martes, 25 de junio de 2019

Reflexión de hoy

Lecturas



Abran era muy rico en ganado, plata y oro.
También Lot, que iba con Abrán, poseía ovejas, vacas y tiendas, de modo que ya no podían vivir juntos en el país, porque sus posesiones eran inmensas y ya no cabían juntos.
Por ello surgieron disputas entre los pastores de Abran y los de Lot. Además, en aquel tiempo cananeos y los perizitas habitaban en el país.
Abrán dijo a Lot: ¿No tienes delante todo el país? Sepárate de mí: si vas a la izquierda, yo iré a la derecha; si vas a la derecha, yo iré a la izquierda».
Lot echó una mirada y vio que toda la vega del Jordán, hasta la entrada de Soar, era de regadío – esto era antes de que el Señor destruyera Sodoma y Gomorra - como el jardín del Señor, o como Egipto. Lot se escogió la vega del Jordán y marchó hacia levante; y así se separaron el uno del otro. Abrán habitó en
Canaán; Lot en las ciudades de la vega, plantando las tiendas hasta Sodoma. Los habitantes de Sodoma eran malvados y pecaban gravemente contra el Señor.
El Señor dijo a Abrán, después que Lot se había separado de él: «Alza tus ojos y mira desde el lugar en donde estás hacia el norte, el mediodía, el levante y el poniente.
Toda la tierra que ves te la daré a ti y a tus descendientes para siempre. Haré a tus descendientes como el polvo de la tierra: el que pueda contar el polvo podrá contar a tus descendientes.
Levántate, recorre el país a lo largo y a lo ancho, pues te lo voy a dar».
Abran alzó la tienda y fue a establecerse junto a la encina de Mambré, en Hebrón, donde construyó un altar al Señor.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros.
Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas.
Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos».

Palabra del Señor.

San Adalberto de Egmond

Entre el grupo de misioneros que partieron del monasterio de Rathmelsigi, en el año de 690, con san Willibrordo a la cabeza, para evangelizar Frisia, se hallaba un diácono llamado Adalberto. Era originario de Northumbría y había llegado a Irlanda siguiendo a san Egberto, con el propósito de obedecer los consejos del Señor para alcanzar la perfección. Esa misma aspiración, unida a un gran amor por las almas, le impulsó a ofrecerse como voluntario para el trabajo de misiones entre los paganos.

Los mensajeros del Evangelio gozaban de la protección de Pipino de Heristal; además, tenían en su favor el hecho de que se les facilitaba aprender la lengua para darse a entender entre los habitantes de Frisia; pero, de todas maneras, la personalidad de los misioneros tuvo mucho que ver con el franco éxito de su trabajo. La simpatía personal y la gentileza de Adalberto, su paciencia y su humildad, causaron profunda impresión entre los paganos a quienes convirtió a la fe cristiana. El núcleo de sus actividades era Egmond (llamada actualmente Egmond aan den Hoef, o simplemente Den Hoef), donde fueron bautizados casi todos los habitantes. Tal vez a causa de su humildad, Adalberto no solicitó recibir el presbiterado. Se dice, por cierto, que san Willibrordo le nombró archidiácono de Utrecht, pero en aquellos tiempos un archidiácono no era más que jefe de los diáconos, y es muy posible que san Willibrordo quisiese confiar alguna autoridad a nuestro santo.

San Adalberto murió en una fecha que se desconoce. En épocas posteriores, su tumba fue un lugar de peregrinaciones y escenario de muchos supuestos milagros. En el siglo décimo, el duque Teodorico construyó en Egmond una abadía benedictina dedicada a san Adalberto y, en tiempos recientes, cuando los benedictinos de Solesmes volvieron a establecer la vida monástica en Egmond, se eligió al mismo titular. Las fuentes de información de las que dependemos para conocer la vida de san Adalberto son muy poco satisfactorias. Hay una biografía que escribió en latín un monje de Mettlach llamado Ruperto, unos 200 años después de la muerte del santo.

Esa biografía se halla impresa en Acta Sanctorum, junio, vol. VII, no contiene más que generalidades y relaciones de los milagros que, al parecer, se obraron sobre su tumba. La cuestión del título de archidiácono concedido a Adalberto, fue desmentida por Holder-Egger y otros autores, sin embargo esos mismos escritores están dispuestos a identificarle con el sucesor de san Willibrordo como abad de Epternach; aunque W. Levison rechaza esta hipótesis. La fecha de la muerte de Adalberto es bastante incierta. Véase W. Levison, Wilhehn Procurator von Egmond, en Neues Archiv, vol. XL (1916), pp. 793-804.

Entre el grupo de misioneros que partieron del monasterio de Rathmelsigi, en el año de 690, con san Willibrordo a la cabeza, para evangelizar Frisia, se hallaba un diácono llamado Adalberto. Era originario de Northumbría y había llegado a Irlanda siguiendo a san Egberto, con el propósito de obedecer los consejos del Señor para alcanzar la perfección. Esa misma aspiración, unida a un gran amor por las almas, le impulsó a ofrecerse como voluntario para el trabajo de misiones entre los paganos. Los mensajeros del Evangelio gozaban de la protección de Pipino de Heristal; además, tenían en su favor el hecho de que se les facilitaba aprender la lengua para darse a entender entre los habitantes de Frisia; pero, de todas maneras, la personalidad de los misioneros tuvo mucho que ver con el franco éxito de su trabajo. La simpatía personal y la gentileza de Adalberto, su paciencia y su humildad, causaron profunda impresión entre los paganos a quienes convirtió a la fe cristiana. El núcleo de sus actividades era Egmond (llamada actualmente Egmond aan den Hoef, o simplemente Den Hoef), donde fueron bautizados casi todos los habitantes. Tal vez a causa de su humildad, Adalberto no solicitó recibir el presbiterado. Se dice, por cierto, que san Willibrordo le nombró archidiácono de Utrecht, pero en aquellos tiempos un archidiácono no era más que jefe de los diáconos, y es muy posible que san Willibrordo quisiese confiar alguna autoridad a nuestro santo.

San Adalberto murió en una fecha que se desconoce. En épocas posteriores, su tumba fue un lugar de peregrinaciones y escenario de muchos supuestos milagros. En el siglo décimo, el duque Teodorico construyó en Egmond una abadía benedictina dedicada a san Adalberto y, en tiempos recientes, cuando los benedictinos de Solesmes volvieron a establecer la vida monástica en Egmond, se eligió al mismo titular. Las fuentes de información de las que dependemos para conocer la vida de san Adalberto son muy poco satisfactorias. Hay una biografía que escribió en latín un monje de Mettlach llamado Ruperto, unos 200 años después de la muerte del santo.

Esa biografía se halla impresa en Acta Sanctorum, junio, vol. VII, no contiene más que generalidades y relaciones de los milagros que, al parecer, se obraron sobre su tumba. La cuestión del título de archidiácono concedido a Adalberto, fue desmentida por Holder-Egger y otros autores, sin embargo esos mismos escritores están dispuestos a identificarle con el sucesor de san Willibrordo como abad de Epternach; aunque W. Levison rechaza esta hipótesis. La fecha de la muerte de Adalberto es bastante incierta.

lunes, 24 de junio de 2019

NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

Es primavera, y, sobre la alta serranía, Nazaret abre su caserío blanco, como lirio enorme, a la tierna caricia  del sol. Caen las aguas de nieve, con juvenil travesura,  entre las quebradas del monte. Los almendros apuntan  estremecidos sus yemas, y se percibe un murmullo caliente cuando rompen, con ímpetu, a la vida. Un perfume antiguo de hornos se mezcla a la liturgia del incienso y cubre los sembrados como una bendición anticipada. ¿Quién  oyó el cantar de las tórtolas, entre las dos luces tranquilas de la sobretarde? Pues parece que el rey Salomón, turbado de muchos amores, suspira, escondido entre el verde fresco de los jardines, su llamada impaciente: "Ya pasó el invierno, amada mía. Ven, mi paloma, que anidaste sobre las piedras, ven". Y de la corola opulenta de ese  lirio nazaretano salta la Doncella María, como un prodigio de hermosura. Hay, en el aire de oro, un reguero de palabras del Buen Dios, y la brisa pequeña simula aún el roce inocente de las alas del arcángel. Ya fue la Encarnación. Con la docilidad sencilla de una esclava creyó el fausto Mensaje. Y en el otro lirio celeste y cerrado —el seno de la siempre Virgen— se hace carne la deidad del Verbo. Pero aquel signo increíble de la prima Isabel, fértil y anciana, le empuja, con su cosquilleo femenino y curioso, hacia Ain Karim, mientras las augustas modulaciones del Magnificat se asoman a la ternura del labio. Todo su camino trasciende a un profundo misterio. Atraviesa la llanada de Esdrelón, ahora exuberante y pacífica; pero en estos mismos campos Israel cortó los laureles de sus grandes victorias y la cizaña negra de sus declinaciones. Y parece que las sombras del crepúsculo reaniman, en la soledad de sus sepulcros, a todos los viejos caudillos, que alzan sus trofeos y sus laudes al paso de la Virgen de la Promesa. Sube alegre las montañas de Samaria y percibe aún los ecos de aquellos pactos que hizo Yahvé con los patriarcas, y el recuerdo de anchas bendiciones. Y, al fin, la Judea la recibe en la solemne liturgia de su sacerdocio, y convoca a todos los profetas muertos para que se gocen en los días de la plenitud, cuando los montes destilen pura miel y se hermanen el cordero con el lobo. ¡Toda la historia del Pueblo de Dios se asoma para verla pasar, y la acompaña, cantando un salterio de amorosa bienvenida!

 Las cuatro jornadas de viaje —iba, según San Lucas, con mucha presteza, por el más corto camino— dieron en Ain Karim, donde los primos tienen una casita de recreo para los días de verano. Zacarías permanece mudo desde aquel sofoco que le produjo la presencia del arcángel Gabriel, cuando ofrecía el incienso ritual en el Santuario. Era como una llama de oro encendido que le hablaba así: "No temas, porque ya ha sido oída tu oración. Tu mujer te dará un hijo a quien pondrás de nombre Juan". Y precisamente su boca muda habla como signo visible del milagro.

 De pronto rompe, en la modorra del mediodía, una voz de saludo: "¡La paz sea con vosotros!". Y se despierta el paisaje, sobresaltado con un revuelo de palomas y un murmullo en todas las flores del huerto. Sale impaciente Zacarías, porque anda nervioso desde la visitación celeste, y se queda suspenso, con los brazos tendidos. ¿Cómo, ahora, la prima de Nazaret? Y la estrecha con enorme dulzura, porque, en el recreo del alma, presiente ya los días de salud para su pueblo, mientras por la barba temblona le caen lágrimas dulces, como las perlas que el rocío pone estas madrugadas de abril en el verdor de los campos. A las puertas de la casa aparece Isabel, radiante. ¿Porque le dan de cara los rayos del sol? No. Es toda ella un divino reverbero, llena del Santo, Espíritu, que es Luz. Está en trance, como ardiendo. Y más que hablar, grita la profecía de su saludo: "Bendita Tú entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre". Y así queda, sobre el aire inmóvil, que es más azul y más risueño, la primera avemaría de la historia, iniciada, en la eternidad, por la misma boca del Padre. Se turba la Virgen con el recibimiento de los primos, porque es muy humilde. Y entonces su palabra serena, en un susurro enamorado, prorrumpe a cantar sus alabanzas al Altísimo, porque la hizo grande con su poder y le colmó el seno de fecundidad y de maravilla. Oíd: Magnificat anima mea Dominum...

 El grupo deliciosamente enlazado de los tres busca refrigerio y reposo dentro de la casita, que tiene al mediodía tendido un parral de sombras y un encanto de aguas en los surtidores, que lloran la frescura de su luz sobre los nardos. ¿Quedó allí María hasta el nacimiento de Juan? La teología de Nuestra Señora nos lo aclara. Ved. Las gracias que acaba de recibir en la Encarnación —añadidas a las de su plenitud original— la han introducido en un orden de vida sobrenatural eminente. La hipóstasis del Verbo en su carne le confiere el título de coparental de las divinas Personas. Es realmente Hija del Padre, Madre de su Verbo y Esposa del Santo Espíritu, del Amor que la sombreaba en Nazaret. Pero no hay que olvidar la cooperación que presta María a este lujo de dones y de privilegios. En el plano de los merecimientos personales funciona sin la traba de las pasiones rebeldes que a todos los hombres nos afligen. Y, así, el Angélico nos asegura que, con la caridad, crecían en su alma, a la vez, como los cinco dedos de nuestra mano, las virtudes, dones y méritos, en una progresión incalculable. La caridad, pues, la indujo a permanecer en Ain Karim, junto a la prima necesitada, hasta el jubiloso alumbramiento del Bautista: sin que estimemos en contra las razones de un pudor fuera de tono al interpretar como ya acabados esos "cerca de tres meses” que San Lucas asigna al misterio de la Visitación de la Virgen.

 Y corre la primavera, embalsamada por los dulces coloquios de aquellas dos madres del milagro, en una íntima comunión de corazones y de ofrendas al Altísimo. ¡Cuántas veces recontaría Isabel que el niño saltó en el seno, santificado por la visita de la Doncella! Y mientras preparaban las dos los pañales del alumbramiento, el cielo se hacía blanco de tan azul y transparente; y agobiaba el aire, desde los arenales de Judá; y el equinoccio del estío venía, ardiente y solemne —el sol como una custodia de fuego—, para el desfile festival de la vida, en el triunfo del amor. Pues, con el gozo y las zozobras de vísperas, decidieron volverse a la casa solariega para que el niño, naciese dentro de la misma raíz troncal.

 "Y se cumplió el tiempo de dar a luz Isabel y tuvo un hijo. Los vecinos y los parientes conocieron que el Señor había tenido misericordia con ella y la felicitaban." Nos parece demasiado desnuda la narración que el evangelista pone a un suceso tan extraordinario. El arcángel había dicho a Zacarías: "Será para ti de mucho gozo y alegría, y los hombres se regocijarán con su nacimiento". Ain Karim es un poblado reducido, como una ancha familia, con los júbilos, las preocupaciones y las penas comunes. Pues el suceso que las gentes esperaban con angustiosa curiosidad conmovería a toda la aldea, un poco enajenada en su rutina gris. Sí. La noticia corre en la boca de las comadres, con añadiduras y aspavientos; se mandan mensajeros a las cercanías, y toda la casa desborda de familiares y de aldeanos. "¡Ya dio a luz Isabel!", y le agobian de parabienes y de sencillas ofrendas —tortas crujientes, corderos recentales, alguna que otra tela recamada de oro—, y una buenaventura común para la felicidad del recién nacido. Yo pienso que María, un poco alejada del ruidoso entusiasmo, cortaría en el huerto una brazada de rosas de sangre, para coronar, como un augurio, aquella vida pequeña que debía dar testimonio de su propio Hijo.

 El evangelista nos refiere, con más riqueza de detalles, la circuncisión, doble ceremonia que se celebraba a los ocho días del nacimiento para imponer al varón israelita el nombre y para ingresarle, con todos los deberes y derechos, religiosos y civiles, en la comunidad. Seguramente los sacerdotes, compañeros del padre, se encargarían del rito, aunque entre las clases humildes lo practicaba también el padre de la criatura. Y entonces el milagro. Aunque mudo, Zacarías comunicó de alguna manera a Isabel los detalles de la visión angélica del Templo y el dato precioso del nombre que el mensajero del Señor le traía. Por eso Lucas nos dice que la madre se adelanta y exige: "Se llamará Juan". Hubo forcejeo entre los parientes, "porque nadie hay en tu parentela que lleve ese nombre"; y, acaso, porque desearían ofrecer a Zacarías, imponiéndole el suyo, el consuelo de verse renovado en la varonía del hijo. Pero él pide las tablas enceradas y, a punzón, escribe: "Juan es su nombre". En el mismo instante se suelta su lengua, comienza a hablar rectamente, entre la maravilla de los familiares, y en grandes transportes proféticos dicta su oración del Benedictus, majestuosa, agradecida como para ser rezada, de rodillas, por la liturgia de la iglesia, pregonando todo el poder el Señor.

 Antes de los dos años es conducido el pequeño Juan al desierto, para salvarle de la degollina de Herodes. Y asombra que le dejen de por vida allí, según la tradición de los Santos Padres, porque estos hijos tardíos suelen ser mimosamente amados de los suyos. Pero Lucas es muy concreto cuando nos asegura: "Crecía y se fortalecía, en las estepas, hasta su manifestación a Israel". Los sensacionales descubrimientos del desierto de Judá en la primavera de 1947 nos aclaran esta juventud, escondida hasta ahora, en el misterio de las suposiciones gratuitas. Las excavaciones de Qumrám demuestran que allí existió un gran cenobio, donde la secta de los esenios se consagraba a una vida común de oraciones y de ayunos. Pues los padres del Bautista les entregarían a estas gentes piadosas, para defenderle de los matarifes de Herodes y para asegurar una educación fuerte entre aquellos hombres expertos y ejemplares. Tenemos razones para pensar así. Cuando le llegue el gran trance de su profetismo será fiel a la llamada. Entonces, rompiendo con la vida común monástica, será un disidente de Qumrám, pero sin despojarse de un género de vida que ha hecho, en él, naturaleza. No es ninguna coincidencia que las prácticas del "bautismo de inmersión", corrientes entre los monjes esenios, las imponga Juan a los pecadores como penitencia pública: que se defina como la "Voz que clama", porque en los días de su entrenamiento aprendió muy bien aquella primera "regla" del cenobio de Qumrám: :"Todos los que vengan de la comunidad de Israel sepan que se han separado de la ciudad de los hombres para vivir en el desierto y escuchar al Señor, como está escrito: En el desierto oíd su Voz y preparad, en las estepas, un camino para encontrarle". Casan, pues, demasiado los temas y los ritos de Qumrám con el modo y las predicaciones del Bautista.

 Pero no es un profeta del montón. Lucas le introduce en su evangelio con una solemnidad inusitada, escoltado por todas las jerarquías religiosas y civiles, reinantes entonces en Israel. Impresiona la majestad del cortejo: Tiberio César, Poncio Pilato, Herodes, Filipo y Lisanias, Anás y Caifás: y todos con la pompa de sus poderes imperiales, políticos y sacerdotales, para atestiguar sencillamente esto: "En el desierto vino la palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías". Sí. Más que profeta, es el Precursor del Mesías. En el prólogo del cuarto Evangelio el otro Juan le confiere toda su excelsa dimensión teológica: "Hubo un hombre, por nombre Juan, enviado de Dios. Vino como testigo para testificar sobre la Luz, a fin de que, por él, todos creyesen; él no era la Luz, sino testigo de la Luz". Aquí el evangelista zanja, sin apelaciones, la peligrosa polémica que, a lo largo de los dos primeros siglos, inquietó la ortodoxia de las comunidades cristianas, cuando los discípulos esenios de Juan predicaban que su maestro fue la Luz verdadera y que su bautismo perdonaba los pecados en las inmersiones del río Jordán. No. Pero los elogios que tributa a su ministerio, como "testigo de la Luz", están en la misma línea eminente de aquellas palabras de Cristo: "Entre los hombres nacidos de mujer ninguno mayor que este Juan".

 Se explica el enorme impacto que su profetismo alcanza en la conciencia de Israel. Parece misterioso el declive del pueblo elegido, porque, en lo humano, sería muy difícil explicar cómo, de aquellos esplendores de la monarquía de David, ya no queda nada: vacías sus instituciones jurídicas y religiosas; el pueblo, "como ovejas que no tuvieran pastor", y todo Israel, una pequeña y difícil provincia del dominio augusto de Roma. Entonces se desatan las fugas hasta el maravillosísimo —es la hora turbia de todas las extravagancias intelectuales y morales, de visiones mágicas y alucinaciones colectivas—, buscando cada hombre que su vecino le salve. Este clima psicológico explica bien el falso concepto israelita sobre el mesianismo.

 Entonces aparece Juan en su desierto y choca. Es el profeta de fuego, árido y airado, la piel batida de intemperies y de soles, una cintura de penitencia que le desgarra la carne poca, y una luz infinita en la mirada profunda e irresistible. ¡Qué duro contraste! Los rectores religiosos eran de aquella catadura aristocrática que permitió al levita y al sacerdote, pasar junto al pobre judío, robado de los ladrones en Jericó, sin oír los lamentos helados de su agonía. Los poderes civiles, envilecidos en obsequio del invasor. Y un clasismo de pena, que permitía a todos los epulones sentarse a los convites de la carne y del vino mientras los lázaros morían en la soledad de su hambre y de su lepra. ¿No ha de chocar, de imponerse, la tremenda desnudez del Bautista? Un runrún invade, desde el desierto, toda Palestina. "Yahvé se ha compadecido de su pueblo suscitando un salvador, un nuevo profeta." ¿Acaso Elías o el Ungido? Y cuando aquellas vastedades del Jordán se pueblan de patriarcas, de rameras, de soldados y de publicanos, la sinagoga de Jerusalén se ve obligada a intervenir con justas razones, porque tenía recibida del Altísimo la encomienda de guardar incólumes las prácticas de la Ley. Y como Juan predica y bautiza, el Templo manda sus embajadores para fiscalizarle.

 El diálogo que en su evangelio nos transfiere San Juan es hábil, duro, diplomático. Van a interrogar al Bautista sobre su persona, su vida, sus ministerios; pero en el paisaje de estas indagaciones la diana aterradora y verdadera es el Cristo. Juan, a quien sus jueces estiman sólo como un inculto visionario, centra con fina sabiduría el estado de la cuestión y se adelanta en la respuesta.

 “¡Yo no soy el Cristo!"

 Porque no es la Luz, tampoco es el Cristo, ni Elías, ni el profeta, ni aun un hombre, con los atributos y resortes a su personalidad correspondientes. Es sólo la Voz que clama, que flagela, que purifica, Es el Precursor.

 Cuando la embajada descubra sus vergonzosas intenciones —la competencia material de su bautismo, que resta ofrendas al gazofilacio del Templo— Juan tranquiliza sus temores, pero les envuelve en una conminación impresionante. "Yo bautizo en el agua. En medio de vosotros está quien no conocéis. El que viene después de mí, a quien no soy digno de desatar el calzado”. Y este colofón del Bautista sí da que pensar. Desconocer a Jesucristo cuando está en medio de nosotros. Ignoramos, o conocemos con enormes lagunas, las doctrinas evangélicas, el ciclo dogmático, el magisterio del Papa. Su misma Persona divina, viviente en la Eucaristía, en la miseria de los hambrientos, en la orfandad de los hogares, en las llagas de los desamparados, no nos impresionan con su mensaje, aunque nos hablen con palabras auténticas de fuego, con esa luz eterna que llevan en la frente sus enviados. Es el signo, que preside las vidas dramáticas de todos los precursores. Tienen el destino de sembrar con su sangre sin ver la granazón gozosa de las espigas ni recoger en los graneros la gloria de la sementera. Precisamente porque el Bautista es un hombre entero, veraz, fiel a su misión de adelantado, Herodes le encarcelará en aquel castillo de Maqueronte, a orillas del mar Muerto, donde él quema su vida en los altares de la lujuria más arrastrada y monstruosa. Morirá. Su cabeza sangrante sobre el disco de oro que le trae el verdugo, como último ludibrio, queda trenzada a los pies impuros de Salomé, la bailarina. Pero entonces, con la palma de su sangre, triunfa en la gloria de Dios este Juan Profeta, Precursor del Mesías, Amigo del Esposo, "el más grande entre los hombres nacidos de mujer".

Reflexión de hoy

Lecturas



Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré». Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor, defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza: «Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».


En aquellos días, dijo Pablo:
«Dios suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegará Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”. Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos vosotros los que teméis a Dios: a vosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación».


A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella.
A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo: « ¡No! Se va a llamar Juan». Y le dijeron: «Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea.
Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?».
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel.

Palabra del Señor.

San ORENCIO y los mártires de Satala

Mártir junto con Heros, Farnacio, Fermín, Firmo, Ciriaco y Longinos. Según el antiguo Martirologio eran siete hermanos que a causa de su fe fueron privados de sus cinturones militares por el emperador Maximiano, luego fueron martirizados en Satalés en Armenia. 304.

Según la leyenda, Orencio y sus seis hermanos, todos cristianos, fueron enrolados en Antioquía con otros 1200 soldados y enviados hacia Tracia para formar parte de la Legión Legendaria; después de la muerte de Diocleciano, el emperador asociado Maximiano, se encontró con la invasión por sorpresa de los escitas que atraversaron el Danubio (Istro) y devastaron Tracia ex provincia romana.

El rey de los escitas, Marmoroth desafió al emperador en una lucha personal, para decidir la suerte de la guerra; Maximiano se negó porque el rey era un gigante, visto lo cual Orencio se ofreció voluntario para combatir en su puesto, consiguió vencer y le llevó al emperador la cabeza del monarca escita, Maximiano organizó una ceremonia para agradecer a los dioses la victoria, pero Orencio con sus hermanos rehusaron participar por ser cristianos.

A pesar de ello, fueron colmados de regalos, entre ellos el cinturón de Marmaroth. Pero pasados pocos día, el emperador cambió radicalmente y Orencio y sus hermanos fueron obligados a abjurar de su fe, a lo que se negaron, por ello fueron exiliados en Satala hoy Sadagh en Armenia. Se les vuelve a dar la oportunidad de renegar del cristianismo para recibir su recompensa sino serán exiliados a Abasgia y en Zicchia, como así ocurrió.

Durante la larga y pesada marcha forzada hacia el Caucaso, murió Heros en Kené Parembolé, ciudad de la costa entre Trebisonda y Rhizos, dos días después la caravana llegó a Rhizos y Orencio fue tirado al mar con una piedra atada al cuello.

Farnacio murió a 30 kms de Rhizos, mientras Firmo y Fermín llegaron a Apsaros cerca de Petra y murieron juntos un 3 de Julio. Ciriaco murió en la ciudad de Ziganeos siempre en la costa un 24 de Julio, y Longinos fue embarcado en una canoa y murió en el mar el 28 de Julio antes de llegar al puerto de Pityonte. Son conocidos como los “Mártires de Satala”.

domingo, 23 de junio de 2019

CORPUS CHRISTI


Decir liturgia eucarística es nombrar, ante todo, la Misa. la parte central de toda la liturgia, el núcleo de todo el vasto sistema litúrgico cristiano, el embrión de los cultos públicos que la «Sancta Mater Ecclesia» envía diariamente de la tierra al Cielo. Pero la Misa es un sacrificio, es un sacramento y es una acción, un drama litúrgico. Como sacrificio y como sacramento, queda perfecta con la institución misma de Cristo; como liturgia, es una urdimbre de textos sublimes, de símbolos profundos y de gestos significativos, que nos recuerdan la fe, el fervor, el entusiasmo de los primeros siglos cristianos. El erudito que estudia esos elementos distintos, esas huellas de épocas diferantes, siente la misma impresión que el arqueólogo ante una catedral que, comenzada cuando el arte románico estaba en su apogeo, no logró terminarse hasta muchos siglos después. Tal vez sobre las sombrías bóvedas se levanten los vuelos atrevidos de las flechas góticas, y sobre los muros de aspecto medieval, las cresterías afiligranadas del Renacimiento. Este caso, que no es un mito en la historia de los grandes monumentos cristianos, nos da ya una idea de los elementos que integran la complicada arquitectura de la Misa.

Hay, sin embargo, partes que se remontan al mismo Cristo; son ritos esenciales, que aparecen ya en el relato de la institución de la Eucaristía, y que se encontrarán en todas las misas de todos los tiempos y de todas las Iglesias.

Se celebraba la primera de las vigilias cristianas. Era en aquella noche memorable que precedía a la Pascua. El Maestro se hallaba reunido con sus discípulos en aquella sala grande y amueblada que Pedro y Juan acababan de disponer para el gran acto. Fuera se agitaban el odio y la intriga; allí resplandecía la claridad serena de una solemnidad que había de propagarse indefinidamente a través de los siglos. Queriendo poner fin a la ley antigua por la observancia plena de la ley, Jesús celebró la Pascua juntamente con sus discípulos, y en aquella misma noche en que el Cordero de Dios iba a ser entregado, comió el cordero simbólico. Después, levantándose de la mesa, tomó el pan, y dando gracias, le partió, le dio a sus discípulos y dijo: «Tomad y comed; éste es mi Cuerpo, que es entregado por vosotros.» Y, tomando luego el cáliz, después de dar gracias, se lo dio, diciendo: «Bebed todos de él; porque éste es el cáliz de mi Sangre, la Sangre de la nueva alianza, que será derramada por muchos, en remisión de los pecados.»

Tales son las palabras del amor que nunca engaña, las que perpetuaron la presencia real del Dios-Hombre en la tierra, las que inauguraron el sacrificio que durará mientras exista el mundo. Sencilla y sublime, la narración evangélica nos revela ya una ceremonia, una acción litúrgica. En ella se ve ya el esquema de toda la liturgia de la Misa, con sus cuatro partes principales. En primer lugar, Cristo «dio gracias», o, como diríamos traduciendo literalmente del texto griego, «eucaristizó»; después, pronunció unas palabras misteriosas; a continuación, rompió el pan, y, finalmente, lo distribuyó. Aquí tenemos ya el prefacio, la consagración, la fracción y la comunión. Y tenemos también los dos nombres con que los primeros cristianos designaron aquella ceremonia: eucaristía y fracción del pan. La Misa había nacido; en medio de su maravillosa sencillez, todo lo esencial se halla en aquella ceremonia de la última cena.

«Haced esto en memoria de Mí», había dicho Jesús a aus discípulos; y ellos, dóciles a este mandato, «perseveraban concordes en la fracción del pan». Estamos en los primeros días de la Iglesia, entre aquella minúscula cristiandad que conserva aún toda la frescura de los recuerdos evangélicos, la que vive envuelta en la belleza nostálgica de los orígenes. Sobre ella flota la brisa ligera del mar de Tiberiades y del monte de las Bienaventuranzas, un resto de aquella intimidad del Maestro y los discípulos, algo de aquella alegría melancólica del Cenáculo, de la reunión en torno a la misma mesa con Jesús. Se evoca, se reproduce aquella escena inolvidable; los Apóstoles «ministran» al Señor, o, mejor dicho, «liturgizan»: es la palabra que emplea el texto original de los Actos para indicar la fracción del pan. Primero, en el Cenáculo de Jerusalén, que les cuesta abandonar por los recuerdos que tiene para ellos; después, en otros cenáculos que se van multiplicando a través del mundo romano: en Antioquía, en Corinto, en Atenas, en Roma.

Podemos reconstruir el cuadro. Es de noche. Sirve de escenario una habitación amplia de una casa particular. Está cerrada cuidadosamente. Dentro, un grupo de hombres y mujeres se sientan, recogidos, alrededor de una mesa. Un anciano, que es un Apóstol o un discípulo de los Apóstoles, preside. Delante de él, sobre la mesa, hay pan y una copa de vidrio, de metal o de loza. Los asistentes le miran extáticos y expectantes. Él se levanta, dirige la mirada hacia la altura y, rompiendo el silencio, comienza con voz grave la gran oración: la Acción de gracias, la Eucaristía. Va improvisando, pero la tarea no es difícil, porque los temas son siempre los mismos. Ya entre los hebreos, el que presidía la comida del cordero pascual empezaba rezando una alabanza, una oración eucarística en que recordaba los beneficios que Yahvé había dispensado a su pueblo escogido. Este prefacio judaico fue el primer molde de la oración eucarística; pero, entre los beneficios divinos, en la samblea cristiana importaba, sobre todo, recordar la obra redentora del Divino Mediador. El recuerdo de Jesús traía consigo una rápida enumeración de los grandes sucesos de su paso por la tierra hasta el momento de la institución de la Eucaristía.

Aquí, el celebrante, dejando la acción principal al mismo Cristo, reproducía literalmente las palabras de los evangelistas, las únicas que podían realizar la transustanciación del pan y del vino. Habían llegado a la consagración, cuya fórmula será idéntica en todas las liturgias, en Bizancio y en Roma, en Antioquía y en Jerusalén; en Alejandría y en Armenia, en Milán y en Toledo, indicio evidente de un origen apostólico. Desde este momento todo converge hacia la fracción, preludio de la comunión. El sacrificio cristiano es esencialmente el sacrificio de Jesucristo, y la forma eucaristica de este sacrificio es el medio amorosamente dispuesto para que todos los hombres puedan tomar parte en él de una manera activa y actual. Ahora bien: esta participación tiene su realización completa en la comunión, que va a concentrar ahora la atención del anciano improvisador de la plegaria eucarística. Pide a Dios «que acoja favorablemente esta intervención nuestra», que mire con agrado esa ofrenda, que es nuestra, porque la ofrecemos nosotros y porque nos ofrecemos nosotros juntamente con la Víctima divina, y termina su discurso con un elogio solemne, con una doxología, acompañada de una rápida ostensión de las especies, con la cual parece indicar a los que le escuchan que ha llegado ya el momento de la comunión.

Todo parece una renovación de la última cena. No hay aún complicación alguna, ni solemnidad especial. El anciano reza en alta voz, en nombre de todos, delante de la mesa. Nos parece oír la oración sacerdotal que Cristo dirigió a su Padre en aquella última noche de su vida mortal. Pero las ideas son distintas: excepto en el momento central, es el hombre quien habla. Están haciendo las fórmulas sacrosantas con que la Iglesia inmolará diariamente el sacrificio de la nueva ley, y estamos ya a medio camino del canon de la Misa actual.

Poco a poco, a medida que aumenta el número de los cristianos, va aumentando también la pompa en la celebración de los sagrados misterios. San Ireneo cree ver un eco de las asambleas litúrgicas de los cristianos, alrededor del año 100, en aquella reunión que describe el autor del Apocalipsis, celebrada el primer día de la semana. Preside un Pontífice venerable, sentado en un trono y rodeado de veinticuatro ancianos o presbíteros; su vestidura es una nivea hopalanda que le llega hasta los pies y un cíngulo de oro; en torno suyo resuenan himnos de alabanzas, acompañados por cítaras y salterios; hay un altar, siete candelabros, un incensario de oro con fuego e incienso, que humea; un libro cerrado con siete sellos; un cordero que parece muerto, y, debajo del altar, los huesos de los santos mártires.

A pesar de las persecuciones, es aquél un período en que el rito se amplía y se hace más solemne. La reunión de los fieles es ya numerosa y fuerte. No obstante, deben reunirse todavía durante la noche en casas particulares; con frecuencia, en los cementerios subterráneos, y en intervalos de calma, en iglesias levantadas al aire libre. Es preciso rodearse de toda suerte de precauciones. De altar sirve el sepulcro de un mártir. Junto a él se coloca el Pontífice, y enfrente, en pie, están los fieles, los ricos y los poderosos mezclados con los pobres y los humildes. Tal vez el presidente de la asamblea es un antiguo esclavo; por ejemplo, el Papa Calixto. Todos saben que la Misa no es sólo el gran sacrificio del culto cristiano, sino también el signo más elocuente de la unidad de la Iglesia, el vínculo de caridad entre fieles y pastores y entre unos fieles y otros.

La ceremonia empezaba con un saludo del celebrante, que recordaba el saludo de Cristo a sus Apóstoles: «La paz sea con vosotros.» Seguía la oración o letanía, una de las formas más antiguas de la oración cristiana. El diácono formulaba las súplicas; el pueblo respondía: «Kyrie, eleison», y el sacerdote recogía todos aquellos anhelos en la «colecta». Venían luego las lecturas. Se leían trozos del Antiguo y del Nuevo Testamento (la Epístola y el Evangelio), entre ellos se cantaban salmos, y, finalmente, el obispo comentaba alguno de los textos que se acababan de leer. Fácil es ver, que todo ésto no tiene relación directa con el sacrificio. Es, sencillamente, el oficio que los judíos celebraban los sábados en las sinagogas. No hay que olvidar que los primeros convertidos vinieron del judaismo. Fieles guardadores de la ley mosaica, siguieron practicando los ritos de su primera religión; y así, a la asamblea propiamente cristiana de la fracción del pan, se juntó la liturgia de las reuniones hebreas, sin más que añadir al leccionario los libros del Nuevo Testamento. Así nació la primera parte de la Misa, la que se llama Misa de los catecúmenos. Al empezar el siglo II, la adaptación se había ya realizado.

No tardaron en aparecer innovaciones importantes en el cuerpo mismo de la sinaxis eucarística. Para indicar mejor su participación en el sacrificio, los fieles empiezan por presentar las ofrendas que van a ser «eucaristizadas». Se echaba agua en el vino, nuevo símbolo de la unión de Cristo y los fieles. La alabanza preparatoria de la consagración se interrumpe con las exclamaciones jubilosas de los asistentes. Cuando ha llegado a su mayor desarrollo, la asamblea canta el trisagio; cuando, consagradas ya las especies, termina la oración, el pueblo, dice San Justino, respondía: «Amén.» En el canon ha aparecido ya también la lectura de los dípticos donde están escritos los nombres de los santos, en cuya unión se ofrece el sacrificio de los fieles vivos y difuntos, por los cuales se ofrece. Nuevos ritos nacen como preparatorios de la comunión, entre ellos el rezo del «Pater noster» y, consecuencia de él, el ósculo de la paz, que circula a través de la asamblea mientras resuena el canto del «Agnus Dei». Venía luego la distribución del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la oración y bendición del celebrante, y así terminaba la ceremonia.

La evolución seguía natural y armónica. Los nuevos ritos, lejos de oscurecer los cuatro actos primitivos, venían a iluminarlos, a comentarlos, a darles más fuerza y más relieve. La revolución religiosa del siglo IV va a dar entrada a nuevos elementos. Hay paz, hay libertad, hay grandes basílicas con pavimentos de mosaico, altares de plata y vasos de oro. La Iglesia va a poder dar a la celebración del Santo Sacrificio todo el esplendor que le conviene. Los obispos se dirigen en procesión al templo, el pueblo les acompaña, y mientras el cortejo desfila, los clérigos cantan versos de los salmos. Así nació el Introito. Hay otros dos momentos en que la asamblea se conmueve: es cuando lleva las ofrendas y cuando se acerca a comulgar; para acompañar estos movimientos y para mantener despiertos los espíritus, se crean otros dos cantos, que son el Ofertorio y la Comunión. Por este tiempo aparece también en la liturgia el eco triunfal del «Gloria in excelsis Deo»; y así se va completando el drama sublime de la liturgia cristiana. La joya divina del sacrificio queda espléndidamente engastada en filigranas de oraciones, de símbolos, de cantos, de lecturas y de ceremonias, que envuelven en un velo sagrado la celebración del gran misterio, a fin de llenar los corazones de un profundo respeto y de excitar las inteligencias a la consideración de las verdades religiosas. Se han contemplado los ritos, se ha tejido un tapiz espléndido de acciones y palabras; la oración eucarística, el canon, es lo que la palabra canon significa: una cosa fija, intangible; y esa liturgia maravillosa, esa cosa más angélica que se ha llamado la cosa más bella después del Cielo, ha recibido un nombre definitivo. Cuando, terminada la ceremonia, el diácono va a despedir al pueblo, lo hace con esa fórmula del bajo latín: «Ite missa est.» Marchad, esto es el envío. «Missa» significa envío; pero los fieles han recogido esta palabra para indicar el más soberano de sus misterios.

Sin embargo, aún no habían aparecido las genuflexiones y otras formas de adoración que seguirán en buen hora. Durante la celebración de la Misa, los fieles se arrodillaban en las oraciones litánicas del principio, estaban sentados mientras se decían los cánticos y las lecturas, y asistían en pie o reclinados sobre báculos en el momento de la Misa propiamente dicha. La piedad eucarística tenía un matiz especial en aquellos primeros siglos, un aspecto netamente teocéntrico. En el centro de la conciencia religiosa estaba el Rey invisible del reino celeste, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, el Dios a quien Jesús nos había dado acceso por su Sangre. No es que se dudase un solo momento del dogma de la presencia real; al contrario, en medio de innumerables herejías, que sacudieron los más firmes fundamentos de la Teología católica, la doctrica acerca de la Eucaristía permaneció indemne. Los Padres apostólicos y los Santos Padres, desde San Ignacio de Antioquía hasta San Agustín, enseñan que la Eucaristía es verdaderamente la carne de Cristo, tomada de la Virgen María, y los pintores de las catacumbas se esfuerzan por traducir esta enseñanza en bellas imágenes simbólicas, inspiradas en pasajes bíblicos o en la antigua mitología pagana. Pero aquellos primeros cristianos lo que primeramente miraban en la fracción del pan era el ágape, la oblación pura del Nuevo Testamento, el banquete de amor por el cual Cristo se adhiere a sus almas para unirlas después al Padre. Cristo era, ante

todo, el mediador, el lazo de unión entre el Cielo y la tierra. Sobre el mundo notaba todavía algo de aquella intimidad, de aquella familiaridad que había reinado entre el Maestro y los discípulos cuando se sentaban en la misma barca.

Las grandes disensiones eucarísticas empiezan en el siglo IX. Todos los doctores de la época carolingia componen algún libro acerca del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Curiosos e inquietos, estos precursores de la Escolástica tratan de explicarse la manera con que se realiza el misterio, y, en medio de la polémica, aparece por primera vez la palabra «transustanciación». Más de una vez los combatientes pasan bordeando la herejía, hasta que, a principios del siglo XI, un hereje de Tours, Berengario; se atreve a negar la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. Las discusiones arrecian y se prolongan durante todo el siglo XII. Más de cien tratados se compusieron en esta época sobre la Sagrada Eucaristía.

Fruto de estas luchas seculares va a ser una nueva actitud de los fieles ante el gran misterio de nuestra fe. Cristo, Hijo del hombre, va a obtener un culto en cierto sentido autónomo, precisamente como Hijo del hombre. Va a ser un culto que puede llamarse antropocéntrico. Como protesta contra la herejía de Berengario, la Iglesia de Occidente adopta el rito de la elevación en el momento de consagrar el pan y el vino. Era una innovación hija de una piedad nueva. Con ella, la idea del sacrificio dirigido al Padre por medio del Hijo se suspende un instante para detener sobre el Hijo, sobre la Víctima, la adoración de los fieles; pero este nuevo rito respondía de una manera tan perfecta al fervor del pueblo cristiano, que a fines del siglo XIl era ya general. Se había dado ya el primer paso en la revelación de un nuevo aspecto dentro del misterio eucarístico. Nuevo sólo hasta cierto punto, porque ya la Iglesia primitiva había exigido los honores de la adoración para el Cuerpo de Cristo presente en el altar. «Adora y comulga», clamaba San Juan Crisóstomo; y San Agustín decía: «Nadie coma la carne de Jesucristo sin haberla adorado antes; lejos de ser pecado esta adoración, lo fuera el no tributarla.» No obstante, los signos de reverencia, las inclinaciones profundas, las genuflexiones, no aparecen en el ceremoial de la Misa hasta los últimos siglos medios. Primero las encontramos en la elevación. Los libros de Misa del siglo XIV mandan ya a los fieles que en ese momento fijen la vista en la Sagrada Hostia, levanten las manos como para darle la bienvenida y después se inclinen reverentemente delante de ella. Poco a poco, la inclinación se convierte en genuflexión; y así, un

devocionario del siglo XIV dice: «Cuando suene la campanilla de la consagración, harás reverencia a Jesús presente en el altar, y, arrodillado, levantarás las manos mirando la Hostia levantada, donde está el mismo a quien Judas vendió.»

Esta nueva orientación de la piedad cristiana fue la que inspiró la fiesta del Corpus. Urbano IV, que la instituyó, no hizo más que extender a la Iglesia universal la práctica de algunas Iglesias particulares, y Santo Tomás, a quien se atribuye la composición de las magníficas fórmulas litúrgicas de ese día, conlentóse con recoger un bello oficio anterior, que retocó, completó y armonizó, dejando en él las huellas de su genio. Esto fue en 1264, fecha que formó época en la historia del culto al Santísimo Sacramento: pues de entonces data este alegre y triunfal homenaje a la Divina Majestad, absolutamente aparte de la celebración de la Misa, rasgo característico del catolicismo moderno. Cincuenta años más tarde se celebran en todas partes procesiones triunfales, con custodias resplandecientes, humeantes incensarios, grupos de adolescentes que danzan, llevan vasos de perfumes o tapizan de flores el camino, y capillas de músicos que estremecen los aires con sus himnos. La cristiandad pondrá en este cortejo eucarístico lo más grande de su genio, lo más bello de su arte, lo más precioso de su riqueza y lo más ardiente de su fervor religioso; hasta que en siglos posteriores aparezcan nuevas formas de adoración al Santísimo, como las bendiciones, las Exposiciones y el uso de las Cuarenta Horas.

Aquella explosión ruidosa de devoción a Jesús Sacramentado tuvo en España una de sus más espléndidas manifestaciones. Fue entre nosotros donde se hizo popular un saludo eucarístico: «Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar»; y de aquella devoción entusiasta quedaron huellas profundas en nuestra legislación, en nuestra historia, en nuestro arte, en nuestra literatura y en nuestras costumbres. España es la nación de las grandes y magníficas custodias, de los bellísimos cálices románicos y platerescos, de las viejas cofradías del Santísimo, de las «Rocas» valencianas, de los autos sacramentales, de los maravillosos bordados litúrgicos y de la famosa capilla del Corpus Christi de Valencia, fundación del Beato Juan de Ribera, aquel hombre que, para honra de la Sagrada Eucaristía, deseó tener, no sólo todas las Indias con todos sus diamantes, piedras, perlas, plata y oro, sino también toda cuanta riqueza se pudiera encontrar en el mundo».

Son bien conocidas la legislación eucarística del Código de las Partidas; las locuras eucarísticas de San Pascual Bailón y de la Loca del Sacramento; la devoción eucarística de un Felipe II, el que decía que «el sol del Corpus no hizo daño a nadie»; pero es menos conocido el fervor eucarístico del heroico Alfonso Ferrández Coronel, cuya historia nos lleva a la época en que comenzaba a extenderse el nuevo aspecto de la devoción al Santísimo. Defendía Alfonso su villa de Aguilar contra las tropas de Pedro el Cruel. Su causa estaba perdida. A un amigo suyo que se lamentaba de su situación, le decía: «Gutier Ferrández, yo veo un remedio todavía: morir lo más apuestamente que yo pudiere como caballero. E armóse un gambax, e una loriga, e una capellina, e así fue a oír misa. E estando en la iglesia, llegó a él un escudero e díxole: «¿Qué facedes, don Alfonso Ferrández, que la villa se entra por el portillo del muro?» E don Alfonso respondió: «Como quier que sea, primero veré a Dios.» E estuvo quedo fasta que alzaron el cuerpo de Dios, e después salió de la iglesia, e púsose en una torre de la villa armado como estaba.» Allí, revestido de una fuerza sobrenatural, aguardó la muerte luchando, y allí fue también donde este modelo admirable de estoicismo cristiano pronunció la frase famosa, que tantas veces se ha repetido en la historia de España: «Esta es Castilla, que face los omes e los gasta.»

Domingo, 23-06-2019 CORPUS CHRISTI Ciclo C

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino y le bendijo diciendo: «Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos».
Y Abran le dio el diezmo de todo.


Hermanos:
Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido:
Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».
Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.


En aquel tiempo, Jesús se puso hablaba a la gente del reino de Dios y sanaba a los que tenían necesidad de curación.
El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado». Él les contestó: «Dadles vosotros de comer».
Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo esta gente». Porque eran unos cinco mil hombres.
Entonces dijo a sus discípulos: «Haced que se echen sienten en grupos de unos cincuenta cada uno». Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos.
Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos.

Palabra del Señor.

San Tomás Garnet

En Londres, en Inglaterra, santo Tomás Garnet, presbítero de la Compañía de Jesús y mártir, el cual, ordenado en el Colegio de los Ingleses de Valladolid, en España, al regresar a Inglaterra fue encarcelado dos veces y, finalmente, en tiempo del rey Jacobo I, ajusticiado en Tyburn

Nació en Southwark. Sobrino del jesuita el beato Enrique Garnet; estudió para ser sacerdote en Londres y Saint Omer, Lovaina y en Valladolid; fue ordenado sacerdote en 1600.

Fue enviado a Inglaterra con el benedictino san Marcos Barkworth. Trabajó durante seis años buscando no sólo conservar a los que permanecían fieles a la Iglesia, sino atraer a ella a muchos que por error o miedo habían abrazado el anglicanismo, lo que consiguió con gran éxito apostólico.

Decidido a entrar en los jesuitas, se lo pidió a su tío el beato Enrique Garnet, provincial de la Compañía, pero antes de poder ingresar en el noviciado fue arrestado acusado de complicidad en la llamada “conspiración de la pólvora”. Estuvo preso nueve meses en la Torre de Londres, y allí cogió una ciática que le atormentó toda su vida. Fue deportado a Flandes con otros cuarenta y seis sacerdotes. Mientras se hallaba en Inglaterra, en 1606, fue admitido en la Compañía de Jesús por su tío y, durante su destierro, se refugió en Lovaina para hacer su noviciado. Al año siguiente, en septiembre, regresó a Inglaterra. Seis semanas más tarde, fue entregado a sus perseguidores por un sacerdote apóstata.

Aquella vez, inmediatamente después de su detención, fue procesado en el tribunal de Old Bailey, donde se le declaró culpable de alta traición, por haber recibido la ordenación de manos de una autoridad que dependía de Roma y por haber desafiado la ley al regresar a Inglaterra. En el curso del interrogatorio, no llegó a confirmar ni a desmentir que fuese sacerdote, pero se negó resueltamente a hacer el juramento de fidelidad a la supremacía real. Por la declaración de tres testigos en el sentido de que, mientras estuvo preso en la Torre, le habían visto firmar como «Padre» Tomás Garnet, fue declarado culpable y condenado a muerte. Desde el cadalso, proclamó que era sacerdote y jesuita, y explicó que, si no lo había admitido durante el juicio, fue en razón de no aparecer como su propio acusador y obligar a los jueces a condenarle contra su conciencia.

El conde de Essex y otros personajes hicieron un último intento para convencerlo de que salvara su vida, pero él persistió en su negativa de tomar el juramento. Al retirarse la carreta para dejar al mártir colgado de la cuerda, aquellos personajes no permitieron que el verdugo comenzara a cortarle el cuerpo, hasta comprobar que estaba muerto. Fue canonizado en 1970 por SS Pablo VI.