestido—decía la superiora—es una impureza del alma.» Jerónimo decía, satisfecho, escribiendo a Roma: «Las que en otro tiempo gemían bajo el peso de las joyas y brocados, andan ahora miserablemente vestidas, preparan las lámparas, encienden el fuego, barren los pisos, limpian las legumbres, echan en la olla hirviente el perol de hierbas, preparan las mesas y corren de acá para allá disponiéndolo todo.» Estas palabras se refieren a Paula y su hija. Bajo una naturaleza algo taciturna y el exterior de una deferencia respetuosa, llena de suavidad. Santa Paula escondía un carácter enérgico, capaz de los mayores heroísmos. A los que, definiendo su actitud frente a San Jerónimo, la han llamado «oveja modelo», se les podría recordar aquellas palabras que Santa Teresa decía a Gracián: «¡Ay, Padre mío, qué poco sabe de mujeres vuestra reverencia !»

De hecho, la descendiente de los Escipiones había llegado a la cima de la virtud cristiana. «¿Qué cosa más admirable—preguntaba San Jerónimo—que la virtud de esta mujer, opulenta antiguamente y hoy reducida a la última indigencia?» Por su parte, ella decía: «Dios me es testigo que no hago nada sino por su nombre, y que sólo tengo un deseo: morir en la miseria y ser enterrada en un lienzo prestado.» No era menos admirable su mortificación. Habíase prohibido la carne, la miel, el vino, el aceite, los huevos y el pescado. Habiendo caído enferma, vino a visitarla San Epifanio, de cuya influencia quiso aprovecharse San Jerónimo para hacerla tomar un poco de vino. El venerable obispo accedió; pero apenas había empezado a hablar, cuando la enferma le dijo, sonriendo: «Esto viene de Jerónimo.» Todo fue inútil. «¿Qué hay?»—preguntó Jerónimo al prelado al verle salir. « ¡Ah! —respondió el chipriota—, si me quedo un poco más, a esta edad de los noventa años me hubiera convencido de que no hay que beber vino.» Esta mortificación, continuada año tras año, acabó de gastar las fuerzas de aquel cuerpo, no muy vigoroso de suyo. Era lo que ella quería. «He amado tu casa, Señor—decía al tiempo de morir—. ¡Qué hermosos son tus tabernáculos, rey de las virtudes! Yo suspiro y mi alma desfallece en los atrios del Señor.»

Aun después que el tiempo había borrado la primera impresión, podía preguntar San Jerónimo: «¿Quién podrá hablar con los ojos secos de aquella muerte bienaventurada?»

miércoles, 25 de enero de 2023

Reflexión del 25/01/2023

Lecturas del 25/01/2023

En aquellos días, dijo Pablo al pueblo: «Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad; me formé a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto celo como vosotros mostráis hoy. Yo perseguí a muerte este Camino, encadenando y metiendo en la cárcel a hombres y mujeres, como pueden atestiguar en favor mío y son testigos de esto el mismo sumo sacerdote y todo el consejo de los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco, y me puse en camino con el propósito de traerme encadenados a Jerusalén a los que encontrase allí, para que los castigaran. Pero yendo de camino, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor, caí por tierra y oí una voz que me decía:
“Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?”. Yo pregunté: “¿Quién eres, Señor?”. Me respondió: “Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues”.
Mis compañeros vieron el resplandor, pero no oyeron la voz que me hablaba. Yo pregunté: “¿Qué debo hacer, Señor?”. El Señor me respondió: “Levántate, continúa el camino hasta Damasco, y allí te dirán todo lo que está determinado que hagas”.
Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco.
Un cierto Ananías, hombre piadoso según la Ley, recomendado por el testimonio de todos los judíos residentes en la ciudad, vino a verme, se puso a mi lado y me dijo: “Saúl, hermano, recobra la vista”. Inmediatamente recobré la vista y lo vi. Él me dijo: “El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz, de sus labios, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Ahora, ¿qué te detiene? levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre”».
En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».

Palabra del Señor.

25 de Enero - BEATO ENRIQUE SEUSE

Con el Beato Enrique Seuse sube a los altares lo mejor y más seguro del movimiento místico que florece a lo largo de las orillas del Rhin en los alrededores del 1300.

En ese recodo del tiempo la historia de Europa es turbia y confusa como pocas veces. En el fondo está —ya entrado el siglo XIV— la lucha entre Juan XXII y Luís de Baviera, uno de tantos episodios que jalonan tristemente las disensiones seculares entre el Papado y el Imperio. Esta lucha envenena toda la vida social y religiosa de la inmensa mayoría de los pueblos europeos. Las disensiones florecen violentas por doquier. Se usarán todas las armas imaginables, espirituales y temporales, para conseguir cada cual sus intentos. Y los intereses sacrosantos de la gloria de Dios pagarán las consecuencias. Nuestro Beato ha tenido que vivir en el teatro más afectado por estas querellas: el sur de Alemania.

Pero no fueron sólo estos grandes problemas los que ponían por entonces en tensión los espíritus. Las guerras, la inseguridad consiguiente, el feudalismo en su retroceso inevitable, las pestes... A mediados del siglo la llamada "peste negra" pondrá el colmo a este endémico flagelo, y aumentará la confusión y el desorden por todas partes. Los postreros años del Beato estarán ennegrecidos por esta turbación agobiante.

Todo ello trajo como consecuencia una crisis espiritual excesivamente grave. Por una parte, una mentalidad inquieta en varios pensadores, rayana o algo más con la herejía. A su vez la relajación y la libertad en las costumbres. Por otra parte, una reacción espiritual que protesta reciamente ante la conculcación de los derechos del espíritu, amenazada y pisoteados. Pero —signo de los tiempos— esa reacción no sabe en muchas ocasiones mantenerse en sus justos límites, y roza con la actitud herética o cismática, si es que no incide francamente en ella, Las sectas hereticoides pululan por Francia, por Alemania, por Italia... Particularmente doloroso es el historial de los "espirituales" franciscanos, en parte auténtico y en parte degenerado y falso. Todas aquéllas pretenden reformar y evangelizar la Iglesia. Sus consignas son, al parecer, de una pureza espiritual exquisita. Pero esconden la rebeldía ante la norma externa, y caen fácilmente en las mayores aberraciones doctrinales y prácticas. Y todo se mezcla con las turbias corrientes de la política humana, para que resulte más complicado y más difícil.

Sin embargo, la Iglesia santa, siempre a pesar de toda santa, produjo entonces también magníficos frutos de santidad. Si algunos movimientos espirituales de aquellos días son equivocados o al menos sospechosos, otros saben guardar el equilibrio conveniente y producen una cosecha de exacta y hasta llameante espiritualidad.

Uno de estos últimos nos lo ofrecen varios grupos de espirituales que se apretujan en la zona más o menos señalada por el paso del Rhin. Pertenecen principalmente a la Orden de Santo Domingo. Y tienen como maestro venerable al pobre Eckart. Su nombre hay necesariamente que evocarle al hablar de Seuse. Sin él Seuse como místico no sería quizá ni siquiera pensable. Eckart ha nacido cerca de Gotha hacia 1260. Hecho dominico, ha ejercido el magisterio en París, en Estrasburgo y en Colonia. Magisterio de la cátedra, de la predicación, y de la dirección de las almas. Indudablemente su alma ha sido de una elevación extraordinaria. Y su mente, amasada de luces evangélicas, conjugadas de platonismo y de tomismo, se ha lanzado por la pendiente de una originalidad atrevida de expresión, que ha comprometido su reputación de ortodoxo. Él se ha sometido fielmente de antemano al juicio de la Iglesia, ante las acusaciones de sus émulos. Y ha muerto en 1327, no sabemos dónde, quizá caminando tristemente hacia Avignon para esperar el fallo del Vicario de Cristo... Este fue adverso y condenatorio cuando, en 27 de marzo de 1329, se dio. Pero no todo quedó hundido en esa hora negra. Sus discípulos mejores han sido fieles a la memoria buena del maestro, aunque tuviesen el cuidado de evitar los malentendidos a que se exponía la manera menos exacta de hablar de aquél, y que le mereció el justo anatema de la autoridad eclesiástica. Juan Tauler, O. P. y Enrique Seuse, O. P., serán los más valiosos y más conocidos. Detrás de ellos una lista numerosa Podría trazarse, hasta contar en ella con un nombre glorioso como pocos en toda la historia de la espiritualidad: el del Beato J. Ruysbroek. Pero volvamos a nuestro Beato. Con él, como antes ya decía, sube a los altares todo lo salvable —que es muchísimo— de la espiritualidad dominicana de la escuela de Eckart.

Para trazar la silueta biográfica de Enrique Seuse no contamos prácticamente con más documentación que sus obras escritas. Pero descartando desde el primer momento su pretendida autobiografía. Mucho se ha discutido acerca de la autenticidad o no de la misma. Para mí es evidente que no ha salido de sus manos, aunque lo sustancial de lo que allí se dice, sea quizá verdadero. Con los datos que aportan las obras indudables de Seuse y algunas otras escasas noticias, podemos reconstruir así, esquemáticamente, su vida.

Ha nacido hacia 1296, en Suabia, fría y umbrosa por sus bosques, aunque riente y casi meridional a la vez. Parece seguro que su villa natal ha sido Constanza (Uberlingen ha pretendido también ser su cuna). Quiere decir que su infancia ha discurrido junto a las aguas de su lago famoso, principal fuente del Rhin. Por su padre (¿un pañero de Constanza?) era von Berg. Por su madre, piadosa y sensible, era Seuse, cuyo apellido él tomó.

A los trece años, con dispensa de edad, ha sido admitido en el convento dominicano de Constanza, que desde 1236 se elevaba a orillas del lago. Pertenece a la provincia teutónica, floreciente con sus cincuenta monasterios extendidos por Brabante, Colonia, Alsacia, Suabia, Franconia meridional y Baviera. La Orden vive todavía bajo el esplendor que la dieran un Alberto el Magno (sabio también) y un Tomás de Aquino, cuyas doctrinas serán las oficiales en la Orden desde 1270. Por aquellos días la ilustra la fama del maestro Eckart "a quien parece que Dios nada ha ocultado". Seuse habrá seguido allí sus cursos de estudio: primero el latín, la lógica y la retórica, luego el año de noviciado, dos cursos después de Officium divinum y de estudio de las Constituciones; a continuación cinco años de filosofía, y tres de teología (uno de Biblia y dos de comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo).

Entonces, hacia sus dieciocho años de edad, tiene lugar su II conversión”. El Horologium, obra ciertamente suya, nos ha dejado constancia de aquélla. ¿En qué consistió en definitiva? Es difícil precisarlo. Pero lo que parece evidente es que desde entonces empieza una vida de fervor, que antes no existía. Él alude allí a forcejeos de su alma, a una crisis de la misma que se debate algún tiempo entre altos y bajos. Habla de visiones, que parecen ser sencillamente ilustraciones de su alma (él mismo dice que no deben tomarse a la letra como realidades consistentes), transferidas en tono simbólico imaginativo por su rica y poética sensibilidad. Su fórmula es la sabiduría de los libros santos. Ella es su ideal, la esposa de su alma. Pero ideal que se encarna en Jesucristo, el Verbo hecho hombre. A ella se consagró y se entrega. Para ella serán todas las ilusiones y trabajos de su vida. Sin duda, desde este momento, su austeridad de vida aumenta enormemente. Los tiempos eran propicios para ello. Y las referencias a lo largo de sus escritos nos dicen sobradamente de ello. Sin necesidad de admitir las evidentes exageraciones de su sesudo autobiografía, que habla de penitencias corporales casi inimaginables.

En 1320 es enviado a Colonia al Studium Generale de la provincia teutónica. Allí, durante otros tres años, cultivarán la teología los que son dedicados para ser "maestros". En Colonia el maestro de los maestros es Eckart. Seuse ha quedado encantado, por su pureza de vida y su elevación de doctrina. Pero son los años en que el venerado maestro es vencido por sus enemigos y por sus mismas audacias de expresión. Seuse le será fiel hasta morir. Por esos años él compone su Libro de la Verdad, que no será otra cosa más que la enseñanza de Eckart, mitigada en su manera de decir y justificada en cuanto a su contenido. De Colonia hubiera pasado a París para recibir el grado de maestro. Pero no fue así, y retornó a Constanza. Quizá se había hecho sospechoso por su adhesión a Eckart. Quizá su humildad rehuyó también esos honores humanos. En el Horologium nos habla de una especie de visión en la que se le adoctrina sobre la vanidad de esos títulos y preeminencias.

Parece que a partir de 1327 es "lector" en su convento de Constanza. Pero las persecuciones se abaten sobre él. Su amistad con Eckart le ha comprometido. Su Libro de la Verdad (y quizá ya algún otro) es sospechoso. Seuse es juzgado en un capítulo provincial, que no resulta fácil determinar a los historiadores. Y pierde su lectorado. Ciertamente es un fraile en desgracia. La sabiduría trata así a su esposo de sangre. Para explicar esta situación no olvidemos el telón de fondo de los tiempos difíciles. No olvidemos el caso de Eckart. No olvidemos sobre todo que dentro de la misma Orden de Predicadores la división se acentúa por momentos. Las revueltas externas se filtran hacia dentro. Es cierto que los dominicos se mantuvieron generalmente fieles al Papa. Pero los vientos agitados que corrían no ayudaban, antes al contrario, al florecimiento de la vida religiosa acentuada e intensa. Los espíritus se dividen en fervientes y en laxos. Seuse es de los primeros, con Eckart, con Tauler... Pero triunfan los otros.

Sin embargo, bajo los golpes de la prueba, los fervorosos se ayudan y animan a ser mejores. La llama sigue encendida y, si cabe, más ardiente. Aunque a veces también se mezcle allí la cizaña, y se den abusos condenables. Los grupos de los llamados "amigos de Dios" son admirables.

Sacerdotes seculares, religiosos y religiosas, seglares... todos toman parte. Seuse está allí, entre los primeros. Cultivará su vida espiritual propia, escribirá libros y cartas, predicará por los pueblos, pero principalmente dirigirá religiosas de su Orden, cuyos monasterios son de los más florecientes en Alemania.

Su vida apostólica externa no debió ser muy llamativa. Recorre, es cierto, la Suiza, la Alsacia, el valle del Rhin... Pero no es el misionero, el predicador célebre, como lo fue Tauler, por ejemplo. De hecho no nos quedan apenas testimonios escritos: un par de sermones, y no populares, sino para auditorios escogidos.

Su gracia especial estuvo en la dirección de sus hermanas dominicas. Sobre todo, se beneficia de ella el monasterio de Tös, cerca de Winterthur, donde se encuentra su principal hija espiritual, Elsbet Stagel. Es a ella, a su veneración por su padre del alma, a quien debemos la colección de sus cartas, y seguramente también lo que de aprovechable y de verdad hay en la seudo autobiografía, que ha debido como tal amañarse en el círculo devoto del convento de Tös. Allí, en aquel ambiente cálido y deseoso, ha debido refugiarse más de una vez el alma perseguida y dolorida de Seuse, cansada de correr por los caminos espinosos de su tiempo y de sus tierras angustiadas. De 1338 a 1349 prácticamente se nos pierde la traza de nuestro Beato. En la lucha entre Juan XXII y Luís de Baviera, Constanza vive en entredicho eclesiástico. El obispo es fiel al Papa y con él la mayoría de los dominicos. Pero la ciudad en general está por el emperador. Los padres predicadores tienen que emigrar. Uno de ellos, Seuse. No sabemos si pasa estos años en Diessehofen o en Schottenkloster. Quizá los pasa más en los caminos, en las ventas, en las hospederías de los monasterios femeninos de su Orden. Parece que nuevas pruebas llueven por entonces sobre él. La seudo vida habla de una calumnia lanzada contra él en estos últimos tiempos —una mala mujer a la que quiso sacar de su vida de pecado habría levantado contra él un horrible testimonio falso—. Ello trajo consigo el abandono de sus amigos, y la sospecha y hasta el castigo de sus superiores. Dada la inseguridad de la fuente histórica nada podemos afirmar.

Pero sí que a lo largo de estos años maduros de su vida espiritual, los escritos van cayendo de sus manos, sembradoras del bien, Primero El Libro de la Verdad, de que ya hemos hablado. Especulativo, eckartiano, difícil a ratos. Luego el Horologium sapientiae, su obra latina, la principal obra para conocer datos sobre su vida, y quizá en conjunto de toda su doctrina. Sigue después El Libro de la Sabiduría eterna, y en forma dialogada como casi todos sus libros. Y como todos, a excepción del Horologium, escrito en su dialecto suave, viejo alemán del sur. Esta obra es menos especulativa que el Libro de la Verdad. Es quizá la más típica de Seuse, en que sobre la base del vuelo mental de Eckart, vuelca toda la ternura y fina sensibilidad de su alma soñadora. Prácticamente es un comentario devoto, bordado sobre los padecimientos de Cristo y de su Madre dolorosa, que él contempla con amor y compasión, muy finales de Edad Media. Las corrientes espirituales bernardina y franciscana se combinan preciosamente aquí con las corrientes doctrinales aristotélica y platónica de los maestros Tomás de Aquino y Eckart. El Libro de la Sabiduría eterna termina con las Cien consideraciones y oraciones piadosas, que son para recitar todos los días. Es posible que estas aspiraciones de su alma fuesen escritas en otra ocasión anterior, y luego añadidas a esta obra más grande. Tenemos además el Pequeño y el grande libro de las cartas. Ambas colecciones parecen auténticas y la mayoría de sus piezas están dirigidas a sus hijas espirituales de los monasterios dominicanos. En estas cartas aparece el alma del Beato en toda su naturalidad y frescura. Datos biográficos, doctrina, rasgos delatadores de su psicología espontánea... todo se encuentra allí, sin esfuerzo ni retoques. Nos quedan finalmente dos sermones (Lectulus noster floridus, e Iterum relinquo mundum), como muestras de su predicación insinuante, mística, pero no para masas, sino para las almas selectas de sus dirigidas.

Los últimos años se consumen en Ulm. ¿Fue confinado allí como penitencia por sus supuestos e inexistentes pecados? ¿Fue por sencilla disposición administrativa de sus superiores? Nada sabemos. Ni los quehaceres que llenaron sus horas. Es de suponer que seguiría su apostolado de dirección de almas. Probablemente daría también a sus escritos las manos postreras. Los viejos documentos señalan el 25 de enero de 1366 como el de la fecha de su muerte. Y que fue sepultado junto al altar de San Pedro de Verona de la iglesia de su convento de Ulm. Sus restos no han podido ser encontrados y yacen perdidos en aquel templo, desde hace siglos, vacío y frío bajo el dominio protestante. Fue en 1831 cuando Gregorio XVI beatificó y puso en los altares a este siervo de Dios.

Más noticias que de sus hechos externos tenemos de su misma alma. Sus escritos nos la entregan en gran parte... Sin embargo, nada más en parte. Pues el alma, toda alma, máxime de la grandeza de un Beato Seuse, será siempre un misterio.

Para tratar de comprenderla no perdamos de vista su tiempo y sus circunstancias. No olvidemos de situarle en aquellos momentos, ni de colocarle, al querer explicarle, en la corriente espiritual tomista —eckartiana—. De otro modo sería absolutamente ininteligible.

El Beato Seuse es evidentemente un alma mística. Mística en el sentido más estricto de la palabra. Podrían, sin embargo, despistarnos en este terreno dos dificultades que enseguida se ofrecen. En primer lugar, los antecedentes magistrales que ha vivido el Beato. La doctrina del maestro Eckart ¿se basa sobre una experiencia, o es solamente una dialéctica religiosa de vuelo sublime? Lo último es innegable: Eckart prolonga y matiza la concepción neoplatónica del cristianismo griego, representado especialmente por el Seudo-Dionisio. El alma, imagen de Dios, vuelve a Dios, al Unum, la Nada Infinita, a través de una ascesis total y de una elevación mística que Dios mismo provoca. Eckart, con sentido sobrenatural y cristiano, ha descrito con frases incisivas la misteriosa generación mística del Verbo en el alma, cómo el Padre pronuncia allí su palabra y la une misteriosamente a su vida abisal trinitaria. A veces ha dicho, sin querer, demasiado. Pero ¿cabe allí una realidad vivida, experimentada? Sin duda que sí, sea de hecho lo que sea en cada caso. Seuse ha recogido ese esquema, lo ha prudentemente explicado y ha tratado de expresar con él las vivencias de su íntimo secreto escondido.

En segundo lugar, otra pregunta pulsa enseguida a quien se acerca a sus páginas: ¿no nos hallamos ante un artista que pinta poéticamente y que compone, por consiguiente, trasponiendo sus sueños, sus imaginaciones, las emociones de su fina sensibilidad? Ciertamente, hay que admitirlo. Sin embargo, inclinándose sobre esos escritos —ni muchos, ni pocos, los suficientes— repasándoles con cuidado, se llega a distinguir perfectamente el envoltorio y el contenido. Y se llega a la convicción de que el autor de los mismos ha conocido y gustado lo que trata de balbucir, sirviéndose para ello de las fórmulas que le ofrecían sus maestros y las que encontraba en los repliegues de su alma, transida de sentido de la belleza y de ingenio artístico.

Con todo es difícil trazar el itinerario místico de su alma Quizá él mismo no lo hubiera podido nunca dibujar. El trazado fundamental será el siguiente:

Primero, la conversión a que aludimos antes. En el fondo del alma se ha dejado sentir la invitación misteriosa a la entrega perfecta: "Sábete que el renunciamiento interior conduce al hombre a la suprema verdad" (El Libro de la Verdad, 1,3).

Luego, la visión de la sabiduría divina, que encarnada en Jesucristo será el signo de toda su vida endiosada. Un día hasta externamente marcará su pecho con el nombre de Jesús.

Los estados infusos de elevación y de éxtasis serán en adelante frecuentes en su vida. Los documentos significativos podrían multiplicarse hasta la saciedad.

Pero esta unión mística florecida en el alma exige las terribles purificaciones, que hace inevitables la pureza infinita del Dios que se entrega. Seuse ha padecido esas pruebas del amor.

Pruebas internas y externas. Porque Jesús, la sabiduría divina, ha querido sellar con su cruz de un modo especial la vida de nuestro Beato. Es uno de los casos más interesantes de almas crucificadas que conocemos en la historia de la santidad cristiana. La sombra de la cruz se proyecta en ella siempre. El mismo ha dicho (Carta XXVIII): "Su pasión —de Cristo— es el tesoro de sus pobres". Para él lo fue multimillonariamente. Todos los sufrimientos llovieron sobre él. Y las páginas que arrancaron a su pluma hecha lira son tan abundantes y maravillosas, que quizá en toda la literatura cristiana no haya otras en conjunto que las puedan igualar. Él ha "soportado" a Dios, según su expresión, entre lágrimas y sonrisas, entregado totalmente a su misericordia y a su amor. Una imagen, que él narra en su carta XII, es como el gráfico de su vida sangrante: un día que había tenido que sufrir mucho por penas interiores y por desprecios y humillaciones externas, vio desde la ventana de su celda a un perro que jugaba en el patio con un trapo cualquiera. Lo mordía, lo babeaba, lo arrastraba, lo rasgaba... Una luz se hizo en su alma: "Así debes tú hacer... Se te arroje en alto o se te tire abajo, aunque se te escupa... tú debes aceptarlo todo alegremente, sin protestar, como el trapo, si él tuviese conciencia..."

Así fue su vida toda, cristificada. Así se nos fue, calladamente, en un día de invierno, bajo el cielo grisáceo de Ulm, sin que nos fuese dado recoger el recuerdo de su última palabra, sin que se nos refiriese para satisfacer nuestra curiosidad devota la expresión de su última mirada. La sabiduría divina se lo llevó consigo para abismarle en la mismidad de su gloria, en su radiante luz...

Su influencia doctrinal ha sido relativamente grande. Casi siempre en el conjunto que forma esa escuela mística del Rhin. Aunque dentro de él Seuse es el más suave y afectivo, el que más ha sabido juntar la especulación alta con la ternura humana. Por eso el más cristífero de todos ellos, el más aprovechable en general. Sobre todo a través de la edición latina que hace el cartujo Surio (1555) de sus obras, Seuse fue conocido por doquier. ¿Lo leería nuestro San Juan de la Cruz? No es posible contestar a esta pregunta. Pero no sería extraño que alguna vez pudiera rastrearse alguna proyección más o menos indirecta de nuestro Beato en el más grande de los místicos de la cristiandad. De la escuela renana como tal, tomada en bloque, el rumor allí existe. Pero es prácticamente imposible precisar algo más. Lo que es indudable es que muchas páginas de Enrique Seuse, si no son todas, pueden todavía, y seguramente siempre, hacer bien a las almas. Que se las debe, por consiguiente, editar y propagar.

martes, 24 de enero de 2023

Reflexión del 24/01/2023

Lecturas del 24/01/2023

Hermanos:
La Ley, que presenta sólo una sombra de los bienes futuros y no la realidad misma de las cosas, no puede nunca hacer perfectos a los que se acercan, pues lo hacen año tras año y ofrecen siempre los mismos sacrificios.
Si no fuera así, ¿no habrían dejado de ofrecerse, porque los ministros del culto, purificados de una vez para siempre, no tendrían ya ningún pecado sobre su conciencia.
Pero, en realidad, con estos sacrificios se recuerdan, año tras año los pecados. Porque es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados.
Por eso, al entrar él en el mundo dice: «Tú no quisiste ni sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo - pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí - para hacer, ¡oh Dios! tu voluntad». Primero dice: «Tú no quisiste ni sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la ley.
Después añade: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad». Niega lo primero, para afirmar lo segundo.
Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación de cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.
En aquel tiempo, llegaron la madre de Jesús y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenía sentada alrededor le dijo: «Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Palabra del Señor.

24 de Enero - SAN FRANCISCO DE SALES

El visitante que llega hoy a Annecy queda sobrecogido ante la increíble belleza de la ciudad y del paisaje. Si en lugar de quedarse entre calles sube a la colina en la que está edificado el monasterio de la Visitación, su admiración se acrecienta. Todo es bello: los Alpes nevados; el lago, sereno, terso y bruñido; la ciudad tendida a los pies del viajero; la iglesia y el monasterio. Cuando penetra en el templo ve, a los lados del altar mayor, dos preciosas urnas. Y en ellas los cuerpos de San Francisco de Sales y Santa Juana de Chantal. Ambos a dos parecen estar dormidos, bajo sus mascarillas de cera admirablemente trabajadas. Se diría que de un momento a otro van a abrir sus ojos y a saludar al visitante.

Pero el Annecy que hoy vemos era menos brillante al comenzar el siglo XVII. Ni los hombres de entonces tenían nuestra moderna sensibilidad por el paisaje, ni el turismo había embellecido tantos rincones, ni las circunstancias históricas eran propicias para aquel rincón de Saboya. San Francisco de Sales escribía en 1606 al papa Paulo V dándole cuenta de su diócesis: Annecy era una villa de su diócesis en la que se habían tenido que refugiar sus obispos hace setenta y un años, como consecuencia de la rebeldía de su propia ciudad episcopal: Ginebra. Esta rebeldía había arrastrado en pos de sí ciento treinta parroquias. Y había producido un sin fin de guerras, de rivalidades, de luchas fratricidas que habían empobrecido la diócesis. Refugiados en Annecy los obispos, habían comenzado una labor de lenta reconquista de la que el mismo San Francisco de Sales había de ser maravilloso artífice.

Aún nos parece verle andando por las callejas de la ciudad, que conservan todavía la misma fisonomía que tuvieron mientras el Santo vivía; nos lo imaginamos entrando en la casita de la galería, o ejercitando las funciones pontificales en la pobre y sencilla iglesia que había venido a sustituir a la magnífica catedral ginebrina; nos lo imaginamos subiendo aquellas montañas, visitando los últimos rincones, atendiendo a las gentes que de todas las partes de la diócesis venían a consultarle. Es cierto que la diócesis era pobre, y se encontraba en desgracia. Por eso precisamente la amaba más San Francisco. Un día que Enrique IV, el rey de Francia, le ofrecía un espléndido obispado, él contestó rotundamente: "Majestad, estoy casado; me he desposado con una pobre mujer y no puedo dejarla por otra más rica". El rey no volvió a insistir. Y San Francisco de Sales murió obispo de Ginebra, con residencia en Annecy.

Había nacido, según modernamente parece demostrado, en 1566. De noble familia, pues su padre, el marqués de Sales, había heredado, por su mujer, el rico señorío de Boisy. En el castillo de Thorens, en que sus padres residían, vio la primera luz y en la iglesia del mismo lugar recibió el bautismo. Su educación fue exquisita: primero en el Colegio de La Roche, después en el de Annecy. A los diez años hace su primera comunión y recibe la confirmación, y desde aquel momento solo desea consagrarse a Dios.

Pero el itinerario iba a ser largo. Prácticamente iba a pasar por gran parte de Europa. Primero, a los trece años, a París, desde 1581 a 1588, para estudiar bajo la dirección de los jesuitas del Colegio de Clermont. Después. Tras una visita rápida a su familia, a la Universidad de Padua, en la que obtiene los grados en ambos derechos. Después un rápido viaje por Roma y las principales ciudades de Italia. Al regresar, en el verano de 1592, Francisco de Sales contaba con una formación humanística, filosófica, teológica y jurídica realmente excepcional. No es extraño que su padre concibiera grandes planes sobre él. Sin embargo. En su espíritu continuaba ardiente el deseo de consagrarse a Dios. El conflicto tenía que producirse.

De acuerdo con su primo Luis se ideó la manera de salvarlo. Obtenido en secreto el nombramiento de preboste del cabildo catedral, la primera de todas las dignidades, el padre cedió por fin. El 18 de septiembre recibía el diaconado. Y el 18 de diciembre de 1593 el sacerdocio. Ya tenemos a Francisco de Sales presidiendo el cabildo, y constituido en sacerdote.

Lo que sigue resultó increíble para sus contemporáneos. El nuevo canónigo se lanza a ejercitar intensamente los ministerios sacerdotales. Predica con una oratoria sencilla, transparente y llena de unción. Se pasa largas horas en el confesionario. Atiende a los pobres y es el paño de lágrimas de todos los desgraciados de Annecy. Y cuando ya empezaba a extrañar esta conducta se produce un auténtico golpe teatral.

La provincia de Chablais, que formaba parte de la diócesis, había sido arrasada por el protestantismo. La coyuntura política se presentaba relativamente favorable para poder restablecer allí el catolicismo. Pero hacía falta un misionero de talla que acometiera la empresa. Francisco de Sales se ofrece. El obispo acepta. En vano el anciano padre protesta. Juntos los dos primos Francisco y Luis salen, un inolvidable 14 de septiembre de 1594, camino del Chablais a pie, sin criados, y casi sin dinero. El 16 de septiembre entraban en Thonon, sede principal de la herejía, e iniciaban su trabajo. Fueron meses muy duros. Sólo en abril de 1595 se produjeron algunas conversiones. Pero el movimiento general no había de producirse hasta mucho más tarde, en 1598, durante la visita del obispo a la región, que ya pudo considerarse recuperada para el catolicismo.

Fue precisamente en esta época de su vida cuando se produjo el episodio que habría de hacer de San Francisco de Sales el patrono de los periodistas católicos. Los protestantes, movidos unos por el miedo y otros por el respeto humano, no acudían a escuchar la predicación de los misioneros. De esta forma los esfuerzos de éstos se estrellaban ante la imposibilidad de hacerse oír. San Francisco se decidió a cambiar de táctica. Ya que no le oían de viva voz, le leerían. Dicho y hecho: durante el día redactaba unas hojas que por la noche se distribuían a las puertas de las casas. Así tenemos sus célebres Controversias, libro maravilloso, escrito en un estilo punzante y vivo, verdadero modelo de periodismo católico, los descubrimientos de los manuscritos han mostrado hasta qué punto fueron estos escritos, mucho más aún que la versión que anteriormente se conocía, auténticos modelos de estilo atractivo, lleno de movimiento y de color. Y el éxito que se obtuvo en la empresa demostró también el acierto con que había sido concebida: quienes no le oían, lo leyeron y terminaron conviniéndose.

De entonces es también el episodio emocionante de sus visitas a Teodoro de Baza. Jugándose la vida, entra Francisco en Ginebra y conversa durante varias horas con el heresiarca, ya viejo y enfermo. Parece cierto que Teodoro llegó a reconocer la verdad del catolicismo. Estaba, sin embargo, demasiado comprometido para poder romper los lazos que le retenían en el protestantismo. Francisco tuvo la pena de no poder lograr que se hiciera pública su conversión, que tanta resonancia hubiera tenido.

Cuando el obispo de Ginebra, monseñor de Granier, celebró la fiesta de las cuarenta horas en Thonon, y se pasó los días recibiendo abjuraciones, bendiciendo iglesias restauradas y confirmando a sus feligreses recobrados, no pudo menos de pensar que nadie mejor que Francisco de Sales para ser su coadjutor. Así se lo dijo al interesado. Este, sin embargo, estaba lejos de poder pensar en tal cosa. Agotado por el trabajo de aquellos años, hubo de retirarse cinco meses a su casa natal para restablecer su salud quebrantada. Hubo un momento en que todo el mundo creyó que iba a morir. Restablecido contra toda esperanza, partió para Roma. Era noviembre de 1598. El Papa confirmo la elección, en una escena emocionante, en la que hizo el elogio público de su gran sabiduría. De regreso a Annecy el obispo electo continuó predicando, mientras llegaban las bulas y se podía celebrar su consagración.

Pero las cosas habían de complicarse aún más. La diócesis tenía territorios de Saboya, territorios en Suiza y territorios en Francia. Era necesario negociar difíciles asuntos en la corte de París. Y a París, ciudad que tan bien conocía por haber hecho allí sus estudios, volvió Francisco de Sales, desarrollando en los meses que hubo de permanecer un admirable apostolado.

Arreglados los asuntos, de regreso a Annecy, se entera en Lyon de la muerte de monseñor de Granier. Rápidamente se prepara para su consagración. Y el 8 de diciembre de 1603, en la iglesia de Thorens, donde había sido bautizado, recibe, entre maravillas celestiales, la consagración episcopal.

Es admirable la actividad que desplegó como obispo, Siguiendo las huellas de San Carlos Borromeo, a quien toda su vida admiró cordialmente y por quien sintió siempre una devoción apasionada, a pesar de las notabilísimas diferencias de carácter y de manera de concebir el gobierno episcopal que le separaba. San Francisco de Sales se constituye en uno de los más significativos representantes de la maravillosa reforma pastoral que se llevó a cabo en Francia durante el siglo XVII.

Ejemplar en el ejercicio de la catequesis. Lo que comenzó dedicado únicamente a los niños, se hizo pronto el punto de cita de todo Annecy los domingos por la tarde. Las explicaciones sencillas y claras del prelado, atraían a los mayores no menos que a los mismos niños. Fue así un maravilloso obispo catequista. Como supo continuar siendo un inimitable orador sagrado. Al que se disputaban las más importantes catedrales de Saboya y Francia para predicar la cuaresma. Como supo ser al mismo tiempo admirable administrador de su diócesis, en la reunión de sínodos diocesanos, en la práctica heroica de la visita pastoral, en la admirable compenetración con su clero. Así como fue también restaurador de no pocas casas religiosas que habían decaído de su primitivo fervor.

Y piénsese que su posición era verdaderamente difícil. Gran parte de su diócesis, infestada por la herejía. Rodeaba a Ginebra, la ciudad en que más activamente se había desarrollado el pensamiento protestante. Sus circunstancias políticas eran delicadas, por tener el territorio diocesano dividido en tres soberanías, dos de las cuales, en especial. Francia y Saboya, distaban mucho de estar en relaciones cordiales. Con el pesado fardo de unas estructuras religiosas que, pese al terremoto del protestantismo, no acababan de rendirse a los nuevos tiempos. Es agotador ver las luchas que tuvo para lograr la dotación de sus parroquias por parte de los caballeros de San Mauricio; el tiempo que tuvo que consumir en gestiones diplomáticas en las cortes, en especial en París; las dificultades mismas que le proporcionaban gentes de mentalidad cerrada, que incluso llevaron a denunciarle a Roma como amigo de los protestantes.

Sobrio en la legislación, atiende ante todo y sobre todo a la reforma de las personas a quienes esa legislación se dirige. "Quid leges sine moribus?" "porque ¿para qué valen las leyes sin las costumbres?"

Prueba de esta preocupación suya son sus maravillosos escritos. Alcanza San Francisco de Sales a vivir en una época verdaderamente de oro para la lengua francesa. Y aprovechando esta circunstancia, mediante la utilización de su espléndida formación humanística, nos ha dejado unos escritos que todavía hoy conservan toda su frescura y toda su maravillosa unción.

¿Quién osará decir que su Introducción a la vida devota ha perdido en lo más mínimo su actualidad? Es un libro escrito sin querer, simple reedición, retocada y sistematizada, de las cartas a una señorita que en medio del mundo quería santificarse. Y es, sin embargo, uno de los libros que mayor éxito han tenido en la historia de la literatura mundial. Y, lo que es más aún, de los que más profundamente han marcado una huella en la espiritualidad cristiana. Todo es encantador en él: el lenguaje, las comparaciones, los ejemplos. Hasta la misma disposición, tan moderna, en capítulos breves. Y la tersura en la disposición de las ideas, falta por completo de todo artificio.

Tenemos otras obras maestras que brotaron de su pluma. Así, por ejemplo. El soberbio tratado de teología, modelo acabado de controversia dogmática, digno de quien hoy ostenta el título de Doctor de la Iglesia: el primer título del Codex Fabrianus. Tenemos el espléndido Tratado del amor de Dios. Y sobre todo contamos con la maravillosa colección de sus cartas. Escribió sin cansarse, a gentes de toda clase, de cualquier condición y cultura. En ellas brilla de manera maravillosa el celo pastoral, el profundo conocimiento de la psicología humana, la caridad sin límites del Santo.

Pero, como a Santa Teresa, a San Francisco de Sales le podemos conocer no sólo por sus obras, sino también por sus hijas. Las religiosas de la Visitación. Es una historia maravillosa. Cuando leemos la Historia de las fundaciones o las Vidas de las primeras madres... nos sentimos transportados a un ambiente poético, limpísimo. Lleno de jugosa dulzura, similar al de las florecitas de Asís.

Dios puso en el camino de San Francisco de Sales, de manera impensada, un alma excepcional: Santa Juana de Chantal. Ambos se esforzaron por responder a una necesidad que entonces se sentía vivamente: hacer accesible la vida religiosa a quienes por su salud, su educación o sus compromisos en el mundo no tenían acceso a las formas hasta entonces existentes. Así, sin pretensiones ningunas, con absoluta sencillez, nació el 6 de junio de 1610 la Orden de la Visitación.

Hoy no podemos hacernos idea de la revolución que la nueva Orden supuso en la mentalidad de aquel siglo XVII. A pesar de que, por condescendencia con el arzobispo de Lyon, gran parte del primitivo proyecto de San Francisco no llegara a realizarse, las nuevas religiosas aparecían como algo sorprendente. Su difusión fue rapidísima, y puede decirse que en todas partes eran recibidas con entusiasmo. Por otra parte. Al difundirse los escritos de San Francisco y extenderse su devoción, era lógico que por todas partes las reclamaran.

La raíz de esta universal aceptación estaba en la sobrehumana sabiduría y prudencia de que el Santo había dado muestra al redactar las constituciones. No cabe un conocimiento más profundo de la psicología humana en general y de la femenina en concreto. Sin austeridades espectaculares, se logra deshacer por completo la propia voluntad y sumergir el alma en un ambiente de caridad, de amor de Dios, de continua oración y mortificación. Ambiente que no está reflejado sólo en las constituciones, sino también en un precioso libro: los "recreos" o "entretenimientos", deliciosa narración de las charlas que el santo obispo mantenía con sus hijas durante el tiempo de esparcimiento. Allí se muestra el Santo cual era, comentando algunas cosas, aclarando dudas, exhortando a la perfección a sus hijas queridísimas. Pero esto, y la narración de mil anécdotas de aquellos primeros tiempos de la Orden, exigiría un espacio de que no disponemos.

Se aproximaba el final de su vida. Fue necesario volver a París para algunos asuntos diplomáticos en la corte. Como había ocurrido antes, también ahora San Francisco se dedicó de lleno a la predicación. Tuvo, además, el gozo de conocer y tratar íntimamente a San Vicente de Paúl, a quien confió el cuidado espiritual del recién creado monasterio de la Visitación.

De regreso de París, pasa por Turín, se desvía hacia Avignon y por fin llega a Lyon, Allí se detuvo unos días. El de San Esteban, después de haber celebrado la misa, despacha diferentes asuntos y por la tarde preside el recreo de sus hijas, las religiosas de la Visitación. Al terminar, da como conclusión esas sencillas palabras: "No deseéis nada, no rehuséis nada, a ejemplo del Niño Jesús en la cuna". Al día siguiente, fiesta de San Juan, vio que se le nublaba la vista, se confesó, celebró la misa, dio la comunión y se despidió de la superiora: "Adiós, hija mía, os dejo mi espíritu y mi corazón"

Todavía el 28 recibió algunas visitas, Pero ya por la tarde le asaltó la muerte. Y con la mayor sencillez, mientras invocaba a los Santos Inocentes, cuya fiesta se estaba celebrando, rindió su alma pura e inocente a Dios, con la misma calma y serena majestad que habían presidido toda su vida. Tenía entonces cincuenta y seis años de edad y llevaba veinte de episcopado. Era el 28 de diciembre de 1622. El 18 de enero siguiente Annecy obtenía para sí su sagrado cuerpo, y, en efecto, el 28 de enero llegaba a su amadísima catedral. No iba a ser fácil, sin embargo, verle en los altares. Su fama de santidad fue clamorosa desde el primer momento. Santa Juana de Chantal trabajó a fondo por conseguir su beatificación. Sin embargo, defectos procesales, minúsculas rivalidades, envidia por parte de unos, nacionalismo por parte de otros..., mil obstáculos habrían de oponerse a su rápida beatificación. Unos querían que fuera una gloria de Saboya; para otros se trataba de una gloria de Francia. Sólo la tenacidad admirable de una mujer excepcional. Francisca Magdalena de Chaugy, habría de conseguir que, por fin, el 28 de diciembre de 1661, el papa Alejandro VII realizara la beatificación.

Pocos años después, en 1665, se examinaban los milagros en orden a su canonización. Ahora la cosa fue rápidamente. Ese mismo año era canonizado y su fiesta se fijaba el 29 de enero. El 16 de noviembre de 1877 Pío IX, por un breve solemne, confirmaba el decreto de la Congregación de Ritos, confiriendo a San Francisco de Sales el título de Doctor de la Iglesia.

Patrono de la prensa católica, doctor de la Iglesia, es al mismo tiempo protector de una de las obras más florecientes de la Iglesia de Dios: la que otro santo, San Juan Bosco, puso bajo su protección al iniciarla en Turín: la obra que justamente por eso se llamaba salesiana.

En la prensa católica, en la inmensa multitud de instituciones de los salesianos y salesianas, en los monasterios de la Visitación de que está sembrado el mundo entero, San Francisco de Sales continúa viviendo y operando entre nosotros. Y muerto hace siglos, aún nos habla, aconseja y estimula.

lunes, 23 de enero de 2023

Reflexión del 23/01/2023

Lecturas del 23/01/2023

 

Hermanos:
Cristo es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.
Cristo entró no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros.
Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde la fundación del mundo. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de los tiempos para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez; y después de la muerte, el juicio.
De la misma manera, Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos.
La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, para salvar a los que lo esperan.
En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». Él los invitó a acercarse y les puso estas parábolas: «¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.

Palabra del Señor.

23 de Enero - SANTA MADRE MARIANNE COPE

Nacida en Heppenheim, Alemania el 23 de Enero de 1838, fue bautizada María Anna Bárbara Koob. Cuando tenía tres años de edad su familia se mudó a Estados Unidos, estableciéndose en Utica, Nueva York.

Entró en la vida religiosa en Syracuse, Nueva York con las Hermanas de la Tercera Orden Franciscana. Tomó el nombre de Marianne.

Cuando las hermanas recibieron noticia de que el rey David Kalakaua de Hawai buscaba ayuda para los leprosos, la Madre Marianne y seis otras respondieron y en 1883 se trasladaron a Honolulu como misioneras. La Madre Marianne tenía 45 años, había estado en la orden 21 años y era supervisora del Hospital San José en Syracuse cuando aceptó la llamada.

En 1888 se mudó a Kalaupapa en Molokai para ayudar a los leprosos. El Padre Damián, párroco de los leprosos, había contraído la enfermedad y murió atendido por la Madre Marianne. Después de su muerte, ella y sus hermanas se hicieron cargo de los pacientes de Kalaupapa por los próximos 30 años. Además de la enfermería para los leprosos, supervisaba escuelas distribuidas en cuatro islas.

Nunca contrajo lepra lo cual se podría considerar un milagro. Murió a los ochenta años de edad, el 9 de agosto de 1918.

En 1924 el Convento de San Francisco en Honolulu fue fundado en su memoria para entrenar enfermeras para trabajar con los leprosos. En la actualidad es la escuela de San Francisco, para niñas de sexto a noveno grado.

El 14 de Mayo del 2005 fue la primera persona beatificada por el Papa Benedicto XVI en el Vaticano y él mismo la canonizó el 21 de octubre de 2012.