domingo, 25 de julio de 2021

Domingo, 25-07-2020 17º de Tiempo ORDINARIO Ciclo B

 

Reflexión del 25/07/2021

 

Lecturas 25/07/2021

 



En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor.
Y se los miraba a todos con mucho agrado.
Por mano de los apóstoles se realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo.
Todos se reunían con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón.
Les hicieron comparecer ante el sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo «¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen». Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos.
El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.


Hermanos: Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.
Atribulados en todo, más no aplastados; apurados, más no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros.
Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros, ante él.
Pues todo esto es para vuestro bien, a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios.


En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
Él le preguntó: ¿«Qué deseas?».
Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».
Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?».
Contestaron: «Podemos».
Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».

Palabra del Señor.

25 de Julio - San Cucufate

Al presentar Prudencio, en el canto IV del Peristephanon, dedicado a los mártires de Zaragoza, las más sublimes glorias que las diversas ciudades presentarán ante el Señor, refiriéndose a Barcelona nos dice: "Y tú, Barcelona, te levantarás confiada en el eximio San Cucufate".

Por otra parte, en el martirologio jeronimiano, y posteriormente en todos los calendarios y martirologios, se consigna en este día y en Barcelona el nacimiento al cielo de San Cucufate.

Evidentemente, la vida de San Cucufate, tal como se nos refiere en la "Leyenda de oro" de la Edad Media, presenta muchos rasgos característicos de las leyendas, tan frecuentes en todas las naciones cristianas. Sin embargo, la circunstancia de que ya Prudencio en su tiempo nos comunique con tanta precisión el hecho del martirio de San Cucufate en Barcelona, indica con suficiente claridad que, al menos, los hechos fundamentales de su martirio responden a la realidad. Téngase presente que Prudencio debió escribir dicha obra hada el año 380 y que el martirio de San Cucufate debió ocurrir el año 305 o 306. Por consiguiente, se trataba de hechos relativamente recientes y que, por referirse a los mártires cristianos, tan venerados por todos los fieles, permanecían en la memoria de todos.

Hay más. El testimonio de Prudencio sobre la verdad del martirio de San Cucufate adquiere un valor muy especial si se le considera juntamente con los demás que presenta el poeta en el mismo himno. Pues bien; así como debemos decir que todos esos mártires a que alude Prudencio son realmente históricos, aunque tal vez en las Actas o Pasiones correspondientes se hayan mezclado rasgos legendarios, lo mismo debemos decir de San Cucufate.

Esto supuesto, es difícil, y aun prácticamente imposible, señalar no sólo con precisión, pero ni aun aproximadamente, cuáles son en el martirio de San Cucufate los datos históricos y cuáles los legendarios. En general podemos afirmar que los hechos fundamentales de su valor y constancia, de su ardiente fe y de su heroísmo en derramar su sangre por defenderla, son históricos y responden a la realidad. En cambio, entran, sin duda, en el campo de la leyenda multitud de rasgos accidentales o circunstanciales del martirio, particularmente la multitud de tormentos a que es sometido, los milagros estupendos y repetidos y las muertes de los perseguidores de San Cucufate. En todo caso, persiste la ejemplaridad del martirio como modelo para todo cristiano de nuestros días.

He aquí, pues, lo que se nos ha transmitido sobre el martirio de San Cucufate:

Era de origen africano, y nació de padres nobles y cristianos en la población de Scila. Enviado, con su hermano Félix, a Cesárea de la Mauritania para aprender las letras humanas, hizo allí grandes progresos, no sólo en el estudio, sino más aún en el espíritu. Mas, como ambos se sintieran animados de un intenso deseo del martirio, teniendo noticias de que había estallado una sangrienta persecución contra los cristianos, partieron para España y desembarcaron en Barcelona.

Al entender, pues, que el prefecto Daciano, atravesando las Galias, se dirigía a España, mientras Félix se dirigió a Gerona, Cucufate decidió esperarlo en Barcelona, mientras se preparaba con especiales oraciones para el martirio. Al mismo tiempo se dedicó al oficio de mercader, procurando ejercitar la caridad con los hermanos cristianos. Llegado, pues, Daciano a Barcelona, como entretanto se había dado a conocer Cucufate por su eximia caridad con los pobres y necesitados y por sus obras de celo, fue bien pronto delatado.

Preso, pues, por orden del juez, fue encerrado en un calabozo, donde se trató primero por todos los medios posibles de inducirle a que sacrificara a los ídolos. Más, como persistiera con la mayor firmeza en la confesión de la fe, fue entregado en manos del prefecto Galerio para ser torturado. Este, en efecto, presa de una fiera rabia contra los cristianos, lo entregó a doce robustos soldados, con la orden de que por turno le azotaran y con las uñas de hierro y con los escorpiones lo despedazaran hasta que le quitaran la vida. Aplicáronle al punto tan inhumano tormento, y ya estaba el cuerpo del mártir completamente dilacerado cuando, por justo castigo de Dios, los verdugos se sienten heridos de ceguera y el prefecto cae herido de muerte, mientras Cucufate es milagrosamente sanado de sus heridas.

Ante tan estupendos milagros gran multitud del pueblo abandona la superstición pagana y abraza la fe de Cristo; pero, entretanto, el nuevo prefecto Maximiano, sucesor de Galerio, ordena a los verdugos asar cruelmente al mártir en las parrillas y, para aumentar la tortura, untar el cuerpo asado con vinagre y pimienta. El mártir, por su parte, puesto en medio del tormento, entona salmos al Señor, y con un nuevo milagro es sanado repentinamente, mientras los verdugos perecen en el fuego. Ciego de rabia el prefecto, y atribuyendo todas estas maravillas a arte diabólica, manda inmediatamente que se encienda un gran fuego y en él se queme el mártir; mas, puesto Cucufate en medio de la ingente llama, sumido en oración al Señor, permanece enteramente ileso, mientras la llama se extingue por completo.

Desconcertado y confuso el prefecto Maximiano, ordena volver al mártir a la cárcel, para decidir él durante la noche lo que se deberá hacer. Mas, durante aquella noche, es recreado el mártir con un resplandor celeste en su prisión, con el cual, ilustrados los carceleros, penetraron en la verdadera luz interior y creyeron en Cristo. Al tener, pues, noticia de todo esto, ciego de ira Maximiano, manda flagelar al mártir con azotes de hierro hasta quitarle la vida; pero, mientras se le aplicaba tan inhumano tormento, por efecto de la oración del mártir arde en llamas la carroza del prefecto Maximiano, y, mientras se dirigía al templo para sacrificar a los ídolos, muere presa de las llamas, al mismo tiempo que los ídolos caen al suelo hechos pedazos.

Finalmente, el nuevo prefecto Rufo, escarmentado en sus predecesores, no se atrevió a aplicar ningún tormento al mártir, sino que, pronunciando la sentencia contra Cucufate, ordena que lo pasen por la espada. Así, pues, habiendo superado la crueldad del fuego, del hierro y de todos los tormentos, herido por la espada obtuvo la palma del martirio el 25 de julio. El martirio tuvo lugar en las afueras de la ciudad, en el campamento militar denominado Castrum Octavianum, que es la actual población de San Cugat del Vallés, junto a Barcelona.

La memoria de San Cucufate se mantuvo fresca en Barcelona y en toda la Península, según se manifiesta claramente en las palabras de Prudencio, citadas al principio, y en los breves elogios de los martirologios. Desde el siglo VIII existió en el Castro Octaviano, un monasterio dedicado a San Cucufate (o San Cugat), de quien se suponía que se conservaban las reliquias. Sin embargo, conforme a una tradición, la cabeza había sido llevada a Francia. Este monasterio de San Cugat recibió su forma definitiva en los siglos XII y XIII y se conservó hasta la supresión general de 1835. El edificio se puede admirar todavía en nuestros días.

Son curiosas, por otra parte, las noticias que sabemos sobre los recuerdos de San Cucufate en Francia. En efecto, consta que Fulrado, abad del monasterio de San Dionisio, se procuró algunas reliquias de San Cucufate y las depositó en un monasterio fundado por él en Alsacia. Su nombre antiguo era La Celle-de-Fulrad; pero se cambió entonces con el de San Cucufate. Pero el año 835 el abad Hildnin hizo llevar estas reliquias a San Dionisio, de París. De hecho, consta que desde el siglo IX la devoción a San Cucufate se extendió por los alrededores de París. En las proximidades de Rucil, en medio del bosque, hay un pequeño lago que ostenta el nombre de Saint Cucufat. Según algunos investigadores, hubo allí en otros tiempos una capilla dedicada al Santo, de la que todavía en el siglo XVIII se conservaba la memoria, acudiendo el pueblo para ciertas peregrinaciones. Se le designaba con el nombre transformado de Saint Quiquenfat. Otros nombres vecinos de Guinelat, Conat y Coplian son interpretados como recuerdos de San Cugat.

sábado, 24 de julio de 2021

Reflexión del 24/07/2021

 

Lecturas 24/07/2021

 



En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todas las palabras del Señor y todos sus decretos; y el pueblo contestó con voz unánime: «Cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor».
Moisés escribió todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes de los hijos de Israel ofrecer al Señor holocaustos e inmolar novillos como sacrificios de comunión. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomó el documento de la alianza y se lo leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió: «Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos».
Entonces Moisés tomó la sangre y roció al pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras».


En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».

Palabra del Señor.

24 de Julio - Beato Rogaciano (Ignacio González Calzada)

En territorio de la Arquidiócesis de Madrid, España, Beatos Alberto María Marco y Alemán y 8 compañeros de la Orden de los Carmelitas de la Antigua Observancia; Agustín María García Tribaldos y 15 compañeros del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, asesinados por odio a la fe. († 1936-1937)

Ignacio González era hijo de una familia manifiestamente cristiana, tan independiente en las muestras da su piedad que, no sólo en la intimidad del hogar, sino en medio de sus trabajos en el campo, elevaban su Corazón a Dios antes y después de su jornada. "¡Cuántas veces, nos refiere un Hermano íntimo amigo de la familia, me ha edificado el ver al pequeño Ignacio rezando el Rosario con su padre al volver del campo antes da llegar a su casa!" ¿No había de tener este chico privilegiado disposiciones para abrazar la Regla Lasallista, qua prescribía tan santa práctica?

EI Padre celestial se complace en hacer germinar, entre los miembros de estas familias patriarcales, la vocación religiosa, acogida como bendición divina por estas sencillas y honradas gentes del campo, abiertas generalmente a las realidades da la vida sobrenatural. No nos extraña pues ver a Ignacio encaminarse al Noviciado da Bujedo, preparado a superar todas las consecuencias de su decisión y del camino que ahora elegía.

Tenía diez y siete años cumplidos cuando traspasó las puertas de esta Casa de Formación, en la que iba a iniciarle en la práctica de la vida religiosa. Se le concedió pasar algún tiempo en el Noviciado Menor para hacerle menos penoso el cambio de ambiente. En este corto espacio de tiempo, el Hno. Director y los Profesores se dieron pronto cuenta de las hermosas cualidades del Aspirante, como también de su escasa memoria, que le dificultaba dedicarse al estudio y, en consecuencia, a la docencia. Por otra parte le caracterizaba un gran sentido común y notable predisposición a la humildad, la piedad, la obediencia y la abnegación, esenciales a todo Aspirante a la vida religiosa.

El 4 de Agosto de 1902 se revestía con el hábito y tomaba el nombre de Hermano Rogaciano. Este tiempo de probación le resultó de lo más agradable, por su facilidad en los trabajos y en los ejercicios de este período de probación. Se plegaba con meticulosa docilidad a todas las indicaciones de sus formadores con ciega confianza en ellos. Así comprobó la verdad de estas palabras de la Sagrada Escritura: "Es bueno para el hombre llevar el yugo del Señor desde la juventud" (Lam 3, 27)

En medio de tanto fervor como es el del Noviciado, resulta difícil destacarse de los demás por la generosidad en el cumplimiento del deber diario. Y, con todo, el Hno. Catequista de entonces recuerda los actos de humildad y mortificación del piadoso Novicio, cuando en los sábados y en las fiestas de la Santísima. Virgen comía de rodillas en el refectorio o besaba los pies de sus condiscípulos, pidiéndoles a continuación pan de limosna.

Se realizaban entonces en Bujedo grandes trabajos para acomodar la casa, con vistas a recibir numeroso personal, si los Hermanos eran expulsados de Francia por el anticlericalismo allí reinante. Todo el personal, según sus medios, debía contribuir a cavar cimientos, retirar de la casa los escombros, etc. Con tal ardor se entregaba el Hno. Rogaciano al trabajo, que su semblante normalmente pálido se teñía de hermoso color rosado.

En el mes de Abril de 1905 tuvo la alegría de ver ingresar en el Noviciado a su hermano más pequeño, ofrecido a Dios por la familia con la misma generosidad que lo había hecho con el mayor. El Hermano Rogaciano se inició en faenas culinarias en la Comunidad del Sdo. Corazón, en Jerez, donde le envió la obediencia a su salida de Bujedo. Con puntualidad y abnegación, dignas de atraerle mirada del que se complace en la humildad de sus siervos, se esforzaba en agradar a los Hermanos y darles ejemplo de integra vida religiosa.

Cuidaba de no inmiscuirse en asuntos que no fueran de su competencia y guardaba el silencio exactamente. Si tenía que hablar con alguien, lo hacía de acuerdo con la Regla. Enemigo de discusiones, cedía fácilmente ante quien le contradecía. Cuando, por una visita imprevista, se veía obligado a un trabajo suplementario fuera de la comida, aún durante la noche, se guardaba bien de manifestar el menor disgusto; al contrario, servía a los huéspedes con alegría, animándoles a recuperarse de las fatigas del viaje

Este religioso mortificado soportaba en lo posible las molestias inherentes a sus enfermedades y se entregaba al cumplimiento de su deber con la mayor perfección posible. Lo que más le costaba, dado su reumatismo, era abrillantar los pisos y subir y bajar las escaleras. Cuando los Hermanos, al verle desbordado en su trabajo, querían ayudarle eficazmente, el humilde cocinero se lo agradecía confuso y les prometía una decena de avemaría a su intención.

Su principal virtud parece haber sido la piedad, pero una piedad profunda e intensa. Con frecuencia era sorprendido por los Hermanos, ante un crucifijo, con lágrimas en los ojos. Si las marmitas podían ser abandonadas sobre el fogón un momento, acudía al lugar santo para ofrecer al Divino Maestro sus trabajos, su reumatismo y las fatigas apostólicas de los Hermanos en las clases. Le exponía igualmente al Señor las necesidades del Instituto y le pedía por la Salvación de las almas.

Permaneció en la comunidad de Santa Susana, en Madrid, catorce años. ¿No tiene algo de prodigio pasar treinta años en tal oscuridad y sujeción a humildes ocupaciones y estar siempre en todos los momentos alegre, siempre amable y servicial?

El abnegado Hermano pasó los dos años últimos de su vida en la comunidad de Las Peñuelas, barrio obrero madrileño, como el de Puente Vallecas. En 1936 fueron varias veces insultados y groseramente maltratados en las calles por pobres gentes ganadas por el marxismo. La situación empeoró después de las elecciones de Febrero. La persecución estaba en el ambiente cuando el movimiento revolucionario estalló en España. Los Hermanos de Peñuelas fueron atacados sin piedad.

Se afirma que el Hno. Rogaciano fue asesinado al momento de ser detenido, el 24 de julio de 1936. Fiel en lo poco, permaneció ciertamente fiel en lo grande y hasta el supremo sacrificio. Sin duda, Dios pagó gran salario a tan valeroso servidor. Falleció a los 51 años, 35 de vida religiosa y 22 de profesión perpetua.

viernes, 23 de julio de 2021

Reflexión del 23/07/2021

 

Lecturas 23/07/2021

 



Hermanos: Yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios.
Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí.
Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

Palabra del Señor.

23 de Julio - San Apolinar de Rávena

Los antiguos martirologios transmiten la noticia de que San Apolinar fue el primer obispo de Ravena, en el norte de Italia, y que murió mártir, según parece, a fines del siglo II. Pero estas mismas noticias y otras que sobre él se nos transmiten están envueltas en el misterio y rodeadas de multitud de leyendas.

Lo más seguro respecto de este Santo, tan celebrado por otra parte en la antigüedad, es lo siguiente:

San Pedro Crisólogo, obispo de Ravena en la segunda mitad del siglo V (432-452), nos dice en el sermón 128 que Apolinar fue el primer obispo de Ravena y el único mártir de la ciudad. Ahora bien, especificando algo más el concepto de martirio de este Santo, nos comunica a través de ponderaciones oratorias que, de hecho, no murió por efecto de los tormentos y con la efusión de su sangre, por lo cual no podía ser considerado con rigor como mártir. Sin embargo, añade que los trabajos que tuvo que sufrir en el gobierno de su iglesia y la paciencia que mostró en todos ellos, que a veces llegó a la efusión de sangre, permiten considerarle en nada inferior a los mártires. En efecto, según dice él estuvo siempre dispuesto al supremo sacrificio y a punto de ser sacrificado cuando se dejó convencer por las oraciones de su grey, y quedó todavía algún tiempo en este mundo, difiriendo el cumplimiento de sus deseos.

Tales son las noticias que, en substancia, nos comunica San Pedro Crisólogo sobre San Apolinar. Por otra parte, según una fórmula de juramento usada en Ravena desde fines del siglo VI, transcrita por San Gregorio, aparece claramente que entonces se daba comúnmente a San Apolinar el título de mártir. Por lo demás, los martirologios posteriores, a partir de este tiempo, transmiten constantemente la noticia de que San Apolinar de Ravena murió mártir.

Asimismo se admite generalmente que San Apolinar es el obispo más antiguo y Ravena la primera diócesis de la alta Italia. Así lo atestiguan F. Savio en sus investigaciones sobre los obispados de la Lombardía y Harnack en su célebre estudio Sobre la extensión del cristianismo en el siglo III. Ambos suponen que San Apolinar gobernó la diócesis de Ravena en la segunda mitad del siglo II. Por otra parte, tanto de las expresiones de San Pedro Crisólogo y de San Gregorio Magno como de otras de Fortunato en su Vida de San Martín, se deduce que el cuerpo de San Apolinar era venerado en Ravena.

Y con esto entramos en terreno plenamente histórico, del que poseemos abundantes noticias. A partir del siglo VI San Apolinar se constituye en un santo sumamente venerado en la Edad Media, a medida que la ciudad de Ravena iba ganando en significación, estableciendo una verdadera competencia con Roma. Consta, en efecto, que ya desde el año 500 San Apolinar goza de gran veneración en toda la llanura del Po, por lo cual su nombre es incluido en el canon del rito ambrosiano. Durante el gobierno del obispo de Ravena, Ursicino (534-538), se construye en honor de San Apolinar una iglesia en Classe, en las afueras de la ciudad. Un rico banquero llamado Julián contribuye a su extraordinaria magnificencia, y su consagración, verificada con gran pompa en 549 por el obispo Maximiano, marca el principio de una nueva era para Ravena; pues, realizada por Justiniano I (527-565) la conquista del sur y centro de Italia y constituida Ravena en capital de este territorio bizantino, se inicia el período de grandeza de esta ciudad. Desde entonces una de sus tendencias es ofuscar en lo posible la grandeza de Roma, a lo cual contribuyen eficazmente los emperadores bizantinos desde el Oriente, con su constante oposición a los Romanos Pontífices.

Ahora bien, una de las bases sobre la cual se funda la exaltación de Ravena en competencia con Roma es su primer obispo San Apolinar y la gran basílica levantada en su honor en Classe. Por eso, como Roma posee en la basílica Constantiniana el venerado sepulcro de su primer obispo, San Pedro, también se comienza a honrar con gran veneración el sepulcro de San Apolinar, llevado con gran pompa por el obispo Maximiano a la nueva basílica, trasladándolo a ella juntamente con el sarcófago o arca primitiva. Así lo atestigua una inscripción, conservada todavía en nuestros días en la nave lateral. Por ella se puede comprobar este doble hecho: por una parte, la presencia del cuerpo de San Apolinar en la nave lateral de la basílica, y, por otra, la traslación del mismo verificada por el obispo Maximiano.

Sobre esta base, pues, se continuó trabajando por la grandeza de Ravena y de su primer obispo, San Apolinar. Como los emperadores bizantinos dominaban en Roma, erigieron dos capillas en la misma basílica de San Pedro en honor de San Apolinar: la primera, ya a principios del siglo VI; la segunda, entre los años 625 y 638. Se trataba, pues, de introducir en Roma misma el culto de San Apolinar. Entretanto continuaba el esfuerzo que hacía Ravena por enaltecer la veneración del Santo. Así, su obispo Mauro (642-671) verificó un nuevo traslado de su sarcófago, colocándolo en el centro de la iglesia y esculpiendo sobre láminas de plata la historia del mártir, y, como complemento de toda esta campaña de exaltación de San Apolinar, surgió en este tiempo la leyenda en torno suyo, la Pasión de San Apolinar.

Es interesante, para conocer el espíritu del tiempo, considerar la facilidad con que se introdujeron en el ambiente popular los rasgos del patrono de Ravena, claramente legendarios.

En efecto, según esta Pasión, Apolinar era uno de los discípulos de San Pedro y con él vino de Antioquía a Roma en tiempo del emperador Claudio (41-54). Enviado, pues, por el Príncipe de los Apóstoles para predicar el Evangelio en Ravena, se dirigió a esta ciudad, donde obró estupendos milagros, con los cuales se convencieron sus habitantes de la misión divina que les traía. De este modo recibieron el bautismo muchos de ellos, en particular un tribuno muy influyente y un patricio llamado Bonifacio. Tan notables y numerosas conversiones exasperaron a los sacerdotes de los ídolos y a muchos fanáticos paganos, los cuales atormentaron inhumanamente al apóstol, por lo cual se vio forzado a ocultarse, después de doce años de fecunda labor en la ciudad.

Pasado algún tiempo emprendió una nueva campaña de apostolado, obrando grandes milagros, por lo cual un delegado del nuevo emperador, Nerón (56-68), empleó contra él toda clase de medios para inducirle a que abandonara el culto de Cristo y ofreciera incienso a Júpiter; de aquí pasó a las amenazas; mas, viendo que ni los halagos ni las amenazas lograban doblegar su férrea constancia, le hizo azotar bárbaramente y aplicar otros tormentos, y, como no consiguiera rendirlo, le cargó de cadenas, y arrojó a un horrible calabozo, de donde partió poco después desterrado a Grecia.

Embarcado juntamente con otros tres clérigos, tuvo que sufrir una horrorosa tempestad; mas, llegado a Corinto, evangelizó la región de Misia, donde curó de la lepra a uno de sus reyezuelos, pero no pudo realizar muchas conversiones; siguió luego por las riberas del Danubio y entró en Tracia, donde obtuvo fruto más abundante; pero, enfurecidos contra él los adoradores de Serapis, le azotaron cruelmente y arrojaron en un bajel fuera de su territorio.

Vuelto entonces a Ravena, después de tres años de ausencia, fue recibido con gran entusiasmo por los cristianos, e inició con gran fervor una nueva etapa de predicación y conversiones, acompañadas de multitud de milagros. Pero, inesperadamente, fue arrebatado por un pelotón de paganos, los cuales le hicieron objeto de las mayores violencias, y, conduciéndole al templo de Apolo, le obligaron a adorarlo. Entonces el Santo, lejos de obedecerles, se puso en oración, y rápidamente el ídolo cayó al suelo hecho pedazos, con lo cual, enfurecidos los paganos, le condujeron al juez Taurus, exigiéndole que le condenara a muerte. Este quiso entonces poner en ridículo ante todo el mundo a aquel hombre, de quien tantas maravillas se contaban y tanto influjo ejercía en las masas. Así, pues, puso delante de él y de gran multitud del pueblo y de la nobleza reunida a un hijo suyo, ciego de nacimiento, y le intimó con toda solemnidad que, si le curaba, todos  creerían en él; de lo contrario, recibiría el castigo de sus imposturas.

Puesto, pues, Apolinar ante esta alternativa, hizo primeramente oración, y luego, invocando el nombre de Dios, devolvió la vista al niño. Ante tan estupendo milagro abrazó la fe cristiana gran multitud de espectadores y el mismo juez condujo al Santo a lugar seguro, donde pudo entregarse durante cuatro años a su obra de apostolado. Pero descubierto por fin por los fanáticos paganos y denunciado a Vespasiano (69-79), fue conducido a la cárcel y entregado a la custodia de un centurión; mas, como éste era cristiano, pudo evadirse; pero, apresado entonces por los Paganos, fue azotado y maltratado cruelmente, y, recogido por los cristianos, murió siete días después, el 23 de, julio del año 81.

Tal es, en conjunto, la Pasión de San Apolinar, que en el siglo VII encuentra ya su expresión definitiva y constituirá en adelante la base de la grandeza y veneración tributada al Santo. La grandeza y significación de Ravena frente a Roma van en aumento durante los siglos VI, y VII Al mismo ritmo crece la grandeza y veneración de San Apolinar, el apóstol y fundador de Ravena. La basílica de San Apolinar in Classe se convierte en el centro más concurrido de piedad y veneración. A las riquezas con que la embelleció desde un principio Justiniano I se añaden multitud de preciosos mosaicos y otras obras de arte, que la convierten en uno de los más preciosos monumentos de arte bizantino. En el siglo IX. Ocurre otra novedad. A la suntuosa iglesia que con el título de Jesucristo Salvador había erigido en Ravena el rey ostrogodo Teodorico el Grande, en torno al año 500, se le dio en este siglo nombre de San Apolinar el Nuevo y se la convierte en basílica más suntuosa y exuberante, y como el prototipo de la abigarrada ornamentación bizantina. Los preciosos mosaicos que cubren casi todas las paredes constituyen los mejores modelos de este estilo.

Ahora bien, ¿qué ha ocurrido con la basílica de San Apolinar in Classe? La explicación, es muy sencilla. Era el tiempo de las terribles incursiones de los sarracenos, y como Classe era el puerto de Ravena, su basílica estaba expuesta a la profanación y a la ruina. Por esto se fingió un traslado de la basílica de San Apolinar in Classe al interior de la población y se convirtió a la basílica de San Apolinar el Nuevo en el nuevo santuario de San Apolinar. De hecho, así quedaron las cosas desde entonces. Mas cuando, pasado el peligro, se quiso restaurar el culto y la significación de la primera basílica, se inició una verdadera rivalidad entre las dos basílicas de San Apolinar.

Para confirmar definitivamente sus derechos de preferencia la basílica de San Apolinar in Classe, hizo realizar un reconocimiento solemne de las reliquias del Santo en 1173 durante el pontificado de Alejandro III (1159-1181). De nuevo, en 1511, en tiempo de Julio II (1503-1513) se efectuó otro reconocimiento oficial al mismo tiempo que se renovaba el sepulcro del altar mayor.

Mas como los monjes de San Apolinar in Classe el siglo XVI, se trasladaran al monasterio de San Romualdo, de Ravena, lleváronse secretamente consigo las reliquias de San Apolinar. Entonces, pues, presentó una reclamación la catedral de Ravena, alegando que ella tenía más derecho a aquellas reliquias que los monjes de San Romualdo. Con esta ocasión la Sagrada Congregación de Ritos dispuso en el año 1654 que se restituyeran aquellas reliquias a la antigua basílica de San Apolinar in Classe.

Por otra parte, aun fuera de Ravena y las llanuras del Po es admirable la expansión que alcanzó durante la Edad Media el culto de San Apolinar. Así aparece en un estudio reciente, no sólo en lo que se refiere a Italia, sino también a otros territorios. Así, para no citar más que unos pocos ejemplos: la importante sede metropolitana de Reims; el Apolinarisberg, en Alemania, entre Coblenza y Bonn, cerca de Remagen; la abadía de Burtscheind, dedicada al Santo, cerca de Aquisgrán: la iglesia monástica de Michel-bach-le-Haut, en el alto Rhin.

Indudablemente, su culto alcanzó un gran esplendor entre los siglos VI y IX, y es una de las manifestaciones la rivalidad entre Ravena y Roma. Pero, después de alcanzar su punto culminante, experimentó también su crepúsculo, si bien conservó siempre una relativa significación.

jueves, 22 de julio de 2021

Reflexión del 22/07/2021

 

Lecturas 22/07/2021

 



Esto dice la esposa: «En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma: lo buscaba y no lo encontraba.
“Me levantaré y rondaré por la ciudad, por las calles y las plazas, buscaré al amor de mi alma”.
Lo busqué y no lo encontré.
Me encontraron los centinelas que hacen la ronda por la ciudad: “¿Habéis visto al amor de mi alma?”
En cuanto los hube pasado, encontré al amor de mi alma».


El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice: « ¡María!».
Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!». Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto».

Palabra del Señor.

22 de Julio - Santa María Magdalena

Su nombre era: María, que significa "preferida por Dios". Su sobrenombre era: Magdalena, o sea: nacida en Magdala, una ciudad a la orilla del Mar de Galilea, o lago de Tiberiades. Esta mujer aparece cuatro veces en el Evangelio, así:

1) Los siete demonios. Lo primero que dice el Evangelio acerca de esta mujer, es que Jesús sacó de ella siete demonios (Lc. 8,2), lo cual es un favor grandísimo, porque una persona poseída por siete espíritus inmundos tiene que haber sido impresionantemente infeliz. Esta gran liberación obrada por Jesús debió dejar en Magdalena una gratitud profundísima.

Nuestro Señor decía que cuando una persona logra echar lejos a un mal espíritu, este se va y consigue otros siete espíritus peores que él y la atacan y así su segundo estado llega a ser peor que el primero (Lc. 11,24). Eso le pudo suceder a Magdalena. Y que enorme paz habrá experimentado cuando Cristo alejó de su alma estos molestos espíritus.

A nosotros nos consuela esta intervención del Salvador, porque a nuestra alma la atacan también siete espíritus dañosísimos: el orgullo, la avaricia, la ira, la gula, la impureza o lujuria, envidia, la pereza y quizás varios más. ¿Quién puede decir que el espíritu del orgullo no le ataca día por día? ¿Habrá alguien que pueda gloriarse de que el mal espíritu de la impureza no le ha atacado y no le va a atacar ferozmente? Y lo mismo podemos afirmar de los demás.

Pero hay una verdad consoladora: Y es que los espíritus inmundos cuando veían o escuchaban a Jesús empezaban a tembar y salían huyendo. ¿Por qué no pedirle frecuentemente a Cristo que con su inmenso poder aleje de nuestra alma todo mal espíritu?. El milagro que hizo en favor de la Magdalena, puede y quiere seguirlo haciendo cada día en favor de todos nosotros.

2) Se dedicó a servirle con sus bienes. Amor con amor se paga. Es lo que hizo la Magdalena. Ya que Jesús le hizo un gran favor al librarla de los malos espíritus, ella se dedicó a hacerle pequeños pero numerosos favores. Se unió al grupo de las santas mujeres que colaboraban con Jesús y sus discípulos (Juana, Susana y otras). San Lucas cuenta que estas mujeres habían sido liberadas por Jesús de malos espíritus o de enfermedades y que se dedicaban a servirle con sus bienes (Lc. 8,3). Lavaban la ropa, preparaban los alimentos; quizás cuidaban a los niños mientras los mayores escuchaban al Señor; ayudaban a catequizar niños, ancianos y mujeres, etc...

3) Junto a la cruz. La tercera vez que el Evangelio nombra a Magdalena es para decir que estuvo junto a la cruz, cuando murió Jesús. La ausencia de hombres amigos junto a la cruz del Redentor fue escandalosa. Sencillamente no se atrevieron a aparecer por ahí. No era nada fácil declararse amigo de un condenado a muerte. El único que estuvo junto a él fue Juan. En cambio las mujeres se mostraron mucho más valerosas en esa hora trágica y fatal. Y una de ellas fue Magdalena.

San Mateo (Mt. 27,55), San Marcos (Mc. 15, 40) y San Juan (Jn. 19, 25) afirman que junto a la cruz de Jesús estaba la Magdalena. En las imágenes religiosas de todo el mundo los artistas han pintado a María Magdalena junto a María la Madre de Jesús, cerca de la cruz del Redentor agonizante, como un detalle de gratitud a Jesús.

4) Jesús resucitado y la Magdalena. Uno de los datos más consoladores del Evangelio es que Jesús resucitado se aparece primero a dos personas que habían sido pecadoras pero se habían arrepentido: Pedro y Magdalena. Como para animarnos a todos los pecadores, con la esperanza de que si nos arrepentimos y corregimos lograremos volver a ser buenos amigos de Cristo.

Los cuatro evangelistas cuentan como María Magdalena fue el domingo de Resurrección por la mañana a visitar el sepulcro de Jesús. San Juan lo narra de la siguiente manera:

"Estaba María Magdalena llorando fuera, junto al sepulcro y vio dos ángeles donde había estado Jesús. Ellos le dicen: - ¿Mujer, por qué lloras? - Ella les responde: - Porque se han llevado a mi Señor, y no sé donde lo han puesto.

Dicho esto se volvió y vio que Jesús estaba ahí, pero no sabía que era Jesús.

Le dice Jesús: - ¿Mujer por qué lloras? ¿A quién buscas?

Ella, pensando que era el encargado de aquella finca le dijo: - Señor, si tú lo has llevado, dime donde lo has puesto, yo me lo llevaré.

Jesús le dice: '¡María!'

Ella lo reconoce y le dice : '¡Oh Maestro!' (y se lanzó a besarle los pies).

Le dijo Jesús: - Suéltame, porque todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: 'Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios a vuestro Dios'.

Fue María Magdalena y les dijo a los discípulos: - He visto al Señor, y me ha dicho esto y esto." (Jn. 27, 11).

Esta mujer tuvo el honor de ser la encargada de comunicar la noticia de la resurrección de Jesús.

miércoles, 21 de julio de 2021

Reflexión del 21/07/2021

 

Lecturas 21/07/2021

 



Toda la comunidad de los hijos de Israel partió de Elín y llegó al desierto de Sin, entre Elín y Sinaí, el día quince del segundo mes después de salir de Egipto.
La comunidad de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: « ¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad».
El Señor dijo a Moisés: «Mira, haré llover pan del cielo para vosotros: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi instrucción o no. El día sexto prepararán lo que hayan recogido y será el doble de lo que recogen a diario».
Moisés dijo a Aarón: «Di a la comunidad de los hijos de Israel: “Acercaos al Señor, que ha escuchado vuestras murmuraciones”».
Mientras Aarón hablaba a la comunidad de los hijos de Israel ellos se volvieron hacia el desierto y vieron la gloria del Señor que aparecía en una nube.
El Señor dijo a Moisés: «He oído las murmuraciones de los hijos de Israel. Diles: “Al atardecer comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor Dios vuestro”».
Por la tarde, una bandada de codornices cubrió todo el campamento; y por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, como escamas, parecido a la escarcha sobre la tierra. Al verlo, los hijos de Israel se dijeron: « ¿Qué es esto?».
Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: «Es el pan que el Señor os da de comer».


Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.
Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga».

Palabra del Señor.
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