domingo, 27 de diciembre de 2020
Lecturas Diarias
El Señor honra más al padre que a los hijos y afirma el derecho de las madres sobre ellos.
Quien honra a su padre expía sus pecados, y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros.
Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos y cuando rece, será escuchado.
Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien honra a su madre obedece al Señor.
Hijo, cuida de tu padre en su vejez y durante su vida no le causes tristeza.
Aunque pierda e juicio, sé indulgente con él y no lo desprecies aun estando tú en peno vigor.
Porque la compasión hacia el padre no será olvidada y te servirá para reparar tus pecados.
Hermanos:
Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad humildad, mansedumbre y paciencia.
Sobre llevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro.
El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta.
Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo.
Sed también agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.
Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.
Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.
Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.
Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor.
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.
Palabra del Señor.
Beato Odoardo Focherini
Nació en Carpi (Módena, Italia) en el seno de una familia de trabajadores. En 1924, todavía veinteañero, fue uno de los fundadores de “l’Aspirante”, el primer diario católico para niños, que fue el medio de contacto nacional entre los chicos de la Acción Católica en Italia. En el 1936 era Presidente del Acción Católica diocesana. En 1937, el papa Pío XI, le concedió la cruz de Caballero de San Silvestre.
Durante unas vacaciones en Val de Non (Trento), conoció a María Marchesi, de la que se enamoró, y los dos jóvenes, unidos de la misma visión cristiana de la vida, se casaron en 1930, y del matrimonio nacerían 7 hijos.
Trabajó en la Sociedad Católica de Seguros de Verona como inspector para la zona de Carpi, Ferrara, Udine y Pordenone; en el poco tiempo libre que le quedaba se dedicaba a las actividades apostólicas, como conferencias sociales y religiosas, congresos eucarísticos diocesanos y guía de una sociedad ciclista. También en aquellos años promovió el movimiento scout en Carpi; fue un cronista atento y escrupuloso para la diócesis de Carpi en el diario católico ”L’Avvenire d’Italia” y “L'Osservatore Romano della Domenica”. El apostolado de la prensa le llevó a aceptar, en 1939, otro trabajo importante, director administrativo del diario L´Avvenire, entonces con sede en Boloña, siempre abandonado en la fe en Dios y en la amistad fraterna con el director Raimundo Manzini.
En 1938, Focherini contrató en «L’Avvenire» al periodista judío Giacomo Lampronti, despedido a causa de las leyes raciales. Cuando estalló la II Guerra Mundial, organizó con otros, en la curia episcopal de Módena y Carpi y en su casa de Mirandola, una oficina de contacto con los soldados que estaban en el frente o dispersos.
En el año 1942, con el consentimiento de su mujer, empezó su labor en favor de los judíos, cuando el Cardenal de Génova, le encargó el cuidado de dos judíos llegados desde Polonia. De esta manera comienza a inmiscuirse cada vez más en el sufrimiento de las víctimas de la persecución nazi, y junto con el sacerdote, Don Sala, y a través de contactos con personas de confianza, teje una red de ayuda organizada para asegurar cartas de identidad en blanco y rellenarlas con datos falsos para llevar a los perseguidos a los confines de Suiza.
En 1943 consigue los primeros documentos para su amigo, de origen judío, Giacomo Lampronti y su familia. El hecho llega a ser muy conocido entre la comunidad judía y cientos de ellos se dirigieron al periodista y al sacerdote en busca de ayuda. Como alma de la organización, Focherini contactaba con las familias, conseguía los documentos desde las sinagogas, buscaba financiación y proporcionaba documentación falsa.
Sin embargo, pese a la cautela de sus actuaciones los nazis recibieron información sobre su labor por lo que, en primer lugar, fue detenido el sacerdote, más tarde puesto en libertad.
Mientras tanto, Focherini seguía con su labor caritativa. El 11 de marzo de 1944 fue arrestado en el hospital de Carpi mientras organizada la fuga del paciente Enrico Donati, el último judío al que consiguió ayudar a escapar. Había conseguido salvar a 100 judíos. Primero fue interrogado ante las SS en Bolonia y más tarde trasladado a una prisión.
"No te expongas, piensa en tus hijos"
Durante una visita a prisión de su cuñado, éste le dijo: "Ten cuidado, quizá te estás exponiendo demasiado, ¿no piensas en tus hijos?". Sin embargo, la respuesta de Odoardo fue la siguiente: "Si tú hubieras visto lo que he visto yo en esta cárcel, todo lo que hacen padecer a los judíos, lo único que lamentarías es no haber hecho lo suficiente por ellos, y no haberlos salvado en mayor número". Aquí comenzó a escribir cartas a su familia, que llegaron a ser 166 cartas y que constituyen un precioso documento histórico y de conocimiento de su ánimo profundamente cristiano y de su unión con la familia.
De la cárcel de San Giovanni in Monte en Fossoli fue trasladado al campo de concentración de Gries, en Bolzano, después a Alemania, primero en el campo de Florssernburg, y finalmente de Hersbruck, subcampo de Flossenburg. Allí sufrió hasta la extenuación con maratonianas y durísimas jornadas de trabajo. En una de ellas sufrió una herida en una pierna y ante la falta de atención sanitaria contrajo una septicemia y murió a la edad de 37 años.
Antes de morir pudo escribir dos cartas a su familia. "A mis siete hijos... quisiera verlos antes de morir... sin embargo acepta, Señor, también este sacrificio y custódialos tú, junto a mi mujer, a mis padres, y a todos mis seres queridos", decía en una de ellas.
Además, escribía: "Declaro morir en la más pura fe católica, apostólica, romana y en plena sumisión a la voluntad de Dios, ofreciendo mi vida en holocausto por mi diócesis, por la Acción Católica, por el Papa y por el retorno de la paz al mundo. Os ruego decir a mi mujer que la he sido siempre fiel, he pensado siempre en ella, y la he amado siempre intensamente". Su mujer, María, no supo la noticia hasta una vez terminada la guerra.
En 1969 fue inscrito en el libro de los "Justos entre las naciones" en el memorial Yad Vashem de Jerusalén. Esta desinteresada actividad, ha merecido que la Unión de las Comunidades Israelitas de Italia le concedan su medalla de oro a la memoria. Uno de los nietos de Focherini recuerda ahora que "uno de los judíos a los que salvó dijo que ‘somos milagros de Odoardo Focherini’ y siempre lo consideraron su salvador y ángel. Su prójimo fue su familia y los judíos". Fue beatificado por el papa Francisco el 15 de junio de 2013.
sábado, 26 de diciembre de 2020
Lecturas Diarias
En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba.
Oyendo sus palabras, se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie de pie a la derecha de Dios, y dijo: «Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios»
Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu».
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«¡Cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa; para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles.
Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.
El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán.
Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará».
Palabra del Señor.
Beato Segundo Pollo
En el lugar llamado Dragali, en Montenegro, beato Segundo Pollo (Secondo Pollo), presbítero de Vercelli, que ejerciendo de capellán castrense durante la guerra, al asistir a un soldado moribundo fue herido, y poco después murió desangrado.
Nació en Caresanablot (Vercelli), en el seno de una familia de campesinos. Fue alumno de La Salle, que contribuyeron a su formación religiosa. Apoyado por su párroco, ingresó en 1919, en el seminario diocesano, luego pasó a Roma al seminario lombardo doctorándose en Teología y Filosofía. Fue ordenado sacerdote en 1931.
Fue destinado al seminario menor de Monerivello, al tiempo que ejercía de capellán de dos aldeas. Luego fue profesor del seminario mayor y consiliario diocesano de la Acción Católica de jóvenes. En 1940 y antes de su incorporación al ejército como capellán, fue cura encargado de las parroquias de Caresanablot y Larizzate. Fue también confesor de varios colegios, rector diocesano de la Unión Apostólica de Sacerdote, capellán de la cárcel de mujeres y ejerció un amplio apostolado auxiliando a los sacerdotes que lo llamaban para predicar en sus parroquias.
Comprendiendo el bien espiritual que podía hacer a los jóvenes soldados, accedió al nombramiento de capellán castrense, siendo asignado a la tercera legión de los Alpinos, llamada “Val Chisone”. Se dedicó totalmente al bien y al servicio de los soldados, de los que pronto fue su amigo y compañero.
Su muerte fue en el cumplimiento de su ministerio. Después de celebrar con los soldados la Navidad, en un ataque enemigo, fue atender a un soldado moribundo y, mientras le consolaba y le administraba los sacramentos, una bala puso fin a su vida. Le fue concedida la cruz de plata al valor militar. Fue beatificado el 23 de mayo de 1998 por san Juan Pablo II.
viernes, 25 de diciembre de 2020
LA FIESTA DE NAVIDAD
Para cumplir el decreto de Augusto, para inscribirse en los registros públicos, José el carpintero, acompañado de María, su esposa, abandona su casita de Nazaret. Cuatro días de marcha, desde las montañas de Zabulón hasta el corazón de la Judea. Azotado el rostro por el viento afilado del Líbano, heridos los pies por la aspereza de los caminos helados. Primero, las llanuras de Esdrelón, que les dejaba en los límites dc Samaria; después En-Gannim, Siquem... Pasan al lado de las torres de Sión, y algo después divisaban las primeras casas de Belén, la ciudad de David. Allí se dirigían los dos nazarenos, porque ambos eran "de la casa y familia de David, que mil años antes había apacentado sus rebaños en los campos betlemitas. Atravesaron el valle fértil donde estuvo en otro tiempo el dominio de Booz y de Jessé, subieron una colina blanca y suave, y en el momento en que agonizaba la tarde, se detuvieron delante del Khan, un edificio rodeado de soportales, con un gran patio central, donde se amontonaban las caballerías. La gente gritaba, discurría ligera de un lado a otro, se saludaba a voz en cuello, cantaba, bromeaba. José abrió se pasó entre la multitud no sin prever una desagradable acogida. "María, encinta— pensaba—; y esto parece atestado de extranjeros." Y así fue; una y otra vez le dijeron "que no había lugar para ellos". Insistió, suplicó; todo inútil.
Allí, cerca de la posada, abierta en la montaña calcárea, le señalaron una gruta que estaba habilitada para establo. Es el único refugio que pudieron encontrar los dos viajeros de Nazaret. En él, desprovista de toda asistencia, en una noche de invierno, entre el mirar asustadizo de las mansas bestias, llegó le a María la hora de dar a luz, y al filo de la medianoche, de una noche fría y oscura, nació el que es "la luz del mundo". Un albergue pobre, destartalado y lleno de telarañas fue el primer palacio de Jesús en la tierra; un pesebre sucio, su primera cuna; un asno y un buey, según la vieja tradición, los que le calentaron con su aliento. "Y Maria —dice San Lucas---le envolvió en pañales y le reclinó en un pesebre."
Y adoró a su hijo como a Dios. No conoció en su parto las miserias de las hijas de Adán. Dio a luz sin sentir el dolor, consecuencia del pecado. Y sin perder privilegio de su virginidad intacta. Jesús, dice San Jerónimo, se desprendió de ella como el fruto maduro se separa de la rama que le ha comunicado su savia: sin esfuerzo, sin angustia, sin agotamiento. "Virgen antes del parto, en el parto y después del parto", dice San Agustín.
El mundo no sabe que acaba de realizarse el más grande acontecimiento de la Historia. Es el Cielo quien viene a decírselo y a poner una luz ultraterrena en aquel nacimiento humilde. Al oriente de Belén, camino del mar Muerto, se extiende una verde llanura, donde antaño se elevaba "la torre del rebaño", junto a la cual plantó su tienda Jacob para llorar a su amada Raquel. Por aquellos campos espigaba Ruth. Ahora, una iglesia, escondida entre olivos, señala allí el lugar sobre el cual se abrieron las nubes para dejar ver una nueva luz.
"Un grupo de pastores—dice San Lucas—guardaba sus ganados y velaba durante la noche. De pronto, el ángel del Señor se les apareció, la gloria del Señor les rodeó de luz y fueron poseídos de un santo temor." Un hijo de Israel no podía ver un rayo de gloria que caía del cielo, sin recordarle los rayos de Jehová, a quien no se podía ver sin morir. Pero el ángel les tranquilizó diciendo: "No temáis; os anuncio una gran alegría para vosotros y para todo el pueblo. Cerca de aquí, en la ciudad de David, acaba de naceros un Salvador, el Cristo, el Señor, y ésta es la señal que os doy: encontraréis un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre."
La noticia era extraña; el Mesías que aguardaba Israel, recostado en el heno; el descendiente de David, abrigado en una caverna. En el segundo siglo de nuestra era decía el hereje Marción: "Quitadme esos lienzos vergonzosos y ese pesebre indigno del Dios a quien yo adoro." En vano contestará Tertuliano "que nada es más digno de Dios que salvar al hombre y pisotear las grandezas transitorias, juzgándolas indignas de Si y de los hombres." De siglo en siglo, hombres soberbios repetirán el grito del padre de los gnósticos ante la humillación del Verbo encarnado. Pero no era a los potentados de Jerusalén, ni a los doctores del templo, a quienes se dirigía el mensaje divino, sino a los pobres, a los sencillos, a los aldeanos. Sus almas sin doblez se abrieron a las palabras del ángel, sus ojos a las claridades del cielo. Pronto se dieron cuenta de que el mensajero no estaba sólo: un coro de espíritus resplandecientes le rodeaba cantando el himno cuyo eco resuena en todas las basílicas del mundo: "Gloria a Dios en las alturas, y paz sobre la tierra a los hombres amados de Dios." Maravillados por el misterioso concierto, los pastores miraban hacia la altura, y cuando los últimos ecos se perdieron en la lejanía, echaron a andar, diciendo: "Vayamos a Belén y veamos este prodigio que el Señor nos anuncia.
Y a la escasa luz del establo vieron un hombre alegre y apenado, recogido y silencioso, y una mujer bella y joven que con solicitud amorosa se inclinaba sobre su Hijito, y un Niño que les miraba con sus profundos ojos abiertos, y ofrecía a sus besos sus carnes rosadas, delicadas y temblorosas. Era el signo que les había dado el ángel. Ellos le reconocieron y su fe se manifestó en transportes de gozo; contaron una y otra vez lo que les había acontecido en la majada, "y todos se admiraban al oír su relato", porque la gruta empezaba a llenarse de gente. Después de ofrecer lo poco que tenían: los blancos donativos del pastoreo, la leche. El queso, la lana y el cordero, que el amor y la fe hacían más preciosos que todos los tesoros del mundo, "se volvieron alabando y glorificando a Dios de todas las cosas que habían oído y visto, según les fuera anunciado". En medio de aquel ingenuo alborozo. Que se reproduce cada año en la más pura de las alegrías del mundo, la madre de Jesús callaba. "María conservaba todas estas cosas, rumiándolas en su corazón", hasta el día en que se las cuente a San Lucas, su pintor, su evangelista. Porque es ella, sin duda, quien le inspiró este relato, sobrio y tierno a la vez donde se descubre la mano de una virgen y el corazón de una madre.
Conservaba todas estas cosas y las revolvía en su corazón. ¿Quién, sino María, puede haber descubierto esta dulce intimidad? Sin embargo, es la actitud normal de una madre en presencia del hijo que le acaba de nacer. Aunque guarde un silencio, al parecer, indiferente, lo oye todo, lo ve todo. Con su mirada intuitiva ha tomado posesión del pequeñuelo y en el fondo de su alma está ya tejiendo la cadena de alegrías y tristezas que van a formar aquella vida palpitante que acaba de traer al mundo. Es Lucas, el médico, quien ha puesto de relieve esta nota característica de toda maternidad. En torno de toda cuna se alaban las gracias del recién nacido, se examinan sus rasgos, se felicita a la madre. Esto mismo sucedió en el pesebre de Belén. También los pastores, en medio de su rudeza, conocían ese vocabulario de diminutivos graciosos, de palabras amables, que brotan sin esfuerzo del corazón en presencia de un niño que acaba de nacer. Las generaciones cristianas celebrarán con músicas, pastorelas y villancicos los encantos del "pequeñuelo" que había anunciado Isaías. San Francisco invitará a cantar a sus frailes, y dará en este día doble pienso a la mula y al buey; Santa Teresa bailará con sus monjas en torno a un nacimiento al son de las castañuelas. Pero el primer villancico resonó en Belén.
También la liturgia, inclinándose, como María, sobre la cuna, observa al recién nacido, examina su fisonomía, le describe y le canta a semejanza de los pastores. ¡Qué alegría más profunda hay en su acento cuando anuncia al pueblo cristiano "que un niño les ha nacido, que un niño les ha sido dado"! Y luego, ¡cómo se extasía delante de este parvulillo, "que se ha vestido de hermosura", "que vence en belleza a todos los hijos de los hombres", "en cuyos labios se ha derramado la gracia", "cuyos ojos son más bellos que el vino, cuyos dientes tienen la blancura de la leche"! Pero al repasar sus textos nos damos cuenta de que la fiesta de Navidad no es sólo un idilio campestre con cantos angélicos y rumor de esquilas y flautas y zagales. Es un día que tiene tres misas, tres misas inundadas de luz, revestidas de grandeza, arreboladas de gloria y de majestad. No se olvida en ellas el pesebre de Belén; pero esta aparición en nuestra carne mortal trae al alma el pensamiento de otros nacimientos misteriosos. Es una trilogía sublime que comprende el drama de la redención del mundo: primer reverbero de Cristo en la eternidad, su comienzo en la tierra; su realización en el reino de Dios, El espíritu pasa de una idea a otra: de la eterna generación del Verbo a la visión deslumbrante de su encarnación; de la contemplación admirativa del Niño en los brazos de su Madre, al deseo ardiente de participar en la fuente de toda luz y toda alegría. "Tú eres mi Hijo—dijo el Señor—; hoy te engendré. María dio a luz a su Hijo y le colocó en el pesebre. Apareció la gracia de Dios Salvador nuestro a todos los hombres".
Navidad es la fiesta de un Rey que llega; es una marcha triunfal; es una grandiosa epopeya y la historia viviente de un reino que se realiza sin cesar; es, en una palabra, el drama de la verdadera luz. "La exultación—dice una secuencia antigua—estalla en el corazón de los creyentes. ¡Aleluya! Nuestro Rey sale de la puerta intacta. ¡Aleluya! Porque el mensajero del eterno consejo sale del seno de la Virgen como el sol de una estrella; sol que no tiene ocaso, estrella que nos alumbra con vivo resplandor, siempre más pura."
Allí, cerca de la posada, abierta en la montaña calcárea, le señalaron una gruta que estaba habilitada para establo. Es el único refugio que pudieron encontrar los dos viajeros de Nazaret. En él, desprovista de toda asistencia, en una noche de invierno, entre el mirar asustadizo de las mansas bestias, llegó le a María la hora de dar a luz, y al filo de la medianoche, de una noche fría y oscura, nació el que es "la luz del mundo". Un albergue pobre, destartalado y lleno de telarañas fue el primer palacio de Jesús en la tierra; un pesebre sucio, su primera cuna; un asno y un buey, según la vieja tradición, los que le calentaron con su aliento. "Y Maria —dice San Lucas---le envolvió en pañales y le reclinó en un pesebre."
Y adoró a su hijo como a Dios. No conoció en su parto las miserias de las hijas de Adán. Dio a luz sin sentir el dolor, consecuencia del pecado. Y sin perder privilegio de su virginidad intacta. Jesús, dice San Jerónimo, se desprendió de ella como el fruto maduro se separa de la rama que le ha comunicado su savia: sin esfuerzo, sin angustia, sin agotamiento. "Virgen antes del parto, en el parto y después del parto", dice San Agustín.
El mundo no sabe que acaba de realizarse el más grande acontecimiento de la Historia. Es el Cielo quien viene a decírselo y a poner una luz ultraterrena en aquel nacimiento humilde. Al oriente de Belén, camino del mar Muerto, se extiende una verde llanura, donde antaño se elevaba "la torre del rebaño", junto a la cual plantó su tienda Jacob para llorar a su amada Raquel. Por aquellos campos espigaba Ruth. Ahora, una iglesia, escondida entre olivos, señala allí el lugar sobre el cual se abrieron las nubes para dejar ver una nueva luz.
"Un grupo de pastores—dice San Lucas—guardaba sus ganados y velaba durante la noche. De pronto, el ángel del Señor se les apareció, la gloria del Señor les rodeó de luz y fueron poseídos de un santo temor." Un hijo de Israel no podía ver un rayo de gloria que caía del cielo, sin recordarle los rayos de Jehová, a quien no se podía ver sin morir. Pero el ángel les tranquilizó diciendo: "No temáis; os anuncio una gran alegría para vosotros y para todo el pueblo. Cerca de aquí, en la ciudad de David, acaba de naceros un Salvador, el Cristo, el Señor, y ésta es la señal que os doy: encontraréis un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre."
La noticia era extraña; el Mesías que aguardaba Israel, recostado en el heno; el descendiente de David, abrigado en una caverna. En el segundo siglo de nuestra era decía el hereje Marción: "Quitadme esos lienzos vergonzosos y ese pesebre indigno del Dios a quien yo adoro." En vano contestará Tertuliano "que nada es más digno de Dios que salvar al hombre y pisotear las grandezas transitorias, juzgándolas indignas de Si y de los hombres." De siglo en siglo, hombres soberbios repetirán el grito del padre de los gnósticos ante la humillación del Verbo encarnado. Pero no era a los potentados de Jerusalén, ni a los doctores del templo, a quienes se dirigía el mensaje divino, sino a los pobres, a los sencillos, a los aldeanos. Sus almas sin doblez se abrieron a las palabras del ángel, sus ojos a las claridades del cielo. Pronto se dieron cuenta de que el mensajero no estaba sólo: un coro de espíritus resplandecientes le rodeaba cantando el himno cuyo eco resuena en todas las basílicas del mundo: "Gloria a Dios en las alturas, y paz sobre la tierra a los hombres amados de Dios." Maravillados por el misterioso concierto, los pastores miraban hacia la altura, y cuando los últimos ecos se perdieron en la lejanía, echaron a andar, diciendo: "Vayamos a Belén y veamos este prodigio que el Señor nos anuncia.
Y a la escasa luz del establo vieron un hombre alegre y apenado, recogido y silencioso, y una mujer bella y joven que con solicitud amorosa se inclinaba sobre su Hijito, y un Niño que les miraba con sus profundos ojos abiertos, y ofrecía a sus besos sus carnes rosadas, delicadas y temblorosas. Era el signo que les había dado el ángel. Ellos le reconocieron y su fe se manifestó en transportes de gozo; contaron una y otra vez lo que les había acontecido en la majada, "y todos se admiraban al oír su relato", porque la gruta empezaba a llenarse de gente. Después de ofrecer lo poco que tenían: los blancos donativos del pastoreo, la leche. El queso, la lana y el cordero, que el amor y la fe hacían más preciosos que todos los tesoros del mundo, "se volvieron alabando y glorificando a Dios de todas las cosas que habían oído y visto, según les fuera anunciado". En medio de aquel ingenuo alborozo. Que se reproduce cada año en la más pura de las alegrías del mundo, la madre de Jesús callaba. "María conservaba todas estas cosas, rumiándolas en su corazón", hasta el día en que se las cuente a San Lucas, su pintor, su evangelista. Porque es ella, sin duda, quien le inspiró este relato, sobrio y tierno a la vez donde se descubre la mano de una virgen y el corazón de una madre.
Conservaba todas estas cosas y las revolvía en su corazón. ¿Quién, sino María, puede haber descubierto esta dulce intimidad? Sin embargo, es la actitud normal de una madre en presencia del hijo que le acaba de nacer. Aunque guarde un silencio, al parecer, indiferente, lo oye todo, lo ve todo. Con su mirada intuitiva ha tomado posesión del pequeñuelo y en el fondo de su alma está ya tejiendo la cadena de alegrías y tristezas que van a formar aquella vida palpitante que acaba de traer al mundo. Es Lucas, el médico, quien ha puesto de relieve esta nota característica de toda maternidad. En torno de toda cuna se alaban las gracias del recién nacido, se examinan sus rasgos, se felicita a la madre. Esto mismo sucedió en el pesebre de Belén. También los pastores, en medio de su rudeza, conocían ese vocabulario de diminutivos graciosos, de palabras amables, que brotan sin esfuerzo del corazón en presencia de un niño que acaba de nacer. Las generaciones cristianas celebrarán con músicas, pastorelas y villancicos los encantos del "pequeñuelo" que había anunciado Isaías. San Francisco invitará a cantar a sus frailes, y dará en este día doble pienso a la mula y al buey; Santa Teresa bailará con sus monjas en torno a un nacimiento al son de las castañuelas. Pero el primer villancico resonó en Belén.
También la liturgia, inclinándose, como María, sobre la cuna, observa al recién nacido, examina su fisonomía, le describe y le canta a semejanza de los pastores. ¡Qué alegría más profunda hay en su acento cuando anuncia al pueblo cristiano "que un niño les ha nacido, que un niño les ha sido dado"! Y luego, ¡cómo se extasía delante de este parvulillo, "que se ha vestido de hermosura", "que vence en belleza a todos los hijos de los hombres", "en cuyos labios se ha derramado la gracia", "cuyos ojos son más bellos que el vino, cuyos dientes tienen la blancura de la leche"! Pero al repasar sus textos nos damos cuenta de que la fiesta de Navidad no es sólo un idilio campestre con cantos angélicos y rumor de esquilas y flautas y zagales. Es un día que tiene tres misas, tres misas inundadas de luz, revestidas de grandeza, arreboladas de gloria y de majestad. No se olvida en ellas el pesebre de Belén; pero esta aparición en nuestra carne mortal trae al alma el pensamiento de otros nacimientos misteriosos. Es una trilogía sublime que comprende el drama de la redención del mundo: primer reverbero de Cristo en la eternidad, su comienzo en la tierra; su realización en el reino de Dios, El espíritu pasa de una idea a otra: de la eterna generación del Verbo a la visión deslumbrante de su encarnación; de la contemplación admirativa del Niño en los brazos de su Madre, al deseo ardiente de participar en la fuente de toda luz y toda alegría. "Tú eres mi Hijo—dijo el Señor—; hoy te engendré. María dio a luz a su Hijo y le colocó en el pesebre. Apareció la gracia de Dios Salvador nuestro a todos los hombres".
Navidad es la fiesta de un Rey que llega; es una marcha triunfal; es una grandiosa epopeya y la historia viviente de un reino que se realiza sin cesar; es, en una palabra, el drama de la verdadera luz. "La exultación—dice una secuencia antigua—estalla en el corazón de los creyentes. ¡Aleluya! Nuestro Rey sale de la puerta intacta. ¡Aleluya! Porque el mensajero del eterno consejo sale del seno de la Virgen como el sol de una estrella; sol que no tiene ocaso, estrella que nos alumbra con vivo resplandor, siempre más pura."
Lecturas Diarias
¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz, que anuncia la buena noticia, que pregona la justicia, que dice a Sión: «¡Tu Dios es rey!».
Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión.
Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, porque el Señor ha consolado a su pueblo, ha rescatado a Jerusalén.
Ha descubierto el Señor su santo brazo a los ojos de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios.
En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas.
En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos.
Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de la Majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles cuanto más sublime es el nombre que ha heredado.
Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: “Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy”,; y en otro lugar: “Yo seré para él un padre, y el será para mí un hijo”?
Asimismo, cuando introduce en el mundo al primogénito, dice: “Adórenlo todos los ángeles de Dios”.
En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios, y dl Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en las tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
Palabra del Señor.
Beata Elías de San Clemente (Teodora Fracasso)
En Bari, Italia, beata Elías de San Clemente, virgen de la Orden de los Carmelitas Descalzos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, que consagró su vida contemplativa por amor a Cristo al servicio de la Iglesia.
Se llamaba Teresa Fracasso. Nació en Bari, en el seno de una modesta familia. Desde el primer momento de su vida estuvo ordenada totalmente a Cristo. Su primera comunión la marcó profundamente, ya que la noche precedente vio en sueños a santa Teresa del Niño Jesús, que le predijo: "Serás monja como yo".
La vocación religiosa de Teodora comenzó a definirse con la ayuda del padre Pedro Fiorillo, o.p., su director espiritual, que la introdujo en la Tercera Orden Dominica, en la cual, admitida como novicia en 1914 con el nombre de Inés, hizo la profesión en 1915, con dispensa especial por tener sólo catorce años. Ejercitó una eximia caridad con sus prójimos, en especial con los obreros y los pobres.
A finales de 1917, Teodora decidió dirigirse al padre jesuita Sergio Di Gioia para pedir consejo, el cual, convertido en su nuevo confesor, después de un año, decidió encaminarla al Carmelo de San José.
Entró en la Orden de los Carmelitas Descalzos en 1920 y vistió el hábito el 24 de noviembre del mismo año, tomando el nombre de sor Elías de San Clemente. Emitió los primeros votos en 1921: "Sola a los pies de mi Señor crucificado —escribió—, lo miré largamente, y en aquella mirada vi que él era toda mi vida". Hizo la profesión solemne en 1925.
Eligió como modelo a Teresa del Niño Jesús, a la cual supo emular en la confianza filial, en el amor de Dios, en el trabajo, en la humildad y alegre servicio a la comunidad, con una obediencia perfecta. Se ofreció como víctima al amor misericordioso de Jesús e hizo voto de obrar siempre lo más perfecto, voto que escribió con sangre. Su camino, desde el inicio, no fue fácil. Ya en los primeros meses del noviciado había tenido que afrontar con gran espíritu de fe no pocas dificultades. Siempre observante de las Reglas y de los actos comunitarios, sor Elías pasaba gran parte de la jornada en su celda, dedicada a los trabajos de costura que se le encomendaban; la madre priora la nombró sacristana en 1927. Abrasada en caridad, identificada en cuerpo y alma con Cristo crucificado murió repentinamente de encefalitis aguda, como había predicho el día de Navidad.
Se llamaba Teresa Fracasso. Nació en Bari, en el seno de una modesta familia. Desde el primer momento de su vida estuvo ordenada totalmente a Cristo. Su primera comunión la marcó profundamente, ya que la noche precedente vio en sueños a santa Teresa del Niño Jesús, que le predijo: "Serás monja como yo".
La vocación religiosa de Teodora comenzó a definirse con la ayuda del padre Pedro Fiorillo, o.p., su director espiritual, que la introdujo en la Tercera Orden Dominica, en la cual, admitida como novicia en 1914 con el nombre de Inés, hizo la profesión en 1915, con dispensa especial por tener sólo catorce años. Ejercitó una eximia caridad con sus prójimos, en especial con los obreros y los pobres.
A finales de 1917, Teodora decidió dirigirse al padre jesuita Sergio Di Gioia para pedir consejo, el cual, convertido en su nuevo confesor, después de un año, decidió encaminarla al Carmelo de San José.
Entró en la Orden de los Carmelitas Descalzos en 1920 y vistió el hábito el 24 de noviembre del mismo año, tomando el nombre de sor Elías de San Clemente. Emitió los primeros votos en 1921: "Sola a los pies de mi Señor crucificado —escribió—, lo miré largamente, y en aquella mirada vi que él era toda mi vida". Hizo la profesión solemne en 1925.
Eligió como modelo a Teresa del Niño Jesús, a la cual supo emular en la confianza filial, en el amor de Dios, en el trabajo, en la humildad y alegre servicio a la comunidad, con una obediencia perfecta. Se ofreció como víctima al amor misericordioso de Jesús e hizo voto de obrar siempre lo más perfecto, voto que escribió con sangre. Su camino, desde el inicio, no fue fácil. Ya en los primeros meses del noviciado había tenido que afrontar con gran espíritu de fe no pocas dificultades. Siempre observante de las Reglas y de los actos comunitarios, sor Elías pasaba gran parte de la jornada en su celda, dedicada a los trabajos de costura que se le encomendaban; la madre priora la nombró sacristana en 1927. Abrasada en caridad, identificada en cuerpo y alma con Cristo crucificado murió repentinamente de encefalitis aguda, como había predicho el día de Navidad.
jueves, 24 de diciembre de 2020
VIGILIA DE NAVIDAD
Todo el Adviento es una búsqueda apasionada. Una noche obscura, ",con ansias, en amores inflamada", en la que palpita ya, lejanamente, la sombra sin tinieblas de la luz.
Pobre chiquilla desasosegada, la Iglesia se ha lanzado por los caminos y los desiertos. No puede lograr quietud. Se ve en abandono y en pobreza, masticando la piel amarga del desamparo. Falta en su casa el lustre de la vajilla bien compuesta, la blanca mantelería, el rincón con flores, la tarantela alegre de las mañanas con sol. Falta la ternura, la compañía.
A esta niña indigente la apoya sólo la esperanza. Le dieron, hace mucho tiempo, una palabra de amor. Le prometieron un Esposo que, librándola de toda villanía, habría de alzarla en un trono cubierta de rosas, encendida en belleza. Y ahora la niña—Iglesia se llama—ha salido en su busca. Lleva cuatro semanas de andadura.
¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste habiéndome herido: salí tras ti clamando, y eras ido.
Va preguntando en las posadas, en las chozas de los pastores, en las alquerías: "¿Sabéis algo de mi Amado?'' La niña ha encontrado pronto quien le haya dicho algo de Él. Isaías, un hombre de recia y bella palabra, que ha esbozado con emoción la hermosa figura del prometido. Y, unos días más tarde, un robusto muchacho, vestido de pieles y moreno de sol—Juan Bautista—, le ha dicho a la pequeña un recado amable: el Esposo está cerca. Ella va gritando enamoradamente: ¡Ven, ven, Adonai, palabra henchida de sabiduría, raíz de Jesé, llave de David, Oriente lleno de fulgor, rey de las gentes, deseado de los hombres, Emmanuel, Salvador!
El camino esta mañana ha sido propicio y grato. Han regalado los oídos de la niña con un mensaje suavísimo: Él está ya muy cerca; mañana lo verá. Ella ha brincado entre lágrimas dulces, sin poder contener el gozo. Y grita sin desmayo—¡que se enteren bien todos!—: hoy vais a saber una feliz nueva: que viene el Señor. Y mañana, mañana contemplaréis su esplendor. Salid todos a esperarle, hijos de los hombres. Llamadle Señor y Príncipe, Caudillo de la paz, Aurora de grandezas, Rey sin ocaso, Dominador, Fuerte, Dios.
Hay un gozo, el de la víspera, que muchas veces supera al de la fiesta. Sin duda, a causa de la incontrovertible fugacidad de las cosas. Montamos un tren que no se detiene. El hombre no sabe mirar más que adelante o, nostálgicamente, hacia atrás. El paisaje, estrictamente paralelo a la ventanilla, es reducido y, además, se escapa pronto, como perseguido por un toro. Lo que pasó se va hundiendo en la lejanía; lo que llega, pronto caerá también al saco del recuerdo; lo que no llegó es perspectiva grata. La víspera, más sutilmente gozosa que la fiesta. Sólo cuando la fiesta no termine nunca, y haya para siempre, para siempre, luz y flores, música serena, contemplación de Dios, mar de maravillas, sólo entonces descansaremos sin inquietud en la orilla de la playa
La víspera de Navidad, ¿más alegre que la fiesta que se acerca? ¡Qué sé yo! Tal vez no. Porque la Navidad misma no es sino un preámbulo, un ponerse en camino con la sorpresa de que Dios está a nuestro lado, en compañía de carne y sangre, de temor y de ternura, de ojos que ven, de nervios que vibran. La Navidad, prólogo también y víspera para los más soberanos regalos, que se llamarán Nazaret, Betania, camino del Gólgota, triunfo pascual, Y más adelante aún, Pentecostés, Iglesia militante y purgante, Sólo la Iglesia triunfante del último día, ya redonda en número y en gracia, encendidas en brillo las almas y rutilante de cuerpos gloriosos, será la sorpresa última, siempre igual y siempre nueva. Aun entonces la plenitud feliz de cada día será más luminosa con la seguridad de plenitud para el día siguiente.
De todos modos, hoy 24 de diciembre, víspera gozosa de tantos escondidos y sabrosos misterios. Y la Iglesia a nuestro lado diciéndonos, para que trepidemos jubilosamente; Hoy sabréis que viene el Señor y mañana contemplaréis su gloria (Intr. y Grad. de la misa; Invit. ad Matut., 2ª ant. de Laudes, resp. br. de tercia).
Saber..., contemplar. Noticia y visión. El verle cara a cara será únicamente cuando podamos recostarnos en el césped celestial. La contemplación es también noticia, 'noticia de Dios amorosa", como dice Juan de la Cruz. Un dejarse empapar por el rayo puro, sin motas ni polvillos, invisible, pero ya absorbente, del que brotan, como flores, mil claridades jugosas. Así la Iglesia mañana, abandonándose a la invasión de la alegría, a la clara presencia de su Señor. Hoy, vigilia de Navidad, hoy es el anticipo; la noticia en su recinto más reducido, casi de perfiles periodísticos: el suceso o novedad que se comunica según la prosa gélida del diccionario. Pero ya es también evangelio, "buena nueva", proclamada con alborozo. "Viene el Señor: mañana veréis su gloria."
Y porque la noticia es venturosamente excepcional, la liturgia la envuelve en ropajes solemnes. En el coro hay un ceremonial desacostumbrado para la lectura del martirologio, la gozosa y barroca calenda. Brillan en el altar las candelas encendidas, mientras en el centro del coro dos blandones con hachas montan guardia de luz al atril. A él llega, revestido de capa morada, el presidente de la asamblea con la compañía del maestro de, ceremonias, del turiferario, de los acólitos. Se inciensa el libro, que contiene grandes fechas gloriosas de la historia cristiana. Ninguna, tal vez, como ésta. Por eso el tono del anuncio va envuelto en melodía solemne, con un cortejo ingenuo pero impresionante de fechas antiguas, en un afán de remachar la ineludible historicidad del acontecimiento. "El año 5199 de la creación del mundo, cuando al principio creó Dios el cielo y la tierra; el 2957 del diluvio; del nacimiento de Abraham el 2015; el año 1510 desde Moisés y la salida del pueblo de Israel de Egipto...; el año 42 del Imperio de Octavio Augusto, estando todo el mundo en paz, en la sexta edad del mundo, Jesucristo, Dios eterno e Hijo del Eterno Padre: queriendo consagrar el mundo con su venida misericordiosa, concebido por obra del Espíritu Santo, transcurridos nueve meses desde su concepción, nace, hecho hombre, de la Virgen María, en Belén de Judá." Todo el coro está arrodillado. Y la voz del presidente, con el mismo tono en que se canta la pasión, gravemente, notifica a la Iglesia y al mundo: "¡La natividad de Nuestro Señor Jesucristo según la carne!" (Martyr. Rom.)
Algo nos sorprende en este anuncio regocijado. El clima popular navideño está cuajado de nieves y de ternura. Se ensayan villancicos: van asomándose por los escaparates los portales agrestes, con un Niño encantador entre San José y la Virgen, la mula y el buey; los christmas son deliciosamente ingenuos, con ovejitas, estrellas y pequeños ángeles traviesos. Un aire de niñez, aceptado y aun buscado, envolviéndolo todo, como si el mundo estuviese en infancia, a punto de estrenar. Y, sin embargo, la Iglesia apenas si nos anuncia que el que llega es un niño, ni trenza su liturgia con cantinelas infantiles. Es cierto. Mañana nos dirá: "Un Niño nos ha nacido", y leerá la dulce historia de los pastores. Pero antes nos habrá mostrado, en un marco de notas solemnes, el salmo 102, cuadro de la majestad del Mesías dominando a los monarcas de la tierra. Y el salmo 109, himno a la grandeza de Dios, eterno y creador. También la proclamación grandiosa del misterio del Verbo, que era en el principio, antes que todas las cosas, por quien todo fue hecho. De modo parecido hoy, en el momento sabroso de la primera noticia, nos la da con trompetas solemnísimas: "Veréis al Señor en su gloria" (Intr.); "mañana reinará sobre nosotros el Salvador del mundo" (Alleluia; 3ª ant. ad Laudes; ant. y resp. br. ad sexta».): "se manifestará la gloria del Señor" (Communio); "Alzad, príncipes, vuestras puertas y entrará el rey de la gloria" (Ofert). Nada que haga suponer la humilde escena de la gruta de Belén.
Y es que la gloria del Cristo Señor es el quicio sobre el que van girando estos portones venerables de la liturgia navideña. "El Verbo ha plantado su tienda entre nosotros y hemos visto su gloria." Para San Juan el abajamiento de Dios es para engrandecimiento del hombre, en lo que se manifiesta la potencia de lo alto. La carne humana del Salvador no es sino un sendero por el que pasa la gloria que viene de los cielos y que ha de hacer resplandecer a la raza de los hombres en sus almas y hasta en sus cuerpos. El nacimiento de Cristo es una sinfonía nunca oída en la sala de conciertos del mundo. Todo en él brota de una fuente pura, virginal. Ni la concupiscencia de la carne ni la ley del pecado enturbian la clara melodía. El fruto de este nacimiento será una humanidad nueva, rescatada y purificada. La Encarnación va orientada, desde su mismo punto inicial, por la estrella polar de la glorificación, que ha de expansionar su fuerza, al término del tiempo, inundándolo todo. Y, como primicia y promesa de esta plenitud final, el resplandor del Señor resucitado, su cuerpo gloriosísimo sentado en el penacho de los cielos.
El misterio pascual es centro del año litúrgico. El ciclo navideño, lejos de un distanciamiento que lo empobrecería se acoge también a la gran luz de la Pascua. La pobre, la endeble materia humana, se ve en Jesús poblada por la potencia divina. La asunción de la carne por la persona del Verbo es un albor de glorias futuras, reflejado ya en los hijos de Adán. Tras el pequeño de Belén, la Iglesia contempla, absorta y agradecida, el rostro radiante del Kyrios, del Señor triunfante. Del plinto humilde, sobre el que alza su esbeltez única la vida de Cristo, ella encumbra su vista al tímpano radiante donde ángeles y santos, violines y estrellas, cantan a Jesús los himnos de la victoria. La liturgia navideña es una proclamación de la gloria del Verbo encarnado. Y su anuncio en esta vigilia abre ya perspectivas triunfales. "Mañana quedará borrada la iniquidad de la tierra. Y reinará sobre nosotros el Salvador del mundo" (resp. br. ad sexta».). En tono más brillante pero en grato acorde, las liturgias orientales: "Sacerdotes—exhorta, en el oficio de esta mañana, la liturgia armenia—, exaltad grandiosamente por los siglos, con cánticos espirituales, a Aquel que ha ascendido a lo alto llevando cautivo el imperio de la muerte y que hoy se nos comunica a los hombres en donde incorruptibilidad". La Iglesia contempla en el Verbo encarnado, más que su pequeñez y anonadamiento la potencia en Él encerrada, su rico filón de vida celestial que ha de iluminar y regenerar a los hombres. La Esposa está enamorada, desde el primer momento, de la gloria y del señorío de su Esposo.
En realidad, al dejar casi en sombras lo puramente anecdótico en el nacimiento de Cristo, la Iglesia nos posibilita la participación en el misterio de la Navidad. Sin duda que hay una conmemoración del hecho histórico del nacimiento del Señor. Pero, al recordar el episodio, la Iglesia pasa por encima de él y contempla el desarrollo del misterio de la Encarnación, o sea su propio misterio de los desposorios con Cristo, su incorporación a Él. El Verbo se hace carne para habitar entre nosotros, y, conforme vamos entrando en su tienda, vamos compartiendo los frutos de su presencia.
La esencia de la Navidad es el admirable comercio que se organiza entre Dios y los hombres. Él participa de nuestra pobreza; nosotros, de su encumbramiento. Él se hace hijo del hombre; nosotros, hijos de Dios. En el Verbo, sala donde se firma el intercambio, se encuentran ahora emparejadas la excelsitud de los cielos y la miseria de la tierra, la inefable Palabra, que es vida y vivifica, con la flor, que crece y muere. El misterio de la Encarnación es un ancho estadio propicio para los juegos de antítesis, y la liturgia los ha empleado para festejar la Navidad. Dios y hombre. Cruce inefable de caminos. Los textos vigilia res nos anuncian este sorprendente acercamiento de distancias, que abre ancho abismo para profundizar en contemplación, en acción de gracias, en rendida alabanza. En la epístola, San Pablo nos dice del Señor: Hijo de David según el linaje de la carne, constituido Hijo de Dios. (¿Te has fijado que en esta lectura de hoy, San Pablo nos habla del poder de Cristo "por su resurrección de entre los muertos"? Fuerza de atracción del centro. La Pascua siempre, con su ala de luz.) En el evangelio, la concepción de María, la congoja de San José, la respuesta del ángel, que tranquiliza. Humano y divino. Hijo de una mujer de la tierra, pero sin padre terreno. Unigénito del Padre de toda la vida, que le dio a Él el imperio, la grandeza y el poderío. "Su nombre será Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados."
Es a este Dios-hombre, con su perfil glorioso, a quien la Iglesia contempla. Gracias a la unión indecible de las dos naturalezas en su Persona, la tierra toca al cielo y es así transfigurada. "El Verbo entra en mi cuerpo para que yo pueda contener su divinidad. Toma mi carne, dándome así su Espíritu. De este modo, dando y tomando, adquiere para mí un tesoro de vida. Toma mi carne a fin de santificarme; me da su Espíritu a fin de salvarme" (SAN JUAN CRISÓSTOMO: MG 56,389). No se trata de un panteísmo imposible, transformando a la criatura en la propia divinidad del Verbo, sino de un reflejo espléndido de la inexpresable vida divina, que hace brillar las almas de los justos.
De esta manera, como dice San León, al adorar la Natividad de nuestro Salvador festejamos nuestros propios orígenes. El misterio de salvación es único, aunque parcelado en etapas. El ciclo litúrgico es toda la economía de la salud vista por sus varias esquinas: nacimiento, pasión, resurrección, ascensión; pero no siendo en su volumen total más que una obra única y admirable, un castillo de inmensa luz, que acoge en su resplandor a todos los que se acercan a sus puertas. Cristo, que edifica su obra redentora; los hombres, que a Él nos agremiamos. En este niño de la gruta campesina de Belén se encuentra ya la plenitud de la salvación. "Es verdaderamente justo y necesario... darte gracias, Señor, Padre santo, Dios omnipotente y eterno porque todo el objeto del culto, ofrecido en su devoción por el pueblo cristiano, encuentra su origen en esta solemnidad y se halla contenido en este don", decía un prefacio para esta vigilia guardado en el sacramentario Leoniano. La obra de Cristo precisará pasar por escalas diversas, siendo principalmente su muerte la que rompa las vallas que nos separan de Dios. Pero desde el momento en que el nuevo Adán se encuentra entre nosotros, cuando la raza humana tiene ya un jefe para la empresa de su rescate, podemos estimar como una realidad palpitante el cable tendido entre Dios y los hombres, por el cual podremos trepar hasta el paraíso antiguo. Puede, ciertamente, decir el oficio de hoy: "Mañana estará con vosotros la salvación" (resp. 3 ad Matut., 5.a ant. ad Laudes).
Pero el chorro bendito de luz no alcanza solamente a los hombres. Todas las criaturas terrestres—que encuentran en el hombre su punto de engarce con el cosmos espiritual—se ven transformadas y enaltecidas. "Mañana se borrará la iniquidad de la tierra" (Alleluia; 3a ant. ad Laudes). San Pablo nos descubre una dolorosa participación de las cosas en la maldad humana. Nos dice también que la creación está esperando con ansia la liberación de su servidumbre para participar en la gloria de los hijos de Dios. "Brilla un nuevo astro, que raerá toda vileza", canta el himno de laudes. A la hierba, al pájaro, al mar, a la estrella, le llega esta nueva claridad. Solidaria del hombre la creación está llamada a ser "el cielo nuevo y la nueva tierra" de que nos hablan Isaías y San Juan, el escenario para la eterna visión enamorada de los elegidos en el último día.
Porque aún todo está en camino, todo en víspera. La colecta de hoy nos habla de Cristo Juez. La secreta, del gozo de los dones eternos. No se cerrará la curva de la redención sino al final de los tiempos, cuando entre en las praderas celestiales la gran multitud que aclamará a Cristo como Cabeza y Señor. Ahora todo se realiza en misterio y en esperanza, a través del rito sensible y en la invisible caridad. Es el anticipo placentero de la eterna y juvenil alegría. Nuestra incorporación al Verbo encarnado, descendido de los cielos propter nostram salutem, nos da una cédula de confianza. Y también un comienzo de transformación asombrosa, aunque escondida.
La vigilia nos lleva de la mano hasta la gruta del nacimiento para que en él veamos nuestro propio renacimiento: para que contemplemos y adoremos la gloria oculta del hijo de la Virgen y soñemos en la nuestra futura. En esta espera trepidante de hoy la Iglesia nos invita al júbilo y a la santidad. "Cada año nos alegras con la expectación de nuestra redención", dice la colecta. "Santificaos hoy y estad preparados", exhortan los responsorios de maitines. Para compañía, ejemplo y ayuda, la Iglesia pone a nuestro lado a Santa María, en cuyo templo mayor romano se celebra el culto estacional. No podríamos encontrar más sabroso acompañamiento. Asidos a la ternura de Nuestra Señora, esperamos con impaciencia el momento en que "Jesucristo, Dios eterno e hijo del Padre eterno, queriendo consagrar el mundo con su venida misericordiosa', nazca, hecho hombre, en Belén de Judá (Martyr. Rom.)
Pobre chiquilla desasosegada, la Iglesia se ha lanzado por los caminos y los desiertos. No puede lograr quietud. Se ve en abandono y en pobreza, masticando la piel amarga del desamparo. Falta en su casa el lustre de la vajilla bien compuesta, la blanca mantelería, el rincón con flores, la tarantela alegre de las mañanas con sol. Falta la ternura, la compañía.
A esta niña indigente la apoya sólo la esperanza. Le dieron, hace mucho tiempo, una palabra de amor. Le prometieron un Esposo que, librándola de toda villanía, habría de alzarla en un trono cubierta de rosas, encendida en belleza. Y ahora la niña—Iglesia se llama—ha salido en su busca. Lleva cuatro semanas de andadura.
¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste habiéndome herido: salí tras ti clamando, y eras ido.
Va preguntando en las posadas, en las chozas de los pastores, en las alquerías: "¿Sabéis algo de mi Amado?'' La niña ha encontrado pronto quien le haya dicho algo de Él. Isaías, un hombre de recia y bella palabra, que ha esbozado con emoción la hermosa figura del prometido. Y, unos días más tarde, un robusto muchacho, vestido de pieles y moreno de sol—Juan Bautista—, le ha dicho a la pequeña un recado amable: el Esposo está cerca. Ella va gritando enamoradamente: ¡Ven, ven, Adonai, palabra henchida de sabiduría, raíz de Jesé, llave de David, Oriente lleno de fulgor, rey de las gentes, deseado de los hombres, Emmanuel, Salvador!
El camino esta mañana ha sido propicio y grato. Han regalado los oídos de la niña con un mensaje suavísimo: Él está ya muy cerca; mañana lo verá. Ella ha brincado entre lágrimas dulces, sin poder contener el gozo. Y grita sin desmayo—¡que se enteren bien todos!—: hoy vais a saber una feliz nueva: que viene el Señor. Y mañana, mañana contemplaréis su esplendor. Salid todos a esperarle, hijos de los hombres. Llamadle Señor y Príncipe, Caudillo de la paz, Aurora de grandezas, Rey sin ocaso, Dominador, Fuerte, Dios.
Hay un gozo, el de la víspera, que muchas veces supera al de la fiesta. Sin duda, a causa de la incontrovertible fugacidad de las cosas. Montamos un tren que no se detiene. El hombre no sabe mirar más que adelante o, nostálgicamente, hacia atrás. El paisaje, estrictamente paralelo a la ventanilla, es reducido y, además, se escapa pronto, como perseguido por un toro. Lo que pasó se va hundiendo en la lejanía; lo que llega, pronto caerá también al saco del recuerdo; lo que no llegó es perspectiva grata. La víspera, más sutilmente gozosa que la fiesta. Sólo cuando la fiesta no termine nunca, y haya para siempre, para siempre, luz y flores, música serena, contemplación de Dios, mar de maravillas, sólo entonces descansaremos sin inquietud en la orilla de la playa
La víspera de Navidad, ¿más alegre que la fiesta que se acerca? ¡Qué sé yo! Tal vez no. Porque la Navidad misma no es sino un preámbulo, un ponerse en camino con la sorpresa de que Dios está a nuestro lado, en compañía de carne y sangre, de temor y de ternura, de ojos que ven, de nervios que vibran. La Navidad, prólogo también y víspera para los más soberanos regalos, que se llamarán Nazaret, Betania, camino del Gólgota, triunfo pascual, Y más adelante aún, Pentecostés, Iglesia militante y purgante, Sólo la Iglesia triunfante del último día, ya redonda en número y en gracia, encendidas en brillo las almas y rutilante de cuerpos gloriosos, será la sorpresa última, siempre igual y siempre nueva. Aun entonces la plenitud feliz de cada día será más luminosa con la seguridad de plenitud para el día siguiente.
De todos modos, hoy 24 de diciembre, víspera gozosa de tantos escondidos y sabrosos misterios. Y la Iglesia a nuestro lado diciéndonos, para que trepidemos jubilosamente; Hoy sabréis que viene el Señor y mañana contemplaréis su gloria (Intr. y Grad. de la misa; Invit. ad Matut., 2ª ant. de Laudes, resp. br. de tercia).
Saber..., contemplar. Noticia y visión. El verle cara a cara será únicamente cuando podamos recostarnos en el césped celestial. La contemplación es también noticia, 'noticia de Dios amorosa", como dice Juan de la Cruz. Un dejarse empapar por el rayo puro, sin motas ni polvillos, invisible, pero ya absorbente, del que brotan, como flores, mil claridades jugosas. Así la Iglesia mañana, abandonándose a la invasión de la alegría, a la clara presencia de su Señor. Hoy, vigilia de Navidad, hoy es el anticipo; la noticia en su recinto más reducido, casi de perfiles periodísticos: el suceso o novedad que se comunica según la prosa gélida del diccionario. Pero ya es también evangelio, "buena nueva", proclamada con alborozo. "Viene el Señor: mañana veréis su gloria."
Y porque la noticia es venturosamente excepcional, la liturgia la envuelve en ropajes solemnes. En el coro hay un ceremonial desacostumbrado para la lectura del martirologio, la gozosa y barroca calenda. Brillan en el altar las candelas encendidas, mientras en el centro del coro dos blandones con hachas montan guardia de luz al atril. A él llega, revestido de capa morada, el presidente de la asamblea con la compañía del maestro de, ceremonias, del turiferario, de los acólitos. Se inciensa el libro, que contiene grandes fechas gloriosas de la historia cristiana. Ninguna, tal vez, como ésta. Por eso el tono del anuncio va envuelto en melodía solemne, con un cortejo ingenuo pero impresionante de fechas antiguas, en un afán de remachar la ineludible historicidad del acontecimiento. "El año 5199 de la creación del mundo, cuando al principio creó Dios el cielo y la tierra; el 2957 del diluvio; del nacimiento de Abraham el 2015; el año 1510 desde Moisés y la salida del pueblo de Israel de Egipto...; el año 42 del Imperio de Octavio Augusto, estando todo el mundo en paz, en la sexta edad del mundo, Jesucristo, Dios eterno e Hijo del Eterno Padre: queriendo consagrar el mundo con su venida misericordiosa, concebido por obra del Espíritu Santo, transcurridos nueve meses desde su concepción, nace, hecho hombre, de la Virgen María, en Belén de Judá." Todo el coro está arrodillado. Y la voz del presidente, con el mismo tono en que se canta la pasión, gravemente, notifica a la Iglesia y al mundo: "¡La natividad de Nuestro Señor Jesucristo según la carne!" (Martyr. Rom.)
Algo nos sorprende en este anuncio regocijado. El clima popular navideño está cuajado de nieves y de ternura. Se ensayan villancicos: van asomándose por los escaparates los portales agrestes, con un Niño encantador entre San José y la Virgen, la mula y el buey; los christmas son deliciosamente ingenuos, con ovejitas, estrellas y pequeños ángeles traviesos. Un aire de niñez, aceptado y aun buscado, envolviéndolo todo, como si el mundo estuviese en infancia, a punto de estrenar. Y, sin embargo, la Iglesia apenas si nos anuncia que el que llega es un niño, ni trenza su liturgia con cantinelas infantiles. Es cierto. Mañana nos dirá: "Un Niño nos ha nacido", y leerá la dulce historia de los pastores. Pero antes nos habrá mostrado, en un marco de notas solemnes, el salmo 102, cuadro de la majestad del Mesías dominando a los monarcas de la tierra. Y el salmo 109, himno a la grandeza de Dios, eterno y creador. También la proclamación grandiosa del misterio del Verbo, que era en el principio, antes que todas las cosas, por quien todo fue hecho. De modo parecido hoy, en el momento sabroso de la primera noticia, nos la da con trompetas solemnísimas: "Veréis al Señor en su gloria" (Intr.); "mañana reinará sobre nosotros el Salvador del mundo" (Alleluia; 3ª ant. ad Laudes; ant. y resp. br. ad sexta».): "se manifestará la gloria del Señor" (Communio); "Alzad, príncipes, vuestras puertas y entrará el rey de la gloria" (Ofert). Nada que haga suponer la humilde escena de la gruta de Belén.
Y es que la gloria del Cristo Señor es el quicio sobre el que van girando estos portones venerables de la liturgia navideña. "El Verbo ha plantado su tienda entre nosotros y hemos visto su gloria." Para San Juan el abajamiento de Dios es para engrandecimiento del hombre, en lo que se manifiesta la potencia de lo alto. La carne humana del Salvador no es sino un sendero por el que pasa la gloria que viene de los cielos y que ha de hacer resplandecer a la raza de los hombres en sus almas y hasta en sus cuerpos. El nacimiento de Cristo es una sinfonía nunca oída en la sala de conciertos del mundo. Todo en él brota de una fuente pura, virginal. Ni la concupiscencia de la carne ni la ley del pecado enturbian la clara melodía. El fruto de este nacimiento será una humanidad nueva, rescatada y purificada. La Encarnación va orientada, desde su mismo punto inicial, por la estrella polar de la glorificación, que ha de expansionar su fuerza, al término del tiempo, inundándolo todo. Y, como primicia y promesa de esta plenitud final, el resplandor del Señor resucitado, su cuerpo gloriosísimo sentado en el penacho de los cielos.
El misterio pascual es centro del año litúrgico. El ciclo navideño, lejos de un distanciamiento que lo empobrecería se acoge también a la gran luz de la Pascua. La pobre, la endeble materia humana, se ve en Jesús poblada por la potencia divina. La asunción de la carne por la persona del Verbo es un albor de glorias futuras, reflejado ya en los hijos de Adán. Tras el pequeño de Belén, la Iglesia contempla, absorta y agradecida, el rostro radiante del Kyrios, del Señor triunfante. Del plinto humilde, sobre el que alza su esbeltez única la vida de Cristo, ella encumbra su vista al tímpano radiante donde ángeles y santos, violines y estrellas, cantan a Jesús los himnos de la victoria. La liturgia navideña es una proclamación de la gloria del Verbo encarnado. Y su anuncio en esta vigilia abre ya perspectivas triunfales. "Mañana quedará borrada la iniquidad de la tierra. Y reinará sobre nosotros el Salvador del mundo" (resp. br. ad sexta».). En tono más brillante pero en grato acorde, las liturgias orientales: "Sacerdotes—exhorta, en el oficio de esta mañana, la liturgia armenia—, exaltad grandiosamente por los siglos, con cánticos espirituales, a Aquel que ha ascendido a lo alto llevando cautivo el imperio de la muerte y que hoy se nos comunica a los hombres en donde incorruptibilidad". La Iglesia contempla en el Verbo encarnado, más que su pequeñez y anonadamiento la potencia en Él encerrada, su rico filón de vida celestial que ha de iluminar y regenerar a los hombres. La Esposa está enamorada, desde el primer momento, de la gloria y del señorío de su Esposo.
En realidad, al dejar casi en sombras lo puramente anecdótico en el nacimiento de Cristo, la Iglesia nos posibilita la participación en el misterio de la Navidad. Sin duda que hay una conmemoración del hecho histórico del nacimiento del Señor. Pero, al recordar el episodio, la Iglesia pasa por encima de él y contempla el desarrollo del misterio de la Encarnación, o sea su propio misterio de los desposorios con Cristo, su incorporación a Él. El Verbo se hace carne para habitar entre nosotros, y, conforme vamos entrando en su tienda, vamos compartiendo los frutos de su presencia.
La esencia de la Navidad es el admirable comercio que se organiza entre Dios y los hombres. Él participa de nuestra pobreza; nosotros, de su encumbramiento. Él se hace hijo del hombre; nosotros, hijos de Dios. En el Verbo, sala donde se firma el intercambio, se encuentran ahora emparejadas la excelsitud de los cielos y la miseria de la tierra, la inefable Palabra, que es vida y vivifica, con la flor, que crece y muere. El misterio de la Encarnación es un ancho estadio propicio para los juegos de antítesis, y la liturgia los ha empleado para festejar la Navidad. Dios y hombre. Cruce inefable de caminos. Los textos vigilia res nos anuncian este sorprendente acercamiento de distancias, que abre ancho abismo para profundizar en contemplación, en acción de gracias, en rendida alabanza. En la epístola, San Pablo nos dice del Señor: Hijo de David según el linaje de la carne, constituido Hijo de Dios. (¿Te has fijado que en esta lectura de hoy, San Pablo nos habla del poder de Cristo "por su resurrección de entre los muertos"? Fuerza de atracción del centro. La Pascua siempre, con su ala de luz.) En el evangelio, la concepción de María, la congoja de San José, la respuesta del ángel, que tranquiliza. Humano y divino. Hijo de una mujer de la tierra, pero sin padre terreno. Unigénito del Padre de toda la vida, que le dio a Él el imperio, la grandeza y el poderío. "Su nombre será Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados."
Es a este Dios-hombre, con su perfil glorioso, a quien la Iglesia contempla. Gracias a la unión indecible de las dos naturalezas en su Persona, la tierra toca al cielo y es así transfigurada. "El Verbo entra en mi cuerpo para que yo pueda contener su divinidad. Toma mi carne, dándome así su Espíritu. De este modo, dando y tomando, adquiere para mí un tesoro de vida. Toma mi carne a fin de santificarme; me da su Espíritu a fin de salvarme" (SAN JUAN CRISÓSTOMO: MG 56,389). No se trata de un panteísmo imposible, transformando a la criatura en la propia divinidad del Verbo, sino de un reflejo espléndido de la inexpresable vida divina, que hace brillar las almas de los justos.
De esta manera, como dice San León, al adorar la Natividad de nuestro Salvador festejamos nuestros propios orígenes. El misterio de salvación es único, aunque parcelado en etapas. El ciclo litúrgico es toda la economía de la salud vista por sus varias esquinas: nacimiento, pasión, resurrección, ascensión; pero no siendo en su volumen total más que una obra única y admirable, un castillo de inmensa luz, que acoge en su resplandor a todos los que se acercan a sus puertas. Cristo, que edifica su obra redentora; los hombres, que a Él nos agremiamos. En este niño de la gruta campesina de Belén se encuentra ya la plenitud de la salvación. "Es verdaderamente justo y necesario... darte gracias, Señor, Padre santo, Dios omnipotente y eterno porque todo el objeto del culto, ofrecido en su devoción por el pueblo cristiano, encuentra su origen en esta solemnidad y se halla contenido en este don", decía un prefacio para esta vigilia guardado en el sacramentario Leoniano. La obra de Cristo precisará pasar por escalas diversas, siendo principalmente su muerte la que rompa las vallas que nos separan de Dios. Pero desde el momento en que el nuevo Adán se encuentra entre nosotros, cuando la raza humana tiene ya un jefe para la empresa de su rescate, podemos estimar como una realidad palpitante el cable tendido entre Dios y los hombres, por el cual podremos trepar hasta el paraíso antiguo. Puede, ciertamente, decir el oficio de hoy: "Mañana estará con vosotros la salvación" (resp. 3 ad Matut., 5.a ant. ad Laudes).
Pero el chorro bendito de luz no alcanza solamente a los hombres. Todas las criaturas terrestres—que encuentran en el hombre su punto de engarce con el cosmos espiritual—se ven transformadas y enaltecidas. "Mañana se borrará la iniquidad de la tierra" (Alleluia; 3a ant. ad Laudes). San Pablo nos descubre una dolorosa participación de las cosas en la maldad humana. Nos dice también que la creación está esperando con ansia la liberación de su servidumbre para participar en la gloria de los hijos de Dios. "Brilla un nuevo astro, que raerá toda vileza", canta el himno de laudes. A la hierba, al pájaro, al mar, a la estrella, le llega esta nueva claridad. Solidaria del hombre la creación está llamada a ser "el cielo nuevo y la nueva tierra" de que nos hablan Isaías y San Juan, el escenario para la eterna visión enamorada de los elegidos en el último día.
Porque aún todo está en camino, todo en víspera. La colecta de hoy nos habla de Cristo Juez. La secreta, del gozo de los dones eternos. No se cerrará la curva de la redención sino al final de los tiempos, cuando entre en las praderas celestiales la gran multitud que aclamará a Cristo como Cabeza y Señor. Ahora todo se realiza en misterio y en esperanza, a través del rito sensible y en la invisible caridad. Es el anticipo placentero de la eterna y juvenil alegría. Nuestra incorporación al Verbo encarnado, descendido de los cielos propter nostram salutem, nos da una cédula de confianza. Y también un comienzo de transformación asombrosa, aunque escondida.
La vigilia nos lleva de la mano hasta la gruta del nacimiento para que en él veamos nuestro propio renacimiento: para que contemplemos y adoremos la gloria oculta del hijo de la Virgen y soñemos en la nuestra futura. En esta espera trepidante de hoy la Iglesia nos invita al júbilo y a la santidad. "Cada año nos alegras con la expectación de nuestra redención", dice la colecta. "Santificaos hoy y estad preparados", exhortan los responsorios de maitines. Para compañía, ejemplo y ayuda, la Iglesia pone a nuestro lado a Santa María, en cuyo templo mayor romano se celebra el culto estacional. No podríamos encontrar más sabroso acompañamiento. Asidos a la ternura de Nuestra Señora, esperamos con impaciencia el momento en que "Jesucristo, Dios eterno e hijo del Padre eterno, queriendo consagrar el mundo con su venida misericordiosa', nazca, hecho hombre, en Belén de Judá (Martyr. Rom.)
Vigilia de la Natividad del Señor.
Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como antorcha.
Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria; te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor.
Serás corona fúlgida en la mano del Señor y diadema real en la palma de tu Dios.
Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi favorita», y a tu tierra «Desposada», porque el, Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo.
Como un joven se desposa con una doncella, así te desposan tus constructores.
Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo.
Cuando Pablo llegó a Antioquía de Pisidia, se puso en pie en la sinagoga y, haciendo seña con la mano de que se callaran, dijo: «Israelitas y los que teméis a Dios, escuchad: El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto. Los sacó de allí con brazo poderoso.
Después, les suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús.
Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”».
Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.
Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos.
Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zará, Fares engendró a Esrón, Esrón engendró a Arán, Arán engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Raltab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé, Jesé engendró a David, el rey.
David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amos, Amos engendró a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.
Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquín, Eliaquín engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquim, Aquim engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. Así, las generaciones desde Abrahán a David fueron en total catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta el Mesías, catorce.
El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas habla tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer.
Y sin haberla conocido, ella dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús.
Palabra del Señor.
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